Page 134

2 TERRI TORIOS

MÚSICA

Sábado 30.01.10 EL CORREO

«Ahora soy capaz de tocar cosas que creía imposibles»

ACHÚCARRO DVD

Brahms: Concierto para piano y orq. Nº 2. Sinfónica de Londres. Colin Davis, dir. Obras para piano solo de Albéniz, Brahms, Chopin y Scriabin. Documental sobre el pianista y su carrera. Sello Opus Arte. Patrocinado por la Fundación BBVA

LAS FRASES

ENTREVISTA

Recuerdos

«Compré la partitura en Viena a finales de 1957. Aquel año mi cena de Nochebuena fue una salchicha»

CÉSAR COCA

Estilo

«Nuncahesido,niyalo seré,unvirtuosodelos deromperpianos»

� c.coca@diario-elcorreo.com

U

na de las calles que llevan a la casa de Joaquín Achúcarro, en la localidad vizcaína de Leioa, es una cuesta empinada que el pianista bilbaíno (1932) subía cada mañana en bicicleta, justo al final de su paseo. Hace unos pocos años, decidió terminar unos metros antes porque no quería constatar que un día no podría con la pendiente. Sin embargo, meses atrás ha cambiado su vieja montura, fabricada en los años veinte, por una moderna que pesa mucho menos y ha vuelto a subir la rampa. Es un reto, un intento de ralentizar el proceso de envejecimiento en alguien que quiere seguir tocando el piano aún mucho tiempo, como su admirado Rubinstein. Achúcarro, viajero incansable (una aerolínea estadounidense con la que vuela con frecuencia pero no de forma exclusiva le comunicó hace unos días que ya ha superado los 4 millones de millas), gran conversador y por encima de todo músico, protagoniza un DVD que saldrá en diez días al mercado, en el que, junto a un documental sobre su medio siglo de carrera internacional, interpreta el Concierto para piano y orquesta Nº 2 de Brahms con la Sinfónica de Londres, dirigida por Colin Davis. Música y vida son la misma cosa para el pianista bilbaíno, como ponen de manifiesto las fotografías que cubren las paredes y la tapa del piano de cola que hay en su estudio. Allí está, en distintos momentos de su carrera, junto a los más grandes de la interpretación. Él es uno de ellos. –Dice usted que cuando vuelve la vista atrás piensa que no lo ha hecho mal. ¿No es demasiado modesto? –Quizá debí decir que no me puedo quejar. Creo que sería

Las manos de Joaquín Achúcarro sobre la partitura. :: FOTOGRAFÍAS DE J.L. NOCITO más adecuado. Pero el horizonte sigue para mí tan lejos como hace medio siglo. Quiero hacer más obras, aprender nuevas partituras, quiero mejorar. –¿Mejorar? El concepto tendrá distinto significado en alguien de su edad y con su carrera a cuestas que en quien empieza. –Sí. Hace 50 ó 60 años tenía que desarrollar una técnica muscular y ahora no lo necesito. De todas formas, yo nunca he sido, ni ya lo seré, un virtuoso de los de romper pianos. Tan difícil es hacer bien una frase de Mozart como unos acordes fortísimos de Rachmaninov. –Su abuelo era parte de un cuarteto, su padre tocaba el piano y ambos eran médicos. Usted y su mujer son pianistas. ¿Con sus hijos se rompe esa tradición? –Mi hija Ana estudió piano pero ahora da clases de Física. Y mi hijo Ramón tenía grandes facultades, pero no quiso estudiar música y ahora creo que se arrepiente. El problema actual reside en lo fácil que

es oír música. Antes, o la hacías tú o no había música. La consecuencia de eso es que se escucha de una forma mucho más pasiva. La música es un fondo para otras actividades. En cambio, quien la fabrica en su cabeza está mejor, disfruta más. Yo creo que hoy la cultura da miedo.

