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por los tiempos de trabajo Muchas veces trabajé en un trabajo. Con esto, me refiero a desempeñar ciertas tareas que no generan demasiado compromiso ni gusto en uno. Tuve diversos empleos: fui mandadero de una farmacia en crisis o conocí la bondad de los supermercados Disco desde su depósito. Trabajaba en la reposición de envases junto a un compañero que tenía una parálisis importante. Se llamaba Bichino y era muy charlatán. Lo raro es que no se le entendía nada. Parecía tarado, y por su mirada, yo estaba convencido de que era más inteligente que todos nosotros. Algo de eso había. Teníamos uno o dos superiores que no daban pie en bola. Recuerdo a un compañero que se cortó la mano porque no le dieron licencia para ver un recital de Los Piojos que se suspendió por mal tiempo.

Y la autoflagelación salió mal: la máquina de carne tocó el nervio y un dedo perdió movimiento, quedó tosco. Pero no me podía quejar. Andábamos por el año 2000, me enamoré de una novia inexplicable y tramitaba papeles en la aduana. Tenía dos jefes que se odiaban y se jodían toda vez que podían. Alguna vez pensé que me convertiría en despachante de aduanas, seguramente para confirmar que nunca tuve una vocación clara, o que mi vocación fue siempre la de ser lo que nunca fui. Uno era de izquierda e inmensamente tacaño y popular. Había que ver su excitación cuando ocurría algún choque y corría hacia el balcón a chusmear. Hablaba de piñas, preferencias, bembas hechas pelota. Otro era generoso, protofascista y embaucador. Y medio pederasta. Pero quién era yo para juzgar. Nadie era muy feliz y lo ocultábamos tan bien… Duró lo que tenía que durar, como todo.

Nicolás Der Aropián  

Pincipio y Fin

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