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García Rivas Heriberto, “Justo Sierra” en García Rivas, Heriberto, 150 biografías de mexicanos ilustres, Diana, México, 1982, pp. 234 – 235. JUSTO SIERRA [1848-1912] Político y educador Nació el 26 de enero de 1848 en San Francisco de Campeche, entonces primer puerto y segunda ciudad de Yucatán. Su abuelo materno fue don Santiago Méndez, gobernador que fuera de esa entidad mexicana; y su padre el político, novelista y escritor don Justo Sierra O'Reilly. Estudió primeras letras en el Colegio de San Miguel de Estrada, de su ciudad natal, y frecuentó la intimidad de Francisco Sosa. Luego su familia se trasladó a Mérida y él ingresó al Colegio de San Ildefonso. Trece años había cumplido apenas cuando murió su padre, en 1861, y entonces marchó a la ciudad de México, al amparo de un tío materno, que acabó de educarlo. Completó sus estudios preparatorios en el Liceo Franco-Mexicano del señor Guibault; siguió la carrera de abogado, en la Escuela de San Ildefonso, donde en 1871, a los 23 años de edad, se graduó de licenciado en derecho. Al ejercer tal profesión, encontró que le era más grato el magisterio y las reuniones literarias en la casa de Manuel Payno, donde se recitaban poesías y se hacía literatura, por lo que se dedicó a enseñar y a escribir. Se asoció por ello a los que en su época hacían periodismo; perteneció al cenáculo de Manuel Altamirano y sus amigos fueron Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Vicente Riva Palacio y J. López Portillo. Colaboró en El Monitor Republicano y en El Federalista. Como poeta, Juan de Dios Peza lo estimaba por su inspiración, por su expresión viva, por la exuberancia de su imaginación; Riva Palacio lo veía como "una inteligencia privilegiada, de inspiración fecunda y vigorosa y rica y variada erudición". Ni la prosa ni la oratoria le fueron extrañas, y en sus discursos empleaba "una límpida y áurea voz de barítono", según recordaba el viejecito Urbina. Empezó su carrera política cuando Porfirio Díaz lo sacó de su cátedra del Conservatorio de Música y Declamación, y de la secretaría de la Suprema Corte, para hacerlo diputado por Veracruz. En 1905 pasó como titular a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, que se creara a iniciativa suya, y al ocuparla planteó el resurgimiento de la educación pública en México, empezando por reabrir la Universidad Nacional, que inauguró el 22 de septiembre de 1910. En aquel mismo año de 1905, publicó su biografía Juárez: Su obra y su tiempo, en la que colaboró el historiador Carlos Pereyra, por no quedarle ya mucho tiempo para tales tareas al ministro Sierra. Para entonces ya había publicado, en 1891, su Manual Escolar de Historia General; en 1896 su Catecismo de Historia Patria; en 1900 y 1901, su Historia Política, que figura en la obra México: su evolución social. En 1898 publicó un libro de viajes, que tituló En tierra yankee, y dejó infinidad de artículos en periódicos y revistas, sobre pedagogía, política, crítica literaria, viajes, historia, etc. Al estallar la revolución maderista se sumó a ella Justo Sierra, y el presidente Madero lo envió como ministro plenipotenciario de México a España, donde fue colmado de honores y en cuya capital, la ciudad de Madrid, murió el 13 de septiembre de 1912. Sus restos fueron traídos a México y sepultados en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Su obra México:


su evolución social, es sin duda lo más luminoso que sobre ese asunto se ha escrito.

Reyes, Alfonso, “Introducción” en Sierra, Justo, La evolución política del pueblo Mexicano, F.C, E., México, 1ª Ed., 1950, pp. VII – XVI. INTRODUCCIÓN Por Alfonso Reyes.


Todos los mexicanos veneran y aman la memoria de Justo Sierra. Su lugar está entre los creadores de la tradición hispanoamericana: Bello, Sarmiento, Montalvo, Hostos, Martí, Rodó. En ellos pensar y escribir fue una forma del bien social, y la belleza una manera de educación para el pueblo. Claros varones de acción y de pensamiento a quienes conviene el elogio de Menéndez y Pelayo: "comparables en algún modo con aquellos patriarcas. . . que el mito clásico nos presenta a la vez, filósofos y poetas, atrayendo a los hombres con el halago de la armonía para reducirlos a cultura y vida social, al mismo tiempo que levantaban los muros de las ciudades y escribían en tablas imperecederas los sagrados preceptos de la ley". Tales son los clásicos de América, vates y pastores de gentes, apóstoles y educadores a un tiempo, desbravadores de la selva y padres del Alfabeto. Avasalladores y serenos, avanzan por los eriales de América como Nilos benéficos. Gracias a ellos no nos han reconquistado el desierto ni la maleza. No los distingue la fuerza de singularidad sino en cuanto son excelsos. No se recluyen y ensimisman en las irritables fascinaciones de lo individual y lo exclusivo. Antes se fundan en lo general y se confunden con los anhelos de todos. Parecen gritar con el segundo Fausto: "Yo abro espacios a millones de hombres." Su voz es la voz del humano afecto. Pertenecen a todos. En su obra, como en las fuentes públicas todos tienen señorío y regalo. El último retrato de Justo Sierra, comunicado desde Europa a las hojas periódicas, nos lo presenta como era: un gigante blanco. De corpulencia monumental, de rasgos tallados para el mármol, su enorme bondad hacía pensar a Jesús Urueta en aquellos elefantes a quienes los padres, en la India, confían el cuidado de los niños. De los jóvenes era el tutor natural y entre los ancianos era el más joven. Viéndole mezclarse a la mocedad, los antiguos hubieran dicho que desaparecía, como el dios Término, entre el revoloteo de las Gracias, y viéndole guiar a los otros, a veces con sólo la mirada o con la sonrisa, lo hubieran comparado con Néstor, de cuyos labios manaban la sabiduría y la persuasión. Todo él era virtud sin afectaciones austeras, autoridad sin ceño, amor a los hombres, comprensión y perdón, orientación segura y confianza en el bien que llegaba hasta la heroi cidad. Cierto buen estilo zumbón y la facilidad en el epigrama sin hiel disimulaban, para hacerla menos vulnerable, su ternura. Su obra de escritor asciende de la poesía a la prosa, donde se realiza plenamente para conquistar el primer lugar en nuestras letras: desde la dulzura de las Playeras —la canción de pájaro hija de los trinos de Zorrilla—, pasando por los arrobamientos de la "donna angelicata" que irradian en los Cuentos románticos, hasta los vastos alientos del historiador, con aquellos últimos estallidos de un genio que se derrotaba a sí mismo en reiteradas apoteosis de entusiasmo. En él se descubre aquella dualidad propia de los apostolados amables. Tiene lo hercúleo y lo alado, como los toros de Korsabad; y se desarrolla ensanchándose como el abrazo de una ola. Del lirismo algo estrecho de su juventud, su poesía se expande a las elocuencias que tanto le censuraba el ingenioso Riva Palacio. Y si su poesía pierde con ello, es porque no ha podido adaptarse al crecimiento del hombre interior. Justo Sierra, entonces, ya no puede cantar en verso: se ahoga en la plétora. Ha brotado en él un atleta de la simpatía humana y del entusiasmo espiritual. El verso se alarga y contorsiona, y se vuelve prosa. Conserva de la poesía la emoción cargada, el gusto dispuesto, la siempre fresca y sana


receptividad de la belleza. Pero se desborda sobre la historia, el amor y el afán de todos los hombres, para compartir sus fatigas y sus regocijos con tan intenso pathos y tan honda potencialidad, qué acuden al lector las palabras temblorosas de Eneas: "Aquí tienen premio las virtudes, lágrimas las desgracias, compasión los desastres." Crítico literario un día, su legado es breve, brevísimo, y en esto como en muchas cosas se manifestó por un solo rasgo perdurable: el prólogo a las poesías de Gutiérrez Nájera. Allí la explicación del afrancesamiento en la lírica mexicana, la defensa del Modernismo, todo lo cual está tratado al margen de las escuelas y por encima de las capillas. Entre sus contemporáneos no hay crítica que la iguale, y dudo que la haya entre los posteriores, aun cuando algo se ha adelantado. El solo estilo de aquel prólogo ostenta lujos hasta entonces desconocidos entre nosotros; las imágenes tienen vida; las frases, nerviosos resortes; el paréntesis, Sabrosa intención; la digresión, un encanto que hace sonreír. Se siente el temor de profanar la tumba recién sellada del amigo. En torno a Gutiérrez Nájera, unos cuantos trazos fijan nuestra historia literaria. Sobre el mismo Gutiérrez Nájera, no creo que pueda decirse más ni mejor. Su estilo, después, gana en fuerza y en sobriedad. Renuncia a la sonrisa y a la gracia turbadora. Va en pos de la cláusula de oro, esculpe sentencias. Es ya el estilo, como lo quería Walter Pater, para seducir al humanista saturado de literatura, reminiscencias, casos y cosas. Su oratoria, aun en los discursos oficiales, está cruzada por todas las preocupaciones filosóficas y literarias de su tiempo. Es el primero que cita en México a D'Annunzio y a Nietzsche. En sus discursos hay un material abundante de estudios y meditaciones, y, ti mejor comentario acaso sobre sus empeños de educador. En la obra histórica a que estas palabras sirven de prólogo, el estilo, sin bajar nunca en dignidad, revela por instantes cierto apresuramiento, no repara en repeticiones cercanas, amontona frases incidentales, a veces confía demasiado el sujeto de los períodos a la retentiva del lector. El autor parece espoleado por un vago presentimiento, por el afán de sacar cuanto antes el saldo de una época cuyo ocaso hubiera adivinado. Pero si hay momentos en que escribe de prisa, puede decirse que afortunadamente siempre pensó despacio. Todo lo cual comunica a la obra cierto indefinible ritmo patético. El escritor padeció sin duda bajo el peso de sus labores en el Ministerio de Instrucción Pública. Su nombre queda vinculado a la inmensa siembra de la enseñanza primaria que esparció por todo el país. Continuador de Gabino Barreda —aquel fuerte creador de la educación laica al triunfo de Benito Juárez, triunfo que vino a dar su organización definitiva a la República—, Justo Sierra se multiplicó en las escuelas, como si, partido en mil pedazos, hubiera querido a través de ellos darse en comunión a las generaciones futuras. Hacia el final de sus días, coronó la empresa reduciendo a nueva armonía universitaria las facultades liberales dispersas, cuya eficacia hubiera podido debilitarse en la misma falta de unidad, y complementó con certera visión el cuadro de las humanidades modernas. Puede decirse que el educador adivinaba las inquietudes nacientes de la juventud y se adelantaba a darles respuesta. El Positivismo oficial había degenerado en rutina y se marchitaba en los nuevos aires del mundo. La generación del Centenario desembocaba en la vida con un sentimiento de angustia. Y he aquí que Justo Sierra nos salía al paso, como ha dicho uno de los nuestros —Pedro Henríquez Ureña—


ofreciéndonos “la verdad más pura y la más nueva". "Una vaga figura de implorante —nos decía el maestro— vaga hace tiempo en derredor de los templa serena de nuestra enseñanza oficial: la Filosofía; nada más respetable ni más bello. Desde el fondo de los siglos en que se abren las puertas misteriosas de los santuarios de Oriente, sirve de conductora al pensamiento humano, ciego a veces. Con él reposó en el estilóbato del Partenón que no habría querido abandonar nunca; lo perdió casi en el tumulto de los tiempos bárbaros, y reuniéndose a él y guiándole de nuevo se detuvo en las puertas de la Universidad de París, el alma mater de la humanidad pensante en los siglos medios. Esa implorante es la Filosofía, una imagen trágica que conduce a Edipo, el que ve por los ojos de su hija lo único que vale la pena de verse en este mundo: lo que no acaba, lo que es eterno." De esta suerte, el propio Ministro de Instrucción Pública se erigía en capitán de las cruzadas juveniles en busca de la filosofía, haciendo suyo y aliviándolo al paso el descontento que por entonces había comenzado a perturbarnos. La Revolución se venía encima. No era culpa de aquel hombre; él tendía, entre el antiguo y el nuevo régimen, la continuidad del espíritu, lo que importaba salvar a toda costa, en medio del general derrumbé y de las transformaciones venideras. Yo no lo encontré ya en la cátedra, pero he recogido en mis mayores aquella sollama del fuego que animaba sus explicaciones orales y que trasciende vívidamente hasta sus libros. Ya dejé entender que el historiador, fue, en él, un crecimiento del poeta, del poeta seducido por el espectáculo del vigor humano que se despliega a través del tiempo. Romántico por temperamento y educación, para él seguía siendo la Revolución Francesa, clave de los tiempos modernos, la hora suprema de la historia. Éste era el capítulo que estaba siempre dispuesto a comentar, la lección que tenía preparada siempre. En lo que se descubren sus preocupaciones de educador político. Aquí convergían las enseñanzas de los siglos, heredadas de una en otra época como una consigna de libertad. El alumno, entregado a las apariciones que él iba suscitando a sus ojos, confiándose por las sendas que él le iba abriendo en los campos de la narración, al par que escuchaba un comentario adecuado y caluroso, sufría el magnetismo de los pueblos, y le parecía contemplar panorámicamente (como por momentos se ven los guerreros de la llíada) el hormiguero de hombres que se derraman de Norte a Sur, el vuelo de naves por la costa africana, que más tarde se desvían con rumbo al mar desconocido. El maestro creía en el misticismo geográfico, en la atracción de la tierra ignota, en el ansia de encontrar al hombre austral de hielo o al hombre meridional de carbón con que soñaban las naciones clásicas, en el afán por descubrir las montañas de diamante, las casas de oro y de marfil, los islotes hechos de una sola perla preciosa, centellantes hijos del Océano, con que soñaba la gente marinera en la Era de los Descubrimientos. El imán de la escondida Tule, como en Séneca; el imán de las constelaciones nuevas, como en Heredia, también han sido motores de la historia. Los aventureros que buscaban la ruta de las especias saludaban con igual emoción la gritería de las gaviotas que anunciaban la costa, o la deslumbrante Cruz del Sur que parece cintilar, como augurio, desde los profundos sueños de Dante. La historia se unificaba en el rumor de una gigantesca epopeya; la tierra aparecía abonada con las ceni zas de sus santos y de sus héroes; los pueblos nacían y se hundían, bañados en la sangre eficaz. Así el relato se enriquecía con las calidades de


