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DISCOS Y OTRAS PASTAS www.discosyotraspastas.lamula.pe AÑO 5 NÚMERO 49

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EDICIÓN DIGITAL

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PEARL JAM EN VIVO - ESTADIO SAN MARCOS, LIMA - PERÚ (18.11.2011)

VEINTE AÑOS DESPUÉS… MÁS VIVOS QUE NUNCA acampar hasta tres días para asegurase las primeras ubicaciones. Las zonas delanteras parecían máquinas dispensadoras de gente sofocada, y el personal de seguridad se encargaba de recibirlos (sacarlos) como si fueran fichas ganadoras del tragamonedas. ¡Y recién íbamos por la cuarta canción!

“¡Dios, estuve en el concierto de Pearl Jam! Todo es bueno ahora, así me duela el cuerpo y tenga moretones que están tomando color… estoy casi sin voz…son de verdad, ya no son solo videos y fotos... ¡I‟m alive!”. Lucía tiene diecisiete años, tres menos que su banda favorita, y acuña una de sus mejores frases en su muro del Facebook. Apenas terminó el inolvidable y generoso show de Pearl Jam, las redes sociales se vieron inundadas con palabras como estas, hilvanadas por el agradecimiento y el amor a una banda que dio uno de los mejores conciertos que se recuerde por estos lares. Porque solo Pearl Jam y sus más de treinta mil fans (o militantes) lograron una indestructible simbiosis que arrancó de un potente zarpazo la etiqueta de “pecho frío” que tenía el público limeño hasta ese entonces.

Antes de la sorpresiva “Severed Hand”, Eddie Vedder nos habló por primera vez en español, con acento de gringo que visita Machu Picchu: “¡Hola Perú! Los hemos querido conocer hace mucho. Les pedimos un favor, cuídense los unos a los otros, queremos su seguridad, eso es lo más importante. Nos espera una larga noche de música, ¿de acuerdo?”. Y vaya que no nos mintió, fue una noche musical de casi tres horas. “Immortality” y “Elderly Woman…” sirvieron para calmar convulsiones, más no, el fluir de nuestros sentimientos que se desbocaban en todas las direcciones emocionales que puede provocar la música de PJ, de acuerdo a nuestras propias experiencias. Los saltos volvieron con “The Fixer”, alegre single del Backspacer (2009), álbum de sonido fresco que los llevó a experimentar con el power pop. Y otra vez la locura total con “Even Flow”, donde Mike McCready demuestra por qué es uno de los mejores guitarristas del mundo. Con su vieja Stratocaster, en la nuca y espalda y a ojos cerrados, nos dejaba boquiabiertos

Los veteranos de X fueron los teloneros perfectos. Les bastó cuarenta y cinco minutos para repasar su legendaria trayectoria y demostraron que su punk de vieja escuela aún inocula sensaciones eufóricas gracias a los filosos riffs del tío Billy Zoom y la energía desbordante de la veterana Exene Cervenka. Aunque el primer sismo de la noche se produjo en la última canción, “Devil Doll”, cuando invitaron a Vedder al escenario. Aparición sorpresiva que sirvió para medir a las masas. Dispuestas a pasar la mejor noche de sus vidas. Media hora después, a las nueve y cuarto, todo lo soñado y esperado empezaría a consumarse. El “Interestellar Overdrive”, de Pink Floyd, sirvió de preludio para “Corduroy”, perla de ritmo in crescendo del Vitalogy (1994). La gente enloqueció y como posesos levitaban. Las ansias por los años de espera de cada hincha permitieron una acumulación de tanta energía que en cancha se sintió como una explosión nuclear. Los cuerpos, literalmente, volaban extasiados y felices. La trilogía “Why Go”, “Hail Hail” y “Do The Evolution” no tuvo piedad de nosotros. Felices y magullados. De muy poco les sirvió a algunos

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con unos endiablados solos herederos de Jimi Hendrix, donde la improvisación y la precisión confluyen con naturalidad. De acuerdo a las estadísticas, contando Lima, han tocado 703 veces esta canción, ¿Cómo diablos haces McCready para que tus solos suenen distintos en cada una de estas versiones?

