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Pablo Campos Méndez

MEANDO FUERA’L TIESTO


©Pablo Campos Méndez. Santiago, 2007. Registro de propiedad intelectual Nº 167.580 ISBN: 978-956-31-9297-1 Derechos Reservados.


MEANDO FUERA'L TIESTO

Pablo Campos M茅ndez

Ediciones Electr贸nicas 18 S/N, Proyectos Para La Expresi贸n.


A todos mis amigos de 18 S/N y Freire 67 que permitieron a estas horas de ocio eclosionar.


Meando Fuera’l Tiesto

DISCIPLINA. (A Felipe.)

Una piedrita salta sobre otra y cae a un charco. Un niño mira el atardecer sentado junto a la multicancha. Otros niños del barrio juegan con una pelota desinflada. Toma otra piedra y la lanza; intenta no mirar el sol. —¿Por qué el sol sale por las mañanas y se oculta por las noches? —pregunta la maestra con aquel tono de impaciencia de profesor de escuela normal que ha repetido la pregunta tres veces (o talvez trescientas.) El niño responde tranquilamente: “Porque nadie quiere detenerlo”. Así comenzaría todo: primero la nota de la maestra a la madre, las extrañas conversaciones de sus padres a sus espaldas, las lágrimas de la madre, los ojos rojos y el desagradable sujeto que siempre sonríe en el hospital regional. —¿Por qué existe el día y la noche? —pregunta el desagradable hombre investido de bata blanca, detrás de sus láminas con manchas en las cuales no se ve nada. El niño mira por la ventana, el sol descansa anaranjadamente tras los castaños de la calle Balmaceda, a lo lejos. Recuerda su lugar en la esquina de la multicancha, mientras -5-


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15 niños corren y corren tras una pelota destinada a llegar a ningún lugar. —A veces me gusta jugar con piedras… —responde el niño sin quitar los ojos de la ventana—. A veces, antes de tirar la piedra, cierro bien los ojos y me concentro harto… para que dé un bote y caiga en medio de una poza… No siempre resulta, pero, cuando resulta, me siento bacán… (Luego las pequeñas pastillas azules y blancas y a acostarse. El cambio de escuela, los libros de colorear, los llantos tras las puertas cerradas, las peleas, la madre que se va por un tiempo, el padre que jamás tendrá tiempo, la pelota que no llega a ningún lugar, las piedras que no obedecen y los largos atardeceres sentado mirando el sol.) Una piedra salta sobre otra, el atardecer se desliza suavemente detrás de la multicancha. Los niños y su pelota están resignados a seguir vagando eternamente sobre el rectángulo de cemento. El niñito tiene los ojos cerrados durante el crepúsculo; junta todas sus energías en un último esfuerzo, aprieta las manitos y agacha la cabeza. Pero, al abrir los ojos, las luces de la calle le indican que el día ha terminado, que debe tomar sus medicamentos e ir a la cama. Así, día a día, junto a la multicancha, mientras todos juegan a aprender, el niñito simplemente quiere detener el sol. Nunca le ha gustado la oscuridad. -6-


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La gente quería ser la misma, con otra cara. Conversaciones lentas en el tren abrían inciertos destinos entre el salto y el aterrizaje. (Tal vez si hubiese dudado... Pero no había nada que temer, todo estaba muy tibio.) No estoy seguro de cómo comienza el viaje, sólo sé que es importante mantener la voluntad enfocada en mi destino, mi deseo, mi niña-casita al final de los rieles. La gente quería ser la misma y sus disimuladas sonrisas ante mis dudas y torpezas, querían ser las mismas sonrisas de aliento y camaradería. (Tal vez si no hubiese dudado.) Y creo que ella se aparece bailando por el pasillo y me deja un cigarro en la boca. “Te espero al final de la línea” dice desapareciendo entre la multitud. Pero ya no sé si creo (o si las manchas de sudor en mi camisa le serán motivo de asco.) —Todos los jóvenes son iguales —dice una señora sentada a mi lado que quiere ser mi madre y mi profesor de la escuela básica—. Apenas se les hace pesado el camino, ¡zas! saltan al tren equivocado. -7-


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—Pero qué puedo hacer si cada vez que dudo este sueño cambia. Cómo saber si aún esta ella de brazos abiertos, de ojos brillantes, de besos ansiosos, de calor en el vientre, para mí... Para mí, que no le llevo nada... Suena la campanilla que anuncia la última estación.

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—Ella... No sé cómo explicarlo, tal vez tendrías que ver como me pongo cuando estoy a su lado. Si ni creerías que soy el mismo hueón que sale después de las “reuniones” a aullarle a las pendejas cuicas de la avenida Alemania. —Pero que soih hueón, voh —responde Richard sonriendo condecendientemente a su amigo, mientras le avisa al Ojoesangre (garçon de la cantina) que debe llenar otra vez las cañas—. Lo que te pasa a voh es que soih muy pendejo. Te encontrai a la mina perfecta pa' voh y, en vez de venir pa'ca a celebrar, venih a preparate pa' saltar de un puente. ¿Otro de los mismos o un fifti-fifti? Richard mira de reojo a su amigo para ver si se le nota ofendido, pero éste tiene la mirada clavada en un clavo sobresaliente del mesón. —Fifti-fifti mejor, algo dulce me haría bien. Campitos está, ahora, absorto mirando por la ventana. Richard le hace la típica seña de fifti-fifti al Ojoesangre y después chasquea sus dedos delante de los ojos de su amigo. —Hueón, ¡Despierta!... ¿Quién te entiende a voh? —Escoba. -9-


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—Aah... Tu sabih que a mí lo que único que me molesta es que toda la gente se pasee por ahí y haga sus compras y bañe al perro y cuelgue una foto de una fuente de frutas en la pared, como si no hubiese nada más en la vida. O, peor, como si todo lo diferente fuese de partida erroneo... —Calmate hueón... —interrumpió Campitos recibiendo la caña y, acto seguido, bebiendo la mitad de su contenido—. Sí sé, hueón, sí sé. A mí también me molesta, pero a mí me molesta pa'dentro... Me molesta porque yo también... Campitos se quedó un momento mirando una horrible pintura de un bosque junto al lago, colgada junto a una foto del Colo-Colo del ’91 (Campeón de la Libertadores) —Es que me da miedo —continuó al cabo de algunos segundos—. Es que... El otro día tuve un sueño bastante extraño. Estaba con mi mina en el cementerio de Linares fumándonos un pitito. Un instante más tarde ella se eleva sostenida de un volantín de varios colores. Gritaba y se reía y me daba las gracias. Se veía tan linda con esa faldita y sus patitas flacas colgando. »Yo sostenía el hilo con todas mis fuerzas y me esforzaba para que el volantín subiera más y más. En eso miré el carrete que estaba en el piso (para saber cuánto hilo quedaba) y vi una lápida que tenía escrito Aquí yace Ícaro. Aquel que murió para perdonar todos nuestros sueños. Me quede mirando asombrado aquella lápida, pero entonces el hilo... —Campitos... —interrumpió Richard mostrando su caña - 10 -


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vacía. Campitos sacó algunas monedas del bolsillo y sonrió (aún alcanzaba para otra ronda) y llamó al Ojoesangre para que les llevase una jarra. —Mira hueón —prosiguió Richard—. ¿Tu creih en los significadoh de loh sueños? —No. —Entonces, pa' qué hueá me los contai. Mejor dime qué chucha es lo que te da miedo. —Pero... —Pero que hueá... Si me decih que la mina es tan bacán contigo. Viste que soi un pendejo enrolla'o no mah. Mire que tanto Ícaro y sueños hueones. —Pero es que ella cree en los sueños y yo creo en ella, entonces... Richard sirvió las cañas mirando de reojo a su amigo, que no quitaba los ojos de la mesa; claramente avergonzado, intentaba buscar la forma de borrar aquellas palabras tan “cursis”. —No te parece nada, acaso, lo del volantín y el hilo —dijo Campitos en un tono bastante más efusivo—. Tú cómo pintor deberías comprender mejor el significado de aquella imagen. —Me parece un buen significado. Tú... —No... No yo. Ella... Me da miedo que ella... Yo no puedo, no podría... imagínatela tan feliz en el cielo y sólo alguien tan torpe como yo para sostenerla. - 11 -


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—Así como lo dices, parece que tu único problema es la cobardía, tal vez siempre lo ha sido. Pero eso de Ícaro... la verdad me dejaste metido. ¿Qué significa esa inscripción? —Nada... Es una relación bastante infantil, tú sabes. Jesús murió por nuestros pecados; Ícaro, por nuestros sueños... Pensaba usarlo en algún cuento, pero aún no sé cómo. Richard miró la jarra vacia y luego hacia fuera. Ya había oscurecido. Vació su caña y se dirigió a la caja a comprar un cigarrillo suelto. Al volver vió a su amigo cabizbajo mirando a través de las últimas gotas que le quedaban. —Vamos —dijo—, hoy llega la Javiera de Cañete y me dijo que se iba a traer unos verdes. Además me queda algo de plata, nos podemos comprar algún pelacables. Campitos lo miró con una sonrisa, pero como si estuviese en otra parte. Con aquella sonrisa condecendiente que se les dice a los moribundos que todo va a salir bien. Campitos se sonreía a sí mismo, parado en medio del cementerio. “Todo va a salir bien —se gritó—. Si cae, tu vas a estar aquí para alcanzarla.” —Ya... Vamos mejor.

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NO ES MÍO. (O VIAJANDO EN CÍRCULOS.)

Me oculté tras los árboles que cubren la entrada al Hospital Regional. Desde ahí pude ver que la señora del puesto de libros usados no estaba mirando en mi dirección, sino que conversaba tranquilamente con el hombre del quiosco. Me acerqué lo más rápido que pude al puesto, tratando de no levantar sospechas. El libro era el primero de arriba de la caja, tenía una tapa café con detalles dorados que saltaban a la vista. Lo tomé y me lo eché en la cartera. Enseguida tomé otro y lo observé de cerca. La señora se paró a mi lado y me saludó. Dejé el segundo libro en su lugar, la salude de vuelta y le pregunté por un libro de Cortázar que ella había prometido conseguirme. Aún no lo tenía, pero le había llegado una antología de cuentos fantásticos hispanoamericanos que podía gustarme. Me preguntó si podía ver que traía en mi cartera y saqué un libro de cuentos infantiles que no le interesó para nada (estaba muy viejo y la edición era deficiente.) Lo guardé y me despedí. Me detuve tras los árboles del hospital (ella no me miraba, volvía practicando un divertido paso hacia el quiosco.) Me dolía la mano izquierda, me había estado - 13 -


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apretando los dedos sin darme cuenta. Tenía una uña marcada en la palma. Una sirena. La ambulancia se debía abrir paso en alguna calle fuera de mi vista. Continué caminando hacía mi casa por la avenida Alemania, sin mirar hacia atrás. El tráfico estaba detenido, alguien eventualmente hacía ruido con su bocina. Parece que la ambulancia también quedó atrapada en el embotellamiento, la sirena seguía sonando desde algún lugar incierto. Saqué el libro de la cartera y comencé a hojearlo. No sé si simplemente empezaba con un uno romano o, tal vez, alguien le arrancó las primeras hojas. "I Azul.Lalinearectabrillante.Semueve.Lastima.Lapequeñamanocubre.Noessuficiente..." Miré la portada. No tenía escrito el título, sólo una especie de marco dibujado con trazos dorados que indicaba que en aquel lugar antes debió haber estado y una línea abajo que podría haber subrayado el nombre del autor. Realmente no sé quÉ fue lo que me impulsó a robarlo, sólo era un viejo libro café. Tenia las bordes gastados y las hojas amarillentas, ahora que lo miraba bien creía que era el libro más estropeado que tenía la señora entre buenas ediciones de Kafka, Borges y Tagore. Me sentía estúpido de haber tomado ese vejestorio. Al llegar a una esquina la luz roja me dio tiempo para ver alguna otra página. Miré entre las palabras, pero no acertaba por donde comenzar a leer “...Frío.Losojoscaen.Turbialarespiración.Dejadeser.Unamanobalanceadelanteluzconarbolesy- 14 -


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cuántotiempoapasadomamádesdelaúltimavezquenosvimos. Vueltaalnegro..." Crucé la calle sin dejar de mirar el libro. Los automovilistas empezaron a perder la paciencia y un bocinazo me hizo saltar. Busqué otra página al azar y continué leyendo. "XV Sed.Luz.Amarillo.Ella.Estasensaciónenelestómagomeestámatando.Lospiesnomantienenelpaso.Baño.Taza.Insoportable.Meahogo.Elolor.Lagarganta.Agua.Agua.Elespejomedevuelvemitristezadesiempre..." Levanté la mirada del libro y encontré los ojos de un niño. Él me miraba fijamente con una mano levemente alzada (creo que estaba aguantando la respiración.) Luego una mujer, que debió ser su madre, le tomó la mano y se lo llevó por la calle Arrayán. Al llegar a la esquina los vi alejarse. Él miraba insistentemente hacia atrás y, al verme, le habló a su madre llevándose la mano a la cara. Luego me apuntó. Decía algo sobre mi cabeza. Su madre no miró hacia atrás, simplemente le dio un tirón y apuraron el paso. Me toqué a la cara, pero no había nada extraño. Volví a abrir el libro. "...Unsurconuevobajoelojo..." Lo cerré. Busqué algún espejo o vidrio para ver mi reflejo. Estaba normal. El ruido de los autos era ya insoportable. Levanté la vista en busca de la ambulancia. Miré hacia atrás, pero no pude saber de dónde venía el sonido. Abrí el libro y me apoye un momento contra la reja de una casa. Pasaba las hojas mirándolas por encima. Leía algunos trozos cortos, pero no - 15 -


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podía entenderlo. Por momentos parecía ser una historia, pero en general las palabras y frases eran inconexas. Me preguntaba qué significaría la expresión en la cara del niño. "...Quierocienpesosdepanporfavor.Sí.Quierocienpesosdepanporfavor.Gracias.Claroyoledigo...”, “...Dejadeser.Pastotierraniñascorriendo.Arena.Agua.Mefaltaelairefaltaairefaltaaire.Sillón.Respiracióndemasiadoagitada...", “...Laslíneassedeforman.Dejadeser...". Seguí caminando. Miraba las páginas llenas de palabras y puntos. La frase que más me llamaba la atención era "Dejadeser", pasaba hojas y hojas buscándola; creo que era la única frase que se repetía en todo el libro. Se repetían algunas palabras sueltas como los colores (sobre todo el azul y el amarillo) las palabras “dolor”, “cerrado”, “pipí”, entre otras, pero sólo la frase "Dejadeser". Las páginas centrales eran diferentes al resto. En ellas había dos oraciones escritas: "En la calzada había un hoyo con forma de libro." y "En la última página siempre hay respuestas." Faltaban aún un par de cuadras para llegar a mi casa, pero no podía decidir si esperar hasta llegar ahí para leer el libro entero o si saltarme directamente al final. No lo pude soportar, busqué la última hoja del libro. Los autos comenzaron a moverse. Cesaron las bocinas y la sirena de la ambulancia (por fin) parecía moverse de aquel lugar oculto. Ahora se siente más cerca. - 16 -


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"...Elzumbido.Elgrito.Lasletras.Lapalabraletras..." Me detengo en la acera y espero para cruzar. “Algoviene.Siemprealgoviene.Peronollega.Lospiespodríandolerleamiestatua.Laspalabraspodríanagotarmeantesdeterminarellibro.Quéhacerentoncesconlasdudas.Sólocreerenesesonidotanfuerte.Esasire..." Di un paso hacia atrás para mantener el equilibrio y escuché aquel sonido semejante a las hojas secas que anuncia la muerte de un caracol. Miré mi zapato y entonces lo sentí. Empujó mi pierna antes que alcanzase a reaccionar. Sólo pude ver aquel furgón blanco con sus luces como manchas de todos los colores. La sirena sonaba apabullante, mientras mi mano y cabeza golpeaban contra algo con un sonido seco, como dos maderos chocando. Luego la sensación fue extraña, como si estuviese muy solo, como si la ambulancia volcada fuese un sueño, como si mi cuerpo inmóvil fuese falso, como si todo dejase de existir excepto yo, un pequeño punto en el vacío.

