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Siempre es domingo cuando llueve Javier Núùez

Cosas de mimbre ediciones


© 2011 – Javier Núñez, Argentina Colección Cuento 1 Octubre de 20011 Cosas de mimbre http://cosasdemimbre.blogspot.com blog del autor: http://piyamadecalle.wordpress.com


Siempre es domingo cuando llueve


El manco apoya la cabeza contra la puerta y cierra los ojos. Por una fracción de segundo, tan quieto, parece dormido. Pero escucha. Un coro de jadeos mínimos, una música repetitiva y el ruido ahogado de una puerta —la trasera, que da al estacionamiento— cuando se cierra. Entonces abre, enciende las luces y cruza rápido la habitación para poner la traba en la entrada posterior. Una vez que está cerrado mira debajo de la cama, detrás del sillón curve, luego en el baño. Nadie. En el televisor hay una negra de


pezones violáceos que chupa una pija enorme, con venas gruesas como un cable coaxial. El manco apenas mira. Palpa las sábanas: ni siquiera están transpiradas. Prende el ventilador. Mientras las sábanas se secan vacía un cenicero con cinco colillas: una con rouge, las otras cuatro no. Después levanta los vasos con restos de whisky y gintonic — de a uno, con su única mano: la izquierda—, un bollito de papel, el envoltorio de un preservativo. Cuando termina de acomodar un poco pasa al baño. Tira la cadena, pone dos toallas nuevas en lugar de las que están tiradas en el suelo y vuelve


hacia la cama. Apaga el ventilador y la tiende. El truco se lo sopló, hace tiempo, el jardinero que corta el pasto los sábados a la mañana, después de que el manco se quejara por la miseria de sueldo que tenía. —Hacé lo mismo que los demás —había dicho sin mirarlo, mientras enroscaba el cable en el mango de la bordeadora—. No cambies las sábanas. Al manco no le hizo falta preguntar nada. Estaba hundido pero no era boludo. Como la rendición de habitaciones se hace por los juegos de


sábanas usados, se puede quedar con la guita de la pieza cada vez que recicla un juego. Desde entonces cambia las sábanas sólo cuando es indispensable, cuando la huella de otros cuerpos es imposible de disimular. Si el polvo tuvo lugar en el baño o en el sillón, incluso si las sábanas no están manchadas ni huelen a sexo, los billetes van a parar al bolsillo trasero de sus jeans. Le gusta pensar que es la única forma de que rinda ese laburo de mierda en el telo, pero lo cierto es que ni así. Los turnos que le dieron —fines de semana— son los más flojos. Algún camionero


cansado que busca un lugar barato para dormir, un matrimonio que en el marco de alguna celebración cambia la cama conyugal por la de un hotel, dos o tres a los que les quedan bien esos horarios. Piensa —una vez más— que, con suerte, alguno de los chicos que están los días de semana consiga un trabajo mejor y él pegue un horario como la gente, cuando los autos y taxis entran uno tras otro y escupen tipos con corbata y zapatos caros acompañados por mujeres de traje corto; médicos apurados con enfermeras sin cofia; minas con ropa de gimnasia y un personal trainer en artes


amatorias. Los días de semana —lo sabe por las ocasiones en que le tocó cubrir alguna ausencia— el telo se transforma en un muestrario de lugares comunes, de estereotipos que parecen escapados de una nota berreta de revista del corazón. El manco termina con la habitación y mira el televisor. La negra está apoyada en un escritorio de lo que parece un despacho privado, las tetas aplastadas

contra

la

madera,

las

manos

desparramando los cuatro o cinco papeles inútiles que seguramente, al comienzo de la escena, buscaban reforzar la idea de que él o ella estaban