Gossard con la guitarra acústica, supe de inmediato que tocarían “Daugther” y no me equivoqué. En vivo, esta canción adquiere mucha intensidad y se nutre fagocitando a “WMA” o al “Blitzkrieg Pop” de los Ramones. “Unthought Known” y “Olé” (compuesta en honor al público sudamericano) nos devuelven a los saltos. Pearl Jam hace lo que quiere con nosotros. Con “Blood” y “Porch” nos volvimos animales, más que eso, fuimos caníbales. Cada uno hacía su propia orgía de pogos comiéndose a las otras. Descontrol total, catarsis colectiva y felicidad absoluta. Y al medio “Jeremy”, obra maestra de Ament, hizo que los losers de todo Lima y alrededores se unieran para desfogar o revivir sus traumas juveniles, encarnados en la figura de un adolescente que se dispara frente a sus compañeros del colegio. Segundo encore. Nuestros órganos siguen en su sitio. “Given To Fly”, una de las joyas del Yield (1998), fue uno de mis “pedidos” especiales atendidos, es una hermosa melodía que se magnifica en sus coros, y cuyas letras dibujan en mi mente a un Jesucristo muy personal que hace surf. Luego vendrían dos covers muy celebrados: “Last Kiss” de Wayne Cochran (en el Perú de los sesenta, la versión en español de Los Doltons fue un éxito rotundo) y una contundente versión de “The Real Me” de The Who (banda favorita de Vedder), tocada por única vez en esta gira sureña. ¿Y qué podemos decir de “Alive” que no se haya dicho ya?, el himno de los noventa por antonomasia. Aquellos riffs iniciales del gran Stone Gossard los conocen hasta los extrarrestres. A muchos nos hizo recordar aquel apreciado casete tocado hasta el hartazgo en nuestro trajinado walkman, nuestra puerta de ingreso a un viaje sin retorno al reino Jam.

Otra joyita fue la inclusión de “Setting Forth” del Into The Wild (2007), primer álbum solista de Vedder, que empalmó con “Not For You”, canción oscura y cruda a tres guitarras que espeta furibundos versos contra aquellos que quieren aprovecharse del prójimo (en especial de la juventud), versos que siempre uso como una declaración de principios cada vez que mando a la mierda a cualquier cosa o situación asfixiante. Así es la música de Pearl Jam, tiene la precisa para cada situación. La palpitante “Lukin” y la mágica “Amongst The Waves” (dedicada a los que “les gusta surfear”, ¿le habrán contado a Vedder que somos campeones mundiales de surf?) fueron la táctica perfecta para despistarnos y tomarnos luego por sorpresa con las reposadas “Betterman” y “Black” (por lo menos el noventa por ciento de los asistentes ha superado alguna ruptura amorosa con esta última), y nosotros no desperdiciamos la oportunidad para hacer karaokes con ellas. Dulce calma que precedería a la tormenta que trajo “Go” y esa ametralladora humana de bombo, platillos y tarolas llamada Matt Cameron (ex Soundgarden, miembro desde 1998 y pieza clave en el equilibrio musical y emocional de la banda, es el gel que aglutina). Primer encore de la noche, cinco minutos para tomar aire y verificar si nuestros huesos están completos. Eddie con su guitarra acústica y un fiel Boom Gasper en los teclados, nos ofrecieron los quince minutos más reposados de la noche, pero igual de intensos. La nostálgica “The End” vio su estreno en esta gira sudamericana y la romántica “Just Breath” cantada frente a una pareja de recién casados, amigos de la banda, fue la postal perfecta, la escena que muchos recordarán, y la prueba irrefutable de que la voz de Eddie Vedder es una de las mejores (¿a estas alturas alguien lo duda?) y que ha sabido madurar con el paso de los años.

