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Pierre-Alain GASSE

Cuentos de vida y muerte


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Pierre-Alain GASSE

Cuentos de vida y muerte

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Foto de portada : ŠB. VaulÊon, 2004.

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ÍNDICE Mutatis Mutandis Lola y Flora Luka El Millonario Galería mercante El Cabezazo El Señor Faber y yo La Última vez El Reloj de Montiel ¿Os dije ya..? El Abuelo del otro lado de la calle In Memoriam Me arrollará el viento La Profe El Testamento Mal tiempo en Riva Bella 5


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MUTATIS MUTANDIS*

Homenaje a Juan José Millás Aquel día me pasé mucho tiempo, rascándome detrás de la oreja, sin saber por qué. Posiblemente me aburría el rabajo y haba cogido ese tic. Me puse un poco nervioso cuando me di cuenta, porque temí que se enojara Anita, mi novia, pero de ahí no pasó la cosa. Aquella misma noche, cuando estábamos mirando por la tele una película en la que venía una perrita de buen ver, Fido, mi fiel bastardo emitió un silbato admirativo que me dejó patidifuso. No sabla que pudieran silbar así los perros. Pero pasé de la sorpresa a la preocupación cuando, a los pocos días, tuve ganas de orinar al pie de varios faroles en el camino del mercadillo a casa.

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Tanto más cuanto que Fido me venía tirando de la correa con impaciencia todo el rato. Mis padres y amigos poco después notaron al invitarme que me había entrado un hambre canina que ni se aplacaba y una tendencia más que lógica a dormir la siesta después de tanto comer. Cuatro días más tarde, Anita me dejó plantado porque le dije que ya no soportaba su perfume que cubría todos los olores circundantes. ¡Pero si me lo ofreciste tù! dijo, mientras Fido, que siempre habla tenido un oído de los más finos, se acostaba como si nada al pie de una de las pantallas acústicas del equipo de música puesto a tope. Recapacitando sobre todo eso y viendo al día siguiente, cómo, desde mi cama y con la ventana cerrada y las cortinas corridas, husmeaba el olor a pan tierno que salía de la panadería que había en la otra punta de la calle, comprendí por fin que iba perdiendo mi idiosincrasia en provecho de mi perro y... recíprocamente. Este día me di de baja y me quedé acostado todo el día, ovillado sobre la colcha de la cama. Fido volvió tarde y le hice carantoñas cuando por fin llamó a la puerta. Se había olvidado del pan y tuvo que bajar otra vez. Al día siguiente, pasó por casa Anita, inquieta de mi silencio. Noté que Fido se sentaba a su lado, en el sofá, dejándome a mí a sus pies, que a él, ella le

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iba dando besitos y a mí migajas de la galleta que estaba comiendo. Por eso no me extrañé cuando se levantó ella para irse y le pregunté: "¿Ya te vas? " y oí la voz de Fido que me contestaba: "Sí, macho, nos vamos". Me contenté con un gruñido sordo, mientras la puerta se cerraba en mis narices. *Cambiado lo que se había de cambiar.

©Pierre-Alain GASSE, 1995.

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LOLA Y FLORA

Nunca hasta entonces les había pasado. A lo largo de todos esos años vividos una al lado de otra. Ni una nube, ni una riña, ni una desavenencia. Sutiles variaciones de humor todo lo más, casi desapercibidas de los demás. Que sin embargo tomaban para ellas la importancia de violentas tormentas, de asoladores huracanes, de demenciales cataclismos en el tiempo invariablemente bueno de su existencia. Una ceja arqueada, una entonación crítica, un silencio inacostumbrado y el mundo de Flora se venía patas arriba. Un mohín ensoñador, un paso acelerado, manos que se agitan y Lola estaba completamente trastornada. Pero sucedía tan raras veces...

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Domingo Y, de golpe, eso. Empezó hacía una semana ya ; si Flora lo recordaba perfectamente ahora. Alegó Lola una de sus acostumbradas jaquecas veraniegas, cuando hacía mucho calor, para no acompañarla a la playa. Y eso que, sin su baño diario, decía Lola que sentía sus días como inacabados, incompletos. Más extraño todavía, ella, al volver, se encontró con la casa desierta, todas las ventanas abiertas y las cortinas que flotaban en la brisa. Y tardó Lola una hora en volver, sin su pamela que pretendió haberse llevado el viento. Ya eran muchas extrañezas para un solo día. Hubo, por cierto, una explicación para todo: ella había salido después de que se le disipara muy oportunamente la jaqueca, había dejado abiertas las ventanas para que se fuera el tenaz olor de una muestra de perfume que se le rompió por descuido y había perdido la pamela cuando se la estaba volviendo a anudar por debajo del mentón. Bueno. Pero no explicaba por qué se había perfumado Lola a media tarde por un día de calor ni por qué había roto ese frasquito cuando no se le rompía nunca nada. Y tampoco dejaba claro adónde se había ido porque se contentó con alargar un brazo para señalar los acantilados diciendo: por ahí... a dar un paseo... Lunes Al día siguiente - era lunes - volvieron las cosas a su cauce normal, por lo menos eso le pareció, hasta

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ese silbido lúgubre - dos prolongadas notas - que percibió en la noche mientras cerraba la novela policiaca que acababa de leer. En el momento, no habría podido decir si era ese silbo de origen humano o animal. Pero si tomaba una en cuenta el hecho de que chirriara ligeramente la puerta de Lola inmediatemente después, inclinaba a optar por la primera hipótesis. Le hubiera gustado levantarse para comprobarlo, pero su lectura le había puesto los nervios de punta y además tenía Lola su vida. Se contentó, pues, con apagar precipitadamente su lamparilla de opalina y escuchar en la oscuridad con la barbilla por encima de las mantas y el oído en acecho. Pero no percibió nada sino el inquietante silencio de una noche ordinaria en una casa demasiado grande para ellas dos y el desorden del ritmo alterado de su respiración. Finalmente, tiró de la sábana hasta cubrirse la cabeza, exorcismo soberano de los temores infantiles, recobró la feliz posición del feto y se durmió chupándose el dedo (¡chitón! es un secreto). A la mañana, tenía Lola el humor alegre y canturreaba por la cocina preparando el café. Sondeada hábilmente, reveló haber ido al baño a eso de las doce y media de la noche, pero negó haber oído cualquier silbido. No solía levantarse por la noche, pero, por cierto, habían comido puerros con salsa de vinagreta durante la cena y claro....

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Martes Ese día nada vino a turbar la quietud de sus vacaciones en la casa solariega, legada "pro indiviso" por padres imprevisores. Fueron al mercado sobre las diez, el vendedor de fruta y verduras les dio broma acerca de sus vestidos estampados con flores (¿alguna fruta para hacer juego con sus flores, señoritas?), hicieron comidita en la terraza debajo del quitasol, dejaron pasar las horas de calor leyendo en las tumbonas y se fueron a la playa del antepuerto una hora antes de la pleamar de las 17:52. Lola quiso nadar hasta más allá de la punta de Pordic que distaba de algunos hectómetros. Pero Flora no nadaba lo bastante bien para eso. Siguió con los ojos los destellos de su gorro de goma dorada en el chapoteo de las olas hasta que Lola desapareciera de su mirada para volver a aparecer una hora más tarde solamente, por el sendero de los aduaneros, con el aliento corto y los pies arañados, cuando Lola, quemada ya la sangre, se preparaba para dar la voz de alarma mientras el mar iba bajando y los bañistas en tropel venían abandonando la playa. El encuentro con un amigo común, ausente de esta tierra desde hacía varios veranos y que estaba tomando el sol en la playa de Le Petit Havre cuando ella puso pie ahí, había sido la causa de su retraso, se disculpó ella. En efecto, se les había pasado el rato contándose detalladamente nuevas de unos y otros, sin que ella se diera cuenta de lo tarde y de la inquietud que podía apoderarse de Flora. ¿Qué podía

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ella contestar a eso? De hecho, sabía Flora que JeanYves Le Chanu había venido a ver a su madre y, en efecto, eran los tres amigos de la infancia. Además, ¡si él era un invertido notorio! Era inútil, pues, buscar por ese lado. Difícil también era evocar directamente el tema. Desde el infeliz episodio de su amor común por el mismo hombre, zanjado por un amistoso pero doloroso acuerdo de mutua renuncia a él, cada una guardaba el secreto de sus encuentros por miedo a que la otra volviera a ser una rival. Era bastante comprensible. A decir verdad, a estas alturas, Flora ya estaba resignada y no provocaba más los encuentros, dejando a la casualidad, a la Providencia o désele el nombre que se quiera, el cuidado de su porvenir sentimental. Pero Lola siempre había sido más voluntaria, más decidida, más terca, a veces hasta el exceso, y Flora, siempre en alerta tras varios fracasos seguidos de su hermana, llevaba varios días presintiendo que ahí había gato encerrado, por así decir las cosas. Miércoles El miércoles, después de tres días buenos, se encapotó el cielo, como suele pasar por aquí. Por la mañana, cuando Flora fue a por el correo, estaba cayendo un simirimi ligero. El recibo del téléfono, una propuesta de suscripción a "Liberación", en nombre suyo (¡estaría bueno!) y... una carta para

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Lola. Sobre blanco, sin perfumar, tamaño corriente, letra cuidada, pero masculina, a todas luces. Con sello de tres francos, echada al buzón en SaintBrieuc, a las 18:45 de la víspera. Por transparencia, no pudo descubrir nada porque el texto venía doblado hacia adentro y el papel sin duda era bastante espeso y opaco. ¿Que la despegara con vapor? No. A estos extremos no habían llegado todavía. Ella depositó la misiva con las otras dos en la cesta del recibidor prevista para este uso. Durante el almuerzo (había desaparecido la carta), Lola, con mucha naturalidad, le había contado que una amiga de la infancia, que estaba de vacaciones con su familia en la comarca, la convidaba a pasar el fin de semana en su chalé de alquiler de Pléneuf-Val André. ¿Qué amiga? Si no la conocía ella. Eso era de cuando sus padres las habían separado y metido en dos internados diferentes de Saint-Brieuc - el del instituto laico Ernest Renan para Lola y el religioso de Saint-Charles para ella - con motivo de sus múltiples calaveradas y actos de indisciplina. ¿Cómo se llamaba? Estelle. En efecto había oído Flora hablar a su hermana de una tal Estelle en ocasiones. Pero no significaba nada. ¿Y esa súbita marca de interés? No cabía duda de que todo eso era un cuento más claro que el agua. Pero, paciencia, ya sabría ella a qué atenerse.

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Jueves Ya fechaban de cuatro días atrás los primeros signos y seguía Flora sin la menor prueba de lo que fuera. Y, dentro de cuarenta y ocho horas, iba Lola a dejarla sola en esta casona para irse a pasar el fin de semana, en Le Val André, según decía, y ¡con quien sabe Dios! Tenía ella que desenmascararla antes, pero ¿cómo? Desde esta mañana no la había dejado sola un solo instante, excepto, claro, para ir a hacer pis. Todo parecía normal. Estaría ella desconfiando. Habría notado que le seguía la pista más que de costumbre. De momento, estaban sentadas en la cocina, mondando las judías verdes que trajeron de la plaza y venía contando Lola, con su cara más inocente L'Amant de Marguerite Duras que había acabado de leer anoche. ¡Mosquita muerta! De pronto, sonó el teléfono y salió Lola disparada hacia el aparato del recibidor, gritando :"¡Me pongo yo!". Y ¿por qué no había descolgado el teléfono que estaba a tres pasos de ella, en la pared? Para que ella no oyera la conversación, obviamente. A la ocasión la pintan calva: brincó también Flora y descolgó a la par que su hermana el auricular de la pared de enfrente. Era el florista que informaba a Lola que estaba listo su pedido y podría pasar a recogerlo cuando quisiera. Se venía abajo el soufflé de Flora (una composición de flores secas para regalar a su amiga, era algo lógico), cuando de su magín febril surgió la idea de que era una clave. Con todo, bien le había parecido reconocer la voz del florista ¿Otro chasco, entonces? No podía ser. Pero discurrió el

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resto del día suplementario.

sin

traerle

el

menor

indicio

Viernes Por tradición familiar, religiosa y comercial, el viernes para ellas seguía siendo día de pescado y tenía que ser éste del día o de la noche anterior (¡ nada de esos pescados cuadrados, congelados y empanados sin ojos ni espinas que son los únicos que conocen los niños de hoy!). Pasó pues en la pescadería: había cola, como suele ocurrir sobre las once, y detrás de ellas, un hombre, de veraneo sin duda, al que ella nunca había visto, casi de inmediato entró en animada conversación con Lola. Bueno, una conversación de lo más trivial, claro ; bien sabían que ella los estaba escuchando. Flora lo había detallado, de reojo: bastante apuesto, a fe suya, de mediana edad, sienes grises, sin anillo, vestidos veraniegos de calidad (niqui Lacoste, pantalón New Man, mocasines italianos). No tenía mal gusto Lola. Les cortó el insulso diálago para saber qué pensaba su hermana del peso de la pequeña dorada que pensaba comprar. No se cortó Lola en absoluto. Pero demasiado conocía Flora las capacidades de disimulación de su hermana para detenerse en esas apariencias. Durante el almuerzo, mientras paladeaban su besugo al horno, ella, subrepticiamente, le espetó: "A propósito, aquel señor con quien discutiste esta mañana en la pescadería, ¿quién era? Lola, sin

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inmutarse, le había contestado que lo ignoraba por completo, que nunca lo había visto antes pero que tal vez le había caído bien ella. ¿Y cómo no? Tú, hija mía, me estás tratando de engatusar, pero ¡conmigo, de eso nada! pensó Flora para sus adentros. Sábado Esta mañana, hacia las once, una berlina color crema, llena de niños, ha parado delante de la casa. Una mujer madura estaba al volante. Ha dado un timbrazo y ha dicho: "Buenos días. Me manda la señora Estelle B. a buscar a la señorita Lola si está lista". No sólo estaba lista sino que estaba brincando de impaciencia, porque llevaba Flora media hora oyéndola rondar la habitación, encima del salón. Ha bajado con una maletita de la mano. Se había puesto el vestido azul, el que le sienta tan bien. Se han besado tres veces, como es costumbre por aquí ( los forasteros no pasan de dos o van hasta cuatro) y Lola ha dicho: "Que pases un buen fin de semana, hermanita. No hagas imprudencias mientras esté ausente. No volveré antes de la mañana del lunes por el coche de línea". Flora ha contestado: "No te preocupes. Saluda a tu amiga por mí". ¿Habría soñado ella y todos esos incidentes desde hacía una semana no serían sino coincidencias y azarosas extrapolaciones de su imaginación? Era verdad que tendía ella a ver en los otros lo que se podía observar en ella misma.

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Desde la escalinata, había dibujado un adiós con la mano y cuando el coche tuvo doblada la esquina, se dirigió hacia el téléfono : —¡Oiga! ... Carlos.... sí, soy yo. Finalmente, puedes venir aquí, Lola se ha ido a casa de una amiga en Le Val André para el fin de semana. ¿Cómo? Sí, figúrate que durante toda la semana creí que había vuelto a encontrar a alguien y me lo iba a presentar. ¡ No! ¿qué te crees? ¡Claro que no sospecha nada de lo nuestro! ¿Qué dices? Que tal vez sería tiempo de que se lo dijéramos. Sí, yo había pensado invitarte para nuestro cumpleaños, dentro de quince días, y anunciárselo con aquel motivo. ¿Qué? ¿Que traerás la tarta? Vale, pero no te olvidarás de las velitas: seis grandes para mí y tres pequeñas más para Lola. Un beso. Hasta prontito. © Pierre-Alain GASSE, 1998.

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LUKA My name is Luka, I live on the second floor, I live upstairs from you, Yes, I think you've seen me before... Suzanne Véga - Luka, in Solitude Standing, 1987, A & M, 5136

—¡Fuera de aquí! —¡Lárgate! ¡Y no vengas a dar la coña! Suena un portazo y su ruido sordo repercute sobre las paredes plagadas de pintadas de la escalera. Ella ha dado con sus huesos en el rellano. Sentada en el primer escalón, se toma la cabeza entre las manos. Esta vez no se anduvieron con chiquitas. El tío acaba de arrojarle una banqueta a la cara y debe de tener varios moratones. Descontando el par de guantadas que le arreó su madre antes y que la hicieron sangrar por la nariz. Siempre que su madre se trae un tío a casa, pasa igual. Se ponen a tomar y cuando empiezan a estar calientes, se dan cuenta de que ella está ahí - oh, nada

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de estorbar, no, hace tiempo que dejó de atreverse a eso, pero en el piso y con esos tabiques de papel que hay, se oye todo - y les molesta eso, porque con los años que tiene ahora, se sabe muy bien lo que hacen. De pequeña, su madre la acostaba y le daba Steralène para que durmiera. Ahora, la pone de patitas a la calle. Lo malo es que los tíos que su madre trae a casa, cada vez están más chalados. Claro que ella tampoco ha mejorado. Y en estas condiciones... Por eso prefiere ella quedarse en casa. Por si acaso salieran las cosas peor que de costumbre, para poder llamar a la poli o a los bomberos. Una vez ya prendieron fuego a la cama, con una colilla mal apagada. Con éste no fue, sino con otro, uno que acabó en chirona, por haber mangado un buga. Éste incluso empieza a rondarla de cerca y como ella lo ha mandado a paseo, ahí lo tiene queriendo ser su padre y dándole la paliza. Toma su defensa su madre, cuando no ha tomado, pero cuando están bebidos, no hay quien pueda. Saca un estuche de Kleenex del bolsillo del vaquero. Tiene el pómulo izquierdo completamente dolorido. Apoya en él un pañuelo. Que se va tiñendo de rojo. ¡Coño! Le ha hecho sangre. Y ni siquiera tuvo ella tiempo para tomarse la mochila. ¡Qué mariconada! ¿Adónde ir? Primero, tiene que ver qué cara tiene. No será brillante. Se levanta y con paso vacilante, comienza a bajar los dos pisos.

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Está en el rellano del primero, tan cutre como el suyo, cuando se abre la puerta del piso de la derecha para dejar paso a un hombre. Alto, de unos treinta años. Y calvo, con gafitas de metal, redondas y grises. Delgado, pero flaco, no. Su mirada, acostumbrada desde la infancia a interpretar instantáneamente las situaciones potencialmente peligrosas, transmite a su cerebro que, de momento, no hay peligro.Pero el hombre la está interrogando con la mirada. Le va a preguntar algo, seguro. Ella le toma la delantera. Más vale poner término a sus preguntas : —Buenas. Me llamo Luka. Vivo en el segundo. Justo encima de su casa. Me ha visto ya, quizá. La mirada es gris, como las gafas. Asombrada. Tal vez sea la primera vez que le interpela una chavala de trece años. —Es posible que haya oído algo de ruido esta tarde, pero no cuente conmigo para decirle lo que era. Eso pasa en casa de cualquiera, de vez en cuando, ¿no? Es culpa mía. Soy demasiado torpe. Y ahora, tengo que ir a la farmacia. Va bajando otra vez, mientras el hombre cierra su puerta con llave. No ha soltado palabra. Y le parece que ella ha soltado demasiadas. El vestíbulo está a oscuras. Va buscando la minutería. ¡Joder! No funciona, como siempre.

