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"No te rindas, porque tienes amigos. No te rindas, todavía no estás derrotado. No te rindas, sé que puedes hacerlo bien.". Peter Gabriel

Gracias a Gilda, Guadalupe (Loops), Claudia, Marc y Nicola por regalarnos sus textos. A Kas y Aaleph por la idea. A Alberto Torres por su ayuda. A Mar por aguantarme y a Mateo por ser mi motor. Dedicada a todos aquellos que pelearon, están peleando y van a pelear contra el SARS- CoV-2 (Covid-19).


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Gilda Tenopala on COVID-19 Uno de los síntomas más evidentes de la violencia sistémica es la pandemia global que estamos viviendo: COVID-19, ya que científicos sospechan que el brote de esta enfermedad se originó en mercados húmedos en China. Dado que la secuencia del genoma del virus indica que se originó a través de procesos naturales y que era más probable que se transfiriera a humanos desde otras especies a través de una transferencia zoonótica, lo que significa que el virus mutó para sobrevivir en un cuerpo diferente de donde se originó (Cunningham, 2020). Para comprender mejor cómo comenzó el brote del virus, es importante comprender las condiciones ecosistémicas en las que se vio sometido. La teoría de Cunningham y Jones de los orígenes de COVID-19 explica cómo la secuencia del genoma es muy similar a los virus encontrados en los murciélagos, los cuales han lidiado con cientos de virus en el pasado sin causar una transferencia zoonótica, gracias a su alto metabolismo y temperatura que impide la propagación de estos microorganismos, pero cuando ellos o su ecosistema están bajo estrés, como en cualquier otra vida, son más propensos a infecciones y enfermedades y los virus tienen más probabilidades de expresarse. Como resultado del aumento de la caza, el desplazamiento y el enjaulamiento de diferentes animales, el estrés en el que viven las personas actualmente, la sobreexplotación de los recursos naturales y nuestro fácil acceso al transporte de un lugar a otro antes de que una enfermedad como esta pueda expresarse por completo; ha causado la pandemia en la que estamos viviendo actualmente. Lamentablemente, debido a nuestra falta de conciencia y respeto por los ciclos naturales y biológicos del planeta y con aquellos con quienes lo compartimos, hemos llegado al punto de una descomposición tóxica que no solo afecta el River of blood


medio ambiente, también está empezando a afectar nuestra economía, obligando a las poblaciones a detener las actividades económicas valoradas para proteger la salud pública, poniendo en riesgo a aquellos que no tienen el privilegio de un ingreso estable para satisfacer sus necesidades básicas como refugio, alimentos y saneamiento. Crisis tóxicas como esta suceden en la naturaleza cuando se interrumpe el equilibrio de los ciclos biológicos y ecológicos, por lo que la naturaleza libera el caos en un intento por recuperar ese equilibrio; similar a lo que en psicología sería un síntoma de excitación de ira en aquellos que sufren de trastorno de estrés postraumático. Es importante entender que, a pesar de que la crisis tóxica surgida a partir la pandemia de COVID-19 han contribuido a la disminución del nivel de contaminación en la atmósfera, debido a que una gran cantidad de actividades económicas se han detenido desde el brote (Khan, 2020), uno no debe caer en discursos ecofascistas que afirman que la vida humana es el virus y que el planeta estaría mejor sin nosotros. Si tenemos en cuenta que las prácticas funerarias convencionales producen una cantidad significativa de contaminación (Doughty, 2018), este tipo de argumentos son erráticos. El verdadero problema subyacente se basa en la explotación excesiva de los recursos naturales y el trabajo, así como en la creencia de que los humanos existen separados de la naturaleza, en lugar de ser parte de la naturaleza; empujándonos a violar los límites del resto del mundo natural sin una comunicación y consentimiento recíprocos. Todo esto puede sonar familiar para cualquiera que tenga una breve comprensión del capitalismo/neoliberalismo. Por supuesto, el capitalismo es una de las estructuras socioeconómicas más grandes que contribuyen en gran medida a la explotación del trabajo y el medio ambiente, pero sería fácil y esencial culpar al capitalismo por completo. Hay otras economías, como el régimen "socialista" en Venezuela, donde el gobierno priva a la población de las River of blood


