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ÍNDICE 10 14 16 19 22 25 26 28 30 33 37 42 45 50 52 56 59 67 73

Antes de

Empezaré a contar por donde comenzó esta historia La piedra

La leyenda de la dama y el vino

La historia del corregidor de Requena La historia del sordo de Hortunas La historia del cura de Perica Un pueblo partido al medio

Alguna costumbres de Requena Los bailes y las fiestas Mis padres

El tío picaporte (o el hombre de las rosquillas) Guerra Civil Española Los Maquis

Los Pirineos y los campos de concentración Después de la Guerra Un nuevo mundo

De Lomas de Zamora a San Juan

Una patada en el culo siempre implica un paso hacia adelante 5


ÍNDICE 75 78 80 83 88 91 93 96 102 107 111 113 116 120

Recuerdos de infancia Luci

Memoria y desmemoria Mi tío Manolo

Mi tío Faustino Mi tía Carmen

Un nuevo hogar

Más allá del tiempo y las distancias: mis amigos Las escondidas y otros juegos Un difícil adiós

Más preguntas que respuestas

La enfermedad de las despedidas Las despedidas Glosario

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ORĂ?GENES

A mi Manolo A mi Pilar A mi Luci

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Antes de “Ser original es retornar a los orígenes, no para repetirlos sino para recrearlos”. (Gaudi)

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n día Jorge Luis Borges se planteó una incógnita: “¿Quién soy? Estoy tratando de averiguarlo”. Luego de muchos años, escribió: “Somos nuestra memoria. Somos ese museo de formas inconstantes; ese montón de espejos rotos…”. La historia es el auténtico espejo. Si miramos para atrás, allí podremos encontrarnos con nuestra propia conciencia y con nuestra actual razón de ser (este pensamiento es mío, por favor, por respeto, ¡dejémoslo a Borges fuera de esto!). Alguien decía –no recuerdo quién, para no perder la costumbre–, algo así como que la historia venía a constituir la genuina madre de la verdad, el testigo de lo pasado, el ejemplo y aviso para el presente, y la advertencia de lo por venir. Estoy convencido de que la memoria va escribiendo nuestra historia, más allá de su cuota de piadosas mentiras que nos hace olvidar algún momento desagradable, que nos hace pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Tengo la costumbre de citar algún pensamiento ajeno para luego fustigar y contradecir al que lo dice, sin que el autor pueda siquiera defenderse, ¿dará esta actitud una pincelada sobra la mediocridad y la cobardía de quien esto escribe? No lo sé. Sin embargo, con humildad, agrego y digo: yo soy una parte de todo aquello que he encontrado en mi camino. Por eso necesito leerme a mí mismo desde el principio, pasar por mi presente e intentar espiar, aunque sea por el rabillo del 10


ojo, el futuro. Sólo por mí, sólo para mi yo interior, y poder así guardar esta fantasía de espejos rotos de la que estoy hecho. Que me perdone Borges. Que me perdonen otros. Caigo en la cuenta de que cuando éramos jóvenes todo olía a rosas. La pasión nos brotaba por los poros. Así, apasionados, defendíamos nuestras posturas hasta las últimas consecuencias, como si en cada apuesta se nos fuera la vida. Eran épocas de emociones. De repente siento que todo se trata de una película: si hasta puedo ver la historia, los diferentes capítulos, cada uno de los personajes. Es tal la intensidad con la que se vive en épocas de juventud, que los tropiezos se convierten en frecuentes, la angustia es enorme, los celos dominan nuestros días y hasta las deudas se convierten en una especie de perfume de los hombres jóvenes: uno arriesga, se lanza, se inquieta. Pero también están los miedos, a lo que vendrá, a lo que aún no se conoce. Se tiene la sensación de estar siempre buscando el éxito, compitiendo con otros. Algunos colocan clavos en sus zapatos para poder así escalar mejor y más rápido, incluso, hasta pisotean al contrincante. Otros se arman con serruchos, y están los que levantan falsos testimonios. No dejo de preguntarme cuántos recursos somos capaces de utilizar en nuestra carrera hacia el éxito. Después de tanto vértigo, de tanta locura, llega la calma, esa que precede a las tormentas. No podría decir cuándo ocurre, como si no hubiera conciencia del instante. A veces, creo que ese instante pasa casi inadvertido, aunque sí estoy seguro de que se trata de un punto de inflexión. Seguramente, si lo analizáramos, para cada uno de nosotros se habrá dado en diferentes momentos y por causas disímiles, pero ese instante existió: el instante en el que comenzamos a aplicar un poco el freno y nuestra velocidad ya no fue la misma. Podría decir, también, que es justamente cuando aprendemos a ver el bosque en lugar del árbol. Es el instante justo de la mitad del recorrido, cuando ya vemos 11


todo con más mesura, con mayor tranquilidad, cuando nos ponemos más observadores, cuando nos reflejamos en los jóvenes e identificamos actitudes similares a las que nosotros en esa etapa tuvimos. También podría decir que es la etapa más productiva, la más fecunda y, fundamentalmente, la de “clima templado”; no estamos ya ni muy calientes pero tampoco llegamos al frío polar, es decir, estamos a temperatura ideal. Ya no deberíamos tener aquellas deudas (clásico perfume de juventud), tendríamos que estar más tranquilos, son tiempos donde se genera menos, porque, también, se necesita menos. Por lo general, lo que pretendíamos ser ya lo somos, y lo que intentamos no ser seguramente no lo somos, por lo tanto, por qué no sentarnos, tranquilizarnos y disfrutar de esta etapa. Bueno es ponerse a disfrutar, pero sin pensar que la vida ya no puede sorprendernos, ni que ya no tenemos objetivos. Ya está. Ya llegamos a ese futuro que tanto nos angustiaba y tan nerviosos nos ponía, por eso, insisto: a disfrutarlo, ¡ya llegamos! Eso sí, ¿nos ponemos más exigentes o me parece a mí? ¿No reclamamos que nuestras cosas sean de mejor calidad, no somos más selectivos en nuestras comidas, nuestras bebidas, nuestra ropa, nuestros perfumes, nuestras compañías? Y…, creo que sí. Dicen que uno puede proyectarse tantos años como la cantidad de años vividos, por eso les digo que comiencen a vivir el hoy, dense todos los gustos, cómprense lo que siempre quisieron, hagan lo que de jóvenes deseaban… ¿no se dieron cuenta?, ya llegaron a la edad que deberían tener la posibilidad de disfrutar de esos pequeños grandes placeres que tanto anhelaban. Les propongo el ejercicio de comenzar a pensar que, quizás, cuando estemos en el juicio final en búsqueda de la puerta al Paraíso, exista la posibilidad –muy remota pero posibilidad al fin– de que nos 12


digan que la Tierra era el Paraíso, y nosotros habremos pasado por la vida sin darnos cuenta. ¿No sería un horror? Mirar, ver y observar con admiración el exacto y milimétrico juego de la vida; juego que se nos da con una sincronización tal, que nos obliga a creer –o reventar– que esta obra ha sido realizada por un ser superior y que nuestra vida en la Tierra ha sido, sin duda, el Paraíso. Cuando llegue el Juicio Final y estemos frente al gran Juez, quizás algunos crean merecer pasar derecho al Paraíso. Pero quizás, sólo quizás, escuchemos: “Pero ¿cómo?, ¿no te diste cuenta todo este tiempo de que viviste en el centro de la creación, de que nada más que eso puede ser el Paraíso?”. Qué lástima no haber podido disfrutar el “aquí y el ahora” de ese tiempo, el haber perdido tantos años de felicidad y de contemplación de todo lo que fuimos, de todo lo que nos rodeó y nos fue dado. Disfrutemos, ¡a no ser imbéciles! Animémonos a declarar nuestro amor todo el tiempo, a propios y extraños, liberémonos de las ataduras del qué dirán, liberémonos de la timidez que no nos deja expresarnos, liberémonos de los chalecos de fuerza farmacológicos que nos obligan a su dependencia, liberémonos de los malos humores, de la mediocridad, de la tristeza, de la amargura. ¿Por qué, te preguntarás, todo este relato? Y yo te responderé: porque simplemente se me dio la gana y porque tenía un escrito anterior en el que me preguntaba si esto había sido todo, si ya estaba, si, tal vez, la vida se me había pasado sin darme cuenta. Confieso que lo escribí sólo para mí, para leerme, para entender dónde estaba mi mente en ese instante. Es un buen ejercicio, luego de un tiempo uno lo relee y dice: “Pero, ¡qué mierda! ¿Cómo pude yo escribir eso? ¿Qué me pasaba?” Parte de esta pobre técnica –por llamarla de alguna manera– es la que utilizo para poder escribir este relato, que empezaré a contarme a mí mismo sobre mis Orígenes. José Manuel López Gorbe 13


… Empezaré a contar por donde comenzó esta historia

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n un pueblo de la región valenciana, entre Madrid y el Mediterráneo, llamado como accidente geográfico “puerto” (se lo denomina puerto aunque sea sin salida al mar, por su altura y su posición estratégica y por ser de obligado paso), rodeado de pequeñas aldeas y caseríos, bautizada como “Requena”, comienzan mis orígenes. Cuenta la leyenda que fue en Requena donde se concertaron los matrimonios de las hijas del Cid, Sol y Elvira, con los condes de Carrión, Fernando y Diego. Se dice, incluso, que el encuentro fue preparado por el mismísimo Rey Alfonso VI en el denominado Palacio del Cid, que también es parte del conjunto histórico arquitectónico, orgullo de los requenenses. La historia recoge, asimismo, la llegada de Santa Teresa de Jesús en Requena, con motivo de la visita que, procedente de Villanueva de la Jara, realizó al convento de los carmelitas para atraer a los frailes de la comarca a su reforma. En todas las épocas el hombre ha intentado transmitir sus recuerdos y experiencias a sus descendientes y a las siguientes genera14


ciones. De esta manera, parte de la memoria familiar o colectiva de un territorio se suma a los recuerdos y experiencias vividas por cada persona en particular y éstos, por su parte, también se irán sumando a la cadena sucesiva de transmisión generacional. A la transmisión de hechos pasados en forma escrita se la considera “historia”. Por el contrario, se da el nombre de “leyendas” a aquellos hechos transmitidos de forma oral, de generación en generación. Se sabe que estos hechos pueden sufrir añadidos o eliminaciones con respecto al hecho original, o pueden, incluso, ser producto de la imaginación de una persona en un determinado momento. Pero lo cierto es que muchas veces, en su proceso de transmisión, han llegado a adquirir la consideración de hechos reales. Varias son las leyendas que deambulan aún por las calles de Requena y que me fueron contadas hace tiempo por mis mayores, siempre adjudicadas a un hecho real. Claro que de la mano de cada historia había una enseñanza, una cita o un ejemplo, que pasaron a ser parte de mi formación. A través de ellas buscaban, supongo yo, poner freno a mi impaciencia, en algunos casos, o, simplemente, que yo aprendiera y cultivara ciertas virtudes.

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La piedra

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magínense una época mucho más antigua. Una época donde la agricultura era el principal motor de la economía, donde las propiedades estaban concentradas en unos pocos y en donde los medios de locomoción eran, para casi todos, las propias piernas y algún que otro asno. La mayoría de la gente, al no tener otra opción, trabajaba como jornaleros en los campos. Claro que no contaban con ningún tipo de seguridad social y dependían de la caridad como única asistencia. Pero algunos pocos, en lugar de ser jornaleros, eran medieros o caseros en fincas o heredades agrícolas. Tenían, por sobre los demás, la ventaja de vivir en una casa; a cambio, cuidaban de la finca del amo, quien, a su vez, les permitía tener un escaso terruño en donde cultivaban verduras, hortalizas y hasta legumbres para su sustento. Tenían también un pequeño corral para criar gallinas y conejos. Cambiaban tanto los animales como sus productos por otros de mayor necesidad, como aceite, arroz y harinas, y también servían para pagarle al médico. Los ancianos eran, por aquel entonces, los auténticos patriarcas familiares, hacían y deshacían con verdadera autoridad. Pero también, en ese entonces, todo tenía un límite, y llegaba un momento 16


en que el hijo mayor se dirigía al amo y le decía, con todo respeto y educación: — Mire, de ahora en adelante, en lugar de a mi padre usted podrá darme las órdenes a mí. Y de esta forma, sencilla, sin papeles ni documentos, era transmitida la herencia del trabajo. En una de aquellas fincas o heredades, vivía una familia de estas características, y el hijo mayor hacía ya tiempo que había tomado esta decisión. Y desde ese momento el padre había pasado a ser un mero objeto, sin nada más que hacer que esperar la muerte. El trabajo allí era continuista y había que realizarlo según las estaciones: labrar la tierra, sembrar, cosechar, trillar, almacenar, podar los árboles, recoger las aceitunas, guardar la leña para el invierno... En la propia casa el trabajo era igualmente intenso: amasar, cocer el pan, hacer jabón de los sobrantes del aceite, elaborar los productos de la matanza, etcétera. Cuando llovía y no podían hacer otra cosa, se arreglaban los aperos de labranza o se picaba el esparto sobre la piedra, a golpe de maza. Así transcurría el tiempo, y nuestro anciano se convertía, día a día, en un verdadero estorbo. Molestaba en todas partes. Ya no lo dejaban comer en la mesa, el pobre lo hacía aparte, en uno de aquellos bancos de piedra que había en la enorme cocina. La situación se hacía difícil. El matrimonio tenía que atender los trabajos de campo y de la casa, y algo había que hacer con el anciano. Decidieron que lo mejor era llevarlo al hospicio, donde podrían atenderlo hasta que llegase el inevitable momento de la muerte. El asilo, hospicio u hospital, como se lo llamaba entonces, estaba lejos de la finca. Así que una mañana temprano salieron de la casa, el padre y el hijo, con destino al asilo. Y anda que andarás, llegaron por fin hasta el caminito empinado y de gran pendiente que conducía al albergue para ancianos. Comenzaron a subir aquella larga 17


y penosa cuesta. El padre no podía más, y el hijo optó por cargárselo sobre su propia espalda y continuar subiendo. Caminaba, subía poco a poco, pero cada instante se hacía más penoso, más difícil. De pronto divisaron una enorme piedra que, supusieron, podría servirles de asiento y de descanso, y hasta allí se dirigieron. Se sentaron los dos; respiraron y se sintieron más descansados. Hubo un gran silencio. Nadie decía nada. Hasta que, finalmente, el anciano le dijo su hijo: — Lo que son las cosas... en esta misma piedra también descansé yo cuando llevaba a mi padre al asilo... El hijo se levantó rápidamente y le contestó a su padre: — Volvamos, volvamos a casa, que yo no quiero que dentro unos años mi hijo también tenga que descansar sobre esta misma piedra cuando me traiga a mí al asilo. Con decisión firme, los dos volvieron a casa. Y juntos, con toda la familia, esperaron con serenidad y paciencia, y con toda la dignidad posible, hasta que la hermana muerte vino por aquel anciano. Fin de la historia. Mi madre se encargó de que yo conociera la piedra donde este buen hombre había descansado en la cuesta que llegaba al asilo. En uno de mis viajes a Requena, caminábamos los dos tomados del brazo, bajando por el callejón de los gitanos. Conversábamos muy interesadamente cuando de pronto, mi madre se detuvo y me señaló una puerta, justo a la salida del callejón, haciendo cruz con la calle de los Desamparados, y me dijo que en esa piedra había descansado aquel anciano al que querían llevar al asilo. Sin dudas, estaba cumpliendo con su objetivo de hacerme entender qué había que hacer con los ancianos o, mejor dicho, que no había que hacer con ellos. Mucho tiempo después descubrí que la historia del anciano y la piedra no era más que un cuento tradicional y universal. 18


La leyenda de la dama y el vino

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e contaba que, años atrás, antes de la reconquista de Valencia, había una dama, heredera de una familia mozárabe. Parece que esta dama había mantenido, generación tras generación, la tradición del vino en Requena. Sus extensos viñedos le daban categoría de aristócrata rural. Siendo la doncella bellísima, nadie en la comarca tenía un aspecto más noble. Eran tiempos de trovadores, que ejercían su arte tanto en los reinos cristianos como en las cultas castas hispanas, de donde –se dice– provenían. Muchos eran los que llegaban a Requena a trovar a la hermosa joven que crecía junto a los viñedos, alimentada por aquella tierra generosa y por el cálido sol, tan bella como la uva dorada. Pero los rumores de que en Requena se producía algo más que uva de mesa y pasas, alertaron al rey Almohade de Valencia, quien envió a uno de sus mejores caballeros con sus tropas para que erradicara la producción de vino. A ese joven caballero lo llamaban “el Caballero de la Media Luna”. Una vez en Requena, el Caballero nada pudo averiguar sobre dónde y quiénes guardaban el vino, aunque de inmediato supo de la 19


dama Sol –tal era su fama– y quiso conocerla. Cuando los ojos del Caballero de la Media Luna se encontraron con los azules de la dama Sol, se produjo una fascinación inmediata y, olvidándose de sus órdenes represoras, el musulmán quiso cortejarla como un trovador más. Ella, conociendo el triste deber del Caballero, empezó a sentir que su corazón se partía entre el amor por su tierra, su tradición y su familia, y el amor al apuesto musulmán. Y cuando llegó el momento en el que el trovador le pidió un beso a la dama, ésta repuso: “No probaréis mis labios sin antes probar mi vino”. No era esa una petición fácil para el caballero musulmán. Por un tiempo se debatió entre el amor y el deber, pero, como siempre, ganó el amor. Y así, en un atardecer en el que la media luna se elevaba al caer el sol, él probó por primera vez el vino, y la dama, el amor. El Caballero sintió que en aquel beso perdía no sólo los sentidos sino también el alma; fue un momento mágico y eterno, donde el viejo dios del vino unió a la pareja de tal forma que nunca más pudieron separarse. Los amantes se casaron en secreto. El Caballero de la Media Luna pasó a proteger la comarca de Requena y sus bodegas subterráneas, donde maduraban el vino y el amor. Cuando el rey moro de Valencia supo que había sido traicionado, se puso frente a un ejército para aprehender y ejecutar al Caballero. Pero éste, avisado por un amigo y comprendiendo que la reconquista cristiana era imparable, se adelantó a su destino y supo pactar con sus antiguos enemigos de la fe, que lo respetaban por su valor. El Caballero se convirtió al Cristianismo, y el Rey de Castilla lo hizo noble a cambio de un juramento de fidelidad. Cuando el Rey Almohade llegó a Requena no se atrevió a enfrentarse a un enemigo tan poderoso y se retiró, pues junto a las tropas del Caballero formaban mozárabes y cristianos. Poco después perdía su reino frente al Rey Jaime I de Aragón. La dama Sol y 20


el Caballero de la Media Luna conservaron sus tierras, su vino y su amor, y sus hijos fueron seĂąores de Requena. Y asĂ­ fue como aquel amor oculto y el vino mozĂĄrabe, secreto de Requena, se mostraron al fin, a la luz del sol, con todo su esplendor.

