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Osvaldo Reyes

2013


DE LAS CENIZAS

 La causa del incendio  decía el comentarista de un noticiero al ser enfocado por la cámara de televisión teniendo por fondo la entrada del Hospital San Marcos  no ha sido determinada todavía, pero se sabe que se originó en el área del Salón de Operaciones. El fuego, afortunadamente, no se propagó más allá del octavo piso y pudo ser controlado fácilmente, pero no sin que antes el humo generado llenara rápidamente el hospital y despertara una ola de pánico entre los pacientes y el personal médico que laboraba en ese momento, obligando su desalojo inmediato.

Hasta el momento no se han reportado

víctimas fatales que lamentar y el incendio está controlado.

En el transcurso de las

próximas horas los pacientes serán llevados de vuelta a sus respectivas salas. Seguiremos informando a medida que se desarrollen los hechos. La lámpara que lo iluminaba se apagó y el comentarista bajó la mano en la que llevaba el micrófono. Unos golpecitos en la espalda lo hicieron mirar atrás. Una figura masculina vestida de blanco y con una mochila al hombro lo miraba de manera interrogante.  ¿Dígame?  preguntó el comentarista.  Su trabajo es decir la verdad. Debería ser más consciente de su responsabilidad y averiguar bien los hechos antes de lanzarlos a la luz pública.  Todo lo que he dicho es la verdad  dijo. El cansancio evidente en su voz ahora tenía una pizca de recelo.  Está equivocado. Sí hubo víctimas fatales en el incendio.


El comentarista tomó su libreta y pasó las páginas rápidamente. Al llegar a la última levantó la vista.  Aquí no tengo nada de una muerte. ¿De qué está hablando?  Ya lo sabrá, pero de ser usted me daría una vuelta por las oficinas del noveno piso.  ¿Noveno piso? ¿Qué hay en el noveno piso? El extraño visitante no dijo más.

Se llevó los dedos a la frente en señal de

despedida y comenzó a caminar por la calle con toda tranquilidad hasta perderse en las oscuras sombras de la noche. Caminó con calma. Miró solo una vez por encima del hombro en dirección del reportero. Su atención ya no estaba dirigida hacia la oscuridad que lo envolvía. Su cabeza estaba inclinada, la mirada puesta en los últimos pisos del edificio. Estaba seguro de que haría. Trataría de convencerse que no era más que un loco o alguien traumatizado por el incendio, pero la duda se lo comería con la ineludible persistencia de una bacteria en un medio de cultivo. No podría resistir la tentación de verificar la noticia. Buscaría cien excusas diferentes para justificar sus actos. Si era una mentira, perdía solo unos minutos de tiempo.

Si era verdad… bueno, si era verdad, descubrir tres

cadáveres en el piso donde se localizaban las oficinas administrativas valdría todos los sinsabores de esa noche. Todo con tal de no aceptar que estaba siguiendo la recomendación de un desconocido con la capacidad de congelar su sentido común.


Apoyó la mano en el techo de su auto y, con los ojos cerrados, respiró el aire nocturno. Estaba cargado de humedad, pero podía sentir impregnado en las gotas de agua el acre aroma del humo. El fruto de su mano. Victoria y pérdida a la vez. Entró y cerró la puerta. Encendió el auto y el gruñido del aire acondicionado acompañó el golpe de frío que lo envolvió con rapidez. Colocó las manos sobre el timón del auto y apretó con fuerza. Sus nudillos se tornaron blancos y por momentos creyó sentir el metal crujir bajos sus dedos. El reportero ya debía haber convencido a su camarógrafo de escabullirse en el interior del hospital. Tal vez con la ayuda de un solicito policía bien intencionado, ya fuera por deber o dinero. En realidad no hacía diferencia alguna. Subirían al noveno piso, entrarían en la oficina y encontrarían los cuerpos de los tres ignorantes que pretendieron convertirlo en un chivo expiatorio útil para sus andadas. Mantovani era paciente y su nivel de tolerancia era alto, pero ciertas cosas le hacían perder la dulzura de su carácter. Una de las pocas que lo conseguían era ser tomado por un tonto.  La dulzura del carácter  dijo en voz baja, casi como una plegaria La frase no era suya. Era lo que Ibeth solía decir de él. Su antigua novia. Su Lola. Encendió la radio y presionó el teclado, buscando una pista en particular. Las notas de Cavalleria Rusticana llenaron el interior del vehículo. La historia no podía ser más apropiada y su estado de ánimo se lo pedía a gritos, como si buscara exorcizar los recuerdos a punta de música. Era un drama con varias aristas, pero para él se resumía en la traición