necesidades básicas, como papel higiénico y medicamentos (BBC, 2019). Por supuesto, esta es una forma fallida de socialismo que viola los ciclos naturales de sus habitantes y sigue siendo fundada en ideas neoliberales, sin embargo, demuestra que el problema subyacente va más allá de la superficie de nuestros sistemas económicos actuales. Por esta razón, es importante entender bajo qué sistemas de creencias se basa nuestra economía global: El patriarcado occidental y cultura de violación que promueve la violencia y explotación de cualquiera que presente cualidades “femeninas”, en el sentido de que estén a cargo de la producción de recursos básicos, como son la nutrición, trabajo doméstico, a cargo del cuidado de protección de otros seres vivos, etc. Sin tomar en River of blood cuenta los ciclos naturales que se necesitan para la producción sustentable y saludable que se requieren para producir esos recursos que todos necesitamos y de los cuales nos beneficiamos. Gilda Tenopla Gutiérrez es una Escultora Multidisciplinaria cuya obra actual gira en torno a la revelación de como las estructuras patriarcales/filiarcales occidentales (incluida la violencia doméstica) y la cultura de la violación sirven como la raíz de la violencia ecosistémica y se reflejan en nuestro clima ambiental y social actual, desde una perspectiva ecofeminista y animista. Encontrando y creando estrategias y espacios en los que el espectador y ella misma puedan reconocer y asumir su responsabilidad como víctimas, perpetradores y sobrevivientes de tales sistemas. A través de diferentes procesos escultóricos como la cerámica, la instalación, la orfebrería/joyería, la herrería y carpintería, performance, objetos que sirven como documentos de acción y fotoescultura, busca crear una estética relacional que ayude al espectador para convertirse en uno con el otro/Materia Silenciosa, reconectando con sus/nuestros propios cuerpos, naturaleza, materialidad, curación, espiritualidad y sentimientos reprimidos; dándoles acceso y oportunidades para liberar tensiones internas a través de la catarsis y el cumplimiento de los ciclos biológicos y ecológicos, que


sirven como primeros planos para deconstruir los valores patriarcales/filiarcales que han penetrado en nuestro entorno actual y nos hemos internalizado al vivir bajo estos sistemas de violencia.

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SECTOR CULTURAL: ALTRUISMO CANÍBAL por Marc Benito

En días de confinamiento necesitamos superhéroes y estamos esperando a que nos vengan a liberar de la situación que no hemos elegido y en la que de repente estamos envueltos. Al ser una crisis sanitaria los primeros héroes estaban claros: los que están en primera fila luchando contra el peligro. Faltan palabras en el diccionario para dar las gracias a sanitarios, farmacéuticos, trabajadores en sectores de primera necesidad, subministradores de electricidad, limpieza, basura, … Pero para los que estamos en casa tantos días, tantas horas, tantos minutos, el que se ha convertido en un bien prácticamente de primera necesidad es la cultura (en todos sus formatos). No hemos aprendido a aburrirnos por lo que hay que estar estimulado las 24 horas, ya que la imaginación no está educada para trabajar tanto. Es en este escenario donde el sector cultural, utilizando el actual escenario ciber-conectado y de redes sociales, aparece como otro superhéroe “kamikaze” a poner su granito de arena en esta lucha compartida sin pensar las consecuencias de sus actos. Han sido demasiadas veces las que el sector cultural ha mostrado el camino al capitalismo más liberal y caníbal justamente haciendo bandera de valores antagónicos y altruistas. El contexto actual no está siendo una excepción. Como es un sector de “sálvese quien pueda” y de egos muy grandes, al empezar los “lives confinados”, “streamings desde casa”… empezó también una carrera entre centenares de artistas y de promotores ofreciendo contenidos sin prácticamente filtros y por supuesto sin contar con medios técnicos. Esto ha demostrado la gran capacidad de reinventarse y de adaptarse en pocos minutos, pero pocos se han parado a pensar a que más allá de los egos artísticos y de la necesidad de canalizar la creatividad la actividad artística se encuentra dentro de un sector común ya muy acostumbrado a convivir con la palabra crisis. Todos los que trabajan a la sombra en el sector cultural no se les ha considerado y no han podido ser partícipes, por ejemplo, igual los técnicos de sonido, de iluminación tenían algo que decir o aportar para las conexiones en directo, pero en una economía de guerra interesa más abogar por la política del “Do it yourself” que sus costes son mucho más bajos. Estos técnicos, asesores, programadores… serían los equivalentes al comercio local que en una situación como la actual también tiene todas las de perder frente a las grandes multinacionales. Son muchos años mostrando que es mucho más fácil conseguir de forma altruista cualquier actividad vinculada a la cultura que en cualquier otro sector de actividad. La frase “por amor al arte” se ha ido extendiendo de forma imparable y de forma desmarcada tanto en fases amateurs, semiprofesional e incluso profesional. El sector cultural vive en un voluntarismo constante aportando su materia prima muchas veces sin poder asegurar su propia supervivencia, ecuación que sería impensable en otros sectores y este era el caldo de cultivo


perfecto para que con el confinamiento multiplicara las muestras de altruismo, totalmente legítimo, pero poco reflexivo. Me gusta explicar un ejemplo que muestra este altruismo caníbal del sector cultural de una forma muy explícita. Locales míticos de música en directo como el Blue Note de Nueva York, de fama mundial, han conseguido una parábola perfecta para los amantes del liberalismo capitalista extremo. Son locales reconocidos por la música en vivo que se genera allí todas las noches que sus puertas están abiertas. Son locales que aparecen en cualquier guía turística de Nueva York por lo que la afluencia de público está asegurada, y de hecho sólo hace falta acercarse a sus proximidades para comprobar que hay colas de turistas y no turistas que están dispuestos a pagar la que cueste la entrada para acceder al local y ser partícipes de la historia de la música tocada en directo. No hace falta ser un economista para darse cuenta que la materia prima que caracteriza y diferencia el local son los músicos tocando en directo todas las noches (más allá de los servicios de restauración). El buen funcionamiento estaba asegurado por mucho tiempo, pero los propietarios del local han encontrado una manera muy sencilla para mejorar todavía más sus beneficios. Si cualquier músico que se precie y altamente formado su sueño es tocar en ese local para qué va a pagar el local por ese talento si además ha visto que puede cobrar en concepto de formación y de proyección de su carrera. El resultado es una ejecución perfecta: la materia prima por la que los clientes pagan no solo no les cuesta nada, sino que les paga las facturas; el riesgo es nulo. No es de extrañar que los músicos veteranos que llevan toda la vida tocando y dando prestigio al local se estén organizando para reivindicar sus derechos, pero claro, hay una corriente del pensamiento que aboga que la culpa es suya porque no se han adaptado a los tiempos actuales (tienen la vieja costumbre de querer cobrar por su trabajo).