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¡Claro! Cada cual birla las bombillas. El casero dejó de ponerlas. Cada uno tiene su linterna de mano. Pero ella la tiene en la mochila. Sale a la calle. La luz blanquecina de las farolas la hace pestañear unos instantes. Por supuesto, no tiene la menor intención de ir a la farmacia de guardia: primero, haría falta que supiera cuál es y además, una gurisa de su edad que se presenta, entrada la noche, con hematomas, te la denuncian a la bofia en el acto. Y si lo hiciera, la pondrían en un hogar de ésos, para la infancia desvalida. ¡Qué horror! Y no vería más a su madre. Hurga en sus bolsillos: medio euro con diez céntimos. El cambio del pan de esta mañana. Por suerte, acabó las galletas María mirando la tele. Ni siquiera prepararon algo para manducar, esta noche. Mete las manos en los bolsillos, levanta la cremallera de la sudadera, se pone la capucha y vuelve a atar los cordones de sus gastadas zapatillas antes de alejarse por el bulevar, rumbo a la estación. Allí conoce un sitio en el que quizá pueda pasar la noche, si no está ocupado por unos vagos. Está harta. El curre de camarera de un bar de noche que encontró su madre es un infierno total. Todos los borrachines y tarados del lugar intentan ligársela y siempre acaba pasando lo mismo: esperan a que salga o ella les da cita y si el tío no tiene coche ni pasta para el hotel, al mediodía siguiente, ella se lo

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encuentra en la cama de su madre. Y los lunes, que es cuando tiene fiesta, casi siempre es peor, como hoy. Muchas veces, su madre los manda a paseo sin contemplaciones, después de uso. Pero a veces, el tío se pega y otras ella no quiere que se vaya, si es un picha de oro o un guaperas o si despierta en ella algún rastro de sentimiento. Y a veces también, el tío no quiere saber nada: una gurisa con curre, piso y culo de buen ver no se deja plantada, piensa él, que puede ser de buen provecho. Y entonces ¡la hemos cagado! Se quedan pegados a las sábanas hasta cerca de la una. Y los tíos, claro, siempre están en el paro. A veces, dejan creer que van buscando tajo. Pero, otras, ni eso. Su madre los mantiene. Ella nunca ha visto a uno sacar un billete de veinte para la compra. Finalmente, casi valdría más que se hiciera pagar. Por lo menos, quedarían las cosas más claras. Y tendrían ellas menos puñetas, probablemente. Está hartísima. Además, desde que tiene el mes y le van saliendo los pechos, se complica la cosa. Ya no puede ponerse camisetas ajustadas ni minifaldas o pantalones ceñidos porque son demasiados riesgos. Incluso con sus pantalones demasiado grandes para ella y sus sudaderas anchas, le quieren meter mano algunos ya. —Tienes carita de linda¿sabes? le soltó el otro, ayer. Está hasta la coronilla. No puede seguir así.

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Acaba de alcanzar la pasarela metálica que salva los carriles, reuniendo las dos partes de la ciudad para los peatones. Ha leído que, algún día, de ahí se desplomó una chica a las vías en el momento en que llegaba un tren, pero desde entonces han puesto rejas de protección, como en el viaducto. Queda el otro puente. Allí, nada de rejas. Sólo el valle, cincuenta o sesenta metros abajo. Pero es un puente muy transitado. Tiene una que elegir bien su momento para pasar por encima. Con ademán inconsciente de la cabeza, aleja de su mente esas ideas negras que le entran desde hace algún tiempo. De momento, lo más urgente es encontrar un sitio tranquilo y a ser posible una caja de cartón o dos para poder dormir dentro. Bien iría debajo de los arcos del paso de la Zanja del Lobo, pero les tiene un poco de miedo a los asiduos que aborrecen que se les birle el sitio. Al pasar delante de un escaparate, hace poco, su reflejo le ha revelado una cara tumefacta y un pómulo ensangrentado. Resopla por la nariz. Por lo menos, ya no le sale sangre. Va bajando hacia Simago, abre un contenedor de basuras. Suerte, lleva dentro cajas desarmadas. Escoge una y va subiendo hacia el antiguo centro de repartición de Correos, al lado de la estación. Detrás está el aparcamiento de la RENFE. Por ahí podrá tal vez encontrar un sitio tranquilo para instalarse. Finalmente, acaso la noche acabe menos mal de cómo empezó.

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Duerme un sueño entrecortado de pesadillas, ovillada en una caja de frigorífico que redujo a las dimensiones de su cuerpo endeble con el cúter del que nunca se separa. La despierta un gato errante, falto de cariño, frotándose contra su cara, con la cola levantada y maullidos lastimeros. Ella abre un ojo. —Hola, tú. Otro maullido. —Tienes hambre, ¿eh? Pues, yo también hijo, pero no tengo nada para ti, ¿sabes? Pero el gato insiste. —¡Qué pesado! ¿No te dije que no tenía nada para ti? ¡Lárgate, coño! Pero al gato le importa un pito. Le gustaría traérselo a casa. Es mono. Claro, es un gato callejero, pero un gato callejero y una chica de la calle como ella, podrían avenirse bien, ¿no? Pero su madre va a armar la de Dios es Cristo otra vez, diciendo que no tiene con qué dar de comer a un gato, que el piso va a oler a meadas, que la bestia va a colgarse de las cortinas. Total, ni pensarlo. Sale de su caja de cartón y da una patada al animal, que huye emitiendo un maullido de dolor. —La culpa es tuya. ¿No te dije que te fueras?

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Dobla la caja, la guarda detrás de un poste de hormigón por si las moscas y salva la tapia para ir a lavarse en los servicios de la estación. Hasta hay agua caliente. Un lujo. Una vez quitada la sangre seca de su cara, le queda un buen cardenal en el pómulo, pero nada grave. Ordena un poco su ropa y sale de la estación como quien baja del primer tren. Después de caminar bulevar arriba hasta la primera panadería, compra, de los sesenta céntimos de euro que tiene en el bolsillo, un trozo de baguette que empieza a comiscar, a modo de desayuno. Son las siete. Tiempo de tratar de volver a casa. Con un poco de suerte, la puerta no estará cerrada con llave. No puede ir al colegio sin sus cosas. Y para tenerlas, si la puerta está cerrada, habrá que llamar. Y con eso bien puede poner los perros en danza otra vez. No importa. Si está cerrado, se fumará las clases. Pero después tendrá que apañárselas para interceptar el correo. ¡Perra vida! Es la hora de la basura. Afortunadamente, con su baguette, no atrae las miradas. El inmueble sigue silencioso y el ascensor otra vez sin funcionar. Empieza a subir cuando oye un ruido de pasos en su dirección. Es el hombre de las gafitas. Esta vez habla él primero : —Hola, Luka. ¿Qué tal, hoy? Yo me voy y tú, ¿llegando, parece? Se ha detenido, con un pie en un escalón y el otro en el siguiente. "A ti qué te importa, ¿acaso te

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hago yo preguntas, majo? ", piensa ella en seguida, poniéndose a la defensiva. —Hola. No, no. He bajado a por el pan, nada más. —Bueno, como quieras, Luka. Pero, si hay un problema, puedes llamar a la puerta, ¿sabes? Siempre existe una solución. Y también existe eso. Le tiende una cartulina que lleva escrito "AYUDA A LOS NIÑOS EN PELIGRO" Con un número de téléfono, el 02.97.37.66.66. Los ojos grises la van mirando sin temor ni reproche. Bien quisiera ella decírselo todo, de tanto como le pesa, pero no hay manera, no le sale. Y además, no lo conoce al tío ese. Lo único que logra decir es : —Bueno. Tengo que subir ahora. Adiós. Gracias. —Adiós, Luka. Pero, ¿de dónde ha salido ese tío? Nunca lo había visto antes. Con sus gafitas redondas y su pequeña cartera, parece un profe. Pero, bien sería la primera vez que se viera uno en el inmueble. Quizá sea un asistente social o algo por el estilo. ¡La hostia! Si quieren quitársela a su madre, de nuevo van a mudarse a cencerros tapados, cambiar de ciudad, ir de hotelucho en hogar de noche. Dos veces les pasó ya. Y ella decretó que nunca más.

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Se ha sentado en la escalera y está mirando la tarjeta que acaba de darle el desconocido. La va a hacer añicos. Lo ha emprendido ya, pero en el último momento, la mete con gesto rabioso en el bolsillo derecho del vaquero. Con mucho miedo, sube los últimos escalones, como cada vez que vuelve a casa de su madre sin saber cómo ni con quién la va a encontrar. Como lo había pensado, no está cerrada con llave la puerta. Maneja en silencio el picaporte. La hoja va a dar en la banqueta que le echaron a la cara. La pone en sus patas y se dirige a la cocina. En la mesa, a la luz del día que va despuntando, ve una caja vacía de cervezas San Miguel y los cascos de los doce botellines que se bebieron, su tipo y ella. En ese momento, la odia. Si pudiera, pondría raticida en sus cervezas de mierda. Sin alumbrar, va hasta su cuarto, se deja caer en la cama y allí, tendida en la sombra, rompe a llorar silenciosamente una vez más. Está harta. tiene que hablar con cualquiera porque si no va a volverse majareta. Es de demasiado peso. Y ni siquiera tiene una amiguita a quien acudir. En el colegio, se mantiene a distancia, no se confía a nadie o inventa mentiras para protegerse de la curiosidad de los otros. Suena el despertador. Ella piensa que está vestida y se ha lavado y desayunado ya. Bueno, todo eso, más o menos. Va a cepillarse los dientes, a preparar la mochila. Repasará las lecciones

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en el bus. Pasa a menos diez y ella comienza las clases a las nueve y cuarto. Espera que su madre va a salir de su cuarto para besarla antes de que se vaya y disculparse por lo de ayer. A menudo, el ruido del despertador la saca de la cama para un primer pitillo. Toman el desayuno juntas y luego ella se va mientras su madre vuelve a acostarse hasta las... Espera hasta el último momento, trajinando sin reparo por la cocina. Pero nada. Toma su llave del clavo, se pone la mochila al hombro y sale disparada escalera abajo para pillar el autobús en la primera parada. En frente de ella, en la cristalera, ve un cartel que no había notado antes: AYUDA A LOS NIÑOS EN PELIGRO. Asociación para la infancia maltratada. Y el mismo número de teléfono: 02.97.37.66.66. Su mirada de niña mártir cruza la mirada de un niño implorante, con un teléfono en la mano. Y en este momento sabe. Ya está tomada su decisión. En la parada del colegio, sale en la dirección opuesta, hacia la primera cabina telefónica. Saca del bolsillo la cartulina chafada y marca el número inscrito en ella. Suena dos veces y se pone una voz masculina, calma y ponderada : —Ayuda a niños en peligro. Buenos días. —Buenos días. Yo, pues, soy.... —¿Cuántos años tienes y de dónde llamas?

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—Tengo trece y llamo desde una cabina, cerca del colegio... —¿Eres tú Luka? Reconozco tu voz ¿Eres tú, eh? Un sí tímido sale de su boca y siente que una mano invisible acaba de agarrar el cabo de la madeja de su vida. —No cuelgues, Luka, sobre todo no cuelgues. Escúchame... Aquella mañana, yo Luka, con catorce años el día que viene, no fui al colegio. Me volví adulta antes de tiempo. Al tomar la decisión de denunciar a mi madre por malos tratos y desvalimiento. Pero, por lo menos, ha tomado un rumbo nuevo mi vida en vez de irse a pique como lo estaba haciendo. Véis ahí en la foto, no claro, no podéis verlo, pero os lo digo, son Gerardo y Nicole, mi nueva familia. Y delante, a mi lado, es Stevie, mi hermanito. Y en mis brazos está Pussy, el gato que vino a verme, en la estación, hace seis meses. Es Karl, el tipo de las gafas grises quien ha sacado la foto. Me la dio esta mañana cuando vino a decirme que, esta semana, podré ir a visitar a mi madre, si quiero. ©Pierre-Alain GASSE, setiembre de 2001.

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EL MILLONARIO

Cuento humorístico Carlos Bautista Premio Gordo no era aficionado al juego. En absoluto. Ni al mus ni a los bolos, a las quinielas o a la Primitiva todavía menos. Nunca había entrado en un casino, nunca había pisado un hipódromo. Cuando les compraba a los niños de las escuelas cupones para una rifa, era todo beneficio para los rifadores porque nunca averiguaba si le había tocado algo. Todos aquellos juegos le aburrían en sumo grado. Carlos Bautista Premio Gordo no era jugador, pero sí tenía suerte. Mucha suerte. Era cosa probada: Carlos Bautista ganaba. Muchas veces, no, pero mucho. Y sin jugar. Aquello era lo más fuerte del caso. En el pueblo, se comentaba, de vez en cuando.

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La primera vez fue durante la primaria. El maestro había prometido el enorme bote de canicas confiscadas desde principio de curso a quien no cometiera la menor falta en el último dictado del año. Y Carlos Bautista, quien solía cometer entre quince y veinte, entregó el cuaderno sin releer siquiera, de tan seguro como estaba de perder. Pero ganó. No sólo no cometió ninguna de sus habituales sandeces sino que también se rió de la trampa final tendida por el maestro. Todos cayeron por no lograr ortografiar correctamente esta frase imposible: "Asimismo vaciló quien dijo con sorna que aquél era un problemillo facilísimo de resolver". Todos cayeron menos él. Desde entonces, quedó asentada su fama. Fue creciendo su aura. Se buscó su compañía. Alguien conjeturó que alguna influencia debieron de tener sus apellidos. Unos vieron en ello cierta forma de predestinación. Muchos intentaron granjear su simpatía, sonsacarle valiosas informaciones. Pero no se podía transmitir la suerte que tenía. Jamás ninguna de las combinaciones que dio con gusto y gratis a cuantos se las pedían, ganó más del modesto reembolso de la apuesta.

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Quisieron alentarlo a jugar, ya que iba a ganar, por lo menos así lo creían. Pero, no hubo manera, pues Carlos Bautista estaba vacunado contra el juego. Tenía un argumento irrebatible para quienes querían que se dejara llevar por la pendiente del vicio: "Jugar, ¿para qué, si puedo ganar ahorrándome cualquier apuesta? " La segunda vez que Carlos Bautista ganó a pesar suyo fue cuando se vino abajo la torre norte del castillo. Se bamboleaba esa torre. Tanto y del tal modo que al fin se cayó. En pleno día, bajo la lluvia de una tormenta. Un alud de piedras rodó hasta el corral de Carlos Bautista. Incluso llegó un canto gordo a llamar a su puerta. Nuestro héroe, quien creía el estrépito debido al enojo de los cielos, al abrir, se encontró con varios metros cúbicos de piedras y barro derramados por el huerto. Pero le atrajo la mirada un destello dorado. Se acercó, comprobó, buscó y encontró: un luis de oro había rodado fuera de una caja de galletas, escondida desde dios sabe cuando tras un canto escamotable en un muro de la torre. En aquella caja iban guardadas doscientas monedas, ni una más ni una menos, que recuperó esparcidas entre los escombros. Tras muchas palabrerías y otras tantas consultas, hubieron de admitirse las cosas como eran: ¡el inventor del tesoro tenía derecho al cincuenta por

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ciento de la descubierta! ¡Caramba! ¡Sí que valía aquella tormenta! ¿Dónde diablos pararía aquella suerte insolente? Por estos parajes, la superstición se nutre de la experiencia y de la tradición. Y a nadie le cabía la menor duda de que a Carlos Bautista le había de acaecer otra chiripa porque como reza el dicho: "No hay dos sin tres". Iba a ganar otra vez, seguro. Lo único era saber cuándo y cómo. Se esperó mucho tiempo. Casi tanto como entre la sobrevenida de los dos primeros eventos. Pero, por aquí, no llevamos prisa. Quedamos lejos de todo, incluso de la precipitación. Carlos Bautista Premio Gordo se había asentado. Bueno, es un decir, porque seguía soltero. Llevaba el comercio de relojería y joyería desde la muerte de sus padres y veía pasar el tiempo al compás conjugado de los relojes de bolsillo, pared o chimenea y de los bautizos, comuniones, esponsales y casamientos de todo el distrito. Pero, a decir verdad, se nos venía haciendo largo el tiempo. ¿No iba a ser que se incumpliera el vaticinio? Lo cual hubiera sido caso único. Iniciaba Carlos Bautista el quadragésimo año de su vida cuando estiró la pata su padrino, notario en V. Viudo temprano éste, durante más de diez lustros, había hecho su agosto en provecho de un hijo único y

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de algunos bastardos, diseminados por los pueblos circundantes y sentados todos en su testamento. El hijo legítimo heredó el bufete y todos los valores mobiliarios. Y cada uno de los bastardos una casona hipotecada antaño ante el notario por dueños sin pecunio. Y, lo habéis adivinado, Carlos Bautista figuraba en la lista de los herederos. Su madre, sí que era su madre, pero su padre mucho menos. Así fue como él llegó a ser dueño del Hostal de Correos, el único de nuestro pueblo. Muy rápido, el rumor constató que cada una de las ganancias inesperadas de Carlos Bautista era de valor creciente, según una escala que empezó a dar vértigo. Siguiendo aquella curva, ¿qué ganaría la próxima vez? Porque se daba por concluído el asunto: era imposible que no hubiera otra vez. Aquella serie continuaría, estaba escrito. Cada cual hubiera puesto la mano en el fuego por ello. Ancianos y comadres confirieron. Se cuchicheó en las tertulias o a la fresca (seguimos prefiriendo nuestras conversaciones al parloteo de la tele). Sin embargo, de ahí vino el milagro esperado. Se estaba ensanchando Europa. En ella no éramos más que un papelillo. Y el primer ganador de Euromillones, el último avatar de la Primitiva, tardaba en darse a conocer. Un pactolo de quince

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millones de euros esperaba por él en París. De nuestros mágines fértiles pronto brotó la idea de que estaba entre nosotros su feliz propietario. Seguro que Carlos Bautista no había podido resistir la tentación de echarle un pulso a la suerte. Se acecharon sus vaivenes por si decidiera viajar a recoger el premio a la chita callando. En vano. Hasta le fueron a interrogar unos delegados de la Junta Municipal porque, si el ganador era él, tenía el pueblo que poder organizar festejos acordes con el acontecimiento y eso no se podía improvisar. Pero, por desdicha nuestra, denegó. Y hubo de creérsele ya que el verdadero ganador apareció y fue retratado en compañía de un talón bancario de tamaño gigantesco. Pasando luego a declarar a las muchedumbres atónitas que iba a viajar, comprarse un castillo para renovarlo y compartir el premio con sus hermanos y hermanas. A pesar del chasco, todo eso nos pareció de buen cuño y hasta propuso un vecino que comprara nuestro castillo cuya torre seguía esperando su reconstrucción desde hacía más de veinte años. No fue necesario. En efecto, a distancia de un mes, Carlos Bautista Premio Gordo, a su vez, estaba en primera plana de los periódicos locales, ya que le acababan de entregar un donativo de 500 000 euros. Rezaban los

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titulares con ironía: Primitiva: "¡Quinientos mil euros al señor Premio Gordo!" ; "¿Cómo ganar sin apostar? " ; etc. El ganador de Euromillones había cumplido con su promesa. ¡Era uno de los hermanastros de Carlos Bautista Premio Gordo! ¡Parecida suerte no se puede inventar! Nuestro pueblo se ha vuelto turístico. Su héroe ha levantado la torre del castillo. El Hostal de Correos está completo durante todo el año. Vienen del país entero e incluso de mucho más lejos para ver, tocar al hombre que gana sin jugar, respirar el aire que él respira. Y, sobre todo, alojarse, restaurarse y comprar en nuestras tiendas. Nunca se vio comercio más floreciente. Hasta dicen que el pueblo ya tiene más de un millonario. En la Oficina de Turismo, enseñan el bote grande de canicas con que empezó todo. ©Pierre-Alain GASSE, junio de 2004.

