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Volando voy Texto e ilustración: Avelino Martín

TRANSTRÖMER, Tomas.Me llega un correo de los amigos de OSADÍA cultura, pidiéndome que les escriba dos cuartillas para el próximo número. Lo van a dedicar a la voz “especular”, en su primera acepción latina, “mirar desde arriba”. Momentos antes leía yo a Tranströmer y en el poema que da título a la antología El cielo a medio hacer, un verso dice: “Bajo nosotros, la tierra infinita”. Páginas más adelante una carta viaja en avión, tras buscar un buzón como una extraviada mariposa, y ve bajo ella la plata reptante del Atlántico, los bancos de nubes, un pesquero, estelas como lívidas cicatrices. En un viejo

diario también yo quise dejar un aforismo: “Vuela hacia ti mi carta de amor como un ángel sin alas”. Lo mío con Tranströmer es de hace dos días: hice lo que no suelo hacer -atender una recomendación de un crítico en el periódico- y ya tengo trasplantada una nueva especie en mi jardín de lector a la que cuidar, podar, regar… Esta vez bajé la guardia porque el articulista tiene gusto, es buen escritor, escucha música con frecuencia… Para mí especular es más examinar o pensar sobre algo, darle vueltas a las cosas. En eso no se diferencia el poeta del filósofo. 15

Da igual que ese acechar -que es otra de las acepciones- sea sobrevolando el mundo o con el oído pegado al suelo. O levitando sólo un poco (“amor casi de un vuelo me ha encumbrado”), como les debía de pasar a los eremitas debilitados por el ayuno. A Tranströmer le cuesta poco madrugar (“en las primeras

horas del día, la conciencia puede abarcar el mundo”) y salir a ver cual corazón que vuela como un blanco papel por los bosques escandinavos, ver sus ciudades ingrávidas en el espacio del mediodía, dejarse atrapar por un remolino turbio y caer, posarse y escuchar el mundo subterráneo por las briznas de hierba.) 16


Volver al aire, mirar desde los acantilados la fortaleza verdinegra del mar de septiembre; oír, al anochecer, a las constelaciones piafar en sus establos. Ya de vuelta en casa ver que el papel está emborronado de metáforas. Cerrar los ojos, sentir el olor de la verdad, y escribir: “Bajo el cielo estrellado / siento el mundo que entra / y sale reptando de mi abrigo / como de un hormiguero”. Eso escribe en Fórmulas del invierno, mientras mira los pabellones oscuros de un hospicio y un diapasón oculto en el gran frío emite su tono. Así, abiertas las ventanas del cielo y libre el genio de la noche (Hölderlin), en ese

instante, con los ojos cerrados, busca el poeta la armonía entre la naturaleza y el hombre, busca colocarse en oposición armónica con una esfera exterior, especular, ir de la libertad a un alma embebida… “Un poema -dice Tranströmer- no es otra cosa que un sueño que yo realizo en la vigilia”. Para ese número cuatro de OSADÍA, quizá debí escribir algo distinto de esta reseña en el índice onomástico de un poeta que mira el mundo desde arriba, con ojos asombrados. Escribir sobre un personaje de cuento, sobre el Kosciejny, de Andrzej Stasiuk en sus Cuentos de Galitzia,

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que desprovisto de cuerpo y como volando, vuelve a visitar a sus amigos de aldea en aldea; que también siente, como Tranströmer, que las constelaciones se restriegan unas contra otras al desplazarse hacia la fisura del crepúsculo o cómo la noche intenta separar las poblaciones desplegando sobre los campos sus negros vendajes. Pero en esta sucia noche de mayo estas dos cuartillas brillan ya bajo el flexo, aletean, silenciosas y persistentes, tercas.

Bajo el cielo estrellado siento el mundo que entra y sale reptando de mi abrigo como de un hormiguero.

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Voy volando