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La edad del papel Texto: Avelino Martín Ilustración Avelino Martín

A Ricardo Piglia le han regalado un Kindle sus alumnos de Princeton. A mí nadie lo hará, ni se le ocurrirá. Conocen amigos, conocidos y hasta saludados mi cerrazón mental y practicante ante lo nueva parusía tecnológica. Para empezar: no tengo teléfono móvil. Sobre la lectura y los nuevos efectos salvificantes encarnados en las minipantallas (dados cuerpo en ellas, el bodying forth de Shakespeare) tuve la primera noticia en un reducto cavernario, la librería de Paco. Pablo y Concha estaban encantados, cautivados y seducidos. Él ya no viajaba cada fin de semana con un carro de compras lleno de libros cada vez que volvía a Vigo, a sus clases de filosofía. Ella ahorraba espacio, ácaros y dinero. Él, porque acababa de bajarse las actas del proceso de Nuremberg. Ella, porque él leía sin la luz fastidiosa y chinchante de la lámpara de la mesita de noche… Este sábado, Toñosanjo me asaltó eufórico en el Cuervo. Después de la narración en primera línea de la detención de Madlic y cómo había logrado pasar dos cócteles molotov con cintas de colores serbios para los indignados belgradenses que se oponían a su

traslado a La Haya y el reencuentro en el aeropuerto con una polizei hija del represaliado Voislovich, a la que ya había visto en Chile desde donde habían viajado a las minas de níquel de Río Grande do Sul…, me habló de su lector, en el que estaba el Todo y cómo, si algo faltaba, aplicándolo a internet, conseguía recordar mejor obras, autores, versos, efemérides… (un párrafo de El jardín de los Finzi-Contini, una frase de Pasolini, el rostro de Dominique Sanda, las características del fusil de asalto que están utilizando algunas patrullas de mercenarios afganos, una cita de Slavoj Zizek…) Yo escuchaba embelesado aquellas cantinelas del cibermundo, como un Ulises las canoras sirenas, o Mowgli el sibilino siseo de la serpiente Ka, pero en alguna catacumba de mi cerebro una especie de fusible chisporroteaba, llegaban sonidos entrecortados y a veces casi afásicos, como el zumbido de las emisoras de radio mal sintonizadas.

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Una nana que cantaba mi madre, una letanía de viernes santo, los silbidos y jijeos de un pastor, las vocales de la escuela y de los poetas: A, peludo corsé de moscas relucientes que en el hedor más cruel instalan sus zumbidos, calas de sombra; E, blanco rey –de vapor y toldos-, temblor de flores, lanza de glaciares altivos; I, púrpura de sangre, risa en los labios bellos, encendidos de cólera o de arrebatos místicos… Y cada uno de los sonidos y encuentros llevaba de la mano su olor, su habitación en penumbra, su santuario,

sus campos y su mies, sus pájaros alborozados, la mirada del Otro. Decidí de pronto dejar de estar agazapado en mi trinchera y pasar al contraataque. Sabía bien de qué lado tenía que estar. Le hablé: “Esta mañana he pedido la colección completa de Hora de España, que ha editado Julio Ollero en facsímil.” Y era cierto; no iba de farol.

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