El cover más degustado fue sin duda el “Rockin‟ In The Free World” del genio Neil Young. Para ello los PJ invitaron a X al escenario y nos obsequiaron una demoledora versión cuyo mayor pico emocional lo ocasiona McCready cada vez que arremete con sus incisivos solos de guitarra. Neil Young y Jimi Hendrix se pelean por poseerlo. La fiesta es apoteósica. Nos faltan manos para aplaudir y nuestras gargantas revientan con cada “ole ole Pearl Jam”. Pero todo tiene su final, y el lamento de “Indifference” nos

Cuando vi a Jeff Ament al contrabajo y a Stone

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Los Pearl Jam son uno de los mejores actos en vivo. Cada concierto tiene algo que los diferencia, alguna sorpresa o joya oculta que saben mostrar en el momento adecuado y ante el público adecuado. Esa capacidad de sorprender hace que sus fans quieran ver todos los shows que les fueran posibles. Ellos no son un libreto aprendido. Ellos tocan según la comunión que logran con su audiencia y sus estados de ánimo, por lo tanto, son honestos. Aquí no hay efectos pirotécnicos ni parafernalia escénica, la música es la protagonista. Y si queremos ser más rigurosos ante los escépticos, pues citemos los números: para esta gira sudamericana de solo quince días, tocaron ocho fechas, lo que hace un total de 246 canciones, casi 24 horas acumuladas de concierto y un promedio de 31 canciones por show. ¡Pearl Jam es un monstruo! Si eres de los que asistieron a algunos de sus conciertos solo para recordar la adolescencia o tiempos mejores, pues date por servido y provecho con la paramnesia; y si eres de los que han seguido fiel a la banda hasta estos tiempos, pues, infla tu pecho de orgullo, ¡nuestra banda está más viva que nunca! HENRY FLORES

prepara para ello, otra vez Jeff Ament al contrabajo y el acompañamiento del público con sus palmas entrecortadas colaboran para darle forma a esta hermosa canción de desesperanza. Algo nos dice que esto se acaba. “Yellow Ledbetter” lo confirma. Mientras la cantamos, a pesar de lo felices y agradecidos con la banda y con la vida misma, rogamos por otra oportunidad de volverlos a ver. Las últimas notas de la guitarra solista son el colofón para una gran noche. Indeleble como pocas. Fin del show, fin de la gira sudamericana. FOTOS: DIEGO TORRES

SPIN THE BLACK CIRCLE: LOS DISCOS DE PEARL JAM POR: HANS HUERTO (elcomercio.pe)

Vitalogy (1994). Esto se pone más serio. Solo el empaque y el arte interior dan cuenta de lo conceptual del álbum (lo cual no le era ajeno a los Pearl Jam, entre sus favoritos, por ejemplo, está el “Tommy” de The Who). De arranque, el fragmento ritmo y melodía de los primeros segundos de “Last Exit” no da un adelanto de lo que será la placa: llena de mensajes cifrados, de rarezas compositivas, cero „grunge‟. Hardcore en “Spin the Black Circle”, cálido en “Betterman”, pop en “Nothingman”. Buenas síntesis de ello son “Corduroy” o “Inmortality”.

Ten (1991). Este disco tiene la irrefrenable angustia, rabia, tragedia y gloria que puso sobre Pearl Jam un sello indeleble y unívoco que los perfiló desde entonces como un clásico. Para muchos, la mejor explosión sonora de los de Seattle, basta con imprescindibles como “Alive”, “Evenflow”, “Oceans” o “Once” para convertirse en la placa definitiva de la explosión grunge. Vs (1993). Aquí se muestran menos acartonados sobre su propio estilo y más escépticos sobre sí mismos. La veta acústica se explora con pistas como “Daugter” o “Elderly woman…”; tiene piezas atípicas como “W.M.A.”, en sus devaneos rítmicos de bajo y batería, o “Rats”, acompasada en su historia oscura. Obvio, los guiños al rock clásico siguen ahí (“Dissident”), la ansiedad también (“Animal”, “Go”), pero la apuesta se pone variada (“Glorified G”).