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Es una ecuación sencilla y profética que otros sectores todavía no se atreven a aplicar pero que les llena de esperanza c on i al ver que son otros los que lideran el campo de pruebas de la Zirc by ned g i s De explotación que permita conseguir mayores beneficios. Y en este actual escenario de confinamiento hay el peligro nuevamente de mostrar el camino para la autoexterminación. El sector que tantas veces se ha tenido que reinventar (aparición de la música grabada, aparición de las descargas ilegales por internet… que muchos pronosticaron como su fin) ahora tiene un nuevo reto a superar y que dejará a muchos profesionales actuales por el camino. Las causas altruistas están muy bien mientras no supongan tu propia muerte y este momento cambiante no puede implicar que la inercia del que “otros lo están haciendo” provoque una situación irreversible para el sector. El sector cultural siempre muestra el camino (para lo bueno y para lo malo) y además lo hace “por amor al arte”.


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El antes y el despues por Tonatiuh Tenopala

Después de todos estos días de confinamiento ¿qué es lo que nos ha dejado la pandemia? No estoy seguro que como especie qué tanto seremos capaces de asimilar para bien esta situación, así como se han visto las muy merecidas muestras de agradecimiento hacia las personas que laboran en el sector salud, o aquellos que han sido solidarios con los que menos tienen, el ser empático y sumar acciones para salir de esta, también tenemos el otro lado de la moneda, aquellas personas que no son capaces de ver más allá de sí mismos, aquellas que se cuelgan de la situación para sacar provecho a costa de los demás o simplemente que les importa un carajo y creen que todo esto es un invento o cortina de humo para dar crédito a sus teorías conspirativas. Después de todos estos días nos damos cuenta también de lo poco que necesitamos para vivir (excepto por el maldito internet), aprendes a valorar lo que tienes y sobre todo lo que eres. Después de todos estos días seremos capaces de respetar el mensaje que nos está dando nuestro planeta como cuando vemos imágenes de las playas de Acapulco, limpias como si fuesen vírgenes, o tiburones nadando en las playas de Cancún diciéndonos no los necesitamos, el mundo estaría mejor sin ustedes. Después de todos estos días, cuando regresemos a nuestros centros de trabajo, si es que somos de aquellos afortunados que aún contamos con él después de que la economía mundial quedó hecha pedazos, ¿actuaremos como esos seres obtusos egocéntricos o aprenderemos a ser solidarios con aquellos que quedaron en la calle? Después de todos estos días, cuando todo pase, ¿evolucionaremos o regresaremos al mismo estado destructivo al que estábamos acostumbrados? Cuando esto pase habrá 2 tipos de personas, aquellas que pensarán que esta pandemia fue sólo una molestia en sus planes personales y una vez levantada la contingencia regresarán a hacer su vida como si nada, y aquellos que definitivamente sientan al COVID-19 como un parteaguas, el periodo de aprendizaje para reordenar sus vidas y se convierta en el punto de referencia para el antes y el después.

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Respira y cuenta hasta 10 por Guadalupe Mendoza Toraya (Loops)

Comienzo a escribir este texto pensando en que nunca había sido consciente del miedo que tengo a morir, hasta que la vida nos puso una pandemia mundial enfrente y, justo mientras lo estoy escribiendo, me doy cuenta de que no es cierto, de que por supuesto he sentido este miedo a morir en otras ocasiones, este miedo a no volver a ver a las personas que amo, este miedo a entrar a algún lugar y ya no volver a salir nunca; este miedo es el que sentimos las mujeres todos los días en un país como México; las razones son distintas si, pero la sensación es similar. La violencia de género es una pandemia para la que México aún no ha encontrado una vacuna; basta con echar un vistazo a las estadísticas oficiales (cuando menos), para darnos cuenta de ello. Durante 2019, según información del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, se reportaron 2,825 asesinatos de mujeres, de los cuales 1,006 casos estuvieron tipificados como feminicidios. Esta cifra aumentó considerablemente respecto a 2018, cuando se reportan 912 feminicidios; por supuesto, sin contar todos aquellos casos que nunca llegan a las autoridades. En medio de todo esto, el 2020 se veía, a ojos de analistas y activistas, como el año de las mujeres, el año empezó con marchas feministas a lo largo y ancho del planeta, con la exigencia de mejores condiciones de vida para las mujeres, ya sea en cuestiones de violencia, feminicidio, aborto legal, entre otras demandas. El 8 de marzo en México salimos con pañuelos morados y verdes, en una marcha histórica donde no sólo estuvimos presentes feministas, sino madres, mujeres, hombres, niñas y niños que sin definirse como feministas, se autoproclamaban hartas y hartos de esta violencia, hartas y hartos de buscar a sus hijas, hartas y hartos de no saber si mañana tendrían que buscar a sus hijas, madres, hermanas, parejas o amigas. Sin embargo, la agenda mundial tuvo un cambio radical con la llegada de la pandemia de Covid-19 y el confinamiento de la población a nivel global. Con esta emergencia sanitaria, las mujeres cuyos privilegios lo permiten se encuentran en sus casas a salvo de la enfermedad; sin embargo, no a salvo de la pandemia que ha rondado a las mujeres en sociedades como la nuestra, ya que se encuentran confinadas con sus agresores. El 2 de abril la Red Nacional de refugios anunciaba ya un aumento del 60% en las llamadas de