Un niño de nueve años que iba en la ambulancia (con la cabeza partida, a causa de una caída) murió en el lugar. Su madre que lo acompañaba se quebró un brazo y sufrió una especie de shock nervioso. Yo, por mi parte, salí con yeso en una pierna, pero nada más. Nadie sabía nada del libro que estaba leyendo. - 17 -


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RED SUN.

—Bueno... tú sabes que eso no es lo que importa... pero tal vez me dé una pista, no sé, tal vez una leve idea de pa'ónde se fue... Aay hueón, no sé qué hueá me paso. Tú sabih que yo soy un poco tímido, pero esta vez se me pasó la mano de hueón. Loco, si estaba ahí, a mi izquierda, era cosa de estirar la mano, haber dicho algo, pero tu cachai... uno no se da cuenta de las cosas que tiene, hasta que se van... no sé. Igual la película no era tan mala, no sé por qué me quede dormido... yo cacho que me había tirado mucha mierda al cuerpo antes de entrar. Igual no caché na' el final... o sea, si la Jena Goldenteat estaba muerta, ¿Cómo cresta agarró el hacha?... »Viste hueón siempre me pasa lo mismo, empiezo hablando de una hueá y termino con otra... puta hueón, si soy tan pajarón que me da rabia. Por eso se me van las minas; mientras estoy calla'ito, bacán, pero cuando empiezo a hablar, como que las mareo, no sé hueón, tal vez piensan que soy un hueón enrolla'o o que me quiero casar con ellas, se van de huelo hueón... »Bueno, la hueá es que yo estaba ahí sentado con mi paquete de palomitas cachando la película puh, igual buena - 19 -


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la película... ¿Cómo se llamaba?... algo como "El ano de dios" o "El complejo arcángel" o no sé hueón, no importa. La hueá es que la loca estaba ahí a mi lado, ¿cachai? Ahí mismo a mi izquierda; si yo podía sentir su olorcito a frutas, como a piña y cocos, y me veía bailando hula-hula con ella en Hawai... así me que'e dormi'o, puh hueón, y tuve ese sueño cuatico que te conté... ¿Te acordai de ese viejo loco?... Don Roberto (loco el viejo), el que casi te pega frente al negocio de la esquina de puro pela cables. Hueón, casi me voy de raja cuando el viejo se me aparece vesti'o todo elegante con una especie de báculo de oro en la mano... y yo, hueón, todavía sentado en la butaca con mis palomitas y la mina al la’o, pero ahora al la’o derecho hueón... no cacho que volá', hueón, pero como que la loca estaba extasiá' con el viejo, onda sexo espiritual o una locura por el estilo, y yo, hueón, que no cachaba ni una hueá, quise hablarle al viejo, pero como que me dio miedo y, zas, se prenden las luces y ya no estábamos na' en el cine, sino que en una especie de circo como con mil hueones por to'os la'os y yo, hueón, onda que me traté de parar, pero como que tenía el cuerpo dormi'o y las piernas no me respondían y, loco, de repente se apaga la luz por un segundo y al siguiente, hueón, estábamos en medio de la Antártida... Onda to'o blanco y el viejo, para'o ahora, vesti'o con una bata blanca, hueón, y uno de esos gorros puntu'os que ocupan para dormir en el Chavo Del Ocho, esos con un pompón en la punta. Al la'o del viejo había un niño, loco, - 20 -


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igual al hermano chico de esa mina que yo me comía, ¿Cómo se llamaba?... La Vale, puh hueón, la chiquitita. El pendejo era igual al Tito, el hermano de la Vale, hueón. Y el pendejo nos empieza a hablar una hueás más raras y la mina (igual, rica la tonta) estaba sentada ahora delante mío y escuchaba onda to'a atenta y yo quería tocarla, pero no me podía mover, ¿Cachai?... La media locura... El pendejo, hueón, nos decía unas hueás sobre la felicidad y que algo de la perfección que estaban a nuestra izquierda y, yo no caché que onda, después dijo que nosotros teníamos que buscar ese lugar y... »Yo cacho que la mina tiene que estar en el campo, o sea, yo pensé al tiro en el campo cuando el pendejo nos hablaba de que lo natural y que el instinto; algo como que lo importante de esas hueás y que eso nos hace realmente felices, pero no sé... igual la volá' del pendejo super rayá', como ese libro de Herman Hesse que tuvimos que leer pa'l liceo, hueón. Yo estaba trastorna'o, no sé qué hueá, pero, igual loco, como que me asusté, quise salir arrancando y me desperté, hueón, y la loca no estaba en el cine. ¿Cachai la volá'?... Como que ella se que'o en el sueño, loco, y me gustaría ir a buscarla, ¿Cachai hueón?... ¿Hueón?... ¿Qué onda?... Chucha la hueá...

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Más de alguna vez un zancudo más estúpido de lo necesario atravesó la llama de mi vela y cayó retorciéndose sobre mis papeles. Mi primer impulso fue matarlo jugando a ser piadoso fingiendo creer en otro lado Pero luego tomé mi lápiz y con sumo cuidado le arranqué las patas o algún trozo de ala que se agitaba patética Así libre de cualquier oportunidad de lucha el bicho miraría en paz a su destino. - 23 -


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La misma lógica con que sobreviví a tanta adolescencia sentado en el último banco de la sala llenando mi cabeza de pequeños límites grandes certezas hasta ni poder moverme. Aprendí a amar levantarme de madrugada y amarrar alrededor de mi cuello la corbata. Aprendí a amar todo aquello que me quitaba las ganas Las noticias de la noche - 24 -


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La profesora de castellano La depresión crónica El color de los edificios gubernamentales. Y el cristianismo incurable del colectivero que intentaba llevarme a casa cuando yo buscaba un bar donde me dejasen tranquilo. En paz, tranquilo sin nada por hacer excepto contarte que hoy murió un estúpido zancudo.

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MALDITO.

Azoté la bolsa unas diez veces antes de escuchar el crujido. El grueso vidrio del reloj había cedido (hay que tomar en cuenta que mi padre lo tenía desde 1965, tiempo en que las personas eran más esforzadas al hacer las cosas.) Tomé el minutero y lo puse en un libro, marcando un poema de Benedetti que me había dejado asombrado. El tornillo de la campanilla estaba suelto, tiré y gire varias veces la pieza hasta que logré liberarla; estuve un rato golpeándola con la cuchara. Busqué un martillo o cualquier cosa que sirviese para abrir la placa metálica que protege la maquinaria, pero el desorden en toda la casa era demasiado para encontrar nada. (Lentamente todo el piso había quedado cubierto de trozos de los diferentes artefactos que molestaban.) Las lagartijas se paseaban entre las ramas que habían destrozado las ventanas. Preferí, finalmente, salir a dar una vuelta al parque, por ahí encontraría una piedra o algo. Además ya me iban quedando pocas cosas en casa, no quería quedarme sin nada que hacer. - 27 -


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Hacía un hermoso día. Recuerdo que al poco rato de caminar, mientras revisaba tras unos árboles, encontré un viejo billete de quinientos pesos. (El hallazgo en sí no tenía la más mínima importancia, por lo que mi paseo no se vio afectado.) Llegué al parque con varias piedras en el bolsillo, me senté junto a un castaño y me puse a revisarlas. Después de medirlas, pesarlas y observarlas, con sumo cuidado, descubrí que ninguna, de todas esas piedras, era la que estaba buscando. No importa —me dije— tengo todo el tiempo del mundo; puedo seguir revisando hasta agotarme y, si aún no la encuentro, regresar mañana. Así me quedé descansando el resto de la tarde. Meditaba vagamente sobre la forma, tamaño y peso de mi piedra, pensando, además, en los diversos usos que le podría dar una vez desarmado el viejo reloj. —Señor... ¡Señor! —me despierta un joven con cara de bobo—. ¿Quiere un café? Siento el cuerpo entumecido, así que acepto el café sin pensarlo demasiado y un pan con mortadela que me entrega una tímida jovencita. Al levantarme me siento muy débil, no sé cuánto tiempo estuve durmiendo al lado de aquel árbol. Los dos jóvenes me tomaron por los codos y me ayudaron a mantenerme de pie. Hablaban entre ellos, como si yo no estuviera ahí; se preguntaban si tendría algún lugar donde - 28 -


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quedarme o algo de dinero. Saqué el billete que me había encontrado antes y se lo entregué a la joven. —No, señor. No tiene que pagarnos —me sonrió la joven devolviéndome el billete. El joven le quitó el billete, antes de que yo alcanzase a tocarlo, y se volvió hacia su amiga: —Pero si estos billetes ya no sirven. El joven me entregó una moneda dorada de borde plateado y se guardó el billete; la joven lo miró con ternura y le acarició el pelo. Esta escena me recordó algún día en que las mujeres no se me confundían ni con el frío ni con el hambre; un tiempo en que yo era un hombre ocupado y no había sufrimiento capaz de distraerme. Aquel recuerdo me perturbó: había perdido toda la tarde recostado en un castaño, ahora estaba oscuro, me sería imposible encontrar la piedra adecuada para mis labores y pasaría la noche en vela, sentado frente al reloj, sin poder hacer nada. Los jóvenes se despidieron amablemente y apuraron el paso hasta la esquina donde los esperaban otros jóvenes; todos ellos ágiles y ocupados, llenos de vida y trabajo por delante. En cambio yo, seco y vacío, parado en medio del parque, atrapado entre artefactos desechables, que no soportan la más leve patada. Rodeado de estructuras que van cediendo solas, convirtiéndome en un hombre completamente inútil. - 29 -


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Metí mis manos en los bolsillos y sentí la moneda, que, hasta ahora, no era más que otro objeto del cual deshacerse, pero que en este nuevo contacto se introdujo en mis pensamientos rompiendo la maldición: —Vacío, pero no seco —me dije, mientras caminaba alegremente en busca de alguna chichería—. Me compro una cañita y, seguro, entre tanto borracho encontraré a uno que me hablará de tiempos mejores, cuando hacíamos bien las cosas. Seguro tendrá una de esas máquinas de escribir Underwood, que sólo se pueden abrir con un soplete... Así me fui silbando por las calles, pensando en mi cañita: la forma que debía tener, el color del pipeño, el olor; no aceptaría cualquier cosa...

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RON DE TRES EN PUNTO. A Maroa.

1. Sentado a dos metros de un vaso de agua muero de sed… Despierto sudado, escucho un respirar suave; aún está oscuro, me levanto al baño, miro al espejo sin encender la luz, me mojo la cara. Enciendo un cigarro y lo aspiro mientras bajo las escaleras para salir al jardín, donde me siento a dibujar brillantes agujeros, con el humo y la luz de la luna. Apago el cigarro contra un viejo jarrón y busco mis llaves en los bolsillos, no las encuentro, estoy completamente borracho y completamente desnudo, me molesta una herida en el labio que no recuerdo haberme hecho, me recuesto sobre unas flores amarillas... Despierto cubierto de sudor, la respiración a mi lado es más profunda ahora y, de cuando en cuando, suelta alguna palabra ininteligible; un abracito suave me recuerda el río. Aún estoy desnudo y borracho, desde una roca (con los ojos cerrados) me lanzo más decidido que nunca a esta agua tibia (me abraza, me aprieta.) Por segundos, con los ojos bien cerrados, me siento como llevado de la mano por la corriente - 31 -


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y se me acaba el aire, ahora no estoy seguro si tengo los ojos abiertos o no... Los tengo abiertos. Las frazadas están en el suelo, nadie respira a mi lado, desde el baño me llega una débil canción que creo haber soñado escuchar anoche. Ya es de día, la borrachera sobrevive sólo como una seca molestia, la cerveza está desvanecida, algo tibia, pero es necesaria a esta hora, saco un poco de hierba de una hoja de diario y me lío un pitito... A las tres en punto debo tomar el bus de vuelta.

2. Saco la cabeza del agua y respiro profundamente abrazado a una roca. Logro salir por completo, me arrastro por la orilla, me envuelvo con una toalla y busco mi ropa. (No la encuentro.) Intento ponerme de pie, pero mis rodillas no responden; descanso sobre la roca en que caí, disfrutando del fuerte sabor a sangre que repleta mi boca... El dolor en la boca me despierta, aún estoy mojado, encuentro un pantalón sucio con barro y algo de sangre (Igual me lo pongo.) Salgo de la carpa y me encuentro con una botella de ron (medio vacía) medio llena tirada al lado del boldo donde se secaba el resto de mi ropa al sol de las tres en punto. El dolor en la boca me despabila, el ron de la - 32 -


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botella se mezcla con el rojo de mi sangre, tapo la botella y me siento junto a la fogata, oigo risas, pero no puedo reír, me fumo el resto de un cigarro canturreando una canción que aparece reiteradamente en mis sueños... Ya oscurece y el movimiento de las luces provenientes de la fogata y el sonido del bongó me dan ganas de bailar; recuerdo una noche en el parque bailando vals al ritmo de un vodka naranja; algunas emociones aparecen (como fantasmas de un futuro soñado) entre la oscuridad de una noche menos fría, menos húmeda, pero de pies más adoloridos; escucho una respiración agitada y el rostro reflejado en la ventana sonríe, dibujando un sol o una O silenciosa... El aire está muy denso, (la respiración llena la carpa), ya es tarde y el olor a poleo me provoca sacar algo de hierba de una hoja de diario y liarme un pitito. La respiración se corta abruptamente dando paso a un melodioso bostezo. Dos brazos suaves se enrollan en mi cuello...

3. “En punto”. Intentaba escribir una carta, algo no demasiado nada, pero me cuesta bastante explicar las cosas que siento sin que me parezcan algo demasiado... Traté de abocetar alguna suerte de relato que dejase en claro mis - 33 -


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intenciones y llenarlo de imágenes reconocibles que mostrasen cuanto añoro esos recuerdos, pero creo que este frío me esta afectando... (“En punto”, el crucigrama...) “En punto”. Quise hacer algo ‘poético’ con las imágenes, pero en mi memoria todo lo que sucedió este verano está tan nublado por el alcohol y la hierba, todo tan perfecto por los largos, cálidos, suaves besos (mareadores). Todo esta tan demasiado... que por momentos parecen sueños o una fantasía de ron de tres en punto... “En punto”. Creo que la ansiedad me está quitando el talento, y es tal el deseo de recuperar esas sensaciones perdidas, que no puedo distinguir entre lo que realmente hice y lo que soñaba hacer. Sólo estoy seguro del calor (un exagerado calor que me quemaba), pero no aquel sofocante calor de aquella seca ciudad, era otro calor, otro más fuerte, uno que venia de mi interior... “En punto”: intento, además, resolver un crucigrama y una palabra de siete letras para “En punto” me detiene el lápiz...

4. Me recuesto (desnudo) sobre las baldosas del primer piso, no veo bien. Siento dos helados pies sobre mi espalda, el peso es agradable, no puedo moverme. Lo que queda de un pitito me quema la punta de los dedos, pero no me resigno a - 34 -


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soltarlo. Escucho una débil canción bajar hasta mis oídos, los pies se mueven sobre mi espalda como bailando lentamente un gran vals imaginario. Algo extrañamente aterciopelado roza contra mi pierna (creo que es un gatito), ahora siento otro algo subirse a mi hombro y luego otro a mi espalda... maullido tras maullido mi cuerpo queda completamente cubierto por una masa vibrante de piel y calor, una débil canción se apodera de mí... Despierto sobre la mesa, tengo el pelo mojado con vino que derramé de un vaso plástico. Doy las “gracias por todo” a la dueña de casa y salgo del “Pub Marta” con mi bajo en la mano derecha. Ya es bastante entrada la noche, pero el calor me agobia y aún me queda un trecho bastante amplio antes de llegar a la casa. Creo que estuve soñando con un desierto mientras dormía en aquella mesa y un reloj a las tres en punto (semiescondido en la arena) me despertaba con una alarma sobrenaturalmente molesta. Abro la puerta, subo la escalera y entro al baño (apresuradamente) justo a tiempo para vomitar en la taza y desplomarme. Desde la pieza una respiración aún dormida me llama suavemente. Creo que golpeé mi cabeza contra el piso de la ducha, me acerco al lavabo para tomar algo de agua, pero la vomito, ahora tengo más sed aún... Al despertar sólo me quedará aguantar toda esta felicidad hasta que el bus me devuelva a mi fría ciudad. - 35 -


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5. Estiro la espalda y tuerzo el cuello dejando escapar lo queda de aliento en mis pulmones, me desplomo (suavemente) y resbalo suavemente hasta que mi cuerpo encaja perfectamente con uno más blandito y pequeño, bajo el mío. Una dulce risita sube a jugar con mis oídos mientras dos traviesas manos dibujan figuras sobre el sudor de mi espalda. Mi cuerpo arde dulcemente. El salado sabor de mi saliva se alivia con otra azucarada y fresca. Me deslizo y giro tanteando en la penumbra. La cerveza aún esta helada, bebo un par de sorbos y la dejo violentamente en el piso, mis brazos ya no responden, la cama gira como un carrusel... Tomo mi cámara fotográfica, un pequeño tren verde y una hermosa silueta burdeo quedan atrapadas por la luz. Un suave olor a poleo y un leve roce contra el brazo me arrancan un suspiro, trato de gritar una palabra (pero no sé cuál) mientras la silueta burdeo se aleja tristemente hacia el murmullo de las olas. Me acerco a la playa con paso dudoso y abro una botella de champaña. (Ella ya no está.) Una gaviota más valiente que las otras me mira desde una roca cercana, la botella rueda vacía por el piso, escucho un graznido a mi espalda (bastante cerca), luego otro graznido y otro. Momentos más tarde el extraño sonido de cien alas blancas agitándose me apaga el sol. El miedo no me permite - 36 -


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moverme... Despierto sobresaltado, el calor húmedo de una suave respiración deslizándose por la parte posterior de mi cuello me calma, trato de alcanzar la cerveza pero mi cuerpo no responde, busco con la vista mi ropa para sacar un cigarro, pero no recuerdo habérmela quitado; la pieza esta aún más desordenada en la oscuridad. Quiero salir al jardín, pero permanezco completamente inmóvil en mi insomnio (este abrazo es tan hermoso.) Recuerdo unas bellas flores amarillas junto al cerco, mañana voy a cortar algunas y te voy a decir lo que siento.

