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MEDIAEVALIS

Consejería de Relaciones Institucionales

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SU PATRIMONIO ARQUITECTÓNICO Y ARQUEOLÓGICO EN EL SUR DE AL-ANDALUS Consejería de Relaciones Institucionales

Los Almohades

ARCHAE OLOGIA

Los Almohades SU PATRIMONIO ARQUITECTÓNICO Y ARQUEOLÓGICO EN EL SUR DE AL-ANDALUS


Los Almohades SU PATRIMONIO ARQUITECTÓNICO Y ARQUEOLÓGICO EN EL SUR DE AL-ANDALUS


Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, la reimpresión de parte alguna de esta publicación, ni tampoco su reproducción total o parcial, en cualquier forma o por cualquier medio, bien sea electrónico, mecánico o de otro tipo, tanto conocido ahora como los que pudieran inventarse posteriormente en un futuro, incluyendo el fotocopiado, sin expreso consentimiento de los Autores.

Edita: Consejería de Relaciones Institucionales Coordinan: Magdalena Valor Piechotta José Luis Villar Iglesias José Ramírez del Río Colaboran: Universidad de Sevilla Grupo de Investigación HUM-712 Archaeologia Mediaevalis © Consejería de Relaciones Institucionales C/ Monsalves 6-8 41004 Sevilla © De los Autores © De las fotografías, los Autores I.S.B.N: 84-688-5960-5 D.L.: SE-1.111-04 Portada: Juan Bosch Diseño y Maquetación: Juan Bosch - optika diseño Impresión: Gráficas Rosso Impreso en España - Printed in Spain


Los almohades: su Patrimonio Arquitectónico y Arqueológico en el Sur de al-Andalus es una publicación colectiva en la que se recogen las diez conferencias que tuvieron lugar en el Curso de Otoño de la Universidad de Sevilla, impartido entre el 15 y el 19 de septiembre de 2003. Este seminario, coordinado por Magdalena Valor Piechotta, fue organizado por la Universidad de Sevilla con la colaboración de la Consejería de Relaciones Institucionales, el Grupo de Investigación HUM-712 de la Consejería de Educación y Ciencia y la Asociación Archaeologia Mediaevalis. La idea de organizar este seminario partió del Grupo de Investigación Los almohades: su Patrimonio Histórico en Andalucía Occidental (Cádiz, Córdoba, Huelva y Sevilla) -HUM-712-, que desde el año 2001 viene desarrollando la tarea de inventario del Patrimonio Arquitectónico y Arqueológico de época almohade en el occidente andaluz. Parece lógico que una primera publicación del grupo de investigación tenga como objetivo establecer las bases y el punto de partida de los lugares ya conocidos e inventariados, para continuar con la concreción de una tipología para, a continuación, poder datar nuevos casos hasta ahora inéditos o mal fechados. Este libro, coordinado por Magdalena Valor Piechotta, José Luis Villar Iglesias y José Ramírez del Río, pretende ser un estado de la cuestión sobre el conocimiento que actualmente tenemos del Patrimonio Arquitectónico y Arqueológico de los almohades en Andalucía. Algunos trabajos se centran en las fuentes escritas, otros en las técnicas constructivas y en otros se hace un recorrido por las evidencias materiales que se conservan desde las perspectiva provincial. Todos estos capítulos nos permiten calibrar el importante legado que conservamos en Andalucía de la centuria que transcurre desde mediados del siglo XII a mediados del XIII. En efecto, a partir del verano de 1145, en que se cita por primera vez en la ju§ba de la mezquita aljama de Cádiz al califa almohade ®Abd al-Mu'min, se inicia un nuevo proceso de intervención del Magreb en al-Andalus que, en muy poco tiempo, dará lugar a la conformación de un gran imperio a ambas orillas del Estrecho de Gibraltar. Un imperio que supondrá decisivas transformaciones políticas, sociales, económicas, culturales y religiosas en el Occidente islámico. Estos cambios son especialmente notables en al-Andalus cuya capital, Sevilla, vive una auténtica revolución urbana. Y, sin embargo, este periodo es el gran desconocido para el público, que identifica el esplendor de al-Andalus sólo con la dinastía Omeya, a la que seguirá un proceso de continua decadencia (¡nada menos que de cinco siglos!), para desaparecer en la historia con el sugerente epílogo nazarí. Hoy sabemos que no fue así. Y es que, además del fascinante califato almohade, que nos ocupa en este libro, las glorias de al-Andalus a lo largo de sus ocho siglos de historia y sus pervivencias que se prolongan hasta el presente, alcanzan a otros momentos, aún poco conocidos, y que deberán ser sacados a la luz por las nuevas investigaciones en curso. Magdalena Valor Piechotta José Luis Villar Iglesias José Ramírez del Río

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LOS ALMOHADES

Los textos Mª Jesús Viguera Molins Espacio y construcciones en textos almohades . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9 José Ramírez del Río Notas acerca de las reformas urbanísticas en la Sevilla almohade Alejandro García Sanjuan Huelva almohade en las fuentes escritas

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 35

Las técnicas constructivas Rafael Azuar Ruiz Las técnicas constructivas y la fortificación almohade en al-Andalus Miguel Ángel Tabales Rodríguez Algunas notas sobre fábricas murarias almohades en Sevilla

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75

El patrimonio arqueológico y arquitectónico Patrice Cressier El patrimonio almohade de Almería

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 91

Antonio Torremocha Silva Las fortificaciones almohades en la provincia de Cádiz

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 103

Ricardo Córdoba La Llave Fortificaciones almohades de la provincia de Córdoba

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 123

Antonio Malpica Cuello La época almohade en Granada a partir de la arqueología

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 131

Magdalena Valor Piechotta Algunos ejemplos de construcciones defensivas almohades en la provincia de Sevilla

. . . . . . . . . . . . . . . 145

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LOS ALMOHADES

Espacio y construcciones en textos almohades Mª Jesús Viguera Molins

Introducción El tema que vamos a tratar en esta investigación: “espacio y construcciones en textos almohades”, pertenece a dos cuestiones fundamentales sobre cuyo análisis historiográfico se ha avanzado de modo muy substancial en los últimos años. Así, tenemos en relación con lo segundo las reflexiones interpretativas sobre la simbología del Poder contenida en sus realizaciones constructivas, y los sentidos de legitimación y de manifestaciones de la potestad que en si mismas tales construcciones poseen. Y, sobre lo primero, tenemos también los decisivos estudios sobre el espacio, en general y en concreto sobre el andalusí. En general, podemos atender a las agudas observaciones de Hervé Martin, bien glosado y aplicado por Christine Mazzoli-Guintard en un excelente y reciente1, donde indica “des trois catégories maîtresses des mentalités médiévales présentées par H. Martin, l’espace, le temps et l’analogie, la première apparaît comme la plus chargée de résonances andalusíes: présentant la manière dont l’espace est inventorié aux XIe-XIIIe siècles, H. Martin s’interrogue sur les représentations du monde dans l’espace arabo-musulman....”2, y entre otras ofrece conclusiones sobre la manera de evaluar y conceptualizar la realidad. Además de cada vez más evidente claves sobre la escritura, y por tanto sobre cómo puede ser nuestra lectura, de los textos, afectan a nuestro tema, claro está, los avances notables, aunque sean relativos, sobre el conocimiento de las fuentes textuales andalusíes, y de época almohade también3. Bien sabido es que tanto la letra de los textos como las piezas materiales expresaron sistemas y valores, y por ello resulta mutuamente esclarecedor una atención relativamente relacionada, que todos sabemos cuánto ha dado de sí. Tenemos, por ejemplo, las excelentes “lecturas”, una de ‘objetos’ y otra de ‘textos’, realizadas por Miquel Barceló con resultados esclarecedores sobre aspectos de la representación soberana omeya, en varios estudios4. La representación soberana está presente, como acabo de recordar, en las cuestiones del “espacio y construcciones en textos almohades”, y de una forma específica, por su porcentaje cuantitativo y por sus

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recursos cualitativos, cuando estos textos son del tipo cronístico, que he elegido como base informativa. En las crónicas captaremos incluso cómo el Poder acapara ambos aspectos, el “espacio” por antonomasia y las “construcciones”, lo cual no representa toda la realidad, porque además del espacio “legítimo” existen el “espacio de la rebeldía” (que fue en tiempos almohades el de los resistentes andalusíes, que no reconocían su Poder) y el “espacio de la infidelidad” (es decir, el territorio de los reinos cristianos), ambos descalificados y marginados en sus relatos por el cronista, y en cuanto a las construcciones el cronista nada o poco atenderá ni engalanará sino las realizadas por el Poder o las vinculables con él, a través de unas conexiones que buscan prestigiar, de varias maneras, al Estado y consolidar a la dinastía. Básicamente voy a ofrecer algunos textos procedentes de al-Mann bi-l-imœma. Su autor fue el más característico cronista dinástico Ibn Åœ¥ib al-Åalœt (m. después de 600/1203), secretario del gran califa almohade Y@suf al-Manå@r; era oriundo de Beja y escribió una crónica de intencionado título: “Don del imœmato a quienes no correspondía que Dios les hiciera imœmes ni les concediera ser herederos [de la soberanía], y aparición del Imœm Mahdæ de los Almohades” (al-Mann bi-l-imœma ®alà l-mustaß®afæna bi-an ^a®ala-hum Allœh a’imma wa-^a®ala-hum al-wœri¤æn wa-ƒuh@r al-Imœm al-Mahdæ bi-al-muwa¥¥idæn). Esta crónica, dedicada sólo a los Almohades, desde sus comienzos hasta finales del siglo XII, constaba de tres partes, de la que en manuscrito sólo se conserva la segunda, sobre los años 554/1159 y 568/1172-1173, tres lustros expuestos con detalle, sobre sucesos que en muchos casos presenció el propio autor, estando muy implicado siempre en lo que cuenta. Escrita en el momento culminante del imperio, pues su autor vivía aún en 594/1198, expresa con rotundidad todos sus ideales y propósitos. Su información es directa y en muchos casos presencial: esto redunda en la coherencia significativa del relato. Advierto que no de forma sistemática ofreceré mi propia versión de los pasajes ahora seleccionados de la crónica al-Mann bi-l-imœma, aunque está comprobada la necesidad de actualizar el buen trabajo traductor de Ambrosio Huici Miranda5, realizado hace ya más de treinta años; tal revisión ya ha sido realizada de forma parcial, y con todo acierto, Fátima Roldán Castro, al volver a traducir los textos de esta crónica relativos a la aljama sevillana, en su trabajo “De nuevo sobre la mezquita aljama almohade de Sevilla: la versión del cronista cortesano Ibn Åœ¥ib al-Åalœt”6. Sobre el espacio en textos almohades La primera observación que presentaré será sobre las referencias a las tres “unidades” básicas del poblamiento andalusí: ciudad (madæna), castillo (¥iån) y alquerías7. De forma muy resumida hemos de señalar que el cronista destaca sus funciones y formas para realzar y legitimar al Poder político que las domina, las construye, las cuida y adorna si le obedecen, o las somete o destruye si le son rebeldes o enemigas, y en ellas actúa como escenario de sus actos, a través de los cuales si pretende el cronista buscar el consenso identificador de los súbditos con su soberano, principal objetivo de los relatos históricos. Podemos comprobar estos hechos porque ciudades, castillos y alquerías son traídas sólo a colación en relación con el Poder, y así el cronista Ibn Åœ¥ib al-Åalœt manifiesta las estrategias de las detalladas descripciones territoriales para resaltar y justificar a sus califas. Por ejemplo, a Y@suf al-Manå@r, en su campaña de 1172, cuya soberana presencia impulsa al cronista que le acompaña, presenta un completo relato estratégico militar sobre Cuenca, encomiando su carácter inexpugnable y recursos, se diría que elaborado con el propósito de tranquilizar a los andalusíes, acosados desde el exterior cristiano, mientras los almohades se retiran de allí y la dejan a su suerte, sin construir allí nada. Y así, el expedicionario cronista ha de escribir uno de los retratos urbanos y periurbanos más extraordinarios en su compromiso cronístico, pues la plaza fue

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tomada al poco, en 1177, por Alfonso VIII, pese a la apariencia cronística: “no tiene esta ciudad sitio por donde ser atacada, si no es por el lado del foso....”8, que pretende justificar la inacción almohade. Observemos, pues, que también el no construir es significativo. Pero la principal manifestación de la acción soberana en el poblamiento se refiere a sus construcciones y mejoras, como prueba y efecto de su rango y su control, sobre los espacios por el Poder dominados, y especialmente en sus metrópolis. Muy representativo es el relato, que más adelante presentaré, de Ibn Åœ¥ib al-Åalœt sobre la creación de los espacios palatinos y religiosos almohades en Sevilla, con rasgos emblemáticos, o sus potentes construcciones -con que el cronista augura la eficacia de su ^ihœd- en alMahdiyya/Rabat (Ribœ§ al-fat¥) y en Gibraltar, con una narración en que además figura la jald@niana ciudad ideal, porque las construcciones del Poder al que está vinculado el cronista tienen que ser excelentes, cargadas de rasgos perfectos, como debe ser. Para el cronista leal todo conecta y progresa con el Poder: así, con Ab@ Ya®q@b mejora, por ejemplo, el urbanismo de Marrœku™ y los espacios de alrededor, porque el Poder es per se positivo para los espacios: “Con su proclamación se multiplicó el dinero.... y se construyeron en Marrœku™ las casas nobles, y se cultivaron sus afueras y maduraron sus jardines y se aseguraron sus caminos. Y se extendió su bondad a lo que he mencionado en todo el otro lado del mar y en al-Andalus9”. Establecimiento del poder almohade sobre Sevilla: primeros conflictos Si bien la ciudad de Sevilla fue objeto de dos conquistas laboriosas por parte de los almohades, serán las noticias de la propias crónicas áulicas las que nos informarán con más detalle de los problemas surgidos entre los norteafricanos y la población de Sevilla. En estos conflictos el dominio político y militar de la ciudad se va a expresar de forma elocuente en el uso de los espacios públicos, y en la apropiación de éstos y de algunas zonas privadas de los sevillanos, por parte de los almohades, que demuestran así de forma evidente su posición en la ciudad. A los pocos meses de su conquista, llegaron a Sevilla dos hermanos del Mahdæ Ibn T@mart, con más tropas magrebíes. Los sevillanos les aposentaron cabe “el barrio del Cementerio” (¥awmat al‰abbœna)10 “por dentro de Sevilla, para que estuvieran próximos del alcázar (qaår) de Ibn ®Abbœd donde residían los [dos] jeques almohades Ab@ Ya¥yà b. al-‰abr y Ab@ Is¥œq al-Barrœz, el responsable del Gobierno (Majzan) con el Alto Mandato (al-amr al-®œlæ), y así estuviesen [todos] los Almohades juntos unos con otros”11, con lo cual, desde los primeros años de este dominio magrebí, se configuró un área propia12 del Poder político, administrativo y militar almohade, completado con la emblemática construcción, en las proximidades, y pocos años después, de la Mezquita Aljama, con su famoso alminar, “la Giralda”, iniciado en 1184 y acabado en 119813. Estos conflictos parecen haber sido superados hacia 1150: el Califa ®Abd al-Mu’min envió a Sevilla como gobernador (al-wœlæ) a Y@suf b. Sulaymœn, que apaciguó los ánimos, aunque al-Barrœz siguió allí como encargado del Gobierno (Majzan), acordándose construir14”una alcazaba en Sevilla para que a ella se trasladaran los Almohades residente en [el barrio del Cementerio] al-‰abbœna, por las quejas de la gente contra el daño que les causaban; decidido lo cual, determinaron un lugar [para esa alcazaba] -el mismo en que hoy se halla-, sacando a sus habitantes de sus casas y compensándoles en la medina con otras casas del Gobierno (Majzan), aunque no quedaron satisfechos, siendo esto para aquella gente más penoso que la propia muerte, aumentando sus preocupaciones y miseria. [Los Almohades] demolieron la muralla de Ibn ®Abbœd y con sus piedras construyeron esta alcazaba. La gente siguió quejándose de la

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[escasa] compensación durante los tiempos de los Califas primero, segundo y tercero, que miraron por ellos, a lo largo del tiempo, pues sus beneficios les dejaron satisfechos”. Recuperación de la antigua capital de al-Andalus En el año de 1162, el primer califa almohade ®Abd al-Mu’min concibió un proyecto que estuvo a punto de alterar la delantera que ya por entonces iba adquiriendo Sevilla como capital almohade, pues decide emular al Califato omeya, trasladando su capital a Córdoba, ciudad castigadísima por las pugnas entre los irreductibles partidarios del emir de Murcia Ibn Mardanæ™ y los Almohades, y castigada también por los ataques cristianos, depauperada entonces, con sólo ochenta vecinos, pero que mantenía -pese a todo- el prestigio de su antigua aureola de gloria, evocada de cuando en cuando en referencias almohades, entre las cuales destaca la visita que el Califa Ab@ Y@suf al-Manå@r realizó, en el verano de 1190, a las ruinas de Madænat al-Zahrœ’15. La dinastía almohade procuró acallar los escrúpulos de los potentes cadíes, alfaquíes y teólogos mœlikíes andalusíes ante el nuevo califato, y entre otras estrategias y acciones, a través de una sutil acción recordatoria del Califato omeya, al que los almohades se acercaron a través de varias iniciativas. Precisamente, Ibn Åœ¥ib al-Åalœt se hace eco del sentido político del propuesto cambio de capitalidad, ordenado por ®Abd al-Mu’min, mostrándonos con su referencia explícita a los antecedentes omeyas hasta dónde alcanzaba su pretensión: A raíz de esta victoria [sobre Ibn Mardanæ™ e ibn Hamu™k, atacantes de Granada] ordenó el Emir de los creyentes que la sede del poder estuviera en la ciudad de Córdoba. Les llegó pues la orden excelsa de establecerse en Córdoba, y que fuese la capital de al-Andalus, como hicieron los Omeyas con ella antiguamente, pues se encontraba en el centro del país; y que allí se establecieran las funciones gubernativas... Los dos señores [Ab@ Sa®æd y Ab@ Ya®q@b, hijos del Califa]... se instalaron en Córdoba, y ordenaron la reconstrucción de sus alcázares y edificios y la defensa de sus fronteras... los cordobeses fueron regresando a su ciudad desde todo el país16. Traslado efímero de la capitalidad a Córdoba, 557/1162]: “Toda la gente de Córdoba salió a su encuentro, y fui yo uno de los que salieron a recibir su bendición, con la delegación de los secretarios de Sevilla ya citados, a la puerta del puente [Bœb al-qan§ara], la contigua al campo, por donde va el camino de Jaén.... El número de los habitantes de Córdoba era de 82 hombres, porque la habían abandonado durante la rebelión, para irse al campo, por la despoblación y huida, que ocurrió en su región y en su campiña.... por la opresión de Ibn Hamu™k.... [los sayyides almohades] limpiaron de miseria sus cercanías y florecieron los cultivos, se confirmó la seguridad....”17. Este texto nos indica la importancia, en el espacio y en las construcciones, de la “ciudad capital”, y la obra del Poder en ella, que embellece, limpia y da seguridad al territorio sobre el que se ejerce, mientras quienes están contra él lo degradan y destruyen, según el mismo cronista Ibn Åœ¥ib al-Åalœt nos revela repetidamente, por ejemplo al tratar la conquista de la ciudad norteafricana de Gafsa en el año 1160: “[el enemigo].... ensució los prados y los caminos y devastó con sus males los sitios frecuentados y los desiertos”18. Pero, volviendo a al-Andalus, sólo se inició este traslado de capitalidad a Córdoba, pues Ab@ Ya®q@b,

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a la muerte de su padre ®Abd al-Mu’min ocho meses después, cuando le sucedió en el trono, decidió que Sevilla (donde residía como gobernador, desde 1155) continuara con su rango de capital andalusí, la simbología de la disposición de ®Abd al-Mu’min es bien elocuente, y además tuvo la dimensión de que volvieron a circular incluso por el Magreb materiales arquitectónicos y artísticos cordobeses19; algunos capiteles y columnillas omeyas, como un símbolo, serán reutilizados en el famoso alminar -la Giralda- de la mezquita aljama de Sevilla, cuya construcción se inició en 1184, aunque no se culminara hasta 119820. Considerables manifestaciones de “arquitectura política”, como ha subrayado Patrice Cressier21. Además de la utilidad estratégica que para la dinastía tuviera el traslado de la capital a un lugar más cercano al frente de avance hacia el Levante, el símbolo de la recuperación de la ciudad de Córdoba permitía enlazar a la dinastía con el único califato legal establecido en el Magreb, con el consiguiente refuerzo a sus aspiraciones de legitimidad. La magnitud de las obras llevadas a cabo por los almohades en Córdoba ha empezado a ser apreciada en su justo valor en los últimos años, y el empleo de una ingente cantidad de recursos en estas construcciones muestra hasta qué punto eran serias las aspiraciones de restauración de la dinastía norteafricana. Las construcciones como justificación de la actividad soberana en los textos almohades Cabe observar que en los textos cronísticos, empezando por los textos de Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, se relatan con registros intencionados y significativos las construcciones por parte de los califas almohades, sobre todo, de sus centros de poder, tanto de enclaves de casi nueva fábrica, caso de Gibraltar, como de áreas propias en centros ya constituidos, caso de su espacio propio en Sevilla. Con el relato intencionado de estas construcciones se doblaban los efectos que la realidad constructiva producía, y se consolidaba su propaganda, alrededor de los ejes urbanísticos esenciales. En esto hay también una selección intencionado de los textos dedicados por el cronista a las construcciones que él estima más representativas. Desde luego, según el mensaje cronístico, el Poder es por antonomasia constructivo y su acción, también en esto, grandiosa y provechosa, de modo que a su paso y en su proximidad el urbanismo y las edificaciones florecen. Un ejemplo lo tenemos en el relato por Ibn Åœ¥ib al-Åalœt22 de cuanto va ordenando alzar el Califa Ab@ Ya®q@b en su viaje hacia al-Andalus, en 566/1171, saliendo de su capital magrebí: “[siguió] hasta llegar al río Umm Rabæ®. Se le construyó sobre sus soportes un puente sólido de cárabos y utensilios de madera, que lo sostenían contra la corriente del agua.... [siguió] hasta acercarse a al-Mahdiyya, la vecina de la ciudad de Salé, y acampó en un sitio muy espacioso.... En el emplazamiento de esta ciudad, llamada hoy al-Mahdiyya y Ribœ§ al-fat¥... [®Abd al-Mu’min] mandó construir una alcazaba fuerte en aquel sitio, en la boca del mar que entra en Salé, y él acampó con su ejército en la Fuente de Gab@la, teniendo consigo a los obreros y arquitectos, que condujeron el agua de la dicha Fuente de Gab@la por un conducto subterráneo hasta la alcazaba de al-Mahdiyya.... Se hizo una acequia para que bebiese la gente y los caballos, y se regó la tierra de los alrededores y se hicieron huertas y jardines con árboles. Luego se dio la orden imperial de poblar de gente, y se construyeron casas en sus alrededores y mercados, y no cesaron los califas [almohades] de distinguirla con su atención.... El Amær al-Mu’minæn, hijo del Amær al-Mu’minæn, [Y@suf] fue el que la hizo capital y la dotó y comenzó a construir sus muros por el lado sur y oeste.... Durante su estancia en ella, se encontró con que el agua que iba por un conducto, construido por su padre, el año 545 [1150], se había estropeado, y el agua se había echado a perder y se había deshecho en las hondonadas y las huertas de riego. Mandó volverlo a su estado primero y le añadió la construcción de un estanque grande y

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espacioso para reunir el agua en él, y que luego corriese de este estanque a la acequia citada.... Encontró también que el puente que había levantado su padre entre Salé y al-Mahdiyya sobre el mar, para el paso de las gentes por él, lo habían destruido las tempestades del mar y lo habían deshecho los años. Mandó construir otro, a su lado, mayor que él en construcción y cimientos y altura, de piedra arenisca y de cal, fuerte contra las olas del mar.... lo unió con barcas y madera tanto que resistió seguro a los tiempos y a los años....”. El pasaje, en su minuciosidad y resalto de determinadas acciones, es impresionante, y nos sirve de marco comparativo sobre la plasmación textual de otras construcciones almohades en al-Andalus, empezando por la de Gibraltar, según nos cuenta Ibn Åœ¥ib al-Åalœt: [previsiones del califa almohade sobre Gibraltar, 555/1160]: “Llegó la orden ilustre de edificar una ciudad grande con el más completo permiso de Dios y su ayuda, el cual la levantó entre las ciudades y aldeas en la montaña dichosa, de antigua bendición, en la península de al-Andalus, alta y empinada, la montaña de ¶œriq.... para que fuese esta ciudad la residencia del poder, durante el paso de los ejércitos victoriosos y punto de etapa.... hacia el país de los cristianos.... empezaron la construcción en el sitio en que recayó el acuerdo, como el mejor por su cercanía a la orilla del mar, en la parte que la toca y la rodea.... Planearon los constructores el edificar en ella los palacios elevados y las casas, y levantaron en sus cimientos bóvedas y arcos para igualar el terreno de la edificación.... Gibraltar es notable por su suelo, noble por su tierra, grande por sus defensas, elevadas hasta las alturas del cielo y casi parece alcanzar a Géminis.... A continuación de este trabajo de construir las casas y palacios, se edificó el muro y la puerta llamada Bœb al-fut@¥ [Puerta de las conquistas] en el intersticio, por el cual se entraba desde ella a la montaña, entre el mar que la rodea por los dos lados. Resultó única por sus fortificaciones, que no consienten tomarla al que la pretenda; y en el ánimo de sus moradores no tiene cabida el temor ni por tierra ni por mar, por ser una fortaleza muy elevada y un lugar que se levanta hasta las estrellas”23. En este ejemplo de Gibraltar, el cronista encomia su plenitud para significar el acierto del Poder almohade que la elige para edificarla y poblarla24, y así quiere anunciar éxitos del ^ihœd, porque es la “Montaña de ¶œriq”, la “Montaña de la conquista de al-Andalus”. Estas construcciones serán utilizadas como marco de una audiencia del califa ‘Abd al-Mu’min a las delegaciones de las distintas ciudades de alAndalus, que le rindieron su acatamiento en un avance de lo que será el programa de los almohades en la Península Ibérica. Año 567 [4 septiembre 1171 a 22 agosto 1172]. Marcha del Amær al-mu’minæn de Córdoba a Sevilla, y su establecimiento en ella, y noticias de sus decretos ilustres para mejorarla a ella y sus alrededores: “El puente construido fue de lo que embelleció a Sevilla y a Triana.... mandó también el Amær alMu’minæn construir sus palacios hermosos y felices llamados la Albufera [Bu¥ayra], en las afueras de la puerta de ‰ahwar de Sevilla.... e incluyó en su alineación los huertos denominados de Ibn Maslama.... y le fue dado edificar en el citado sitio, y edificó en él villas y casas para el gobierno.... [en] la tierra blanca [baldía].... para hermosear sus edificios con la plantación de olivos y árboles y viñas y frutales exóticos de todas las clases especiales por su dulzor.... se dictó la orden excelsa a la gente de los distritos del Aljarafe de arrancar pies de olivos escogidos de distintas clases por dinero del Majzen, y que los transportasen a la citada Bu¥ayra para plantarlos. Llevaron decenas de millares.... Se plantaron ordenadamente año tras año, como bien y favor. El Amær al-Mu’minæn salía de su palacio de Sevilla....

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para recrearse con su vista agradable.... los citados palacios de la Bu¥ayra.... quedaron tan hermosos.... transportaban a ella las piedras, ladrillos y cal y los frutales y árboles.... los gobernadores de Granada y Guadix.... que enviasen a esta Bu¥ayra diversas clases de la pera llamada entre los médicos Kumizrœ.... y se acabó con el máximo perfeccionamiento y se cercó.... [luego] se cuidó de llevar el agua para regar lo que había plantado. Había fuera de la puerta de Carmona, en el llano, sobre el camino que conduce a Carmona, huellas antiguas, que se habían cubierto, de la construcción de una acequia....25 Toda esta actividad constructiva ha sido estudiada con detenimiento en los últimos años26, aunque posiblemente tanto los hallazgos efectuados en Sevilla como en Córdoba en los últimos tiempos permitirán una mejor comprensión de los fenómenos estudiados hasta la actualidad. El progreso de los trabajos acerca de las mezquitas en al-Andalus y el Magreb, al-‘idwatayn, las dos orillas, pueden ayudar a analizar asimismo las complejas obras de acondicionamiento llevadas a cabo por los almohades en distintos lugares, y muy especialmente en su capital de al-Andalus. [Construcciones en la mezquita aljama de Sevilla, 1172-1976]: “Se le acerca a la mezquita de Córdoba por la amplitud, y no hay en al-Andalus mezquita que la iguale.... El canal de la ciudad cruzaba en su curso bajo tierra por los sitios del emplazamiento de esta mezquita, por lo cual se le desvió de ella y se le sacó de su camino y se le dirigió hacia el lado del norte, por un cauce más ancho.... obra subterránea, saliendo al río bajo tierra en pendiente.... [siguen referencias a la construcción de la mezquita]”27. [Otras construcciones en Sevilla]: “Mandó el Amær al-Mu’minæn, Ab@ Y@suf, ensanchar el patio de la mezquita.... Se derribaron las casas y las tiendas y posadas.... y se construyeron los mercados y las tiendas en el citado lugar con la más sólida obra”28. [Construcción del alminar, en esa aljama de Sevilla]: “Este alminar, que sobrepasa a los expositores y cuya novedad deja atrás a los historiadores de los alminares de todas las mezquitas de al-Andalus, por la altura de su mole, el cimiento de su base, la solidez de su obra de ladrillo, lo extraordinario de su arte y lo admirable de su vista, que se eleva en el aire y se alza en el cielo, pareciendo al que lo mira a [varias] jornadas de Sevilla, que está entre las estrellas del Zodiaco. Mandó construirlo el Amær al-Mu’minæn Ab@ Ya®q@b.... en 1184”29. La descripción de las magnas obras de los almohades era fruto no sólo del evidente deseo de embellecer las acciones de los soberanos de la dinastía, sino también un necesario refuerzo a la propia población andalusí, atemorizada por el avance cristiano, que en numerosas ocasiones llegó a poner en peligro la seguridad de la propia capital. Por ello el análisis de Ch. Mazzoli-Guintard acerca de la síntesis de realidad y propaganda que podemos encontrar en los textos resulta fundamental30: “Deux clichés narratifs émaillent le texte: d’une part, une série d’éphithètes de valeur positive indiquent la beauté et la solidité de la madæna et du ¥iån. Beau, grand, inexpugnable, robuste, solide, peuplé, réputé par son excellence, qui jaillissent en leit-motiv, conduisent à une évocation abstraite de la ville et du château, le caractère inexpugnable représentant plus sûrement la

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protection offerte par le site que la description des courtines et des tours” Sin embargo el valor informativo de estos textos es muy alto, dado que aunque la intención del cronista es evidentemente la de ensalzar a los almohades, la base de esta actuación reside en una descripción sobria en muchos casos de la propia construcción, en la que la propia belleza de la misma y su mérito se atribuyen al Poder, creador de belleza, y que manifiesta a través de la misma su propio derecho a la supremacía política. Tampoco se omite detalle alguno de la actividad administrativa tendente a realizar las construcciones, desde el nombramiento de los responsables hasta la aparición ocasional de fraudes por parte de los mismos, que serán achacadas a la traición, vencida por la vigilancia del propio gobernante almohade. Obras almohades en Sevilla: separación e integración de la población El primer motor de las iniciativas constructivas en Sevilla fue la propia hostilidad entre los norteafricanos y los sevillanos, que se manifestó en una rebelión abierta casi al principio del dominio almohade sobre Sevilla. Tras la segunda conquista de la ciudad se produce una cierta separación de las dos poblaciones; de un caso que pudo provocarlos, sólo tenemos registros cronísticos oficiales: se trata del férreo control por autoridades magrebíes de Sevilla31. Conquistada por el caíd Ab@ Is¥œq al-Barrœz, a comienzos de 1147, los Almohades, como corresponde al dominio que realizaban, tomaron posesión de la alcazaba, que fuera enclave palatino (qaår) de los reyes taifas de Sevilla, como lo expresan significativamente los textos cronísticos32. Aquel gran general magrebí empezó por gobernar Sevilla, él solo, hasta que, enseguida, el califa ®Abd al-Mu’min, desde el Magreb, le envía, como colaborador, a un funcionario magrebí “para organizar la Administración”, el jeque Ab@ Ya¥yà b. al-‰abr, que acabará por hacerse cargo de la Hacienda, pues los almohades habían confiscado bienes y tierras de los sevillanos, mientras una embajada de sus notables acudía a Marrakech para procurar recuperar sus pertenencias. Así se controlaban, por medio de personajes almohades no sevillanos los dos pilares del dominio almohade: los asuntos económicos y los asuntos militares, ambos situados así, en los primeros tiempos del dominio almohade, fuera del alcance de la población local. A los pocos meses de su conquista, llegaron a Sevilla dos hermanos del Mahdæ Ibn T@mart, con más tropas magrebíes. Los sevillanos acordaron aposentarles cabe “el barrio del Cementerio” (¥awmat al‰abbœna, “por dentro de Sevilla, para que estuvieran próximos del palacio (qaår) de Ibn ®Abbœd donde residían los [dos] jeques almohades Ab@ Ya¥yà b. al-‰abr y Ab@ Is¥œq al-Barrœz, el responsable del Gobierno (Majzan) con el Alto Mandato (al-amr al-®œlæ), y así estuviesen [todos] los Almohades juntos unos con otros”33, con lo cual se fue ya, desde los primeros años de este dominio magrebí, configurando un área propia, aislada, del Poder político, administrativo y militar almohade34, que se completará con la emblemática construcción, en las proximidades, y pocos años después, de la Mezquita Aljama. Pero ese texto, que incluye en su obra Ibn cIdœræ, pone a continuación de manifiesto que los almohades allí instalados “no cuidaron sus alojamientos, comenzaron a quemar sus techos, a convertir sus casas en establos para sus acémilas, pues eran mala gente, por lo que al poco los edificios estaban estropeados, alargándose las manos de sus secuaces contra los andalusíes próximos a ellos, que de ellos huían, perturbándose la situación de los sevillanos por ellos, sin que ®Abd al-Mu’min nada supiera hasta que se le comunicó”. Los abusos de los hermanos de al-Mahdæ y de sus tropas en Sevilla contribuyeron a fomentar el alzamiento andalusí contra los Almohades35. Ante la reacción de los sevillanos, los hermanos del Mahdæ

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tuvieron que salir de Sevilla, refugiarse en Bobastro, y al poco fueron llamados a Marrakech, donde enseguida manifestaron sus protestas por el cambio político protagonizado por ®Abd al-Mu’min, que les dejaba fuera de juego, a ellos y a la primitiva organización del Mahdæ. En al-Andalus duró ese alzamiento generalizado unos tres años, y, al cabo, en 1150, tropas almohades volvieron a dominar Sevilla, Niebla, Silves, Santa María del Algarve [Faro] y Badajoz. Pero esta crisis fue terrible para los sevillanos, como refiere Ibn ®Iøœræ: “la prolongada rebeldía y combates, encareció los precios e intensificó la hambruna [en Sevilla].... aislada por tierra y mar, con sus habitantes en grave trance por falta de alimentos, hasta el punto de que un pan se vendía a dirham y medio y una medida (qada¥) de trigo por 36 dirhemes; la gente vendió sus propiedades en Sevilla por poquísimo, igualándose así ricos y pobres. En el Aljarafe se vendió un pie de olivo por medio dirham y por diez dirhemes una casa valorada en cien dinares”36. Los conflictos entre ambas partes se suavizaron un tanto a partir de la llegada del nuevo gobernador y la creación de la zona de alcazabas, según señalamos anteriormente. Al Califa Ab@ Ya®q@b le alaba su cronista Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, precisamente, por “haber dado rango de capital (maåara) a Sevilla”37. En 1171, Ab@ Ya®q@b vino a al-Andalus, por primera vez como Califa. Invernó en Sevilla, comenzando sus obras en aquella ciudad de su juventud, y donde, entre otras muchas mejoras, ordenó la construcción de una nueva mezquita aljama38; todo esto se fue iniciando hasta 1178, en que volvió al Magreb. Cuando hasta aquí retorne Ab@ Ya®q@b, en 1184, aún tendrá tiempo de dar órdenes de iniciar el famoso alminar -hoy, la Giralda- de esa nueva mezquita “sin parigual”, que no vería terminada39. Una almunia regia: Ëiån al-fara^ (Aznalfarache) Un nuevo modelo de dominio parece mostrar la construcción de la almunias reales en las cercanías de Sevilla, que ha sido analizado en varias ocasiones en los últimos tiempos. En un principio asistimos a la construcción de la Bu¥ayra, que adopta incluso el nombre de la almunia real de Marrak@™, por lo que podemos incluirlo dentro del programa de afirmación del dominio norteafricano sobre la ciudad, en especial desde el momento en que se concibe como forma de sacar la Dœr al-Imœra de sus sedes anteriores. Sevilla será el reflejo, en este lado del estrecho, de la capital del Magreb y del imperio, en un programa de construcciones que dará frutos muy notables y del que la imagen popular son las torres hermanas de la Giralda y la Kutubiyya. Muy distinto sentido tiene la construcción, por parte de al-Manå@r, de Ëiån al-Fara^. En los últimos años el interés por el Aljarafe ha suscitado aportaciones de diversos investigadores40, y en concreto en Ëiån al-Fara^, castellanizado Aznalfarache, construido por el segundo califa almohade y que adoptó este nombre “el Castillo del solaz”, como paralelo al nombre de otra famosa residencia real, el Alcázar de la alegría (Qaår al-sur@r) que a la Aljafería llamaba su principal artífice, el rey de la taifa de Zaragoza, Ab@ ‰a®far al-Muqtadir. De la primera a la segunda residencia median los años de intenso contacto de los almohades con el medio andalusí, que va penetrando de manera firme en las estructuras del imperio, en el que gran parte de los cargos administrativos más importantes serán desempeñados por andalusíes. Otra construcción notable: los Caños de Carmona Vamos viendo que no hay organización y dominio de un espacio ni construcción aleatoria, sino que vienen escogidas y marcadas por lo que políticamente representan, como se encargan de presentar y enfatizar las

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fuentes textuales. Pues bien, otra famosa obra almohade, los Caños de Carmona en Sevilla, también se nos ofrecen con toda intención conectados, en la crónica de Ibn Åœ¥ib al-Åalœt con otras referencias prestigiosas, en este caso con la antigüedad romana. El cronista41 refiere, en un pasaje muy famoso, por él dedicado al año 567 [4 septiembre 1171 a 22 agosto 1172]. “Marcha del Amær al-mu’minæn de Córdoba a Sevilla, y su establecimiento en ella, y noticias de sus decretos ilustres para mejorarla a ella y sus alrededores” sobre cómo su califa al-Manå@r atendió a su capital sevillana, y, entre otras construcciones, indica “se cuidó de llevar el agua [a los palacios almohades de Sevilla] para regar lo que había plantado. Había fuera de la puerta de Carmona, en el llano, sobre el camino que conduce a Carmona, huellas antiguas, que se habían cubierto, de la construcción de una canalización. La tierra se elevaba sobre ella y había en la tierra una línea de piedras, cuyo significado se desconocía. Fue a ella al-Ëa^^ Ya®æ™, el ingeniero, y cavó alrededor de los vestigios mencionados, y he aquí que apareció la traza de un acueducto, por el que se conducía el agua antiguamente a Sevilla, obra de los primeros reyes de los romanos, de épocas pasadas, de gentes desaparecidas, de siglos anteriores. No cesó el ingeniero Ya®æ™ de seguir la excavación con los mineros y obreros y con los cientos de hombres y trabajadores que iban con él, hasta que la excavación lo condujo a la fuente antigua llamada entre la gente de Sevilla y de su región “Fuente de al-Gubœr”, nombre que tuvo en los tiempos pasados. Y he aquí que el agua de esta fuente no era de manantial, sino que era un sitio que se había abierto en el trayecto del acueducto antiguo. El agua se encontró para la gente al llegar la excavación al sitio indicado y conoció con esto Ya®æ™ que había encontrado el acueducto; y continuó los trabajos hasta que encontró la toma de aguas del río en las cercanías del castillo de ‰œbir (Alcalá de Guadaira) con una línea borrada. Niveló la tierra desde este sitio, y condujo el agua por el terreno nivelado hasta la Bu¥ayra citada. Se alegró con esto el Amær alMu’minæn, y luego mandó conducirla y llevarla al interior de Sevilla.... mandó construir un depósito para el agua dentro de Sevilla en la calle mayor”. Entre otras referencias prestigiosas para su califa, el cronista señala que no sólo se trata de una mejora (para sus palacios y también para toda la ciudad), sino que los almohades están a la altura de rehacer lo antiguo, de equipararse a los “reyes romanos”, de recuperar para al-Andalus una de sus prestigiosas obras por entonces arruinadas, e Ibn Åœ¥ib al-Åalœt insiste en ello, al subrayar, entre repeticiones, que se trata de “un acueducto, por el que se conducía el agua antiguamente a Sevilla, obra de los primeros reyes de los romanos, de épocas pasadas, de gentes desaparecidas, de siglos anteriores”. Ahora, la historiografía conoce bien el valor simbólico de este tipo de referencias prestigiosas en textos árabes a las apreciadas construcciones de Roma. También Christine Mazzoli-Guintard, en su citado artículo42, ha observado cómo “l’admiration pour l’architecture antique est un thème récurrent, écho de la trace de Rome”, y remite en su nota 41 a bibliografía interesante, como los estudios de Gabriel MartinezGros43 y de E. Tixier-Cacerès44, indicando que, en efecto, esta admiración por la arquitectura antigua “s’exerce par excellence autour des vestiges de Mérida”, lo cual documenta en su nota 42 citando un estudio fundamental de Christophe Picard45. Tiene interés, creo, captar que este prestigio de lo romano no ocurre sólo en al-Andalus, y al respecto hay que tener en cuenta trabajos muy importantes de H. Inglebert, y de M. Zimmermann46. La señalada admiración por las construcciones romanas está presente en el caso de las citadas referencias de Ibn Åœ¥ib al-Åalœt sobre las obras efectuadas en la Sevilla almohade en los Caños de Carmona, y, como ya indicamos, tal prestigio alcanza por extensión a los almohades, según el propósito

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cronístico que, además, refleja una mentalidad seguramente generalizada, porque lo perceptible era que los almohades tenían la capacidad de agregarse a lo romano, en una conexión que nos ha sido demostrada en general para muchos otros casos de spolia, si consideramos este término en su más amplio sentido, el de agregación de elementos ajenos a construcciones artísticas propias, para manifestar de ese modo una cierta supremacía -ofrecida al menos por la supervivencia-, sobre los elementos incorporados, y por extensión sobre el ámbito loable que representan, y que en este caso concreto de los Caños de Carmona funcionan como una afirmación del triunfo concluyente de los almohades, con su reconstrucción y su puesta de nuevo en valor, sobre la obra romana. Podemos conocer con mayor precisión la apropiación simbólica de los spolia a través de diversos paralelos, tanto en época medieval como en el Renacimiento, a través de la profusa bibliografía especializada de los últimos años. Claro está que el marco de análisis de estos estudios podemos aplicarlo también con provecho al caso de la utilización de elementos omeyas cordobeses por parte de los almohades, de lo que antes tratamos. Así funcionan otros ejemplos estudiados en la obra colectiva, editada por L. Mary y M. Sot (eds.), Le discours d’éloge entre Antiquité et Moyen âge47. Estamos, pues, ante una situación muy interesante: una interpretación de más alcance, de alcances ideológicos y comparativos, se superpone o ha de superponerse sobre la edición, traducción y primeros análisis de los textos, y así, cuando se vaya cumpliendo, podrá conocerse mucho más sobre el espacio y las construcciones almohades representadas en sus textos. Comienzo de la decadencia de Sevilla La decadencia definitiva de la Sevilla almohade vino precedida de una serie de desastres naturales que afectaron tanto a las estructuras construidas por éstos como a los habitantes de la ciudad de forma notable. Así, volvió el Guadalquivir a desbordarse, el año 1201, según el biógrafo al-Marrœku™æ con graves consecuencias, pues derrumbó la muralla entre la Puerta de Triana (Bœb I§rayœna) y la Puerta del Almuédano (Bœb al-mu’addin) y por la parte de ‘Los Harineros’ (Daqqœqæn)48. Sin embargo estas calamidades no impidieron la realización de toda una serie de obras muy notables: todavía, en 617/1220-1221, el gobernador de Sevilla Ab@ l-®Alœ’ Idræs, hijo del tercer Califa almohade Ab@ Y@suf al-Manå@r, ordenó reforzar las murallas y levantar la Torre del Oro “para que sirviera de atalaya y, a la vez, de defensa contra posibles ataques cristianos desde el otro lado del río”49. El poder almohade no cesó su actividad en la capital andalusí a pesar de las amenazas que se cernían sobre el imperio, y parte destacada de ellas fueron ejecutadas en esta época, en que el poder político no podía dejar de expresar, a través de estas construcciones, su compromiso con la defensa de al-Andalus. Objetos que pueblan el espacio: el caso almohade “The Shared Culture of Objects” fue un revelador estudio de Oleg Grabar50 que ahora nos ayuda a evocar el significativo efecto simbólico de las utilizaciones compartidas de espacios y de construcciones, y en este caso la utilización por los almohades de espacios y materiales omeyas cordobeses; pero seguramente la más definitiva prueba de cómo procuraron rememorar Córdoba, y su inseparable e imperecedera referencia califal omeya, nos la ofrezca la pieza excepcional del almimbar de Marrakech, que además para los almohades añadía, a sus orígenes cordobeses (en Córdoba fue fabricado, en 532/1137), el ser pieza

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encargada por los almorávides para su aljama de Marrakech, y allí colocada por ellos, hasta que los almohades, como trofeo, acaban instalándolo en su primera y luego en su definitiva Kutubiyya, donde, como estudió Christian Ewert, y retomando lo indicado antes sobre los materiales omeyas reutilizados por los almohades, precisamente en la maqå@ra de la Kutubiyya estos califas magrebíes situaron estratégicamente los capiteles traídos de Madænat al-Zahrœ’. Todo esto es muy conocido, y sólo recordaré la conexión establecida, precisamente, entre los almimbares de las aljamas de Córdoba y éste de la Kutubiyya, por Ibn Marz@q51, en pleno siglo VIII/XIV, precisamente cuando su sultán Ab@ l-Ëasan al-marænæ regaló un almimbar a la aljama de Tremecén, y dice cómo señalan “todos que tanto el almimbar de [la aljama de] Córdoba como el de la Kutubiyya de Marrakech son los almimbares mejor trabajados”, en curiosa hipérbole paralela, que lleva detrás un encomio político-religioso, respecto al cual debemos recordar lo que Ignaz Goldziher52 apuntó sobre la impronta omeya oriental en la institución de los almimbares, para situar la trascendencia que a su alrededor se acumula: “But standing in front of the community was apparently not to the taste of proud Umayyad princes. They did, however, value highly ascending the minbar as head of the people, and considered this privilege as an important part of their dignity as rulers, as is evident from the panegyrics on the rulers of the dynasty. Mu®œwiya is praised as ®rak@bu ‘l-manœbiri waththœbuhœ’53. A modo de conclusión Tanto la organización del espacio cuanto las construcciones edilicias fueron, también en al-Andalus, dos de las manifestaciones del Estado, y funcionaron -también en época almohade- como expresión, propaganda y difusión del propio concepto de la soberanía, y en general de las instituciones y la ideología políticas, indicando la extensión y atributos de su dominio. En al-Andalus, diversas circunstancias restringieron en muchos períodos la consecución plena de la soberanía: a lo largo de ocho siglos, la ostentación soberana alcanza sólo sus máximas representaciones en la segunda mitad del siglo X, con el Califato omeya, en la segunda mitad del siglo XII, con el Califato almohade, y algo en la Alhambra de pleno siglo XIV, aparte de fulgores simulados en varias taifas, de corta duración. Si concretamos más, tal logro relativamente máximo, y además entre ellos de nivel distinto, de signos y protocolos regios fue conseguido por cinco soberanos: los Califas omeyas ®Abd al-Ra¥mœn III y alËakam II (entre 961 y 976), los Califas almohades Ab@ Ya®q@b y Ab@ Y@suf (entre 1163 y 1199), y el sultán nazarí Mu¥ammad V (1354-1391), entre sus dos reinados). Todas estas cimas se reflejan con su sentido en la historiografía cortesana, y así lo hemos visto con Ibn Åœ¥ib al-Åalœt para el caso almohade. Cada una de esas cimas dispuso de un magnífico marco edificado: Madænat al-Zahrœ’, los palacios almohades, en al-Andalus especialmente los que se construyeron en Sevilla; la Alhambra... Conectar arqueología y arte con representatividad regia y programa constructivo con proyecto político es, evidentemente, un enfoque productivo. Acerca de los Almohades, concordando con su renovador impulso doctrinal, las fuentes textuales procuran enfatizar su rigurosa “sencillez” magrebí en todo lo material como contraste de su alabada grandeza espiritual, y de la grandeza del imperio que consiguieron luego. Así Ibn al-Ja§æb se hace eco de la aureola del ascetismo inicial almohade, y subraya dicha dimensión comparativa, al contar su viaje por el sur del Magreb, en pleno mes de mayo de 1360, cuando rindió visita a Tinmal, y cuenta su paso por “la mezquita de su Imœm al-Mahdæ [Ibn T@mart] y la casa en que vivió, los restos de su madrasa y su prisión54. Todo indicaba afán de