auxilio por violencia y la Fiscalía general de Justicia habría reportado ya 1,608 carpetas de investigación por violencia familiar; esto demostraba, además, la crisis enfrentada por los refugios con capacidad máxima y sin presupuesto. Para el 26 de mayo, la Red Nacional de Refugios anunciaba en sus redes una reunión con la Secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordera, de la cual salieron sin saber aún si habría presupuesto para atender las violencias contra las mujeres. Y todo esto, en medio de una contingencia. Antes de la emergencia de salud pública yo tenía, como muchas mujeres en este país, miedo de andar sola en la calle después de las 8 de la noche, por pensar que quizá no regresaría a casa. Hoy ese miedo lo viven miles de mujeres bajo el techo que habitan. Si bien el Covid-19 nos enfrenta a un panorama incierto bajo cuya circunstancia no sabemos cuándo recuperaremos la normalidad de nuestras vidas, tal parece que la violencia ejercida contra las mujeres continua con normalidad. Para nosotras, el regreso a las calles ya no puede ser el mismo. Hoy, 27 de mayo, nos despertamos en esta nación con la noticia de que Segob hace un “copy paste” de una campaña lanzada hace 30 años por la empresa Televisa, en la cual se le aconsejaba a los integrantes de la familia: “Respira y cuenta hasta 10”, antes de perder los estribos y golpear o someterlo a la violencia verbal a un menor o una mujer. En un país donde diariamente ocurren 10 feminicidios, donde el primer cuatrimestre del 2020 se registraron 308 feminicidios y pocos días después de que la Organización de la Naciones Unidas anunciara que por cada 3 meses de confinamiento habrá 15 millones de casos adicionales de violencia de género en el mundo, aquí en México lo único que debemos hacer es contar como se nos sugiere: “10… 9… 8… 7… 6… 5… 4… 3… 2… 1”… antes de respirar y calmarnos... o para ir contanto a cada una de las mujeres asesinadas un día cualquiera.

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Panorama de las niñas, los niños y los adolescentes de México frente a la COVID-19… Era 31 de diciembre del extinto 2019 cuando sonaron los twitts de todo el mundo anunciando un extraño brote de “gripe” en la región central de China, en la ciudad de Wujan… Recuerdo haberlo leído y pensado: Otro brote… ¡Ah! ¡Lo bueno es que China está tan lejos! El impacto del virus fue en aumento hasta que se convirtió en pandemia, declarada por la OMS en febrero 2020, infestando a la humanidad… un virus que llegó para quedarse. Ni los gobiernos ni los habitantes del planeta entero estábamos preparados para tal evento, de continente a continente fue expandiendo sus dominios el SARS-CoV2 en tanto se veía cómo se intentaba desesperadamente y de muchas maneras mitigar el contagio; de país en país fuimos siendo testigos de los efectos de la enfermedad y del cierre de las actividades escolares, comerciales, laborales… la vida social se redujo a casi nada (para algunos, a nada) y todavía buena parte de la población mundial se encuentra en cuarentena. Algunos esperanzados en una vacuna, otros desesperados por la necesidad de sobrevivir, unos más con malos presagios y augurios de que el mundo sufrirá un colapso económico. En medio de este panorama quiero dirigir la mirada hacia los protagonistas que sin poder comprender lo que sucede serán los que puedan recopilar realidades que muchos estábamos lejos de imaginar. Y es que para ellos que no escogieron padres, ni país, ni gobierno, ni escuela, ni maestros, lo que sucede en cuarentena ha podido ser tan hermoso como horroroso. Me refiero a las niñas, a los niños y a los adolescentes. Ellos son los testigos que contarán la historia de la COVID-19 desde su experiencia viva, ellos darán cuenta del escenario que les tocó vivir y por desgracia o por fortuna, conservarán por el resto de sus días esas vivencias que el destino les deparó. En tanto esto sucede quiero ser portavoz de algunas experiencias cercanas a mí, ya que desde siempre he sido apasionada de la niñez y por lo mismo tengo la fortuna de haber elegido una carrera (profesora en educación primaria) que me permite pasar muchas horas del día en compañía de estos.