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No Code (1996). Aquí la línea se complica. La transición iniciada con el Vitalogy se completa con el disco de las fotos, el del tablero de la ouija. Las primeras notas de “Sometimes” con Vedder cantando debajo de la colcha son ciertamente tenebrosas, aunque libres del cinismo de, por ejemplo, “Tremor Christ”. Tan oscuras que “Hail

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Hail” te golpea a continuación con un arranque de incontenible energía. De alguna manera es esta la que sería, más o menos, la canción arquetípica de Pearl Jam en adelante. Si es que tal cosa existe en la discografía de la banda. No Code tiene pistas insólitas como “Who You Are”, “In My Tree”, con un aire más oscuro y relajado, menos ansioso (de hecho tuvo que ver en ello la llegada de Jack Irons en la batería, en reemplazo de Dave Abruzzese). “I‟m Open”, “Around the Bend” y “Present Tense” exploran de forma más minimalista y artesanal la melodía, las texturas, la cadencia.

Binaural (2000). Tras romper palitos con el productor Brendan O‟Brien. Los Pearl Jam deciden explorar nuevos rumbos como el folk e incluso el post punk. El single “Nothing As It Seems”, con su tufillo a balada de Pink Floyd, es solo la punta del iceberg de un elepé con piezas geniales como “Grievance”, “Breakerfall” o “Insignificance”. Con un estilo ya definido. Riot Act (2002). Sigue la misma línea de su predecesor y con tracks como “Save You”, “Green Disease” o “Bu$hleaguer” no solo hacen su manifiesto musical, ya más clásico, sino también un relato del momento de los Estados Unidos de entonces, post once de setiembre. Aun así, la experimentación no les fue ajena.

Yield (1998). Dos años después, Vedder concreta una voz propia, robusta y con aplomo en el estilo de la banda. Es una placa sin duda más homogénea (aunque continúa en la producción Brendan O‟Brien). Digamos que “Given to Fly” o “In Hiding” tienen un acercamiento similar en la construcción del tema, cierta timidez o rabia reprimida en un inicio para rematar con un coro colosal, glorioso, con ganchos y riffs demoledores; “Brain of J” y “Do The Evolution” actualizan la vena dura del grupo, con nuevas asperezas y temáticas; “MFC”, otra de las joyas del disco y una de las piezas que afianza la imagen sonora de la personalidad definitiva de la banda, incluso con ejercicios más lentos, llenos de horror y cinismo como la final “All Those Yesterdays”.

Pearl Jam (2006). El panorama estadounidense continúa siendo el tema de este disco epónimo. Para muchos fue el retorno triunfal de la banda a su sonido más original. La agresividad guitarrera y vocal de PJ se ponen de manifiesto desde el arranque (“Life Wasted”) y con el single escogido que en buena cuenta resume la esencia del álbum (“World Wide Suicide”). Sin dejar de mencionar, claro, pistas como “Come Back”, una pieza más sentida y con clave baja, desgarradora, en la mejor tradición de “Yellow Ledbetter”.

Backspacer (2009). Un álbum que los encuentra robustecidos a nivel personal. Con canciones cortas, agresivas, sólidas, contundentes, aún sofisticadas. Los PJ se dejaron llevar de nuevo por el productor Brendan O‟Brien, con un sonido ciertamente punky, rock duro y melódico, de rasgos pop incluso, sobre todo en las tres primeras canciones del disco (“Gonna See My Friend”, “Got Some” y el single “The Fixer”). Sin dejar de lado sentidas joyas como “Just Breathe” o “Amongst The Waves.”

PEARL JAM Y SUS VEINTE POEMAS DESESPERADOS MÁS UNA CANCIÓN DE AMOR En su larga trayectoria Pearl Jam ha interpretado varias decenas de canciones, más de cincuenta para ser precisos. Elegir apenas dos decenas obliga a una inescrupulosa faena que exige incluso recurrir a dudosos criterios selectivos. Esta no es una lista de hits, cabe preguntarse si hay algo que acredite ese rótulo en la discografía de la banda. Por otro lado, la retahíla de hechos que componen la carrera de Pearl Jam enhebra por igual piezas de alto consumo, gemas de coleccionista, y covers por doquier. Todo ello convive en una jukebox que cada noche, allí donde la banda recale, replicará la infinita comunión con sus fans. Habrá aquí elecciones que arrimarán al gusto general, otras que apenas conformarán a unos pocos. Quienes jamás hayan escuchado a Pearl Jam encontrarán algunas de las puertas de ingreso a su cosmos pero sepan que hay tantas otras como listas posibles. ESCRIBE: JORGE CAÑADA

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(12) Off He Goes. El complemento ideal para “Unknown Legend” de Neil Young, el héroe del grunge en su versión más reposada. Sobre una de sus mejores melodías Vedder explora las incompatibilidades de la fama y la amistad. (13) Given To Fly. Polémica aparte sobre las coincidencias con el arpegio de “Going To Califormia”, un ensayo libertario con cita propia a la ecuación que los Beatles supieron dejarnos al final del camino (“The love he receives is the love that is saved”).

