Page 1

Entre la literatura y la antropología nace este proyecto, con el objetivo de comprender mejor la realidad de los pueblos andinos a través de historias, que llegaron a mí gracias a mi madre, abuelos, familiares y amigos, quienes me confiaron y me dieron el permiso de difundir sus experiencias con la ultratumba y/o el lado inmaterial de la vida.

A ellos, muchos de los cuales al igual que mi madre, vivían simultáneamente en ambos mundos, va dedicado este libro.

Sonia Avilés Bologna, Octubre 9 de 2011

Foto de Sonia Avilés

CUENTOS DE LOS ANDES PARA INTI por Sonia Avilés

Mi valioso Inti, no es mi intención asustarte, sino compartir contigo la relación de tus antepasados con el más allá o mundo de los muertos y con la magia de la naturaleza que se respira en mi tierra, para que tú puedas comprender mejor la realidad y ver allende lo material.


CUENTOS DE LOS ANDES PARA INTI por Sonia Avilés

CUENTO 1: EL BESO La historia se desarrolla en el valle Subandino de Tarija. Es una historia de amor. Ella lo espera todos los días, él regresa completamente indiferente, no la busca y si la ve casualmente desaparece sin saludar. Ella sufre, comienza a adelgazar y poco a poco se enferma al punto que los padres deciden ayudarla a salir de la ciudad. Antes de partir, Violeta[1] quiere verlo. Lo busca en su domicilio, en modo que no pueda evadirla. Esa noche, él le cuenta que ha iniciado otra relación y que en pocos meses será papá. No es feliz, pero tiene que afrontarlo, ésta es la razón por la cual no podía mirarla a los ojos. Foto de Lucas Wetzels

En medio del dolor, Violeta decide no consumirse más y salir adelante. Viaja a la capital, donde estudia, trabaja y posteriormente se casa y tiene hijos. De vacaciones en Tarija, caminando por la ciudad encuentra a este hombre del pasado, junto a su esposa e hijo, su mirada era triste, y sólo puede decirle que estaba un poco enfermo. Una noche, la despertó una serenata, después de tantos años sin noticias de aquel hombre, estaba allí interpretando una canción que sólo ellos conocían. Violeta se levantó, se avecinó al balcón y por un momento pensó en mirar hacia la calle, fue entonces cuando la melodía comenzó a atenuarse, lentamente aseguró la puerta, asumiendo que él había decidido irse. Volvió a la cama y cerró los ojos, luego sintió entrar una brisa fría, un beso en la frente y esa voz familiar que le decía: adiós. Abrió los ojos, preguntándose cómo pudo haber entrado en casa, pero no había ningún extraño, su esposo dormía a su lado y sus hijos descansaban tranquilos, la música se había ido completamente. Y mientras cerraba la puerta, decidió anotar este suceso, porque comprendió perfectamente que él había partido. Mucho tiempo después, pudo verificar con amigos comunes su muerte en aquella fecha y su expiración en aquella hora. Supo también de su vida frustrada.


CUENTOS DE LOS ANDES PARA INTI por Sonia Avilés

CUENTO 2: LA PROMESA NO CUMPLIDA Carlos[2] estudiaba derecho en la Universidad Mayor de San Andrés en La Paz, su mejor amigo Javier era un chico, alocado y poco estudioso. Javier se apoyaba muchísimo en Carlos, estudiaban juntos y cuando hablaban de la posibilidad de una vida después de la muerte, reían diciendo que quien muriera primero demostraría al segundo la existencia o no del otro mundo. Foto de Inti Ganzaroli