evocación e interpretación de aquel estupendo poeta que, para mejor expresarse, había abandonado el silabario del metro y de la rima. Maestro igual de la historia humana ¿cuándo volveremos a tenerlo? Evocación e interpretación, la poesía de la historia y la inteligencia de la historia: nada faltaba a Justo Sierra. Su mente es reacia al hecho bruto. Pronto encuentra la motivación, desde el estímulo puramente sentimental hasta el puramente económico, pasando por el religioso y el político. La historia no es sólo una tragedia, no le basta sacudir la piedad y el terror de los espectadores en una saludable catharsis. La historia es un conocimiento y una explicación sobre la conducta de las grandes masas humanas. A ella aporta Justo Sierra una información sin desmayos, y un don sintético desconcertante en los compendiosos toques de su estilo. Así, en la historia mexicana, resuelve en un instante y con una lucidez casi vertiginosa algunos puntos que antes y después de él han dado asunto a disquisiciones dilatadas. La densidad de la obra, el gran aire que circula por ella, la emparientan con las altas construcciones a la manera de Tocqueville. Justo Sierra descuella en la operación de la síntesis, y la síntesis sería imposible sin aquellas sus bien musculadas facultades estéticas La síntesis histórica es el mayor desafío a la técnica literaria. La palabra única sustituye al párrafo digresivo; el matiz de certidumbre —tortura constante de Renán— establece la probidad científica; el hallazgo artístico comunica por la intuición lo que el entendimiento sólo abarcaría con largos rodeos. Dentro de las dimensiones modestas de un libro de texto, la Historia General de Justo Sierra acumula una potencia de veinte atmósferas. Sólo peca por superar la capacidad media de los lectores a quienes se destina. En verdad, obliga a detenerse para distinguir todos los colores fundidos en el prisma. Como diría Víctor Hugo (evocación grata a Justo Sierra), el escritor suscita una tempestad en el tintero. Y como la buena prosa nos transporta en su música, todavía recuerdo que, en mis tiempos, los muchachos de la Preparatoria — sin duda para esquivar el análisis— se entregaban a las facilidades de la memoria y dejaban que se les pegaran solos aquellos párrafos alados. Tal vez la Historia General, para los fines docentes, necesita de la presencia de Justo Sierra, como la Universidad por él fundada —y entregada después a tan equívocos destinos— lo necesitaría en su gobierno. A menos que sea un inventario de hechos inexpresivos, el ensayo histórico deja traslucir, consciente o inconscientemente, el ángulo de visión del historiador y el lenguaje mental de su época, visión y lenguaje que contienen una representación del mundo. Toda verdadera historia, dice Croce, es contemporánea: aparte de que es un vivir de nuevo, en esta época, el pasado de la humanidad. Pero, dentro de este imperativo psicológico, cabe encontrar una temperatura de ecuanimidad y equilibrio que, sin disimular las inclinaciones filosóficas del autor, alcance un valor de permanencia, de objetividad, de verdad; un planteo honrado de los problemas que hasta deje libertad al disentimiento de los lectores; y más si se acierta con los pulsos esenciales en la evolución de un pueblo, como acontece con Justo Sierra cuando construye la historia de la patria. En Justo Sierra, el historiador de México merece consideración especial. "Nos quedan —decía Jesús Urueta— sus fragmentos venerables de historia patria, tan llenos de ciencia, de arte y de amor, entre los que sobresale un tomito para los niños, que si para éstos es un encanto, es una joya


para los viejos." Este juicio sería impecable si la palabra "fragmentos" no indujera a error, por cuanto parece significar que se trata de una obra incompleta, y si el giro mismo de las frases no pareciera dar preferencia sobre la Evolución política del pueblo mexicano a cierto epítome infantil. Verdad es que este epítome es un libro de calidad rara y acaso única en su género. Como toda obra de sencillez, es la prueba de un alto espíritu. Enseñar la historia a los niños como él la enseña, sin acudir a los recursos tan amenos como dudosos del "salto de Alvarado" y el llanto de la "noche triste", es tener más respeto para el alma infantil del que suelen tener las madres que educan a sus criaturas con la superstición y el miedo; sortear el escollo de la indecisión y dar la verdad averiguada, imbuida de amor al propio suelo, es tener el mejor título a la gratitud nacional. Aun en las leyendas que acompañan a las láminas del epítome hay lecciones de evidencia histórica y enseñamientos intachables. Pero nada es comparable a la majestuosa Evolución política del pueblo mexicano. Esta obra se publica ahora por primera vez * en volumen aislado, desprendiéndola de la colección de monografías escritas por varios autores, en que antes apareció y en que era ya prácticamente inaccesible. Dicha colección de monografías históricas sobre múltiples aspectos de la vida nacional, y confiadas a diversos especialistas, bajo la dirección general de Justo Sierra (parangón moderno del antiguo México a través de los siglos, en cinco abultados volúmenes), lleva el título de México: Su evolución social, y fue editada en México por J. Ballescá y Cía., entre los años de 1900 a 1902, en tres gruesos infolios profusamente ilustrados al gusto de la época, que dista mucho de satisfacer a los lectores actuales. El tomo I consta de dos volúmenes; el primero, de 416-IV págs., es de 1900; y el segundo, que va de la pág. 417 a la 778, de 1902; en tanto que el tomo II, en un volumen de 437 págs., apareció en 1901. El primer volumen anuncia como autores a los Ingenieros Agustín Aragón y Gilberto Crespo y Martínez; Licenciados Ezequiel A. Chávez, Miguel S. Macedo, Pablo Macedo, Emilio Pardo (Jr.), Genaro Raigosa, Manuel Sánchez Mármol y Eduardo Zarate; Doctor Porfirio Parra; General Bernardo Reyes; Magistrados Justo Sierra y Julio Zarate; director literario, el mismo Justo Sierra, y director artístico Santiago Ballescá. En los sucesivos volúmenes se suprimen los nombres de Emilio Pardo (Jr.) y Eduardo Zarate, y se añaden los del Diputado Carlos Díaz Dufoó y el Licenciado Jorge Vera [Estañol]. La sola designación de títulos profesionales y aun de cargos políticos es impertinente al objeto de la publicación. Los inacabables subtítulos de la portada, entre los cuales algunos más bien parecen reclamos mercantiles ("Inventario monumental que resume en trabajos magistrales los grandes progresos de la nación en el siglo XIX"... "Espléndida edición, profusamente ilustrada por artistas de gran renombre", etc.), dan a la publicación un aire provinciano, a pesar del lujo material que no llega nunca a la belleza, a pesar del rico papel sati nado y del claro tipo de imprenta: Ballescá, el editor del régimen, no escatimaba gastos. En la impresión misma se descubren erratas y descuidos. Los retratos son arbitrarios e impropios de un libro histórico de estos vuelos. La enormidad de los tomos los hace de difícil manejo; su precio los hace inaccesibles. Con buen acuerdo, Pablo Macedo se apresuró a publicar por separado y en un libro seriamente impreso las tres monografías con que contribuyó a esta obra *

Esta introducción fue escrita para la edición que la Casa de España en México publicó en 1940.


(La evolución mercantil; Comunicaciones y obras públicas; la Hacienda pública, México, Ballescá, 1905, 4º., 617 págs. y finales). No se hizo así para la monografía de Justo Sierra, hasta ahora sepultada en aquella primitiva edición; o si ello llegó a intentarse, fue en forma fragmentaria y desautorizada, en un librillo ramplón que sólo contiene los primeros capítulos y no estaba llamado a circular debidamente (Madrid, Editorial "Cervantes", ¿1917?). El ensayo completo de Justo Sierra, que ahora aparece con el nombre de Evolución política del pueblo mexicano, consta en México: Su evolución social, tomo I, vol. 2º. págs. 33 a 314, bajo el título de Historia política, y en el tomo II, págs. 415 a 434, bajo el título: La era actual. México: Su evolución social es obra compuesta en las postrimerías del régimen porfiriano, para presentar el proceso del país desde sus orígenes hasta lo que se consideraba como la meta de sus conquistas. Pero las páginas de Justo Sierra (lo hemos adelantado al hablar de su estilo) se estremecen ya con un sentimiento de previsión: se ha llegado a una etapa inminente; urge sacar el saldo, hay que preparar a tiempo el patrimonio histórico antes de que sobrevenga la sorpresa. Dejando de lado las obras de mera investigación, tan eximias como las de José Fernando Ramírez, Icazbalceta u Orozco y Berra (éste ha envejecido por el adelanto ulterior de nuestra arqueología); exceptuando los ensayos históricos de otro carácter, destinados a otros fines y que no podrían ofrecerse como síntesis popular —tales los de Alamán o Mora— la Evolución política ocupa un lugar único, a pesar del tiempo transcurrido desde el día en que se la escribió. A su lado, las demás obras de su género resultan modestas. Podrán completarla en el relato de hechos posteriores —pequeño apéndice de tres o cuatro lustros sobre una extensión de más de cuatro siglos—, pero no logran sustituirla. Algunas de estas obras, al lado del Sierra, hasta parecen extravíos, sutilezas o divagaciones personales al margen de la historia, empeños violentos por ajustar nuestras realidades a una teoría determinada. Muchos han espigado en Sierra, pero exagerando hasta la paradoja lo que en él era un rápido rasgo expresivo. La sacudida revolucionaria acontecida después ejerce una atracción irresistible sobre los problemas inmediatos, invita a la propaganda y a la polémica, y puede perturbar el trazo de ciertas perspectivas fundamentales. Justo Sierra nos da la historia normal de México. Por su hermoso y varonil estilo, su amenidad, la nitidez de su arquitectura y su buena doctrina despierta el interés de todos, y está llamada a convertirse en lectura clásica para la juventud escolar y para el pueblo. No es una ciega apología; no disimula errores que, al contrario, importa señalar, a algunos de los cuales por primera vez aplica el lente. Pero un vigor interpretativo y la generosidad que la anima hacen de ella, en cierto modo, una justificación del pueblo mexicano. Quien no la conozca no nos conoce, y quien la conozca difícilmente nos negará su simpatía. Publicarla de manera que pueda circular cómodamente y llegar a todas las manos era, por eso, un deber cívico. Sin espíritu de venganza —nunca lo tuvo— contra el partido derrotado; sin discordia; sin un solo halago a lo bajo de la pasión humana; sin melindres con la cruel verdad cuando es necesario declararla, esta historia es un vasto razonamiento acompañado por su coro de hechos, donde el relato y el discurso alternan en ocasiones oportunas; donde la explicación del pasado es siempre dulce aun para fundar una censura; donde no se juega con el afán


y el dolor de los hombres; donde ni de lejos asoma aquella malsana complacencia por destruir a un pueblo; donde se respeta todo lo respetable, se edifica siempre, se deja el camino abierto a la esperanza. La paulatina depuración del liberalismo mexicano no es allí una tesis de partido, sino una resultante social, un declive humano. Abarca la Evolución política desde los remotos orígenes hasta la época contemporánea del autor, vísperas de la Revolución mexicana. Los orígenes han sido tratados con sobriedad, con prescindencia de erudiciones indigestas, con santo horror a los paralelos inútiles, despeñadero de nuestra arqueología hasta entonces, y sobre todo, con entendimiento y lucidez: siempre, junto al hecho, la motivación y la explicación. Ahora bien: la historia precortesiana apenas arriesgaba en tiempos de Sierra sus primeros pasos y es toda de construcción posterior. El lector debe tenerlo en cuenta, y leer esos primeros capítulos con la admiración que merece un esfuerzo algo prematuro por imponer el orden mental a un haz de noticias dispersas; pero advertido ya de que aquellas generalizaciones no siempre pueden mantenerse a la luz de investigaciones ulteriores. De entonces acá la arqueología mexicana ha sido rehecha, aunque por desgracia no haya llegado ya el momento de intentar otra síntesis como la de Sierra, síntesis indispensable en toda ciencia, sea hipótesis de trabajo o sea resumen de las conclusiones alcanzadas. Por lo demás, la apreciación humana y política de Sierra sobre el cuadro de las viejas civilizaciones —que es lo que importa en una obra como la presente— queda en pie; queda en pie su visión dinámica sobre aquel vaivén de pueblos que se contaminan y entrelazan; queda en pie su clara percepción de que el imperio mexicano, decadente en algunos rasgos, distaba mucho de ser un imperio del todo establecido y seguro. La época contemporánea fue tratada con toda la respetuosa inquietud y con la diligente afinación moral de quien está disecando cosas vivas y tiene ante sí el compromiso, libremente contraído, de la verdad. Justo Sierra no incurre, ni era posible en nuestros días, en aquel inocente delirio de que es víctima insigne Ignacio Ramírez y mucho más oscura el P. Agustín Rivera 1 (el cual escribía la historia por "principios"), para quienes nuestros antepasados indígenas son los únicos padres directos de nuestra nacionalidad moderna. Pero sí da al elemento indígena lo que por derecho le corresponde como factor étnico, se inclina conmovido ante un arrojo que mereció la victoria, y pone de relieve aquella solidaridad misteriosa entre todos los grupos humanos que, a lo largo del tiempo, han contestada al desafío de la misma naturaleza, desecando lagos y pantanos, labrando la tierra y edificando ciudades. Lleno de matanzas y relámpagos, el cuadro trágico de la conquista pasa por sus páginas con la precipitación de un terremoto, de un terremoto entre cuyos escombros se alzaban barricadas y se discurrían ardides. Y viene, luego, el sueño fecundo de la época colonial, preñado del ser definitivo, donde las sangres contrarias circulan en dolorosa, alquimia buscando el sacramento de paz. . Mas por sobrio y lúcido que sea, para su tiempo, el estudio de la época antigua; por pudoroso y justiciero que aparezca el de la conquista, o por sugestivo y rico que resulte el de la colonia, ninguna de estas partes iguala 1

¡Publicado por la Universidad Nacional de México en 1922!