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Once. Después de la enigmática intro “Master/Slave” es lo primero que escuchamos en su debut discográfico. Una vorágine incontenible, el retrato de la desesperación. Integra la trilogía “Mamasan” (el embrión conceptual de TEN) y es un perfecto anticipo de lo que vendría luego. (2) Alive. Una revelación entre olas y tablas de surf fue el chispazo que convirtió el demo “dollar short” en el relato incestuoso que hoy conocemos. El tercio más célebre de la trilogía “Mamasan”. (3) Black. Balada emblemática que supuso un conflicto de conciencia para los Pearl Jam que se resistían a “cortarla” como single. El primer respiro que nos da TEN. (4) Yellow Ledbetter. O cómo un “lado B” se convierte en clásico. Junto con el “Rockin‟ In The Free World” de Neil Young, habitual epílogo de los conciertos de la banda. El mejor resultado posible después de una clase con el maestro Hendrix.

(14) Whislist. Funciona casi como una coda de “Given to…”, o te rindes ante la simpática epístola navideña de Eddie, o te entregas sin condiciones frente a los soberbios puentes con los que Mike McCready va uniendo las partes. (15) Of The Girl. “Grunge goes to the Blues”. La versión de “Binaural” es mejorada en vivo en el “Benaroya Hall” y se vuelve imprescindible. (16) Sad. Un descarte de “Binaural” hubiera sido la mejor canción del disco. Para Ed es “..The other side of Jeff´s song “The Other Side”. Dos canciones en una. Su título original lo dice todo: “Letter to the Dead”.

(5) Rearwievmirror. Primera advertencia: No es Kim Thayil quien empuña la guitarra en el frenético arranque. Segunda advertencia: el repiqueteo que escuchás al final no es otra cosa que los palos del entonces baterista Abruzzesse arrojados contra la pared molesto por la presión a la que lo sometía el productor Brendan O´Brien. En el medio la huida hecha canción. (6) Indifference. La desesperanza corporizada. Un lamento que te envuelve hasta hacerte sentir un alma al borde del abismo. Para eso también sirve la música.

(17) You Are. Casi una jam session con luz al final del camino (“The darkening hour, Sees 5ight again…”), después de su hora más oscura (tragedia de Roskilde) los Pearl Jam tratan de ponerle swing a su disco más “difícil”, (18) Marker in The Sand. Tácito tributo a The WHO, una fórmula que luego se potenciaría en varios pasajes de “Backspacer”. (19) Unthought Known. En su estructura recuerda a “Given to…”, un espiral ascendente en el que la voz de Ed alcanza una expresividad imposible de clonar.

(7) Spin The Black Circle. En un alegato a favor del vinilo los Pearl Jam dan una primera señal de qué tan lejos pueden llegar pisando el acelerador. (8) Tremor Christ. Cuatro minutos alcanzan para sentir que estás viajando en el Apolo XIII y para meter la mejor frase en una canción de Pearl Jam: “Smallest oceans still get big big waves”.

(20) I Believe In Miracles. Desde el “Brain Drain” de los Ramones al “Ten Club Holiday Singles 2003”, un cover que provoca uno de los picos de mayor emoción en los shows de la banda.

(9) Corduroy. En vivo suele estar precedida por una recreación de “Interstellar Overdrive” de Pink Floyd. Imposible no tararearla después de la primera audición. (10) Who You Are. Casi un himno con alma de Gospel. La secuela espiritual de Nusrat Fateh Ali Khan (ver “Long Road” – BSO de “Dead Man Walking”). Prueba evidente de que la banda grabó en New Orleans y de que Jack Irons no pasó en vano por aquí (reparar en su brillante “Attention Dimension”).