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La historia del corregidor de Requena

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uando de madrugaba regresaba de mis noches y me cruzaba con mi padre, él, con una mueca en su boca y una sonrisa cómplice me decía: – Óyeme ¿vas o vienes? Ten cuidado que no te pase lo del corregidor de Requena. Yo no entendía a qué se refería, hasta que, finalmente, logré que me contara la historia, que no era más que una leyenda. Trasladémonos hacia mediados del siglo XVI. Parece que en la muy leal villa de Requena, un suceso conmovía al vecindario. Desde hacía algunas noches, un fantasma recorría las calles, envuelto en un sudario, cubierto con un cucurucho brillante y lanzando desgarrados suspiros y terribles gritos. Lentamente, el rumor se extendía por la villa. Lo que al principio se tomó como broma de estudiantes o cuentos de comadres, resultó ser espantosamente cierto. Algunos jóvenes nobles quisieron cazar el ánima penitente o a la criatura infernal que arrastraba sus cadenas, pero quedaron helados de terror al ver aquella figura delinearse al rayo de la luna, susurrando lúgubremente y profiriendo lamentos, como presa de lacerantes dolores. Ya nadie se atrevía a salir de casa por las noches. Día tras día se 22


intentaba deducir por qué misteriosa causa el espectro se paseaba por las calles de la ciudad. Pero ni físicos ni frailes podían aclararlo. Y todos corrían a cerrar puertas y ventanas apenas el cielo se ennegrecía. Toda Requena era presa del pánico, menos el corregidor. En su despacho, maduraba un plan para atrapar al maldito ser, vivo o difunto, que estremecía de terror a los requenenses con su mortaja, las cadenas y los lamentos. Lo cierto es que el aparecido, todas las noches, iba a una casa de la calle de Santa María. Allí, en esa calle donde asentaron sus casas solariegas los caballeros que conquistaron Requena a los moros, vivía una viuda, a la que el fantasma visitaba al caer el sol. Para proteger la virtud y el buen nombre de la dama, el amante se ocultaba bajo el disfraz de visión, cubriendo así sus amores de las malas lenguas y las murmuraciones. El corregidor, mientras tanto, buscó a dos cuadrilleros y les dio instrucciones concretas. Aquella noche, el trasgo salió de la casa de su amada, se deslizó por detrás de la iglesia del Salvador y llegó hasta el castillo, enorme y pétreo. Nadie lo seguía. Pero unos ojos lo espiaban en la oscuridad. Los cuadrilleros temblaron al ver su aspecto. Iba cubierto con un enorme manto blanco, a guisa de sudario, y en la cabeza llevaba un enorme cucurucho, en cuyo interior brillaba una lucecita. Sintieron que sus piernas flaqueaban, pero empuñaron los mosquetes y dispararon. El fantasma cayó en la cuesta del castillo, envuelto en la mortaja, que se iba empapando de sangre. No exhaló ningún suspiro, tan rápida fue su muerte. El corregidor había dispuesto que el cuerpo no se tocase hasta bien entrado el día. Y así se hizo. Con el sol en alto, el corregidor, seguido de los alguaciles y cuadrilleros, fue a ver al yacente, todavía sin identificar. Al llegar, el pueblo estaba allí, expectante; el corregi23


dor ordenó descubrirle el rostro, y un alguacil se agachó, apartando el cucurucho y la tela. El falso fantasma fue reconocido por todos: ¡era el hijo del corregidor! Al verlo, el funcionario no pudo reprimir un gemido y se postró con tristeza, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, confundiéndose con la sangre que manchaba piedras y manto. En memoria de este triste acontecimiento, se colocó una cruz, hoy desaparecida, en el lugar donde había caído el joven.

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La historia del sordo en Hortunas

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abía otra leyenda que solían contarme, cuando me daban alguna indicación y yo no la escuchaba (o no quería escucharla). Entonces venía la frase: “A ti te pasará lo del sordo en Hortunas”. Parece que en el camino antiguo de herradura de Hortunas a Requena, existe una piedra con una cruz, que recuerda otro episodio por el cual la gente de esas tierras tenía motivos para considerar crueles e irreflexivos a los componentes de las partidas carlistas. Oí contar a los viejos de Hortunas que, durante una de las guerras carlistas, salió a pie un hortunero de su aldea con dirección a Requena, cosa que era muy habitual en aquella época. Antes de llegar a tierras de la partida de La Portera, un grupo de soldados carlistas que estaban emboscados, vigilando el paso de transeúntes de dicho camino, le dieron el alto. Este hombre, del que no se recordaba el nombre, pero que era muy sordo, no los pudo oír y siguió caminando apenas unos pasos, pues casi al instante cayó al suelo abatido por los fulminantes disparos que le lanzaron los carlistas. La cruz del camino se colocó en memoria de su alma y como recuerdo del hecho. Desde entonces, se conoce el paraje y a la propia piedra como la “Cruz del Sordo”.

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La historia del cura de Perica

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ada tanto, y como una advertencia o consejo, mi padre me decía: – Cuidado, mira con quién andas, no vaya ser que termines cantando como el cura de la Perica. Mi padre hacía referencia a la aldea de Camporrobles, que había logrado la emancipación de Requena en 1782. Cuando se produjo la separación, Camporrobles, aun siendo aldea, ya tenía una demarcación propia, como el resto de las aldeas. En la demarcación de Camporrobles, que había sido hecha en octubre de 1563, la mojonera establecida era bastante normal, pero al marcarla se excedieron bastante. Este amojonamiento quedó “a un tiro de perdigones más o menos”, como textualmente se cita en los documentos de la época; además, se menciona también “el modo tan vicioso con que los apeadores de Camporrobles giraban el deslinde”. Se cuenta que un mozo de Fuenterrobles, conocido como “el hijo de la Perica”, fue llamado a filas y le tocó como destino Madrid. Al cabo de un tiempo, pasó a formar parte de la Guardia de Palacio y allí tuvo un romance con una infanta o una dama de alto rango. Enterado el Rey –o un personaje importante de la corte, no se sabe– de este asunto, intentó que aquel romance no continuara, haciéndole ver a nuestro personaje lo descabellado de semejante idilio. Se le ofreció lo que el mozo más deseara con tal de que diera por terminado el amorío. Finalmente, lograron convencerlo, y el hijo de la Perica se animó a pedir dos cosas: la primera, poder cantar misa 26


cuando quisiese –se le conocía, también, como “el cura de la Perica”–, y la segunda, que el término de Camporrobles fuese recortado, y que se llevaran los mojones que había en la zona de Fuenterrobles hasta donde están en la actualidad. Sus deseos le fueron concedidos. Por su parte, él cumplió con lo pactado y volvió al pueblo. Allí, se dedicó a albergar ganado. Los corrales de ganado o parideras, cuya misión era cobijar y proteger las reses de pastoreo por las noches o en días de crudo invierno cuando las fuertes nevadas hacían imposible sacarlas a apacentar eran, al mismo tiempo, lugares de almacén y recogida del apreciado estiércol, aprovechado para abonar de forma natural las huertas dedicadas a hortalizas y, sobre todo, las viñas. Algunos corrales poseían cabañas que servían de humilde vivienda para personas pobres que carecían de ella.

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Un pueblo partido al medio

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ebo agregar, a modo de descripción –sin demasiado rigor histórico– y más allá del condimento de las leyendas, que a este pueblo, como a casi todos los de entonces, se los partía por el medio. En este caso, el pueblo quedó atravesado de lado a lado por la carretera Madrid-Valencia. El cementerio y la casa de putas quedaron “del otro lado del pueblo”, casi como una manera de ocultar aquello que no se quería ver. Me pregunto por qué siempre sucede así (quiero decir, esta manía que tenemos los humanos de morirnos y de tener sexo). La cosa es que las puertas de acceso a estos dos lugares quedan a una distancia no menor de trescientos metros. Tan española esta imagen, de un surrealismo importante: lo que existe, existe, pero ¡por Dios y los santos!, que no se vea. Así, una calle baja desde lo más alto del pueblo y te conduce hasta la mismísima puerta del cementerio. Es la calle de los Desamparados, ¿de qué otra manera podría llamarse? Cierto día, llegó a la villa de Requena un miembro de la familia real, en el momento preciso en el que varios hidalgos disfrutaban del sol invernal en el Portal de Castilla. Algunos muchachos, de puro curiosos, se acercaron a la carroza que traía a tan distinguido viajero y, noticiosos de su alcurnia, lo comunicaron a los hidalgos, quienes prosiguieron con su paseo. Apercibido el noble huésped de lo que consideró una desdeñosa 28


actitud, les dirigió algunos reproches; más uno de ellos lo atajó con estas palabras: “Señor, yo soy Zapata; vivo en casa propia, no debo nada a nadie, tengo pagados a mi Rey y señor todos los tributos y, como son las doce, me marcho, pues la olla me espera”. Tras un reverente saludo, se fue, dejando perplejo al auditorio. Con respecto al “requenudo”, que sería una manera de denominar al nacido en Requena, detallo definición del carácter del “requenudo“: Mezcla de altivez, cautela y ruda franqueza. Su manera de ser queda reflejada en algunos dichos populares: Cuando mate que no me envíe el presente. Tomar fríos y calores. Arranca de caballo y para de burro. Cada uno a sus uñas. No necesito sardinas para beber vino. Por otra parte, Larruga, en 1792, en memorias histórico-económicas escribió: “Son de buen talante y buenos para lo que se les quiera aplicar; saben conservar sus intereses y anhelan siempre aumentarlos, y no son fáciles para mudar de costumbres; son gente de sincero corazón, inclinadas a la virtud e incansables en el trabajo; se nota bastante aplicación en hombres y mujeres y excusan cuanto pueden el luxo”. Más adelante, en 1816, Laborde, en itinerario descriptivo, concreta: “Los moradores de Requena, que por todas partes están en actividad, son francos, alegres y placenteros, y muy amantes de la música y el baile”. Otro aspecto característico de la manera de ser del habitante de Requena se lo encuentra en cierto humorismo zumbón.

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Algunas costumbres de Requena “Es mejor proponerse saber aun cuando no lo necesites que cuando lo necesites no saberlo”

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vancemos en el tiempo hasta comienzos del siglo pasado, época en la que ya puedo citar mis orígenes. Parece que entonces no se la pasaba tan mal. Lógicamente, existían grandes diferencias económicas entre la clase dominante, a cuyos miembros se los llamaba “los señoritos”, y aquellos otros, “los jornaleros”. Existían, también, los que por alguna razón –por lo general, por conocimiento heredado–, ejercían algún oficio. Esa diferencia social, propia del pueblo y de los tiempos que corrían, se manifestaba de diferentes maneras. Por ejemplo, y hablando de las expresiones culinarias, a las patatas cortadas a modo de bastón se las llamaba “patatas de señorito”; por lo contrario, las cortadas en fetas –las que actualmente se conocen como “papas a la española”, se las denominaba “patatas del montón”, y eran las de los jornaleros, también llamadas “patatas a lo pobre”. Casi me atrevería a pensar que esta sutil diferencia se debía sólo al control que había que tener en uno o en otro caso con el consumo de aceite, habida cuenta de que las de bastón requieren mucho más 30


aceite que las otras. En ese entonces, el aceite era un producto caro, de difícil acceso para las clases bajas. Si hasta dicen que se mercadeaba como si fuera una piedra preciosa. Aunque, puestos a elaborar una hipótesis filosófica bien barata sobre el comportamiento humano, podríamos argumentar otra teoría, no relacionada a la economía. Los señoritos querían individualizarse con sus patatas bastón, diferenciándose así de los jornaleros y sus patatas de montón. Estos jornaleros, que comenzaban su día muy temprano, acostumbraban a desayunar cerca de las ascuas que quedaba en el hogar de la noche anterior. Alguna cabeza de ajo hecha a las brasas, con alguna “cortada de chino” (así se le llamaba al cerdo… ¿por qué un nombre tan injurioso hacia nuestros hermanos asiáticos?). Luego el padre y sus hijos varones se iban a trabajar. Se transportaban en mula o caminando hasta las tierras del señorito. Ahí quedaban las brasas para colgar el caldero, al cual se le iba arrojando todo lo que se recolectara en la huerta, más algo de chicha para completar el cocido. Este cocido era llevado muchas veces camino arriba, por senderos angostos y llenos de piedras, con frío o con sol. Lo preparaba con esmero la madre para su marido, que se rompía la espalda trabajando para poder alimentar a su familia. Causa gracia pensar que estas comidas tan calóricas consumidas por los jornaleros sean hoy parte de la llamada “Nueva Cocina Mediterránea”. Otra costumbre antigua reservada para las mujeres era la matanza del cochino, un menester típico de entonces. Hacía falta una enorme mesa, una gran olla y varios afilados cuchillos. Esa mañana, todos se levantaban muy temprano para prender el fuego y calentar el agua, para usarla una vez matado el animal. Colocaban el cerdo –el que había sido atrapado entre tres o cuatro personas– sobre la mesa y se le clavaba un cuchillo largo y filoso en la garganta, hasta 31


llegar al corazón. La sangre, que salía a borbotones, caía en una olla. Con esa sangre se hacían las morcillas tan famosas de Requena. Una vez muerto el cerdo, se le pasaba agua hirviendo y se le sacaban las cerdas con los cuchillos que se habían afilado el día anterior; se le retiraban las tripas, el corazón, el hígado y demás órganos; luego se lo lavaba y se lo dejaba en la mesa. Las mujeres cargaban las tripas hasta el arroyo, donde las lavaban con agua limpia. Como hacía mucho frío, mientras trabajaban tomaban vino con miel. Se ponía el cerdo al fresco hasta el día siguiente. Entonces se lo faenaba: se sacaba el lomo, los costillares y el tocino, los jamones y las patas. A la cabeza se le pasaba un hierro caliente para quemarle todos los pelos. Lo mismo se hacía con las patas, el hierro caliente pasaba entre las uñas y de esta forma quedaban limpias. Se picaba a mano la carne y se ponía en adobo hasta el día siguiente, cuando se fabricaban los chorizos y las morcillas. Ese día se ponían los jamones con sal, después se colgaban los chorizos, y todos los curtidos en el altillo. Ahí quedaban durante treinta días. Luego se los dejaba descansar y a partir de los tres meses, ya estacionados, estaban en condiciones de ser comidos.

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Los bailes y las fiestas

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os bailes era el lugar donde los mozos y las mozas tenían la oportunidad de reunirse festivamente y cantar juntos en la noche de San Juan (el 24 de junio) y también, pero en menor medida, en la de San Pedro (el 29 del mismo mes). Durante la víspera de San Juan se preparaban enormes montones de leña en diversas calles y por la noche se encendían las “luminarias”. Las mujeres del pueblo tenían preparadas grandes cantidades de castañas para asarlas en las hogueras, que congregaban a mucha gente, especialmente a los jóvenes, hasta el amanecer. De los galanteos de las rondas resultaba, lógicamente, la concertación de muchas bodas. Algún tiempo después (normalmente, varios años) de obtener el novio la entrada en casa de la novia y de rondarla muy a menudo, la relación se consideraba suficientemente sólida como para comenzar todos los preparativos de la boda. Entonces se echaban tres veces las “amonestaciones” y se exhibía el ajuar de la novia (vestuario, ropa de cama y algunos muebles) en una habitación abierta a las visitas, la víspera o la antevíspera de la boda. Cada visitante que iba a “mojetear” tenía la gentileza de dejar algunas monedas en los zapatos de la novia como deseos de felicidad. Los festejos duraban tres días (víspera, boda y tornaboda), a lo largo de los cuales se hacían las diferentes comidas, se bailaba en la plaza 33


o en las casas de los novios, y tenían lugar desbordantes serenatas. El día de la boda propiamente dicha se cantaba en todo momento: al acompañar a los novios hasta la iglesia, se seguía cantando fuera de la iglesia, durante la comida, en los postres, en el baile que comenzaba después y también durante la animada ronda que seguía al baile. Los festejos remitían bastante el día de la tornaboda, reservada para los familiares, que comían los manjares sobrantes y ayudaban a limpiar la casa y a fregar la loza.

Ellos eran cuatro y nosotros ocho. Vaya palicita, Que le dimos ellos a nosotros. Yo que soy más fuerte escojo al más flojo. Hay madre querida Si no me lo sacan Me saca los ojos

Los domingos, todos iban a misa. El señorito, por delante con su carruaje, y los jornaleros por detrás, caminando en serena y calma procesión para demostrar que por más que estuvieran separados, eran todos iguales ante Dios…, salvo por algunas pequeñeces… unos caminando y los otros en carro. La reunión para los mozos y mozas era los domingos. El lugar, la “glorieta”, situada justo frente al ayuntamiento, como si el alcalde quisiera controlar todo lo que por allí pasara. Se trataba, en realidad, de una pequeña plaza de tierra, rodeada por árboles, los que más de una vez sirvieron de telón para que algún que otro 34


beso pudiera ser robado. Como techo, las bombillas de colores y la infaltable orquesta que entre pasodobles y chotis, animaban la noche susurrando las estrofas de…: “La española cuando besa / Es que besa de verdad / Y a ninguna le interesa / besar con frivolidad / El beso, el beso, el beso / en España…”. Había competencia de baile, y se elegía a la mejor pareja. Cuentan los memoriosos que Pilar y su primo Martín eran los más aplaudidos, noche tras noche. Suelo preguntarme detrás de cuál árbol mi padre miraría la escena. “Mi primo Martín Bastidas” (como lo nombraba mi madre) bailaba enfundado en unos pantalones perfectamente planchados, con la raya al medio marcada con una perfección lineal increíble y las botamangas moviéndose y enroscándose en los tobillos. Parece que llevaba oculta en las botamangas una pequeña pesa, quizás sacada de la carbonería, para que esos pantalones se movieran con piruetas imposibles de imitar. Con sus zapatos entalcados en suave polvo, el primo Martín Bastidas reía, bailaba, compartía con otros el desahogo de una semana laboriosa. “Bastaba estar la noche bailando con la misma persona para que te lo echaran por novio”, solía decir mi madre, vanagloriándose de su buen pie para el baile. Los jóvenes se encontraban en la glorieta a mostrarse y a jugar el juego de la seducción. Ellos, ataviados, limpios y perfumados, a tal punto que si no se hubieran conocido de toda la vida, habrían pasado por lo que no eran. Ellas, con sus vestidos por debajo de las rodillas, marcando las cinturas y mostrando apenas las pantorrillas. Sin duda, el mayor esfuerzo era imaginar lo que no se mostraba. Contaba mi madre que una noche, ya terminado el baile, se iba ella caminando hacia su casa cuando de pronto se le acercó uno de aquellos mozos y le dijo: “¡Qué piernas tienes, mujer!”. Mi madre se atrevió a responderle: “ Y si las vieras más arriba…”, con lo 35


cual no pudo sacárselo de encima durante todo el camino hasta la puerta de su casa. Sin explicación –por lo menos, sin explicación científica alguna– pero real a fuerza de ejemplos, daremos como válida una de las tantas historias que decía que los hombres más guapos eran los de Las Peñas, lugar del pueblo que se encontraba en las alturas. Parece que desde allí, los hombres bajaban como aves rapaces a buscar a sus presas, todas ellas de Las Ollerías (así se llamaba el lugar, pues tenía un pasado alfarero) o de La Villa (denominación que se le daba por ser la parte más vieja del pueblo). Se suma a la verdad revelada sobre los hombres más guapos que las mujeres más bellas eran las que allí se encontraban. De más está decir que esta explicación no es compartida por nadie que no esté involucrado en esta antojadiza división humana y geográfica. Los que quedan afuera desmienten esto con una cantidad de ejemplos que son excepciones que, según criterio de los demás, lo único que hacen es confirmar la regla. Creo yo, sin exagerar, que este es uno de los pocos temas que, si salieran otra vez a la luz, podría dar origen a la segunda guerra civil española. Digo más, creo que en cada pueblo de España existe una divergencia de fondo, capaz de separar, como Moisés, las aguas del Mar Rojo.

