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Ganador ex aequo accésit

III Premio Ovelles Elèctriques

Bellas Imperfecciones Diego Antonio López García (Cógito Ergosum de Milagrum)

–¡He dicho que no! ¡¡No pasaréis, cabrones!! –la voz sonaba estridente, desaforada. Al otro lado de la puerta metálica contestó otra más sosegada. –Sé razonable Martin. ¿Sabes lo que te estás jugando? Te conozco y sé que este lugar para ti no es sólo un trabajo. Es… es tu vida, Martin. No puedes arriesgarla por… No puedes hacer nada por… por “eso”. –¿Eso? ¡¿ESO?! ¡Dilo bien! Nada por ¡¡ELLA!! Tiene un nombre ¿sabes? –Nauara sólo es un programa, Martin. Una ilusión. Un juego de impulsos eléctricos. –¿Un juego? ¡Y una mierda! ¡Tú sí que eres un juego de impulsos eléctricos en esa cosa que llamas cerebro! Y tu cuerpo es un juego de bolas, bolitas, ¡booOOoolas! ¡Je, je! Billones de bolitas dando vueltas y vueltas hasta echar la pota cuántica ¡Je, je!. Y el universo otro puñetero juego de bolas cuántico… ¿O a lo mejor no? A lo mejor es otro simple “programa” ¿eh? –Martin, no me vengas con filosofías baratas. Ya sé que no podemos estar seguros de nada. Lo mismo somos unos cerebritos metidos en unas urnas controladas por unos entes de silicio que nos hacen ver un mundo inventado. ¿Qué sé yo? Pero no podemos andar así. Tenemos que hacer las cosas de acuerdo con lo que parece más real, más evidente. Y Nauara evidentemente es un programa. ¡Coño! ¡Si tú mismo has escrito casi la mitad del código! –Sí, es un programa. ¡Y es una persona! –No es una persona, Martin. –¡Es un ser vivo! ¡Consciente! Si no ¡¿Qué demonios hemos demostrado con este proyecto?! –Eso es una posibilidad, Martin. Sólo hemos demostrado la posibilidad… –¡Y una mierda! Nauara es un sistema no causal, impredecible, ¡Con libre albedrío! Emociones, autoconciencia… ¡Siente como nosotros! ¡¡Y TÚ QUIERES MATARLA!! –Tranquilízate, Martin, no voy a matar a nadie. Sólo voy a cortar la corriente, Martin… –¡¡¡NOOOO!!! Y con un grito salvaje destrozó la cerradura electrónica. –¡Mierda Martin! Te has pasado tío. Ahora tendremos que llamar al técnico. Nos vas a hacer perder dos horas más ¿Y para qué? No puedes salvarla Martin…

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“Sí que puedo. Los discos duros son pequeños. Tardaríais en daros cuenta de que no están. El conducto de ventilación…” –Y como sigas así tampoco podrás salvar tu trabajo… “Vale, mi trabajo no. Pero a ella…” –Ni tu carrera. “Salvaré una vida. Tu vida, Nauara…” –Tu prestigio se irá al carajo, Martin, y sin él ¿dónde vas a encontrar empleo a estas alturas de la vida? “No puedo matarte, Nauara. No puedo” –Es tu futuro, tu vida, lo que te estás jugando. Tu VIDA, Martin. Huyó de la puerta, cruzó el pasillo y cerró la siguiente. Se acuclilló y se agarró el cráneo como si quisiera aplastarlo con las manos. Contuvo un sollozo. La mandíbula inferior proyectada hacia delante parecía roer el aire que pasaba a golpes, sin ritmo, en un jadeo forzado. De pronto estalló en una lluvia de golpes contra la pared. Sacó esquirlas de yeso con la punta de sus botas y tiñó de rojo la pared allí donde llegaron sus puños. Gritó y aporreó hasta que no le quedaron fuerzas para sostenerse. Derrumbado sobre el suelo lloró como un niño. “Nauara”. Se arrastró hasta el simulador de realidad. Se ajustó el casco y esperó a que su respiración se serenase. “Dos horas”. Con una mano temblorosa apretó un botón. Instantáneamente, un jardín hecho de bits impresionó su retina. Pisó un césped de hojas aparentemente aleatorias en tamaño, forma y posición. Pero él sabía que no era así. Cada dos billones la secuencia se repetía. Algo que ni Nauara ni un ser humano podrían detectar jamás. Como la forma de las ramas peladas, o las hojas muertas, o las rachas esporádicas de viento frío. Un ordenador mostraba ese mundo y otro, Nauara, lo percibía. Se introdujo las manos virtuales en los bolsillos del chaquetón. Sus manos reales apenas siguieron el gesto, igual que tampoco sentía auténtico frío. Pero lo percibía. Como en un nítido sueño. Nauara descansaba sobre un banco de madera, disfrutando en parte de un libro y en parte del calor que a menudo se derramaba en haces desde las nubes. Martin sonrió levemente al ver los rizos morenos oscilando sobre los pendientes dorados. “El pelo, tres horas”. La piel había sido clara en su diseño, pero a ella le gustaba mucho el sol y tuvieron que añadir preciosos tonos cálidos. “Textura, poros, sombras… cinco horas”. Ojos verdes, rasgados, ligeramente asimétricos pero deliciosamente hermosos en su imperfección. “Seis días”. La ropa era cosa de ella, y en su estilo elegante y colorido se percibía su personalidad. “Su mente, cuatro apasionantes años; y quieren destruirla dentro de dos miserables horas”. Anduvo hacia el banco y se detuvo a su lado.

