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EL ANTIFAZ Texto

Óscar María Barreno

Ilustraciones Kamila Erazo

Diseño y Maquetación Mayra Paredes Ortega

El presente documento se encuentra protegido por Licencia Creative Commons Versión 4.0: BY - SA Octubre de 2017 (www.creativecommons.org)

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A mi sobrina Nuria, porque la quiero por encima de todo. A Pura A.S., porque la admiro y respeto. Y a Juan, otra vez y siempre, porque sin ĂŠl nada de todo esto hubiera sido posible.

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Hace ya algunos años, en un país muy, muy lejano, iban a subir al trono el príncipe Felipe y la princesa Clara. A la fiesta de su coronación invitaron a todos los habitantes del reino, a todos menos a la bruja Maruja, que además de ser rencorosa, era pérfida y granuja. Por este y no por otro motivo, la bruja se presentó en el castillo, llenita de malas pulgas. -¿Quién os creéis que sois para no invitarme a la fiesta? Y les lanzó un maleficio. 6


-Por haberme hecho este desplante, lo pagaréis caro. Antes de que cumpla tres años vuestro primer hijo, sufrirá un accidente, por el cual quedará desfigurado de por vida. Dicho lo cual, tras una risa burlona y fea. -Ja, ja, ja, ja. Ja, ja, ja, ja. La bruja desapareció. Pasaron las semanas, y los ya nombrados reyes estaban preocupados a causa de la bruja. 7


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-Pobre de nuestro primer hijo –se lamentaba la reina. -Pobre, ¡ay pobre de nuestro hijo! También se lamentaba el rey. Pero este, amén de ser astuto, era un tanto cruel, e ideó un plan para librarse de tan fiero conjuro. -Robaremos un hijo y lo haremos pasar por nuestro, -le dijo a la reina Clara-. Y cuando sufra el accidente, lo devolveremos a sus auténticos padres. El plan, como ya hemos dicho, era un tanto cruel, mas a la reina no le pareció mal del todo. Y es que entre los reyes es normal que quieran cumplir su voluntad a cualquier precio, incluso si ello conlleva la destrucción de otra familia. 9


Así pues, fijado el plan, los monarcas llamaron al cazador, y le advirtieron de todo. -Debes ir al pueblo, averigua allí quién tiene un hijo recién nacido. Una vez averiguado, cuélate en su casa sin ser visto, rapta al muchacho y tráelo a nuestra presencia. - A sus órdenes, -dijo el cazador. Este, siguiendo lo planeado, llegó a la villa, y allí le hablaron de la hija del panadero, una dulce muchacha que recién había nacido, trayendo la alegría a su familia. -Bien, muy bien –se dijo el cazador-, esa será mi presa. 10


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Llegó hasta junto a su casa, a hurtadillas entró por la ventana, cogió a la pequeña, sacándola de su cunita, y tomándola entre sus brazos huyó como un vulgar ladrón. -Señor, aquí tenéis a vuestra falsa hija –le dijo al rey, lleno de satisfacción. No sabía el pobre cazador lo que le esperaba. Y es que, quien hace trato con malvados, sale con frecuencia escaldado. El rey y la reina sabían que, si el rapto llegaba a oídos de la bruja, esta resolvería atacar a un hijo auténtico de la pareja, por lo que, para no dejar pistas, Felipe el soberano ordenó matar al cazador. Pim, pam, pum. Le dieron tres palos unos hombres perversos que el monarca había contratado, los cuales sin ningún tipo de escrúpulo acabaron con su vida. 13


Los acontecimientos parecían ir según lo planeado. Con el cazador muerto nadie más sabía que la hija de los reyes era adoptada. Así pues, ella sufriría el accidente y su alteza la reina Clara podría engendrar más hijos a salvo de la bruja Maruja. No obstante, sucedió algo que los reyes no esperaban. Esto es: Dios, en su infinita bondad, condenó los actos de sus majestades los reyes del reino, negándoles para siempre la posibilidad de concebir algún hijo propio. Pasaron los meses, y con ellos el primer año. Los reyes ponían todo su empeño para traer al mundo un hijo legítimo, pero el designio de Dios prevalecía, y sus esfuerzos eran en vano. Se cumplió el segundo año, y justo el día de su tercer cumpleaños sucedió lo que tenía que suceder. Brenda, que así se llamaba la hija raptada, estaba jugando en la cocina de palacio, cuando un caldero repleto de agua hirviendo le cayó encima. 14


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-¡Oh no, cuánto dolor! –se lamentaban los reyes. Pues resulta que, a base de no tener hijos propios, habían aprendido a querer a Brenda como a una legítima. El caldero abrasó la cara de la pequeña, dejándola desfigurada. ¡Qué horror! ¡Qué espanto! La pequeña parecía un monstruo, por lo que los monarcas llegaron a una conclusión. Para no someter a su hija al escarnio público, la ocultarían en una torre del castillo, porque ya la consideraban hija propia y no tenían intención de devolvérsela a sus auténticos padres, más cuando pasaban los años y ellos no concebían nuevos hijos por designio de Dios. 16