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Mis padres “El argumento era tan verídico y todos los personajes eran tan reales. No era difícil recordarlo todo, pues no había inventado nada”. (Truman Capote)

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ilar había quedado huérfana de madre a los 10 años. Como es de imaginar, este hecho la marcaría por el resto de su vida. Su madre había muerto con la llegada de su hermano menor, a poco tiempo del parto. A pesar de todo, los recuerdos de Pilar eran muy vívidos… siempre nos contaba que recordaba a su madre lavando en el arroyo que pasaba por debajo del puente de Las Ollerías. Suponemos que habría quedado muy débil después del parto, pues no pudo recuperarse, enfermó y poco tiempo después murió. Esta desgracia la acompañó toda su vida, por eso nunca recibió la noticia de un embarazo con alegría; siempre había en ella un dejo de tristeza y muchísimo temor. Cuando le preguntaba a mi madre qué era lo que más deseaba o que le hubiera gustado haber tenido, ella siempre me respondía que lo único que le hubiera gustado tener era una madre a quien llamar. Me contaba que apenas enterrada su madre, le preguntaron a su padre, el viudo, qué pensaba hacer con los hijos, dos varones –uno 37


de “mantillas”, el recién nacido– y dos mujeres. Era costumbre en el pueblo preguntarse qué sería de la vida del reciente viudo, en este caso, José, con sus cuatro criaturas, no tanto por un verdadero interés por resguardar a la familia, sino más bien porque los hijos varones hacían falta para el trabajo en el campo, y las mujeres, para ayudar en la casa. Mi madre no olvidaría jamás la respuesta que recibían todos ellos de su padre, cuando, uno a uno, iban pasando por su casa para brindarle el pésame: – Quedaros tranquilos, que todos caben y a todos llego con mis brazos, y con mi capa aún puedo abrigarlos. Acá vale hacer una aclaración: verdaderamente, mi abuelo no se llamaba José, cosa que resulta doblemente ridícula, ya que en su honor yo mismo llevo el nombre de José. En realidad, su nombre era Florencio, pero como había muerto su hermano José en la guerra de Cuba, su madre, presa de la angustia, decidió cambiar el nombre de su hijo Florencio, ya bautizado. Fueron sus vecinas y amigas las que le aconsejaron comenzar a decirle José a Florencio…, y tanto José, José y José, que al pobre Florencio no le quedó otra que cargar con el nombre de su hermano muerto hasta en la lápida del cementerio, que reza: José López Chapa. Gente ocurrente la del pueblo de Requena, ¿cierto? Pilar, nacida en este hogar sin madre, siempre fue contenida por su padre. Ella misma, desde muy pequeña, fue la responsable de asistir a sus hermanos. Vivían en una casa a pocos metros del puente de Las Ollerías. Apenas se cruzaba el puente, a mano derecha, se encontraba la casa de la familia. Era una casa blanca de dos plantas y techo de tejas – construcción típica de la época–, con un pequeño balcón repleto de macetas con plantas colgantes. Se entraba a la casa a través de un portón de madera que daba a 38


un patio de entrada. A la izquierda, una puerta por la que se accedía al comedor y a la sala de estar. En aquella sala se vivía el día a día: se hacían las labores, se arreglaban las flores del azafrán, se cuidaba que ninguna ventisca volara los ahorros de la familia y hasta se cocinaba, pues tenía una chimenea de gran tamaño, de esas en las que uno puede entrar parado. Al costado de la chimenea había una escalera que llevaba a la planta alta, donde estaban los dormitorios. Al fondo del patio de entrada se encontraba la cuadra donde mi abuelo guardaba el macho (el burro) y donde se criaban algunas gallinas.

Abuelo Florencio (o José, lo mismo da) 39


Era típico de Pilar nombrar a su familia anteponiendo el pronombre “mí”. “Mi Carmen”, “mi Faustino”, “mi Manolo”, costumbre que prosiguió toda su vida con sus sobrinos, hijos, nietos… y cuanto ser estuviera cerca de ella. Mi padre, Manolo, no tuvo contratiempos en su niñez. Se crió junto a sus padres, Demetria y Manuel, con un hermano menor llamado Jesús y dos hermanas, Pilar y Carmen. Desde pequeño se diferenció de sus amigos, era más pensante que ellos; siempre tenía una frase o un comentario que los hacía ir más allá que lo que estaban viviendo. La casa de mi padre se encontraba en el Paraje llamado “Coto Manglano”, de ahí el apodo de “los coteros”. El tejado de la casa era a dos aguas, de pizarra, para que escurriera la lluvia y la nieve. Tenía una planta baja y una, alta; las habitaciones eran blancas. Había un altillo donde se guardaban los chorizos, los jamones, los quesos, el tocino, la harina, las uvas secas, las nueces, las patatas, los pimientos, y donde se secaban las chauchas con sus vainas. Cada vez que mi padre miraba el cielo para ver qué tiempo nos esperaba, repetía: “Está nublo y huele a queso”. Claro que esta frase tenía su historia. Parece que un hombre de Requena mandaba a su hijo al altillo para que le contara cómo estaba el cielo y así saber si trabajaría en el campo al día siguiente. Pues el chaval no sabía que su madre solía guardar los quesos allí, entonces, muy seguro, sentenciaba: “Padre, está nublo y huele a queso”. Al fondo estaba el lugar para la caballeriza y los cerdos. Su comida se guardaba en una bodega para el invierno, cuando se les daba de comer en unas tinas grandes. En tiempos fríos, calentaban la comida en unas ollas grandes y se les daba nabos, berzas y calabazas, especialmente en invierno, ya que en esta zona hace mucho frío y los charcos y los arroyos se congelan. 40


Después de concurrir a la escuela a la mañana y a la tarde, uno de los trabajos de mi padre era recoger leña del monte. La leña se mezclaba con boñiga, se formaban unas bolas que, una vez secas, eran usadas en la cocina a leña. La cocina a leña tenía dos hornallas donde se ponía la leña y el carbón, y con ese fuego se calentaba un depósito de cobre y bronce que había en la cocina. El agua llegaba desde la fuente que estaba a unos metros de la casa, a través de cuatro caños. Se cargaba así el cántaro de cobre, que siempre estaba en la cocina con agua fresca, que servía para tomar y cocinar. En el huerto que estaba al lado de la casa se plantaba todo tipo de verduras: acelgas, berzas, repollos. Los mayores eran los encargados de sembrar y cosechar con la indispensable ayuda de los pequeños.

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El tío picaporte

(o el hombre de las rosquillas)

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ituémonos en los años 40 y 50. La alegría en este típico pueblo español brotaba desde las yemas de los sarmientos de las vides e invadía el espíritu de hombres y mujeres. El amor, el deseo y la seducción se sentían por todos lados. Los encuentros no eran al azar. Quizás desde pequeños unas y otros se buscaran, entablando las primeras miradas cómplices. Luego llegarían los encuentros en el colegio o, mejor dicho, en “lo de Paquita”. Imagino la más tierna de las imágenes: lo veo a mi padre yendo con su pizarra atada al cuello, su tiza y un estropajo para borrar rápidamente el posible error. Los alumnos no estaban separados por años, no, eso no se usaba en aquellos tiempos, todos juntos y en alegre montón. La educación se iría transmitiendo con mayor o menor éxito según la percepción que tuviera cada alumno. Algunos avanzarían, otros quedarían rezagados hasta que, finalmente, dejarían de concurrir. Visto a la distancia y con la cuota de ironía que corresponde, podríamos decir que se trataba de los primeros ensayos de educación personalizada. Los niños se divertían con muy poco. Contaba mi tío Manolo (el hermano de mi madre, el “de mantillas”) que de pequeño, lo 42


que se dice faltar, no le faltaba nada pero tampoco le sobraba. Para las fiestas del pueblo, un buen cabrón ataba con una tanza una rosquilla a una caña y se paseaba por las calles del pueblo diciendo: “¡A la rosquilla, a la rosquilla!”, y todos los chavales intentaban morderla para poder gozar de semejante premio. También me contaba que él tenía “las narices chafas” de tanto apoyarlas en los vidrios de la pastelería, donde se exhibían los dulces más apetecibles. Un paréntesis: parece que las golosinas cumplían un papel casi fundamental en ese entonces. Una golosina era una herramienta muy fuerte y sutil para poder manipular las mentes. Luisa, tía abuela de mi padre, muy religiosa ella, escondía caramelos detrás de una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, con la intención de mostrarles a sus sobrinos la capacidad que tenía el Sagrado Corazón de realizar milagros. Sólo un milagro podía hacer aparecer algo tan difícil de conseguir en aquellos años.

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Pero volvamos al hombre de la rosquilla. Parece que aquel personaje de la rosquilla era el “tío picaporte”, un buen hombre que se dedicaba a tareas de albañilería y herrería. Dicen que cuando era necesario tomar una medida se lo citaba, porque este hombre, que no tenía jamás un metro, tomaba las medidas ¡abriendo los brazos! Con la puntas de los dedos de ambas manos tanteaba la medida y así, con los brazos abiertos e intentando que la medida no se modificara, atravesaba las calles de Requena hasta llegar a su taller. Es de comprender que esa medida jamás se acercaba a la real, con lo cual sus trabajos siempre resultaban más chicos o más grandes. Claro está que desde pequeño, cuando mi padre me indicaba que tomara alguna medida, la frase que nunca faltaba era: “José, ¡que no te vaya a pasar lo del tío picaporte!”.

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Guerra Civil Española

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comienzos de 1931, comenzó en toda España lo que supuso un cambio político de enorme trascendencia, el pueblo decidió una nueva forma de gobierno por lo que el Rey Alfonso XIII decidió abdicar su corona y junto con su mujer, la Reina Victoria, se fue a vivir a Italia. La creación de este nuevo sistema de gobierno republicano derivó en la división de España en derechas e izquierdas (republicanos y falangistas). Transcurrían los años y el malestar político del pueblo iba en aumento, al tiempo que se radicalizaban las posiciones. A mediados de año, las tropas que se encontraban en territorio africano al mando del Generalísimo Franco (con perdón de la palabra) se levantaron contra el gobierno de la República. Mientras sucedían estos hechos, en Requena comenzaban las reuniones en el café de Colache, donde la Guardia Civil se reunía para marchar hacia Madrid y colaborar con el gobierno. Dentro del desastre, Requena no sufrió directamente los estragos de la guerra debido a que los frentes no entraron por esta zona. Los casos mas tristes que sucedieron en Requena fueron la quema y los destrozos de conventos, iglesias y monumentos históricos. La venganza de unos y otros fue el corolario de la estupidez. 45


Quizás, esta haya sido la época más dura que les tocó vivir a mis padres. Las personas que vivieron una guerra siempre son diferentes. A partir de tan duras experiencias, ven la vida desde otra perspectiva. Antes y durante la guerra, la persecución de los de izquierdas sobre las derechas, y luego de finalizada, la persecución de los falangistas a los rojos. Terminó siendo lo más terrible de esta guerra. Los señalados estaban al orden del día, y la venganza era algo muy usual hasta dentro de las mismas familias. La Guerra Civil dividió tanto a las familias que pudo haber acontecido que, enfrentados en trincheras de alguna batalla, padre e hijo se dispararan entre sí sin saberlo. Las historias de denuncias y denunciantes me eran narradas por mis padres, y yo tenía la sensación de que me estaban contando una película. Mis abuelos, tanto paternos como maternos, poseían tauras o piazos (medida utilizada para medir las extensiones de tierra) lo que les permitía tener todo lo necesario para poder alimentarse y vivir dignamente. Pero no todos tenían esta posibilidad, tal como recordaba siempre Pilar. Una de sus mejores amigas, “la Irene”, pasaba por su casa todas las mañanas. Bajaba por la calle de los Desamparados, caminando sobre adoquines desordenadamente acomodados. Decía que pasaba por la puerta a “saludar” a Pilar, cuando en realidad era apenas una excusa para recibir el talego con una ración de comida y poder así alimentar a sus niños. Irene no tenía de dónde sacar dinero para poder comprar lo básico para su familia. “Decía yo estando en casa, ¿cómo estará la Pilar?, y pues nada, hija, sin pensarlo ni más ni más y sin darme cuenta, aquí estoy”. Todos los días, la pobre mujer repetía el mismo discurso. La Irene trabajaba durante las tardes limpiando el único cine del 46


pueblo donde su marido era el acomodador. Le decía a mi madre que no eran muchas las “perras” que le daban por su trabajo, pero que ella sacaba provecho extra porque llevaba a sus hijos a jugar. Mientras ella trabajaba los pequeños se cansaban, entonces Irene los sentaba en las butacas del cine y cuando comenzaba la película se dormían. “Así dormiditos los acuesto y entonces no comemos de noche”, solía comentarle a Pilar, que la miraba sin poder creer lo que estaba escuchando. Y acá sí viene a cuento relatarles esta anécdota. Hace algunos años, viajé a Requena por primera vez. Estaba yo caminando solo por uno de los tantos callejones cuando de golpe me encuentro con una mujer que se me acerca, me abraza, llora, y acaricia mi cara como si fuera –con perdón de Dios– la representación de Jesús. ¡Era Irene! Se presentó como una amiga de mi madre y, entre lágrimas, trataba de contarme esta historia del pasado, y preguntaba una y otra vez si yo sabía quién había sido mi madre. Sí, claro que lo sé, le decía yo. “Pues seguramente nunca sabrás todo lo que fue tu madre”. Ante tremendo fanatismo afectivo, callé y asentí con la cabeza, porque pensé ¿quién se pondría a discutir con esta mujer? Aquel día comencé almorzando en su casa y terminé cenando con su familia. Se ocupó de decirme una y mil veces que todas esas personas que estaban alrededor de la mesa, sus hijos y nietos, estaban allí gracias a “la Pilar” y que, como ellos, muchos más habían recibido la generosidad y la vocación de servicio que mi madre ejercitaba como un sacerdocio. Recuerdo la insistencia para que comiera, la cantidad de veces que dijo: “Tanto ahora y tan poco antes”, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas. Cuando me invitaron a recorrer la casa, su orgullo mayor fue mostrarme un cuarto que hacía las veces de alacena; más que una alacena parecía –y lo podría haber sido– un típico almacén de barrio. El famoso síndrome de la posguerra. 47


En Requena, como en toda España, de las situaciones más tristes y duras disparan historias tragicómicas. Contaba Irene que en época de la guerra, muchas de las mujeres de los señoritos hubieran cambiado sus tapados por una sardineta… ¿sería cierto? También me contó una historia que tuvo lugar en la fuente del pueblo, llamada “Fuente de los patos”, nombre que se le daba pues tenía a su alrededor varios cisnes de cemento, de cuyos picos salían chorros de agua fresca. Por qué razón los cisnes pasaron a ser patos, no lo sé; probablemente esta sea otra curiosidad de este pueblo singular. Le había contado Pilar que una tarde se encontraban varios niños jugando en la fuente, entre ellos, aquel hermano “de mantillas”. De repente, el niño, sin saber por qué, recibe un apretón en el brazo y el grito de un guardia civil: – ¡¿No sabes que en Requena están persiguiendo a rojos y anarquistas?! ¿Qué haces tú con una remera roja? El crío se fue corriendo a su casa y entre lloros contó lo sucedido. El segundo capítulo de este cuento fue el par de bofetadas que le “arreó” Pilar al guardia civil, sin dejar de decirle una y otra vez que su hermano no tenía madre, que su padre jamás les había puesto las manos encima y que, por lo tanto, ninguna otra persona lo haría, mucho menos un “cabrón de la Guardia Civil”. Al día siguiente, bien temprano, llegó la notificación: Pilar era citada para rectificarse y pedir disculpas al cuartel de la Guardia Civil, de lo contrario, sería amonestada por su tremenda falta, vaya uno a saber de qué manera. Su padre decidió acompañarla. Grande fue su sorpresa cuando vio que Pilar, lejos de pedir disculpas, reclamó la presencia del “Hilario” –así se llamaba el guarda–, para que jurara delante de todos que jamás volvería a zamarrear a su hermano. Por supuesto que en la Guardia Civil dieron el caso por perdido y lo único que le pidieron al padre de Pilar fue que, por favor, le dijera 48


a su hija que esas cosas no se hacían. Como niños, los dos bajaron por las calles tomados del brazo, riéndose de lo acontecido. Muchos años después, logré que algunos de los que presenciaron este entredicho en plena Guerra Civil me relataran esta pintura, mientras nos deleitábamos con algunas tapas y unas cervezas en un café, justo enfrente a la mismísima Fuente de los patos, incluido aquel Hilario, el guardia civil.

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Los Maquis

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a lucha guerrillera contra Franco fue tan cruel que oficialmente nunca existió, esta manera de negar la existencia de los hechos es una forma muy peculiar de los españoles de tapar sus crueldades. Los guerrilleros –en su mayor parte militantes comunistas– aparecieron ante la opinión pública como meros bandoleros que habían hecho de la violencia un medio de vida, y aunque en los primeros tiempos recibieron el apoyo de la población rural, la represión (sobre todo) y la propaganda oscurecieron el carácter político de una insurrección armada que duró ocho años y cuyo objetivo fue la restauración democrática en el único país europeo en que había sobrevivido un régimen fascista después de la Segunda Guerra Mundial. Requena y otras comarcas cercanas fueron escenario de una intensa actividad guerrillera aquellos años. Fueron muchos los comarcanos que se implicaron en ella. Una lucha a muerte y sin cuartel que sigue clavada con estacas en el corazón de quienes la vivieron. Hoy en día, todavía algún anciano sobreviviente cuenta con orgullo su historia, como el caso de Pedro, que en uno de mis viajes me vio sentado en la puerta del Café Reque con mi tío Faustino y entró a saludarnos. Pedro recordaba a mi padre y en voz baja, aún 50


con temor a que alguien descubriera algo que era sabido por todos, comenzó a relatarme: – Yo era muy precavido, fíjate que en los seis años que estuve en el monte no me desnudé nunca, tampoco dormí bajo techado y siempre fui armado. Pedro se había incorporado a los maquis a principios del 46, aprovechando una condicional con la que había salido del campo de concentración donde estaba preso. Jamás lo hirieron porque, así dijo, “era tanto el pánico que tenían los guardias civiles que cuando nos encontraban les temblaban las manos y no le daban ni a un burro”. Costaba ver a este abuelo con gafas y el pelo blanco como a un exguerrillero. De extracción mayoritariamente rural, los guerrilleros contaban con la simpatía de la gente del campo, que les informaba puntualmente de los movimientos de la Guardia Civil y les proporcionaba suministros regularmente. De ahí que la Guardia Civil centrara sus esfuerzos en reprimir esta ayuda. El acoso, en forma de detenciones masivas y torturas, se fue haciendo asfixiante, de manera tal que muchos colaboradores acabaron yéndose también al monte. El gobierno endureció las leyes y, lo tanto, también las penas para guerrilleros y colaboradores. Luego de ocho años de lucha (y a pesar de varias escaramuzas hasta el año 63), desaparecen. Durante los años de guerrilla mueren más de 5600 maquis. El 23 de enero de 1950, una partida secuestra en Venta del Moro al coronel de Infantería A. del Amo, y le obliga a pagar 200.000 pesetas por su liberación. Cuentan que mi padre fue el encargado de pagar el rescate, por ser un hombre “confiable” para ambas partes.

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Los Pirineos y los campos de concentración

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ientras tanto, Faustino, el mayor de los hermanos de Pilar, pasaba caminando a Francia a través de los Pirineos. Llevaba a un amigo en andas. Huían de las represalias franquistas. A pesar de que el gobierno francés había bloqueado la frontera e impedido el paso de los refugiados, permitió finalmente la entrada en masa de los que huían por la frontera que, hasta entonces, había permanecido oficialmente cerrada. Separaron a hombres, mujeres y oficiales. Todos fueron maltratados, custodiados por soldados que provenían de África, donde la vida no valía nada. Francia se había convertido en una inmensa prisión. En unos de estos centros pasó su encierro Faustino, sin poder avisar a su padre y a sus hermanos que se encontraba al menos vivo, junto a más de 400.000 refugiados. Faustino se sentía en el mismo infierno. Miles de hombres sobreviviendo bajo tiendas o chozas de paja, apenas una miserable protección contra la arena y el viento. Para coronar tantas penurias, no había agua potable. 52


Desde España llegaban noticias de que aquellos que no hubieran cometido delitos de sangre tendrían inmunidad. Muchos dieron credibilidad a las promesas de perdón de los franquistas. Decenas de miles de ellos lo pagaron con sus vidas, pues todos fueron interrogados a su regreso, pero fueron los vencedores quienes clasificaron y determinaron las responsabilidades de sus delitos. Impusieron condenas a muerte a muchos de ellos y penas milenarias de prisión a los que no fueron asesinados ante los pelotones de fusilamiento. Mi abuelo y las hermanas de Faustino nunca creyeron esas promesas, por lo cual desde el primer día comenzaron a tramitar lo que se denominaba un “certificado de buena conducta”. Este certificado debía ser firmado por dos personas de “bien”, reconocidas de Requena, que dieran fe de la buena conducta de Faustino. Luego de dos años, Faustino llegaba a la estación de tren de Requena y era recibido por su padre y sus hermanos. Mi madre me ha contado mil veces que cuando lo vio lo único que atinó a decirle fue: “¡Madre mía, cuánta hambre has pasado!”. En ese lugar, Faustino aprendió a tejer, primero las pleitas del esparto para luego poder tejer éstas entre sí y confeccionar cualquier utensilio que él quisiera.