en la Evolución política a la época moderna, al México propiamente tal, cumpliéndose otra vez aquí la consigna de educador político que este historiador lleva bajo su manto, y cumpliéndose también el sentido contemporáneo, la proyección actual de toda verdadera resurrección del pasado. Aplicación del evolucionismo en boga o mejor de aquella noción del progreso grata al siglo XIX; metamorfosis histórica de aquella teoría física sobre la conservación de la energía (el trabajo acumulado es discernible en cualquiera de sus instantes), todo ello, que perturbaría las perspectivas en pluma menos avisada, parece allí decir, con la hipótesis finalista, que el pasado tiene por destino crear un porvenir necesario y que en el ayer, el momento más cercano es el que nos llega más rico de lecciones. Al abordar el período de la independencia, el foco del historiador se acerca como si quisiera ver cada vez más a fondo y con mayor claridad. El episodio más reciente trae más arrastre adquirido. Justo Sierra lo prefiere a todos, porque él es un educador; y acaso por eso sea el más cabal de los historiadores mexicanos. "La Historia —ha dicho— a riesgo de ser infiel a su aspiración de ser puramente científica, es decir, una escudriñadora y coordinadora impasible de hechos, no puede siempre desvestirse, de su carácter moral." Una virtud suprema ilumina la obra histórica de Justo Sierra: la veracidad, la autenticidad mejor dicho. Todo en ella es autentico, todo legítimo y sincero, resultado de una forma del alma, y no condición exterior y yuxtapuesta: sus directrices mentales, que en otros parecerían posturas en busca de la economía del esfuerzo-, su liberalismo, su confianza en la democracia, su interés por la educación ("¡Oh —exclama Justo Sierra— si como el misionero fue un maestro de escuela, el maestro de escuela pudiera ser un misionero!", palabras en que está todo el plan educativo que nos trajo la Revolución); sus desbordes de emoción que en otros resultarían inoportunos y aquí fluyen como al empuje de una verdadera necesidad: su expresión retórica, que en otros sonaría algo hueca y aquí aparece íntimamente soldada al giro de los pensamientos. Auténticas la intención, la idea, la palabra. Auténtico el desvelo patriótico que lo inspira. En el fondo de la historia, busca y encuentra la imagen de la patria, y no se siente desengañado. Era todo lo que quería. Cuando funda la Escuela de Altos Estudios, dice así: "Nuestra ambición sería que en esa Escuela se enseñase a investigar y a pensar, investigando y pensando, y que la sustancia de la investigación y el pensamiento no se cristalizasen dentro de las almas, sino que esas ideas constituyesen dinamismos permanentes traducibles en enseñanza y en acción; que sólo así los ideales pueden llamarse fuerzas. No quisiéramos ver nunca en ella torres de marfil, ni vida contemplativa, ni arrobamientos en busca del mediador plástico; eso puede existir y quizás es bueno que exista en otra parte: no allí, allí no... Nosotros no queremos que en el templo que se erige hoy se adore a una Atenea sin ojos para la humanidad y sin corazón para el pueblo dentro de sus contornos de mármol blanco; queremos que aquí vengan las selecciones mexicanas en teorías incesantes para adorar a la Atenas Promakos, a la ciencia que defiende a la patria." Cuando estas palabras se escribieron, no se había inventado aún la falsificación de la ciencia al servicio de intereses bastardos, ni se había abusado de los estímulos patrióticos al punto de que inspiren recelo. Hay que entender aquellas palabras en toda su pureza, en su prédica de creación humana, sin sombra de agresividad ni de fraude. Y


hay que tener muy presente que las respalda toda la existencia inmaculada de este gran mexicano. Pudiera pensarse que esta historia, suspendida en los umbrales de la Revolución, necesita ser revisada en vista de la Revolución misma. No: necesita simplemente ser completada. En ella están todas las premisas que habrían de explicar el porvenir, lo mismo cuando juzga el estado social del indio que del mestizo y del criollo; y el candor mismo con que fue escrita es la mejor garantía de que no hace falta torcer ni falsificar los hechos para comprender el presente. Cuando Justo Sierra se enfrenta con los errores heredados de la Colonia —y los peores de todos, aquellos que se han incorporado en defectos del carácter nacional—, dice así: "Desgraciadamente, esos hábitos congénitos del mexicano han llegado a ser mil veces más difíciles de desarraigar que la dominación española y la de las clases privilegiadas por ella constituidas. Sólo el cambio total de las condiciones del trabajo y del pensamiento en México podrán realizar tamaña transformación." La Evolución política de Justo Sierra sigue en marcha, como sigue en marcha la inspiración de su obra. No digáis que ha muerto. Como aquel viajero de los Cárpatos, va dormido sobre su bridón. La gratitud de su pueblo lo acompaña. A. R.


Lira, Andrés, “Justo Sierra: la historia como entendimiento responsable” en Florescano, Enrique y Pérez Monfort, Ricardo (comp.), Historiadores de México en el siglo XX, CONACULTA/ F.C.E., México, 1995, pp. 22 – 40. JUSTO SIERRA: LA HISTORIA COMO ENTENDIMIENTO RESPONSABLE Andrés Lira I EN 1900, cuando Justo Sierra partía de viaje a la Europa latina, había reunido la colaboración de diversos autores para formar los tres volúmenes de México, su evolución social, que acabaron de publicarse en 1902. La obra cerraba el ciclo de las visiones integrales de la historia nacional, iniciado por Niceto de Zamacois con la publicación de su Historia de México... en veinte volúmenes, de 1877 a 1882, que alcanzaron gran difusión gracias a una buena distribución comercial y a la acogida que mereció entre la "gente decente" la visión conservadora y el tono conciliador que mostró el autor de tan numerosas páginas.1 Siguió la visión del liberalismo triunfante, México a través de los siglos, coordinada por Vicente Riva Palacio, que fue apareciendo en fascículos, de 1884 a 1889. El equilibrio de la obra dispuesta en cinco tomos dedicados al periodo prehispánico, al colonial, a la Guerra de Independencia, al México independiente hasta la Revolución de Ayutla y a la Guerra de Reforma y la Intervención, así como la maestría de los autores y la excelente tipografía hicieron de este libro el gran texto y de él dependieron en buena medida las versiones de autores posteriores. El mismo Justo Sierra, que tuyo la responsabilidad de la coordinación y escribió la parte relativa a la política de México, su evolución social, sustentó lo más de su trabajo en la información proporcionada por México a través de los siglos, si bien con una visión original que le ha valido la vigencia hasta nuestros días. En efecto, la historia política, desde la época prehispánica hasta el triunfo de la República y el juicio sobre el régimen de Porfirio Díaz, "La era actual", con que concluye, se recogieron posteriormente en el libro Evolución política del pueblo mexicano, considerado modelo de síntesis, de versión comprensiva y responsable de la historia de México y punto de partida para las reflexiones sobre el México del siglo XX.2 En este sentido podemos decir que Justo Sierra es el primer historiador del siglo XX mexicano, pues recogió para esta centuria 1

Niceto de Zamacois, Historia de México desde los más remotos tiempos hasta nuestros días, 20 vols., Barcelona-México, Juan José de la Fuente Parres Editor, 1877-1882. Sobre Zamacois véase Antonia Pi-Suñer Llorens, "Niceto de Zamacois y su anhelo de reconciliación de la sociedad mexicana", en Historiografía española y norteamericana sobre México (Coloquios de análisis historiográfico), introducción, edición e índice por Álvaro Matute, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1992, pp. 51-64, y Judith de la Torre Rendón, "El rescate de las naciones del Anáhuac por un hispano-mexicano", en Historiografía española..., op. cit., pp. 65-74.


la historiografía nacional del siglo XIX, resolviendo los problemas que había impuesto el ardor polémico con que se trataron los temas en pasados volúmenes y reduciendo éstos a dimensiones razonables en esa versión benévola de la Evolución política del pueblo mexicano, que concluía con la crítica al régimen de Porfirio Díaz, cuyas limitaciones se harían evidentes en los años en que circulaban los tres tomos de México, su evolución social. En la obra de Justo Sierra se conjugan las tradiciones historiográficas del siglo XIX, el gran siglo de la historia política y científica, y se manifiestan en dos expresiones distintas, por más que no separadas y menos aún susceptibles de aislarse. Una corresponde al oficio magisterial, al autor de libros de texto para las escuelas primaria y preparatoria; otra, la más rica y más conocida, corresponde al ensayista, al orador y al autor de síntesis de mayor alcance, guiado por el afán de interpretar la realidad nacional. Esta última nos parece la más interesante y la dejaremos al final para abordar en primer lugar la formación del autor y su labor magisterial. II Nació Justo Sierra en Campeche el 26 de enero de 1848. 3 Su padre, Justo Sierra O'Reilly (1814-1861), era hombre de leyes y de muchas letras, metido en la agitada política de Yucatán, en el problema internacional por la ocupación norteamericana y por la necesidad de solicitar ayuda a los Estados Unidos, incluso a cambio de la anexión a aquel país; también luchó contra los mayas, que amenazaban acabar con la población no indígena de la península. Justo Sierra O'Reilly fue el representante del gobernador Santiago Méndez Ibarra, su suegro, en Washington, y cumplía su misión en los días en que nació su primer hijo, que habría de llevar su nombre. La madre, Concepción Méndez de Echazarreta, pertenecía a esa familia que destacaba por los abogados y políticos rivales de los Barbachano en la lucha que llevaría al desmembramiento del gran estado yucateco en los de Campeche y Yucatán, en 1857, en el que los Méndez y los Sierra, como una 2

México a través de los siglos..., obra publicada bajo la dirección de D. Vicente Riva Palacio, MéxicoBarcelona, Ballescá y Compañía Editores-Espasa y Compañía Editores, 1884-1889. Sobre esta obra daremos información más adelante. México, su evolución social... Inventario monumental que resume en trabajos magistrales los grandes progresos de la nación en el siglo XIX, 3 vols., México, J. Ballescá y Compañía, 1900-1902. Sobre esta obra véase Álvaro Matute, "Notas sobre la historiografía positivista mexicana", Secuencia, Revista de historia y ciencias sociales, Nueva época, núm. 21, México, Instituto Mora, septiembre-diciembre, 1991, pp. 49-64. Sobre la importancia de la Evolución política del pueblo mexicano, véase el comentario de Samuel Ramos en su obra El perfil del hombre y la cultura en México, México-Buenos Aires, Espasa Calpe Argentina (Colección Austral, 1080), 1952, pp. 141-145, que se refiere a la edición prologada por Alfonso Reyes. La edición más accesible es la establecida y anotada por Edmundo O'Gorman, que corresponde al tomo XII de las Obras completas del maestro Justo Sierra, publicadas por la UNAM a partir de 1948. Hay reimpresiones recientes. 3 Agustín Yáñez, "Don Justo Sierra. Su vida, sus ideas y su obra", en Obras completas del maestro Justo Sierra, 1.1, Poesías y estudio general..., México, UNAM, 1948 (1950), pp. 9-218; y Claude Dumas, Justo Sierra y el México de su tiempo, 1848-1912, 2 vols., traducción del francés al español de Carlos Ortega, México, UNAM, 1992.


sola familia, tuvieron que trasladarse de Campeche a Mérida por el motín que levantó contra don Santiago Méndez la agitación provocada por la separación del estado. La infancia de Justo Sierra Méndez transcurrió en un hogar en el que se sabía de cambios y en el que se llevaban apuntes familiares para dar cuenta de lo ocurrido. La madre ponía especial cuidado en la educación religiosa de los hijos (Concha, María, Justo, Santiago y Manuel), en la que concurrían necesariamente la historia sagrada, las vidas ejemplares y relatos en los que lo que parecía remoto y extraordinario se acercaba al irse haciendo relato familiar. También se enseñaba a los niños algunas lenguas, sobre todo el francés, con el que Justo estuvo familiarizado desde niño, a juzgar por las lecturas de su temprana adolescencia. Don Justo Sierra O'Reilly, autor de novelas y de trabajos históricos sobre los indígenas y personajes de Yucatán, recibía en su biblioteca a distinguidos visitantes, célebres en el ambiente intelectual. Horas de conversación sobre libros y sobre actualidades que llegarían a ponerse en libros, son imágenes del padre en la casa, hasta el momento en que la enfermedad crónica lo obligó al retiro, desde el cual redactó el proyecto de código civil mexicano, que terminó en 1861, poco antes de morir. Ese año, con poco más de 13 de edad, embarcó Justo a Veracruz para llegar hasta la ciudad de México, requerido por su tío Luis Méndez Echazarreta, abogado bien establecido. Inscribió al sobrino en el Liceo Franco-Mexicano dirigido por Narciso Gilbault. Ahí afirmaría Sierra su familiaridad con el francés, estimulado por lecturas que animaban la percepción del ambiente político. La Guerra de Reforma, "la Guerra de Tres Años", había concluido y los diputados discutían en el Congreso la amnistía para los vencidos. Ignacio Manuel Altamirano, a quien el adolescente escuchaba admirado, fue comparado con los oradores de la Asamblea francesa; leía entonces Los girondinos de Lamartine, "la biblia de los revolucionarios de quince años", el Journal des Debats, obras de Michelet y de otros autores, de quienes iría dando cuenta en cartas familiares, en comentarios periodísticos y en recuerdos. Algunas de esas obras estaban ya traducidas, pero Sierra prefirió siempre las versiones originales. Su posición en favor de la República, causa nacional al definirse contra la intervención francesa y el imperio, se afirmó en esa época. La Francia admirada en los libros no correspondía a la de las fuerzas invasoras, pero la distancia entre una y otra fue bien apreciada entonces y luego, a partir de la Tercera República francesa, se redujo positivamente. Todo indica que la lectura y el ejercicio literario por cuenta propia fueron más importantes en la formación de Sierra que la disciplina del aula en el Liceo, donde estuvo poco tiempo, y del Colegio de San Ildefonso, donde estudió derecho sin mucho entusiasmo, al parecer, y sin ánimo de ejercerlo como abogado postulante, pues luego de recibir el título, en 1871, dejó el "estudio" que tenía al lado del de su tío Luis. La relación fértil en su carrera fue la que estableció con hombres de letras y de política, con Manuel Payno, Guillermo Prieto, Joaquín Alcalde, Enrique Olavarría y Ferrari y, sobre todo, con Ignacio Manuel Altamirano. Ellos lo acogieron en sus veladas literarias y lo estimularon para que publicara poesías, comentarios y ensayos periodísticos, que fueron apareciendo a partir de 1869. También impulsaron su carrera política. Ese año había procurado Sierra la diputación por Yucatán, pero no logró llegar a la Cámara de Diputados sino hasta 1871, como suplente por el distrito de Chicontepec, Veracruz, y


posteriormente recibió un modesto nombramiento de secretario interino de la Tercera Sala de la Suprema Corte de Justicia. En su labor periodística de aquellos años se manifestó su interés por la educación y en particular por la enseñanza de la historia. En 1874, con motivo de un homenaje a Gabino Barreda, discípulo de Augusto Comte, introductor del positivismo y fundador de la Escuela Nacional Preparatoria, señaló Sierra su inclinación hacia el método pero no hacia la filosofía positivista, pues se oponía a visiones deterministas; lo hacía apoyándose en científicos y pensadores eminentes (Bernard, Berthelot, Littré, Mili) y concluía señalando la necesidad de una clase de historia de la filosofía que debía impartir el mismo doctor Barreda, buen conocedor y crítico de diversas escuelas filosóficas. Esto, según Sierra, lo alejaría de un dogmatismo estrecho, contrario al principio de libertad. Finalmente, el curso lo impartiría Ignacio Manuel Altamirano, liberal con el que Justo Sierra se identificaba entonces. Congruente con esa posición, al año siguiente se opuso a que se hiciera de la sociología la disciplina obligatoria y culminante en el plan de estudios de la Preparatoria, dejando la historia como materia optativa. Advirtió que la sociología, ciencia de leyes sociales, era la síntesis a la que sólo se podía llegar después del análisis. La ley de los tres estadios del sistema comtiano no podía aplicarse a nuestro país, pues carecíamos de una visión de nuestra propia historia y, por otra parte, la enseñanza de la sociología resultaba imposible a causa del atraso de los estudios científicos supuestos en esa ciencia. Debía, pues, hacerse obligatorio el estudio de la historia y optativo el de la sociología en el plan de la Escuela Preparatoria. 4 Esa posición se modificaría años más tarde, cuando Sierra participó en la enseñanza de la historia, con otras experiencias y otros principios. En efecto, la sucesión presidencial planteó un problema: Sebastián Lerdo de Tejada intentó reelegirse al concluir los cuatro años de su gobierno en 1876; se declaró electo y el resultado fue impugnado por Porfirio Díaz reclamando desde Tuxtepec la "no reelección", y por José María Iglesias, presidente de la Suprema Corte de Justicia y vicepresidente de la República, quien actuando conforme a la ley y seguido en su "revolución legalista" por jóvenes liberales, entre ellos Sierra, asumió la presidencia. El desenlace fue el triunfo del militar, el destierro del jurista y la decepción de sus seguidores, purgada en silencio para acomodarse después ante los reclamos de un orden conciliador. En junio de 1877, tras la malhadada aventura, Justo Sierra fue nombrado profesor de historia y cronología en la Escuela Nacional Preparatoria. Sucedía a Ignacio Manuel Altamirano, y a él y a otros liberales de generaciones anteriores tendría que enfrentarse el nuevo profesor de historia. III La concepción de la historia como progreso, es decir, como mejoramiento de la humanidad, fue asumida por los pensadores, políticos y publicistas del siglo XIX, herederos legítimos del siglo anterior, el Siglo de las Luces, y de las revoluciones políticas. La confianza en el individuo, la exaltación de la libertad 4

