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Ramiro Sanchiz

PISADAS Hacia las afueras de Punta de Piedra hay un bar, allá lejos, en la extensión agreste que separa al pueblo de la carretera que va a Castillos. Se trata del único lugar que conozco ubicado a la vez en más de un universo; allí iba mi abuelo a tomar grappa con yuyos acompañado casi siempre por uno de nuestros vecinos, un dentista cincuentón y viudo por el que yo tenía un gran cariño y al que llamaba Tío Pepe. Una vez les pregunté si podía acompañarlos y mi abuelo se negó. Cuando seas más grande, dijo, y yo asumí que lo decía por las bebidas alcohólicas, los juegos de cartas por dinero o, también, por los chistes subidos de tono que mi abuela no le dejaba hacer cuando yo estaba cerca. Al día siguiente convencí a mi amigo Marcos de que aquel lugar guardaba secretos fascinantes (no recuerdo de dónde saqué semejante convicción). Salimos pedaleando hasta el final del pueblo y un poco más allá, para encontrar que el bar era un prisma gris rodeado por nada excepto malezas y el


camino de tierra. Estaba cerrado, así que no sirvió de nada acercarse y mirar la puerta, mirar las ventanas (en las que alguien había pegado adhesivos de mundiales de futbol, España 82, México 86 y otros que me parecieron absurdos pero que fascinaron a mi amigo) y sentarnos al borde del camino esperando que alguien apareciera y abriera el bar. Cosa que no sucedió; cuando se hizo evidente que sus padres y mis abuelos estarían preocupándose, regresamos. Estábamos a fines de febrero, en la última bajada del verano, esos días un poco frescos que anuncian el calor del otoño con dos semanas mediando entre el ocio en la playa y el comienzo de las clases. En Punta de Piedra nos quedamos apenas tres días más; al año siguiente no se habló del bar y yo empezaba a preocuparme por otras cosas; mi abuelo seguía yendo, aunque, me parece, bastante menos seguido que antes. Y quince años después regresé a Punta de Piedra. Llevaba demasiado tiempo sin poder escribir, pero algo sucedió en medio de la gira con Space Glitter que terminó por abrir una brecha para que escaparan esas palabras guardadas a presión. Sé que suena demasiado ingenuo o simple, pero no vale la pena indagar más, no ahora al menos; sí quiero detenerme en que aquel rebrote de mi


escritura sirvió para que terminara de decidirme a dejar la gira y a Space Glitter. Sumado a que Perséfone también estaba resuelta a no tocar más con la banda y a que Guillermo, nuestro batero (¿quién dijo que los bateristas son el mejor amigo del músico?, repetía un Rex enfurecido), le pareció la oportunidad perfecta para huir hacia una vida más ordenada y apacible, Jon y Rex se vieron abandonados de la noche a la mañana, literalmente, con tormenta y todo. De vuelta al principio, dijeron, tratando de mantenerse de pie en el terremoto. Yo me sentía culpable, por supuesto, y la mejor idea que se me ocurrió fue organizar un toque, un último toque. Ellos estaban rondando el plan de seguir la gira, así fuese sin tocar, viajando de pueblo en pueblo del interior del país, de Brasil, de Argentina, de Paraguay, buscando… lo que fuese que buscaban, el alma de Sal Paradise por ejemplo. Yo sabía que no llegarían lejos, o al menos muy lejos, que de hecho ni siquiera iban a intentarlo, pero les seguí la corriente. Entonces recordé el bar y la inexplicable aura de encanto que tenía en mis recuerdos. El regreso a Punta de Piedra me había activado la memoria de aquellos años, casi saturándome, y por momentos parecía que eran demasiados recuerdos para una sola vida, especialmente en relación al bar, que, creía recordar


por detalles arrancados aquí y allá a mi abuelo –de esos que muchas veces inventamos en nuestras memorias como si pintáramos un personaje más en un cuadro antiguo y luego otro y otro y al final, por acumulación o cansancio o por fallas en la vista, empezamos a creer que los primeros que pintamos en realidad estuvieron siempre allí—, guardaba un secreto o algún elemento maravilloso. Pero no sabía cuál o qué; sólo tenía esa intuición, como si en realidad lo supiera y fuera un conocimiento reprimido, como si fuese incapaz de contármelo a mí mismo aunque pudiera ser más fácil convencer a otros. —¿Este bar de mala muerte? –dijo Rex parado ante el prisma gris, con Jon resaqueado y yo tratando de sonreír— ¿Este bolichón? ¿Este pozo para veteranos juegatruco, comemaní y tomacaña? —¿No es genial? –les dije—, ¿terminar de verdad la gira, acá, con plena conciencia de que es el final? ¿Justo acá? ¿No le ven el lado decadente? La parafernalia glam de la banda versus el veteranaje y sus copitas de grappa con limón; la conciencia del final, la sobrevida. Hasta les hablé de Philip K Dick y Ubik, con sus cápsulas receptoras de la mínima energía de los muertos. No estaba