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Mi padre en la Mili

La foto de Manolo en el servicio militar se debe a que, según relato de mi padre, fue así vestido la primera vez que le robó un beso –o que ella se lo dejó robar– a mi madre. Enterada de que partía un tren de Requena con conscriptos hacia Melilla, mi madre cruzó todo el pueblo para llegar a la estación y allí, por “casualidad”, se topó con Manolo. Entonces le suplicó que si veía a su hermano Faustino le diera un beso y un abrazo de su parte. Parece que mi padre, rápidamente, le contestó que eso no sería problema si ella se lo daba primero a él. En la estación de tren y con el infaltable pañuelo blanco, se quedó despidiendo, por primera vez, a aquel que había besado y que luego sería su marido. 54


Mi madre, reciĂŠn casada

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Después de la guerra “¿Y por qué te largas de la tierra? ¿No tenemos pan en el horno?”. Castellao

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uego de terminada la guerra y el periodo de revancha, muchos decidirían buscar nuevos horizontes. Algunos se marcharon a América. Los que quedaban en España recibían cartas en donde se les contaba que en un país de América llamado la Argentina, era más fácil encontrar en la calle una moneda que un tornillo. Por esos años, Pilar había encontrado su primer novio: Manolo. Ya no eran tan jóvenes, Manolo y Pilar tenían alrededor de treinta años cuando comenzaron a “hablar”. Claro que Manolo aún no sabía la difícil tarea que tenía por delante, porque lo que más le gustaba a Pilar era el baile, y Manolo no podía ni siquiera saltar a la rayuela, por más que sí sabía que se comenzaba en el cero y se terminaba en el cielo. Ella fue la última hija de su familia en encontrar donde atar sus sentimientos. Ya había casado a sus hermanos, había hecho las pre56


sentaciones formales ante su padre y le había preparado el ajuar a cada uno de ellos. Ahora había llegado el momento de pensar en ella. Aunque, digamos la verdad, jamás pensaría en ella porque siempre existiría alguien delante. Mi madre hizo del servicio a los demás una verdadera religión de alma, sentimiento y vocación. Caminando por alguna calle de Requena, Manolo le da la noticia a Pilar: sus padres habían decidido marcharse a Buenos Aires, por lo tanto él debería irse con ellos, pues venderían tierras, casas y pertenencias y comenzarían una nueva vida. (En ese entonces, los hombres decidían cosas casi temerarias, por eso siempre sonrío cuando escucho lo “difícil” que es tomar decisiones hoy, en el siglo XXI, esto es porque no miramos las decisiones que tuvieron que tomar los que nos antecedieron). Ante tamaña noticia, Pilar se sorprendió y lo primero que pensó fue: “Pues bien, me quedaré soltera para toda mi vida”. Su novio se iría y nunca más sabría de él, como ya les había pasado a tantas otras mujeres. Por otro lado, nadie en el pueblo pensaría en ella luego de haber sido “abandonada por su novio”. Manolo y Pilar sabían que la suerte estaba echada y que no había tiempo para tantas dudas. Pero Pilar no podía dejar de pensar en su padre. ¿Lo dejaría a él y a toda su familia para vivir el amor con Manolo en ese nuevo mundo? Una vez que Manolo hubo partido, Pilar tomó valor y decidió hablar con su padre. Sentados los dos frente a la chimenea, le confesó que deseaba irse a la Argentina para encontrarse con Manolo pero que estaba confundida y que no quería abandonarlo a él e irse tan lejos. – Hija mía –le dijo José– tus hermanos y tu hermana ya están casados, ya hiciste lo que debías a falta de tu madre, yo ya soy un hombre viejo, ¿cuándo comenzarás a pensar en ti? Fue el único momento en el que vio llorar a su padre. Pilar siempre 57


se preguntó cómo no lo había visto llorar ante la pérdida de su madre y sí, en cambio, en ese momento, frente a ella. Mi abuelo paterno, a los 50 años, junto a su mujer, sus dos hijas y sus dos hijos, decidía tomar el barco y probar suerte en América. Cargaron sus baúles con todo lo que podían: vajillas, cubiertos, abrigos y lo más importante: sus herramientas. Y partieron, llenos de ilusiones. ¿Qué contaban ellos, los protagonistas de la historia? Hay, en los relatos una mezcla de humor, drama, heroísmo y ternura que, en su autenticidad, no conseguiría escribir ni el mejor guionista. La gente se iba a la América porque ya de pequeños jugaban con la historia y tenían el sueño esperanzador de que algún pariente millonario viviera por aquella parte del mundo…, quizás una herencia llegaría de improviso. Otros se iban a la milicia; es que, en realidad todo era válido en pos de progresar. Muchos españoles decían que preferían morir de un tiro que de hambre. Esa es la verdad. Mi madre siempre decía que ya en esos años no había que haber emigrado porque España estaba empezando a recomponerse después de la posguerra. Los que se iban no dejaban nada atrás. Se iban para no volver. Entre naranjos y ciruelos y la miel del beso apresurado, se despidieron Pilar y Manolo. Sin preguntas, sin compromisos. A la mañana siguiente, tan cierto como ayer, vuelve a amanecer sobre la plaza, sobre la ropa tendida en las terrazas, mientras se abren las flores y los cafés, y las mujeres, como todos los días, se dirigen al horno por el pan recién cocido para que sus maridos lleven al trabajo. El pueblo sigue su marcha, sin asimilar la más linda historia de amor de dos de sus hijos.

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Un nuevo mundo “Quien su origen no conoce, su destino desconoce” (Anónimo)

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ara muchos, cuyos horizontes geográficos finalizaban con los campanarios de las aldeas vecinas o las serranías que rodeaban a su mismo pueblo, cruzar el Atlántico, con sus tempestades y sus mareos constituía una aventura de primer orden. A su llegada, a menudo los esperaban familiares, pero las nuevas tierras resultaban siempre extrañas. El viaje de Manolo y su familia llevó semanas y no fue placentero, apenas se podía aguantar el aire denso y agrio de los camarotes de tercera. Durante el día, la tripulación les permitía subir a cubierta, lo que significaba un gran alivio. ¡Al fin! ¡Tierra! Al fin el paraíso prometido, ese paraíso que no más bajar se convierte en una máquina de aplastar sueños. Algunos llegan con un trabajo seguro, pero otros se lanzan a la aventura, con la única esperanza puesta en las valijas llenas de herramientas. Asumo que mientras tanto mi madre se preguntaría cuándo recibiría la primera carta, si acaso llegaba una carta. Poco duraron sus 59


dudas. La primera carta fue escrita por mi padre el primer día que pisó Buenos Aires. Por fin había llegado. Atrás quedaba la eternidad de ese mar tan enorme como un cosmos. Las cartas se multiplicaban y se cruzaban unas a otras, ya no se sabía cuál respondía a cual, pero no importaba; lo importante era estar presente en el corazón del otro y mantener el fuego de esa relación. Las primeras cartas narrarían el viaje.

Estas cartas llegaban contando cómo era esta Argentina, la Argentina de Perón, la cual era retratada en frases como ésta: “No me la vas a creer pero la gente se junta en Plaza de Mayo a escuchar a 60


Perón y a su mujer Evita”. Contaba mi padre que cuando llevaron a mi abuelo al obelisco por primera vez, les costó su tiempo convencerlo para cruzar aquella anchísima 9 de Julio. “¡Dios mío! ¿De dónde salió toda esta gente?”, decía mi pobre abuelo. Y para dar una idea de la altura de los edificios, contaban: “La boina del padre se cae al piso cuando intentar ver el final de los edificios”. En cada una de las cartas, mi padre preguntaría, una y otra vez, si Pilar seguía pensando en seguirlo hasta tan lejos. La duda la tenían ambos, era mucho lo que dejaban en ese terruño para ir en busca de algo que estaba por ser. ¿Lo quería tanto como para dejarlo todo? El siguiente paso fue el casamiento por poderes. (Debo reconocer que hasta este momento de mi vida, este ha sido el mayor acto de renunciamiento por amor que me tocó vivir de cerca). Eran tiempos en los que ninguna mujer salía soltera de su casa para viajar a otro continente a encontrase con un hombre. Era necesario casarse. Además, la mujer debía ser llamada desde el extranjero por un familiar para que se le permitiera la salida de España. Pilar se casó en Requena con su hermano mayor, que hacía las veces de Manolo, y Manolo, a su vez, lo hizo en Buenos Aires con su hermana, en representación de Pilar. Está claro que no existió noche de bodas, que ésta debió esperar unos meses. El tiempo de espera se dilató mucho. Había que preparar la partida y realizar una serie de trámites. Surgieron, además, algunos inconvenientes de la compañía de navegación, que se tomó cuatro largos meses para entregarle el pasaje a Pilar. Esta demora pudo haber terminado en tragedia, debido a que Manolo, ya un poco impaciente, decidió acercarse a las oficinas de la Empresa y pedir explicaciones. Al no recibir ninguna respuesta satisfactoria –quién iba a imaginar en la Empresa que estaban frente a un hombre a la espera de su flamante esposa– se desató en Manolo la furia de los 61


mansos (que a mi entender es la peor de todas) lo que casi le cuesta la cárcel. Manolo no podía entender que lo que no había logrado separar un gran océano, lo lograran cuatro tontarras. Desde el otro hemisferio, Pilar pensaba: “¿Será cierto que Manolo quiere tenerme a su lado? ¿Se habrá arrepentido? Quizás todo sea obra del destino…”. También la mortificaba su situación, ¿una mujer casada con alguien al otro lado del mundo, y ella en su pueblo, sin marido presente? “Ahora si estamos jodidos”, quizás dijo alguien en el pueblo ante esta historia, detrás de una esquina en el Callejón de Pucherete, viendo cómo, por Las Ollerías, la temperatura subía y las aguas bajo el puente entraban en ebullición con tanto chismorroteo. Imaginemos también a la vecina envidiosa, que al cruzarse con Pilar por los calles de pueblo le dijera: “¿Y, Pilar, todavía por aquí?” o “¿Qué pasa, Pilar, no hay barcos que te lleven a América?” O a los babosos de turno, preguntándole cómo estaba pasando sus noches. Pero el día finalmente llegó. Los papeles estaban en orden, el pasaje, sus baúles con el ajuar de novia –que esta vez sí era para ella– y todo aquello que había podido meter dentro para iniciar su propia familia. Pilar completó cada hueco vacío con ilusiones, con esperanza y todas las agallas de su alma. Su hermana Carmen y su marido Julián, junto a mi primo Luis, que en ese entonces tenía nueve años, la acompañaron a Barcelona, desde donde salían los barcos hacia la América. Pilar siempre recordó esta despedida como un momento lleno de tristeza, no sé qué cosas se movían dentro de ella cuando recordaba este instante, pero parecía que hablaba desde la bronca o desde un fastidio dirigido fundamentalmente hacia su hermana. Lo único que decía era que ella sola tuvo que preparar todo lo necesario para comenzar su nueva vida…, quizás sintió que no fue correspondida, no lo sé..., porque 62


también es verdad que nunca esperó nada de nadie, ni recompensa alguna por los “servicios prestados”. Y esta despedida que estoy relatando me hace pensar que jamás ella me contó cómo fue el adiós con su padre. Supongo que las lágrimas habrán brotado como el agua de la Fuente de los patos y, supongo también, que habrá guardado ese abrazo muy dentro suyo hasta su fin. Su relación paterna era de tanto respeto que cuando su padre la llamaba, la respuesta era siempre: “Mande”, una manera de decir “demande”: lo que usted quiera, que aquí estoy para servirle. A bordo del famoso barco Cabo San Roque, y después de treinta días y treinta noches junto a otras familias que también viajaban a la Argentina, Pilar llegó al puerto de Buenos Aires. Es el día de hoy que sigo preguntándome cómo habrá sido la despedida en el puerto de Barcelona. ¿Mi madre habrá agitado su pañuelo? ¿Lloraba? Las respuestas a estas preguntas que nunca le hice son como hebras sueltas rescatadas por mí de cosas que ella decía al pasar. La imagino así, embarcando con la alegría del comienzo del viaje y, a la vez, con temor frente a esa inmensa nave que la llevaría a destino. Quién sabe a dónde estará esa América y dentro de ella, la Argentina, se habrá preguntado. Emoción por la aventura que la espera y miedo por un futuro que se avecina incierto. Imagino también su dolor al mirar atrás y al sentir en su cara las huellas de las lágrimas que no dejan de caer. Allí se queda parte de su historia, parte de su familia, sus raíces… se va, pero no sabe si podrá volver algún día. Todas esas emociones le brotan desde dentro de su alma. Y luego la travesía, el mareo por el acompasado movimiento del barco, los días y días de sólo ver agua y cielo, la novedad de esa mole que atraviesa lentamente los mares. Contaba mi madre que cuando zarpó el barco, vio la tierra cada 63


vez más lejana, hasta que ya sólo vio agua. Después de pasar por las Islas Canarias, donde se detuvieron por unas horas para bajar a unos polizones que lloraban porque los habían detenido, tuvieron varios días de mar totalmente calmo, pero lo bueno dura poco, y apenas unos días después se desató una tormenta de lluvia y viento. El barco se movía de tal manera que la mayoría de los pasajeros se marearon de tal forma que no podían ir al comedor ni salir del camarote. Al pasar por el Ecuador, esa línea imaginable, hacía mucho calor, y como es costumbre en las travesías, se realizó una fiesta donde se sirvió una comida especial y hubo música y bailes. Un día, a la mañana temprano, el oficial de turno explicó que todos debían ponerse los salvavidas, ya que se avecinaba un temporal. El griterío de la gente por el miedo a que se hundiera el barco fue infernal. La gente lloraba. Mi madre se asustó mucho, pero después de un rato la tripulación informó que todo había sido ¡un simulacro! Los días más complicados los vivió cuando pasaron por el golfo de Santa Catalina. Ahí el barco sí que se movía, mientras hacía sonar la sirena, ya que era mucha niebla y no se veía nada. Después de varios días, Montevideo, y desde ahí al puerto de Buenos Aires. Entonces vio por primera vez las aguas marrones del Río de la Plata. Entre sus tantas historias de este viaje, me impresionó mucho el cuento de su compañera de camarote, italiana ella, que también viajaba para reencontrarse con su marido. Parece que, durante las noches, la pícara italiana iba de visita en visita por los camarotes de la tripulación, así que mi madre prácticamente dormía sola. Cuando llegaron a destino vio el encuentro de la italiana con su marido y se acuerda que pensó: “Bueno, ahí la tienes, bien manoseada y ablandada para ti”. Volviendo a las preguntas sin respuestas, siempre tuve la sospe64


cha de que Pilar vino a la Argentina, pero que su alma quedé en Requena, junto a su padre y su familia. Quizás, a lo largo de este relato, pueda demostrar lo que con mucha temeridad acabo de afirmar. Hoy se sabe –y hasta se lo ha bautizado como “Síndrome del témpano”– que hay una patología que sufren aquellos que se alejan de su lugar de origen para comenzar una nueva vida, lejos de sus afectos. Yo lo llamo, simplemente, “dejar el alma allá”. El inmigrante siempre está pensando en volver a su tierra natal. Pero sigamos con el relato de aquel día. Era una tarde gris de mediados de julio. Hacía frío en Buenos Aires. Desde la cubierta del barco primero y después desde el muelle, Pilar y Manolo trataban de encontrarse, cosa que no resultaba sencilla. Ver el barco a lo lejos, luego acercándose a la dársena…, aún faltaba el amarre y el lento descenso de los pasajeros. El que espera desespera, ¡no lo olvidemos! De repente, vieron sus pañuelos blancos flameando en el viento, de acá para allá. Manolo corrió, saltó las vallas de contención y empezó a gritar el nombre de su mujer. Pilar lo vio y vivó su nombre, pero sus gritos se confundían con los de la multitud. Finalmente se encontraron, lo que tanto habían soñando ya era una realidad.

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Vinieron de muy lejos.


De Lomas de Zamora a San Juan

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asaron su primera noche de bodas en un hotel céntrico de Buenos Aires. ”Lo más cerco del puerto, lo más rápido posible, no estábamos para perder más tiempo”, me contaba mi padre, ya grande. Al día siguiente, partieron a Lomas de Zamora, un lugar en el sur del Gran Buenos Aires donde intentarían formar su primer hogar, comenzar una nueva vida y formar una familia. El entorno era tremendo. Había mucha pobreza, aunque se trataba de una pobreza digna, si es que tal cosa es posible. Los primeros meses compartieron casa con aquellos adelantados que habían relatado que en las calles de Buenos Aires se encontraba “una moneda antes que un tornillo” y que “a los perros se los ataba con una riestra de longanizas”. Jesús Perelló, primo de mi padre, les tendió una mano. Él había sido uno de los adelantados de esa inmigración. Con los ahorros que traía, el primo Jesús había comprado un hotel en la zona de constitución. En realidad, era un grupo de habitaciones, una a continuación de la otra, cada una con su puerta de madera y vidrio repartido, y una cortina de esterilla para preservar la intimidad de sus habitantes. Al fondo, un baño y la cocina. Habitaban el hotel pobres y honestos trabajadores, acompañados por putas, que ya en 67


esos años trabajaban en la zona, debido a la cantidad de gente que circulaba por la estación de trenes. Luego de un tiempo, Jesús decidió vender el hotel y mudarse a Lomas de Zamora para dedicarse a la venta de aberturas, que fabricaba su amigo de Requena, el bueno de Genaro, otro adelantado. Los comienzos fueron muy duro para los nuevos esposos. El lugar, el clima, la incomodidad, los llevaron a tomar la decisión de partir. San Juan fue la provincia elegida. No era ilógica la elección, ya que el mismo paralelo que cruza Requena en el Hemisferio Norte, cruza San Juan en el Hemisferio Sur, razón por la cual se encontraron con las mismas condiciones de clima. Pero hubo una sutil diferencia: nadie les había mencionado los terremotos. Había otro motivo para ir a San Juan, allí vivía la hermana mayor de mi padre, mi tía Pilar, y su marido, mi entrañable tío “El Andaluz”, con sus tres hijos. Por ese entonces ya había nacido Lucía Demetria, mi hermana, que llevaría el nombre de sus dos abuelas. Los hombres decidieron ponerse frente a una fragua y fabricar tijeras para podar las vides. Ellos, que venían del otro lado del mundo, habían observado que las que usaban los jornaleros argentinos no duraban más que una vendimia. Sin la más mínima duda, comenzaron con su microemprendimiento. Lo primero que hicieron fue buscar la materia prima en el mejor lugar y el más barato: las calles de San Juan. Bajo pleno sol recogían elásticos para los carros y cuanto hierro retorcido encontraban por ahí. Así comenzaron con las primeras unidades. Tal fue el éxito de las tijeras que les aconsejaron que viajaran a Buenos Aires para ofrecerlas en la Ferretería Francesa, la más afamada casa que existía entonces. Manolo fue el elegido para realizar el viaje. Partió en tren hacia Buenos Aires con algunas tijeras como muestra. Luego de la entrevista con la gente de la Ferretería Francesa, sa68


lió pensando cómo iba a decirles a los suyos lo que había pasado. Tenía, como suele suceder, dos noticias: una muy buena y la otra muy mala. ¿La buena? Que lo habían felicitado por la calidad de las tijeras; ¿la mala? Que debían fabricar más tijeras que las que ellos podían hacer en un año, ¡pero en treinta días! Cuando llegó a San Juan les dijo: – Miren, las cosas seguirán como hasta ahora, porque no podemos fabricar tantas tijeras, pero ahora sabemos que lo que hacemos es muy bueno. Cierta vez, mi padre me relató una historia. Nunca supe si era cierta o apenas una fábula, pero me ha dejado una buena enseñanza, así que lo mismo da. Trataré de recordarla aunque deba tomarme algunas licencias. La cosa era así: Parece que no había peor oficio en el pueblo que ser portero del prostíbulo. ¿Pero qué otra cosa podría hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. Un día, se hizo cargo del prostíbulo un joven con muchas inquietudes, muy creativo y emprendedor, que decidió modernizar el negocio. Hizo cambios y citó al personal para dar las nuevas instrucciones. Al portero le dijo: – A partir de hoy, usted, además de estar en la puerta, va a preparar un informe semanal donde registrará la cantidad de personas que entran y, además, anotará sus comentarios y recomendaciones sobre el servicio. – Me encantaría complacerlo, señor –respondió el portero– pero no sé leer ni escribir. – ¿Cómo dice?... Cuánto lo siento, pero tendré que prescindir de sus servicios, pues así no me es de utilidad. – Pero señor –insistió el portero– usted no me puede despedir, ¡yo trabajé en esto toda mi vida! – Mire, yo lo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted, le vamos a dar una indemnización y espero que le baste hasta que encuentre 69