Vedder & Cia. acuñaron una rara versión de la fama que nos despista como esas monedas en las que nos cuesta resolver cual es la cara y cual el sello. Han sabido usufructuar los beneficios de la popularidad para orientarlos hacia los fines que consideraron más nobles. Se revelaron con disciplina, con ese mismo espíritu nos salimos de la consigna y abrimos una puerta más, después de todo el propio Cameron Crowe afirmó que tiene material para una secuela de su documental y que PJ21 no sería un mal título.

(11) In My Tree. Inescindible de la pieza anterior, un tándem que levanta vuelo en un disco (No Code) muchas veces subestimado. Si fuera la única canción de Pearl Jam, bastaría para saber de qué va la historia.

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(21) Last Kiss. La decisión de versionar un 45 RPM que Vedder rescata en una reventa se convierte en el mayor éxito de su carrera. “Su” canción de amor más convencional ayuda a recaudar más de 10 millones de dólares para las víctimas de la guerra en Kosovo.

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“PEARL JAM TWENTY” (2011 – U.S.A., Cameron Crowe)

CULTIVANDO LA PERLA Aún persisten en nuestra mente las imágenes de Pearl Jam sobre el escenario, fieles todos sus integrantes al compromiso generoso de hacer de su encuentro con el público de Lima, una larga noche de música y amor. Pero también continúa en nuestro recuerdo, la visión de un público enfervorizado, saltando, bailando, „pogueando‟ impulsado por el entusiasmo generado por la descarga potente de unas guitarras eléctricas más afiladas que nunca, por una batería que no dio tregua alguna a lo largo de las casi tres horas de concierto, y por una voz poderosa que cubrió todos los ámbitos de la escala sonora, desde la suave tonada de una tierna balada hasta el aullido enronquecido del grunge iracundo. Hacemos mención al memorable concierto que Eddie Vedder y sus cómplices dieron en el estadio de San Marcos el viernes pasado porque al revisar Pearl Jam Twenty, el film homenaje que Cameron Crowe les ha dedicado, nos encontramos con unas imágenes fílmicas similares, imágenes que vimos sorprendidos en el film, pero que jamás pensamos verlas y vivirlas tan de cerca. Ahora podemos dar fe de que esas imágenes cinematográficas eran ciertas, eran posibles. Ahora podemos decir que lo que ellas mostraban no era producto de un trucaje realizado en la sala de montaje. Hemos visto a una multitud encandilada con la música de una banda inspiradísima, una multitud que, como si estuviera poseída por el poder conmovedor de la música, cantó a viva voz, gritó sus iras o sus alegrías hasta más no poder, estalló en aullidos y movimientos convulsos y arrastró en su desborde emocional a todos los que se atrevieron a ubicarse a pocos metros del escenario. Imposible ser indiferente; todos, de una u otra manera, cayeron -caímosbajo el influjo de la subyugante música de Pearl Jam.

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Como tampoco es posible quedar indiferente ante las sentidas imágenes de Twenty. Un film que va de menos a más, que se levanta como una ola y que en su camino nos descubre las diferentes corrientes que la animan, que la construyen. Sin la menor duda, Twenty, es una película hecha por un fan, tiene las marcas y huellas del admirador encendido, del enamorado apasionado y talentoso. Esa cercanía afectiva con el objeto de su amor y admiración, determina sus virtudes, la hace caer en algunos pequeños defectos, los cuales en nada empañan el resultado final de un film muy apreciable y con momentos mágicos. Cameron Crowe se ha propuesto mostrar la historia de la banda, desde sus orígenes –incluyendo aquellas agrupaciones previas en las que participaron algunos de sus integrantes- hasta el momento actual. Precisamente, Twenty, hace referencia a los veinte años de vida de la banda. Veinte años vividos con intensidad, con compromiso hacia su arte y hacia una forma de encarar la vida que los ha conducido a asumir posiciones de enfrentamiento al „establishment‟ mismo. Pearl Jam, como R.E.M. lo hizo en su momento, y al igual que Bruce Springsteen, John Mellencamp, Patti Smith y otros, apuestan por un cambio de rumbo en un mundo donde lo convencional es la persistencia en aceptar como posible los fuegos artificiales de ese „american dream‟ que los viejos pioneros que marcharon hacia el Oeste alguna vez pensaron encontrarlo en el horizonte de la inmensa y agreste pradera. La música de Pearl Jam, cargada de neurosis y desencanto, no es precisamente el canto victorioso que reclama la conservadora sociedad americana. Si bien el film da algunos saltos en el tiempo y combina imágenes de los noventa con imágenes recientes, sin embargo, en su