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GALERÍA MERCANTE

Advertencia Este cuento es un barco errante. Su héroe soltó las amarras, ha perdido de vista cualquier costa y, preso en la tormenta, desespera de volver a puerto seguro. No pasará de ahí su destino, dirán muchos. Un día, sin embargo, tras meses y meses a la deriva, se perfila una orilla, se divisa un remanso, se tienden unas manos. Se salvó, pensarán unos. Pero, ¿son los que lo acogen hoy tan diferentes de los a quienes abandonó? I No, no he vivido aquí siempre. Hace poco todavía, tenía casa, igual que tú, ¿qué te crees? Curro, coche y el ropero lleno de ternos. Yo también tuve mujer e hijos.

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¿Qué pasó, pues? Será culpa mía, hice el chorra, empiné el codo, chafallé el trabajo, aposté la pasta, puse los cuernos a mi mujer, pegué a los críos, eso es lo que piensas, ¿eh? Te vendría de maravilla que fuese culpa mía lo que me ocurre. Podrías pensar que sólo me tengo lo merecido, que me perdí las oportunidades, que hay como una forma de justicia. Y tendrías la conciencia limpia, al echarme tu monedita, desviando la mirada. Quedaría cumplida tu buena acción cotidiana. Podrías irte de rebajas sin remordimiento, echarte al coleto tu J & B Reserva con el espíritu tranquilo y pensar que todas las desgracias del mundo tienen su explicación. ¡Mala pata, la pifiaste feo! Pero, ¿de qué serviría contarte todo eso? Lo mío, al principio sí lo conté, cuando todavía pensaba poder salir a flote. Lo conté a los cuatro vientos, a quien aceptaba oírlo, a quien podía echarme una mano, a quien debiera hacerlo. Y, te lo aseguro, ya es difícil hacer tabla rasa de su orgullo para irse a pedir, con tiemblos en la voz, un crédito bancario suplementario, un plazo para los recibos de la luz o la comida gratis para los críos en la escuela.

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Total, me metieron la cabeza bajo el agua mientras me tendían la mano: "Pague sus deudas y le ayudaremos a lanzarse otra vez". "Si le dan curro, le daremos vivienda". "Lo sentimos, pero sin domicilio fijo, no lo podemos contratar". ¿Siempre te interesa saber cómo cae uno en la miseria negra ésa? Pues, ¡rapidísimo, para que lo sepas! ¡Tres añitos, no más! Hasta ahí habíamos tenido una vida guay, Marisa y yo. Veinte años de casamiento, dos hijas, una casa a lo grande, dos bugas, y hasta un piso de multipropiedad para ir a esquiar una semana al año. Bueno, claro, en casa yo no estaba siempre sino a menudo por las carreteras. Pero nos iba bien. Por lo menos, eso creía yo. Pasó que la empresa textil donde estaba yo de "comercial" empezó a tener dificultades, por lo de los Chinos. Sabíamos que había de ocurrir, pero no supimos deslocalizar a tiempo. Éramos una familia. El dueño quería conservar los empleos en su tierra. Suspensión de pagos. Despidos. Ni uno para hacerse cargo de la empresa. Liquidación judicial. Yo tenía cuarenta y cinco años. El paro. De patitas a la calle con cincuenta más. No merece soltar una lágrima. Eso le pasa a un montón de gente cada día. No viene otra cosa en los periódicos. Y piensas: "Otra empresa que va a cerrar, otros tíos en el paro,

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joder, ¿cuándo terminará eso?". Te duele diez segundos y te sale de la mente. Pero cuando te ocurre a ti, entonces, es harina de otro costal. Se te derrumba todo, delante de ti, en ti, alrededor de ti. Una mala jugada del destino, eso le pasa a muchos en la vida. ¡Ánimo, hombre! Vale. Sólo que, por encima, un martes, al volver de la Agencia Nacional de Empleo, hallé vacíos todos los armarios y una carta contra el teléfono. Un amigo, uno de los pocos con quienes nos veíamos todavía, el muy cabrón, me había quitado la mujer. O decidió ella largarse. No intenté dilucidarlo. En fin, ella no pudo resistir más. Se habían marchado. Y las dos hijas también. Eso fue lo más duro de tragar. Dos días lloré como un niño desconsolado. El divorcio. Con todo su séquito. Depre. Depre de las serias. Con hospital y todo. Sí, lo sé, no es para tanto. Acaba así uno de cada dos o tres casamientos, hoy día. O sea que divorciado y desempleado, yo estaba de pleno en la norma, ¡eh ! Tantas gracias. Me puse a flote, mal que bien, a base de curritos. Saqué un pisito de alquiler. Hasta tuve una gachí.

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Pero yo lo tenía todo demasiado pequeño: la paga, el piso... y el resto. Ella se fue también. Un día llegó el portero de estrados. Vendieron todo mi ajuar para abonar las deudas mayores. Una mañana de mala suerte, hizo el dueño cambiar todas las cerraduras del piso. Estaban mis bártulos en la portería. Dos bolsas de viaje llenas. No me quedaba nada más. Luego, me birlaron una mientras dormía. Mejor, finalmente, porque era mucho peso para llevar. Entonces se rebasó la copa, me harté, quemé las naves, me largué y cambié de régión para venir a calar en esta ciudad en la que nadie podía reconocerme. Di bastantes vueltas, durante los primeros meses, porque hay gente por todas partes, en la estación, en los parques, en las entradas de los inmuebles, debajo de los puentes. Te echan fuera si eres novato y no tienes la pinta que hace falta. Mochileros, punquis, yonquis, pordioseros, todos estaban ahí antes que yo. Tienes que hacerte un hueco, hallar un sitio para alargar la mano y ya no te lo ponen facilito, pero sobre todo encontrar en donde dormir y eso resulta más peliagudo todavía. El asilo, para nada. Bueno,

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como último recurso, pero es como si estuvieras en la mili. O termina con broncas y a trompadas. Un día, casi son dos meses, vine a recalar aquí. Lo bueno es que hay calefacción y servicios con agua caliente para lavarte. Pero el problema son los guardias jurados. Por fortuna, di con la solución. Si tienes aspecto de cliente normal, no pueden impedir que te pases el día entero por el centro comercial. No haces nada mal y eso es una República. Lo único, no hacerte notar, no molestar a los clientes, estar bien limpiecito, aparentar, en fin. Por la noche, duermo dentro de unos cartones, detrás de las reservas, entre los tres cipreses aquellos. Bueno, dormir es un decir, más bien, porque con las entregas a partir de las cuatro o cinco de la mañana... Durante el día, voy pidiendo a la entrada del aparcamiento, cuando el tiempo es correcto. Aquí dentro, está prohibida la mendicidad. Pero, yo vengo para calentarme, asearme, beber un café y pasarlo calentito cuando hace mal tiempo o pela demasiado. Y, a veces, alguna gente me da palique. Será que todavía no me parezco del todo a un mendigo, tal vez. Sin embargo, he cambiado un montón. Lo más aparatoso es mi nuevo hablar. He tenido que adaptarme al lenguaje de la calle. Si no, nadie quería hablarme. Tenía aspecto demasiado limpio para ser honesto, pensaban. Una noche me apalearon tres tíos porque creyeron que era un soplón de la bofia. Así

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que, al traste, la labia del vendedor, cambio de registro, fuera perífrasis y circunloquios, ¡venga la lengua verde! Y no para en eso: ¡el físico también acusó el golpe! No lo digo por la barba y el pelo largo, si eso no es nada, sino por los pies y las manos, sabañones y grietas. ¡Y el estómago! Manducar sólo pizzas y bocatas, a no ser las sobras de la basura, no puede ser bueno. Bueno, alguna comida caliente en un hogar cualquiera o en lo del Ejército de Salvación, eso sí, pero no bastante a menudo. En fin, aquí me tienes, sobreviviendo. Ésa es la palabra: sobreviviendo. Entonces, claro, días hay en los que piensas: "¿Para quién? ¿Para qué? " Y te acecha la botellona para no seguirlas oyendo sin parar, retumbándote en el coco, esas dos preguntas de mierda. A mí también me ocurre. No pasa nada. No voy a provocar un accidente, si ya no tengo licencia ni coche. Nada de nada. Ni donde dormir, ni apellido siquiera, apenas un nombre para dos o tres tíos como yo. Me dicen Juanito, el de la galería mercante. Pero, ¿quién soy yo para ti, eh? ¿Un pedigüeño, un fracasado, un amargado, un gandul, un alcohólico, un drogadicto, una mierda, un escupitajo? No lo sabes. Ni quieres saberlo.

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Tampoco lo sé yo, a estas alturas. Poner un pie delante del otro, encontrar comida, esperar el fin del día, sobrevivir a la noche. Luchar contra el frío, las pulgas, las ladillas, las ideas negras. No puedo más. II —¡Señor, señor! Estaba Juanito dormitando en su banco y echa una mirada despistada en derredor suyo, tras comprobar la presencia de su mochila entre sus piernas. Lo único que ve es una mujer de unos cuarenta años, inclinada hacia él, con una taza de café en la mano. —Señor, le agradecería un café, acabo de hacerlo y... Se tiende la mano de Juanito antes que su mente haya acordado decir sí o no. Un café caliente no se rechaza, dijo su cuerpo, te las apañas para las gracias, yo, sí que lo tomo. —Pues... Sí, gracias, muy amable, logra articular por fin. Juanito sopla en el café humeante, café de verdad, no el aguachirle de la máquina. Aspira un

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sorbito que lo quema un poco, pero qué bueno a pesar de todo. —Da gusto. Gracias. Sorbe otro trago con un pequeño chasquido de la lengua. —Casi había perdido el gusto del buen café. —¿Me permite? La mujer acaba de sentarse en el banco que está frente a su tienda, desierta por el momento, al lado de un Juanito pasmado. —No le propuse azúcar, perdone, pero yo no tomo. —Yo la guardo para quitar el hambre o amansar a los perros, pero me gusta más sin ella también. —Suele escoger este banco para descansar y con los colegas de la galería, hemos hablado de Vd, varias veces, y nos preguntábamos si... si podíamos hacer algo. —Muy amable, gracias, pero no creo, no. —Pero, ¿por qué dice eso? No hay que bajar los brazos. Nunca. Mire. Yo también estuve en la calle. Me pegaba mi hombre. Me largué. Tuve que dejar el curro. En fin, bien sabe Vd cómo pasa. Fue hace diez años. Pues, ya ve, hoy soy gerente de esta tiendecita en la galería y no me va mal.

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Juanito echa una mirada nueva hacia la persona que está a su lado. Ahora la mira de hito en hito y descubre a una mujer un poco entrada en carnes, quizás, pero guapa todavía, cuyo pelo castaño y corto enmarca una cara risueña. Pero la mirada es grave. Ella le tiende la mano. —No me presenté: yo soy Paquita, la de la tienda de baratijas. ¿Y Vd? A Juanito se le da un momento de vacilación, ¿para qué todo esto?, pero un resto de esperanza y cortesía lo hace contestar, estrechando la mano tendida : —Me dicen Juanito, el de la galería mercante, como ya sabe. —Y ¿hace mucho que...? —Desde hace seis meses duermo fuera. —Sabe Vd lo que les dije a las compañeras de la galería: "Yo, chicas, de no haberme echado una mano alguien, puede que estuviera en la calle todavía, así que no podemos quedarnos mano sobre mano". Al principio, torcían el morro: "Ni nos va ni nos viene, ¿contra eso qué podemos?" Pero, finalmente, han dicho: "Vale". Primero, café y palique, alternando, para conocernos. Y luego, ya veremos. Con una condición: "Tuviste la idea, pues empiezas tú".

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Juanito aspira la última gota de su café y le devuelve la taza a Paquita. Con una pobre sonrisa. Hace mucho que no lo trataron por encima del hombro sino en un pie de igualdad. Un café no es nada. Pero éste acaba de devolverle una chispa de esperanza. III —Señoras y señores, estimados amigos, si estamos reunidos esta noche, levantando la copa de la amistad, es para marcar con piedra blanca el principio de la nueva vida de Juan Marcadé, aquí presente a mi lado. Esta mañana, en efecto, se hizo cargo de su puesto de agente de mantenimiento de esta galería...(aplausos). Ha sido posible gracias a las diligencias y el empeño de varios de ustedes, entre los cuales quisiera destacar a Françoise Cherifi, la gerente de La Caja de Pandora (nuevos aplausos). Debo confesarles que cuando ella y sus colegas vinieron, hace semanas, a presentarme su proyecto, me encontraron bastante reticente. Yo no veía cómo nuestra agrupación de tenderos podría venirle en ayuda a Juan : no tenemos vocación para la filantropía, sino para los negocios, ¿verdad? Pero ellas supieron convencerme de que, en el caso que nos ocupaba, las dos cosas podían compaginarse. El disparador fue ese artículo sobre el caso de Juan que publicó la prensa regional, gracias a algunos contactos míos. Las numerosas reacciones que

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suscitó rápidamente permitieron que Juan volviera a encontrar un piso, muy cerca de aquí, y nos puso a los comerciantes de estas galería, bajo los focos de los medios de comunicación. A estas alturas, urgía no decepcionar las esperanzas puestas en nosotros por la opinión pública y aprovechar, al contrario, la corriente de simpatía despertada por el caso. A nuestro Consejo de Administración, no le fue difícil, pues, adoptar la creación de este puesto de obrero profesional. Juan, para quien se trataba de una reconversión, pudo beneficiar de los periodos de prácticas necesarios y hoy, lo tenemos al pie del cañón. Así que le damos la bienvenida (aplausos cerrados). Estimada Françoise, supongo que Vd querrá añadir algunos propósitos ; le cedo la palabra, pues. —Gracias, señor Presidente. La tomo, con gusto, pero no como comerciante sino simplemente como mujer que, un día, lo mismo que Juan, se encontró en la calle pasándolas moradas. Acaba Vd de hablar de una acción que honra a esta asociación, pero parece reducirla a una operación de relaciones públicas. Para mí, no es lo esencial. Los que tendieron la mano a Juan primero son hombres y mujeres - más mujeres que hombres, es verdad (sonrisas) - que supieron mostrarse solidarios y devolverle a Juan su dignidad permitiendo que recobrase un trabajo, un alojamiento, unos amigos. Cuanto hace una vida, en fin. Yo tomé mi parte en eso, porque a mí también, un día me ayudaron y porque, de lo contrario, no estaría hoy entre ustedes

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en esta sala. Y si esta acción da un empujón a nuestros negocios, tanto mejor, pero, si no es el caso, por lo menos podremos miranos en el espejo, cada mañana, con la satisfacción del deber cumplido. (aplausos nutridos). Juan ¿quieres decir unas palabras? —No sé, tal vez, sí... Yo era, antaño, un hablador, un pico de oro de ésos que corren mundo vendiendo sueño y también, a veces, buenos productos (sonrisas). Aquella vida de saltimbanqui de los negocios me hizo perder familia, vivienda, trabajo y amigos. Ustedes me han tendido la mano, proponiéndome un nuevo comienzo. Como lo dejó entender Françoise, lo que me importa, hoy, no es la cuantía de la nómina, con tal que me permita vivir, sino el hecho de volver a tener un apellido, una dirección y una hoja de paga, gracias a ustedes. Desprovisto de señas de identidad como de trabajo, apenas existía. Así es esta sociedad. Ahora bien, los motivos de su acción les pertenecen, no me corresponde juzgarlos. El resultado me basta. Gracias. (aplausos diversos y copas levantadas). ©Pierre-Alain GASSE, febrero-abril de 2005.

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EL CABEZAZO

Sí, lo sé, es imperdonable. Y no pido que me perdonen. Que se me entienda, tal vez. Ahí de donde vengo, no puede uno pasar por alto este tipo de insulto. O deja de ser un hombre con todas las de la ley. Cualquiera que sea el envite, cualesquiera que sean las consecuencias, debe uno defender su honra como la de su familia, eso nos aprendió nuestro padre a mis hermanos y a mí. Sí, lo sé, yo solo lo oí ; en el tráfago del juego, fui el único en poner atención en ello. ¿Y qué? Eso no borra el insulto. Si me reventó los tímpanos a mí. Fue suficiente. Patente era la ofensa. No, no soy violento, lo sabéis, pero, por mi tierra, a menudo tenemos la sangre caliente y en esta ocasión hirvió la mía en el acto.

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Sí, lo sé, once veces en el pasado tuve semejantes gestos impulsivos. ¿Once veces en cuántos encuentros? Son demasiadas, ya lo sé, pardiez, pero en fin, ninguno de esos gestos fue irreparable. Y de vivir cada uno de vosotros bajo la luz de los focos, ¿cuántos traspiés aparecerián de súbito en plena luz? Sí, lo sé, me habían subido a un pedestal y ya están echándome abajo la estatua. No merecía dejar la pista en estas condiciones. Bien puede ser. Pero mejor así, quizás. Hay días en que la corona pesa. He vuelto a pisar tierra. Nunca pedí que me pusieran por las nubes. Se equilibra la balanza. De dios viviente vuelvo a ser mortal, falible e incluso condenable. No queda tan mal. Un hombre es carne y sangre y risas y lógrimas, fuerzas y flaquezas. Yo también las tenía y lo habían olvidado. Sí, lo sé, tal vez privé a mi país de un trofeo que, según dicen, tenía en la punta del pie. Y eso, claro, lo siento con toda el alma. Pero no son más que suposiciones. Yo no lancé y un larguero se interpuso en la trayectoria de otro. Sin duda no había de brillar una segunda estrella en nuestra camiseta. Sí, era yo el capitán del equipo francés de fútbol, en esa final del Mundial del 9 de julio de 2006 en Berlín: me expulsaron en el minuto 110 por un cabezazo a un defensa italiano que se estaba metiendo conmigo desde hacía un momento. Íbamos

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empatados a uno. Nos gan贸 Italia por cinco penaltis a tres. Ahora soy Yazid de nuevo. Pero, a una madre, a una hermana, no se deja que nadie la miente, 驴no? Pierre-Alain GASSE, 10 de julio de 2006.

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EL SEÑOR FABER Y YO

Hace diez minutos que ando buscando una peluquería. El mes pasado, me olvidé del vencimiento de la fecha. Ya no se me ve la punta de las orejas y tengo rizos en la nuca: debo remediarlo con prisas. Tiene puerta cerrada un fígaro de la calle Legendre cuya tarjeta recogí en casa de mis hijos. Por eso voy callejeando, narices al viento, metidas las manos en los bolsillos. Son las once y media en este jueves dos de noviembre y las calles comerciales del distrito 17 están casi desiertas en la fresca mañana parisina. Durante este período de vacaciones escolares, buen número de dueños, gerentes y encargados se ha ido a pasar algunos días al sol o en su familia para la fiesta de Todos los Santos. En la boca de la calle Lemercier, por fin diviso una tiendecita, calzada entre una asesoría en

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arquitectura y un portal abierto a todos los vientos. Con mano agradecida, bajo el picaporte de una puerta parda y deslavada : —Buenos días, ¿me puede cortar el pelo y la barba antes del almuerzo? Dicho esto sin demasiada convicción. Las peluquerías que admiten clientes sin cita previa cada día escasean más. Por lo menos en provincia. Unas tijeras y un peine paran su baile alrededor del despoblado cráneo de un setentón. Unos ojos cansados tras pequeñas gafas redondas escudriñan un momento mi jeta de forastero : —Buenos. Antes de las doce y media va a ser difícil. Después de este señor, me quedan otros dos parroquianos. Reflexiona un momentito y luego dice : —A no ser que antes del próximo... —Bueno, ¿puedo esperar, pues? —Sí, vale, siéntese. —Muchas gracias. Cuelgo el abrigo del perchero antes de coger una revista de deporte automovilístico, más hojeada que la guía telefónica.