de una mujer, Lola, quien engañó a su marido. La obra terminaba con la muerte de uno de los protagonistas. En su opinión, no con la del personaje que debía morir. Solo una cosa lo hacía enojar más que ser tratado como un ignorante. Las mentiras. Su vida era como una gran obra de teatro. Su vida pública, un magistral disfraz que le permitía sobrevivir lejos de la vista curiosa de personas peligrosas con intereses muy ajenos a los suyos. Una forma de sobrellevar el tedio del diario vivir que cubría el periodo de tiempo entre sus experimentos. Su vida ya estaba llena de suficientes tramoyas como para que las personas a su alrededor le mintieran. Solo podía haber un maestro de la decepción. El destino le había asignado ese trabajo. Extendió las manos. Firmes como una viga. Ibeth le había mentido, despertando una furia que no había tomado control de su mente con tal violencia en mucho tiempo. Fue el equivalente mental a ser poseído por una entidad demoniaca, si creyera en esas cosas.

Sintió la necesidad mutar en obsesión,

cubriendo su visión en un manto rojo carmín. Recordó haber llevado de la mano a Ibeth y decirle que quería darle una sorpresa. Mostrarle su cuarto secreto. Pudo ver el asombro y la felicidad brillar en sus ojos. El cuarto al que no podía entrar siempre fue un punto de escozor en su relación. El que tuviera un lugar que debía estar fuera de su alcance era un recordatorio constante que no le pertenecía por completo y aun cuando ella parecía aceptarlo de buena gana, él no se dejaba engañar. Estaba seguro de que, de dejar una llave a su alcance, ella encontraría la forma de entrar para ver que escondía detrás de sus paredes.


Debió asumir que era una reacción a la alegría al enterarse de que iba a ser padre. Una idea con algo de lógica, quitando el hecho de que era por completo imposible. Otro secreto que había conservado cerca del corazón y que al final marcó su perdición. Cuando la puerta se abrió y le enseñó su zoológico privado, pudo sentir como emanaba de su piel el primitivo miedo a las fascinantes criaturas que habitaban adentro. La llevó de la mano al centro de la estancia y la hizo girar hacia una caja de vidrio a su derecha. En su interior, una serpiente ratonera leucística de Texas descansaba en una rama. Era un espécimen hermoso, de color blanco lechoso que parecía estar esculpido en marfil pulido. Como era de esperar, Ibeth quedó petrificada en su puesto observándola. Era la distracción que necesitaba para abrir los tanques de ácido hidrociánico sin que ella se diera cuenta. Se alejó caminando hacia atrás y al llegar a la entrada del bioterio se detuvo. Ella decidió ese momento para mirar en la dirección que debió ocupar y al ver el espacio vacío, giró sobre sus talones. La sorpresa llenó sus ojos al verlo parado en el umbral de la puerta. Su Lola. Le lanzó un beso con la mano y con un movimiento fluido, casi una danza aérea, apagó la luz y cerró la puerta. El grito logró escapar en el milisegundo que demoró la pesada puerta blindada en cerrarse. El sonido resonó como el quejido de un alma en pena. En todos sus años y con todos los recuerdos que guardaba en su memoria de las melodías que había escuchado, no recordaba una sola que se pudiera comparar al sonido que emitió la voz de Ibeth justo antes de convertirse en un murmullo apagado.


Giró la llave en la cerradura y volvió a respirar. No podía correr el riesgo de aspirar un solo centímetro cúbico del gas que guardaba en el interior de esos tanques, así que al abrir la válvula cerró la boca y aguantó la respiración hasta sellar el interior. El recuerdo de ese momento no lo calmó como otras muertes lo conseguían. Caía en los parámetros de uno de sus experimentos, pero no podría ver los resultados y, de haber podido, no estaba seguro de querer hacerlo. Ibeth hizo lo que hizo por su libre elección y pagó el precio. Eso no hizo que fuera más fácil para él. La sinfonía acabó con energía. Un combate entre los instrumentos de percusión y aire que siempre hacía que su piel se erizara. Esa noche no fue la diferencia, pero por motivos distintos. Trató de respirar con lentitud, pero la siguiente pista lo tomó por sorpresa y casi se ahoga. Las suaves notas iniciales de Danza Macabra, un solo de violín como única señal de la aparición de la muerte, consiguieron el efecto que buscaba. Su pulso bajó su frecuencia y su respiración se ralentizó a un nivel tolerable. La muerte. Su eterna acompañante. Si su memoria no le fallaba, la muerte aparecía a la medianoche de Halloween todos los años y con su canción llamaba a los muertos para que bailaran al ritmo de su instrumento.