ocupados con algo en aquel escritorio sin computadora ni teléfono. Como ahora están desnudos le resulta imposible adivinar qué profesión o actividad simulaban tener, quién ocupaba el escritorio —él, acaso, con corbata floja y el saco innecesariamente puesto, mientras ella tomaba nota, minifalda corta, lentes, pelo recogido que se soltaría para chupársela; o ella, con traje escotado y sometiendo al empleado en apariencia pusilánime que simula mal una tibia resistencia al acoso de su jefa—, qué clase de diálogo absurdo habrían ensayado, de qué fantasía universal se


habrán querido ocupar. Ahora que son dos cuerpos desnudos pueden ser cualquier cosa, todas o ninguna. Ahora son un hombre y una mujer entregados al sexo: esa negra aplastada contra la mesa, mirando por sobre el hombro, con la boca abierta y la mirada extraviada; ese tipo de músculos trabajados y un tatuaje de alas desplegadas en la base de la nuca que le mete la pija —enorme, con venas como cables— por el culo cuando el manco pensaba que eso no podía caber entero en ningún lugar. Pijudo de mierda.


Puto pijudo de mierda con dos manos. Apaga el televisor: el coro de gemidos que se extingue de golpe, la música cortada de repente, hacen que parezca que el silencio estalla en la habitación. Después quita la traba de la puerta posterior y sale para volver a la recepción. Mira el reloj. Quedan cuatro horas. Cuatro interminables horas de domingo para que venga Rodrigo a relevarlo. Del segundo cajón saca una petaca de acero inoxidable con el logo de Jim Beam grabado en el frente y le pega un trago largo.


Alguna vez tomó Jim Beam. Ballantine’s. Buchanan’s 18. Solía irse de los bares que no pudieran servirle un whisky como la gente. Gastaba en una noche más de lo que hoy gana en un mes y le gustaba invitar a amigos y a minas — entonces siempre había amigos y minas—. Ahora toma Hiram Walker de veinticinco pesos el litro en la recepción de un telo porque todos los amigos y las minas desaparecieron —nobody knows you when you’re down and out— y el último en borrarse, con más hastío que piedad, le consiguió este laburo de mierda y mal pago como si fuera un inmenso favor.


Por lo menos puede comer. De vez en cuando. Y comprar este whisky barato que toma a toda hora. Hasta que la cabeza le pesa y los ojos se le cierran. A veces incluso logra dormirse y se hunde en una bruma pesada, hasta que la llegada de algún cliente o el sacudón de Rodrigo lo despiertan y lo traen de nuevo al telo, al olor rancio de su ropa sucia, a la boca espesa de whisky, al desprecio en la mirada ajena. A las sábanas sin cambiar y las películas de putos pijudos con dos manos.


Hoy es uno de esos días en que se duerme. No sueña. Ya no sueña con hachas casi nunca. Pero no lo despierta la aparición de una pareja ni el relevo sino una voz pesada, oscura, que abre grietas en la bruma que lo envuelve. Por un momento cree que sí sueña, que esa voz con algo lejanamente familiar proviene de su mente, pero por las grietas que abrió la voz se filtra también un olor áspero a tabaco, los ruidos que llegan desde la ruta, el zumbido de una máquina, y sabe que está en la recepción y hay alguien con él. Abre un ojo. Un hombre lo mira sin expresión. Tiene el pelo canoso


y una barba de dos o tres días, ojos fríos y claros, un pantalón color crudo, una camisa mostaza abierta en el cuello que deja ver una cadena de oro finita y una mata de pelo gris, un par de anteojos oscuros con marco dorado alzados sobre la cabeza, un cigarrillo cortito apretado entre unos dientes muy blancos. Todavía se viste como algunos cubanos prósperos de Miami. Y sigue fumando cigarrillos negros. Eso es lo primero que dice el manco. —Todavía fumás esos cigarrillos de mierda. El tipo de los cigarrillos negros tiene un sobre en la mano. Un sobre de papel madera