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NUBES GRISES Y BRILLANTES.

Los primeros días de invierno en Temuco son capaces de matar a una persona de tedio. Sentados frente al escritorio, con la estufa eléctrica bajo las piernas, es un número relevante el de probables víctimas que Julio y su estoico clima puede hacer sufrir en esta triste ciudad. En los nuevos edificios (cubiertos de espejos) se reflejan las caras cientos de hombres y mujeres que, al igual que maderos desgastados por la humedad, muestran las claras señales del cansancio, la congestión y los diferentes dolores de hueso, músculo e, incluso, nervios que acompañan a las frías caminatas por el centro de la ciudad en un día de lluvia. De la misma forma, en las miradas de cientos de peatones que transitan por Caupolicán, Av. Alemania o Pablo Neruda se puede ver el efecto de todo un día de nubes grises y brillantes (por las cuales el tiempo pasa impotente) cubriendo todo lo que debería ocupar el cielo. En días así (cuando en los respaldos de cientos de sillas de oficina reaparece aquella helada sensación de humedad, disolviendo las ventanas y los ánimos) algunos imprudentes, quizás en un descuido, tienden a dejarse llevar por la idea de que, si se quedan completamente quietos, esta fría corriente - 39 -


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los transportará a las profundidades de la tierra como a una rústica balsa. Si en estos momentos, uno comete la torpeza de arrastrar la silla hasta la ventana, estirar la mano a la lluvia y mojarse la cara se corre el peligro de recordar (no necesariamente de forma clara) lo bien que se sentía en otra época ser casi completamente fluidos y ver como el tiempo nos fue endureciendo el cuerpo hasta volvernos tiesos y frágiles. Hay que cuidarse de ceder al cansancio y dormirse sobre una incómoda silla mirando la lluvia, porque se corre el peligro de ser cubierto por miles de esporas (normalmente de musgo u hongos, pero, en casos, hasta de helechos) capaces de traspasar nuestra corteza, proliferando fácilmente gracias a la humedad de nuestro interior[...] Si uno camina hacia las afueras de la ciudad, buscando en algún oscuro bosque un arroyo de aguas claras en un día de lluvia, puede llegar a toparse con algunas de las víctimas de esos días fríos, húmedos y brillantes. Tienen el rostro ausente del ermitaño, cubierto de tierra y musgo; sus ropas, sucias y acartonadas, están completamente desgarradas por la acción de raíces que les bajan desde la parte posterior del cuello hasta las palmas de las manos y desde los extremos de las caderas hasta los talones. Por el aspecto que les dan estas raíces, que cubren la totalidad de su cuerpo, son conocidos en algunos sectores rurales como los ‘hombres de palo’. También debido a su - 40 -


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apariencia es prácticamente imposible verlos, excepto cuando un día brillante y lluvioso les permite acercarse a la orilla del arroyo y mirar el cielo.

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SOMOSELÚNICOUNO.

Encendió su cigarro con la vela y se fue para la pieza. Desde la oscuridad podía percibir su silueta desnuda meneándose al ritmo de la luz de aquella pequeña llama. Observé sus delgadas piernas arrastrando aquel suave cansancio olorvinosaliva después de danzar con mi cuerpo de marioneta un dulce somoselúnicouno. Algún hilo que dejó en lo que quedaba de mí seguía dibujando sus vibraciones en mi máquina de escribir. Ciego de cansancio la vi irse cien veces antes de decidirme a acompañarla y dejar estaspalabrasdeoscuridadretratada dibujar la historia por sí solas.

0 El primero en entrar a la ceremonia fue un niño vestido con un chaleco azul demasiado grande para sus aparentes seis años. Tras cerrar la puerta y trancarla, comenzó a encender las velas con su lámpara de aceite. Después de encender cada vela se quedaba contemplándolas un momento hasta estar seguro que no se apagarían. Sus ojos - 43 -


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fijos en las lucecitas cambiaban de color entre el negro y el verde. De una trampa en el piso apareció un hombre vestido con una gran manta café, que sólo dejaba ver su cabeza y brazos desnudos. Se quedó mirando al niño, el cual parecía no haberlo notado. —Cresta... Parecih un fantasma —dijo al ver al pequeño a los ojos. El niño hizo una mueca de risa, pero siguió su trabajo sin mirarlo. —Muy bien... —continuó el hombre, ahora para sí mismo, mientras limpiaba con su pañuelo el polvo de una gran mesa en medio de la habitación. Luego se devolvió a la trampa y metió su brazo y cabeza en ella. —Ay, la tontera pa' pesada. ¿Por qué no me das una mano aquí? —preguntó mostrando una soga. Pero el niño seguía en lo suyo sin mirarlo. Finalmente logro sacar toda la soga, incluido un maletín café que tenía amarrado al cabo. Cerro rápidamente la pequeña puerta cuadrada y le puso un mueble encima—. Por el acaso. —Shht. Va a traer la mala suerte a la ceremonia con esas palabras. —¡Y habla! —rió el hombre—. No te preocupes, he hecho esto tantas veces que ya ni me acuerdo cómo aprendí —tomó el maletín, lo dejó sobre la mesa y sacó una gema de su interior—. Mira, cada cristal es único y está conectado a un punto de (cómo decirlo) de nuestro interior. Representan - 44 -


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algo nuestro que es imposible de explicar, algo más sutil que los sentimientos, pero mucho más evidente que los conocimientos... —Ícaro —dijo el niño con un cristal transparente en la mano. —Eureka —respondió el hombre entre risas—; eres un joven muy talentoso. Esa piedra es el cero, el comienzo del viaje. Pero como siempre las advertencias son demasiadas...

Encontré al Felipe sentado en el paradero de San Martín con Andes. En cuanto me vio se puso de pie y me extendió los brazos: —Llegó por fin mi querido amigo Eze. Apuremos la causa, te estoy esperando hace como media hora. Las niñas deben estar enojadas. ¿Te acordaste de la cámara? —¿Qué niñas? —La Flaca y la Naty. —Ah, sí. ¿Cómo está la Naty? —Bien, no ha tenido complicaciones. Eso sí que no puede pintar, por los diluyentes, pero ayer fue al médico y le dijo que la guagua estaba sanita. ¿Estuviste tomando? —Sí, un poco de vino al almuerzo, pero no te preocupes, me conseguí un trípode. Cuando llegamos a la escuela, la Flaca con la Naty, ya habían terminado de trazar el mural en la pared. - 45 -


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—¡Mira la horita! —me recibe la Naty con varias manchas de tiza en la cara—. Te perdiste mi magistral participación en la obra. Me abrazó y dio un beso, después se limpió la cara riéndose (aparentemente yo también tendría la cara manchada con tiza, pero por más que me pasé la mano no logré sacar nada.) La Flaca me saludó con un gesto y sé fue a hablar con Felipe. Yo me devolví hacía la Naty y, sacando la cámara de mi mochila, le dije: —Voy a comenzar contigo entonces. Déjame buscar un lugar para hacer la toma bien. Acomodé el trípode y me puse a jugar con las posibilidades de enfoque, mientras tanto la Naty se fue a conversar con la Flaca y el Felipe. Aproveché para tomar un trago de mí petaca y la devolví a la mochila. —Naty... Estoy listo. Primero podríamos hacer como que llegué a la hora y tomarte trazando el mural —la Naty tomó una tiza y comenzó a fingir—. Muy bien, espera un poco... Dejo la cámara grabando y miro al Felipe. Sonríe hacia la Naty. Le digo que se acerque a ella y la abrace. Luego los sigo con la lente. —Una toma a la guata —la Naty me muestra su guatita de unos seis meses—. Ya, mucho romanticismo. Ven pa'ca gorda. Ustedes pueden empezar a pintar atrás. —Estoy lista —me dice Naty parándose frente a la cámara. - 46 -


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—Muy bien, cuéntame, cómo lo hicieron para pintar estos murales. Habla todo lo que quieras, después lo editamos con el Felipe. —Está bien —respira profundo y continúa—. Esto de pintar murales se nos dio bien accidentalmente, no sé exactamente cómo, pero siempre tuvimos este deseo. Cuando uno tiene el deseo real y no le falta valor, el resto llega solo.

SEIS —Siempre igual: con la mente en la luna —dijo el hombre de la manta café, mirando a la joven de rasgos ambiguos que se acercaba a la mesa—. Mira como se mueve, parece una sonámbula. El niño tomó un piedra redonda y blanca y la acercó a su lámpara de aceite, se quedó un momento mirándola brillar y luego miró a la joven que se sentaba junto a la señora de más edad. —Deberíamos comenzar —dijo el hombre mirando a las personas sentadas en la mesa—. Estamos todos, ¿o no? —Yo creo que estamos perdiendo el tiempo —dijo la mujer de más edad, sin dejar de limpiar el traje de la joven sentada a su lado—. No hay nada que decidir aquí, es sólo una gran estú... - 47 -


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La joven cubrió con su mano la boca de la señora. —No sé por qué sigue viniendo esta vieja a las votaciones —le dijo en voz baja el hombre al pequeño—. Siempre alguien le tapa la boca. Como fue de las primeras en llegar, cree que es la única con derecho a opinar. No la soporto, creo la única que la soporta es esa joven. Claro que esa joven casi nunca opina, con esa cara de ensueño... me da la sensación de que se está masturbando durante toda la reunión.

—Mira quién se acerca ahí. Antes que alcance a voltear siento una mano en el hombro y la voz de Ramiro saludando: —¡Pero caballeros, qué gusto tenerlos aquí! Don Ezequiel, Don Julio Cesar, me imagino que puedo acompañarlos en su conversación —se acercó una silla a la mesa y continuó—. ¿Qué están tomando? Ponche, qué bien. Voy a pedir un vasito. Cuéntenme, qué están haciendo. —Tomando —le respondo, mirando de reojo al garzón—. Hablando y tomando, como siempre. Sírvete todo no más, para que nos traigan otra jarra —Hablábamos de los íconos que permitirían vislumbrar dónde quedó la cagá' con nuestra sociedad. Eze opina que fue culpa de los héroes y sus valores ambiguos; yo, que deberíamos mirar a los filósofos estructuralistas. - 48 -


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—¡Oh! Qué interesante. La búsqueda del origen mismo de la mierda, pero se les olvidó mencionar los intestinos. Ustedes son puro cerebro, no pueden ver lo evidente. Mientras tengamos hambre siempre vamos a cagar y la vamos a cagar. Mientras más hambre, más mierda. —Claro que estoy de acuerdo —le contesto—, pero no sé en qué momento pasa el animal humano a ser el gran antropófago. —La antropofagia es inherente a la naturaleza humana, desde antes que se inventase la historia ya habían esclavos para sacrificios, pirámides, circos, etcétera —interviene Julio César. —Claro —continúo—, la antropofagia institucionalizada, las clases sociales, la ley de la selva familiar. El cristo como héroe sacrificado por el pater en busca del bien común. El miedo como altar al pater y al cristo. La ciudad, sus murallas y la plaza con su respectivas guillotinas afiladas por el bien de la sociedad. Todos seremos héroes, ya como el pater que sacrifica para proteger a los suyos, ya como él cristo que renuncia a lo suyo y hasta a sí mismo por la sobrevivencia de la especie. —Muy bien, Eze —interrumpió Ramiro—. Te faltó la palabra amor y habrías hecho el mejor resumen del nuevo testamento jamás oído. ¡Sacrificad y sed sacrificados!... Es palabra de Dios —dice santiguándose. Los tres reímos un momento y yo aprovecho para sacar - 49 -


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un cigarro y encenderlo. El Julio César me pide uno y yo le doy otro a Ramiro. El garzón trae inmediatamente un cenicero. —No comprendo muy bien qué es Amor en la doctrina de los martires. El más ambiguo de los conceptos cristianos, temido y respetado por todos. Pero, para mí, el cristianismo es demasiado pragmatíco, los conceptos como el amor y la libertad le quedan grandes, no son prácticos. Lo único verdaderamente imperdonable no es el odio ni la esclavitud, sino la locura, la búsqueda de la vida más allá de los principios establecidos. El pater no sólo protege a su pueblo, sino también la forma de vida de éste. De ahí nace un tercer héroe: el evangelizador, no sólo en la forma de los misioneros, sino también como los confesores, que te ayudan a no perder la ruta. Lo importante es que la comunidad siga vivendo igual, a cualquier precio. Y últimamente los libros de ayuda personal. —Salú por los libros —se rió Ramiro.

(CANSANCIO Ebriedad, descanso de estomago danzante. La trampa quedó tendida; los sentidos me guiaron, otra vez, a olvidar las razones. Triunfar en la búsqueda de la nada, la victoria del miedo, "el imán de la tumba". Sembrar o no sembrar. Movimiento v/s Inercia. - 50 -


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—Eze, ¿Qué te mueve? Estomago y ojos. ¿Pene? Tropiezo. (¿Caer o Detenerme?) Estomago, ojos, manos. Todo es inútil hasta no haber llegado al piso. ¿Ponerse de pie mil veces? NO. Mejor desde aquí mirar las estrellas. Soy inútil, a quién quiero engañar. Mi máquina me espera. Escribe sola. No sembrar. ¿Y las ideas? La fantasía morirá. La esperanza morirá. La semilla se secará. Mejor así, quien nada hace, nada teme.)

NUEVE —Una vez perdida la inocencia cuídate de las buenas intenciones —le dijo el hombre de blanca barba al niño—. Es sólo miedo. —Déjalo tranquilo —le respondió el hombre de las piedras—. Estás borracho. —Él debe saber, si uno pierde la inocencia lo pierde todo. "El camino al infierno está lleno de buenas intenciones." Ya es tarde para mí, pero… —Déjalo en paz. Sabes que el miedo no es bueno para la inocencia... - 51 -


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—Dime niño, ¿Sabes quién es tu progenitor? —¡Cállate viejo borracho! Saber, bah. Tú y tus libros. Tú y tus ideales vacíos. Escucharte sólo lleva a la soledad, eso lo sé bien. El niño comenzó a llorar silenciosamente. El hombre de la manta café le entrego una larga piedra burdeo y se acercó al viejo, tomándolo del brazo para llevarlo a un rincón de la pieza. —Basta ya —le dijo—. No puedes formarle una opinión antes de que lleguen todos. Hay reglas... —Sabes que... —Sí, lo sé. Y recuerdo exactamente lo que paso la última vez que te saltaste el procedimiento; tratando de imponer tus libros. La idea era buena, por eso yo te apoyé, no te lo niego, pero nadie pudo entender tus textos y... —Lo recuerdo y reconozco mi error. Pero ambos somos dos caras de la misma moneda, los dos queremos lo mismo. —Entonces guarda silencio. Si realmente eres tan valiente como dices, deja esa botella tranquila y quédate callado hasta que sea el momento. Sabes que la de hoy es una votación difícil, no lo hagas peor.