 Y cumples el 31 de octubre  pensó con verdadera admiración  ¿Cómo no te habías dado cuenta de la relación? Curioso lo que un pequeño encuentro con la muerte podía hacer al entendimiento. Las notas le hicieron pensar en el reportero llegando a la oficina. La puerta no estaba trancada, así que abrirla no sería un problema. Dejó las luces encendidas, así que la


imagen de los cuerpos tirados en el piso los golpearía con una energía visual incapacitante. Tomarían grandes bocanadas de aire, aspirando y llenando sus pulmones del veneno inodoro e invisible que llenaba la habitación. Bueno, inodoro para el 60% de la población que carecía de la habilidad genética de detectar su presencia. Un curioso olor a almendras amargas que marcaba el preámbulo de una inexorable caída en el olvido. Se acomodó en el asiento y aceleró. Mantuvo la velocidad requerida mientras estuvo en los predios del hospital San Marcos. El lugar estaba lleno de policías y lo último que necesitaba en ese momento era que lo detuvieran por conducir muy rápido. Ya tendría tiempo para eso. Calculó que tenía unas pocas horas antes de que Hatcher pudiera contar lo ocurrido. Cuando eso pasara, su rostro saldría en todas las televisoras del país y escapar sería algo casi imposible. En su maletero tenía una pequeña mochila con toda la documentación que necesitaba para iniciar su vida en otra parte. Era una persona práctica y sabía que los actos de esa noche no tenían solución. Había prendido fuego a sus naves y solo le quedaba huir a rumbos desconocidos. Al entrar en el tráfico de la Avenida Balboa sintió su corazón acelerarse y el peso del pie caer con fuerza sobre el pedal del gas. El Jaguar se lanzó como un bólido sobre el asfalto y lo enfiló rumbo al corredor Sur. Era la ruta más directa al Aeropuerto Internacional de Tocumen. Un vuelo lo esperaba para llevarlo a Estados Unidos. Era un dato que la policía descubriría tarde o temprano y quería enfocar su búsqueda en uno de los pocos países donde estaba seguro jamás podrían estar seguro de encontrarlo. Apenas tocara tierra alquilaría un trasporte


terrestre con su nueva identidad. Pensaba dirigirse a México, para luego desaparecer para siempre en cualquiera de los países del área. El final de Danza Macabra fue seguido de dos segundos de silencio. Las primeras notas de La Tosca de Puccini salieron de los altavoces. Sintió sus labios curvarse en una sonrisa y dejó que su mente quedara en blanco, la música llenando todo el vacío. Poco después recordaría la historia detrás de esa obra. De haberlo hecho en ese instante, estaba seguro de que la sonrisa habría desaparecido como un corazón dibujado en la arena ante la marea creciente.

Cicatrices en gris y blanco de amores olvidados

arrastrados por las corrientes del olvido. En algunos momentos la ignorancia era una bendición. ***  Espere un segundo  dijo el hombre con la camisa celeste  Ya regreso con el supervisor. Mantovani sentía las manos húmedas. Estaba acostumbrado a todo tipo de estrés, pero ni la atención de un parto complicado ni el riesgo de la cacería se acercaba siquiera a la décima parte de lo que sentía encerrado en esa habitación. Una pequeña oficina oculta de la vista de todos los demás viajeros que esperaban poder abordar sus vuelos. Las dudas empezaron a embargarlo. Había planeado para ese escenario, pues solo un idiota podía pensar que seguiría impune de por vida. Todo lo que se necesitaba era un acto de la providencia. Él se había encontrado con todo un repertorio. Un circo completo con payasos, malabaristas y hasta un domador de leones.