abultado. Mete la mano libre en el bolsillo de la camisa y saca un paquete azul, ancho. Lo abre delante del manco. —Hacete hombre de una vez. El manco se incorpora, estira la cintura y agarra uno. Se inclina por encima del mostrador para que el otro lo encienda. Aspira una bocanada de tabaco picante. — ¿Cómo me encontraste, Suárez? —Preguntando. El manco se rasca la cabeza. Debió preguntar mucho. No se le ocurre un solo nombre,


una sola cara de las tantas que supo haber, que hoy pueda actuar de eslabón entre ellos dos. Alguien le explicó, alguna vez, sobre cierta teoría de grados de separación. Seis, cree recordar. Según esa teoría, cualquier persona en el mundo puede llegar a otra a través de una cadena de no más de cinco conocidos: como cada persona tiene, en promedio, un centenar de amigos, si uno pasa un mensaje a sus amigos —busco al manco— para que éstos lo pasen a los de ellos y así, al llegar al tercer nivel se alcanzarían los cien millones de involucrados. O algo por el estilo: ya no lo recuerda bien.


—Tienen que haber agotado la red —dice. Suárez asiente: —No fue fácil. Después fuma en silencio. Lo mira apenas, como

si

contemplarlo

le

causara

cierta

incomodidad. Se detiene antes en el ambiente. En las luces apagadas del tablero que está a espaldas del manco. En una revista Muy Interesante que alguien se dejó olvidada y todos leen en momentos de tedio. En las manchas de café, circulares y superpuestas, que dibujó el culo de una taza y


nadie se tomó el trabajo de limpiar. En la petaca escapada del cajón. El manco sigue la mirada de Suárez. Se contiene para no estirar la mano y pegarle un trago. Si toma, le tendría que convidar, pero teme que le escupa el Hiram Walker en la cara. Después piensa en guardarla, pero eso no haría más que ponerlo en evidencia. Prefiere desviar la atención. —Supongo que no te agarró un ataque de nostalgia. —No. —No. A nadie le agarra.


Suárez apaga el cigarrillo. No se molesta en pedir un cenicero: lo deja caer al suelo, apoya la punta del zapato y lo aplasta. El pie se mueve hacia uno y otro lado, como si ensayara un paso de baile. —No te hagás la víctima —dice—; sabías en la que te metías. Y pronuncia el nombre del manco. Un nombre que hace tanto que el manco no escucha que casi le suena ajeno. Como si el filo del hacha no sólo le hubiera amputado un miembro: como si lo hubiera escindido en dos. En aquél que se llamaba de una forma y en este al que todos le dicen manco.


—Hablá de una vez, Suárez. Pero Suárez demora el gesto. Piensa, o simula pensar —el manco lo conoce: el tiempo no lo cambió lo suficiente— si habrá tomado una decisión correcta al elegirlo. Después deja el paquete sobre el mostrador y lo desliza hacia el lado opuesto. El manco lo ataja con el antebrazo que termina en un muñón rosado. Con la mano — ni la otra ni la izquierda: la mano— quita la bandita elástica que lo envuelve y lo vuelca para espiar el contenido. Asoman, al mismo tiempo, la culata de una Bersa Thunder 380, un cargador de diez balas y


la punta de un fajo de billetes de cien pesos. El manco no pregunta cuánto, no pregunta qué, no pregunta cómo. Pregunta por qué. Por qué él. Por qué él después de seis años. Suárez saca la caja de cigarrillos negros. Le ofrece uno al manco y se enciende otro. —Las cosas cambiaron —dice—. O mejor dicho: esto cambia las cosas. Y entonces la nombra.