Cuando desperté estaba solo. Amanda hoy tendría doble turno en el hospital. ¿Qué me pidió anoche antes de dormir? ¡Qué locura! Y pensar que hablaba en serio. Debe ser el - 52 -


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trabajo o la edad, el vacío. Fui al baño y ahí estaba su rastro. El piso mojado, una toalla en la bañera, se debe haber quedado dormida. Tal vez otra vez se quedó mirando el espejo. ¿Algo de barriga más? ¿Cuántocedieronmissenoshoy? Desnuda, lavándose los dientes. ¿Cuántomásduraremos? ¿Tendremos miedo a estar solos o a no tener talentos que pagar? Se lavó su cara de espera con agua fría para despertar. Entré en la cocina y busqué una cerveza. Vi las hormigas caminando por las baldosas. ¿Cuántas veces le he dicho que haré algo al respecto? ¿Qué le contesté anoche antes de dormir? Un gato mejor (no.) Cuidar un jardín (tampoco.) Miré la cocina y noté que ella salió sin tomar desayuno. ¿Será demasiado buena para mí? Sí (obvio.) Podría ayudarla, prepararle desayuno. ¿Qué le habré contestado? ¿Me hice el dormido? Salgo de la cocina y me siento a ver dibujos animados. ¿Por qué yo? Nunca lo sabré. Una vez me dijo... No, sólo quería levantarme el ánimo. Claro para los monitos es más fácil, si les cortan la cabeza se la vuelven a coser. No debería ver tantos dibujos animados, podría haber usado el tiempo para ver (¿mejor leer?) cosas más realistas. Pero ya es tarde, la realidad es demasiado absurda para mí. El sólo pensar que exista un grupo de mujeres que todo lo que hace en su vida es rezar... ¿Lo haría por ella? ¿Tendrémiedoaquedarmesolo? Que- 53 -


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daría amarrado, después de tantos años de buscar. Pero estaría bien ¿Tendrémiedoaquedarmesolo? Apagué la tele, encendí un cuete y saqué la máquina de escribir.

PASATIEMPO Voy atrasado. ¿Dónde quedamos de juntarnos? En el Sanger. Podría ser... Camila, Catalina (no) Diana, Lidia (horrible) Eva (vida) podría ser... Débora (ja) Isabel, Amanda como su madre (la que merece ser amada), igual podría, pero... Sara (Hija del Zar) Pilar, Sofía (Como su padre) Pensar que me llamo Ezequiel, que ironía. Mabel, sí Mabel (significa alegre ¿o no?) Me gusta Mabel. Felipe debe estar furioso. Debí haber tomado locomoción. ¿Y si es hombre? Ezequiel como su padre (nica, no soy tan maricón) Florencio, Eusebio, Nicanor (ja ja ja) Nicanor no es tan malo, por último... Podría ser Pablo (pequeño, feo) Arturo, Leopoldo, Fidel (muy aristocrático) ¡Cornelio!.. Es más difícil. Baco, Dionisio, Horacio... (muy fome.) Sebastián (El venerable mártir, es decir: idiota.) Néstor (para que no sufra la falta de memoria de su padre.) Podría ser... Ahí está el Felipe. Espero que no esté enojado. - 54 -


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VEINTE —No puedo creer que los estemos escuchando —dijo el hombre vestido de terno y corbata—; sólo estupideces, eso es lo único que saben hablar. Ya he explicado que no hay flujo de caja, no es tiempo de tomar riesgos ni mucho menos de lanzarnos a buscar lo desconocido —miró con una irónica mueca al nombre de la manta café—. Opinó que... La joven de rasgos ambiguos se puso de pie. La señora sentada a su lado le acomodó la falda que tenía recogida a la altura de los muslos. —La llamada fue hecha. Ya estamos todos aquí. Estáticos o ambulantes, nadie podrá guardar silencio —el hilo de voz de la joven pareció menguar—. Es hora de movernos por el deseo oculto. El hombre de barba se puso de pie: —No podemos existir en el vacío. Es hora de abrir las puertas, dejar esta soledad que nos está anulando. Caminó hasta la puerta por donde había entrado el niño. El hombre de la manta café se apresuró a tomarlo por el brazo. —Prometiste ser sensato. —¡Dime niño, qué hay detrás de esta puerta! —gritó el hombre de barba. Algunos de los comensales comenzaron a ponerse de pie. La joven se acercó al niño y le tomó la mano, juntos se - 55 -


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dirigieron a la puerta. La señora intentaba detenerlos: —¡Aún no hemos votado! Todo esto es una locura. El niño miró hacia atrás y vio dos hombres peleando. Todos los comensales estaban ahora de pie, la mayoría amontonados cerca de las paredes para evitar recibir algún golpe. —¡Orden por favor! ¡Sean sensatos! —gritó el hombre de manta café. —Es un parque —dijo finalmente el niño—; vivir ahí es entretenido. Hay jóvenes jugando a la pelota y niños mirando a las hormigas trabajar. Me gusta escribir ahí. Todos guardaron silencio. La joven tomó al niño en brazos y se acercó a la puerta. —Nosotros votamos a favor. Debemos aceptar el miedo y continuar. Sembrar la semilla antes de unirnos a la tierra —dijo antes de salir por la puerta y cerrarla tras de sí.

Desperté pasado medianoche. No me sentía ebrio, sólo cansado. Me levanté del sillón y fui a prepararme algo de café. Amanda aún no había llegado. Tal vez se retrasó con alguna amiga. Debía hablar con ella, no era bueno para nadie seguir evitando el tema. ¿Pero qué le digo? No es fácil. ¿Seamos felices? ¿Quién sabrá qué nos depara... El café caliente me revolvía las entrañas. Traté de dejar de - 56 -


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pensar en todo por un momento, pero me quedé con la vista fija en la ventana. Puede ser esta mi oportunidad –me dije—, mi acto de redención, mi regreso a la sociedad. Pero... Encendí el televisor y comencé a cambiar los canales. Noticias. No faltó la del bebé abandonado. Si creyera en todo lo que veo, viviría asustado. Cambiar mi vida ahora, la responsabilidad. Querer ser... Es ridículo, absurdo. Nadie confía tanto en mi como para dejarme encargado su hijo ni por diez minutos. Ni siquiera yo. Después que terminaron las noticias me quedé mirando por la ventana. Ella nunca había estado ausente tanto tiempo de la casa. ¿Qué le contesté anoche? Debí haber dicho que sí. Siempre he querido formar una familia con ella, si no fuese tan cobarde. Voy a la pieza del Julio César y le robo un pito. Busco mi máquina de escribir y comienzo a teclear. Ella aun no vuelve. Yo sigo buscando lo qué es ser padre en mi mente. Nada bueno para comunicar, nadie escuchando. Hay preguntas que toman demasiado tiempo, más del que tenemos. No estoy listo, pero jamás lo estaré. —Debo estar loco. Pero voy a decirle que sí. Fui a la pieza y me acosté. Ella aún no llegaba. Cuando llegue le voy a decir que la amo, que estoy cansado de estar solo, que estoy dispuesto a dejar esta vida a la que estoy acostumbrado y buscar un trabajo…. Cuando llegue... Si regresa. - 57 -


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OCHO (Epilogo) Amanda vio a Ezequiel sentado en el parque. No lo veía ya en varias semanas. Inmediatamente se llevó la mano al vientre. Ezequiel tecleaba su máquina mirando un grupo de niños jugar. Un niño lo miraba a su vez desde un árbol. Amanda pensaba en cuánto tiempo fingió tomar la píldora sin decir nada. ¿Por qué le dijo eso antes de partir? Ezequiel se volteó hacia donde estaba Amanda mirándolo, pero no la vio. El niño que lo miraba desde el árbol se acercó a Ezequiel, cargando un pesado maletín. Sacó una piedra del interior y se la entregó. Ezequiel, sin comprender, le dio las gracias y le leyó lo que estaba escribiendo: ¿De qué están hechas Las huidas? Aquel miedodeseo de caminante Vialocura contra lo cierto. ¿De venturarse o contraerse. ¿Del llanto propio o el ajeno... Amanda caminaba hacia su casa llorando. - 58 -


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—...y pides el deseo, antes que caiga. ¿Entiendes? Desde la ventana de un edificio me llega un reflejo. Será un vidrio batiéndose con el viento, pero me fascina pensar que alguien en la lejanía trata de comunicarse conmigo. Siento unos dedos enterrándose en mi brazo mientras la aguda voz de mi prima me devuelve al frescor que rodea la pileta. —¡Te estoy hablando! —dice mi prima con cara de impaciencia—. No me digas que voy a tener que repetirte todo de nuevo... ¡A ti no te importa nada!... Yo creo que ni lo querías realmente. Sus ojos se llenan de lágrimas y su cara se pone colorada. Me alejo un par de pasos y la quedo mirando, levanto las manos para protegerme la cara (en caso de que) y trato de hablar, pero sólo logro un torpe: “Pe... Yo... Eeh...” No me quita su mirada de rabieta. Sé que luego levantará los brazos y se volverá loca gritando, así que cuando la veo empuñar las manos tomo aire y, pidiéndole con las manos que se calme, le digo: —Pero si yo también lo quería... Además que te escuche todo lo que me dijiste, que me parara aquí, que me diera vuelta... - 59 -


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A mí también me gustaría saber hacer rabietas, ella consigue todo lo que quiere al segundo grito. Yo, en cambio puedo pasar horas pidiéndole a mi papá un chocolate y creo que ni me escucha. A ella todos la escuchan; hasta yo la escucho y eso que me carga su voz de pito. A la final ni me importa tanto, por lo menos yo no tengo que ponerme a cantar para los amigos de mi tía que siempre huelen a cigarro y copete. —¡Ya puh, Huón! —me apura su cara colorada—. Párate acá y después te das... Hago lo que me dice, pero sin dejar de mirar la ventana de otro edificio desde la cual me llega una luz igual a la anterior. Me pregunto si no será otro niño que pide ayuda porque sus papás lo obligaron a pasar toda la tarde con su prima insoportable o peor todavía, que está enfermo en cama o castigado. Pero no creo eso, debe ser el reflejo del sol en los vidrios. De todas formas no tengo un espejo para contestarle. Le pedí a mi mamá, que tiene varios, que me regalara uno. Pero me dijo que los necesitaba para maquillarse. A mi mamá le gustan los espejos tanto como a mí, claro que ella ve en éstos cosas diferentes a las que yo veo. Ella siempre ve arrugas y manchas y quilos de más y un montón cosas que a mi papá le parecen graciosas (excepto cuando ella le pide plata para cremas y cosas por el estilo.) Yo me veo igual que lo que soy, sin quilos de más ni nada, pero al revés. —¡Te estoy hablando! —otra vez mi prima, ahora mostrando los dientes y tirándose el pelo. - 60 -


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Pareciera que la cabeza le va a explotar, así que esta vez me alejo más aún que la anterior y me quedo mirando el piso sin saber que decirle. —Tienes que pedir que vuelva, ¿Entendiste?... ¡Ya! Toma esta moneda y cuenta hasta... Siento nuevamente una luz en mis ojos, pero no sé de dónde viene. Tal vez sea otro niño al que también le gusta ver las cosas a través del espejo y ahora mismo me está mirando, tal vez venga a jugar conmigo luego y entre los dos hagamos callar a mi prima. Yo le voy a explicar como creo que funcionan los espejos: le voy a mostrar que, cuando uno sujeta un espejo para iluminar un cierto rincón de la pieza, entonces, el niño del reflejo, que es igual a uno, pero al revés, está sosteniendo un ventanita por la que deja entrar luz al mismo rincón de su pieza en su mundo al revés. —¡Despierta, Huón! —grita mi prima apretando nuevamente mi brazo hasta hacerme doler. Yo me quedo calladito (ya estoy acostumbrado) y me suelto sobándome, mientras siento como mi cara se pone colorada y se me humedecen los ojos. Mi mamá hace lo mismo, se rasca la cabeza y comienza a caminar en círculos cada vez que no entiendo, pero ella intentaba convencerme de que si quería algo tenía que arrodillarme junto a la cama y pedírselo a Diosito. Siempre me decía que Diosito era el papá de todos y que nos amaba mucho, por eso nos escuchaba siempre que le pedíamos algo. Yo me preguntaba, si mi papá es papá mío no más y sé que él me ama mucho, pero de todas formas no me - 61 -


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escucha cuando le pido algo, cómo sé que Diosito sí me escucha. Un día se lo pregunté mientras hablaba con sus amigas, ése fue mi primer apretón. De ahí en adelante vendrían muchos, lo cual me demostró que lo de Diosito era mejor ni pensarlo. Ahora sé que esto de tirar monedas a la pileta es estúpido. —Uno, dos... Tres. Las monedas vuelan por el aire. Yo no pido nada. De todas formas habría pedido poder irme de aquí.

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El otro día, Mientras miraba los hermosos dibujos Que me regaló mi hermosa esposa, Me comí 1.245.607 ciruelas. Cuando me iba a comer la 1.245.608, Ésta se me resbaló Y cayó sobre los dibujos Rodando por encima de cinco de ellos. Me quería morir, Sabía que esas manchas rojas no saldrían jamás, Así que tome una pistola y me volé la cabeza. Siete dibujos más se mancharon. (Es que a veces soy tan estúpido.)

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ON THE TIP OF THE TONGUE. ‘La langage est source de malentendus’ A. de Saint-Exupéry 1. —¿Qué es lo peor que me podría pasar? ¿Morirme? C'est la vie, hueón. Tomó un trozo de queque y se lo echó a la boca. La miré masticarlo, entre risas, y tragarlo. Luego tomó otro trozo y me lo puso frente a la nariz. —No sea tonto, mi'jito… Y no me ponga esa cara, que me puedo trapicar de la risa y, si me ahogo, sería tu culpa… Cálmate, hueón, y prueba un poco; quedó exquisito. Miré el desorden de la cocina y caminé hasta la puerta, pero algo no me permitió salir. La risa de la Tania me avergüenza, como ella es mayor que yo, siempre me hace sentir tonto y cobarde. —Yo me... —No te vayas, tontito. Mis viejos no vuelven hasta la noche. Tenemos toda la tarde, ¿Entiendes? Claro que entendí, tomé el queque y me lo metí en la boca; luego llené un vaso con agua y la bebí para ayudar a pasar la masa que, con los nervios, no mastiqué lo suficiente. - 65 -


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La Tania me tomó de la mano y me llevó a su pieza. Sentía, nítidamente, el trozo de queque caer en mi estómago y disolverse en mis jugos gástricos. —¿Qué piensas? —me inquirió. —En mi estómago, se siente extraño. —Estás muy nervioso. Vamos, tontito. ¿Qué crees que te puede pasar? —Bueno... Una vez que la masa se haya disuelto en mi estomago y las primeras moléculas de THC pasen a mi sangre, el resto de la mezcla se juntará con la bilis y el jugo pancreático para llegar a mi intestino donde el THC que queda entrará en mayor cantidad al sistema circulatorio... —A veces me asustas, hueón. Todo es sangriento y viscoso para ti. Mira —dijo abriéndome la camisa—: éste es tu corazón, ritmo y calor. Nada más. ¿Lo sientes? Está apurado, por tus nervios; angustiado. Relájate, tontito... te vas a agotar antes de tiempo. Me estiré en su cama y ella apoyó su cabeza en mi cuello, sus cabellos se enterraban suavemente en mi rostro, provocándome cosquillas. Como un acto instintivo, comencé a acariciar su pelo, a lo que ella respondió besándome tiernamente el cuello. Mi cuerpo cedía involuntariamente frente a ese ahogo, perdido en el olor a poleo de su blusa, en la suavidad de su lengua, dejándose llevar por un leve sismo dentro de mi pecho. Un zumbido tapó mis oídos, no podía pensar en nada - 66 -