Sierra, Obras..., t. VIII, La educación nacional. Artículos, actuaciones y documentos, México, UNAM, 1948 (1949), pp. 21-24 y 47-50.


individual y la idea del poder público limitado, que debía constituirse con la participación activa de los gobernados, fueron principios comunes, pero su realización mostró la necesidad de limitar el optimismo individualista, de imponer un orden a las fuerzas desatadas por las revoluciones políticas, cuyo desenlace puso de manifiesto desigualdades y problemas. A esta necesidad respondieron interpretaciones de la historia que afirmando la idea del progreso exigían el entendimiento de la sociedad como un objeto de la naturaleza, explicable según los principios de las ciencias naturales; eran interpretaciones "científicas" que moderaban los excesos de un racionalismo abstracto o "metafísico" y se les dio el nombre de "positivismo" porque se basaban en "lo positivo", en la realidad observada y puntualizada mediante el rigor del método científico, y no en supuestos imperceptibles por los sentidos. En México, según hemos apuntado, Gabino Barreda había introducido la filosofía positivista de Augusto Comte, ambicioso sistema de interpretación basado en el modelo de la física, y lo había impuesto como plan rector de los estudios de la Escuela Nacional Preparatoria. Sierra se había manifestado contra el positivismo comtiano como filosofía de la historia, en lo cual coincidía con los liberales de las generaciones anteriores (la de Prieto y Payno y la de Altamirano y José María Vigil), que se oponían al plan positivista. Sin embargo, al regresar de la "revolución iglesista", luego de un largo y prudente silencio, reapareció en la prensa, en el diario La Libertad, fundado a fines de 1877. Como director y editorialista, Sierra publicó, a fines de 1878 y principios de 1879, una serie de artículos en los que enunciaba un programa político: "Transmutar la libertad en orden", paso indispensable para lograr el progreso del país, desgarrado por las guerras civiles que habían propiciado la intervención. Era necesario reformar la Constitución de 1857, pues el individualismo extremo que inspiraba su articulado, la beligerancia del poder legislativo (apenas atenuada por la reinstauración del Senado en 1874) y otros problemas orgánicos que imponían su sujeción al ejecutivo y la politización del poder judicial, hacían imposible la implantación del orden. Este proyecto de Sierra recogía los reclamos que mucho antes habían hecho algunos liberales moderados y aun el mismo presidente Benito Juárez en 1867, sólo que ahora se apoyaba, razonando sobre una concepción científica, en el evolucionismo spenceriano, o positivismo basado en la biología. 5 Hubo una polémica entre José María Vigil y Justo Sierra, en la que se fue delineando el programa evolucionista y se reveló con toda claridad en el ámbito de la enseñanza de la historia. Sierra asumió el positivismo spenceriano en su primer libro de dimensiones mayores, un ambicioso Compendio de historia de la Antigüedad, escrito entre 1878 y 1879, del que dio a conocer adelantos que hicieron saltar a los católicos, otro frente para el autor que polemizaba ya con los liberales.6 Sierra asumía la historia como una de las "ciencias sociológicas en vías de formación"; al historiador correspondía averiguar la exactitud de los hechos sin perseguir más fin que la verdad, advirtiendo las causas o relaciones evidentes entre los hechos, para llegar a generalizaciones superiores o filosofía de la ciencia. "En la historia —decía— estas generalizaciones superiores pueden reducirse a la ley del progreso y a la de la evolución"; la sociedad era un súper 5

Sierra, Obras..., t. IV, Periodismo político, México, UNAM, 1948, pp. 141-208. Obras..., t. X, Historia de la Antigüedad, edición establecida y anotada por Edmundo O'Gorman, México, UNAM, 1948. Sobre la primera edición de esta obra véase Dumas, op. cit., 1.1, nota 221. 6


organismo sujeto al movimiento de integración y diversificación observable en todos los seres, animados e inanimados. La concepción evolucionista era clara y no hay para qué insistir en ella. Exponerla en un libro dedicado a la enseñanza de la historia implicó un gran esfuerzo de acumulación y de asimilación para poner al día los conocimientos valiéndose de las "ciencias auxiliares de la historia", cuyo desarrollo fue enorme en el siglo XIX; y auxiliares en aquel vasto esquema evolucionista eran todas las ciencias, desde la geología, pasando por las biológicas, hasta la filología. Las obras de historia escritas en aquellos años abundaban. Autores franceses, italianos, de habla inglesa, alemanes traducidos al francés, al lado de textos clásicos de las civilizaciones, se presentan a lo largo del libro, que va desde la prehistoria, en unas nociones generales, al Oriente (Egipto, Asiria, Persia), a los helenos, la India (capítulo especial), para llegar a los romanos, parte más extensa, según un orden que atiende al predominio de una frac ción de la especie humana y a la que sigue en su desarrollo, para evitar la fragmentación del relato que exigiría el seguimiento simultáneo de las diversas sociedades. Este esfuerzo enorme lo continuó Sierra en la Historia general, manual publicado en 1891 y reeditado en 1904 con modificaciones. 7 Subsumió en la general la historia de la antigüedad, reduciéndola a menos de la tercera parte del nuevo libro, para dar mayor extensión a la Edad Media y a la moderna, que abarca desde el Renacimiento hasta el imperio napoleónico y remata con un "Breviario de historia del siglo XIX", donde destaca los progresos y los problemas contemporáneos. El texto es amplísimo y la actualización de la información muy meritoria, pues implicó la reelaboración de buen número de páginas; se rigió por el criterio de la síntesis para constituir una guía del profesor y una lectura accesible para el alumno. No pocos criticaron esto — entre otros, benévolamente, Alfonso Reyes, al decir que Justo Sierra confiaba demasiado en la cultura de alumnos y maestros— y algunos trataron de hacerlo factible, como Ezequiel A. Chávez, autor de los índices de la edición de 1904, que se reprodujo en 1922. La Historia general era el objetivo de Sierra desde que escribió la de la Antigüedad. Un manual que recogiera los adelantos logrados en otros países, sobre todo en Francia, era para él una necesidad. Venía dando a conocer esos logros y adelantos en ensayos y en comentarios de diversa índole y extensión, en términos formales (como puede apreciarse en diversos trabajos recogidos en el tomo IX de las Obras completas...) y de manera irónica cuando la ocasión lo ameritaba. Bien digeridas, esas notas pasaron al apretado esquema del libro de texto y, necesariamente, muchos comentarios y referencias circunstanciales que denotan el proceso de actualización de los conocimientos y el buen sentido del humor con el que se acogieron los deslices de algunos autores, quedaron dispersos en páginas periodísticas (agrupadas en los tomos VI y VII de las Obras completas...) y epistolares (tomo XIV). Vale la pena traer a cuento siquiera un ejemplo de la ironía, valiéndonos del comentario que hizo a la obra del economista francés Ibes Guyot, Evolución histórica y social de España (1899), quien con ánimo de combatir a los 7

Obras..., t. XI, Historia general, edición ordenada y anotada por Francisco Giner de los Ríos, México,

UNAM, 1948 (1950).


antídreyfusianos juntaba "todo lo negro de España" (la Inquisición, la furibundez de Menéndez y Pelayo, etc.) y le prendía fuego. Sierra confiaba en que la información sobre España fuera mejor que la que tenía sobre México, donde hacía ver a Hidalgo secuestrando y enviando a Cádiz a un virrey, para pasar luego al desenlace de la insurgencia en el que después de fusilados Hidalgo, en México, y Morelos, en Ecatepec, los insurgentes habían tenido que dispersarse al norte del país. La conclusión ocupa el segundo y último párrafos de los dedicados a tan truculento libro y revela el buen humor: "...No reprocharemos nunca a un extraño que ignore nuestra historia (que por lo demás también ignora la inmensa mayoría de los mexicanos 'ilustrados') sino cuando se ocupen de ella, y dada nuestra posición modestísima entre las naciones civilizadas, estamos convencidos de que por mucho tiempo sabremos cien veces mejor la historia de Francia que los franceses la historia de México. Si hemos hecho alto en los pecadillos de que absolvemos a M. I. Guyot, es para mostrar el desenfado con que suelen los escritores y periodistas basar sus juicios, fulminantes como excomuniones, sobre datos [registrados] sin suficiente crítica..."8 Sobre los juicios y la falta de crítica volvería después en su obra relativa a la historia de México, como lo veremos al final. A Sierra le urgía, en esa última parte del siglo XIX, sentar las bases de una buena educación histórica como parte sustancial de la instrucción impartida en las escuelas primaria y secundaria. Obras de enseñanza para la primaria fueron los Elementos de la historia general (editados en 1888,1905 y 1909) y los Elementos de historia patria (1893,1894 y 1902), para tercero y cuarto años. Estos libros son ejemplares por la calidad de la síntesis lograda y el equilibrio del texto y los ejercicios; en ellas reconoció el autor la inspiración de Ernest Lavisse, el historiador francés cuyos relatos ilustrativos del proceso histórico sustituyó por biografías narradas y dispuestas al final de cada capítulo. De Francia provenía esa doble corriente de la investigación y actualización de los conocimientos y del manual para la escuela elemental y para el liceo; se había desarrollado a partir de la obra de Víctor Duruy, ministro de Instrucción Pública de Napoleón III, historiador que se distinguió por el impulso que dio a la vida académica y cuya obra en favor de la investigación y de la enseñanza histórica se continuó en la Tercera República. Sierra era un admirador de esa obra de renovación historiográfica y apreciaba la continuidad, como lo revelan las constantes alusiones a los modelos franceses en la educación y los comentarios sobre la política de la República francesa.9 Información bien probada y convenientemente dispuesta, buenos cuestionarios y ejercicios de comprensión son los elementos de estos libros de texto en los que se revela el cuidado de las explicaciones dirigidas a los maestros y a los alumnos. Es más, cuando aludió críticamente a los métodos empleados en la enseñanza de la historia, dio una respuesta positiva y hasta una versión propia, como ocurrió con los catecismos, a los que Sierra había 8

Publicado en El Mundo el 21 de mayo de 1899. Obras..., t. VII, El exterior, revistas políticas y literarias, edición, notas e índice de José Luis Martínez, México, UNAM, 1948, pp. 37-38. 9

Andrés Lira, "La Revolución francesa en la obra de Justo Sierra", en Solange Alberro, Alicia Hernández Chávez y Elias Trabulse (coords.), La Revolución francesa en México, México, El Colegio de México, Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos, 1992, pp. 179-200. Sobre la investigación histórica y la difusión de los conocimientos en Francia, véase William R. Keylor, Academy and Community. The Foundation of French Historical Profession, Cambridge, Harvard University Press, 1975, pp. 20-54.


aludido, criticándolos por la sucesión de preguntas y de respuestas sin sentido. Aprovechó ese medio en el Catecismo de historia patria, que se publicó en 1894. Después, como ejercicio pedagógico, realizó los textos para los Cuadros de la historia patria, expuestos en 1907. Hubo ediciones posteriores con malas reproducciones de los cuadros. Comoquiera que sea, el texto de Sierra, a más del interés que tiene como testimonio de la época y del momento por las escenas, los personajes, edificios y lugares, muestra la maestría a la que había llegado en el texto para la enseñanza de la historia. 10 Ahora bien, la dimensión política está presente en todas esas obras de enseñanza. La crítica al cesarismo y a la centralización del poder se halla en la Historia general y en los textos elementales. Sierra, asumía la historia .como educación política y esto, como hemos apuntado al principio, se manifestó en las obras de historia de México destinadas al público más que a la escuela. IV La necesidad de una interpretación de la historia del país para orientar la política se manifestó en diversos grupos. Es significativo que la primera obra de alcance mayor por su volumen y difusión, la Historia de México de Niceto de Zamacois, no haya sido citada por Sierra, cuyo ánimo conciliador, su cercanía a personajes de la colonia española y a prominentes conservadores nos hacen suponer en él una buena disposición hacia el viejo periodista y escritor, partidario en su momento del imperio y, sobre todo, conciliador al tratar del pasado inmediato. Sierra, republicano y partidario de Juárez, tuvo que vérselas,más que con los conservadores, con los liberales de la vieja tradición, con los "jacobinos" que exaltaban los dogmas de la Constitución de 1857, enemigos del poder ejecutivo fuerte y partidarios del legislativo unicameral. La posición que asumió Sierra a fines de los años setenta y en los ochenta lo acercaba a los liberales moderados, desaparecidos de la escena política al radicalizarse la situación durante la Guerra de Reforma y cooptados por el Imperio algunos de ellos, y a la propuesta de reforma de la Constitución que propuso el presidente Juárez en 1867, encaminada a moderar al poder legislativo mediante la restauración del Senado, conceder el derecho de voto a los miembros del clero y dotar de facultades al ejecutivo. Eran los reclamos que había impuesto el sistema liberal a los encargados del gobierno en épocas anteriores. Pero Sierra, según hemos apuntado, justificaba sus demandas en nombre de una "política científica", basada en las leyes de la evolución y señalando a la revolución como situación patológica en los organismos sociales. "Transmutar la libertad en orden" era el programa del diario La Libertad en los años 1878 y 1879 y se expresó entonces una interpretación de la historia de México que vendría a definirse 10 años más tarde, en 1889, cuando apareció el último fascículo de México a través de los siglos, obra monumental del liberalismo triunfante, a la que Sierra hizo un comentario y en la que apoyó su propia versión de la historia política de México. 10

Las obras a las que aludimos se encuentran en Justo Sierra, Obras..., t. IX, Ensayos y textos elementales de historia, edición ordenada y anotada por Agustín Yáñez, México, UNAM, 1948 (1949), pp. 197-513.


