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R E L A T O S Óscar Perdomo León

RELATOS

Editorial ÁRBOLESDEFUEGO Derechos reservados © Óscar Perdomo León. Primera edición, 2017. Portada del libro: Collage hecho por Óscar Perdomo León. Trabajo de edición y digitación: Óscar Perdomo León.

Comentarios dirigirlos a: operdomoleon@gmail.com Blog LA CASA DE ÓSCAR PERDOMO LEÓN: http://oscarperdomoleon.com/ Blog de fotografía: http://laluzylasombradeoscarperdomoleon.blogspot.com/ Todos los derechos reservados. No puede ser reproducida total ni parcialmente esta publicación, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo, por escrito, del autor de esta obra.

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NUNCA

Estaban todavía abrazados, haciendo el amor, cuando ella empezó a gemir intensamente y de pronto empezó a llorar. -¿Te lastimé? -preguntó él. Ella negó con su cabeza y siguió llorando. Hacía dos días que ella había aceptado ser su novia. Él la había seguido por todas partes en el barrio y le había escrito por messengger casi todos los días, desde hacía dos semanas. Le decía muchas cosas amorosas y ella suspiraba al leer los mensajes, pero apenas le contestaba. A ella le gustó él desde el principio, pero sentía miedo, porque sólo había tenido un hombre en su vida, su “compañero de vida”, ese que la había abandonado hacía mucho y la había dejado con una niña en brazos. Hoy esa niña ya tenía 15 años de edad y ella continuaba soltera. Muchas dudas le pasaban por la cabeza. ¿Era este otro hombre uno más que solamente quería jugar con sus sentimientos?¿Estaba enamorado de ella como él se lo aseguraba? ¿Era un hombre honrado? Dos días antes de estar abrazados se habían citado en el parque Cuscatlán para hablar. Cuando se encontraron, las

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chispas y las estrellas reventaron en sus corazones. No hubo en realidad necesidad de hablar. Él la abrazó y ella lo correspondió. Era como si se conocieran de años. Y luego vinieron los besos y más besos, como dos adolescentes enamorados. Pero ella ya no era una niña. Tenía 40 años y él, 52. Estaban sentados en una de las bancas del parque y por momentos caía una llovizna suave, casi invisible. Ella era gordita; vestía una falda roja y una blusa negra, estampada con flores doradas. Él era delgado y un poco más alto que ella; vestía camisa verde y pantalón azul oscuro. Ella lo mirada emocionada cuando él hablaba. Él, con sus secuelas de acné en el rostro, no dejaba de sonreír. Ella sentía la ternura de sus caricias. Él le hablaba por momentos al oído y ella sonreía. Estaban ensimismados el uno en el otro. No se daban cuenta que cerca de ellos una mujer había estado recogiendo mangos caídos en el suelo y se los comía al instante o los guardaba en una bolsa. No se daban cuenta que mucho más cerca, una profesora les hablaba a sus alumnos sentados en las gradas, cerca del museo Salarrué. Sólo ellos dos importaban. Sólo su amor nuevecito llenaba sus sentidos. Ahora, dos días después, estaban en esta habitación barata de motel, sintiéndose la pareja más feliz y unida del mundo. Y de pronto, el llanto de ella... Y entonces él le preguntó: -¿Y por qué llorás, pues? Y ella, sollozando aún, le respondió:

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-Es que nunca había sentido algo tan rico en mi vida.

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ANASTASIO AQUINO

Es 24 de julio de 1833. El pelotón de fusilamiento eleva, perpendiculares a los cuerpos, sus armas de fuego. Pero testigos del hecho afirman que, unos segundos antes, el indócil sentenciado sonreía mientras intercambiaba unas palabras con el sujeto que le vendaba los ojos. -¿Quieren jugar a la gallinita ciega? –preguntó Aquino, con sarcasmo. El sedicioso es físicamente fuerte, de cabello lacio y comúnmente usa caites de correas gruesas y una capa sin mangas, adornada con seda roja. Semanas antes, mientras guardaba prisión en Santiago Nonualco, después de haber sido capturado tres meses atrás en su escondite del cerro el Tacuazín, una noche Aquino se durmió profundamente. Ingresó, con la fuerza de ánimo acostumbrada, a un sueño (que bien puede llamarse frustración o pesadilla), un sueño que –conjeturo- es otra poderosa forma de la realidad. El escenario era una casa de adobe cercana al Valle de Jiboa, rodeada de árboles de fuego y de amate. Frente al proscrito Aquino se encontraba un rostro conocido y familiar, y ahora odiado. Aquino quiso golpearlo; pero también quería entender porque había sido traicionado.

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Se contuvo. Y mientras con la mirada lanzaba un filo como de obsidiana, abrió el sincero diálogo: -Lo que pasó, pasó. Ahora sólo hay una cosa en el mundo de la cual me arrepiento: debí cortarte las venas cuando pude, en vez de sólo expulsarte de mi ejército. -Vos tuviste la culpa, por tratarme mal -respondió Cascabel, con un ligero temblor en la voz. -Vos querías abusar de aquellas mujeres. Sos un depravado. O algo peor que eso, un soplón cobarde, un infame delator sentenció Aquino, con palabras lentas y tono enfático. La claridad de la mañana se apoderaba con decisión del rancho y de los ojos de ambos hombres. Los clarineros gritaban y saltaban entre las ramas de los árboles. Una niebla densa se colaba intermitentemente al interior de la habitación única. Y era como la materialización de los sentimientos que maniataban el alma de los interlocutores… era gris y era fría. Cascabel, con la mirada turbia puesta sobre el suelo, interrumpió el breve silencio con unas palabras que querían ser valientes: -Yo no me arrepiento de nada. Puedo hablarte con la verdad y decirte lo fácil que fue informarles a los hombres del Presidente Prado el lugar de tu escondite.

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-Mirá -dijo con serenidad, Aquino-, yo sé que te han dado dinero los ladinos. Ya sé que los traidores como vos, se conforman con pequeños pagos y no entienden que todo los que existe en la extensión de estas tierras pertenece a mis indios, a mis hermanos que viven en la miseria. Pero si tenés un poco de vergüenza, deberías meditar en las consecuencias de tu estupidez… -¿Y qué acaso creíste que podrías vencer a los blancos sin la ayuda de los mestizos? -interrumpió Cascabel-. Yo no te traicioné sólo porque vos me golpeaste y sacaste de tus filas. El odio que te tengo por eso, únicamente aceleró lo inevitable. Y ahora lo que más deseo en la vida es olvidar tu nombre. Aquino, que escuchaba atento, fue cambiando su dura mirada por ojos de reflexión. Observó con la vista perdida el techo de paja… y el odio que sentía hacia Cascabel, cuyas palabras quizás eran verdaderas, fue opacado por la duda. Después de un lapso de treinta segundos, Aquino miró a Cascabel fijamente a los ojos y declaró con lucidez: -Nadie va a olvidar mi nombre. Y vos, menos. Eso te lo aseguro. La espesa niebla persistía tercamente en ocultar fragmentos de los cuerpos. Sin embargo, todo tenía un significado tan grande, digo, todo lo que concierne a los ojos y a las palabras, porque si alguno ocultaba un arma era imposible saberlo… Aquí termina el sueño y volvemos a la hora final.

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El pelotón está listo. Las armas suenan, como la voz de una tormenta breve y letal. El corazón santiagueño se detiene. A alguien no le basta eso y el hacha, que también mata árboles, corta el cuello del cadáver y la cabeza rueda ensangrentada. Se dice que será exhibida, dentro de una jaula, en un borde de la Cuesta de los Monteros.

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LA SIGUANABA

Un anciano, sobreviviente del levantamiento campesino que se desencadenó en el salvador en 1932 (y que fue aplastado por las fuerzas militares del general Maximiliano Hernández Martínez), narra su anécdota personal, entre el sueño, la locura y el terror…

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«… a todos se oye hablar de ella. Yo tengo aún en mi memoria, por las noches, su espantosa voz a lo lejos. Su nombre fue 1932. «Al acercarme aquel día –recuerdo- parecía ella una campesina adornada por dieciocho veranos, olorosa a claro nacimiento de agua o a cañaverales azotados por la brisa. Recuerdo bien que su boca era el primer paso en el camino del sexo y su cabello negro y liso era la misma noche abrazándome. «Su piel daba –aunque yo por eso estuviese ardiendo- la sensación de perfume y frescura. Dos atractivas consignas de las que se escuchan en las manifestaciones callejeras eran sus ojos café-claro. Y sus pechos desnudos, encendíanme las ganas de todo… «Pero cuando por fin el beso -nuestro beso- hizo parir inevitablemente la alegría y una secuencia de emociones y deseos, su belleza, cuidadosamente hecha, se volvió un mar de arrugas y de gritos; sus ojos eran entonces dos candiles

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incendiándome de miedo, y el genocidio histórico de mi pueblo corrió como una tenebrosa película exhibiéndose en mi sangre… «La inmortal Siguanaba reía horriblemente –lo recuerdo bien claro- al verme correr, tropezando, entre el río y las flores muertas, en algún lugar del occidente de mi país… »

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TENIS

Nunca he sido muy dado a los deportes, ni como espectador ni como participante directo. Así que, para ser sincero, llegué al tenis atraído por las minifaldas de las jugadoras. Esas falditas tan cortitas que hacían parecer el ambiente como si aún estuviéramos en los años ´60. Esas minifalditas… Pero hay que enfatizar que una vez seducido por la belleza femenina, me vi eventualmente atrapado por el juego de tenis en sí. Lo veía cada vez que había oportunidad a través de la televisión. Con el tiempo, me hice un asiduo al Grand Slam, y especialmente al campeonato de Wimbledon. A ella la conocí en la cancha de tenis de la universidad. Jugaba algunas veces con pantaloncitos cortos bien pegaditos al cuerpo y, otras veces, con minifalda. Tenía una energía tan grande y tan envidiable que sólo pude pensar que tanto arrojo únicamente podría ser adjudicado a la fresca juventud. Se llamaba Yanira. Yo había empezado a ir a la cancha de tenis para mirar jugar en vivo, porque la televisión ya no era suficiente. Una de tantas tardes que fui la conocí, al menos de lejos. Ella me gustó desde el primer día que su figura atravesó mis pupilas. Pero no me atreví a hablarle en varias semanas. Sólo la veía y ella apenas notaba mi presencia. Creo que en esos días mi autoestima rozaba mucho el polvo y de alguna manera ya me

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había acostumbrado a concertar citas con chicas lindas y terminar plantado en algún café, así que la soledad era algo consubstancial a mí y de verdad que no encontraba ningún sentido el hacer amistad con alguien y mucho menos enamorar a nadie. Desde que la conocí los días pasaban sordos en mi cabeza, era como si quisiera estar mirándola de frente y sentir su mirada en la mía. Sus ojos eran café claros y yo los veía de lejos en todo momento y empezaba a amarlos. Pensar en eso y en ella era como una extraña angustia, como cuando se siente una nostalgia (aunque en este caso, de algo que no había pasado, pero que me dolía en el pecho). En aquellos días me atormentaban también las ideas de otras personas, que no toleraban que alguien se saliera de su línea – recta, constante y predecible- y probara de vez en cuando otros caminos. Si eras arquitecto, no tenías por qué ser miembro del equipo de baloncesto de tu ciudad; si eras contador, no tenías por qué entrar en la competencia nacional de ajedrez. Ahora ya no me importa lo que ellos piensen. Y lo digo con la serenidad y confianza que me da el sentirme feliz incursionando en varios campos del arte, yo, que trabajo hoy en la universidad como catedrático de biología. En aquellos días en que decir tenis y Yanira significaban para mí la misma cosa, yo escribía ya poemas y cuentos cortos, más o menos existencialistas, algunos medio cómicos y a veces hasta depresivos. También escribí canciones –nada memorables- de las cuales grabé algunas con otros aficionados a la música.

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Pero volviendo al tenis –o a ella-, un día mientras jugaba, inesperadamente, me miró a los ojos, sólo fueron unos dos segundos, pero fueron dos segundos muy intensos. Yo quedé petrificado. Al terminar el juego, ella volvió a mirarme, pero esta vez le agregó una sonrisa al rostro. No recuerdo si le sonreí o sólo seguí petrificado mirándola; sin embargo, recuerdo que me sentí muy feliz. Y me fui por el camino de siempre soñando con esos ojos y esa sonrisa. Un día saqué valor de no sé dónde y la invité a almorzar en un pequeño restaurante cerca de la universidad. Ya me había preparado psicológicamente para el rechazo, así que no me sentí muy preocupado por su respuesta. -Sí, me gustaría almorzar con vos. Esa respuesta tan directa y espontánea me hizo el muchacho más feliz del mundo. Y así fue como empezamos a hacernos amigos y, eventualmente, novios. Disfrutábamos mucho del tiempo que pasábamos juntos. Conversábamos de muchas cosas; recuerdo una plática en particular en la cual discutíamos sobre quién habría ganado en un hipotético juego entre Steffi Graf y Serena Williams o entre Rafael Nadal y John McEnroe, si el tiempo no fuera una barrera inquebrantable. A ella le gustaban mis poemas; pero creo que resentía un poco mi casi nula inclinación al deporte. Estudiaba odontología y siempre me contaba sobre enfermedades y tratamientos de los dientes. Ella escuchaba con atención las canciones que yo escribía y me hacía sugerencias. Y yo la iba a ver jugar tenis un par de días a la semana. Hacíamos el amor mañana, tarde y

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noche, y en los lugares menos pensados. Éramos dos antorchas que ponían a hervir el aire, la tierra y el cielo. Después de dos años de maravilloso noviazgo ella empezó a mostrarse un poco fría y distante. (El amor me causaba confusión. Aún hoy me confunde.) Un par de semanas después de su cambio de actitud hacia conmigo, se fue, gracias a una beca, a vivir a Italia para continuar sus estudios. Se fue lejos. Se fue sin despedirse, sin contarme nada, sin dejar una nota. Unas amigas suyas me lo contaron todo. En la privacidad de mi dormitorio, lloré como un bebé perdido en la oscuridad y en la mitad de ninguna parte. Entonces, sin desearlo y empujado por Yanira, volví a mi soledad. Era una soledad muy sola, que, como dice el dicho popular: “sólo Dios conmigo”; pero como yo sabía que Dios no existe, podrán ustedes entender que de verdad era una soledad muy sola y solitaria la que yo estaba viviendo. Sin embargo, con el pasar de los días, me puse a pensar. Medité con mucho respeto en los hombres antiguos y en cómo lidiaban con sus problemas. Pero como ellos son los que empezaron con eso de inventar dioses cuando no encontraban explicación a algo o cuando se sentían solos y mortales, entonces me fui aún más atrás en el tiempo, hasta aquellos remotos días cuando, debido a la inocencia o quizás a la falta de imaginación de esos seres casi humanos, no tenían dioses y estaban bellamente solos, realistas y salvajes en el mundo.