Repasó en su cabeza el plan completo. Su nueva identidad era cien por ciento creíble. Él había atendido el parto, después de todo. Imágenes de días mejores vinieron a su memoria. Huellas mnémicas de un pasado glorioso.

 Usted puede  recordó haber dicho por debajo de la máscara que cubría su rostro  Un poco más. Sintió como la mujer presionaba con todas sus fuerzas. Los estribos a su lado rechinaron y repicaron. La verde tela que cubría la camilla se cubrió de varios hilos más de sangre. Un jadeo forzado. Un grito ahogado. Un suspiro de alivio. El cuerpo del bebé salió con suavidad y tuvo que hacer un esfuerzo para que no se le resbalara. En la espalda pudo ver varias ampollas y la piel levantada en pedazos. Al darle la vuelta, el cordón umbilical tenía un intenso color púrpura y los brazos del niño caían a los lados como cintas de tela. Tres meses antes había conocido a una simpática embarazada con un camisón de mariposas y flores que, atrapada en su auto, vio en él su salvación. Poco podía esperar que ese encuentro terminara de una forma muy diferente y que marcara el principio de una época. Por lo menos, para él. En ese instante ya pensaba en la posibilidad de que pudieran atraparlo. Tenía que tener una forma de escapar, pues de lo contrario tendría que morir en el intento. La idea de una jaula era inconcebible.


El niño que sostenía en sus brazos jamás tendría ese problema. Había muerto muchos días antes y él no había tenido nada que ver. Obra exclusiva de la providencia. La idea de atender el parto si fue suya. No eran muchos los que tenían el corazón para recibir a un niño muerto, pero alguien tenía que hacer el trabajo sucio y él tenía otras intenciones. Estableció una buena relación con la madre que recibió la noticia al enterarse como era de esperar. Tenía un buen esposo que la apoyaba y el joven doctor que tan solicito era con ambos fue como una fría salvia en una quemadura. Los apoyó durante todo el proceso de duelo. Los orientó en el procedimiento a seguir para reconocerlo y darle nombre. Para retirarlo de la morgue y darle cristiana sepultura. Les dio el nombre de una psicóloga que conocía para que los ayudara. Lo llamaron Esteban. Esteban Jaén. Ellos obtuvieron apoyo emocional y atención personalizada. Su dolor era palpable, pero el agradecimiento emanaba de ellos como un dulce vapor aromático. Mantovani obtuvo un nombre que valía toda una vida en el anonimato. Pensó que sería más difícil, pero resultó ser una caminata en el bosque.

Un

certificado de nacimiento que registrara el nombre. Un certificado de defunción que jamás fue archivado. Un niño que nació, pero no murió. Por lo menos no en papel. Tocó el bolsillo de su saco. En el interior, la cédula y el pasaporte bajo el nombre de Esteban Jaén. Una vez instalado conseguiría por internet un diploma de médico de una universidad ficticia.


Todos sus planes armados para una eventualidad como la acaecida esa noche y ahora esperaba a ver si los podía poner en funcionamiento sentado en una dura silla de lo que parecía un cuarto de interrogatorio de un cuartel de la policía. Trató de calmarse y las notas de La Tosca regresaron a su cabeza. Un escalofrío recorrió su espalda al recordar de qué trataba la ópera de Puccini. Un fugitivo llamado Angelotti, buscando refugio en la Roma de 1800, se esconde en una capilla. Un famoso pintor le ofrece asilo y la posibilidad de escapar, pero es arrestado en su papel de cómplice. Su amante, Tosca, se ofrece al Barón Scarpia si lo protege. El Barón organiza una ejecución falsa y Tosca lo asesina después de tener la confirmación de que todo estaba listo. Como era de esperar, el supuesto plan era una mentira del Barón. El pintor muere de verdad durante la ejecución y Tosca se suicida al descubrir que había sido engañada. Si era verdad que quien reía de último reía mejor, las carcajadas del Barón Scarpia resonarían por toda la eternidad. Se lo podía imaginar parado en la plazoleta esperando que el cuerpo de Tosca se estrellera contra el piso para poder restregárselo al fantasma de la cantante. La puerta se abrió y la música de La Tosca se fragmentó en miles de notas discordantes. El hombre de la camisa celeste entró acompañado de un hombre mayor, su rostro surcado de arrugas. Era unos centímetros más bajo, pero su porte autoritario lo marcaba como una mancha oscura en un lienzo blanco. Estaba muy lejos para poder leer la placa que llevaba en el bolsillo. En su mano llevaba su pasaporte. Lo leyó una vez y levantó la mirada.  ¿Es de verdad usted el Dr. Carlo Mantovani?


