Issuu on Google+

UN TEXTO DE ORUS VILLACORTA

May-col

PROYECTO DE GUIÓN MULTIMEDIA


C APÍTULO 1

La cocina En la cocina, gustoso el tiempo se autodiseca con la brocha de un esmalte de uñas. O quizás solo fuera el goteo desesperante del grifo de unas neuronas tan revoltosas como aquellas. Absorto en la faena a la que había dedicado los últimos treinta y siete minutos de transpiraciones y mocos reprimidos, la colmena de su mente decidió por fin tomar un break y aparcar en la delicia de una espera suculenta como la del polen de la muerte. Hay antojos que no se pueden controlar, como ocurre con los de un razonar ajeno como el suyo, tan sádico, pero a la vez tan dulce. Digamos: “tan pijón”.


A la diestra, percibida por el roce con el raspón purulento que tortura a su rodilla, sobrevive una mesa patoja a la que nadie ha tenido la dignidad de ensartarle una cuña que la aferre al tierrero, un suelo que de tan irregular que se estira, no garantizaría éxito alguno para tanta molestia. Sobre la mesa renqueante, al filo de la cabecera, destaca la tapa gastada de un cuaderno hinchado por la rugosidad de sus páginas mojadas. En él se desliza una de las mayores aberraciones, otra purga. Como suele suceder, Ramón creyó que bastaría con comprarle un cuaderno en el que apareciera la estampa de Bart Simpson surcando el pavimento en patineta. Creyó que con tan fino gesto lo acicalaría. Eso fue hace tres meses y todavía lo sigue creyendo. Pobre incauto que es Ramón. La culpa no es suya. Ser imbécil es cosa de muchos machos. Del interior del cuaderno mejor ni piar. El muy jodido era cuadriculado y Ramón ni cuenta se había dado del fallo. Si al menos hubiera tenido la bondad de elegir uno a doble raya o tan siquiera con Lisa Simpson en pecho abierto. Pero no, aquello era pedir demasiado de Ramón. Total. Ya nada de su torpeza importaba un carajo. El cuaderno había dado lo mejor de sí y ahora expandía sus oficios al servicio del pecado. Ahora se le demandaba que sostuviera con estabilidad de herrero al frasco vacío de Café Listo que por entonces fungía como cimiento. Sobre él se mecía la cuchara sopera de la Tía Chata. ¡Y vaya cucharón que era! Nadie notaría que ahí se tejía un crimen. Tampoco acusarían al hartazgo del vaivén como presunto culpable. Solo un genio de la criminalística

sabría que el equilibrio de la cuchara lo era todo y lo era nada, la espada justiciera, el pulgar del César sobre un balancín, la trompeta del chacal sin sordina. El juicio final. O quizás una brisa mandaría todo al demonio. Entonces el sobrepeso en la cabeza cóncava haría caer a la cuchara antes de tiempo y la presa lo advertiría. Espantada como un buscanigüas poseído, huiría por el sendero adecuado de la supervivencia... ¡A la izquierda! ¡Ahí! ¡Hacia la salvación! Pensaría. También era justo percatarse del protagonismo que reclamaba el hilo de chicle pegado al mango del cucharón. Una fina hebra de chicle mascado se estiraba y descendía hasta el charco de Alcohol 90 regado en el tierrero. Sobre él, con insana conveniencia colgaba un trocito de tamal de elote que, con indudable éxito, cumplía implacables labores de anzuelo seductor. La espera ya había tardado treinta y ocho minutos, pero por fin había comenzado a rendir frutos. Debajo del chinero había aparecido la presa, bajo el foco de unos reflectores invisibles, producto, claro, de la imaginación. Aquellas antenitas detectaban el peligro, pero el instinto es débil y suele sucumbir en la batalla contra el hambre. Las cuatro patas espinosas comenzaron a deslizarse con sigilo en dirección al patíbulo, pero justo antes de asomarse al charquito, a la distancia de una cuarta de güimba, la puerta de la cocina retumbó con un golpe seco y un rechinar escandaloso como carreta bruja. Si antes el tiempo disecaba sus ansias, ahora ya aguardaba petrificado. Presa y cazador enmudecieron. Y tampoco el tiempo se atrevió a pestañear. 2


TÍA CHATA ¡Maycol! ¿Qué hacés con ese fósforo? ¡Por la gran puta con vos! Vas a incendiar la casa... La Tía Chata era un costal ambulante de vísceras armónicas cuyo recital se orquestaba tras una piel tan estirada por las penurias. Su andar era el de un trompo más calaceado que la luna, aunque sedita de tanto quemar caites. En aquel vendaval, la cocina era su dominio, su campo minado, terreno hostil para el que nadie más que ella accedía al mapa. De tres zancadas tan largas como solo una anciana de setenta años puede articular, la Tía Chata acudió precisa al esfínter de la escena del crimen. La cuarta zancada fue para aplastar a la cucaracha que vio frente a ella. La presa asquerosa intentó huir hacia la izquierda, pero las ancianas del campo leen tanto la mente de blátidos como de niños tercos. Sobre la tierra, una viscosidad nauseabunda no acudió al encuentro con el fuego que desde el cielo le aguardaba en las manos de un niño piromante, un cipotío dotado de un razonar tan sádico y tan dulce. ¡Tan pijón! TÍA CHATA ¡Qué barbaridad con vos! ¡Hasta las cochinas cucas te tengo que matar! ¿Es que no te podés mover? Como siempre, Maycol cerró el pico y bajó la mirada acribillando al polvo. Pero aún tuvo tiempo de recoger el hilo del chicle y enrollárselo en la mano derecha sin que la anciana lo notara. Ya luego habría tiempo para reintentar más exterminios. Porque sabía que el festín de cucas siempre sería inagotable. 3


May-Col (ficción)