****


Todavía faltan seis cuadras. Una lluvia furiosa estalla contra el vidrio. Puta tormenta. Está sentado en el último asiento individual del 103, la cabeza apoyada contra

una ventanilla que se

enciende un momento cuando cruzan la Avenida Pellegrini. Se metió un par de rayas antes de salir y media botella de Hiram Walker. Por eso, quizá, las luces le parecen demasiado fuertes. Después el colectivo sigue por Paraguay y otra vez desfila, ante sus ojos, una serie de fachadas oscurecidas que aparecen y desaparecen a través de la cortina de


agua, como las fotografรญas de un รกlbum que se hojea demasiado rรกpido. Se pregunta entonces lo mismo que le preguntรณ Suรกrez: si serรก capaz de hacerlo. A Suรกrez le contestรณ sin dudarlo. Puedo, le dijo, quedรกte tranquilo que puedo. Pero ahora que se acerca a la direcciรณn que estaba dentro del sobre, al dorso de un volante verde de carreras a distancia, se pregunta cรณmo serรก mirarla de nuevo a la cara. Al

manco

no

le

gusta

hablar

de

sentimientos: acaso nunca pronunciรณ la palabra con A. Pero si alguna vez lo hiciera, si en un exceso de


melancolía o introspección producto del abuso de whisky se le diera por hablar de lo que siente, le temblaría en los labios la revelación de que algunas palabras son insustituibles. Ya casi no se acuerda de Vanesa; se fue como se fueron las hachas de los sueños. La olvidó, la ahogó en whisky, o se acostumbró. Se acostumbró. Le gusta pensarlo así. Alguna vez supo leer novelas policiales y le quedó, grabada para siempre, la frase final de Spade sobre Flitcraf en El Halcón Maltés: «Se acostumbró primero a la caída de vigas desde lo alto; y no cayeron más vigas; y entonces se acostumbró, se


ajustó, a que no cayeran.» El manco también se ajustaba al azar y a los cambios. A los amigos y a la soledad. A aquellos días de respeto y admiración y al desprecio en estos días de hotel. Al whisky caro en un bar y al whisky berreta en el supermercado. A las mujeres cuando están y cuando se van. Se ajustaba y se acostumbraba a lo que le deparara la vida. Una y otra vez. Pero en aquellos días, cuando se acostumbraba o se ajustaba a la presencia de Vanesa, sentía algo parecido a la felicidad. Cuando el manco no era manco, esa mano que no faltaba hacía el trabajo sucio de otra gente


que pagaba bien por no ensuciarse. Había empezado con encargos menores, trabajos sin importancia que ejecutó con eficacia y reserva y lo pusieron en buena consideración. Una noche le presentaron a Suárez y comprendió que venía haciendo bien las cosas. Suárez era testaferro e intermediario

de

un

empresario

gordo

y

malhablado a quien el manco sólo conocía por los diarios y la televisión, donde solía aparecer con camisas abiertas hasta la mitad del pecho y transpirado

como

un

cantante

de

cumbia

romántica. El Gordo tenía intereses diversificados:


un sindicato, cuatro distribuidoras, campos en el centro de Santa Fe, una productora de espectáculos y otros negocios más oscuros de los que se rumoreaba mucho y se sabía poco. Entre estos últimos —o como una fusión entre la productora y los últimos— se contaba un servicio exclusivo de acompañantes:

chicas

que

combinaban

sus

primeras incursiones en el teatro de revistas y la televisión con un servicio de alto nivel para clientes exigentes. «Putas muy finas», había dicho el manco cuando se lo explicaron. Suárez le devolvió una mirada filosa. «El Gordo tiene prohibido que se las


llame así. Para que valgan lo que valen, tenemos que crear la ilusión de que son más que eso. Pero si lo que querés saber es si el polvo está incluido en la tarifa, la respuesta es sí». El manco y Suárez hicieron varios negocios. Hasta se podría decir que congeniaban. A Suárez le gustó aquel tipo de pocas preguntas y respuestas prácticas; al manco, la paga generosa, la libertad de planificación y el prestigio que, poco a poco, se fue ganando. Pronto tuvo mesas exclusivas en los mejores bares, el saludo atento de gente que nunca lo hubiera mirado, la deferencia del portero del