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Acabo de dar un salto de cincuenta años atrás al franquear el umbral de esta minúscula barbería. Mide menos de tres metros de ancho por cinco o seis de largo, todo lo más. Tres sillones antiguos cubiertos de molesquín verde hacen frente a unos espejos algo oxidados con, justo detrás, una banqueta de cuatro plazas y un revistero. Al fondo, el guardarropa cinco colgadores y un paragüero - disimula con toda probabilidad, una trastienda tan exigua como el local donde estamos. Éste es el universo del señor Gad Faber, capilicultor, como lo pregona un diploma colgado encima de los espejos. Al señor Faber lo encuentro un poco alejado de sus bases en esta calle del barrio de Batignolles. Pantalón gris, discreta camisa con rayas, zapatos de nubuck, pelo gris algo despoblado, levantados los brazos e inclinada la pelvis hacia atrás, un hombre endeble y no muy alto, sin afeitar desde hace varios días, se atarea en torno al sillón central donde está sentado el cliente del momento, un parroquiano, a juzgar por la conversación que fluye : —Bueno, señor Silberman, ¿así va bien o le quito otro poco? —No, no, así está muy bien . —Vale, en cuanto termine el otro lado, no le vengan a decir: "Hombre, ¿que le pasó, señor

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Silberman, Vd abandonó al señor Faber antes del final o qué? " Sonrisas. El hombre está a lo suyo. Es capilicultor, claro, pero confidente y bromista también. Y sin embargo, tengo una impresión mitigada. Después de cada fase de la tarea, limpia la formica de la tapa cerrada del lavabo, ordena peines, cepillos y tijeras. Los gestos parecen mecánicos, como si pensara en otra cosa. Vuelve a la cabeza de su cliente, con el bote de laca en la mano y se dispone a vaporizar, cuando lo para éste : —No, no gracias, me horripila. —Perdone, se me olvidó preguntarle. —Que no, si le sobran motivos para ello. —Muy amable, gracias. Estas dos últimas frases despiertan mi curiosidad. Desde mi llegada, barrunto algo que pasa de lo ordinario, pero ¿qué? Alzo la vista desde mi revista para prestar más atención a las propósitos intercambiados. Demasiado tarde: se terminó el corte del cliente. El señor Faber le enseña la nuca en el espejo de mano, le quita la bata y la sacude, da un cepillazo en los hombros y el cuello de la camisa. Le tiende el abrigo. Cobra.

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—Hasta luego, señor Silberman, un saludo a su señora. —No faltaré. Gracias. Adiós. Tintinea la puerta de entrada. Ya se ha ido. Se da la vuelta el peluquero : —Ya estamos, señor. Acomódese. El asiento del tercer sillón me hace frente: es el de los champús. Da unos escobazos rápidos mientras me siento. La puerta otra vez. Tengo el cráneo enjabonado. Acaba de llegar el cliente cuyo turno he tomado. —Le atiendo dentro de un momento, señor Robert. Un parroquiano de hace mucho, no cabe duda. A no ser que... Me viene a la memoria que Robert es uno de los patrónimos más frecuentes en Francia. Es un parroquiano, de toda forma. —No se disculpe, a lo mejor llegué con antelación. ¿Qué tal le va, señor Faber, bien? —Bien, bueno... según. —Sí, ya me lo imagino... ¿Cómo fue eso? Toma. Parece que se va confirmando mi barrunto.

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—No sé. No acabo de comprenderlo. No hace une semana ella estaba ahí, en su mismo sitio, íbamos gastando bromas mientras yo le cortaba el pelo al cuñado, y ahora... ¡cómo puede ser! Una ruptura de aneurisma. Ella, a quien nunca le pasó nada, se viene acá a pasar ocho días de vacaciones, vuelve a casa y el pasado domingo me suena el móvil y ¡ya está...! No lo puedo aguantar. —¿Qué edad tenía? —Cincuenta y ocho. Hace veinticinco años, se fue de Israel con su maletita, nada más. Una mujer con cojones ¿eh? —¿Así que Vd fue allá para los funerales? —Sí, claro. La barba, por eso es. Nosotros, la llevamos en signo de luto. Seis horas en Roissy pasé antes de encontrar pasaje y figúrese que yo tuve la suerte de encontrar un vuelo directo ; mis demás hermanas tuvieron que transitar por Turquia, con no sé cuántas horas de espera. Una barbaridad, le digo. —Y ¿cuándo volvió? —El martes. Ayer trabajé para recuperar una parte de mi retraso. Por ser fiesta, algunos clientes míos tenían un poquitín más de tiempo. Todavía no estoy a flote sin embargo. A ese luto debo, pues, el haber encontrado puerta abierta en este día de los difuntos para los cristianos. Y ¿por qué no iba a trabajar, él, tal día?

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No es "Yom ha zikarone". Y, de toda forma ¿quién sabe si es practicante? —Pero, dígame señor Robert, ¿se fue Vd de vacaciones o qué? porque hace tiempo que no le vi pasar por aquí. —Sí, estuve en mi tierra, en el Berry. Tenía mi madre una casa allí. Voy durante el verano, en invierno me gusta más quedarme en París. —¿Una casa con campo? —Sí, con un vergel, manzanos, perales, cerezos... Pero ya queda todo eso demasiado para mí... —¿Sabe que los frutales son una de las pocas imágenes e incluso uno de los pocos olores que me quedan de Argelia? Cuando nos fuimos, en el 62, apenas tenía ocho años, no recuerdo gran cosa, pero eso, sí. Los naranjales y el perfume embriagador del azahar, todavía los tengo dentro de mí. Lo demás es agua pasada. A los chicos les gustaría que volviéramos de veraneo. No sé si es buena idea. Cuantos hicieron el viaje han vuelto defraudados. Cuando ve uno lo que ha venido a ser el país desde la independencia... —De Argelia no sé nada, no le podría decir, pero de Marruecos y Tunisia, sí, allí hice la mili. Bueno, era en los primeros tiempos de Burguiba.

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Claro que habrá cambiado desde entonces. ¿Tenía hijos su hermana? —Sí, dos. Chico y chica. Sentimos algo de miedo por David, mi sobrino, cuando los últimos acontecimientos, porque estaba haciendo la mili en una unidad que mandaron a la frontera libanesa. Pero, normalmente, viven en el norte de Tel Aviv, en una ciudad pequeña y allí no se corre tanto peligro. —¿Cree Vd que algún día van a mejorar los cosas con los Palestinos? —¿Y cómo? De cada lado van unos echando leña al fuego. También tienen que parar su juego los árabes de Palestina: son cuatro millones y nosotros dieciséis en total por el mundo, así es ridículo pensar que nos van a exterminar. ¡Rayos! De ordinario, los peluqueros son como veletas que cualquier brisa mueve y toman gran cuidado en no expresar tan claramente sus convicciones. ¿Le está trastornando la pena, señor Faber? Y luego, sin transición, dirigiéndose a mí : —El pelo y la barba, me dijo, pero ¿cómo? —El pelo, no muy corto, pero la barba, cortita, cuatro milímetros, más o menos. —Ah, bueno, bien corto es, en efecto. Vale, pero el pelo, ¿me deja que lo entresaque?

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—Sí, sí, claro. De nuevo entre las péritas manos del señor Faber, el peine y las tijeras bailan alrededor de mi cabeza. Se trata de degradar la nuca antes de pasar a un lado y luego al otro. Es momento para trabar mayor conversación conmigo : —¿Vd no pertenece al barrio? —Tiene razón, pero lo conozco un poco: una hija mía vivió dos años en su calle, número 15 y la otra actualmente reside a dos manzanas de aquí, calle Dautancourt. Vengo de vez en cuando. —Y ¿de dónde viene, si se puede saber? —De Bretaña, cerca de Saint-Brieuc. —¡Qué bella es Bretaña! Un hermano mío vive en la Costa de Granito Rosa. Es espléndido. —Sí, siempre que le guste a uno el rosa. —Se diría que no es su caso. Son escasos los bretones que no defienden su tierra. —Dio en el blanco: sólo soy bretón a medias y de la zona de habla francés ; en cuanto a mi madre era normanda. Mientras va platicando, el señor Faber comienza a rectificar la longitud de mi pelo en la coronilla: con

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las tijeras en la mano izquierda y el peine entre el pulgar y el índice derecho, va cogiendo entre éste y el dedo mayor alargados un flequillo de cabellos húmedos de los que recorta el centimétro que sobrepasa la altura de tres o cuatro dedos. Repite el gesto tantas veces como son necesarias con una dexteridad asombrosa. No soy muy hablador. Me gusta más observar. La conversación vuelve hacia el señor Robert: —Y su hijo, señor Robert ¿siempre va llevando el restaurante? Antes le veíamos por el barrio a veces. —Sí, sí, lo que pasa es que ahora le falta tiempo. Cuando viene a verme, siempre es en volandas. Y yo no quiero presentarme ahí demasiado a menudo: a negocio transmitido, visita discreta, ¿no? Tijeras de entresacar para quitar espesura. Una masa inquietante de pelo queda en las cuchillas dentadas. Longitud del flequillo: un tijeretazo de sesgo, con la punta de la cuchilla inferior tomando apoyo en la frente. El señor Faber hace ir y venir la navaja de afeitar por el suavizador con mano hábil. Afeita el contorno de las orejas. Y luego la nuca. Precisión y elegancia del gesto ; manteniendo la flexibilidad de las piernas, me quita lo superfluo, incluso un poco más, sin vacilar. —¿También le corto el pelo de las orejas?

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—Sí, por favor. ¡Qué curioso eso de que, al envejecer, a uno le crece pelo por todas partes donde no lo necesita cuando va cayendo de donde quisiera que quedase! Siento el cosquilleo de la maquinilla en la entrada de la oreja y luego en los rebordes del lóbulo. —¿Las cejas también? —No gracias, que después endurecen y se vuelven crines. —Es verdad. Cambio de herramientas. Cepillo para peinar y secador de mano. Es más para cubrir las apariencias que para otra cosa porque con lo que me dejó en la cocorota, no hay mucho para secar. Un toque de fijador, por inicitativa propia, para que nada se levante. El señor Faber me enseña la nuca en el espejo. Me recuerda la mili que no cumplí. Opino que me ha dado el corte corto, que el escaparate anunciaba por 22 euros. Una ancha aureola entrecana rodea el pie redondo del sillón del que me acabo de levantar. Esta vez, ¡creo que me valdrá para dos meses! Hasta que vuelva a París, tal vez. —¿Cuánto le debo?

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—Veintidós el corte y cinco la barba son veintisiete euros, señor. —Aquí tiene treinta, cóbrese... El frescor me entra en el cráneo al salir. Recuerdos viejos de cincuenta y cinco años me suben a la mente. De tiempos en los que Mauricio Hergault, el peluquero vecino de la tienda de mis padres, ponía una tabla en los brazos de su sillón antes de izarme en ella para uno de mis primeros cortes de pelo. Queda la nostalgia lo que siempre ha sido: una fábrica de emociones. ©Pierre-Alain GASSE, enero de 2007.

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LA ÚLTIMA VEZ...

Reno: Cuando se le ve a uno por última vez, nunca se sabe que es la última vez. Alex: Eso dicen... (in Capone, película de Jean-Marc Brondolo, Francia, 2003).

Por aquel entonces, era yo un quinceañero con granitos que odiaba los espejos y huía despavorido de su imagen en los escaparates de la pequeña ciudad de A. donde mis padres habían abierto una librería estanco. Habitábamos una casa de dos pisos de los que mi hermano menor y yo ocupábamos el segundo. Se llegaba ahí por una escalera estrecha cuya madera tanto crujía bajo los pasos que era imposible subir sin hacerse notar. La habitación principal, clara pero fría, daba a la calle y se calentaba con una estufa de carbón, lo

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cual nos obligaba a subir solos el combustible, mientras lo había, porque no siempre nos alcanzaba para terminar el mes. Las paredes encaladas de antaño habían sido cubiertas con un empapelado florido, que difícilmente se adaptaba a la rugosa superficie, pese a los esfuerzos realizados para aplanarla. El suelo era una tarima grosera en cuyas rendijas se metía nuestra escasa calderilla, amén del mucho polvo generado por la calefacción. Pero su pino relucía con tonos cálidos gracias al esmero de mi madre en aplicarle cera de abeja una vez al mes. En el intérvalo, nos correspondía mantenerlo limpio usando los patines de fieltro cosidos adrede para este uso. La puerta llena y pintada de verdín, de tan vieja como era, ya no cerraba con llave, lo cual considerábamos una laguna gravísima, ya que nos privaba de una intimidad anhelada. Muchas veces, para poder llevar a cabo reprensibles actividades como fumarnos medio pitillo de tabaco rubio u hojear revistas ligeras subidas de contrabando entre jersey y camisa, desde la tienda, estábamos con el corazón en un hilo. Menos mal que a mi padre se le oía venir, incluso con las zapatillas, porque si no…

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A mí me disgustaban todos estos desperfectos materiales mucho más que a mi hermano, de humor más ecuánime frente a tales menudencias. Y tantas buenas notas traje a casa y tanta guerra le di a mi padre que, un jueves de éstos, me anunció que, entre los dos, íbamos a tapar las rendijas del entarimado, renovar el empapelado y cambiar la puerta. De oficio era carpintero, y no le suponía particular dificultad fabricar una de aquellas puertas de contraplacado que ansiábamos como si fuese el no va más. Pero una enfermedad contraída durante la guerra lo había obligado a abandonar el taller de carpintería para pasar la bata gris del tendero. Tenía poca resistencia, debía tomarse pastillas de cortisona en abundancia y era capaz de dormirse de pie en cualquier momento. Con todo, llegó por fin la puerta deseada. Y con ella el derecho a cierta intimidad. Recuerdo cómo me dijo mi padre : —Toma, aquí tienes la llave, pero debo decirte que tengo otra guardada. Después, fuimos renovando todas las juntas de la tarima con una pasta anaranjada que la aspiradora se llevaría luego.

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Quedaba el empapelado y era lo más difícil, porque tenía que ser un papel bastante fino y un poco extensible para tales paredes. Quitamos el antiguo y pasó un mes. Compramos el nuevo y pasaron dos meses más. Empapelamos dos paredes y terminó el año. Yo iba mosqueado ya, hasta que cierto jueves, me dijo mi padre que íbamos a acabar con la tarea. Yo manejaba la brocha para encolar el papel y él lo pegaba en el muro con ayuda mía y no pocos tacos, por lo difícil que era ajustar aquello. Al cabo de dos anchos me dijo que tenía bastante para aquel día. Eso fue demasiado para mí : —Con tan poco ánimo, no me extraña que se te fuera el taller al traste – le solté. Me miró incrédulo y salió dando un portazo. No he vuelto a ver a mi padre vivo. Se murió a los tres días de las consecuencias de esa enfermedad suya, dicen, y nunca le pude expresar cómo sentía haberle espetado esto. Hoy todavía sigo ignorando si su muerte ha sido en parte responsabilidad mía. ©Pierre-Alain GASSE, noviembre de 2004.

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EL RELOJ DE MONTIEL

Homenaje a Gabriel García Márquez [ ... Cuando se acostó, casi a la medianoche, Baltazar estaba en un salón iluminado, donde había mesitas de cuatro puestos con sillas alrededor, y una pista de baile al aire libre, por donde se paseaban los alcaravanes. Tenía la cara embadurnada de colorete, y como no podía dar un paso más, pensaba que quería acostarse con dos mujeres en la misma cama. Había gastado tanto que tuvo que dejar el reloj como garantía, con el compromiso de pagar al día siguiente. Un momento después, despatarrado por la calle, se dio cuenta de que le estaban quitando los zapatos, pero no quiso abandonar el sueño más feliz de su vida. Las mujeres que pasaron para la misa de cinco no se atrevieron a mirarlo, creyendo que estaban muerto.]*

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Aquella madrugada, quiso la mala suerte que Don Chepe Montiel fuera el segundo en descubrir a Baltazar, cuando aún no había despuntado el alba. Impecablemente vestido de lino blanco, con el sombrero de ala ancha calado en la cabeza y los zapatos lustrados, iba a tomar el tren de las 6 para la capital de provincia adonde lo llamaban turbios negocios. Cuando vio el cuerpo del ebanista, tendido bocabajo en la gravilla de la calle, a modo de saludo, le escupió la saliva negra del primer puro del día, mascullando entre dientes: "¡El que me la hace, me la paga!" El oído insomníaco de Don Roque, el dueño del bar, que ya no pegaba el ojo desde que le robaron las únicas bolas de billar del pueblo, creyó entonces que alguien abajo en la calle estaba volviendo sobre sus pasos, antes de alejarse hacia la estación. Pero, tranquilizado por el lento decrescendo de aquel andar, se durmió soñando con una caja de ébano en la que venían tres nuevecitas bolas de marfil. Úrsula había pasado la vigilia en el apuro. En las altas horas de la noche, almas caritativas vinieron a contarle lo que estaba pasando en el salón de billar. Vaciló mucho antes de decidir que no iría a buscar a Baltazar. En un pueblo de tan corto personal, era como ponerle por la espalda la etiqueta de calzonazos. No lo quiso.Si era su única borrachera en

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cuatro años de feliz convivencia. ¡Y por buen motivo! Así fue como se quedó sentada en la oscuridad de la cocina, escuchando los ruidos de la calle, los maullidos de los gatos en celo y los ladridos de los perros a la luna. Sobre las cinco, también oyó el cansino paso de las pocas beatas del pueblo camino de la iglesia. Y tres cuartos de hora más tarde, otro andar, más pesado. Después, se quedó en duermevela, con la cabeza reclinada en los brazos cruzados sobre la humilde mesa de pino. No volvió Baltazar sino bien entrada la mañana, cuando ya iba pegando el sol de plano sobre los polvorientos almendros de la plaza. Nadie en el pueblo quiso despertar antes al hombre que le había hecho tocar tierra a Don Chepe Montiel, sacándole sesenta pesos del bolsillo. Volvió medio atolondrado, con resaca de las que hacen época, ensuciada la ropa de gravilla y vomitona, compungido y descalzo. Úrsula le había preparado café salado y lo obligó a tragarse dos tazones, sin encontrar su mirada. Notó con mala sorpresa que no llevaba el reloj en la muñeca izquierda : —¡Te robaron los zapatos y el reloj y ni te diste cuenta! Te pusiste borracho perdido, ¡desgraciado! Entonces, recordó Baltazar que el reloj había tenido que empeñarlo para poder salir del salón de

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billar, pero prudentemente calló y tanteó los bolsillos del pantalón para aparentar. Sintió como un bulto en la mano izquierda y sacándolo del pantalón trajo a la luz la magnífica concha nacarada engastada en oro del reloj de Don José Montiel. Todos conocían aquel objeto que Chepe Montiel sacaba del bolsillo a hora y deshora, para lucirse. Decía que venía de Suiza misma y había sido labrado por un maestro en la relojería y orfebrería de aquel lejano país. Daba la hora en París, Lausana, Bogotá y otros diez países del mundo, con melodía de caja de música. Fue como si el fulgor del objeto fulminara a Úrsula que dejó por fin estallar la cólera, hecha un basilisco: ¡Nunca aprenderás, Baltazar!¿Cómo, diablos, se te ocurrió robarle el reloj a Montiel? ¡Estamos perdidos! ¡Vas a dar con tus huesos en la cárcel y tendré que ir rozando las paredes de vergüenza! Baltazar, atónito, le daba vueltas y más vueltas al trasto para convencerse de su realidad, pero, desgraciadamente, no cabía la menor duda: ¡Ése era el reloj de Chepe Montiel! Trató desesperadamente de agrupar los recuerdos sueltos que le quedaban de la noche pasada. En ninguno de ellos aparecía la pesada silueta del dueño de Macondo. ¡Qué prodigio era ése!