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no brillar, de recogimiento y desprecio de aparato, pareciéndose a colmenas de abejas, hormigueros o nidos de pobres pajarillos....”55. La “sencillez” de los Almohades en sus manifestaciones políticas, como en el resto de sus primeras manifestaciones, aparece resaltada por la propia historiografía almohade, y constituye uno de los tópicos de sus ‘leyendas fundacionales’. En su Muqaddima, Ibn Jald@n insiste: “Tal [llaneza] era propia de estos estados [magrebíes] en sus comienzos, cuando predominaba su rudeza beduina. Mas, cuando abrieron sus ojos a la política, miraron por su reino y completaron las marcas de la cultura sedentaria y las señales de lujo y fasto, adoptaron todos los signos soberanos....” 56. Ya desde el primer Califa almohade ®Abd al-Mu’min, hay síntomas de evolución desde esta sencillez hacia la adopción de la monumentalidad, como podemos observar ya en las narraciones relativas a Gibraltar, y podemos deducir que una gran parte del cambio tuvo como motor el cambio de derrotero político, y no sólo la incorporación de modelos andalusíes, por otra parte señalables también en las aspiraciones políticas del mismo ®Abd al-Mu’min, que, por recordar el ejemplo bien representativo, llegó a disponer el traslado de la capitalidad de al-Andalus a Córdoba57. A pesar de todo, fue Ab@ Y@suf al-Manå@r el Califa almohade que más signos soberanos se atrevió a restablecer, pues también adoptó el oratorio reservado o maqå@ra que, según refiere Ibn Jald@n58 “habían eliminado los Almohades, por la simplicidad beduina que les caracterizaba [al principio], pero cuando la dinastía prosperó y tomó gusto al lujo (taraf), y vino su tercer Califa Ab@ [Y@suf] Ya®q@b, éste adoptó la maqå@ra, y así quedó tras él”. Tampoco faltan, ni mucho menos, en las fuentes almohades referencias a la actividad constructora de esta dinastía, que como todas era consciente de la dimensión política de las obras públicas y de la representatividad de los monumentos ostentosos. Los resultados de esta actividad son bastante conocidos, por lo cual me limitaré a citar, como colofón, un pasaje del cronista oficial por excelencia, Ibn Åœ¥ib alÅalœt, bien expresivo59 “Mientras estaba [el Califa Ab@ Ya®q@b en Sevilla] [en 1171]... ordenó hacer el puente sobre el río en beneficio de todos... ordenó también construir los nobles, felices y famosos alcázares de la Bu¥ayra, pasada la Puerta de ‰ahwar en Sevilla... construyó allí alcázares y casas para el gobierno... le acotaron la tierra baldía lindante con los alcázares y edificios, [pagando] con dinero del Majzén para hermosear la residencia, plantando olivos, otros árboles y vides y frutales raros, de todas clases y gusto extraordinario... El Emir de los creyentes hijo del Emir de los creyentes salía de su alcázar de Sevilla, montado a caballo, con los grandes personajes almohades para supervisar las obras y la plantación... La construcción se cercó por los cuatro costados con un muro posterior”. Notas del capítulo 1.- Mazzoli-Guintard, Ch. “Pour une relecture des géographies d’al-Andalus à la lumière des Mentalités médiévales (XIe-XVe siècle)”, S, Cassagnes-Brouquet, A. Chauou, D. Pichot y L. Rousselot (dir.), Religion et mentalités au Moyen Âge. Mélanges en l’honneur d’Hervé Martin, Rennes, 2003, 47-54, especialmente pp. 49-50. 2.- Remite a Martin, H., Mentalités médiévales, XIe-XVe siècle, París, 1996, capítulos 5, 6 y 7. 3.- Sobre algunos aspectos de esta representación: Viguera, Mª. J., “Cronistas de al-Andalus”, en España, al-Andalus, Sefarad: Síntesis y nuevas perspectivas, ed. F. Maíllo, Salamanca, 1988; 2ª ed., 1990, 85-98; “Tipos de fuentes árabes sobre pensamiento político en el Islam medieval”, Festgabe für Hans-Rudolf Singer, Frankfurt am Main, 1991, 581-587; “Las ideas políticas en alAndalus”, en al-Turœ÷ al-magribæ wa-l-andalusæ, Tetuán, 1993, 23-37. 4.- Miquel Barceló con resultado esclarecedor sobre aspectos de la representación soberana: “Al-mulk, el verde y el blanco. La vajilla califal omeya de Madænat al-Zahrœ’ “, La cerámica altomedieval en el sur de al-Andalus, ed. A. Malpica, Granada, 1993, 293-29;

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del mismo autor “El califa patente: el ceremonial omeya de Córdoba o la escenificación del poder”, Estructuras y formas del poder en la Historia. Segundas Jornadas de Estudios Históricos (1990), Salamanca, 1991, 51-71; del mismo autor “El salón de ‘Abd alRa¥mœn III”, Córdoba, 1995, 155-175. Estos dos artículos fueron reeditados en El sol que salió por Occidente. Estudios sobre el estado omeya en al-Andalus, Jaén, 1997, nº VI y nº VII. 5.- Ta’ræj al-mann bi-l-imœma, ed. cAH. alTœzæ, Beirut, 1964; 19873; trad. A Huici, Valencia, 1969. 6.- En la obra colectiva, editada por Alfonso Jiménez Martín, con prólogo de Antonio Collantes de Terán Sánchez, Magna Hispalensis (I). Recuperación de la aljama almohade, Granada, 2003, 13-22. 7.- Mazzoli-Guintard, Ch. , “Discours, lexique et peuplement: l’exemple d’al-Andalus dans le Kitœb Rugar d’al-Idræsæ”, Qur§uba, 4 (1999), 97-115. 8.- Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, Ta’ræj al-mann bi-l-imœma, 415. 9.- Idem, p. 126. 10.- Valor Piechotta, M., y Mantero Tocino, A., “Las necrópolis”, en M. Valor (Coord.), El último siglo de la Sevilla islámica, 257263; sobre las denominaciones de cementerios, y entre ellos la de ‰abbœna: Díaz García, A. y Lirola Delgado, J., “Nuevas aportaciones al estudio de los cementerios islámicos en la Granada nazarí”, Revista del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 1989, 103 y ss. 11.- Dice J. Bosch, La Sevilla islámica, pág. 147, nota 94 “que [el tal ‘barrio de al-‰abbœna’ debía estar cerca del Alcázar”, lo cual ahora se afirma en el Bayœn al-mugrib, ed. cit. pág. 36, que traduzco. 12.- Como subraya, certeramente, R. Valencia, “Sevilla 1147-1248”, en M. Valor (Coord.), El último siglo de la Sevilla islámica, 3945. 13.- Véanse ahora las Actas del VIII Centenario de la Giralda (1198-1998), Córdoba, 1998. 14.- Ibn ‘Iøœræ, Al-Bayœn al-mugrib, ed. Kattœnæ et alii, Dœr al-Garb al-islœmæ, 1985, V, 39. 15.- Zanón, J., Topografía de Córdoba almohade a través de las fuentes árabes, Madrid, 1989, espec. págs. 78-79; D. Fairhild Ruggles, D. F., “Historiography and the Rediscovery of Madænat al-Zahrœ’”, Islamic Studies, 30, 1991, pp. 129-141. 16.- Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, Al-Mann bi-l-Imœma, pp. 203-207. 17.- Idem, 49-50. 18.- Idem, 19. 19.- Torres Balbás, L. “Arquitectos andaluces de las épocas almorávide y almohade”, Al-Andalus, XI, 1946, pp. 214-224 y Obra dispersa, Madrid, 1982, III, 179-189; García Gómez, E. “Algunas precisiones sobre la ruina de la Córdoba omeya”, Al-Andalus, XII, 1947, pp. 267-293. 20.- Más consideraciones al respecto en: García Gómez, E., Discurso de Investidura como Doctor Honoris Causa, Universidad de Sevilla, 1984, espec. pp. 34-37. 21.- “Diffusion et remploi des chapiteaux omeyyades après la chute du califat de Cordoue. Politique architecturale et architecture politique”, VIe Colloque international: L’Afrique du Nord Antique et Médiévale. Productions et exportations africaines. Actualités archéologiques, París, 1994, 159-175. 22.- Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, Al-Mann bi-l-Imœma, pp. 179-184. 23.- Idem, 21-23. 24.- Torres Valvas, L. “Gibraltar, llave y guarda de España”, Al-Andalus, VII (1942), 168-223. 25.- Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, Ta’ræj al-mann bi-l-imœma,186-191. 26.- Valor Piechotta, M. y Tahiri, A.(ed), Sevilla almohade, Fundación Tres Culturas y Universidad de Sevilla, 1998; Valor Piechotta, M (ed), El último siglo de la Sevilla almohade, Ayuntamiento y Universidad de Sevilla, 1995; AA.VV., VIII Centenario de la Giralda (1198-1998), Publicaciones CajaSur, 1998; Valor Piechotta, M., Arquitectura militar y palatina en la Sevilla almohade, Sevilla, 1991; Roldán Castro, F., “De nuevo sobre la mezquita aljama de Sevilla: la versión del cronista cortesano Ibn Åœ¥ib al-Åalœt”, Magna Hispalensis I. La mezquita aljama almohade de Sevilla, 2002, (en prensa); Valor Piechotta, M; “De Hispalis a Isbiliya”, en Edades de Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, 2002, 41-58. 27.- Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, Ta’ræj al-mann bi-l-imœma,195-198. 28.- Idem, 203. 29.- Idem, 200. 30.- Mazzoli-Guintard, Ch. “Pour une relecture des géographies d’al-Andalus à la lumière des Mentalités médiévales (XIe-XVe siècle)”, Cassagnes-Brouquet, S., Chauou, A., Pichot, D. y Rousselot, L. (dir.), Religion et mentalités au Moyen Âge. Mélanges en l’honneur d’Hervé Martin, Rennes, 2003, 47-54, cita p. 52. 31.- Bosch Vilá, J., La Sevilla islámica. 712-1248, Sevilla, 1984, 146.

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ESPACIO Y CONSTRUCCIONES EN TEXTOS ALMOHADES

32.- En este caso, reunidos por Ibn cIøœræ, Al-Bayœn al-Mugrib, V, pp. 35 y ss. 33.- Bosch Vilá, J., Sevilla islámica, p. 147, nota 94: “[el tal ‘barrio de al-‰abbœna’ debía estar cerca del Alcázar”, lo cual ahora se afirma en al-Bayœn al-mugrib, ed. cit., V, p. 36, que traduzco en el presente trabajo. Ver también nota nº 10. 34.- Como afirma R. Valencia, “Sevilla 1147-1248”, M. Valor Piechotta (coord.), El último siglo de la Sevilla islámica, pp. 39-45. 35.- Huici Miranda, A “La participación de los grandes jeques en el gobierno del imperio almohade”, Tamuda, 6, 1958, pp. 239-267; Le Tourneau, R. “Du mouvement almohade à la dynastie mu’minide: la révolte des frères d’Ibn T@mart de 1153 à 1156”, Hommage G. Marçais, París, 1956, II, 111-116. 36.- Ibn ‘Iøœræ, Al-Bayœn al-Mugrib, V, pp. 38-39. 37.- Ta’ræj al-mann bi-l-imœma, ed. cAH. alTœzæ, Beirut, 1964; 19873; trad. A Huici, Valencia, 1969 38.- Roldán Castro, F., “De nuevo sobre la mezquita aljama de Sevilla: la versión del cronista cortesano Ibn Åœ¥ib al-Åalœt”, Magna Hispalensis I. La mezquita aljama almohade de Sevilla, 2002, 13-22. 39.- Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, al-Mann bi-l-imœma, págs. 481-483; M. Valor Piechotta, Arquitectura militar y palatina en la Sevilla musulmana, Sevilla, 1991; Valor Piechotta (Coord.), El último siglo de la Sevilla islámica, espec. allí los artículos de A. Jiménez, “Mezquitas de Sevilla” (págs. 149-160); M. Vera Reina, “La mida’ de la Aljama almohade de Sevilla” (págs. 161-166); R. Manzano Martos, “El Alcázar de Sevilla: los palacios almohades” (págs. 101-124); F. de Amores Carredano y M. Vera Reina, “al-Buhayra/Huerta del Rey” (págs. 135-143); M. Valor Piechotta, “Aznalfarache” (págs. 146-148); A. Jiménez y A. Almagro, La Giralda, Madrid, 1985; A. Jiménez Martín y J.M. Cabeza, Turris fortisssima. Documentos sobre la construcción, acrecentamiento y restauración de la Giralda, Sevilla, 1988; y las Actas citadas antes sobre la Giralda. 40.- Me refiero tanto a la ponencia de Carabaza, J., Porras, A y Valor, M., a las III Jornadas de Arqueología Medieval: Asentamientos rurales y territorio en el mundo mediterráneo en época medieval (Berja, Almería, nov. 2000), que sólo conozco por referencias, ya que no se ha publicado aún. También hay un artículo en prensa en la Encyclopédie de l’Islam de Valor, M. y Ramírez, J. 41.- Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, Al-Mann bi-l-Imœma, trad. A. Huici Miranda, Valencia, 1969, pp. 190-191. 42.- Mazzoli-Guintard, Ch. “Pour une relecture des géographies d’al-Andalus à la lumière des Mentalités médiévales (XIe-XVe siècle)”, S, Cassagnes-Brouquet, A. Chauou, D. Pichot y L. Rousselot (dir.), Religion et mentalités au Moyen Âge. Mélanges en l’honneur d’Hervé Martin, Rennes, 2003, 47-54, espec. pp. 49-50. 43.- G. Martinez-Gros, “La ville, la religion et l’Empire: la trace de Rome dans les auteurs andalous”, Mélanges Jean-Pierre Leguay, Rouen, 2000, 376-386. 44.- E. Tixier-Cacerès, “La trace de Rome dans les villes andalouses”, Mélanges Jean-Pierre Leguay, Rouen, 2000, 363-373. 45.- Ch. Picard, “Description des sites antiques dans le cadre urbain d’al-Andalus par les écrivains arabes du Moyen Âge: l’exemple de Mérida”, Sites et monuments disparus d’après les témoignages de voyageurs, Res Orientales, VIII, 1996, 105-116. 46.- L. de Lachenal, Spolia: Uso e reimpiego dell’antico dal III al XIV secolo, Milán, 1995; Ambos publicados por A. Sot y P. Bazin (eds.), La mémoire de l’antiquité dans l’antiquité tardive et le haut moyen âge. Communications presentées au Centre de recherches sur l’antiquité tardive et le haut moyen âge de l’Université de Pris X-Nanterre (1996-1998), París, 2000: H. Inglebert, “La mémoire de l’histoire de Rome chez les auteurs latins chrétiens de 410 à 480” pp. 90 y ss.; M. Zimmermann, “Le souvenir de Rome en Catalogne du IXe au XIIe siècle”, pp. 150 y ss. 47.- Mary, L. y Sot, M., (eds.), Le discours d’éloge entre antiquité et moyen âge, París, 2001. 48.- al-Dayl wa-l-takmila, ed. I¥sœn cAbbœs, Beirut, 1965, vol. V, págs. 661-662; M. J. Viguera, “La ciudad almohade de Sevilla”, en VIII Centenario de la Giralda (1198-1998), Córdoba, 1998, 15-30. 49.- Bosch, J., La Sevilla islámica, 171 50.- Maguire, H., (ed.), Byzantine Court Culture from 829 to 1204, Washington D.C., 1997, pp. 115-129; Bloom, J. M., Toufiq, A., Carboni, S, Soultanian, J., Wilmering, A.M., Minor, M.D., Zawacki, A., y El M. Hbibi, Le Minbar de la Mosquée Kutubiyya, Nueva York, 1998. 51.- Ibn Marz@q, El Musnad: hechos memorables de Ab@ l-Ëasan, sultán de los Benimerines, trad. Mª. J. Viguera Molins, Madrid, 1977, pp. 332-333. 52.- Goldziher, I., Muslim Studies (Muhammedanische Studien), ed. S.M. Stern, trad. C.R. Barber y S.M. Stern, Londres, 1971, II, 68, 69, 98, y espec. pp. 49-51. 53.- Idem, II, pp. 49-51, y nota 2: remitiendo al Kitœb al-Agœnæ: “XVI, p. 34, 20; cf. X, p. 62, 1, about the beautiful spectacle when Mucœwiya first ascended the minbar”.

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54.- Así en la edición; acaso sea errata por “patio” (åa¥n). Sobre las primeras construcciones almohades: Hamid Triki, Joudia HassarBenslimane y Abdelaziz Touri, Tinmel, l’epopée almohade, 1992. 55.- En su Nufœdat al-^irœb, t. III, ed. M. al-cAbbœdæ, El Cairo, 1967; reimp. Casablanca, 1985, p. 50; Viguera, Mª. J., “Ibn al-Ja§æb visita el monte de los Hintœta”, Homenaje al Prof. J.M. Fórneas, Granada, en prensa. 56.- Muqaddima, pp. 213-214. 57.- Vid supra. Más consideraciones al respecto en el Discurso de E. García Gómez (Investidura Doctor Honoris Causa, Universidad de Sevilla), Sevilla, 1984, espec. pp. 34-37. 58.- Al-Muqaddima, 213 59.- Al-Mann bi-l-imœma, ed. al-Hœdæ, 453-468.

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LOS ALMOHADES

Notas acerca de las reformas urbanísticas en la Sevilla almohade José Ramírez del Río Introducción La extraordinaria actividad urbanística que los sucesivos califas almohades desarrollaron en su capital de al-Andalus ha sido objeto en los últimos años numerosos estudios1, que han venido a poner de manifiesto la trascendencia de este período en la historia de Sevilla. El extensísimo perímetro abarcado por las murallas que los almohades construyeron en esta ciudad ya indicaba un proyecto urbanístico de mucho alcance2, que se plasmó en grandes construcciones palaciegas, religiosas y en obras civiles tan relevantes como el puente o la nueva mezquita aljama. Esta época cambió la fisonomía de la ciudad de Sevilla de una forma radical, como han puesto de manifiesto las numerosas investigaciones llevadas a cabo en los últimos años3. De ser una ciudad sólo ligeramente más grande que Carmona o Écija, y no tener una preponderancia absoluta en el territorio frente a otras localidades, pasó a ser la metrópoli incontestable de al-Andalus. En un primer momento con una separación radical de la población bereber y de la sevillana, que provocó una primera ampliación de hondas consecuencias y de enorme tamaño, y en un segundo momento en una ciudad cuyas partes aparecen más integradas, dentro del proyecto de construir una segunda capital del imperio a la medida de la de la otra orilla, Marrœk@™. A pesar del gran esfuerzo realizado hasta la fecha en el análisis de las fuentes andalusíes, consideramos que éste no está agotado, y puede permitirnos comprender muchas de las razones y de las tendencias que motivaron la realización de buena parte de las obras públicas de Sevilla, especialmente si combinamos este análisis con las noticias que nos proporciona la investigación arqueológica llevada a cabo en esta ciudad en la última década. El análisis de las referencias a las construcciones ha de ser enmarcado en las noticias que encontramos en las colecciones de fatwœ-s (dictámenes jurídicos), que son la mejor documentación de la que disponemos para perfilar la vida económica en al-Andalus entre los siglos XI y XIII. También es necesario señalar la forma en que el contexto general de la vida del Imperio Almohade marcó la manera de realizar y concluir muchas de estas edificaciones, en muchos casos de forma diferente a la planteada en un principio. Este cambio es perceptible en mayor medida en las variaciones producidas en el diseño de las obras tras la llegada al trono de Ya‘q@b al-Manå@r (1184-1199). Es necesario realizar un estudio de conjunto de las obras almohades, tanto de las de carácter religioso como de las civiles; en esta ocasión abordamos la idea de que en numerosas ocasiones las reformas llevadas

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a cabo en las zonas comerciales del centro de la ciudad tuvieron como fin acaparar para la autoridad almohade las rentas producidas por los mercados cercanos a la mezquita aljama, donde había de concentrarse para la oración del viernes la mayor parte de la población tanto de la ciudad como de los núcleos urbanos más cercanos a Sevilla, así como del control de las rentas adscritas al tesoro de los bienes habices4, que no podían ser enajenados, pero cuya administración sin duda agudizó el dominio norteafricano sobre la capital andalusí. Gracias a los procedimientos descritos, las autoridades almohades pudieron hacerse con importantes cantidades de capital que estaban adscritas a unos centros donde tradicionalmente eran administradas por sevillanos: los administradores del tesoro de los bienes habices de Sevilla, que dependían de la mezquita de Ibn ‘Adabbœs. Los encargados de estos capitales difícilmente continuarían en sus funciones tras el traslado del tesoro de los bienes habices a la nueva mezquita, construida y monopolizada por los almohades, con lo que éstos aumentaron su control económico sobre la ciudad tanto en el campo financiero como en el comercial e incluso en el inmobiliario. Sería muy interesante poder trazar el proceso de centralización de la administración de los bienes habices, que de servir sólo al propósito para el que los instituía el donante (mu¥abbis) pasó a ser susceptible de recibir otro destino por mediación de la administración de los bienes habices, que figuraba adscrita a la mezquita aljama de cada ciudad, y no podemos minusvalorar el peso económico de estos bienes. Paralelamente a estas imposiciones sobre la población, y de forma progresiva, los almohades fueron atrayéndose a algunas de las principales familias de I™bæliyya y fueron creando unos apoyos en la clase dirigente de la ciudad que les ayudaron a consolidar su posición y participaron en la administración del imperio almohade, como veremos más adelante. Variaciones en el proyecto de las obras de la mezquita mayor, de sus mercados y de la alcaicería La principal fuente para el estudio de la historia de los almohades en Sevilla es la obra de Ibn Åœ¥ib alÅalœt5, que nos proporciona una gran cantidad de datos acerca de este período, cuyas obras son posiblemente las mejor documentadas de todo el Occidente del Islam. Las primeras construcciones de los almohades en Sevilla tuvieron como fin el afianzar su poder ante la población de esta ciudad, cuya actitud ante el nuevo imperio quedó ejemplificada con las dos ocasiones en que tuvieron los almohades que conquistar la ciudad en el lapso de cuatro años (1147-1150). Las relaciones entre los andalusíes y los beréberes habían sido tradicionalmente difíciles6 (al-nafi‘ al-tabæ‘æ), como se puede comprobar en las narraciones relativas a la caída del califato de Córdoba; con la llegada de los contingentes venidos con los almorávides y sobre todo con los almohades, este problema se agudizó7. Como ejemplo significativo de las dificultades entre andalusíes y beréberes podemos destacar que en las excavaciones llevadas a cabo en el mercado de Triana, en el que se localizó un antiguo cementerio almohade, se descubrió que los norteafricanos disponían una capa de tierra distinta a la de Sevilla, a la del entorno en el que eran enterrados, para que sus cuerpos no reposaran directamente en el suelo del lugar, sino en una tierra seca, más parecida a la de su lugar de origen8. La conquista de Sevilla por parte de los almohades no fue sencilla ni rápida: hemos de tener en cuenta que fue necesario la ocupación militar de la ciudad, tras asalto en la primera ocasión y tras un penoso asedio en la segunda, razón por la que el califa ‘Abd al-Mu’min difícilmente podía considerar la ciudad

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NOTAS ACERCA DE LAS REFORMAS URBANÍSTICAS EN LA SEVILLA ALMOHADE

sino como una conquista insegura, en marcado contraste con el caso de Jerez o de Cádiz, donde las ciudades se habían entregado espontáneamente a los almohades desde antes incluso de su victoria sobre los almorávides en el Magreb. El carácter de ciudad ocupada militarmente que tuvo Sevilla en los primeros años de dominio almohade, condujo a éstos a realizar una serie de obras de fortificación en algunas partes de la ciudad, que la convirtieron en un extraordinario recinto militar y palaciego, con capacidad para albergar a los soldados de la guarnición de esta ciudad y a los jefes almohades, tanto a los religiosos y políticos como a los militares. En este contexto asistimos a la construcción de una alcazaba en la que albergar a los soldados y dirigentes beréberes, para cuya construcción hubieron de expulsar a los sevillanos que vivían en aquella zona9, y a la creación de algunas zonas palatinas, como la residencia de Ab@ Ëafå. Aunque no contamos con noticias a través de las fuentes –la narración de Ibn Åœ¥ib al-Åalœt comenzará varios años después, durante el mandato como gobernador de Sevilla de Y@suf Ab@ Ya‘q@b, los almohades debieron paliar los desperfectos causados a las murallas de Sevilla tras las represalias subsiguientes a la segunda conquista de la ciudad. El cronista Ibn ‘Iøœræ señala en Al-Bayœn al-Mugrib la demolición de la muralla de al-Mu‘tamid b. ‘Abbœd tras la segunda toma de la ciudad10. En otras ocasiones en que se menciona la destrucción de una parte de la muralla podemos considerar estas menciones como una clara exageración, pues afectan únicamente a las puertas o a algunos elementos que permiten anular el valor defensivo de las fortificaciones, pero que no suponen un daño difícil de reparar; sin embargo en este caso el material de construcción arrebatado a los restos de la muralla sirvió para unas edificaciones de gran relevancia, con lo que parece segura la magnitud de la demolición. Sólo unos años después podemos comprobar cómo el recinto estaba dispuesto para soportar el ataque de Ibn Mardanæ™, por lo que parece razonable suponer que entre ambos hechos medió la refacción de una parte notable de la muralla sevillana. Tras los primeros años en que las construcciones de los almohades en la capital andaluza parecen obedecer a una simple respuesta ante los problemas planteados por sus enemigos, tanto de dentro como de fuera de la ciudad, asistimos a unas actuaciones con unos propósitos y una planificación que nos permiten inscribirlos en un diseño urbanístico nuevo. Estas iniciativas se proponían cambiar la fisonomía de la ciudad para adaptarla a su condición de sede del imperio en al-Andalus; la zona más alterada parece haber sido el sector meridional de la ciudad11: En el año 567 de la hégira (1172 A.D) los terrenos situados ante la entrada a la alcazaba interior fueron confiscados y se procedió a su explanación. Comenzaron las obras de una gran mezquita cuya finalidad parece haber sido en un principio sustituir al pequeño oratorio situado dentro de la alcazaba, además de realizar una enorme construcción que mostrara el poderío de la dinastía a sus súbditos andalusíes. Sin embargo en este momento tenemos que señalar que el uso de este recinto por parte de los sevillanos era más que improbable: las disputas en temas litúrgicos entre los almohades y los malikíes dificultaba en gran medida el uso compartido de los espacios de culto, como podemos observar en algunas narraciones transmitidas por al-Wan™aræsæ. La cuestión acerca de las invocaciones canónicas durante la oración condujo incluso a que algún personaje de la corte norteafricana amenazara a un imœm de Sevilla12: Refiere el cadí Ab@-l-Ja§§œb b. Jalæl una historia sobre el piadoso Ab@ ‘Abd Allœh b. al-Mu^œhid: “Una de las grandes autoridades del estado (dawla), persona de relieve, conocido por su férreo control y su despotismo, vecino de Ibn Mu^œhid, estaba rezando un día tras él en la mezquita donde aquel era Imœm. Ibn Mu^œhid no hacía la invocación tras las oraciones, siguiendo en esto

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el criterio de la escuela –es decir, de la escuela malikí-, que rechazaba esta práctica, siendo (Ibn Mu^œhid) muy cuidadoso de ello. Así que, su omisión de la invocación tras las oraciones contrarió a este personaje, y le ordenó al Imœm hacerla, a lo cual se negó, manteniendo su costumbre de no realizar la invocación tras las oraciones. Una noche, al terminar de rezar la oración del primer tercio nocturno en la mezquita, aquel personaje, al salir hacia su casa, dijo a las personas que por allí se encontraban: “Le indiqué a este hombre que hiciera la invocación tras las oraciones y se negó a ello; si mañana se empeña en lo mismo, le cortaré el cuello con esta espada”, y señaló la espada que tenía en la mano. La gente temió por Ibn Mu^œhid al escuchar esto, sobre todo conociéndole; así que todo el grupo marchó a casa de Ibn Mu^œhid (a prevenirle). Éste salió a su encuentro y les preguntó: ¿Qué pasa?”; le dijeron: “Por Dios, tememos por tu vida, pues ese personaje está enfadadísimo contigo porque no haces la invocación tras las oraciones”, a lo cual Ibn Mu^œhid les contestó: “No cambiaré mi costumbre”, entonces le contaron todas sus palabras. Ibn Mu^œhid les despidió con una sonrisa, añadiendo: “Id y no temáis, pues él es quien tendrá cortado el cuello mañana por la mañana con esa misma espada, Dios mediante”, y volvió a entrar en su casa, marchándose la gente asustada por cuanto había dicho el personaje. Al día siguiente, llegó a casa de tal personaje un grupo de gentes de su misma categoría (åinf), acompañados por servidores del Majzan, y se lo llevaron como a alguien caído en desgracia. Les siguieron un grupo de gentes de la mezquita, que sabían lo ocurrido la víspera, hasta llegar a la Dœr al-Imœra, en la puerta de ‰awhar de Sevilla, y allí le cortaron el cuello con su propia espada, cumpliéndose así lo predicho (por Ibn al-Mu^œhid). Hay otra mención de Ibn Åœ¥ib al-Åalœt que es un buen indicador del conflicto existente entre las dos comunidades que compartían –a regañadientes- la ciudad en el siglo XII y que pone de manifiesto la gran importancia que ambas partes concedían a sus diferencias litúrgicas: Los almohades conquistadores habían tomado en su alcazaba dentro de Sevilla como oratorio una pequeña mezquita, en su momento y para su número, pero había quedado pequeña a medida que iban asentándose...13 El cronista áulico de los califas almohades señala también la necesidad en que se encontraba la ciudad de Sevilla de construir un templo mayor para la oración de los mismos sevillanos, que habían colmado ya la capacidad de la mezquita de Ibn ‘Adabbas14. En un principio las fuentes ya nos alertan acerca del monopolio que los gobernantes norteafricanos pretendían establecer sobre la mezquita aljama, pues su situación junto a la alcazaba ya podía llevar a los sevillanos a desconfiar de la seguridad de usar este recinto. Por motivos similares los sevillanos ya habían llevado a cabo una rebelión contra un gobernador de época omeya, Umayya b. ‘Abd al-Gœfir, cuya vida terminó a manos de los irritados habitantes de la ciudad15. Sin embargo el hecho que nos lleva a concluir que este recinto estaba planteado para servir de manera directa a los almohades es el muro que en el año 580 de la hégira (1184 A.D) ordenó levantar el califa Y@suf Ab@ Ya‘q@b, que encerraba la mezquita en el mismo recinto que la alcazaba interior almohade, y que ha sido localizado en las recientes excavaciones llevadas a cabo en el patio de la actual Catedral de Sevilla. El mismo texto en que se recoge la traslación de la ju§ba desde la mezquita de Ibn ‘Adabbas hasta la nueva aljama nos muestra hasta qué punto había quedado acaparado el templo, hecho que venía a destacar la superioridad de los almohades también en el campo religioso16:

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Mención de la orden de hacer la ju§ba el viernes en la nueva y gran mezquita en la alcazaba (bil-qaåaba) y de trasladar la ju§ba desde la mezquita atribuída a ‘Umar b. ‘Adabbas en Sevilla. Este monopolio sobre la mezquita fue suavizado en cierta forma hacia el final del reinado de Y@suf Ab@ Ya‘q@b y el comienzo del reinado de su sucesor, Ya‘q@b al-Manå@r, con una reestructuración que amplió el patio de la mezquita y le dio un acceso más fácil a la ciudad, en especial a la zona comercial que estaba en creación. Aún así fue necesario que el califa repitiera en alguna ocasión la orden de que se procediera a realizar la oración del viernes, a la que debían asistir los musulmanes de la ciudad –los demás días podían rezar en las mezquitas de los barrios, aunque el yawm al-^umu‘a debían acudir a la oración con toda la comunidad de la ciudad-, lo que nos muestra la resistencia que los sevillanos opusieron a abandonar su antigua mezquita –la de Ibn ‘Adabbas- para pasar a la mezquita aljama de los almohades. La orden de comenzar la ju§ba se dio cuando aún no estaba iniciado el alminar, cuando el recinto no estaba pavimentado y con el patio de la mezquita apenas esbozado17, lo que da una idea de la premura de la autoridad política por poner en funcionamiento este centro religioso. Además de la destrucción parcial de la muralla que cercaba la mezquita, que fue derribada y sustituida por una entrada distinta y más accesible desde la zona de mercados que la autoridad almohade intentó potenciar, se produjo otro cambio significativo en el diseño de la mezquita tras la llegada al poder de Ya‘q@b al-Manå@r: la construcción de una maqå@ra. La autoridad religiosa almohade fue en principio contraria a las maqå@ra-s, pues aunque se aceptaba como un mal necesario para evitar violencias contra la autoridad política durante la oración, significaba una diferencia entre los musulmanes, por lo que se consideraba su uso una situación de hecho, pero no de derecho. Durante la época final del dominio almorávide encontramos incluso a gobernadores de pequeños lugares que proceden a emplearlo, a pesar de la unánime condena de los ulemas por esta práctica. La intervención de los almohades en la ciudad de Sevilla también trajo consigo la destrucción de la maqå@ra de la mezquita de Ibn ‘Adabbas hacia el año 570/117418. Según Ibn Åœ¥ib al-Åalœt esta reforma se llevó a cabo para proporcionar algo más de sitio para la oración; no podemos descartar otras razones como señalar a los habitantes de la ciudad la inexistencia de una autoridad política legítima que utilizara dicha maqå@ra, haciendo patente el poder almohade sobre Sevilla, además de atacar un elemento de la tradición religiosa local, enfrentada a la de los norteafricanos, según vimos anteriormente, y que no dejaría de suscitar la oposición de los sevillanos, como sucedió en una ocasión similar en Córdoba, cuando los habitantes impidieron al califa al-Ëakam II que alterase la dirección de la alquibla. El hecho de que los sevillanos y los almohades pasaran a compartir el nuevo templo supuso la necesidad de guardar al califa de los posibles ataques de la población local, por lo que los propios almohades tuvieron que volver a construir una maqå@ra en la nueva mezquita aljama19, lo que supuso otro cambio importante en el proyecto original del templo. Las arcas del Estado no podían sostener la construcción de tantas obras públicas, por lo que se hizo necesario incluir a los habitantes de la ciudad en el nuevo proyecto. La estrategia seguida por la autoridad política almohade para poder financiar, aunque fuera en parte, estos trabajos, debió consistir en el recurso al tesoro de los bienes habices. El paso de este tesoro a la nueva mezquita aljama exigía la presencia de los sevillanos en el nuevo templo, lo que obligó a una serie de cambios en el edificio, como los que hemos señalado anteriormente. Los almohades pasaron a controlar el tesoro general de los bienes habices, pues al crear la nueva mezquita aljama este capital, que procedía de los bienes que los musulmanes cedían a las mezquitas pasó,

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de estar controlado por sevillanos en la mezquita de Ibn ‘Adabbas, a ser controlado por las personas designadas por los almohades y que dependían de la nueva mezquita aljama. La importancia del paso de la administración de unas manos a otras debió ser realmente importante, pues a lo largo de los siglos los bienes habices habían ido creciendo en Sevilla, y más desde la incautación de los bienes de los mozárabes sevillanos por parte de los almorávides tras la campaña de Alfonso el Batallador de Aragón (1125-1126) y la transformación de las iglesias en mezquitas durante el dominio de los lamtuna20. Resulta imposible, sin embargo, concretar el impacto económico que pudo tener la confiscación de los bienes, pues sin duda una parte pasó al tesoro del estado, y los daños sufridos por esos bienes durante el asedio de Sevilla por los almohades debieron ser fuertes, como según Ibn ‘Iøœræ sucedió con los bienes de buena parte de los sevillanos. Entre las rentas que recibía la mezquita aljama y el tesoro de los bienes habices tenemos que destacar las producidas por el alquiler de las tiendas anejas o cercanas a la mezquita principal. Estas tiendas recibieron unas modificaciones de gran alcance, pues el Estado almohade procedió a edificar nuevos edificios en los que albergar los mercados de mayor valor económico. Los mercados próximos a la mezquita aljama y su importancia económica Es evidente la importancia que los mercados cercanos a la mezquita aljama tenían en la vida económica de la ciudad de Sevilla, pues gozaban de una situación privilegiada: era el lugar al que habían de acudir de forma obligatoria la mayor parte de los sevillanos, y de los habitantes de las poblaciones más cercanas a Sevilla, una vez por semana. Por ello las tiendas adosadas a los muros de la mezquita podían esperar un volumen de ventas superior a las de ninguna otra zona comercial de la ciudad, ya fuera en el caso de productos alimenticios o en el de los bienes de lujo21. Así sucedía en el caso de la mezquita de Ibn ‘Adabbas antes de la conquista almohade, y así ocurrió también en el nuevo emplazamiento. Hay una zona de mercados que debió sufrir pocas alteraciones durante la época almohade aunque no tenemos información acerca de las razones para que mantuviera su emplazamiento: el mercado de armas. En algunos textos podemos comprobar la existencia en Sevilla de una zona comercial en la que se podían adquirir los elementos más comunes y necesarios para el mantenimiento del armamento, como las flechas (s@q alna™œ™ibæn) o las corazas. Debido a su uso especializado este tipo de mercados estaban menos expuestos a lo vaivenes del gusto o de las zonas comerciales de mayor tránsito, por lo que es lógico que no aparezcan en las noticias que nos transmiten las fuentes acerca de las reformas de las zonas comerciales. Seguramente el emplazamiento de este mercado tenemos que localizarlo hacia la “puerta del hierro” (Bœb al-Ëadæd), que resultaría de acortar el topónimo Bœb s@q al-¥adæd (Puerta del mercado del hierro)22 y que posiblemente no cambió de lugar a pesar de las múltiples modificaciones en las zonas comerciales durante la época almohade. La colección de fatwœ-s de al-Wan™aræsæ nos permite observar en algunos casos la casuística de la utilización de estos comercios y su particular relación con la mezquita, a la que debían pagar una renta23. En ocasiones se reprende a los comerciantes por descargar su mercancía en el åa¥n de la mezquita –sobre todo los comerciantes de grano-, ensuciándola y causando molestias a los creyentes que acudían a rezar; en otras ocasiones el problema resultaba de las estructuras que los comerciantes añadían a los muros de la mezquita y que podían alterar o estropearla, o molestar el tránsito de los fieles. En todos estos casos el cadí solía intervenir a favor de la mezquita, procediendo a sancionar al infractor. En otros casos observamos las peticiones de los comerciantes al cadí para que reduzca el precio de los alquileres de los locales, pues la

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temporada había sido particularmente nefasta, aunque el cadí no solía aceptar estas reducciones pues el dinero entregado a la mezquita pertenecía al “tesoro de los musulmanes” y sólo por razones realmente extraordinarias podía aceptarse una mengua en él. En la mezquita de Ibn ‘Adabbas los puestos comerciales adosados a los muros estaban tan cerca de los lugares de oración y molestaban tanto a los fieles –a pesar del énfasis que había puesto Ibn ‘Abd@n en prevenir este hecho- que fue una de las causas esgrimidas por Ibn Åœ¥ib al-Åalœt para justificar el traslado de la mezquita aljama al templo almohade24. El hecho de que esgrima un aspecto jurídico como era la lejanía del imœm a muchos de los fieles, cuya plegaria podía resultar inválida al no seguir bien la oración comunitaria, posiblemente intentara paliar en alguna medida los problemas que almohades y mœlikíes mantenían acerca de algunos ritos en la oración, pues éstos podían ser asumidos como un mal menor en comparación con otras faltas a las que el uso de la anterior mezquita pudieran dar lugar. Junto a los puestos adosados a los muros de la mezquita nos encontramos con una zona comercial reservada a los bienes de lujo, la alcaicería, cuya construcción encontramos nuevamente en la obra de Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, y que consistía en un conjunto de calles que tenía como eje axial la calle de Hernando Colón25. La descripción de su estructura y de sus usos nos señala una vez más el carácter excepcional de las noticias de las que disponemos sobre la Sevilla de esta época: Se construyeron los mercados y las tiendas (..) con la más sólida obra y el más hermoso estilo de su clase, para admiración y novedad de los tiempos. Se le colocaron cuatro puertas grandes, que lo cerraban por los cuatro lados. Las mayores eran las de oriente y del norte, que se enfrentaban con la puerta norte de la mezquita Cuando se terminó la construcción de estos mercados con sus tiendas, se trasladaron a ellos los mercados de los perfumistas y de los comerciantes de telas y de los marcatín y de los sastres26. La zona cercana a la mezquita parece haber acumulado los mercados de mercancías más valiosas, y sabemos de otros mercados que debieron ocupar lugares más alejados del nuevo centro económico de la ciudad, como el de ropa usada (s@q al-dawœb), del que nos refiere el poeta Ab@ Ba¥r Åafwœn b. Idræs que podía ser recorrido a caballo27. También había varios mercados de alimentos, además de los puestos cercanos a la propia mezquita aljama. Estos mercados no vendían únicamente productos naturales de las tierras cercanas a Sevilla, como el Aljarafe, sino también una serie de platos elaborados, que llegaban a importar de poblaciones relativamente apartadas, como Jerez. Las famosas “mu^abbanœt” (plato preparado con queso), especialidad de la capital de ·aø@na, era popular en algunas tiendas de estos mercados de abastecimientos, de los que nos dice el poeta y autor de maqœmœt Ab@ ‘Umar b. Ëafå@n: “...y enciende con las estrellas de la cocina sus horizontes..”28. El hecho de que muchos habitantes de las regiones cercanas a Sevilla estudiaran y mantuvieran su residencia durante una época de sus vidas en la capital, tanto para llevar a cabo su instrucción como para desempeñar puestos en la administración, hacía que este tipo de industrias se desarrollaran sobremanera, aunque las colecciones de fetwas nos indican que algunos de los alimentos podían dar lugar a litigios y problemas. La construcción de la nueva mezquita aljama de Sevilla supuso el traslado de los mercados de la zona de la mezquita de Ibn ‘Adabbas a la que hemos indicado, y tuvo consecuencias nefastas para ésta: el tesoro de los bienes habices de Sevilla, con el que se pagaban muchos de los gastos de mantenimiento de la aljama anterior, como se ha dicho pasaron a la nueva mezquita. Una parte de los antiguos mercados que rodeaban la vieja aljama –y además la parte más lucrativa- se trasladó al entorno de la nueva mezquita, y con ello comenzó la decadencia del antiguo centro religioso sevillano. Ibn ‘Abd@n ilustra en su tratado de ¥isba la

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importancia de los gastos necesarios para atender de forma adecuada esta mezquita, de la que no ha llegado hasta nosotros más que el patio, semienterrado en la actual parroquia del Divino Salvador. Para el mantenimiento y el funcionamiento del templo había una serie de personas contratadas que debían recibir su salario del tesoro del propio oratorio, cuyos ingresos procedían por un lado de los bienes habices donados para tal fin y por otro de los ingresos que se podía allegar gracias al alquiler de los puestos de comercio anejos al propio edificio, sobre los que ejercía sus derechos. La forma en que estas rentas fueran administradas ha dejado muy pocos testimonios documentales en lo referente a la propia ciudad de Sevilla. Entre el personal necesario para el mantenimiento de la mezquita de Ibn ‘Adabbas según Ibn ‘Abd@n podemos contar: tres domésticos, para guardar la limpieza y el suministro de agua, un pocero, para atender la sala de abluciones, un maestro albañil para atender a las reparaciones, un alfaquí para atender el adoctrinamiento de las gentes, seis imœmes para dirigir la oración, cuatro almuédanos al menos para que la recitación llegue a todos los fieles29.. además del pago de sus honorarios era preciso atender a la sustitución del material fungible, como las esteras que cubrían el suelo, el aceite de las lámparas o las acémilas necesarias para transportar el agua para las abluciones de los fieles, lo que implicaba unos gastos permanentes bastante altos y que sólo se podían mantener por los ingresos que recibía el tesoro de la mezquita aljama. Todas estas necesidades quedaron bastante desatendidas tras la inauguración de la nueva aljama, hasta el punto que las obras de mantenimiento que habitualmente pagaban los mismos bienes de la mezquita hubieron de ser pagados por el califa almohade de su tesoro particular, como no deja de consignar para ensalzarlo el propio Ibn Åœ¥ib al-Åalœt30. Teniendo en cuenta que el tesoro de los bienes habices debía haber provisto los medios financieros necesarios para esas reparaciones, aún cuando se llevaran a cabo en una mezquita secundaria ya en aquel momento, tenemos que considerar que el presupuesto de estos bienes había quedado acaparado por las obras que la nueva mezquita aljama necesitó para su terminación, hecho que alivió sin duda las arcas del Estado y que explica la urgencia de la inauguración del nuevo templo, que no había sido terminado cuando fue abierto al culto, como señalamos anteriormente. Los gastos realizados en obras públicas por el imperio almohade durante los gobiernos de Y@suf Ab@ Ya‘qub y Ya‘q@b al-Manå@r fueron realmente muy considerables: además de las numerosas fortificaciones que hubieron de llevar a cabo en al-Andalus (reconstrucción de la fortaleza de Qal‘at ‰œbir, de las canalizaciones de agua entre la ciudad de Sevilla y el río Guadaíra, de la construcción de fortalezas en Ëiån al-Fara^ (actualmente San Juan de Aznalfarache) o ·al@qa (Sanlúcar la Mayor), de numerosas edificaciones de carácter defensivo en el Algarbe, para frenar las incursiones portuguesas, tuvieron que realizar grandes dispendios en las campañas militares, en las que la sola intendencia del ejército suponía un capítulo muy crecido, dado el diseño de ejército masivo que adoptó el imperio almohade. A todo ello hay que añadir que las obras llevadas a cabo en el Magreb no le iban a la zaga. Por todo ello las necesidades financieras del imperio fueron en aumento, hecho que se refleja en las fuentes por las frecuentes interrupciones en la realización de las obras. Junto a la apropiación de las rentas producidas por las principales zonas de comercio de la ciudad de Sevilla, a la toma de la administración de las rentas producidas por los bienes habices, y a la confiscación de un gran número de inmuebles en la ciudad tras su conquista definitiva, que les permitía mantener un control económico férreo sobre la misma, la dinastía de los Ban@ ‘Abd al-Mu’min desarrolló otra estrategia para atraer a algunas familias sevillanas a los cuadros dirigentes de su movimiento, intentando suavizar así una relación muy difícil con los habitantes de Sevilla. En un primer momento los hijos de algunas de las familias más destacadas de la ciudad fueron llevados a Marrakech para ser adoctrinados de acuerdo a los

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principios almohades, de forma que alcanzaran el grado de §œlib (los tolbas de las crónicas castellanas). Otro medio de atracción de los almohades fue el incluir a los sevillanos en la especulación inmobiliaria que va pareja de las grandes obras públicas. La fundación de Rabat se llevó a cabo en unos terrenos que se encontraban bajo la jurisdicción de la comunidad de Salé, por los que el califa ‘Abd al-Mu’min pagó generosamente tanto a los Ban@-l-Sal@yæn, como a Ibn al-Wa^œd31, sevillano que fue el único particular que tenía propiedades en aquel lugar. Aunque la pérdida de ingresos en la propia Sevilla debió provocar no poco descontento, las posibilidades de negocio en el marco de un imperio tan rico y extenso como el almohade no faltaron, y fueron aprovechadas por algunas familias de Sevilla, que mantuvieron su rango en la capital andalusí hasta su conquista por Fernando III. A modo de conclusión Las estrategias seguidas por el poder almohade para afianzar su poder en Sevilla fueron de muy distinto tipo, y combinaron la segregación de la población sevillana de la norteafricana en diversos ámbitos, con su incorporación en otros muchos desde el administrativo hasta el económico. Estas dos tendencias dependían en buena medida de la fuerza económica y política de la que dispusiera el movimiento almohade en cada momento, pues los problemas financieros del imperio forzaron a los almohades a llevar a cabo una política más inclusiva de lo que en un primer momento se habían propuesto. Tenemos que estudiar las reformas urbanísticas en las ciudades andalusíes analizando las razones económicas que las impulsaban y las razones religiosas, y no siempre atribuyendo dichos cambios a la presión demográfica que, si bien es un elemento muy a tener en cuenta, no permite explicar en muchos casos ni los planteamientos iniciales ni el resultado de las grandes intervenciones en las ciudades de alAndalus. M. Bencherifa ya llamó la atención acerca de la complejidad que comportaban las obras llevadas a cabo por el califa al-Manå@r, pues en el Bayœn al-Mugrib se cifraba en más de cincuenta la cantidad de funcionarios de alto rango (Kuttœb) encargados de ayudar en la realización de las obras públicas de Sevilla, dirigidas por Dœw@d b. Abæ Dœw@d32. Notas del capítulo 1.- Valor Piechotta, M. y Tahiri, A.(ed), Sevilla almohade, Fundación Tres Culturas y Universidad de Sevilla, 1998; Valor Piechotta, M (ed), El último siglo de la Sevilla almohade, Ayuntamiento y Universidad de Sevilla, 1995; AA.VV., VIII Centenario de la Giralda (1198-1998), Publicaciones CajaSur, 1998; Valor Piechotta, M., Arquitectura militar y palatina en la Sevilla almohade, Sevilla, 1991; Roldán Castro, F., “De nuevo sobre la mezquita aljama de Sevilla: la versión del cronista cortesano Ibn Åœ¥ib alÅalœt”, Magna Hispalensis I. La mezquita aljama almohade de Sevilla, 2002, 13-22; Valor Piechotta, M; “De Hispalis a Isbiliya”, en Edades de Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, 2002, 41-58. 2.- Valor Piechotta, M. y Ramírez del Río, J., “Sobre la cronología de las murallas” en Sevilla almohade, 26-39; Ramírez del Río, J. y Valor Piechotta, M., “Las murallas de Sevilla. Apuntes historiográficos y arqueológicos”, en Qur§uba IV (1999), 167-179. 3.- Vid Viguera Molins, Mª.J., “Los almohades en Sevilla: 1147-1248” en Sevilla almohade, 19-23 y de la misma autora “La ciudad almohade de Sevilla” en VIII Centenario de la Giralda (1198-1998), 15-30; Roldán Castro, F., “Entre gentes del libro (La dominación islámica)” en Magna Hispalensis, Sevilla, 1992, 117-133 y Valencia, R. “Sevilla 1147-1248”, en El último siglo de la Sevilla almohade, 39. 4.- Acerca de las diferencias entre el tesoro del Estado y el de las fundaciones pías vid: Le Tourneau, s.v. Bayt al-Mœl, EI2. 5.- Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, Al-Mann bi-l-Imœma, ed. ‘Abd al-Hœdæ al-Tœzæ, Beirut, 1987 (3ª edición). 6.- Cfr. García Gómez, E., Andalucía contra Berbería, Barcelona, 1976. 7.- Viguera Molins, M.J., Almohades II, Casa Velazquez, (en prensa). 8.- Valor Piechotta, M. y Mantero Tocino, A., “Las necrópolis”, en El último siglo de la Sevilla islámica, 261.