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–¡Martin! –el libro se cerró sobre las rodillas perdiendo la cuenta de la página, pero a ella no le importó. Se abrazaron, y Martin sintió algo de paz. –Hola, dulzura. –¿Qué te pasa Martin? Estás raro. –¿Tanto se nota? –Yo sí lo noto. –Pensaba disfrutar un poco más de estos achuchones antes de contarte nada. Se sentaron. Ella se recostó contra él, dejándole pasar sus brazos en torno a su vientre, y posó los suyos encima, apretando fuerte. –Haz las dos cosas –lo besó en el cuello. –Vale, dulzura. Así, vale. –Suspiró–. Es un problema de mi trabajo. –¿Es sobre ese mundo virtual? –Sí –resopló–. Hemos… No sé cómo decirlo. Hemos… creado… una persona en ese mundo. Y hemos descubierto que es… ”¿Y si se da cuenta?” –Que es ¿qué? “Dilo con naturalidad, así no sospechará”. –Que es como tú y como yo. –¿Cómo? –Quiero decir que la única diferencia es que en vez de carne está hecha de… –¿De luz? –Eso, de electricidad, pero en lo demás es igual. Vamos, que piensa y siente como nosotros. “No tragues saliva, no te delates…”. –¡Guau! Eso… eso es maravilloso ¿no? –Sí –contuvo un suspiro de alivio–. El problema es que ahora... –lo pensó un instante y cambió el género– lo quieren… apagar. Nauara se separó, y lo miró a los ojos. –¿No puedes hacer nada por evitarlo? –Nada. Nada que no sea una locura, claro. –¿Una locura? –Infringir la ley, vender mi casa, dejar mi trabajo, mi vida… –¿A mí? –dijo angustiada. “¿Y si te dijera que sí? ¿Me pedirías que lo apagara?” –No, a ti no.