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Al momento, llamaron a la puerta de la calle. Era el alcalde, acompañado por dos hombres armados. Saludó displicentemente antes de dirigirse a Úrsula: —Hay orden de detención contra su marido, señora. Don José Montiel le ha puesto denuncia esta mañana en el juzgado provincial, por robo, y me parece que la prueba está a la vista. Y, agregó, sacando la pistola y apuntándola hacia Baltazar: —No te hagas el pendejo, Baltazar, y síguenos a la comisaría. Las veinte y cuatro horas siguientes, las pasó Baltazar tendido en el catre de madera empotrado en la pared del cuartucho de techo de cinc que servía de cárcel al pueblo, sin más comida ni bebida que dos vasos de agua que le concedió el comisario. Sobre las once, se personó Don José Montiel, de vuelta de la capital. El alcalde-comisario, le hizo reconocer el cuerpo del delito, se lo devolvió con disculpas por ese descuido policial, pero se ahorró la pena de confrontar propietario y ladrón: ¡bastantes pruebas tenía! Fue José Montiel quien pidió permiso para ver al prisionero. Y se lo concedió el señor comisario, por supuesto.

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—No te libras de jaulas, ¿verdad Baltazar? dijo con sorna desde el otro lado de la cancela. Y no creo que salgas de ésta, ni con sesenta pesos, antes de mucho tiempo. Y se fue, haciendo sonar la musiquilla del reloj y paladeando el dulce sabor de la venganza. ¡No había nacido todavía el que le iba a meter las narices en la mierda, carajo! *Así termina La prodigiosa tarde de Baltazar de Gabriel García Márquez (in Los Funerales de la Mamá grande, 1962) de la que este cuento es prolongamiento y variación.

©Pierre-Alain GASSE, marzo de 2004.

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¿OS DIJE YA...?

Estimados amigos: Hace tiempo ya que quería mandaros este mensaje y aquella foto, sacada desde mi ventana y en la que se ve el lago al alba ; infortunadamente, no había podido con ello. El borrador estaba en alguna parte de esta máquina que me mantiene en contacto con vosotros, pero ¿dónde diablos? Hasta que, de milagro, esta mañana, lo encontré en el lugar donde tenía que estar y aquí lo tenéis, terminado. Justo a tiempo. Desde el último cambio (no me preguntéis cuál), esta máquina ya no se desconecta. Por suerte. Sólo que hay jornadas en que no logro comprender lo que escribí uno o dos días antes. Así que tengo que volver a ello más tarde. Por eso me cuesta tiempo.

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Me costó un montón de días, pues, encontrar todas vuestras direcciones, ponerlas en la casilla de los destinatarios y luego añadir la foto, porque no quería solicitar ayuda. Y bastante tiempo más para redactar el borrador. Asunto: Carta a mis amigos. Tengo poco tiempo útil al día y cada vez menos, pese a anotar cuanto tengo que hacer en una libreta de la que no me separo. Os he puesto después del desayuno: "Escribir a mis amigos". Y en otra página, he detallado todo lo que había que hacer para abrir el correo electrónico. Si no, a menudo, se me escapaba una etapa y no conseguía nada. O se me perdía el rumbo y lo abandonaba todo. Se ha vuelto tan complicado para mí ahora lo que era la mar de sencillo antes. Pero hoy, por el momento, todo va de maravilla. Quedo libre ya de toda preocupación material: mis hijos se encargan de ello. Y una dama de compañía enfermera me ayuda a orientarme en esta casona. Vamos cerrando las habitaciones desocupadas porque si entro en ellas por descuido, me pierdo. El otro día, me costó una hora para ir de la biblioteca a mi cuarto. ¡Qué barbaridad! Por ver de remediarlo, he sembrado libros a lo largo del camino, para la próxima vez, pero no es muy práctico, que digamos. A menudo, tengo visitantes. Por desdicha, no les reconozco a todos ni siempre. Bien sé, no obstante, que entre ellos figuran mis hijos y nietos. A veces,

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les cuento cosas de su pasado que olvidaron ; otras veces los encuentro diferentes y no sé nada de ellos. Soy muy descortés en eso, lo sé, pero ¿qué remedio? ¿Os dije ya que aquella foto la saqué yo mismo desde mi habitación? Siempre me ha gustado mucho la fotografía. Me parece que era un amanecer o un atardecer de este invierno. Sí... me acuerdo ya. Iba llenando los pulmones con el aire seco y frío al tiempo que admiraba el gris azulado de las tierras y sus lindes rosados cuando en las aguas apenas rizadas del lago... Os la mando para que penséis en mí al mirarla. Me trae las comidas una persona del municipio (no recuerdo cómo se llama ese servicio lleno de iniciales), lleva chapa para que yo sepa que se llama Brígida. Es muy servicial y me gustan sus comidas. Pero Carolina (ella también lleva chapa, es la enfermera) tiene que vigilar porque, a veces, me da por cortar la carne con la cuchara o salpimentar el postre. Ella dice que la semana pasada, me comí las verduras antes de la ensalada y el helado después de la sopa. Bien puede ser. Hasta hace poco leía bastante todavía, pero las palabras me bailan cada día más ante los ojos o no me dicen nada. En la mesilla de noche, al lado de una foto en la que he escrito "Clelia", veo "Cien años de soledad". Lo habré leído entero antaño, ya que me dicen que impartí clases sobre García Márquez en la Universidad, pero ahora, nunca paso más allá del

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primer capítulo porque, al llegar ahí, ya tengo olvidado el principio. Y sin embargo, lo encuentro tan apasionante. Bien quisiera saber cómo continúa. Ayer u hoy (en fin, hace poco), me regalaron para mis ochenta y cinco años una magnífica chaqueta adamascada, de estar por casa, muy cómoda. Parece que quise dormir con ella puesta como si fuera un pijama. Se ha reído Carolina de lo lindo y yo también, finalmente. No era tan grave. Estimados amigos ¿os dije ya que esta carta es la última? Bueno, creo que todavía podría escribiros un poco, tal vez, aunque probablemente con menos soltura, pero... me voy. El lunes o... en fin, pronto, voy a entrar en una institución, no sé dónde. Aquí, todos dicen que ya no es posible, que no es prudente, que resulta demasiado complicado. Mis hijos han dado el visto bueno. Ya no veré el lago. Lo miraréis vosotros para mí... Besos y abrazos. Mauricio. P.D.: ¡Ojalá os alcance este mensaje! ©Pierre-Alain GASSE, noviembre de 2004.

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EL ABUELO DEL OTRO LADO DE LA CALLE

A Christine B., que me lo inspiró. Soy una mujer demasiado demasiado imaginativa también.

sensible.

Y

A veces, me perjudica. Me lo va repitiendo mi hija sin cesar: "Pero mamá, ¿a ti qué te importa eso? Ni te va ni te viene. ¿En qué te vas a meter esta vez? " Es que... Pero mejor os lo cuento todo desde el principio. Este invierno, en Madrid, hizo un frío que pelaba - bueno, tampoco es noticia, ya conocéis el

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dicho1... - El caso es que, cada mañana, camino de la oficina, iba viendo, en la otra acera, a la espera de la luz verde en el mismo semáforo que yo, a un abuelo alto, delgado y bien trajeado, pero sin gabán. ¡Brrr! Y, no lo pude remediar, en seguida se encogió mi corazón y se me fue de la mano el magín. El primer día, había notado que vestía un traje príncipe de Gales, con camisa blanca y corbata. Cómo estábamos por el Barrio de Salamanca, no me extrañó nada. Pero que lo llevara sin abrigo, sí. El segundo día, comenté para mí que tenía las solapas erectas y, al seguirle con la vista, vi que le brillaba un poco el pantalón por detrás. Al día siguiente, constaté que teníamos emparejado el horario y también que llevaba el mismo traje desde hacía tres días, lo cual no es buena usanza. "No tiene otro con qué alternar" pensé. Fue al cuarto día solamente, mientras yo tiritaba en mi loden Prada, esperando la luz verde, cuando por fin advertí que el abuelo de enfrente no sólo siempre llevaba el mismo terno sin gabán sino que tampoco gastaba ni sombrero ni bufanda, ni guantes. ¡Caray! Me estremeció esta constatación.

1

Nueve meses de invierno, tres de infierno.

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Vino el verde y mientras cruzábamos el uno hacia el otro, vi cómo se apoyaba en un bastón con pomo de plata. "No parece pobre. ¿Cómo explicar que salga así por estas temperaturas? O será un emigrado ruso y, claro, estos pocos grados bajo cero le parecerán moco de pavo en comparación con los inviernos de su Siberia natal. Hija mía, ¡qué disparate! - corregí para mí - si tiene más pinta de gallego o vasco que de ruso". Entonces se me ocurrió una estratagema facilona para verificar qué lengua hablaba y qué acento tenía. Así fue como, al quinto día, me hice la distraída y lo atropellé un poco al cruzarnos: —Perdone, señor, que hoy voy a tientas y estoy apuradísima. —No pasa nada, señora, tampoco iba yo muy atento. Hablaba un español perfecto sin el menor acento extranjero, con, tal vez, un deje madrileño, eso sí. Eliminada la pista loca del Este, sobrevino el fin de semana y no tomé el camino de la oficina sino al lunes siguiente, con cierta prisa, debo confesarlo. Aquel día, sorteando la muchedumbre matutina, iba fantaseando que tal vez el abuelo del otro lado de la calle se hubiera quedado viudo o sin familiares al

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lado para cuidar de él y comprobar que no saliera sin ropa de abrigo. No estaba en el semáforo. En seguida, no me inquiété demasiado porque había salido de casa con un minuto de retraso, pero hice, sin pensarlo más, una cosa insensata: convencida de que había cruzado hacía poco, emprendí una marcha rápida en la dirección contraria a mi oficina, sólo para alcanzarlo y comprobar que no le había pasado nada. Pero no aparecía por ninguna parte. Al cabo de unos centenares de metros, por fin, volví en mí e hice marcha atrás, a paso de carrera esta vez, porque, seguro, me iba a pillar retrasada mi jefe. No pude comentar lo sucedido con nadie. ¿A quién me hubiera atrevido a contarle tal disparate? Pero me pasé el día confundida, cavilando en lo que hubiera podido suceder y todos me notaron distraída, más de lo corriente. El martes, salí de casa con algo de antelación y me quedé plantada en el semáforo diez minutos, dejando pasar el verde un sinnúmero de veces. No estaba ni venía el abuelo. Al fin, tuve que irme, después de que un joven, con calva y gafas de empollón, me dijera, poniéndome civilmente la mano en el hombro: —¿Se siente bien, señora? ¿Quiere que la ayude para cruzar? Esta aprensión suya es algo corriente,

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¿sabe? pero no se inquiete, con un poco de reeducación, la superará fácilmente. Tome mi tarjeta. Lo miré atónita, incapaz de soltar palabra. Era un sicólogo que acababa de abrir consulta a dos manzanas de ahí. Por fin, tres pobres palabras lograron salir de mi garganta: —No, no gracias, tartamudeé antes de huir corriendo hacia mi trabajo. El incidente me había dejado malparada y tuve que sentarme a la barra de un bar a tomar un cafecito para reponerme. Total, ¡llegué con retraso por segunda vez en dos días, tras diez años de puntualidad casi sin fallo! El miércoles, el abuelo del otro lado de la calle siguió sin aparecer. Yo, mientras tanto, había llegado a la convicción de que la mejor manera de que volviera era que mi vida reemprendiese su cauce normal. Algún resto de superstición, a lo mejor. El jueves, por fin, mientras bregaba por salir un sol tímido entre la neblina de febrero, me dio un vuelco el corazón cuando lo divisé a la vera del paso para peatones. Pulcro como siempre, lustrados los zapatos, cuidadosamente peinadas hacia atrás las deslumbrantes canas, se apoyaba en el bastón con la mano izquierda y llevaba doblado el periódico bajo el

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brazo derecho, con la mano en el bolsillo del pantalón. "¡Qué distinguido! pensé. Pero, ¿adónde va así, con este frío?" Me hervían las puntas de los dedos dentro de los guantes, me picoteaba dolorosamente la nariz y me estremecí de cuerpo arriba para abajo al verle tan poco abrigado.. Atravesamos la avenida, perdidos en el tropel mañanero, cual rebaño aturdido hacia cualquier precipicio. Entonces me di cuenta de que les llevaba media cabeza a los más altos. "Ave María, Virgen purísima, haga, por favor, que se nos acabe esta neblina helada y salga por fin un sol de los buenos" recé para mis adentros. No había rezado desde la muerte de mi madre, cinco años antes y esta constatación me llenó de temor. "Hija mía, ¿qué te pasa? ¿Te estás volviendo loca o qué? No tiene eso el menor sentido común. Si te interesa tanto la suerte de este caballero, toma contacto con él de una vez y no le des más rodeos al asunto o te vas a quedar tarambana". Ésa fue la decisión que tomé antes de sentarme a mi despacho, para liberar el espíritu y poder concentrarme en las insulsas tareas del día. De vuelta en casa, lo comenté un poco con mi hija, a quien le había expuesto mi preocupación unos días antes.

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—¿Quieres que te diga, mamá? Yo que él, te plantaría cara de malos modos, ¿eh? —Pero si arriesga con morirse de frío, si nadie hace nada. —Mamá, eres una exagerada de las que no hay. Deberías escribir novelas en vez de seguir con este curro de mierda que tienes. ¡A ese tío, no eres tú quien lo obliga a salir tan de mañana con este frío! Por favor, mamá, deja de meterte así en asuntos ajenos. Estaba el mundo al revés. ¡La egoista de mi quinceañera le daba un rapapolvo a su madre por altruista! Pero, no por eso desistí. Habíamos llegado al viernes. Hacía dos semanas que me había topado por primera vez con el abuelo del otro lado de la calle y al cabo de este día quedaría dos más sin saber de él. El termómetro se mantenía por los suelos. Ya no cantaba ningún pajarito por el Retiro y los cisnes del Estanque amenazaban con quedar presos del hielo. Tenía que esclarecer este lío de cualquier manera antes de que me echara a perder la vida completamente. Pues bien, no fui al trabajo sino que seguí al abuelo. Desde lejos, primero, y luego de más cerca,

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por miedo a perderlo de vista cuando doblase alguna esquina. Pero fuimos recto hasta Manuel Becerra. Allí se subió a un autobús y yo lo cogí por los pelos. Éste nos llevó hasta la entrada del Cementerio de la Almudena, última morada sin pesar, por cierto, pero por la que te pierdes al menor descuido, de tan extenso como es. Pasamos, a distancia suficiente el uno del otro y como sin rumbo preciso, por delante de la tumba de Lola Flores2, luego de la del Yiyo 3, con su paloma en mano, y terminó por detenerse ante una tumba que resultó estar al lado de la olvidada de Benito Pérez Galdós4. En la losa, se adivinaba una inscripción dorada más reciente que las otras. Me acerqué de puntillas para esconderme detrás de una tumba vecina. Estaba el abuelo hablando en voz medio alta: —¿Que quieres que te diga hoy, Maruja? Sigue el tiempo igual de frío, pero estoy bien, no te preocupes. Mejor me iría si encontrase el abrigo, 2

Mª Dolores Flores Ruiz, alias Lola Flores, bailarina y cantante popular, Jerez de la Frontera - Madrid (1925-1995). 3 El Yiyo (José Cubero), 1964-85, torero con futuro nacido en Burdeos, matado por un toro en la plaza de Colmenar Viejo, cerca de Madrid. 4 Escritor español (Las Palmas, 1843 - Madrid, 1920) que cultivó el género teatral y la novela con gran sentido del realismo.

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claro. Registré en vano todos los armarios. Ayer, por fin me acordé de que, este verano, lo pusiste en la tintorería, pero no sé cuál y se perdió la ficha. En las del barrio no fue, porque ya pregunté allí y me dijeron que no. Por eso falté dos días, perdóname. Con mis años sería un despropósito comprar un abrigo nuevo. Tal vez venga a verte por la tarde en vez de por la mañana si acucia más, pero, de momento no me viene mal este paseo matutino y apenas sale el sol en todo el día. ¿Sabes que la gente me empieza a mirar de soslayo? Se inquietará por mí, probablemente. Anda arropada de pies a cabeza. Pero, tú sabes que siempre fui amigo del frío, ¿verdad? ¿Recuerdas los inviernos transparentes de Soria, allá por los años cuarenta? Cuando tenía, cada mañana, que romper el hielo de la pila para hacer el café. Bueno, soy menos resistente ahora, cosa de los años y de tu ausencia, pero este frío me recuerda tan buenos tiempos, Marujita... No quise oír más. Sentía vergüenza de enterarme así de los secretos de un amor. Me alejé tan silenciosamente como pude, confusa como jamás. Al día siguiente, tras encontrar la dirección del abuelo en la guía de teléfonos, le mandé anónimamente uno de los abrigos de mi marido, sin decirle nada a éste, y, cuando se inquietó por la prenda, hace poco, le constesté: —Lo había mandado a limpiar, pero parece que lo han perdido...

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—¡Joder... un abrigo de cincuenta mil pelas! —No chilles. Tienes otro y dije que valía setenta. —Bueno. Menos mal. Nuestra hija asistía a la conversación y abrió la boca como para revelar que lo había comprendido todo, pero, por una vez la solidaridad femenina pudo más que sus posibles ganas de humillarme. Y sólo dijo, entre disconforme y socarrona: —Pasa cada cosa aquí... ©Pierre-Alain GASSE, mayo de 2005.

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IN MEMORIAM

I ¡Ya no tengo padre y me importa un pito! ¡Con lo que me sirvió tener uno! Cuando se largó mi madre con otro tipo, él me colgó a sus padres. Cuando éstos se hastiaron de mí, me puso de pensionista en un colegio. Así que, un buen día, me las piré. Y hasta hoy no han dado conmigo. Esta mañana me he enterado, por el periódico. Mañana lo entierran. No sé qué hacer. Me ha dado un vuelco el corazón. Me acuerdo de todo. No consigo pensar en otra cosa. Sin parar voy leyendo el... la "esquela de difunción" esa, así es, ¿no? Por si me hubiera equivocado, pero qué duda cabe, es él.