Carlos vivía en en el patio posterior de una casa, en una humilde habitación comunicada con la puerta de calle por un estrecho e interminable corredor. Una tarde mientras estudiaba escuchó una inusual bocina, sin comprender que sucedía y al sentir los gritos de Javier que lo llamaba, corrió a través del corredor para ver que sucedía. Y se quedo maravillado, admirando a través de la reja la bellísima moto nueva de Javier, que lo invitaba a dar un paseo. Lo había olvidado! Era el cumpleaños de Javier, por la noche celebrarían el aniversario. Carlos refutó el paseo, por cuanto debía estudiar, pidiendo sin éxito al amigo que se quedara en casa, para luego ir juntos al examen y posteriormente a la fiesta. Esa noche, Carlos fue a la universidad y entrando con cierto retraso al aula, vio que extrañamente estaba vacía, verificó su agenda, pensando que había equivocado la fecha o el aula. Fue entonces, cuando sintió posarse una mano en el hombro: - Lo siento. - ¿Que? - Sé que era tu mejor amigo, todos están en el velorio. Carlos se precipitó a la casa del amigo, donde los padres consternados velaban el cadáver, la fiesta se había convertido en un velorio. En lo poco que quedaba de aquella noche, Carlos no lograba dormir, apenas cerraba los ojos comenzaba a soñar despierto, sentía la bocina de la moto y al amigo que lo llamaba desde la


calle, desesperado se cubría los oídos, pero los gritos no cesaban. Transcurría la noche, y cuando finalmente encontró silencio, tocaron a la puerta, desconcertado se asomó a la ventana, era Javier que le pedía abrir. Bañado de transpiración se sentó brúscamente comprobando que había sido una pesadilla. No veía la hora de que amaneciera. Decidió prender la lámpara y tratar de leer, poco a poco se perdió en la lectura, ya sosegado notó gotas de sangre en el piso, sin comprender que pasaba alzó la mirada, Javier estaba en la habitación, le decía haber sufrido un accidente.

Carlos repetía: -Estas muerto, estas muerto, estoy soñando.

Frente a esta reacción Javier lo aferró y le dijo: -Ayúdame, promete que me ayudarás, por nuestra amistad. Yo ya no puedo hacerlo. Busca en el bolsillo de mi chaqueta, encontrarás una carta, que compromete a una dama. ¡Destrúyela! Carlos a punto del desmayo asintió. Veía las gotas de sangre, desesperado quiso salir de la habitación, amanecía, sentía la cara mojada, a él también le fluía sangre de la nariz. Javier ya no estaba. El entierro era al medio día, después de la misa. Carlos se avecinó a la madre de Javier: -Disculpe. ¿ Puedo ver las ropas que Javier usaba cuando tuvo el accidente? -¿Cómo? Está todo carbonizado, la moto hecha añicos, si no hubiera sido el casco, tendría la cara desfigurada. El elegante ataúd dejaba ver la cara de Javier y parte del impecable traje negro a rayas grises que vestía. Pasaron exactamente ocho días de la trágica muerte. Una mañana en casa, perdido en la lectura Carlos recibe una bella sorpresa. -¡¡¡Mamá!!! Mamá había dejado el campo para visitar al hijo, llevándole fruta, maíz, biscochuelos, mermelada de durazno y algo de dinero[3]. Carlos emocionado salió a comprar lo que le faltaba para ofrecer a mamá el desayuno. -Vuelvo enseguida. ¡No hagas nada! Lo que significaba, no limpiar la habitación, no ordenar las cosas y sobretodo no lavar la ropa. Sin embargo, la madre había comenzado ya con los quehaceres cuando alguien la interrumpe.


De regreso, recorriendo el interminable corredor, Carlos podía oir correr el agua, mamá estaba lavando. -No laves, hace frío. -Ahhh hijo. ¿Has encontrado a tu amigo en el corredor? -¿Qué amigo? -Hace minutos acaba de dejarme, es imposible que no lo hayas cruzado en el corredor! Un chico muy alocado, con un impecable traje negro a rayas grises, dijo ser tu mejor amigo y que no habías cumplido una promesa. ¿Que promesa es?