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9.- Viguera Molins, Mª J., “Los almohades en Sevilla: 1147-1248”, en Sevilla almohade, 19. 10.- Ibn ‘Iøœræ, Al-Bayœn al-Mugrib, ed. M. I. al-Kattœnæ et alii, Beirut, Dœr al-Garb al-islœmæ, 1985, 39; Valor Piechotta, M y Ramírez del Río, J., “Las fortificaciones almohades de Sevilla” en Sevilla almohade, Sevilla, 1999, 27-39; Ramírez del Río, J. y Valor Piechotta, M, “Las defensas de Sevilla”, en Sevilla 1248. Actas del Congreso Conmemorativo del 750 aniversario de la conquista de Sevilla por Fernando III, Madrid, 2000, 85-98. 11.- Jiménez, A., “Mezquitas de Sevilla”, en El último siglo de la Sevilla almohade. 1147-1248, 155. 12.- Al-Wan™aræsæ, Al-Mi‘yœr al-mu‘rib, ed. Mu¥ammad Ëa^^æ et alii (eds), Rabat, 1981, II, 467-469, trad. M.J. Viguera en “Un texto recogido por al-Wan™aræsæ sobre diferencias en aspectos del culto entre la autoridad almohade y un Imœm de Sevilla”, Qur§uba, VI (2001). 13.- Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, Al-Mann bi-l-Imœma, 384. 14.- Ibidem. 15.- Ibn Ëayyœn, Al-Muqtabis, II, ed. M. Antuña, París, 1937, 103-106; Valencia Rodríguez, R., La Sevilla musulmana, Universidad Complutense de Madrid, 1988, p. 783-784 ; Bosch Vilá, J., La Sevilla islámica. 712-1248, Universidad de Sevilla, 1984, 58-59. 16.- Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, Al-Mann bi-l-Imœma, 388. 17.- Jiménez, Martín, A., “Mezquitas de Sevilla” en El último siglo de la Sevilla almohade 1147-1248, 55. 18.- Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, Al-Mann bi-l-Imœma, 397; Bosch Vilá, J., La Sevilla islámica, 258-259. 19.- Ibn Jald@n, Al-‘Ibar, Beirut, 1962 (2ª edición), I, 476; Serrano, D., “El ámbito islámico de la oración: el Kitœb al-åalœt de una obra de casos judiciales”, Qur§uba, V (2000), 242 20.- Cfr. Ramírez del Río, J., “Los mozárabes de Sevilla: el final de una minoría”, en Actas de las III Jornadas Históricas de Vitoria, Bilbao, 2002, 131-146; Serrano, D., “Dos fetwas sobre la expulsión de mozárabes al Magreb en 1126”, Anaquel de Estudios Árabes, II (1991), 163-182; Al-Wan™arisæ, Al-Mi‘yœr al-mugrib wa-l-^ami‘ al-mu‘rib, ed. litografiada de Fez, 1896-1898, II; Ibn Ru™d al-‰add, Fatawà, Rabat, 1984; Lagardère, V., “Communautés mozarabes et pouvoir almoravide en 519H/1125 en alAndalus”, Studia Islamica, LXVIII (1989), 99-119; Vidal, O., Historia eclesiástica de España, ed. Le Prévost, 1, XIII, t. V, 12 y ss; Dozy, R., “Sur l’ expédition d’ Alphonse le batailleur contre l’ Andalousie”, Recherches sur l’ histoire et la littérature de l’ Espagne pendant le Moyen Âge, I, Leiden, 1881, 348-363; Simonet, F.J., “De la famosa expedición que hizo a Andalucía el rey D. Alfonso el Batallador”, Historia de los mozárabes de España, IV, 745-757; Lacarra, J. Mª., “Expedición a Andalucía”, en Alfonso el Batallador, Zaragoza, 1978, 87-92 21.- Acerca de la casuística relativa a la administración de estas tiendas por parte de los inspectores de los bienes habices vid: Lagardère, V., Histoire et société en occident musulman au Mogen Âge. Analyse du Mi‘yœr d’al-Wan™aræsæ, Madrid, CSIC- Casa Velázquez, 1995, 254-255, 257, 263, 270....El uso económico de las mezquitas era tan acusado en algunas zonas del Occidente del Islam que en Qayrawœn en el s. XI se pidió permiso para utilizar las materias fecales procedentes de las letrinas de la mezquita para uso comercial –es de suponer, para preparar abonos (p. 216). 22.- Ibn ‘Abd al-Malik al-Marraku™æ, Øayl al-takmila, t. V, 662; Valencia Rodríguez, R., “El espacio urbano de la Sevilla árabe”, en Premios ciudad de Sevilla de Investigación, Universidad de Sevilla, 1988, 281. 23.- En Sevilla esta costumbre se mantuvo limitada a las zonas que no interrumpían el paso de los fieles, e Ibn ‘Abd@n señala que no debía permitirse a los vendedores instalarse en el atrio de la mezquita. Cfr. García Gómez, E., y Lévi-Provençal, E., Sevilla a comienzos del siglo XII. El tratado de Ibn ‘Abd@n, Ayuntamiento de Sevilla, 1992, 134. 24.- Åœ¥ib al-Åalœt, Al-Mann bi-l-Imœma, 384. 25.- Valor Piechotta, M., “Los mercados urbanos” en El último siglo de la Sevilla islámica. 1147-1248, 179-184. 26.- Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, Al-Mann bi-l-Imœma, ed. al-Tœzæ, 396; trad. A. Huici, Valencia, Anubar, 1969, 203. 27.- Bencherifa, M., Adæb al-Andalus Ab@ Ba¥r al-Tu^æbæ, Casablanca, Ma§ba‘a al-^adæda, 1999, 41-42, 125-126. 28.- Bencherifa, M., Ibn Lubbœl al-·aræ™æ, Rabat, 1996, 32. 29.- García Gómez, E., y Lévi-Provençal, E., Sevilla a comienzos del siglo XII. El tratado de Ibn ‘Abd@n, 81-86; Ramírez del Río, J., “La arquitectura religiosa de Sevilla según las fuentes árabes”, en Sevilla almohade, Sevilla, 83. 30.- Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, Al-Mann bi-l-Imœma, 397; 31.- Al-Bayøaq, Ajbœr al-mahdæ b. T@mart, Rabat, Dœr al-Manå@r, 1971, 73 n. 32.- Bencherifa, M., Ibn ‘Abd Rabbihæ al-¥afæd, Beirut, Dœr al-Garb al-islœmæ, 1992, 10.

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LOS ALMOHADES

Huelva Almohade en las fuentes escritas Alejandro García Sanjuán Introducción Los parámetros en los que ha de articularse el desarrollo de mi intervención, establecidos en el propio título de la m isma, se vinculan a tres vectores: un espacio geográfico, un período de tiempo y un tipo de información concretos. Por lo tanto, me remitiré, en primer lugar, a las características generales englobadas bajo dichos tres vectores. El ámbito geográfico es el del territorio onubense y, de manera más concreta, el de la cora de Niebla, ciudad que actuaba como centro administrativo de un espacio que, durante la época musulmana, se extendía, aproximadamente, por unos dos tercios del actual territorio provincial, incluyendo las comarcas de la Tierra Llana y el Andévalo. El arco cronológico es el abarcado por el dominio de la dinastía almohade, que en la zona de referencia se prolonga a lo largo de un período de ochenta años. El punto de partida es la disolución del orden almorávide, que se inició con la revuelta de Ibn Qœsæ en Mértola, si bien el dominio almohade no se afianzó de forma definitiva hasta la conquista de Niebla en 549 H/1154, extendiéndose hasta la proclamación de Ibn Ma¥f@ƒ en 629 H/1234 como señor independiente en dicha ciudad. En términos relativos, ello significa que la época almohade representa menos del 15% de los cinco siglos y medio de presencia musulmana en el ámbito onubense, desde la conquista de 712 hasta la toma de Niebla por Alfonso X en 1262. El tercer vector al que se remite el título de mi intervención es el de la información procedente de las fuentes escritas. En un trabajo anterior he podido abordar de manera global la aportación de dichas fuentes respecto al estudio del ámbito onubense durante la época andalusí, poniendo de manifiesto las principales características de una información que, en general, resulta insuficiente y fragmentaria, tanto desde el punto de vista cronológico como temático y espacial, y muy inferior a la disponible en relación a zonas limítrofes, como la cora de Sevilla, sobre la cual las fuentes árabes son mucho más abundantes y completas. En conjunto, los datos que suministran las fuentes se refieren a tres parcelas temáticas muy concretas: la dinámica política, el poblamiento y la toponimia y la actividad intelectual desarrollada por los hombres de religión registrados en los repertorios bio-bibliográficos1 .

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La etapa almohade responde plenamente a los comentados parámetros que caracterizan, en general, la proyección del territorio onubense en las fuentes árabes. No obstante, si hacemos un balance comparativo entre el porcentaje que representa la etapa almohade respecto al conjunto de la época musulmana y el volumen de información que podemos adscribir a ella, lo cierto es que resulta ser un período más prolijo en información que los anteriores. Ello es especialmente notorio por lo que se refiere al estudio de los hombres de religión, ya que la mayor parte de los ulemas y alfaquíes iliplenses de los que tenemos noticia se insertan cronológicamente dentro de nuestro período. Partiendo de estas consideraciones preliminares, las páginas siguientes se centran en el análisis de las tres comentadas parcelas temáticas susceptibles de análisis a partir del registro documental, que sólo nos permite llevar a cabo una aproximación general a las principales manifestaciones relacionadas con cada una de ellas. Dinámica histórica El fin de los reinos de taifa y el comienzo del dominio almorávide marca el inicio de una nueva fase en la Historia de al-Andalus, cuyas características son muy diferentes de la anterior. En efecto, mientras que durante las épocas emiral y califal el panorama aparece marcado por la preponderancia de los problemas internos, en cambio el período que se inicia a partir de finales del siglo XI estará determinado por la vigencia de los aspectos externos, y ello desde una doble vertiente. En primer lugar, desde su sumisión por los almorávides, al-Andalus pasa a ser un país dependiente de un poder político exterior, cuya sede radica en Marrakech. Ello significa que, hasta la constitución a mediados del siglo XIII del reino nazarí de Granada, no habrá un Estado propiamente andalusí, y además muy mermado territorialmente, de forma que la dinámica política de al-Andalus se va a ver afectada de manera directa por los sucesos que tengan lugar en el Norte de África, sobre todo en Marruecos. El segundo aspecto donde queda de manifiesto la preponderancia de los problemas externos en esta segunda fase de la evolución de al-Andalus es la relación con los reinos cristianos peninsulares. Si hasta comienzos del siglo XI el Estado islámico cordobés había sido capaz de mantener el control de sus territorios y de defender las fronteras, a partir de la caída del califato la situación experimenta un cambio total. La balanza de poderes se invierte y desde entonces los reinos cristianos van a llevar la iniciativa, comenzando un lento pero imparable y casi continuo retroceso territorial musulmán que no se detendrá, y sólo de forma momentánea, hasta finales del siglo XIII, culminando con la conquista de Granada en 1492. Teniendo en cuenta este predominio de las cuestiones externas, a la hora de verificar su operatividad sobre el territorio onubense es preciso establecer algunas matizaciones en relación a otras zonas de alAndalus. Debido a su alejamiento de la frontera con los reinos cristianos, la amenaza enemiga no se manifestará hasta la segunda mitad del siglo XII y el proceso de pérdidas territoriales no se hará sentir hasta entrado el siglo XIII, una vez ya desaparecido todo vestigio de autoridad almohade en al-Andalus. Sin embargo, dicho retroceso territorial sí que tendrá consecuencias indirectas, por lo que el mismo supone de crisis sobre las estructuras de poder de las dinastías almorávide y almohade, así como por la pérdida de apoyo de la población local, dado que la justificación de su establecimiento en el poder era, sobre todo, la de restablecer el orden interno, reinstaurar la unidad territorial de al-Andalus y proteger las fronteras. El fin del dominio almorávide y las “segundas taifas”: la revuelta de los novicios sufíes El establecimiento del dominio almohade viene precedido por una fase de intercesión marcada por el declive de los almorávides y el desarrollo de una breve fase de fragmentación política previa a la

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instauración del nuevo orden. La transición entre los períodos almorávide y almohade en la zona de Niebla está marcada por el desarrollo de la revuelta de los murædæn, encabezada por Ab@-l-Qœsim A¥mad b. al-Ëusayn b. Qœsæ, que fue el primero en proclamar en al-Andalus la legitimidad almohade2 . A lo largo de esta etapa, que podemos situar cronológicamente durante la década que transcurre entre los años 539549 H/1144-1154, la figura dominante en Niebla fue Y@suf al-Bi§r@^æ, que se integra en el movimiento de Ibn Qœsæ y ejerce el control político de la zona hasta el año 545 H/1151. La base ideológica que sustenta del movimiento se vincula al desarrollo de las tendencias sufíes, como se refleja en su propia designación, ya que el término muræd (pl. muræd@n) designa, en el lenguaje místico, al novicio que se inicia en la vía espiritual sufí. A esta base sufí se añaden componentes de carácter escatológico y mesiánico, ya que Ibn Qœsæ reivindicó el imamato y proclamó ser el mahdæ, es decir, “el bien guiado”, restaurador de la justicia que habrá de gobernar antes del fin del mundo3 . Esta base ideológica sirvió de sustento a un movimiento armado de oposición a los almorávides, cuya naturaleza insurgente queda de manifiesto en la propia forma en que las fuentes árabes lo designan, empleando los términos ÷awra4 y fitna5, que nos remiten a su carácter revolucionario y sedicioso. De esta forma, pese a las bases espiritualistas y místicas del movimiento, en realidad es probable que Ibn Qœsæ recogiese el descontento de amplios sectores de la sociedad andalusí frente al dominio almorávide, tanto en los ámbitos populares como entre los medios intelectuales y jurídicos. Las biografías de los dos principales cabecillas del movimiento, Ibn Qœsæ e Ibn al-Munøær, ilustran el sentido espiritual que nutre su ideología. Ambos procedían de importantes familias de origen muladí, pero donaron todas sus riquezas como limosna y se alejaron de la vida mundana, entregándose por completo a la reflexión espiritual. Ibn Qœsæ ejercía como almojarife en Silves y, tras deshacerse de sus bienes, se dedicó a una vida itinerante, hasta fundar una rábita en una aldea de Silves6 . Asimismo, al-Munøær se retiró a un ribœ§ situado en la costa y llamado “el arrayán” (al-ray¥ana)7 . Ello subraya la relación del movimiento de los murædñn con las corrientes reformadoras del Islam, al igual que había sucedido con los propios almorávides, cuyo movimiento nació en un ribœ§. Ibn al-Ja§æb afirma la amplia difusión de estas corrientes en la zona del Occdidente andalusí, especialmente en Silves, pero también en Niebla y Mértola8. La difusión de las tendencias místicas en la zona onubense queda de manifiesto a través de diversos personajes vinculados a los dos principales sufíes de la época, Ab@-l-Ëakam b. Barra^œn y Ab@-l-‘Abbœs b. al-‘Aræf9 . Discípulo iliplense del primero de ellos fue Mu¥ammad b. ‘Abd Allœh b. Mu¥ammad b. Jalæl al-Qaysæ (m. 570 H/1174-1175)10 y con ambos estudió ‘Abd al-Gaf@r b. Ismœ‘æl b. Jalaf al-Sak@næ, perteneciente a uno de los principales linajes iliplenses de hombres de religión y cuyas cualidades personales coinciden con el perfil ideológico de los sufíes: primero su condición de individuo carismático (min ahl al-karamœt wa-i^abat al-du‘œ) y de otro lado el desprecio por lo material, salvo en el nivel de lo estrictamente necesario, dando todo lo demás a los pobres y necesitados. No obstante, al parecer no se identificó con el movimiento de Ibn Qœsæ, ya que salió huyendo hacia Oriente tras el estallido de la fitnat al-murædæn wa-l-fuqahœ’ a mediados del año 540 H (24.6.1145 / 12.6.1146) y allí murió11. Otros personajes de origen onubense mantuvieron una relación directa con el propio fundador del movimiento, Ibn Qœsæ, e incluso ejercieron un papel protagonista en su desarrollo. Sabemos que uno de sus maestros fue un tal Ibn Jalæl de Niebla, tal vez un miembro del célebre linaje iliplense de los Sak@níes12. No obstante, el principal apoyo inicial de Ibn Qœsæ fue Ab@ Bakr Mu¥ammad b. Ya¥yà al-·al§æ™æ, conocido como

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Ibn al-Qœbila y originario de Saltés13, como indica su nisba. Este personaje formaba parte de un grupo que se auto-denominaba los Ban@-l-Sunna, entre los cuales se escondió Ibn Qœsæ. Ya en ese momento gozaba de prestigio, pues Ibn al-Ja§æb señala que era célebre por sus epístolas y su elocuencia. Llegó a ser secretario del propio Ibn Qœsæ, quien lo designaba como al-Muåtafà14 , haciendo de él “la espada de su revuelta y el valedor de su poder y su victoria”15 , al encargarle la toma de Mértola, lo que logró en 539 H/1144 con un contingente de 70 murædæn, siendo proclamada por vez primera en al-Andalus la legitimidad almohade16. Los efectos de la revuelta de los murædæn se hicieron sentir pronto sobre el territorio onubense. A principios de rabæ® II de 539 H (1.10.1144), al-Munøir e Ibn Wazær se unieron a Ibn Qœsæ en Mértola, reconociéndolo como emir y manifestándole su obediencia, siendo nombrados emires de Beja y Silves respectivamente. A continuación, al-Munøir unió a sus fuerzas, compuestas por los de Silves y los muræd@n, el ejército de Ocsonoba. Con todos ellos cruzó el Guadiana, conquistando en primer lugar Huelva y después Niebla, para dirigirse a continuación hacia la zona de Sevilla, donde se apoderó de Aznalcázar y Tejada. Tras fracasar en su intento de tomar Sevilla, al-Munøær volvió a Niebla, donde permaneció dos días, y después partió para Silves, dejando a al-Bi§ru^æ en Niebla, que acto seguido fue asediada durante tres meses del otoño por Ibn Gœniya, representante de los almorávides en al-Andalus, hasta que supo del levantamiento de Ibn Ëamdæn en Córdoba, tras lo cual levantó el cerco17. Al tener noticia de dicho levantamiento, Ibn Qœsæ ordenó a Ibn al-Munøær que se dirigiera a Córdoba con la intención de tomarla, para lo cual contó con las tropas de Silves y Niebla, pero fracasó en el intento, siendo el comienzo del fin del movimiento de los murædæn. Ignoramos la fecha precisa de la sumisión de la zona iliplense a los murædñn, aunque sin duda hubo de tener lugar durante el otoño de 1144. A partir de este momento, la zona de Niebla quedó incluida en la órbita del movimiento encabezado por Ibn Qœsæ, bajo el gobierno de Y@suf b. A¥mad al-Bi§r@^æ, iniciándose un período de inestabilidad que se va a prolongar hasta la definitiva y trágica conquista almohade de 549 H/1154. Respecto a Y@suf al-Bi§r@^æ nada dicen las fuentes, ni respecto a su origen ni sobre su inserción en el movimiento de Ibn Qœsæ. Lo mismo cabe decir en cuanto a las consecuencias que pudo suponer el establecimiento del gobierno de los murædæn en Niebla, aunque a buen seguro debieron producirse actos de represión y violencia, no sólo contra los enemigos del mismo, sino incluso contra probables disidentes, como indica el caso, antes mencionado, de ®Abd al-Gaf@r b. Ismœ®æl b. Jalaf al-Sak@næ. El control de Y@suf al-Bi§r@^æ sobre Niebla se vio pronto cuestionado por la entrada en escena de los almohades, así como por el propio debilitamiento del movimiento, debido a las divergencias que comenzaron a surgir entre sus dirigentes. Ibn Wazær y su hermano se pasaron al bando del cordobés Ibn Ëamdæn, ante lo cual Ibn Qœsæ optó por buscar el apoyo de los almohades, cosa que obtuvo, regresando a alAndalus con el primer contingente norteafricano que llegó a la península en 541 H/1146. Con ello se inicia la etapa de presencia almohade en al-Andalus, aunque aún habrían de pasar décadas hasta que lograsen controlar todo el territorio, de forma que Niebla no fue definitivamente sometida hasta 549 H/1154. Después de la entrevista de Ibn Qœsæ con ®Abd al-Mu’min b. ®Alæ en Marrakech, que Ibn al-Abbœr fecha en rabæ‘ II de 540 H (21.9 / 19.10.1145) e Ibn ‘Idœræ en el mes de ™a‘bœn (17.1 / 14.2.1146), los almohades enviaron dos ejércitos a al-Andalus, comandados por Ab@ Is¥œq al-Barraz b. Mu¥ammad alMas@fi y ‘Umar b. Åœli¥ al-Sinha^æ respectivamente, a quienes acompañaba el propio Ibn Qœsæ. Tras cruzar el estrecho se dirigieron a Jerez y, desde allí, obtuvieron la sumisión de todo el Occidente de alAndalus, incluyendo Niebla, Mértola, Silves y Beja. Luego, Barraz, acompañado por Sidray b. Wazir de

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Beja y el propio Y@suf al-Bi§r@^æ, se dirigió a Sevilla, ciudad que conquistó el miércoles 12 de ™a‘bœn del año 541 H (17.1.1147), según la fecha que da Ibn ‘Iøœræ citando a Ibn Åœ¥ib al-Åalœt18 . Sin embargo, tras la sumisión y colaboración iniciales, las relaciones de al-Bi§r@^æ con los almohades fueron muy inestables, registrándose episodios de diverso signo, sobre los que nos informa Ibn Jald@n, lo cual podría tener alguna relación con la violenta forma en que se produjo la sumisión de Niebla a los almohades. El primero de dichos episodios se produjo tras la caída de Sevilla en manos de los almohades. La causa del problema fue la actitud de los hermanos del Mahdi, ‘Abd al-‘Azæz e ‘Isà, instalados en el gobierno de Sevilla, quienes tendieron una emboscada a al-Bi§r@^æ, el cual huyó de la capital y se refugió en Niebla, expulsado a la guarnición almohade y volviendo a la obediencia almorávide, al igual que otros caudillos locales del Occidente andalusí, como el propio Ibn Qœsæ19 . La reacción almohade vino de la mano de Y@suf b. Sulayman, a quien ‘Abd al-Mu'min nombró gobernador de Sevilla y que mediante una campaña militar se encargó de hacer volver el Occidente de al-Andalus a la obediencia almohade, comenzando precisamente por Niebla y sus dependencias, lo que provocó la huida de al-Bi§r@^æ20 . Transcurrido algún tiempo se produjo la vuelta de al-Bi§r@^æ a la obediencia almohade, en el año 543 H (22.5.1148 / 10.5.1149), aprovechando para ello el caudillo iliplense una circunstancia favorable, cual fue el asedio de Córdoba por el rey Alfonso VII, ante lo que al-Bi§r@^æ reaccionó ofreciendo su ayuda, que le fue aceptada, sirviendo como forma de reintegrarse en el dominio almohade21. De esta forma, entre los caudillos de al-Andalus que fueron a Salé para prestar la bay‘a al califa almohade ‘Abd al-Mu'min estaba el señor de Niebla, al-Bi§r@^æ hecho ocurrido en 545 H (30.4.1150 / 19.4.1151), según Ibn Jald@n, o en 546 H (20.4.1151 / 7.4.1152), según Ibn ‘Iøœræ22. Tras esta referencia no volvemos a saber nada más sobre al-Bi§r@^æ, por lo que ignoramos cual fue su destino ulterior. La conquista almohade y el “suceso de Niebla” A pesar de que el dominio almohade parecía asentado en el Occidente de al-Andalus, la definitiva sumisión de Niebla no se produjo hasta finales de 549 H/1154, hecho que quedó registrado de manera detallada en las fuentes debido a sus trágicas consecuencias para la población iliplense, pues concluyó con una terrible matanza. Fue un suceso sonado, que dejó profunda huella en la memoria colectiva, siendo descrito por las fuentes en términos muy dramáticos. En este sentido es significativa la propia terminología empleada en las fuentes para describirlo, siendo designado como “el suceso de Niebla” (kœ'inat Labla), es decir, el hecho más conocido, el acontecimiento, por excelencia, de la historia de la ciudad, teñido de terrible recuerdo. A esta trágica memoria del suceso contribuyó, sin duda, la presencia entre las víctimas de la masacre de destacados personajes pertenecientes a la élite intelectual de los hombres de religión, lo cual hace que las fuentes, redactadas habitualmente por miembros del propio colectivo, magnifiquen aún más las consecuencias de la matanza. Buena prueba de lo extraordinario del suceso es que dispongamos de varias narraciones al respecto, lo cual no resulta nada frecuente, dada la comentada parquedad de las fuentes sobre la zona onubense. Narran este episodio las crónicas de Ibn ‘Iøœræ e Ibn Abæ Zar‘, aunque el relato más completo es el del repertorio biográfico del también magrebí Ibn ‘Abd al-Malik al-Marrœku™æ, quien incluye una relación de los acontecimientos en su reseña de uno de los alfaquíes que fueron asesinados en la matanza, Ab@ ‘Amir b. al-‰add23, perteneciente a uno de los más afamados linajes iliplenses de hombres de religión, resultando de interés, sobre todo, en relación con el desencadenamiento de los hechos, así como respecto al destino

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que tuvieron sus dos protagonistas. Asimismo mencionan el suceso otras fuentes, como Ibn Jald@n, aunque de forma menos detallada24. Este conjunto de relatos e informaciones nos permite afirmar que la conquista almohade de Niebla es uno de los episodios respecto al que disponemos de una información más amplia de toda su historia andalusí. En cuanto a la secuencia de los hechos, las fuentes coinciden en su interpretación global, aunque discrepan en algunos detalles de lo sucedido. El origen del episodio se vincula a un personaje llamado ‘Alæ al-Wahæbæ, perteneciente a una familia originaria de Lisboa y que en esta época gobernaba sobre Tavira y Cacela25. Al-Wahæbæ se hizo con el control de la ciudad, aunque las fuentes lo califican de traidor y exculpan a los iliplenses de su acción. La reacción almohade a esta insurrección fue inmediata y vino de mano de Ab@ Zakariyœ’ Ya¥yà b. Y@mur, gobernador de Córdoba y Sevilla, el cual logró recuperar la ciudad y, como represalia, efectuó una gran masacre sobre sus habitantes, que las fuentes fechan con precisión el 14 de ™a‘bœn de 549 H (24.10.1154). Tal fue la gravedad de los hechos que el califa ordenó detenerlo y castigarlo, si bien fue perdonado al cabo de cierto tiempo. En cuanto a ‘Ali al-Wahibi, sabemos que logró huir, pues Ibn Jald@n señala que dos años después, en 551 H (25.2.1156 / 12.2.1157), se mantenía independiente en Tavira, de donde fue expulsado por Ab@ Ya‘q@b, hijo del califa almohade, al ser nombrado gobernador de Sevilla26. Según al-Marraku™i, tras su huida de Niebla se dirigió a Tavira y Alcacer do Sal, donde, después de haber ejercido el poder durante un cierto tiempo, fue asesinado por la población. El texto de Ibn Abæ Zar‘ discrepa en algunos detalles del de al-Marrœku™æ, por ejemplo cuando señala que Ibn Y@mur se apoderó de la ciudad tras un asalto. Además, aunque no menciona a ‘Alæ al-Wahæbæ, resulta más preciso en la narración de la represión que se desencadenó, cuantificando el total de asesinados durante la matanza en 12.000, de los cuales 8.000 en Niebla más otros 4.000 en su región adyacente. Asimismo, señala que Ibn Y@mur rapiñó los bienes de los asesinados y vendió a sus mujeres e hijos como esclavos. Coincide con Ibn ‘Iøœræ en que ‘Abd al-Mu'min castigó a Ibn Y@mur por su acción y señala la misma fecha, aunque indicando que fue deportado a Marrakech, donde estuvo en prisión cierto tiempo, siendo más tarde liberado, sin restituir los bienes de los que se apoderó tras la matanza. Es evidente que las consecuencias de esta matanza sobre la población iliplense fueron terribles, aunque sin duda hubo quien debió escapar a salvo, como denota la anécdota que narra Ibn ‘Arabæ relativa al místico sufí ‘Abd Allœh al-Mugœwiræ, el cual, en el trance de la matanza almohade, ayudó a escapar de la ciudad a una mujer en dirección a Sevilla27. La cifra total víctimas ha de tomarse como hiperbólica, aunque no debe descartarse un número de víctimas muy elevado, dado lo sonado del hecho. En este sentido, al-Marrœku™æ es el autor que emplea los términos más crudos a la hora de describir el suceso, calificándolo de “carnicería desmedida y mayor que cualquier otra” (mal¥ama faqat al-mala¥im fi jaraq al‘œda) y de “horrenda masacre” (al-fitka al-faƒæ‘a), mientras que Ibn ‘Iøœræ habla de “calamidad” (÷ukl). Tras este trágico inicio, poco es lo que sabemos respecto a la evolución de la época almohade en el territorio onubense y a las posibles transformaciones que pudo suponer respecto a las etapas inmediatamente anteriores. Uno de los aspectos en los que la implantación del orden almohade se hizo sentir fue en relación a la situación de las minorías religiosas. La zona onubense contaba con comunidades cristianas, de cuya presencia tenemos testimonios en Huelva y Saltés28, dos de los principales núcleos urbanos del territorio, manteniendo Niebla su condición de sede episcopal, que se remontaba a la época visigoda29. Como es sabido, el período de las dinastías norteafricanas se suele vincular a un endurecimiento de las condiciones de vida de los protegidos en al-Andalus según se manifiesta, por ejemplo, en las duras

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invectivas del sevillano Ibn ‘Abd@n contra judíos y cristianos30 y, sobre todo, en la deportación de grupos cristianos al Norte de África como respuesta a su colaboracionismo con la incursión del soberano aragonés Alfonso I sobre tierras andalusíes en 1125-112631. En el caso onubense parece comprobado que el dominio almohade tuvo consecuencias negativas sobre las comunidades cristianas, reflejados en un incremento de la presión sobre la jerarquía eclesiástica que supuso, como indica Jiménez de Rada, la huida del obispo iliplense a Toledo, al igual que hicieron los de las sedes de Medina Sidonia y Marchena32. Ello significa la interrupción de la continuidad de la sede iliplense, que se había mantenido vigente desde época visigoda, lo que, sin duda, ha de interpretarse como síntoma de un deterioro de las condiciones de vida de las comunidades cristianas locales que, a partir de ese momento, debieron continuar su existencia sin contar con el apoyo que suponía la presencia del obispo, periclitando hasta llegar a su completa extinción. Así parece indicarlo, al menos, la ausencia de todo tipo de referencia a la presencia de comunidades cristianas y de autoridades religiosas en el momento de la conquista de la capital iliplense por Alfonso X en 1262. El empeoramiento de la situación de los cristianos se vincula a uno de los procesos más importantes que se desarrollan en la zona onubense durante la época almohade. Me refiero al inicio del hostigamiento y la presión de los cristianos del Norte, que, por vez primera desde la conquista musulmana del territorio peninsular a comienzos del siglo VIII, hacen acto de presencia continuada en zonas situadas en latitudes tan meridionales. Esta presión culminará en las conquistas efectuadas por portugueses y cristianos en el área onubense, aunque todas ellas con posterioridad a 1234, es decir, una vez finalizado el dominio almohade en la zona, ya en la época de Ibn Ma¥f@ƒ. El análisis de esta cuestión obliga a remitirnos, como remoto precedente, al tratado de Sahagún, estipulado en 1158 entre los reyes Sancho III de Castilla y su hermano Fernando II de León, en virtud del cual sería zona de conquista leonesa el territorio comprendido entre Niebla y Lisboa 33. A mediados del siglo XII los cristianos ya preveían la anexión del territorio iliplense, proyecto en virtud del cual el entonces todavía incipiente reino de Portugal quedaba excluido de cualquier opción de expansión territorial a costa de los musulmanes. En la práctica, sin embargo, las cosas fueron distintas, ya que la monarquía portuguesa adquirió una ventaja muy notable en el proceso de conquistas por la zona del Occidente de al-Andalus durante la segunda mitad del siglo XII y principios del XIII. Pero, debido a la inexistencia de acuerdos previos de reparto territorial, surgirían problemas con los monarcas castellanoleoneses que no se resolverían hasta 1267, cuando el tratado de Badajoz estableció la frontera del Guadiana como límite entre Portugal y Castilla. Portugal había comenzado a dar síntomas de su vitalidad expansiva ya incluso antes del tratado de Sahagún, plasmada en las tomas de Lisboa y Santarem en 542 H/1147. Este avance portugués obligó a los almohades a realizar ocho campañas militares entre 557-592 H/1161-1195 en los territorios más occidentales de al-Andalus. Pero la determinación de los portugueses no se detuvo y ya el rey Sancho I (1185-1211) logró apoderarse en 585 H/1189 de Silves, una de las principales poblaciones del Algarve, aunque sólo estuvo en sus manos durante dos años, hasta que los almohades la recuperaron en ^umœdà II de 587 H (junio 1191). En realidad, a pesar del fuerte vigor del expansionismo portugués, estamos muy mal informados sobre sus repercusiones en la zona onubense, ya que son muy escasas las referencias a la presencia de contingentes lusos en dicho ámbito durante el siglo XII. Las crónicas sólo nos informan de un único episodio, el ataque naval sobre Saltés en el año 575 H (8.6.1179 / 28.5.1180) como consecuencia de la

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previa agresión de una flota musulmana sobre Lisboa. Aunque la respuesta a esta acción vino, sin duda, del lado portugués, el cronista sólo alude, en términos genéricos y de forma retórica, a “un contingente de terribles demonios” (^umla øamæma min al-™ayœ§æn) que logró entrar en Saltés, tomando un gran número de cautivos, los cuales fueron posteriormente rescatados34. Estos ataques protagonizados por los portugueses desde mediados del siglo XII constituyen las primeras agresiones cristianas sobre la zona onubense de que tenemos noticia y permiten comprender la anticipación de los lusos en la conquista de este territorio durante la primera mitad del siglo XIII. Los resultados más importantes de este expansionismo portugués en zona situada al Este del Guadiana fueron la conquista de Serpa y Moura hacia 1232, seguida de las de Alfayat de la Peña y Ayamonte pocos años después. Durante la misma época en que se culminaba la expansión portuguesa por la zona del Guadiana, Fernando III (1217-1252) dedicaba todos sus esfuerzos a apoderarse del valle del Guadalquivir, que sólo culmina con la conquista de Sevilla en 1248. Esto supuso el descuido del flanco occidental de su área de expansión, herencia leonesa, donde la última conquista importante fue la de Badajoz en 1230, justo antes de la definitiva unificación de los reinos leonés y castellano. Gracias a la ventaja territorial y estratégica adquirida en las décadas de 1230 y 1240, los portugueses lograron llevar la iniciativa en el proceso de ocupación del territorio onubense, sobre todo hasta la conquista de Sevilla, de modo que la presencia castellana no se hará notar de modo efectivo hasta el reinado de Alfonso X. Sin embargo, a pesar de su retraso inicial, será definitivamente Castilla la que logre imponerse, de modo que toda la antigua cora de Niebla pasará a formar parte de sus dominios territoriales a partir de 126235 . Poblamiento Tras la dinámica política, el segundo aspecto que podemos analizar a través del registro documental es el relativo al poblamiento y la toponimia, si bien en esta parcela resulta esencial la aportación del registro material, del que las fuentes escritas constituyen el necesario complemento. Se trata de un apartado de gran amplitud, en el que cabe plantearse cuestiones muy diversas en relación a los diversos aspectos que conforman la organización social del espacio. En esta ocasión, me centraré en los datos que suministran las fuentes escritas, limitándome a resumir las principales conclusiones alcanzadas en trabajos anteriores respecto a las características básicas del poblamiento durante los siglos XII-XIII, tanto por lo que se refiere al ámbito urbano como al rural36 . En principio, es preciso comenzar señalando que las fuentes escritas no aportan una información suficiente que permita realizar una caracterización precisa de las principales transformaciones experimentadas en el ámbito del poblamiento y la organización territorial durante la época de dominio almohade. No obstante, lo cierto es que una parte muy importante de los testimonios procedentes del registro documental relativos al poblamiento datan de los siglos XII y XIII y que conocemos mejor la evolución de ese poblamiento a partir del siglo XI que durante la etapa anterior. En cualquier caso, en este aspecto debe resultar determinante el avance de la investigación arqueológica que, pese a los progresos experimentados en los últimos quince años, aún no ha alcanzado un grado suficiente de desarrollo. Por lo que se refiere al poblamiento urbano, debemos caracterizarlo en base a sus dos principales rasgos. Primero, su concentración en una comarca geográfica determinada dentro de la Tierra Llana, única zona onubense en la que se registran asentamientos urbanos durante la época andalusí. En segundo lugar, su relativa debilidad, que queda de manifiesto a través de los registros documental y arqueológico.

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Esta debilidad explica, a su vez, algunas de las características que manifiesta dicha región durante la época andalusí, tales como la relativa escasez de la actividad intelectual y, por ende, la propia pobreza de los testimonios escritos de todo tipo producidos en esta zona. Desde el punto de vista cronológico, el origen de la configuración de la red urbana onubense se sitúa en la época del califato, manteniéndose constante durante el resto del período andalusí e, incluso, a lo largo de la Baja Edad Media, con la excepción de Saltés, que tras la conquista cristiana queda definitivamente abandonada. La comentada debilidad del poblamiento urbano es claramente expresada por las fuentes árabes a través de la terminología que emplean a la hora de definir dichos asentamientos. Así, Niebla, la capital medieval y principal núcleo urbano del territorio, es calificada por el geógrafo al-Idræsæ como ciudad mediana37. Algunas fuentes, incluso, omiten el concepto de madæna al referirse a ella, empleando otros términos poblacionales que remiten a localidades de rango inferior y de índole predominantemente rural38 . Las referencias textuales son confirmadas por los testimonios materiales, pues las propias dimensiones espaciales de la ciudad revelan dicho rango inferior. Los escasos dos kilómetros de perímetro urbano que delimitan las murallas de Niebla, en concreto 1.735 m, abarcan poco más de 13 Ha de terreno39, lo que la convierte, desde el punto de vista meramente espacial, una ciudad de reducidas dimensiones, comparable a otras de semejante tamaño, tales como Alicante (13 Ha), Ronda, Cieza o Évora (12 Ha)40 . No obstante, Niebla no sólo era, por rango y por tamaño, la ciudad onubense más importante, sino también una de las más relevantes en el ámbito del Suroeste peninsular, al menos si comparamos su extensión superficial con otras del mismo ámbito, caso de Mértola (4,7 Ha), Silves (9,2 Ha) o Évora (12 Ha). Si Niebla, la ciudad más importante de la zona, era una localidad de tamaño medio, las restantes poblaciones onubenses categorizadas por los autores árabes como ciudades debían ser de dimensiones y rango aún inferior, sobre lo cual también disponemos de testimonios textuales explícitos en fuentes de época almohade. El propio al-Idræsæ señala que Huelva, la segunda localidad en importancia junto a Saltés, era una ciudad pequeña (madæna åagæra) y en otra ocasión la menciona como fortaleza (¥iån)41 , mientras que Yœq@t la define como aldea (qarya)42 . En este caso, la propia pluralidad conceptual al designar el asentamiento es indicio de la indecisión de las fuentes árabes a la hora de establecer su rango urbano. Lo mismo cabría señalar respecto a Saltés que, a diferencia de Huelva, no presenta tantas oscilaciones en la atribución de su entidad urbana, aunque también recibe el calificativo de ciudad pequeña en ciertas fuentes43 , e incluso Yœq@t la menciona, en dos obras distintas, como “pequeña aldea” (balda åagæra y balad åagær), siendo el único autor que emplea un concepto distinto al de ciudad para referirse a ella44. Gracias al especial desarrollo en Saltés de las investigaciones arqueológicas tenemos la posibilidad de contrastar los testimonios de ambos registros, que, al igual que en el caso de Niebla, resultan coincidentes, ya que los calificativos y conceptos empleados en las fuentes concuerdan con las reducidas dimensiones de su espacio urbanizado, de unas 6 Ha de superficie45. En definitiva, teniendo en cuenta las referencias de las fuentes y los del registro material, Niebla, Huelva y Saltés, los tres núcleos urbanos más importantes del territorio onubense, deben encuadrarse dentro de la categoría de ciudades pequeñas, formada por aquéllas con menos de 20 Ha de extensión46. La armonía que, a este respecto, manifiestan los datos procedentes del registro textual y arqueológico constituye una evidencia muy sólida. Por otro lado, esa coherencia entre ambos registros sirve, además, para poner de manifiesto que la terminología empleada por los autores árabes en relación a las categorías del poblamiento no debe tomarse como puramente aleatoria, sino que, al menos en algunas ocasiones, obedece al manejo de parámetros de jerarquía y a un cierto prurito de precisión.

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Las insuficiencias de las fuentes árabes respecto al estudio del poblamiento quedan de manifiesto, por ejemplo, en la ausencia de referencias a las poblaciones de Moguer y Ayamonte, citadas en los documentos cristianos del siglo XIII y que figuraban como importantes objetivos de los conquistadores cristianos, lo que, sin duda, ha de entenderse como testimonio de su relevancia en época almohade. Respecto a Ayamonte, tal vez cabría plantear su posible relación con el topónimo Marsà Hœ™im que menciona al-Ëimyaræ al hilo de su descripción de Mértola, indicando que está situada cerca del mar y que se trata de una vieja fortaleza (¥iån awwalæ)47, donde se encuentran antiguos vestigios, destacando una magnífica iglesia construida en época romana. Más que por una inexistente vinculación etimológica, podríamos basar la hipótesis en tres argumentos: la condición portuaria de dicho asentamiento, derivada de su propia denominación (marsà), su ubicación “cerca de la costa” y su condición fortificada. No obstante, se trata desde luego de una mera conjetura carente de apoyo firme, pues bien podría tratarse de alguna otra de las fortalezas costeras de la zona de la desembocadura del Guadiana, como Cacela, Castro Marim o cualquier otro asentamiento hoy despoblado. Pese a que mi intervención se centra específicamente en la aportación de las fuentes escritas, al hablar del poblamiento es imprescindible hacer referencia a las investigaciones arqueológicas. En este sentido, el estudio del urbanismo de época almohade en la península Ibérica cuenta con un ejemplo privilegiado en la ciudad de Saltés, uno de los pocos yacimientos islámicos que permiten un estudio intensivo del urbanismo debido al completo y definitivo abandono de la ciudad después de la conquista cristiana. Se trata, además, de una ciudad exclusivamente islámica, dada la inexistencia de antecedentes urbanos romanos o visigodos en la isla. Las campañas de investigación desarrolladas en el yacimiento por A. Bazzana han permitido poner al descubierto las principales características de la ciudad almohade, tanto desde el punto de vista de la estructura urbana, en la que destaca su trama ortogonal y la importante presencia de infraestructuras hidráulicas, como de las diversas actividades económicas realizadas, principalmente la pesca y la metalurgia48. Tal vez la principal aportación almohade en el urbanismo sea la relativa al ámbito defensivo, lo que se explica debido al incremento de la amenaza exterior durante este período. El mejor ejemplo onubense son las murallas de Niebla, cuya datación es cuestión controvertida, pues al respecto se han vertido opiniones de muy diverso tipo. En efecto, si bien algunos autores la sitúan en época almohade, finales del siglo XII o comienzos del XIII49, otros la atribuyen al período de Ibn Ma¥f@ƒ50 y algunos la retrotraen a la etapa almorávide51, habiéndose precisado incluso la fecha de 113052. Las últimas investigaciones parecen inclinarse por una postura ecléctica, postulando el inicio de la reforma del núcleo urbano a finales de la época almorávide, aunque las obras habrían sido culminadas ya en el período almohade53. En Niebla tenemos, además, constancia documental de la presencia de otro elemento defensivo además de la muralla, la alcazaba, sobre la que se asienta el alcázar de los Guzmán. Esta estructura es mencionada en el contexto de la masacre de 549 H/1154, lo que implica que su construcción no puede ser atribuida a los almohades y probablemente debe vincularse a una construcción anterior, de época emiral, la residencia del gobernador (dœr al-imœra) que Ibn Ëayyœn menciona en el momento del estallido de la fitna (276 H/889-890)54. Se trata del único ejemplo en la zona onubense de este tipo de infraestructura, que se vincula al papel político-administrativo ejercido por Niebla como centro de un territorio gobernado por autoridades delegadas del poder central. El segundo ejemplo es el de Saltés, ciudad sobre la que al-Idræsæ señala explícitamente que “carece de muralla y empalizada”, hecho que el geógrafo ceutí destaca precisamente por su excepcionalidad, ya que

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ciudad y muralla son elementos que van unidos. Aunque ciertamente la ciudad carecía de cerca, según ha demostrado la arqueología, en cambio contaba con elementos defensivos, siendo hoy visibles los vestigios de una fortaleza que, a través de los restos de cerámica contenidos en el tapial con el que fue construida, ha sido datada en época almohade55. Debido a su fuerte vinculación al mundo urbano, el ámbito rural aparece escasamente reflejado en las fuentes escritas, lo cual hace aún más acuciante la necesidad del avance de las investigaciones arqueológicas que respecto al ámbito urbano, aunque lo cierto es que aún no ha habido importantes progresos. He tenido oportunidad de analizar los datos dispersos que las fuentes aportan en trabajos anteriores56 , cuyas principales conclusiones me limito aquí a resumir. El ámbito rural andalusí ha sido definido por P. Guichard como un mundo “pleno”57 , caracterizado por una alta densidad de ocupación derivada de una intensa explotación de la riqueza agrícola. Esta definición encaja bien con lo que sabemos respecto a la red de asentamientos rurales de la cora de Niebla, que parece haber alcanzado su expansión y plena consolidación entre los siglos XII-XIII. Así lo indica el testimonio de una obra tardía y anónima que se basa en fuentes de dicha época, según el cual la cora de Niebla albergaba más de mil aldeas58. Desde el punto de vista geográfico, la zona de mayor densidad de ocupación debía ser la situada entre Sevilla y Niebla. El testimonio más explícito al respecto es el del geógrafo al-Idræsæ, al que copia el más tardío al-Ëimyaræ, quien señala que “la ruta de Niebla a Sevilla, en el Aljarafe, está bajo la sombra de los olivos y las alquerías son continuas”59, llegando a afirmar que en la zona situada entre ambas ciudades había ocho mil aldeas, extendiéndose los olivos sin solución de continuidad hasta el puente de Niebla60. El anónimo Øikr coincide con al-Idræsæ al destacar el intenso poblamiento de la zona, señalando que “entre Niebla y Sevilla hay cuarenta millas, todas ellas pobladas por aldeas (qurà), castillos (¥uå@n) y torres (bur@^)”61 . Estos testimonios nos remiten a una realidad característica del ámbito rural andalusí, la de la extrema dispersión del poblamiento, que se ha explicado en función de la organización social propia de las comunidades rurales andalusíes, definidas como asentamientos clánicos o tribales, de carácter segmentario, de manera que “los grupos tribales se segmentaban y con ello duplicaban los asentamientos justamente en la época en la que el crecimiento demográfico chocaba con la limitada capacidad sustentadora de las alquerías dependientes de sistemas de riego en pequeña escala que no podían extenderse mucho más allá de sus límites originales”62 . Entendida de esta forma, “la tribalidad consiste en la forma específicamente genealógica de organizar los procesos de trabajo y los asentamientos y en la forma de proceder a la expansión y movilidad del sistema: a través de la segmentariedad”63. En conclusión, el estudio del poblamiento habrá de experimentar notables avances a medida que profundicen las investigaciones arqueológicas. No obstante, en el estado actual del conocimiento es posible afirmar que durante la etapa almohade estaban ya plenamente definidas las estructuras urbanas y rurales y que durante dicha etapa alcanzaron su máximo grado de expansión y desarrollo. El papel de los hombres de religión El tercer aspecto del que me propongo ocuparme en este trabajo es el del papel desempeñado por los hombres de religión, término genérico bajo el que se designa el amplio colectivo integrado por alfaquíes y ulemas. El análisis de los hombres de religión nos remite directamente al ámbito urbano, ya que su

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presencia constituye uno de los elementos característicos de la ciudad islámica medieval, habiéndose, incluso, adoptado como uno de los parámetros que determinan la dimensión urbana de una localidad64 . Partiendo de su íntima vinculación al hecho urbano, la función de ulemas y alfaquíes es doble. Por un lado, desempeñan, en régimen de monopolio, los cargos, funciones y magistraturas asociados al “aparato del Islam”, noción acuñada por P. Nwyia y empleada por P. Guichard en su estudio sobre el Levante peninsular entre los siglos XI-XIII65 . De otra parte, son los encargados del cultivo y transmisión del saber, es decir, de la producción intelectual y de la enseñanza. Por lo que se refiere a nuestro ámbito de referencia, a diferencia de la dinámica política o del poblamiento y la organización territorial, que han sido objeto de atención preferente en trabajos previos, en cambio el estudio del papel de los hombres de religión sigue pendiente de una investigación monográfica que analice a fondo y globalmente el conjunto de datos disponibles, no existiendo, hasta el momento, más que aproximaciones parciales. En este trabajo no es posible llevar a cabo dicha tarea, de tal manera que, en las páginas siguientes, me limitaré a tratar de poner de manifiesto los aspectos generales más relevantes relacionados con el papel de los hombres de religión durante la época almohade. El estudio de los hombres de religión está directamente vinculado a un género literario característico de la cultura islámica, los diccionarios biográficos, registro de personajes y obras cuyo objetivo esencial es “fijar la memoria de la transmisión de las ciencias islámicas”66 . La información disponible respecto a la mayoría de los biografiados responde a las características generales propias de dicho género literario, limitándose a una serie de aspectos concretos, mencionados habitualmente sin mucha prolijidad: cronología vital del personaje, con indicación del año de fallecimiento y, a veces, de su nacimiento; formación intelectual, con referencia a sus maestros y discípulos, así como de los lugares donde se desarrollaron los estudios. En cambio, es menos frecuente la existencia de indicaciones precisas sobre los aspectos profesionales de las trayectorias de los biografiados o relativas a la producción escrita, salvo casos aislados que representan un escaso porcentaje dentro del total de individuos registrados. Dicho esto, es preciso añadir algunas consideraciones específicamente concernientes a los hombres de religión en nuestro marco de referencia. La primera constatación procede de la comentada relación existente entre dicho colectivo y el fenómeno urbano. Desde este punto de vista y teniendo en cuenta la antes mencionada debilidad del hecho urbano en el ámbito de la cora iliplense, no resulta sorprendente constatar el escaso número de individuos que componen la nómina de hombres de religión procedentes de dicho territorio. En total, el despojo de los repertorios biográficos me ha permitido elaborar un elenco de 78 personajes vinculados, de una u otra forma, al ámbito onubense a lo largo de sus más de seis siglos de historia musulmana67 . La información que aportan los citados repertorios presenta dos características muy claras si aplicamos los parámetros geográfico y cronológico, directamente relacionados con aspectos relativos al poblamiento. En cuanto al primero de ellos, observamos que, al igual que sucede respecto a las funciones administrativas, la única localidad donde se desarrolló una actividad intelectual de cierto nivel y con carácter continuado fue Niebla, a la que se vincula la inmensa mayoría de la información de que disponemos. En cambio, por lo que se refiere al resto de las localidades conceptualizadas como ciudades en las fuentes árabes apenas hay testimonios de la existencia de tales actividades. Niebla es, pues, el único núcleo onubense que puede considerarse un verdadero centro urbano, si tomamos como elemento definitorio la presencia de hombres de religión, aunque, aún así, manifiesta unos parámetros muy alejados

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de los de las principales ciudades andalusíes. No obstante, ello no excluye la existencia de determinadas figuras individuales que tuvieron un papel de primer orden en los ámbitos académicos y culturales de alAndalus y que, justamente por ello, desarrollaron sus carreras fuera de su territorio de origen. Por lo que se refiere a la cronología, existe un desequilibrio muy evidente entre la época almohade y las anteriores, ya que es a aquélla a la que pertenecen la mayor parte de los personajes registrados. El número de alfaquíes y ulemas documentados respecto a las épocas emiral y califal es realmente exiguo, mientras que, en cambio, la cifra se incrementa en la etapa siguiente, correspondiendo la mayor parte al período comprendido entre los años 549-660 H/1154-1262, con 37 personajes, es decir, casi la mitad de los registrados en total68. Aunque en esta mayor existencia de personajes incide, sin duda, la superior disponibilidad de fuentes, no cabe duda, además, de que ello indica que fue en la época almohade cuando la actividad de los hombres de religión alcanzó mayores cotas de desarrollo, haciendo de Niebla un centro de relativa importancia dentro del ámbito intelectual. Otra característica del mundo de los hombres de religión es la formación de linajes cuyos miembros se dedican a las funciones propias de dicho colectivo durante generaciones. En el caso iliplense hubo al menos tres de estos linajes, de cuyos primeros miembros tenemos noticia a partir del siglo XI, aunque su apogeo se sitúa, precisamente, en la época almohade. El primero es el de los Ban@-l-‰add, de quienes conocemos a nueve miembros69, el segundo los Sak@níes, de quienes disponemos de biografías de once miembros70 y al que las fuentes caracterizan en términos muy elogiosos71, y el tercero el de los Ban@ ‘Ufayr, sobre el que no estamos tan bien informados, disponiendo de biografías de cinco de sus miembros. El estudio de las distintas funciones desarrolladas por los hombres de religión vinculados al ámbito iliplense durante la época almohade exige tener en cuenta una cuestión elemental, concerniente a la propia trayectoria vital de los biografiados, ya que buena parte de ellos desempeñaron sus carreras en otros núcleos urbanos, una vez superada la fase inicial de su formación intelectual. Para prosperar en sus conocimientos y alcanzar cotas intelectuales y profesionales más altas se veían obligados a salir de Niebla, que era un centro de entidad cultural secundario. El foco de atracción predominante fue siempre Sevilla, tanto por su condición de centro de actividades intelectuales de primer orden en al-Andalus como por su gran proximidad geográfica a Niebla, a lo que se añade la fuerte capacidad de atracción que implicaba su condición de capital política durante la época almohade. Es significativo que la mayor parte de los miembros de los dos principales linajes de hombres de religión iliplenses, los Banu-l-‰add y los Sakuníes, viviesen y desempeñasen su actividad profesional en Sevilla. Asimismo, tenemos constancia de que otros sabios y letrados desarrollaron sus vidas profesionales en distintos lugares de al-Andalus, como Córdoba, Granada, Valencia, Jaén o Murcia, o bien se asentaron en otras zonas del mundo islámico, tanto en el Magreb (Túnez, Marrakech, Fez) como en Oriente. La importancia de este fenómeno, que afecta a buena parte de los hombres de religión de los que tenemos noticia, obliga a distinguir entre la actividad llevada a cabo por intelectuales de origen iliplense y la desarrollada en la propia ciudad de Niebla. Por el contrario, es escaso el número de ulemas procedentes de otras zonas que se asentaron en Niebla. En definitiva, estos datos obligan a admitir que Niebla era punto de partida de los intelectuales originarios de dicha ciudad, pero no un foco de atracción cultural para ulemas y alfaquíes de otras zonas.