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¿Cómo sobrevivían entre tanta adversidad real (como el medio ambiente hostil y los animales salvajes que trataban de devorarlos)? ¿Cómo superaban alguna soledad grande, desgarradora y parásita que se prendiera -como caracol en la piedra- de sus corazones? ¿Cómo sobrevivían? Pensé mucho y llegué a la conclusión que simplemente seguían adelante. Sólo eran fuertes y tenían ganas profundas de vivir. Y me di cuenta que yo era descendiente de ellos. Así que con la fuerza y el ejemplo de tantos ascendientes prehistóricos bajo mis pies y dentro de mi sangre, ya no me sentí tan solo. Y sólo seguí adelante. Y sin estar ya en un estado tan deshabitado en mi corazón, seguí escribiendo mis poemas y mis cuentos, mis canciones, mis locuras… Sólo seguí mirando tenis en la televisión, sin rencores y sin resentimientos.

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LA MAÑANA EN QUE FALLECIERON DÁMASO Y GREGORIO

Aunque Dámaso y Gregorio habían nacido en el mismo año de 1910 y del mismo padre (el hacendado Juan Gutiérrez) la forma de vida de cada uno de ellos había sido muy diferente. Increíblemente ambos hombres se encontraron frente a frente sólo una vez en la vida. Fue en una ocasión en que a la esposa de Dámaso se le pinchó una llanta en un parqueo de San Salvador. Casualmente Gregorio estaba bajándose de su vehículo y al ver a la mujer en dificultades, se acercó a ayudarla. Justo al momento de terminar de cambiar la llanta Gregorio, llegó Dámaso. Se reconocieron por referencias, pero ninguno de los dos dijo nada. Dámaso le agradeció a Gregorio y éste se marchó inmediatamente. Coincidieron sin embargo nuevamente (aunque no físicamente) en algo crucial: el día en que la muerte los abrazó a ambos. *** Es una mañana de rocío, en la que hace unas pocas horas los gallos ofuscados habían golpeado el viento con sus raspadas voces. Las ollas repletas de café burbujean en las casas de la

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ciudad. Los buses ensucian desde temprano la respiración del mundo. Y es un fatídico 03 de diciembre del año 1972. Gregorio Martínez despierta y se levanta. Su esposa se ha puesto en pie desde muy temprano y se ha ido ya a la misa dominical. Su hijo, de ocho años de edad, se sorprende que su padre sólo vaya al servicio sanitario y vuelva a acostarse. Gregorio se siente mareado y tiene dolor de cabeza, así que antes de regresar a la cama, manda a su hijo la farmacia a comprar un analgésico. El niño va enseguida. Al regresar, Gregorio ya está dormido otra vez y ronca fuertemente. Su hijo prefiere dejarlo dormir. Al otro lado de la ciudad, a esa misma hora, Dámaso Gutiérrez, que se ha levantado con el sol y se ha quedado un largo tiempo meditando después de bañarse, se mira en el espejo y se afeita con aparente tranquilidad; se arregla muy bien con la tijera su mostacho oscuro. Contempla su semblante y comprueba cómo día a día se pone más pálido y delgado. Se mira a los ojos y ve la tristeza profunda, esa pesadumbre que antes era tan desconocida para él. E inmediatamente piensa en la bodega del fondo de la casa. Luego se viste parsimoniosamente con su traje de gala. *** Gregorio Martínez era un hombre de 62 años de edad, de mediana estatura, de piel morena y de cabello rizado, fino y oscuro, siempre bien recortado. Hijo no reconocido. Era de poco hablar, pero cuando lo hacía, siempre había serenidad y fuerza en sus palabras. Tenía la frente amplia y los ojos

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negros, en los que había un filo de audacia y de firmeza; sus movimientos eran varoniles y seguros; y en su corazón vivía, trotando, un caballo de larga crin y de gigantesca estatura. Dámaso Gutiérrez era alto, con el cabello castaño y liso, siempre muy bien peinado hacia atrás. En sus ojos verdes casi siempre había habido un destello de alegría, como una especie de sonrisa que estaba por aproximarse. Sus manos grandes eran las adecuadas para el que nació para tocar el contrabajo, que era su pasatiempo favorito. Su conversación era, antes de que se enfermara, elocuente y fluida, divertida e ingeniosa, siempre salpicada con una gran dosis de buen humor. Su risa solía ser contagiosa. Gregorio a muy temprana edad quedó huérfano. Y siendo un niño de 6 ó 7 años, se marchó a pie de su pequeño pueblo natal salvadoreño hacia Guatemala, en una fría tarde de viento. Se fue siguiendo una caravana migratoria, desligándose de sus hermanos, caminando entre extraños, siguiendo una ruta desconocida, entre el hambre y la soledad. Caminaron muchos días y descansaban bajo los árboles. Apenas sí comían. Al mediodía de uno de tantos días, llegaron a Atescatempa, un pequeño pueblo chapín. Gregorio se sentó a descansar a la orilla de un portal y se dio cuenta que ahí había una sastrería. Los trabajadores se afanaban encima de las telas y por momentos, sin dejar de trabajar, platicaban y bromeaban entre ellos. Parecían alegres. El pequeño niño se quedó mirando hacia adentro y ya no se movió de allí. Cuando eran como las seis de la tarde el dueño de la sastrería empezó a cerrar las puertas, pero vio al pequeño sentado con la cara sucia e inocente y le dijo:

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-Niño, andate para tu casa, ya es tarde, te van a regañar tus papás. Y el niño, con la mirada totalmente sincera y la voz firme le contestó: -Yo no tengo casa ni papás. -¿Y de dónde venís, pues? -De Atiquizaya. -Mirá, mujer -le dijo el viejo sastre a su esposa- este pobre patojo no tiene donde dormir. Dale un poco de comida. Y el niño entró apresurado al oír la palabra comida, sin saber que se iba a quedar en esa casa durante varios años. Esa noche Gregorio por fin durmió bajo techo. Esa noche por fin no tuvo pesadillas. *** Dámaso, por el contrario, nació en Ahuachapán, en cuna llena de comodidades. Sus padres, hacendados del occidente de El Salvador, cuidaron de él con esmero. Desde niño aprendió cómo era el comercio de la tierra y la agricultura, y ya desde entonces se le notaba que tenía habilidad para los negocios. Fue a los mejores colegios de San Salvador y estudió

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economía en la universidad. Para cuando era un hombre maduro, allá por 1943, ya había acumulado por sí mismo varias casas, fincas y terrenos: El Chayal, San Fernando, El Jícaro, Iscaquilillo, San Pedro y otros más; pero la finca más grande era Santa Rosa; allí además de una gran plantación de café, habían muchas frutas y ganado. Aunque Dámaso Gutiérrez era un hombre serio y dedicado a su trabajo, hay una anécdota que describe muy bien su verdadera personalidad. Cierta vez Dámaso se dirigía a la fiesta de un amigo. Estacionó su vehículo y caminó atravesando el parque Concordia, con un evidente aire de alegría y vestido con un traje totalmente blanco. Allí se encontró a unos jóvenes irreverentes y bromistas. -Buenos noches don Damas, que tarde se le antojó hacer la primera comunión. Sólo le falta la candela -dijo en tono de burla uno de ellos, mientras los demás sonreían con cierta ironía. -¡No, si aquí te la traigo! –respondió Dámaso, tocándose los genitales. Las risitas explotaron en verdaderas carcajadas. ***

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Al día siguiente de haber llegado a Atescatempa, el pequeño niño Gregorio, sin que nadie le hubiera dicho nada, se puso a acarrear agua del pozo. Cuando el viejo sastre lo vio, le dijo a su mujer, con una sonrisa de satisfacción: -Mirá qué patojito más arrecho. ¡Ya se ganó el desayuno! Y así, poco a poco, Gregorio fue conquistando el cariño del viejo sastre, de quien aprendió el oficio del corte y de la tela. Cuando Gregorio cumplió 14 años de edad recibió de aquél, como regalo, unas tijeras nuevas. Pero cuatro días después el viejo sastre falleció y, una vez más, Gregorio quedó huérfano. Entonces decidió volver a El Salvador. Regresó a su ciudad natal con dos cosas: con la habilidad de ser sastre y con un par de tijeras en sus manos. Era todo lo que tenía. Pero era un joven emprendedor. Traía una experiencia grande a su corta edad, ganada a fuerza de golpes y de prisa; parecía que su palabra favorita era “resistir”. La tragedia de muerte, una tras otra, y la espinosa quemadura de la pobreza y la orfandad, le habían revelado, felizmente, que él era un muchacho valiente, un hombre valiente, un sobreviviente tenaz. En 1930 Gregorio empezó a hacer pantalones por encargo de uno de los almacenes de la ciudad. También comerciaba con guatemaltecos que llegaban a El Salvador cada mes, con sus ventas de colchas, frutas, etc. Se privaba de muchas cosas y ahorraba obsesivamente. Acostumbrado desde niño al esfuerzo, y al esfuerzo intenso, no cedía nunca ante la holgazanería. Con los años, impactados de trabajo y sacrificio, llegó a tener su propio almacén, en donde se vendían telas,

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zapatos, sombreros, etc. Además llegó a tener varias casas y automóviles. Y de una niñez plagada de pobreza y orfandad, pasó a tener las comodidades que el dinero da. En 1966 Gregorio se mudó con su esposa a San Salvador donde abrió dos sucursales de su almacén. *** Con el tiempo, Dámaso también se casó y mudó a San Salvador para desarrollar un comercio de imprentas y publicidad; aunque siempre regresaba a su ciudad natal por sus otros negocios, así como también por el cariño primitivo que le tenía al lugar que lo había visto nacer. Sin embargo, a principios de los años setenta, pasó algo inesperado: Dámaso les repartió sus propiedades a sus hijos; principalmente porque le habían diagnosticado cáncer de pulmón con metástasis en el hígado y sabía que moría más temprano que tarde. No quiso internarse en ningún hospital y le dijo a su familia que quería morir en su propia casa. *** El hijo de Gregorio regresa al dormitorio y ve que sangre oscura le sale de la nariz y los oídos a su padre. Como su madre no ha regresado a casa todavía, corre entonces hasta donde sus vecinos para pedirles ayuda. Ellos intentan despertarlo, pero es imposible. Gregorio sólo emite un ronquido grueso y extraño.

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Inmediatamente llaman a un médico. A través de un amigo de Gregorio, otro médico se entera de lo que pasa, así que terminan juntándose dos galenos en la casa. Ambos lo examinan cuidadosamente. El hijo de Gregorio los observaba a escondidas… Ve con curiosidad todo el ritual de observación, palpación y auscultación que ejecutan los doctores. Primero uno de ellos y después el otro. Ve como alumbran los ojos de su padre con una lámpara de mano. En ese momento Gregorio ya no ronca. Al terminar de examinarlo, ambos médicos se miran mutuamente a los ojos y hacen al mismo tiempo un gesto de negación con sus cabezas. -Es un evento cerebrovascular hemorrágico fulminante -dice uno de ellos, mientras el otro asiente y cubre a Gregorio, de cuerpo entero, con una sábana blanca. El niño se marcha a un rincón de la casa. Siente como si estuviera en un mundo lejano y en algún tipo de pesadilla. Inclina la cabeza, cierra los ojos y llora desconsolado… *** Dámaso sale de su dormitorio con su traje de gala y camina erguido, casi con el ritmo y la solemnidad de quien camina en la iglesia para entregar a una novia. Se dirige a la bodega

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donde guardaba cosas diversas. Su familia completa ya se ha ido para misa. Llega a la bodega y abre la puerta. Entra y busca con detenimiento. Luego toma una escopeta recortada y varios cartuchos. Camina hacia la sala de su casa y se acomoda en una silla mecedora acolchonada. Y experimentando un desconsuelo opresivo en su pecho y sintiendo en carne viva el cáncer que lo consume, se pega en plena mañana un limpio disparo en la boca. Su cuerpo queda inclinado hacia atrás, goteando sangre y meciéndose levemente. El rugido seco y breve del arma hace que unas palomas, que anidan en el techo de su casa, alcen el vuelo.

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TU MEMORIA

Yo recuerdo que un día caminamos los dos, agitados por el sol y el polvo del mediodía, por las calles del centro de San Salvador. Era un día como todos; pero sé que te dije que en algún momento moriría la atracción nuestra y mutua, en manos de dos enemigos infinitos: el tiempo y la rutina. Y ya ves que tuve razón. Pero vos olvidaste decirme que me olvidarías tanto y tan pronto, que hoy me sorprendo al saber que a la memoria se le mueren pedazos todos los días, cada minuto. Mas quiero decirte que los pedazos tuyos que tengo están todavía riendo y llorando, corriendo en mi vida. Y quiero decirte también que me siento resentido con vos o con tu memoria o, en fin, con ambas. ¿Es que no te acordás de esta cabeza que siempre pensó en tu vida? ¿No te acordás de esta mirada herida y sin embargo limpia? ¿Y de estas manos con versos para vos no te acordás tampoco?