CUENTOS DE LOS ANDES PARA INTI por Sonia Avilés

CUENTO 3: LOS CONDENADOS DE LA SIERRA PERUANA La figura del condenado es muy común en los Andes, el condenado es un ser que a pesar de haber muerto, no puede dejar este mundo debido a sus acciones, esta ligado a la tierra y hasta no encontrar paz en su interior, permanece en ella vagando por lugares familiares, su forma puede ser humana o animal, es visto o escuchado durante la noche. Sin embargo, los siguientes dos relatos de la sierra peruana[4], tratan de condenados que no han muerto y se transforman temporalmente en animales, durante la noche o el día, por haber cometido incesto. Foto de Lucas Wetzels

Dos terneritos fueron avistados durante la noche por unos campesinos, que los cogieron con la intención de comérselos al día siguiente. Encerraron a los terneritos en una habitación bajo llave y a la mañana siguiente en lugar de los dos animales, encontraron una pareja de hermanos desnudos, que les suplicaban no hacerles daño y dejarlos ir. Por supuesto los campesinos los liberaron. Se comentaba en la zona sobre la relación incestuosa de un hombre tuerto con su hija. Durante los trabajos agrícolas los campesinos se sentían observados por un extraño animal, que no lograban definir, quizás un perro o un asno o algo intermedio, un ser con una mirada no terrena, una mirada inusual. La gente, examinando al animal notó que a éste le faltaba un ojo.


CUENTO 4: EL CUCHILLO[5] La familia se trasladaba, dejaban la vieja casa de campo para ir a vivir a la ciudad, llevaban las cosas más queridas. Cuando parecían tener todo listo, alguien dijo: ¿Y el viejo batán? No, el viejo batán no. Se trataba de un bloque rectangular de piedra granítica fina, de aproximadamente 120 kilos, con la superficie concava por el uso y las dimensiones perfectas, era una máquina insuperable para moler no solo los granos, sino cualquier otro alimento utilizado en cocina. Unos meses, antes del traslado, la madre había dejado momentáneamente solo al pequeño de la casa, un niño de tres años. Terminado el quehacer, la madre entró agitada comprobando que el niño estaba tranquilo donde lo había dejado, aliviada, retomó los trabajos domésticos y cuando se dispuso a cocinar, notó que faltaba el peculiar cuchillo de cocina -otro vejestorio valioso de mamá, hecho en acero inoxidable-, sin el cual era difícil continuar con las tareas culinarias. El niño que era muy despierto, dice a la madre. -Hombre clavau cutilo. -¿Que? El niño repetía esta frase incomprensible, señalando el gran batán de la cocina, siempre que alguien buscaba el cuchillo. Al momento del traslado, todos habían olvidado la desaparición del cuchillo y se concentraban en mover el gran batán. La madre no quería renunciar a su antigua reliquia, en tanto trataban de convencerla de dejar la prehistórica maquina en la casa de campo. Fueron necesarios cinco hombres para mover el lito unos metros de su lugar original. Cuando inesperadamente encontraron la superficie del mango del cuchillo que relucía en el piso de tierra, evidentemente había sido clavado debajo del tradicional batán.


[1] Es la historia de Violeta (quien me ha pedido utilizar un pseudónimo), prima mía, que vivió esta experiencia en Bolivia en los años 80.

[2] Historia contada por mi madre Mery Loayza sobre una experiencia de su hermano Carlos en los años 50.

[3] Mi abuela materna Elizabeth Arana vivía en el pueblo andino de Inquisivi a 2500 m.s.n.m., tenía huertas de duraznos, maíz y variadas frutas y hortalizas. Era experta en la preparación del biscochuelo -repostería típica de la zona: hecho básicamente con harina y huevos-.

[4] Los relatos me fueron proporcionados por Jacqueline Ramírez Almeyda de la región de Huancavelica-Perú, quien a su vez los escuchó de su abuelo Fortunato Almeyda Salvatierra quien vivió estas experiencias en los años 40.

[5] Historia contada por la tía abuela Nelina Villena, quien vivió esta experiencia en la campiña tarijeña, en los años 30.

Cuentos de los Andes  

Colección de cuentos de Sonia Avilés