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Funciones y cargos administrativos Una de las principales dimensiones de la actuación de los hombres de religión es el ejercicio de los cargos, funciones y magistraturas que integran el aparato del Islam, los cuales se vinculan de forma muy directa al ámbito urbano. En este sentido, la ciudad ha sido definida como “el espacio islámico por excelencia”, ya que es la sede del poder político y de las autoridades delegadas que de él emanan72. Al analizar los marcos de la acción administrativa en su estudio sobre la zona del Levante peninsular entre los siglos XI y XIII, P. Guichard calificaba la organización estatal andalusí como “un sistema no burocrático, aunque centralizado”73. Dentro del aparato del Islam cabe distinguir dos dimensiones, muy vinculadas entre sí: jurídica y cultual o religiosa. Al primero de ambos pertenece la más relevante de las magistraturas islámicas, el cadiazgo, a la que se añaden otras como el control del mercado (¥isba). Asimismo se integra en dicha faceta la función del muftí, de marcado carácter técnico, ya que se trata de un alfaquí especializado en la emisión de fetuas o dictámenes jurídicos sobre las más variadas cuestiones. Entre las de carácter religioso o cultual la más importante era la del 圥ib al-åalœ, encargado de la dirección de la oración en la mezquita aljama, que normalmente solía ir asociada a la de jatib, el responsable de la pronunciación del sermón (ju§ba) que precede a la oración comunitaria del viernes al mediodía. En el caso onubense toda la información disponible respecto a las funciones del aparato del Islam se refiere a Niebla, mientras que carecemos por completo de datos respecto a los restantes núcleos urbanos del territorio. A esta limitación hay que añadir la gran pobreza de datos disponibles en el material biográfico. Teniendo en cuenta la distinción metodológica comentada con anterioridad, a continuación me referiré únicamente a las funciones y magistraturas que podemos constatar en Niebla, pero no a las ejercidas por hombres de religión de origen iliplense en otras zonas de al-Andalus o del ámbito musulmán. Sólo disponemos de noticias de diez cadíes iliplenses a lo largo de todo el período andalusí, la mitad de los cuales pertenecen al siglo XII y, de ellos, sólo dos de época almohade. Uno de ellos fue el sevillano de origen jerezano Mu¥ammad b. Sa‘æd b. A¥mad b. Sa‘æd b. ‘Abd al-Barr b. Mu^œhid al-Anåaræ (m. 586 H/1190), que asimismo ejerció como cadí en Silves, Ceuta, el Aljarafe y Jerez74 , poniendo de manifiesto uno de los principales rasgos del encuadramiento estatal de las formaciones políticas del Occidente islámico entre los siglos XII-XIII, el carácter móvil de las carreras de los funcionarios75 . Otro personaje que destacó en las funciones jurídicas fue Jalæl b. Ismœ‘æl b. Jalaf al-Sak@næ (m. 557 H/1161-1162), que fue alfaquí consejero, experto en casos jurídicos prácticos y muftí, así como notario76 . Las funciones cultuales desempeñadas en la mezquita aljama tenían una clara dimensión política y por ello solían ir asociadas al cadiazgo, como nos consta respecto a A¥mad b. Jalæl al-Sak@næ (m.581 H/1185)77 , mientras que el antes mencionado Jalæl b. Ismœ‘æl b. Jalaf al-Sak@næ dirigió la oración y fue también ja§æb de dicha aljama, así como lector coránico o almocrí. Aparte del cadiazgo y de las funciones cultuales asociadas a la aljama, no disponemos de noticias sobre el desempeño de ninguna otra magistratura, ni en Niebla ni en las demás poblaciones onubenses, aunque es indudable que debieron estar presentes en una capital provincial como Niebla y, probablemente, en algún otro núcleo urbano de menor entidad. Entre los hombres de religión de origen iliplense que destacaron por alcanzar elevadas posiciones en sus carreras profesionales destaca, sin duda, el caso de Ab@ Bakr Mu¥ammad b. al-‰add (496-586 H/11021190), el más importante jurista de origen iliplense durante la época almohade, cuya trayectoria fue

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perfilada por M. Marín su estudio sobre el linaje de los Ban@-l-‰add, anteriormente citado. Este linaje ejemplifica de manera paradigmática la asociación entre tres esferas, política, fortuna y conocimiento, cuya conjunción fue siempre la que otorgó los puestos de mayor privilegio en la sociedad andalusí, representando un caso similar al de los Ban@ Ëazm durante el califato. Indudablemente, la dedicación de los Ban@-l-‰add al ámbito de la actividad intelectual y su preeminencia en los medios académicos, fórmula de acceso a la esfera política, descansaba en su muy sólida posición económica, respecto a la que disponemos de algunas referencias muy indirectas pero inequívocas. Nacido en Niebla pero asentado en Sevilla, Ab@ Bakr b. al-‰add fue, en su época, una figura de primer nivel, con gran proyección en los medios académicos y políticos, que destacó especialmente en el ámbito de los estudios jurídicos. Se formó en Sevilla y Córdoba, donde coincidió con los más afamados alfaquíes del momento, como Ab@-l-Qœsim b. Manƒ@r, Ab@ Bakr b. al-‘Arabæ, Ab@ Mu¥ammad b. ‘Attœb y Ab@-lWalæd b. Ru™d78 , siendo designado en 521 H/1127 miembro del consejo consultivo (™urà) de Sevilla, junto al muy afamado Ibn al-‘Arabæ. Sus conocimientos y cualidades lo condujeron al primer puesto en el escalafón dentro del ámbito del derecho y la jurisprudencia (al-riyasa fæ-l-¥ifƒ wa-l-futyœ). Su enorme prestigio queda de manifiesto en el hecho de que al-˛aqundi lo mencione en su “Elogio de al-Andalus” como el mejor ¥œfiƒ79 del país. De forma similar, Ibn al-Abbœr afirma que, en su época, Ab@ Bakr b. al‰add llegó ser considerado en la escuela malikí el alfaquí, por excelencia, de al-Andalus y el ¥œfiƒ del Magreb. El propio Ibn al-Abbœr indica que se formaron con él gran número de discípulos, tanto andalusíes como procedentes de la otra orilla del Estrecho, aunque no se dedicó a la producción escrita80 . Ab@ Bakr b. al-‰add desempeñó, además, una importante actividad en el entorno cortesano de los almohades, participando en tres delegaciones enviadas desde la ciudad de Sevilla para mostrar su sumisión y lealtad al califa almohade ‘Abd al-Mu'min y entablando una estrecha relación con su hijo Ab@ Ya‘q@b Y@suf a partir de su nombramiento como gobernador de la ciudad, antes de convertirse en el segundo califa de la dinastía en 558 H/1163. Ab@ Bakr fue predicador de su corte y, como tal, formaba parte del círculo más cercano al califa, posición que mantuvo, e incluso incrementó, bajo el gobierno del tercer califa almohade, Ab@ Y@suf al-Manå@r. La actividad intelectual La segunda dimensión de la actuación de los hombres de religión consiste en la actividad intelectual, es decir, en el cultivo y transmisión de las distintas ramas del saber, respecto a la que de nuevo es preciso resaltar la relevancia de los diccionarios biográficos, cuya materia básica y principal es el desarrollo de dicha actividad81 que, al mismo tiempo, constituye una de las características principales de la ciudad islámica medieval, habiendo sido elevada, incluso, a un rango definitorio del propio hecho urbano, por cuanto la ciudad sería “el lugar donde la cultura islámica se transmite”82. Los rasgos generales de la actividad intelectual durante la época almohade han sido definidos en base a la idea de continuidad esencial respecto a la etapa que se inicia a partir de la época de los reinos de taifa, sin que la irrupción de las dinastías almorávide y almohade introdujese cambios sustanciales en sus manifestaciones, manteniéndose la dispersión de los centros de producción y difusión del saber que se inicia a partir de la caída del califato83 . Partiendo de la idea de la íntima relación existente entre el hecho urbano y la actividad intelectual, la comentada debilidad del poblamiento urbano en la zona iliplense se corresponde con un pobre desarrollo de

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la misma, lo cual se manifiesta a través de dos elementos. Primero, en su concentración en un solo núcleo, Niebla, no habiendo signos de su desarrollo en los restantes asentamientos que las fuentes conceptúan como ciudades, tales como Huelva, Saltés y, secundariamente, Gibraleón. En segundo lugar, si por actividad intelectual nos referimos, específicamente, a la producción escrita, cabría hablar de actividad desarrollada por intelectuales de origen iliplense más que ejercida en Niebla, dado que la mayor parte de esta producción se vincula a hombres de religión que desarrollaron sus carreras fuera de su ciudad. De hecho, el análisis de esta faceta no tendría sentido si lo limitáramos en exclusiva a la actividad desarrollada en Niebla que, por lo tanto, ha de ser considerada como un centro de rango menor en relación a la producción y transmisión del saber. El estudio pormenorizado de las distintas manifestaciones de la actividad intelectual nos obligaría a detenernos en una serie de aspectos básicos, tales como el estudio de las cadenas de maestros y discípulos, los centros urbanos a los que acudieron los hombres de religión de origen iliplense para completar su formación y el conjunto de temáticas abarcadas por su producción escrita. Dada la amplitud de dichos aspectos y la consiguiente imposibilidad de abordarlos en su integridad en este trabajo, me limitaré, a continuación, a destacar las principales aportaciones de las figuras más destacadas dentro de cada una de las ramas del saber. La especialidad que contaba con más prestigio era la relativa a las denominadas ciencias religiosas o islámicas, dentro de las cuales pueden distinguirse cuatro ramas: ciencias coránicas, tradición profética, estudios jurídicos y filología . En el caso que nos ocupa, la mayor parte de la producción escrita de los intelectuales iliplenses de época almohade se integra dentro de esta especialidad, señaladamente con el estudio del Corán y la sunna o tradición profética, directamente vinculado a la elaboración del derecho (fiqh). El autor más prolífico a este respecto fue el alfaquí, originario de Huelva, Mu¥ammad b. Ismœ‘æl b. Jalf@n al-Azdæ (m. 636 H/1239), que fue cadí en varias ciudades del occidente de al-Andalus y a quien alMarrœku™æ atribuye una decena de obras sobre la ciencia del hadiz85 . Otro ulema que destacó en el estudio de la tradición profética fue Sa‘d al-Su‘@d b. A¥mad b. ‘Ufayr (513-588 H/1120-1192), cuya mayor originalidad radica en su adscripción a la escuela ƒœhirí 86 y que fue autor de la obra titulada Kitœb al-sabæl, que es calificada como extensa87. Dentro de los estudios jurídicos cabe citar a Ab@ ‘Umar Mu¥ammad b. A¥mad b. Jalæl al-Sak@næ, cuya producción se caracteriza por su variedad temática y a quien se atribuye un compendio de tres manuales de derecho muy conocidos dentro de la escuela malikí, al-Risœla88, al-Tafræ‘89y al-Talqæn. También destacó en esta rama del saber otro miembro del mismo linaje, Ya¥yà b. A¥mad b. Jalæl al-Sak@næ (m. 627 H/1230), autor de un comentario sobre al-Mus§aåfà, tratado de metodología jurídica (uå@l al-fiqh) del célebre al-Gazœlæ90 , así como de otro dedicado a la obra de exégesis coránica (tafsær) del filólogo al-Zamaj™ari91 , al que dio por título al-Ëasanœt wa-l-say'œt, y quien, asimismo, elaboró una refutación de la refutación escrita por Ab@-l-Ëasan b. Jar@f sobre los teólogos92. Otra importante rama del saber tradicional eran los estudios filológicos, que constituían una disciplina auxiliar de las ciencias religiosas93. Dentro de este ámbito destaca la figura de A¥mad b. Y@suf al-Fihri alLablæ (613-671 H/1217-1272), cuya trayectoria es un buen ejemplo de la de otros alfaquíes del mismo origen y período histórico. Tras una primera etapa en Niebla, pronto marchó a Sevilla y, después, desarrolló toda su trayectoria profesional fuera de al-Andalus, pasando por Bugía, Túnez, Alejandría, La Meca, Medina y Damasco y estableciéndose definitivamente en Túnez, donde murió. Su relación con su territorio de origen fue, pues, muy efímera, no habiendo dejado constancia del mismo en su producción escrita. Se le atribuyen varias obras, algunas de ellas editadas, mientras que de otras se conservan manuscritos, casi todas ellas de temática lingüística y filológica, especialidad en la que destacó con más fuerza, aunque también se le atribuyen dos obras de teología escolástica94. Entre las editadas cabe

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mencionar un repertorio (Fihrist) que incluye las biografías de veinte maestros suyos, ninguno de ellos andalusí, de los que recibió la licencia de estudios (i^œza)95. Un contenido similar cabe atribuir a la obra de Mu¥ammad b. A¥mad b. Jalæl al-Sak@næ (m. 652 H/1254), titulada al-Taøkira y en la que recogía a 90 maestros con los que había aprendido, bien personalmente o estudiando sus libros. Asimismo, destacó en el ámbito de la teología escolástica (‘ilm alkalœm) y el derecho (fiqh), citando sus biógrafos los títulos de dos de sus obras: al-Ëu^a^ al-iqnœ‘iyya fæ-lma¥^@r idœ ista‘mala fæ-l-ju§a§ al-™ar‘iyya y al-Naf¥a al-dœriyya wa-l-lam¥a al-burhœniyya fæ-l-‘aqæda al-sunniya wa-l-¥aqæqa al-æmœniyya. Además, se destacan sus virtudes como cronista96 . Frente al amplio desarrollo de las distintas ramas de los saberes islámicos, las ciencias experimentales tuvieron siempre un carácter minoritario, siendo menos cultivadas. En nuestro caso sólo existe un autor a quien se atribuyen obras relacionadas con materias no pertenecientes a los saberes propiamente islámicos. Se trata del ya citado Ab@ ‘Umar Mu¥ammad b. A¥mad b. Jalæl al-Sak@næ, quien, aparte de su dedicación a los estudios jurídicos, compuso obras dedicadas a la medicina y la veterinaria, entre ellos un tratado sobre equitación, estrategia, el manejo de la espada y el tiro, los defectos de los caballos y las señales de la pureza de raza. Dentro del saber médico, fue autor de un compendio de los dos tratados bromatológicos, titulados Kitœb al-agdiya, de Abu Marwœn b. Zuhr97 y de su hijo Ab@ Bakr98 , completado con un capítulo de al-Taysir del propio Ab@ Marwœn99. En cuanto al cultivo de la actividad literaria, la época almohade ha sido descrita como. Varios personajes son citados como poetas y/o literatos, si bien las fuentes biográficas no suelen aportar fragmentos extensos de sus composiciones, salvo en casos excepcionales, como el del literato y poeta Mu¥ammad b. Ismœ‘æl b. Sa‘d al-Su‘@d (m. 667 H/1269), perteneciente al linaje de los Ban@ ‘Ufayr, de quien su biógrafo nos transmite algunos fragmentos poéticos100. Este breve repaso, realizado sin ánimo de exhaustividad, nos ha permitido constatar algunas de las características esenciales del desarrollo de la actividad intelectual en la Niebla islámica y señalar las principales aportaciones realizadas por los hombres de letras iliplenses al ámbito del conocimiento, entre las que destacan con fuerza ciertos nombres propios que, en la mayor parte de los casos, no mantuvieron una estrecha relación profesional con su territorio de origen tras superar la fase inicial de formación. En base a la información analizada y por lo que se refiere a la relación existente entre las funciones culturales y la vida urbana en la ciudad islámica, el tono muy modesto de la actividad intelectual coincide con la idea de la debilidad de dicho poblamiento en el territorio onubense. Notas del capítulo 1.- A. García Sanjuán, “Las fuentes árabes y el estudio del territorio onubense durante el período islámico (siglos VIII al XIII)”, I Jornadas de Cultura Islámica (Almonaster la Real, 12-15 de octubre de 2000), Almonaster la Real, 2001, 9-28. 2.- Ibn al-Abbœr, al-Ëulla al-siyarœ', ed. Ëusayn Mu'nis, El Cairo, 1985, 2ª ed., 2 vols., II, 197; Ibn al-Ja§æb, A‘mœl al-a‘lœm, ed. E. LéviProvençal, Beirut, 1956, 248-252; ‘Ibn ‘Iøœræ, Bayœn (IV), ed. I¥sœn ‘Abbœs, Beirut, 1967, 105; trad. A. Huici, Ibn ‘Iøœræ: al-Bayœn al-mugrib. Nuevos fragmentos almorávides y almohades, Valencia, 1963, 240. 3.- Ibn al-Abbœr, al-Ëulla al-siyarœ', II, 197 (idda‘à al-hidœya [...] wa-tusammà bi-l-imœm); Ibn al-Ja§æb, A‘mœl, 249 (idda‘à al-wilœya watusammà bi-l-mahdæ). Sobre el concepto de mahdæ, cf. EI.2, V, 1221-1229 (H. Kennedy). Sobre su empleo entre los sufíes, cf. Ibn Jald@n, al-Muqaddima, ed. Beirut, 1992, III-52, 343-350; trad. V. Monteil, Discours sur l'Histoire Universelle (al-Muqaddima), Beirut, 1967-1968, 3 vols., II, 661-678. 4.- Ibn Åœ¥ib al-Åalœt escribió una crónica sobre este movimiento que él mismo cita en al-Mann bi-l-imœma, ed. ‘Abd al-Hœdæ al-Tœzæ, Beirut, 1987, 3ª ed., 68, 92, 129, 284 y 321; trad. A. Huici, Ibn Åœ¥ib al-Åalœt. Al-Mann bi-l-imœma, Valencia, 1969, 13, 22, 41, 135

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y 162, en cuatro ocasiones bajo el título de Tœræj al-murædæn y la última como Ûawrat al-murædæn. Esta crónica fue utilizada por Ibn al-Abbœr, al-Ëulla al-siyarœ', II, 208, en su biografía de Ibn al-Munøir, donde la cita bajo el título de Ûawrat al-murædæn. Asimismo, es probable que el relato de Ibn al-Ja§æb, citado en la nota anterior, proceda de dicha crónica, aunque el polígrafo granadino no la menciona en ningún momento. Existe una copia manuscrita de esta crónica en la Bodleiana de Oxford, descrita por ‘Abd al-Hœdæ al-Tœzæ en su introducción a la edición de al-Mann bi-l-imœma, 27-32. 5.- Ibn al-Zubayr, Åilat al-åila, ed. ‘Abd al-Salœm al-Harrœs y Sa‘æd A‘rœb, Rabat, 1993-1995, 3 vols., IV, 38. 6.- Ibn al-Abbœr, al-Ëulla al-siyarœ', II, 197; Ibn al-Ja§æb, A‘mœl, 249. 7.- Ibn al-Abbœr, al-Ëulla al-siyarœ', II, 197 y 202-203. 8.- Ibn al-Ja§æb, A‘mœl, 249. 9.- Sobre ambos personajes, cf. M. Fierro, “El sufismo”, en Mª. J. Viguera (coord.), El retroceso territorial de al-Andalus. Almorávides y almohades, siglos XI al XIII, Madrid, 1997, 486-489. Como curiosidad, Ibn al-Zubayr, Åila, V, 254, señala que fue Ya¥yà b. Abæl-Ëa^^œ^, un alfaquí de origen iliplense, aunque criado en Marrakech desde niño, quien descubrió en el Tafsær de Ibn Barra^œn, concretamente en el comentario de XXX, 2, la profecía de la conquista de Jerusalén por Saladino. 10.- Ibn al-Abbœr, al-Takmila, ed. F. Codera, Madrid, 1886-1887, 2 vols., I, 233-234, nº 764; ed. al-Harrœs, Casablanca, 4 vols., II, 43; al-Marrœku™æ, Øayl, VI, ed. I¥sœn ‘Abbœs, Beirut, 1973, 305-306, nº 796. 11.- Cf. Supra. 12.- Cf. M. Fierro, “El sufismo”, en Mª. J. Viguera (coord.), El retroceso territorial de al-Andalus. Almorávides y almohades, siglos XI al XIII, Madrid, 1997, 489. 13.- Ibn al-Abbœr, al-Ëulla al-siyarœ', II, 198 y 206; Ibn Sa‘æd, al-Mugrib fæ ¥ulà-l-Magrib, ed. ˛awqæ Åayf, El Cairo, 1953, 2 vols., I, 352. Según afirma al-Marrœku™æ, Øayl, V, ed. I¥sœn ‘Abbœs, 2 vols., I, 175-176, en la biografía de su hermano menor, ‘Alæ b. A¥mad b. Mu¥ammad b. ‘U÷mœn b. Ya¥yà al-Kalbæ, murió asesinado. 14.- Ibn al-Abbœr, al-Ëulla al-siyarœ', II, 198. 15.- Ibn al-Ja§æb, A‘mœl, 250. 16.- Ibn al-Abbœr, al-Ëulla al-siyarœ', II, 198; Ibn al-Ja§æb, A‘mœl, 250; Ibn ‘Iøœræ, Bayœn (IV), 105 y 108; trad. A. Huici, 240 y 244. 17.- Ibn al-Abbœr, al-Ëulla al-siyarœ', II, 206. 18.- Ibn al-Abbœr, al-Ëulla al-siyarœ', II, 199-200; Ibn ‘Iøœræ, al-Bayœn (almohades), ed. Mu¥ammad Ibrœhæm al-Kattœnæ y otros, Casablanca, 1985, 35-36; Ibn al-Ja§æb, A‘mœl, 251; Ibn Jald@n, ‘Ibar, Beirut, 1992, 7 vols., VI, 276; trad. M. de Slane, Histoire des berbères, París, 1999, 4 vols., II, 184. 19.- Ibn ‘Iøœræ, Bayœn (almohades), 36-37; Ibn Jald@n, ‘Ibar, VI, 277; trad. M. de Slane, Histoire des berbères, II, 186. 20.- Ibn ‘Iøœræ, Bayœn (almohades), 39; Ibn Jald@n, ‘Ibar, VI, 277; trad. M. de Slane, Histoire des berbères, II, 187. 21.- Ibn Jald@n, ‘Ibar, VI, 278; trad. De Slane, Histoire des berbères, II, 188. 22.- Ibn ‘Iøœræ, Bayœn (almohades), 44-45; Ibn Jald@n, ‘Ibar, VI, 278; trad. M. de Slane, Histoire des berbères, II, 188. 23.- Ibn ‘Iøœræ, Bayœn (almohades) 52-53; trad. A. Huici, 1963, 299-301; Ibn Abæ Zar‘, Rawß al-qir§œs, ed. Rabat, 1972, 195; trad. A. Huici, Valencia, 1964, 2ª ed., 2 vols., II, 389-390 y 511; Ibn ‘Abd al-Malik, Øayl, I, ed. Mu¥ammad b. ·aræfa, Beirut, 2 vols., I, 185-187. Su otro biógrafo, Ibn al-Abbœr, ed. A. Bel y M. Ben Cheneb, Argel, 1920, 72-73; ed. al-Harrœs, I, 55, no aporta la narración del suceso de Niebla, aunque sí indica que murió mártir en él. 24.- Ibn Jald@n, ‘Ibar, VI, 279-280; trad. M. de Slane, Histoire des berbères, II, 192. 25.- Cf. A. Khawli, “Le Garb al-Andalus à l'époque des secondes taifas (539-552/1144-1157)”, Arqueologia Medieval, 7 (1998), 30, según el cual fueron los habitantes de Niebla quienes le pidieron auxilio ante los abusos de los almohades. Aparte de quienes narran la masacre de Niebla, al-Wahæbæ es mencionado por Ibn al-Ja§æb, A‘mœl, 248. 26.- Ibn Jald@n, ‘Ibar, VI, 280; trad. M. de Slane, Histoire des berbères, II, 192. 27.- M. Asín, Vidas de santones andaluces, Madrid, 1981, 175-176. 28.- E. Lévi-Provençal, La Péninsule Ibérique au Moyen-Âge d'après le Kitœb ar-Rawß al-Mi‘§œr fæ jabar al-aq§œr, Leiden, 1938, 44 y 136 (trad.) y 35 y 111 (árabe); al-Ëimyaræ, al-Rawß al-mi‘§œr, ed. I¥sœn ‘Abbœs, Beirut, 1984, 63 y 344, señala que en Huelva había una iglesia donde se veneraban los restos de un apóstol, y que en Saltés había una comunidad cristiana. 29.- Recientemente fue hallado un epígrafe funerario en la zona de Bonares, cercana a Niebla, que retrotrae la presencia episcopal en la capital iliplense al siglo V, cf. J. González, “Inscripciones cristianas de Bonares: un obispo de Ilipla del siglo V”, Habis, 32 (2001), 541-552. 30.- Cf. A. García Sanjuán, “Judíos y cristianos en la Sevilla almorávide: el testimonio de Ibn ‘Abd@n”, en A. García Sanjuán (ed.), Tolerancia y convivencia étnico-religiosa en la península Ibérica durante la Edad Media. III Jornadas de cultura islámica (Almonaster la Real, 10-12 de octubre de 2002), Huelva, en prensa.

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31.- V. Lagardère, “Communautés mozarabes et pouvoir almoravide en 519 H/1125 en Andalus”, Studia Islamica, 67 (1988), 99-119. 32.- Rodrigo Jiménez de Rada, Historia de los hechos de España, trad. J. Fernández Valverde, Madrid, 1989, IV, 3. 33.- J. González, Regesta de Fernando II, Madrid, 1943, 242-243; F. García Fitz, Relaciones políticas y guerra. La experiencia castellanoleonesa frente al Islam. Siglos XI-XIII, Sevilla, 2002, 109-110 y 213. 34.- Ibn ‘Iøœræ, Bayœn (almohades), 140; trad. A. Huici, Al-Bayœn al-mugrib. Los almohades (CCAR, II y III), Tetuán, 1953-1954, 2 vols, I, 32. 35.- Cf. A García Sanjuán, “La conquista de Niebla por Alfonso X”, Historia. Instituciones. Documentos, 27 (2000), 89-111. 36.- A. García Sanjuán, “Aproximación al estudio del poblamiento de la Sierra de Huelva en época andalusí”, Actas XVI Jornadas del Patrimonio de la Comarca de la Sierra (La Nava, 5-8 abril 2001), Huelva, 2002, 61-90; ídem, “Poblamiento y organización del territorio onubense durante la época andalusí (siglos VIII al XIII)”, III Congreso de Historia de Andalucía, Córdoba, 2-6 de abril de 2001, en prensa. 37.- R. Dozy y M. J. De Goeje, Description de l'Afrique et de l'Espage par Edrîsî, Leiden, 1866, 178 y 215; al-Idrisi, Nuzhat al-mu™tœq, El Cairo, 1994, 2 vols., II, 541; trad. C. Dubler, “Al-Andalus en la geografía de al-Idrisi”, Studi Magrebini, XX (1988), 117. 38.- R. P. A. Dozy, The History of the Almohades, Leiden, 1881, 272; trad. A. Huici, Lo admirable en el resumen de las noticias del Magrib (CCAR, IV), Tetuán, 1955, 306, menciona Niebla entre los bulaydœt åigœr situados entre Sevilla y Silves; Ibn Ba™kuwœl, Åila, ed. ‘Izzat al-‘A§§œr al-Ëusaynæ, El Cairo, 1994, 2ª ed., 2 vols., I, 114, la califica de balda; al-Maqqaræ, Naf¥ al-§æb, ed. Maryam Qœsim ¶awæl y Y@suf ‘Alæ ¶awæl, Beirut, 1995, 10 vols., II, 417, se refiere a Niebla como qarya. 39.- En ciertos estudios se dan otras cifras al respecto, cf. B. Pavón, Ciudades hispanomusulmanas, Madrid, 1992, 265 (7 Ha); ídem, Arquitectura islámica y mudéjar de la provincia de Huelva, Huelva, 1996, 17, 94 y 99 (12 Ha). 40.- C. Mazzoli-Guintard, Ciudades de al-Andalus, Granada, 2000, 423-427. 41.- R. Dozy y M. J. De Goeje, Description, 178-179 y 215-216; al-Idræsæ, Nuzha, II, 541-542; trad. C. Dubler, “Al-Andalus”, 117-118. 42.- Yœq@t, Mu‘^am al-buldœn, ed. Faræd ‘Abd al-‘Azæz al-‰undæ, Beirut, 5 vols., I, 336, nº 1149; trad. G. Abd al-Karæm, “La España musulmana en la obra de Yœq@t (s. XII-XIII)”, Cuadernos de Historia del Islam, 6 (1974), 104. 43.- Ibn Sa‘æd, al-Mugrib, I, 352; M. Reinaud, Géographie d'Aboulféda, París, 1848, 2 vols., II, 237. 44.- Yœq@t, Mu‘^am al-buldœn, III, 407, nº 7232; trad. G. Abd al-Karæm, “La España musulmana”, 202; Yœq@t, Mu‘^am al-udabœ', ed. I¥sœn ‘Abbœs, Beirut, 1993, 7 vols., IV, 1534. 45.- A. Bazzana y P. Cressier, Shaltish / Saltés (Huelva). Une ville médiévale d'al-Andalus, Madrid, 1989, 21; A. Bazzana y J. Bedia, “Saltés y el Suroeste peninsular”, en Arqueología en el entorno del bajo Guadiana, Huelva, 1994, 622. 46.- C. Mazzoli-Guintard, “Urbanismo y murallas”, Actas del I Congreso Internacional Fortificaciones en al-Andalus (Algeciras, noviembre-diciembre 1996), Algeciras, 1998, 90; ídem, Ciudades de al-Andalus, 85-87. 47.- E. Lévi-Provençal, La Péninsule Ibérique, 191 y 232; al-Ëimyaræ, al-Rawß al-mi‘§œr, 569. 48.- Cf. A. Bazzana, “Urbanismo e hidráulica (urbana y doméstica) en la ciudad almohade de Saltés (Huelva)”, en J. Navarro Palazón (ed.), Casas y palacios de al-Andalus, Barcelona, 139-156. 49.- R. Amador de los Ríos, “Las murallas de Niebla”, Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, año X, Nº 9-10 (1906), 222. 50.- R. Amador de los Ríos, Catálogo de los monumentos históricos y artísticos de la provincia de Huelva -1909, Huelva, 1998, 296; J. Campos y otros, Arqueología urbana en el conjunto histórico de Niebla (Huelva). Carta del riesgo, Sevilla.1996, 195. 51.- A. Jiménez, La mezquita de Almonaster, Huelva, 1975,74; B. Pavón, Arquitectura islámica y mudéjar de la provincia de Huelva, Huelva, 1996, 19 y 94. 52.- M. Acién, “La fortificación en al-Andalus”, Archeologia Medievale, XXII (1995), 28; ídem, “La fortificación en al-Andalus”, La arquitectura del Islam Occidental, Madrid-Barcelona, 1995, 38. 53.- J. A. Pérez Macías y otros, “Las murallas de madina Labla (Niebla, Huelva)”, Actas I Congreso Internacional Fortificaciones en alAndalus (Algeciras, noviembre-diciembre 1996), Algeciras, 1998. 54.- Ibn Ëayyœn, al-Muqtabis (III), ed. M. M. Antuña, París, 1937, 67. 55.- A. Bazzana y P. Cressier, Shaltish, 42 y 45. A. Bazzana y J. Bedia, “Investigación arqueológica en la isla de Saltés”, Investigaciones Arqueológicas en Andalucía, Huelva, 1993, 732; A. Bazzana y otros, “Saltés, una ciudad islámica en las marismas”, en J. A. Pérez Macías (ed.), El territorio medieval. II Jornadas de Cultura Islámica, Huelva, 2002, 106, cifran la extensión superficial de esta fortaleza en 3.500 m2, mientras que B. Pavón, Arquitectura islámica, 17, apunta cifras inferiores. 56.- A. García Sanjuán, “El paisaje rural onubense en época andalusí a través de las fuentes escritas”, en J. A. Pérez Macías (ed.), El territorio medieval. II Jornadas de Cultura Islámica, Huelva, 2002, 27-57; ídem, “El poblamiento rural en la Tierra Llana onubense durante la época islámica”, J. Pérez-Embid (ed), La Andalucía Medieval. Actas I Jornadas de Historia rural y medio ambiente (Almonte, 23-26 de mayo de 2000), Huelva, 2003, 115-128.

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57.- P. Guichard, “Los campesinos de al-Andalus”, en P. Bonnassie y otros, Las Españas medievales, Barcelona, 2001, 130. 58.- Dikr, I, 60 y II, 66. 59.- J. Abid Mizal, Los caminos de al-Andalus en el siglo XII, Madrid, 1989, 47 y 80. 60.- R. Dozy y M. J. De Goeje, Description, 178 y 215; al-Idræsæ, Nuzha, II, 541; E. Lévi-Provençal, La Péninsule Ibérique, 101-102 y 125. 61.- Dikr, ed. y trad. L. Molina, Madrid, 1983, 2 vols., I, 60 y II, 67. 62.- T. F. Glick, “Los campesinos y la organización de una agricultura de importación”, en M. Acién y otros, El Islam y Cataluña, Barcelona, 1998, 90. 63.- M. Barceló, “Vísperas de feudales: la sociedad de Sharq al-Andalus justo antes de la conquista catalana”, en F. Maíllo (ed.), España. Al-Andalus. Sefarad: síntesis y nuevas perspectivas, Salamanca, 1990, 2ª ed., 109. 64.- Cf. P. Guichard, “La Valencia musulmana”, en Nuestra Historia, Valencia, 1980, 2 vols., II, 229-230 y 231; ídem, “Murcia musulmana (siglos IX-XIII)”, en Historia de la región murciana (III). De la Murcia musulmana a la Murcia cristiana (VIII-XIII), Murcia, 1980, 135 y 167; ídem, “Taifas y almorávides”, en M. Acién y otros, El Islam y Cataluña, Barcelona, 1998, 124; C. Mazzoli-Guintard, Ciudades de al-Andalus, 207. 65.- P. Guichard, Al-Andalus frente a la conquista cristiana, Madrid-Valencia, 2001, 369 y 447. 66.- M. Marín, “Ulemas de al-Andalus”, en P. Cano e I. Garijo (eds.), El saber en al-Andalus. Textos y estudios (I), Sevilla, 1997, 157. 67.- Cf. A. García Sanjuán, Evolución histórica y poblamiento, Cf. las cifras que aporta respecto al conjunto de al-Andalus C. MazzoliGuintard, Ciudades de al-Andalus, 462-464. 68.- Cf. A. García Sanjuán, Evolución histórica y poblamiento. 69.- M. Marín, “Ab@ Bakr Ibn al-‰add y su familia”, en M. Fierro y Mª L. Ávila (eds.), EOBA (IX). Biografías almohades (I), MadridGranada, 1999, 223-259. Cf. asimismo E.I.2, III, 771 (H. Mones). 70.- Cf. F. Roldán Castro, “A propósito de un linaje yemení instalado en el Occidente de al-Andalus: los Sakñníes”, Actas del XVI Congreso de la UEAI, Salamanca, 1995, 447-461. 71.- Ibn al-Zubayr, Åila, III, 190 y IV, 3, “familia de letrados y devotos” (bayt ‘ilm wa-dæn); al-Marraku™æ, Øayl, V/2, II, 636, “familia de letrados muy honorable” (bayt ‘ilm wa-^alœla). 72.- M. Barceló, “Vísperas de feudales”, 109. 73.- P. Guichard, Al-Andalus frente a la conquista cristiana, 447. 74.- Al-Marraku™æ, Øayl, VI, 203-208, nº 597. En cambio, Ibn al-Abbœr, al-Takmila, ed. Codera, I, 256-258, nº 824; ed. al-Harrœs, II, 63-64, nº 176, no señala su cadiazgo en Niebla. 75.- P. Guichard, Al-Andalus frente a la conquista cristiana, 459. 76.- Ibn al-Abbœr, al-Takmila, ed. Codera, I, 59-60, nº 188; ed. al-Harrœs, I, 252, nº 860: faqæhan muwœ™aran fæ-l-a¥kœm, ¥œfiƒan li-lfur@‘, darban bi-l-futyœ, øa ma‘rifa bi-l-wa÷œ'iq. 77.- Ibn al-Abbœr, al-Takmila, ed. A. Bel y M. Ben Cheneb, 102, nº 219; ed. al-Harrœs, I, 75, nº 221; al-Marrœku™æ, Øayl, I/1, 111114. 78.- Sobre estos juristas, cf. V. Lagardère, “Ab@ Bakr b. al-‘Arabæ, grand cadi de Séville”, Revue de l'Occident Musulman et de la Méditerranée, 40 (1985), 91-102; ídem, “Ab@-l-Walæd b. Ru™d, qœßæ al-qußœt de Cordoue”, Revue des Études Islamiques, LIV (1986), 203-224; ídem, “La haute judicature”, 148-176 y 195-215; Mª. L. Ávila, “Los Ban@ Manå@r al-Qaysæ”, en M. Marín y J. Zanón (eds.), EOBA (Familias andalusíes), Madrid, 1992, 29. 79.- E. García Gómez, Elogio del Islam español, Madrid, 1934, 54. El concepto de ¥œfiƒ está relacionado con la capacidad de memorización (¥ifƒ), esencial en el proceso de transmisión del saber en las sociedades islámicas medievales. El ¥œfiƒ es, por excelencia, el que sabe de memoria el texto coránico. 80.- Ibn al-Abbœr, al-Takmila, ed. Codera, 258-259; ed. al-Harrœs, II, 64-65. 81.- M. Marín “Ulemas de al-Andalus”, 157. 82.- M. Marín, “Ciencia, enseñanza y cultura en la ciudad islámica”, M. de Epalza (ed.), Simposio Internacional sobre la ciudad islámica (Zaragoza, 1-4 diciembre 1989), Zaragoza, 1991, 120. 83.- J. Zanón, “La actividad intelectual”, en Mª. J. Viguera (coord.), El retroceso territorial de al-Andalus. Almorávides y almohades, siglos XI al XIII, Madrid, 1997, 571 y 577-578. 84.- Ídem, 553. 85.- Al-Marrœku™æ, Øayl, VI, 129-130; Ibn al-Abbœr, al-Takmila, ed. Codera, I, 350, nº 1013; ed. al-Harrœs, II, 141, solo menciona por su título dos de sus obras: al-Muntaqà fæ ri^œl al-¥adæ÷, en cinco volúmenes, y al-Mufhim fæ ™uy@j al-Bujœræ wa-Muslim.

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HUELVA ALMOHADE EN LAS FUENTES ESCRITAS

86.- Escuela jurídica caracterizada por su rigorismo, cuyo máximo representante fue el polígrafo cordobés Ibn Ëazm. Sobre la escuela ƒœhirí en esta época, cf. J. Zanón, “La actividad intelectual”, 565. 87.- Ibn al-Abbœr, al-Takmila, ed. Codera, II, 714, nº 2012; ed. al-Harrœs, IV, 134; Ibn al-Zubayr, Åila, IV, 217. 88.- Obra de Ibn Abæ Zayd al-Qayrawœnæ, (310-386 H/922-996) editada y traducida por L. Bercher, La Risâla, Argel, 1980, 2ª ed. y J. Riosalido, Compendio de derecho islámico, Madrid, 1993. 89.- Obra de Ibn al-‰allœb al-Baåræ (m. 378 H/988), cf. S. Abboud Haggar, “Las Leyes de Moros son el libro de al-Tafræ‘“, Cuadernos de Historia del Derecho, 4 (1997), 163-201. 90.- Ab@ Ëœmid al-Gazœlæ (450-505 H/1058-111), una de las figuras intelectuales más prominentes del Islam clásico, cf. E.I.2, II, 1062-1066 (W. M. Watt). 91.- Ab@-l-Qœsim al-Zamaj™aræ (467-538 H/1075-1144), cf. E.I.2 (versión inglesa), XI, 432-434 (C. H. M. Versteegh), quien no aporta ningún comentario sobre dicho tafsær. 92.- Ibn al-Zubayr, Åila, V, 262. No me ha sido posible identificar a dicho Ab@-l-Ëasan b. Jar@f. 93.- J. Zanón, “La actividad intelectual”, 568. 94.- J. Majed, “Lablî, philologue andalou du VII/XII s.”, Ibla 123 (1969), 103-117. 95.- Fihrist al-Lablæ, ed. Yœsæn Y@suf ‘Ayyœ™ y Ab@ Zayna, Beirut, 1988. Cf. F. Roldán, “El Fihrist de A¥mad b. Y@suf al-Fihræ al-Lablæ (s. XIII)”, Homenaje al profesor José María Fórneas Besteiro, Granada, 1994, I, 615-626. 96.- Al-Marrœku™æ, Øayl, V/2, 631 y 632-633. 97.- Los Ban@ Zuhr fueron un célebre linaje de médicos sevillanos de los siglos XI-XII, cf. E.I.2, III, 1001-1003 (R. Arnaldez). Ab@ Marwœn ‘Abd al-Malik b. Abæ-l-‘Alœ' b. Zuhr (m. 557 H/1161), conocido como Avenzoar entre los latinos, fue el miembro más destacado del mismo. Servidor de los almorávides, y visir con los almohades, fue autor de seis obras de medicina y bromatología, de las que se han conservado tres: Taysær fæ-l-mudœwœt wa-l-tadbær, Kitœb al-agdiya y Kitœb al-iqtiåad fæ iålœ¥ al-anfus wa-l-a^sœd. 98.- Ab@ Bakr Mu¥ammad b. ‘Abd al-Malik b. Zuhr (m. 595 H/1198-1199), hijo del anterior, fue médico particular del califa almohade Ya‘q@b al-Manå@r. No se tiene constancia de que escribiera obra bromatológica alguna. 99.- Al-Marraku™i, Øayl, V/2, 635-636. 100.- Al-Marrœku™æ, Øayl, VI, 119-123.

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LOS ALMOHADES

Técnicas constructivas y fortificación almohade en al-Andalus Rafael Azuar Apenas un breve capítulo fue el destinado por D. Leopoldo Torres Balbás, en su clásico volúmen IV del Ars Hispaniae (1949: 47-56), a tratar este aspecto dentro de su extenso texto dedicado a estudiar el arte hispano-almohade. Con toda seguridad, su condición de arquitecto le permitió, a la vista de los monumentos almohades conocidos y documentados a mediados del siglo XX, expresar lo siguiente: “El olvido de la técnica de la labra decorativa de la piedra, así como el deseo de la rapidez y economía, fueron causa de que los artistas almohades utilizaran el ladrillo – su material preferido de construcción- para el decorado exterior de los edificios” (Torres Balbás, 1949: 52). Unas apretadas líneas en las que quedaban perfectamente definidos para el futuro los rasgos básicos de la tecnología constructiva de los almohades: su desconocimiento de la piedra y sus razones de economía e inmediatez constructiva. Opinión que denota su gran conocimiento del proceso productivo de la arquitectura, pero que resulta, a nuestro entender, excesivamente sintética, al reducir el análisis al mero debate entre la sustitución de la piedra tallada por el uso del ladrillo, como material para la decoración exterior de los edificios; sin entrar, ni tomar en consideración las connotaciones que todo ello supuso en las fases de la construcción y en su diversidad edilicia: fortificaciones, palacios, edificios religiosos, viviendas, etc, ya sean en el ámbito urbano o en el rural. Transcurrido medio siglo, la investigación sobre estos aspectos casi se puede considerar como inexistente, aunque a veces nos sorprenda con desconcertantes hipótesis como la enunciada por Basilio Pavón y que podríamos considerarla como de clara raíz ambiental o ecológica, ya que se plantea la directa vinculación entre la arquitectura de un territorio y los recursos o materiales de la zona. Así, llega a decir: “Vista la arquitectura hispanomusulmana desde la óptica regionalista se registran fábricas comunes o genéricas, pero con ausencias o superabundancia de determinados materiales (...) Lógicamente los materiales predominantes en cada región durante la dominación islámica marcarán el rumbo a seguir por la arquitectura...” (Pavón, 1999: 569) Esta visión, llamemos “ecologista”, de la arquitectura de al-Andalus en la obra de Basilio Pavón se completa con un análisis exhaustivo, lineal y “ecléctico” de los materiales y excesivamente determinista en cuanto se refiere a la valoración de las técnicas constructivas empleadas en al-Andalus, lo que casi imposibilita su lectura secuencial, aunque aporte características diferenciadoras:

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“Lo que diferencia fundamentalmente a ésta ( arquitectura árabe occidental) de las construcciones romanas es el empleo de varios materiales en una misma muralla, puerta o torre; en esta línea las construcciones de al-Andalus eran más dispares; pero los materiales protagonistas siguieron siendo los sillares y el tapial hormigonado. Mientras este último procedimiento constructivo no dejó nunca de estar presente en Al-Andalus los sillares labrados y aparejados al uso de la Antigüedad, caracteristicos de las etapas emiral y califal, se consideran extinguidos pasado el período de los Reinos de Taifas, tomando el protagonismo el tapial, la mampostería y el ladrillo, materiales que a veces se entrelazan para dar lugar a fábricas mixtas de facturas de muy variable elaboración. Los árabes de España no añadieron materiales o procedimientos a los heredados de la Antigüedad; se limitaron a acrecentar su empleo, sobre todo el tapial y el ladrillo” (Pavón, 1999: 569) La única novedad que aporta, sobre las clásicas tesis de L. Torres Balbás, es que para época post-taifa , como se ha visto, el debate tecnológico no se centraría sólo en la utilización del ladrillo, como sustituto de la sillería, sino además en el protagonismo que llegó a adquirir el uso generalizado del “tapial” y de los mampuestos en la construcción. Al tapial le dedica un extenso apartado (Pavón, 1999: 613-625) en el que hace una detallada descripción de la técnica, seguido de una documentación de las obras más importantes realizadas con ella a lo largo y ancho de la geografía de al-Andalus, que viene a revisar todo lo que han escrito investigadores como A. Bazzana (1992) o P. López Elum (1994), - el cual en su reciente publicación sobre “Los castillos valencinos en la Edad Media” dedica un capítulo a esta cuestión (López Elum; 2002: II, 156-171)-. Concluye, ratificando la antigüedad de la técnica, - como recientemente han documentado P. Gurriarán y A. J. Sáez (2002) -, pero sin entrar a considerar su importancia en el proceso constructivo de la arquitectura de al-Andalus. Es evidente que, hasta ahora, la investigación se ha centrado en el análisis de los materiles desde una perspectiva meramente tecnológica y subordinada al estudio del edificio, desde su manifestación arquitectónica y sobre todo artística, sin plantearse, aun si quiera de forma colateral, su importancia en la comprensión de los procesos que interevienen en la producción arquitectónica; es decir, nos referimos al conocimiento de las canteras o de la extracción de los materiales, su fabricación y transformación, su transporte, la formació o el nivel de especialización de los trabajadores que intervienen en la construcción, la selección de materiales, etc, el nivel de la demanda edilicia y de la existencia o no de una arquitectura con programa decorativo propio y diferenciado. Muchos y variados son los procesos que están vinculados a la arquitectura y, por tanto, resulta muy restrictivo el limitar su estudio a los aspectos meramente artístico-decorativos. Por ello, para analizar las técnicas constructivas de los almohades, se hace neceasario una revisión de los materiales, las técnicas y la construcción edilicia andalusí en el siglo XII, lo que facilitará la comprensión del impacto que supuso su llegada, en cuanto se refiere a la utilización de materiales, mejoras tecnológicas y en defintiva, a su capacidad de intervenir en la producción arquitectónica. Otra cuestión colateral es el análisis de la intervención almohade en la arquitectura y construcción militar defensiva, de la que todavía se tiene una visión cimentada en la información documental aportada por las fuentes cronísticas. En este sentido, es necesario que la arqueológica permita establecer las bases de la investigación de las fortificaciones de época almohade, encaminada a conocer las reformas, ampliaciones o fundaciones llevadas a cabo por los almohades en al-Andalus de y su posible diferenciaciónn tipológica y cronológica.