edificio donde Suárez le alquiló un piso entero cuando quiso que no trabajara más que para ellos. Después de un par de años alcanzaron una mutua complacencia: algo que otros, quizá, hubieran definido como una especie de amistad. Gustaban del buen whisky, de los bares donde tocaban jazz, de las minas discretas en la mesa y desinhibidas en la cama. Confiaban, incluso, cada uno en el criterio del otro y solían aprovechar esas noches —unas de juerga, otras de lenta y prolongada borrachera— para dejar caer, como por


descuido, aquellas cuestiones que requerían una opinión ajena. Hasta lo de Vanesa. Era una de las putas finas a las que nadie se atrevía a llamar así. Más: era la chica, la estrella alrededor de la cual orbitaba todo el servicio de acompañantes. Había ido a probar suerte a Buenos Aires y en poco tiempo consiguió lo que anhelaba: una aparición fugaz en una telenovela de Telefé, dos publicitados escándalos que involucraron a un futbolista de elite y al conductor de un programa de entretenimientos y dos proyectos para la pantalla


grande que estaban bien encaminados. Pero el servicio del Gordo seguía siendo su mejor fuente de ingresos y de contactos, de modo que iba y venía de Rosario a Buenos Aires. El manco la conoció en una de sus temporadas en Rosario. Un cliente obsesivo —que había

empezado

con

regalos,

apariciones

intempestivas, inadecuadas escenas de amante despechado— pasó de ser una molestia a ser una amenaza cuando le mostró un cuchillo de caza en medio de un restorán y amenazó con cortarle la cara. Aunque el Gordo trató de solucionar el tema


de raíz y Suárez puso a sus mejores hombres en la búsqueda, no hubo forma de dar con el inestable enamorado. Entonces, por las dudas —«hasta que todo esto se calme y el Gordo entienda que fue nada más que una bravuconada al pedo»—, Suárez puso a su tipo de confianza como perro guardián. Por la ventanilla del 103 el manco espía el nombre de una calle. Ya casi está ahí. Se pregunta, mientras recuerda, si Vanesa estará igual. Cómo la habrán tratado estos años. Si cuando abra la puerta —o cuando él la patee, da igual— le causará la


misma impresión que aquella noche en que se vieron por primera vez. Le llevó —esto el manco lo recuerda ahora y fue consciente, también, en aquel momento— medio minuto comprender por qué un tipo había perdido la cabeza por esa mujer. Tenía una copa de vino tinto en la mano, un delantal negro sobre una remera de mangas cortas, un jean gastado con el ruedo vuelto hacia afuera y estaba descalza. Tenía pies diminutos y las uñas pintadas de rojo. Pero esto el manco lo vio después. Primero se fijó en su pelo rubio, corto y desflecado, en los ojos grises de


pestañas abundantes, en los labios generosos. Y después, cuando lo invitó a pasar y se alejaba hacia la cocina diciendo algo por sobre el hombro, en ese culo prodigioso sobre el que colgaban como una cola las tiras negras del delantal. Vanesa se portó bien. Creía que la presencia del manco era un engorro y una exageración por parte del Gordo, pero en lugar de complicar la tarea o transformar el tiempo que se veían obligados a compartir en un interminable forcejeo entre la terquedad de ella y el celo profesional de él, fue una mina dócil y atenta a cada sugerencia. Esa noche el


manco la acompañó hasta la inauguración de una disco. Él se instaló en una mesa discreta y poco iluminada: lo suficientemente lejos como para no ser un estorbo, y lo bastante cerca como para actuar si hacía falta. Ella estuvo con un grupo de amigas, saludó a una veintena de conocidos, despertó la curiosidad y el interés de todos los hombres que pasaban cerca y más tarde se acercó para avisarle que bajaba a bailar. El manco asintió y la siguió. Se paró cerca, con intención de vigilar el entorno. Pero no pudo despegar los ojos de esa silueta enfundada