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EL ESCRITOR

1 En la entrada de la casa del casco de la hacienda, Catalina Salazar, bella y atrayente, de 19 años de edad, miraba el paisaje, maravillada por las variadas tonalidades de verde y azul con que se pavoneaban las montañas, según la distancia y la luz que las cobijara. -Aquí está el caballo, niña –le dijo el viejo mandador de la hacienda. -Gracias, Eustaquio. -Le traje a Colorín porque es el más tranquilo y es el que más le gusta a usted, ¿verdad? -Sí, este animal es mi favorito -mientras lo acariciaba. Y casi terminando de decir la frase, Catalina montó al equino y se fue trotando hacia el horizonte, como en final de película. -No se vaya muy lejos, niña, que con todo lo que ha pasado con ésto de los comunistas, está bien peligroso.

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Catalina ya no lo alcanzó a escuchar. Su mente se perdía entre el viento fresco de una mañana de mayo de 1932. Su destino era Santa Ana. Tenía ganas de cabalgar un rato por la ciudad. Cuando llegó por fin, trotó por sus calles abiertas. El clima era fresco y Catalina se sentía de muy buen ánimo. De pronto, en una esquina, un hombre que caminaba distraído se interpuso en su camino. Ella logró detener su corcel, pero éste se asustó y se paró en dos patas; Catalina perdió el equilibrio y resbaló hasta caer al suelo empedrado. El hombre, al percatarse de lo sucedido, corrió inmediatamente para auxiliarla. Al acercarse, notó que ella estaba inconsciente. Se acurrucó junto a ella y puso la mano izquierda bajo su cabeza, como a manera de almohada. El hombre pudo ver entonces la belleza de la juventud que rebosaba en el rostro de ella. A los dos o tres segundos, Catalina abrió los ojos. Primero vio nublado, pero después la vista se le aclaró y miró frente a ella a un hombre que le pareció muy alto, de piel blanca y ojos con un tono entre verde y azul. Él la miraba con unos ojos intensos, escrutadores pero serenos. Parecía uno de esos gringos que de vez en cuando caminan como turistas por nuestras calles. A Catalina le dolía un poco la cabeza. -Lamento mucho lo que pasó, señorita. Fue mi culpa. -¿Quién es usted? –le preguntó Catalina, con la voz en un susurro. -Mi nombre es Salvador Salazar Arrué.

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2 (Año de 1992.)

-Yo no sabía entonces que ese joven tan apuesto, al que casi atropello, era el que sería más tarde uno de nuestros más grandes escritores –dijo doña Catalina. -¡Ay, señora, qué romántico! –dijo exaltada Amelia-. -Él era un hombre muy educado y su conversación era muy agradable –continuó doña Catalina-. Te hablaba de cosas cotidianas y de pronto lo escuchabas diciendo palabras profundas, meditadas, y siempre con un sentido hacia el amor. Era un artista, en el sentido más grande que se le pueda dar a esa palabra. -¿Y esa vez en Santa Ana fue la única vez que usted lo vio? La mirada de doña Catalina brilló al recordar. A veces añoraba volver a El Salvador. Afuera la tarde era un poco fría y las hojas de los árboles ya estaban cayendo y desnudando a los primeros árboles; pero adentro, en la sala con magnífica calefacción, un ambiente agradable rodeaba las dos mujeres que, sentadas en unos sillones suaves, conversaban, no como jefa y empleada, sino como dos buenas y viejas amigas.

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-No, Amelia, después de eso, él y yo nos vimos muchas veces. Recuerdo otra ocasión en que platicamos en la Plaza Gerardo Barrios, en San Salvador. Fue casi un año después de conocernos. Él estaba tan bello, con esos ojos expresivos y sus manos tan blancas… *** -Es usted un hombre interesante, señor Salvador Salazar Arrué. ¿Es el mismo del pseudónimo «Salarrué» que tantos comentarios ha causado por el artículo que escribió? -¿Artículo? -Sí, me refiero a «Mi respuesta a los patriotas». Se ha vuelto usted muy famoso, señor –le dijo Catalina. -No, no creo que yo sea famoso –respondió Salarrué. -No sea modesto. Leí también lo que escribió en el periódico Patria, sobre el dirigente comunista Farabundo Martí, y mucha gente en el país lo leyó también. Me gustó el juego de palabras… Salarrué escuchaba atento. -Sí, lo de «Faramundo», por Farabundo.

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Salarrué sólo sonrió como respuesta. -Fue muy valiente de su parte escribir algo así, después de la derrota sufrida por esa gente, y después del fusilamiento de Farabundo. ¿Es usted comunista? -No, claro que no… Pero eso no me impide ver la masacre de miles de compatriotas y el fusilamiento de un hombre que sólo buscaba justicia. -¿Y en qué cree usted, Salvador? -Creo en muchas cosas, Catalina. Creo en mirar hacia nuestro pasado personal y, más atrás aún, hacia nuestros antepasados. Creo que mirar atrás nos da una fortaleza que teníamos desde antes pero que no habíamos podido sentir, una fortaleza edificada con los logros y los fracasos de aquellos que estuvieron vivos en esta tierra. -¡Habla de esos muertos como si hubieran fallecido hace más de cien años! -No importa si fue ayer o hace cien años. El pasado es el pasado, y muy pronto usted y yo, con el tiempo, también seremos parte del pasado…

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3 -¡Hola, Salvador! No esperaba verle. Qué sorpresa más agradable. Catalina estaba sentada en una banca del parque leyendo un libro que desde que lo vio por primera vez le pareció interesante: «El libro del trópico». El viento fresco de octubre de 1934 traía los frutos más amorosos de la literatura. Catalina, que había estado concentrada en la lectura, rebosaba de juventud y buen ánimo. La brisa fresca rozaba su rostro. -Me halagan sus palabras, Catalina. -¿Cómo supo que yo estaría aquí? -No lo sabía, al menos conscientemente –le contestó Salarrué. Pero algo inexplicable me trajo hasta aquí. En el inconsciente a veces somos más sabios y es conveniente dejarnos guiar por él de vez en cuando. Y fue lo que yo hice hoy. -¡Pues aplaudamos y demos un aleluya al inconsciente! – replicó emocionada Catalina. Salarrué lanzó una carcajada espontánea y breve. Sonrió y le dijo:

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-Sé que a usted le gusta leer, así que le quiero regalar este librito mío recién publicado –y se lo entregó a Catalina, pero ella se lo devolvió en el acto. -No me lo va a dar así nada más. El obsequio tiene que ser completo –le dijo con una dulce sonrisa-. ¿No me lo va a autografiar? Salarrué se alegró y se sentó junto a ella. Escribió entonces en la primera página: «Para mi querida amiga Catalina, con el sincero destello nacido en este terruño de sencillo légamo, ceniza y corazón.» Luego, con una mirada verde y diáfana, le entregó nuevamente el libro a Catalina. Ella leyó en silencio la dedicatoria. Y después, en voz alta, leyó con emoción el título del libro: -¡«Cuentos de barro»!

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LA ÚLTIMA VEZ

¿Y qué pasó con esa amistad que usted formó con Salarrué? ¿Se mantuvo a través del tiempo? –preguntó Amelia. -Sí, por mucho tiempo –contestó doña Catalina. -Ay, era un hombre tan guapo. Yo me hubiera enamorado de él. Doña Catalina sonrió. -Hay algo que te voy a contar, Amelia. Es un suceso muy íntimo, y creo que ahora que ha pasado mucho tiempo y que me parece por momentos como si sólo hubiera sido un sueño, es hora de que se lo cuente a alguien. Amelia escuchaba atenta y silenciosa, mientras servía unas tazas de café. Doña Catalina, sin mirar a Amelia, con la vista puesta hacia la ventana que daba a la calle, siguió hablando pausadamente, pero con mucha emoción en la voz. -Él era un hombre muy atractivo, no sólo físicamente, sino espiritual e intelectualmente. Una tarde lo cité y nos vimos en

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la casa de una buena amiga. Allí charlamos mucho y en un momento en que nos reíamos de algo, ya no recuerdo de qué, él me besó. Y no hice nada más que enamorarme de él. Esa tarde romántica y deliciosa, me entregué a él. Y aunque sabía que estaba casado y que ya tenía una hija, no podía resistir no mirarlo, no sentirlo, no hablar con él. -¡Señora! –exclamó Amelia, entre sorprendida y feliz. -Sí, Amelia, fue una locura; pero fue una de esas locuras de las que una nunca se arrepiente. Te aseguro que en sus brazos fui muy feliz. -¿Y cuánto tiempo…? -Fue poco tiempo. Un año con un par de meses más, quizás… Y en ese tiempo nos vimos unas cuantas veces solamente. Los ojos de Amelia brillaban y su mente viajaba en la imaginación. -Fue un tiempo de mucha dicha para mí. Tenía una voz muy sensual y reposada. Y su mirada estaba llena de luces de tranquilidad. Estar con él era como tocar la paz y la serenidad. Doña Catalina se levantó y se acercó a la ventana. Y así, de espaldas a Amelia, continuó:

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-La última vez que lo vi me dijo que me amaba, pero que amaba más a su esposa y que debíamos dejar de vernos. Sin dramas ni tragedias, acepté sus razones y me alejé de él. Pero esa tarde, cuando él salió por la puerta, lloré en silencio, como nunca había llorado antes…

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SOLILOQUIO ENVENENADO

Al otro lado de esos frondosos árboles un hombre con sombrero y botas fuma con placer un cigarrillo. Y yo que no concibo un cigarrillo más que como un compañero solitario en una noche de música desgarrada. Desde hace unas semanas estoy fumando como una chimenea y hoy sólo me queda un cigarrillo. Así que me aguanto. No hay una tienda cerca donde comprar. Lo voy a guardar para la noche. Pero se puede olfatear desde aquí el humo gris y casi puedo palpar la ceniza recién nacida. Me siento embrujado por el humo o quizás por el recuerdo de Evelyn… Creo que voy a encender mi último cigarrillo. Aspirar el humo y expirarlo es un placer lento. En cambio la evocación es el medio de transporte sin duda más rápido y efectivo. Puedo recobrar, con precisión casi matemática, a Evelyn y a cada una de sus palabras. En ese ayer Evelyn y yo concertamos una cita, inspirados por el compartir de una música que a los dos nos gustaba, embebidos en un plan de común acuerdo, decididos por fin: «Acepto huir e irme a vivir con vos, Jorge»; ella y yo, jóvenes de corazón, llenos de una atracción espontánea y oculta, esperanzados en un futuro compartido por ambos, un futuro que cambiaría nuestras vidas para siempre. Desde el primer día que nos conocimos, dos años atrás, nos sentimos arrebatados por una lujuria no declarada, una salvaje inclinación que las normas sociales trataban de serenar, una atracción que ella intentaba esconder pero que sabía que yo la intuía, así como también yo sabía que ella

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descubría poco a poco que yo sentía lo mismo. Cuando la encontré por primera vez la percibí cercana y conocida, con la sensación de saberle secretos y rutinas, con la firme seguridad del instinto. Su rostro me era tan familiar; me recordaba el rostro de la novia de un hermano mayor, cuando yo era apenas un niño; me recordaba los rostros alegres y bellos de las modelos de mediados de los años sesenta, con el maquillaje típico de la época, esas pestañas gruesas y con el cuerpo de esas actrices de las películas del actor mexicano Mauricio Garcés; su cara me recordaba también la inocencia y la tradición, y -al mismo tiempo- el deseo de libertad, fumar marihuana y tener sexo libre. El primer día que la vi, su mirada, sus labios, su rostro en general, provocaron un chispazo musical en mi memoria, tres canciones sonaron claramente en mi cabeza, una tras otra: «Little wing » de Jimi Hendrix, «The sounds of silence» de Simon y Garfunkel y «Somos novios» de Armando Manzanero. Evelyn tenía un rostro magnético y peculiar. Así que cuando fuimos presentados, estreché su mano con naturalidad, como si fuera la primera vez que la veía, aun cuando en numerosas ocasiones ya la había visto de lejos; así que al estrechar su mano me encontré sintiendo inexplicables vibraciones en todos mis huesos, como una especie de presentimiento, que oculté como pude. Sus ojos me miraron con extrañeza, como quien está a punto de preguntar algo y se queda a medio camino, indeciso… A medida que la fui conociendo, me sentí fuertemente empujado hacia ella. (Soy un imprudente fanático de las mujeres de belleza extraña.) Evelyn no sólo era una mujer bonita. Su piel era trigueña, de ojos negros y cabello negro, brillante y ondulado, camino en medio. Poseía una mirada preciosa, era una mirada tan insinuante e inocente al mismo tiempo; parecía tener siempre

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una sonrisa en la noche de sus ojos. Su nariz era de tamaño perfecto para su contorno facial; sus facciones rememoraban de alguna manera a una princesa maya. Tenía también la sonrisa a flor de piel y la voz dulce. Tenía 29 años. Veo este cementerio tan verde en esta época del año y, al mismo tiempo, la vea a ella claramente adentro de mi cabeza, sonriendo y mirando con sus ojos delatores, tan maliciosos… Casi le habló y ella casi me contesta, intento tocarla y ella empieza a tocarme la mano y la espalda y ahora yo le estoy tocando la mano y nos abrazamos y casi puedo acariciar sus pies tan perfectos y le digo que la quiero y ella me habla al oído las perversidades amorosas más deseables… Nos encontramos en un beso y luego nos miramos tan de cerca que aspiro su respiración… («…los primeros meses quería decirte te quiero pero temía hacerlo…») Su voz suena, mi mente sueña, sus ojos ríen y yo sonrío…

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ALEJANDRO, ELENA Y EL TERREMOTO DE 1986

El tiempo, nuestro aliado y nuestro enemigo. El tiempo, ese vacío que está tan lleno de todo, que puede parecernos lento algunas veces y apresurado en otras ocasiones. Ése que parece no tener principio ni fin, y que han tratado de explicar la religión y la ciencia. El tiempo… El tiempo que cura todo dolor y nos ofrece también alegrías. Y en todo momento la memoria trata de guardar en sus archivos el tiempo. Y éste, vanidoso y omnipotente, se nos escapa y engrandece y se nos hace imposible embotellarlo. Alejandro tenía algunas heridas y cicatrices, por aquí y por allá, arriba y abajo del alma y en un costado de su corazón. La muerte lo perseguía por dondequiera que él iba. Por ejemplo, la muerte de Elena, en 1986. Alejandro estuvo perdidamente enamorado de Elena, una vecina de su casa en Santa Ana, que había llegado huyendo de la guerra y que se encontraba, al igual que Alejandro, estudiando en la universidad. Era una muchacha de lindo cabello oscuro, piel morena, mirada penetrante y con una sonrisa que mostraba las encías encantadoramente. Tenían ya 4 años de noviazgo y una tarde de octubre de 1986, Alejandro viajaba en bus desde Santa Ana hacia San Salvador. Al llegar a la capital, se dio cuenta de que algo malo había pasado. La gente corría despavorida de un lado para otro. Había un terrible congestionamiento vehicular. Las casas parecían que

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habían sido golpeadas por almáganas gigantes. Un terrible terremoto acababa de terminar, justo hacía un par de minutos. Corrió hasta el pupilaje donde vivía Elena y la señora dueña del mismo, que estaba a punto de explotar en un ataque de nervios, le dijo que había salido y que no sabía dónde estaba. Un compañero de universidad que halló en la calle le dijo que Elena, al momento del terremoto, se encontraba en uno de los edificios que se habían hundido, que él había salido antes y que sabía que había gente aún con vida, enterrada bajo el concreto. Alejandro corrió entre el pánico y la locura hacia el lugar del desastre. Gritó muchas veces su nombre. Caminó de un lado a otro. Se quedó ahí, tratando de hacer algo. Luego llegaron los expertos en rescatar de los escombros a las víctimas. No perdía la esperanza de que ella siguiera con vida. Los topos mexicanos trabajaron toda la madrugada. Gente de buen corazón se acercaba con agua y comida para los que estaban trabajando entre el cemento desquebrajado. Ya casi para amanecer, uno de los topos salió con Elena en sus brazos. Tenía heridas y equímosis en varias partes de su cuerpo. Estaba pálida y desfigurada. Alejandro inmediatamente la tomó en sus brazos y lloró en silencio. Caminó con ella en brazos, sin un rumbo definido, hasta que la Cruz Roja se la quitó de los brazos y se la llevaron para Medicina Legal.