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más que sus senos descubriéndose (aunque no podía abrir el broche) y en su mano acariciando las costuras de mis bluejeans. —Espera... —dijo dando un salto fuera de la habitación. Mi pene, completamente hinchado de sangre, se destacaba en mi pantalón. Tomé un peluche de su estante, me tapé la entrepierna y caminé hacia la puerta para escuchar. Ella volvía tranquilamente por el pasillo. Me cerré la camisa y arreglé el pelo. —¿Has tomado, alguna vez, Cherry? —Sí, claro —mentí. —Es dulce. Tania se llevó la botella a la boca y, tras llenarla, vació su contenido en la mía. —Nunca antes te había visto los labios tan rosados. —Al besarte no podía respirar; eso, sumado a los estímulos del THC y la excitación del momento, provocan que mi corazón se acelere y me suba la presión... —De verdad me preocupas, hueón. Toma otro poco de Cherry, relájate un momento, pon tu mente en blanco. ¿Quieres que te haga un masaje? Mis amigas dicen que soy la mejor masajista del liceo. —Bueno —le respondo tímidamente. Me siento en la orilla de la cama y bebo tranquilamente el licor de cereza. Ella presiona y suelta mis hombros, - 67 -


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deshaciendo mi espalda, hipnotizándome. Suelto los botones de mi pantalón y me quito los zapatos. Ella me quita la camisa y me besa la espalda. —¿Me quieres? —escucho débilmente su voz en mis hombros. —Me ahogas —le contesto, librando mi cuello de sus brazos demasiado fuertes para mi cansancio. Giré y le tomé la cara, ella se quitó la blusa y el sostén. —Me quieres. Tontito... Enterré mi cara en sus senos. Me tiré sobre ella, apretándola entre mis brazos, tratando de entrar. Ella se quitó los pantalones y, luego, me quitó los míos. Sentí sus labios abrirse fácilmente ante mí, sus resbalosos músculos me aprisionaban, tratando de tragarme; su mano derecha aferrada a mi muñeca, torciendo mi mano izquierda como tratando de arrancarla, mientras su cuerpo se movía con increíble fuerza sobre mí, acompasado por una dulce y rabiosa respiración. ●●●

—La primera vez me sentí como cochina, como digna de los peores castigos. Pensé que, si mi mamá se enteraba de lo que había hecho, tendría que hacer algo como lavar los platos el resto de mi vida. ¿No te sientes algo así? —No. Me siento bien. - 68 -


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—Pero, no crees que... Bueno, si el Alex se entera, te va a sacar la cresta. —Sí. —¿No te pesa, aunque sea un poco, la conciencia? —No, me siento bien. Tania estiró un chal, que tenía a los pies de su cama, sobre nosotros. —¿No te sientes culpable? —No tengo la culpa. Esa es la idea de estar vivo: Vibrar. —¿Y Dios? ¿Y tu familia? —Ja, ja... ¿Qué es lo peor que me puede pasar? ¿Morirme? Escuchamos abrirse la puerta de calle. Tania cerró la puerta y comenzó a ponerse el pijama. Me vestí y salté por la ventana.

2. Aproveché que la tarde estaba muy agradable para dar una vuelta por el parque; no deseaba volver a casa aún, así que puse un cassette de Bob Dylan en mi pérsonal y me senté a revisar los apuntes que había tomado en clases. Algo me cubrió la luz. Era la Tania mirando mi cuaderno con un semblante extraño. —...Entonces las mitocondrias parecerían ser pequeñas - 69 -


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células capaces de intercambiar material ADN. Es decir, que podríamos estar en constante cambio de información con nuestro entorno, nuestras enfermedades y nuestros alimentos... Esto no me lo han pasado a mí en el Liceo. —Hola Tania. No... es una teoría de un científico euro... ¿Te sientes bien? —Sí, claro. Mejor que nunca... Terminé con el idiota del Alex. Ven, acompáñame. Me tomó del codo y nos pusimos a caminar. Ella no me miraba, parecía absorta en las piedras de la calle. —¿Adónde nos dirigimos? —le pregunté, más por hacerla hablar que por real interés en nuestro destino. —A ver un partido. Nos sentamos en la parte más alta de las graderías de la cancha N° 2 del Parque Estadio. El rostro de Tania cambiaba incesantemente de la risa a la preocupación. —Pablo... —¿Qué? Me tomó del rostro y besó con fuerzas. Luego miró a la cancha y se echó a reír. —Mira a ese chiquitito, le hizo un foul al grandote ese y lo tiró al piso... Saco una botella de su mochila y le dio un trago. Luego me la ofreció. —¿Qué es? —Tomaycalla. - 70 -


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El licor era demasiado fuerte (casi lo vomito inmedia tamente) pero una vez en mi estómago me produjo una sensación agradable, con un dejo a hierbas. —Pablo... ¿Por qué es todo tan difícil? —Porque uno no comprende... Yo creo que no hay nada que comprender, uno sólo debe dejarse llevar por los estímulos. Ella no me estaba escuchando, bebía tranquilamente de su botella. De pronto dio un salto y se puso de pie, con los brazos levantados: —Te perdiste el penal, tontito. ¿Acaso no te gusta el fútbol? Levanté los hombros y le pedí la botella. Algo en la forma en que usó la palabra acaso no dejaba de incomodarme. Ella se dio cuenta de aquello, pero siguió mirando el partido como si nada. —No deja de ser sorprendente, que un hombre no muestre interés por nada. Porque, aunque sé que te lo pasas metido en la biblioteca, no eres muy aplicado en los estudios ni te gusta hablar de ningún tema en especial. Basta sólo mirarte a los ojos para notar tus ausencias. —Estás exagerando; sólo soy distraído. —Bueno, tampoco es para que te enojes. Además, ¿Qué tendría de malo si no te importase? Hace tiempo que me di cuenta que eres así y no le encuentro nada de malo. Ojalá yo fuera así; en cambio... - 71 -


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Me quitó la botella de las manos y se puso a beber de a pequeños tragos hasta que terminó el partido, sin hablar ni mirarme. Saqué un pitito que tenía en el bolsillo y se lo entregué. —Tal vez pueda ayudarte a cambiar esa cara. —Pablo, ¿Tú te enamorarías de una mujer como yo? —Claro, por qué no —le respondí con vergüenza—. ¿Por qué me lo preguntas, acaso te preocupa quedar soltera? Tania, que ya había encendido la aguja, se ahogó con un amago de risa y luego tosió varias veces. Me pasó la aguja y me empujó. —Tonto, no me hagas reír así... –dijo poniéndose en pie—. Vamos, está haciendo frío. Salimos del parque y tomamos la avenida Pablo Neruda hasta Uruguay. Tania caminaba como afectada por la gravedad de otro mundo; perdía el equilibrio y luego lo recuperaba, mirándome de reojo para ver si yo lo había notado. La tomé del brazo y le dije que quería dejarla en su casa, pero no quería que me viesen sus padres, a lo que ella contestó: —Mis padres no están en casa, ¿entiendes? Una vez en la cocina, Tania cambió completamente de ánimo. Se reía de la cara que puse la primera vez que comimos queque de marihuana y de que yo ya tuviese una erección, aunque sólo nos habíamos dado un pequeño beso. Preparó una crema de espárragos y fuimos a tomarla a su pieza. Cuando se nos acabó el licor de la botella abrió un - 72 -


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cognac que tenía su papá escondido en la cocina y un chocolate que su mamá ocultaba en la sala de estar. —¿Por qué no te pones cómodo? —me preguntó sacándome los zapatos—. Me imagino que te vas a quedar a dormir, ¿no? No le contesté, simplemente me quité la chomba y me serví más cognac. —Podrías traer hielo... —dije, sin poder decidir si debía desnudarme completamente. Mientras ella iba a la cocina saqué un paquetito de hierba de mi mochila y lo dejé sobre el velador, acto seguido, me quité lo que me quedaba de ropa y me metí a la cama. Tania llegó con el plato con hielo y se quedó apoyada en el marco de la puerta mirándome. —¿Cómodo? —me preguntó riéndose y se sentó en la cama. —Hasta que me lo preguntaste con ese tono irónico: Sí, gracias. Se comenzó a quitar la ropa, riéndose de su falta de equilibrio, contándome historias absurdas de su niñez mientras guardaba cada prenda en un cajón diferente. Notoriamente trataba de fingir que le daba lo mismo, pero la parsimonia de sus movimientos delataba que no se atrevía meterse en la cama conmigo. Cuando sólo le quedaba puesta la ropa interior salió de la pieza, tropezando con las paredes del pasillo y entró al baño. Varios minutos más tarde, al ver - 73 -


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que no regresaba, me puse los pantalones y fui a tocar la puerta; como ella no contestó giré el picaporte y entré. Ella estaba dormida junto al excusado. El piso del baño estaba cubierto de un vomito bastante aguado que despedía un fuerte olor a pisco rancio. La tomé por los hombros y la arrastré hasta la cama, luego volví al baño y limpié lo que pude con un trapo que encontré en la bañera. Tania había quedado tendida boca abajo sobre las sábanas, bufaba palabras sin sentido y movía la cadera insistentemente como si algo la molestase. Le quité el calzón y se calmó, me quedé un momento mirando las marcas que los elásticos le dejaron en la piel. Le quité también el sostén y acaricié su fría espalda. Con la punta de los dedos saqué el pelo que le cubría la cara. Comencé a besar su cuello y, sin proponérmelo, bajé, pasando la punta de mi lengua por su piel, hasta sus caderas. Tomé el sostén que había dejado en el piso y lo usé para atar sus manos. Con la mano derecha la tomé por las muñecas, tirando hasta obligarla a levantar las caderas y continué el recorrido de mi lengua, pasando por sus caderas y nalgas, hasta su vagina. Ella soltó un gruñido contra la almohada y dijo algo como: "O me... muy gor... —movía su cadera hacia los lados y empujaba contra mi rostro—. Me quie..." Respiraba sonoramente, con la boca abierta como en un grito ahogado, mientras yo me deslizaba por su interior. Así permaneció - 74 -


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hasta que, ya sin energías, caí dormido sobre ella. La mañana siguiente, antes que ella despertara, recogí mi ropa del piso y me guardé el cognac en la mochila. Dejé su ropa interior en una cesta en el baño y me fui.

3. La mañana estaba demasiado clara. Caminé de vuelta hacia el estadio hasta llegar a la población Temuco, seguí la línea del tren hasta la casa del Lucho y me quedé esperando frente al derruido portón mientras él se vestía. —Tan temprano, hombre —dijo haciéndome pasar al "salón" (como él llamaba a una rancha que había construido donde tenía varias sillas, un equipo de música y una bola de espejos.) —Disculpa que te venga a molestar, es que pasaba por aquí y... —De ninguna manera, hombre. Es sólo que como es fin de semana largo... Es gracioso, ahora que lo pienso, pero en los fines de semana largos es cuando menos funciona el negocio. Sobre con todo ustedes, los pingüinos, se gastan toda la plata en copete la primera noche y no guardan ni una luquita pa' ganya. Te apuesto que te fumaste toda la hierba anoche carreteando. - 75 -


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—Realmente no me gusta carretear. —Seguro... ¿Querih una cerveza? Están heladitas... Los pendejos de ahora no saben carretear, van a las discos y pubs y se gastan hasta la última moneda en una pura piscola. Después se quedan el resto de la noche en el baño vomitando y juran que la pasaron la raja. ¿Qué te pasa? Te pusiste pálido. Yo te avisé que la cerveza estaba heladita. ¡Ja, ja! —No, no es nada. Me acordé de algo y me dio un escalofrío. —Ah, la conciencia. —Sí... Digo, no... Tengo cinco lucas, ¿tenih sin semilla? —Claro, hombre. No faltaba más... Una amiga me ofreció unas pastillas mágicas... Las tiene a cinco. —No, gracias. Con el verde está bien. —Piénsalo, que otro día no van a haber. —Tal vez tenga plata el lunes, si no me aparezco es que no me conseguí las monedas. —Está bien. Cuídate flaco. Al salir de la casa del Lucho no tenía idea hacía dónde me dirigía. Vagué por las pequeñas calles del sector hasta la plaza Dreves, ahí me senté un momento a fumarme un mañanero y pensar. El excesivo brillo de la mañana había dado paso a un mediodía bastante agradable, saqué mi libreta y intenté anotar algunas observaciones acerca del día anterior mientras miraba a las familias del sector entrar lentamente a la iglesia Santo Tomás de la calle San Ernesto. - 76 -


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Aunque tenía clara la idea de lo que quería escribir sólo lograba anotar palabras sueltas entre signos de interrogación como: "Finalidad" o "Bondad/Realidad/Felicidad” Saqué la botella de cognac de mi mochila y le di un trago en el momento justo en que abrían las puertas de la iglesia y comenzaba a salir una pequeña procesión de feligreses hacia la plaza. Me puse de pie con la intención de ir a hablar con uno de ellos, pero volví a sentarme al notar algunas miradas un tanto extrañas. Busqué un cuaderno y me propuse escribir una carta, pero sin saber como comenzarla. Un señor vestido de cotona azul llamó a un joven que caminaba junto a una señora (como vigilándola para que no se cayese); el cura ordenó el grupo y, tras rezar alguna suerte de salmo, comenzaron a caminar por la vereda de la plaza. El joven se acercó a mi banca y me tocó el hombro: —Disculpa... Hola, te quería pedir algo... Igual, tienes que darte cuenta que estás frente a una iglesia y que hay señoras... —Perdón, ¿estoy haciendo algo?... —Podrías guardar la botella por lo menos, ¿no? —Sí, claro. Deja tomar un último trago... —Por favor. ¿No tienes ni poco de vergüenza? —Sí, claro. No acostumbro a hablar con extraños en la calle... Soy como un simple animalito... El joven dio un paso atrás y se quedó mirándome de una manera bastante incomoda. Me levanté y me puse frente a él, - 77 -


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de forma que quedamos hablando cara a cara. —No me malentiendas... ¿No te molesta que te tutee?, ¿no cierto?... —le apunté la procesión y le sonreí—. Me refiero a que soy como un animalito porque no entiendo nada de lo que es la espiritualidad, vine simplemente a vivir aquí y nunca me he preparado para lo que será mi muerte. —Si quieres, puedes venir mañana a la iglesia; sobrio, claro. —Tal vez sería bueno... Pero, deja preguntarte algo: ¿Qué están haciendo? —Están conmemorando el vía crucis, hoy es viernes santo. —De esta forma se salvan... Ahh, no es tan complicado. —Bueno, no —dijo el joven sonriendo—. Acá en la iglesia hacemos catequesis, de hecho, es mi señora la que hace catequesis... Mañana podemos hablar con ella para que asistas a las clases. —No sé, debo explicarte que soy como los animalitos, no comprendo la vida y, sinceramente, no creo que llegue a comprenderla. Es decir, creo que no hay nada que comprender realmente. Ningún otro animal lo hace, sólo el humano. La comprensión, realmente, es sólo otra herramienta, ¿no? El joven se alejó de mi fingiendo no haberme escuchado. —Disculpe, mañana seguimos conversando —dijo mientras se alejaba. Lo miré volver a la procesión y tomar del brazo a la - 78 -


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señora. El cura seguía leyendo sus salmos, la gente repitió una frase que no logré comprender y retomaron la marcha. Me levanté de la banca y caminé hacia San Martín. En una panadería me compré una empanada y caminé por las calles del sector buscando un lugar para sentarme a almorzar. Una niña se detuvo frente a mí, me miró y siguió su camino. Por un momento creí que era igual a la Tania, pero cuando chica. Tomé mi libreta y revisé lo que había escrito. Arrojé la hoja y seguí caminando sin sentido.