en un vestido diminuto. Ella, que lo notaba, parecía bailar nada más que para él. Fueron tres semanas con días y noches movidas. A veces era una cena: el manco la dejaba en la puerta de un restorán, entraba unos minutos más tarde y vigilaba desde lejos cómo desplegaba su arsenal de encantos con el cliente de turno. Después ellos se iban en el auto de él, y el manco los seguía a una distancia prudencial; esperaba en la puerta del departamento u hotel —según el caso— y la devolvía a casa en medio de la madrugada. (Vanesa nunca dormía fuera de casa:


no había tarifa para eso). Otras veces era un desfile, una obra de teatro, la visita a una exposición o simplemente un encuentro con amigas. El manco siempre estaba ahí, invisible y presente a la vez. Es curioso que el manco recuerde, con precisión, detalles intrascendentes o sutiles y, en cambio, sea incapaz de rearmar los acontecimientos de la última noche. Sabe pocas cosas. Que habían ido a una fiesta. Que llovía fuerte. Y que también era o parecía ser domingo. Siempre es domingo cuando llueve.


Vanesa había tomado mucho. En un momento se acercó con una copa temblorosa de champán y apoyó una mano tibia en el pecho del manco. «Acá las chicas piensan que estás bueno pero que sos muy frío», dijo en voz alta, y el cortejo de aspirantes a puta fina que la perseguía a todas partes se rió en coro. El manco tomó otro trago de whisky y le dirigió una mirada impasible a Vanesa. Le parece que contestó algo sobre hacer su trabajo. Que ella siguió hablando y tocándolo, mientras las otras reían y festejaban cada una de sus palabras y cada uno de sus contorneos de gata en celo. «Yo


creo que estás enamorado, que no me podés sacar los ojos de encima». Recuerda, más que nada, sus propios movimientos mecánicos con el vaso de whisky, su inmovilidad. Y que le contestó algo así como que la miraba todo el tiempo porque para eso le pagaban. Vanesa se acercó más, se puso en puntas de pie y le dijo algo al oído. Entonces perdió equilibrio. No llegó a perder pie, pero hizo un movimiento brusco, derramó un poco de champán sobre la camisa del manco y sobre su propio vestido, y el manco debió atajarla en el aire y


apretarla contra su cuerpo. Entonces él la miró a los ojos. Es lo único que recuerda con precisión. Sus ojos desnudos, limpios, diciendo tantas cosas. Creo que tomé demasiado, dijo ella, mientras se miraba el vestido manchado. Una amiga la acompañó al baño. El manco la vio alejarse y se bajó lo que quedaba en el vaso. El resto es borroso. La lluvia pegando en el parabrisas del auto. El momento en que llegaron al departamento. Su decisión de acompañarla hasta arriba para asegurarse que todo estaba bien. El


vestido de ella y la ropa de él empapada. Los pies diminutos de Vanesa enfundados en medias de red y los zapatos de tacón en las manos. Su gesto torpe al agarrarla de la muñeca y atraerla hacia su boca. Ella diciendo que no pero los ojos, los ojos igual que momentos antes, desnudos, limpios. Unos ojos que desmentían la resistencia y las uñas que se clavaban en sus antebrazos. Sus propias manos —grandes, pesadas— cayendo sobre la cara de Vanesa para calmarla. Las mismas manos que hurgaban, alzaban la falda del vestido, rasgaban los breteles.


Las tetas de Vanesa que prácticamente saltaron contra su cara y su lengua. No recuerda mucho más. Sí recuerda, en cambio, la mañana siguiente. Con detalle. La puerta derribada, los brazos fuertes que lo arrancaron de su cama, el silencio de Suárez mientras los otros tres lo tiraban al piso y lo pateaban. Recuerda el hacha, y un rayo de sol que se filtraba por la ventana arrancando un destello sobrenatural del filo. Las palabras de Suárez, repitiendo el mensaje del Gordo. Para que aprenda a no tocar lo que no le corresponde. Y el sonido del


hacha cuando caía, aunque parezca extraño. Recuerda a la perfección el sonido que hacía mientras cortaba el aire —parecido a un siseo— y el ruido extraño, como el de una piedra al hundirse en el agua, cuando encontró su muñeca, la carne, los tendones, el hueso.