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La furia natural le había arrebatado la vida a Elena y una parte de Alejandro murió con ella esa mañana. Siendo como era y habiendo sufrido muchas veces, Alejandro sabía que el tiempo es implacable con todo. Pero también estaba consciente que el dolor es algo que el tiempo, ciertamente, sabe cómo curar.

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SIETE AÑOS

Su romance con Rosa María duró siete años. Un número mágico para formar ciclos. O para romperlos. Al principio, como la mayoría de parejas, eran muy apasionados en todo. Hacían el amor cada noche y cada día, en cualquier lugar y bajo todo clima. Inventaban cosas. Escribían juntos. Soñaban juntos. Eran felices sin nada y sentían que lo tenían todo. Alejandro miraba cosas en los ojos de ella que nadie más podía mirar, cosas bellas y grandes. Se hicieron novios un mes de septiembre, bajo el embrujo del alcohol y el deseo. Todo empezó como un juego; pero de un día para otro el misterioso amor emergió de la zona oscura y oculta en donde se encontraba. Los años pasaban y su felicidad resplandecía. Sin embargo, al séptimo año, la alegría se les fue apagando poco a poco. Un día, como cualquier otro, el amor hizo su maleta y, sin perder su misterio, se largó y se escondió en una zona muy negra, en un lugar tan lejano y frío como Saturno o Plutón. Rompieron su relación de tantos años a la orilla del mar y en el peor de los meses para terminar. Fue en diciembre, el mes de la Navidad y de la noche en que se espera el Año Nuevo. El

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mes en que se reportan más depresiones y suicidios. El mes en que se sueña con un nuevo comienzo. Pero para ellos diciembre fue el comienzo del fin. Un día, por cosas de las casualidades, Alejandro y Rosa María se encontraron. Platicaron por un par de horas y hasta rieron juntos como viejos amigos. Al final, cuando se despidieron, Alejandro le robó un beso a Rosa María (nueve meses después de haberse separado). Se besaron por última vez y se abrazaron brevemente. Inmediatamente los dos se marcharon, cada uno por su lado. Fue un beso tierno, quizás de amor. Se besaron por última vez y después los dos fingieron no recordarlo.

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UNA CASA EN NOVIEMBRE

Entre agosto y septiembre de este año, establecí una relación bastante extraña con una señorita doctora y colega mía del hospital. Es decir, no somos novios; pero hemos abierto una conexión más o menos intensa de amistad y aventuras sexuales. Esta muchacha de 26 años de edad está llena de juventud, de cierta inmadurez que le da un toque único e interesante. Señales especiales: ansiedad en la mirada, que le da una apariencia de falsa inocencia y, además, una cicatriz operatoria en el abdomen. Es de mente vivaz y rápida; a veces es recatada y tradicional en ciertas cosas y otras veces es abiertamente vulgar (en el buen sentido de la palabra). Puede ser petulante y burlona. Otras veces, cuando está de mal humor, puede ser sarcástica. Hay en ella ciertas negligencias sociales, verdaderas intransigencias contra el status quo, verdaderas perversidades intolerables. Debo agregar que me gusta mucho su cuerpo y que me desagrada que fume. Su nombre es Lorena. Lorena tiene unos antecedentes familiares muy interesantes. Su abuelo materno, Fermín, era un tipo irresponsable y mujeriego. Su abuela materna, Hortensia, había sido violada impunemente, quedando embarazada, y sus padres, al

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enterarse, guardaron todo en secreto y le arreglaron el casamiento rápidamente con Fermín. De allí nació Inés, la madre de Lorena, una mujer ultra feminista; de tal manera que Lorena nunca supo quién era su verdadero abuelo. Esta información la recibió accidentalmente hasta que tuvo 17 años de edad, cuando escuchó una conversación que tenían en una fiesta dos de sus tías. Este hecho le dolía muy en el fondo, aunque Lorena no lo aceptara abiertamente. Tal vez por eso (y por otras cosas) se emborrachaba casi cada quince días, hasta terminar dormida en mis brazos. Otra cosa que atormentaba el alma de Lorena era algo aparentemente insignificante (comparado en la grandeza del universo); pero era algo que la mortificaba, aun en sus sueños. Lorena tuvo una compañera de escuela en la infancia, María Antonieta, con quien compartió juegos, estancias escolares con olor a lápiz, cantos de pomponte niña pomponte que ahí viene tu marinero… y una escapada de la escuela juntas, que les costó una semana de castigo. Y luego la adolescencia, la primera menstruación, el compartir secretos de sus primeros novios. Y después, la separación. María Antonieta entró en las drogas y a un mundo tenebroso de asaltos, armas y viajes legales (e ilegales) de ida y vuelta a los Estados Unidos. Mientras tanto Lorena estudiaba Medicina en la universidad. Años después, cuando Lorena se acababa de graduar de doctora, se enteró que María Antonieta estaba ingresada con el diagnóstico de SIDA, en el mismo hospital donde ella trabajaba. Fue a verla. Hablaron, largo y tendido. Lorena trató de darle consuelo. Pero algo había cambiado en su mirada, en sus gestos; ya no era la misma María Antonieta

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que Lorena conoció. En esa ocasión María Antonieta le pidió un abrazo a Lorena, pero ésta se negó. Tuvo miedo (quizás injustificado, quizás no).Tuvo miedo que María Antonieta, tomando en cuenta sus antecedentes criminales, tratara de puncionarla con una aguja infectada y la contagiara del VIH. Lorena salió caminando de prisa dela habitación del hospital, asustada y contrariada. Dos días después María Antonieta murió y Lorena lloró amargamente. “Pude haber sido mejor. Pude haberla abrazado; ella era mi amiga”, pensó Lorena. Pero el suceso que mortificaba mortalmente el corazón de Lorena, era uno que ocurrió en 1989, cuando entró a estudiar su primer año de Medicina. Trataré de contarles los hechos tal y como ocurrieron. Ahora, ustedes y yo, caminaremos junto a una historia insana. En ésta los silencios serían irreprochablemente sagrados; pero la verdad también es sagrada y no debe callarse. En el extranjero cuando la gente pensaba en El Salvador, invariablemente se resignaba a creer en un país en guerra civil. ¡Y ahí terminaba todo! La ignorancia foránea es un monstruo que masifica al ser humano; ¡qué saben los demás de los inagotables sucesos que ocurren en una ciudad, en la intimidad de una casa!… Violeta de Hernández vivía en la casa 201 de la calle Circunvalación, en San Salvador. Era una mujer atractiva, sin hijos, de muy buen gusto al vestir y al hablar. Se consideraba a sí misma, después de cuatro años de matrimonio con el doctor Benjamín Eduardo Hernández, una buena ama de casa

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y una amante perfecta. Siendo una mujer estéril, su único temor era que Benjamín encontrara otra mujer que quisiera darle un hijo; ellos hablaban de adoptar un niño, pero en el fondo no querían eso; alguna esperanza guardaban.

Violeta se entretenía por horas en el jardín, mientras la radio permanecía encendida en la misma emisora con la música que amaba. Más para tener alguien con quien conversar, en las extensas horas en que su esposo estaba en la clínica, que para agregar un poco de ganancia económica, pensó que sería bueno dar en alquiler una habitación que no usaban y que se mantenía vacía desde que se mudaron a esa casa, ésa que fue el obsequio de su padre cuando se casó con el médico. Esa casa era un lugar acogedor. Como un viejo guardián, como una enorme fogata deslumbrante, un árbol de fuego inauguraba la entrada; estaba cercada al frente por una reja barroca, tras la cual había un jardín de rosas al centro y veraneras a los costados; todos los cristales que daban al exterior estaban polarizados. Una tarde de mayo de 1989, poco antes de que el sol se refugiara en la oscuridad, un dedo con la uña pintada de rojo toco el timbre de la casa. Violeta abrió. -Buenas tardes. Vengo por lo del alquiler del cuarto. Violeta, con la serena sonrisa que la caracterizaba, invitó a la joven con un ademán a pasar a la sala. Hablaron aproximadamente veinte minutos, durante los cuales Violeta se enteró de las razones que movían a la joven a buscar

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pupilaje y, con la mayor sutileza, de otros pormenores importantes. La joven era Lorena y tenía 18 años de edad. Desde el primer momento ambas simpatizaron. Separadas sólo por unos cinco años de edad, tenían intereses en común (incluso uno insospechado e inexistente para entonces). Gustaban de tomar café juntas por las tardes y charlar de diversos temas, pero el favorito era el arte en general, ya que Lorena amaba el arte y Violeta era muy sensible a todo eso. Los fines de semana salían de compras al supermercado y más tarde al cine o a comer, éstos últimos con la compañía de Benjamín. Durante algunos meses formaron un trío amistoso que iba de un lugar a otro; Lorena al pasar los meses, se mortificaba al sentir una chispa de envidia por Violeta y una sórdida atracción por Benjamín; pero esos sentimientos los ocultaba eficientemente. Al regresar a la casa, Lorena se encerraba en su habitación hasta el día siguiente. Estudiaba unos sesenta minutos, pero después se distraía mirando la llanura abierta e infinita, el paseo maravilloso y deseado (u obligado); frecuentemente asistía a ese lugar inmenso que aún no había terminado de conocer: la llanura… Así es como ella llamaba a su alma. Solía quedarse recostada en un sofá café y esponjoso, enredándose en sus memorias o en pensamientos que eran como engranajes sueltos. Lorena, cuando no había nadie que pudiera verla, lloraba con facilidad. Es duro irse a la cama sola. El insomnio, como una criatura moribunda que se niega a abandonar la respiración, recurre cada noche; se es consciente de los grillos y de las pequeñas

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manchas en las paredes y se siente el desesperado sabor del cansancio inútil. Por eso Lorena a veces sonreía levemente con la intención de no parecer desagradable; pero en ese acto hay quienes advertían su vulnerabilidad, especialmente Benjamín. Benjamín, un médico de edad madura, con un número de pacientes regularmente abundante, era un buen esposo. El football y el boxeo, el álgebra y la lluvia, los rompecabezas, los crucigramas y el mar le interesaban; pero de pronto se le había agregado otro interés, secreto y turbador, pero deliciosamente inmoral: Lorena. Una tarde de noviembre en la que él sabía que Violeta había salido a un salón de belleza, regresó a la casa. Entró silenciosamente y caminó hacia el jardín interior y vio el silencioso y extravagante espectáculo que quería: Lorena. Ella se encontraba sentada en una silla metálica, tenía una blusa rosada y escotada de los hombros y usaba una falda corta; con la espalda ligeramente encorvada y un pie sobre el asiento, se pintaba las uñas del pie desnudo y blanco, pequeño y perfecto, que junto a sus piernas y a sus muslos, era como una creación escultural helénica. Ella era lo que yo llamaría una mujer inocentemente sensual: se sentaba en algún lugar sin la menor malicia y quien la veía no podía ignorar tanta belleza, la abundante cabellera negra y su rostro delicadamente hecho. Benjamín consideró que su esposa no volvería hasta dentro de un par de horas. Ese era el momento. Tenía que romper el incómodo sentimiento de fingir que Lorena no le gustaba y

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caminó hacia ella. Lorena irguió su espalda y bajo la pierna inmediatamente. -Hola… No quería interrumpirte; pero he ensayado durante semanas unas palabras que quería decirte y ahora que te veo, por fin sola, he comprendido que las palabras empequeñecerían lo que estoy sintiendo… Lorena, que lo escuchaba atentamente, sorprendida, advirtió que él la deseaba; sintió temor, pero también una inesperada satisfacción que no pudo ocultar. Trató de hablar: -Mire, doctor… -Vos tampoco tenés que usar palabras –interrumpió Benjamín, con voz baja-. Sólo son reiteraciones de lo que nuestros corazones ya saben. Entonces sin esperar más, la abrazó y besó tiernamente. Lorena se resistió, lo empujó, pero sintió que sus brazos eran débiles; se olvidó de su amiga (¡deseó y consiguió olvidarse!) y sintió que el vacío, por donde caía cada noche, se desvanecía progresivamente. En pocos minutos Benjamín, lascivamente, la hizo suya sobre la grama del jardín que Violeta cariñosamente cuidaba. Pasaron los días y Lorena dijo que tenía que irse e inventó una historia; había estado comportándose muy esquiva y ya no miraba a los ojos. Violeta no era tonta y ya sospechaba

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algo; pero fingía no darse cuenta y lo hizo bien. Por la noche Lorena se despedía con una maleta en la mano y Violeta pensó que era mejor dejar las cosas así y la despedía deseándole buena suerte. Benjamín, por su lado, se refugiaba en su cuarto de estudio y mientras sentía dolor trataba de convencerse de que ya no la deseaba, y de que otra infidelidad no tenía que repetirse. Sin embargo, el destino se empeñó en no dejar las cosas así y al momento que Lorena salía se escucharon fuertes detonaciones y ráfagas de armas de gran calibre. Era, insisto, noviembre de 1989 y la guerrilla del FMLN y la Fuerza Armada salvadoreña habían empezado a combatir a gran escala en las entrañas de San Salvador. Lorena volvió a la casa, asustada y llena de confusión. En un momento los tres se encontraron en la sala escuchando las noticias, asombrados. La radio oficial condenaba el ataque subversivo y aseguraba que la situación sería controlada; la radio clandestina pregonaba y preconizaba una gran victoria. La presión fue demasiada para Violeta y esta mujer serena y segura de sí misma estalló en nervios. Benjamín le prescribió hipnóticos y reposo. Violeta durmió rápidamente. El cinismo y la traición tienen una impulsiva manera de comportarse. Benjamín y Lorena, como separados e indiferentes de lo que pasaba en la fracturada capital, subieron juntos a la habitación que siempre debió permanecer vacía y se entregaron a la pasión, a la fogosa y deliberada pasión.