funcionando. Jon se recostó en la arena que rodeaba al camino y suspiró. Rex fingía reírse de mi propuesta, pero sé que en el fondo se moría de ganas de un toque final en plan Baudelaire hablando a las sillas vacías. Necesitaba un empujón, una chispa, un asteroide estrellándose en su océano pacífico que le llenara de iridio radioactivo las barreras entre los estratos de su mente. —Aparte –le dije—, sería de alguna manera un triunfo para ustedes… para ustedes dos. Implicaría volver a los viejos tiempos. Vos y Jon… con una batería programada, contigo cantando… yo me limitaría a ser un músico invitado, como el otro pibe que toca en el unplugged de Alice in Chains. Asi queda claro que lo central de la banda son ustedes, que todos los demás fuimos siempre… accesorios… Rex me miró como diciéndome que no pensaba desperdiciar un sarcasmo en responder. Sin embargo también estaba pensándolo, considerándolo. Lo había visto antes; Rex era un volcán de ideas absurdas, pero cuando escuchaba una originada en una mente distinta a la suya (o la de Jon, que era un reflejo, un sistema nervioso extra que llevaba a todas partes), se volvía un escéptico impenetrable.


—Vamos, Rex, es una buena idea y lo sabés –le dije, sin argumento alguno. —Hagamos esto… venimos esta noche, ¿qué te parece, Jon? Nos tomamos la grappa de estos veteranos y sondeamos el lugar. ¿Tienen rockola? La pregunta me sorprendió. —Sí –mentí—, hasta donde yo recuerdo… y no te olvides que hace más de diez años que no entro a este lugar, pero… sí, creo que había una rockola, una de las viejas, las clásicas… —Mejor entonces. Old school. Entramos y ponemos “Giving the dog a bone”, de AC DC. Eso para espesar el ambiente. Y después al divino Marc, “The slider” y “Ballrooms of mars”, ¿qué te parece? By the jukebox, baby! Ese nivel de detalle repentino en un plan ni siquiera considerable dos segundos atrás era típico del mejor Rex, del Rex entusiasta. Pensé que el punto más bajo había sido superado y solo quedaba no descuidar el ascenso. Jon ponía cara de no entender. —Veremos qué sale de todo esto –dijo Rex acercándose a la puerta cerrada, pasando la mano


por las paredes—, por alguna razón tengo un buen presentimiento…

Esa noche nos aparecimos en el bar pasadas las once. Había unos siete veteranos del pueblo, incluso un vecino de la casa donde estábamos quedándonos, que nos saludó con cierta amabilidad. Rex paneó el lugar. —¿Y la rockola? –dijo, frunciendo el ceño. Jon la había encontrado. —Está aca, Rexy Music, vení nomás… —¡Bingo! –gritó el aludido mientras yo me acercaba a la barra y pedía tres grappas con limón. —Che, Fede, de old school nada, esto es lo que podríamos llamar un modelo reciente… Era una rockola nueva, flamante, de una tecnología que por alguna razón creía ajena al circuito de los bares para veteranos, donde me parecía necesario que al pasar de un disco a otro hubiera realmente algo que se moviera, que hiciera clack, algo gastado por el tiempo y las manchas de humedad, algo grasiento. Pasamos las tapas


digitales de los CDs con curiosidad; música tropical, cantantes melódicos latinos, basura, basura. De repente apareció la cara de Joan Jett seguida por Madonna, un Greatest hits de The Police, Octubre de los Redondos y Let’s dance de Bowie. Rex asintió con la cabeza y golpeó el plástico transparente que cubría la pantalla de selección. —Empezaremos por acá. Un disco nocturno, a veces subvalorado. Jon regresó de la barra con fichas. —“Cat people”. La voz de Bowie se expandió en la penumbra del bar, en la luz sucia de tierra. Nos sentamos en una mesa de otro rincón; Rex vació su vasito de un trago; Jon, más prudente, se humedeció los labios como buscando los quarks de sabor. Yo dejé esperar a mi bebida. Rex hizo una mueca. —Puaj… decime que por lo menos tienen whisky. —50 el nacional, 80 el importado –leí el enorme pizarrón con precios que iban desde la grappamiel hasta el revuelto gramajo.