otra cosa. Lo siento y que tenga usted buena suerte. Sin más, el joven hombre dio media vuelta y se fue. El portero sintió que el mundo se le derrumbaba. ¿Qué podía hacer? Recordó que en el prostíbulo, cuando se rompía una silla o se arruinaba una mesa, él lograba hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que, tal vez, ésta podría ser una ocupación transitoria hasta conseguir un empleo, pero sólo contaba con unos clavos oxidados y una tenaza derruida. Entonces pensó que usaría parte del dinero de la indemnización para comprar una caja de herramientas completa. Como en el pueblo no había ninguna ferretería, debía viajar dos días en mula hasta el pueblo más cercano a realizar la compra. Y emprendió la marcha. Ya de regreso, cierto día un vecino llamó a su puerta: – ¡Hola!, vengo a ver si tiene un martillo que me pueda prestar. – Sí, tengo uno –respondió– lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar porque me quedé sin empleo. – Entiendo –insistió el vecino– pero yo se lo devolvería mañana temprano. – Bueno, ¡está bien! –accedió finalmente el hombre. A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta y dijo: – Mire, yo todavía necesito el martillo, ¿por qué no me lo vende? – ¡No puedo! Lo necesito para trabajar y además la ferretería está a dos días de mula. – Hagamos un trato –arremetió el vecino–, yo le pagaré los días de ida y vuelta más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece? El hombre lo pensó y se dio cuenta de que eso significaba trabajo por cuatro días y decidió aceptar. Volvió a montar su mula y a su regreso, otro vecino lo esperaba 70


en la puerta de su casa: – ¡Hola, vecino! Usted le vendió un martillo a mi amigo, vengo a decirle que yo necesito unas herramientas y estoy dispuesto a pagarle sus cuatro días de viaje, más una pequeña ganancia... mire, es que no dispongo de tiempo para el viaje. El exportero abrió su caja de herramientas, y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue. Él se quedó pensando en las palabras que acababa de escuchar: “No dispongo de cuatro días para comprar”... Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que el viajara para traer herramientas. Así que en el viaje siguiente, arriesgó un poco más de dinero y trajo más herramientas de las que ya había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo en viajes. La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje. Así, una vez por semana el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes. Con el tiempo alquiló un galpón para almacenar las herramientas. Después adaptó una vidriera y el galpón se transformó en la primera ferretería del pueblo. Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, los fabricantes le enviaban sus pedidos pues él era un buen cliente. Más adelante, las comunidades cercanas también empezaron a comprar en su ferretería y a ahorrarse así dos días de marcha. Entonces se le ocurrió que su amigo el tornero podría fabricarle las cabezas de los martillos. Y luego, ¿por qué no?, las tenazas, las pinzas, los cinceles... y siguieron los clavos y los tornillos... En diez años, aquel hombre se transformó en millonario como fabricante de herramientas. Un día decidió donar una escuela a su pueblo. En ella, además de leer y escribir, se enseñarían las artes y oficios más prácticos de la época. En el acto de inauguración de la escuela, el alcalde le entregó 71


las llaves de la ciudad, lo abrazó y le dijo: – Es un gran orgullo para nosotros contar con usted, y en gratitud, le pedimos que nos conceda el honor de poner su firma en la primera hoja del libro de actas de esta nueva escuela. – El honor es mío –respondió el hombre– nada me gustaría más que firmar, pero no sé leer ni escribir; soy analfabeto. – ¿Usted, un iletrado? –se sorprendió el Alcalde, que no alcanzaba a creerle– ¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? ¡Estoy asombrado! ¡Me pregunto qué habría sido de usted si hubiera sabido leer y escribir! – Yo se lo puedo contestar –dijo el hombre con calma–, si yo hubiera sabido leer y escribir... ¡sería el portero del prostíbulo!

Moraleja: * Generalmente los cambios son vistos como adversidades. Las adversidades encierran bendiciones. * Las crisis están llenas de oportunidades. * Cambiar puede ser tu mejor opción.

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“Una patada en el culo siempre implica un paso hacia delante” (Manolo)

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i padre sustentaba su felicidad en no desear nada, absolutamente nada. Él se alimentaba de ese principio, creía que uno era feliz sabiendo todo aquello que no necesitaba. Mi padre era un hombre sabio, sólo que él nunca se dio por enterado. Aquellos primeros tiempos en la provincia de San Juan fueron de prosperidad y felicidad. Los días pasaban sin mayores sobresaltos. Por las mañanas, mi tío “el Andaluz” y mi padre recorrían las calles de San Juan buscando cuanta pieza de hierro hubiera por ahí. En cada una de esas piezas estarían ocultas las herramientas que ellos descubrirían en la forja. Hasta que un día, algo comenzó a sentirse. Al principio los movimientos de la tierra eran leves, pero mi madre estaba inquieta. Los días pasaban y los movimientos sísmicos se repetían. Tantos sustos no le sentaban bien a Pilar. Una noche el movimiento de la tierra fue tan fuerte que tuvo que tomar a mi hermana y salir corriendo a la calle por temor a que se cayera el techo. Ya en la calle, en enaguas, rodeada por los vecinos, le preguntó a Manolo si valía la pena pasar por tantas angustias. Que ella así no podía vivir, le dijo. A la semana siguiente, Manolo decidió que regresarían a Buenos Aires. 73


En el tren de regreso, mi hermana Lucía no se encontraba bien. Lloraba y molestaba al resto de los pasajeros. No tardó en recibir la comprensión de una mujer que, aprovechando la situación, le dijo a mi madre: – Qué paciencia tiene usted, si fuera hija mía creo que la hubiera tirado por la ventana. Sin que mediara ni un segundo, mi madre le contestó: – ¡Si fuera hija suya yo también la hubiera tirado por la ventana! Luego de dos días y dos noches llegaron a Buenos Aires. Otra vez en Lomas de Zamora, en la casa de aquel que había dicho lo de la moneda y el tornillo.

Al regreso de San Juan 74


Recuerdos de mi infancia

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l poco tiempo de este regreso, nací yo, el 5 de septiembre de 1956. Parece que era tal el miedo de mi madre que le cambiaran el hijo, que decidió tenerme en su casa, con el médico y la partera, y mi padre presenciando el parto, cosa muy extraña para entonces. Recuerdo a mi padre diciendo: “Si has tenido huevos para hacerlo, debes tenerlos para recibirlo”, ¡qué insoportable era la manera que tenía de simplificar las cosas! A los pocos días, las consabidas visitas. La primera en venir a visitarme fue mi querida Teresa, hija de Rosalía y Vicente. Al día siguiente, y en medio de un diluvio, llegaron Ángeles y María Jesús, que tuvieron que ser trasladadas en un carro porque no se podía caminar por los torrentes de agua que bajaban por las calles. Los primeros días de mi infancia que recuerdo son como postales, apenas imágenes fugaces. Me veo sentado, calculo que a los cuatro años, comiendo sopas (tazón de leche con migas de pan) de la mano de mi abuelo paterno en un banco de madera pintado de colorado y verde. Yo entonces no entendía por qué era tan usual pintar los bancos de madera de esos colores. Intentando averiguar el motivo, descubrí que mi abuelo había pintado las paredes del galpón para guardar las herramientas de color verde y el techo de colorado, el sobrante de pintura habrá sido utilizado para pintar todo aquello que necesitara una mano de pintura. 75


Mi abuelo paterno era muy bueno, pero un poco bruto el pobre, muy cariñoso conmigo aunque selectivo a la hora de demostrar afecto. No trataba a todos los nietos por igual, y como yo era el hijo de Manolo, gozaba de su preferencia; mi padre era su hijo preferido y yo había heredado el beneficio. Era medio rubión, de contextura flaca. Se vestía siempre como si estuviera en Requena: boina negra, camisola con cuello “mao”, pantalones amplios, un llamativo cinturón negro, enorme, rematado por una gran hebilla que, por el tamaño, quizás haya sido hecha por un herrero. Un típico abuelo, de apenas 60 años. Enorme para mis pequeños ojos. Por esos años vivíamos todavía en los bajos de Lomas de Zamora, nunca tan bien llamados “bajos”, porque a pesar de que estábamos a diez cuadras del centro, un día ocurrió algo increíble. Menudo fue el asombro de mi padre cuando una noche, al bajar de la cama, metió los pies en al agua. Y no estoy hablando de un charco, sino de treinta centímetros de agua. Recuerdo las alfombras flotando de un lado al otro, y mi hermana y yo en los brazos de mi padre, absortos ante semejante espectáculo. Aunque para mí, como para muchos chicos, todo pasaba por la diversión. Recuerdo un enorme puente metálico de color naranja, que cruzaba la calle y que permitía cruzar de un lado al otro. Pues nosotros, los chicos del barrio, lo usábamos como trampolín para lanzarnos hacia las aguas que bajaban desde la cuenca del Matanza. Sin duda, Dios me sostenía de su mano. Después de la inundación, mis padres decidieron mudarse lo más pronto posible. Así comenzó la obra en la calle Castelli, donde las aguas ya no alcanzarían esas alturas. En unos meses estuvo casi lista y nos mudamos. Ahí, en la casa de Castelli, fue cuando recibí mi primer regalo de Reyes. Era una carretilla hecha en madera y, lógicamente, también 76


pintada de verde y colorado. Al principio no sabía cómo usarla, pero con el tiempo entendí el regalo, ¡cómo me divertía entrar los ladrillos de la calle, de a uno o de a dos, y acercárselos a mi padre que estaba terminando nuestra casa! La realidad era que mientras jugaba colaboraba con él. Había un pasillo largo dese la calle hasta lo que se denominaba pulmón de manzana, yo iba y venía con mi carretilla de madera por ese camino que me parecía interminable. Recuerdo las baldosas de cemento y la hilera, justo en el centro, de pasto perfectamente recortado. Casi una línea sin imperfecciones. Era el mismo camino que todas las madrugadas, aun sin haber despuntado el día, recorría en invierno, descalzo, pisando la escarcha, para despedir a mi padre que se iba a trabajar; luego del beso volvía corriendo a meterme en la cama.

Mi hermana y yo 77


Luci

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i hermana es dos años mayor que yo. En mis recuerdos de infancia la veo siempre vestida como una muñeca, como un copo de nieve, ataviada con una pulcritud perfecta, lista para participar de una representación infantil. La recuerdo desde pequeña imitando las ternuras de nuestra madre, cumpliendo con su rol protector en todo momento. Dos hermanos. Dos patrias. ¿A dónde se nos ha ido la vida? No olvido su risa pícara y el juego inocente, casi como bálsamo para las heridas del alma. Nunca lloramos por las ilusiones que jamás necesitamos. Nuestra vidas también supieron tener sombras, pero nunca dejé que los de afuera se entrometieran en nuestra vocación de hermanos. Siempre supimos volver ahí, de donde nunca realmente nos fuimos. Hermana: durante mi juventud intenté cuidarte y protegerte, sin aceptar a nadie cerca de ti. Siempre fuiste el espejo desde donde nuestro padre me enseñó a respetar a las mujeres. Alguna vez, cuando la paciencia me fue esquiva, la sola mirada de papá bastó para enfundar cualquier locura. Celebro tenerte como hermana, celebro tu vida, celebro los golpes que, a puro amor y sonrisas, nos hicieron crecer. Porque no importan los miles de kilómetros que alguna vez, obli78


gadamente, decidiste que eran necesarios interponer entre nosotros, siempre la “sangre manda”, como solía decir nuestro padre. Quisiera poder tener más recuerdos contigo y no sólo quedarme con los pasados, aunque esos los adoro y los atesoro como algo muy importante y que siempre voy a llevar dentro de mí. Quisiera poder compartir contigo todo lo que estoy viviendo. Quisiera poder volver a tenerte cerca. Te amo como la hermana que sos para mí, como la hermana –madre de mi juventud–, como una de las personas más importantes en mi vida.

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Memorias y desmemorias

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or aquellas cosas de la vida, luego de tantas convivencias entre la familia, se desataron las desavenencias. Diferencias que jamás mis padres pudieron pasarme en limpio para que yo entendiera el porqué, pero los problemas llegaron. “Siempre se puede estar peor”, y esta era una demostración. Ahora resultaba que después de que mi madre cruzara hacia ese otro mundo, la familia de su marido, mi padre, “le daba en las narices”, como ella decía. La contención de unos amigos de mi abuelo José, que también vivían cerca de mi madre, la ayudó a poder llorar en el hombro de alguien. Junto con mis abuelos paternos habían llegado otros paisanos de Requena, entre ellos, la abuela Rosalía. Ella era la mujer mas cariñosa y buena que uno pueda imaginar; su marido Vicente era también un hombre sin una gota de maldad y tenía una relación con los niños de un encanto casi celestial. Vivían en un barrio de Lomas de Zamora, en una casa que llamaba la atención por su pulcritud y prolijidad. Siempre recordaré la ternura de los dos. Vicente, de alma carpintero, fue quien me fabricó aquella carretilla de madera con los mismos colores verde y colorado del banco donde desayunaba con mi abuelo. Manolo inmediatamente tomó partido por su mujer y dejó de ver a su madre y de frecuentar a sus hermanas y a su hermano. Esta si80


tuación no duró mucho tiempo, pues Pilar tomó cartas en el asunto y obligó a mi padre a ir a ver a su madre todas las semanas. A pesar de lo mal que Pilar la pasó con mi abuela en esos años, nunca quiso entorpecer mi relación con ella. El sentimiento que nos unía era muy fuerte e inigualable con la que tuvo con sus otros nietos. Por suerte, Pilar y mi abuela pudieron reconciliarse antes de que mi abuela se enfermara. Cuando estaba a punto de morir, ella le pidió a mi madre que estuviera al lado de su cama para que, llegado el momento, le cerrara los ojos. La casa que construyeron mi abuelo, mi padre, su hermano y “el Andaluz” a su arribo a Buenos Aires tenía una parra inmensa que servía de techo para la bomba de agua y de alero. Al fondo de la casa, delimitando el terreno, las higueras. En los parrales plantados por mi padre se mezclaban la uva chinche, negra y gustosa, con la rubia, grande y sin semillas. De allí mi abuela erigiría siempre el más grande y perfecto racimo, que era guardado y custodiado celosamente por ella. A todo el que preguntaba o miraba con demasiado interés, se ocupaba de decirle que cuidado, que ese racimo era para José. Confieso que, si bien esta situación me avergonzaba (sobre todo, cuando ocurría en mi presencia) encontraba cierto placer al notar la diferencia que ella hacía, a tal punto, que casi llegué a pensar ¡que la merecía! El único autorizado y con conocimiento para podar esa parra era mi padre. Lo recuerdo trepado en la escalera, con sus enormes manos tocando, casi como un cirujano, los sarmientos y las yemas de los brotes de las uvas. Recuerdo las noches, cuando regresábamos de visitar a nuestros abuelos. Mi padre nos subía hasta nuestra casa (siempre en Lomas de Zamora, que de “loma” no tiene nada, es una planicie por donde se la mire, no como en Requena –decía mi padre– donde el “subir” o “bajar” sí tenía sentido, dadas las diferentes alturas); mi hermana, sujetada por detrás a “caballito”, y yo por delante, sentado sobre las 81


piernas de ella. Así mi padre caminaba las ocho calles que separaban un punto del otro. Los olores de los árboles, el aroma de las plantas mezclándose con el humo del pasto quemado en las esquinas son sensaciones que recuerdo con mucha intensidad. También recuerdo con tristeza la muerte de mi abuelo; todos reunidos alrededor del ataúd, uno a uno, en fila, debíamos besar al “patriarca” que había partido. Claro que a mis cinco años yo sólo quería que eso terminara lo antes posible para poder ir a jugar a la pelota. Aquel día nos habían dejado a todos en casa de mi tía Pilar, la hermana de mi padre, y mi tío “el Andaluz”, comiendo patatas con huevo, mientras esperábamos el momento de la despedida. En pantalones cortos, tomado de las piernas de mi madre, seguí el ataúd de mi abuelo que partía por la calle Mentruyt rumbo al cementerio.

Ovillando lana con mi madre 82


Mi tío Manolo

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ientras nosotros enterrábamos al abuelo, en Requena la familia se esparcía por el viejo continente, tratando de conseguir nuevas oportunidades. Faustino, el hermano mayor de Pilar, ya tenía dos hijas, y el menor, Manolo –el de “mantillas”– tres. Los dos decidieron partir hacia Francia, más precisamente a Marsella. Cuentan que cuando estaban en el tren, los hermanos se miraron y el menor dijo: – Mira, Faustino, sigamos viaje, pero hacia la Argentina. Tendríamos que ir con nuestra hermana Pilar. Sólo Dios sabe cómo hubiera cambiado la historia de esta familia si el destino los hubiera traído a la Argentina. Alguna vez les pregunte por qué no habían venido a la Argentina, lo único que me respondieron fue que Francia estaba a un día de tren, que ante cualquier inconveniente podrían regresar pronto. En mi formación fue muy importante la presencia de tres hombres; ellos me marcaron y me animo a decir que me convirtieron en esto que soy hoy: una especie de caricatura de estas tres personas, mi padre, mi tío Faustino y mi tío Manolo. Como verán, mi madre me transmitió a fuego el posesivo “mi”, cuando los nombre así, sé que la estoy parafraseando. Mi tío Manolo era un hombre de un gran temple, que seguramente forjó desde su juventud. Huérfano de madre desde muy 83


temprana edad, siempre tuvo que abrirse paso a los golpes. Empezó trabajando en su taller con la madera, con el propósito de aprender el oficio, porque lo sentía dentro de él, y se convirtió en ebanista. En ese entonces, la luz eléctrica no era tan buena como en este siglo. Al bajar la tensión, disminuía la potencia de la luz y ante la imposibilidad de ver bien, mi tío Manolo encontraba la solución golpeando la bombilla con la herramienta que tuviera a mano. Por supuesto, la terminaba rompiendo, entonces salía a comprar otra y la ronda volvía a comenzar. Siempre escuché decir que si no hubiera tenido ese mal genio, habría llegado más lejos, que si no hubiera sido tan cabrón, quizás las cosas habrían sido distintas para él. Yo estoy convencido de que no es así, que fueron precisamente su fuerza y su temple, en definitiva, su “mal genio”, lo que lo llevó a hacer frente a todo lo que se le presentaba en la vida. Cuando llegó a Francia, al puerto de Marsella, mi tío Manolo acomodó a la familia en un hotelito del puerto y se disponía a salir, cuando su mujer lo detuvo: – ¿A dónde vas, Manolo? – A por trabajo, mujer, ¿o no te has dado cuenta de que hace tres días que no trabajo? Esa misma mañana caminó por las calles de Marsella hasta que luego del mediodía vio en un lugar donde lavaban verduras un depósito repleto de cajones de madera. El lugar era un caos, los cajones llegaban casi hasta el techo, algunos estaban rotos y todo era un desorden. Ni lento y nada perezoso, mi tío Manolo se sacó la camisa y comenzó a ordenar todo aquello, hasta que a las siete de la tarde escuchó el timbre que indicaba la finalización de la jornada. Agarró su camisa, miró hacia un costado y vio que un hombre lo estaba observando. 84