 Sí. ¿Hay algún problema? Sus ojos trató de mantenerlos fijos en el hombre. Su voz la reguló a un nivel rayando en el hastío. El temblor de sus manos era inexistente. Su corazón latía a más de cien. El hombre no se movió. Sus ojos eran de un color oscuro, pero lo estudiaban con intensidad.

 Ya lo saben  pensó  De alguna forma el maldito de Hatcher logró poner la alerta. Me estaban esperando. No tenía armas a su alcance. Estaba en un lugar desconocido con guardias de seguridad en todas las salidas. Además, aun cuando lograra escapar de esa habitación, ¿qué podía hacer? No sabía, pero ya llegaría a ese punto después. Lo primero era lo primero. Escapar. Como Angelotti. A su derecha, con la ayuda de su visión periférica, vio lo que buscaba. Un lápiz con la punta recién sacada. Suficiente para incapacitar a uno de los dos hombres. Con algo de suerte, a los dos.

 Punto de entrada  pensó  los ojos. Directo al cerebro. El hombre de las arrugas movía su mirada del pasaporte a él. Como si tratara de fijarse ese rostro en la retina a punta de esfuerzo. Después de un minuto de silencio, el hombre asintió. Se acercó al escritorio y le extendió el pasaporte de vuelta.  Sí, es usted  dijo y las arrugas desaparecieron por arte de magia. Una sonrisa franca ocupó su lugar.


El gesto estaba tan fuera de lugar para lo que se imaginó que pasaba que se quedó sin habla. El hombre sonrió con más claridad.  No me recuerda, pero yo sí a usted. Los ojos de Mantovani se movieron casi de forma inconsciente hacia la placa en su bolsillo. Era de color dorado, con letras negras. Marcos Jaén.  Usted nos ayudó. A mi esposa y a mí en un momento muy difícil. Nuestro hijo murió antes de nacer y usted… bueno, hizo toda la diferencia. Mantovani estaba estupefacto. El sudor que cubría su espalda, oculto bajo la tela del saco, debía tener el tamaño de una pelota de baloncesto.  La muerte de un hijo. No hay nada más duro para un matrimonio. Si no fuera por todo lo que hizo y la psicóloga que usted nos recomendó, no creo que sobreviviéramos al evento. Marcos se sentó y apoyó ambas manos en el escritorio.  Pero lo hicimos. Tuvimos dos hijos más después. El mayor fue un varón. Se llama Carlo, como usted. Carlo Jaén.

Por un segundo pensó que estaba metido en un capítulo de la

Dimensión Desconocida. Solo faltaba que el señor Jaén confesara ser el diablo que venía a llevárselo.  Lo recuerdo  dijo Mantovani, tratando de mantener la compostura  Por alguna razón, estaba pensando en ustedes hace poco. Marco golpeó la mesa con fuerza con la mano y río. Una risotada cristalina que retumbó en la pequeña oficina.


 Mi amigo Roberto  dijo señalando hacia atrás con el pulgar. El hombre vestido de celeste sonreía también  es el padrino de Carlo. Sabe la historia de principio a fin. Al ver su nombre… bueno, no resistió darme la sorpresa. Extendió la mano con seguridad.  Y yo no resistí verlo para estrechar su mano y darle personalmente las gracias. Por todo. Mantovani reaccionó más que pensó. Dejó que años de entrenamiento tomaran control de sus actos. Estrechó la mano de Marco y su rostro mostró un sonrisa que le hacía juego, diente por diente, a la de los dos hombres.  No se preocupe  dijo Marco  Su puesto en el vuelo está confirmado. Lo hice personalmente. Primera clase. Giró la muñeca y vio la hora.  Lo deben estar esperando. No hagamos esperar más el avión, ¿le parece? Mantovani soltó su mano, aun sonriendo. Se echó su maleta al hombro y los siguió por los pasillos de vuelta a la realidad.

 Curioso  pensó presionando con la palma el bolsillo que protegía su nueva vida en papel  Quien lo hubiera creído. Las buenas obras sí recibían su premio después de todo. Hasta las que no lo eran tanto. ***  ¿Necesita algo?  preguntó la azafata de cabellos dorados y ojos verde claro  ¿Algo de tomar? Mantovani levantó la copa aún llena de un líquido rojizo. Ella sonrió con picardía.