-Hija, esto lo hacemos por tu bien, -le dijo la reina el día que la encerraron. Mas se apiadaron de ella, y le buscaron un amigo. Quique, el hijo menor de un campesino, fue recluido con ella en la torre, para que no estuviera sola, y juntos crecieron en el olvido. Los dos pequeños eran felices en su torre de oro, pues Quique era cariñoso y nada le importaba la malformación en el rostro de su amiga. Pero esta fue creciendo, y los reyes se decían que no podían mantenerla toda la vida bajo presidio. Al fin y al cabo, ella era su única descendiente, y tendrían que casarla con otro príncipe para asegurar el futuro del reino del país. Ahora bien, ellos seguían viendo a su hija como un monstruo horri17


ble, y no estaban dispuestos a someterla a ese escarnio público, que sería lo que pasara si decidían mostrársela al mundo entero, y con ello a los príncipes de los reinos vecinos. Mantenida, pues, esta contradicción, los monarcas decidieron consultar a un sabio amigo. -Verás tú, sabio amigo, nuestra hija está deformada por culpa de un conjuro que la bruja Maruja vertió sobre ella, y ahora es un monstruo que no podemos casar. ¿Qué podemos hacer? El caso era delicado, pero el sabio les albergó esperanzas. 18


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-No está todo perdido, majestad. Los conjuros de ese tipo tienen un antídoto eficaz. Someted a vuestra hija a un acto de amor verdadero y marchará para siempre toda su fealdad. El sabio les dijo cómo hacerlo. -Invitad a todos los nobles y principales de los reinos vecinos a una fiesta de compromiso, con una condición, a saber: todos los invitados han de portar una máscara consigo, no para ellos, sino como regalo para la princesa Brenda. Esta, se presentará al baile con antifaz, para cubrir su rostro, y escogerá de entre todas las caretas una. La que escoja será de su futuro esposo, el cual, y siempre tras su primer beso, devolverá a la princesa su tez verdadera, habiendo pasado ya para siempre el maleficio. 21


Así las cosas, lo dispusieron todo como el sabio había predicho. Organizaron la fiesta, mandaron emisarios a todos los reinos vecinos, y despidieron a Quique, el hijo del campesino, pues ya no necesitarían más de sus servicios. Llegó, en efecto, el gran día. La princesa Brenda se presentó con su antifaz ante todos sus pretendientes, y estos le ofrecieron como obsequio las distintas máscaras que todos portaban consigo. Esta, siguiendo los consejos de su padre, tomó las caretas y se retiró a un salón contiguo, para probárselas una por una.

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Pero ocurrió nuevamente algo que no estaba en los planes de nadie; la princesa, después de probarse todas las máscaras, se dio cuenta de que con ninguna estaba cómoda, pues ella quería ser amada tal como era, sin antifaces que cubrieran su rostro. Así pues, dejó todas las máscaras arrinconadas y se dirigió al salón donde estaban todos. -Buenas tardes –dijo ella-, esta soy yo, y me quiero tal cual soy. Quien me quiera tendrá que hacerlo igual, sin máscara. Los demás príncipes se horrorizaron, y amenazaron con salir huyendo cuando un nuevo acontecimiento les paralizó. De pronto, dentro del castillo empezaron a llover estrellas, rodeando a la princesa de 25


rayos multicolores. Esta se elevó a un palmo del suelo y comenzó a girar sobre sí misma, envuelta en esa especie de arcoíris. Al poco todo cesó, y Brenda cayó al suelo, con su belleza infantil recuperada. Las malformaciones y quemaduras habían desaparecido, y ahora lucía el rostro más bello que jamás ninguno de los presentes había visto. Efectivamente, tal y como el sabio había dicho, el maleficio de la bruja desaparecería con un acto de amor verdadero, y no hay amor más original que el amor propio. Para querer a otra persona, primero te tienes que querer a ti mismo, y eso es lo que Brenda había descubierto. Ella se amaba tal como era, y por ello se había obrado el milagro. Al cambiar su aspecto, los mismos príncipes que hacía un instante la habían repudiado, ahora la admiraban y todos querían casarse con ella. Pero ella en ningún 26


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modo lo aceptó. Como se valoraba a sí misma, no quería casar con cualquiera, sino con alguien capaz de amar de verdad, e hizo llamar a Quique, el hijo del campesino, el cual le había demostrado cariño a pesar de sus malformaciones. Este vino, y, una vez en palacio, Brenda le pidió en matrimonio. Quique aceptó. Pero los padres de Brenda no aceptaban que se casase con un simple campesino, así que le advirtieron.

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-Si te casas con él, no heredarás nuestro reino. Tras de lo cual, la joven princesa replicó que nada quería ella del reino, sino ser feliz con Quique. Y se fueron a vivir a una casita en el campo, donde fueron felices y, aunque no comían manjares, porque eran pobres y no se lo podían permitir, tuvieron seis hijos y fueron dichosos como nadie en esta vida hasta ahora lo ha sido.

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