Levantó una mano para llamar la atención del barman. —Un Johnny, ¿puede ser? Jon terminó su trago sin muecas. Cantó unas líneas de la canción (“see this tears so blue / an ageless heart / that can never mend / these tears can never dry / a judgement made / can never bend…”) y propuso pedir una cerveza de litro. Asentí. El barman nos trajo el whisky, la cerveza y dos copas altas con escarcha. —Qué nivel, ¿eh? –comentó Jon. Rex seguía escrutando el lugar. —¿Y vos qué decís? ¿Tocar en un rincón, sentados, en plan unplugged? —No sería mala idea, ¿qué opinás? Jon asintió. —Hace tiempo que ando con ganas de tocar acústico… tengo el set perfecto anotado por ahí… covers, algún arreglo de temas nuestros…


—Temas viejos –le dijo Rex—, del principio. “Andromeda”, ese tipo de material. Le damos una revisada y los dejamos mejor que nunca… Me gusta la idea. Entonces entró el primer extraño de la noche y sentí que yo estaba esperándolo, que lo entendía un acontecimiento inevitable. Jon y Rex se lo quedaron mirando. Era una mujer de unos cuarenta y largos, con una abundante cabellera enrulada en plan Robert Plant canoso; tenía la piel de alguien que vive ante el mar y era oportunamente delgada. Saludó al barman y se sentó cerca de la barra. Uno de los veteranos la saludó con una inclinación de cabeza acompañada de media sonrisa, para regresar de inmediato al Truco. La mujer nos miró un instante y también nos saludó. —Listo –dijo Jon—, Rex, es tuya. ¿Cómo estás para una veterana de postre? Se la ve flexible. Rex, con su sonrisa de Gato de Cheshire, se levantó y dio cuatro zancadas hacia la mujer. Poco más de un minuto después los cuatro compartíamos la mesa. Se llamaba Raquel y estaba esperando a unos amigos de la zona. No era de por aquí, dijo, y me pareció que miraba todo con extrañeza o maravilla. Rex jugaba bien sus cartas;


supuse que sería cuestión de tiempo para que la presunta flexibilidad fuera puesta a prueba. Me pareció, sin embargo, que ella miraba también con cierto interés a Jon y que, a la vez, eludía encontrarse con mis ojos. Creyendo que por alguna razón la ponía incómoda me ocupé de levantarme a cada rato para atender la rockola. Era increíble la variedad de música que guardaba, bandas que no conocía, cantantes que jamás había oído nombrar. Me había internado en el área rockística, por llamarla de alguna manera, y la cantidad increíble de nombres y rostros me hizo sentir que había desembarcado en un continente nuevo en el que podía reconocer unas pocas tortugas, manzanas y palomas entre una fauna y flora inmensa, desconocida pero, a la vez, análoga o equiparable, coherente. No sin paciencia llegué a Dirt, de Alice in chains, y elegí “Down in a hole”. —¿Querés que nos peguemos un tiro acá mismo? –protestó Jon, vaciando su vaso de cerveza. —No, no, dejalo, dejalo –dijo Raquel—, me encanta esta canción… no había escuchado esta versión, pero… —¿Versión? –dije, sentándome; Bowie siempre fue un tema capaz de hacerme erizar todas


las antenas como un Transformer atento a la última transmisión desde Cybertron—, pero si es la del álbum original… Ella sonrío y me miró a los ojos por primera vez en la noche. —Bueno, es que… —y se detuvo. Habían llegado sus amigos, una mujer bastante más joven, pelirroja y pechugona, acompañada de un hombre de mi edad que me pareció muy familiar. Ambos me quedaron mirando por un instante y sonrieron. —Sí, sí –dijo Raquel— se va a poner divertido. —¿Pero cuáles son las posibilidades? –dijo el hombre. Jon, en su fase hipersocial de la borrachera cervecera, estaba uniendo dos mesas y moviendo sillas. La pelirroja alargó una mano y me tocó el cabello. —Siempre me gustó su pelo –me pareció que estaba un poco borracha—; acá lo tiene bastante más largo, ¿te das cuenta? —Perdón –comencé—, ¿nos conocemos?


