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DE DÍSCOLO E IMPLACABLE EN SUS MAS QUE TRAVESURAS DE “NIÑO BIEN”, A PARADIGMA DE SIMPATÍA Y BONDAD. (Un ejemplo de sociabilidad y deportividad en su corta vida de adolescencia y juventud) “Historias” de Garlopín Escoplo y Gramil de los Bastrenes

Por Alfonso Paradelo Gómez

Vivía en un edificio de los más importantes en aquél Laredo de los años 50, casi enfrente a las mejores y más lujosas Casas de don Lucas. Pertenecía a una familia de comerciantes de una posición desahogada, que en aquéllos años empezaron a hacer fortuna. Su casa en el primer piso, tenía los suelos encerados; generalmente muestra de poderío en aquél período posbélico, todavía con muchas carencias y necesidades en la mayoría de las familias. Era de una complexión fuerte. Ya un preadolescente macizo, que prometía cualidades deportivas y así lo demostró más tarde jugando al futbol. Primero en juveniles y luego en el primer equipo local. A aquél inmueble de Menéndez Pelayo -el único en la villa con un habitáculo para portería en la entrada, que nunca se usó para tal menesterllegó un matrimonio de trabajadores con una economía más precaria que boyante. No tuvo la nueva familia tanta suerte como la primera; ninguno de los dos negocios emprendidos hacía tiempo dieron el resultado apetecido y el cabeza del ”linaje”, después de una experiencia negativa en la capital, tuvo que retornar y seguir en su oficio de carpintero. En dicho inmueble tuvieron que habilitar como vivienda unos desvanes sin agua corriente, lo que suponía el trasiego del líquido elemento superando la incomodidad de 78 escaleras, con herradas y otros recipientes, varias veces al día. Una chica ya mayorcita, en edad de merecer y un muchacho en plena pubertad -algo mayor que el “personaje” de esta “historia”-, completaba el hogar. El fornido y bien nutrido del 1º, era un año y medio o escasos dos años menor que el nuevo. Éste, un jovencito modoso, peinado a diario para asistir a clase. Educado, correcto por bien criado e incluso, algo tímido. No se sabe qué más “defectos” pudo encontrar el “niño bien” en aquél nuevo inquilino y, como se suele decir, “la tomó con él”. (La perfección humana no existe y menos en los niños).Empezó a practicar algo parecido a lo que ahora se conoce como “bullying”. Pero sin pertenecer al mismo centro escolar;


¡faltaría más…! El caso es que, a la salida de sus respectivas escuelas, parece que el primero hacía coincidir el encuentro en el portal -propicio por su oscuridad para una celada-, y de forma alevosa, atizaba a placer al nuevo inquilino. A traición y por sorpresa. El tímido muchacho, sorprendido, quedaba turbado y confuso. Dolorido, desolado y afligido, callaba al principio. (En aquélla época, este joven atravesaba una etapa de “misticismo” y piedad: ingresó y estuvo dos meses en un seminario. Pero esta es otra historia.) Los días siguientes, superando su turbación al verse agredido por sorpresa, se revelaba y sacaba a relucir su genio -que también tenía- y pleno de iracundia, arremetía sin éxito; ya que ante esta reacción, el agresor iniciaba una rápida y cobarde fuga y como el “cándido” lanzara contra él su cabás, el “jabato” -tan “valiente” él-, tenía como coartada la proximidad de su casa. Echaba a correr y en cuatro zancadas, desaparecía por la puerta. Y lo curioso era que el “cabroncete” tenía todas las cosas por las que un niño puede envidiar a otro. Lo que un pobre niño siempre ansiaba sin conseguirlo nunca: los mejores juguetes, caprichos, buenas ropas y mejor alimentación, todo. Todo lo tenía él. Por otra parte, no podía conocer las buenas notas del agraviado (otro posible motivo de celos), porque no iban al mismo colegio. Y en cuanto a tener un físico más o menos agraciado… se podían dar la mano; pues cada uno en su estilo, distaba mucho de poseer el canon de la belleza masculina. Así, una y otra vez, el abatido y atormentado adolescente, llegaba al “palomar” lastimado y frustrado. La madre, conocedora del tema, tuvo la decisión de hablar con la “mamá” del “guerreador” y la buena señora, extrañada, no tuvo más palabras para defender a su “retoño”, que argumentar que parecía mentira, ya que su hijo era menor. Eso sí, con mucha educación e incluso afecto, y prometió reprenderle y corregirlo. El tiempo todo lo cura y desaparecieron aquellas agresiones y la actitud beligerante del chiquillo. (Siempre hay un momento en la infancia en el que se abre una puerta y deja entrar al futuro). El otro prudente jovencito, trató de olvidar. Hay que admitir, que al de los embates, le sería muy difícil discernir -a tan corta edad- entre el bien y el mal. (Si acaso, un breve vislumbre entre lo correcto e incorrecto). Seguro que no podía pensar, en su inconsciencia infantil, cuánto dolor, aflicción, pesadumbre y tristeza pueden infligir los niños con su falta de sentido de la caridad. Pasaron algunos años y ya en la edad moceril y por circunstancias de la época, coincidieron ambos jóvenes perteneciendo a la -popular entonces- Acción Católica; organización de la Iglesia. Entre convivencias organizadas, cursillos de cristiandad, obras piadosas, meditaciones y demás, se forjó una buena amistad y afecto entre ambos -en un tiempo- vecinos. A estas alturas habían dejado aquella comunidad: los padres del “niño bien” adquirieron un hermoso chalet y el más humilde fue a vivir a unas “casas protegidas” en el barrio de san Lorenzo.