En el comentario apareció el mérito tipográfico y el equilibrio general de la obra. Del tomo I, escrito por Alfredo Chavero, admiró las aportaciones difíciles de concebir después de una obra tan sabia como la Historia antigua y de la conquista de México de Manuel Orozco y Berra, y le reprochó el exceso de erudición, el haber dejado los andamios que sirvieron para construir el edi ficio. Del tomo II, escrito por Vicente Riva Palacio, admiró la narración en la que se lograba revivir una época como la colonial, en la que, salvo en sus extremos, faltaba la movilidad. Riva Palacio lograba despertar el interés del lector por los tres siglos. Elogió Sierra la tesis asumida al considerar que México se construía como una nación mestiza y recordó que el autor, nieto de Vicente Guerrero, era un representante de la raza mestiza. Le reprochaba, por otra parte, el uso de ciertos términos como el de evolución, que no se apoyaban en conceptos asimilados y efectivamente integrados en la formación de la obra. Sierra asumiría la tesis de México como una nación mestiza y apoyaría su interpretación del evolucionismo. Por lo que hace al tomo III, relativo a la Guerra de Independencia y escrito por Julio Zárate, confesó no haberlo leído, le dio su voto de confianza y entró a discutir con más ahínco los dos últimos. El IV, que trataba de la vida independiente hasta el triunfo de la Revolución de Ayutla, lo comenzó a escribir Juan de Dios Arias, a cuya muerte lo continuó Enrique Olavarría y Ferrari, dramaturgo y periodista reconocido y amigo de Sierra (era del grupo de escritores consagrados que lo acogieron en su juventud). Sierra confiesa en su comentario que fue invitado a escribir ese tomo y que no se consideró capaz de emprender la tarea que tan bien había culminado Olavarría y Ferrari, a quien señala sólo una falta: su inquina contra los moderados, hombres que no se oponían a los radicales, salvo en el tiempo que consideraban oportuno para realizar los mismos principios liberales y que se apartaron de los exaltados sólo hasta el momento en que las armas tomaron el lugar de las palabras en la discusión política. Ese reclamo es muy significativo y acabó por desarrollarlo en el comentario al V y último tomo, a cargo de José María Vigil (Guadalajara, 1829-México, 1909), viejo liberal y contrincante en la polémica de 10 años antes. Para Sierra, ese tomo V, "el más considerable de la obra", había sido escrito al calor de la batalla, carecía de la perspectiva necesaria en la obra histórica, pues Vigil era a un tiempo acusador y juez, de tal suerte que de su premisas no podían derivarse más que conclusiones negativas; así que, luego de señalar los desequilibrios en la extensión de los capítulos y excesos debidos a esa falta de perspectiva, Sierra concluía llamando a los historiadores conservadores para que dieran en libros, no en opúsculos polémicos, su versión de los hechos a fin de equilibrar la visión, convencido, claro está, de que la razón estaba de parte de los liberales republicanos. 11 El comentario de Sierra resulta significativo por la presencia de los grupos étnicos mexicanos en la obra, versión oficial, al fin y al cabo, de la historia y de la cual estaba él haciendo una variante actualizada, que expondría como reflexión y como argumento político. En efecto, poco antes de publicar la reseña, en la misma Revista Nacional de Letras y Ciencias dio a conocer su ensayo México social y política (apuntes para un libro), que se inicia con el análisis de los grupos que componen la sociedad mexicana, el papel que han 11

El comentario de Sierra a México a través de los siglos se encuentra en Obras..., t.IX pp. 181-190.


desempeñado en la historia y su situación presente, en la que sobresale la preocupación por los indígenas, a quienes había de incorporar cuanto antes al desarrollo general de la sociedad; advierte la tendencia de esos grupos a integrarse en una nación mestiza que, contra las aseveraciones de autores tan prestigiados en su momento como Henry Summer Maine, iba dando evidencias de su capacidad para constituirse y vivir en regímenes democráticos. Pasa luego a la economía, partiendo de la difícil geografía del país y ponderando logros y posibilidades, para llegar en la tercera parte a la Evolución política (libro que apunta ya), reclamando, en perfecta continuidad con los programas expresados 10 años antes en el diario La Libertad, la necesidad de "…un partido conservador dotado de sentido histórico para aceptar serenamente las ideas que informan a la sociedad moderna"; también la correspondiente necesidad de un partido liberal capaz de situarse más allá de dogmas revolucionarios y de asumir la conciencia adquirida en la guerra, dejando lo que en ella se había ya liquidado. El propósito de este ensayo era "fundar la política en la ciencia social", pues había pasado ya el tiempo de las generaciones heroicas y llegado el de la reflexión activa a la luz de la propia experiencia decantada en la historia y en la comparación con lo que ocurría en diversas partes del mundo contemporáneo. Pretendía también defender la idea de fortalecer la democracia mediante el equilibrio de poderes dando al ejecutivo las atribuciones que imponía su responsabilidad para evitar el recurso de las facultades extraordinarias, que como irregularidades llevaban a la arbitrariedad; lograr una vida parlamentaria y la seguridad por el ejercicio de la vía judicial, previa la reorganización de estas ramas del poder, eran las demandas que se venían expresando desde mucho antes, sólo que en la década anterior se argumentaba en favor de un régimen que apenas se esbozaba y que ahora se había afirmado con las reelecciones de Porfirio Díaz. Los hombres de la generación de Sierra se iban haciendo de los principales cargos públicos y justificaban la permanencia de Díaz en el poder argumentando la necesidad de la continuidad como garantía del orden indispensable en la evolución política. Pero estaba presente el peligro del cesarismo del que urgía salvar a la política científica, pues no se ocultaba a Sierra esa tendencia característica de los pueblos latinos, según la había destacado en los libros de texto y la había dejado ver en la última parte del México social y político.12 A tal propósito respondieron sus textos de interpretación de la historia de México escritos a partir de entonces, aun los circunstanciales, como el discurso que pronunció el 12 de diciembre de 1893 en la Cámara de Diputados, exigiendo la reinstauración de la inamovilidad judicial. Hizo entonces un repaso de la historia del poder judicial en diversos países y épocas, mostrando los resultados negativos de una judicatura sujeta a otros poderes y la conveniencia de un poder judicial independiente, fuera cual fuera el sistema de designación de los jueces, por la seguridad de su permanencia. Sierra mostró que esa sana doctrina había sido adoptada en la Constitución de 1824, y que había que recuperarla reformando la de 1857.13 12

México social y político... se encuentra en ese mismo tomo IX de las Obras..., pp. 125-169. Las referencias al cesarismo se encuentran ahí mismo, p. 271, y en el tomo XI, p. 544. 13 Obras..., t. V, Discursos, edición preparada por Manuel Mestre Ghigliazza, revisada y ordenada por Agustín Yáñez, México, UNAM, 1948, pp. 169-181.


El caso fue que la Constitución no se reformó para restablecer la inamovilidad judicial y que Sierra fue nombrado, al año siguiente, en 1894, ministro de la Suprema Corte de Justicia y que desempeñó el puesto hasta 1901, cuando se encargó del despacho de Instrucción Pública como subsecretario en la Secretaria de Justicia. Esta participación en un orden político que criticaba fue asumida con responsabilidad y plena conciencia, a las que haría referencia en obra posterior (Juárez, su obra y su tiempo, de 1906) al recordar Francisco Bulnes que ellos eran políticos, "hombres de transacciones inconfesables", que no podían juzgar a otros políticos arguyendo pureza. La obra más lograda como interpretación histórica y que responde a la necesidad de salvar lo logrado y muestra las limitaciones de la "política científica" frente a los valores del liberalismo es la Evolución política del pueblo mexicano. Recordemos que forma parte de México, su evolución social, en que varios autores daban cuenta de los grandes progresos logrados por la nación en el siglo XIX. En realidad el título era más triunfalista que el contenido. Sierra escribió con espíritu comprensivo y con equilibrio en la extensión de las tres partes de su escrito, dedicadas a las civilizaciones aborígenes y a la Conquista (libro primero), al periodo colonial y a la Independencia (libro segundo), y a la etapa que resulta más interesante y vigente: la República, que trata de la anarquía (1825-1848) y la Reforma (1848-1857), para llegar a la Guerra de Tres Años (1858-1860) y la Intervención (1861-1867). La concepción evolucionista se asume para mostrar la capacidad del organismo social mexicano que en cortísimo tiempo, comparado con el de la historia europea (pues es evidente el eurocentrismo en la tradición científica y filosófica de la época), había logrado remontar la antigüedad (que corresponde a la época anterior a la conquista española), la Edad Media (el periodo de la dominación española), para llegar a la modernidad contemporánea, es decir, a la vida del México independiente en que se habían dado dos revoluciones: una política, que aseguró la independencia nacional, y otra, la de Reforma, que sacudió a la sociedad y la liberó de lazos económicos y de hábitos que impedían su desarrollo, entendido como progreso o camino hacia la realización de la libertad individual. El remate de la Evolución política... es la apreciación de "La era actual", que quedó como conclusión cuando lo escrito por Sierra se reunió en un solo volumen. Al relatar las eras anteriores había considerado las dificultades de la integración la nación mestiza que se encaminaba a la democracia y que al hacerlo tuvo que crear un orden social y económico sujeto al gobierno personal, indispensable en su momento, y que ahora, logrado el progreso material, era un obstáculo para el cabal desenvolvimiento del organismo social, pues requería el desarrollo espiritual, posible sólo en la libertad. En suma —decía Sierra en la parte concluyente—, la evolución política de México ha sido sacrificada a otras fases de su evolución; basta para demostrarlo este hecho palmario irrecusable: no existe un solo partido político, agrupación viviente organizada, no en derredor de un hombre, sino en torno a un programa. Cuantos pasos se han dado por estos derroteros, se han detenido al entrar en contacto con el recelo del gobierno y la apatía general; eran pues tentativas ficticias. El día que un partido llegara a mantenerse organizado, la evolución política reemprendería su marcha, y el hombre, necesario más en las


democracias que en las aristocracias, vendría luego; la función crea al órgano. Toda la evolución social mexicana habrá sido abortiva si no llega a ese fin total: la libertad.14

La profesión de fe liberal se conjugaba perfectamente con la científicoevolucionista. Hay clara razón en la obra de Charles Hale sobre Las transformaciones del liberalismo mexicano a fines del siglo XIX cuando considera esta época de Sierra como un momento y no como una interrupción del liberalismo supuestamente desterrado de la historia nacional por la dictadura de Porfirio Díaz y recuperado por la Revolución de 1910, como ha hecho ver la historiografía oficial en distintas versiones, asumidas incluso en obras ampliamente documentadas, como la de Jesús Reyes Heroles.15 V Sin querer hemos dado mayor importancia a la vertiente política en la obra de Sierra, cuando se trata de evaluar la historiográfica, pero la verdad es que ésta fue condicionada por aquélla como fin y como asunto principal. Por Otra parte, debemos advertir que a Sierra le preocupó más el resultado de la investigación que las operaciones del quehacer historiográfico y la erudición. En los libros destinados a la preparatoria. Compendio de historia de la antigüedad e Historia general..., señaló bibliografía y mencionó autores como parte del discurso instructivo propio de esos manuales; lo que no hizo en las obras relativas a la historia de México: en éstas la interpretación era el fin y con la buena expresión quedaba satisfecho. La labor crítica le satisfizo al comentar obras, las más de historia general, en ensayos y escritos de menor extensión. Sin embargo, la última obra mayor de Sierra, Juárez, su obra y su tiempo, 16 revela elementos críticos de su trabajo, pues fue dando cuenta de ellos a lo largo del libro, ya fuera para apreciar la labor de otros autores, ya para responder a las críticas que recibió conforme lo iba escribiendo. Surge, como bien sabemos, de un propósito inmediato, con su buena dosis de política: responder a El verdadero Juárez y la verdad sobre la intervención y el imperio (1904), y Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma (1905) de Francisco Bulnes (contemporáneo y compañero de Sierra en lides políticas). Estas obras, sobre , todo la primera, habían provocado escándalo y habían precipitado el descontento que diversos bandos manifestaban al aproximarse la celebración del centenario del natalicio de Juárez; también despertaron indignación entre los que veneraban su memoria. Y la indignación de Justo Sierra, secretario de Instrucción Pública desde 1905 (año en que se creó la Secretaría), fue bien aprovechada por Ballescá, editor del México, su evolución social, para convencerlo de escribir un libro por entregas. Resultó un texto disparejo, pues fue hecho a tirones, en los momentos que le dejaban libres las tareas de la Secretaría y, en situación apurada, tuvo que acudir a Carlos Pereyra, joven 14

Obras..., t. XII, pp. 396 y 399. Charles A. Hale, Las transformaciones del liberalismo mexicano afines del siglo XIX, traducción de Purificación Jiménez, México, Vuelta, 1991; y Jesús Reyes Heroles, El liberalismo mexicano, 3 vols., México, UNAM, 1957-1961. 16 Obras..., t. XIII, Juárez, su obra y su tiempo, edición anotada por Arturo Arnáiz y Freg, México, UNAM, 1956. 15


historiador, quien según Arturo Arnáiz y Freg sólo escribió 2 de los 15 capítulos de la obra ("Richmond y Sadowa" y "Querétaro", menos de la quinta parte del libro), ya que Sierra decidió terminarla aprovechando el texto de un discurso sobre los tres grandes hombres de la Reforma y la parte final de la Evolución política del pueblo mexicano. En Juárez, su obra y su tiempo, Sierra conceptuó la labor del historiador como explicación de los hechos de los hombres sobre la base de la comprensión; mostró el inevitable ingrediente personal que como proyección subjetiva determina el conocimiento, desde la elección del tema (y tal era el caso en ese estudio histérico-biográfico, que le resultaba de mayor interés "porque apasiona más, porque intensifica más la vida") hasta la expresión de los resultados de la investigación. Había que utilizar bien ese ingrediente personal para acercarse a la época y a los personajes estudiados; de lo contrario se juzgaría con criterios ajenos a la realidad del pasado y la alejaríamos, imposibilitando así su conocimiento. Es mejor advertir esto en palabras del propio Sierra: ...quien no sea capaz de ponerse bien dentro del espíritu y necesidades de una época, que no pretenda jamás ser historiador de ella; jamás lo será. Reemplazará la vida con abstracciones, principios y fórmulas; rellenará todo ello de concepciones optimistas o pesimistas; levantará la temperatura de sus frases al rojo blanco de la diatriba, o fulminará sentencias y anatemas, pero no hará historia; hará la historia de su intelecto, proporcionará datos para su propia psicología, y nada más... [p. 94]

A esas alturas del libro Sierra había logrado magníficos retratos de las generaciones que antecedieron a los hombres de la Reforma, del ambiente y de los logros científicos que éstos heredaron de aquellas generaciones, convencido de que la historia era la recuperación de sociedades del pasado y de que debía escribirse "con menos pasión y menos sociología", como diría páginas adelante (p. 181), al insistir en la necesidad de comprensión. Ya hemos advertido que el libro es disparejo, como que fue escribiéndolo en los momentos rescatados de las labores administrativas, y por eso hay páginas escritas de un tirón y con intensidad, que quizá se hubieran desdibujado en una revisión. Esto no ocurrió y quedaron ahí apuntes vigorosos de personajes colectivos, de situaciones conflictivas, instantáneas que revelan actitudes de personalidades; en fin, una mina para la historia social de la política de la que podemos sacar buen provecho hoy día y que, seguramente, aprovecharon y gustaron muchos de los lectores de los fascículos o entregas. Pero Sierra tenía en su contra las exigencias de una historiografía erudita, practicada en México por historiadores conservadores y jacobinos y argüidas por muchos en nombre de Bulnes, quien había hecho citas y llamadas oportunas en sus libros. Sierra había recibido ya reconvenciones y las asimiló, primero sin darles importancia ni respuesta y, finalmente, más allá de la mitad del libro, dán doles la que según su concepción de la historia y del historiador debía dar para aclarar su posición. Debemos reproducir completa esa respuesta, pues hay veces en que no vale el resumen ni la paráfrasis. ...Para el carácter de la obra y de mi carácter poco a propósito para las minucias, que, lo reconozco, son necesarias para fijar verdades históricas,


como fijan en sus cartones los alfileres de los entomologistas a los insectos pocos momentos antes tremulantes de vida, por todo ello, y por ignorancia, habrá que confesarlo aunque me pese, por grave ignorancia, no lleva esta obra aparejada su comprobación documentaria. Sin embargo, cuanto aquí estampo lo he visto vivir en documentos, en las páginas de la historia y en mis recuerdos, y tal como lo he visto lo traslado al papel: narración de los hechos, investigación de las causas, señalamiento del derrotero de los efectos: todo ello se mueve y existe en mi espíritu, impresionado por lo que creo la verdad. Por eso no hay citas ni notas, ni andamiada de erudición; nada hay. Lo que he querido es hacer ver lo que he visto, hacer entrever lo que he entrevisto, no poner delante de quienes lean los anteojos que para ello me han servido. Quizás con este sistema, que fue el que me propuse seguir en este libro al menos, descontenté a muchos y de facto he recibido ya severas advertencias, hijas algunas del deseo de criticar para acrisolar las verdades y otras en que se ha empleado no poca biblioteca y una suma de fatuidad mayor que todas las bibliotecas del mundo, pero tan ingenua que desarma y empuja dulcemente a la sonrisa; pero ni así desistiré de mi plan; seguiré el cuento que me refiere mi espíritu, escogiendo entre los detalles el significativo, el característico, el que subraya una época o da valor justo a una totalización o marca bien el contorno de un personaje o el color de un episodio; de aquí puede, pensada o impensadamente, seguir cierta inexactitud en el pormenor adrede descuidado para ir en busca de una impresión de conjunto. De esto tengo la más francamente descarada voluntad de no corregirme. Quedan advertidos los lectores... [p. 338]