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La construcción y la fortificación en Al-Andalus hasta la llegada de los Almohades Las razones mencionadas por L. Torres Balbás para explicar porqué los almohades decidieron utilizar el ladrillo en sus construcciones viene a describir, de forma indirecta, cual era, a grandes rasgos, la situación de la construcción en el al-Andalus del siglo XII, anterior a los almohades. Esta imprensión era fruto de la contenplación y del conocimiento del reducido elenco de edificios conocidos en aquel momento, como ya hemos mencionado. Ahora bien, la arqueología desarrollada de forma sistemática en nuestras ciudades a lo largo de estos dos últimos lustros, permite realizar una radiografía más exacta de cual era la arquitectura que en aquellos momentos se construía no sólo en el ámbito urbano, sino también en las alquerías o en los poblados fortificados. Las continuas excavaciones llevadas a cabo a lo largo y ancho del espacio islámico de la ciudad de Murcia permitieron a J.A. Ramírez y J.A. Martínez (1996: 65) adelantar los siguientes rasgos y cambios observados en la construcción de las viviendas: “La primera diferencia notable que se observa es en los materiales, ya que las estructuras de tierra (que no las casas) van siendo progresivamente sustituidas por otras de hormigón o ladrillo, el primero más caracteristico del siglo XII y el segundo del siglo XIII. Los muros de tierra cuando son atacados por el agua de lluvia se desmoronan con facilidad, por lo que requieren continuas reparaciones de mantenimiento que se materializan en bataches de ladrillos o mampostería, que terminan por reemplazar completamente el núcleo original del muro de tierra por pilares de este material, cuando no se prefiere levantar completamente la pared mediante técnica de sólido encofrado...” La generalización del uso del tapial o de la fábrica de encofrado de tierra y cal, será uno de los rasgos característicos de la construcción de esta época y así se documenta prácticamente en todas las ciudades de al-Andalus. Las excavaciones de la Plaza de la Almoina de Valencia constataron esta misma evolución en los materiales y en las fábricas constructivas, como ya pusieron de manifiesto el equipo de arqueólogos en las jornadas celebradas en Granada que versaron sobre “La Casa hispano-musulmana” (Pascual et alii, 1990: 308). Así mismo, se pudo comprobar este dominio progresivo del tapial en la construcción urbana, en las posteriores excavaciones llevadas a cabo en el raval post-taifa del Fortí de Denia (Sentí, Gisbert, Berenguer, 1994: 278). Similares rasgos tecnológicos, con progresivo dominio de las fábricas de tapial, son los documentados en la propia alcazaba de Mértola en Portugal (Macias, 1996: 74). La arqueología ha permitido constatar una cierta evolución, a lo largo del siglo XII, en la selección de los materiales en la construcción, así como en el uso de determinadas técnicas de aparejo, hasta llegar al dominio absoluto e indiscrimado de la fábrica de hormigón para la construcción; es decir, no sólo se utilizará para levantar los muros medianeros, sino que también con ella se harán los tabicados interiores y hasta se usará para las cimentaciones, desechando el tradicional basamento de mamposería. En este proceso evolutivo se constata una técnica constructiva que permitía reforzar los tapiales, sobretodo en aquellos muros medianeros o maestros destinados a soportar importantes pesos, ya sea de las cubiertas o que tengan que soportar un piso superior. Esta técnica ha sido descrita por los diversos arqueológos que han intervenido en las numerosas excavaciones llavadas a cabo en la ciudad de Murcia y, recientemente, es identificada por Pedro Jiménez y Julio Navarro en su memoria de las excavaciones de las casas y tiendas de la Plaza de Belluga como “tapial con brencas” (2002: 510), del que además afirman es una técnica muy documentada en el yacimiento de Siyœsa.

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Esta misma técnica de refuerzo, emulando pilares, dispuestos a una distancia rítmica y embutidos en la fábrica de tapial de los muros, se utilizó no sólo en las construcciones de la ciudad de Murcia y su territorio, sino que también fue muy empleada en las viviendas y depencias del interior de la alcazaba de Silves, como se ha documentado en el transcurso de sus excavaciones (Varela,Varela: 2001, 78) y, curiosamente, ya fue descrita por Leopoldo Torres Balbás cuando dio a conocer el resultado de las viviendas descubiertas en la alcazaba de Málaga, el cual señalaba su semejanza con las fábricas de época romana (Torres Balbás, 1945: 400; 1981: II, 75): “entre los pilares de cantillo (sillería a tizón) se levantaron paños de mampostería. También los hay de argamasa muy pobre en cal, interiores, de tierra y de adobes grandes –22por 45cm-, y algunos –raros- de cajones de mampostería entre verdugadas de ladrillo, material éste que también separa las tapæas de tierra, de unos 50cm de altura. Un revestido de cal, grueso aproximadamente de 3cm, protegía los paramentos. Varios muretes de 16 cm de ancho están hechos de sillarejos de cantillo puestos a espejo. Este sistema de construir los muros con pilastras de sillería y entrepaños intermedios de mampostería, adobes o tapias, es una supervivencia romana...” Cuando L. Torres Balbás escribía esto en el año 1945, prácticamente no se disponía de más información arqueológica y por tanto era imposible contrastar la información, por lo que su adscripción de época taifal o del siglo XI para estas construcciones y esta técnica constructiva, creemos que es perfectamente revisable y, a la vista de los conocimientos actuales, no sería descabellado considerar las construcciones descubiertas en la alcazaba de Málaga como más propias del siglo XII que del siglo XI. Esta técnica que todavía utiliza en la fábrica un importante volumen de mampuestos o de ladrillos para reforzar el hormigón de tapial, creemos que podemos considerarla como transicional entre las fábricas de mampostería y la utilización exclusiva del tapial; por tanto, también podemos atribuirle una cronología transicional entre el siglo XI y la segunda mitad del siglo XII. Este último período se caracterizará por una construcción dominada por la resolución tecnológica de las fábricas levantadas en encofrados de hormigón de diversas densidades, en cuanto se refiere a su composición de cal o de tierra. La prueba de nuestra hipótesis es la misma ciudad de Siyœsa de Murcia, la cual está principalmente construida desde sus cimientos en fábricas de encofrado de tierra y posteriormente revestidos con cal y enlucidos de yeso (Navarro, 1991; Navarro, Jiménez, 1990). Técnica cuya utilización masiva se ha podido constatar en las excavaciones extensivas llevadas a término en los poblados de esta época, de Yakkâ (Yecla) (Ruiz Molina, 2000), en el castillo de Puentes de Lorca (Pujante, 2002), en la Villa Vieja de Calasparra (Pozo, 1989), o en la construcción del granero colectivo del Cabezo de la Cobertera de Abarán (Amigues, 1995; Amigues, et alii, 1999). La lista de yacimientos del siglo XII en los que se observa el uso de estas técnicas de tapiales en su construcción es muy extensa y con una amplia geografía en todo al-Andalus, por lo que no vamos a detenernos en su detalle. Sólo traer a colación que la constatación de esta técnica constructiva en el siglo XII ya la pusimos de manifiesto, tras el resultado de mis excavaciones realizadas en el Castillo del Río (Aspe) desde 1983 a 1987, y así se recoge en la publicación de la correspondiente memoria de excavaciones (Azuar et alli, 1989: 213): “Las viviendas de este momento están realizadas en sus partes estructurales con mortero de tierra y cal, emparejado con la técnica del tapial. Así, todos los muros de las fachadas, las medianeras y hasta los tabiques de separación de estancias, están construidos con esta fábrica de tapial. La técnica de la “tabiya” se constituye en la verdadera protagonista de la construcción: presente en

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todos los elementos y estructuras de las viviendas; unificando la construcción del caserío(...) La maleabilidad de la argamasa y la ductilidad de esta técnica permite solucionar todos los problemas constructivos de los edificios” La generalización de esta técnica en las fortificaciones del siglo XII es algo perfectamente constatable en los poblados fortificados de esta época (Azuar, 2002), como podrían ser los arriba mencionados o el mismo Castillo del Rio (Aspe) (Azuar et alli, 1994). Igualmente, esta técnica es la dominante en las fortificaciones levantadas por Ibn Mardanæ™ en el tercer cuarto del siglo XII, como pusieron de relieve J. Navarro y P. Jiménez en su detallado estudio sobre “Arquitectura mardanisí” (Navarro, Jiménez, 1995) y en donde se comprueba que la llegada de los almohades supuso la paralización de este programa constructivo. Igualmente, en este estudio queda perfectamente documentada la adscripción mardanisí del Castillejo de Monteagudo, considerado como almorávide, desde que fuera estudiado por L. Torres Balbás en 1934. Esta importante investigación permite aislar este grupo de fortificaciones del ·arq al-Andalus de aquellas anteriores y adscribibles a la iniciativa de los almorávides, de las que conocemos contados ejemplos, según las fuentes árabes, y que practicamente se reducen a determinados tramos de las cercas de Almería, Córdoba, Sevilla, Niebla, etc. (Acién, 1995) y a la fortificación de Fuengirola (López Guzmán, 1995). Su atribución almorávide está todavía por demostrar arqueológicamente, como ha puesto de manifiesto M. Valor en el caso de la pretendida atribución almorávide de la cerca sevillana (Valor, 1996: 56): “Nunca han sido publicados esos supuestos materiales almorávides que son ciertamente interesantes, teniendo en cuenta que hoy por hoy lo almorávide es un verdadero enigma en alAndalus. Con todo ello y teniendo en cuenta los paralelos que encontramos en el entorno sevillano, me refiero al caso de Sanlúcar la Mayor (...), Aznalfarache, Lora del Rio(...) Palma del Río (...) (Provincia de Córdoba) o Jerez de la Frontera, la cerca sevillana corresponde al período almohade. La única posibilidad de que esta cerca tuviera un origen almorávide estaría en el hecho de que la tipología constructiva de esta dinastía fuera idéntica a la almohade. Posibilidad que ponemos en duda teniendo en cuenta los paralelos conocidos del Magreb” Se está refiriendo al estudio que en su día hiciera S. Martínez Lillo de las fortificaciones almorávides del Magreb (1995), de la que las más representativas son las de Amergo y Zag@ra, levantadas totalmente en mampostería. En tapial, pero sobre basamento de mampostería, es la fábrica utilizada en las murallas de Tremecén (Martinez Lillo, 1995: 151); pero su ejemplo no es prueba suficiente para identificar y establecer una tipología de las fortificaciones almorávides de al-Andalus, por lo que habrá que esperar a los resultados de la futura investigación arqueológica. Mientras tanto, sólo podemos resaltar el uso de la mampostería en estas fortificaciones del siglo XII. Mampostería que no presenta marcas de talla y por tanto hemos de presuponer que simplemente se acopian las piedras de la zona y se aparejan, con fuerte argamasa, buscando la linealidad de las tongadas, remarcadas a veces por hiladas de piedras planas, pero sin tallarlas, como se aprecia en la fortificación del castillo del Río de Aspe, por poner un ejemplo (Azuar, 1994: 16-17). Esta manenra de aparejar los mampuestos se atestigua en las construcciones urbanas, en donde es muy común encontrar la mampostería en las cimentaciones de los muros, como se ha mencionado en los casos de las ciudades de Valencia, Denia, Mértola, etc. y sobre los que no insistiremos. Lo que sí parece de interés, es señalar como en estas construcciones se reaprovechan sillares o sillarejos para reforzar los vanos, las jambas, las ventanas o determinadas zonas, pero normalmente están embutidos en los muros y luego recubiertos por el enlucido,

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lo que demuestra la pérdida de su valor ornamental como sillar. Valga como ejemplo el caso de los niveles inferiores de las viviendas de la calle Platerías de Murcia, en concreto de la vivienda “A”, en donde se atestigua su utilización secundaria (Jiménez, Navarro, 1997: 29): “ Es interesante resaltar la presencia abundante de piedra tallada en el momento constructivo original de esta casa, puesto que en edificios más tardíos es practicamente inexistente. Parece significativo que sillares bien escuadrados y de caras alisadas, que sin duda debieron ser costosos, se utilicen en cimentaciones; creemos, por tanto, que podría tratarse de material reutilizado, procedente de edificaciones que a comienzos del siglo XII, fecha aproximada de construcción de la casa A, se hallaban en ruina o en proceso de demolición” La sillería reutilizada la encontramos, también,, en la casa almorávide Mallorca (Riera, Rosselló, Soberats, 1990) o en las construcciones de la alcazaba de Silves (Varela, Varela, 2002), por citar algunos ejemplos; y en todos los casos se constata su utilización como cantería reaprovechada, de ubicación secundaria y en la mayoría de los casos, no es visible, sino que queda oculta bajo la capa del enlucido de cal de las paredes. Todo ello, nos confirma, en este siglo XII la desaparición de la cantería en la construcción, con todo lo que supone; es decir, inexistencia de canteras y de los circuitos de transporte y acarreo de las mismas; reaprovechamiento de sillares procedentes de los derribos próximos o de las viviendas anteriores. Igualmente, es evidente que no existen canteros y por tanto no hay especialistas en la talla de la piedra, remitiéndose a una simple operación de aparejamiento de piedras o mampuestos en la fábrica. Esta presumible desaparición de la cantería y de sus profesionales, a la vista de las construcciones, explicaría el que en el libro de “¥isba” de Ibn ‘Abdun de Sevilla, no se mencionen ni las canteras, ni al gremio de canteros (García Gómez, Lèvi-Provençal, 1981). Junto a la ausencia de canteras y canteros en la construcción de este siglo hay que añadir también la escasa presencia del ladrillo en en estos contextos arqueológicos. Su utilización está practicamente reducida al solado de los patios de determinadas viviendas de gran formato o de una arquitectura de cierto nivel, ya que en general no se detecta su utilización en los centros urbanos que hemos mencionado de esta época, valga como ejemplo las excavaciones de Valencia, Murcia, Silves, etc., Tampoco es relevante su presencia en las fortificaciones levantadas bajo Ibn Mardanæ™ (Navarro, Jiménez, 1995) y en los yacimientos rurales, la situación es totalmente desoladora, de tal manera que cuando aparecen suelen ser ladrillos reaprovechados de época romana, como se ha podido constatar en el caso del yacimiento de Yakka (Yecla) (Ruiz Molina, 2000: 193): “el tipo de ladrillo utilizado es el ladrillo cocido a fuego . Los empleados en el edificio 5 de la madina S-SE y en otros edificios (quicialeras de puertas, soleras de escalones o prtales, poyatones de cocina, etc.) viene a ser material constructivo romano reutilizado (...) El tipo más frecuente de ladrillo empleado responde al denominado “bipedalis” (dos pies) con las medidas estandar de 0’45m x 0’45m o 0’22 x 0’22”. En conclusión, la construcción del siglo XII presenta unos rasgos muy similares a los observados en el período formativo del emirato de al-Andalus, como ya tuvimos ocasión de exponer (Azuar, 2002a), y en donde se observa una clara desarticulación del sistema productivo de la construcción que, en época emiral claramente respondía a la pérdida de los conocimientos tecnológicos que suposo el paso de la antigüedad tardía a la edad media , como lo definió J.A. Quirós (2001, 281-2)

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“ la desarticulación del sistema de explotación de las canteras y de otras estructuras productivas – como los hornos de ladrillos y tejas-, lo que generó en algunas ocasiones un comercio de materiales reutilizados, aunque tuvo una perduración limitada. (...) todo ello provocó la unificación de los artesanos en pocas categorías(...) El cantero como tal desapareció y también el lapicida o picapedrero, por lo que el ciclo productivo de la piedra se limitó solamente a dos fases (obtención del material reutilizado o perecedero y colocación en la obra) propias del arte de la albañilería y de la carpintería” Ahora bien, la situación en el siglo XII no es la misma, evidentemente, y esta dinámica no se puede explicar solamente como una cuestión de pérdida tecnológica, sino que hay que interpretarla como una cuestión de selección de nuevos técnicas y procesos constructivos. En este momento, es clara la progresiva decantación y orientación de la construcción hacia la especialización en las fábricas de encofrado de hormigón de tapial. Técnica ésta conocida y utilizada desde antiguo (Azuar, 1996; 2002a) y ampliamente estudiada (Gurriarán, Sáez, 2002), pero que en este época va adquirir un gran desarrollo, seguramente debido a que no es necesario disponer de aprovisionamiento especial de material, basta con aprovechar la arcilla, la mayoría de las veces, del mismo solar o de las arcillas próximas, de uso común y protegidas por las normas del zoco, como quedó reflejado en la nº 188 del libro de Ibn ‘Abdun de Sevilla (García Gómez, Lèvi-Provençal, 1991: 164): “Debe prohibirse edificar en los lugares de donde se saca la arenilla blanca y la grava, por ser de utilidad pública”. La facilidad de aprovisionamiento de las gravas y de la cal necesaria para la construcción se veía reforzada por la innecesaria formación específica de los trabajadores para amasar los hormigones y para levantar los muros. Lo que redundaba en un abaratamiento de los costos constructivos, como opinan todos los tratadistas y que, indiscutiblemente, favoreció la expansión de esta técnica constructiva en la edilicia urbana y rural. Esta reducción de los costos constructivos, que facilitó la selección tecnológica , creemos que hay que entenderla no como una consecuencia de la evolución tecnológica, sino todo lo contrario: la solución tecnológica fue la respuesta a la débil situación de la construcción de la época, debido seguramente a la falta de grandes inversiones de los gobernantes en la construcción de edificios, motivada por la crisis que supuso la desarticulación de las Taifas y la presión ejercida por la primera expansión feudal (Azuar, 1989). La falta de inversiones públicas, patente en las contadas mezquitas y en las escasas fortificaciones llevadas a cabo por los almorávides (López Guzmán, 1995), conllevaría el abandono de las canteras, la desaparición de los circuitos de transporte y del aprovisionamiento de materiales procedentes de larga distancia. La falta de demanda supuso la desaparición de los canteros y la aparición de de los albañiles, alarifes, caleros y yeseros, y con ellos el reaprovechamiento del material de los derribos o de las antiguas construcciones. Al mismo tiempo, la aparición de nuevos asentamientos campesinos en poblados fortificados (Azuar, 2002) supuso la necesidad de construir viviendas, cuando, como se ha visto, en al-Andalus estaba practicamente desarticulado el sistema de producción de la construcción; por lo que estos poblados se construyeron aprovechando las piedras de los ríos o del lugar, aparejándolas con el mortero fraguado con la cal procedente de sus propias caleras y levantándose las casas con el sistema de tapias de más tierra que cal, en encofrados de madera, fabricados por los propios campesinos o los albañiles o yeseros del lugar. Es evidente, que la construcción de estos poblados, hasta la llegada de los almohades, responde en general a una arquitectura que podríamos denominar de autosuficiencia.

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Técnicas constructivas de los almohades La decisión del califa almohade Ab@ Ya®q@b Y@suf de establecer en la ciudad de Sevilla la capital del califato y la sede de su gobierno en el año 1163, supuso un hecho histórico de similar transcendencia al establecimiento en Córdoba, dos siglos antes, de la capital del califato Omeya de al-Andalus. Acontecimiento no suficientemente valorado, que supuso el que Sevilla fuera durante medio siglo la capital de un imperio, como nunca consigueron los Omeyas, que se expandía desde el Magreb a Ifriqiya y desde el Ebro hasta el Sáhara. La instalación de la capital no fue una mera decisión política, sino que vino aparejada de la voluntad de desarrollar un ambicioso programa constructivo en Sevilla, con el fin de hacer visible y patente los símbolos arquitectónicos del nuevo Estado: construir una mezquita , mayor que la de Córdoba; establecer el gobierno en la ciudad palatina, ampliando sus antiguos alcázares; extender el perímetro amurallado de la ciudad y levantar la residencia o almunia del califa, a imitación del paraíso, en donde germinarían las diversas especies de plantas y árboles dispuestos alrededor del gran estanque, alimentado por el agua que traída de Alcalá de Guadaira, estaba destinada a bendecir la fuente de la mezquita mayor. Programa constructivo sobre el que han escrito documentados investigadores, - desde las fuentes árabes o desde el análisis de la arquitectura y al arte de sus grandes monumentos, así como de su huella en la trama urbana de la ciudad -, y del que se efectuaron unas buenas síntesis en aquellas exposiciones sobre “El último siglo de la Sevilla Islámica 1147-1248” que se organizó en esta ciudad a finales del año 1995 y la “Sevilla Almohade”, exhibida en Rabat en el año 1999, comisariadas por Magdalena Valor. Aspectos sobre los que habrá oportunidad de tratar a lo largo de estas sesiones y por especialistas más documentados que el que esto escribe, por lo que no entraré en ellos, centrándome en el análisis de lo que representó la llegada de los almohades en la construcción de la arquitectura y cual fue su aporte tecnológico. La simple observación de todos los edificios emblemáticos del programa constructivo desarrollado por los almohades, permite extraer la nada novedosa conclusión de que todos ellos están construidos en ladrillo. Conclusión ya expresada en su día por L. Torres Balbás (1949: 52) y que el avance de la investigación, así como las numerosas excavaciones llevadas a cabo en estos últimos años, simplemente, ha venido a ratificar y a atestiguar. De la construcción de la mezquita y de la Bu¥ayra se encargó el arquitecto A¥mœd ibn Baso, jefe de los que edificaban en al-Andalus, al decir de Ibn Åœ¥ib al-Åalœt (1969: 189) y cuya figura fue estudiada por l. Torres Balbás (1946: 217-8) y que ya había participado en la construcción de las defensas de Gibraltar (1160), en la reconstrucción de las murallas de Córdoba (1162). A Ibn Baso se debe la implantación generalizada del ladrillo en la construcción de los emblemáticos edificios de la capital del califato, de tal manera que, cuando el califa ordena levantar el gran alminar de la mezquita en 1184, Ibn Baso lo comienza en piedra, seguramente pensando en su altura, y al detenerse las obras y reanudarse su construcción en 1189, el nuevo arquitecto ‘Ali b. Gumara lo levanta en ladrillo, por ser mejor que la piedra, según dice la crónica (Ibn Åœëib al-Åalœt, 1969: 201): “ (…) y se paralizaron las obras hasta que llegó Abû Bakr b. Zuhr de la corte del Amir…el año 584 (2 de amrzo de 1188 a 18 de Febrero de 1189) y le mandó reanudar la construcción del alminar citado y reedificar lo que se había arruinado en la mezquita. Se empezó la obra por el alarife ‘Ali b. Gomara, con ladrillo, que es mejor que la piedra citada para la construcción, y reparó lo que se había arruinado en las tres naves de la mezquita…”

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La recuperación del ladrillo como material estructural y básico en la construcción fue una decisión muy importante que supuso la gran apuesta tecnológica de los almohades, sin precedentes en el alAndalus del siglo XII, en el que, como se ha visto, prácticamente el uso del ladrillo en la construcción se limitaba al enlosado de patios de determinadas viviendas palatinas y en el caso de aparecer en construcciones urbanas o rurales, procedían normalmente del reaprovechamiento de los materiales procedentes de derribos de viviendas o construcciones anteriores. Sin embargo, como constata la arqueología, la situación cambiará radicalmente, de tal manera que el ladrillo no sólo se utilizará en la construcción de los edificios emblemáticos del Estado, sino que su uso se irá expandiendo progresivamente al resto de las ciudades de al-Andalus. Ya se vió como el uso generalizado del ladrillo se expandió en los primeros decenios del siglo XIII en las construcciones y en las viviendas de la ciudad de Murcia (Ramírez, Martínez, 1996: 65), de tal manera que su aparición en el Palacio de Fuensanta de Murcia, llevó a afirmar lo siguiente a sus excavadores M. Bernabé y J. Domingo (1993: 53-4): “... lo más característico es la generalización del ladrillo, llegando a convertirse en el material más común de la casa andalusí a partir de este momento. Ahora será habitual encontrarlo en las cimentaciones trabado con mortero de cal, como elemento aglutinante de los encofrados o formando parte de los alzados de los muros y de las pavimentaciones de los suelos”. El ejemplo más característico de la implantación del ladrillo en la construcción de esta época es, sin lugar a dudas, la ciudad de Saltés (Huelva) fundada por los almohades y en donde la mayoría de las construcciones, desde los pavimentos hasta las paredes, se levantaron con este material (Bazzana, 1995; Bazzana, Bedia, 1993). Es evidente que el desarrollo de este importante programa constructivo, llevado a cabo por los almohades, supuso una fuerte y considerable inversión económica en edificios públicos y por tanto favoreció la recuperación de la languideciente actividad constructiva de las ciudades de al-Andalus. Tal fue el desarrollo de la construcción que en el caso de la ciudad de Sevilla se convirtió, sin lugar a dudas, en el motor económico de la ciudad, impulsor de los oficios relacionados con la arquitectura: carpintero, herrero, tejero, yesero, cristalero, etc. La dinámica constructiva reactivó los oficios del zoco y, por tanto, pasaron a convertirse en un sector importante de la actividad económica del mercado, y así lo recoge el libro de ¥isba o del zoco de Sevilla de Ibn ‘Abd@n (García Gómez, Lèvi-Provençal, 1981) , siendo el primer tratado andalusí del zoco que dedica un importante número de sus capítulos a la construcción, estipulando que el zabazoque ha de vigilar sus siguientes oficios: artesanos, obreros, albañiles, ladrilleros, aserradores, fabricantes de serones, sogas, ronzales y cedazos, herreros, yeseros y caleros, cargadores y acemileros; así como que es el encargado de nombrar los alamines de los gremios de albañiles y caleros (Chalmeta, 1973: 420-1). El texto de Ibn ‘Abd@n pone de manifiesto la existencia de un mercado de la construcción bastante normalizado en el que los distintos oficios ya están organizados por gremios, a los que el zabazoque les obliga a nombrar un alamín, para resolver sus problemas. Y entre todos los oficios, al gremio de ladrillerosalfareros, le dedica un enjundioso capítulo en el que se detalla no sólo donde deben fabricarse los ladrillos, sino también sus diversos tamaños y sobretodo, lo más interesante, su preocupación porque no falte la producción de los mismos (García Gómez, Lèvi-Provençal, 1981: 113-4):

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73) Las tejas y ladrillos deberán fabricarse fuera de las puertas de la ciudad, y las alfarerías se instalarán en torno al foso que rodea a ésta, donde hay terrenos más espaciosos (...) Tejas y ladrillos deberán estar bien cocidos, y los ladrillos crudos no se emplearán hasta que, una vez secos al sol, tomen un color blancuzco. Deberá, además, ordenarse a los alfareros que fabriquen regularmente las diferentes clases de ladrillos – como los que se llaman “muela y nuca”- para el revestimiento de pozos, otros especiales para solerías, otros que puedan resistir el calor de los hornos, tejas de las llamadas “’âsimiyyas” para los aleros de los relojes mecánicos, etc.-, con objeto de que cuando se pida aquello que haga falta pueda encontrarse sin demora. Así se lo ordenarán el almotacén y los jefes del gremio de albañiles. El texto no tiene desperdicio al describir la articulación de la producción de ladrillos, no sólo en cuanto se refiere a la ubicación de los hornos de fabricación de ladrillos a las afueras de la ciudad y en su foso, sino además cuando describe la variedad de tipos, lo que confirma la capacidad de la producción que permite fabricar diferentes tipos de ladrillos. Por último, insistir en la preocupación de las autoridades del mercado por que no se produzca una caída en la producción que pudiera desabastecer a la construcción. La construcción se convirtió en época almohade en verdadero motor de la actividad económica de la ciudad sevillana y por tal debía estar vigilada y tutelada por las autoridades del zoco, las cuales no sólo velaban por la producción, sino que ejercían control sobre el tamaño de los ladrillos, al disponer de los moldes oficiales, como consta en las normas siguientes (García Gómez, Lèvi-Provençal, 1981: 113): “(71) ... Por lo que toca al ancho de las paredes maestras, no será menor de dos palmos y medio..” “72 ) Los ladrillos habrán de ser grandes y adaptados al susodicho ancho del muro. En poder del almotacén, o colgados en la mezquita mayor, deberá haber patrones del grueso de los ladrillos, del tamaño de las tejas, del ancho y grueso de los tirantes y de las vigas, así como del grueso de las tablas para solería...” El texto añade que los ladrillos no han de fabricarse con moldes viejos y que sus dimensiones han de ser conocidas por el almotacén y por los obreros, lo que constata la regulación y normalización de este mercado productivo (García Gómez, Lèvi-Provençal, 1981, 114-5): “74) No deberán fabricarse ladrillos, tejas ni adobes con moldes viejos, cepillados o que hayn perdido algo de espesor, sino con moldes amplios con un largo, ancho y grueso determinados y conocidos, tanto del almotacén como de los obreros” La existencia de esta regulación de la producción de ladrillos en la ciudad de Sevilla, podría sugerir una normalización generalizada de su producción en todo al-Andalus, impulsada por los criterios unificadores el nuevo estado Almohade. Para constatar o rectificar esta hipótesis se ha efectuado una primera tabla menso-cronológica del ladrillo que es la siguiente:

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Mezquita de Bœb al-Mardum (Toledo) (Pérez Higuera, 1999:16) siglo X-XI - 26x17x4cm

Mezquita de Tinmal (Marruecos) 1153 - 28x14x4cm

Ciudad de Murcia (Jiménez, Navarro,1997:30) Fines XII-XIII - 26x13x4’5cm

Ciudad de valencia (Altarriba, Guillen, Guzmán, Rojo, Martí, 2001:253) 26x13x4cm

El Fortí de Denia (Sentí, Gisbert, Berenguer, 1994) S. XII 26x13x4cm


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Saltés (Huelva) (Bazzana, 1995:154) - s. XIII - 28x14x4cm

Mértola (Portugal) (Macias, 1996:73ss) s. XII-XIII - 24x12x4cm

Qåar el-Åagir (Murcia) (Navarro, 1995:184) >1172 - 32x16x6cm

Sevilla (ciudad) (Corzo, 1995: 177; TABALES, 1999:144; Tabales, Pecero, 1999:165) - s. XII-XIII - 28x14x4cm

La Giralda (Sevilla) (Jiménez, Cabeza,1988:114) 1184-98 - 32x16x6cm

Mezquita Mayor (Sevilla) (Jiménez Sancho, 2002:307 - 1172-6 - 29x14x5cm

A la vista de estos primeros datos, es patente la proporcionalidad de las dimensiones del doble de largo que de ancho; aunque, tras un análisis más detallado, se aprecian varios grupos formales, atendiendo a las dimensiones de los ladrillos. Así, resalta, por su cohexión, el grupo o área de utilización de ladrillos con las dimensiones de 28x14x4cm, a los que podríamos considerar como canónicos, por su similitud con los utilizados en la mezquita de Tinmal, y que corresponden a los ladrillos documentados en los edificios de la capital sevillana y en su área de influencia, como podría ser la ciudad de Saltés, y que con toda seguridad se fabricaron en los alfares existentes en el foso o a las afueras de Sevilla. El segundo grupo estaría formado por los ladrillos de módulo algo menor, de 26x13x4cm, dominante en las construcciones urbanas y palatinas de las ciudades de la periferia de al-Andalus, en las que además su presencia es algo más tardía, que en Sevilla. Sin embargo, esta medida es la que poseen los ladrillos de la vivienda descubierta y excavada debajo mismo de la mezquita sevillana y que fue destruida para su construcción y por tanto son anteriores al año 1172 (Jiménez Sancho, 2002 a: 365). Este dato arqueológico es de gran interés porque quizás cimente la hipótesis de que el módulo de los ladrillos utilizados en alAndalus en la segunda mitad del siglo XII fuera el de 26x13x4, ligeramente diferente al impuesto y fabricado por los almohades en sus construcciones de la capital, claramente inspirados en la mezquita de Tinmal. Ahora bien, para corrobar y reforzar estas hipótesis se hace necesario ampliar el registro arqueológico y, por supuesto, esta primera tabla menso-cronológica de los ladrillos andalusíes del siglo XII. Por último, resulta sorprendente la extraordinaria y excepcional medida de los ladrillos de la Giralda que no tienen nada que ver con las dimensiones de los ladrillos utilizados en la construcción de la misma mezquita aljama de Sevilla (Jiménez Sancho, 2002: 307) y que según la tabla expuesta no tienen parangón alguno. No sabemos si este tamaño de ladrillo es el utilizado en la construcción de la Bu¥ayra, ya que en las distintas publicaciones de las diferentes excavaciones no se mencionan nunca sus dimensiones (Collantes de Terán, Zozaya, 1972; Amores, Vera, 1995, 1999). Otra sorpresa es que esta medida, hasta ahora exclusiva, sólo la encontramos en los ladrillos del alcázar Seguir de Murcia, obra de época Mardanisí y por tanto anterior a la Giralda, lo que abre un cúmulo importante de interrogantes, no sólo sobre los precedentes de la obra sevillana, sino también sobre la cronología del palacio murciano que dejamos para investigaciones futuras. Torres exentas, albarranas, corachas, barbacanas, antemurales y falsos despieces en la fortificación almohade Los almohades no sólo desarrollaron un importante programa constructivo en Sevilla y en las ciudades de al-Andalus, sino que además fueron capaces de desplegar una intensa actividad fortificadora como no se conocía desde época del califato de Córdoba. Practicamente, según las fuentes, fortificaron o mejoraron las defensas de la mayoría de los castillos y ciudades desde el Algarbe al ·arq al-Andalus, sobretodo, después de la muerte de Ibn Mardan™æ y de la campaña de conquista del año 1172 (Åœëib al-Åalœt, 1969: 225):

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“En este mes, durante la estancia del Amir…en Murcia (Septiembre de 1172), después de su expedición y su toma de posesión de ella en su viaje, se cuidó de asegurar sus fortalezas y de enviar gobernadores a sus lugares de etapa y a sus castillos y de ocuparse en escribir (los nombramientos) a los favorecidos” Ahora bien, uno de los problemas con que nos encontramos todavía es precisamente, la dificultad de identificar, en la mayoría de los casos, cuales son las reformas o las fortificaciones efectuadas por los almohades y que mencionan las fuentes; de tal manera que la única construcción que no ofrece lugar a dudas es precisamente la Torre del Oro de Sevilla, de la que sabemos fue mandada construir por el califa en el año 1220, como lo atestigua “Rawß al-Qir§œs” (Ibn Abi Zar®, 1964: 471). En esta cuestión es fundamental el avance de la documentación arqueológica, la cual nos permitirá establecer claramente las todavía dudosas atribuciones almorávides o almohades de nuestras fortificaciones, así como tipificar, si fuera posible, las diferencias existentes entre las fortificaciones levantadas por cada uno de los califas almohades. Mientras tanto y con el fin de poder establecer cual o cuales fueron los aportes tecnológicos de los almohades en la fortificación, parece prudente partir de la tradicional hipótesis desarrollada hace más de medio siglo por L. Torres Balbás (1949), en base a sus estudios de las alcazabas almohades de Badajoz y Cáceres (Torres Balbás, 1941; 1948), que le permitieron desarrollar un capítulo general más amplio de las fortificaciones almohades en la península, en su clásica obra “Ciudades Hispanomusulmanas“ (1985, 475494). En estos estudios, destacaba sobretodo la novedad de reforzar las cercas con la construcción de monumentales torres externas construidas en tapial, ya sea para defender las puertas, como torres albarranas, o para facilitar la aguada de la plaza en elevadas corachas. Estas soluciones pasaban por la construcción de torres de planta rectangular o poligonal, de considerable altura lo que permitía disponer en su interior varias estancias y casi actuar como verdadera torre autónoma de defensa. Un ejemplo de hasta donde llegó la capacidad tecnológica en la construcción con hormigones de tapial, podría ser la torre Atalaya del castillo de Villena, que poseía cuatro plantas, con una altura casi de cuarenta metros y de la que sólo se conservan las dos plantas inferiores, con un grosor de muros de tres metros y que en su interior alberga dos bóvedas de arcos entrecruzados (Azuar, 1981:177-189) Igualmente, salta a la vista el tratamiento exterior de la misma en la que se aprecian los restos de un falso despiece que imitaba sillería y que estaba realizado con enlucido de cal. Cuando revisamos las torres albarranas de las cercas de Cáceres (Torres Balbás, 1948), de Badajoz (Torres Balbás, 1941; Valdés, 1988, 1999), de Silves (Varela, Varela, 12001:43) etc. se aprecia que las mismas son torres de gran formato, realizadas en fábrica de tapial y que presentan al exterior este mismo tratamiento de falso despiece en sillería. La geografía y dispersión de esta técnica decorativa en las fortificaciones de al-Andalus ya ha sido objeto de estudio (Azuar et alii, 1994 a, 1996) y de una revisión reciente, con ocasión de las jornadas celebradas en la Casa de Velázquez y dedicadas a los almohades, en vías de publicación (Azuar, 2000 ). En la misma se aportaba un plano con más de una cincuentena de fortificaciones de la península y el Magreb que portaban esta decoración, las cuales debían ser en general posteriores al 1172, horizonte cronológico de la expansión almohade, coincidiendo con la muerte de Ibn Mardanæ™, y fecha ante-quem para las torres y construcciones documentadas en el ·arq al-Andalus. Esta cronología supondría que estas fortificaciones o torres no pudieron levantarse en época del segundo califa almohade, el cual no llegó a conquistar al-Andalus hasta después de esta fecha. Igualmente,

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las plazas portuguesas sólo fueron reconquistadas por el tercer califa en la campaña de 1192 (Huici, 1956) y por tanto, es fácil suponer que las albarranas de Silves, Alcázar do Sal, Paderne, y de Cáceres y Badajoz, se levantaron en este momento con la intención clara del califa de reforzar las defensas de estas fortificaciones. A la cronología de reconquista de las ciudades del occidente de al-Andalus hay que añadir la construcción llevada a cabo por los almohades de la fortificación de Aznalfarache en el año 1193, como ya publicó L. Torres Balbás ( 1960), en la que se documenta la presencia de esta esta técnica en varios paramentos de lo que queda de la cerca (Valor, 1995,1999). Igualmente, la cronología de estas construcciones con esta decoración coincide con la establecida por M. Valor para la torre Blanca de la cerca de Sevilla (1995, 56) y con la construcción de Ribœt al-Fat¥ en Marruecos (Ibn Abi Zar, 1964: 447-8, 519), en donde encontramos esta misma decoración, como en la medina de Fez. La cronología de esta decoración aplicada y su intrínseca vinculación con las fortificaciones, permite, a mi entender, identificar por primera vez las obras desarrolladas por un califa almohade, en este caso el tercer califa Ab@ Y@suf Ya®q@b al-Manå@r que gobernó entre 1184 y 1199 (Azuar, 2000). A él deberíamos la orden de reforzar las defensas inacabadas de las cercas de Sevilla y de Códoba, la ampliación del sector occidental de la cerca de Niebla, la cerca de Jérez y la fortificación de Aznalfarache, entre las obras más señaladas de un amplio listado (Azuar, 2000), a las que se añadirían los refuerzos de las alcazabas occidentales de Cáceres, Badajoz, Silves, Alcázar do Sal, etc, dotándolas de una defensa adelantada, basada en la construcción de esbeltas torres albarranas y corachas. El desarrollo de este amplio programa de fortificaciones suponía la habilitación de incontables recursos económicos, los cuales, como dice la misma crónica de Ibn Abæ Zar®, provinieron en su mayor parte del quinto del botín obtenido tras el triunfo de la batalla de Alarcos (1964: 448): “.. y se volvió a alMagrib, para llegar a Marrakush en sha’ban del año 594 (8 de junio al 6 de Julio del 1198). Encontró que todo lo que había mandado edificar estaba concluido, la alcazaba, las torres, la mezquita y los alminares, todo construido con el quinto del botín cogido a los cristianos “ La constatación de todas estas informaciones documentales y arqueológicas permite conocer cuales fueron en gran parte las construcciones levantadas bajo el gobierno del tercer califa Ab@ Y@suf Ya®q@b alManå@r (1184-1199) y proponer unos rasgos de las mismas, identificadas sobre todo por la presencia en el exterior de los muros de la inconfundible decoración del falso despæece de sillería. Obras de fortificación que se caracterizan por la innovación tecnológica que supuso construir grandes torres de hasta 30 ms de altura, exclusivamente con fábricas de hormigón de tapial y que permitieron establecer una red de torres atalayas, así como reforzar las antiguas defensas con torres albarranas y corachas en sus antedefensas. Igualmente, con un más detenido análisis comparativo, podríamos atribuir a esta época la utilización del ladrillo en los baquetones que remarcan la parte superior de determinadas torres de las cercas de Jerez, Cáceres o Badajoz, a imitación de la cerca sevillana. Al siguiente califa, Al-Nœåir correspondería no sólo la construcción de la Torre del Oro de Sevilla, sino también y a la vista de los datos arqueológicos, el expandir el modelo de antemural o barbacana de la cerca sevillana (Valor, 1995,1999; Tabales, 2001, 2002) a las cercas de las ciudades del ·arq al-Andalus, como serían los casos de Murcia o de Valencia.

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Construcción y fortificación almohade El desarrollo del ambicioso proyecto arquitectónico del califa almohade Ab@ Ya®q@b Y@suf de convertir a la ciudad de Sevilla en residencia califal y de la administración del estado almohade, supuso, sin lugar a dudas, la rápida reactivación de la construcción y de sus sectores productivos, sobretodo en lo que se refiere a la creación de la inexistente industria alfarera del ladrillo, material con el que se levantaran todos los edificios públicos importantes de la ciudad, desde la mezquita, hasta la Buhayra, pasando por los palacios del interior del alcázar. Para abastecer esta demanda fue necesario el instalar verdaderos complejos alfareros a las afueras de la ciudad, cuya producción debió llegar al nivel de permitir la diversidad de tipos de ladrillos, para abastecer la demanda, perfectamente homologados por las normas del zoco, cuyo almotacén velaba porque no se desabasteciera el mercado. Es decir, la fuerte inversión económica del Estado almohade en la construcción de su Arquitectura oficial supuso el que se convirtiera en uno de los sectores productivos más dinámicos del mercado, al reactivar consigo un importante número de oficios, como el de los carpinteros, los yeseros, caleros, herreros, etc, y, por tanto, pasó a constituirse en el motor económico de la ciudad y, por tanto, de interés para las autoridades del zoco encargadas de regular y velar por el bien común. El desarrollo que adquirió la construcción, bajo los almohades en la ciudad de Sevilla, queda patente no sólo en la capacidad de producir suficientes ladrillos diversos y homologados, sino también en la organización de su abastecimiento y en la formación de alarifes especializados, capaces no sólo de elevar edificios, sino también, y sobretodo, de desarrollar todo un programa decorativo con el material básico que era el ladrillo. Como ejemplo, valga el observar los extraordinarios paneles de sebka que decoran las fachadas de la torre de la Giralda, realizados exclusivamente con ladrillos. El ladrillo se convirtió en el material con que se levantaron los edificios emblemáticos del nuevo Estado, desplazando en su papel, a la tradicional sillería la cual, en este momento, queda limitada al uso de sillares reutilizados de época romana o de acarreo perfectamente aparejados, como se ha documentado en la cimentación de la Giralda ( Tabales, Huarte, García, Romo, 2002). A esta cantería de reutilización habría que añadir el exiguo registro de capiteles originales procedentes de talleres de la época, apenas contados cinco ejemplares de la Giralda y dos auténticos de la Torre del Oro (Cómez, 1999), más los nuevos ejemplares aparecidos recientemente en Sevilla que permiten suponer la existencia de un taller en la ciudad (Cómez, 2001) pero que, en el contexto de al-Andalus, confirman la debilidad de una producción en sillería muy limitada y puntual, lo que refuerza la opinión de la escasa importancia que la talla en piedra tuvo en la época (Marinetto, 1999), siendo dominante en la construcción de la época la técnica del reaprovechamiento de sillares. Los datos menso-cronológicos de los ladrillos permiten diferenciar la producción sevillana del resto de las ciudades de al-Andalus, de tal manera que la reactivación económica del mercado de la construcción en este momento tuvo su epicentro en la capital del nuevo estado, es decir en Sevilla y su ámbito de influencia, en donde se construyen los edificios con los ladrillos fabricados en sus nuevas industrias periurbanas y siguiendo las medidas de los ladrillos empleados en la construcción de la mezquita de Tinmal. Ahora bien, el desarrollo económico que alcanzó la ciudad de Sevilla no tuvo comparación con el resto de las ciudades de al-Andalus, en las que la reactivación de la construcción fue lenta, aunque progresiva, como se constata en la remodelación de los caseríos (Bernabé, Domingo, 1993; Jiménez,

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Navarro, 1997, 2000, 2002). Esta transformación no es comparable a la experimentada por Sevilla, así como tampoco el uso del ladrillo nunca llegó a alcanzar los niveles de la capital, aunque se fue introduciendo combinado con las fábricas de tapial, sobre todo en la primera mitad del siglo XIII. Ladrillos que poseen medidas similares, inferiores a los sevillanos, y que indiscutiblemente proceden de los todavía desconocidos alfares de ladrillos y tejas, eminentemente urbanos, (Azuar, 1998), los cuales permitían abastecer las necesidades de la creciente demanda constructiva de las ciudades. En los poblados fortificados y en las alquerías, según atestigua la arqueología, prácticamente no se documentan el uso de ladrillos en la construcción, valgan como ejemplos los casos del poblado fortificado de “El Castillejo” de los Guájares de Granada (Bertrand, Cressier, Malpica, Rosseló-Bordoy, 1990:209), del Castillo del Rio (Aspe-Alicante) (Azuar et alii, 1994) o la alquería de Torre Bufilla (Valencia) (López Elum, 1994). Indiscutibles muestras de las dificultades de los asentamientos campesinos de aprovisionarse de este material constrictivo, procedente , con toda seguridad, de las fábricas urbanas. Igualmente, ponen de relieve la inexistencia de una red de distribución que facilitase el disponer de los mismos y seguramente a un costo razonable. A esta ausencia de ladrillos, como material constructivo, hay que añadir la escasa presencia de las tejas, las cuales seguramente serían de reaprovechamiento intensivo y prolongado en el tiempo, a la vista de la escasez de las mismas en los yacimientos. A la vista de estos datos, resulta evidente el ámbito meramente urbano de la producción y del mercado del ladrillo y de las tejas. Una producción claramente impulsada por el Estado almohade y que posee una geografía centrada en la ciudad de Sevilla. Programa constructivo impulsado por el califa Ab@ Ya‘q@b Y@suf , al que debemos la mayoría de los edificios mblemáticos de la ciudad, así como la ampliación de su perímetro amurallado. Programa constructivo que será completado por su sucesor el califa Ab@ Y@suf Ya‘q@b al-Manå@r (1184-1199), bajo cuyo mandato se construyó el alminar de la mezquita aljama, y al que debemos el gran programa constructivo de arquitectura militar, destinado a reforzar las defensas de la frontera cristiana. Para ello, sus arquitectos no utilizaron el ladrillo, seguramente por problemas de producción, transporte y elevados costos, sino que desarrollaron y mejoraron la técnica de las fábricas con hormigones de tapial. De tal forma que consiguieron levantar esbeltas y desafiantes torres exentas y de defensa vertical autónoma, que rozaban los veinte metros de altura, - como nunca antes se había documentado con esta tecnología de encofrado-, y que permitían asegurar las antiguas defensas urbanas, dotándolas de una línea avanzada de torres exteriores, ya sean albarranas, corachas, calahorras o meras atalayas. Este ambicioso proyecto de más de una cincuentena de construcciones y refuerzos defensivos, se puede identificar por el tratamiento exterior de sus fábricas, a las que se las dotaba de un falso despiece a imitación de la sillería. Ambicioso proyecto de contrucción militar que se financió, según dice el propio califa, en su mayor parte, con el botín y las riquezas conseguidas tras el triunfo de la batalla de Alarcos. Bibliografía - Acién, M., 1995: “La fortificación en al-Andalus”, La Arquitectura del Islam Occidental, pp. 29- 41 - Altarriba, M.; Guillén, C., Guzmán, R.; Rojo, N. Y Martí, J.; 2001: “Una propuesta de curva mensiocronológica latericia para la ciudad de Valencia”, V Came, (Valladolid), I, pp. 235-254 - Amigues, F.; 1995: “Excavaciones arqueológicas en el cerro de la Cobertera (Abarán-Blanca), campaña de 1998”, Memorias de Arqueología, (Murcia), 413-422 - Amigues, F. et alii; 1999: “Archéologie d’un grenier collectif fortifié hispano-musulman: Le Cabezo de la Cobertera (Vallée du Rio Segura/Murcie)”, Castrum, 3, (Madrid), 347-359 - Amores, F. de; Vera, M.; 1995: “Al-Buhayra/Huerta del Rey”, El último siglo de la Sevilla islámica 1147/1248. Sevilla, 135-143

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TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS Y FORTIFICACIÓN ALMOHADE EN AL-ANDALUS