No fue una férrea amistad, ya que, según Montaigne “En general la amistad se ha de juzgar una vez que el temperamento y la edad han madurado y se han confirmado”. No pertenecieron a la misma íntima cuadrilla “guatequera” y futbolera, pero sí se mantuvo una sana amistad respetuosa y sincera, pues coincidieron también en muchos actos caritativos y de formación evangélica. Ya mayor y a la vuelta de su estancia en Londres una temporada para aprender el idioma, la empresa paterna patrocinó un equipo de futbol playero en el que él era un destacado participante. Apuntábamos arriba que resultó ser un magnífico deportista. Todavía hoy en día, cada año hay un torneo que lleva su nombre, organizado por sus antiguos compañeros de esta especialidad deportiva. El destino, quiso que contrajera una terrible enfermedad (Las enfermedades, son la prueba de cuán frágil es la vida), incurable para la época. Después de muchas visitas a los mejores oncólogos -pues su padre recorrió con él medio mundo para remediar lo inevitable-, a aquél excelente muchacho, un ser de una reciedumbre envidiable, de 25 años y con novia, le llegó el fatal momento del tránsito. Con un inmenso dolor, el todo Laredo acompañó al estimado joven hasta la última morada. Fue un clamor popular el sepelio. Llegó a ser una persona muy querida, pues resultó tener un carácter afable, comunicativo y siempre con ganas de broma. Risueño, simpático y ocurrente. Los amigos, incluso sentían “adoración” por él. Esto, desmonta el aserto que dice “Los niños violentos, siguen siéndolo de mayores”. En esta ocasión quedó demostrado que no siempre es así. Entre la comitiva mortuoria, discretamente, olvidada ya la frustrante chiquillada de la “perversa” infancia -crueldad que en mayor o menor medida, albergamos casi todas las criaturas a ciertas edades-, caminaba con un compungido corazón vacío de resentimientos y con total ausencia de rencores y lejanos enconos y pidiendo por él al Dios de la Misericordia, aquél “amiguito” del ático. Querría terminar este agridulce recuerdo, con una simpática anécdota que palie lo que de triste puede tener el relato.


De la ciudad del Támesis, trajo como “importación” y nos enseñó a bailar, el twist; ritmo que comenzaba a hacer furor. En una visita en grupo a las Madres Trinitarias en el convento de San Francisco, fue animado a ejecutar una demostración de lo que eran los bailes de moda y aquello provocó el rubor y desconcierto entre la comunidad donde las religiosas, estupefactas, no salían de su asombro contemplando atónitas aquéllas contorsiones y “provocativas” y extrañas posturas… ¡diabólicas!; pensarían algunas de las más añosas monjas de clausura. Todavía recuerdo los aplausos que le propinamos y su cara de picaresca alegría y las carcajadas de todos al ver la conmoción que produjo el famoso twist en las reverendas. Él, fue aquélla tarde “la Estrella”. Si estás en alguna de éstas que pueblan el firmamento, o donde quiera que te encuentres, querido amigo, un abrazo sincero. ¡Qué pena que te fuiste!... ¡Dios!... ¡qué rabia que lo llevaste!


DE DÍSCOLO E IMPLACABLE EN SUS MAS QUE TRAVESURAS DE “NIÑO BIEN”, A PARADIGMA DE SIMPATÍA Y BONDAD.