—Nosotros no –respondió el hombre acomodándole el asiento a la pelirroja y después sentándose también—, pero sí nos conoce otra versión de tu persona, que está en nuestro universo. Federico Stahl. Escritor, crítico. Los ojos de Rex le hicieron señales a un par de barcos cerca de Sudáfrica. —Say what!? —Ellos no lo saben –dijo Raquel—, se ve que nunca habían venido acá… —¿Un Federico Stahl que no conoce este bar? O sea, un Federico Stahl que no viene a Punta de Piedra… La pelirroja me miraba, creí entender, con cierto desafío. —¿Cómo se llaman ustedes? –pregunté. —Cecilia –respondió ella—, y él es Marcos, Marcos Boimfeld… no puede ser que no lo conozcas… —¡Claro que lo conozco! –alguien encendió la lamparita colgante en mi archivo de viejos rollos de película— éramos amigos en los ochenta,


cuando veraneábamos acá en Punta de Piedra… pero hace… quince años… más de quince años que no nos vemos… Con razón me pareciste familiar cuando entraste… ¡claro! —Bueno, pero en realidad no soy el que conocés, ¿verdad? Soy el Marcos Boimfeld de un universo distinto al tuyo, que difiere en algún punto del tiempo… —En nuestro mundo –comenzó la pelirroja— Federico vive en Punta de Piedra desde el 2003, es escritor y conoce unos… veinte, veinticinco universos diferentes. ¿Vos a qué te dedicas? —Era músico –respondió Rex—, y ahora dice que se va a dedicar a escribir. Y no conoce ningún otro universo, salvo que… —y se calló con una sonrisa que quería ser de misterio. —Soy escritor –dije, tratando de cubrir, avergonzado, las palabras de Rex—, y no vengo a Punta de Piedra desde el 97, cuando pasé unos días con un amiga; antes de eso… creo que fue en el 94 la última vez que pasé el verano acá con mis abuelos… ¿pero por qué dijiste que esto se iba a poner divertido? Cecilia sonrió.


—Porque en un rato viene Federico... y siempre es divertido cuando se encuentra uno con su versión de otro universo, te puedo asegurar…

Así fue como me enteré que en Punta de Piedra hay un bar que está en todos los universos posibles, o al menos en muchos, ya que nadie sabe exactamente cuánto. —¿Pero no es exagerado hablar de universos? —recuerdo que preguntó Rex en algún momento de la previsible lucha contra la incredulidad y el sentido común (mínima en el caso de Rex y de Jon, y yo me convencí del todo sólo cuando entró el otro por la puerta del bar)— ¿es posible que por cada pavada que hacemos o que no hacemos surja todo un universo con miles y millones de galaxias incambiadas? —No se sabe —respondió Marcos—; algunos creen que todo lo que es idéntico converge, y que cada universo alternativo en el fondo no es más que un fenómeno local; pero ¿quién sabe de estas cosas? Es la vieja cuestión del mapa, además…


Cecilia y Marcos se habían enterado por Federico –por ese Federico— hacía cuatro años, más o menos, y visitaban el bar todos los meses. Por mi parte –supongo que la culpa habrá sido de la cerveza— consideraba más extraño imaginar mi vida viviendo en Punta de Piedra que el hecho de estar sentado en una silla de plástico ante una mesita un poco desvencijada que estaba en la intersección de todos los universos posibles. Empecé a entender la cantidad de discos que había en la rockola y recordé los adhesivos (calcomanías, habría dicho en los 80) de mundiales de futbol improbables, como Alemania Occidental ’82 o Canadá ’86; bastante borracho (el Stahl alternativo se hacía esperar) empecé a discurrir sobre “El aleph” y “El jardín de los senderos que se bifurcan”, mientras hacía planes para el toque final de Space Glitter, que tenía ahora ribetes cósmicos. —Fijate que podríamos conseguir a otro Rex, y a otro Jon, y armar una banda interuniversal… ¿no te interesa a vos saber la historia de otros Space Glitter? Jon aplaudía con los ojos entrecerrados, haciendo equilibrio con el cigarrillo en los labios.


—Con otro Jon en el bajo yo me dedicaría a tocar la batería… a la mierda el unplugged, tocamos un show incandescente, como corresponde… ¡rrrrrrock and roll! —¿Y todos los mundos paralelos están sincronizados? –preguntó Rex—, o sea… ¿todos los Rex y los Jon y los Federico que veamos acá pertenecen a este mismo tiempo, o puede venir alguno del futuro o del pasado, aunque fuesen de un pasado y un futuro alternativos? Marcos (a quien yo no le creía la pose de experto en universos alternativos) le explicó que los viajes en el tiempo eran líneas diagonales en una pauta de tiempos paralelos; Rex asentía, convencido. Entonces entró Federico Stahl.