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LOS ALMOHADES

Algunas notas sobre fábricas murarias almohades en Sevilla Miguel Ángel Tabales Rodríguez Cada ciudad tiene sus momentos de referencia con independencia de la complejidad de su Historia y en Andalucía en general el mito de al-Andalus es omnipresente en el imaginario colectivo. Un cordobés de a pie identificará su ciudad con el califato omeya mientras que para un granadino, pasado islámico significa alhambra y época nazarí. Los sevillanos, de igual modo, asocian lo islámico con lo almohade habituados a transitar entre murallas, alminares y torres de ese período. Para Sevilla, el califato almohade supuso el impulso definitivo que la catapultó durante varios siglos a la tan disputada primacía peninsular. Sólo dos períodos históricos han proporcionado a la ciudad un avance urbano similar: la segunda mitad del siglo I d. C. y el siglo XVI. Cada uno de ellos ha revitalizado sus calles, monumentos y propiedades, hasta lograr la desfiguración del anterior. Y fue esto lo que sucedió, una vez más, en las últimas décadas del siglo XII y sobre todo en el siglo XIII. Es difícil identificar un modelo arquitectónico y mucho más un hábito constructivo exclusivamente almohade pero sí existe una clara ciudad almohade que en lo básico sigue aún definiendo el entramado urbano actual en contraposición con la ciudad romana, perdida bajo éste y desconectada de la realidad que hoy disfrutamos en algunos casos bajo metros de rellenos. Por fortuna (o por desgracia para muchos) la actividad arqueológica urbana derivada de la aplicación de cautelas arqueológicas ha supuesto en pocos años un incremento sustancial de las referencias materiales de este período, normalmente situadas por encima de la cota establecida para las excavaciones de urgencia, gracias a lo cual se ha podido reunir una apreciable información relativa a la citada transformación urbana y sobre todo a la distribución y construcción doméstica. Junto a esto debemos destacar la continuada labor de investigación realizada en monumentos señeros como el alcázar o la mezquita aljama, así como en las murallas y más recientemente en amplias zonas del centro (Solar de la Encarnación). Es éste un panorama tan rico y abierto como poco divulgado, salvando las grandes actuaciones, produciéndose la paradoja de que mientras más información rescatamos de dicho período resulta más difícil establecer una categorización que permita generalizar sobre su edilicia. Cada vez más arqueólogos conocen e identifican una fábrica o una estructura almohade pero, siendo habitual la aparición de nuevas evidencias, resulta incómodo pararse en seco para sistematizar. Se conoce más pero se generaliza menos y

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esto debe comprenderse ya que la Arqueología actual comulga mal con las catalogaciones al uso derivadas de las lecturas analógicas y monumentalistas. Este artículo no es más que una frenada en seco en la que intentaremos mostrar una visión personal de la construcción en la capital almohade a través de las evidencias “materiales” claramente fechadas aún a pesar de que tal vez no sea el momento adecuado para ello1. Dejaremos fuera del análisis las referencias a entramados horizontales, cubiertas y techumbres así como a otros elementos de soporte y ornamentales, sobre los que no podemos comentar más que lo ya conocido a través de la Historia del Arte. Antecedentes Recientemente hemos apuntado las dificultades por las que han pasado los distintos investigadores que han intentado sistematizar el estudio de nuestra arquitectura islámica a través de las evidencias arqueológicas. La diversidad de técnicas constructivas, el localismo, las simplificaciones a la hora de datar, así como las distintas metodologías empleadas en intervenciones arqueológicas han sido un freno a la hora de establecer tablas tipológicas claras e incuestionadas (Tabales 2000 b: 1077). Por ello, los escasos intentos emprendidos en este sentido o han sido enfocados temáticamente considerando la Arquitectura Andalusí como una unidad en la que las distintas etapas históricas quedan implícitas a través de las cronologías aportadas por los ejemplos (Pavón 1999), o se han esforzado por otorgar una entidad más que discutible tanto a períodos como a regiones concretas (la construcción califal, mardanasí, nazarí..) Cuando menos debemos reconocer nuestra insatisfacción por la atomización y complejidad aportada por los distintos enfoques que vienen a entrelazarse en un tema como éste donde las disciplinas interesadas (Arqueología, Filología, Historia del Arte, Historia) suelen trabajar aisladamente o combinarse de manera confusa2. En nuestra opinión el desenmarañamiento de esta situación pasa por un requisito: la asunción de los principios de la Arqueología de la Arquitectura entre los estudiosos de la etapa islámica tanto a nivel de excavadores de urgencia como de equipos de investigación específicos. Con ello comenzaremos a caracterizar y fechar de manera precisa elementos constructivos dentro de edificios islámicos que hoy tienen una cronología discutible (la mayoría). Sólo tras esto podremos pretender generalizaciones útiles. En lo referente a la construcción pueden establecerse tantas divisiones como períodos políticohistóricos, y tantas variedades como regiones andalusíes. Sin embargo, en nuestra opinión podríamos simplificar en dos períodos: el clásico, que afecta a los siglos VIII al XI y contempla las etapas políticas emiral, califal y de las primeras taifas y el norteafricano, que abarca los períodos almorávide, almohade, meriní y nazarí entre los siglos XII y XV. Durante la etapa clásica (siglos VIII-XI) en Hispania, las ciudades principales del alto imperio habían ido decayendo progresivamente; ni la presencia germánica, ni la influencia bizantina, ni los diferentes períodos de relativo auge en zonas peninsulares aisladas (mozárabes, asturianos...) hicieron otra cosa que reflejar toscamente los logros de los primeros siglos. Ciudades como Córdoba o Sevilla, con cierto auge durante el período tardoromano y visigodo no son más que recuerdos muy depauperados del mundo constructivo clásico.3

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ALGUNAS NOTAS SOBRE FÁBRICAS MURARIAS ALMOHADES EN SEVILLA

Los mismos principios que dibujaban el panorama anterior a la llegada de los omeyas pueden aplicarse a los tres siguientes siglos, si bien advertimos peculiaridades regionales que irán fraguando en una construcción completamente original desde el siglo XI. Destaca en esos momentos el uso de materiales diversos en todo tipo de edificaciones, el acarreo generalizado de piedras y ladrillos procedentes de fábricas romanas, el mantenimiento y perfeccionamiento de la talla y aparejos de la piedra y del sillar, el mantenimiento del módulo hispanoromano de ladrillo. En el período previo al siglo XI parece existir cierta homogeneidad dentro de la diversidad intrínseca a la arquitectura andalusí. Tras la guerra civil y consecuente desarticulación del poder cordobés asistiremos a una atomización política que se traducirá en el nacimiento de reinos taifas en los que se irán perfilando estilos, técnicas y usos de materiales muy diferentes. En Sevilla, la piedra y el aparejo mixto bizantino darán paso en el siglo XI al tapial de grava y al ladrillo de un pie, perdiéndose casi por completo su uso pero incorporándola a la cimentación de sus obras militares, sobre todo en el alcázar. En este caso el aparejo, al igual que sucediera en la Mérida emiral, tiende a la distribución secuenciada de tizones, pero sin el orden y maestría que en la vieja capital cordobesa. Piezas romanas y visigodas (^elils) aparecen en muros y cimientos de todos los períodos islámicos; sin embargo es muy frecuente su uso en los períodos más antiguos debido a una mayor cercanía temporal y estratigráfica. De hecho, en muchas ciudades, no se producirán grandes reformas del caserío romanovisigodo hasta el período almohade (es el caso de Sevilla) por lo que los restos de necrópolis y edificios en los foros todavía servirían como canteras donde recoger piezas útiles para la construcción. La construcción almohade en Sevilla Tras la fitna la desintegración del estado omeya ahondará aún más los particularismos constructivos en las distintas taifas. El siglo XI contribuirá al fortalecimiento de ciudades como Sevilla o Granada mientras se reducen de modo considerable las dimensiones de Al Andalus ante el empuje castellano. Es por tanto una etapa de cambios que afectará considerablemente a la construcción. La llegada de los pueblos norteafricanos (almorávides y almohades) a la península reforzará el trasiego de técnicas entre ambos lados del Estrecho, unidos desde entonces por un mismo lazo político. Es el gran momento de expansión de nuestra ciudad. Las crónicas de Ibn Abæ Zar‘ e Ibn Åœ¥ib al-Åalœt dan buena cuenta de las operaciones constructivas desarrolladas a partir de 1147, año de la conquista almohade (Huici 1969: 195...). Previamente, durante el primer tercio del siglo XII los almorávides habían iniciado un programa de ampliaciones defensivas en el alcázar y en el sector suroriental, pero será el primer califa almohade ‘Abd al-Mu’min quien en 1150 dará el impulso definitivo de transformación urbana tras la ampliación del tercer recinto del alcázar para acomodar a los contingentes militares de ocupación y separarlos de la población. A partir de entonces se renuevan las murallas, las mezquitas, los mercados, los cementerios y se inicia desde el alcázar un programa de edificación de barrios enteros que acabarán por suplantar en pocas décadas a los de la ciudad antigua. Sus sucesores, Ab@ Ya‘q@b Y@suf y Ab@ Y@suf Ya‘q@b continuaron la labor intensificándola con la erección de la Gran Mezquita aljama y su alminar. En el siglo XIII (entre 1212 y 1229) se puso fin al programa defensivo Iniciado un siglo antes mediante la construcción de la coracha de la Torre del Oro, el foso y el antemuro4. Desde el punto de vista arquitectónico dicha transformación se fundamentará no obstante sobre la perduración de las técnicas, formas y funciones anteriores e incluso su potenciación. Al final del

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período podemos identificar una “manera” de edificar almohade que ha ido cobrando personalidad pero que en ninguna de sus vertientes no ornamentales supone novedad alguna respecto a la arquitectura abbadí o almorávide. La arquitectura defensiva seguirá en cuanto a técnica constructiva la tradición de la tabiya tardo califal y taifa, eso sí, perfeccionada en solidez y mediatizada por una nueva métrica que se traduce en cajones algo más altos que los precedentes: dos codos mammuníes de altura (94’28 ctms) por cuatro de longitud según Ibn Jald@n. Cámaras en las torres, merlones apuntados, puertas en recodo, etc... serán recursos poliorcéticos cada vez más habituales desde el siglo XI y omnipresentes a mediados del siglo XIII. La vivienda seguirá participando de los mismos principios formales y funcionales habituales desde el califato. Generalmente de planta única se desarrollará mediante estancias alargadas en torno a un patio cuadrangular o rectangular en el que se distribuirán albercas, piletas, canalillos y fuentes junto a arriates de ajardinamiento. En ocasiones, como en la mayoría de palacios detectados en el alcázar disponían de andenes deprimidos cruzados siguiendo una tradición que hunde sus raíces en oriente (palacio de Balkuwara en Samarra..) y pasa a España a través de Medina Azahara (Manzano 1995: 315). En los últimos años las excavaciones urbanas han sacado a la luz un considerable número de casas con patios de crucero o con albercas fechados entre los siglos XII y XIV que reflejan el tránsito entre los pequeños ámbitos cuadrangulares con pileta postcalifales representados por el palacio de al-Mu‘tamid descubierto bajo el Patio de la Montería del Alcázar, o el de la casa de Mañara, y los palacios con patio rectangular y alberca central longitudinal flanqueada por piletas, representada por el palacio del Rey Pedro I, levantado en 1366, y actualmente en proceso de recuperación5. En medio de ambos prototipos, los palacios almohades de crucero de la Contratación, de la Montería, del Príncipe, del Caracol, etc...amén de un número cada vez más nutrido en el resto de la ciudad en el que se combinan las formas más originales. Otras tipologías arquitectónicas: baños, mercados, mezquitas, siguieron en cuanto a forma y dimensionado los parámetros anteriores, a excepción naturalmente de la Gran mezquita aljama, lugar en el que se puso de relieve toda la inventiva ornamental y la capacidad industrial e ingenieril de los alarifes locales. En realidad la arquitectura almohade carecería de personalidad, perdiéndose en un contexto cronológico postcalifal muy amplio, si no fuera por sus peculiaridades ornamentales (que no son novedosas desde el punto de vista técnico) y sobre todo por el carácter industrial con el que se fabricarán tanto la cal necesaria para las grandes infraestructuras urbanas, como los ladrillos, que con distinta medida, pero siempre excelente factura, nutrirán las obras de nueva planta generadas en el interior de la cerca y en los barrios, residencias y fortificaciones de su hinterland. Nunca antes de esta época, si exceptuamos el período altoimperial romano, se había generado una industria de materiales de construcción de tal cuantía y calidad. Los ladrillos empleados en la Giralda, el alcázar, la Bu¥ayra o en el Palacio de don Fadrique, están entre los mejores de nuestra historia, la proporción de cal empleada en las murallas es de las más altas nunca usadas en una construcción encofrada, la cantería de las rafas de la torre del Oro, los cimientos de la Giralda o las obras de la mezquita mayor suponen un avance respecto a la de épocas anteriores, no usándose después hasta el siglo XV. La maquinaria de elevación para erigir la Giralda, los martinetes empleados en el hincado de postes bajo la Torre del Oro o los sistemas de desecación empleados para la nivelación de la mezquita mayor no tienen parangón desde la época romana. Se comprende que algunos estudiosos hayan definido a los unitarios como los romanos de al-Andalus (Jiménez 2002).

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Es justo por tanto atribuir el salto cualitativo y cuantitativo de la arquitectura de la ciudad al impulso dado por los califas almohades pero debe reconocerse la perduración de técnicas, modos, oficios y tendencias desde época abbadí; el tratado de Ibn ‘Abd@n escrito durante el dominio almorávide a inicios del XII refleja una sociedad rica y puntera en el campo de la construcción: las medidas recomendadas, la adecuación a las normas, las obligaciones de los constructores, etc.. evidencian una realidad sólo aderezada y mejorada por los almohades. Las fuentes relativas a las obras en esa época son muy explícitas a la hora de describir el proceso de trabajo, materiales y problemas planteados. Entre ellas figura de manera singular el relato de la construcción de la mezquita mayor y los recintos circundantes a cargo de Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, quien describe meticulosamente operaciones como la apertura de los fundamentos de la Giralda en las que se especifica la aparición del nivel freático, la composición de la argamasa de la losa de cimentación, la procedencia de los sillares de las primeras hiladas, etc.. Otros cronistas relatan el trabajo emprendido en las murallas, en las atarazanas, en el puerto, etc..(Ibn Abæ Zar‘, al-Marrœku™æ) pero con visiones más literarias y menos descriptivas. Los alarifes locales se enriquecieron con la presencia de los mejores constructores de la época como Ben Basso o ‘Alí al Gomarí, constructores de la Gran Mezquita. La capacidad ingenieril demostrada por el primero de ellos en la base de la Giralda y en la erección de la plataforma de nivelación de la sala de oración no tiene paralelos en ese período; el ingenio ornamental y el cálculo del segundo en la terminación del alminar tampoco. Esto bastaría para definir esta época como la de máximo esplendor de nuestro pasado islámico si no fuese porque la transformación de la ciudad fue tan drástica que generó una actividad arquitectónica frenética que se tradujo en una construcción semiestandarizada, común al de otras ciudades de al-Andalus y del norte de África. Ibn ‘Abd@n a inicios del siglo XII describe una I™bæliya en la que trabajan una gran cantidad de maestros albañiles, maestros carpinteros, fabricantes de tejas y ladrillos, así como caleros, alfareros, vidrieros y herreros, sometidos a normas y patrones métricos rígidos. Existía un gremio de alarifes, así como maestros alarifes conservadores de la mezquita mayor, además de funcionarios municipales encargados de hacer respetar las normas constructivas. Parece claro que tras los contingentes enviados por Ibn T@mart en 1147 no irían precisamente alarifes que justificaran una transformación de la arquitectura local; más bien al contrario, la disposición de los califas para convertir Sevilla en una gran capital obligaría a incrementar la presencia y número de especialistas locales en las nuevas infraestructuras urbanas. En otras palabras, fueron los mismos constructores sevillanos de la época de Ibn ‘Abd@n, así como sus hijos y sus nietos los protagonistas materiales de dicha epopeya. Las ordenanzas reflejan un notable celo por la calidad de las edificaciones, siendo aparentemente respetadas por la mayor parte de alarifes a juzgar por los restos arqueológicos recuperados. Parece que el trabajo de supervisión del cadí y del almotacén dio los resultados pretendidos. Se regulan por entonces las calidades de los materiales empleados, la medida de las vigas y paredes maestras (que no serán menores de dos palmos y medio). Por último, se vela a través de los patrones expuestos en la mezquita, por un tamaño y solidez adecuada en ladrillos, tejas, tirantes, vigas y tablas de solería. La calidad de los ladrillos debe vigilarse, así como su variedad y disponibilidad6. También se alude a la calidad de cales y yesos. (LevíProvenzal y García-Gómez 1998:112-119).

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Aunque no se han conservado vestigios relativos a la existencia de medios auxiliares específicos de este período se adivina a través de la Arqueología un uso poco habitual en al-Andalus de maquinarias de elevación, de cimentación y de extracción de aguas habituales desde el período helenístico, al menos en las grandes empresas califales de fines del siglo XII. En la base de la Giralda Ben Basso tuvo que redoblar el ingenio para extraer el agua, presente en el sustrato desde el tercer metro bajo la cota de superficie; si tenemos en cuenta que se profundizó al menos otros tres metros más resulta inconcebible la ausencia de algún tipo de rueda de extracción de la que, en cualquier caso no hay constancia documental. En la Torre del Oro se emplearon postes de madera hincados en el fango como parte del enrejado argamasado de sustentación para lo cual debió usarse el martinete a la manera romana (Barrios, A. et alii 2003: 65). Por otro lado, la altura de la Giralda podría haber justificado el empleo de poleas compuestas para elevar el material, tornos o simples cabrias, frecuentes en la Europa altomedieval. Las fábricas Las principales características relativas a las fábricas de este período son: - La utilización mayoritaria del tapial, con todas sus variantes. - El abandono de los gruesos módulos de ladrillo romano y la industrialización masiva del ladrillo cocido de un pie árabe, dentro del que se advierten variables métricas sintetizables en tres modelos (el pie mayor, el ladrillo fino y el ladrillón almohade). - La progresiva desaparición del sillar, no exenta de momentos de inusitado resurgimiento, como el que se advierte durante el califato de Ab@ Ya‘q@b Y@suf, en la segunda mitad del XII. - El aumento de la mampostería y de las fábricas mixtas será tal vez una de las manifestaciones más peculiares de la construcción doméstica; asistiremos a la variedad de aparejos mayor de nuestra historia (espigados, alternancias de hiladas de los materiales más dispares, combinación en un mismo muro de sillares, ladrillos árabes de varios tipos, ladrillos romanos, cajones de tapial, etc... siempre bajo la misma tónica de exquisitez y delicadeza formal. - La calidad de los muros de uso hidráulico; baños, aljibes, albercas, canales, verán resurgir un mortero similar al opus signinum romano como revoco de fábricas dispares, normalmente de tapial o ladrillo. Cimentaciones La ciudad de Sevilla, edificada sobre rellenos originados por la superposición de construcciones derribadas, tuvo que contar siempre con la ausencia de un sustrato pétreo lo suficientemente cercano como para apoyar sobre él los cimientos. La cercanía al río, los falsos freáticos y bolsadas de agua completaban un panorama poco propicio para fundamentar “a la manera vitruviana”. Por ello, desde antiguo, el paisaje urbano se caracterizó por la ausencia de grandes edificios en altura, no constituyendo los almohades excepción en este campo. La I™bæliya islámica fue una ciudad plana, con edificaciones de planta única de entre las que sobresaldrían pequeños alminares. No destacó especialmente por la seriedad de sus cimientos, que por lo general no penetraban mucho bajo la superficie, a excepción lógicamente de los de las murallas y de la Giralda.

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Muchas cimentaciones en muros de sillares omeyas disponían de un fundamento atizonado. Esta técnica se mantendrá en la arquitectura pétrea almohade sevillana. En ambos casos se constata la separación mayor de las primeras hiladas en contacto con el suelo y su unión a base de barro, disminuyendo gradualmente las llagas, que pueden recercarse con cuñas, para unirse a hueso en alzado. Este es el caso del alminar de la Mezquita Mayor sevillana, que además dispone de mechinales para entrevigados de madera utilizados durante la construcción. En el caso del citado alminar, los últimos trabajos demuestran la existencia de una plataforma de argamasa que sirve de zapata y de nivelación artificial para los dos metros de hiladas de sillares (cuatro) en leve escarpa asimétrica. En total, los cimientos penetran unos cinco metros bajo la rasante utilizando una base de cal, arena, piedras y cascotes (tal y como describiera al-Åalœt), sobre la cual se dispondría de manera irregular una estructura de sillares de dos metros que daban paso a la caña. Cimientos y torre, avanzados en cimentación escasos centímetros de la torre, se adosaban a bloque sobre un muro previo en la cara Oeste (Tabales et alii1998). [Fig. 1] Los ingenieros almohades debieron enfrentarse a labores de cimentación y nivelación artificial de grandes superficies de terrenos fluviales en el sector meridional de su capital, para lo cual emplearon plataformas de varios metros de profundidad salvando el desnivel topográfico para construir su gran mezquita mayor. Esta gran obra de ingeniería, en argamasa, es un ejemplo del valor dado por los constructores andalusíes a este material tan versátil (Tabales y Jiménez 2002: 229). En los muros populares se extendió, fuera cual fuera la fábrica del alzado, la técnica de cimentar sobre una primera tongada de mampuesto espaciado unido con barro y con tendencia al atizonado siguiendo la misma tradición de la sillería. El fin de esta disposición ya comentada parece ser el de facilitar el efecto colchón de la estructura, haciéndola más rígida en alzado y menos compacta en su fundamento, solución que permite además un ahorro de material. También se observa con frecuencia el uso del espigado, ya utilizado desde época sumeria, y reconocible tanto en edificios populares (C/Imperial) como en el mismo alcázar (Tabales 2003: 159). Las zanjas no solían tener más de un codo de ancho a uno y otro lado del muro, compactándose normalmente con la misma tierra extraída y con cascotes cerámicos, y con frecuencia alternando capas, como en el alminar de Sevilla, de albero, cal, limos limpios y rellenos toscos. La de la Giralda es tal vez de las mayores, no sobrepasando el metro y medio en su parte más ancha. Tiene forma de V durante los dos primeros metros coincidiendo con la base de piedra; más abajo, la suela de hormigón se adaptó al negativo excavado de manera directa. Algo parecido sucede con las murallas de la ciudad y del alcázar fechadas en esta época, detectándose la adecuación del primer cajón sobre una zanja decreciente en profundidad. Muros y estribos Las fábricas murarias almohades destacan por su diversidad material y por el empleo pragmático de cualquier elemento constructivo disponible. No obstante esta afirmación podría conducirnos a dar por hecho la existencia de una diversidad también de calidades en lo que respecta a las distintas funciones o jerarquías sociales. Sin embargo la realidad es llamativa a la par que justificable dentro de los cánones morales de la nueva dinastía unitaria, caracterizada, al menos en sus comienzos por el rigorismo e igualitarismo islámicos. Lo cierto es que las viviendas, ya sea dentro de los muros del alcázar o en los

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barrios, suelen responder a los mismos esquemas murarios. Distinto será el caso de murallas y obras públicas donde el dimensionado de piezas, composición y espesor de muros responderá a parámetros de máxima calidad. Normalmente, y en esto parecen seguir religiosamente a Ibn ‘Abd@n, las medianeras o muros perimetrales sobrepasarán las dos cuartas y media, una medida cercana a la del codo mammuní (de 47’14 ctms), siendo frecuente muros de dos pies o dos pies y medio. En el interior de las viviendas los muros de carga no bajarán del codo de espesor, no detectándose tabiques o cítaras menores salvo en contadas ocasiones.7 El tipo de edificación que justifica dichos espesores es de una única planta, distribuyendo sus espacios en torno a un patio; las estancias perimetrales que conforman la vivienda (ya sea del califa o de cualquier ciudadano) raramente sobrepasa los seis codos de luz; distancia más que razonable para el tipo de vigas de madera disponibles en el entorno, aunque en el alcázar y sobre todo, en el palacio de Don Fadrique (levantado dos años después de la conquista castellana) se llegará a los 4’20 mts (aproximadamente 9 codos) para techumbres realizadas a base de entramados de madera por lo general de un orden de viga. Baños, qubbas, cámaras de torres y otros elementos singulares respondían al esquema cuadrangular con bóvedas latericias (de espejo, esquifadas, nervadas, vaídas, etc...) o con cubiertas lígneas ornamentales. Una arquitectura claramente sobredimensionada en sus espesores murarios si atendemos a sus verdaderas solicitaciones y cargas, hecho que produjo un notable grado de perduración y sobre todo de reaprovechamiento durante los siglos posteriores. La Baja Edad Media y la Edad Moderna asistieron a la duplicación en altura de las casas islámicas sin refuerzos aparentes, siendo muchas las viviendas actuales que conservan medianeras y divisiones fundamentales intactas desde el siglo XII8. No fueron demasiado exigentes a la hora de seleccionar el material y aunque la producción de cal y ladrillos aumentó con los años nunca se despreció un buen sillar o una pieza romana de acarreo para completar un muro que a la postre iba a estar cubierto por un enfoscado de cal. Lo cierto es que sorprende el grado de reaprovechamiento presente incluso en los palacios del alcázar, pero junto a este hecho (que evidencia sobre todo pragmatismo) asistimos a un exquisito cuidado a la hora de aparejar dichas piezas. Ya sea tomadas con barro (como en la quibla de la Mezquita aljama) o con cal (como en la caña latericia de la Giralda) la puesta en obra es meticulosa incluso en los cimientos. Este perfeccionismo es un hecho constatable desde los edificios excavados en el solar de la Encarnación hasta los de la calle Imperial o la Bu¥ayra. En ocasiones recuerdan a las fábricas bizantinas por su virtuosismo, aparentemente innecesario en unas estructuras destinadas a ser protegidas mediante revocos muy simples. [Fig. 2] Para los arqueólogos que trabajan en el casco histórico no deja de producir sorpresa la frontera cultural existente entre estas edificaciones y sus sucesoras mudéjares respecto a las obras castellanas caracterizadas por el exceso de cimientos, el uso de zapatas, los malos tapiales y la factura latericia homogénea aunque con aparejos descuidados. Podemos observar otra vertiente del pragmatismo almohade en la cuidada selección de piezas resistentes en los lugares donde era necesario contrarrestar los esfuerzos la tracción. La mezquita mayor, pese a la humildad de los materiales empleados en su construcción da muestras fehacientes de esta mentalidad. En los estribos exteriores se utilizan fábricas mixtas de ladrillo y sillarejos mientras que en la cara exterior del muro de la alquibla se utilizan sillares, cupas y otro elementos pétreos voluminosos destinados a soportar empujes mayores. En la misma caña de la Giralda, la disminución del espesor del muro se acompaña de encadenados esporádicos de madera destinados a zunchar la fábrica (Jiménez 2000:

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126). También en dicho alminar se comprueba el refuerzo mediante pedestales romanos de las esquinas de la quinta hilada de sillares (primera visible sobre la superficie). En total se han hallado en tres de las esquinas siete piezas del siglo II procedentes del antiguo colegio de olearios y el puerto de la ciudad destinadas como el resto de los ^elils islámicos a reforzar a la par que a prestigiar la construcción (Tabales et alii 2002:169). Fábricas pétreas y mixtas El uso de la piedra es habitual en las construcciones almohades si bien ocasionalmente fueron empleados sillares originados por una probable cantería local. En la Puerta del Perdón (Acceso Principal de la Mezquita Mayor) se usaron bloques tallados ex profeso en los que se aplicaron marcas de cantero, hecho que demuestra cierta competencia o, según algunos investigadores, indicios del trasiego de profesionales entre la capital andalusí y el Norte de África (Jiménez Sancho 2002: 351). En otros casos, como en la base de la Giralda, reutilizaron, según al Åalœt, piezas procedentes del palacio de Ibn ‘Abbœd, algunas de las cuales fueron retalladas para el acople y marcadas con flechas tal vez relacionadas con la nivelación. El uso de bloques pétreos no es comparable en cualquier caso con el de épocas anteriores detectándose incluso cierta atomización de piezas reutilizadas procedentes de época romana, acarreadas y retocadas en incontables ocasiones. Muchos muros mixtos emplean pequeños mampuestos de roca alcoriza que probablemente pertenecieron a sillares romanos o visigodos expoliados. Vamos a encontrar sillares perfectamente escuadrados en monumentos almohades e incluso bajomedievales cristianos; mencionemos el caso de la Torre del Oro fechada en 1221, de planta poligonal y realizada mediante cajones de tapial encadenados por sillares bien escuadrados. [Fig.3] En la arquitectura popular las fábricas conformadas por materiales de acarreo tendrán un gran auge; la variedad tipológica recogida en estos últimos años es asombrosa en cuanto a combinaciones imaginativas. En el barrio de San Esteban de Sevilla hay muros de tierra y grava, muros de cascotes cerámicos y barro, muros en los que se mezclan fragmentos diminutos de ladrillo romano, árabe grueso y fino, cantos rodados, mampuestos, sillares, sillarejos y cajones de tapial, todo ello en un perfecto orden, con buena argamasa de cal y con aparejos variados según la altura (espigado en cimientos, inclinado alterno en el zócalo, ladrillo en fajas a soga y tizón y cajones de tapial).(Tabales y Pecero 1999) Destaquemos aquí el hermoso aparejo de mampuestos irregulares localizado en las excavaciones de la alquibla de la Mezquita aljama de Sevilla, fechable en el XII en el que se dan cita dovelas y otros elementos reutilizados junto a sillares, sillarejos y ladrillos de todo tipo, unidos con mortero de barro en una delicada aunque irregular fábrica. [Fig. 4] El uso del ladrillo El ladrillo estuvo presente en España desde los tiempos romanos. Su uso está confirmado en edificaciones de todo tipo, bien individualmente o bien mezclado en fábricas de tapial o piedra, sobre todo en los tipos mixtos bizantinos. En la mayoría de los casos previos al siglo XI donde se localizan ladrillos (adobes o cocidos) se aprecia una continuidad del módulo besal romano. El ladrillo árabe, o de un pie, con proporción fi, fino o grueso, de 28x14x4/5 o en su modalidad menuda, de 24 x12x2/3, no se usa en al-Andalus hasta el período taifa. Durante el siglo XI convivirán los módulos clásicos y los nuevos,

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si bien el primero va a aparecer muy fragmentado llegando incluso hasta el período almohade. Podría interpretarse este hecho como la constatación de la inexistencia de una industria original de ladrillo antiguo desde etapas emirales o califales ya que la atomización progresiva hasta el siglo XIII no parece razonable si no hay reposiciones continuas, cosa que no observamos. De hecho, en la Sevilla ‘abbœdí, almorávide y almohade son frecuentes los muros mixtos donde se dan cita todo tipo de materiales de acarreo, cajones de hormigón y ladrillos nuevos, siendo mínimos los que presentan algún besal íntegro pero igualmente poco numerosos los que no disponen de hiladas enteras de fragmentos de ese material. Es el elemento con más diversidad formal y con una presencia cada vez más notoria en edificaciones almohades de todo tipo. Ya Ibn ‘Abd@n cita ladrillos “...como los que se llaman muela y nuca para el revestimiento de pozos, otros especiales para solerías, otros que puedan resistir el calor de los hornos....” (LevíProvenzal y García-Gómez1998: 114). Su presencia masiva en las grandes obras de la dinastía almohade dan fe de una industria poderosa en los alrededores del casco urbano, surgida en el siglo XI, pero potenciada ahora con la remodelación de la ciudad. Con el ladrillo se alcanzará un alto desarrollo en lo referente a la ornamentación, arquitectónica de fachadas, sobre todo de alminares, costumbre almohade presente en la Giralda y desarrollada hasta el barroquismo más recargado en el mudéjar. [Fig. 5] El ladrillo de taco o de un pie va a estar presente en todo tipo de edificaciones en el XII, siendo el material más usado en zócalos, cadenas y recercados de puertas desde ese momento. Los almorávides influirán decisivamente en la incorporación masiva del ladrillo a escala industrial iniciando la tradición del pilar de ladrillo sustituyendo en mezquitas y otros edificios a los pilares pétreos y columnas anteriores.9 La proporción habitual desde el XI es común a la del Norte de África. La advertimos en toda Andalucía e incluso en el área toledana, donde llega al mudéjar desde el siglo XIV. Encontramos a menudo variantes del ladrillo de un pie en los siglos XI y XII, y aunque la medida estandarizada más frecuente es la de 28/30 x 14/15 x 4/5 ctms., se suelen emplear también módulos menores de 26 x 13 x 2/3. Se advierte un módulo poco frecuente, aunque detectado también en la Alhambra, consistente en el uso de piezas rectangulares superiores al pie; tienen 39 x 15 x 7/8 y se utilizan en la Giralda, el alcázar, el palacio islámico situado bajo el Convento de Santa Clara y en algunos edificios mudéjares como la torre de San Marcos. Es el denominado por Pavón “ladrillote almohade”. Obviamente fueron empleados en lugares especiales donde se requería una mayor superficie portante, ante la ausencia de piedra. Los aparejos latericios son un buen reflejo del módulo usado; los espesores de los muros serán el resultado de la combinación de la medida del pie. Así, en la arquitectura doméstica se utilizarán el muro de un pie (0’30), pie y medio (0’45) y dos pies (0’60) para medianeras, mientras que hasta el período norteafricano era frecuente el empleo del espesor aproximado de un codo (0’50) para todo tipo de muros. El aparejo solía ser muy cuidado incluso en edificios humildes, siendo frecuente la combinación soga y tizón en hiladas alternas; se utilizó el aparejo diatónico a soga y tizón en la misma hilada en algunas ocasiones como en la Giralda almohade, pero más frecuente aún fue la tendencia, sobre todo en cimentación al uso de piezas inclinadas o en spicatum. Los encofrados Conocida desde tiempo inmemorial, la tabiya islámica, heredera del opus caementicium romano, está presente en la historiografía española como una técnica utilizada con frecuencia; San Isidoro en sus

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Etimologías habla de los cajones de tierra (formaceum) al igual que Plinio, de dimensiones no superiores a los dos pies de altura por ancho variable. La técnica del encofrado de tablones de madera cosidos con durmientes o agujas y cuerdas es descrita por Ibn Jald@n en el siglo XV, denominando “lawd” al cajón, §abiya al resultado y “binà bil turœb” al tipo de muro. Será a partir del período almohade cuando el tapial se extienda a todos los niveles; doméstico, religioso, público y militar, trascendiendo las fronteras de al-Andalus y entrando a formar parte de la edilicia tradicional española hasta nuestros días. Sin embargo sabemos de la existencia de murallas y muros de viviendas realizados con encofrados de mezcla o arena batida, grava y cal en momentos tempranos; al-Bakræ para Sevilla alude a murallas de tierra anteriores al siglo XII. Las medidas de los cajones suelen ser diferentes según las épocas y las regiones. Así, parece observarse un aumento de las alturas habituales desde los 0’60/70 de los más antiguos y anchuras no superiores a los 2’20 hasta los de dos codos (0’80/95 x 2’50) en el período almohade. Las medidas más antiguas, cercanas a los 60 ctms, parecen seguir el módulo de codo “rassasæ” de 58’93 ctms, mientras que las más avanzadas, entre 80 y 90 ctms, parecen vincularse más a relaciones del codo “mammunæ” de 47’14 ctms. [Fig. 6] A partir del siglo XII los muros con cal y arena van a desbancar a los de piedra, al menos en la poliorcética. Las variables son múltiples pero las medidas se mantienen con leves variaciones, pasando incluso a algunas edificaciones cristianas, si bien éstas solían ser menos resistentes por la menor proporción de cal empleada. Era frecuente en al-Andalus la proporción de dos medidas de cal por tres de arena, todo ello macerado insistentemente con el “pisón de madera” a medida que se añadía agua e incluso aceite. Recientemente hemos planteado una tipología de clasificación de tapiales sevillanos basada en tres premisas: la primera es compositiva, diferenciando entre tapial común o simple, encadenado y de fábrica mixtas. El tapial común o simple en el que los cajones se superponen sin ningún elemento vertical que los articule. El tapial encadenado consta de machos (de ladrillo o pétreos), con variación de entrante en las cadenas según la cronología correspondiente. El tapial de fábrica mixta (tapial mixto) es aquel en el que, no habiendo una superposición directa de los cajones, éstos se separan por una hilada o por un témpano de otro material. Como segunda premisa establecemos el árido dominante, según la cual existen dos tipos de tapiales: el tapial de grava y el tapial de cascote cerámico, que incorpora áridos no naturales sino, por el contrario de machaqueo (ladrillos, cascotes y restos de vasijas) y que podrá ser menudo en unos casos o de gran tamaño en otros. La composición material se debe no sólo a cuestiones técnicas sino a la disponibilidad de material en el momento y a las propias exigencias funcionales, y por tanto de consistencia, de las diferentes fábricas. La última premisa es el módulo de la horma o cajón (definido siempre por su altura), entendiéndose por tapial de módulo bajo el de altura inferior o igual a 0,80 m. y por tapial de módulo alto aquel en el que oscila entre 0,85 y 0,95 m. (probablemente equivalentes a 2 codos mamuníes, de 47,14 cm. cada uno), resultando su anchura entre 2,25 y 2,50. (Graciani y Tabales 2003: 1093-1106) El listado de tapias sevillanas fechadas con claridad en este período es cada día más amplio; sirve esta catalogación con algunos ejemplos del área palatina: Tapial común: - Fábrica de tapial común de cascote grande de cajones bajos superpuestos. Sirvan como ejemplo de esta tipología los restos hallados en el alcázar de Sevilla, en la parte baja de la muralla que hay en las traseras del Patio del Príncipe, de la Galera y de la Cruz.

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- Fábrica de tapial común de cascote menudo y de cajones altos superpuestos. Sólo se ha encontrado un ejemplo de esta tipología, que se encuadra a finales del siglo XII, concretamente fábrica del muro occidental del Patio de Crucero almohade del Alcázar de Sevilla que presenta la particularidad de que su anchura (+0,60 m.), en cualquier caso variable, es considerablemente menor a la media habitual (2,25-2,50 m.). - Fábrica de tapial común de grava de cajones altos superpuestos. En el Patio del Príncipe y bajo el Palacio del Rey Pedro I; pertenecen al tercer recinto de ampliación de la alcazaba, correspondiente a mediados del siglo XII, pudiendo ser almorávide o almohade. Un muro del Palacio Almohade de la Montería (ya claramente de final del siglo XII). Tapiales encadenados: - Fábrica de tapial encadenado en ladrillo de tapial de grava y de cajones altos superpuestos .Esta tipología de fábrica ha aparecido en diferentes puntos de la muralla de Sevilla. Así, aparece en el muro oriental que hoy separa el Alcázar del Barrio de Santa Cruz (recinto I), realizado con zahorra, en el Muro del Agua superior (de época almohade de la segunda mitad del siglo XII, con una fábrica de tapial idéntica a la coetánea de la muralla de la Macarena (Campos et alii, 1988), los Jardines del Valle (García-Tapial y Cabeza 1995), el Cabildo y Menéndez y Pelayo (Tabales 2002a) y en diferentes puntos de la ampliación urbana al Sur, de finales del XII, según han demostrado los sondeos realizados en el lienzo de la Galería de Grutesco, y en la Torre de la Alcoba (ambos en los jardines del alcázar) (Tabales 2001a). - Fábrica de tapial encadenado en ladrillo de tapial de cascote y de cajones altos superpuestos. Es una tipología presente en construcciones almohades ya desde la segunda mitad del siglo XII y durante el siglo XIII. Así, aparece en la muralla primitiva de ingreso al Palacio de la Montería (s.XII, en el muro Este del actual Patio del León), en los muros recientes del Palacio del Yeso (siglos XII-XIII) y en los muros del Palacio de Crucero (siglos XII-XIII). Responde igualmente a esta tipología la muralla perimetral de la mezquita aljama (1172-1174).(Tabales y Jiménez Sancho 2002: 229) Fábrica de tapial encadenado en ladrillo, de tapial de cascote y de cajones altos sobre hiladas de ladrillo. Esta tipología aparece en el antemuro oriental y muralla del Agua (1212) y posteriormente, durante el siglo XIV perdurará en la construcción mudéjar (castellana), apareciendo, por ejemplo en las iglesias mudéjares de San Marcos y Santa Lucía en torno a 1356. En estos ejemplos, la fábrica de tapial aparece con cimientos de ladrillos y con una o varias escarpas y sobre zócalos de ladrillo (Tabales 2001b). Fábrica de tapial encadenado en sillería de tapial de cascote y de cajones altos superpuestos. Esta tipología aparece en época almohade, en la primera mitad del siglo XIII. El ejemplo más prototípico es el de la Torre del Oro (1221). Tapiales mixtos: Fábrica mixta de témpanos de tapial de grava en cajón alto alternando con témpanos latericios y de mampuesto. Hasta la fecha sólo contamos con un ejemplo de lo que hemos venido en denominar tapial mixto. Concretamente, los muros almohades de la calle imperial (ss. XII-XIII), en los que los cajones se insertan en una fábrica mixta con alternancia de témpanos de ladrillo y mampuesto, y éstos no se

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ALGUNAS NOTAS SOBRE FÁBRICAS MURARIAS ALMOHADES EN SEVILLA

superponen directamente uno sobre otro sino que se separan por témpanos, resultando una pérdida de protagonismo del tapial en la fábrica resultante. Corresponden a un tapial de grava, compuesto por cal, arcilla y grava, en el que los cajones son de módulo alto (0,95m.). Recubrimientos Para terminar esta breve exposición sobre los muros islámicos de los períodos más recientes debe tenerse en cuenta la importancia del valor de lo hidráulico dentro de la cultura hispanomusulmana. La existencia de baños, aljibes, albercas, etc... en cualquier ciudad o poblado nos ofrece una amplia gama de soluciones de interés. No debemos dejar de mencionar el valor del potente mortero hidráulico de cal empleado en baquetones y mezclas de revoco esparcidos como el opus signinum por todo al-Andalus10. En aquellos puntos donde las restauraciones de la muralla urbana han facilitado el acceso a niveles de cimientos se detecta un uso de recubrimientos de cal de cierto espesor (Menéndez y Pelayo, Alcázar, Torneo...) hoy perdidos en alzado. La edificación local por lo que sabemos recurrió sistemáticamente al revocado y con independencia de la calidad y rango de la vivienda, palacio, baño o mezquita, eludió las manifestaciones ornamentales exteriores. Los unitarios decoraron no obstante el interior de sus viviendas con zócalos pictóricos de lacería geométrica, recurso corriente en todos los barrios así como en el mismo alcázar donde son habituales desde el siglo XI; sucede lo mismo en las demás ciudades almohades y en el Norte de África. Sorprende la homogeneidad del motivo, generalmente a la almagra sobre fondo blanco previo esgrafiado, aunque también suele darse el caso inverso. No deja de sorprender la rigidez de una arquitectura que debió resultar monótona y repetitiva en comparación con la diversidad de tiempos anteriores y la riqueza del mudéjar posterior. En lugares tan especiales como en la trífora del salón norte del palacio del Yeso en el alcázar se completó la ornamentación con dovelajes polícromos y atauriques si bien probablemente esos “excesos” fueron introducidos al final del período almohade (o en época mudéjar) (Beceiredo y López 2003) Las diferencias sociales y el rango se manifestaban mediante otros recursos ornamentales murarios, tanto de fábrica, como la yesería y el aplacado cerámico, como suntuarios, sobre todo esteras y apliques. De todos es conocida la originalidad de la yesería almohade y sin entrar en valoraciones estéticas o formales, más que estudiadas, conviene resaltar el carácter polícromo de los restos localizados en excavación, si bien debe puntualizarse que en la mayoría de los casos rescatados (como en el muro de la quibla de la mezquita aljama) la cronología puede corresponderse con los últimos momentos de presencia islámica en la ciudad, en los que la relajación formal contrastaría con el primer momento integrista. La técnica yesera tuvo su máximo auge en el momento mudéjar posterior a la conquista gracias a los descendientes de los alarifes locales. La cerámica vidriada aplicada, a pesar del auge experimentado durante el mudéjar, debió reducirse en estos momentos a encintados, enjutas y relieves en torno a los vanos más señalados. La arqueología descarta momentáneamente su uso en zócalos y techumbres durante los siglos XII y XIII, localizándose únicamente dos restos in situ adscritos “con dudas” a la primera mitad del XIII; se trata de las pequeñas placas sobre los vanos superiores de la Torre del Oro (1221) y las cintas en verde malaquita sobre los arquillos ciegos de la Portada del León en el Alcázar (Valor 1991). Los vidriados dorados del castillete de la Torre del Oro, caso de ser originales, serían una excepción constructiva en una Isbiliya blanquecina en la que sólo elementos muy puntuales (Giralda, algún alminar de barrio y torre del Oro sobre todo) romperían sutilmente la monocromía imperante

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Conclusiones Las fábricas almohades son consecuencia del impulso arquitectónico y de transformación urbana propiciado por los califas a fines del siglo XII y principios del XIII. La ciudad actual todavía se articula en parte mediante calles y propiedades que proceden directamente de esta época. Su fundamento edilicio está claramente anclado en una tradición local enriquecida y dinamizada por contactos esporádicos con alarifes del resto de al-Andalus y del territorio africano. Las fuentes relativas a las obras en esa época son muy explícitas a la hora de describir el proceso de trabajo, materiales y problemas planteados. Entre ellas figura de manera singular el relato de la construcción de la mezquita mayor y los recintos circundantes a cargo de Ibn Åœ¥ib al-Åalœt. La arquitectura destacó por sus peculiaridades ornamentales pero sobre todo por el carácter industrial con el que se fabricarán la cal y el ladrillo, necesarios para las obras de infraestructura, palatinas y religiosas. En las cimentaciones se advierten dos tendencias generales: la primera es la ausencia de zanjas profundas salvo en cimentos muy particulares. La segunda es la ausencia de zapatas sobresalientes en su base. En el período almohade se ejecutan obras de gran calado urbano y edilicio en las que surgirán grandes plataformas de nivelación con hormigón; también se abrirán fosas amplias para la introducción de alminares de altura considerable; sin embargo la tónica general la dibujarán estructuras bajas asentadas sobre fosas menores que las de los edificios posteriores. En la construcción almohade se utilizaron fábricas pétreas aunque no con la intensidad del emirato y califato; en algún caso se reutilizaron bloques antiguos pero en otros la presencia de marcas refleja la presencia de canteros especializados.. El mampuesto, siempre utilizado en edificaciones populares, incrementará su presencia en edificaciones desde el siglo XI, destacando el uso de la fábrica mixta con fragmentación de las piezas de acarreo y el surgimiento en las etapas posteriores al siglo XI de aparejos murarios muy versátiles. Desde el siglo XI será más frecuente el uso continuo de ladrillos, aunque por lo general se utilizará como zócalo o en cadenas de tapial o mampuesto, salvo en alminares, donde se desarrollará una gran tradición ornamental, sobre todo en época almohade y mudéjar Los tapiales empleados desde el emirato con frecuencia, se multiplicarán durante los períodos bélicos posteriores a la fitna debido a su rapidez de ejecución y a su solidez. En períodos antiguos domina la medida de cajones corta, de dos pies, mientras que desde la época taifa se usará sobre todo el módulo de dos codos (0’85/90) con longitudes no superiores a los 2’25 /50. La calidad en la composición, la diversidad formal de su estructura y su rigidez no tendrá paralelos en ningún otro período histórico posterior. Aunque los recubrimientos murarios singulares como la cerámica vidriada o la yesería inauguraron una tradición desarrollada con profusión en épocas posteriores, su presencia aparente en edificaciones domesticas fue reducida, optándose por la pintura de lacería en zócalos de todo tipo de viviendas. Ese fue el recurso más extendido, siendo la cal la protagonista de morteros exteriores e hidráulicos cuya depuración y solidez ha llegado a compararse con la de época romana.

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ALGUNAS NOTAS SOBRE FÁBRICAS MURARIAS ALMOHADES EN SEVILLA

Notas del capítulo 1.- Los estudios sistemáticos en el alcázar de Sevilla y en la mezquita aljama no han hecho más que comenzar, previéndose actuaciones importantes en ambos lugares para años venideros. Excavaciones como las de la Encarnación aún no han finalizado y las múltiples excavaciones de urgencia de los últimos años con restos almohades no han sido publicadas, temiéndonos que muchas de ellas no vean nunca la luz al nivel deseable. Existen por otro lado programas de investigación en la Universidad de Sevilla enfocados hacia este período pero todavía se encuentran dando los primeros pasos. 2.- Lo cierto es que hasta ahora ha existido un interés limitado en la sistematización de las tipologías murarias del período islámico; informaciones sobre fábricas, materiales y técnicas. Intentos como los de Félix Hernández o Camps Cazorla en la identificación de la métrica, proporciones y módulos de los elementos murarios califales cordobeses (Hernández 1961) (Camps 1953), análisis como los de Pavón acerca del ladrillo árabe y mudéjar (Pavón 1986) no dejan de ser una excepción en la regla general. 3.- Las excavaciones así lo demuestran; asistimos a la reducción de tamaño de los núcleos urbanos y a la perpetuación de viviendas, calles y murallas imperiales, que se retocan, reedifican, o parchean sin concesión alguna a otro tipo de materiales o técnicas que no sean las ya conocidas. Algunas medidas visigodas de ladrillos o sillares aumentan demostrando un cambio de dimensiones en los módulos hispanos de un 10 % y en general, una tosquedad mayor a pesar del empleo de materiales nobles. 4.- El programa de obras almohade transformó la ciudad mediante la ultimación de la cerca; se atestiguan trabajos en la muralla del río, en la de ‰ahwar y en el alcázar. Las obras de la gran mezquita mayor y la alcaicería culminaron desplazando el centro político y religioso de la ciudad hacia lo que había sido área extramuros portuaria desde tiempos romanos. En las afueras se levantaron fortalezas como la de Hisn al Faray o residencias como la Buhayra, completándose infraestructuras hidráulicas de primer orden como el acueducto de “los Caños de Carmona” o calzadas en las márgenes del Guadalquivir, así como puentes sobre el río y sobre el Tagarete. 5.- Una evolución sintética de la organización de viviendas almohades y su derivación hacia las formas palatinas nazaríes puede verse en Tabales 2003: “Investigaciones arqueológicas en el Patio de las Doncellas del Alcázar de Sevilla”, Apuntes del alcázar de Sevilla, nº 4, p. 23. 6.- Ibn ‘Abd@n cita diferentes clases de ladrillos “...como los que se llaman muela y nuca para el revestimiento de pozos, otros especiales para solerías, otros que puedan resistir el calor de los hornos, tejas llamadas asimiyyas para los aleros de los relojes....” (Leví-Provenzal y García-Gómez 1998: 114) 7.- En ocasiones los muros de un pie detectados en edificios musulmanes suelen responder a procesos de compartimentación de las viviendas en épocas posteriores a la conquista. Es el caso del Palacio de la Montería del Alcázar donde las alhanías fueron compartimentadas en época de Fernando III. 8.- Es este un hecho sorprendente pero incuestionable. Las excavaciones urbanas así lo confirman, y sea cual sea la apariencia de las fachadas actuales (siglo XVI en el Patio de Banderas, siglo XIX en calles Imperial, San Vicente, siglo XX en Matahacas...) lo básico de su interior es islámico. 9.- Parece ser que en ese proceso influyó marcadamente la arquitectura abbasí, instalada en Mesopotamia y creadora de una cultura de la arcilla, por falta de otros materiales. Esa influencia pasó a través de al-Fus§œt al Norte de África y de ahí al Magreb almorávide 10.- La excavación del poblado de Saltés en Huelva (Bazzana 1995) ha proporcionado a este respecto una información importantísima, junto a otros yacimientos como los de Siyœsa, Mértola, el Castillejo de Monteagudo, etc... y en Sevilla los palacios musulmanes bajo los monasterios de San Clemente y Santa Clara y, sobre todo la Bu¥ayra.