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estructura básica hay un respeto por el avance cronológico de los acontecimientos. El escenario es un Seattle bastante movido, con las diferentes ondas musicales recorriendo sus calles, bares y teatros, con nombres que surgen de aquí y de allá, y cuyas vidas efímeras muchas veces desaparecen en medio de la vorágine de una sociedad poblada de espejismos, de fantasías nocturnas, de evasiones sin término. En medio de esa jungla de los años ochenta, dos jóvenes intentan hacerse de un nombre a punta de guitarras eléctricas y de una extraña sensibilidad: Stone Gossard y Jeff Ament. Ambos, nos dice Crowe, militaban en Green River, una importante banda „grunge‟ de los ochenta. Hay en el comienzo del film una suerte de caos en la presentación del mundillo artístico. Crowe asume que el espectador está al tanto de la agitada atmósfera en la que Gossard y Ament fundan Mother Love Bone y convocan a un buen número de admiradores en torno a su banda y a su vocalista Andy Wood. El éxito y la trascendencia de este cantante, de acentuados rasgos femeninos, pueden calibrarse bien en el gesto afligido y palabras sentidas de Chris Cornell (Soundgarden) cuando rememora la

empieza a agitar lentamente, como prefigurando lo que el futuro vocalista impulsará -el lanzamiento al éxito definitivo de la banda- con su voz cargada de emoción y plena de energía. Poco después, Crowe inserta imágenes recientes de su encuentro con Vedder: allí, le entrega la vieja cinta que contiene las composiciones que éste realizó a partir de la música de Gossard y Ament, y que formarían parte de su primer disco, Ten (1991). Vedder observa con curiosidad la cinta y, finalmente, recuerda haber escrito en ella su número de teléfono. El detalle es interesante porque la cámara atenta siempre a los gestos de los entrevistados, logra captar la emoción del cantante ante ese viejo y entrañable recuerdo. Twenty recorre un itinerario cuyos hitos tienen que ver con la historia de la banda, los sentimientos, afectos y emociones que surgen de las experiencias vividas y los recuerdos gratos y desapacibles que, inevitablemente, pasarían a enriquecer unas composiciones cuya dureza no está exenta de belleza y lucidez. Sin duda, al aparecer Vedder en escena, el centro de gravedad de la banda varió sustancialmente, pero tanto Gossard como Ament, y luego McCready, supieron asimilar bastante bien el cambio y, más allá de los conflictos propios de un grupo en crecimiento, el deseo de hacer música a través de un grupo perdurable, se impuso admirablemente. Las imágenes de Crowe, que intercalan las presentaciones de la banda con las declaraciones de sus integrantes, amigos cercanos o del mismo director del film, revelan en detalle la evolución de Pearl Jam. Como a todo fan de estirpe, a Crowe le interesa captar el gesto

muerte del vocalista por consumo excesivo de drogas. Más adelante, Eddie Vedder hace suya la canción “Crown of Thorns”, que escribiera en su momento el fallecido Andy. La planificación serena de Crowe, que intercala planos generales de la banda con planos medios de Eddie Vedder frente al micrófono, acentúan la intensidad de la interpretación al mismo tiempo que revela el importante papel que jugó Andy Wood en los comienzos de una banda que siempre ha sido generosa con los suyos y con su público. Crowe es un cineasta con mucha intuición y sensibilidad. Entiende bien el papel que Gossard y Ament jugaron en la evolución de Pearl Jam, pero sabe también que la presencia de Vedder catapultó a la banda al estrellato. Vedder era un surfista que trabajaba en una agencia de seguridad en San Diego…así lo narra él mismo, mientras la imagen de su rostro se va superponiendo a las imágenes de un mar que se