Quienes conocen la obra de Sierra advierten que su temperamento emocional, nutrido en abundantísima lectura de los autores románticos, desbordó la filiación científico-evolucionista que había adoptado en obras anteriores, y esto se fue haciendo evidente en sus últimos años. 17 Sin desconocer la verdad que hay en esas aseveraciones, debemos recordar que a fines del siglo XIX y principios del XX se fue haciendo más palpable la inconformidad con las concepciones científico-naturalistas para explicar al hombre y que se fueron perfilando, en diversos medios culturales, movimientos subjetivistas e irracionalistas; era el reclamo de un nuevo humanismo, la valoración de la diversidad de experiencias y de la comprensión como operación fundamental en las ciencias o conocimiento del hombre. Todo esto cobró realidad en México, y se ha dicho que la generación del Ateneo de la Juventud, con An tonio Caso a la cabeza, rompió con el positivismo, doctrina oficial de un régimen caduco; que el secretario de Instrucción Pública fue partidario de esa empresa renovadora y que la asumió apoyando trabajos de los ateneístas y al dar lugar a la filosofía en la Escuela de Altos Estudios, complemento de la Universidad Nacional, fundada en 1910 durante los festejos del centenario de la Independencia.18 17

18

Véase la nota 2.

Alfonso Reyes, "Pasado inmediato", en Obras completas de Alfonso Reyes, México, FCE, 1960, pp. 182-216. De él mismo, "Justo Sierra. (Un discurso)", México, Secretaría de Educación Pública, 1947,18 pp. (es el texto que antepuso como prólogo a la edición de la Evolución política del pueblo mexicano, que publicó La Casa de España en México en 1939). Véase el prólogo de Antonio Caso a Justo Sierra: Prosas, prólogo y selección de..., México, UNAM, 1955, pp. VII-XX; y Edmundo O'Gorman, "Justo Sierra y los orígenes de la Universidad de México, 1910", en E. O'Gorman, Seis estudios históricos de tema mexicano, Xalapa, Universidad Veracruzana, 1960, pp. 145-205.


Habría que afinar en estudios monográficos esas afirmaciones. Las evidencias muestran la relación que tuvo Sierra con quienes destacaron por su inconformidad frente al positivismo, y que habrían de reconocer la obra de Sierra en la Secretaría y su obra historiográfica. Prueba de esto es la reedición de la Historia general en 1922, cuando José Vasconcelos era secretario de Educación y manifestó su propósito de retomar lo hecho por Sierra como secretario, y la atención que mereció la Evolución política del pueblo mexicano, según apuntamos al principio. Pero lo cierto es que la obra de Sierra fue acogida y aprovechada en su momento por críticos del régimen de Díaz, partidarios del evolucionismo. Andrés Molina Enríquez halló apoyo tanto en La evolución... como en el Juárez... cuando escribió Los grandes problemas nacionales (1909) y La revolución agraria en México (obra que, según parece, venía preparando cuando escribía aquélla pero que dio a la imprenta, modificada ya, mucho después, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas). Emilio Rabasa, en su libro La Constitución y la dictadura. (Estudio sobre la organización política de México), publicado en 1912, asumió el credo evolucionista y, a muchos años de distancia, revivió la interpretación que había hecho Justo Sierra en el diario La Libertad allá por 1878 y 1879, para justificar el fortalecimiento del ejecutivo reformando la Constitución de 1857. Rabasa hacía ver que no se había logrado eso por medio de la reforma de la Constitución, sino por las vías del hecho. Ese año de 1912 murió Justo Sierra en Madrid; era entonces el represen tante del gobierno de Francisco I. Madero en España. Había visto el fin del régimen de Porfirio Díaz ya no como secretario de Instrucción Pública, pues renunció, por indicación del presidente, en marzo de 1911. Sierra había construido una interpretación de la historia en la que hizo ver la necesidad del régimen que caía y también sus límites y posibilidades. SIERRA MÉNDEZ, JUSTO Historiador, polígrafo y político mexicano. Fecha de nacimiento: 1848 (Campeche, Campeche). Fecha de fallecimiento: 1912 (Madrid, España). ESTUDIOS Estudió en el Colegio de San Ildefonso. Estudios en la Escuela de Jurisprudencia, donde se recibió de abogado en 1871. TRABAJO PROFESIONAL Fue profesor de la Escuela Nacional Preparatoria. Participó en las veladas literarias organizadas por Ignacio Manuel Altamirano desde 1868. Fue diputado federal, suplente y propietario, por Sinaloa (1880-1884). Magistrado de la Suprema Corte de Justicia (1894). Encargado de la rama de educación en la Secretaría de Justicia e Instrucción. Subsecretario de Instrucción Pública (1901). Ministro de Educación (1910).


Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes (del 1º de diciembre de 1905 al 24 de marzo de 1911). Promovió y logró la fundación de la Universidad Nacional de México (1910). TRABAJO DIPLOMÁTICO En 1912 se le nombró ministro plenipotenciario de México en España. TRABAJO EDITORIAL Firmó en el Monitor Republicano la columna "Conversaciones del domingo". Colaboró en El Domingo, La Tribuna, El Federalista, El Mundo, El Siglo XIX, La Revista Azul, La Revista Moderna y El Renacimiento. Dirigió La Libertad hasta 1880. PRINCIPALES OBRAS El ángel del porvenir (novela por entregas en El Renacimiento, 1869, y editada como libro en 1873). Catecismo de historia patria, México, Librería de la Viuda de Ch. Bouret, 1896. En tierra yankee (crónicas de viaje, en El Mundo, 1897-1898); publicadas en forma de libro por Tipografía de la Oficina Impresora del Timbre (en) Palacio Nacional, 1898,216 pp. México, su evolución social, 3 vols., México, J. Ballescá y Compañía, 19001902; Juárez, su obra y su tiempo, México, J. Ballescá y Compañía, sucesores, 19051906,500 pp. Historia de México. La conquista, Madrid, M. García y G. Sáez (Biblioteca de Autores Mexicanos, vol. 1), 1917,198 pp. Manual escolar de historia general, 4a. ed., México, SEP, 1924,699 pp. Diario de nuestro viaje a los Estados Unidos, México, Porrúa (Biblioteca Histórica de Obras Inéditas, 12), 1938,125 pp. Prosas, México, UNAM (Biblioteca del Estudiante Universitario, 10), 1939, 219 pp. Evolución política del pueblo mexicano, 2a. ed., México, La Casa de España en México, FCE, 1940,480 pp. México social y político; apuntes para un libro, México, Secretaría


Justo Sierra, “La era actual”, en Matute Álvaro, México en el siglo XIX. Antología de fuentes e interpretaciones históricas. U.N.A.M., México, 1972, (Lecturas Universitarias Nº 12), pp. 326 - 343. 18. JUSTO SIERRA: LA ERA ACTUAL* La figura de don Justo Serra (1848-1912) es una de las más destacadas en la historia del periodismo, la educación, la oratoria y la historiografía mexicanas. Máximo representante de un positivismo evolucionista y asimilado —lo que le permitió apartarse de cartabones hechos y ser heterodoxo— en su obra siempre se encuentra manifiesto el afán de estar al día en el campo intelectual. Ejemplo de rigor analítico, sus artículos en torno a la constitución de 1857, su discurso de inauguración de la Universidad Nacional, su ensayo “México social y político”, su Juárez, su obra y su tiempo son lectura obligatoria para quien pretenda conocer muchas realidades mexicanas. Así como México a través de los siglos es el máximo intento analítico integral de la historia mexicana, La evolución política del pueblo mexicano es la más grande síntesis de esa misma historia que se haya realizado. Sierra concibió la historia como un largo proceso evolutivo. Por lo tanto, todo lo ocurrido en este territorio resulta necesario por aberrante que parezca. Al fin, todo ha conducido a la historia a la etapa presente. Las páginas que siguen son las últimas de este libro fundamental.

El país estaba desquiciado; la guerra civil había, entre grandes charcos de sangre, amontonado escombros y miserias por todas partes; todo había venido *

Fuente: Justo Sierra, Evolución política del pueblo mexicano, edición anotada por Edmundo O’Gorman, México, UNAM, 1948,426p.,(Obras completas XII) pp. 383-399.


por tierra; abajo, para el pueblo rural, se había recrudecido la leva, una de las enfermedades endémicas del trabajo mexicano (las otras son el alcohol y ignorancia), que dispersaba al pueblo de los campos en el ejército, como carne de cañón; en la guerrilla, como elemento de regresión a la vida de la horda salvaje, y en la gavilla, la escuela nómada de todos los vicios antisociales. El pueblo urbano o en las fábricas, paradas por el miedo a la guerra o por la inutilidad de producir para mercados atestado, o en los talleres sin ocupación, de las ciudades, se entregaba a la holganza o se escapaba rumbo a la bola o se dejaba llevar en cuerda al cuartel. La burguesía, exprimida sin piedad o por los régulos locales o por los gobiernos en lucha, escondía su dinero y retraía sus simpatías; había visto la caída del gobierno central con gusto (exceptuando en dos o tres Estados en que el lerdismo significaba la emancipación de odiadas tiranías locales); pero había sido indiferente a la tentativa del señor Iglesias, que le parecía una sutileza constitucional con todas las apariencias de un pronunciamiento de abogados y literatos, y se sentía asaltada de recelos y temores hondos ante aquella masa heterogénea de apetitos insaciables, de resentimientos implacables y de intereses inconfesables, señoreada de la República con el nombre de revolución tuxtepecana, en que se habían resumido todos los elementos de desorden removidos por la guerra civil. Creía en la buena fe del jefe de la revolución, creía en su probidad, pero lo suponía, entonces como antes, irremediablemente subalternado a las ambiciones muy enérgicas, pero muy estrechas, de un grupo de sus consejeros; y si le concedía dotes administrativas, persistía en negarle dotes políticas; este hombre, se repetía en los grupos urbanos, en nuestra guisa familiar de condensar las opiniones, este hombre “no sacará al buey de la barranca”. Eso era la sociedad. Los factores oficiales eran pésimos: el ejército federal que, desorientado, perplejo, descontento de sí mismo, se había dividido entre las dos banderas que se apellidaban constitucionales, pero que en su inmensa mayoría se había mantenido fiel al deber, ahora ingresaba en masa en el ejército de la victoriosa revolución y se sentía humillado, comprimido, impaciente, pronto a sacudir lo que reputaba una cadena y un yugo; sus principales jefes, o lo habían abandonado o veían desdeñosos la turba que los rodeaba con el secreto deseo del desquite. El tropel revolucionario se disponía a despojar al ejército legal de todos sus grados y prerrogativas y lanzarlo a la calle desarmado, desnudo y castigado, y exigía del jefe de la revolución este botín de guerra. En cuanto a la falange burocrática, mínimamente pagada, cuando lo estaba, apenas cumplía con su deber; hacía la censura despiadada de las costumbres y la ignorancia de los vencedores, organizaba la gran conspiración inferior de los servidores infieles, o desertaba; los jefes improvisados del gobierno efímero que había surgido de la revuelta, solicitaban públicamente empleados para los puestos administrativos y solían recibir despectivas repulsas. En el exterior, las peripecias y el final de la guerra civil habían causado una penosa impresión. Estaba probado; México era un país ingobernable, los Estados Unidos debían poner coto a tanto desmán, ya que Europa era impotente para renovar la tentativa. Los sociologistas nos tomaban como ejemplo de la incapacidad orgánica de los grupos nacionales que se habían formado en América con los despojos del dominio colonial de España, y el ministro de los Estados Unidos asumía una actitud de tutor altivo y descontento ante el Ejecutivo revolucionario.


La Constitución había quedado sepultada bajo los escombros de la legalidad: las reformas que la revolución había proclamado eran netamente jacobinas: ni Senado ni reelección, es, decir, omnipotencia de la Cámara popular, debilitación del Poder Ejecutivo por la forzosa renovación incesante de su jefe. Quedaba la Corte para proteger el derecho individual. Pero ¿cuándo un tribunal ha servido de valladar positivo al despotismo del poder político, si ese tribunal está también sometido a la elección popular, perennemente suplantada en México por los prestidigitadores oficiales? Y para colmo de inconvenientes, la prensa, o hacía cruelmente la oposición, o regañaba y aleccionaba incesantemente al gobierno cuando le era adicta, convergiendo ambas en la exigencia del cumplimiento estricto de las promesas de los planes revolucionarios, entre las que dos descollaban como supremas aspiraciones del país: el respeto al sufragio libre, es decir, el abandono de las elecciones locales y generales a los gobernadores y sus agentes, y la abolición del impuesto del “timbre”, promesa popularísima, cuyo cumplimiento equivaldría al suicidio financiero de la administración. El deseo verdadero del país, el rumor que escapaba de todas las hendiduras de aquel enorme hacinamiento de ruinas legales, políticas y sociales, el anhelo infinito del pueblo mexicano que se manifestaba por todos los órganos de expresión pública y privada de un extremo a otro de la República, en el taller, en la fábrica, en la hacienda, en la escuela, en el templo, era el de la paz. Ese sentimiento fue en realidad el que desarmó la resistencia del Vicepresidente de la República, a pesar de su autoridad constitucional. Nadie quería la continuación de la guerra, con excepción de los que sólo podían vivir del desorden, de los incalificables en cualquier situación normal. Todo se sacrificaba a la paz: la Constitución, las ambiciones políticas, todo, la paz sobre todo. Pocas veces se habrá visto en la historia de un pueblo una aspiración mas premiosa, más unánime, más resuelta. Sobre ese sentimiento bien percibido, bien analizado por el jefe de la revolución triunfante, fundó éste su autoridad; ese sentimiento coincidía con un propósito tan hondo y tan firme como la aspiración nacional: hacer imposible otra revuelta general. Con la consecución de este propósito, que consideraba, ya lo dijimos antes, como un servicio y un deber supremo a un tiempo, pensaba rescatar ante la historia la terrible responsabilidad contraída en dos tremendas luchas fratricidas: la sangre de sus hermanos le sería perdonada si en ella y de ella hacía brotar el árbol de la paz definitiva. Complicar en esa obra, que parecía irrealizable ensueño, todos los intereses superiores e inferiores, era el camino para lograrla; el caudillo creía que para eso era preciso que se riera fe en él y que se le temiera. La fe y el temor, dos sentimientos que, por ser profundamente humanos, han sido el fundamento de todas las religiones, tenían que ser los resortes de la política nueva. Sin desperdiciar un día ni descuidar una oportunidad, hacia allá ha marchado durante veinticinco años el presidente Díaz; ha fundado la religión política de la paz. A raíz de la desaparición del estado legal, parecía imposible la vuelta a un régimen normal; todo, lo repetimos, fiaban en la energía, en el ascendiente, en la rectitud del caudillo triunfante; nadie le suponía verdaderas aptitudes políticas y de gobierno; si se seguía con interés la marcha de tres de sus consejeros, los tres oráculos del gobierno nuevo (los señores Vallarta, Benítez y Tagle); a éstos se concedía talento, pero mucha pasión. La vuelta al orden