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LOS ALMOHADES

El patrimonio almohade de Almería Patrice Cressier Hablar de la Almería almohade en Sevilla tiene un algo paradójico: tal como se podrá juzgar a lo largo de esta exposición, poco tuvo que ver esta zona de Andalucía oriental, castigada por la ocupación cristiana de su capital durante diez años (1147-1157) y por los planes expansionistas de los sucesivos poderes asentados en la vecina Murcia, con el esplendor de la capital del segundo califato de Occidente. Poco tendrá que ver, seguramente, su mezquita mayor (hoy en día iglesia de San Juan), aunque renovada y pasada a la criba de una nueva ideología, con la tercera de las grandes mezquitas propagandísticas del Estado, la Giralda… Alejados del centro de poder (o por lo menos, más cerca de la costa africana que de la capital ibérica), Almería y su territorio quedaron además un tiempo relativamente breve bajo el dominio almohade. Veamos: en 1157 la capital está en manos de una coalición cristiana (Castellanos de Alfonso VII, apoyados por Catalanes y Genoveses); en el mismo momento, su territorio está bajo el control del aliado de ésta, Ibn Mardanæ™, soberano de Murcia que se reclama del califato ®abbœsí. Este mismo Ibn Mardanæ™, recordemoslo, logra convertir a Murcia en un activo centro de creación artística, en reacción con la estética propiciada por los almohades1. A finales del primer tercio del s. XIII, cuando ya se ha desmoronado el Estado almohade y se vislumbra la victoria de los Nazaríes sobre sus competidores por el dominio de lo que queda de al-Andalus, la ciudad está gobernada en la práctica por Ibn Ramæmæ, miembro de una vieja familia local, mientras que la provincia lo ha sido desde hace varios años por Ibn H@d, rey de la segunda §œ’ifa de Murcia (quién, de hecho, acabará sus días en la misma Alcazaba almeriense)2. Entre estos dos hitos de la historia, ¿cual ha sido la intensidad de penetración de los Almohades en la región? Y ¿hasta qué punto han controlado territorios y poblaciones? Habrá que tener presentes estas dos cuestiones en el desarrollo de este modesto intento de balance del patrimonio almohade de Almería. A pesar de todo, o más bien debido a las peculiaridades mismas que acabamos de evocar, los datos aportados por este patrimonio arqueológico-arquitectónico almohade de Almería arrojarán una luz original sobre la recepción, el papel y el impacto de la dinastía almohade en al-Andalus. Por último, hay que insistir en la necesidad de distinguir –aunque no sea siempre fácil– entre lo propiamente almohade y lo de época almohade. No se puede confundir –y menos en el caso de esta dinastía norte africana, animada por una ideología fuerte y original– lo que impone el poder y lo que se realiza al margen o, incluso, en contra de él. Procuraré, a lo largo de estas líneas, diferenciar una y otra cara de esta misma moneda.

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Para facilitar la exposición, consideraré sucesivamente el patrimonio almohade según tres enfoques distintos: el ámbito religioso, la defensa y la “cultura material” en diversos de sus aspectos. El ámbito religioso - Los datos de la epigrafía La epigrafía nos ofrece unos indicios particularmente llamativos del descalabro que la breve ocupación cristiana de Almería supuso para la ciudad y la provincia, así como de lo difícil que resultó ser para los sultanes almohades, una vez expulsadas las fuerzas ocupantes, volver a la situación anterior –lo que, de hecho, no lograron del todo–: del corpus de 118 inscripciones árabes almerienses estudiadas por M. Ocaña Jiménez, el 72,03 % era almorávide y solo el 5,09 % almohade3; incluso si añadimos dos de las inscripciones hasta hace poco inéditas y recientemente publicadas por J. Lírola Delgado4, vemos que la caída es brutal. Bien es cierto que estas cifras deben manejarse con prudencia: al tratarse ante todo de epigrafía funeraria (94,90 % del total), las condiciones de hallazgo podrían explicar, aunque solo en parte, tal desequilibrio, mientras que obviamente el porcentaje de inscripciones nazaríes (2,54 %) no da cuenta de la recuperación económica de la que se beneficia la provincia en aquel momento ni del largo periodo concernido (casi dos siglos y medio, por solo tres cuartos de siglo de dominio almohade). Tal como se puede deducir a partir de las líneas anteriores, la epigrafía almohade de Almería es, hasta ahora, exclusivamente funeraria. No marca una verdadera ruptura con lo almorávide y, de los seis epitafios de los que tenemos constancia, tres son de fuqahœ’ (uno de ellos también mercader); es decir que siguen siendo los miembros de la oligarquía ciudadana, ilustrada y comerciante, los que copan el poder económico y garantizan la demanda en este campo peculiar de la expresión artística. No tenemos por ahora testimonios de epigrafía funeraria de época almohade fuera de la capital. No obstante, un valle de la Sierra de los Filabres ha revelado documentos epigráficos originales. En Senés, en efecto, se han conservado dos inscripciones rupestres, ambas asociadas quizá con un molino y, en todo caso relacionadas con el trayecto del agua. La primera se limita a un antropónimo y parece fechable en época nazarí5. La otra, en cambio, podría datar, por sus rasgos epigráficos, de alrededor del 1200, lo que la situaría en época almohade [Fig. 1]6. Su contenido es simple; se trata de la profesión de fe. Unos renglones han sido picados a posteriori y se grabaron unos graffiti árabes alrededor de ella7. Tanto la factura de esta inscripción como su localización no invitan precisamente a pensar en una obra oficial. La clara voluntad por parte del lapicidio de manifestar su condición de creyente en un lugar apartado pero ocasionalmente frecuentado (ver los graffiti añadidos) encajaría bastante bien con una vivencia individualizada de la fe8, a la vez popular y espiritual; se podría relacionar con la existencia, ya en época almohade, de núcleos de sufíes en la Sierra de los Filabres9. Por tanto, la inscripción de Senés –sea de época almohade o trazada en los inicios del reino nazarí– constituiría una huella tangible de estas actividades desarrolladas al margen del poder establecido, tales como las mencioné al iniciar esta comunicación. Las mezquitas - La mezquita mayor de Almería - El mi¥rœb El primer estudio propiamente arqueológico dedicado a la mezquita mayor de Almería se debe a L. Torres Balbás10; el insigne arquitecto puso de manifiesto las grandes líneas de la cronología del edificio, propuesta que Ch. Ewert completó y matizó unos veinte años más tarde11: una construcción ex nihilo por al-Ëakam II seguida de una, o más bien dos ampliaciones sucesivas por los soberanos taifas Jayrœn al‘Œmiræ y Zuhayr. Las transformaciones almohades que son las que nos interesan en este momento,

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hubieran sido las últimas arqueológicamente identificables en la construcción y datarían de la reconquista misma de la ciudad en 1157. De hecho, se suele acudir a una posible habilitación de la mezquita como iglesia y a los destrozos que ello supuso, para explicar la remodelación almohade (hecho no documentado, recordémoslo, ni por la arqueología ni por las fuentes árabes). Tal como veremos, aunque esta última explicación no pueda descartarse, existe otra –no exclusiva– basada más bien en imperativos políticos. La reforma impuesta en la ornamentación de la mezquita –o, por lo menos, lo que nos llegó de ella– se limitó al nicho del mi¥rœb12 [Fig. 2]. Se dibujó e instaló en el interior de este nicho un friso de siete arcos de hojas que siguen tres esquemas distintos, uno de ellos asociando arco lobulado y arco de hojas13. Estos arcos ciegos reposan sobre columnillas a través de capitelillos extremadamente esquematizados y están enmarcados por dos cintas entrelazadas. En su mayoría las hojas son lisas aunque algunas ofrecen unas digitaciones muy sencillas. La decoración anterior ha quedado casi totalmente tapada por esta reforma con una excepción notable: las dos veneras, que aparecen cada una en el centro de uno de los arcos laterales extremos, serían anteriores (probablemente de época taifa), según los dos arqueólogos que estudiaron en detalle el monumento14. Mantener estos elementos decorativos anteriores –y sólo éstos– no puede ser casual: desde su aparición en la cúpula del mi¥rœb de la mezquita mayor de Córdoba, la venera ha ido tomando importancia (en las albanegas de los arcos y en otros puntos significativos de la ornamentación arquitectónica)15 hasta constituir para los Almohades un elemento clave de su repertorio iconográfico en los mi¥rœb-s [Fig. 3]16 o en las puertas urbanas monumentales17. En cuanto a la composición general del friso de arcos, ya se ha comentado18 que el mi¥rœb de Almería no constituye un caso aislado; se enmarca más bien en una continuidad lógica firmemente anclada en el Magrib con él de la mezquita de Tinmal y que encontraría su mayor complejidad con los de la mezquita de la Qaåba y de la Kut@biya en Marrakech. Sabemos que las grandes salas de oración almohades de Marruecos se levantan durante la segunda mitad del siglo XII19; en esta tradición deben seguir las de Almería (por fuerza después de la conquista de 1157) y Mértola (Portugal)20. Tanto el recurso a una ornamentación arquetípica de esta primera fase, reformadora, del arte de la nueva dinastía, como los parecidos extremos entre las formas elegidas para unos monumentos y otros, tienen una explicación verosímil: la voluntad por parte del Estado almohade de imponer y generalizar una estética nueva y fácilmente reconocible; la voluntad, por tanto, de difundir eficazmente su mensaje religiosos y político. En una gradación que llevaría desde los conjuntos más complejos hasta los más sencillos, Almería ocuparía una posición intermedia. Los capiteles Se conservan en la Alcazaba de Almería dos capiteles de estuco de buenas dimensiones (H=33,2 cm) y de labrado bastante peculiar que, muy posiblemente, procedan de la mezquita mayor21 aunque ignoramos su posición en el edificio (quedando excluido el mi¥rœb)22. Pertenecen a un tipo morfológico aparecido muy pronto en la escultura andalusí, durante el emirato, aunque una serie de caracteres estilísticos (proporciones respectivas del bloque de ábaco y del kalathos, tratamiento del acanto) permiten asignarles a la época almohade23 [Fig. 4]. Lo que es sumamente interesante es que estas dos piezas difieren totalmente de lo que se conoce de la escultura de capiteles en aquel momento en Granada (en Almería misma no hay elementos de

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comparación contemporáneos). En cambio, los paralelos son numerosos con la serie extensa y bien fechada de los capiteles de la Kut@biya en Marrakech (vease el tratamiento de las hojas, con unas características líneas de agujeros de trépano subrayando la nervadura axial, etc.)24. Quizá sea arriesgado hablar de “africanismo” a propósito de estos capiteles de estuco almerienses, más cuando Ch. Ewert consideró, hace unos años, “arte andalusí” el conjunto de la ornamentación de la propia Kut@biya. No obstante, y aunque los artesanos que trabajaron en la primera mezquita catedral de la dinastía hubieran podido ser andalusíes, tanto los comandatarios como el lugar de realización eran magrebíes ; sabemos, además, que las normas impuestas por el poder debieron ser firmes; de no haber sido así ¿como explicar la destrucción y reconstrucción del edificio casi idéntica solo para retocar la orientación de la qibla?. De la misma manera, no se puede negar tampoco el hecho de que no hay capiteles claramente emparentados con los de la Kut@biya al Norte del Mediterráneo25, salvo los de Almería. Esto parece confirmar lo que venimos observando en el mi¥rœb de la mezquita: la obra que los almohades realizaron en ella tenía como meta la normalización estética del edificio para que este cumpliera adecuadamente su papel de lugar de predicación de la fe reformada. ¿Otras mezquitas almohades en Almería? El caso de la mezquita de Fiñana Hace casi diez años se dedicó un libro a la mezquita de Fiñana, en el que se identificaba el monumento como almohade de “los últimos años del s. XII y primeros decenios del s. XIII”26. Una afirmación tan tajante a propósito de un monumento almeriense que, hoy día, es una de las mezquitas mejor conservadas de toda la Península Ibérica, necesita como mínimo un comentario en un artículo relativo al patrimonio almohade de Almería; por falta del espacio necesario para rebatir en detalle aquella aseveración y desarrollar la argumentación adecuada, este comentario será breve: de ninguna manera se puede considerar la mezquita de Fiñana como almohade. Así lo asegura J. Navarro Palazón, gran conocedor de la yesería andalusí27; así lo hacía, cada uno desde su propia disciplina, los miembros del grupo que constituimos en 1992 para preparar una monografía del monumento28. Basta con dos observaciones relativas a la ornamentación vegetal; la primera es que el repertorio iconográfico del mi¥rœb, profuso y exhuberante, se aleja totalmente del que ha sido conservado en el mi¥rœb de la mezquita aljama de Almería (así como de cualquier otro mi¥rœb almohade conocido por cierto); este repertorio vegetal es sensiblemente más evolucionado que su equivalente contemporáneo mardani™í y entronca en cambio perfectamente con el primer arte nazarí. Solo añadir que la estructura espacial del edificio se asemeja a la de otras mezquitas nazaríes tales como la de la Alhambra misma29. La defensa - La capital - al-Mudayna Las condiciones de la toma de Almería por los almohades nos son bastante bien conocidas ahora; dan fe de la importancia que daba el califa ‘Abd al-Mu’min a esta ciudad, tanto la elección de los jefes de la campaña (entre los que figura su propio hijo, Ab@ Sa‘æd ‘U÷mœn) como el tiempo de preparación de ésta (casi un año) y los medios humanos y materiales reunidos. Sabemos también que la conquista fue difícil y no se logró hasta el segundo intento. Se dieron las circunstancias particulares de que las tropas que estaban asediando Almería y su alcazaba estuvieron a su vez asediadas por un ejercito de la coalición establecida entre Alfonso VII e Ibn Mardanæ™. Previsores de tal situación, los almohades habían edificado en breve tiempo una ciudad de asedio en el cerro situado frente a la Alcazaba, tal como nos lo precisan, en particular, dos autores medievales, Ibn al-A÷ær (m. 1233) e Ibn Abæ Zar‘ (primera mitad del s. XIV). Veamos sus testimonios30:

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Según Ibn al-A÷ær: “[…] Los cristianos se fueron a la fortaleza de esta ciudad, por lo que los sitió en ella y estableció a su ejército en el cerro que dominaba la ciudad. Ab@ Sa‘æd construyó una muralla sobre el mencionado cerro hasta el mar e hizo sobre él un foso (jandaq). Tanto la ciudad como la fortaleza en la que se encontraban los cristianos estaban cercadas por esta muralla y por el foso. […]”. Según Ibn Abæ Zar‘: “El sayyid ‘U÷mœn construyó sobre su campamento una muralla que lo rodeaba. Los cristianos que se encontraban en Almería pidieron ayuda a Alfonso. Vinieron “el sultancillo” e Ibn Mardanæ™, para auxiliarlos, con un ejército grande y numeroso, pero no consiguieron socorrerlos ni llegar al campamento de ‘U÷mœn, por haberlo éste fortificado al rodearlo con una gran muralla inexpugnable. […]”. De este gran recinto de §œbiya, al que se refieren las fuentes y que solo aparece dibujado en un plano histórico de época moderna (el de Juan de Mata Prats, 1852), no se conservan más que escasos vestigios al oeste del Cerro de San Cristobal y desconocemos todo de sus características morfológicas y constructivas31. Ignoramos también (y nunca se llevaron a cabo prospecciones al respecto) si esta muralla, que dio más tarde el nombre de al-Mudayna (“la pequeña ciudad” o “la ciudadela”) al cerro en el que se levantaba, albergaba algún tipo de edificios específicos relacionados con su función (mezquita o residencia del poder político-militar) tal como lo hicieron, en el siglo siguiente, las ciudades de asedio edificadas por los sultanes meriníes frente a Tremecen o Ceuta32. Si bien es cierto que J. A. Tapia Garrido opinaba que el recinto de la Almudayna correspondía a una ocupación islámica primitiva de Almería, tal como lo recoge L. Cara Barrionuevo33, esta hipótesis, al contrario de la planteada por J. Lirola Delgado34, carece de argumentos suficientes. Hasta confirmación –o no– por un verdadero estudio arqueológico, el origen almohade de este elemento me parece, pues, perfectamente plausible. ¿Hubo puertas urbanas almohades en Almería? Después de reconquistar la ciudad, los Almohades intentaron –en la medida de su disponibilidad– devolverle su grandeza pasada. Nos debemos preguntar, pues, si dentro de este programa de rehabilitación, se incluían las murallas, que debieron sufrir bastante en la contienda, y en particular sus puertas –de las que sabemos que, en otras regiones del reino, la dinastía hizo sus monumentos paradigmáticos35–. Varios autores han abordado el tema de las puertas de Almería, sin llegar a plantear la cuestión de su datación y razonando más a partir de sus emplazamientos que de los monumentos mismos36. En ausencia de todo vestigio y por tanto de todo estudio arqueológico (en este caso de excavación), las principales fuentes de información son los planos modernos de Almería37, desde el s. XVI hasta al XIX, entre los que se pueden citar los de Juan de Oviedo (1621)38, Doncel (1800), y Juan de Mata Prats (1852)39. No obstante, solo dos plantas de puertas monumentales figuran con un mínimo de detalles en el plano de 1621 para dar pié a algunas interpretaciones, la de la Puerta de Pechina (Bœb Ba^^œna)40 y la de la Puerta del Mar (Bœb al-Ba¥r). La primera se caracteriza por un entrante de la muralla muy marcado y flanqueado por dos torres cuadrangulares, dando acceso este amplio espacio abierto a un edificio rectangular cuyas entrada y salida definen un único codo. En la segunda, el acceso está en doble codo atravesando un edificio que sobresale tanto hacia el exterior como hacia el interior de ésta41. En contra de lo que se ha podido escribir, el esquema de la Puerta de Pechina no recuerda al de ninguna de Marruecos, salvo muy vagamente, la meriní de Bœb

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Sabba‘ en Fœs al-‰adæd (por el amplio espacio anterior). En cuanto a la Puerta del Mar, su estructura evoca tanto a parte de la puerta meriní de Algeciras (identificada como Puerta de Gibraltar) como a monumentos mucho más tardíos de Meknés (Bœb al-Batæwæ), hecho –por otra parte– meramente anecdótico. Lo que nos importa aquí es que ninguna de las dos recuerda lo más mínimamente las puertas monumentales construidas por los Almohades en sus ciudades magrebíes de Marrakech o Rabat. Quedaría otra “Puerta del mar”, dibujada por Pérez-Villamil a mediados del s. XIX, grabado que constituiría la única información sobre las superestructuras de las puertas urbanas de Almería42. La monumentalidad del edificio llama la atención. No obstante, no hay duda que la reconstrucción así ofrecida, por su similitud con la Puerta del Sol en Toledo, es fantasiosa43. En el estado actual de la investigación, pues, no podemos precisar el alcance de las reformas arquitectónicas impuestas, por el poder almohade recién establecido en Almería, al amurallamiento de la ciudad. El territorio: redes de fortificación Ya tuve oportunidad de llamar la atención sobre la intensidad del fenómeno castral en las Sierras de Andalucía oriental (y más concretamente de Almería) intentando precisar los lazos existentes entre este fenómeno y los actores en presencia (comunidades campesinas, poderes centrales) así como más o menos directamente con los motores económicos regionales (territorios de regadío, minería, etc.)44. De forma general (y, respecto a ello, remito a dos de estos artículos)45, el ¥iån como principal elemento de estructuración del poblamiento y del territorio es un fenómeno fechable en el siglo X, momento a partir del que la ordenación territorial verá sus grandes ejes definitivamente trazados. Este hecho, ahora bien documentado, no supone una situación inmutable. Más bien al contrario, y los procesos de reajuste se multiplican –aunque a un ritmo desigual– a lo largo de los siglos siguientes, coincidiendo, eso sí, con momentos históricos “privilegiados” de la evolución de la red castral. No hay duda, en efecto, de que la situación instable que prevalece en la segunda mitad del s. XII y de nuevo a partir de mediados del s. XIII (competencia entre el califato almohade y el poder mardanæ™í principalmente y, más tarde, descomposición del Estado almohade y emergencia de nuevos poderes –el nacimiento del reino nazarí– animará las poblaciones campesinas a mejorar su defensa y a las distintas facciones en presencia a apropiarse de fortificaciones ya establecidas o, incluso, a construir nuevas plazas fuertes, así como a reestructurar algunos territorios (con posible aportación de nuevos grupos étnicos). Más que nunca, el castillo constituirá el centro neurálgico en el que se manifestará, bien la autonomía lograda por los campesinos, bien el control de aquellos por parte de una estructura política superior. En regla general, el detentor del castillo es también el que se asegura la explotación de los recursos naturales del entorno inmediato. Antes de presentar algunos casos que me parecen significativos, creo que se debe hacer un inciso. El estudio de los castillos de Almería (y esta provincia no hace excepción) esté por ahora en un especie de callejón sin salida. En efecto, está claro hoy en día que la prospección arqueológica no es suficiente a la hora de fechar con precisión los vestigios estudiados y menos tratándose, tal como sabemos, de una arquitectura muy marcada por las condiciones físicas del entorno. Los aparejos “típicamente almohades”, de los que ha tratado R. Azuar en este mismo encuentro, brillan por su escasez en la provincia (y algunos

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de ellos, incluso, podrían ser posteriores). Por tanto, la mayoría de las dataciones avanzadas por los diferentes autores (y me incluyo entre ellos) deben aceptarse con mucha cautela46. Solo la excavación asociada a detallados análisis murarios (indispensables para establecer cronologías relativas) podrían ofrecernos alguna seguridad. Desgraciadamente, la multiplicación de excavaciones sistemáticas en el ámbito rural no figura dentro de las prioridades de los gestores del patrimonio. Hecha esta necesaria puntualización, pasaré a presentar rápidamente unos casos ilustrativos. Decir ante todo que las fuentes escritas son extremadamente parcas en cuanto a menciones de fortalezas rurales almerienses en relación con acontecimientos político-militares en los que fuera involucrado el poder almohade. Una feliz excepción es la obra de al-Bayßaq (compañero de armas de los dirigentes almohades de la primera época): se refiere explícitamente a una intervención del ejercito almohade en 1271 en la zona murciana-almeriense y cita a Purchena (Bur™œna) en la que asegura que se acuartelaron unos grupos beréberes k@nya (tal como lo hacían en el mismo momento gente de Tinmal en Lorca)47. Otra intervención directa del poder mu’miní podría haber sido –si no “sobre interpreto” los datos, esta vez exclusivamente arqueológicos– la implantación de una fortaleza (por cierto inacabada), por encima del pueblo de Bacares, en la Sierra de los Filabres y destinada (eso sí, sin lugar a duda) al control de la zona minera de producción de hierro 48. Pero en aquel momento, la construcción o reforma de fortalezas puede realizarse también al margen del estado y por personas privadas (no necesariamente representantes de la comunidad en su mayoría pero que pueden actuar a favor de ella). Esto sería el caso de Velefique que nunca vemos oponerse al poder pero que fue seguramente transformada por un personaje local famoso, Ibn al-Ëa^^ al-Balafæqæ (Ab@ Is¥œq)49.Se suele considerar que construyó con sus propios manos 18 aljibes, 20 mezquitas y muchas fortificaciones; de hecho, al-Maqqaræ le atribuye explícitamente la edificación o transformación de la muralla del ¥iån de Balfiq [Fig. 5]50. Su intervención en la fortaleza parece haber correspondido a la introducción de la §œbiya. El momento de esta intervención podría ser poco anterior a su exilio en Marrakech donde fue llamado por el sultán almohade Y@suf al-Mustanåir y donde murió pocos meses después en 121951. El hecho de que el relativamente breve episodio almohade sea el momento en el que la configuración castral del territorio almeriense llegué a precisarse casi definitivamente nos lo confirma otro caso, vecino de Velefique, Senés. Si admitimos que la última transformación de esta fortaleza rural se limitaría a la construcción de una torre de §œbiya en época nazarí, la mayoría de las estructuras ahora visibles serían almohades52. En Senés, la monumentalización del edificio castral alrededor del que se organizaba un poblamiento complejo desde el s. X, sería por tanto tardía, almohade. Apuntar que no vemos asociada a ella una transformación de la red del poblamiento asociado, cosa que sí ocurrirá en época nazarí. Si queda claro a partir de estas observaciones que una historia diacrónica del proceso castral queda por hacer a escala de la provincia de Almería, no hay duda tampoco que el periodo almohade corresponde a unos de los momentos más activos en este campo de la fortificación rural. La vida cotidiana - El campo No tenemos indicios de que los Almohades hayan introducido cambios significativos en los modos de explotación agrícola de las zonas rurales almerienses, modos que eran, además, desde hace tiempo muy

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similares –si no idénticos– a los de las sierras de Magrib al-Aqåà, con gran importancia dada a los cultivos de regadío, regadío basado en sistemas hidráulicos adaptados a las condiciones locales. Incluso, no se puede descartar que se hayan incrementado estos cultivos, pero no tenemos indicios claros de ello. Siguiendo en el campo de la hidráulica pero esta vez no agrícola, sino ligada al pastoreo, Almería conserva los vestigios de un patrimonio peculiar. Se trata de aljibes de grandes dimensiones y de proporciones alargadas (unos 21/23 m x 3,50/5 m) localizados preferentemente en el pié de monte meridional de la Sierra de los Filabres y de forma general en zonas particularmente áridas tales como el Campo de Níjar53 [Fig. 6]. Uno de los mejores conocidos, el Aljibe Bermejo (término municipal de Níjar)54 fue interpretado primero como romano55 hasta que una excavación demostrara que era andalusí, muy posiblemente de época almohade 56. L. Cara Barrionuevo sugirió ya hace años que estos aljibes podrían haber tenido una función importante a lo largo de las rutas de trashumancia (o mejor dicho de trasterminencia)57, hipótesis sin lugar a duda muy verosímil. Sabemos por otra parte que, en lo que es ahora Marruecos, el Estado almohade llevó una política activa de construcción de infraestructuras ligadas a los grandes itinerarios sultanianos y en particular la ruta de Marrakech a Fez a lo largo de la que implantó una serie de aljibes monumentales destinados al abastecimiento de agua de los viajeros y de sus animales. Los de Sædæ B@ ‘U÷mœn, al norte de Marrakech han sido estudiados58 y, aunque sean más numerosos y complejos, sus dimensiones y proporciones se asemejan a las de los aljibes almerienses, así como es el caso de algunos aljibes de fortalezas almohades magrebíes59. Por tanto, y una vez más, queda abierta la cuestión de la posibilidad de una intervención del poder estatal en la construcción de nuestros aljibes almerienses también. Por mi parte, no me atrevería a asegurar tal intervención en sentido estricto: obviamente el desierto de Tabernas y el Campo de Níjar no debieron constituir para el Estado unas zonas económicas prioritarias. Ahora bien, la relativa “estandardización” metrológica y morfológica observada sí deja entender una verdadera sistematización de la construcción y por tanto supone la intervención de un grupo organizado activo que queda por identificar. Las producciones artesanales Sería un grave error limitar la definición del patrimonio a la arquitectura (sea militar, religiosa o civil) así como a su ornamentación. Hay que tener en cuenta también otras formas de expresión artística que, según el enfoque adoptado para su estudio, se considerarán como simples elementos de la cultura material o “artes menores”; cerámica y tejidos son dos de ellas. Una y otra difieren en muchos aspectos tanto en cuanto a las condiciones sociales de su producción como a la estructura de sus cadenas operatorias y a las redes de intercambio en las que están integradas. Los tejidos En cuanto a los tejidos, nos interesaremos aquí en la sedería, única claramente documentada por las fuentes escritas y de la que han llegado hasta nosotros algunos fragmentos constituyendo, a este título, un verdadero “patrimonio”. La producción de tejidos de seda fue incentivada y controlada por el Estado a través de la institución del §irœz. Su cadena operatoria compleja tuvo impacto tanto físicamente en el paisaje rural

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(los bancales de regadío para morales, por ejemplo) como en el paisaje social dado que supuso la existencia de eslabones muy diversos en la cadena de fabricación y comercialización (campesinos productores de la seda / artesanos tejedores y tintoreros / funcionarios / comerciantes)60. No sabemos con precisión la intensidad de los cortes sufridos por la producción de seda durante las fases de reajuste político del siglo XII, pero podemos asegurar que no hubo ruptura total (Ibn Sa‘æd, en el s. XIII menciona el kermes en el valle de Senés, producto destinado a teñir la seda)61, hasta el espectacular auge nazarí 62. Por el control ejercido por el Estado, los tejidos de seda deberían ofrecernos una información de primera mano sobre el “arte oficial” y el repertorio iconográfico avalado por éste. Ahora bien, si la existencia de tejidos de seda producidos en Almería por y para el Estado almohade no ofrece duda, su identificación en colecciones y museos no es nada fácil y más bien roza lo imposible por dos obstáculos mayores: la dificultad de fechar con precisión los eventuales fragmentos en la época almohade (recordamos que los únicos criterios hasta ahora son de carácter estilístico) y la imposibilidad de diferenciar a priori las producciones almeriense y granadina. De hecho, según C. Partearroyo, no existen tejidos concretos de época almohade de los que podamos asegurar su procedencia almeriense, aunque sí uno de época almorávide, la llamada “capa de la Catedral de Fermo” fechada en 1116-17. Para el conjunto del s. XIII, en todo caso, lo que se puede distinguir es una producción global de la zona Granada-Almería claramente diferenciable de la propiamente nazarí de los ss. XIV-XV63. La cerámica El estudio de la cerámica almohade almeriense plantea otros problemas. Por una parte responde, en su mayoría y con algunos matices, a un registro creativo mucho más popular, con lugares de fabricación dispersos en todo el espacio provincial; por otra parte, está prácticamente ausente en las fuentes escritas. Respecto a Almería sólo recuerdo dos menciones: la primera la hace al-‘Umaræ a propósito de una cerámica común de buena calidad fabricada en Andara™ (pero ya se trata de la época nazarí)64; la segunda es de Ibn Sa‘æd, cronológicamente más cercano, quien alaba la loza dorada fabricada en Almería: “Se fabrican en Murcia, Almería y Málaga el cristal extraordinario y maravilloso y una cerámica vidriada dorada”65. Las preguntas pendientes relativas a la cerámica almohade en general –y por extensión a la almeriense– son todavía numerosas: ¿cuáles eran los principales centros de producción?, ¿estaban estos centros especializados en algunos tipos específicos?, existe un registro formal y/u ornamental propio de este momento?, ¿desempeñó el Estado almohade algún papel normativo66? A pesar de que se conserven valiosas piezas de época almohade en colecciones privadas y museos67, desgraciadamente no estamos en condiciones, en el estado actual de la investigación de contestar a ninguna de estas preguntas. El patrimonio cerámico de época almohade permanece, como tal, desconocido e infra explotado en cuanto a la información histórica que pueda generar. Un caso revelador al respecto es la polémica suscitada hace unos años –y no resuelta de forma satisfactoria– por un artículo de I. Flores Escobosa, Ma. M. Muñoz Martín y J. Lirola Delgado sobre unos

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hornos de alfarero de Almería que hubieran producido cerámica esgrafiada y que estos investigadores consideraban almorávides68: ¿podemos admitir que una de las producciones cuya aparición ha sido hasta ahora sistemáticamente asociada a los Almohades remonte en realidad a una época más antigua? ¿era este tipo de cerámica producido en exclusiva por aquellos talleres? Confieso que, por mi parte, no soy capaz de aportar datos nuevos y decisivos, en un sentido u otro. Conclusiones Tal como dejé entrever al inicio de esta exposición, el patrimonio arqueológico-arquitectónico almohade de Almería –a pesar de su escasez– nos brinda los elementos necesarios para la reconstrucción de una imagen rica y compleja de la sociedad de aquella época, en sus vertientes rural y urbana, de las corrientes que atraviesan los componentes religiosos e intelectuales de esta sociedad, de las relaciones establecidas entre las comunidades en presencia y el poder califal, y por último del programa político impuesto por este mismo poder. El Estado, y la dinastía que constituye su armazón, nos aparecen a través de sus realizaciones militares en el momento de la reconquista de la ciudad (el casi desconocido recinto de al-Mudayna) y religiosas (las transformaciones programáticas impuestas a la mezquita aljama). Unas y otras demuestran además la importancia que atribuían los Mu’miníes a la ciudad de Almería, vértice de la economía andalusí hasta mediados del siglo XII. En el mismo momento y en los decenios posteriores, las dificultades encontradas por el régimen para imponerse en estas tierras de al-Andalus, no tanto frente a las propias poblaciones locales como frente a la competencia de otros poderes regionales, se percibe en la edificación o transformación de fortalezas rurales. Proceso acompañado o no de una reestructuración de los territorios elementales dependientes de estas fortalezas y de un control creciente sobre zonas de interés económico (¿por ejemplo las minas?). No hay duda, en todo caso, que la fisíonomia castral de la provincia adquiere sus rasgos definitivos en aquella época. La oligarquía local aparece eventualmente implicada en la edificación de aquellas fortalezas rurales, al margen del poder aunque no necesariamente en su contra. También al margen de la religión oficial se desarrollan –quizá más en medio rural– corrientes de carácter marcadamente sufí, de los que la inscripción de Senés podría ser un testimonio. En el campo de la cultura material, por último, las numerosas continuidades observadas (el hábitat, la cerámica, o posiblemente los tejidos) no son incompatibles con algunas innovaciones (los grandes aljibes ligados a la circulación de hombres y ganado). Notas del capítulo 1.- Navarro Palazón, Jiménez Castillo en prensa. 2.- Sobre la historia política de la dinastía almohade, la obra –antigua– de A. Huici Miranda (1956-57) es todavía muy útil. Ver también el volumen dedicado a esta época en la Historia de España (Menéndez Pidal) y coordinado por Ma. J. Viguera. Sobre la historia de la Almería islámica, más concretamente: Tapia Garrido 1986-89 y Cara Barrionuevo 1993. En un artículo que retoma extractos inéditos del Bayœn, A. Huici Miranda (1959) trata en particular de la conquista de Almería por los Almohades. 3.- Ocaña Jiménez 1964, pp. 102-106: inscripciones núms. 105 a 110; ver el interesante análisis de estos datos en Lirola Delgado 2000, p. 99. 4.- Lirola Delgado 2000, núms. 18 y 19, pp. 138-141. 5.- Acién Almansa, Cressier, 1990.

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6.- La inscripción no ha sido objeto de una publicación científica todavía. L. Cara Barrionuevo publicó una fotografía de ella (1993, fig. p. 152), aunque parece considerarla nazarí. 7.- Estos graffiti han sido considerados come hebreos por Ma J. Cano (1995). 8.- Una interpretación particularmente evocadora e instructiva de este tipo de inscripciones en zonas más meridionales del mundo islámico en P. F. Moraes de Farias 1999. 9.- Sabemos algo de las actividades de los sufíes en la región a través de la vida de uno de los más importantes en aquel momento, Ab@ Is¥œq Ibrœhæm ibn al-Ëa^^ al-Balafæqæ (c. 1158-1219), oriundo del valle vecino de Velefique (Gibert 1963; De La Puente 1992, p. 311-326); volveré más adelante sobre su obra arquitectónica. 10.- Torres Balbás 1953, artículo basado en observaciones muy anteriores. 11.- Ewert 1971, pp. 395-401 y p. 456. 12.- Ewert 1971, fig. 8. 13.- Ewert 1971, fig. 10. 14.- Torres Balbás 1953, p. 421; Ewert 1971, p. 417. 15.- Véanse la cúpula almorávide de Marrakech (Meunié, Terrasse, Deverdun 1957, ver fotos 95-105). 16.- En Tinmal están en los intrados de los arcos ante-mi¥rœb: Ewert, Wisshak 1985, vól. I, lám. 41. 17.- Cressier en prensa a. 18.- Torres Balbás 1953; Ewert 1971 y 1973. 19.- Primera Kut@biya 1147; Tinmal 1153-54; segunda Kut@biya 1162. 20.- Sobre la mezquita de Mértola: Ewert 1973 y Macias et al. 2001. 21.- Tal como lo afirma L. Cara Barrionuevo (1993, p. 148), quien no expone sus argumentos. Creo que, efectivamente, así debió ser: no tenemos constancia de obras de envergadura por aquellos momentos en la Alcazaba aunque sí en la mezquita. 22.- Ch. Ewert (1971, p. 407) asegura que el nicho del mi¥rœb no estaba flanqueado por columnas. 23.- Próximamente, se ofrecerá un estudio detallado de estas piezas (Cressier en prensa b). Fotografías de uno de los dos capiteles han sido publicadas por Cressier, Marinetto Sánchez 1993 (fig. 31, p. 237) y por Cara Barrionuevo 1993 (fig. p. 148). 24.- Algunos elementos de comparación en Ewert 1986 (por ejemplo figs. 10 o 15) y Ewert 1991 (por ejemplo lám. 1a, 43e, etc.). 25.- Hace poco, P. Marinetto Sánchez a vuelto a tratar del tema de la filiación de los capiteles almohades de al-Andalus (Marinetto Sánchez 1999). 26.- Torres, Gil Albarracín 1994, p. 70. 27.- Navarro Palazón, Jiménez Castillo en prensa. 28.- M. Acién Almansa (epigrafía), P. Cressier (arquitectura), N. Kubisch (ornamentación vegetal), y E. Blanes Arrufat (restauración del monumento). 29.- Torres Balbás 1945. Ver también Calvo Capilla 2001. 30.- Toda la información que sigue está tomada de J. Lírola Delgado (1992-93) quien fue el primero en interpretar de manera convincente el recinto noroeste del plano de Juan de Mata Prats, basándose en un análisis ejemplar de las fuentes árabes. 31.- A pesar del llamamiento lanzado por J. Lirola Delgado 1992-93, p. 19. L. Cara Barrionuevo (1990, lám. 19-20, p. 103) publicó una fotografía de parte de los vestigios. 32.- Respectivamente al-Œfrœg y al-Manå@ra: Cressier en prensa c. 33.- Tapia Garrido 1980, t. I, p. 80; Cara Barrionuevo 1990, p. 102. 34.- Ya esbozada por L. Torres Balbás 1957, p. 439. 35.- Cressier en prensa a. 36.- Torres Balbás 1957; Tapia Garrido 1980, t. I, pp. 91-101; Cara Barrionuevo 1990, pp. 125-129; Lirola Delgado 1992. 37.- Sobre el interés de los planos históricos modernos para la reconstrucción del urbanismo medieval islámico de Almería, ver Gómez Cruz 1988. 38.- Archivo General de Simancas M. P. y D., XXIX-22. 39.- Archivo Histórico Militar núm. 30-40. N.-m. 13-11. 40.- Hoy día llamada Puerta de Purchena. 41.- Ver la reproducción del plano en anexo (s. n.) del volumen II de Tapia Garrido 1980 así como en Gómez Cruz 1988, p. 319, y la interpretación hecha por L. Cara Barrionuevo 1990, fig. 27 p. 125. 42.- Cara Barrionuevo 1990, lám. 31, p. 128. 43.- Tal como lo subraya L. Cara Barrionuevo (1990, p. 131). Sobre la Puerta del Sol en Toledo, ver C. Delgado Valero 1992 (fotografías p. 146).

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44.- Ver en particular Cressier 1998 a, 1998 b, 1999. 45.- Cressier 1998 b y Cressier 1999. 46.- Una publicación reciente recoge estas dataciones: VV. AA. 2002 47.- Lévi-Provençal 1928, pp. 214-215. 48.- Cressier 1987, p. 71 y fig. 3; Cressier 1998 a. 49.- Gibert 1963 y De La Puente 1992, p. 311-326. 50.- Méouak 1995, p. 209. 51.- Van Staëvel, Cressier, Baïod 1999, pp. 222-223. 52.- Van Staëvel, Cressier, Baïod 1999. 53.- El Campo de Dalías también conserva vestigios de aljibes andalusíes relacionados con el pastoreo, pero estas construcciones no responden al patrón metrológico y morfológico aquí definido. 54.- 23,10 m x 5,80 m. 55.- Gil Albarracín 1983, pp. 21-54. 56.- Ramos Díaz 1990. 57.- Cara Barrionuevo, Rodríguez López 1989 a y 1989 b. 58.- Allain 1951. 59.- Por ejemplo la fortaleza casi inédita de Dœr al-Sul§œn (Tar^i™t, provincia de Guelmim, Marruecos). 60.- Según al-Idræsæ (1974, p. 188), en época almorávide, hay ocho cientos telares de seda en Almería. 61.- Ibn Sa‘æd 1953-55, pp. 189 y 225. 62.- Ver Arié 1973, p. 355. 63.- Partearroyo en prensa. 64.- Al-‘Umaræ 1927, p. 245. 65.- Citado por al-Maqqaræ, 1968, t. II, p. 202. Sobre la produción almeriense de loza dorada, ver Flores Escobosa 2000. 66.- Tal como lo plantea M. Acién Almansa 1996. 67.- Ver por ejemplo Flores Escobosa, Muñoz Martín 1993. 68.- Flores Escobosa, Muñoz Martín, Lirola Delgado 1999.

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Fortificaciones almohades en la provincia de Cádiz Antonio Torremocha Silva A modo de introducción El origen del movimiento almohade -violentamente expresado en el Magreb contra los almorávides considerados herejes y contrarios a la Unicidad de Dios- y su expansión en al-Andalus - estado islámico amenazado, tanto por la atomización del poder de las segundas taifas, como por la agresividad manifestada por los estados cristianos del Norte- explican la importancia que el nuevo imperio, surgido en el sur del actual Marruecos, otorgó al elemento militar y, sobre todo, a la defensa estática en ambas orillas del Estrecho con la ampliación y mejora de los recintos defensivos urbanos e, incluso, con la fundación “ex novo” de ciudades reciamente fortificadas, como fue el caso de Madænat al-Fat¥ en Gibraltar1. Aunque el proceso de urbanización y de erección de fortificaciones desarrollado por los almohades en al-Andalus tuvo un precedente en la edificación de fortalezas y la consolidación del fenómeno urbano durante el califato de al-Nœåir y, más tarde, durante la etapa lamtuní, lo cierto es que las mejoras tecnológicas en el campo de la poliorcética y en la defensa estática logradas por las sociedades occidentales desde mediados del siglo XII, el auge económico y el aumento de la población -sobre todo urbana- hacían necesario y, al mismo tiempo posibilitaba, defender los enclaves urbanos con nuevos elementos de disuasión, capaces de contener los asedios protagonizados por potentes ejércitos que disponían de novedosos y eficaces artilugios neurobalísticos y máquinas de “aproche” capaces de superar las viejas defensas urbanas. Barbacanas, fosos, torres albarranas, corachas, ingresos abiertos en el seno de grandes torres y constituidos por dos o más pasadizos acodados y patios a cielo abierto, convertirían a las ciudades andalusíes y magrebíes, bajo el gobierno de los almohades, en extensas urbes dotadas de unos medios de defensa estática que las hacían prácticamente inexpugnables. En la zona del Estrecho, cabeza de puente de las expediciones militares de los califas almohades en territorio de al-Andalus a lo largo de un siglo, este reforzamiento de las defensas urbanas era una exigencia ineludible para unos emires que aspiraban a controlar las estratégicas bases de desembarco situadas en el litoral meridional de la Península. Algeciras, Tarifa y Gibraltar se transformarían, bajo el dominio de los unitarios, en enclaves portuarios reciamente fortificados y en ciudades que asistieron, entre 1145 y 1225, a

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un notable desarrollo de su población y de la actividad económica, como se detecta en los diccionarios biográficos y en otras obras árabes de carácter geográfico o histórico. Pero el imperio almohade no se contentaría únicamente con fortificar las ciudades del Estrecho, sino que, otros enclaves urbanos de la vertiente atlántica, situados entre sus puertos de desembarco y la gran capital muminí de Sevilla, como Vejer, Jerez, Madina ibn al-Salim, Arcos, Alcalá de los Gazules, Cádiz y algunos castillos de la vertiente mediterránea como Castellar y Jimena asistieron a un incremento en sus guarniciones y a una mejora en sus recintos defensivos. En lo que se refiere a los trabajos sobre fortificaciones almohades erigidas en el Magreb, contamos con los estudios, generalmente de carácter monográfico, realizados por investigadores de la Escuela Francesa, como Ch. Allain, J. Meunié, Henri Terrasse, G. Marçais y Patrice Cressier. Para al-Andalus es necesario citar los estudios -ya clásicos, pero todavía vigentes- de Leopoldo Torrés Balbás, así como los trabajos de Alfonso Jiménez, Rafael Azuar, Fernando Valdés, Basilio Pavón y Magdalena Valor, entre otros. Para la zona de la provincia de Cádiz los escasos trabajos se deben a autores como Basilio Pavón, Leopoldo Torres Balbás, Laureano Aguilar, María Luisa Menéndez, Francisco Reyes y Ángel Sáez. El espacio geográfico que abarca el estudio: la provincia de Cádiz En cuanto al ámbito territorial en el que se circunscribe este somero estudio, es preciso hacer algunas aclaraciones. El territorio que hoy ocupa la provincia de Cádiz se estructuraba en época almohade en dos circunscripciones político-administrativas: una, la que podríamos denominar interior, con cabecera en Jerez de la Frontera, ciudad de la que dependían otros enclaves menores como Madæna ibn al-Sœlim y Arcos y una serie de castillos, torres almenaras, ribœ§, aldeas y alquerías situadas en la sierra y en el litoral atlántico; la otra, una circunscripción de gran importancia estratégica, creada “ex novo” por los muminíes, que abarcaba los litorales norte y sur del Estrecho, con ciudades como Algeciras, Tarifa, Gibraltar y Málaga, en la costa andalusí, y Tánger y Ceuta en la magrebí2, y de la que dependían los castillo de Castellar, Jimena, Gaucín, Casares y Marbella y las numerosas torres y alquerías documentadas en los valles de los ríos Guadarranque y Guadiaro. Por tanto, y teniendo en cuenta que la ciudad de Cádiz no era en el siglo XII más que un reducto militar de escasa importancia, los almohades centrarían los ejes de su dominio sobre lo que hoy es el territorio gaditano en las ciudades de Jerez, Madina ibn al-Salim y Arcos, y de Algeciras Gibraltar y Tarifa, éstas últimas, puertas de entrada en al-Andalus de los contingentes norteafricanos y verdaderos enclaves portuarios poderosamente fortificados. Caracteres generales de las fortificaciones almohades Al mismo tiempo que se hace alusión a los caracteres que se han mencionado con antelación, que nos advierten de la importancia que los almohades dieron a la defensa estática con el fin de asegurar los enclaves urbanos, que eran los centros de la actividad económica y la sede del poder político y religioso, es necesario hacer hincapié en que el movimiento reformador almohade iniciado por Ibn T@mart se asentó, además de en la guerra de conquista, en grandes campañas propagandísticas, y que las mismas fortificaciones desempeñaron un importante papel en dicha labor de propaganda. No de otra manera de pueden interpretar las elaboradas fachadas de las grandes puertas de ingreso a las ciudades de Rabat, Fez o

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Marrakech, verdaderos “arcos de triunfo” y elementos arquitectónicos en los que se plasmaba físicamente el poder omnipresente de la nueva dinastía dominante. Aunque no abandonaron la mejora de los recintos de las pequeñas fortalezas de altura, ni dejaron de edificar torres almenaras o “ribœ§” costeros, la mayor parte del esfuerzo almohades en arquitectura militar se concentró en los recintos urbanos. Las murallas urbanas, levantadas preferentemente de tapial, con poderosas torres de flanqueo, generalmente de planta cuadrada, con paramentos que simulaban despiece de inexistentes sillares, y reforzadas con antemuros o barbacanas, torres albarranas o esquineras de planta octogonal -también de tapial pero con cadenas de sillares4 en los ángulos-, corachas que cerraban el paso desde la playa o permitían el acceso a manantiales o a la orilla de un río, etc.., proporcionaron a las ciudades unas cualidades defensivas capaces de transmitir confianza a sus habitantes y de disuadir a posibles enemigos de atacarlas, so pena de tener que establecer un largo y costoso asedio de incierto resultado. Si a estos valores unimos la apertura de los ingresos en el interior de potentes bastiones, con puertas desenfiladas, pasadizos con dos, tres o más codos y patios trampas, tendremos como resultado unos enclaves urbanos verdaderamente inexpugnables que, al mismo tiempo que aportaban la defensa necesaria a la población, reforzaban la posición política de los unitarios tanto en al-Andalus como en el Magreb. La separación entre la población civil y la guarnición militar -que ya puso en práctica al-Nœåir- se consolidará en este período. La erección de alcázares como edificios independientes y con acceso directo desde la zona extramuros en las principales ciudades andalusíes, permitía una defensa del enclave fortificado donde residía el poder separada del resto de la población y, al mismo tiempo, salvaguardar al emir o su representante de cualquier rebelión interna. Ese papel lo ejercieron, por ejemplo, el Alcázar de Sevilla5, la Alcazaba de Badajoz y, en la provincia de Cádiz, las alcazabas de Jerez de la Frontera, Algeciras y Gibraltar. Los recintos urbanos Una de las obligaciones del buen gobernante musulmán consistía en la defensa de la comunidad islámica y la expansión de Dar al-Islam. Estos cometidos se concretaban en la erección y el mantenimiento de los recintos fortificados6, la dotación y ampliación del ejército y la preparación y dirección del ^ihœd. Pero, al mismo tiempo, el emir debía, en su acción de gobierno, lograr el mejoramiento de la vida de sus súbditos mediante la ejecución de obras públicas, el acondicionamiento y urbanización de las madina-s, los barrios y los arrabales y la fundación de nuevos enclaves urbanos7. El hecho urbano estuvo, por tanto, vinculado, desde los orígenes del Islam, a su propia existencia y a su vertiginoso proceso de expansión, incluso en espacios geográficos, como el Magreb al-Aqsà, donde la tradición tribal y las formas de vida fuertemente ruralizadas podían representar un elemento de atomización social y de rechazo a la compleja vida urbana. En palabras de Ibn Jald@n, “el poder legítimo induce a habitar en las ciudades”8. Y ciertamente, si el fenómeno urbano ha de ser relacionado con alguna civilización, esa sería indefectiblemente la civilización islámica. La ciudad se presenta, pues, en el mundo islámico como el lugar donde reside el mulk y desde el cual se irradia dicho poder y los procesos de arabización e islamización hacia los territorios que la circundan. Por tanto, desde época muy temprana, los dirigentes musulmanes se caracterizarán por acometer la fundación de nuevas ciudades, a veces junto a las viejas urbes romanobizantinas, a veces ex novo, allí donde las condiciones climáticas, orográficas y edafológicas lo permitían. Con estos proyectos urbanos de nuevo cuño, los emires aspiraban, no sólo a proporcionar a la comunidad un lugar de residencia y de convivencia dotado de los necesarios elementos de defensa pasiva y acorde con las

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exigencias político-religiosas y las necesidades socio-económicas de la nueva sociedad, sino también a lograr un espacio de propaganda política que sirviera de plasmación física del poder frente a sus súbditos y a posibles poderes antagónicos9. Madinat al-Fath: la ciudad palatina muminí de Gibraltar Desconocemos las causas exactas que condujeron a )Abd al-Mu’min a fundar una nueva ciudad en la bahía de Algeciras sobre las abruptas laderas del ‰abal ¶œriq, pero entre ellas debieron estar las siguientes: a) Poder contar con una residencia propia para él, sus hijos y los miembros de su corte cuando cruzaba el Estrecho para hacer el ^ihœd. b) Disponer de un puerto alternativo al de Algeciras, ciudad habitada por una población andalusí de la que podía esperar alguna desafección o actitud de rebeldía. c) Poseer un recinto fortificado donde acantonar tropas y mantenerlas aisladas de la población andalusí. d) Erigir una fortaleza que fuera, como dice Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, “la residencia y la representación simbólica del poder”10 y de la autoridad del califa en tierras de al-Andalus. Los trabajos de construcción de Madinat al-Fath o Ciudad de la Victoria -si damos crédito a los cronistas árabes- se llevaron a cabo a lo largo del año 1160, movilizándose inmensas cantidades de dinero, variados materiales de construcción, alarifes, carpinteros, picapedreros y notables arquitectos residentes en ciudades de al-Andalus y el Magreb. Su fundación, según las fuentes árabes Ibn Åœ¥ib al-Åalœt escribe que “llegó la orden ilustre [del emir ‘Abd al-Mu’min] de edificar una ciudad grande [...] en la montaña dichosa, de antigua bendición, en la península de al-Andalus [...], para que fuese esta ciudad la residencia del poder [imperial] 11”. Según este autor, la orden iba dirigida al hijo del emir, Abu Sa‘id ‘U÷mœn, gobernador de Granada, con el añadido de que debía reunirse en Gibraltar con los “§œlibes” de Sevilla, con el gobernador de Jaén y con el jeque Ab@ Ëafå para decidir en que parte de la montaña se debía construir la ciudad. ‘Abd al-Mu’min envió otra carta al gobernador de Sevilla para que reuniese “a todos los obreros albañiles y del yeso y carpinteros y a los alarifes de todo al-Andalus que estaba bajo el gobierno de los almohades, y que se apresuraran en llegar a Gibraltar [...] y acudieron gran número de soldados y cadíes, escribanos y contadores para dirigir los trabajos y registrar los gastos de las obras...”12. Luego indica el lugar que los notables habían elegido para la erección de la ciudad, diciendo que “empezaron la construcción en el sitio en que recayó el acuerdo, como el mejor por su cercanía al mar, en la parte que la toca y la rodea”13. Las obras estuvieron dirigidas por el geómetra malagueño y constructor de ingenios al-Ha^^ Ya’is, enviado por el emir desde Marrœku™, y por el arquitecto sevillano A¥mad Ibn Baso14. Éstos recibieron órdenes muy precisas consistentes en levantar “una mezquita, un palacio para él (‘Abd al-Mu’min) y otro para sus hijos, todo ello circundado por una muralla de hermosa construcción con una sola puerta a la que llamarían Bœb al-Fut@¥ (Puerta de la Victoria)15”. Al-Ëimyaræ añade que “otorgó solares a los principales personajes del imperio que tomaron sus medidas para edificar residencias”16.