Empezaré por decir que, afortunadamente, para la gran mayoría de los menores de 18 años este virus no representa riesgo. Se habla de un porcentaje no mayor al 2% de casos que ha provocado en los niños diversas manifestaciones o síntomas de la enfermedad. Y al parecer son los que menor peligro de mortalidad presentan con respecto a otros rangos de edad. Los niños, sin embargo, han sido los primeros afectados en su normalidad, en cuestión de días recibieron la noticia de que no irían más a la escuela y el impacto de esta decisión ha traído noticias de toda índole. Se han enterado de la existencia de un virus muy peligroso al que no pueden ver ni enfrentar, han escuchado que para salvarse del peligro deben estar encerrados y les han repetido con frases, música, dibujos y canciones que deben quedarse en casa. Seguramente quienes me leen se han enterado que algunos niños manifestaron miedo y otros se sintieron muy seguros porque sienten que sus padres o tutores son sus héroes y los protegen de todo. De cualquier manera, se vuelve preocupante y urgente atender la salud mental de muchos que viven efectos adversos. Ya sea por hambre, por violencia y por nulas oportunidades de continuar aprendiendo y formándose académicamente es apremiante que la sociedad, la escuela, los maestros y las diversas instituciones que procuran la niñez estén preparados y enfocados en nuestros niños una vez que ellos puedan incorporarse a la nueva normalidad que nos espera, o quizás ahora mismo, si es que podemos internarnos en el encierro en que se encuentran atrapados. A partir de ese momento deberemos estar seguros de que han aprendido los hábitos de higiene para proteger su salud y deberá ser una prioridad amortiguar y subsanar los efectos emocionales, psicológicos, sociales, económicos y educativos adversos. El confinamiento ha dejado de manifiesto algo que ya sabíamos que estaba ahí pero que de algún modo lográbamos ignorar. Voluntaria o involuntariamente, hemos navegado entre realidades y tipos de familia donde viven un Pixabay poco más de 38.3 millones de niñas, niños y adolescentes de 0 a 17 años(1) en México y 26 mil millones de infantes del (2) mundo de 0 a 14 años de edad . Daré algunos ejemplos sobre las experiencias de algunos pequeños que han sido publicadas por diversos medios o de los registros que los docentes han hecho para informar sobre la situación de sus alumnos. Muchos de ellos nos dejan con un agradable sabor de boca, pero otros ofenden o hieren y no tengo el ánimo de plantear un panorama con optimismo que no haga justicia a algunos ejemplos que duelen por el grado de exclusión, marginación o desigualdad que muestran algunas realidades. Se ha conocido que algunos padres de familia, los que pudieron resguardarse sin mayor preocupación que ir cuidadosamente por víveres una o dos veces por semana se convirtieron desde


el 23 de marzo en los entusiastas acompañantes de sus hijos para realizar las tareas escolares que los maestros encomendaron. Fue difícil al principio pero estos afortunados chicos y chicas han aprendido a hacer un platillo, han observado y documentado sin prisa el crecimiento de una semilla en un poco de algodón y luego en una maceta con tierra. Otros han realizado videos que sus padres graban donde explican cómo lavarse las manos, o qué es el coronavirus, o qué es una pandemia. Muchos de ellos se entusiasmaron y fueron animados por sus padres para hacerle preguntas al Dr. Hugo López-Gatell, Subsecretario de Salud en México, en una conferencia que para festejar el Día del Niño, el doctor dedicó la sesión a responder sus dudas. No pocos niños han tenido la fortuna de tener maestros que se volcaron al YouTube y a otras herramientas digitales para poder grabarles clases, audio libros, otros docentes menos agraciados les seleccionaron, de modo pertinente y divertido, materiales que no requerían el apoyo tan cercano de los padres. Recuerdo el caso de unos niños sudcalifornianos que acamparon en el patio o en la cochera de sus casas ante la imposibilidad de concurrir a una playa en Semana Santa, como es tradición. Fui testigo de familias que hicieron cine en casa, imprimieron la cartelera, los boletos de entrada y convirtieron la barra de su cocina en el mostrador de productos para adquirir palomitas, alimentos o golosinas antes de disfrutar la función. También hubo niños que disfrutaron de la casa de campo, de playa o el rancho de los abuelos y ahí están aprendiendo muchas cosas que sin duda serán experiencias de vida y de formación inigualables. A los pequeños más cercanos a mí, sus padres les compraron una alberca armable se juntaron en la casa enorme de la abuela y desde ahí hacen las tareas de “aprende en casa” por las mañanas (algunas tareas, no todas) y el resto del día se dan vuelo por el jardín, esperando a que llegue la hora de escuchar al vendedor de las papas fritas o al de elotes; diisfrutan las quesadillas de la vecina, la comida de sus padres y pasan momentos divertidos con los perros. El más pequeño hace sus ejercicios de activación física con “abue”. Para todos estos chicos, su mayor fortuna fue reencontrarse con su familia y conocer lo mejor de ellos, atesorar estos momentos con la presencia de familiares cuya atención hacia ellos se volvió casi total. Dentro de este grupo de hijos afortunados también puedo incluir a algunos padres que se exasperan con las actividades que dejan los docentes, muchas quejas se dejaron ver en las redes sociales; no pocas adultos desquitaron su enojo con sus “neo pupilos” y vociferaron toda clase de insultos hacia los locos profesores, por decir menos. Desde luego que fueron brotes de violencia que no pasaron de gritos y sombrerazos pero, desde luego, son focos de atención donde emergió la necesidad de parar y de mejorar la actitud, de reflexionar y de seleccionar lo posible de hacer en casa; porque no