constitucional era el primer paso político; urgía para ello reconstituir los órganos legales del gobierno. Sólo un poder había sido respetado a medias, la Suprema Corte de Justicia; para los demás era precisa la renovación. Una elección hecha bajo los auspicios de las autoridades revolucionarias y en medio de la abstención real del país político, dio, si no legitimidad, sí legalidad al caudillo; fue Presidente de la República: su acción fue más desembarazada y más firme. Pero al mismo tiempo se dibujó bien el peligro; los partidarios del presidente derrocado, explotando el prestigio de nombres venerados en el ejército, promovieron, fuera y dentro del país, conspiraciones que en todas partes chispeaban conatos de incendio, para el cual había en todas ellas inmenso combustible acumulado. Los amagos exteriores en la frontera americana fueron neutralizados a fuerza de buena suerte: todos se condensaron dentro, y, a punto de estallar en terrible conflagración, fueron apagados en sangre: el siniestro estaba conjurado. La emoción fue extraordinaria: hubo protestas y dolor; muchos inocentes parecían sacrificados, pero la actitud del presidente sorprendió; el temor, gran resorte de gobierno, que no es lícito confundir con el terror, instrumento de despotismo puro, se generalizó en el país. La paz era un hecho; ¿sería duradera? En este país, ya lo dijimos, propiamente no hay clases cerradas, porque las que así se llaman sólo están separadas entre si por los móviles aledaños del dinero y la buena educación; aquí no hay más clase en marcha que la burguesía; ella absorbe todos los elementos activos de los grupos inferiores. En éstos comprendemos lo que podría llamarse una plebe intelectual. Esta plebe, desde el triunfo definitivo de la Reforma, quedó formada: con buen número de descendientes de las antiguas familias criollas, que no se han desamortizado mentalmente, sino que viven en lo pasado y vienen con pasmosa lentitud hacia el mundo actual; y segundo, con los analfabetos. Ambos grupos están sometidos al imperio de las supersticiones, y, además, el segundo, al del alcohol; pero en ambos la burguesía hace todos los días prosélitos, asimilándose a unos por medio del presupuesto, y a otros por medio de la escuela. La división de razas, que parece compilar esta clasificación, en realidad va neutralizando su influencia sobre el retardo de la evolución social, porque se ha formado entre la raza conquistada y la indígena una zona cada día más amplia de proporciones mezcladas que, como hemos solido afirmar, son la verdadera familia nacional; en ella tiene su centro y sus raíces la burguesía dominante. No es inútil consignar, sin embargo, que todas estas consideraciones sobre la distribución de la masa social serían totalmente facticias y constituirían verdaderas mentiras sociológicas, si se tomaran en un sentido absoluto; no, hay una filtración constante entre las separaciones sociales, una ósmosis, diría un físico; así, por ejemplo, la burguesía no ha logrado emanciparse ni del alcohol ni de la superstición. Son estos microbios sociopatogénicos que pululan por colonias en donde el medio de cultivo les es propicio. Esta burguesía que ha absorbido a las antiguas oligarquías, la reformista y la reaccionaria, cuya génesis hemos estudiado en otra parte, * esta burguesía tomó conciencia de su ser, comprendió a dónde debía ir y por que camino, para Alude el autor a su ensayo México social y político publicado en “Revista Nacional de Letras y ciencias”, México 1889, tomos l y II, reproducido en el vol. IX de las Obras completas del maestro Justo Sierra. *


llegar a ser dueña de si misma, el día en que se sintió gobernada por un carácter que lo nivelaría todo para llegar a un resultado: la paz. Ejército; clero, reliquias reaccionarias; liberales, reformistas, sociólogos, jacobinos, y, bajo el aspecto social, capitalistas y obreros, tanto en el orden intelectual como en el económico, formaron el núcleo de un partido que, como era natural, como sucederá siempre, tomó por común denominador un nombre, una personalidad: Porfirio Díaz. La burguesía mexicana, bajo su aspecto actual, es obra de este repúblico, porque él determinó la condición esencial de su organización: un gobierno resuelto a no dejarse discutir, es, a su vez, la creadora del general Díaz; la inmensa autoridad de este gobernante, esa autoridad de árbitro, no sólo político, sino social, que le ha permitido desarrollar y le permitirá asegurar su obra, no contra la crisis, pero si acaso contra los siniestros, es obra de la burguesía mexicana. Nunca la paz ha revestido con mayor claridad, que al día siguiente del triunfo de la revuelta tuxtepecana, el carácter de una primordial necesidad nacional. He aquí por qué el desenvolvimiento industrial de los Estados Unidos, que era ya colosal hace veinticinco anos, exigía como condición obligatoria el desenvolvimiento concomitante de la industria ferroviaria, a riego de paralizarse. El go ahead americano no consentiría esto, y por una complejidad de fenómenos económicos que huelga analizar aquí, entraba necesariamente en el cálculo de los empresarios de los grandes sistemas de comunicación que se habían acercado a nuestras fronteras, completarlos en México, que, desde el punto de vista de las comunicaciones, era considerado como formando una región sola con el suroeste de los Estados Unidos. El resultado financiero de este englobamiento de nuestro país en la inmensa red férrea americana, se confiaba a la esperanza de dominar industrialmente nuestros mercados. Esta ingente necesidad norteamericana podía satisfacerse, o declarando ingobernable e impacificable al país y penetrando en él en son de protección para realizar las miras de los ferrocarrilistas, o pacífica y normalmente si se llegaba a adquirir la convicción de que existía en México un gobierno con quien tratar y contratar, cuya acción pudiera hacerse sentir en forma de garantía al trabajador y a la empresa en el país entero y cuya viabilidad fuera bastante a empeñar la palabra de varias generaciones. La guerra civil era, pues, desde aquel momento, no sólo un grave, el más grave de los males nacionales, sino un peligro, el mayor y más inmediato de los peligros internacionales. El señor Lerdo trató de conjurarlo acudiendo a la concurrencia del capital europeo; era inútil, fue inútil; el capital europeo sólo vendría a México en largos años, endosando a la empresa americana. La virtud política del Presidente Díaz consistió en comprender esta situación y, convencido de que nuestra historia y nuestras condiciones sociales nos ponían en el caso de dejarnos enganchar por la formidable locomotora yankee y partir rumbo al porvenir, en preferir hacerlo bajo los auspicios, la vigilancia, la policía y la acción del gobierno mexicano, para que así fuésemos unos asociados libres obligados al orden y la paz y para hacernos respetar y para mantener nuestra nacionalidad íntegra y realizar el progreso. Muchos de los que han intentado llevar al cabo el análisis psicológico del Presidente Díaz, que sin ser ni el arcángel apocalíptico que esfuma Tolstoi, ni el tirano de melodramática grandeza del cuento fantástico de Bunge, es un hombre extraordinario en la genuina acepción del vocablo, encuentran en su espíritu una grave deficiencia: en el proceso de sus voliciones, como se dice en


la escuela, de sus determinaciones, hay una perceptible inversión lógica: la resolución es rápida, la deliberación sucede a este primer acto de voluntad, y esta deliberación interior es lenta y laboriosa, y suele atenuar, modificar, nulificar a veces la resolución primera. De las consecuencias de esta conformación de espíritu, que es propia quizás de todos los individuos mezclada a que pertenecemos la mayoría de los mexicanos, provienen las imputaciones de maquiavelismo: perfidia política (engañar para persuadir, dividir para gobernar) que se le han dirigido. Y mucho habría que decir, y no lo diremos ahora, sobre estas imputaciones que, nada menos por ser contrarias directamente a las cualidades que todos reconocen en el hombre privado, no significan, en lo que de verdad tuvieren, otra cosa que recursos reflexivos de defensa y reparo respecto de exigencias y solicitaciones multiplicadas. Por medio de ellas, en efecto, se ponen en contacto con el poder los individuos de esta sociedad mexicana que de la idiosincrasia de la raza indígena y de la educación colonial y de la anarquía perenne de las época de revuelta, ha heredado el recelo, el disimulo, la desconfianza infinita con que mira a los gobernantes y recibe sus determinaciones; lo que criticamos es, probablemente, el reflejo de nosotros mismos en el criticado. Sea eso lo que se quiera, será siempre una verdad que la primitiva resolución del caudillo revolucionario en el asunto de los ferrocarriles internacionales, fue pronta, fue segura, no se desnaturalizó luego, fue el primer día lo que ahora es; y se necesitaba por cierto sobreponerse a la angustia del porvenir con ánimo inmensamente audaz y sereno y tener inquebrantable fe en el destino de la patria, y pedir con singular energía moral una fuente de fuerza y de grandeza a lo que parecía el camino obligado de nuestra servidumbre económica, para haber abierto nuestras fronteras al riel y a la industria americana. ¡Y en qué momentos! Uno de los invencibles temores del señor Lerdo, y justificado y racional a fe, era el semillero de peligrosísimos conflictos con los Estados Unidos que acaso surgirían del compromiso de pagar subvenciones que el estado de nuestro erario jamás podría cumplir. El señor Díaz, fiando la seguridad de evitar esos conflictos precisamente a la transformación económica, por ende financiera, que el país sufriría a consecuencia de la realización de los ferrocarriles proyectados, se atrevió a contraer obligaciones nacionales que importaban muchos millones de pesos, en momentos en que nuestro erario estaba exhausto y no había dinero en las arcas para pagar los haberes del ejército. Efectivamente, la cuestión financiera amenazaba paralizar todo el impulso del presidente hacia las mejoras materiales de carácter nacional; desorganizada completamente la frontera del norte por la complacencia o debilidad de las autoridades locales para con los reyes del contrabando, éste tomaba proporciones colosales; las plazas del interior de la República se inundaban de efectos mercantiles fraudulentamente importados, y el krac de las rentas aduanales había producido una especie de pavoroso malestar, porque se juzgaba irremediable. Vino a complicarlo todo la lucha política, no la que buscaba el favor del país elector, ni alfabeta ni inteligente, que vota en segundo grado, sino la que disputaba la preponderancia en el ánimo del presidente, que tenía ya suficiente autoridad moral para que una indicación suya fuese acatada por los colegios electorales. Pero el término presidencial se acercaba; el general Díaz tiró entonces las muletas de Sixto V, rompió resueltamente con sus consejeros íntimos que querían imponerle un candidato;


escogió el suyo, lo puso de hecho a la cabeza del ejército, y en medio de una situación preñada de amenazas, pero no exenta de esperanzas, dejó el poder a uno de los más audaces, de los más bravos, de los más leales de sus colaboradores revolucionarios. La nación estaba perpleja ante el nuevo presidente. El general González era todo un soldado. ¿Era un hombre de gobierno? Hubo una gran esperanza; el nuevo ministerio se componía de ciudadanos probos, el ex presidente Díaz formaba parte de él; hubo claramente un movimiento de ascensión. Las grandes empresas ferroviarias internacionales parecían sembradoras de dallars en el surco inmenso que acotaban los rieles desde la frontera al centro del país, la cosecha inmediata consistía en el trabajo remuneratorio como jamás lo había sido para el bracero y el obrero mexicano; observose, a compás de la plenitud de las arcas fiscales, a los empleados contentos, al ejército mimado y al espíritu de empresa subido al rojo - blanco por el foco de calor, de patriotismo, de amor a la fortuna y amor al progreso que el nuevo ministro de Fomento, Pacheco, llevaba en el alma. Al arrimo de esa situación se proyectó todo: colonizaciones, irrigaciones, canalizaciones, quiméricos ferrocarriles interoceánicos en Tehuantepec, formación artificial de puertos que no existían en el Golfo, esbozos de marinas nacionales, creadas de golpe, y poderosas instituciones bancarias en que parecía que el capital mexicano debía afluir para abrir paso a la industria y al comercio en el nuevo periodo que apuntaba en el horizonte. Por desgracia, al hecho positivo de la construcción de las vías férreas, que, para ser productivas, exigían otras y otras, y una red entera que fuese cubriendo el suelo nacional, se adunaba lo precario, por transitorio, del auge creado por el dinero americano invertido en las construcciones, auge que a algunos financieros pareció indefinido. A la sombra de esa engañosa bonanza, el desorden y la imprevisión administrativa se hicieron habituales; el interés del país fue, en manos de los especuladores, un instrumento de medro personal; un vértigo de negocios se apoderó de muchos y hubo más de un funcionario público que realizase, como por ensalmo, pingüe fortuna, poniendo al servicio de los negociantes sus influencias y sus codicias. A nada de esto era extraño el presidente nuevo: hombre de perfecto buen sentido, incapaz ni de temor ni de duplicidad, se sobreponía en él, a todo, no sé qué espíritu de aventura conquista que llevaba incorporado en su sangre española y que se había educado y fomentado en más de veinte años de incesante brega militar en que había derrochado su sangre y bravura. El general González es, en el sentir del que esto escribe, aunque todos esos juicios sobre acontecimientos de ayer son revisables, un ejemplar de atavismo: así debieron ser los compañeros de Cortés y Pizarro y Almagro; física y moralmente así. De temple heroico, capaces de altas acciones y de concupiscencias soberbias, lo que habían conquistado era suyo y se erizaban altivos y sañudos ante el monarca, así fuese Carlos V o Felipe II, para disputar su derecho y el precio de su sangre. El presidente creía haber conquistado a ese precio, en los campos de Tecoac, el puesto en que se hallaba; era suyo y lo explotaba a su guisa. Concluyó el periodo de gastos de las construcciones ferroviarias, cesó el pactolo de correr, vino la escasez del erario y luego su impotencia para pagar los más necesarios servicios administrativos; crecieron las tergiversaciones, los expedientes, el recurso cotidiano a maniobras inconfesables; y los negocios,