Cuando llegó a su casa, cansado, sucio y hambriento, sus mujeres le preguntaron cómo le había ido. Él les dijo que muy bien, que había conseguido trabajo. – Ah...¿sí? –Se entusiasmó su mujer– ¿Cuánto te van a pagar? – No lo sé, todavía no hable con el patrón –fue su única respuesta. Todos los días llegaba al depósito a las ocho de la mañana y trabajaba hasta las siete de la tarde. Nadie hablaba con él, y él no le hablaba a nadie. Unos diez días después, le cuenta a su mujer cómo había comenzado con ese trabajo, cosa que la dejó sumamente preocupada. Pensó que su marido se estaba volviendo loco. – ¿Y si no te pagan? ¿Qué vamos a hacer? – Nada. Por lo menos me he sentido útil –afirmó. Cuando terminó la quincena, fue llamado a la oficina. No entendía una palabra de lo que le decían, pero veía que todos le sonreían. Al rato, le ponen en la mano una cantidad de dinero mucho mayor que la que él pensaba ganar en dos o tres meses. Se quedó en Francia diez años más, manejando la empresa de construcción de su primer patrón. Terminó hablando y escribiendo francés como si hubiera nacido en París. – Mira, José –me decía en esas charlas de café que solíamos tener cuando nos visitábamos– de hombre a hombre te lo digo: cuando nacés, el mundo está ahí; tú tomas la parte que quieres, nada ni nadie podrá interponerse entre tu necesidad y tu deseo… ¿Qué dulce animalada? ¿No? En alguno de nuestros encuentros, y como no podía ser de otra manera viviendo en la Argentina, yo le hablaba de mi hartazgo, de los tropiezos y golpes que recibía, de lo molesto y cansado que estaba, y de que no podía encontrarle la parte positiva a mis sufrimientos. Con esa mirada pícara de ojos negros y vivaces, con mucha paciencia me decía: – La vida del hombre es como el hierro a la forja, a su calidad y temple. 85


Cuantos más golpes recibe, más duro y maleable se pone. Da gracias a los golpes de la vida, de lo contrario, te convertirás en un ser blandengue, y ese no será un Gorbe del cual nos podremos enorgullecer. Si Dios quiere, cuando en esta historia de mis orígenes llegue a contar mi “hasta luego” final con él, se podrá entender lo que intenté dejarle con este maravilloso manifiesto, que alguna vez leí y que no es más ni menos que el Padre Nuestro que lo guió durante toda su vida, aunque él jamás lo haya leído: Siempre ten presente que la piel se arruga Y el pelo se vuelve blanco, Pero lo importante no cambia: Tu fuerza y convicción no tienen edad Detrás de cada línea de llegada Hay una partida. Detrás de cada logro, hay otro desafío Mientras estés vivo, siéntete vivo. Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo No dejes que se oxide el hierro que hay en ti Haz que en lugar de lástima te tengan respeto Cuando por los años no puedas correr… trota Cuando ya no puedas trotar… camina Cuando no puedas caminar… usa el bastón: ¡Pero nunca te detengas! Hoy, tengo este texto en un cuadro frente a mi escritorio, donde todas las mañanas lo leo, para intentar no perder el rumbo. Por suerte, mi madre me impuso desde muy pequeño el hábito de escribirle. Como era un apasionado por el fútbol, una vez por mes le escribía una carta donde le contaba cómo estaba Boca. También recortaba noticias del diario y le mandaba toda la información que podía. 86


Cuando lo conocí personalmente, a mis veintipico de años, me tomó del brazo y, mientras me llevaba hacia el altillo, me dijo con una sonrisa cómplice: – Ven, que quiero mostrarte uno de mis tesoros. Luego de subir la escalera, a mi derecha y en medio de la oscuridad, alcancé a ver un baúl de madera hecho por él. Ahí mismo abrió la tapa y me mostró todas las cartas que yo le había mandado, ordenadas cronológicamente. Por supuesto, le pregunté si me las daba: – A nada de lo que me pidas te puedo decir que no, pero si te las llevas me arrancas un pedazo de vida –respondió. Me contó también que muchas tardes tomaba las cartas y las releía una y otra vez, y que durante su estadía en Francia esa costumbre le sirvió casi como una soga que lo mantenía sujeto a la otra punta del mundo donde estaba su hermana Pilar. Finalmente, decidió regresa a España, pues sus hijas ya estaban en edad de comenzar sus primeras relaciones sentimentales y tuvo temor de que algún francés lo anclara para siempre en ese país.

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Mi tío Faustino

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austino, el otro expedicionario, era un hombre bueno, alto, muy buen mozo, educado y algo tímido. Según mi madre yo era igual a él, pero yo más bien creo que ella necesitaba que me pareciera a alguno de sus hermanos. Cierto que en algunos aspectos nos parecíamos, pero en realidad, yo soy igual a mi padre, cosa que en nada disgusta a Pilar. Faustino regresó a España al poco tiempo, ni su mujer ni su hija se adaptaron a Francia, y él no tenía el temperamento de su hermano. Era un hombre tierno, dulce, de mirada nostálgica. Sospecho que en sus épocas de mozo habrá hecho suspirar a más de una mujer. Mi encuentro con él fue increíble. El primer día que llegué a Requena salí de la casa de mi tía Carmen, sobre la calle de los Desamparados, crucé Requena por la carretera hasta llegar al Barrio Obrero. Allí, en la calle La Paz, puerta 6, vivía mi tío Faustino. Claro que él no sabía que yo iría a verlo. Cuando llegué, golpeé el portón del garaje y de repente lo vi a un costado, casi de espaldas a mí. Sólo atiné a decirle: – Oiga, buen hombre, ¿me daría usted un vaso de agua? Él se dio media vuelta, me miró a los ojos y entonces alcancé a escuchar sus palabras. – Por supuesto, eso no se lo niega a na… –no terminó la frase, se quedo duro y se dio cuenta en ese preciso instante de que yo era su sobrino de Argentina. Jamás abracé de ese modo, jamás me sentí abrazado como en ese 88


momento. Es el día de hoy que todavía, cuando recuerdo ese instante, se me llenan los ojos de lágrimas. Espigado, siempre derecho como una vela, la cara arrugada y marcada por surcos como la de los hombres que han pasado años bajo los rayos del sol, así lo recuerdo. Me gustaban sus ojos claros y brillantes, y la mueca tan particular que hacía con la boca cuando se sonreía. Tenía manos grandes, firmes, y brazos muy fuertes donde uno podía sentirse a salvo de cualquier agresión.

Mi Tío Faustino 89


Era alto, aunque no tanto como lo describía mi madre. ¡En mi imaginación, y gracias a las descripciones de mi madre, mi tío Faustino se había convertido casi en un prócer! Si hubo un ser especial ese fue mi tío Faustino. Tenía la paciencia de los árabes. Como entretenimiento, trabajaba con el esparto, tejiendo y forrando cuanta cosa tenía delante de él. Ya casi no quedan personas que hagan esta faena. Por suerte, y gracias a mis visitas, logré quedarme con algunos trabajos realizados por él. Pero lo que más recuerdo son nuestras conversaciones mientras él realizaba estos trabajos, sentado en su banquete a la sombra de la parra, escuchando los pájaros bajo la brisa de Requena.

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Mi tía Carmen

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l día de la Virgen del Carmen, llegué a Requena por la carretera nueva, desde Barcelona. Equivocadamente subí a la Villa, encontré una plaza de adoquines, unos pocos árboles, pequeños rogando por agua y en el vértice de la plaza, una mujer vestida íntegramente de negro con un pañuelo en la cabeza, sentada al costado de la puerta de su casa, pelando unas habas. – Buenos días, ¿podría usted decirme dónde queda la calle de los Desamparados? – ¿A quién busca? –respondió ella, levantando la vista. – ¡A mi tía Carmen! –le dije, sonriendo. – ¿Cuál Carmen? –insistió ella. Yo sabía por cuentos de mi madre que en Requena las personas se conocen más por le mote que por el nombre, así que dije: – “La Garijo” (apellido de mis abuelos, del que se pensaba que era un mote). Inmediatamente me indicó cómo bajar por la cuesta hasta dar con el número 56 de su casa. Toqué a la puerta y abrió una nieta de mi tía, llamada, obviamente, Carmen. – ¡Yaya! ¡Te buscan! – gritó la nieta, sin sospechar nada. Ella se asomó desde lo alto, en un descanso de la escalera. Allí la vi por primera vez. Me pareció ver a mi madre con algunos años 91


más y con la misma prestancia, como diciendo “¡aquí estoy!”. Era mi primer encuentro con la que yo llamaba “La comandante en Jefe”, nada ocurría si no pasaba antes por la comandancia de esa casa.

Mi Tía Carmen y Mi Tío Julián

Hay una frase que la pinta de cuerpo entero, y que ha pasado de generación en generación. Parece que en días de la posguerra, cuando nada sobraba, su hijo mayor, Luis “el Chache”, le dijo: “Mamá, ¿me compra un globo? Y mi tía Carmen respondió: ¡Cómo para globos estamos!”. Esta es la famosa frase que aún hoy seguimos usando en la familia.

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Un nuevo hogar

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egresemos por un rato a mis primeros cinco años.Recuerdo la preocupación de mi madre, todas las noches, esperando que llegara su marido del trabajo. Cuando llegaba, a mi madre se le iluminaba la cara. Entonces mi padre nos sentaba en sus rodillas y nos daba aquellas tiras de caramelos envueltos en celofán que tanto llamaban mi atención por sus colores, más que por los gustos. Los compraba todas las noches en la estación Constitución. Claro que mi madre tenía motivos para preocuparse. En aquellos tiempos, se producían muchos accidentes en los trenes que transportaban a los trabajadores del sur hacia la Capital. Viajaban colgados de los pasamanos, trepados en las locomotoras y hasta en los techos. Mi madre se mortificaba pensando qué haría ella si algo le pasaba a Manolo en el viaje… ella quedaría sola, con dos hijos, en un país extraño. En el intento de mejorar su calidad de vida, aceptaron el ofrecimiento que le hicieron a Manolo de trabajar como encargado de un edificio de la Capital. Según mi madre, esta nueva situación le permitiría a ella estar más tranquila al tener a su marido cerca. Además, quería que sus hijos tuvieran una mejor educación de la que podrían tener en Lomas de Zamora. Recuerdo el día de la mudanza como si fuera hoy. Los amigos de Manolo le facilitaron un camión y partimos hacia nuestro nuevo hogar. 93


El primer contratiempo surgió al llegar al puente de la calle Bulnes que pasa por debajo de las vías del tren, en el barrio de Almagro. De repente, un ruido ensordecedor: las cuatro patas de nuestra mesa de comedor habían quedado atascadas en el puente. Mi madre gritaba nuestros nombres, porque pensó que nuestras cabezas habían rodado por la calle. Una vez instalados, Pilar se ocupó en encontrar un colegio. Eligió el Instituto Tierra Santa, que quedaba a pocas cuadras, luego de una reunión con el padre Romualdo. Al otro día ya estábamos dentro del Instituto. Yo me quedé abrazado al padre, llorando, porque quería regresar a mi casa, mientras el padre discutía con un maestro si tenía edad suficiente para comenzar en primero inferior. “En todo caso –acordaron– que repita y así se acomodará solo”. Cito la frase de memoria, porque la tuve presente durante todo el periodo escolar casi como un estigma, lo que me ayudó a no atrasarme jamás. Para mis padres, la posibilidad de poder pagar la cuota del colegio tenía la misma distancia que la de mi altura con la tabla que utilizaba mi madre para planchar camisas por encargo. Jamás se hablaba de dinero en casa, pero alguna vez escuché a mi madre enojarse porque muchos no hacían el esfuerzo para pagar el colegio y sin embargo no dejaban de tomarse sus vacaciones. Algunas cosas me dejó esto como enseñanza; primero, que con esfuerzo todo se puede (o por lo menos todo se puede intentar) y segundo, ¡que soy un excelente planchador de camisas! Mis amigos del colegio, los del barrio, los amigos del fútbol, mis maestros, todos ellos fueron formándome. Éramos un “crisol de orígenes”, de estratos sociales, de educación, como pasaba también en otros típicos barrios de Buenos Aires. Claro que, como tantas veces se ha descripto, teníamos en el barrio al ladrón, al juez, al policía, al almacenero, al quinielero, al burrero, a la infaltable prostituta, al “mariquita”, y a muchos otros que formaban parte del mosaico de esa sociedad. Y todos tenían su lugar en la interminable mesa 94


del café La Sonámbula, de Maza y Rivadavia. Durante toda mi primaria mis vacaciones transcurrían en Lomas de Zamora, en la casa de mi abuela Demetria que, por supuesto, me obligaba a dormir en su cama. Confieso que yo accedía fácilmente. Cada noche la misma ceremonia; me sentaba en la cama y me lavaba los pies, como si yo no me hubiera bañado un rato antes. Nunca supe a qué se debía esa manía, ¿un intento de emular el lavado de los pies de nuestra celebración religiosa? Luego, ya en la cama, me acurrucaba a su lado. Mi abuela Demetria era una mujer muy dulce, o por lo menos lo era con “su galán”, como solía llamarme. Mi paso por la primaria estuvo marcado por la educación y la guía de los franciscanos. Fui un asiduo monaguillo y colaborador en cualquier actividad que me requiriese. Admito que quizás no lo era tanto por mi religiosidad si no, más bien, por obtener el salvoconducto y así poder ingresar a los torneos de fútbol del colegio.

Mis padres, mi abuela paterna y mi hermana

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Más allá del tiempo y la distancia: mis amigos

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l primer día de colegio conocería a un personaje que se cruzaría en mi vida y que permanecería para siempre, hasta al día de hoy. Con él nos revolcábamos por el piso en cada recreo hasta que tocaba el timbre y ambos volvíamos corriendo a clase. Mi hermano de la vida, Jorge, se había hecho presente. Con él compartimos padres y madres, sueños, alegrías y tristezas. Como si todo esto fuera poco, años más tarde –no muchos más– aparecería Pico, mi otro amigo del alma, que vino a ocupar otro espacio importante en mi vida. A medida que crecemos, las diferencias se afirman y a menudo son causas de rupturas. Para otros, esta fraternidad dura toda la vida, como si ese lazo no tuviese en cuenta el espacio y el tiempo. Los perdí de vista durante 20 años, pero cuando por esas cosas de la vida nos encontramos, yo tuve la impresión de haberlos visto el día anterior. Nadie dude de que con un amigo de infancia la relación evoluciona, cambia con el tiempo. La afectividad es, a menudo, dejada de lado en las relaciones adultas, salvo con un amigo de la infancia, esos amigos de siempre, esos con quienes se comparten recuerdos que nos hacen retorcer de risa o llorar a mares, los que siempre están ahí, a los que podemos llamar a cualquier hora para nada en particular o en busca de consuelo. 96


Con ellos nos conocemos desde el colegio primario. A pesar del tiempo, nos seguimos viendo cada tanto porque los amigos de la infancia se llevan siempre en el corazón, porque son parte de nuestra infancia, porque se han compartido travesuras, porque juntos se transita el difícil paso a la adolescencia. Recuerdo cuando nos íbamos acercando a sexto o séptimo grado y jugábamos a “verdad o consecuencia”…, o al juego de la botellita…, cuando nos copiábamos en una prueba y cuando empezamos a ir todos en patota a los asaltos. Más adelante, comenzó la etapa de estudiante secundario, y mis relaciones se internacionalizaron. Mis nuevos amigos y las barras que frecuentaba iban desde la zona del Abasto hasta la de plaza Almagro, pasando por los conventillos de Bartolomé Mitre y por la Avenida La Plata, además de mis amigos del colegio. Calculo que entre los catorce y quince años comencé a despertar y a darme cuenta de que había algo más divertido y atrayente que jugar a la pelota. Ingresé de golpe en el mundo del sexo opuesto, lo pasaba mejor que con cualquier barra de amigos. Muchos de estos nuevos amigos eran mayores que yo, unos cinco años o más. Quizás, por eso viví un poco más aceleradamente la vida que cualquier otro de mi edad. Esto tiene cosas buenas y otras, no tanto; uno amanece más temprano a la vida y a sus complicaciones. A veces pienso que sin darme cuenta quemé etapas y que, como siempre, en algún momento, uno tiene que pagar las facturas. Traigo de esas épocas las amistades más fuertes de mi vida. El “Negro” Pedro –Pedro Flores, sí, así se llamaba– era una persona incapaz del más mínimo atisbo de maldad; todo lo que tenía de mal alumno lo tenía de buena persona. Yo casi lo había adoptado, 97


el que se metía con Pedro sabía que se metía conmigo, siempre trataba de protegerlo. Sus padres eran muy agradecidos, todavía, después de cuarenta y cinco años, recuerdo como si fuera hoy lo cariñosa que era su madre conmigo cada vez que me veía (qué mal la pasarían económicamente, pienso ahora, que hasta mi madre podía llegar a ayudarlos). Pedro siguió visitando a mi madre hasta los años ochenta, lo único que hacía era pedirles a mis padres que le contaran cosas de mí. Nunca lo volví a ver, nunca quiso verme, sentía vergüenza de sí mismo. Eduardo fue otro de los personajes de ese entonces. Vivía en el Abasto, y eso me permitía ir relacionándome con otras “tribus”. Era parte del equipo de fútbol que participaba en el torneo del Mercado, donde su padre tenía un puesto. Cada vez que lo veía a mi lado, su padre le decía, sin ningún filtro: – Mirá, Eduardo, hoy no te pego porque te estarás portando bien, ya que estás con José, pero como que te encuentre con otro, ¡cobrás! Pobre don Torchiaro –así se llamaba–, ¡que engañado estaba! Pasaba largas tardes rodeado de feriantes. Me acuerdo de los camioneros, que debían esperar horas para realizar las descargas. También, del interminable picado que hacíamos para matar el tiempo y de los almuerzos en un atestado bodegón donde olía a comida casera. La familia dueña del bodegón cocinaba todos los días con esmero, intentando ganar la simpatía de los estómagos de los trabajadores; se preocupaban mucho por que nos alimentáramos bien. Claro que después yo tenía que disimular frente a mi madre, que con insistencia casi árabe me ofrecía su comida una y otra vez. Obviamente, jamás debía enterarse de que me había sentado a la mesa en otro lugar que no era mi casa. Las tardes pasaban sin más, hasta que de repente nos sorprendía el anochecer. Entonces nos dedicábamos a explorar el Mercado por 98


dentro; nos metíamos en los sótanos oscuros, donde se guardaban toneladas de mercadería. Ahora, a la distancia, supongo que la única explicación de que nunca hayamos tenido un accidente es que Dios nos sostenía en la palma de su mano. Varios subsuelos y más de cuatro pisos, con rampas, escaleras y aberturas en el medio de la loza que comunicaban todos los pisos entre sí. Qué decir de los ruidos, los olores… ¡y de los gatos y las ratas que jugaban a la par nuestra! Debo decir que cada tanto se asustaban tanto como nosotros cuando de repente veíamos la luz de una linterna que buscaba el origen de tanto ruido: “¡Quién anda ahí!” Por supuesto, nadie contestaba. De vez en cuando, y harto de no recibir respuesta, alguno de los serenos llamaba a la Policía y entonces todo se complicaba. Pero como el patrullero hacía sonar la sirena antes de llegar (como si nos estuvieran avisando: “¡allá vamos!”), nosotros abandonábamos el lugar a tiempo. El pasaje Carlos Gardel era el lugar de la cita del atardecer. Ahí había que mirar con los ojos bien abiertos y con todos los sentidos, pues había ladrones, proxenetas y levantadores de quiniela. Todos, como dice la canción de Serrat, desafiándose a ver quién la tenía más grande, vanagloriándose de la terrible mediocridad de sus vidas. La tristeza era como un gran síntoma de ese lugar, que se mezclaba con la melancolía de los inmigrantes. Siempre había humo, siempre alguna fogata en alguna esquina. Aún hoy siento el olor en el centro de mi recuerdo. Anoche pensaba en tantos otros que se perdieron en el camino, ¿qué será de sus vidas? Qué lindo sería poder verlos nuevamente y saber cómo los trató la vida, quién perdió más pelo o sacó más panza, quién de ellos se recibió o quién truncó sus ideales. Pero, sobre todo, quisiera saber qué pasó con los sueños que teníamos en esa época. 99


Recuerdo que yo quería ser arquitecto; aquel, ingeniero, y muchos otros no tenían la menor idea. Yo, que toda la vida fui rebelde, contestatario, siempre en contra de las normas y “antiyanqui”, ¡terminé trabajando para los gringos! Quisiera saber cómo están esos amigos con los que compartíamos un chicle Bazooka o un cigarrillo suelto que nos había vendido la gorda del quiosco. Quizás podríamos reunirnos, así como lo hacemos los que nos seguimos viendo, y reírnos una y mil veces de las mismas estupideces y los mismos hermosos recuerdos. Porque cuando uno recuerda los momentos de la infancia, vuelve a percibir el mundo con esa misma ingenuidad, esos recuerdos no se borran jamás. ¿Dónde estarán, amigos? ¿Qué ha sido de sus vidas? ¿Me recordarán, como yo los estoy recordando a ustedes? Cómo olvidar el gomero de la canchita del colegio, casi un jugador más, porque estaba justo frente a uno de los arcos. Cómo olvidar los metros y metros de papel crepé que usábamos para hacer las guardas o escarapelas de las fiestas patrias… ¡si habré bailado el minué disfrazado de gaucho! Donde había que marcar presencia, ahí siempre estaba yo. ¿Y las kermeses de la primaria para juntar la plata para terminar el colegio? ¿Dónde están, amigos? No quiero olvidarme de esas cosas, ni de sus caras ni de sus nombres. Los llevo tan dentro de mí, son parte de mi vida. Hace tanto bien reír juntos recordando hechos, anécdotas. No importa que el tiempo pase, nosotros seguimos contándonos las mismas y exactas anécdotas, seguimos llorando de risa porque cada año que pasa las disfrutamos más, los recuerdos se hacen más vividos y la añoranza, mayor. 100


¿Me estaré haciendo viejo, que últimamente me invade la nostalgia por esos momentos lejanos, por gente que ya no está? Quisiera tener a mi lado a todos aquellos que fueron importantes en mi vida. ¿O será que tal vez pienso que al reencontrarme con todos ellos me reencontraré con un cachito de mi infancia? Me da una especie de ternura cuando recuerdo cómo éramos… y entonces miro a los que sigo viendo y los veo tan adultos, ya con hijos grandes…, Cómo quisiera verlos, aunque se una vez más, una sola. Conocer a sus familias, entender qué anhelos quedaron enterrados y que esperanzas aún bregan por seguir en pie. Cómo quisiera verlos y poder comprobar que siguen siendo los mismos de hace cuarenta años, ¿o todos nuestros sueños se convirtieron en utopías, se desvanecieron al toparse con la realidad cotidiana? Cómo quisiera verlos, y ya no preguntarme más: “¿Dónde están, amigos?”, si no: “¿Dónde han estado?”