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–Martin, si te persigue la policía ¡no tendrías opción! –¿Y qué opciones tengo, Nauara? ¿Dejo que lo maten? –Quiero estar contigo, Martin. –Puedes venir conmigo. –¿Y dejarlo todo? –Sí, como yo. –¿Lo dices en serio, Martin? Martin miró aquellos ojos verdes y asintió sin perderlos un instante. Nauara se separó dolida. Se levantó y lo miró angustiada. –¿Cómo puedes estar seguro de que es una persona? Si estuviera tan claro nadie se atrevería a matarlo. –Los accionistas no quieren gastar un duro en algo que no rinde. Así que mandan y a los demás les conviene obedecer. Algunos han dimitido, pero así no pueden salvarlo. –Y tú sí. –Tengo un plan. –Tienes una locura, Martin. –Tengo una persona a punto de morir. –No, Martin, no estás seguro de eso. –¿Estás seguro de que yo sea una persona? –Martin, el señor Descartes murió hace siglos. –Piénsalo de verdad un momento, por favor dulzura –le cogió la mano–. No puedes estar segura de que yo exista. Y si asumes eso, podrías matarme. Total, ¿qué soy? ¿Una imagen? Una imagen puede romperse, igual que rompes una foto. –No eres sólo una imagen, Martin. –Puede que me mueva y hable como una persona, pero eso no demuestra que lo sea. –Martin, por Dios… –Nauara, ese ser es tan real para mí como lo eres tú. –Ella retiró la mano. –No, Martin. Yo estoy delante de tus ojos, y esa “cosa” está detrás de una pantalla. Hay un mundo de diferencia. –Imagínate que fuera yo, Nauara. Imagina que yo soy la “cosa”, y que tú eres el programador. Y estás aquí, conmigo, en este mundo virtual. Mírame y dime que me apagarías. La mirada verde osciló de un ojo a otro, pero sólo por un par de latidos. –Ya sabes que no, Martin –dijo sin meditar. –Entonces debo salvarle.

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Ella lo estudió, estupefacta. Un haz de luz emergió entre las nubes dorando la faz de Martin, donde no había rastro de sonrisa. De nuevo la ubicua luz gris se adueñó de todo, y los ojos de Martin seguían igual de tristes, sin haberse movido un ápice. –Lo estás diciendo totalmente en serio –comprendió. –Sí. –¡Vete al cuerno, Martin! Nauara se alejó con paso vivo. Martin observó cómo se cruzaba con la gente, siempre distinta, como el césped, meras imágenes con un algoritmo básico de comportamiento. Apenas un Megabyte por individuo. En cambio, ella eran miles y miles de gigas alterándose continuamente. Un oscuro mar de información del que él, Martin, tenía más que una ligera idea. La conocía. Por dentro y por fuera. Y sabía que necesitaba aquella pataleta. Pero cuando volviera, tendría una decisión. Ella creería decidir su futuro, pero no tenía idea de hasta cuánto. Miró el reloj por vigésima vez. Al fin apareció. Se sentó a su lado, y lo miró a los ojos cogiéndole la mano. –Vengo a decirte que hagas lo que hagas, estaré contigo. –¿Estás segura? Sé que eres feliz con lo que haces, y que lo que tienes ahora no es fácil de encontrar. Quizás te arrepientas. –Es posible. Pero me importas más tú. La abrazó con fuerza. Ella le correspondió, aunque no con el mismo entusiasmo. –Martin, piénsalo bien. Sólo te pido eso. Tú sí que te arrepentirás y yo tendré que decirte “te lo dije”. –¿Y tú? ¿Lo has pensado bien? –Sí. –¿Y me apagarías, Nauara? ¿Tendrías el valor de apagarme? Ella levantó los ojos verdes. –Sí. –Nauara ¡Pero si acabas de decirme que dejarías todo por estar conmigo! –Pero es diferente. Tú eres real. La “cosa” no. –¿Y si fuera como yo? Exactamente igual que yo. –Ya lo he pensado, Martin. Sería como el personaje de una peli. Todas nos enamoramos del héroe. Siempre perfecto. Puedes verlo y oírlo pero es una ilusión. No arruinaría mi vida por una ilusión. Lo tuyo es sólo un grado más. Sigue sin ser real. –Pero Nauara, ¡si hasta puedo ver cómo piensa! ¡Tiene sentimientos! ¡Tiene…! –¿Seguro? ¿Cómo puedes saberlo?