****

El edificio está en una esquina. Tiene balcones amplios que dan a la calle Corrientes y un lateral de ladrillo visto con detalles de hormigón y


ventanas de guillotina. El manco corre pegado a las paredes, buscando el refugio de balcones y aleros, pero igual se moja hasta el culo. Abre con la llave que le dio Suárez. Se mete en el ascensor, pulsa el botón del cuarto piso y mientras sube piensa que le haría falta otra raya. Pero con una mano, parado en un ascensor, se le vuelve complicado. Saca la petaca del bolsillo de la campera y se mete un trago largo de whisky que le quema la garganta y el pecho. A ella, ni un pelo, le dijo Suárez. Resulta que ahora es la mina del Gordo. El manco menea la cabeza, como si todavía estuviera escuchando la


breve explicación, mientras saca la Thunder 380 de la cadera. El Gordo acabó por rendirse a los encantos de Vanesa y decidió que era mejor tenerla para él solo. A Vanesa el trato parecía haberle cerrado. Durante un tiempo. Después se supo que alguien mantenía la cama caliente cuando el Gordo se iba de viaje o dormía con su mujer. Al Gordo no le gustó nada y le pidió a Suárez que interviniera. Suárez se acordó del manco, pensó que podía haber una oportunidad de redención en ese trabajo y logró convencer al Gordo de que se lo dieran a él. Entonces fue cuando se apareció por el telo, con


arma, paga y la información de cuándo y dónde los podía encontrar juntos. Tenía que ser así. Cuando estuvieran juntos. Para el Gordo es importante que ella sepa, pero que no le pase nada. —Si lo hacés bien, si no metés la pata en esta —fue lo último que le dijo Suárez—, el Gordo está dispuesto a darte una nueva oportunidad. Podés recuperar la vida que tenías. El ascensor llega al cuarto piso. El manco busca la puerta. Duda: a lo mejor la cocaína y el whisky no fueron una buena idea. Pero necesitaba, después de tanto tiempo, algo que lo hiciera


sentirse bien. Mejor hacerlo rápido y sacarse esto de encima cuanto antes. Primero tira a la cerradura. El disparo resuena en el pasillo y le queda zumbando en los oídos. Pero no se detiene: patea la puerta que cede de golpe, rebota con el impulso de la patada y vuelve hacia él, pero ya le puso el pie para detenerla mientras sostiene la Thunder 380 en alto. La puerta da a un pasillo angosto que desemboca en una sala amplia y luminosa. No la puede ver bien: sus ojos se fijan en la figura del tipo que está de pie junto a un sillón, con un diario caído en el


piso y la mano detrás de la cadera. Le tira rápido, dos veces. La primera bala sale baja, al estómago, y le abre un hueco negro en la camisa blanca. El segundo tiro le da en un pómulo, revienta hueso y se le clava en algún lugar de cráneo. El tipo cae sobre el sillón, todavía levanta la mano —esa que buscaba algo en la cadera— y el manco ve una automática que le tiembla, que no alcanza a ser sostenida por los dedos flojos y cae al piso. Qué carajo hacía con un arma, piensa. Qué hacía ahí sentado. Entiende, de pronto, que algo va mal.


El ruido le llega desde la izquierda. La puerta de la cocina. Ve todo al mismo tiempo: la heladera al fondo, abierta; sobre la mesada, un frasco de mayonesa sin tapa, un envase de pan de mesa, fiambre, una coca cola. Y un tipo oscuro, con el pelo enrulado que parece flotarle sobre las orejas, que usa una remera con el dibujo de unas teclas de piano al costado y sostiene un arma que dispara dos veces. Una bala se le mete entre las costillas. La otra sale muy alta, le pasa al lado de la oreja y revienta un pedazo de pared a su espalda. El manco no entiende ni piensa: tira. Es un