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Violeta soñó con un millón de pájaros negros que venían a comerse las hojas de los árboles y luego con un abismo húmedo y selvático, en el que un león copulaba con una pantera negra y después sintió que se asfixiaba y despertó violentamente, sudorosa y sintiendo celos y odio. Se levantó. Caminó hacia el dormitorio de Lorena, de una forma automática, y acercó el oído a la puerta: escuchó lamentos femeninos de satisfacción que inducen a la lujuria, pero que a ella le despertaron una idea abominable. Regresó a su dormitorio; abrió un cajón del tocador y sacó una pistola, la examinó y comprobó que estaba cargada y se dirigió otra vez hacia la habitación de Lorena. Afuera, en la torcida calle, el tiroteo arreció. Violeta recordó con energía su adolescencia, cuando iba al cuartel con su padre, un militar ya retirado, y jugaba con armas y afinaba la puntería. Sintió, al escuchar los aviones disparando, al casi percibir las vibraciones de las explosiones, al oír las botas militares y las ráfagas interminables, que el mundo estaba terminando para todos y especialmente para ella. Ya todo era oscuridad y crueldad en los alrededores y también en su corazón. Sintió que matar y morir era ya lo más natural y cotidiano en el mundo y abrió de golpe la puerta para ver los cuerpos desnudos. Les apuntó, mientras ellos, con ojos de sorpresa y después de terror, la observaron sin decir una palabra. Violeta tenía odio en los ojos y les gritó claramente y sin balbucear: -He creído tener una amiga. He creído ser eficaz. He creído tener un amor interminable. He creído muchas cosas; ahora creo muchas otras y todas las anteriores han muerto.

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Inmediatamente disparó contra ellos hasta descargar el arma. Y a nadie le importó, porque las balas que explotaron dentro de la casa se confundieron con las balas que explotaban en la infartada calle. Violeta los vio agonizar… Inmóvil, como perdida en un delirio sereno y esquizofrénico, escuchó los últimos estertores… Un minuto después despertó de su odio y se echó a llorar amargamente sobre los cuerpos… Luego corrió desesperadamente y llamó a su padre para contarle lo que había sucedido. Su padre, después de darle algunas instrucciones, se encargó de sacarla del país con la mayor prisa posible. La empleada doméstica de la casa, un par de minutos después, subió a la habitación y encontró los cuerpos desangrados. Benjamín había fallecido; pero Lorena aún respiraba. La empleada doméstica llamó a la Cruz Roja. Sacó, bajo las órdenes y con la ayuda de Violeta, los cuerpos a la calle. De esta manera Lorena fue llevada a la Emergencia del Hospital Rosales, en donde fue intervenida quirúrgicamente; luego pasó a Cuidados Intensivos, en coma, con respiración mecánica, catéteres en la nariz y los miembros superiores, drenos en el abdomen y alimentación parenteral. Benjamín, por su lado, fue contado como una baja de guerra. Después de dos semanas, Lorena pasó a otra sala de recuperación, ya consciente y notablemente mejorada, de donde salió por fortuna un mes más tarde.

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Violeta nunca más ha regresado a El Salvador y no se sabe nada de ella. La empleada doméstica desapareció, misteriosamente, un día después del sangriento hecho.

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UNA CUEVA (Que pretende ser un dormitorio. 3:20 p.m.)

El teléfono insistente sonó dolorosamente y Roberto levantó el auricular con cierto desgano. -Aló… -Disculpame, por favor, Roberto, no pude llegar, tuve un contratiempo ineludible… -No importa, Isabel, no hay problema… -¿Estás enojado? ¿Cómo te sentís? -No sé… Me siento bien y me siento mal. No sé en realidad. Es algo parecido al infierno, como estar a pleno sol en medio de una trabazón vehicular. Y al mismo tiempo siento como estar entre las piernas de quien se ama. No sé… Me siento adolorido pero también me siento grande, sereno, me siento tierno y me siento original… ¿Has oído la composición Cassandra del disco Réquiem de Branford Marsalis? -Sí, es una de mis favoritas. -Bueno, entonces ya tenés una idea de cómo me siento.

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-Sí, sí, trato de entender, Roberto, estoy tratando de entender… Pero dejame que llegue a tu casa. ¿Estás solo, verdad? Quiero ir a tu casa. Es más, ya voy para allá. Te quiero abrazar y besar y… quisiera estar más, mucho más cerca de vos… -¿Más cerca? ¿Más aún de lo que estás en mi cabeza y en mi corazón? -Sí, Roberto. Te quiero… -Yo también te quiero, Isabel. Te espero entonces… Roberto, mareado y confundido, pensó automáticamente unas palabras que estaban entre el sueño y la vigilia: «Gris y negro, perla y rojo, azul oscuro y gris azulino. Una niebla plateada y espesa ciega mis ojos. Un enorme tambor suena en mi cabeza y un olor agrio y húmedo me inunda y me golpea… Caries dentales arriba y abajo, tumores malignos creciendo, abscesos sanguino-purulentos se derraman, fiebres agotantes galopan como fieras salvajes, dolores artríticos deformantes se pegan como hiedra a la piel y a los huesos, lluvias torrenciales que inundan casas y derrumban paredones, calientes sequías debilitantes, besos falsos y promesas rotas, terremotos destructores… Arrugas. Llanto. Juventud cortada de filo bruscamente. Impolutas rosas se marchitan. Amores que eran para siempre, se desvanecen como el humo en el aire… Todo lo devora el tiempo. Absolutamente todo. Y todo lo devora tu partida. Estoy

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rodeado de mil personas y la soledad que me carcome es más real y ardorosa que todo el monótono bullicio. Chet Baker toca «Autumn leaves» y «The wind» y las toca para mí, para mi alma, para mis largos dedos que no te alcanzan, Isabel. Cráneos, tierra y barro pegados a la piel. La muerte toma a varios de un solo tajo. Despierto entonces aterrado y sudoroso, con la boca seca… Cada noche o madrugada entre pesadillas y sueños, vos, Isabel, te me aparecés como un chispazo fantasmagórico. Un cigarrillo encendido corrompe el aire. Aspiro profundamente y el humo llena mis pulmones. La luz del foco que dejé encendido parece un sol y mis ojos tienen llamas…» Roberto, sudoroso y agitado, abrió sus ojos. Miró su habitación colmada de soledad. Isabel no llegaría…

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ÉRAMOS TRES EN LA MÚSICA

Si pudiera darle un comienzo a esta historia, podría decir que en realidad todo se originó en el año de 1964, período en que nacimos Virgilio, Miguel y yo. Para entonces Santa Ana, la ciudad en donde nací, era una urbe interesante y viva, colmada de movimientos culturales y sociales, así como también el lugar donde ocurrían las cosas triviales de un pueblito. Déjenme explicarlo mejor, Santa Ana era –y quizás todavía lo es- la dicotomía desnuda, la realidad cruda e inocente: ahí ocurrían los eventos culturales grandes, como los que acontecían en San Salvador (la ciudad capital), pero de la misma forma se podían vivir los más frívolos, sencillos y deliciosos placeres cotidianos. Su desarrollo comercial era fuerte y era también el principal de toda la zona occidental de El Salvador. Los habitantes de Ahuachapán, Atiquizaya, Chalchuapa y Turín, por mencionar algunos, veían en Santa Ana la ciudad del progreso, el lugar donde hacer buenos negocios o poner a sus hijos a estudiar, la urbe más parecida a San Salvador, sin llegar a ser asfixiante y acelerada como la capital. En esa morena cuna santaneca, inmersos entre vientos de cambio y de tradición, nos desarrollamos Miguel, Virgilio y yo, en ese sitio lleno de fuertes costumbres y de novedades que

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se iban abriendo paso y camino, en un país que soñaba en grande, en un El Salvador pujante de ganas por emerger de la pobreza, pero que en su mismo deseo tenía también, según lo creo yo, clavado el germen del mal, del egoísmo y de la falta de verdadero patriotismo: un país entregado y devorado por las transnacionales y obedeciendo al pie de la letra las órdenes del imperio estadounidense. Un país sin una real independencia, amargado en sus entrañas por la pobreza de la mayoría de sus habitantes, con sus colonias y barrios nutridos por gente paupérrima, que había venido del campo para tratar de sobrevivir en la ciudad. ¡Las migraciones internas de la pobreza! No todo era desesperanzador. Había también una clase media incipiente, que irrumpía con fuerza y ganando cierto poder adquisitivo, conformada especialmente por profesionales como abogados y médicos, comerciantes y empresarios, que buscaban sobresalir y elevarse a otro peldaño más de la escala social. Pero la Historia tiene muchas caras y muchos paisajes. Las vertientes de la soledad, de las manchas de la opresión y de la falta de libertad de expresión, inundaban asimismo las calles de ese El Salvador de los años ´60, que hoy parece tan lejano en el tiempo, pero tan cercano en su médula, en sus profundidades colmadas de injusticia social. Al verlo con hondura, El Salvador de aquellos días era con certeza un verdadero caldo de cultivo de la guerra civil que explotaría a principios de los ´80 del siglo pasado.

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Sin embargo, Virgilio, Miguel y yo estábamos en una realidad más benévola. Nuestros padres, todos de clase media, nos podían dar lo básico para vivir y desarrollarnos, para disfrutar incluso de ciertas diversiones que ni en sueños podían alcanzar los habitantes de los barrios marginales. El destino, que puede ser una brisa o una tormenta caprichosa, quiso además que, en aquella ciudad que nos había abrigado como una madre, habitáramos muy cerca los unos de los otros, así que el mismo barrio y las mismas calles de asfalto nos vieron crecer. Desde niños habíamos andado de un lado para otro en los juegos de infantes mocosos. Y así, habíamos recorrido juntos el paso de la infancia a la adolescencia y habíamos seguido juntos el camino de esa flor de la vida: la adultez. De los tres, sólo Miguel no había nacido en Santa Ana; sino en México, pero a los tres años de edad sus padres (madre mexicana, padre salvadoreño) se vinieron a El Salvador y se establecieron en «La Ciudad Morena». Los otros dos, Virgilio y yo, habíamos nacido en el mismo hospital, el mismo año y casi a la misma hora, aunque en fechas diferentes. Había también muchas diferencias entre nosotros. Miguel, por ejemplo, era un madrugador inclemente: amaba los amaneceres y el rocío fresco de la mañana. Yo, en cambio, funcionaba mejor al atardecer y por las noches; era básicamente un noctámbulo que debía trabajar por necesidad por las mañanas; pero sólo me desperezaba de verdad cuando la tarde iba tomando forma, cuando el sol iba buscando el horizonte y la luna empezaba a abrir los ojos. Virgilio, por su lado, era otro noctívago insaciable, pero por razones diferentes; le gustaba la noche porque le brindaba las cosas y

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las personas que el día no le daba; la noche y la madrugada eran sus amantes, sus doncellas desvirgadas que le ofrecían los placeres de vivir… Eso sí, por las mañanas tenía la cara con las ojeras tan grandes y profundas como si no hubiera dormido en días. Y seguramente que así había sido, porque Virgilio vivía para desvelarse bailando en algún antro con alguna mujer de baja reputación o para trabajar tocando toda la madrugada el bajo eléctrico, su instrumento musical del alma. Sin embargo, esa gran diferencia de percepción de tiempo y horarios entre nosotros, no nos causó nunca ningún problema de unión y amistad. Miguel tenía cierto encanto: sonrisa fácil y amplia que dejaba ver sus encías; sus modales de un «gentleman inglés» los usaba en especial con las mujeres y la gente mayor. Uno de sus placeres más grandes era cocinar, para lo cual tenía mucho talento. Su conejo con mole y marinado con cerveza, era una verdadera delicia. Virgilio, por su lado, era alto y delgado; tenía los dientes amarillos de tanto fumar y estigmas grises entre los dedos índice y medio- (de tanto sujetar los cigarrillos); su presencia siempre traía consigo el olor del tabaco. Virgilio tenía algunas armas que lo defendían de todo: su tenacidad, su manera tan positiva de ver la vida, su amplia sonrisa y su gran sentido del humor. Era “el intelectual”, según pensábamos los otros dos, porque componía mucha más música que nosotros y escribía poemas a granel. Aunque en realidad, referido a la escritura, lo que más le gustaba era escribir novelas, de las cuales tenía ya un par inéditas y otra en estado embrionario.