sin embargo, no cesaban. La protesta de que se hacía la prensa eco, bien reflexivo y victorioso, o frenético y desmandado más allá de todo limite de pudor y de equidad, partía del fondo de esa especie de irreducible honradez y amor a la justicia que constituye la substancia primitiva de la conciencia social mexicana. No cabía negarlo; cuando se abrió el periodo electoral ya no fue posible tomar medida alguna; una moneda nueva que acaso tenía sus ventajas, fue considerada como moneda falsa, y en rabiosa asonada popular, que parecía más bien un arqueo, una náusea social, fue regurgitada y tornada imposible; un contrato necesarísimo en principio, aunque censurable en sus cláusulas, pero que era condición sine qua non del restablecimiento de nuestro crédito exterior, el reconocimiento de la deuda inglesa, fue juzgado como indenominable atentado; supusiéronse, con evidente exageración, negocios fabulosos hechos a la sombra del convenio, y como era en las postrimerías administrativas de aquella situación, y como el presidente electo era el general Díaz, y todos consideraban rotos los compromisos con los que se iban y no volverían, porque efectivamente no podían volver, una oposición parlamentaria nació y creció como el mar al soplo del huracán, la sociedad se arremolinó encrespada en torno de los tribunos parlamentarios, ahogó las explicaciones de los defensores del gobierno con la elocuencia de los oradores, que a veces fue admirable, con los gritos sin término de imberbes energúmenos que arrastraban a las masas estudiantiles y populares, y con el ruido de los aplausos y las exclamaciones de entusiasmo de las señoras y los hombres de orden. En medio de esta lección dada al gobierno que salía y al que iba a entrar, que mostraba cuán rápidamente podía alejarse el poder de la conciencia pública y cuan lejos estaba todavía el pueblo de la educación política, comenzó la nueva administración del general Díaz, desde entonces indefinidamente refrendada, más que por el voto, por la voluntad nacional. Algo así como una colérica unanimidad había vuelto al antiguo caudillo de la revolución al poder; los acontecimientos de la capital parecían indicio cierto del estado precario de la paz y de la facilidad con que podría caerse en las viejas rodadas de la guerra civil; la anarquía administrativa y la penuria financiera daban a la situación visos de semejanza con la del periodo final de la legalidad en 76, y a todos parecía que se habían perdido ocho años y que habría que recomenzarlo todo; la opinión imponía el poder al presidente Díaz como quien exige el cumplimiento de un deber, como una responsabilidad que se hacía efectiva. En la enorme bancarrota política de ochenta y cuatro, el pasivo era abrumador; había que rehacer nuestro crédito en el exterior, sin el cual no habríamos podido encontrar las sumas necesarias para llevar al cabo las grandes obras del porvenir, haciendo recaer la obligación principal sobre el porvenir así favorecido, y esa obra parecía imposible vista la impopularidad ciega del reconocimiento de la deuda inglesa, clave de ese crédito; había que rehacer la desorganizada Hacienda y era preciso comenzar por una suspensión parcial de pagos; había que prestigiar la justicia, que imponer el respeto a la ley, que deshacer ciertas vagas coaliciones de los gobiernos locales, señal segura de debilidad morbosa en la autoridad del centro; a que dar garantías serias, tangibles, constantes al trabajo su forma industrial, agrícola, mercantil ... tal era el pasivo. En su activo contaba la nueva administración con los grandes ferrocarriles hechos y con el nombre del


general Díaz. Pero para que el presidente pudiera llevar al cabo la gran tarea que se imponía, necesitaba una máxima suma de autoridad entre las manos, no sólo de autoridad legal, sino de autoridad política que le permitiera asumir la dirección efectiva de los cuerpos políticos: cámaras legisladoras y gobiernos de los Estados; de autoridad social, constituyéndose en supremo juez de paz de la sociedad mexicana con el asentimiento general, ese que no se ordena, sino que sólo puede fluir de la todos en la rectitud arbitral del ciudadano a quien se confía la facultad de dirimir los conflictos; y de autoridad moral, ese poder indefinible, íntimamente ligado con eso que equivale a lo que los astrónomos llaman la ecuación personal, el modo de ser característico de un individuo que se exterioriza por la claridad absoluta de la vida del hogar (y el del general Díaz ha estado siempre iluminado por virtudes profundas y dulces, capaces de servir de mira y ejemplo) y por la condición singularísima de no llegar jamás al envanecimiento ni al orgullo a pesar del poder, de la lisonja y de la suerte; tales fueron los elementos inestimables de esa autoridad moral. Con estos factores, la obra marchó no sin graves tropiezos; la exigencia general en el país y fuera del país, en cuantos habían entrado en contacto con los asuntos nuestros, en los tenedores de obligaciones mexicanas, en los anticipadores del ya enorme capital invertido en las vías férreas, era clara, apremiante, imponente; exigíase la seguridad plena de que el general Díaz había de continuar su obra hasta dejarla a salvo de accidentes fatales. A esta seguridad dio satisfacción, dentro de lo humanamente previsible, el restablecimiento, primero parcial y luego total y absoluto del primitivo texto de la Constitución; que permitía indefinidamente la reelección del Presidente de la República. Con esta medida había quedado extinguido el programa de la revolución tuxtepecana: sus dogmas que, bajo la apariencia de principios democráticos, envolvían, como todos los credos jacobinos, la satisfacción de una pasión momentánea, satisfacción propicia a calentar la lucha y precipitar el triunfo, y el desconocimientos absoluto de las necesidades normales de la nación, habían muerto uno por uno: era un programa negativo fundamentalmente compuesto de tres aboliciones: el Senado, el timbre, la reelección; ninguna había podido quedar en pie. Ni siquiera había suscitado un grupo dominante de hombres nuevos, sino muy a medias: vencidos y vencedores se distribuían en paz el presupuesto. No había resultado de aquella honda y sangrienta conmoción, más que una situación nueva; pero esta situación nueva era una transformación: era el advenimiento normal de capital extranjero a la explotación de las riquezas amortizadas del país; y era ésta, no huelga decirlo aquí, la última de las tres grandes desamortizaciones de nuestra historia: la de la Independencia, que dio vida a nuestra personalidad nacional; la de la Reforma, que dio vida a nuestra personalidad social, y la de la Paz, que dio vida a nuestra personalidad internacional; son ellas las tres etapas de nuestra evolución total. Para realizar la última, que dio todo su valor a las anteriores, hubimos de necesitar, lo repe tiremos siempre, como todos los pueblos en las horas de las crisis supremas, como los pueblos de Cromwell y Napoleón, es cierto, pero también como los pueblos de Washington y Lincoln y de Bismarck, de Cavour y de Juárez, un hombre, una conciencia, una voluntad que unificase las fuerzas morales y las transmutase en impulso normal; este hombre fue el presidente Díaz. Una ambición, es verdad, ¿capaz de subalternado todo a la conservación del poder? Juzgará la posteridad. Pero ese poder que ha sido y será en todos los


tiempos el imán irresistible, no de los superhombres del pensamientos quizás, pero sí de los superhombres de la acción, ese poder era un desideratum de la nación; no hay en México un solo ciudadano que lo niegue ni lo dude siquiera. Y esa nación que en masa aclama al hombre, ha compuesto el poder de este hombre con una serie de delegaciones, de abdicaciones si se quiere, extralegales, pues pertenecen al orden social, sin que él lo solicitase, pero sin que esquivase esta formidable responsabilidad ni un momento; y ¿eso es peligroso? Terriblemente peligroso para lo porvenir, porque imprime hábitos contrarios al gobierno de sí mismos, sin los cuales puede haber grandes hombres, pero no grandes pueblos. Pero México tiene confianza en ese porvenir, como en su estrella el presidente; y cree que, realizada sin temor posible de que se altere y desvanezca la condición suprema de la paz, todo vendrá luego, vendrá a su hora. ¡Que no se equivoque! … Sin violar, pues, una sola fórmula legal, el presidente Díaz ha sido investido, por la voluntad de sus conciudadanos y por el aplauso de los extraños, de una magistratura vitalicia de hecho; hasta hoy por un conjunto de circunstancias que no es lícito analizar aquí, no ha sido posible a él mismo poner en planta su programa de transición entre un estado de cosas y otra que sea su continuación en cierto orden de hechos. Esta investidura, la sumisión del pueblo en todos sus órganos oficiales, de la sociedad en todos sus elementos vivos, a la voluntad del presidente, puede bautizársele con el nombre de dictadura social, de cesarismo espontáneo, de lo que se quiera; la verdad es que tiene caracteres singulares que no permiten clasificarla lógicamente en las formas clásicas del despotismo. Es un gobierno personal que amplia, defiende y robustece al gobierno legal; no se trata de un poder que se ve la creciente depresión del país, como parecen afirmar los fantaseadores de sociología hispanoamericana, sino de un poder que se ha elevado en un país que se ha elevado proporcionalmente también, y elevado, no sólo en el orden material, sino en el moral, porque ese fenómeno es hijo de la voluntad nacional de salir definitivamente de la anarquía. Por eso si el gobierno nuestro es eminentemente autoritario, no puede a riesgo de perecer, dejar de ser constitucional, y se ha atribuido a un hombre, no sólo para realizar la paz y dirigir la transformación económica, sino para ponerlo en condiciones de neutralizar los despotismos de los otros poderes, extinguir los cacicazgos y desarmar las tiranías locales. Para justificar la omnímoda autoridad del jefe actual de la República, habrá que aplicarle, como metro, la diferencia entre lo que se ha exigido de ella y lo que se ha obtenido. En suma, la evolución política de México ha sido sacrificada a las otras fases de su evolución social; basta para demostrarlo este hecho palmario, irrecusable: no existe un solo partido político, agrupación viviente organizada, no en derredor de un hombre, sino en torno de un programa. Cuantos pasos se han dado por estos derroteros, se han detenido al entrar en contacto con el recelo del gobierno y la apatía general: eran, pues, tentativas facticias. El día que un partido llegara a mantenerse organizado, la evolución política reemprendería su marcha, y el hombre, necesario en las democracias más que en las aristocracias, vendría luego; la función crearía un órgano. Pero si comparamos la situación de México precisamente en el instante en que se abrió el paréntesis de su evolución política y el momento actual, habrá que convenir, y en esto nos anticipamos con firme seguridad al fallo de nuestros pósteros, en que la transformación ha sido sorprendente. Sólo para


los que hemos presenciado los sucesos y hemos sido testigos del cambio, tiene éste todo su valor: las páginas del gran libro que hoy cerramos lo demuestran copiosamente: era un ensueño, —al que los más optimistas asignaban un siglo para pasar a la realidad—, una paz de diez a veinte años; la nuestra lleva largo un cuarto de siglo; era un ensueño cubrir al país con un sistema ferroviario que uniera los puertos y el centro con el interior y lo figura con el mundo, que sirviera de surco infinito de fierro en donde arrojado como simiente el capital extraño, produjese mieses opimas de riqueza propia; era un ensueño la aparición de una industria nacional en condiciones de crecimiento rápido, y todo se ha realizado, y todo de mueve, y todo está en marcha y México: Su Evolución Social* se ha escrito para demostrarlo así, y queda demostrado. La obra innegable de la administración actual, por severamente que se juzgue, no consiste en haber hecho el cambio, que acaso un conjunto de fenómenos exteriores hacían forzoso y fatal, sino en haberlo aprovechado admirablemente y haberlo facilitado concienzudamente. En esta obra nada ha sido más fecundo para el país —y la historia lo consignará en bronce—, que la íntima colaboración de los inquebrantables propósitos del presidente y de las convicciones y aptitudes singulares del que en la gestión de la finanzas mexicanas representa los anhelos por aplicar a la administración los procedimientos de la ciencia. A esa colaboración se debe la organización de nuestro crédito, el equilibrio de nuestros presupuestos, la libertad de nuestro comercio interior y el progreso concomitante de las rentas públicas. A ella se deberá se debe ya quizás, que se neutralicen, y por ventura se tornen favorables para nosotros, los resultados del fenómeno perturbador de la depreciación del metal blanco, que fue el más rico de nuestros productos consumibles y exportables, fenómeno que si por un lado ha sido, con la facilidad de las comunicaciones y la explotación de las fuerzas naturales, un factor soberanamente enérgico de nuestra vida industrial, por otro amenazaba, por las fluctuaciones del cambio, aislar, circunscribir y asfixiar nuestra evolución mercantil. El haber es, pues, imponderable en el balance que se haga de las pérdidas y ganancias al fin de la era actual. Existe, lo repetimos, una evolución social mexicana; nuestro progreso, compuesto de elementos exteriores, revela, al análisis, una reacción del elemento social sobre esos elementos para asimilárselos, para aprovecharlos en desenvolvimientos e intensidad de vida. Así nuestra personalidad nacional, al ponerse en relación directa con el mundo, se ha fortificado, ha crecido. Esa evolución es incipiente sin duda: en comparación de nuestro estado anterior al último tercio del pasado siglo, el camino, recorrido es inmenso; y aun en comparación del camino recorrido en el mismo lapso por nuestros vecinos, y ese debe ser virilmente nuestro punto de mira y referencia perpetua, sin ilusiones, que serían mortales, pero sin desalientos, que serian cobardes, nuestro progreso ha dejado de ser insignificante. Nos falta devolver la vida a la tierra, la madre de las razas fuertes que han sabido fecundarla, por medio de la irrigación; nos falta, por este medio con más seguridad que por otro alguno, atraer al inmigrante de sangre europea, que es Editado por J. Ballescá y Cía. México, 1900-1902. 2 tomos en 5 volúmenes. Esta obra de Justo Sierra, Evolución política del pueblo mexicano, apareció por primera vez en esta obra, según se aplica en la nota de introducción del tomo XIII de las Obras completas, *


el único con quien debemos procurar el cruzamiento de nuestros grupos indígenas, si no queremos pasar del medio de civilización, en que nuestra nacionalidad ha crecido, a otro medio inferior, lo que no sería una evolución, sino una regresión. Nos falta producir un cambio completo en la mentalidad del indígena por medio de la escuela educativa. Esta, desde el punto de vista mexicano, es la obra suprema que se presenta a un tiempo con caracteres de urgente e ingente. Obra magna y rápida, porque o ella, o la muerte. Convertir al terrígena en un valor social (y sólo por nuestra apatía no lo es), convertirlo en el principal colono de una tierra intensivamente cultivada; identificar su espíritu y el nuestro por medio de la unidad de idioma, de aspiraciones, de amores y de odios, de criterio mental y de criterio moral; encender ante él el ideal divino de una patria para todos, de una patria grande y feliz; crear, en suma, el alma nacional, esta es la meta asignada al esfuerzo del porvenir, ese es el programa de la educación nacional. Todo cuanto conspire a realizarlo, y sólo eso, es lo patriótico; todo obstáculo que tienda a retardarlo o desvirtuarlo, es casi una infidencia, es una obra mala, es el enemigo. El enemigo es íntimo; es la probabilidad de pasar del idioma indígena al idioma extranjero en nuestras fronteras, obstruyendo el paso a la lengua nacional; es la superstición que sólo la escuela laica, con su espíritu humano y científico, puede combatir con éxito; es la irreligiosidad cívica de los impíos que, abusando del sentimiento religioso inextirpable en los mexicanos, persisten en oponer a los principios, que son la base de nuestra vida moderna, los que han sido la base religiosa de nuestro ser moral; es el escepticismo de los que, al dudar de que lleguemos a ser aptos para la libertad, nos condenan a muerte. Y así queda definido el deber; educar, quiere decir fortificar; la libertad, medula de leones, sólo ha sido individual y colectivamente, el patrimonio de los fuertes; los débiles jamás han sido libres. Toda la evolución social mexicana habrá sido abortiva y frustránea si no llega a ese fin total: la libertad.


Justo sierra