movimiento automático. Alzar el brazo y apretar el gatillo. Sin siquiera apuntar. Una, dos, tres veces. Le mete dos balas en el pecho y una que le atraviesa el cuello de lado a lado y deja un manchón de sangre en la pared. El tipo cae hacia atrás, tumba una silla y se desparrama por el suelo blanco de la cocina. El manco sigue apuntando al cuerpo caído. Algo está mal, muy mal, piensa otra vez. ¿Quiénes son estos tipos? Duda un instante, se plantea la posibilidad de mandarse a mudar, dejar todo como está y volver a su casa. Sabe dónde desemboca ese camino: en las sábanas sucias de un motel, en el


whisky berreta de supermercado. No sabe, en cambio, qué hay detrás de la otra puerta. Cruza la sala. Detrás de una puerta de madera se escuchan ruidos, movimientos. Cuando está a mitad de camino, la puerta se abre apenas y alcanza a ver, por el espacio abierto, unos ojos desorbitados y una mano que empuña una pistola. El manco pega un salto detrás de un sillón de dos cuerpos cuando la pistola empieza a escupir fuego. Una bala se le clava en la pierna y otra en la espalda antes de que logre cubrirse. Le tiran sin mirar. Con más miedo que determinación. Las balas dan en el


sill贸n, destrozan el tapizado, revientan el vidrio de un cuadro, arrancan polvo de las paredes. Siete, ocho, diez balas consecutivas hasta vaciar el cargador. El manco devuelve el fuego: s贸lo dos balas, sabe que no puede desperdiciar munici贸n. Y aprovecha ese instante de desconcierto para embestir contra la puerta. Ignora el dolor, solamente se arroja hacia delante. Por un instante parece que lo va a lograr. Entonces la puerta encuentra un obst谩culo grande, algo que la sostiene del otro lado y no cede. La hoja vuelve, atrapa su brazo contra el marco y el manco


grita de dolor. Del otro lado alguien empuja y también grita. Una mano fuerte y grande le agarra la muñeca. El manco empuja con el hombro pero no logra aflojar la presión, sigue con la mano atrapada por la puerta y por esa garra que trata de abrirle los dedos que sostienen el arma. El manco retrocede cuanto puede y deja que todo su cuerpo caiga sobre la puerta. No logra liberar el brazo, pero siente cómo cede la presión que le envuelve la muñeca. Entonces gira la mano y dispara a ciegas tres veces.


La puerta se afloja. Se oye el ruido de un cuerpo al caer del otro lado. El manco empuja con el hombro y logra pasar. Sobre el suelo, un cuerpo enorme y desnudo se retuerce en un charco de sangre. El manco tiene la vista nublada por el dolor: todo lo que ve es un bulto grande, un culo peludo, una cabellera canosa con mechones de pelo empastados por la sangre. El bulto se arrastra por el suelo. Sobre la cama, desnuda, Vanesa lo mira. No se mueve. Lo mira impasible. El manco se apoya contra la puerta y se deja caer al suelo. En la madera queda un rastro de


sangre. Mira al hombre tumbado boca abajo. Ahora que estรก cerca lo reconoce. No le hace falta verle la cara. El Gordo. Mira a Vanesa a los ojos. Ella acaba de agarrar un cigarrillo del paquete que estรก sobre la mesa de luz y lo enciende. Un hilo de humo se eleva desde la punta del cigarrillo y un aroma a tabaco negro se percibe claro por sobre el olor de la pรณlvora. Suรกrez y la concha de tu madre, piensa el manco.


Ella larga el humo y se encoge de hombros, como diciendo qué le vas a hacer, manco, algún perejil tenía que caer. Es lo último que ve. Eso y cierta tristeza en los ojos de Vanesa, desnudos y limpios, diciendo tantas cosas. Después el manco apoya la cabeza contra la puerta y cierra los ojos. Por una fracción de segundo, tan quieto, parece dormido.


Siempre es domingo cuando llueve  

Cuento del escritor rosarino Javier Núñez

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