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para ayudar a la mujer. De nuevo, la cabra cantó su canción: — Yo soy la cabra montesina del monte montesina y al que pase de esta raya me lo como de un tragar. Tampoco esta vez se tomaron en serio la amenaza. Los guardias civiles entraron en la despensa e inmediatamente fueron devorados por la cabra, con sus escopetas y todo. Desesperada, la mujer volvió a la calle a pedir ayuda. Pasaba entonces cerca de la casa una compañía de soldados. Cuando oyeron la historia, subieron a la despensa dispuestos a eliminar al malvado animal. La cabra cantó su canción, los soldados no hicieron caso y la cabra se los comió a todos. Desconsolada, la mujer se sentó a llorar en la puerta de su casa. No había nadie que pudiera ayudarla. Entonces oyó una vocecita que le decía: — ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? La mujer miró a su alrededor y no vio a nadie. Y la vocecita volvió a preguntar: — ¿Qué te pasa? Fijándose bien en el suelo, encontró una hormiguita que daba saltos. La mujer le contó su historia. — En mi despensa hay una cabra malvada. Se ha comido a mis dos hijitas, a un campesino que pasaba por la calle, a una pareja de guardias civiles y a una compañía entera del ejército.

— Yo te ayudaré –dijo la hormiga. —Te lo agradezco mucho, pero ¿qué puedes hacer tú, si tantos hombres fuertes y valientes no han podido hacer nada? — Déjame intentarlo. La mujer aceptó. Pasito a pasito la hormiga subió la escalera y llegó a la puerta de la despensa. Allí estaba la cabra amenazante cantando su canción: — Yo soy la cabra montesina del monte montesina y al que pase de esta raya me lo como de un tragar. La hormiguita contestó: — Yo soy la hormiguita chiquita y bonita de mi «hormigar» y a aquel que le pico le hago bailar. La cabra, al ver que la hormiguita le plantaba cara, repitió la canción enfadada, y con la voz más alta:

rar. Cuando llevaba un día y medio bailando, reventó, y pudieron salir de su barriga las niñas, el campesino, los guardias civiles… y el regimiento de soldados. La madre abrazó a sus hijas y luego se dirigió a la hormiga agradecida. — Muchísimas gracias. Nunca podré pagarte lo que has hecho, pero me gustaría hacerte un regalo. Te daré un «atroje» de trigo. La hormiguita cantó: — No muele tanto mi molinillo. No cabe tanto en mi zurroncillo. — Entonces te daré un saco – insistió la mujer. — No muele tanto mi molinillo No cabe tanto en mi zurroncillo. Respondió la hormiga. —Pues te daré una cuartilla de trigo. — No muele tanto mi molinillo. No cabe tanto en mi zurroncillo.

— Yo soy la cabra montesina del monte montesina y al que pase de esta raya me lo como de un tragar.

— Bien, ¿aceptarás un grano de trigo?

Y la hormiga hizo lo mismo: — Yo soy la hormiguita chiquita y bonita de mi «hormigar» y a aquel que le pico le hago bailar.

La hormiga cogió encantada su grano de trigo y se fue a su hormiguero, y la mujer cogió la harina y se fue con sus hijas a la cocina a hacer el pan.

Repitieron varias veces sus amenazas, hasta que la hormiga, cansada, atravesó la raya y picó a la cabra en una pata. Esta empezó entonces a bailar, y no pudo pa-

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. El que no levante el culo se le quedará pegado, y el que lo levante le rodará por los tejados.

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— Sí muele tanto mi molinillo, sí cabe tanto en mi zurroncillo.

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