 Si necesita algo no dude en llamarme.

Un amigo suyo me pidió que me

asegurara de que su viaje fuera lo más placentero posible. No necesito explicarse. Se podía imaginar quien era el amigo. La placa en su bolsillo decía una sola palabra. Amelia Una descarga eléctrica recorrió su cuerpo ante el nombre, pero solo duró un instante. La bella azafata distaba mucho de parecerse a su Amelia.

 Sería el colmo  pensó cerrando los ojos tras agradecer con una sonrisa y un ligero gesto de asentimiento la oferta  Dos Amelias son una de más para toda una vida. Tres, es sadismo. Llevó la copa a su rostro y aspiró el aroma del delicado vino. No era uno de sus favoritos, pero no pensaba ponerse fino durante el viaje.

Una vez instalado en su nuevo

rol de Esteban Jaén, un sencillo y humilde médico general, podría darse todos los lujos que quisiera. Una cuenta en su nuevo nombre lo esperaba en un banco internacional con varias sucursales en Centro América. Dinero no le faltaría. Su vida pasada era una ruina en llamas, pero como el ave fénix saldría de las cenizas. En unos años podría empezar a ejecutar una pequeña idea que trataba de germinar. Solo tenía un bosquejo, pero la idea estaba allí. Como una pequeña semilla. Con el potencial de convertirse en un árbol. Un nuevo proyecto. estimular el intelecto.

Una especie de experimento social.

Algo nuevo, para


Sin abrir los ojos dejó la copa en la mesa y se recostó en el asiento. Sintió cuando alguien la retiraba. Por el aroma, estaba seguro que era Amelia. Una suave loción de cuerpo con lavanda y vainilla. Su conciencia fue desapareciendo en las sombras. Por una fracción de segundo pensó que veía la vieja carretera y las luces deslizándose sobre el asfalto, pero cuando el entorno se tornó más brillantes y los colores pintaron el sueño, se encontró en un lugar que solo había visto una vez y de forma muy reciente. Una oficina. Una gruesa alfombra de color azul. Mesas, sillas y tres personas arrastrándose por el suelo. Araujo, con una rodilla y una mano apoyada en el piso, miraba al vacío. La otra mano la tenía sobre el cuello. Hobt y Santos lo vieron entrar y trataron de arrastrarse hacia él, pero era evidente que el ácido hidrociánico hacía estragos en su organismo. Sus movimientos eran lentos e indecisos. Les faltaba poco para morir. Se vio, como las películas donde el fantasma ve su propio cuerpo desde las alturas, sacar el cuchillo de caza que guardaba en un bolsillo. Su hoja relució al ser golpeada por las luces del techo. Se puso detrás de Hobt y colocó la palma de la mano por arriba de sus ojos, desde atrás, atrayéndolo hacia él. Levantó la hoja del cuchillo y lo apoyó sobre su cuello y con un solo movimiento de izquierda a derecha lo deslizó sobre su piel. Sintió un líquido caliente salpicar su mano. El rostro cambió al de Araujo. Finalmente, Santos.


La sangre manchaba la alfombra, formando grandes charcos alrededor de los cuerpos. Los ojos de Santos lo miraban desde el piso, ligeramente húmedos y reflejando la luz del techo. Sintió el mundo vibrar y las líneas de la escena palidecieron. Finalmente despertó. La azafata con el nombre de su esposa tenía una mano apoyada con delicadeza sobre su hombro.  Disculpe, doctor  y su voz sonó dulce, casi angelical  Llegamos. Miró por la ventana y pudo ver que era verdad. El sol iluminaba el suelo de la pista, haciéndolo brillar como si estuviera cubierto de miles de diamantes. Se estiró y lo primero que llamó su atención fue darse cuenta que el cansancio había desaparecido. Su cuello estaba relajado y su mente, aguda y clara. El sueño de muchos años había sido remplazado por uno nuevo. molestarlo, pero no fue así. La decisión la tomó su propia mente. ¿Quién era él para llevarle la contraria a su propia conciencia? Además, fue el sueño más reparador que tuvo en años.

Eso debió

De las cenizas  

Cuento corto - Dr. Mantovani

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