4. Me senté en la banca de la plaza Dagoberto Godoy que da al hospital regional. El cognac me hacia sentir un agradable aletargamiento, sólo interrumpido por la preocupación que me causaba la idea de tener que hablar con Tania. Saqué mi cuaderno para intentar, otra vez, escribir una carta; pero, ¿qué debía escribirle? ¿Cómo podría explicar... Sentía mi mente trabada en una idea fija, un deseo. Decir: "Está todo en la punta de mi lengua; tú podrías convertir en realidad lo que yo no puedo hacer palabras..." Pero, en cambio, me quedé pasmado mirándola caminar por Blanco, sujetando su bolso de lana, mirando de reojo su reloj. Guardé mis cosas y la seguí, a cierta distancia, hasta un - 79 -


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humilde restaurante en la esquina de Blanco con Miraflores. Llegué hasta la puerta, pero luego me devolví algunos pasos. Tania asomó la cabeza por una ventana y me llamó. Le sonreí, mostrando que aún vestía uniforme; por lo que ella, con la palma de las manos, me pidió que la esperara. Un fuerte ruido me llamó la atención; un hombre de avanzada edad y rostro colorado se miraba los codos sentado junto a la puerta del restaurante, molesto ante la risa de los parroquianos, —¡Que se rían! —me dijo mientras le ayudaba a pararse—. Montón de bestias, ¡claro que se ríen! Todos se ríen, porque me odian... me odian, porque soy un inútil; me calumnian y dicen que estorbo, que soy un aprovechado, incluso que los puedo contagiar de algo... Todo porque saben que no me sacarán ni una gota de sudor en sus empresas... Tania sale del local tapándose la boca; detrás de ella aparece un joven de rasgos ambiguos que palmotea al viejo en la espalda y sigue su camino sin decir nada. —Él es Ezequiel, vamos a su casa —dice Tania, besándome el rostro. —Aún se puede ver la humanidad en sus rostros, bellos jóvenes —interrumpió el viejo tomándome del brazo—. Tú eres humano, se nota. Te preocupaste por un pobre lacra como yo. ¡Todos los demás renunciaron! Tenían cosas más importantes que hacer que estar vivos. Ahora debo hacerme cargo solo... - 80 -


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Dirigió la mirada hacia atrás mientras yo trataba de alcanzar el paso de Tania y Ezequiel que se alejaban de vuelta por Blanco rumbo a Av. Alemania, haciendo caso omiso de mis intentos por mantener al viejo en pie. —Vengo de visitar a una difunta amiga —me dijo el anciano en cuanto logró recobrar el aliento, después de un pequeño trote para alcanzarlos. Devolví la mirada al fondo de la calle, hacia el cementerio general; igual a cualquier otro recinto militar o fiscal, rodeado de una pared de cemento con agudas rejas y un tremendo portón de madera impidiendo los posibles ingresos ilegales. La hostil visión me hizo decir, sin pensarlo: —Ni ahí nos dejan entrar tranquilos. —Tú entiendes... pero es un deber. La gente es buena con uno para que uno la recuerde —desvió la mirada, evitando mis ojos—; le llevé maules, no tenían margaritas. Llama la atención que no tengan margaritas, antes crecían silvestres a la orilla del canal, pero es parte de su juego, nos hacen creer... —Levanta el ánimo, viejo —dijo Ezequiel tomándolo del brazo—; donde vamos aún queda vino. —Ella era demasiado buena para olvidarla... —continuó el viejo sin poner atención a Ezequiel. —Una dama... —No —respondió el viejo—; ella era muy ella. No soportaba a las señoras encopetadas. Decía: "Mientras más - 81 -


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señoritas nos mostramos, más tieso lo encontramos". Ezequiel lo soltó y se fue riendo a hablarle a Tania. El viejo se afirmó sobre mi hombro y continuó: —No creía en esos burgueses que se llenan la boca con decencia y la moral. Era muy estudiosa y hablaba mucho mejor que esas damas distinguidas, en francés y alemán. Iban a hacer un documental sobre ella; sobre nosotros, la comunidad... Hasta llegaron con cámaras a la casa, ella mostraba nuestro estilo de vida de tal forma... pero después salieron arrancando y yo no me meé de miedo porque no entendí nada... Aún no me podrán, pero a ella... Al llegar a la plaza se sentó en la misma banca que yo había ocupado antes despidiéndose (o tal vez echándome) con la mano. Mientras caminábamos por la Av. Alemania, Ezequiel me contó que aquel hombre fue, algún día, profesor de biología. Pero, aunque es muy bueno para contar sus historias a cualquiera que se siente junto a él en un bar, es imposible comprender cómo llegó a ese estado. Según Ezequiel, la mayoría de sus historias son falsas, provocadas por una latente paranoia.

5. Llegamos a un terreno baldío en la calle 18 de - 82 -


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Septiembre. Ezequiel soltó una débil amarra de la reja y la sujetó mientras nos dejaba entrar. —El famoso Pablito —se quedó mirándome mientras cerraba la reja—. Es más flaco aún que él del dibujo. Tania se cubrió la boca y le hizo un gesto con el dedo que, me imagino, debe significar algo terrible. Luego me miró y se llevó el mismo dedo a la sien. —Está celoso. —Sí —respondió Ezequiel avanzando por un sendero de tierra que llevaba a su casa—, estoy medio loco por los celos que me provoca esta arpía hablando de ti todo el tiempo. "Pablito tiene ojos extraños, gestos extraños." Afuera del bar de Don Pedro... ¡Delante del Alex! —¡Cállate, idiota! Al entrar en la casa Ezequiel dobló a la derecha y Tania a la izquierda, yo seguí a esta última hasta un sofá-cama. —Le caíste bien al Eze —me dijo entre risas—; se demoró más de lo común en agarrarte pa'l hueveo. —No creo que fuese a mí a quien quería molestar. —Ya, ahora te vas a poner pesadito tú. Ezequiel volvió con un reproductor de video y se puso a conectar los cables a una cámara de video y un televisor. Saqué el paquetito de hierba que había comprado por la mañana y se lo mostré a Tania. —¿Para mí? —preguntó tomando el paquete—, gracias. —No me quedan papelillos. - 83 -


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—¿De adónde sacas estas caletas, tontito? Ezequiel miró el paquete y me sonrió. —Del Lucho, ¿no?... Acá en la Villa Temuco, junto a la línea. —¿Lo conoces? —Era compañero mío en el A-28... Toma, yo tengo papel. —Claro... —interrumpe Tania con las manos en la cadera—. Y ninguno de los dos, pelotudos, es capaz de presentarme a su amigo. —Cuando quieras te hago una mano, pero este loco vende caletas de a cinco pa' arriba. El sonido del televisor interrumpió nuestra conversación, varios rostros ancianos atravesaban a gran velocidad la pantalla. Ezequiel buscaba entre los impulsos electrónicos de su cámara una serie que formase una cara especial sobre los pixeles (capturados, nada más ni nada menos, que gracias el famoso efecto fotoeléctrico que a Einstein le dio el Premio Nobel), levemente distorsionados por pequeños campos magnéticos, energías varias y otros fenómenos químicos de esos capaces de hacer trucos dignos de un profeta, como detenerse en un cuadro, retroceder un poco la cinta y hacer hablar a un hombre. —Es la última entrevista —explicó Ezequiel a Tania—, el Boca. La voy a editar con el Rodrigo. Mira esta parte, el viejo nos muestra un tatuaje que se hizo en le nuca. - 84 -


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La explicación del Boca no era fácil de comprender: "...y él me hablaba de una canción sobre una door in the back of the head que sería como otra oreja u otro ojo que percibe otras cosas... diferentes. Porque uno percibe otras cosas, pero no sabe cómo ni dónde..." Anoté sus palabras en mi libreta y encendí el pito, Ezequiel hablaba sobre "El Proyecto Ocio" del cual ese video era parte. Este proyecto era un concilio-artístico realizado por jóvenes "bohemios" unidos principalmente por el común deseo de carretear. El video sería presentado el día siguiente en una de las reuniones que se realizaban en el bar de Don Pedro. —Si quieres, estás invitado —me dijo Ezequiel al recibir el pito—. La Tania sabe dónde queda. El viejo en la pantalla continuaba su relato; hablaba de los lugares donde había vivido, sus trabajos, amistades efímeras, arrestos. Resumía su vida con una humildad desgarradora. —Fíjate en lo que dice aquí... "Lo único que aprendí y me sirve son los chistes." —¿Qué crees que quiso decir? —le pregunté. —No sé. Tal vez quiso decir que hay que tomarse la vida con humor, pero no creo; es un hombre muy estoico, incluso malas-pulgas de cuando en cuando. No sé si se puedan tomar sus palabras literalmente, tal vez al decir "chistes" se refiera a las ironías de la vida. - 85 -


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—O, tal vez, se refiera a que la gente no es sincera —intervino Tania—. Puede haber aprendido a entender los chistes como una forma más sincera y fría de comunicarse... Me estoy quemando los dedos... —Pacha Mama. —Sí, Pacha Mama no más. Si no están volados hago otro. Ambos estaban bien así. Se les notaba en los ojos; Tania intentaba impedir sus abscesos de risa, pero sin lograrlo. Luego una risa sin sentido nos atrapaba a los tres, hasta que lográbamos calmarla, sólo para que Tania me mirase a la cara todo volviese a empezar. Cuando terminó el video, Ezequiel desapareció un momento volvió con una cerveza. —Vamos a tener que tomar de la botella porque me quedé sin vasos. —Este video... toda la gente que entrevistaron, ¿qué tiene en común? —Son "viejitos chicha", alcohólicos, con algún tipo de locura. La mayoría mendigos o con pequeñas pensiones. —Y, ¿cuál es la idea del video? —No tenemos ninguna idea. Hicimos una pequeña lista de preguntas y después los dejamos explayarse. Si me preguntas con qué finalidad, no te sabría responder. Es más que nada, por escucharlos hablar. —Hoy en día todo es eficiencia, dinero y más dinero —dijo Tania haciendo un gesto con sus delgados dedos—; nosotros estamos tratando de capturar los que es la vida sin - 86 -


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dinero, la vida de la gente que no importa. —Eso estarás haciendo tú —se rió Ezequiel—. Yo sólo trato de hacer un video entretenido con los viejos. No tiene sentido hacer un "proyecto ocio" con objetivos tan definidos. —¿Cómo una apología a lo inútil? —Más bien como una pregunta abierta. No creo que sea tan fácil separar lo que nos es útil de lo que no. —Pero, de alguna forma, siempre optamos por algún trabajo que… —Tú realmente crees que en algún trabajo vas a hacer un aporte a la sociedad. —Bueno, no necesariamente un aporte, pero por lo menos trabajando uno deja de ser una carga para la sociedad, ¿no? —¿Realmente crees eso? —No sé… —Vamos, Pablito. No puedes creer que el trabajo ‘dignifica al hombre’. El dinero dignifica al hombre… eso sí lo creo, donde llegues con plata te tratarán como un dignatario —se rió—. Pero ya ves como tratan al obrero en todas partes. Tal vez lo mejor para todos sería que nadie trabaje. —Claro —me reí—, pero, entonces, ¿de dónde sacamos la comida? —De la tierra. —Buena puh, lombriz —se rió Tania—. Pablito, nos - 87 -


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tenemos que ir. —Ésta bien, vamos —dije poniéndome de pie—. Y el profesor de biología, ¿es parte del video también? —No —respondió Ezequiel entre risas—; fue al primero que le preguntamos, pero respondió como un loco. Parece que le tiene miedo a las cámaras. —¿Dónde lo puedo encontrar? —En el cementerio.

6. —¿Quieres comer algo? Tengo pollo. Entramos en la cocina. Tania comenzó, a sacar cosas del refrigerador y a ordenarlas sobre el mesón. —¿Qué estás haciendo? —Una cena romántica... podrías dejar el vino en el refri y pelar esas papas. La veía hacer todo con una agilidad tal que no pude sentirme menos que tonto cuando me quitó el cuchillo y terminó ella de pelar las papas porque la estaba demorando demasiado. Busqué en mi libreta lo que había anotado en la tarde, pero sólo eran palabras sueltas. Traté de ordenar algunas ideas que se pasaron por mi mente mientras estaba en la casa de Ezequiel y que aún daban vueltas por mi cabeza. - 88 -


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—¿Qué escribes ahí? —Nada, sólo ideas. —Aay, tan poeta el niñito. Siempre con la mente en el B612 —No es eso, es que tengo mala memoria. —¿Sí? Y yo que te quería preguntar algo. ¿Tú crees que lo tengas anotado? —No sé, ¿qué cosa? —No es nada, sólo me preguntaba cómo me hice éstas... —se descubrió las muñecas y me mostró unas marcas rojas—. ¿Qué te pasa? Estás pálido. —No... es... es que anoche te caíste en el baño y yo te tuve que arrastrar hasta la pieza. —Aah... Qué vergüenza —se rió—. Bueno, está lista nuestra cena. Anda a sentarte. Con el vino blanco y la comida, nuestra conversación, nuestros gestos y, por sobre todo, mi cuerpo comenzaron a excitarse; mientras ella reía y reía, como siempre, a causa de mi calentura. Luego de un trozo de kuchen de manzana y un café, Tania me propuso jugar a algo mientras nos fumabamos un pito. Recordé que aún me quedaba algo de cognac en la mochila, fui a la cocina a buscarlo y aproveché de armar un buen caño, oyendo con curiosidad como Tania llevaba varias cosas hacia el living. Entré y encendí el pito, Tania me quitó la botella para llevarme de la mano hasta una silla en medio de la sala. Me - 89 -


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quedé mirando el diseño hindú de un pañuelo rojo que había puesto sobre la lámpara; ella fue hasta el sillón cogió una polera y me la puso como venda. —Dame tu mano... No la otra. Me amarró con algo suave y elástico; era el mismo sostén con que yo la había amarrado, aunque no pude verlo, estaba seguro. Ésta era su venganza. —¿Qué es lo peor que me podría pasar? ¿morirme? C'est le vie. —Pourquoi un chapeau ferait-il peur? –contestó cubriéndome la cabeza, abriéndome la camisa y quitando, de un tirón, el cinturón de mis pantalones, para luego colocarlo alrededor de mi cuello. —Ton chapeau ne me faisait pas peur. C'est pour moi une question de vie ou de mort... avec une serpent boa qui mange petits écrivains, sans la marcher. —Mais!... Que es-tu disant?! –me regañó quitándome el pantalón y acercando su lengua a mi oreja—. Mmm... Qu'est ce que je veux manger?... Je veux ton beau ventre. Traté de permanecer lo más estoico posible; un esfuerzo absurdo entre el estrangulamiento de la correa que me sujeta cruelmente del cuello al respaldo y las risas de Tania, comiendo mi ombligo. Desfallecía con su lengua rozando mis vellos, buscándome. —Mais oui, je t'aime, lui dit la fleur —dijo Tania. —Adieu, dit-il à la fleur –susurré. - 90 -


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Ya no podía respirar y hasta ahí llegan mis recuerdos.

7. Entré a la iglesia Sto. Tomás cerca del mediodía. La misa había terminado y las personas conversaban en la puerta o en la plaza. Busqué al joven con quien había hablado, pero no pude encontrarlo, así que me quede sentado en aquellas largas bancas mirando detenidamente la ornamentación del lugar (nada especial; una iluminación deficiente, para evitar la distracción, entra por viejos vitrales de personas sin otro rasgo que las defina excepto las aureolas.) Me acerqué a una cruz de madera que era el único elemento bien iluminado en el salón; en aquel momento sentí el recuerdo de mi abuela más claro que nunca: dos cruces, en su pieza, una en el velador otra en la pared, y una tercera en su pecho; estampitas varias por todas partes de santos y vírgenes de mejillas coloradas sobre rostros pálidos y apacibles, como disfrutando de una frialdad, de un sufrimiento anestesiante. —Así como yo ano... —Disculpe, no lo estaba escuchando —interrumpió mis pensamientos un hombre vestido de sotana blanca—; ¿querías hacerme alguna pregunta? —No, yo... ¿Para hacer preguntas hay que ser de aquí? —¿Cómo de aquí? —se rió suavemente—. Pregunte no - 91 -


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más. Me quedé estático, un impulso de risa no me permitía hablar. La expresión de su rostro cambió; me miraba deténdamente los bolsillos y las manos, buscando algo. —No, no se preocupe por mí. Sólo estaba mirando. —Vamos, si quieres preguntar, pregunta. —Bueno, si le sobra tiempo... Pero tendrá que comprender que yo no soy de aquí y que, tal vez, usted... —Daniel, me llamo Padre Daniel. —Daniel... —me reí de manera nerviosa mientras él pasaba por mi lado a apagar una luz en el altar—. Debo explicarte que, si bien vengo de familia medianamente religiosa, nunca me ha preocupado la religión. De hecho no entiendo mucho tampoco la terminología que usan, ¿me comprende? —No te preocupes, muchacho... ¿Cuál es tu nombre? —Pablo. No soy de este sector. —Eso está más que claro. —Entonces, si ya comprende, me podría responder sin usar las palabras "dios", "bien", "espíritu" o, no sé, "fe", etc. ¿no? —Pero qué vocabulario más pobre el tuyo, Pablo. —Sí —me reí—, o sea, conozco las palabras, pero no las uso mucho. A veces digo "Por dios" o "Si dios quiere", pero con el tiempo esas expresiones me van pareciendo más vacías. Me acuerdo de cuando mi abuelita rezaba y decía: - 92 -


