Simón Parra El furioso golpetear de la lluvia sobre el tejado despertó a Olimpia. Aún no podía creer que había logrado conciliar el sueño. Quizá su cuerpo se había rendido, abatido por la preocupación y el nerviosismo. Sus manos sostenían el boleto sólo de ida. Para Doménica Francke Arjel habían contado en el pueblo: “harta plata y bien fácil”. Y ella se creía una diosa, una maravilla, tan