se trata de suplantar a los docentes. Celebro que esto dé por resultado un replanteamiento del papel de las escuelas y de educadores pero ese es otro tema. Como escribí al principio y por un sentido de justicia, no puedo pasar por alto las malas experiencias que viven otros niños del país (y del mundo). Sí, lamentablemente sabemos de niños cuyos padres se quedaron sin trabajo o sin ingresos y que pasan hambre o reciben golpes y maltratos de sus desesperados padres. Están siendo víctimas de tutores alcohólicos o de hogares disfuncionales o en extrema pobreza, cuando alguno de ellos envía fotos a sus docentes para mostrar las evidencias de sus trabajos escolares, puedes ver la desigualdad, la necesidad y el hambre, la terrible realidad que ellos viven día a día. Ellos nacen sabiendo estas desigualdades mientras nosotros, desde nuestros hogares o desde las escuelas, ignoramos su realidad. Estas experiencias han sido para mí lo más doloroso de la pandemia, porque ha estado por decenas de años la desigualdad y como no la vemos hemos sido negligentes a ésta. Ahora tenemos de frente una cruel realidad (sí, es cierto, muchos casos ya existían antes del coronavirus) pero hoy se muestra al desnudo y esto nos debe doler y avergonzar. De algunos niños se ha dejado de tener noticias porque sus padres regresaron a sus lugares de origen. De otros niños lamentablemente tampoco se sabe nada porque sus familiares están hospitalizados o han muerto, hemos de esperar a que retomen sus vidas para acompañar el duelo si acaso se les vuelve a ver. Una adolescente que dormía en casa mientras su madre fue por mandado fue sorprendida por un hombre que abusó de ella y le quitó la vida. Un pequeño que vive en una comunidad rural recorre una distancia considerable para conectarse por unos minutos con su maestra y enviarle la tarea, vía WhatsApp. Pixabay Circuló en redes y en las noticias de la televisión nacional la triste historia de un adolescente de 14 años que decidió cuidar a su madre, víctima de la COVID-19, durante dos semanas se ofreció como voluntario mientras sus otros dos hermanos se fueron con otros familiares. Y justo en el día en que la madre se encontraba en consulta para recibir su alta médica, recibió la llamada de sus vecinos. El chico murió electrocutado al intentar conectar la aspiradora porque quiso limpiar el suelo todavía mojado. Y qué decir de los adolescentes, para quienes los amigos de escuela y de calle representan un fuerte apego por esa necesidad de pertenencia entre iguales, no se conforman a las disposiciones de distanciamiento y confinamiento; muchos de ellos se perderán de la posibilidad de despedirse porque concluyen la primaria, la secundaria o el bachillerato… Creo que todos conocemos historias que podrían ejemplificar estos contrastes que les he descrito y no es mi intención caer en la desesperanza sino poner sobre la mesa la injusticia social que están viviendo muchos indefensos; pero sobre todo para plantear las preguntas que nos permitan


construir respuestas y acciones. Quizás logre que alguno de ustedes se propongan actuar desde el ámbito personal pero sería deseable que todos, la sociedad, las instituciones de gobierno y la iniciativa privada nos planteáramos la urgencia de atender a la infancia, para que después de esta pandemia mostremos resultados favorables a ellos y les acompañemos en la construcción de sus historias con cimientos de amor, de convivencia pacífica, de justicia social, de bienestar. Ahora pregunto: ¿Cómo evitamos que las niñas, los niños y los adolescentes sean víctimas de violencia? ¿Qué hacer para que lleguen a ellos los requerimientos elementales de alimentación, salud, educación y recreación? Una vez que ellos puedan contarnos de viva voz sus experiencias se podrá escribir la historia de los efectos de esta pandemia en la infancia; de lo que los marcó o lo que les ayudó a salir adelante. Hoy invito a todos a que nos hagamos portadores de esperanza y de ejemplo, que ayudemos con lo que esté en nuestras manos e impulsemos proyectos, iniciativas, acciones colectivas e institucionales en pro de los más jóvenes de este planeta.

Claudia García Moctezuma 28 de mayo, 2020.