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"Hágase la voluntad de dios", me daba tentación de risa; la pobre señora siempre soñaba que la "voluntad de dios" iba a hacer lo que ella quería, ¿Entiende hacia dónde voy? —Claro, pero es que el Señor tiene caminos muy misteriosos. —Sí, claro, claro... Pero, volviendo el tema, mi abuela creía fuertemente en la "voluntad", era de esas señoras a las que les gusta hacer mandas y rezar algunas oraciones especiales a San... San..., bah, ya no me acuerdo. No importa, lo que yo entendía de todo eso es que, como nosotros tenemos esto a lo que llamamos voluntad, ella pensaba que su voluntad se comunicaba con una voluntad superior... —Ella estaba en lo correcto, Dios nos escucha a todos... —Sí, sí... Pero, bueno, no sé si para usted es lo mismo, dios, la voluntad de dios, la palabra de dios. Yo me refiero a mi abuela, a la que conozco, porque el dios de ella, me imagino, debe ser distinto al suyo; aunque tienen en común su fe y su razón ¿no?... Ella creía que todo pasaba por una razón, lo cual era entendido gracias a esta "voluntad creadora", y que "el salvador" o "los santos" o "profetas", no sé como se llamarán en esta iglesia, podían interceder por ella frente a la "gran voluntad", ¿es algo así? —Sí, parecido. Claro que los santos no son sólo mensajeros, son modelos a seguir... —Sí, a eso me refiero. Y si uno tiene la suficiente "fuerza de voluntad", lo cual queda demostrado mediante la - 93 -


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búsqueda de la razón en la propia vida, entonces, la "gran voluntad", que obviamente es muy razonable, nos escuchará y hará lo que le pedimos. —Bueno... No estoy seguro de lo que intentaste decir, pero Dios quiere a todas sus ovejas por igual y si tú lo buscas a él, él te aceptará. Buscar a Dios es buscar amor, es buscar el bien... —Aah, sí... La razón, el bien, la virtud o la verdad, como queramos llamarlo. Es que mi abuela al ver tanto santo sufriendo, yo creo que se confundió. Ella en cierta forma buscaba el sufrimiento o el sacrificio, como esa imagen de la cruz con el joven muriéndose. Cada tontera que uno puede entender —le sonreí al hombre—, pero al final la idea es muy simple, descubre lo da razón de ser a tu vida. ¿No? —Pero no tiene porque costarte tanto descubrir la razón de tu vida, Dios nos creo por algo y todos tendremos un lugar en su reino; incluso tú, si quieres. —¿Y esa es la razón de su vida?, ¿la próxima? Es un poco absurdo, me parece. No creo que todo esto, toda su vida, deba servir para superar su miedo a la muerte. —No, hombre —se rió— no es miedo a la muerte... —Lo siento, es que uno puede entender cada tontera. Pero creo que estamos de acuerdo: uno está en la libertad de aceptar la razón, o verdad como usted la llama, como un manual de nos enseña a tener una vida buena. El concepto de "vida buena" cambia según el entorno cultural, al mismo - 94 -


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tiempo que cambian las "leyes" de la razón. Luego lo de la voluntad no es más que un estímulo, para seguir adelante y si la "gran voluntad" no nos responde da lo mismo; al final, las leyes las pusimos nosotros. Me quedé mirándolo un momento, esperando una respuesta. —Creo que no me entendiste, Daniel —me reí—. Yo te avisé que usaba otras palabras. —No, perdón. Es sólo que no sé algo. ¿Tú nunca has creído en Dios? —Ya le dije, es como una palabra vacía. Preferiría confiar en la gente que me rodea, cada persona tiene sus propias reglas para comunicarse con uno. Por ejemplo, la Tania, llevamos unos meses juntos y... —¿Tania es tu polola? —No, eh... no sé, depende lo que entienda por "polola". Bueno es acerca de eso que quería hacerle la pregunta. ¿Usted sabe bien por qué su iglesia odia el sexo? —Nosotros no odiamos el sexo. —Bueno, entonces no sé quién fue el que inventó eso de la virginidad, que uno debe arrancarse el ojo que lo podría hacer pecar, es decir, nada de jugar al papá y la mamá, nada de amarrarlas, nada de disfrutar de sus deseos lujuriosos. —No hay nada de malo en disfrutar del sexo con la pareja, pero es más importante disfrutar del amor, en familia... - 95 -


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—Como nos fue enseñado. Tiene razón, Daniel, la culpa no es de la iglesia, si finalmente todo lo que hace esta institución es reunir lo que diferentes personas han aprendido de enseñanzas dadas por otras personas hace más de dos mil años. Se van mezclando con las modas y los pensamientos populares, las enseñanzas se van perdiendo. Pero su comunidad permanece igual, con fe. Haciendo lo que aprendieron, lo mismo que hacemos todos al final. No creo que le haga daño a la Tania nuestra relación, al final a ella también le gusta que la amarren... Aún así no puedo sentirme bien, pero eso ya es tranca mía, como diría mi madre "morbo". Pero es cosa que uno se vaya acostumbrando, no a todo el mundo le puede gustar el sexo de la misma forma. —Pero, cómo... ¿A ti y a tu polola les gusta que les peguen? —No, no es, eso. Me gusta desmayarme, perder el control, sentirme nulo, indefenso. —Pero, podrías ir a un psicólogo, antes que se hagan daño. —No se preocupe, voy a tener cuidado.

8. Tania me apretó el brazo y luego saltó de la cama. - 96 -


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—¿Qué hora es? —Las siete y media. —Ah, no. Es que me había quedado dormida. Tenemos que pasar a buscar al Ezequiel a las nueve, ¿me vas a acompañar? Parece que el Eze se consiguió unas pastillas, creo que éxtasis o ácido… pero me quiero tomar media no más. —Tengo ganas de comer papas fritas. —Pasemos a comprar en algún quiosco en el camino. —¿Por qué te estás vistiendo? Son recién las siete y media. —Tengo que lavar la loza y ducharme… si quieres te presto ropa de mi hermano para que vayas a la reunión. —¿Hay que ducharse y ponerse perfume para ir a esa reunión?, ¿no sé si... —Bueno, si querih te quedai ordenando... Ya, tontito, levántate; no te puedes quedar todo el día echado fumando. —Ella... la madrugadora —me reí—; por lo menos yo salí en la mañana. —Te duele que te digan flojo —rió arrojándome mis calzoncillos a la cara—; levántate hombre flojo... Tania sacó una toalla del ropero y se fue cantando al baño. —¡Me gustaría conocerte sobria! —¡Mejor ven a meterte al agua! - 97 -


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—Mi mamá no sabe preparar papas fritas —dijo por fin Tania cuando terminó de comer—, las hace muy a la rápida. Caminamos por León Callo hasta la plaza Dreves, Tania no paraba de hablar de comida y lo mal que su madre hace todo. Cuando pasábamos frente a la iglesia me detuvo tomándome por el brazo. —Tú nunca hablas de tu familia. —No. —¿En la mañana fuiste a verlos? —No, vine aquí —dije señalando la capilla. —¿A qué viniste a hueviar pa'cá? —A hablar de mi familia. —Aaah... Hueón, si no querih... —Es en serio. —¿Pa' qué te pones pesado? Me sentía estúpido queriendo explicar que, en un estado tan deplorable como me encontraba en la mañana, me hubiese metido ahí a hablar de asuntos personales. Pero Tania estaba muy enfadada. —Es que desperté medio curado todavía y salí a dar una vuelta para fumarme un pito. Justo pasé por aquí y me acordé... —Qué eres cuático, tontito. - 98 -


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—Sí sé... Cruzamos la plaza y seguimos nuestro camino hacia la casa de Ezequiel. Entramos al sitio baldío, como no podía ver el sendero en la oscuridad tomé a Tania por las caderas y la seguí. La casa de Ezequiel estaba alumbrada por varias velas, él estaba sentado en un colchón tomando vino blanco con hielo. —Pasen, pasen. Tenemos que esperar que vuelva el Julio César con el Rodrigo. —Convide vinito, caballero. —Sírvase damita mía. Tania abrazó a Ezequiel y lo beso en el cuello. Tomé la jarra y me serví en un vaso plástico, bebí un poco y se lo entregué a Tania. Me quedé sentado mirando la oscuridad del sitio por un hueco que dejaban los trozos de nylon que cubrían las ventanas. —Me agrada no ver nada —dije sin notarlo. —Por qué no te acercas, no te quedes solo en esa esquina. Me di vuelta y los observé, a la luz de las velas sus sonrisas se tornaron maliciosas; los ojos de Tania, llenos de puntos brillantes, perdieron su gesto travieso mirando a través mío. —¿Qué te pasa, Pablito? —preguntó Ezequiel. —¿Puedo prender la luz? —¿Para qué? Es agradable así. - 99 -


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—Para hacer un pito. Tania dio un salto y presionó el interruptor. Saqué la hierba y un paquete de papelillos que había comprado en la mañana, se los entregué a Ezequiel y me puse de pie. —¿Dónde está el baño? —No tengo —se rió Ezequiel—, tienes que ir al patio. Salí tan rápido como pude de la casa, baje unos cuantos escalones y me apoyé en el primer árbol que pillé. Las ganas de vomitar estaban menguando, respiré profundamente y volví a la casa. —¿Qué te pasa, Pablito? —preguntó Tania al verme entrar. —Mucho carrete —me reí. —Tírate ahí un rato, total el Julio César se va a demorar. ●●● Cuando desperté la pieza estaba llena de humo de cigarrillo, levanté la cabeza y vi a Ezequiel con tres amigos riéndose. —...Entonces, dejé el peyote en un macetero en el jardín de mi viejo; él se puso contento... —Despertaste, Pablito. Ya me tenías preocupada. —¿Qué hora es? —le pregunté a Tania que estaba sentada a los pies del colchón. —Van a ser las once, vamos saliendo en cualquier - 100 -


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momento para la reunión; pero, si quieres, te puedes quedar aquí. —No, ya me siento bien. Tania me pasó una cerveza y me preguntó si quería tabaco. Me senté en el colchón para escuchar el relato de Ezequiel. —...El barrio de Linares donde vivía estaba lleno de viejas jubiladas y una de ellas era doña Marta... —Pensé que Eze era temuquense —interrogué a Tania. —Difícil saberlo, nunca habla de su familia, igual que tú. —...No sé por qué entre todas las tonteras que me hablaba la vieja mientras yo regaba el jardín, apareció el tema del floripondio; ella se hacía tesitos con la hoja para relajarse... Ezequiel paró un momento su historia para beber, al notar que había despertado me hizo un gesto moviendo la cabeza y continuó. —Al día siguiente vi una ambulancia frente a su casa. Mi hermana llegó después a contarme que estaba hospitalizada... —Qué extraño —me dijo Tania—, yo pensaba que era hijo único. —...y que se me haya ocurrido la estupidez de contarle a mi hermana que yo le había dicho a la vieja como preparar el tesito con la flor. Con lo copuchenta que era la pendeja todo el barrio se enteró y, al final, tuve que pescar mis hueás y - 101 -


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venirme a Temuco. —Pero, ¿cómo se consiguieron esta casa? —preguntó uno de los amigos de Ezequiel. —Pregúntale al Julio César, yo ya he mentido suficiente por esta noche. Además, tenemos que marchar, ya despertó el compañero Campitos.

9. Al acomodarme en la silla fui consciente de mi estado. La rigidez de mi estomago me indicaba que estaba intoxicado; previamente, los nervios ligados al plexo celiaco habían enviado una señal al nervio vago, el cual a su vez disminuyó mi ritmo cardiaco. Ahora mi cerebro intentaría disminuir mi actividad por medio de sus drogas naturales. —¿Te sientes mal? —me pregunta Tania. —No, no es nada que un café no pueda solucionar. Trato de concentrarme en la conversación que, a estas horas, gracias a la acción desinhibidora del alcohol, comprendía, en profundidad, todos los problemas de la sociedad temuquense. Lograba escapar por momentos del vahído que mi propio cerebro había puesto sobre mis pensamientos. - 102 -


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—El Pablo quiere hablar —dijo sarcásticamente Ezequiel, mirándome con su acostumbrada sonrisa. —No... No sé... Yo creo tal vez que el problema parte por que no sabemos lo que somos... Es un problema de identificación —mire los rostros de los parroquianos en busca de algún gesto, alguna risa escondida; pero me encontré con un silencio tranquilo, absurdo, de atención—. Es algo básico que los individuos se identifiquen con su sociedad, con su vecino y, por ende, con su ciudad. Pero eso aquí no ocurre; por el contrario, somos un conglomerado de culturas inconexas en el que nadie sabe cómo o porqué nos reunimos y, mientras algunos comprenden cómo funcionan las relaciones ahora, muchos se quedan del todo ignorantes de lo que sucede en la ciudad, en su sistema ajeno —tomé un trago de mi café y continué, ahora más relajado—. Muchas veces se nos obliga acatar reglas sin un soporte cultural que nos permita comprenderlas; partiendo desde la familia, la escuela, etcétera. No es extraño que la misma persona que te pide, de una forma u otra, que respetes tales reglas no entienda a cabalidad lo que tales reglas representan e, incluso, que no las defiendan ni respeten; por eso es tan común el doble estándar en nuestra sociedad. Si el individuo no comprende las reglas ni se identifica con su sociedad, está claro que sólo seguirá obedeciendo por motivos de miedo y vergüenza, cuando no por simple ignorancia. Es claro el ejemplo de la irrupción del pensamiento cristiano, por la - 103 -


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fuerza, dentro de nuestro territorio durante la invasión española y toda nuestra ridícula historia desde entonces hasta su apoteosis de enajenación con la firma de la constitución del 80, cuando la dictadura militar barrió con los últimos asomos de identidad cultural que nos quedaban. —Eso compañero —gritó Ezequiel y no pude aguantar los deseos de reír. —Sí, compañero —respondí levantando los brazos—, porque no puede ser que en este maldito país uno no se pueda fumar un tonto pito tranquilo, señores, y que alguien de verdad crea que la lola se va a casar virgen. Es hora de que abramos los ojos y nos veamos tal cual somos. —Salú mierda —grito Julio César. —Y podríamos ir pidiendo otra —le dijo la Flaca, apoyada sobre el hombro de Ezequiel—, que los compañeros que tengo acá al lado tenían sed. Saqué unas monedas y se las entregué a Ezequiel, la Flaca salió con las jarras vacías. Ezequiel se levantó al televisor y se puso a conectar los cables del vídeo. —Ahora viene lo prometido —se rió encendiendo el aparato. La Flaca volvió y le entregó una de las jarras a Tania. —¿Vas a querer ahora? —Sí, pero poquito, ¿no les quedará navegado? —No seas tan quisquilloso, qué te va a hacer a ti un copete. - 104 -


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La Flaca, apagó la luz y el rostro de Tania apareció en la pantalla. "No me grabih, Tonto", estaban en la estación, en calle Barros Arana, cruzaron la calle y sentaron en un bar. "Después de llegar a Temuco —dice una voz en-off, aparentemente la de Rodrigo— recomendamos a todo peregrino pasar a refrescarse al Bar Estación. Este antiguo local alberga en su interior a más de cien parroquianos que transitan por el sector. Desde aquí damos comienzo a ‘Ecoturismo-experiencia-real’: ETER" El vídeo mostró algunas imágenes de Temuco, tomadas desde el cerro Ñielol y la torre Caupolicán y, mediante un corte bastante abrupto, volvió al bar donde un hombre de tez rojiza hablaba frente a una jarra de vino. Una suave sensación de nauseas se apoderó de mis pensamientos; apoyé mi cabeza en el hombro de Tania y ella respondió acariciándome el pelo, lo cual ayudó a que me sintiese mejor. Deslicé mi mano bajo la falda, ella separó las piernas y buscó mis ojos en la oscuridad. —¿Te sientes mal? —preguntó susurrándome al oido. —No te preocupes. El video duró unos cuarenta y cinco minutos, durante los cuales sólo puse atención al entrepiernas de Tania. Cuando encendieron la luz todos comenzaron a aplaudir; Ezequiel, Rodrigo, Tania y Julio César dieron las gracias y este último tomó la palabra. - 105 -