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Las escondidas y otros juegos

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or aquellos años de adolescencia y también de franca inocencia, la calle era el lugar de reunión de los amigos. Éramos una banda formada por chicos de diferentes calles de un sector del barrio de Almagro. Ocupábamos unos cien metros: Mario Bravo, entre Rivadavia y Bartolomé Mitre. Nos dábamos el gusto de cerrar la calle con vallas robadas a la vieja ENTEL, que decían: “Hombres Trabajando”. Así, lográbamos desviar el tránsito y jugarnos un “picadito” en medio del pavimento, sin que nos importaran las quejas de los vecinos. El cronograma era casi todos los días el mismo, lo que cambiaba era el juego de cada día. Uno de nuestros preferidos era “las escondidas”, pero, con algunas particularidades. Debido al código de planeamiento de la zona, todos los edificios tenían casi la misma cantidad de pisos, por lo tanto, nos lanzábamos a las azoteas, pero antes debíamos afinar nuestra habilidad para franquear la puerta de entrada del edificio y sortear la implacable vigilancia del portero de cada uno de ellos. Una vez adentro recorríamos a oscuras las escaleras –para no llamar la atención– y subíamos a la terraza. Entrábamos por las ventanas, forzábamos puertas, claraboyas o lo que fuera que se antepusiera en 102


nuestra avanzada. Una vez en la terraza, nunca faltaba el gracioso que se travestía, usando cualquier prenda que encontraba secándose en las sogas; otros cambiaban las ropas de una terraza a otra, pero teniendo la delicadeza de dejar cada prenda muy ordenada en la terraza del vecino. ¡Pobres amas de casa! ¡Me imagino la sorpresa, cuando se encontraban con su ropa perfectamente colgada pero en el edificio de al lado! En verano, quitábamos las tapas de los tanques de agua y los convertíamos en excelentes piletas de natación. Ahí nos refrescábamos en esos días imposibles de calor: agua pura y cristalina, que después era consumida por los habitantes de los edificios. También teníamos nuestra versión nocturna del juego de las escondidas, la que sumaba al clásico juego una buena dosis de adrenalina. Saltando de medianera en medianera, recorríamos los edificios de la cuadra. Sin duda, contábamos con algunos ángeles guardianes, que nos sostendrían para no cayéramos de semejantes alturas. Quizás este jugo de niños que practiqué durante algunos años me inclinó a conservar, entre mis reflexiones preferidas, aquella que se refiere a este juego. Cuentan que una vez se reunieron todos los sentimientos y cualidades de los hombres en un lugar de la tierra. Cuando el Aburrimiento, tras un bostezo, reclamó por tercera vez, la Locura, como siempre loca, le propuso jugar a las escondidas. La Intriga levantó la ceja, muy intrigada, y la Curiosidad, sin poder contenerse, preguntó: – ¿Jugar a las escondidas? ¿Qué es eso? – Es un juego –explicó la Locura– cierro los ojos y comienzo a contar dede uno a un millón mientras ustedes se esconden; cuando yo termine de contar, el primero de ustedes al que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego. 103


El Entusiasmo danzó seguido de la Euforia. La Alegría dio tantos saltos que terminó de convencer a la Duda y también a la Apatía, que nunca se interesaba en nada. Pero no todos quisieron participar. La Verdad prefirió no esconderse, ¿para qué? si al final todos la encontrarían. La Soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo, lo que le incomodaba era que la idea no había sido de ella) y la Cobardía prefirió no arriesgarse. – Uno, dos, tres, cuatro –comenzó a contar la Locura. La primera en esconderse fue la Prisa, que como siempre cayó detrás de la primera piedra del camino. La Fe subió al cielo, y la Envidia se escondió detrás de la sombra del Triunfo, que por propio esfuerzo había conseguido subir a la copa más alta del árbol más alto. La Generosidad casi no consigue esconderse, por que cada lugar que encontraba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: si era un lago cristalino, ideal para la Belleza, si era la copa del árbol perfecto, para la Timidez, si era el vuelo de una paloma, ideal para la Voluntad, si era una ráfaga de viento, magnífico para la Libertad. Así terminó escondiéndose en un rayo del sol. El Egoísmo, al contrario, encontró un lugar bueno desde el principio, ventilado, cómodo, pero sólo para él. La Mentira se escondió en el fondo del océano (mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris). Y la Pasión y el Deseo, en el centro de los volcanes. El Olvido…, no recordamos dónde se escondió, pero eso no es lo más importante. Cuando la Locura estaba exactamente en el número 999.999, el AMOR todavía no había encontrado lugar para esconderse, pues todos estaban ya ocupados, hasta que encontró un rosal y cariñosamente decidió esconderse entre sus flores. – ¡Un millón! –gritó la Locura y comenzó la búsqueda. La primera en aparecer fue la Prisa, apenas a tres pasos de una piedra. 104


Después escuchó a la Fe discutir con Dios, sobre la zoología, en el cielo. Sintió vibrar a la Pasión y al Deseo en los volcanes. En un descuido, encontró a la Envidia y, claro, pudo deducir dónde estaba el Triunfo. Al Egoísmo no tuvo que buscarlo, él solo salió disparado de su escondite, que en verdad era un nido de avispas. De tanto caminar sintió sed y al aproximarse a un lago descubrió a la Belleza. La Duda fue la mas fácil de encontrar pues estaba sentada sobre un cerro sin decidir dónde esconderse. Así, uno a uno, fue encontrando a todos. Al Talento entre la hierba fresca, a la Angustia en una cueva oscura, a la Mentira detrás del arco iris (mentira, estaba al fondo del océano) y hasta al Olvido, a quien se le había olvidado que estaban jugando a las escondidas. Pero… el Amor no aparecía en ningún lugar. La Locura lo buscó detrás de cada árbol, debajo de cada roca del planeta y encima de las montañas. Cuando estaba a punto de darse por vencida; encontró un rosal. Tomó una horquilla y comenzó a mover sus ramas, cuando en un momento escuchó un grito doloroso: las espinas habían herido al Amor en los ojos. La Locura no sabía qué hacer para disculparse, lloró, rezó, imploró pidió perdón y hasta prometió ser su guía. Fue así como, por primera vez, se jugó a las escondidas en la tierra. El Amor es ciego y la Locura siempre lo acompaña. El juego del policía y el ladrón era otro de nuestros entretenimientos, tratábamos de que fuera lo más real posible y dentro de ese intento a veces nos excedíamos. La comisara 9ª, que intentaba poner orden en el barrio, solía enviar un par de policías a nuestro reducto, seguramente por pedido de algún vecino harto de nuestras tropelías. Los policías corrían siempre a los más lentos, entre los que se destacaba el Gordo Jorge. Un día, el Gordo finalmente se detuvo luego de correr varias vueltas alrededor de un auto estacionado. Con el policía detrás, no tuvo 105


mejor idea que levantar sus bracitos detrás de la nuca, mirar a los ojos al policía como si fuera un capo mafia de los buenos y decirle que se entregaba pero que, por favor, no le pusieran las esposas. El final del juego se producía cuando alguien era capturado como rehén por los policías, y uno a uno teníamos que ir entregándonos. Paso seguido, todos en fila india caminando hasta la comisaría a recibir el sermón del principal a cargo. Me acuerdo también de que, en ese entonces, estaban de moda el Fiat 600 (Fitito) o el FIAT 128. Esos eran los primeros autos que se compraban los jóvenes para recorrer como lobos hambrientos la avenida Santa Fe, tratando encontrar y seducir algunas piernas con botas hasta las rodillas, alguna linda chica enfundada en un hot-pant. También recuerdo que recién habían sido lanzadas al mercado las bebidas colas de 250 ml, venían en cajones de madera, ideales, por su dureza y tamaño, para levantar los autos y cambiar las ruedas gastadas.

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Un difícil adiós

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on tantos recuerdos que a veces me pregunto si lo que estoy haciendo no es, acaso, como ovillar de a poco esta maraña que es mi mente, que se ha ido armando despacio y desordenadamente con el correr de cada día a lo largo de mi vida. Siento que debo encontrar la punta del ovillo, que estará, sin dudas, en el origen de mi vida, para poder así ordenar tanto entrevero de hilos. Ahora mismo, en este instante, traigo hacia mí el recuerdo de mi último abrazo con mi tío Manolo. Ya habíamos hablado varias veces, aunque nos costaba mucho poder entablar una conversación por teléfono. Él siempre me preguntaba cuándo me vería, yo le prometía que pronto, que muy pronto. “Mira, José, que ya me estoy poniendo viejo…”, me decía, en medio de profundos silencios, porque los dos tratábamos de no demostrarle al otro la angustia que apretaba nuestros corazones. Debí haberlo visitado más seguido, pero por suerte, pude despedirme a través de ese abrazo. Siempre le pedía que me aguardara, que no se atreviera a marcharse sin que yo estuviera cerca, que no se lo permitiría. Él sabía que mi prioridad era viajar para verlo. Apenas llegué a Valencia, mi hermana me da la noticia de que se encontraba muy enfermo, que ya no reconocía a nadie y que estaban esperando que pasaran las horas hasta que se desencadenara su 107


muerte. Para mí fue un golpe tremendo, me invadió la angustia y la tristeza, no podía creer que esto estuviera pasando. Lo único que quería era llegar a Requena a tiempo. A primera hora del día siguiente ya estaba allí. Caminé hasta su casa, golpeé la puerta varias veces hasta que se asomó por el balcón de aquella casa que él había construido una cara desconocida que me preguntaba qué quería. Difícil me resultó contestar tan simple pregunta, sólo atiné a decir que venía desde muy lejos a ver a mi tío: “Soy José”, dije. La persona que me atendió apenas hizo una mueca, me dijo que no me entendía y que mejor hablara con sus hijas. Le dí las gracias y le pregunté donde podía ubicarlas. Me respondió que en el negocio de deportes, cuatro cuadras más arriba. Bajé la cabeza y me fui caminando por esa calle hacia la vieja carretera. A pocas cuadras encontré el negocio de Trini. Cuando me vio, nos abrazamos y lloramos juntos. Me dijo que mi tío no estaba nada bien, que ya no respondía a su nombre y que lo mejor era no molestarlo. Insistí, me enojé, supliqué, pero lo único que recibí como respuesta fue que esperara, que ella me llamaría. Al otro día por la mañana, me llamaron mis primas para decirme que podía ir a verlo, no sin antes anticiparme que no me reconocería y que tampoco abriría los ojos. Subí aquellas escaleras, las mismas donde tiempo atrás, los dos sentados en los escalones, me había contado cómo la había construido: “¡Cómo la hubiéramos pasado de bien los dos trabajando juntos!”, me acuerdo que me dijo. En el descanso de la escalera me crucé con mis primas. Desde allí alcancé a ver la puerta medio abierta del dormitorio. Vi a mi tío sobre su cama, muy bien tendida (siempre decía que si no era capaz de tender la cama donde podía estar con su mujer, más valía no tener cama ni mujer). 108


Entré al dormitorio y sólo atiné a decir: “Venga, tío, que vine a visitarlo”. Nada. No me contestó. Repetí mi arenga con más fuerza y en ese instante volteó su cabeza y entreabrió los ojos. Entonces le pregunté: – ¿Sabe usted quien soy? – José –respondió, apenas en susurros. Mis primas salieron del cuarto llorando, y yo me senté al costado de su cama. Recordar, poner en palabras ese momento tan triste, escribirlo, hace que mis ojos, otra vez, se llenen de lágrimas. Alcancé a decirle que venía a buscarlo para llevarlo a Buenos Aires. – Ya no estamos para viajes cortos, ahora empezamos el viaje más largo –respondió en voz muy baja. Al día siguiente lo internaron y ya nunca más habló. No respondía a ningún estímulo, salvo cuando yo lo visitaba; entonces sonreía… y hasta llegó a decirme que seguramente yo le mentía para dejarlo contento con las novedades del fútbol. A los tres días suena el teléfono: mi tío Manolo ya había comenzado su último viaje. Para mí fue el comienzo de una de mis experiencias más tristes y angustiantes. Comenzó en la sala de velorios. Por costumbres del pueblo, el cajón no estaba a la vista. Estuve todo el día parado, apoyado en una columna, recibiendo las penas de todos aquellos que pasaban a darme el pésame. A una cierta hora, nos dijeron que el velorio había terminado y que al otro día sería la misa y el entierro. Me fui solo, caminando por la avenida principal, muy triste porque me había sentido lejos de mi tío culpa de esa “costumbre” que no entendía de no exhibir el ataúd. “Pues no estabas tan lejos de tu tío –me dijo alguien después–, si estuviste todo el día parado, flanqueando la puerta donde estaba el cajón”. Parece que fui el comentario de todos los que fueron. 109


Mi Tío Manolo

Al otro día en la Iglesia, sentado en el primer banco, lloré lo que creí que nunca podría llorar. Intenté mantenerme al margen, pero ante el pedido de mis primas tomé el asa de la cabecera del ataúd y lo guié hasta el coche que lo aguardaba. Caminando lentamente por la calle de los Desamparados, bajamos hacia el cementerio. Pasando por la puerta de la casa de mi tía Carmen y por el puente de Las Ollerías, donde se encuentran hoy las cenizas de mi madre. Unos metros más adelante y a la derecha, pasamos por la casa donde se criaron los tres hermanos, cruzamos la carretera por debajo del puente hasta llegar al cementerio, aquel que está haciendo cruz con la casa de putas. Así fue la despedida terrenal de mi tío Manolo, aquel, “el de mantillas”, o “el pequeño”, como le decía mi madre. Sí, el de las narices “chafas”. 110


Más preguntas que respuestas

A

hora que estoy por cerrar la historia de mis orígenes, me doy cuenta de que no supe aprovechar el tiempo que tuve junto a mis padres… ¿cómo no les hice mil preguntas más? Qué ganas me dan de gritarles: “¡Vuelvan! ¡Vuelvan aunque sea un ratito!”. Creo que con eso me quedaría un poco más tranquilo: el tiempo necesario para hacerles el montón de preguntas que me quedaron en el tintero. Como otros, creo que cometí el error de todo hijo: creí que mi papá y mamá serían eternos, que no se iban a morir nunca. ¿Se murieron? ¿Se fueron? ¿Se acabaron? ¿No más “padres”? Cada pregunta es como una semilla que genera otra. El acto de escribir nos permite ciertas impunidades. Uno puede abolir lo absurdo de la muerte, uno puede resucitar a los que ya se fueron. Gracias a la escritura, tengo la posibilidad de recrear cualquier momento vivido con mi madre y con mi padre, en el lugar y en la situación que quiera. Puedo pedirles que me cuenten: “Contame un poco más, me inquieta mucho entender cómo fue cuando pisaste la Argentina en el puerto de Buenos Aires, ¿era un día de sol?, ¿estaba 111


el cielo cargado de nubes?, ¿llovía mansamente o con furiosa furia?, ¿qué fue lo primero que viste?..., espera papá, no te vayas…, en esos días primeros, recién llegado a una patria desconocida, ¿qué soñabas?, ¿con una casa?, ¿con formar tu propia familia?, ¿con lo que había quedado a tu espalda? ¡Cómo me gustaría tener todas las respuestas! Quizás, como un principio de despedida, antes de que mi madre empezara con los síntomas del Alzheimer debería haberme sentado más tiempo con ella, debería haberla escuchado más. Haberle dicho cuánto la amaba y cuán agradecido estaba. Pero no pudo ser. Ella eligió no volver a sufrir una despedida y seguramente eligió desconectarse de la realidad para no volver a agitar pañuelos blancos, pañuelos que durante toda la vida estuvieron cerca de ella. Era muy común ver a mi madre con un pañuelo en la mano, también era muy común ver cómo, de repente, se le saltaba una lágrima. Entonces se secaba los ojos con el pañuelo y, con un gesto repetitivo y casi imperceptible, lo volvía a guardar. Algunos compañeros se preguntaban por qué siempre estaba llorando la madre de José. Ella apenas se justificaba diciendo que todo era por culpa de sus lagrimales, que no cumplían la función de controlar las lágrimas. Quizás sea esa la explicación médica, pero a veces pienso si esa incontinencia no habrá sido, tal vez, producto de las penas que llevaba en su corazón.