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–Es complicado de explicar, pero medimos valores, vemos… –Verás cosas en tu gran ordenador, que quizás parecen iguales a lo que llamamos sentimientos. Pero que parezca no significa que lo sea. Sólo si pudieras encarnarte en ese ordenador tuyo podrías saberlo. Martin, con los codos apoyados en las rodillas, dejó caer la frente sobre sus dedos. Cerró los ojos y suspiró. Ella había tardado una hora en regresar: esta vez no era la respuesta de un arrebato. Sintió la mano de Naura sobre la espalda, acariciando lentamente la columna. –Entonces ¿me apagarías? –Sí, Martin, te apagaría –dijo sin dudar. Martin tragó saliva. Volvió a mirar el reloj. “No tengo por qué decidir lo mismo. Yo no soy ella”. La miró. Ojos verdes que enamoran con sólo contemplarlos, ventanas al alma de un ángel que daba la bendición a su verdugo. Cayó de hinojos, la abrazó por la cadera y la besó largamente. Antes de que sus ojos enrojecieran, se levantó. “No debe saberlo”. –Tengo que irme. –¿Lo apagarás? Martin volvió a mirar el reloj. –Me queda poco para decidirlo, y tendré que estar allí de todas formas. –Reprimió un sollozo. “No debe verme o lo descubrirá”–. Hasta luego. Apenas hubo dado diez pasos cuando oyó: –¡Espera, Martin! Se volvió. La vio una vez más. “¿Será la última?”. Entre los rizos negros había un velo de miedo. “Lo sabe”. Se llevó los dedos a los labios, como hacía cuando dudaba. “No, sólo lo intuye. No está segura”. Su mirada inquieta, los dedos tiemblan. “Es tu última oportunidad, dulzura”. –Le… ¿le dolerá? Cuando lo apagues, quiero decir. ¿Sufrirá, Martin? –Dijiste que no podía saber si sentía ¿recuerdas? –Ya, pero, según esos valores que mides… ¿sufrirá? Una racha de viento cubre de rizos los ojos. No se los aparta. Sus hombros siguen encogidos y sus índices pegados a los labios. –No, dulzura. No sufrirá. Martin no se mueve. Los segundos pasan, y a pesar de ello espera. Una hoja muerta pasa rozando su pie. Remolona, a golpes de viento va rodando, deteniéndose y zigzagueando hasta cubrir la distancia entre los dos. Sólo entonces ella abre su boca angustiada: –A…adiós, Martin.

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Él suspira, y con una sonrisa intenta que su voz suene lo más natural posible. –Hasta mañana, dulzura –dice, alzando su mano de bits. Cuando traspone la primera esquina virtual su mano de carne se alza tanteando hasta dar con el botón, y el mundo real lo golpea, oscuro, con sangre en los nudillos y ruido de golpes en una puerta metálica cerrada aún. Abre el panel de alimentación eléctrica. Acerca el dedo al interruptor rojo etiquetado como “CPUs”. “Aún puedo salvarla, no importa lo que ella piense”. El zumbido de un taladro llega desde el pasillo. “Si has de hacerlo tiene que ser ahora, o no servirá de nada”. El dedo se convulsiona junto al botón, no quiere acertar a posarse sobre él. Dedo y botón se tornan borrosos y se da cuenta de que está llorando. Pero no le importa, sólo ve ojos verdes, imperfectos y hermosos ojos verdes. “¿Me dolerá? ¿Sufriré, Martin?”. Rizos negros bailando, ocultando los ojos verdes, sepultándolos en la nada. “¡Aún puedes salvarla!”. “Tu VIDA, Martin”. El zumbido. “Sí, te apagaría, Martin” Pulsa el botón. Nauara y su mundo desaparecen en milésimas de segundo. El de Martin tarda un poco más. El necesario desde que los entes de silicio dejan sin alimentación la urna con el cerebro de Martin. Ellos tampoco sabían qué hacer con Martin, y también delegaron su decisión en él. Al igual que Martin, tampoco imaginan que sus creadores observen sus actos, ni que éstos los condenen. Los entes de silicio perecen. Y sus creadores. Y todos en una larga cadena que acaba en el Primero. Él, origen de todo, una posibilidad hecha realidad por ser mera posibilidad, al ver la elección de sus hijos, decide dejar de ser. Y al hacerlo, nunca existió. Y por fin la Nada, ese vacío eterno, infinito y total, terrible y perfecto, e incapaz de tener atributos por definición… la absoluta NADA, elimina su pequeña imperfección, ese bache pasajero llamado el Primero, padre de millones de universos finitos, con vidas perecederas, y sufrimiento, y… …y adorables ojos verdes. Imperfectos y hermosos ojos verdes. Bellas imperfecciones en la NADA.

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Bellas Imperfecciones  

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