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niña de bucles dorados la que evitó que se corriera la voz, y que aquella tarde le hubieran bautizado para la eternidad con el mote de Reinaldo «El meón». Por mucho menos, otros niños arrastraban ya con el peso de sambenitos como «Cagachín», «Garrapichi», «Capao», «Borrachín» o «Pimpinelo». De vuelta a casa, por el camino en el que construían castillos y fortalezas de arena mojada en los días de lluvia, Begoña le dijo al oído que tenían un secreto. Fue el primero que compartieron. Ella fue la única a la que contó lo que escuchó decir al cabo de la Guardia Civil la tarde que ocurrió el segundo acontecimiento premonitorio de un verano singular. Un camión de fruta volcó en una curva de la misma carretera por la que había cruzado días antes el generalísimo. No se recordaba un suceso tan trascendente en Fonseca desde el año de la riada, cuando las aguas arrastraron al forastero que tenía un nicho en el cementerio que nadie visitaba, y ante el que algunas mujeres relataban la historia de su desgracia el día de Todos los Santos. Él, Juanito Rodil, Jerónimo Gálvez y algunos niños más del barrio de la Capilla fueron de los primeros en llegar al punto del accidente. Después lo hicieron otros, y hombres provistos de cestos y canastas. —¡Me cago en Franco! –oyó susurrar, apretando los dientes, al cabo Domínguez. Un ultraje de extrema gravedad intuyó que debía ser aquel impro-

perio en boca del jefe de los dos guardias, desbordados en su intento de encauzar el tráfico e impedir que la fruta esparcida por la carretera y los arcenes fuera a parar a las banastas. No hubo ningún herido, por lo que el incidente pronto dejó de tener interés. Regresó con Juanito Rodil antes de que se encendieran las bombillas de las esquinas y halló a Begoña jugando al salto de la pelota en la puerta de su casa, la llamó aparte y le contó lo acontecido y escuchado. —¿No te measte, verdad? –lo sorprendió su amiga, más interesada por esclarecer lo ocurrido en la era que por su relato y su confidencia. Se le subió el color. —¿Te measte tú? Begoña negó con la cabeza. —Ya tenemos dos secretos –le sonrió la niña, para quien su revelación sobre el cabo Domínguez cobró valor. En los meses siguientes no se produjo ningún hecho sobresaliente en Fonseca. El calor se fue apoderando del aire, los arroyos se secaron, los trigales se tornaron pardos y las tardes de plata. Llegaron los juegos del verano, en los que Jerónimo Gálvez, con nueve años y la ayuda de su hampón, de diez, imponía la ley del Oeste con su revólver plateado de cachas de pasta nacarada, talladas con dos bisontes de las praderas y las muescas de los enemigos abatidos en duelo frente a frente. Hubieron de esperar hasta después de la siega para construir el

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poblado de chozas, con palos de la tala y tejados de rastrojo, en el ruedo de Eugenio Cruces, junto al campo de maíz. La luminaria de la noche de las antorchas, cuando prendieron fuego a los penachos de las mazorcas, hizo que hasta los hombres que tomaban el fresco en la terrazas de los bares de Antonio «Chorreras» y Paulo Merlo acudieran a presenciar el espectáculo. La quema ponía fin a los actos programados del verano, a la espera de la feria de agosto o de algún suceso natural en el devenir de la vida en Fonseca, como fue la muerte del viejo de la vía del Corralón. Según práctica usual en los óbitos, antes de que acudieran los dolientes llegaban los niños, indefectiblemente pilotados por Juanito Rodil, dotado de un olfato natural, una rapidez de movimientos y una capacidad de observación únicos para estos trances. Juanito no se perdía detalle de la cara del fallecido, su mortaja, las características de la capilla ardiente y el olor del cuarto, además de otros pormenores relativos a la agonía, el dolor por su pérdida o cuestiones relativas a la herencia, que después detallaba minuciosamente. Con el muerto de la vía del Corralón tropezó, sin embargo, con un serio inconveniente. Alguien que él no conocía, y que desconocía las costumbres locales, lo despidió con un tirón de orejas. Pero el desalojo sólo sirvió para aumentar la curiosidad de Juanito, que pegó desde la calle la cabeza a la ventana de la habitación en la

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