Recuerdos y proyectos

–¿Por qué? –Porque la gente cree que no va a entender las cosas, que no sabe lo suficiente para

apreciarla... Les pasa lo que a mí con la electrónica (sonríe). –En su casa, cuando era joven, hablar de Rubinstein era como hablar de Dios. Y un día ese dios del piano dice que usted tiene un talento enorme. ¿Fue su día más feliz? –Fue maravilloso, pero ha habido otros muchos momentos felices en mi carrera. A veces pienso qué habría pensado mi abuelo si hubiese sabido que su nieto iba a tocar con la Filarmónica de Berlín dirigida por Menuhin, que era

otro dios en casa. O qué habría dicho mi padre si hubiese oído las palabras de Rubinstein. Da pena que se hayan muerto y no lo hayan visto. –Hablemos del DVD. ¿Cómo fue la elección de la obra y el director? –El proyecto está ligado al 50 aniversario de mi debut en Inglaterra y con la orquesta. La elección de Colin Davis venía dada, porque la orquesta lo adora. Nunca había tocado antes con él y no nos conocíamos. Dos días antes del comienzo de los ensayos estuve cuatro horas en su casa, examinando con él la partitura. La elección del concierto se debe a que es uno de los más grandes del repertorio –Rattle dice en el reportaje que incluye el DVD que el más grande– y siempre ha sido uno de mis favoritos. –Una obra que le ha acompañado casi desde el inicio de su carrera. –Sí. Recuerdo que siendo aún un niño fui con mi padre a la Filarmónica de Bilbao y escuché el concierto para violín de

Brahms tocado por Szeryng. Entonces, le dije que quería tocar el violín para interpretar ese concierto. Él me contestó que no me preocupara, porque Brahms hizo dos conciertos para piano. –¿Tardó mucho en ponerse a estudiarlo? –Compré la partitura en Viena, a finales de 1957. Pasé varios meses allí, estudiando. Recuerdo que la cena de Nochebuena de ese año fue para mí una salchicha que me compré en un puesto de la calle. Pero no todo fue así en Viena: viví la tradición musical de la ciudad y tengo un gran recuerdo de las veces que fui a la ópera, quitándome la salchicha de algunas noches. En ocasiones, el director Zubin Mehta, que también era estudiante entonces, conseguía las entradas e íbamos los dos. Pero, volviendo al concierto, lo toqué por primera vez en Barcelona, en 1964, y desde entonces otras 80 veces más. –La grabación duró tres días, según figura en los créditos. –Sí, incluidos los ensayos. Pero

MÚSICA 3

Sábado 30.01.10 EL CORREO

al final sobró tiempo. El productor musical nos propuso grabar los movimientos por separado, parando y corrigiendo cosas, y luego hacer una toma seguida, como si fuera un concierto en vivo. Y prácticamente cogió todo de esa toma final. Apenas si se han intercalado fragmentos de tomas anteriores. –¿Le ha resultado muy distinto a grabar un disco? –Mi experiencia en cuanto a grabar discos tampoco es muy grande, como se sabe. Pero me ha parecido muy interesante, una cosa nueva. Quizá tendría que haberme planteado algo a propósito de la imagen, porque luego me he dado cuenta de que se ve mi cara en algunos momentos clave del concierto, pero lo que me ha preocupado siempre es la música por encima de todo.

Tocar en el Prado

–¿En qué ha cambiado su visión de una obra así desde aquella primera interpretación de 1964? –Ahora me preocupo porque cada nota esté relacionada con la anterior y con la siguiente. Se ha enriquecido tanto lo que me pasa por dentro... Oigo cosas que antes no oía. Todo depende de lo que quieras crear. Y crear no siempre es hacer cosas que antes no existían. Da Vinci ordenó colores que ya existían para hacer ‘La Gioconda’. El sonido que Beethoven tenía en la cabeza ya existía: él sólo reordenó las notas. Miguel Ángel decía que hacer una escultura no es más que quitar lo que sobra a la pieza de mármol. Pues lo mismo pasa con la interpretación de una obra. –El DVD se completa con