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"El señor Marcial García Hernández, ha fallecido el día 20 de junio en su domicilio de Madrid, a los 49 años. D.E.P. Su apenada compañera Melania Martín Chufa, su hijo Sebastián, sus padres, hermanos y hermanas y demás familiares, al participar esta noticia a sus amistades, ruegan un pensamiento por él. La despedida del cadáver se celebrará el viernes día 22, a las tres de la tarde, en el tanatorio "El Salvador". Acto seguido se realizará la conducción del féretro al cementerio de la Almudena." "Su hijo Sebastián", pero ¡si soy yo ése! ¡Me cago en su puta madre! Acaso he pedido yo que me pongan en el periódico, ¡joder! Se murió, pues, se murió y ya está, punto final. ¿A qué viene tanto jaleo conmigo? ¡No me fastidien, coño!! A ver, ¿por qué habré abierto el diario abandonado en este banco? Ya no hay remedio, no puedo dejar de saber, ¡eso es lo peor! Cinco años en la calle para intentar olvidar y lo echo todo a perder en cinco minutos ; ¡qué gilipollas soy! Bueno, disculpe, estárá Vd pensando: "¿Pero, qué coño le pasa a éste? Claro que enterarse de la muerte del padre no es para ponerse uno contento y sabido es que perderse de vista también son cosas que pasan en las familias, pero lo mínimo es asistir al entierro, ¿no?" Pues a mí no me da la maldita gana asistir al entierro. No me va a negar Vd ese derecho. Ya se ve

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que no lo conocía, o mal, porque de lo contrario, me comprendería. ¡Si era más cabrón! ¿No debería hablar así? Bien puede ser, pero lo hago, vaya si lo hago. ¡Si era más cabrón! II ¿Cómo decía la canción ésa "Nacido en alguna parte": "Nadie escoge a sus padres, nadie elige a su familia"? Pues sí, con la familia te aguantas. Claro, qué remedio, sólo que la mía me rechazó. Recuerdo que mi madre, a menudo, me decía: "Sebas, yo era demasiado joven cuano te tuve, ¿sabes? No es culpa tuya, pero te tuve demasiado joven ; sólo tenía diecisiete cuando naciste". Yo le daba la manita camino de la escuela y, levantando la cara hacia ella, le preguntaba con voz inquieta: "Ahora, ya tienes la edad para ser mi mamá, ¿a que sí? ". "Claro, cariño", respondía ella, pero yo la creía sólo a medias, incluso menos, incluso tan poco que sin parar le iba repitiendo la pregunta. Y, claro, un buen día, se hartó de esa copla machacada. Se hartó de esperar que volviera el otro a deshora una noche de cada dos. Se hartó también de ir de trabajito en chapuza. Y a mi madre no le faltaban tíos para rondarla ¡con el buen tipo que tenía! Sin embargo, no se la

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llevó uno de aquí. Por aquel entonces, ella trabajaba en una gasolinera. Un día, se paró el chófer de un treinta toneladas, llenó el depósito, se fue a mear y comió un bocado. Ella le atendió. Qué es lo que se dijeron, no se sabe. Dejó el delantal en el mostrador, cogió el sueldo del mes en la caja y se subió al camión. Eso dijo su patrón. Mi padre se puso loco. Sin embargo, andaba prevenido, a menudo yo los oía reñir por la noche desde mi cama, pero él no la creía capaz de eso. Le dio un ataque, de susto. Lo rompió todo en la cocina. Y luego, se cogió una tranca. Yo me quedé escondido en el ropero duante dos días, sólo con un paquete de galletas María y una botella de agua. Tenía seis años. A mi madre no se la vio más. Los polizontes dijeron que tenía ese derecho. Que ellos podían buscarla pero no detenerla. Pero que, bueno, después de abandonar el domicilio así, ella sin duda no ganaría mi custodia. Vaya, si se largó sin mí, no era para venir a reclamarme después, ¿eh? Le tengo inquina más por haberme dejado plantado aquí con el Otro que por haberse ido. Yo sólo tenía seis años entonces, ¡joder! Mi padre, no se las arreglaba ya para ser mi padre, así que, reemplazar a mi madre, ¡ni soñarlo! De todos modos, no lo intentó. Al juez le dijo que, con el curro que tenía, no era posible. Y que le daba la lata cuidar de un crío que ni siquiera sabía si era suyo. En ese momento, el juez lo paró y le dijo: Señor García

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Hernández, ¿quiere Vd que hagamos una prueba ADN? Y la obligación de mantenimiento y educación ¿le suena eso? Total, tuvo que apoquinar por mí y me confiaron a sus padres. Así que los platos rotos, los pagaron ellos. Porque yo, tras eso, lo hice todo mal. A pesar de lo cariñosos que eran. Demasiado, probablemente. A mí, lo único que me ocurría era lo contrario de lo que hiciera falta. Ni remedio. No podía con ello. Finalmente, me extralimité tratando de incendiar mi aula, durante un recreo en que estaba castigado. Por poco me denuncia el Director. Me echaron. Entonces, mis abuelos le dijeron a mi padre: "Oye, eso va por mal camino, es mejor que vuelvas a cargar con él, porque nosotros ya no queremos cuidarlo". Entonces, como ya dije, me matriculó de pensionista en un colegio de curas a la antigua, tipo reformatorio, no tan militar, pero apenas. Allí estuve seis años. ¡Cómo te deforma! Al salir, o eres más hipócrita que perro hambriento o loco de atar casi. Yo no esperé ese resultado. Hacíamos mucho deporte y me había hecho fuertote, menos mal, así que, un buen día, me las piré. III Sin mayoría de edad, me importaba en sumo grado aguzar el ojo con la bofia. Por suerte, pude

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darme, en cuanto surgió la ocasión, la apariencia de un gili de mi clase con el que tenía bastante parecido y al que le había birlado la documentación algún tiempo antes. Así fue como logré despistar a todos y correr camino. Las pocas veces en que me topé con uniformes, me controlaron sin que me pasara nada. Un día de ésos llegué a un okupa especial. Era un viejo vagón de la RENFE, aparcado en una vía férrea abandonada, cerca del puerto, para que los tíos como yo no durmiéramos más en la calle. Rebeldes y pasotas despistados, sobre todo tíos, pero algunas tías también. Enganchados a la litrona, al chocolate y al rock duro y punk. Todo lo que a mí me molaba. Pedíamos limosna con perrazos. PPC (punkis con perros cutres) nos llamábamos riendo. Con ex miembros de Mass Murderers y GBH agrupados se organizaban conciertos dos veces al mes. Ocurría que viniesen entre trescientas y cuatrocientas personas al viejo cobertizo al lado del vagón. De todas partes llegaban, ¡hasta del extranjero! Reían sin ganas los burgueses. Una mañana, un ejército de polizontes, de antidisturbios y guardias móviles dio el asalto, allanó el okupado con una topadora y puso a todos de patitas a la calle. ¡Ni siquiera tuvimos tiempo para liar los bártulos! ¡Maldita sociedad! Se desparramó la pandilla. La bofia nos acuciaba demasiado. Desde la primavera a esta parte, duermo en la calle. Y esta mañana, en el banco, ¡encontré el

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maldito diario ése! ¡Si estuviera a mano el gili que lo dejó! Dirá Vd que nadie ni nada me obligaba a leerlo. Si además no leo nunca eso de los entierros, ¡paso de ello! Todo fue tener mala pata, claro, pero, ¿qué hago yo, ahora? IV ¿Estará mi madre? ¡Sería lo último, que ella sí y yo no! De toda forma, no la han invitado. Caso de que estuviera, le plantaría cara para preguntarle por qué se largó sin mí. Pero no estará. No tiene motivo para ello. Primero tendría que enterarse. Por casualidad, igual que yo, puede ser, claro. Su cara, la tengo borrosa ya. Ni sé si la reconocería. Finalmente, hablo por hablar porque ella ya me importa un bledo. Antes era cuando la hubiera necesitado. Ahora, más vale que siga olvidándome. Él no se largó. Pero nunca supo arreglárselas conmigo. De crío, esperas a que tu padre mire lo que haces en la escuela, te enseñe cosas, te aprenda a jugar fútbol, a cazar pájaros, qué sé yo, que juegue al Meccano contigo, te cuente lo que hacía cuando era chaval, te pague caramelos a escondidas de tu madre y te eche una bronca si tratas de birlarle la pasta para hacerlo... Él, nada. Como si yo no existiera. Como si fuese transparente. Ni siquiera me llamaba por mi nombre. Pongamos que le importara saber dónde estaba yo, qué estaba haciendo, siempre le decía a mi madre:

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"¿Dónde se ha metido el crío?" o "Pero, qué coño está haciendo tu hijo?" ¡Así fue como terminé pasándome el tema por la entrepierna, como todo lo demás! V Ahí estoy, escondido detrás de un viejo ciprés de ralas ramas. Con mi cresta, mis pantalones militares de faena y mis borceguíes, es mejor que no me acerque. Está lloviendo y me resbala agua por las mejillas. Muy poca gente hay en el cementerio. Entre cuarenta y cincuenta personas. Conozco a dos solamente. ¡Lo envejecidos que están! Paca y Fernando. Sus nombres me vuelven a la mente. Los había olvidado. Cuando vivía con ellos, los llamaba Abuelo y Abuela. Delante del ataúd, dispuesto en dos caballetes, se ve a una mujer enlutada, de buen ver y pelo moreno, que tendrá unos cuarenta. Es la nueva. No creo que mi madre esté aquí. El tipo de la Funeraria lee una hoja: por lo visto, murió de un infarto el viejo. Con cuarenta y nueve. Ya pasan todos en fila india para depositar unos pétalos de rosa sobre el féretro. Es un entierro civil, sin embargo algunos se persignan antes de irse. Se han ido todos. Sólo quedan los sepultureros que van bajando la caja en la fosa con sus correas. La

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mujer de negro solloza. A su lado, un niño de nueve o diez años, se niega a moverse. Ella lo coge de la mano y dice : —Bueno, vámonos ahora, Sebastián, se acabó. ¡Joder, el del periódico no era yo! No era yo... me había reemplazado, el muy cabrón. ©Pierre-Alain GASSE, agosto de 2006.

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ME ARROLLARÁ EL VIENTO

A Marie T. ¡Qué nombres ni qué nada! Bernardo, Blas o Beltrán. Maud, Melinda o María. Los podéis cambiar, poner los vuestros en su lugar. Quizá os ayude para comprender que esta historia no tiene ni edad, ni tierra ni casa. Que es de todos los tiempos, de todos los cielos, de todas las clases. Nacida con el hombre y la mujer, sus pasiones, sus demasías, sus angustias. No busco disculpas, no, intento comprender, nada más, comprenderme a mí, sobre todo. Por lo demás, ya pagué y vengo pagando cada segundo, cada minuto, cada hora que vivo y voy a pagar por tanto tiempo. Mucho más caro de cuanto se me pueda imponer puesto que se fue ELLA, por culpa mía.

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Antes de ella, no había nada. O tan poco. Tan sólo palabras asambladas en vano que nunca logré pronunciar. Palabras que se me antojaban extranjeras a mi persona. Palabras que no pegaban con mis gestos y gestos que no pegaban con mis palabras. Apenas valía para escribirlas, alguna que otra vez ; hacía yo el amor sin decirlo. No creía en esas palabras. Desconfiaba de ellas. Me daba miedo que no ocultasen más que el deseo y se esfumaran, no bien salidas de la boca. No sabía. No lo conseguía. Por tener el espíritu demasiado cartesiano. Por ser demasiado desconfiado. Por repelerme demasiado la mentira. Demasiado gilipollas, sin duda. Deficiente. Sin voz. Corazón afónico. Sí, eso es. Afónico. Me aburría mi vida. Se aburría mi vida. Y apareció ella ante mí, salida de la nada, caída del nido, fugada de casa. No importa. Aquí estaba. ¿Si era bella? No lo sé. Sí, claro, pero bella para mí. Con la tez, el pelo, la piel, la voz, los pechos, los ojos, la boca, las piernas, las nalgas que a mí me gustan. Pero ¿me gustaba todo eso porque yo la quería a ella o la quería por tener ella todo eso? ¿Quién preexiste del huevo o de la gallina? Sí, ya lo sé, entra el amor por los ojos, según dicen. Así que yo la quería por tener ella todo eso. Y sin embargo, casi era su contrario la que la precedió. Id a saber...

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Y ¿cómo explicar que, sin habernos visto nunca, nos hayamos reconocido? No lo sé. Alquimia de las feromonas. Conjunción astral. Día de suerte. Había entrado ella en mi vida igual que yo en la suya y nada más tenía importancia. Arrollados, nuestros pasados. Suspendido, nuestro porvenir. Dilatado, nuestro presente. No éramos más que un hombre y una mujer, desnudos como en el primer día, de súbito sin familia, sin amigos, sin patria, sin cultura, sin otro faro que la llama que ardía en los ojos del otro, abrasados, abrazados, liberados de cuanto no era nosotros. Nuestros cuerpos, nuestro sudor, nuestros alientos, nuestras manos, nuestros sexos, nuestras bocas, nuestros ojos, nuestros cabellos. Nuestra piel, nuestro sudor. Nuestro calor. Y todas estas palabras nunca proferidas, murmuradas quizá, milagro, yo podía decirlas, repetirlas, paladearlas, saciarla con ellas, de sol a sol, de lunes a domingo, de Enero a Diciembre. Que ella también me las diga. Lo hacía en ocasiones, pero con mucho prefería oírme a mí. Asumiendo una actitud estudiada, se dejaba acariciar por aquellas palabras sin ton ni son que suelta el corazón, sin pensarlo, pensándolo, casi a pesar suyo. A uno le salen de la boca en apretadas sartas. Son indigestas para quienes las escuchan con los oídos. Y néctar para los corazones enamorados. Ella las

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sorbía, cerrados los ojos, como si fuera leche, vino, ambrosía... Corría la vida. Nos amábamos, como dos saltimbanquis, abiertos los corazones a los cuatro vientos, de habitaciones de hotel apenas entrevistas en estancias brevísimas bajo cielos siempre azules, sueltos nuestros vínculos y empuñadas las armas de la rebeldía. Ella actuaba, yo cantaba. Demasiado tiempo. Demasiado a menudo. Demasiado lejos el uno del otro. Se nos iba la vida de las manos y nuestro bello amor con ella. Nos alejaba el éxito uno de otro ; nuestros aviones se iban más y más lejos, nuestros teléfonos saturaban: agentes, familias, impertinentes, inquisidores, amigos de un día, de una noche, de una hora. Nos venía devorando la hidra del triunfo. Pero ¿cómo vivir escondidos cuando vivíamos del público? Y ¿cómo sentirnos libres así expuestos a las miradas, espiados, cazados, acechados por micrófonos, plumas y cámaras? ¿No puede ser sino artificial el paraíso? Lo hemos probado. A veces, nos hemos refugiado allí, inaccesibles a los demás entonces, extranjeros a nosotros mismos. En equilibrio sobre el filo de la navaja como funámbulos de la vida y del amor. Hasta esa noche horrorosa.

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Nos pesaba nuestro presente. Nos inquietaba nuestro futuro. Y se nos venía encima nuestro pasado, una vez más, la de sobra. Nadie escapa de su pasado. Éste, a veces, se hace el olvidadizo, nada más. Eran omnipresentes sus padres, monopolizadores sus hijos, obsesivos sus ex amantes. El último, en particular. Amor celoso está. Normal, ¿no? O deja de ser Amor. Claro que ya nos había ocurrido tener riñas, abiertas, violentas, parecidas a los seres apasionados y desgarrados que somos. Pero, después de la lucha, ¡cuán dulce era lamernos las heridas! Sí, probable que golpes hubo, pero yo no tenía conciencia de ser el único en darlos. A veces, no bastan las palabras para evacuar la violencia interior. Y entonces, no queda más que uno mismo o el otro. De reproche en sarcasmo, de bajeza en vileza, esa noche acabaron mis puños por encontrar el punto flaco de su coraza: aquel rostro móvil, de mil emociones, de facciones frágiles, que atraía la luz y cautivaba las miradas. ¡La mía como la de los otros, desdichadamente, de tantos otros! Entonces le di. Varios golpes, lo sé. Y ella se desplomó.

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Y yo con ella, en una sima sin fondo, hasta el romper de un alba nórdica. Di voces de llamada. Corrí. Pedí perdón. Ella me oía, lo sé, pero ya no estaba aquí. Por una grieta finita en el linde de su sien, se iba su vida, se iba mi vida. A veces, no bastan las palabras para evacuar la violencia interior. Y entonces no queda más que uno mismo o el otro. No queda más que yo. Me arrollará el viento. ©Pierre-Alain GASSE, agosto de 2003.

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LA PROFE

Desde hace más de treinta y siete años, cada día de clase va repitiendo los mismos gestos, como un ritual, para preparar el cartapacio. Es un viejo cartapacio de cuero anteado, curtido y curado por años de impecables y leales servicios, cuya asa ya cedió en varias ocasiones bajo los kilos transportados. Pero el último talabartero del pueblo siempre ha podido componérselo. Más le hubiera valido tratar de venderle otro nuevo, pero como amante de lo antiguo, ufano de su oficio de remendón, prolongar la existencia de éste para él es un pundonor. También aprovecha las intervenciones para rehacer algún que otro cosido flojo y untar la piel con un ungüento cuyo secreto guarda.

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En el bolsillito delantero, con cierre imantado, pone ella las llaves de las aulas así como la agenda en la que, día tras día, clase tras clase, apunta la progresión de su enseñanza, para cada uno de los cursos que le confían. En el fuellecito central, protegido por una cremallera, su cuaderno de notas. Hasta ahora, le venía ofrecido por el organismo gestor de sus cuotas de retiro complementario, pero este año salió año de vacas flacas: nada de cuaderno de notas, ni agenda ni bolis, ni siquiera un calendarito. Los colegas y ella torcieron el morro. Se habían acostumbrado a estos pequeños regalos que ya consideraban como algo debido. En el fuelle delantero está su cuaderno de preparaciones y la carpeta de anillos donde guarda los apuntes del momento, según la obra y el autor que les hace estudiar a los alumnos. En el de atrás, casi siempre hay una carpeta con su lote de tareas por devolver o corregir, pero hoy sólo contiene unas treinta fotocopias del texto que va a presentar. Repartidos entre los dos fuelles, según su número y tamaño, vienen los libros que va a necesitar. En este caso, ninguno, ya que el autor del texto de este día a ningún editor ha seducido todavía. Su estuche de lapices: bolígrafo negro de punta fina para las evaluaciones trimestriales, para que la

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copia sea muy legible, rotulador rojo de punta fina para las correcciones, pluma estilográfica con tinta azul para el cuaderno de textos, rotulador negro para trazar rayas, lápiz, sacapuntas, borrador de tinta, lápiz goma, blanqueador, rotulador fluorescente para marcar, algunos clips. No falta nada. Queda un último bolsillito interior con sus tijeras para zurda, su estuche de rotuladores para transparentes, otro par para pizarra blanca, una cajita con algunas barras de tiza por si hiciera falta y un cúter. Al fondo del fuelle delantero, su regla metálica. Está todo. Maquinales, sus manos han efectuado estas comprobaciones. Se pone el abrigo, anuda la bufanda, calza los escarpines que estaban esperando tras la puerta, coge el bolso, dejado en el pequeño mueble del vestíbulo, abre la puerta y cambia la llave de lado, antes de tomar la cartera, depositada a sus pies, y salir al rellano. Son las cuatro y cuarenta y cinco minutos de aquel viernes de octubre. La señora Lavergne sale a dar clase al curso de 2°9. Su única clase de la tarde. Cierra con doble llave y mete ésta en el bolso.