Era bastante evidente, en realidad, pero solo entendí por qué había dejado de escribir cuando me lo preguntó Ligeia, en mis tiempos de primera guitarra de su banda Santuario. Quiero decir… en ese momento lo supe, pero al otro día lo guardé como sólo otra hipótesis, que ahora se destaca quizá por cierto relieve del que carecen la mayoría de las otras (y son muchas). El hecho de que había dejado de escribir al mismo tiempo que se rompió


mi relación con Agustina era quizá la pista principal; la segunda, aunque no necesariamente mirase en la misma dirección, que había logrado escribir (es decir, con confianza, con ganas, con ímpetu, sin tropezar con las palabras, sin quedarme con la mente en blanco) al llegar a Punta de Piedra con Rex y Jon. Agustina había dado formato a mi vida a partir del 99, cancelando toda una época dominada ante todo por la poesía y un impulso neobeatnik; pero Punta de Piedra era un suelo más sólido que esos arrecifes de coral o cristal, un yacimiento profundo e intocado. Mis pies debieron atravesar metros y metros de selva tropical en descomposición, ruinas y viejas ánforas, hasta llegar a posarse en la roca. Quizás era allí donde se podía detectar el magma que me llevaba a escribir, aunque suene demasiado romántico decirlo así, pero pese a todo esto no estaba preparado para ver entrar a Agustina de la mano de un Federico de pelo más corto y remera con el logo de Batman, un Federico bien afeitado y ojeroso, de lentes elegantes, un Federico que parecía sonreír. Y al ver a Agustina lo primero que noté fueron los otros años que lucían en su rostro, todo el tiempo que mediaba entre el 2002 y el presente, con tantos signos tramados en su piel. Años en los que ella había estado conmigo, en esa otra versión, en ese


otro universo. Me miraron con curiosidad, como si fuera un extraterrestre exhibido en un zoológico o un homínido extinguido hace un millón de años que, para sorpresa de los antropólogos, es capaz del habla articulada y el uso de herramientas. No lo soporté y salí del bar casi de un salto.

El primero en comenzar el rollo de ¿estás bien? ¿qué te pasa? fue Rex. Iba por el quinto o sexto Johnny (Marcos, Cecilia y Raquel estaban invitándolo, supuse) pero todavía conservaba el equilibrio y el acento artificial con que bañaba sus palabras (lo perdía siempre al séptimo whisky, al cuarto vodka o de inmediato con cualquier cosa más fuerte que el ácido). —Estuve hablando de música con tu otro yo… es simpático el tipo, más simpático que vos, por supuesto. Lo miré con cara de qué mierda me estás diciendo. Rex se rió. —O sea que es un gil; te prefiero a vos millones de veces más. Aparte no toca la guitarra… o sea, toca una acústica para pasar el rato. Su


última banda la tuvo en el 98 y se llamaba, atendete qué ridículo… —…se llamaba Valhalla. —¡Exacto! ¿No me digas que vos también tocaste en una banda con ese nombre? —Sí, Rex. Hacíamos covers de Led Zeppelin. Se ve que hasta ese punto compartimos la misma historia… se ve que diferimos, no sé, en algún momento entre 2001 y 2002, que fue cuando yo me separé de Agustina… cosa que él claramente no hizo. Asintió. —Si querés escuchar algo gracioso… hace un rato Jon me llevó a un rincón y me dijo qué hijo de puta el Fede, mirá el bomboncito que se estaba comiendo… No parece tu estilo, la mina… pero que está buenísima es indudable. Me encogí de hombros. —¿No estarás quemado… triste…? ¿Por haber…? —No sé Rex –le dije, y era verdad—; puede ser por muchas cosas; no sé por qué es, si se debe a


Agustina, si se debe a que no me interesa saber ciertas cosas, si es por su vida o si es por mi vida… —Pero es raro, ¿no? Que vos no quieras hablar con otro yo de un mundo alternativo… o sea, ¿vos sos el mismo Federico Stahl que dijo que tendría más temas en común con un extraterrestre que con la vecina de al lado? Bueno, ese Federico Stahl es, para vos, para mí y para Jon, todo un extraterrestre… —Puede ser. La verdad no sé por qué no quise, por qué no… quiero. A lo mejor es común en estos casos. —Bueno, y hay algo más interesante. Este Federico conoce a otro Federico –la voz de Rex se comprimió en cursivas— que toca en Space Glitter… o sea, en un Space Glitter que sigue funcionando, que no se acaba de disolver como nosotros acá en Punta de Piedra y que… y esto es lo mejor, ¡no tienen a Perséfone de cantante! ¡Nunca la tuvieron! ¿Te imaginás lo que podría ser Space Glitter con un buen vocalista y no la flaca de mierda? ¿Un Vedder, un Maynard, un Yorke? El asunto es que estamos viendo cómo contactarlos… parece que hay todo un sistema medio complicado de traslado entre universos. Este Federico conoce