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Como también fuimos compañeros de colegio, de equipos de fútbol y de baloncesto, de juegos y de complicidades, siempre nos mantuvimos desde el principio muy unidos. Si echáramos un vistazo en ese punto exacto de nuestro pasado, nos veríamos delgaduchos y soñadores, vivaces y traviesos, equipados de una gran energía para la vida. Además teníamos en común nuestro gran amor compartido por la música. Así que cuando llegamos a la adolescencia temprana empezamos, juntos también, a tratar de tocar instrumentos musicales, tropezando con cada nota, buscando la melodía exacta, luchando con cada acorde y adivinando armonías; pero eso sí, sin dejarnos amedrentar por el reto artístico. ¡Ah, la música, la música! Esa diosa entregada y promiscua que nos hechizó desde el principio con su belleza y su misterio. Vivíamos para mirarla, para olerla, para escucharla, para lamerla de pies a cabeza y dejarnos seducir por sus movimientos cadenciosos y las palabras eróticas que susurraba a nuestros oídos… vivíamos para seguirla a donde fuera, hasta el fin del mundo si llegara a ser necesario. La música era verdaderamente nuestra diosa amable, la caprichosa y vanidosa, hermosa como una fresca flor bañada de rocío que liberaba con audacia todos nuestros sentidos; pero era también absorbente y suspicaz, como una mujer ahogada en celos. Cuando teníamos como 12 ó 13 años de edad formamos un trío melodioso que se llamaba «Los puntos azules». De los tres, Virgilio era el que tenía más sentido musical, más

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intuición para alcanzar el ritmo, para componer, para manosear la armonía y la melodía, «más oído», pues, como se dice en la jerga musical. Miguel y yo nos esforzábamos por colocarnos al nivel de Virgilio o al menos para no quedarnos tan atrás de él. Virgilio era entonces, como es lógico, el líder del grupo. Él tocaba el bajo, Miguel la batería y yo la guitarra. Los tres cantábamos; pero era Virgilio el que tenía la voz más sonora e interesante. Yo, sin embargo, con la influencia positiva de mi padrastro Jorge -¡un músico grandioso!- con el tiempo había ido adquiriendo una habilidad casi prodigiosa para la ejecución de la guitarra; Jorge decía que yo era «rápido, limpio e ingenioso para tocar». (Durante algún tiempo me lo creí firmemente, pero yo sé que no era una verdad al cien por ciento.) Miguel no era el típico aporreador de tambores, sino que tenía sensibilidad y delicadeza para tocar, tenía algo que muy pocos bateros tienen: intuición, esa sabiduría inexplicable de saber cuándo y con qué intensidad dar el golpe correcto al plato o al redoblante. Los tres componíamos sencillas canciones que después pasaban por las manos de los otros, las cuales sufrían entonces agregados de notas, acordes o palabras, o por el contario se les restaban; pero era un hermoso trabajo de equipo que estaba lleno de entusiasmo y de sueños. Si tomamos en cuenta la poderosa influencia cultural y económica de parte de los Estados Unidos de América, de Inglaterra, o de los otros países occidentales desarrollados sobre Latinoamérica, no es ninguna sorpresa, pues, encontrar que Miguel, Virgilio y yo estábamos influenciados por los ritmos del rock y del pop anglosajón de los años ´60 y ´70,

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acompañado todo de pantalones acampanados y cabellos largos. En el año 1977 nosotros éramos unos adolescentes y aunque Los Beatles ya se habían separado, para nosotros ellos seguían unidos y queríamos –aunque nosotros sólo éramos tres- ser como John, Paul, George y Ringo. O queríamos ser quizás como Queen o como Yes. Queríamos tener muchas canciones originales para grabar en discos de vinilo de larga duración y que en el lado A y en el lado B estuviera escrito «Los puntos azules», con grandes letras casi –casipsicodélicas (para no parecer fuera de moda). Y el nombre de cada canción estaría en letras claras de molde, y junto a ellas, entre paréntesis, el nombre de su respectivo compositor. Ahí diría, por ejemplo, «Un día diferente» (Julio “el Conde” González Blanco), «Bajo tu sombra» (Miguel Salazar), «María me ama» (Virgilio “el chele” Marón Menéndez)… y así sucesivamente. Y la portada del disco no se quedaría atrás, sería algo maravilloso, con una fotografía en donde aparecerían al atardecer los tres jóvenes sentados a la orilla de un río, resaltando intensamente sus siluetas casi como sombras en sepia ante un fondo a todo color, entre los tonos del crepúsculo; meditativos, serenos y guapos, mirando con profundidad el ocaso… los tres músicos compositores e intérpretes brillarían en el firmamento del espectáculo y la fama… Todo lo teníamos planeado. En nuestros sueños despiertos podíamos ver eso y más allá…

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Para lograrlo ensayábamos casi todos los días y a toda hora. Algunos vecinos estaban hartos de nuestra ruidosa música, que a veces distorsionaba más por la mala calidad del equipo de sonido que teníamos, que por la intencionalidad de darle ese sonido de distorsión roquera a la guitarra. Nos reuníamos casi siempre en la casa de Virgilio, porque era una vivienda grande, como muchas casas de pueblo –y Santa Ana, aunque era una gran ciudad, era también, de alguna manera, un «gran pueblón»-; la casa tenía además una habitación amplia dedicada exclusivamente para tocar y cantar, que era nuestro refugio, nuestro santuario musical, al cual habíamos apodado «La Caverna», en homenaje al club nocturno en donde fueron descubiertos los Cuatro Fabulosos de Liverpool. Allí escuchábamos mucha música, como es comprensible, porque un músico que no oye música es como un catador de café que no toma cafeína. En «La Caverna» había una vieja radiola grande de madera, con dos bafles laterales sonoros y por encima tenía una tapadera finamente barnizada. En ese antiguo aparato escuchábamos los discos de 45 rpm y los de 33. Recuerdo que nos arrojábamos sobre el suelo alfombrado o sobre un viejo sofá de color café oscuro que estaba junto a la radiola y nos quedábamos largas horas y horas escuchando los más diversos ritmos y armonías de la música occidental. Aunque la mayoría de adolescentes tienden a ser rebeldes y cerrados de la mente, aferrados sólo a un solo gusto musical o a un tipo de comida, por ejemplo, nosotros, aunque no dejábamos de serlo un poco, teníamos un criterio más amplio en cuanto a la música; pero esa actitud no era del todo casual, sino más bien gracias a la influencia de mi padrastro Jorge,

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quien nos visitaba regularmente a «La Caverna»; su experiencia musical era grande, era un viejo músico de Conservatorio (que había estudiado en México y Cuba) y gran coleccionista de discos, que todo el tiempo nos estaba alimentando con «nuevos descubrimientos» de la música, que bien podían ser artistas de la década de 1940 a 1950 ó los últimos discos salidos al mercado en las décadas de los ´60 ó ´70; pero para nosotros eran, los unos y los otros, tan novedosos, tan elaborados sus cantos y sus arreglos, que nos quedábamos hipnotizados oyendo la música y escuchando al mismo tiempo las anécdotas que Jorge nos contaba sobre tal o cual grupo musical, palabras que enriquecían y complementaban los sonidos que salían del viejo aparato de sonido. Esos días de entrenamiento musical y de aprendices de catadores melómanos, fueron como la gloria y el paraíso para nosotros. Por eso mismo, aunque el rock-pop nos emocionaba mucho, en ocasiones escuchábamos a los tríos que tocaban esos boleros ya inmortales, como los que cantaban Los Tres Reyes, Los Tres Ases, Los Panchos, Los Tres Diamantes o Los Hermanos Cárcamo. (Estos últimos cantaban una canción que todavía me roba el corazón: «Coatepeque», con una letra y una melodía que se compaginaban a la perfección.) Por otro lado, había períodos en que la música que nos atrapaba era la de los grandes clásicos europeos, como Mozart o Beethoven. Así, el Concierto para Piano en La Mayor o la Novena Sinfonía eran obras que a menudo sonaban en la anticuada radiola y en nuestros oídos, junto al ruido aquel como de papel de aluminio estrujado que emitían los viejos discos de vinilo gastados. Un tema que necesitaría un capítulo aparte es cuando Jorge nos introdujo al mundo del jazz; fue como una medicina dura de tragar, pero cuando al fin lo entendimos en su esencia, en su diversidad, en su grandeza, en su bella complejidad,

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escucharlo fue como comer un postre delicioso cada día. Conocer el jazz fue la mejor herencia que alguien pudo haberme dado alguna vez. Por razones políticas y de consciencia, y en plena guerra civil (en 1984), desistimos de tocar por un tiempo pop-rock y nos enfrascamos en formar un grupo musical con aires folklóricos, tratando de encontrar, a través de la música, nuestra identidad como salvadoreños. Investigamos sobre las melodías y las armonías que se tocaba durante las fiestas patronales en Panchimalco y en Sonsonate, cunas de grupos indígenas que aún conservaban algo de la cultura milenaria prehispánica. No queríamos –y de eso estábamos bien seguros- seguir los pasos de otros grupos musicales populares que se desarrollaban en esa época, con una influencia sudamericana más que clara, con zampoñas y charangos, y vestidos con largos ponchos coloridos. Nosotros pretendíamos encontrar un sonido que estuviera más cercano a la región centroamericana, por eso nuestros instrumentos musicales cambiaron radicalmente: abandonamos la batería, la guitarra eléctrica y el bajo eléctrico y empezamos a usar la chirimía (muy tocada en Guatemala), el caparazón de tortuga, la marimba, la guitarra acústica, el contrabajo, la caramba, la concertina y el violín (pero tocado con ese sonido llorón y un poco carrasposo como lo tocan los músicos del campo). Le pusimos nombre a nuestro nuevo grupo y escogimos, por su sonoridad, el de uno de los tantos cantones de El Salvador: Izcaquilío. También las letras de nuestras canciones empezaron a rosar la denuncia social, pero sin ser panfletarias, tratando de acercarnos más a lo artístico, a lo poético. Llegamos a tener un repertorio musical de unas 40 canciones, en donde el 95 % era totalmente original en letra y música, y el otro 5 % estaba formado por temas como El

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Torito Pinto y otros. (Recuerdo que en esos días yo escribí un poema en cuartetos endecasílabos basado en el cuento «El Negro», de Salarrué y lo musicalizamos.) Se nos unieron otros músicos, como por ejemplo Gabriel, que era un estudioso de la cultura indígena y un experto tocador de la caramba. Otro músico que se agregó al grupo fue Juan, que cantaba muy bien y tocaba la guitarra y la concertina. Con ellos nos presentamos en incontables conciertos organizados dentro de la Universidad Nacional y en otros foros heterogéneos, junto a otros grupos musicales con tendencia izquierdista. También tocamos en otros países centroamericanos y en Estados Unidos. Ese período nos duró sólo un par de años. Con los estudios universitarios, el tiempo que teníamos para nuestras reuniones musicales se fue reduciendo poco a poco. Pero yéndonos un poco más a nuestro pasado musical, es interesante, por ejemplo, entender la manera en que yo veía la música cuando era un infante. Y es que para entonces todo era más simple para mí, sólo imaginaba lo que quería ser o lo que deseaba que el mundo fuera y, por arte de magia, todo se convertía al instante en algo así como un cuento de hadas y un mundo de fantasías. Sin embargo yo, no rescataba princesas vigiladas por dragones ni intentaba deshacer hechizos con un beso. Mi mundo de ilusión era el de los túneles en la tierra, el de correr desaforadamente por la calle, el de viajar hacia la luna… y, principalmente, me gustaba jugar de tocar el piano y la guitarra. No tenía piano entonces, ni me interesó aprender a tocarlo ya siendo mayor, pero en mis juegos de niño un sofá estaba lleno de teclas blancas y negras, y bastaba con que sonara al fondo una cinta con la música instrumental de teclado y ya era yo un pianista consagrado; mi imaginación volaba y volaba sin límites. Con el pasar de los años, el piano llegó a ser para mí, si se quiere decir de alguna

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manera, un elegante caballero perfumado y bien vestido, pero alejado de mi mundo interno. La guitarra, por el contrario, era la mujer hermosa y amiga, la bella antojadiza, la jactanciosa que todo lo quiere, pero también que todo lo da. La guitarra me estremecía de retos sonoros y me acompañaba en tantas y tantas aventuras. Con caricias suaves en su cintura, en su mástil y en sus cuerdas, la iba enamorando y domando poco a poco…

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PARAÍSO

Las imágenes reventaron con luces de colores y sonidos gratamente estridentes, como suaves petardos… Y yo flotaba entre hiedras flotantes y flores aromáticas, en un paraíso soñado. Cuando puse por fin mis pies, delicadamente, sobre el suelo, me di cuenta que caminaba sobre una espuma suave y verde de plantas exóticas. Aspiré el aire puro y sonreí. Si la felicidad es una paz que te hace sentir completo, yo estaba completo. Era mi corazón y yo con la expresión de entera satisfacción. Sin embargo, de pronto escuché un trueno tras otro, intensos e interminables… A mi alrededor desaparecían los colores y el aire se volvía turbio. Abrí los ojos y desperté en la oscuridad de la madrugada, sudoroso y respirando aceleradamente. A lo lejos sonaban disparos, continuaban como truenos interminables…

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UN PASEO POR LA VIDA (Fragmento del capítulo V)

Ya en la alborada de las tempestuosas hormonas de la adolescencia, «el chele» Virgilio siempre seguía inventándose alguna travesura para divertirse o para mostrar que él siempre estaba a la delantera de los otros. Era un pillo no mal intencionado, que continuaba afanoso haciendo fechorías de niño-grande, como si hacerlas fuera su deber. Esta vez la travesura se relacionaba con el sexo. Virgilio, que para entonces tenía 17 años, fue el primero de los tres que tuvo relaciones sexuales, y no fue con una jovencita, sino con una mujer muy vivida que trabajaba en un prostíbulo, hecho que cantó a los cuatro vientos entre los jóvenes amigos de su edad. A los pocos días de eso, incitó al Conde y a Miguel a ir con él al burdel. Al Conde y a Miguel les gustó la idea, pero ambos tenían miedo, aunque también querían tener esa experiencia que a sus ojos había convertido al «chele» en un hombre de verdad. El Conde y Miguel se fueron a deliberar sobre el tema. Su disyuntiva, según les había dicho el «chele», era la de convertirse en hombres o vivir el resto de sus vidas como “mariquitas”. Miguel y el Conde se reunieron en el parque y luego se fueron a caminar a la orilla de una cancha de fútbol. Ahí se la pasaron horas y horas reflexionando o tratando de ser más fuertes que su temor a entrar a la casa de citas. Cuando se decidieron por fin, se fueron a contarle su valiente decisión a Virgilio, quien les prometió acompañarlos por la tarde, para que no fueran solos. Ese mismo día, cuando el sol