Joaquín Achúcarro. Pianista Protagoniza un DVD que recoge un documental sobre su vida y un concierto junto a la Sinfónica de Londres piezas de Chopin, Scriabin, Brahms y Albéniz tocadas en el Prado. ¿Por qué allí? –La idea surgió a propósito de la apertura de una nueva línea aérea directa Dallas-Madrid. La cónsul española organizó un viaje de autoridades en el vuelo inaugural y para ellas se hizo una visita especial al Museo del Prado. Como había que añadir contenidos para el DVD, estando allí, con ellos, se me ocurrió la posibilidad de grabar en una de sus salas, y se lo planteé a Miguel Zugaza. –Y se puso a ello, a hacer música delante de los más importantes cuadros de Goya. –Sí, aunque tuvimos que resolver un problema muy difícil: el de la reverberación, que era muy grande. Luego, hubo que grabarlo todo en un lunes, que es el día que el museo está cerrado. –Usted siempre ha hablado del trabajo físico y mental que supone tocar el piano. ¿Con los años se impone el trabajo mental? –Sí, porque hay problemas que ya tienes resueltos. Eso lo dan la edad y la experiencia. Tienes más recursos y sabes lo que tienes que hacer. –¿Ha dejado de tocar alguna partitura porque teme no tener la fuerza de hace 20 años para dar bien todas las notas? –Sí, aunque pocas. Ya no toco, por ejemplo, ‘Islamey’, que interpretaba con 18 años. En cambio, sigo tocando ‘Scarbo’, que es más difícil, porque Ravel la escribió con esa intención: hacer algo más complicado que lo que se consideraba hasta entonces más difícil. –Buscar, investigar, parecen sus lemas. Muchos pensarán

que a su edad y con su prestigio se puede vivir de las rentas, de seguir tocando muy bien lo conocido. –Se puede, por supuesto. Pero yo sigo tocando cosas nuevas. El pasado diciembre, en el Arriaga, toqué por segunda vez un nocturno de Chopin. Me encuentro con que ahora soy capaz de tocar cosas que antes veía imposibles. Además, siempre hallo algo nuevo en obras que he tocado cientos de veces. Puede ser algo milimétrico, pero para mí es importante. –Ahora hay muchos jóvenes con un dominio técnico increíble. Pero ¿se puede alcanzar el significado de obras de madurez habiendo vivido tan poco? Y al contrario, ¿se pueden interpretar obras de juventud con 70 años? –Eso que se llama dominio técnico muchas veces es sólo parte de la técnica, porque también la expresión es técnica. La velocidad, la fuerza, la exactitud, son importantes. Gracias a ellas se puede tocar una obra, pero no se pueden ignorar otros parámetros. No sé si hay edades para tocar algunas obras. Hay personas, y edades y temperamentos, y formas de ver las cosas. A mí cada vez me preocupa más qué ha querido decir el autor. –Tengo que preguntárselo: para usted Rubinstein es dios, y Rubinstein se retiró con casi 90 años. ¿Aspira a lo mismo? –Desde luego que sí. Mi afán por subir la cuesta de mi casa en bicicleta es un intento de frenar el proceso de envejecimiento, de detenerlo si fuera posible para seguir tocando el piano.

«Quiero creer que vivo en un progreso constante, pero no sé si es verdad» :: C. C. –Usted conoce muy profundamente la obra de muchos compositores, pero ¿con quién quedaría para un rato de charla mientras se toman una copa de vino? –Nunca sabes sobre qué giraría la charla. Brahms y Ravel, dos de mis composito-

res favoritos, tenían en común su tendencia al sarcasmo. Podían ser antipáticos, al margen de la profundidad de su obra... así que no sé. –¿A quién resucitaría para pedirle una obra? –A Chopin o a Mozart. No a Beethoven. –¿A quién ha llegado a odiar

por escribir partituras rozando lo imposible? –Beethoven es muscularmente posible, pero el piano casi nunca suena como debiera. –¿Hay obras que ha estudiado e interpretado en concierto y luego ha dejado? –Sí, varias. Me ha sucedido y

no sé muy bien por qué. Recuerdo varias sonatas de Beethoven y Mozart que por razones de programación –no me las piden o no encajan bien en un concierto– las he ido dejando y ya no las toco. –En el DVD se recogen unas imágenes de un Achúcarro muy joven tocando ‘Scarbo’. ¿Se ve defectos? –No. Incluso he pensado al verlas que quien toca tiene talento. Oyendo grabaciones mías antiguas, a veces pienso que no suena tan mal como yo lo recordaba. Y, en

cambio, hay ocasiones en que no es así. Quiero creer que vivo en un progreso constante, pero no sé si es verdad. –Escoja el mejor fragmento de sus grabaciones, ese que salvaría por encima de todo. –Uno que no llega ni a treinta segundos: la reexposición del primer tema de este segundo concierto de Brahms. Cada vez que lo he tocado se me ha puesto carne de gallina. Me ha vuelto a pasar en esta grabación. Y también salvaría algunos fragmentos de Chopin y Rachmaninov.

En busca del ADN de los diarios

Vocento Regional Newspapers redesign, november 2009  

Vocento Regional Newspapers redesign, november 2009

Advertisement