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La enfermedad de las despedidas

E

s durísimo ver cómo un ser que amás profundamente, una persona que ha sido un ejemplo para vos y que, además, es tu madre, una mujer que ha apreciado la vida –tanto, que se ha empeñado en vivirla aun en medio de tremendos sufrimientos– se va alejando, aislándose poco a poco. Entonces, tenés que echar mano de los recuerdos que, aunque duele traerlos a la memoria, son los que te ayudan a conservar esos lazos de amor y respeto que pugnan por desaparecer. Me parece más apropiada la denominación de “mal”, y no de ”enfermedad”. Porque lo que padeció mi madre no se contrae por contagio, descuido o herencia, como sucede con algunas enfermedades. El “mal” de mi madre se pone de manifiesto sin que hasta ahora se sepa fehacientemente cómo ni por qué. Pero de que es un mal no cabe la menor duda; yo diría que, más que “un mal” es “un peor”, porque no he conocido nada tan destructivo y maligno como el Alzheimer. Recuerdo los diálogos incoherentes de mi madre, mirándose al espejo. “Me estoy volviendo olvidadiza –decía– y también suelo 113


confundirme; a veces, cuando estoy al pie de la escalera, no puedo recordar si tengo que subir a por algo o si acabo de bajar; y en ocasiones, frente a la heladera, mi pobre mente se llena de dudas, ¿acabo de tomar la leche o vine para sacar algo? Y otras veces me pregunto en qué día estoy, no estoy segura si me estoy por acostar o si me acabo de levantar”. Hoy elijo pensar que de haber podido, seguramente me habría dicho: “Si te hablo y te repito las cosas mil veces, no te molestes, puede ser que crea que ya te he contado esto antes también y que no quiera aburrirte repitiendo. Pero recuerda que te quiero, y que desearía que estuvieras siempre aquí conmigo; pero ya es hora de irme a dormir, de modo que te digo ¡adiós! Me despido nuevamente, hasta mañana”. Jamás pude escuchar esto de su boca. Quizás haya sido simple casualidad, pero aquella mujer que siempre tuvo que despedirse terminó su vida con Alzheimer, la enfermedad de las despedidas. La sola mención de la palabra “Alzheimer” me produce un tremendo escalofrío. Es el mal del olvido. “Recordar es volver a vivir”, y es muy cierto. Por el contrario, olvidar es como no haber vivido. Y con ese horrible mal olvidás no sólo el pasado, sino que sos incapaz de recordar el presente. Es como no vivir. Uno desconoce a la persona con Alzheimer, y la persona lo desconoce a uno, y es a partir de ese desconocimiento mutuo cuando comienza una larga y sorda despedida. Ella siempre había sido una mujer ocupada. Siempre tenía más cosas para hacer de las que podía. Pero una tarde, tras días y días de hacer y deshacer el mismo tejido, me dijo, con voz incrédula: – ¿Es posible que me haya olvidado cómo tomar los puntos? Entonces miré su tejido y entendí que tenía el aspecto de algo que había sido manipulado en exceso. El tejido estaba oscuro, sucio, y la forma no se correspondía con lo que yo había visto en sus manos en otras ocasiones. 114


De a poco, las conversaciones se fueron tornado superficiales. Ella se limitaba a explicarme que la mayoría de las cosas se les perdían y que pasaba todo el santo día buscando algo. Insistía con la idea de que alguien se las escondía, porque cuando las buscaba nunca estaban en el lugar donde las había dejado. En algunas ocasiones se sentía triste en aquella casa, pero no quería venir a vivir conmigo. El paso de los meses se encargó de demostrar que su despedida era inevitable. No sólo no había mejorado, sino que el avance inexorable del Mal estaba dando lugar a nuevos síntomas que jamás se hubiera permitido evidenciar si hubiera podido razonar. Fueron pasando los meses y los problemas aumentaron. Ahora la veo ahí, tranquila. No habla, no fija la mirada, pero al menos ha desaparecido de su cara esa expresión de miedo de los primeros días. “¿Qué me está ocurriendo?”, solía decir, angustiada. Y al no entender lo que le estaba pasando su reacción era de enfado, un enfado con una carga de agresividad y frustración que no había mostrado ni en las situaciones más complicadas de su vida. Siempre guardaba algo de dinero en su monedero pero llegó un momento en el que no fue capaz de recordar dónde lo había puesto. Buscaba dinero en el cajón de su mesita, y en lugar del dinero encontraba un trozo de chocolate que posiblemente había guardado para sus nietos. Esos niños eran sus nietos, pero sus nombres no se correspondían con los de ellos sino con los de sus hijos o con los de sus sobrinos. Cuando nadie la veía se ponía a lavar la ropa, entonces manchaba el suelo y se paralizaba porque no sabía cómo tenderla ni qué hacer con ella. Aquella impotencia que le suponía no saber cómo resolver pequeños imprevistos era lo que hacía que su carácter fuera imprevisible. Ninguno de nosotros fuimos capaces de entender su enfado. “¿Quién me ha quitado mi dinero? –protestaba–, ¿quién ha manchado la ropa? ¿Por qué no soy libre y todo el mundo me vigila?”. 115


La cocina había sido su territorio desde siempre. Allí creaba los mejores platos, aunque en ocasiones nosotros habríamos preferido una comida más ligera y menos elaborada para poder salir con los amigos. Uno de los primeros signos de alerta fue el día en que no recordó los pasos a seguir para preparar su famosa paella. Se quedó quieta, sin saber cómo resolver la situación hasta que, disimuladamente, tomé su mano y ella me cedió la cuchara de madera, como cediéndome el mando. Mi madre fue olvidando quién era. Fueron surgiendo problemas de adaptación a situaciones nuevas, pero, a pesar de este Mal, sus ojos siempre me transmitían todo el amor que sentía por mí.

Las despedidas

A

quella mañana en Ezeiza, haciendo un esfuerzo para poder mirarla a los ojos y rogando que no me preguntara nada, intenté despedirme y no pude. Cuando la acompañé hasta la puerta de embarque, me tomó de la mano, me la apretó con toda su fuerza y con los ojos húmedos, mirándome, preguntó: “¿Dónde voy, José?”. Le dije que se iba con su hija, con sus hermanos, con sus orígenes; le dije que volvía a su querida Requena. Ella entonces sonrió, y yo entonces me di cuenta de que había tomado la decisión correcta. 116


Fue la última vez que vi esos ojos. Vivió los últimos años con mi hermana y cerca de sus hermanos. Estoy convencido de que fue lo mejor que podría haberle pasado y lo que ella hubiera querido elegir si hubiera podido. La despedida con mi padre fue en un sanatorio. Recuerdo que, por timidez, esperaba que él se durmiera para acariciarlo. Nunca abrió los ojos, pero yo sentía que me escuchaba. La última noche, durante horas, le pasé la mano por su cabeza, de pelo tan suave. Así, una y otra vez. Sin ninguna duda, puedo decir que él era bueno como el pan, como el pan que nace de la harina y que llega alumbrado por el sol. Mis manos se quedaron marcadas para toda la vida con la harina que se desprendió de su pelo fino y suave. Le dije entre esas cuatro paredes lo que nunca había podido decirle, que estaba orgulloso de él, que lo quería, que había aprendido de él todo lo que era importante para ser un hombre, que me perdonara si le había dado algún disgusto o si alguna vez, en esos ataques de soberbia que solemos tener los hijos, le había dicho la fatídica frase: “Vos no sabes”. Le pedí, sólo por egoísmo, que se quedara un poco más conmigo, que aún me faltaba devolverle muchísimo, pero que, como siempre, la decisión que él tomara sería la acertada. A las pocas horas cumplió con lo que siempre nos decía: “Ustedes no se preocupen por mí, que yo nos le daré guerra, el día que me toque morirme así lo haré, será sin más”. Y así fue como, sin más, su vida se apagó.

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ORÍGENES A través de estos relatos he tratado de recordar a las personas y los lugares que son parte de mis orígenes, de pensar en la precariedad de la vida y en los efectos del paso del tiempo en mis recuerdos. He intentando reflexionar sobre el papel fundamental que para mí significan mis orígenes. Origen: se trata de algo más que de una noción sobre dónde nació uno. No es, además, sólo una palabra, sino un concepto con distintas acepciones, según el campo de estudio al que se refiera. “Origen” significa aquello de lo cual una cosa procede o inicia, el momento del nacimiento de una cosa o fenómeno, su comienzo en sentido temporal o histórico. En matemáticas, “origen” es el cero en cualquier escala. En geometría, es el primer punto. Cuando utilizamos la expresión “denominación de origen” nos referimos al país, región, comarca o localidad de donde procede un producto. Se trata de un derecho de propiedad importantísimo en el caso del vino. La palabra “origen” puede referirse a la dimensión espacial pero también, y de forma diferente, al tiempo y su dimensión histórica. En la medicina y en el psicoanálisis, el origen tiene una significación y una relevancia importantísima, como punto inicial de una terapia. En la Historia Occidental, Orígenes es el nombre del primer teólogo y Padre de la Iglesia cristiana de la escuela de Alejandría, que vivió en el siglo II de nuestra era. Y para mí, este Orígenes que acabo de terminar de escribir es lo que necesito para que todo aquello que pertenece al pasado sobreviva aquí, entre este montón de palabras llenas de amor y emoción, que pretenden abatir la barrera entre el hoy y el ayer. 118


Cierto es que me he tomado algunas licencias, pero todo está dentro del esquema de lo que me contaron o de lo que recuerdo que me contaron, y de lo que logro transcribir. Por lo tanto, debo decir que no he realizado un relato de la pura verdad, sino de una verdad contaminada, de una verdad que me fue narrada. He rescatado monólogos, historias y frases que vienen de la tradición oral de mi familia y, fundamentalmente, de los recuerdos de mi infancia. Son todos pequeños retazos de verdad, aunque, en algunos casos, apenas hechos novelescos descosidos y remendados por mi memoria. Hoy, a mis años, ya casi pegando la vuelta en la esquina y cuando el cuerpo ha comenzado a doler, corro. El correr es para mí casi como una droga de necesidad diaria, y no estoy hablando de las horas que corro, ni del tiempo que me lleva recorrer tantos kilómetros ni, mucho menos, de las pulsaciones de mi corazón o el cansancio de mis piernas. No. Estoy hablando de haber encontrado un estado mental que me permite entrar sin darme cuenta en un mundo paralelo, allí donde están todos mis pensamientos. Corriendo puedo pensar en otras cosas, en mis cosas. A veces son sólo instantes, pero otras, logro sumergirme en mi memoria, bucear en ella, abstrayéndome de la realidad. Puedo pensar de manera natural, espontánea, al ritmo de mi propia respiración. Dejo entonces volar mis pensamientos: me detengo en algunos, descarto otros, resuelvo problemas, fantaseo, imagino, sueño. Corro, pienso, me siento a gusto, despliego mis sueños, como este mismo que hoy se encuentra entre tus manos hecho realidad.

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Glosario Boñiga: bosta Tontarra: tonto Cachondo: fresco Arrear: pegar. Chafa: achatada Chino: porcino Guerra: complicaciones Conorgo: conozco Macho: animal

Genio: temperamento Chapuza: changa. Amonestaciones: visitas Blandengue: blando Mojetear: curiosear Taura: extensión de tierra Chicha: carne Chaval: niño Berza: col Quincalla: objeto de poco valor

Las canciones de aquella glorieta donde todo comenzó Juanito Valderrama El Inmigrante (1950)

Tengo que hacer un rosario con tus dientes de marfil para que pueda besarlo cuando esté lejos de ti, sobre sus cuentas divinas hechas de nardo y jazmín rezaré pá que me ampare aquella que está en San Gil.

Y adiós mi España querida, dentro de mi alma te llevo metida, y aunque soy un emigrante jamás en la vida yo podré olvidarte. Cuando salí de mi tierra 120


volví la cara llorando porque lo que más quería atrás me lo iba dejando, llevaba por compañera a mi Virgen de San Gil, un recuerdo y una pena y un rosario de marfil.

te llevo metida, y aunque soy un emigrante jamás en la vida yo podré olvidarte. Con mi patria y con mi novia y mi Virgen de San Gil y mi rosario de cuentas yo me quisiera morir

Y adiós mi España querida dentro de mi alma

Antonio Machín Dos gardenias

Dos gardenias para ti con ellas quiero decir te quiero, te adoro, mi vida. Ponles toda tu atención porque son tu corazón y el mío. Dos gardenias para ti que tendrán todo el calor de un beso de esos que te di y que jamás encontrarás en el calor de otro querer. A tu lado vivirán y te 121

hablarán como cuando estás conmigo y hasta creerás que te dirán te quiero. Pero si un atardecer las gardenias de mi amor se mueren es porque han adivinado que tu amor se ha marchitado porque existe otro querer. Dos gardenias...para ti.


Antonio Molina La tacita de plata

hoy vuelvo yo a recordar y me parece mentira ya todo aquello pasó todo quedó en el olvido nuestras promesas de amores en el aire se han perdido

Sevilla tuvo que ser con su lunita plateada testigo de nuestro amor bajo la noche callada y nos quisimos tú y yo con un amor sin pecado pero el destino ha querido que vivamos separados

Están clavadas dos cruces en el monte del olvido por dos amores que han muerto que son el tuyo y el mío están clavadas dos cruces en el monte del olvido por dos amores que han muerto que son el tuyo y el mío.

Están clavadas dos cruces en el monte del olvido por dos amores que han muerto que son el tuyo y el mío Están clavadas dos cruces en el monto del olvido por dos amores que han muerto que son el tuyo y el mío. ¡Ay!, barrio de santa Cruz ¡Ay!, plaza de doña Elvira

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Joselito

Doce cascabeles Doce cascabeles lleva mi caballo por la carretera. Y un par de claveles al pelo prendíos lleva mi romera. Y la carreta que va delante mil campanillas lleva sonando. Y hasta las ruedas hacen su cante, porque los ejes van repicando. Varal cubierto con arrayanes, toldo con cielo de Andalucía.

Qué bien bracean mis alazanes, que no hay carreta como la mía. La carretera se hace de flores al paso alegre de las romeras. Hay madrigales, besos y amores en los caminos y en las laderas. Bajo las alas de mi sombrero, ay, qué bonita va mi romera. Va derramando gracia y salero. Parece suya la tierra entera.

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Luis Mariano Ole, torero

Voy a contar una historia que me ronda la memoria la del fangoso torero y no de bayoneros.

Le marco dos trayectorias de navajas pero no acaba ahí la historia es bien maja.

No era diestro en el capote pero si débil garrote le gustaba las corridas pero sin luz encendida

En el infierno el demonio le dio bienvenido Antonio le ha presentado su esposo una mulata muy marchosa.

Excitaba las novillas muy cerca de las tendillas.

Ella se pico en su estoque afilado siempre lo llevaba encima preparado Jode torero quitate el sombrero Jode torero quitate el sombrero

No llevaba monosabios picadores ni rosarios Solo llevaba el estoque afilado siempre lo llevaba encima preparado

El demonio se peinaba y algo raro se encontraba y al salir un tercer cuerno algo más pequeño y tierno.

Ole, torero quitate el sombrero Jode torero quitate el sombrero Pero el nactar de su suerte se hizo roja de repente un marido castañura le dejo pa la basura

Echo a Antonio del infierno por malvado puede usted considerarse comulgado. Se marcho con dos orejas 124


y un rabo las que en un bosque de pequeño había llevado.

Ay, torero sí, torero sí miralo no lleva subalternos pero no le importa cortar cuernos

Jode, torero quitate el sombrero Jode, torero quitate el sombrero Ole, torero quitate el sombrero Jode, torero quitate el sombrero

miralo, viene del infierno y ha regresado sin ningún subalterno. Ay, torero sí, torero sí quitate el sombrero por mí. Ay, torero si, torero si quitate el sombrero por mí.

Antonio Molina Adiós a España

qué lejos te vas quedando España de mi querer a Dios le pido llorando que pronto te vuelva a ver como una rosa encendida perfuma mi corazón adiós mi España querida pa’ ti canto mi canción y al darte mi despedida, y es beso, y es oración Mi España tierra querida, pa’ siempre adiós.

Tengo una copla morena echa de brisa, de brisa y de sol cruzando la mar serena, con ella te digo adiós. Adiós mi España preciosa, la tierra donde nací bonita, alegre y graciosa como una rosa de abril ay, ay, ay, voy a morirme de pena viviendo tan lejos de ti. Cruzando la mar serena, con ella te digo adiós 125


Jorge Sepúlveda Tres veces guapa

Cuando me miras, morena, de adentro del alma, un grito me escapa para decirte muy fuerte, guapa, guapa y guapa. Y es que tu cara garena, me roba la calma con gracia chulapa, y te diré hasta la muerte, guapa, guapa y guapa.

Estás que arrebatas, preciosa, Estás de lo más retrechera. Estás tan bonita y airosa que luces mimosa tu gracia chispera. Estás tan soberbia y hermosa que luces airosa tu sal postinera. Cuando me miras, morena, de adentro del alma, un grito me escapa para decirte muy fuerte, guapa, guapa y guapa. Y es que tu cara garena, me roba la calma con gracia chulapa, y te diré hasta la muerte, guapa, guapa y guapa.

Cuando me miras, morena, de adentro del alma, un grito me escapa para decirte muy fuerte, guapa, guapa y guapa. Y es que tu cara garena, me roba la calma con gracia chulapa, Y te diré hasta la muerte, guapa, guapa y guapa.

Estás que da gloria mirarte, estás que se para la gente, estás como para adorarte y luego besarte ardorosamente estás como para robarte y muy lejos llevarte, estás imponente. 126


El recuerdo de algunas pullas Estas pullas funcionaban como manifestaciones risueñas dirigidas a aquellos objetivos que desde siempre fueron tomados como fuente de inspiración: los nombres, las mujeres, las suegras y los curas.

Referidas a los nombres: Bartolillo, barre, barre. Madre, no quiero barrer; tengo los calzones rotos y el culillo se me ve.

la echó en escabeche y la fue a vender. Mañana es domingo de pipiripingo, se casa Benito con una mujer que tiene las tetas como un cascabel.

Teresa, pon la mesa; que viene .Juan con la pata tiesa. ¡Ay, qué risa con la tía Felisa que se cagó en misa!

San Pedro como era calvo le picaban los mosquitos; y su padre le decía: ponte el gorro, Periquito.

Antonio, retoño, repica el pandero; se sube a la torre y espanta a los perros.

Lucía, patatas frías, culo caliente; la botijilla del aguardiente.

jBuenos días, tío Matías, buenos palos merecías! Manolo, pirolo, mató a su mujer,

Mariquita, bonita, hija de un sastre; que no come tocino por no mancharse. 127


Perejil, don, don, pereiil, tortilla; perejil, don, don, pereiil, pajilla.

dame una avellana, Agustín, chiribín, no me da la gana. Que se muera Canín, que se muera el Chaparro; que le roben la quincalla y que le quemen el carro. «Dolores, come-coles, a puñados y a manotones.

Todos los Juanes son tontos. Los meten en un costal; se los suben a la torre, y los echan a volar. Marcelino, pan y vino; rompió el jarro en el camino. Isabel, manos de papel. Agustín, chiribín,

Luisa, cuando vas a misa pisas paja, paja pisas.

A las suegras: Si me caso y tengo suegra ha de ser a condición, que si al año no se muere la tiro por el balcón.

recuerdos para el infierno; ahora tiene la ocasión, mi suegra se está muriendo.

Mi suegra p’ a que la quiera me ha regalado un rosario; ahora tengo con mi suegra corona, cruz y calvario.

Voy a ponerme de luto con camisa colorada; porque se ha muerto mi suegra, esa suegra condenada.

A todas las suegras juntas las van a tirar al mar; la mía la puñetera se está enseñando a nadar. Si alguno quiere mandar

Dos mil cuatrocientas suegras iban juntas al infierno; la mía era la primera, la que tocaba el cencerro. 128


A las mujeres: Asómate a la ventana, cara de sardinas fritas; que cada vez que te veo se me revuelven las tripas.

Asómate a la ventana, cara de puchero roto, no digas a la mañana que no te rondan los mozos.

Las mocitas de mí pueblo se han comprado un coche viejo para traer por las tardes hierbas para los conejos.

Todas las mujeres tienen hacia el culo una campana; también los hombres tenemos badajo para tocarla.

Las mocitas de mi pueblo se mean en las esquinas, echan la culpa a los perros y son ellas las cochinas.

Encima de tu tejado un tejo vi relucir, nadie daba con el tejo y yo con el tejo dí.

Te quiero como si fueras cinta de mis alpargatas, mira si te quiero bien que te quiero por las patas.

Eres alta y buena moza, como las del Carracillo: por fuera llevan los majos, por dentro los remendillos. Las mocitas de este pueblo parecen a las gallinas; que en faltando el gallo padre a cualquier pollo se arriman.

La mujer que sale mala, aunque la tiren al río y la metan de cabeza no se la quita el bravío

Las mocitas de este pueblo son pocas y mal unidas; que cuando van por las calles parecen vacas uncidas.

Te tienes por buena moza y en el baile la más alta; para mula de mi carro las herraduras te faltan.

Dices que sabes, sabes, que sabes muy bien coser; y me has hecho unos calzones con la bragueta al revés.

Las mocitas de mi pueblo se han comprado una romana para pesarse las tetas tres veces a la semana. 129


A los curas: Los frailes del convento son aves de rapiña; se meten en el pinar y no dejan una piña.

tienen los hijos a medias y los parten por San Juan. Va derechito al infierno el cura de La Salceda, si no le pone el obispo un candado en la bragueta.

Los frailes del convento del más joven al más viejo, se meten en el arroyo y no dejan un cangrejo.

El cura de Sotosalbos ya no compra más cebada; desde que murió la burra, ahora monta en la criada.

Entre la madre y la hija, entre la hija y la madre; sacaron en calzoncillos al señor cura a la calle.

Si los curas comieran berros del río; no estarían tan gordos los tíos jodíos.

El herrero y el barbero, el cura y el sacristán;

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Libro origenes  

Libro de José López Gorbe