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empezaba a declinar, los tres caminaron juntos hasta un serrallo conocido como “Las bellas durmientes”. Se quedaron un rato en la calle, mirando desde afuera el lugar del placer y la perdición, tomando aire y agarrando fuerzas y coraje para poder entrar. Después de un par de minutos, por fin entraron, siguiendo a Virgilio, quien, según mostraba en su forma de caminar y en sus gestos, se creía ya todo un experto. En el interior la atmósfera era grisácea, llena de humo de cigarrillo y con las luces bajas. Una señora gorda, de unos cincuenta años, que estaba sentada tras una barra de licor, con la mirada fría y cara de mala, era la dueña y proxeneta del local. Cuando los tres jóvenes entraron, Virgilio continuó con su actitud de mostrarse muy seguro y de intentar dar la impresión de ser un viejo lobo, todo un versado en mujeres de la vida alegre. Miguel y el Conde, por el contrario, se veían un poco irresolutos, cohibidos, con la aprensión que no podían ocultar en sus miradas. La dueña del local, con su actitud de indiferencia y con un desgano sincero en la expresión de su cara, cambió de pronto al reparar en los tres menores de edad. Cuando los jóvenes se acercaron al bar, ella les dirigió unas palabras: -Pasen adelante –e instantáneamente soltó con ironía una sonrisa pequeña, pero poderosa, al ver a los tres pichones que “querían ser hombres”. Con la mirada le indicó a una de las prostitutas que se acercara a ellos. La chica, que era un poco mayor que las otras junto a quienes estaba sentada, y que además era un verdadero caramelo de voluptuosidad,

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obedeció inmediatamente y caminó hacia los tres muchachos, contorneando el cuerpo como una artista de la seducción. El Conde, Miguel y Virgilio se quedaron congelados mirando a la mujer y admirando su belleza. Parecía una tigresa acechando a sus presas, una bruja tan bella como la de «Hechizada», pero en versión morena. Los tres metros que la mujer caminó hacia ellos, les pareció una película de tonos grises en cámara lenta, en donde la minifalda –muy cortade lona, era la artista principal. Al llegar frente a ellos les sonrío y les ofreció algo de beber. Como querían parecer muy machos, los tres pidieron cerveza. La chica platicó jovialmente con ellos y al rato ya había hecho trato. Uno por uno fueron pasando a las diferentes habitaciones, cada quien con su chica de la diversión. Sólo «el chele» Virgilio se quedó afuera, sonriente y triunfante, orgulloso de ser quien propiciara la iniciación de sus amigos en «las artes del amor». En el cuarto donde entró Miguel había en el fondo una imagen de la Virgen de la Paz colgada en la pared; casi junto al impoluto cuadro de la madre de Dios estaba un cartel a colores de Donna Summer, la cantante-diosa de ébano, y a la par, un calendario con una mujer semidesnuda. La muchacha entró primero y se sacó de un tirón la blusa y la falda corta, y luego se quitó el sostén sin pretensión alguna; los pechos liberados eran grandes y muy bien hechos. Cuando estaba por bajarse el calzón, se dio cuenta que Miguel estaba paralizado mirándola. Tenía los ojos casi desorbitados explorando cada parte de su desnudez. Ella, que podría tener unos 20 años de

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edad, sonrió de manera comprensiva y se acercó a él. Le ayudó a quitarse la camisa y lo haló hasta la orilla de la cama; ella se sentó y él quedó de pie. Le bajó el zipper del pantalón y le hizo entonces una felación relativamente corta, pero que fue suficiente para que él cerrara los ojos y sintiera que estaba tocando el paraíso. Suspiró profundo y le acarició la cara a la chica. De pronto en una explosión intensa, eyaculó una gran cantidad de semen espeso. Sus piernas se aflojaron y cayó sobre la cama… El Conde fue conducido de la mano por la primera mujer que se había acercado primero a ellos, y era mucho mayor que él, de unos 35 años; era sensual y bella del rostro, con el cuerpo muy bien cuidado. El Conde, al contacto con la mano de ella, sólo con eso, tenía ya una erección húmeda verdaderamente rígida. No sólo era la mano de ella la que lo guiaba, era también su perfume delicioso, nigromante, que lo hacía fantasear antes de llegar al lecho de la lujuria. Ella sonreía coqueta y le hablaba con soltura palabras triviales que a él le parecían poemas. Su voz, ligeramente ronca, le daba un agregado de sensualidad a la mujer. Además, sus maneras tan bonachonas y alegres, hicieron que el Conde se sintiera tan en confianza con ella que el temor se le fue desvaneciendo poco a poco. Al entrar a la habitación ella lo abrazó y le empezó a desabotonar la camisa; él intentó besarle la boca, pero ella lo evadió. Siguió sonriendo mientras se acercaba a la cama quitándose la ropa y lanzándola por los aires; pero lo hacía de una manera lenta, trabajada, ensayada, con la más premeditada intención de hacer imaginar de una manera vívida el placer que tras sus ropas había. Así, se bajó la falda de lona poco a poco y le mostró el blanco calzoncito transparente, adornado con encajes finos, revelando sutilmente el vello pubiano. La blusa se la quitó de encima y la

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arrojó contra un espejo. El sostén se lo fue quitando muy, pero muy lentamente y luego lo lanzó con suavidad hasta la cara del Conde. Éste sintió que la excitación en el centro de su cuerpo se elevaba como leche hirviendo y sintió como si su pene fuera a estallar en cualquier momento. El Conde se empezó a desvestir torpemente sin dejarla de mirar. Ella, mientras lo veía pícaramente, empezó a masturbarse lentamente. Él se le acercó y le tomó la mano a ella, y en un arranque de instinto animal, se la llevó a su nariz y la olió con devoción, con una aspiración profunda. Ella sonrió al ver la entusiasta lujuria de él. Luego, con un movimiento lento y sensual de la mano lo llamó y abrió las piernas; en ese momento el Conde se montó sobre ella y trató de penetrarla, pero sin éxito: ella comprendió la situación de su inexperto cliente y entonces tomó su pene y lo colocó en su introito vaginal. El Conde entró y sintió un calor húmedo que lo hizo pensar en la música y en los bosques. Pero al mismo tiempo se sentía cautivado por la personalidad extrovertida y simpática de la mujer, por lo que trató de platicar con ella mientras movía rítmicamente su cadera. Ella le seguía el movimiento con su cadera, y también le seguía la plática. Pero todo pasó muy rápido. De pronto, como en un abrir y cerrar de ojos, una mano golpeó la puerta de la habitación y una voz áspera y torva se escuchó afuera: -¡Magaly, ya es hora! La mujer empujó al Conde y de prisa empezó a vestirse. -Mirá, lástima que no has terminado, pero ya me tocaron la puerta y si no salgo me van a regañar.

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La burbuja del encanto se rompió en un instante. El Conde quedó confundido, pero igual se vistió rápidamente y salió a reunirse con sus dos amigos como quien ha ganado el maratón olímpico, pero con un sabor agridulce en el corazón. En el bar sus amigos lo esperaban. -¿Cómo te fue, Conde? -¡Buenísimo, buenísimo! –mintió el Conde y ocultó su frustración a sus compañeros de aventuras, mientras sentía ya un fuerte dolor de testículos. Los tres jóvenes salieron de la casa del desenfreno sintiéndose hombres hechos y derechos, cargando una sonrisa en los labios, pero caminado con rapidez, porque no tenían permiso para llegar tan tarde a sus casas.

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ISABEL y ROBERTO

-Ya no creo más en Dios. -¿El qué? –preguntó Roberto, intrigado, con esa esa expresión y ese tono tan salvadoreños. Isabel y Roberto estaban acostados el uno junto al otro. La habitación tenía un ambiente íntimo. -Me pasó algo fascinante –continuó Isabel- en un día inolvidable, en un día cargado de amor y de sana locura. Me la he pasado pensando tanto. Me siento como liberada, como un ratón que logra escapar de la trampa y al salir de ella se da cuenta que en su corazón hay un león salvaje, un majestuoso delfín o un sagaz halcón. Isabel, parecía estar en místico trance o como perdida en el tiempo y el espacio, y a su vez, su discurso era extrañamente lúcido. Roberto guardaba silencio, mientras la observaba bajo la luz de la luna, deslumbrado por su belleza. (Como telón de fondo sonaba suavemente «Réquiem», de Branford Marsalis: la percusión casi oculta, el bajo adecuado, el bellísimo solo de piano y el saxofón tenor se entremezclaban con las palabras de Isabel). Con los ojos brillando, hizo una breve pausa mientras acariciaba la mano de Roberto y continuó.

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-Me he pasado, la mañana y la tarde pensando, durante varias semanas o quizás meses o tal vez años –continuó Isabel, esta vez casi en un susurro- y ya no creo más en Dios. Nunca nadie sabe cuándo empiezan en el subconsciente a removerse piezas que creíamos rígidas y fijas, piedras o estelas, rocas duras y ásperas; nunca nadie sabe cuándo un volcán despertará en lo más profundo de nuestros corazones. Sus ojos miraban con ternura y tranquilidad a Roberto. -¿Ya no creés más en Dios? ¿Te molestan las religiones? La luna seguía alumbrando. El contorno de la piel deseable y plateada de Isabel, bajo la incesante luz que irrumpía a través de la ventana, le hacía guiños y sonrisas a Roberto. El sudor de su piel, originado al hacer el amor, se secaba lentamente con la brisa fresca que penetraba a la casa. Ella se levantó de la cama. Le respondió a Roberto con un tono fraterno y con palabras íntimas, mientras se retocaba los labios y se miraba a sí misma frente al espejo… -Bueno, no quiero que me malinterpretés, no soy enemiga de las iglesias o de las religiones; mi ateísmo es diferente al de nuestra amiga Marisela. Por ejemplo yo admiré y sigo admirando mucho a algunas grandes personas creyentes, como Mahatma Gandhi o monseñor Óscar Arnulfo Romero. Pero lo que te quiero decir es que Dios sólo existe en la mente humana. Dios es voluntad, inspiración, fuerza de espíritu. Es decir, yo he logrado abandonar la idea de que Dios existe, tal y como comúnmente se conoce o se cree conocer –un ser sobrenatural, omnipotente, omnipresente, etc.-. Lo que tuve

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fue algo así como un viaje oblicuo, una mirada de lado y hacia arriba, un espacio que se abrió, una luz nunca vista, en plena madrugada, un espacio abierto que daba alegría y asombro al saber que existía un camino brillante en el que el temor desaparecía; todo adentro de mi cabeza, pero todo en relación con el medio ambiente exterior. La cortina que ocultaba lo prohibido cayó arrugada; levanté la cortina y vi que aunque ya no podría ocultar más lo que solía esconder, era una bella cortina, llena de pasado y riqueza espiritual, era una tela de colores que muchos todavía quieren seguir teniendo y mirando y eso está bien si es eso lo que ellos desean. Yo por mi parte ya no tengo miedo de morir aunque no quiero morir; pero comprendo lo natural del proceso. Las plantas y los animales, los humanos, el sol y las otras estrellas, cada uno vive la vida que le toca y de la forma que quiere, cada quien vive el tiempo corto o largo según la especie y el género. Como dijo un gran escritor: “El chantaje del cielo ya no me conmueve”. Los seres humanos nacen, lloran y respiran, húmedos, tras su traumática salida a través del canal del parto, llenos de líquido amniótico y de sangre, buscando el aire desesperadamente; luego crecen, juegan y aprenden, piensan e inventan dispositivos, crean música, escriben libros y se embriagan con todas las demás artes, que como dijo Roque Dalton: “oh momento mágico, oh poesía de hoy, contigo es posible decirlo todo” y Shakespeare expresó: “el corazón del hombre es como un pequeño reino presa de la insurrección” y Pablo Picasso emitió con fuerza su palabra diciendo: “el arte es una mentira que nos acerca a la verdad”. Y enfrentados a la verdad de la vida los seres humanos trabajan y comen, comen y trabajan, trabajan, comen y duermen, tienen sueños y pesadillas, despiertan, trabajan y comen y luego nuevamente a trabajar, a soñar y a pensar. Muchos buscan afanosamente divertirse de las más variadas

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formas, en los sitios más concurridos o en las abandonadas tardes de una esquina cualquiera o buscan sólo perder el tiempo plácida o dolorosamente, disfrutan su gozo, disfrutan su pena; muchos otros se aburren inevitablemente por falta de imaginación y entre todos los seres vivos primitivos o complejos, los seres humanos son al mismo tiempo valientes y admirables, viles y cobardes, realizan las hazañas más increíbles como ir a la luna, derrotar de una pedrada a Goliat o sacar a los ingleses de la India a través de la resistencia pacífica, y así también los seres humanos ensucian su conciencia y la belleza ejecutando los más inconcebibles atropellos, como llevar a la hoguera a Juana de Arco (y a otros miles de hombres y mujeres), como exterminar a ciento cincuenta millones de negros durante la esclavitud en Estados Unidos o asesinar sistemáticamente en la década de los ochenta en El Salvador a quien no pensara igual que uno. Y entre la grandeza y lo diminuto, entre la hipocresía y la sinceridad, los seres humanos continúan con su rutina y se continúan endrogando con todo tipo de sustancias materiales o espirituales y casi-casi también como los animales buscan su alimento y buscan sus parejas; los machos humanos son atraídos por las feromonas (y por otras delicias sexuales) hacia las hembras y éstas se ven fascinadas por el poder y el dinero o por las dulces palabras y los actos amables de los machos y luego, unos y otros, hombres y mujeres, copulan por placer o por amor. Comen, copulan y trabajan, se reproducen a mares una y otra vez y una y otra vez copulan y trabajan y vuelven a trabajar, hasta que el tiempo de la carne llega al punto de la flacidez y la soledad, al turno del olvido, la memoria y la nostalgia, a la estación del llanto y del dolor… y cuando la carga crece como una montaña en sus corazones humanos, la muerte aparece como un rico manjar ensordecedor e implacable, incolora y sin sabor, la esperada