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Cuanto bien ordenado tiene el cartapacio, tanta leonera es su bolso. Dentro de poco, para volver a encontrar su llave, tendrá que revolverlo a ciegas un buen rato antes de dar con ella. Desde hace años dice que tiene que remediarlo. Tiempo perdido. —Buenas tardes, señora Lavergne. Es puntual. Como cada tarde está la portera fregando el vestíbulo de la casa. Da ella un rodeo para no pisar donde la bayeta acaba de dejar su rastro húmedo y reluciente. Todo trabajo merece respeto ¿no? La señora portera hace la limpieza tan a deshora para no ver su tarea ensuciada, apenas terminada, por el barullo de la mañana. —Muy buenas, señora Serinet. Hasta mañana. Sabe que cuando vuelva ella, habrá reintegrado la portería y tendrá cerrada la ventanilla. Importa mucho no olvidarse de saludarla: es muy susceptible. Ya está fuera. Sabe cuántos pasos la separan de las verjas del instituto y, a veces, los recuenta mentalmente sin enterarse. Pero hoy, no. Esta tarde, tiene otra cosa en la cabeza. Enfrente del instituto, las aceras están atestadas de jóvenes de toda calaña, con la mochila a las espaldas o al hombro que se saludan, se interpelan,

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chupan precipitadamente de pitillos finitos, al salir para la mayoría de ellos o antes de entrar para algunos en un establecimiento declarado desde hace poco "sin tabaco". Tiene que deslizarse entre los grupos de los que pocos se apartan para dejarle paso. Está sonando el primer timbre de la última hora de clase cuando cruza la cancela. De ordinario, sube a la sala de profesores a echar un vistazo a los tableros y comprobar que tiene el casillero vacío de cualquier conminación jerárquica. Pero esta tarde, no. ¿Para qué? Hoy, se dirige directamente hacia el aula 37, en la planta baja del edificio C. Su aula, situada al cabo de un corredor esquinado. La misma desde hace largo tiempo ya. Le va bien. Empiezan a serle un poco pesadas las escaleras. Saca las llaves del bolsillito del cartapacio y abre la puerta, de un color rosa deslavado. Reina la penumbra en la sala. Alguien habrá utilizado el vídeo, ayer, después de su salida. Pulsa los dos interruptores y cierra detrás de sí. En el pasillo, algunos alumnos, sentados en el suelo, están escuchando el walkman. Dos solitarios tienen un libro entre manos. Los demás llegarán después del segundo timbre, para no cambiar la costumbre.

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Sin darse cuenta, ha puesto la cartera de plano, atravesada en el ángulo izquierda del despacho, como siempre, pero esta tarde la deja sin abrir. Se sienta y mira esta aula vacía, estas filas de mesas que los agentes de mantenimiento alinearon rápidamente anoche, después de barrer el suelo, lavar la pizarra y vaciar la papelera. Cinco hileras de mesas para dos, dispuestas para dejar dos pasadizos a cada lado del despacho. Cuarenta plazas, algunas sin ocupar, por lo general, afortunadamente. Al fondo y a la derecha, un armario metálico y tableros con antiguallas olvidadas por colegas descuidados. A derecha suya, en una repisa alta, un televisor y su vídeo ; a la izquierda, en la pared, una pantalla escamotable y delante, un retroproyector en su carrito. Va pensando que cambiaron mucho las cosas desde que ella empezó. Con excepción del despacho. Es un bueno y viejo despacho, con paneles de roble machihembrados, de los que ya no se fabrican. Tiene dos cajones y, a la derecha, debajo del tablero, una repisita para la caja de tizas. Su silla también debe de ser una superviviente: toda de madera de haya, con brazos, casi es un sillón. Las mesas y sillas de los alumnos, por su parte, se cambiaron hace unos diez años. El formica derrocó la madera que navajas y compases habían cavado, perforado, esculpido y cubierto de inscripciones renovadas sin tregua. En las nuevas,

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sólo se encuentran grafitti a lápiz que el estropajo borra en un dos por tres. No se ha ocupado el aula en lo que va de día y ella no necesita poner orden antes de hacer entrar a los alumnos. Se incorpora para ir a descorrer las cortinas. Un sol pálido y bajo ya penetra en la sala, haciendo bailar en la luz el polvo que acaba de levantar. Suena el timbre, por segunda vez. Son las cinco de la tarde. Se dirige hacia la puerta y la abre. Desde que empezó a profesar, nunca entraron los alumnos antes que les diera el visto bueno. Está frente a ellos y los mira mientras van sentándose, armando un barullo simpático. Conocen la señal y están esperando aquel ruido con la regla que los hará callar sin que ella diga palabra y marcará el principio de la clase. Para ellos es la sexta, séptima u octava hora de la jornada, una clase como cualquier otra, la continuación de la de ayer o anteayer, pero sobre todo la última del día, la más difícil de seguir, pero de impartir también, piensa ella. Para ella también es la última. Del día, claro, de la semana, por fortuna, pero de su carrera también y no sabe si conviene que diga por fin o desgraciadamente. Dentro de una hora, pondrá término a treinta y siete años y medio de enseñanza del francés.

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Se ve a sí misma, opositora brillante a una cátedra de Letras Modernas, recién salida de la prestigiosa Ecole Normale Supérieure, delante de su primera clase: sentía un gran nerviosismo, por cierto, pero también la animaba un ardor juvenil, un entusiasmo capaz de levantar montes, que hoy le faltan. Intenta determinar cuál es su estado de ánimo presente. Cierta lasitud. ¿Y cómo no? No pasan impunes los años. Hoy en día, para ella, los escalones son más altos, las letras de molde más pequeñas y los autobuses más rápidos que antaño. Es la vida y no escapa nadie de sus evoluciones. A pesar de todo, no le ha ido tan mal a ese respecto. Las gafas, las tenía ya a los veinte, se ha encorvado un poco de tanto inclinarse en libros y tareas y tiene ya un oído algo achacoso, pero por lo demás es fuerte como un roble. Hasta el extremo de no tener médico de cabecera. Bastante se lo van reprochando sus hijas. Lasitud hay, pero renuncia, ninguna. Y siempre el mismo amor por la literatura, la gran compañera de su vida. En cada temporada literaria, encuentra fuentes de entusiasmo, buscando un poco aparte del vertido mediático. Y de toda forma, aquí quedan los grandes antiguos a los que se puede leer una y otra vez con la misma emoción, la

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misma fruición renovadas. Hasta ahora siempre ha logrado interesar a sus alumnos por todos. Bueno, posiblemente perdieron un poco los programas oficiales y alguna que otra vez le valieron críticas sus elecciones, pero de cuando en cuando todavía se topa con ex alumnos que le dicen: "Sabe, señora, que ha sido Vd quien me ha hecho descubrir a aquel escritor, que acabo de terminar mi tesina, mi doctorado sobre tal o cual parte de su obra precisamente ...". Poco importan, pues, las amonestaciones de un inspector cualquiera, enviscado en las intrucciones oficiales... Hoy, para dar fin a una secuencia sobre el cuento y la novela corta, ha escogido un texto de un autor contemporáneo, descubierto en la Internet. Carraspea un par de veces para esclarecer la voz y empieza a leer: Km 1500 Los 110 CV del 307 HDI responden a la menor solicitación de su pie derecho y van ingeriendo las curvas inversas de la autopista que lo llevan allá lejos hacia el sur. De tiempo en tiempo, en los peajes, toma un ticket o presenta su tarjeta bancaria. Las facturitas se van acumulando a su lado. ¿Adónde va? No tiene la menor idea preconcebida. Sólo decidirá su cuerpo. Espera una señal que no viene y el automóvil corre hacia el sur, con él a bordo, sin que sepa realmente por qué.

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Esta tarde, cuando se abrieron las puertas del garaje concesionario en Nantes y le entregaron el coche después de firmar los papeles de la compra, le dijeron: "en este modelo, el mantenimiento es cada veinte mil kilómetros, pero después de cinco mil, sería prudente verificar los niveles y no le dé rienda suelta al motor antes de los 1500". Da una ojeada de sesgo al cuentakilómetros. Todavía falta. Es como si apretara un disparador en alguna zona de su cerebro. Acaba de descubrir el término de ese viaje repentino, inesperado, improvisado. Nantes. Burdeos. La autopista desenrolla ante él su cinta reluciente de sol y él se esmera en enrollarla con la mayor regularidad posible para que no se le arrugue en la mente. Tolosa. Es el atardecer. Perpiñán. El Pertús. Apenas un quepis dormido al pie de una garita abandonada. ¡Cómo cambiaron los tiempos! Dos pinceladas de luz corren en la noche. Gerona. Barcelona. Francia está lejos ya. Tarragona. Valencia. Un muy ligero olor a amóniaco le recuerda que sigue funcionando la climatización. Bizca hacia la pantallita del ordenador: temperatura exterior: 12° ; kilómetros recorridos: 1352. También vienen escritas la frecuencia de la emisora que desbobina su hilo musical y la hora. Lee: las 4

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y 23. Pulsa en el mando, esperando que la máquina le diga desde hace cuantas horas ha salido, pero eso no figura en el programa. Tiene que hacer un esfuerzo mental para calcularlo: con una velocidad media de unos 130 y teniendo en cuenta algunas paradas fisiológicas, hará unas doce horas largas. Le van pesando los párpados a pesar de los cafés que se bebió cada tres horas. Le quedan ciento cuarenta y ocho kilómetros. Su computador de bordo personal acaba de empezar una cuenta atrás que él ya no quiere parar. Pero, ¿y si le iban a alcanzar los mil quinientos en medio del quinto pino, entre dos salidas? ¡Cuidado! No había que caer en esa trampa. Fiarse del instinto, a pesar de todo. Del destino. De los números. Siente como una comunión entre él y la máquina, sin saber muy bien quién manda al otro. 1420. Alicante quedaría cerca ahora. ¿Sigue la autopista más allá, hacia Almería y Andalucía? Trata de reunir sus recuerdos de geografía ibérica y montañas áridas surgen a sus ojos. Pero la dinamita y el dinero de las hordas teutónicas y bátavas acaban con todo, le sopla una vocecita malintencionada. —¡Te estás olvidando de todos los coches franceses que pasaste desde la frontera! Tiene que convenir en su fuero interno, que esta Costa Blanca en la que se ha internado también es el

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último suburbio de París: los bloques de pisos de veraneo brotan al sol desde hace casi cuarenta años y han rechazado allende la autopista los cítricos y las verduras de antaño ; allí los obreros con salario mínimo de Suresnes, Montreuil u Aubervilliers vienen a darse la ilusión de la holgura, bajo un sol de plomo, en conejeras en las que no quisieran vivir en su país. ¡No están en el desierto todos los espejismos! 1460. En el resplandor del alba, el Peñón de Ifach, erguido en la orilla, vigila las villas señoriales de Calpe, escalonadas en las estribaciones de la sierra, mientras, a sus pies, decenas de inmuebles clonados intentan en balde izarse a su altura. 1480. Queda lejos el último café absorbido y va parpadeando peligrosamente. Decelera. Afortunadamente, en este país es rugosa la pintura de los arcenes y lo devuelve al buen camino cuando se aparta de la trayectoria ideal. Sabe que sólo un susto superior a los demás podría ya liberar en él la adrenalina capaz de despertarle del todo y llevarlo sin tropiezo al término de su viaje. De todas maneras, tiene que probar fortuna. A ella se remite. 1490. Faltan diez kilómetros. Salida Alicante 5000 m. Quiere ver el mar. Peaje. El

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Campello. Platjas. Por cierto, aquí se habla valenciano antes de hablar castellano. Calles paralelas de inmuebles de ladrillo con balcones alineados. Glorietas en construcción. Paseo marítimo. 1499. Sus ojos se van cerrando a pesar suyo. Al final de la avenida, una dirección prohibida y una calle que oblicua hacia el interior, para dar paso a un paseo marítimo cuyo enlosado imita los relieves de Vasarely. 1499,9. Entra en la primera calle a mano izquierda. Cien metros más. 1500. ¡Bingo! Pensión La Pepa. Apaga el motor. Y se cae dormido en el volante. Hasta que un timbre estridente le chirrie a los oídos. Probablemente impide que alguien salga o entre. Abre un ojo. ¡Qué barbaridad! La luz roja del despertador parpadea sin piedad. "Il est cinq heures et Paris s'éveille..." suena. La otra parte de la cama esta vacía y en la mano tiene la llave de su nuevecito coche... P.-A. G. Un revuelo de murmullos provocados por la lectura de las últimas tres frases le acaba de revelar que el desenlace ha surtido el efecto esperado. Mientras va repartiendo el texto fotocopiado, enuncia la primera pregunta:

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—Bueno, ¿por qué escogí leeros este cuento, a vuestro parecer? Unas diez manos de chicos y chicas, pero de chicas más, se levantan : —Dime, Mélanie —Será por el final, señora. —¿Por qué? ¿Tiene algo particular el final? Sí, dime, Harold : —Es sorprendente. Durante todo el cuento, nos creemos que es un viaje de verdad y que va a pasar un accidente y resulta que sólo es un sueño. —Exactamente. Es una característica común a muchas novelas cortas y casi una ley del género: el desenlace es sorprendente. Algunos incluso dicen que cuanto más inesperado es el final, mejor es el cuento. Pero ese punto, ya lo vimos en nuestras lecturas anteriores ; por lo tanto, tiene que haber otros motivos que hayan justificado la elección de este texto. Leedlo otra vez en silencio y los váis a encontrar. Se inclinan las cabezas sobre el texto durante un tiempo variable, entre la decena de segundos y varios minutos, pero siempre termina esta segunda lectura cuando es detectado el primer indicio. Ya están alzadas dos manos. —Dime, Clara.

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—Es raro el título, señora. —Raro. ¿Qué entiendes con eso? —Pues, por lo normal, el título explica un poco el tema o es el nombre de un personaje. —Y ¿No es el caso? —Pues, no, ya lo de kilómetro 1500, no entiende bien una si significa que hay 1500 kilómetros por recorrer, o sea si es una distancia porque no puso dos puntos después de km. —¿Quién no hizo eso, Clara? —Pues, el autor. —Y entonces, sin estos dos puntos, el título, ¿qué significado tiene? Sí, dime, Mickaël : —Yo creo que es un destino, no una distancia. —Sí, Mickaël, pero en realidad son las dos cosas: el narrador quiere alcanzar aquel km 1500, aquel milésimo quingentésimo kilómetro recorrido que puso como término a su viaje en su sueño. Pero ¿para qué será este título ambiguo? —Intrigarnos, dice un par de trenzas rubias como estopa. —Sí, María Claudia, e incluso en este caso, inducirnos en error ya que nos incita a creer en un viaje cuando sólo se trata de un sueño, lo que viene a

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reforzar el carácter inesperado del desenlace. Bueno, después de este desenlace inesperado y de ese título sorprendente, que focaliza la atención, citadme otra característica de la mayor parte de las novelas cortas, que ya vimos y que se encuentra en ésta también. Silencio. Luego, levanta un brazo un rasta con la pelambrera de regla. —Te escuchamos, Clovis. —Empieza en seguida, ¿eh? nada de tiempo perdido en jorobarnos con eso o aquello. Va directo al grano, el tío. —Exactamente, pero ¿no podrías decírmelo con palabras más selectas? Se utiliza una expresión latina para calificar este tipo de principio, que es una de las características principales de las novelas cortas, y esta expresión ya la vimos... —Ya, ya, es un principio mediático... Se destornillan de risa. —Que no. Eso no es "el Gran Hermano". Es un principio "in medias res", es decir, en medio de las cosas, sin introducción ni descripción previas. La novela es corta, pues, como lo dice Clovis, no hay tiempo para perder. —¡Eso sí que me mola! —Bueno, vale ya, Clovis ; otra pregunta, más difícil. En este cuento, y eso sucede bastante a

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menudo, deja el autor indicios que deberían permitir al lector, prever, adivinar el desenlace. En éste, yo veo dos, uno al principio y otro casi al final. ¿Quién me los podría encontrar? Vuelven a sumirse en el texto las cabezas. Madeleine Lavergne se sienta por unos momentos, antes de incorporarse en cuanto se alza la primera mano : —Bueno, Estefanía, ¿los encontraste? —Pues, no sé, señora, pero cuando él dice "para que no se le arrugue la mente", me parece que no pega con el resto, no es posible, creo yo. —Tienes razón. Es verdad, la segunda parte de esta frase "La autopista desenrolla ante él su cinta reluciente de sol y él se esmera en enrollarla con la mayor regularidad posible para que no se le arrugue en la mente" nos hace bascular en la irrealidad, pero de manera incompleta porque podríamos creer en una mera metáfora, o si queréis, una imagen para darnos a entender que el conductor intenta seguir la curva ideal, y pues, el lector, en el mismo momento de su lectura, no va a tomar en serio este indicio. Por eso, va el autor a darnos otro, justo antes del desenlace, ¿lo véis? Silencio. —Bueno, no pasa de medio indicio. ¿Os dáis por vencidos?

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Se alza un coro estruendoso: ¡SÍÍÍÍ! —¡Calma, por favor! Ocurre cuando cita la letra de la canción famosa esa de Jacques Dutronc "Il est cinq heures... Paris s'éveille". Puede tener doble sentido: primero que el despertador radia de veras esta canción, pero también que nuestro protagonista despierta en París y pues que su viaje desde Nantes hasta Alicante no era sino un sueño. Lo cual nos va a confirmar la frase siguiente. La última. Pero, vosotros ¿cómo la comprendéis esa frase? Sí, dime, Ronan : —Se quedó pegao a las sábanas. —Que no, acaba de sonar el despertador. Sí, Maia : —Sólo le mola el buga nuevo al tío ese, hasta se acostó con las llaves para que no se las birle nadie, pues a su gachí se le fue la paciencia y se largó. —Muy bien, Maia, en efecto es lo que deja entender el autor, pero ¿nos podrías decir eso con palabras más escogidas? Hala, te escuchamos: —Pues... el autor nos quiere mostrar que el coche ocupa demasiado sitio en la mente de los chicos. —Ya ves cómo te sale cuando quieres. Y tienes razón, los sondeos muestran que el francés en general otorga demasiada importancia a su coche y al sentimiento de potencia que le da, en detrimento de

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su presupuesto, de su seguridad y hasta del bienestar de los miembros de su familia. Acaba de chillar un timbre que provoca instántanea agitación. Madeleine Lavergne vacila. Entre retirarse sobre las punta de los pies en silencio y decirles.... Le quedan diez segundos para optar. —Una cosa más antes de que salgáis: la semana que viene, tendréis otro profesor de francés, hasta el final del curso. —¿Por qué, señora? ¿Está Vd enferma? —No, Benito, pero me jubilo. Esta clase era la última. Suerte para todo a todos. Le ha temblado un poco la voz, pero esta edad desconoce la piedad y es la última hora de la jornada, por lo que el barrullo de la salida encubre su emoción. El aula queda vacía como por magia. Recoge los bártulos, borra la pizarra donde anotó los diferentes puntos de intérés evocados, apaga las luces, se pone el abrigo colgado de la percha y toma de ella el bolso. Ha cogido la cartera y ha salido. Por primera vez desde hace muchísimo tiempo, no ha cerrado con llave. Camina por los oscuros pasillos del externado. Era la última hora de clase de un día de otoño y ella

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es una de los pocos profesores que no toleran salida antes del timbre ; por eso no la extraña recorrer sola los cien metros que la separan del exterior. Pero en la esquina del corredor, dos sombras encapuchadas se agitan delante de la puerta de la reserva del material. —¡Eh! ¿Qué hacéis aquí? intenta decir con voz firme, para esconder su sorpresa y aprensión. Pilladas cuando intentaban volver a cerrar la puerta con llave para dilatar el descubrimiento de su fechoría, se incorporan las dos sombras, cargados los brazos con dos vídeos. No la habían oído acercarse, ya llega a su altura. Sienten pánico. Se cae un vídeo. Surge una hoja al cabo de una mano en la penumbra y describe una curva al nivel de su garganta: Madeleine Lavergne se desploma en un grito. Ha sido el guarda de noche, cuando su primera ronda, quien la ha descubierto en un charco de sangre, tibia aún. El día en que cumplía los sesenta. Mi profe. No permitió la penuria de agentes de mantenimiento que se hiciera la limpieza en aquella parte del instituto esa noche. ©Pierre-Alain GASSE, febrero 2003.