muchos otros, pero, aparentemente, para moverte entre uno y otro tenés que… uuuh! We’re going off the rails on a crazy train!!! Y Rex siguió hablando, que Space Glitter esto, que Federico aquello. Sentí que su voz se convertía en el murmullo que percibiría alguien separado del hablante por un quilómetro cúbico de agua, un enorme detector de neutrinos, mientras Rex se alejaba, despacio al principio y luego acelerando, como en una especie de curva exponencial, sobre uno de esos carritos sobre las vías de las minas de carbón. Al principio sus gestos (ya que no oía sus palabras) parecían significativos; minutos después eran indescifrables.

El siguiente en salir fue Jon. Se detuvo ante la puerta del bar y se tambaleó, posando una mano en el marco de la puerta. Entonces se dejó caer y soltó una risita. Tenía un vaso de cerveza en la mano. —¿Cuántas vas? –le pregunté. —No sé –dijo—, perdí la cuenta. ¿Me dijo Rex que estás depresivo, idiota? Suspiré.


—Estaba por entrar justo cuando saliste vos. Ya se… me vas a contar algo que te dijo el otro Federico Stahl… —No, no te iba a contar nada –vació el vaso y bajó un par de tonos en la voz, haciéndose el locutor de FM— sólo quería saber qué te pasa y por qué no te estás cagando de risa adentro con nosotros… —Ya te dije. Estaba por entrar cuando saliste vos. —A mí me vendría bien un poco de aire… ¿me acompañas a caminar? Me levanté y lo ayudé a pararse. —No, para –dijo—, en realidad yo tenía que… esperar a Rex… a ver si… —y en el momento en que se acercó a la puerta aparecieron Rex y el otro Federico. Me aparté con la mirada en el piso. Jon me palmeó el hombro; el otro no dijo nada, pero supuse que estaba mirándome. —¿Venís? –me preguntó Rex—; vamos a Punta de Piedra… a su Punta de Piedra.


El otro Federico tenía que saber que iba a negarme, asi que no dije nada y me senté. Los tres partieron de inmediato.

Al rato salió Cecilia. Se sentó a mi lado y empezó con las preguntas esperables. Quiso convencerme de que esta era una situación usual, que mucha gente experimenta cierta tristeza o incluso angustia al encontrarse con uno de sus otros yo. El saber de repente, dijo, que había otros caminos, caminos incluso que nunca imaginamos, a veces nos pone así, tristes. —Pero no es eso –casi le digo, y le pregunté: —¿A vos te pasó? —Sí, más de una vez. Me sentí lúcido, en ese momento en que el alcohol lleva ya un buen rato retrocediendo y, habiéndose llevado toda fuerza y energía, deja solamente esa aguda inteligencia independiente de la obligación de hacer cosas. Ella me miraba con ternura y también con tristeza, con una tristeza creciente. En ese momento entendí. Me acerqué más y posé una mano en su nuca, jugando con el cabello espeso, casi encrespado y pelirrojo. Parecía


una de las novias de Connor McLeod. Pensé que con universos paralelos todos vivíamos para siempre, pero no para adelante sino para los costados; ella hizo una rápida aspiración, como si quisiera paladearme el alma a través de alguna teoría antiquísima del aliento o si necesitara un gramo más de aire para mantener andando las maquinarias de la alegría y la tristeza. Retuvo el aliento. La besé en los labios, apenas un beso rápido. Entonces, sólo entonces, cerró los ojos. Iba a besarla de nuevo cuando me paralizó la presencia de Agustina. Ella, entendí, estaba ahí adentro, rodeada por todas las figuras que se trazan en el aire con la cara de una flor que siempre está siendo mirada, y aunque ella misma no estuviera mirándome, aunque no saliera a irrumpir, como en las telenovelas, en la escena que Cecilia y yo empezábamos a representar, bastaba con su simple presencia para inhibirme, para hacerme pensar que si quería darle un beso a Cecilia era por un tonto impulso de jugar con los celos o no sé cuántas tonterías más. Siempre he sido un imbécil. —Quizá en otro momento –susurró.