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—Bueno, eso sería todo… Queremos darle gracias al Marcelo por sus aportes en el área antropológica de este proyecto y a todos los que nos ayudaron con datos de picadas en Temuco. Igual no pudimos ir a todos los bares que quisimos ni entrevistar a todas las personas, pero eso quedará para la próxima... —Siento como si hubiese despertado de un sueño erótico, estoy sudando. —¿Te sientes mal? —No, ahora estoy como lechuga. ¿Qué vamos a hacer después? —No sé, Ezequiel invita. Salimos del quincho tomados del brazo y nos encontramos con Julio César y Ezequiel que se fumaban un pito fuera del baño, al vernos Ezequiel me entregó el pito y dio un fuerte abrazó a Tania. —Vamos a celebrar. Tengo algo especial preparado. La Flaca salió del baño y tomó a Ezequiel con una mano y el pito con la otra. —Te tienes que quedar o te vas con nosotros —le preguntó Ezequiel. —Vamos, el Ramiro se hace cargo. Salimos por el restaurante, donde Julio César se despidió del dueño y su señora. Caminamos hacia el cementerio y tomamos un sendero de tierra hasta una vieja casucha abandonada; la noche estaba fría y húmeda, por lo que, cuando la - 106 -


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Flaca sacó su petaca plateada llena de ron de la cartera, nadie vaciló en darle un trago. Al entrar a la casucha Ezequiel encendió unas luces de colores que dieron al ambiente un aspecto grotesco; en una pequeña radio puso un casette con música estridente llena de ruidos metálicos que vibraban en la boca de mi estómago. Todo era fantásticamente espantoso; sobre un montón de artículos viejos había varias reproducciones de cuadros de la época colonial chilena decorados con luces navideñas. Me tiré sobre unas frazadas puestas sobre el piso a modo de alfombra y Tania se sentó a mi lado. Julio César tomó una vieja cámara de cine y se la mostró a Ezequiel. —¿Y ésta? —Se la pelé al Felipe… Un viejito, amigo mío, me la arregló y me regaló unos rollos que él había grabado. Pero no me he conseguido reproductora. —¿Y en una de diapositivas? Para ver las fotos por último. —Otro día los traigo pa'ca. El Rodrigo tiene una proyectora del año uno que es de su abuelito don Federico Menke. Tú no lo conocih; él nos recibe en Puerto Saavedra y nos saca los medios asados; deberías acompañarnos este año. Ezequiel se sentó juntó a los pies de Tania riendo. —Es un viejo cuático; el Rodrigo lo agarra todo el rato pa'l hueveo, pero siempre que lo va a ver, vuelve con sus botellas de enguida'os. Ahora le va a pasar unos colchones - 107 -


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para que ponga aquí y una tele, para editar los videos. —Buena'l viejo. A nosotros nos hace falta una tele. —Pa' qué... Pudiendo ver cine gratis en el hospital. —Pa' saber que está ocurriendo en el universo. —¿Quieres saber que está ocurriendo? —le preguntó sacando un gran pote de una caja de plumavit—. Toma, prueba esto. —Ahora erih chef —se rió Tania. —Si quieres puedes comerte todo lo de esta caja, pero primero tienes que probar este yogurcito. Esta preparado con una receta especial que me traje del Valle De La Luna. Suficiente universo para cinco y sin quedar tan ahueona'os como viendo tele. Julio César tomó el pote, una cuchara y se quedó mirando el contenido. —Bueno, ¿qué me va a hacer un yogurt con cereales? —C'est la vie, mon ami —dijo Tania—. Tu seis... Tu auras l'air d'étre mort et ce ne sera pas vrai. La Flaca dejó los artículos que había estado mirando y se sentó junto a Julio César. Éste dio una cucharada al yogurt mirando fijamente a Tania. —¿Qué estabas hablando? ¿francés? —Sí y no —contestó Tania—. Te dije algo como: "Vamos a vender tus órganos". —Qué eres chamullenta. Yo ya te había creído que hablabas francés. - 108 -


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—Sí habla un poco —dije—, más que yo por lo menos. Me senté y pasé mi brazo por detrás de Tania. —Está vivo —gritó Ezequiel. —Sí... y tengo hambre. —Convídale yogurt al hombre.

10. "Ahora sí que estoy muerto", me dije justo antes de despertar; pero ya no recordaba qué estaba soñando. Saqué mi libreta de la mochila, que tenía puesta como cabecera, y anoté la frase. —Resucitaste por fin, tontito. Ya me tenías preocupada... Toma, en la mañana fui a comprar una bebida... Creo que todavía estoy curá', ¿y tú?, ¿cómo te sientes? —Bien, un poco mareado no más. ¿Dónde está mi ropa? Comencé a vestirme mientras Tania me relataba partes de la fiesta que me ayudaron a completar el recuerdo de dónde estaba y cómo había llegado. Se reía escandalosamente de las absurdas conversaciones que habíamos sostenido como grupo, las canciones "del recuerdo" y los juegos tontos. —Y, más encima, tú despertabas como cada media hora, con una cara de perdi'o y decías algo como: "tamal, esabigen trena unsario...” ¡Y el Eze te entendía! - 109 -


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En ese momento un absceso de tos detuvo las carcajadas de Tania, lo cual (sería absurdo negarlo) me provocó una gran alegría. —Es increíble como un dolor de cabeza te puede cambiar tanto la percepción que tienes de alguien —apunté cuando ella dejó de toser. —¿Por qué lo dices? —No por nada... Creo que he estudiado mucha biología este fin de semana. ¿No te ha pasado, alguna vez, que no comprendes bien por qué hiciste tal cosa o te cae mal alguien? —Sí, claro. —A veces siento que no me conozco, que hay muchas cosas en mi cabeza que no las puse yo ahí. Es como cuando te veo y siento un vacío en el estomago, y sé que es producto de la adrenalina que incita a mi sangre a dejar él sistema digestivo y concentrarse en mis músculos y genitales… —Mmmm, qué romántico. —Claro, uno no quiere creer que su vida está recluida en un montón de necesidades corporales. Pero, por otra parte, ¿qué es el espíritu sino una necesidad de nuestra mente, nuestro cerebro, nuestros sentidos, nervios?... Me fumaría un pitito ahora, pero el Eze se quedo con los míos. —Tienes suerte, yo los guardé. —A veces, cuando estoy volado, me dan ganas de quedarme tirado en el pasto, escuchando el viento pasar por - 110 -


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los árboles y sentir toda esa vida, esa vida que sólo puedes percibir en aquellos momentos. Cada una de esas células funcionando, repitiendo sus ciclos, buscando energía para seguir viviendo, dividiéndose y reuniéndose en millones de formas diferentes, robando proteínas de otras células para luego crear una nueva vida, una nueva célula en tu interior y en la corteza de los árboles y en una charca y... —Mejor vamos a comer algo, después nos fumamos un caño. —Tienes razón, me acabo de dar cuenta que aún estoy volado. Salimos de la casucha, pero al poco andar le dije a Tania que nos devolviéramos. Busqué tras unas máquinas de escribir estropeadas y encontré una cámara de video. —Es de Ezequiel —dije—, vi su luz anoche y creí que era un ojo maligno que me miraba. Seguramente grabó todo el carrete. Guardé la cinta y volvimos a salir. —¿Qué recuerdas de anoche? —¿Anoche?... Nada muy claro... Había mucha gente y todos hablaban a la vez, pero cuándo abría los ojos, sólo estaban ustedes cuatro. Después tú me tomaste la mano, pero no podía verte, estabas lejos y cantabas "levántate hombre flojo"... Ese tipo de cosas recuerdo. ¿Y tú? Tania se rió un momento. —Yo recuerdo todo bien hasta que cantamos esa - 111 -


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canción. Entonces el Julio César se puso de pie y empezó a fingir que nadaba (con guatazos en el piso y todo) y yo sentía el piso como blando; ahí te tome la mano, porque pensé que me iba a hundir... Tania soltó otra carcajada y se quedó mirándome. —Qué amaneciste serio, tontito. —No, disculpa —le sonreí—; es que estoy tratando de ordenar mis sensaciones para ver si recuerdo algo. Llegamos a la parte posterior del cementerio, fui mirando por la vieja pared de ladrillos buscando algún acceso, pero el único portón de latón estaba cerrado y la pared, cubierta de moho, era demasiado resbalosa para escalarla. —Mira —me gritó Tania junto a un poste de la luz. Troté hasta alcanzarla y ella me mostró una forma de subirse a unos nichos, no muy altos, apoyándose en el poste. Una vez sobre ellos Tania se sentó y me tironeó varias veces el pantalón para que me sentase junto a ella. —No sé si quiero ver el video —dijo sacando la bebida de mi mochila. —¿Qué video? —Ese Ezequiel es muy maricón, ya encontraba raro tanta amabilidad. Maricón y degenereque más encima... Si yo estoy segura que es... —Bueno, ya no importa. Total, ahora yo tengo la cinta. —Pásamela. —¿Por qué? - 112 -


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—¡Pásamela! —Bueno, pero cuando la veas me llamas. —Sí, claro, seguro... Me volví a poner de pie y miré entre las tumbas. —¿Qué haces? —Busco a alguien. —¿Vivo, muerto o a Nicanor? —Al Profe, no sé si lo conoces. —Vamos a buscarlo —dijo saltando nicho abajo. La seguí entre las tumbas atento a no encontrarnos con algún guardia. Tania se detenía en algunas tumbas para mostrarme algún detalle gracioso o el penoso estado de tal imagen, pero pasaba como una bala junto a los corrales que rodeaban a otras. Quince minutos después, junto a una cruz negra de madera que no tenía ninguna identificación, encontramos al Profe sentado, con las piernas tomadas, canturreando. —Ya puh, háblale. —¿Qué le digo? —Hola Profe. El Profe salió de su trance y nos quedó observando un momento. —Miércales, que me asustaron. Creí que... ¿vienen a invitarme el desayuno? —Sí. Eeh... Buenos días, yo... —Espérenme un momento, mis niños. Dejen - 113 -


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despedirme. Me devolví unos pasos buscando en mis bolsillos algo de dinero. Trataba de sacar cuentas mentalmente. En ningún momento supe realmente cuánto dinero había sacado, pero algo me tenía que quedar. —¿Te queda plata, Pablito? —preguntó Tania tomandome del brazo. —Sí, no te preocupes, tengo una luca por aquí. —La doña de la esquina vende buen café y sopaipillas. A usté le hace falta un café, mire la carita que trae un jovencasi-niño como usté. Y tan curcuncho. Vamos... estire la espalda, eso, así. No deje que lo vean con estos aspectos tan mezquinos, mire que, si ven en usté alguna amenaza, siempre pueden encontrar una excusa en su salud para hacer lo que quieran. Estábamos ya fuera del cementerio y el Profe me sujetaba del brazo, Tania lo miró un momento y me pidió que le diera el dinero (que encontré, muy arrugado, dentro de un pequeño bolsillo interior del pantalón), luego me mostró una banca en el bandejón central de avenida Balmaceda, donde la podíamos esperar. —Si no lo sabré yo —dijo pisando cuidadosamente los adoquines de la calle—. Ahora estoy un poco débil. Cansado, pero antes... Tengo que andar medio escondido, dicen que ahora es diferente, pero ya nadie es de confianza, todos se hacen los lesos y aquí no paso nada; porque, acá en Temuco, - 114 -


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nunca pasa nada, ¿no?... Jamás carnean borregos, no existen mataderos clandestinos y el gobierno no ocupa los conocimientos sobre la relación miedo-memoria para controlar a nadie. Nadie lo hace... Aproveche que está, usté, aún sanito. Conózcase, conozca su cerebro... Si no se cuida, no lo van a respetar, ni a su cuerpecito... No lo van a respetar... —se sentó en una banca de cemento y me miró a los ojos—. Inventan historias, enfermedades, vacunas. Si no trabaja... Porque el hipocampo es más propenso a recordar lo que nos atemoriza, lo que frustra, lo que... Le dicen que se puede evitar, que te pueden hacer feliz y... Son todas quimeras, mentiras, mentiras para los brutos... Lo que quieren es que tú mismo estimules tu hipocampo, para que sientas placer en lo que ellos te ofrecen y miedo del resto... El miedo es mentira, el fracaso es mentira... »No hay nada de malo en equivocarse... Mucha gente no quiere vivir con alguien muy torpe, una carga... Es algo primitivo en nuestro interior. Es peligroso asociarse con alguien a quien tengas que llevar en brazos cuando vengan los depredadores... Por eso no me extraña que las personas me vean como un fracaso y hagan lo posible por evitarme en las calles... Pero ésa no es forma de querer a la gente. »Lo único importante es no quedarse solo... Todo el mal no sería más que un chiste si uno estuviese solo, pero siempre hay alguien a quien le importa... Si dicen que no te quieren ver tropezar, ya no corres... No quieres equivocarte, - 115 -


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¿no?... Le terminas temiendo a todo... No, ésa no es forma de querer a la gente. »No le creas a tanto miedo y confía en lo que quieres, que esos peligros son sólo una ilusión en tu cabeza. Una mala costumbre de tus hormonas... Y, ahora, un arma de esos maricones. —¿De qué hablan? —pregunta Tania un tanto aproblemada con los tres cafés que tenía en la mano. —No sé —respondo derramándome un poco de café caliente en la mano—, de la estimulación hormonal del hipocampo... creo. —Si es de lo único que sabe hablar este tonto, profe. De biología... si no es por mí, este pajarón ni saldría. —Se le nota. Mmmm... Está dulcecito el café. Gracias mi’jita. —De nada, Profe. ¿Y qué es eso de lo que estaban hablando? —Es una glándula en el cerebro ligada a la memoria —le dije mientras recibía una sopaipilla del porte de un plato—, según tu estado de ánimo, hace que recuerdes más o menos y, cuando te pasa algo malo, la amígdala (otra glándula) secreta una hormona del “fracaso” que te hace recordar ese momento con gran claridad... —O sea. —Que nos cuesta mas olvidar lo que nos es doloroso. Digamos que tenemos tendencia a tener miedo. - 116 -


Meando Fuera’l Tiesto

—A pesar del frío es agradable aquí para sentarse. Hoy no se ven las flores de esos puestos como cuando hay sol y, como es domingo, anda más gente, pero igual es tranquilo, sin tanta micro como en otras calles. ¿Quién habrá traído tanta micro a Temuco? —No sé, Profe. Cuando nací ya estaban. ¿Quiere otra sopaipilla? —Dicen que lo hacen por la plata, traer micros. Pero la verdad es que les gusta amarrarse, les gustaría tenernos a todos amarrados... Todos dicen que trabajan por plata, pero les gusta estar amarrados... —Al Pablito le da miedo trabajar —dijo Tania soltando una carcajada. —¡Tania! —Si no sabes que es lo que quieres no tienes que hacer nada. —Pero... —Pero nada, ustedes no son tontos. No se comporten como esos cabros tontos, a los que convencen que una profesión les va a solucionar la vida y corren a trabajar en cosas que no les interesan, a encerrarse en oficinas, mirando eventualmente por la ventana a ver si sus vidas perfectas vienen a buscarlos. Si no creen que el dinero les va a solucionar la vida, mejor para ustedes... No se dejen atrapar... No les va a pasar... Nadie los va a amarrar a ustedes... No creo que, a ustedes... - 117 -


Pablo Campos Méndez.

El Profe levantó la mirada hacia el cementerio y se quedó en silencio, los ojos se le pusieron rojos (se los frotó con la yema de los dedos). Tania me tomó la mano y me miró como pidiéndome que le dijese algo, pero ninguno de los dos se atrevió a abrir la boca. —¡Enderece la espalda! –dijo poniéndose de pie y caminando hacia el cementerio, haciendo su ambiguo gesto con la mano. Con Tania nos fuimos caminando hacia Prieto Norte donde tomamos rumbo hacia la avenida Alemania. —¿Y qué decidiste?, ¿cuál es tu vocación? —Nada. Mejor no voy a hacer nada. —Me parece bien. Tania sonrió y me besó en la frente. Nos sentamos en el bandejón central, donde armé un pito y lo encendí. —¿Y ahora?

- 118 -


Página ● Disciplina

8

10

12

● No Es Mío

16

● Red Sun

22

26

● Maldito

30

● Ron De Tres En Punto

34

● Nubes Grises y Brillantes

42

● Somoselúnicouno

46

62

66

● On The Tip Of The Tongue

68


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Editorial Electr贸nica 18 S/N, Proyectos Para La Expresi贸n.

M谩s informaci贸n en: www.meandofueraltiesto.cl.tc

Meando Fuera'l Tiesto  

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