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muerte que alivia todas las penas y dolores y arrebata así también toda la alegría y la felicidad del recuerdo; es el morir tan necesario como el nacer; morir es transformarse, es ser alimento de otros, es renacer, totalmente inconsciente, en mínimos fragmentos, en la sangre y en las células de otros…

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LORENA

Lorena se levantó, entró y salió con rapidez del baño, pensó vagamente en la noche que acababa de pasar y salió apresurada de su casa. Vio que los carros congestionados y los buses, más que todo, parecían una alfombra de humo gruesa, que los estudiantes se atropellaban entre sí corriendo a sus clases, que dos jóvenes enfermeras que esperaban bus reían sin razón, que las canasteras y los mecapaleros se movían ofuscados, y vio con asombro, además, como el silencio interno que usualmente la acompañaba, caía brutalmente asesinado a puñaladas por un pequeño monstruo nacido hace poco en su pecho, que le golpeaba internamente el tórax ventral sin descanso y como con odio. Las calles húmedas por el aguacero de la madrugada empezaban a secarse por el calor de la mañana, se evaporaba la lluvia lentamente, bailando hacia el cielo un zigzag mojado sin color, en tanto un árbol de Cortez, que se sentía avergonzado sin su amarillo, pegó un suspiro quién sabe de qué, y las incontables paredes manchadas continuaban gritando injurias incansables, mientras un remolino de viento ralo se cruzaba por la veinticinco avenida y una lluvia de zanates caía sobre un árbol de fuego, erizándolo, y los ancianos tirados en la acera, recostados en las paredes del hospital Rosales, despiertos ya pero soñando aún con la gracia de Dios que nunca llega, se abrazaron a su soledad para no sentirse solos, y en lo alto de un Amate -lento temblor de hojas- tres pajaritos celestes pregonaron sinceramente a

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Lorena un amanecer sin amanecer, un pozo al que falta mucho que excavársele para encontrar agua. La mañana, retorcida como pañal de trapeador y tendida en una pita del patio, había entrado ya en confianza con la ciudad. Lorena se perdió entre la multitud acalorada y sintió un exasperante frío. Se detuvo en la parada de buses. Su rostro era casi sereno. “En un lugar pequeñísimo, visto desde el mapa-mundi, hace 26 años encontré un día la vida” , pensó Lorena. Cruzó los brazos, se recostó en un árbol vecino y siguió pensando: “Un día escribí, hace dos años, un poema premonitor de esta pena, que hoy también es, de alguna manera, un consuelo. En esos versos dije, con otras palabras, que perdemos porciones de la memoria en el curso del tiempo, con lo cual me refería, en realidad al amor. (¿Podré no amarlo algún día?)”. Su rostro se marcó entonces con las arrugas de la frente. Sacó un cigarrillo y lo encendió con aparente tranquilidad. Y, como si el humo fuera su boleto de viaje o algún artificio mágico, tomó vuelo mentalmente hasta su pueblito perdido y refundido en el país; recordó las calles empedradas y el parque solitario a las diez de la noche; recordó caras conocidas; pero principalmente la de sus amigas de infancia… Las ideas entretejidas burbujeaban en su cabeza. Apretó con los dedos el filtro del cigarrillo y trató de volcar su mente en otra cosa. -¡Mercado Central, simanes, hospitales, véngase atrás, véngase, véngase! -gritó de repente un cobrador de bus de aspecto sucio- ¡Vaya, niños, pasaje!

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Lorena absorta en sus ideas dejó pacientemente que toda la gente subiera al bus, quedándose de último, mientras daba el último sorbo profundo al cigarrillo. Dentro del móvil vio rostros comunes pero desconocidos. Percibió el mal aliento mezclado con perfumes y sudores. Escuchó voces ininteligibles y monótonas. Pensó nuevamente. El aire fresco del apretado viaje se le metía en los ojos; se colocó unos lentes oscuros y bajó del bus. No era la parada donde debió hacerlo, faltaban como cinco calles, así que caminó bruscamente. Siguió pensando. Un hombre delgado con silencio en los ojos la esperaba en un cafetín, ni tan vacío ni tan lleno, de puertas de vidrio e impregnado de un olor a pan dulce. Lorena se acercó al cristal y lo buscó. Entró y caminó segura hacia él. Su novio (o mejor dicho, su ex novio), observó la cabellera abundante, las manos bellísimas, el rostro inconfundible. Ella lo vio. Sonrió, casi como una obligación. Se observaron a los ojos, pero él no pudo sostener la mirada ni un par de segundos. Había entre los dos fuerzas eléctricas invisibles golpeándoles el pecho, aunque por razones distintas; a él por la humillación de haber sido descubierto; a ella, por la desilusión y el dolor de saberse engañada. Se miraron nuevamente a los ojos y, como perdidos en un laberinto de asombro y de incomodidad titánica, enmudecieron un par de segundos -profundos como huellas de una edad prehistórica- y al sentirse extraños, metidos en ese trance, huyeron de él y volvieron al pasado más cercano. Él intentó atenuar la situación: -Fueron dos años que no voy a olvidar nunca.

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-No es necesario que hablés. Tus ojos me lo han dicho todo murmuró ella, y reconoció en sus labios el amor de antes. Y lo recordó con los ojos callado; pero gritando con su risa inconfundible. Y sintió, por primera vez con tanto ardor, en todo su ruidoso pecho y en toda su extensión, como el derrumbe de las horas (que eran como meses) de soledad amodorrada, de las horas caídas unas sobre otras como capas de suelo sin erosionar, pero inmensamente pesado, se derrumbaban sobre ella. Sus ojos, sin embargo, estaban serenos…

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LA CANCIÓN

I Quiero quedarme largas horas a solas con vos sin que nadie nos mire. Quiero que me digás palabras sensuales al oído, vocablos tuyos para mí que nadie habrá de escuchar. Tenés la edad en que el goce de la piel es el vicio más sano que puede haber. Sos excitante y bella; tu cabello de obsidiana es suave y ondulado; tus brazos de vara y barro, como dos antiguas construcciones mayas se aferran a mi cuerpo en movimiento; tus manos son las manos más bellas del mundo; tus pezones, como dos pequeñas ciruelas rosadas, se hunden en mi paladar siempre que te tengo; el Monte de Venus arde rápido como el ocote cuando lo palpan mis dedos y, cuando toco más abajo, es el pie húmedo de un caracol lo que toco. Tus extremidades inferiores son dos impresionantes pinos salvadoreños cuyas copas terminan uniéndose en millares de hojitas aciculadas y negras, ensortijadas, burbujeantes, formando el fragante triángulo que me gusta… Amor: sos una mujer bonita y milenaria.

II Emplazándome a una fiesta de silencio comunicativo con la mirada bordada de palabras, envolvés mis ojos, desatás mis

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manos, gritás el latente poema. Una caricia, esta noche, es una flauta. Un beso, un violín. Se ha abierto ya la puerta que querías. Pero nos detenemos En el umbral nos detenemos un poco, un poco más, haciendo la mejor melodía… Desciendo la prenda interior, de vos, con cuidado, sin prisa, continúo con paciencia, nos amamos, sin bruscos movimientos empezamos… somos la canción, somos la canción… Somos la canción de la humana libertad. La canción en movimiento. La reivindicación de la verdad. Somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción… Fuimos… (hemos terminado el primer viaje de la noche).

III Yo amo los cuartos oscuros donde los sonidos son la luz. Ahí donde mis escrutadoras pupilas verdes se dilatan vanamente por encontrar tus ojos oscuros, donde mis labios pueden ver tanto, donde mis manos observan tus piernas claramente y obtengo tu voz palpable y el tacto se nos vuelve palabra. Nuestros movimientos se sincronizan y los cuerpos pasan a ser dos libélulas volando unidas sobre una tenue humedad y sobre un estuario de sábanas blancas, floreadas… (Y me has contado luego que relámpagos de tu pensamiento vagan en rostros y habitaciones que de pequeña conociste; que te sentís niña escalando árboles…) Yo amo los cuartos oscuros donde nos desarrollamos sobre contracciones dinámicas y calores…

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UNA HISTORIA DE EL SALVADOR EN LOS INICIOS DE LOS AÑOS ´80

En la década de los ´80, en esos tiempos de guerra como los que vivía El Salvador, la mayor obsesión de Jonás era su lucha anti-izquierdista. Una anécdota de su juventud que lo dibuja claramente podría ser esta: Una noche de agosto del año 1980, cuando el día estaba opaco y el invierno social había sembrado sus garras heladas en San Salvador (y la guerra civil tenía una mecha encendida de sólo apenas tres centímetros de largo), Jonás manejaba su vehículo con la mente totalmente plagada de ideas, ideas de las cuales estaba convencido hasta la médula. Jonás nunca había sido soldado; pero estaba fascinado con las armas. Su relación con los militares había sido a través de Gilberto, un capitán con ideas ultraderechistas y que había sido compañero y amigo suyo de la adolescencia. Esta actividad a la que estaba entrando la realizaba de una manera esporádica, pero con gran placer. Esa noche Jonás se estacionó. Bajó del carro y tocó el timbre de la casa que lo esperaba. Gilberto le abrió la puerta y entraron a una bodega. Ahí revisaron las armas que usarían. Revisaron el plan. Cenaron juntos y platicaron de cosas triviales. A las once y treinta de la noche se dirigieron a su objetivo. En el camino recogieron a dos sujetos más. Se

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detuvieron en un barrio pobre de los alrededores de San Salvador. Se pusieron sus máscaras pasamontañas. Se bajaron del vehículo tres de ellos y el conductor se mantuvo adentro. La calle solitaria los amparaba. A lo lejos se escucharon un par de detonaciones. Tocaron la puerta por costumbre, pero en realidad, la puerta que no esperaba visitantes, la abrieron a golpes. En medio de los gritos de terror de sus hijos y de su esposa, un desafortunado individuo de unos 56 años de edad fue sacado a la fuerza, vendado de los ojos y sujetado de sus manos por la espalda. En el camino fue golpeado varias veces con la culata de los fusiles. Se estacionaron, pasada la medianoche, a la orilla de un pasaje de una populosa colonia. Lo bajaron a empujones y ya en el suelo, con sangre en el rostro, Jonás le ordenó que se pusiera de rodillas, le quitó la venda de los ojos y le apuntó con una escuadra en la cabeza. Jonás, a su vez, se quitó la máscara pasamontañas. -¡No me matés, Jonás! -lo reconoció el desafortunado individuo-. ¡Yo fui tu profesor en la escuela! Jonás sólo tuvo una respuesta a la súplica: haló con frialdad el gatillo. La explosión firme y seca penetró en la frente y reventó la región occipital…

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TRES HISTORIAS BREVES DE MARZO Y UNA CANCIÓN

1 El joven Arturo le dijo a Antonio, su padre, que quería irse para “el norte”. Lo pensó mucho toda la noche; pero al fin, por la mañana, Antonio le dijo a su hijo que estaba de acuerdo. Aquí en El Salvador no había trabajo y la violencia en los alrededores era intensa. Así que él mismo llevó a su hijo, músico de corazón, a la casa del coyote, una mañana de un lejano marzo. De ahí, no supo más de él. Hasta dos semanas después, en que recibió una llamada de un desconocido que le pedía dinero por el rescate de su hijo. Hubo dos o tres llamadas más, amenazantes. Él envió el dinero que le pedían y después de eso las llamadas cesaron. Pasó el tiempo y no tuvo noticias de su hijo. Tres meses después recibió una llamada de un sobrino suyo que vivía en los Estados Unidos, en la cual le contó cómo supo, a través de un amigo, que Arturo había sido asesinado en México y que sus restos habían sido enterrados en una fosa común.

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Antonio vive ahora con el dolor de la pérdida de su hijo y muere un poco cada día con la culpabilidad de haber consentido un viaje sin retorno.

2 Juan sentía conmiseración de sí mismo. No aceptaba haber perdido a su única hija. No aceptaba haberse quedado nadando en una soledad tan completa e hiriente. Esa mañana de marzo, que parecía una mañana como cualquier otra, Juan llevó a Natalia al centro escolar y regresó a atender la pequeña tienda que tenía en su casa. Acercándose el mediodía, Juan, viudo desde hacía 2 años, se fue a traer a su hija. Al acercarse al centro escolar vio un alboroto de gente. De pronto, se dio cuenta que la gente miraba un cadáver en el suelo. Atravesó un muro de gente y se dio cuenta que era Natalia quien estaba reposando sobre un charco de sangre. Juan hubiera preferido que lo mataran a él. 3 Don Pedro era el mejor sastre del pueblo; pero los tiempos ya no eran lo que habían sido, y hoy ya casi nadie le encargaba pantalones ni trajes. Pero con lo poco que le llegaba, él mantenía a su esposa, y a sus padres.

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Y aunque no había mucho dinero, cada semana tenía que entregar cierta cantidad a la pandilla que dominaba en su barrio. Pero la economía familiar era apretada. Y había semanas muy, pero muy duras. Una mañana de marzo, Medicina Legal llegó a su casa a traerlo a él, a don Pedro, o mejor dicho, a su propio cadáver, que tenía un tiro en la cabeza. Las extorsiones continuaron campantes en la calle donde solía él solía vivir.

TRES HISTORIAS (Canción) (Grabación casera.)

https://youtu.be/qzj9cMaWD0k

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RELATOS Editorial ÁRBOLESDEFUEGO

Derechos reservados © Óscar Perdomo León. Primera edición, 2017.

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RELATOS Óscar Perdomo León  

Relatos de temática variada, con El Salvador siempre como marco de acción. El Salvador en la América Central. Septiembre de 2017.

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