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EL TESTAMENTO

I "Así que he muerto. No sé muy bien cómo ocurrió, que desde un tiempo a esta parte ya se me perdía la memoria, pero es cierto puesto que ahí os tengo delante del ataúd, con el ojo húmedo, mientras os leen esta carta, dejada en manos de mi notario, algún tiempo hace. Os imagino, os veo, familiares con los ojos enrojecidos en primera fila y, detrás, una muchedumbre oscura en la que se mezclan compañeros de trabajo, concejales, socios de varias entidades, vecinos, amigos y conocidos. Incluso me parece identificar a varios alcaldes, un consejero autonómico, una diputada y un senador.

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Uno nunca es tan hombre de bien como cuando fallece. Es ley del género. Como si bastara estirar la pata para que los detractores encuentren el camino del arrepentimiento. Y que las propias virtudes resulten enzalzadas por la misma ocasión. Os agradezco estar presentes a todos. Hubiera querido tener para cada uno una palabra de amor, de amistad, de agradecimiento, de despedida o de simple saludo - según el caso - pero si ahora tengo cuanto tienpo necesito, todavía os viene contado y no quisiera malgastar tan valioso bien. Así, pues, son adioses colectivos los que os voy a dirigir, antes de dejar la palabra a aquéllos entre vosotros que hayan expresado tal deseo. Empezaré con vosotros, hijos míos. Yo empecé a envejecer el día en qué se murió vuestra abuela. Los cincuenta y nueve años anteriores habían resbalado sobre mí sin tocarme de verdad. Claro, ya se dejaban ver los signos exteriores del envejecimiento: pelo y barba más canas, silueta más espesa, andar más cansino - no vive uno su medio siglo con toda impunidad. Sin embargo, en mis interiores, todavía me sentía joven. Le rendía dos años a vuestra madre y vosotros todavía no teníais descendencia. Hubiera podido seguir así diez años o más quizá ¿quién sabe?

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Y ¡zás! Un cáncer generalizado, en tres semanas, me quitó las ilusiones. Tras el fallecimiento de mi padre, muerto en el año de mis dieciocho, y acabado este luto de una madre cerca de quién lo supleé lo mejor que pude, me encontraba en primera línea. Ya era el más viejo de mi generación. Sin nadie más por delante para guardarme de las embestidas de la vida, de las flaquezas del espíritu, de las segadas de la guadaña. Imperceptibles indicios me dijeron que había cambiado de estatuto: eran mis hermanos más cariñosos, mis sobrinos más solícitos, mis primos más felices de volver a verme. Y vosotros, inquietos ya a la menor alarma, al más leve malestar. Se me atribuía el puesto de honor en las comidas familiares, en el centro o en la extremidad de la mesa. Os veía ya cederme el paso, proponerme vuestro asiento, servirme primero. Así es como, de repente, me sentí viejo. O, para más precisión, por primera vez en mi vida adulta, tuve la edad de mi cédula de nacimiento. Y no me resultó agradable. Entonces fue cuando pensé en redactar mi testamento.

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No porque mis bienes fuesen considerables como para justificar tal escrito, pero, callado de nacimiento, como vuestra difunta abuela, pensé que me daría pie para cerciorarme de que ciertas cosas fuesen dichas a quien correspondía. Hubiera querido que lo fuesen a cada uno en privado, pero no creo que sea posible en esta forma y no me atreví a hablarlo con vosotros cara a cara. Ninguno de vosotros dos supo seguir la vía de nuestros antepasados. Por no querer o no poder. Déjemoslo. Hicisteis vuestra vida, lejos de aquí, en países que se os parecen más que éste. Siempre os animé a tener espíritu emprendedor. Me habéis tomado la palabra. Mal haría en quejarme de ello. Se mezcló nuestra sangre con otras y mis nietos, nacidos o por nacer, serán hijos del mundo más que de esta tierra. Por ahí va la historia, creo yo. Con todo, me gustaría que preservaseis, como hice yo mismo, algún testimonio de nuestro pasado, a vuestro antojo, para que vuestros hijos y su descendencia no dejen de saber que sus raíces quedan en este país, en esta tierra, que son engendros de este suelo, de ese mar, de aquellos vientos. Llevé indagaciones con cada uno para descubrir lo que le agradaría. Pero repartir siempre es un quebranto, para quien da como para quien recibe, lo

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experimenté antes de vosotros. ¿No son muchas veces hijos del reparto el afán y la codicia? Vuestra madre confiaba en mí para ello, pero yo todavía vacilaba en atribuiros nominalmente tal o cual propiedad, con el riesgo de ser culpado de reparto desigual o inapropiado, o en dejar que tuvieseis que decidir de todo después de mi muerte. La primera solución delataba presunción mía y la segunda encerraba mucho peligro. ¿Os conocía lo suficiente como para decir a sabiendas: "a ti, Juan, te dejo en legado nuestro piso de aquí, a ti, Merceditas, nuestra casa de veraneo y a ti, Tomás, la de tus bisabuelos"? Es que ya no ibais solos: cónyuges os acompañaban creándoos nuevas obligaciones, nuevas atracciones e imponiéndoos renuncias y términos medios. No logré abandonaros sin maneras el fruto de una vida - y eso es pecado de orgullo, lo sé - ni tampoco imponeros elecciones que me costaban. Vuestra madre y yo cuidamos tiempo atrás que el superviviente de los dos no quedara despojado en provecho vuestro antes de tiempo. Demasiados dramas nacieron de esa imprevisión. Ante Don dinero, ¿quién conoce de antemano sus reacciones? Ella, que nunca estuvo enferma, desmintió las estadísticas partiendo primera y yo, con mis

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achaques, las di largas a la muerte. Y sin embargo, con vosotros tan lejos, vuestra madre en el cementerio y yo en su antecámara, decidme ¿qué gusto podía darme seguir viviendo? Por fin ha llegado mi hora, por desdicha antes de que decidiera cualquier cosa. Sé que me lo reprocháis a voz callada. Perdón. Os reunirá el notario dentro de unos días y os ayudará a encontrar los arreglos pertinentes. Amigos míos, os toca el turno ahora. Siempre habéis sido pocos. A varios perdí en el camino, por culpa mía o vuestra, por cosa de la vida o de la muerte. Qué más da. Ya es historia. Estudiamos, viajamos, festejamos, luchamos juntos por un mundo más justo y solidario. Continuaréis la tarea sin mí. Sólo os pido una cosa: que tras esta ceremonia, os reunáis con los familiares y todos juntos os dejéis de llantos y lamentos. A comer, beber, cantar y evocar mi memoria, si os place, porque de mí ya sólo subsistirán vuestros recuerdos, las casas del Perogrullo que fui y unos fajos de papeles. Tal vez ahí esté la clave de mi vida. Fui un "homo faber" bastante compulsivo: siempre quise edificar, ir hacia adelante, progresar, cambiar. Sin cesar en la brecha, objetivo tras objetivo, con los ojos fijos en la etapa por venir apenas franqueada la precedente ; hasta el punto de olvidarme de vivir, a veces, o mejor dicho incapaz de vivir sin inquietarme por el día de mañana. ¡Menuda vanidad la de querer

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así conjurar la nada! Me lo temía y lo sé de fijo ahora. Esto no es más que una ficción al uso. Ya se acercan los gusanos. Pronto tendré los huesos mondos y lirondos. Bajo tierra, amigos, no hay salvación. Arriba es donde hay que lucir las aptitudes. ¿Lo hice yo? Os toca decirlo. Me voy consciente del deber cumplido y me basta. No habrá otra vez entre nosotros y es mi primera pena. Familiares míos, no os consideré lo bastante, lo sé, por no haber tenido nunca mucho sentido tribal. Las reuniones anuales y otras juntas entre primos nunca fueron mi plato fuerte. Y eso que mucho debo a los que os fuisteis antes que yo allá adónde voy. Os pido que me perdonáis. Estimados colegas, sé que muchas veces os parecí distante, para no decir más: es que siempre me costó ir hacia los otros por ese fondo de timidez del que nunca logré deshacerme del todo. Ahora sabéis por qué siempre os traté de Vd, si no me habéis tuteado primeros. Mis profesores de instituto me prometían aquel oficio de constructor: no fallaron. Lo ejercité con júbilo y me lo devolvió con creces. Hijos y amigos míos, estimados allegados y colegas, casi he terminado. Sólo me queda saludar a cuantos, vecinos, conocidos y relaciones diversas os habéis desplazado hasta el tanatorio para este adiós. Otra vez, gracias a todos.

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Quiero que sepáis que conmigo llevo lo mejor de vuestras voces, risas, miradas y palabras ; del resto me olvidé. Os quise, en grados diversos, demasiadas veces sin decíroslo y es un pesar para siempre. Hasta nunca." Pierre Lafarge II En el escritorio, al lado de esta carta por entregar a mi notario, tengo un email de la compañía de aviación Flash Airlines con fecha de este tres de enero de 2004: "Estimado señor: Lamentamos confirmarle que los señores y señoras • • • • •

Juan Lafarge Navidad Lafarge Tomás Lafarge Pedro Dutilleul Mercedes Dutilleul

Constaban en el listado de embarque de pasajeros del vuelo FSH604 Charm El Cheik-París de hoy. Por ahora, ninguno de sus cuerpos ha podido ser identificado. ..."

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Echo al fuego carta y mensaje. La primera queda caduca ; el hierro candente del segundo me ha penetrado hasta el alma. Y hay que seguir creyendo que mañana será otro día. ©Pierre-Alain GASSE, octubre 2007.

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MAL TIEMPO EN RIVA BELLA

I Elisa está sentada en su salón, recogido el pelo en un moño según acostumbra, pero sin maquillar todavía. Sigue vistiendo la bata que se puso al salir de la ducha. Desde la butaca, divisa la parte trasera del letrero puesto en la cerca. Sabe que el hombre de la inmobiliaria atornilló en él la inscripción: "Se vendió". Su marido y ella firmaron hace tres meses un compromiso de venta. Y esta mañana se da cuenta de que, el lunes, va a tener que abandonar para siempre "El Manzanar". Ayer, le hizo visitar Sergio la obra de la futura casa. Ciento cincuenta metros cuadrados, en un solo nivel, sobre sótano, con grandes ventanales abiertos a una ancha terraza. Y calefacción por aire pulsado.

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Una casa a base de módulos prefabricados, ensamblados en pocas semanas. Canadiense el concepto. Al borde de una pequeña carretera con mucho menos tráfico que ésta. Las obras progresan deprisa, demasiado para ella. Dentro de unos días, estará listo todo. Queda a cien kilómetros de aquí, no más, cerca de la planta nueva, pero tan lejos para ella de sus hermanas, de su bocaje, de la finca de sus padres, aunque con los años se vuelven de una tacañería cada día más insoportable y a veces le entran ganas de alejarse de ellos. No más cristales pequeños que limpiar, le dice Sergio. No más olores a gasóleo con la vieja caldera. No más escalones estrechos para subir a las habitaciones abuhardilladas de su casa normanda. Ella piensa: "Perdidos el jardín y las rosas que eran mi orgullo. Y ¿cómo van a quedar mis muebles de estilo en esa construcción moderna? ¿Para qué haber ahorrado moneda a moneda, haber comprado algo bello y ponerlo ahora dentro de algo feo? Tantos años para que me acepte la buena sociedad, recibir y ser recibida... No tengo fuerzas para volver a emprenderlo en otra parte..." Esta mañana, pensamientos.

va

rumiando

Elisa

negros

Todo es obra de los dos aquí. Más de quince años de enmiendas, rehabilitaciones, ensanches para

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transformar una casita con entramados, un establo y un cobertizo en una propiedad que todos miran al pasar. Y ya tocan a retirada. Dictó su ley el trabajo. La planta antigua queda obsoleta. Las máquinas son demasiado viejas y fuera de la normativa. Sergio ha tomado socio en un negocio mayor, allende los llanos. Ya no pueden vivir aquí. Hoy, salió muy de mañana con el Jeep. Hace tres meses ya que sólo vuelve los fines de semana. Se desmanteló la vieja fábrica. Ella pasa toda la semana a solas con Juanito. No ha dicho nada. Todo eso queda hundido en ella, por encima de los dramas pasados, desde las muertes de la Guerra a las traiciones de la Ocupación hasta la catástrofe de la discapacidad de Juanito. Estaban de veraneo en Suiza por una semana. Al principio de su preñez. ¡Un hijo, por fin, tras diez años de casamiento, cuando ya se esfumaban sus esperanzas! Un médico que ella fue a consultar allá le recetó Softenón, a petición suya, para prevenir las arcadas. ¡No era sino uno de los cincuenta nombres bajo los cuales se escondía el veneno de la Talidomida! Sólo lo había tomado durante ocho días. Pero ya era demasiado tarde.

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Cada minuto que pasa enfrente de Juanito le recuerda su falta. Ya no soporta eso. Es noviembre. El tiempo es gris y frío. No se ha desayunado. Juanito todavía duerme. Dentro de media hora llega la asistenta. De súbito se levanta, va al vestíbulo, se quita la bata para ponerse el impermeable y calzar los escarpines alineados al pie del ropero. En la consola del teléfono, recoge las llaves del coche y sale sin ruido al patio. El Citroen Tiburón gris perla luce bajo el cobertizo. Lo arranca y toma la carretera a las playas del Desembarque. En Riva Bella fue dónde empezó todo. En el júbilo de los bailes de la Liberación. Allí es dónde tiene que terminar. II Juanito se prepara el desayuno escuchando la radio. De costumbre, lo hace Mamá, pero esta mañana él fue el primero en bajar, solito. Conoce la marcha: hace tiempo que memorizó todos sus gestos. Primero, abrir la nevera y tomar la botella de leche. Del armario de las cacerolas, sacar la más

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chica. Verter la leche, pero no hasta arriba, porque si no, después el tazón queda hasta el tope y no puede beber sin que se derrame algo y mamá lo regaña. Luego, tomar el encendedor que cuelga al lado de la cocina de gas, girar hacia... la ventana el botón de abajo hacia el lado que... en fin él se entiende, y al mismo tiempo, hacer aparecer la lucecita en la extremidad del tubo apoyando en el mango. Las llamas azules dibujan un círculo en el que hay que poner la cacerola bien en el medio, porque si no se quema un poquito el mango y huele muy mal. A baquelita, dice Mamá. Entonces, tiene que poner deprisa en la mesa el tazón, la cuchara y el cuchillo, el chocolate, el pan, la mantequilla y la mermelada, sacar el servilletero del cajón de la mesa y volver a vigilar la leche porque, si no, cuando empieza a arrugarse la nata, quiere salirse solita de la cacerola, puede apagarse el gas y huele a quemado y Mamá tiene que fregar con el estropajo. Pero ha puesto Juanito toda su atención en ello y esta mañana apagó el gas justo cuando empezaba a subir la leche. Ahora está tratando, mal que bien, de untar mantequilla en una rebanada que cortó en la tabla con el cuchillo de sierra. Está redura la mantequilla. Dice siempre Mamá: "Ponle bien la tapa a la mantequera", pero él siempre se olvida.

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Otra vez, hace tiempo ya, cuando preguntó por qué no tenía tantos dedos como los otros niños, Mamá, con los ojos enrojecidos, por fin había contestado: "Es porque, cuando estabas en mi vientre, tomé unas pastillas malas". Juanito la miró sin entender bien; a él, cuando le dolía algo, ¡le daba Mamá una y después estaba curado! Luego, preguntó si existían pastillas para hacer crecer los dedos cuando faltaban, pero Mamá le dijo que no. Entonces, entendió Juanito que le haría falta aprender a usar bien lo poco de mano derecha que tenía. Por encima de la mantequilla, Juanito extiende buena capa de mermelada de albaricoque. Todavía no sabe si va a mojar o no la rebanada en el tazón de chocolate. Dice Mamá: "¡Es repugnante!", pero a Juanito le gusta la mezcla de sabores entre el chocolate y el albaricoque. Está contento Juanito: solito logró prepararse el desayuno. Con su sola mano izquierda. Bueno, no es verdad del todo, porque ya sabe usar bien el muñón y el pulgarcito derecho para empujar y mantener las cosas. Ha terminado el desayuno. Pone el tazón, la cuchara y el cuchillo en el fregadero. Para mostrar a Mamá que ahora la puede ayudar, decide fregarlos. No es difícil cuando está encendida la llamita azul del calentador: basta con girar el grifo con puntito azul hacia el lado de su mano buena, y luego el grifo con puntito rojo, y sobre todo respetar bien este

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orden, porque si no podría quemarse. Se oye: "¡Pum!" y pronto corre el agua tibia. Puso el tapón de caucho en el fondo del fregadero y ha vertido Mistol en el agua. Nacen burbujas. Flota el tazón y Juanito se divierte un poco en hacerlo navegar por la espuma. No puede secar. Con una sola mano, le resulta demasiado difícil. Por eso, pone el tazón cabeza abajo en el escurridor y al lado la cuchara y el cuchillo. Quita el tapón, oye un gluglú y luego un ruido curioso al final. Juanito mira su trabajo. Mamá va a quedar contenta, seguro. Juanito sube las escaleras. Entorna la puerta de la habitación y ve la cama hecha ya. También está vacío el cuarto de baño. Escaleras abajo, otra vez. El coche de los domingos no está debajo del cobertizo. Y Papá se fue a la fábrica con el Jeep, hace tiempo ya. Pero, ¿por qué no está Mamá en casa, esta mañana? III Las casetas abandonadas se apretujan unas contra otras. Por esta fría mañana de noviembre está desierta Riva Bella. Tras una mirada al asiento pasajero vacío, baja Elisa del DS y se quita los zapatos de tacón para pisar la arena húmeda. Es marea creciente. Bajo el cielo encapotado, cabrillean las olas por mor del viento del este. Con el impermeable beige claro por único vestido, se

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adelanta hacia la línea de pleamar. Cuando entran sus pies en contacto con la primera ola, un largo escalofrío sacude su cuerpo; deshace las horquillas del moño, máquinalmente las pone en el bolsillo, desata el cinturón y se adelanta hacia la alta mar con los ojos cerrados. Por un tiempo que se le antoja eterno flota su cuerpo cuando pierde pie; lucha su voluntad contra el instinto de conservación para que el agua se meta en sus pulmones, es doloroso ahogarse, se debate a pesar suyo, se hunde y vuelve a la superficie varias veces antes de desaparecer por fin bajo las aguas de Ouistreham. Ya no volverá la desgracia. ©Pierre-Alain GASSE, julio de 2008.

FIN

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ŠPierre-Alain GASSE, 2008

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Cuentos de vida y muerte