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(1) COMUNICADO DE PRENSA 201/19, 29 DE ABRIL DE 2019 PÁGINA 1/10 “ESTADÍSTICAS A PROPÓSITO DEL DÍA DEL NIÑO (30 DE ABRIL)” DATOS NACIONALES (2) https://www.unfpa.org/es/data/world-population-dashboard



¿Qué es la nueva normalidad? Por Nicola Mariani, mayo de 2020

¿Qué pasará con nosotros cuando habrá acabado la pandemia, si es que algún día acabará? En una época histórica de incertidumbre global como la que estamos viviendo - una época en la que el concepto de crisis ya se ha plenamente normalizado (llegando a ser casi un estado natural, físico y mental) y el bio-miedo ya se ha apoderado de nosotros (llevándonos a vivir cada vez más como átomos, o a lo sumo como autorreferenciales miembros de mini-tribus, clanes familiares o profesionales) - la dimensión temporal del futuro se concibe como algo borroso, precario, lejano. Algo ajeno a nuestras vidas y a nuestro horizonte de posibilidades; algo que ya no nos pertenece y que recordamos como un vestigio pálido de un pasado que no va a volver jamás. Ya no volveremos a ser lo que fuimos hasta hace pocos meses. El recuerdo de cuando teníamos un futuro para imaginar y desear es mera arqueología anímica. Vivimos, hoy más que nunca, en el día a día; sumergidos en nuestras estrategias personales y colectivas de adaptación a la amenaza de la pandemia. Navegamos a vista en Pixabay

un mar de inseguridad emocional, donde el otro nos aparece cada vez más como un peligro potencial en vez que como un universo de similitudes y diferencias humanas para explorar. En este nuevo ambiente social y cultural que se ha ido definiendo en muy poco tiempo, la distopía ya no es un asunto literario como el que trataron en sus libros Aldous Huxley (Un mundo feliz, 1932) y George Orwell (1984, 1949) o en su película Fritz Lang (Metrópolis, 1927). La distopía de las máquinas que hacen vivir el hombre feliz, liberado de la preocupación de adaptarse al medioambiente y a la evolución impredecible de la historia – que nos ayudan a vivir seguros y protegidos a cambio (o a pesar) de vivir “de una manera diferente” a la de antes – ya es una realidad. Vivimos sumergidos en ella. La distopía está entre nosotros. Reflexionando sobre este tema, y sobre otros que son cada vez más urgentes a nivel planetario en esta fase histórica de incierta transición hacia un mundo diferente, en un artículo publicado el 16 de marzo de este año en la web de The Intercept (y traducido al español en la web argentina Lavaca.org), Naomi Klein augura un futuro “basado en el tele-todo”. Según la teoría de la periodista canadiense, de hecho, la que nos espera es una nueva sociedad fundada sobre un “Screen New Deal” (Nuevo pacto de las Pantallas), en el que muchas de las actividades que antes de la pandemia practicábamos de manera presencial, desplazándonos de un lugar a otro, se realizarán sin contacto físico alguno y serán filtradas por pantallas electrónicas y otros dispositivos digitales a través de servicios de comunicación manejados por las grandes corporations tecnológicas. Escribe Klein: “la tecnología es sin duda una parte clave de cómo debemos proteger la salud pública en los próximos meses y años. La pregunta es: ¿estará la tecnología sujeta a las disciplinas de la democracia y la supervisión pública, o se implementará en un frenesí de estado de excepción, sin hacer preguntas críticas, dando


forma a nuestras vidas en las próximas décadas?”. Y añade: “Comienza a gestarse un futuro dominado por la asociación de los estados con los gigantes tecnológicos”. A raíz de la situación de emergencia y del cambio repentino de los hábitos sociales que muchos países se han visto obligados a adoptar, como medida de defensa nacional frente a la agresiva difusión planetaria de la pandemia, en los últimos tiempos se ha puesto muy de moda un neologismo. Se trata de una expresión que ha empezando a insinuarse silenciosamente en los grandes discursos mediáticos y políticos, en los análisis económicos y hasta en los informes médico-sanitarios, así como en nuestras conversaciones cotidianas en remoto entre amigos, familiares y compañeros de trabajo. Una expresión que recuerda muy de cerca otro neologismo: “nuevalengua”, que fue inventado por Orwell en 1984. Dicha expresión, que todos hemos empezado a escuchar y a usar en las últimas semanas, es “nueva normalidad”. A través de ella se está explicando a la opinión pública que volver atrás - a lo de antes, es decir a la “vieja” normalidad - ya no es una opción. Existe un antes y un después del mes de febrero de 2020 y nosotros ya estamos en el después (en la época de la “nueva” normalidad). Pero ¿qué quiere decir realmente nueva normalidad? ¿Por qué es “nueva”? ¿En qué sentido? La normalidad o es lo que es o no es. Es como si llamáramos “nueva montaña” a la llanura o “nuevo hoy” al mañana. Todos los idiomas suelen tener un vocabulario riquísimo, con muchos sinónimos y antinómicos, y el hecho de recurrir a neologismos creados con prefijos como “neo”, “post” o “pseudo”, a menudo esconde (en la mejor de las hipótesis) bien una prisa, una pereza en la manera de pensar y definir las cosas, o bien un escaso conocimiento del vocabulario del idioma que se usa. Pero (en la peor de las hipótesis) podría esconder también un deseo consciente de transfiguración (y, por ende, de manipulación) de la realidad. Un ejemplo clarísimo de ello es el uso que se lleva haciendo en los último años de la palabra “postverdad” con la que se suele edulcorar el significado de otra palabra:

“mentira”. “Postverdadero” como adjetivo no significa nada en sí. Si nos referimos a una noticia, por ejemplo, esa noticia puede ser verdadera o no verdadera. O un hecho es cierto y comprobado - y entonces si hay una noticia que da a conocer ese hecho hablamos de una noticia “verdadera” - o no lo es. En este segundo caso hablaríamos de una noticia no verdadera o, dicho de otra forma, falsa. La “postverad” no existe: solo hay verdades y mentiras. Lo mismo vale en el caso de la normalidad. Hay normalidad y excepcionalidad. Si algo es normal, no puede ser a la vez excepcional (es decir, su contratio). Si y cuando un estado excepcional termina, o se vuelve a la normalidad o ya se pasa a otra situación. Es decir, una situación nueva, diferente a la de antes. Tertium non datur (como decían los antiguos). Una normalidad nueva, no es normalidad. Es otra cosa. Es algo nuevo, cierto, pero diferente. Pixabay

Todo lo que hemos venido diciendo hasta aquí con muchos ejemplos y muchas frases largas, lo resume de una manera magistral, con su habitual claridad y capacidad de síntesis, la artista y activista española Yolanda Domínguez. Hablando precisamente del concepto de “nueva


normalidad”, en un artículo publicado el 3 de mayo de 2020 en el Hufftington Post España (titulado “Pongamos rumbo a una ‘mejor normalidad’”), Domínguez escribe: “Nadie sabe con exactitud qué significa, pero esas dos palabras juntas nos hacen sospechar. No casan. No cuela. Hay algo que no funciona en ellas. Por un lado, es algo “nuevo” que nos lleva a sorprendente y original, pero también transmite algo que tenemos que comprar, a una técnica de marketing para embaucar. Y por otro, es lo que ya conocemos, lo de siempre. Menudo timo. Lo que el dichoso término viene a decirnos es que lo que viene es una mierda, pero nos vamos a tener que acostumbrar”. Sin la pretensión de encontrar ahora respuestas a las muchas preguntas que hemos venido planteado hasta aquí, lo que interesa es mantener viva la conciencia del poder que tienen las palabras para definir y representar la realidad. La invención de nuevas palabras o el cambio de significado de palabras que ya existen podrían esconder en ocasiones intenciones diferentes a las que imaginamos a una primera vista. Cuidado con los neologismo. Cuidado con el uso que hacemos (o que a veces nos hacen hacer) de los vocabularios. Cuidado con las neolenguas. ¿Qué quiere decir, exactamente, “nueva normalidad”? ¿Qué concepto se esconde detrás de esta definición? Pixabay

Cerremos, entonces, estas reflexiones con una cita de Orwell, en la que el escritor inglés explica cuál es la lógica persuasiva que subyace a la mecánica de la nuevaluengua, utilizada por el Socing, el partido político dominante en la sociedad imaginada en 1984. Recordando esta página magistral de su obra maestra, recordaremos que las palabras nunca se usan al azar. Asimismo, tampoco son eternas e

inmutables. Todos pueden jugar con ellas y, a través de ellas, pueden hacernos ver y pensar cosas que a lo mejor no nos habíamos planteado. Cuando escuchamos alguien hablar de “nueva normalidad” acordémonos de esta página y acordémonos de la nuevalengua orwelliana, para tratar de entender qué es exactamente de lo que se nos está hablando. Escribe Orwell: “El propósito de la nuevalengua no era solo proporcionar un medio de expresión a la visión del mundo y los hábitos mentales del Socing, sino que fuese imposible cualquier otro modo de pensar. La intención era que cuando se adoptara definitivamente la nueva lengua y se hubiese olvidado la viejalengua, cualquier pensamiento herético – cualquier idea que se separase de los principios del Socing – fuese inconcebible, al menos en la medida en que el pensamiento depende de las palabras. Su vocabulario estaba construido para dar expresión exacta y a menudo muy sutil a todos los significados que pudiera querer expresar un miembro del Partido, y al mismo tiempo excluir cualquier otro pensamiento y también la posibilidad de llegar a ellos por métodos indirectos. Eso se lograba en parte con la invención de palabras nuevas, pero sobre todo eliminando las palabras indeseables y despojando las restantes de cualquier significado heterodoxo, y dentro de lo posible de sus significados secundarios. Para dar un ejemplo, la palabra «libre» seguí existiendo en nuevalengua, pero solo podía utilizarse en frases como «Este perro está libre de pulgas» o «Este campo está libre de malas hierbas». No podía emplearse en el antiguo sentido de «políticamente libre» o «intelectualmente libre», porque la libertad política o intelectual habían dejado de existir incluso como conceptos y por tanto era innecesario nombrarlas. Aparte de la supresión de las palabras claramente heréticas, la reducción del vocabulario se consideraba un fin en sí mismo y no se permitía la supervivencia de ninguna palabra que se considerase prescindible. La nuevalengua estaba pensada no para extender, sino para disminuir el alcance del pensamiento, y dicho propósito se lograba de manera indirecta reduciendo al mínimo de palabras disponibles”.


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