—Podría buscarte en mi mundo –dije, y nos reímos de la cursilería. —Puede ser, quién sabe… Federico… el Federico que se fue recién con tus amigos, está haciendo un mapa de los universos que conoce. Es una locura, en realidad, pero así le funciona la cabeza. Les puso nombres, creo que les inventó un código. —¿Tierra uno, Tierra dos, Tierra X? —Algo así, pero con líneas que las unen, una cosa medio tridimensional –se levantó— ¿no me acompañás? Pensé que no estaría mal entrar, seguir la charla, escuchar algo de música de otros universos, compartir historias, determinar puntos de separación de nuestros mundos… charlas que debían ser, después de todo, de las más comunes en el bar. Pero preferí quedarme. Cecilia habrá entendido que se debía a la presencia de Agustina; era una de las razones, supongo, pero había otras. De hecho, pensé que si me quedaba allí a lo mejor lograría definir un espacio, mi espacio, en el que ella podría ingresar, sentarse a mi lado ahí afuera y dejar que las historias que nos separaban fluyeran entre los dos. Eso no lograría acercarnos –en rigor


lo que nos separaba era la distancia más enorme imaginable—, pero al menos convocaría dos fantasmas, mi yo de ese momento y el de ella, que podrían creer en la ilusión del diálogo. Asi que me quedé ahí, mirando hacia el camino por el que se habían alejado Jon, Rex y el otro Federico, tratando de discernir si las luces que veía a lo lejos eran las de mi Punta de Piedra o si pertenecían a la suya. ¿Habría manera de saberlo? ¿En todos los universos existía Punta de Piedra? Supuse que en infinitos universos sí y en infinitos universos no, y me pareció que yo también haría un mapa como el del otro Federico, con sus códigos y líneas, sus intentos de entender por qué había una historia aquí y otra allá, dejando de lado el hecho evidente de que todas las historias debían suceder, en alguna parte. Era el momento en que alguien habría pensado en variaciones del somos tan insignificantes, el pascaliano punto perdido entre dos (o más) infinitos, o también la automática pero somos únicos en nuestra singularidad irrepetible, lo cual es una tontería ya que si hay infinitas historias diferentes debe también haber infinitas historias idénticas… Salvo que exista, pensé, algún tipo de corrección de redundancias, alguna forma de


control, alguna ley, norma o pauta en el caos aparente. Quizá el otro Federico buscaba, con esos mapas que mencionó Cecilia, patrones en las formas de todos esos destinos… Porque de haberlos, de existir un diseño final, por decirlo de alguna manera, sería acaso más fácil; una garantía de destino único, de verdaderas razones por las que sobrellevar el universo que nos tocó, que elegimos, que deseamos, que merecemos. Precisamente ese infinito, en lugar de volvernos una partícula mínima, infinitesimal, lograría justificarnos; allí afuera –o adentro, en la penumbra del bar— estaba todo. En todos los órdenes posibles. Y pensé, ¿qué hago entonces yo sentado acá? Me levanté para entrar y justo en ese momento, quizá repetido infinitas veces, tramando ecos infinitos como el rastro fractálico de la espuma del mar, en ese exacto momento salió Agustina.

Después me negaría a contarle a Jon y a Rex de qué hablamos. Fueron cinco minutos, nada más. Ella estaba bastante borracha y yo empecé a sentir el cansancio del día subiendo a mis espaldas como un equipo de futbol compuesto exclusivamente por enanos a la Blancanieves, el cansancio de la gira, de


los años sin escribir, de los años sin ella, de los meses de pesadilla en que la busqué. O eso quise imaginar, o eso fingí para entender por qué ya no quería hablarle. Y contó historias de Cecilia y de Raquel, de los mapas de su Federico, de sus planes para el futuro. Sentí que no era capaz de interrumpirse, que necesitaba que yo escuchara todas las historias que no podía contarle al otro o que, si se las contaba, recibirían otro significado. Y sonrió, al final, me besó en la mejilla y entró al bar. Yo me quedé afuera, otra vez cuenta cero, la espalda contra la pared, una mano en la arena.

A la hora más o menos aparecieron Rex, Jon y el otro Federico en el camino. Rex y Jon por partida doble, moviéndose en el aire vibrante. Pensé en pararme y hacer el chiste clásico de la visión alcoholizada, pero no tenía ganas. Noté que traían dos guitarras acústicas. Los Rex me sonrieron en perfecta sincronía, como gemelos idénticos (bueno, después de todo, eran más que gemelos idénticos), y los Jon, pasados de alcohol, se apoyaban el uno en el otro, haciéndose tropezar y


deteniéndose para reírse. Entraron los cuatro; mi otro yo se quedó afuera. Lo miré por primera vez a los ojos. En la luz del farol colgando sobre la puerta sus facciones me parecieron las de un desconocido. —Esto se parece demasiado a aquel cuento –dijo. Era lo mismo que iba a decir yo. —Nunca fuimos originales, ni vos ni yo, en ningún momento –dije, y añadí—, sentate, me parece que podríamos hablar, ¿no? estaba yo. Noté que tenía tres libros bajo el brazo. —¿Y esos libros? —Bueno… además de a Jon y a Rex, es lo que fui a buscar. Son un regalo para vos… —Para incrementar interuniversal, ¿no?

nuestra

biblioteca

Entendí que él debía asumir que era apenas un chiste, que no había sarcasmo en las palabras. —Exacto.