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los lugares en donde se presentan). Vedder mismo, tal como lo vimos y escuchamos en el concierto, hace un llamado al público a serenarse, a cuidarse, para evitar situaciones como la que ocurrió en el Festival de Roskilde en el año 2000. A lo largo del film, Crowe alude a las principales influencias musicales del grupo, influencias que se materializan ya sea en la ejecución de „covers‟ de una de sus agrupaciones admiradas (“Baba O‟Riley”, que proviene de The Who) como también en la interpretación conjunta de “Rockin‟ In The Free World”, el vitalísimo clásico de Neil Young. Para Pearl Jam, la figura del autor de Harvest Moon, es la de un guía, la de un padre musical que compartió espacio con ellos de manera generosa y en múltiples ocasiones, y que les mostró a plenitud lo que significa entregar todo en el escenario. Luego de haber visto a Pearl Jam en concierto y en el film, nos hemos preguntado de dónde viene esa energía tan poderosa, esa vitalidad que se traslada de inmediato a la multitud y la levanta, la envuelve,

mínimo, la declaración reveladora y, claro está, aquellas actitudes que asumidas en momentos decisivos, permiten definir en toda su dimensión a PJ y a cada uno de sus integrantes. Con la llegada de Vedder, la banda adquiere solidez y personalidad. Nos cuenta Crowe que en un concierto en Vancouver, allá por 1991, es decir cuando Vedder recién se incorporaba como vocalista, mientras interpretaba “Breath”, vio cómo los agentes de seguridad maltrataban a un joven que se había pasado de copas. La imagen documental capta el momento en que Vedder detiene su interpretación para denunciar el abuso, y, de inmediato, su canto adquiere un tono furioso, intenso, apasionado. Y recordamos de inmediato, aquella primera vez que lo escuchamos y vimos, a comienzos de los noventa, en el treinta aniversario de vida artística de Bob Dylan. En aquella ocasión, se presentó acompañado de su guitarrista Mike McCready e interpretó una sentida versión de “Masters of War”. Imposible olvidar aquellos versos finales de la canción y el gesto elocuente de desprecio hacia aquellos que organizan y dirigen, desde la comodidad de sus oficinas, todos los conflictos bélicos que han desgarrado y hecho infeliz nuestro mundo. El film recupera para la posteridad esa capacidad de indignación de la banda. Indignación contra la violencia (el abuso contra los débiles), indignación contra la mentira, la injusticia y el militarismo (su interpretación de “Bu$hleaguer”, a pesar de las pifias de los pro republicanos, es una muestra de su valentía y entereza), indignación contra el poder de las grandes empresas (su lucha a brazo partido contra la compañía monopólica Ticketmaster es un ejemplo de consecuencia con sus ideas y es una muestra del respeto que le merecen sus seguidores), indignación contra la fatalidad (la muerte por asfixia de nueve personas en uno de sus conciertos, no sólo los llevó a preocuparse por los deudos sino también a exigir seguridad en

la gobierna. Pearl Jam Twenty, quizás, tiene muchas respuestas. Todas ellas, sin embargo, confluyen en algunos términos que nos tienden algunas pistas: consecuencia entre pensamiento y obra, talentos y virtuosismos individuales que lo ponen todo al servicio del grupo, admiración mutua que deviene en amistades entrañables. Sí, amistades entrañables, como la de Eddie Vedder y Jeff Ament, que Cameron Crowe evidencia en un plano inolvidable: Vedder a punto de quebrarse, mientras recuerda los comienzos de su amistad con el bajista. Sí, el hombre de cuarenta y siete años, el líder indiscutido de Pearl Jam, cuajado en más de mil conciertos, capaz de mover y emocionar a miles y miles de personas, sigue siendo el niño de corazón sensible y lágrima fácil, que calmaba sus penas tocando la guitarra y soñando con ser alguna vez como su admirado Pete Townshend. ROGELIO LLANOS Q.

DIRECTOR: HENRY FLORES (www.musicamoleskine.blogspot.com) Discos y Otras Pastas no se hace responsable del contenido de los artículos y agradece a sus colaboradores por la exclusividad otorgada.

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