Me los tendió y los agarré sin mirar los títulos. —¿Esos Jon y Rex son de tu realidad? —No, son de otra, de la de otro Federico que no quiso venir… —Tres son demasiado, ¿no? Parece que te movés libremente entre universos… —No es difícil. Sólo hay que saber dónde están los caminos… si querés te puedo enseñar. —Por ahora no… dejémoslo ahí. Quizá en un tiempo, pero ahora no. —Sos el único Federico Stahl que no quiso saberlo; yo quise, y otros a los que les enseñé, también… —¿Entonces soy una especie de espécimen singular en tu colección? —No sé. Veremos –sonrió, ahora respondiendo a la amargura en mis palabras. Miré los libros. —¿Historia de la ciencia ficción uruguaya?


—Es una novela, de un Federico que tampoco es el del universo de los Jon y Rex que entraron con tus Jon y Rex… leela, estoy seguro que te vas a divertir. Te va a traer recuerdos. —Y esto es… —repasé el título como si palpara con mis ojos sus letras en braille— Las tardes repetidas… ¿Una novela de Borges? —Publicada en 1978, justamente, y abarca todo, los laberintos, los cuchillos, el tigre de las noches, las batallas, la nave hecha con las uñas de los muertos… Esa edición tiene un prólogo de Roberto Bolaño. Abrí la boca, asombrado. —Lo sé –dijo—; en el 95 hubiésemos dado un riñón por ese libro. Si querés más tarde te cuento dónde lo encontré… —¿Esta es tuya? Es una novela, parece… En la luz amarillenta del farol descifré el título: Lineal. Y más abajo mi nombre. El suyo. —Mi segunda novela, hasta la fecha. Estoy escribiendo otra, que espero terminar en un par de meses.


—La primera será Desintegración, supongo. —Sí. Ese pasado lo compartimos, entonces. Asentí, y seguimos hablando un rato más de esos años que eran nuestros, evitando el momento en que él seguía con Agustina y yo dejaba de verla. A medida que se agrandaba la conversación empezó a volvérseme difícil distinguir su voz de mis pensamientos; respondía preguntas que dudaba quién había formulado. Pero a él le pasaba lo mismo. Habría que acostumbrarse, pensé. Entonces le pregunté por la novela que estaba escribiendo y por el trazado de su mapa. —La novela y el mapa son uno y el mismo – respondió—; podríamos trabajar juntos, si estás de acuerdo. No se me ocurre un colaborador mejor. Podríamos turnarnos para preparar bebidas, consultar algunos libros y discutir con el fantasma cada día más vivo de T’sui Pên. Ah, y es una ucronía, también –dijo, y reí. Él entendió por qué y también rió. —My words echo, thus, in your mind –dije. —¿Eliot? ¿Y qué tal si entramos? ¿Shall we follow the deception of the thrush? –propuse, o propuso.


—Sabés que estaba esperando esa invitación –respondimos, al unísono. —Esto puede ser el principio de una hermosa amistad… Adentro dos Jon y dos Rex, potenciadísimos y en fase casi perfecta, estaban delirando/arruinando un tema de King Crimson, de la época de The Projeckts, en mash—up –me pareció— con “Dislocated day”, de Porcupine Tree. Cuando terminaron (todos los parroquianos aplaudieron a rabiar) me acerqué al rincón donde habían improvisado un escenario a la Unplugged in NY, de Nirvana, con todas las velas disponibles en el bar; Jon, el de mi universo, me tendió la guitarra. Arrimé una silla y me uní al grupo. Miré al otro Federico, que se separaba de nuestra órbita y se acomodaba ante la barra. Me sentí solo y lleno de energía, como si hubiese entendido en ese preciso momento por qué debía partir hacia la batalla en la que moriría combatiendo a cientos de orcos de Isengard. Y miré después a Agustina, que me saludó con su gesto de siempre, con esa mano que recordaba a la perfección, y también a Cecilia y por último a Rex, para transmitirle en mi mirada la canción que íbamos a tocar. Algo que, sí, sería realmente mío. Armé un acorde de sol, conté hasta


cuatro y empezamos “Ziggy Stardustâ€?, como no podĂ­a ser de otra manera, como en todos los universos posibles.

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