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Según Ibn Åœ¥ib al-Åalœt se adaptó la escarpada orografía del terreno para edificar los palacios y las casas aterrazándolo mediante muros de contención con arcos y bóvedas. Un aspecto de notable importancia que había que tener en cuenta era el del abastecimiento de agua a la nueva fundación, pues la naturaleza caliza de la montaña y la elevada cota a la que se había edificado la ciudad dificultaban la extracción, conducción y almacenamiento del vital líquido. También debía atenderse la construcción de un sistema de acequias que llevara el agua hasta los palacios, las casas y las mezquitas. Descripción del recinto El recinto murado de Gibraltar, al finalizar la Edad Media, estaba constituido por la alcazaba -dominada por la gran torre de la Calahorra- en la parte más elevada de la ciudad; la Villa Vieja, en la ladera situada al oeste del núcleo palatino y la Barcina, tercer recinto cuyo flanco occidental llegaba a la orilla del mar. Además, existía una muralla que, partiendo del ángulo suroeste de la Barcina, se extendía, siguiendo el litoral, hasta los acantilados de Punta Europa y que encerraba un arrabal conocido como La Turba. De estos sectores, sólo la alcazaba y la Villa Vieja se pueden adscribir con seguridad a la etapa almohade. La Calahorra -que sustituyó a otra torre anterior-, y la muralla litoral de La Turba son obras de época meriní. El recinto de la Barcina es posible que se edificara en época meriní, aunque sin duda existía en ese lugar un arrabal relacionado con las actividades portuarias desde, al menos, las décadas finales del siglo XII17. La ciudad que mandó edificar ‘Abd al-Mu’min estaba asentada sobre una empinada ladera situada al noroeste de la montaña de ¶œriq y sobre el borde del barranco, cortado a pico, que mira al istmo arenoso que ocupa hoy el aeropuerto y la ciudad de La Línea. El recinto se adaptaba a los condicionantes topográficos mediante tramos en zig-zag apoyados en torres. La fábrica es de tapial de arena, grava de río y abundante cal, aunque este material ha sido sustituido en muchos tramos por mampostería por hiladas enripiadas con lajas y ladrillos. La cerca almohade de Gibraltar tiene un perímetro de unos 2,5 km, alcanzando los 6 km si añadimos la muralla litoral edificada en el siglo XIV por los emires Ab@-l-Ëasan y Ab@ ‘Inœn. Encierra, como ya se ha dicho, la alcazaba o zona áulica, la Villa Vieja, espacio urbano de época almohade, la Barcina o arrabal portuario y la Turba, gran arrabal de época meriní . Cada uno de estos recintos contaba con sus propias puertas de ingreso. a) El muro principal y las torres de flanqueo El muro se adapta a las irregularidades del terreno de acusada pendiente, formando, en su flanco norte, desde la Calahorra y hasta la Puerta de Granada, tres ángulos reforzados por torres de flanqueo. La altura de la muralla en esta zona -muy reformada en época moderna por los ingleses- oscila entre los 6,70 y los 9 metros, y la anchura entre 1,50 y 2,30 metros, rematando en un adarve con almenas y merlones de fábrica moderna que acaban en punta con albardillas a cuatro aguas. En algunos tramos la muralla de tapial se ha recrecido con mampostería en época castellana o, con mayor probabilidad, por los ingleses en los siglos XVIII o XIX, quedando embutidas en la obra nueva los anteriores merlones de tapial. Estos merlones antiguos tenían unas dimensiones de 70 X 70 cm. El adarve, con paso de ronda que recorre la muralla y atraviesa las torres de flanqueo, salva los acusados desniveles de la cerca mediante tramos de escalera y, a veces, rampas.

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El tapial es de buena calidad, con cajones de 2,60 X 0,87 metros, de los que aún se conservan algunos tramos casi completos en el flanco oriental y meridional de la cerca. El paramento presenta un encintado abundante en cal que origina un falso despiece de sillares. La excesiva humedad de la zona, con predominio de vientos húmedos de levante, debió afectar pronto al tapial que, como se ha dicho, presenta numerosas reparaciones en mampostería y recrecimientos. En algunos tramos de la muralla, como en el septentrional - zona que podría sufrir el embate de la artillería con mayor facilidad en caso de asedio- no se conserva ningún vestigio de la fábrica original, que debe estar embutida en el interior de las agresivas reparaciones de época inglesa. En cuanto a la cronología de la muralla, se puede asegurar que el recinto de la alcazaba fue edificado, como indican las fuentes árabes, por orden de ‘Abd al-Mu’min en el año 1160. La muralla que circunda la Villa Vieja debió construirse también a mediados del siglo XII, al mismo tiempo que la alcazaba. Es necesario hacer notar que en los momentos de la edificación de la ciudad almohade, la línea de costa se hallaba más cerca del farallón occidental, de tal manera que el acantilado sobre el que se hallaba erigida la muralla de la Villa Vieja, venía a morir donde rompían la olas. Esta circunstancia ha sido confirmada por una intervención arqueológica realizada en la zona de las atarazanas por el equipo de Francisco Giles. Con el paso del tiempo la línea de costa avanzó, lo que permitió la edificación, ya en época meriní, de la muralla de La Barcina envolviendo un arrabal formado en la playa entre 1160 y 1275. La construcción del muro litoral que unía La Barcina con la punta meridional del Peñón, circunvalando el arrabal de La Turba, está documentada a mediados del siglo XIV, durante los emiratos de Ab@-l-Ëasan y de su hijo Ab@ ‘Inœn. En lo que se refiere a las torres de flanqueo que refuerzan y defienden el recinto almohade, eran aproximadamente quince, sin contar las adosadas al muro de separación existente entre la alcazaba y la Villa Vieja. Se detectan tramos donde hoy no existen torres de flanqueo, pero donde debió haberlas. El número total de torres de flanqueo de toda la cerca gibraltareña, a mediados del siglo XIV, debió estar en torno a cincuenta y dos. Actualmente se conserva tan sólo un docena de torres, la mayor parte de ellas muy reparadas y engrosadas por los ingleses. Gracias a los excelentes dibujos que hizo de la ciudad el belga Antón Van de Wyngaerde en 1567, tenemos una visión bastante exacta del recinto defensivo de Gibraltar, de sus puertas de ingreso y de la tipología de las torres de flanqueo. En los mencionados dibujos se observa como dos de las torres de flanqueo del frente de tierra eran de planta circular y disponían de matacanes perimetrales. Debieron ser edificadas por los castellanos en el siglo XV quedando embutidas en ellas las anteriores torres de época meriní. Seis eran las torres que flanqueaban la muralla en el frente sudeste o muro superior de la alcazaba. Dos de ellas formaban parte de la puerta denominada de Y@suf I, abierta, como su nombre índica, en el siglo XIV, y una tercera, que aún se conserva en muy buen estado -aunque muy reparada- es una original torre de planta almendrada que actúa a modo de bestorre y que tiene precedentes en el Magreb, pero de muy escasa implantación en la Península Ibérica. b) La alcazaba [Fig. 1] Por debajo de la torre de la Calahorra se extiende un gran recinto de forma casi rectangular con un perímetro de unos 625 metros, lo que la convierte en la alcazaba más grande de las existentes en al-

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Andalus. Se halla asentada sobre una fuerte pendiente, lo que obligó a disponer los muros del flanco norte escalonados. En sus frentes norte, este y sur el recinto de la alcazaba forma parte de la cerca exterior de la ciudad, mientras que en su frente oeste es frontero a la Villa Vieja, estando reforzado, en ese lado, por tres torres de flanqueo de planta cuadrada embutidas en la muralla, de las que se conservan dos muy reformadas, ambas de 10 metros de altura y 4,30 metros de frente. Dos recintos rodeaban, dentro de la alcazaba, la gran torre de la Calahorra. Hernando del Portillo -a quien debemos una excelente Historia de Gibraltar de principios del siglo XVII- refiere que en este lugar había aposentos con bóvedas moriscas labradas con gran primor, que él dice debían ser casa real y que podemos identificar como la zona palatina de la alcazaba19. Uno de estos recintos presenta dos grandes arcos ciegos de ladrillo de herradura apuntada que descansan sobre jambas de mampostería decoradas con doble entrelazo -también de ladrillo- en su alfiz. c) Puertas de ingreso a la alcazaba almohade Nueve son las puertas que se han logrado, hasta el momento, documentar en la cerca de Gibraltar, seis de ellas en el recinto que rodea la alcazaba, la Villa Vieja y La Barcina y tres en la muralla litoral que encierra el arrabal de La Turba. De ellas, sólo prestaré atención a las que se abren en la muralla de época almohade: las puertas de Granada -en la Villa Vieja- y de la Victoria -en la alcazaba-. La imponente puerta de Y@suf I, aunque abierta en el flanco sudeste de la alcazaba, es obra del siglo XIV y, por tanto, se escapa al ámbito cronológico que es objeto de este estudio20. La Puerta de la Alcazaba o Puerta de la Victoria debió abrirse en tiempos de ‘Abd al-Mu’min en el flanco meridional de la misma. En opinión de al-Ëimyaræ fue la primera y única puerta que tuvo en origen la ciudad almohade. Aún se conserva el vano cegado de este ingreso [Fig. 2]. Se aprecia sobre la muralla rehecha por los ingleses en ese flanco, un fragmento de arco formado por dovelas alternas de ladrillo y piedra. Está defendida por una barbacana edificada sobre el borde del farallón rocoso, una torre adosada a la muralla y dos espacios a cielo abierto que conforman un paso acodado. En el flanco norte, en el tramo de muro que cerraba por esa zona la Villa Vieja, se abría una puerta que los textos denominan Puerta de Granada. Comunicaba la Villa Vieja con el exterior y estaba situada sobre una terraza, en la cima de un barranco de unos treinta metros de altura sobre el nivel del mar. Sus restos ha sido localizados recientemente. Fue demolida por los ingleses para situar sobre la terraza un gran bastión defensivo de planta hexagonal. Se abría en el seno de una torre de planta rectangular y estaba flanqueada por otras dos torres. Según los dibujos de Van der Wyngaerde, la fachada exterior presentaba un paramento retranqueado sobre el que se abría el vano de la puerta formado por un gran arco semicircular o apuntado. Era de ingreso recto -al menos lo era en el siglo XVI- y estaba defendida por un sistema de barbacanas o antepuertas que discurrían sobre el borde el barranco y un muro diafragma en el que se abría otra puerta. Los restos que se conservan permiten conocer que la fachada exterior del ingreso presentaba excelente sillería de piedra ostionera que envolvía un recio núcleo de calicanto. La anchura de la torre que la contenía era de 4,70 metros. Hernández del Portillo se refiere a ella diciendo que “en una de la puertas de esta ciudad que está en la Villa Vieja, que dicen de Granada -obra morisca y muy de ver que con ser antiquísima parece que se acabó hoy de hacer- está esculpida una llave”21.

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El recinto almohade de Tarifa a) Cronología del recinto La primera mención a elementos de fortificación en Tarifa data de mediados del siglo X. En el año 960 -según reza en la lápida fundacional- ‘Abd al-Ra¥mœn III, después de haber construido las atarazanas de Algeciras y como defensa frente al peligro fatimí y apoyo a sus empresa militares en el Norte de África, ordenó edificar un castillo en el extremo más meridional de al-Andalus, sobre el litoral del Estrecho. Durante las etapas califal o taifa se debió erigir el recinto de la medina, ampliado con un arrabal que se fue formando al este de la misma, conocido como barrio de La Aljaranda, y que los almorávides defendieron con una cerca de tapial de la que aún se conservan algunos restos, somo el conocido “Macho de Tarifa”, núcleo de una de sus torres de flanqueo. b) La muralla En el siglo XII los almohades rodearon el arrabal, que se había ido formando al norte de la medina, con otra cerca que casi triplicaba la superficie anterior de la ciudad. Este amplio recinto no sólo serviría para defender a la población sino que actuaría como albacar o campamento fortificado para establecer las tropas expedicionarias desembarcadas desde la otra orilla. Los muros eran de tapial23. En la actualidad presenta amplios tramos chapeados con mampostería o reconstruidos con mampuestos y sillarejos. Estos aparejos se deben a reformas realizadas, algunas en el siglo XIV, y la mayoría de ellas en los siglos XVII, XVIII y XIX. Aún se conserva en varios tramos el adarve, con paso de ronda, antepecho con almenas y merlones rectangulares -visibles en los dibujos de Van de Wyngaerde- (Fig. 7), así como murete trasero quitamiedo. Para salvar los desniveles de la muralla el camino de ronda se escalona mediante rampas y breves escaleras. La anchura media de la muralla es de 1,80 m., aunque hay tramos donde alcanza los 2,30 m. La altura oscila entre los 6,25 y los 7,50 metros. De la muralla de la medina y del arrabal almorávide, son muy escasos los restos que han llegado a la actualidad. En cambio, se conserva casi íntegro el recinto almohade, sobre todo en los flancos noroeste y nordeste. c) Las torres de flanqueo Las torres de flanqueo de la muralla almohade debieron ser dieciocho -sin contar la dos torres que contenían los vanos y rejas para salvar el arroyo y las dos torres de la llamada puerta de Jerez-, aunque sólo se conserva el alzado de trece de ellas. Todas las torres muestran, en la actualidad, aparejo de sillarejos o mampostería por hiladas. Son de planta casi cuadrada o rectangular, presentando, las primeras, unas dimensiones de 5 metros de frente por 4,5 de profundidad y 7 metros de altura. Las segundas miden 7 x 4,50 y 7 metros de altura. Por lo general sobresalían algo más de 3 metros por encima del adarve de la muralla, aunque en la actualidad se hallan enrasadas con el antepecho de la muralla o lo supera unos escasos 30 cm. Algunas son macizas y otras huecas. Las hay que muestran zapatas altas, de preparación del terreno irregular, y otras que se asientan directamente sobre la roca arenisca que constituye la base geológica del terreno. A veces dichas rocas han sido previamente rebajadas y alisadas horizontalmente para facilitar el asiento de la primera hilada de sillares o sillarejos. La separación entre torres oscila entre 34,25 y 38,70 metros. Mención aparte merecen las torres que forman las esquinas del recinto. Son bastiones con planta rectangular o en “L” que constituyen los ángulos noroeste y nordeste, aunque se podrían incluir en esta

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tipología las que refuerzan las esquinas de La Aljaranda y el ángulo sudeste de la medina, sin duda, también de fábrica almohade. Se trata de torres que tienen unas dimensiones de 9,76 x 7,40 metros en sus lados exteriores y una altura de 13 metros, aunque hoy sólo alcanzan los 10 metros. Sobresalían por encima del camino de ronda algo más de 5 metros. Tenían habitación con puerta que abría hacia el adarve, escalera y terrado que se sostenía mediante bóveda. d) Barbacana y foso Un antemuro o barbacana de tapial rodeaba la medina y el arrabal almorávide de La Aljaranda en sus flancos norte y este -el flanco meridional estaba defendido por el acantilado marítimo y el oeste por el castillo de ‘Abd al-Ra¥mœn III-. Se conservan vestigios del citado antemuro en la fachada oriental del recinto almorávide. Los almohades debieron continuar el trazado de esta barbacana cuando edificaron la muralla del arrabal norte, aunque hasta el momento no se han hallado evidencias arqueológicas de la misma. La Crónica de Alfonso XI hace referencia, cuando relata el cerco de Tarifa por los meriníes en el año 1340, a cómo “entraron los Moros (a luchar) con los Christianos, entre la barrera et el muro”24. En cuanto al foso, no se ha conservado ningún vestigio del mismo, aunque, no cabe duda que futuras intervenciones arqueológicas permitirán su documentación. A diferencia del foso recientemente exhumado en Algeciras, que era de obra, con escarpa y contraescarpa de mampostería, el de Tarifa debía estar excavado en la tierra que rodeaba la muralla, sin refuerzos de obra, como se deduce de lo recogido por la Crónica castellana con ocasión del citado cerco de la ciudad de 1340. Dice el cronista alfonsino que “(los de Tarifa) tenian la cava bien fonda, et bien limpia, porque de cada noche la afondaban, et la limpiaban”25. c) La torre de Guzmán el Bueno Los almohades, para reforzar la defensa del castillo en su flanco occidental, donde existía un promontorio o padrastro de roca arenisca cerca de la muralla, y, posiblemente, antes de acometer la construcción del recinto norte, construyeron sobre dicho promontorio una torre se planta octogonal que presenta un diámetro de 14,60 metros y una altura aproximada de 15 metros, aunque fue rebajada en altura con posterioridad al año 1611, no alcanzando hoy más que 8 metros26. Cuando se levantó la muralla del arrabal norte -muy posiblemente a finales del siglo XII o principios del XIII- ésta se inició en dicha torre, convirtiéndose en una torre de flanqueo situada en la esquina suroeste de la cerca y dejando de ejercer las funciones defensivas propias de las albarranas. Es similar a las torres de esquina de la cerca urbana y de la alcazaba de Jerez y a la Torre de la Plata de la muralla de Sevilla. Actualmente se halla muy reparada con mampuestos y sillares, pero su fábrica debió ser en origen sólo de tapial, como refiere la Gran Crónica27. Para dar mayor fortaleza al conjunto, los castellanos, una vez dueños de la ciudad a finales del siglo XIII, edificaron otro muro, entre el castillo califal y la torre, que discurría convergente a la muralla principal y en el que abrieron una puerta, con arco ojival, todavía conservada, conocida como Puerta del Mar . d) Las puerta de ingreso de la cerca almohade Cinco eran las puertas de ingreso a la ciudad, tres de ellas abiertas en el recinto exterior (puertas del Retiro o de Algeciras, de Jerez y del Mar), una en lo que fue cerca de la medina y otra en la muralla del

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arrabal almorávide. Además existieron varios postigos. De todas ellas, las que nos interesan, por ser de factura almohade, son las puertas del Retiro o de Algeciras y la de Jerez. - Puerta del Retiro o de Algeciras: Se abría en el flanco oriental de la cerca almohade, junto a la Torre de la Red. Como su nombre indica en ella se daba inicio al camino que conducía a la ciudad de Algeciras. Pudo ser de ingreso recto, aunque no es posible asegurar tal circunstancia sin la preceptiva intervención arqueológica, por haberse demolido para dejar espacio a una calle y a una plaza. Se la menciona en el citado documento de 1756. Estaba defendida por una torre en su lado norte y por la Torre de la Red y el arroyo que debía ejercer la función de foso, en su lado sur. - Puerta de Jerez: En el flanco norte aún se conserva, ejerciendo la función todavía de ingreso a la ciudad, la llamada Puerta de Jerez, que debió ser la puerta principal de la ciudad desde que los almohades amurallaron el arrabal norte. Su fábrica actual es de ladrillo y mampostería, excepto lo añadido en época cristiana que es de buena cantería. Es muy posible que lo conservado sea de época meriní y que este ingreso -con pasadizo recto- flanqueado por dos torres, como en la puerta de Fez de las murallas meriníes de Ceuta y la de los Molinos de Ronda, sustituyera a otra puerta almohade más compleja que pudo arruinarse. Se abre entre dos torres de flanqueo cuyas dimensiones alcanzan los 6,15 metros de frente por 6,70 de metros de lado. Hoy las dos torres están unidas por la reforma mudéjar a la que luego se hará mención, formando ambas, con el vano, un sólo cuerpo de planta rectangular. El tramo interior es el de factura islámica, estando constituido por un doble arco -uno de entrada y otro de salida- de herradura apuntada con despiece descentrado. Ambos arcos están formados por ladrillos-dovelas enjarjados hasta los riñones. El vano tiene 3,10 metros de anchura por 2,55 metros de profundidad. Posee cuatro mochetas con gorroneras de piedra para el giro de los portones y se cubre con bóveda de espejo. Puertas con bóvedas de espejo las hallamos en Alcalá la Real, Castillo de Álora, Marrakech, Gibraltar, Fez y el Castillo de San Romualdo, en San Fernando. En época cristiana se reforzó añadiéndosele un tramo en la fachada exterior hasta enrasar verticalmente los frentes de las dos torres de flanqueo. Este tramo está formado por un vano de 3,50 metros de anchura por 3,75 metros de profundidad. Se cubre con bóveda de cañón en cuya clave se abre una buhedera de sección rectangular. En uno de los lados de este tramo se localiza una puerta pequeña, muy posiblemente de fábrica más moderna, por la que se accede al terrado. El arco exterior es ojival, formado con dovelas de piedra de buena factura, careciendo de quicialeras, lo que indica que el primer tramo actuaba como antepuerta y su bóveda de parapeto para los defensores que se hallaban situados sobre el terrado de la torre. La cerca urbana y la alcazaba de Jerez de la Frontera Jerez de la Frontera, que ya era una madina de cierta importancia en épocas anteriores a la almohade, alcanzó su momento de máximo desarrollo durante el siglo largo que estuvo bajo el dominio de los “unitarios”. Su situación, a medio camino entre las bases de desembarco norteafricanas de Algeciras, Gibraltar y Tarifa y la gran capital almohade de Sevilla, hicieron que éstos la fortificaran con una recia cerca urbana y edificaran una alcazaba para residencia del gobernador, los funcionarios y las tropas. No hay que olvidar que desde mediados del siglo XI se asiste a un desarrollo en todos los órdenes -sobre todo en la producción agrícola, los intercambios comerciales y incremento demográfico- en toda la Europa occidental, no quedando al margen de dicho desarrollo regiones como al-Andalus y el Magreb al-Aqsà.

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La configuración urbana, así como la definitiva traza de las fortificaciones que nos han llegado de Jerez andalusí se concreta en la segunda mitad del siglo XII y primeras décadas del XIII. Al-Idræsæ se refiere a Jerez diciendo que “es una plaza fuerte de mediana extensión, bien fortificada por todas sus partes; sus alrededores son de agradable aspecto, porque está rodeada de viñedos, olivares é higueras”28. Sabemos que el alcaide de la ciudad, Ab@-l-Gamr ben ‘Azz@n, señor de Ronda, con cien jeques más capituló en el año 1146 ante las tropas de ®Abd al-Mu’min, lo que permitió que la madina pasara a los nuevos señores de alAndalus sin sufrir los daños de un asedio. Al margen de los trabajos Basilio Pavón29 y Leopoldo Torres Balbás30, y de la obra, ya clásica, de carácter descriptivo de Grandallana y Zapata31, los trabajos de mayor interés en relación con las fortificaciones andalusíes de Jerez se deben a Laureano Aguilar, María Luisa Menéndez Robles y Francisco Reyes Téllez32. De la escasa documentación gráfica de las murallas jerezanas, destacan un grabado de Hoefnagle, de 1565, y un dibujo de Van der Wyngaerde que muestra una vista de la ciudad desde el suroeste, con el tramo de muralla comprendido entre la puerta de Rota y el Alcázar. a) La muralla urbana De la cerca almorávide poco se conoce. Buena parte de ella debió quedar absorbida por las potentes defensas que erigieron los almohades. El perímetro de la muralla tenía forma de rectángulo irregular, encerrando una superficie que abarcaba en torno a 52 Ha. Su fábrica es de tapial hormigonado, con abundante cal, como es frecuente en las obras defensivas urbanas de los “unitarios”. Se edificó elevando tapias de 95 cm. de altura sobre una zapata, documentada en el transcurso de una intervención arqueológica realizada en el añó199233, que sobresale entre 10 y 25 cm. de la muralla. En ella, y a tramos constantes de 78 cm., aparecen mechinales horizontales de 16 x 6 x 8 cm. Su anchura media oscila en torno a los 2,5 m., lo que coincide con el grosor del muro noroeste de la alcazaba. Su altura es de unos 9 metros, incluyendo el antepecho y los merlones. b) Las torres de flaqueo El muro principal estaba defendido, cada cierto trecho, por torres de flanqueo de planta rectangular o cuadrada, a excepción de la que forma el ángulo norte, que es de planta octogonal similar a la que se localiza en el ángulo meridional de la alcazaba. Ambas se sitúan en un mismo eje que atravesase en diagonal el interior de la ciudad. Son macizas hasta la altura del adarve y con una cámara superior abovedada sobre la que se sitúa un terrado o azotea. Sus dimensiones oscilan entre los 4 y 5 metros de frente por una altura de 12 metros. Sin embargo, en algunas torres se pueden observar dos fases constructivas: la primera sin cámara superior, sino sólo un recrecimiento sobre el adarve, creándose una plataforma de vigilancia con su paramento coronado por cinco merlones por cada lado; y la segunda constituida por una cámara abovedada aterrazada y también con antepecho y cuatro merlones por cada lado. Esta fase constructiva absorbió la merlatura primitiva quedando embutida en el nuevo muro [Fig. 4]. El material utilizado, como en la muralla, es el tapial. El tramo que corre paralelo a la calle Porvera conserva tres torres cuadradas que aún mantiene el terrado con antepecho y merlatura con albardillas a cuatro aguas, así como murete interior quitamiedo, sistema que ya hemos visto se utilizó también en Tarifa y se ha documentado en las murallas de Cáceres.

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c) Las puertas de ingreso34 Cuatro eran las puertas de ingreso a la ciudad abiertas en la muralla, una en cada uno de los flancos, además de varios postigos. No se conserva ningún vestigio material de estos ingresos. La puerta del Real se abría en el lienzo sudeste, estando emplazada en el Campo de la Torrecilla. Según la descripción que nos ofrece Grandallana, “tenía cuatro torres en medio de las dos puertas que formaban el alcazarejo y otra mayor que avanzaba sobre una de éstas últimas y venía a formar un ángulo entrante dejando paralela la dicha torre con la llamada Torrecilla..., sobre esta puerta había una inscripción árabe...”. Debió ser de codo simple y estar reforzada por una bastión exterior que es el que se conoce como la Torrecilla. En el flanco oriental se localizaba la Puerta de Sevilla. Presentaba, como la anterior, pasadizo acodado simple que discurría entre dos torres adelantadas, una rectangular y otra de planta cuadrada, que protegían el recorrido del ingreso. En planta sobresale del muro principal, recurso que, más tarde los meriníes, utilizarán en su ciudad palatina de Algeciras en la Puerta de Gibraltar. La Puerta del Olivillo, después llamada de Santiago, se abrió en un entrante de la muralla situado en el flanco noroeste. Constaba, según Grandallana, de siete fuertes menores o torres exteriores que han ido desapareciendo con el paso de los siglos. Disponía, además, de rastrillo y dos alcazarejos. (Es posible que lo que Grandallana denomina “alcazarejos”, fueran bastiones con patio interior a cielo abierto o estancias cubiertas que se usaban para contener el cuerpo de guardia). Era la más compleja de las puertas de Jerez y la única que presentaba doble codo. En el ángulo oeste de la muralla se halla situada la Puerta de Rota, abierta entre tres torres exteriores, una de ellas albarrana. Era de codo simple. Sobresaliendo del conjunto existía una torre vigía que dominaba los llanos de las Tablas y el Portal. d) El foso y la barbacana Una cerca urbana, edificada en llano, adolecía de unas debilidades poliorcéticas que podían facilitar la toma de la misma por asalto, debilidades que las fortificaciones erigidas en alto no tenían. De ahí la necesidad de añadir una serie de elementos de defensa que contribuyeran a incrementar la inaccesibilidad del recinto. Los almohades construyeron en torno a la muralla urbana de Jerez, como hicieron en otros recintos urbanos, un foso y una barbacana o antemuro. Rodeaba todo el perímetro urbano a una distancia de 6 metros del mismo, aunque en el tramo excavado en 1992 en la calle Muro, es de 4 metros. Como la barbacana de Sevilla, mantiene la misma distancia tanto del muro como de las torres de flanqueo, lo que establece una línea quebrada que hace un ángulo recto al rodear las torres. Estaba provista de un camino de ronda y de un parapeto almenado. El foso rodeaba posiblemente todo el recinto por delante de la barbacana, presentando una anchura media de 6 metros. En opinión de Laureano Aguilar, al menos se abrió delante de los puntos más débiles del recinto como las puertas y sus entornos inmediatos36.

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e) La alcazaba La alcazaba, era el último reducto de defensa, en caso de asedio. Estaba concebida como una pequeña ciudad donde residía el emir o el gobernador, los funcionarios, los servidores de palacio y la guarnición. En su interior se localizaban la zona palatina, baños, mezquita, aljibes y almacenes. Desde el punto de vista defensivo funcionaba como una unidad independiente de la ciudad, de la que, frecuentemente, estaba separada por una muralla con torres de flanqueo, barbacana y foso. De ordinario disponía de un ingreso que la comunicaba con la ciudad y otro con el exterior del recinto urbano. Éste con la finalidad de permitir la salida de la alcazaba en caso de sublevación de los habitantes de la ciudad. La alcazaba de Jerez tiene un perímetro en forma de rectángulo irregular, adaptado al terreno sobre el que se asienta, en la zona más elevada. Sus lados miden un máximo de 100 metros de largo por 80 metros de ancho. Los lienzos suroeste y sudeste son compartidos con la cerca de la ciudad [Fig. 5]. - La muralla y las torres de flanqueo La fábrica, como en el resto de la cerca de la ciudad, es de tapial muy rico en cal, lo que le da una gran consistencia. Actualmente presenta numerosas reparaciones para reforzar lienzos y torres, con la inclusión de mampostería, piedra o ladrillo cuya cronología no es posible precisar. El muro se asienta directamente sobre los niveles geológicos de base, constituidos por margas, sin preparación alguna de cimientos, a excepción de cuando el terreno presenta irregularidades. El muro dispuso de trece torres de flanqueo de las que se conservan siete de planta cuadrada, macizas, y una de planta octogonal, situada en el ángulo sur. Esta torre está unida a la muralla por medio de un lienzo de muro que mide 2 metros de longitud, lo que permite anular los ángulos muertos. Cerca de su coronamiento posee una decoración constituida por arquillos ciegos de medio punto rebajados en el tapial y enmarcados entre verdugadas de ladrillos. Sigue los esquemas conocidos en torres similares de las cercas de Cáceres, Badajoz, Tarifa, Algeciras y la propia cerca urbana de Jerez. - Las puertas Dos eran las puertas de ingreso de este edificio, las dos acodadas; una abierta hacia el exterior situada en el lienzo sudeste, próxima a los baños, y otra abierta hacia el interior de la ciudad, ubicada en el lienzo noroeste, por la que se accedía a las principales dependencias de la alcazaba. Ambas puertas -como era frecuente en las fortificaciones almohades- están construidas con piedra de buena calidad y con ladrillos, utilizando un tipo de sillar muy alargado y estrecho. La de acceso desde el interior de la ciudad muestra pasadizo con doble codo que se genera por medio de una torre adosada a la muralla y de un bastión rectangular. El primer tramo del codo da lugar a un patio a cielo abierto o patio trampa de 5,5, metros de largo por 3 metros de ancho. El segundo codo se inserta perpendicularmente en el bastión. Se distribuye en tres espacios abovedados. Estas puertas con varios codos y patios interiores a cielo abierto las hallamos en al-Andalus y el Magreb, de época prealmohade, almohade, meriní y nazarí.

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La puerta que comunica la alcazaba con el exterior del recinto es también de doble codo abierto en un gran bastión de planta rectangular que se adosa al muro principal. El doble codo tiene forma de “U”. Los espacios son más angostos que en la puerta anteriormente descrita, lo que indica su carácter eminentemente defensivo en un ingreso que estaba expuesto a agresiones directas en caso de asedio. Por su disposición se encuentra perfectamente desenfilada desde el exterior. - La barbacana y el foso Ambos elementos defensivos rodeaban todo el perímetro murado, incluso en los flancos que daban al interior de la ciudad. Se pudieron documentar en el transcurso de la intervención arqueológica desarrollada en el año 1983 por María Luisa Menéndez y Francisco Reyes. El foso tenía una anchura, entre los remates de la escarpa y de la contraescarpa, de 3 metros. Fue remodelado en la segunda mitad del siglo XV cuando se acometieron obras de saneamiento y de impermeabilización con el fin de convertirlo en un foso inundado. La barbacana, que al igual que la que defiende la cerca urbana, rodea el muro principal y las torres en ángulo recto- incluso por el lado que miraba a la ciudad- es de tapial y su anchura oscilaba entre 1,5 y 2 metros, hallándose separada de la muralla unos 4 metros. Debía tener una altura de 4 metros y estaba coronada por almenas Algeciras La primera referencia a las murallas urbanas de Algeciras la encontramos en el Muqtabis. Refiere Ibn Ëayyœn que la ciudad “fue amurallada y fortificada por el emir Muhammad I”37. Es decir entre los años 852 y 886. Muy posiblemente como consecuencia del asalto de los normandos acontecido en el año 859. Al-Rœzæ escribe que “el muro de Algeciras cuelga sobre el mar”38. Una nueva noticia la proporciona al-Idræsæ a mediados del siglo XII. Dice el geógrafo ceutí que “las murallas de Algeciras eran de piedra mezclada con cal”39. a) La muralla y las torres de flanqueo [Fig. 6]. En el año 2000, en el trascurso de una intervención arqueológica del urgencia realizada en la zona de la Huerta del Carmen, donde emergían varios núcleos de torres de flanqueo del flanco sur de las murallas, se documentó por primera vez una tramo de seis metros de dicho recinto con un alzado de unos 60 cm, aunque no fue posible establecer su anchura por no haberse podido exhumar la zona intramuros40. Su fábrica era de tapial con inserciones de lajas de piedra. Las torres de flanqueo que se conservan, muy arrasadas por la acción del antrópica, son de planta cuadrada y tienen unas dimensiones de 5,5 metros de lado, estando separadas una media de 25 metros unas de otras. Están constituidas por un núcleo de calicanto revestido de mampostería por hiladas. Las esquinas se hallan reforzadas con cadenas de sillares o sillarejos. Eran macizas hasta la altura del adarve, desconociéndose sí disponían o no de cámara abovedada con terrado como las torres de Tarifa o Jerez. En la citada intervención arqueológica se detectó la existencia de un ensanchamiento de las torres realizado con tapial y que debió ser contemporáneo de la obra de la muralla. También se documentó un antemuro de tapial que rodeaba la cerca, al menos en su flanco meridional, además de una barbacana con basamento de mampostería situada a unos siete metros de la muralla, obra meriní de finales del siglo XIII.

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En cuanto a la cronología del recinto que he descrito, se puede avanzar que de la muralla edificada por Muhammad I en el siglo IX son testimonio las torres de flanqueo con núcleo de calicanto y aparejo exterior de mampostería. Posiblemente en época almohade o meriní se edificaron los lienzos de tapial documentados en el transcurso de la intervención arqueológica, así como los ensanchamientos de las torres y el antemuro citado. b) La torre albarrana del Espolón. De clara factura almohade es la torre albarrana denominada por la Crónica de Alfonso XI, Torre del Espolón41, por hallarse en el ángulo sudeste de la muralla, en el arranque de una potente coracha que los meriníes construyeron desde dicha torre hacia el este, mar adentro. Los embates del mar la arruinaron a principios del siglo XX, aunque se conserva un grabado de ella del año 188342. Su fábrica era de tapial, con una cámara en la parte superior cubierta con terrado y pretil. Era de planta octogonal y alcanzaba los 12 metros de altura. Una coracha con paso de ronda comunicaba esta torre con el adarve de la muralla cercana. Por las características de su fábrica, forma y tamaño hay que relacionarla con las torres de similar tipología que fueron edificadas por los almohades en otras ciudades de al-Andalus. Es mencionada por la Crónica de Alfonso XI cuando refiere que el rey ordenó “que tirasen a la torre de esta puerta (del Fonsario) et a la torre del Espolón que estaba cerca del mar 43. A finales del siglo XIII, cuando los meriníes edificaban la ciudad palatina de al-Binya, reforzaron el ángulo sudeste de la antigua madina con otra torre marítima o Bur^ del Mar que alzaron en medio de la rada, a unos cincuenta metros de la orilla. Era también de planta octogonal, fábrica de calicanto con paramentos de sillares y estaba unida a la Torre del Espolón por medio de una coracha que penetraba en el mar y de la que se han conservado restos hasta mediados del siglo XX44. Cádiz No cabe duda que Cádiz -la antigua Gades romana- se vio afectada como otras urbes litorales de la zona del Estrecho por los mismos procesos de abandono de población y desaparición de las funciones urbanas, hasta tal punto que, de acuerdo con las fuentes árabes que narran los primeros siglos de alAndalus, no fue ocupada por los árabe-beréberes a principios del siglo VIII ni alcanzó nunca la categoría de madæna, como la alcanzaron otros núcleos urbanos de su actual provincia como Algeciras, Sidonia, Arcos, Tarifa o Jerez. Al-Zuhræ, en el siglo XII, describe los restos arquitectónicos de época romana que se conservaban y hace hincapié en el famoso faro que se mantenía en pie desde la antigüedad y que fue destruido por los almohades. Al-Himyari no hace referencia a ninguna ciudad en el solar gaditano, sino que siempre alude a la “península de Cádiz” o a sus habitantes. Este compilador sólo hace mención en su obra al castillo de Sancti Petri, al templo de Hércules y al famoso ídolo45. Una fuente anómima del siglo XIV -El Øikr- da una noticia de interés. Refiere su autor que “(La isla de Cádiz) contiene restos de templos antiguos y dos castillos, uno llamado Sancti Petri y el otro al-Mal‘ab (el Teatro)”46. Revelador dato por el que se documenta la existencia de un castillo sobre las ruinas del teatro romano de Cádiz, donde hoy se localiza parte del recinto defensivo.

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En resumen, se puede avanzar que la erección de un recinto fortificado en la península gaditana fue muy tardía -posiblemente en la segunda mitad del siglo XII, debiéndose atribuir a los almohades-, que dicho recinto no pasó nunca de ser una fortaleza costera con las funciones propias de un enclave militar y que, sólo tras la conquista castellana, comenzó a adquirir los caracteres urbanos que tendría la ciudad en los siglos XIV y XV. a) La muralla Las intervenciones arqueológicas realizadas en los últimos años y los restos de muros emergentes, permiten delimitar la traza del recinto defensivo reconstruido por Alfonso X sobre la cerca musulmana que, de acuerdo con los estudios de Rosario Fresnadillo y Javier de Navascués, constaba de tres lienzos que formaban un polígono irregular con varias líneas quebradas, que seguía las actuales calles San Juan de Dios, plaza del mismo nombre, calle de Alfonso X y la Plaza de la Catedral Nueva; por el sur se dirigía hacia el actual Campo del Sur. Las defensas se completaban con la existencia, en el ángulo sudeste del recinto, del Castillo de la Villa, atribuido por algunos autores a Alfonso X, pero que debió erigirse sobre el viejo alcázar musulmán. b) Puertas del recinto Disponía de una puerta de ingreso en cada uno de sus tres lienzos. Mirando a tierra firme se encontraba la Puerta de la Villa, actual Arco de los Blancos; a occidente, la puerta que de denominó del “arrabal de Santiago”, hoy Arco de la Rosa; la tercera, hacia el norte y mirando a la bahía, la Puerta del Mar o del Pópulo. Esta puerta es, según Basilio Pavón, de claro origen musulmán, habiendo sido restituida por este autor. El intradós delimitaría un arco de herradura apuntado y enjarjado, con su dovela clave destacando en longitud por encima de la línea del trasdós, característica que se observa en arcos de puertas almohades del siglo XII. Sería en origen de ingreso recto pero luego se le añadió una torre adelantada y dos muros paralelos desde las torres de flanqueo que formarían un cuerpo exterior con paso acodado, posiblemente con espacio a cielo abierto, similar a las puertas de la cerca jerezana, como se deduce del grabado de 1513 conservado en el Archivo General de Simancas. Otros recintos fortificados - Arcos de la Frontera Aunque la cerca urbana de Arcos está documentada, al menos, desde la época en que fue capital de un reino taifa47, no cabe duda que las dinastía africanas, especialmente los almohades llevaron a cabo importantes reformas en las murallas y puertas de ingreso con el fin de reforzarlas y dificultar el ataque de posibles enemigos. La situación de la ciudad, sobre una encrestada colina, favoreció su defensa y, al mismo tiempo, condicionó el trazado de la cerca urbana que se hubo de adaptar a los condicionantes topográficos. En época almohade, la ciudad estaba constituida por un recinto que incluía el alcázar, situado en el lugar que hoy ocupa el castillo, y una cerca que era continuación del farallón rocoso sobre el que se asienta la ciudad48. Las puertas se conocen hoy con los nombres de Matrera, Jerez y Carmona. No obstante, las reparaciones realizadas en época cristiana fueron tan profundas que se hace casi imposible reconocer lo que resta de las obras defensivas de los siglos XII y XIII en el actual recinto49.

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Castellar y Jimena de la Frontera Estas dos fortalezas se halla situadas en la zona sudeste de la provincia de Cádiz, en la vertiente mediterránea de la misma y junto a la vía de comunicación que enlazaba la ciudad de Algeciras con la serranía de Ronda. Se hallan enclavadas en la cresta de sendas colinas cortadas por el río Guadarranque -Castellar- y el Hozgarganta -Jimena- y desempeñaron una importante función militar entre los siglos XIII y XV, cuando, como sus nombres indican, formaron parte del sistema defensivo del protectorado meriní, primero, y del Reino de Granada después. En ambos recintos, el alcázar se localiza en uno de sus extremos, ocupando la parte más elevada. La muralla principal se adapta a la cresta rocosa siendo, en ocasiones, continuación del barranco que rodea toda la población. El muro, en el que se pueden observar numerosas reparaciones, es de mampostería, a veces por hiladas, a veces constituida por sillarejos bien unidos con mortero rico en cal. La cerca castellarense dispone de dos tramos de barbacana que pueden ser obra almohade o merini. Un tramo defiende la fachada meridional y otro la norte, donde se abre la única puerta de la fortaleza, a su vez puerta de aparato compuesta por un complejo sistema constituido por dos torres albarranas, una de ingreso recto y otra acodado y una coracha. Estos elementos debieron ser añadidos por los meriníes. El recinto de Jimena presenta, como el de Castellar, numerosas refacciones. Su fábrica es, en su mayor parte, de mampostería. En algunos tramos aparece la sillería de buena calidad. Su importancia en época almohade está demostrada por la existencia de un espacioso aljibe de 13 X 12 metros cuyas cinco naves se cubren con bóvedas de cañón que descansan sobre pilares rectangulares y arcos de ladrillo de medio punto reforzados por medio de arquillos secundarios de similar factura a los que forman el acueducto sevillano conocido por los Caños de Carmona. La única puerta de la fortaleza se abre en el flanco nordeste. Es de ingreso recto y se sitúa perpendicularmente a la muralla, estando defendida por una gran torre y por una ancha buhedera. Está compuesta por un doble arco, el primero ultrasemicircular, de ladrillo, situado a 8,7metros de altura y el segundo, de herradura apuntada y muy cerrado, también de ladrillo, con despiece descentrado y enmarcado por alfiz que se origina a la altura de la línea de imposta. En las albanegas se conservan restos de estuco pintado en rojo sobre blanco con motivos geométricos de entrelazos. Hacia el interior, el vano se abre mediante un arco de medio punto, cubriéndose el espacio existente entre ambos con una bóveda de ladrillo. Conclusiones De todo el expuesto se puede avanzar que los recintos urbanos de la provincia de Cádiz datan, en su mayor parte, de los siglos XI, XII y XIII, siendo lo conservado, sobre todo, de factura almohade, aunque con numerosas refacciones cristianas, como sucede en Jerez de la Frontera, Tarifa, Gibraltar, Arcos o Vejer. En el caso de Algeciras, Gibraltar, Castellar y Jimena -fortalezas que formaron parte del protectorado meriní- esas refacciones se deben a iniciativas de esta dinastía norteafricana o a la posterior intervención nazarí o castellana. Como ha afirmado la profesora Magdalena Valor, si en la Andalucía oriental, son los recintos nazaríes los conservados, en la Andalucía occidental las fortificaciones almohades son las que salpican el paisaje

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urbano, aunque con reparaciones y añadidos de época cristiana. Yo añadiría que, en la provincia de Cádiz, la región del Estrecho forma un espacio que goza de una cierta originalidad producida por su estratégica situación, lo que ha generado una arquitectura militar que podríamos denominar ecléctica, donde las reformas almorávides, almohades, meriníes, nazaríes y castellanas (o inglesas) se superponen a viejas fortalezas emirales, califales o taifas, lo que ha originado complejos enclaves defensivos como Tarifa, Gibraltar, Castellar o Algeciras, en los que resulta muy difícil reconocer e individualizar las aportaciones producidas en cada uno de los citados períodos históricos para sustituir, recrecer o reformar las estructuras arquitectónicas existentes con anterioridad. En lo que se refiere a los caracteres que identifican a las fortificaciones almohades conservadas en la provincia de Cádiz, se podría añadir lo siguiente: a) Se erigen aprovechando anteriores recintos urbanos, a veces sustituyéndolos, pero más frecuentemente utilizándolos como base para realizar profundas ampliaciones o reformas. b) Como en otras regiones de al-Andalus o el Magreb, los elementos que definen la fortificación almohade serán el empleo de excelente tapial hormigonado -muy rico en cal-, de barbacanas o antemuros, torres albarranas, corachas, fosos, ingresos abiertos en grandes bastiones con dos o más codos y patios intermedios y la utilización de torres de esquina de planta octogonal (Jerez y Tarifa), cuya finalidad era evitar los ángulos muertos que las torres de planta cuadrada o rectangular ocasionaban. La erección de grandes bastiones de planta rectangular o en “L” en los restantes ángulos de las cercas urbanas (también Tarifa y Jerez), es otro de los caracteres que identifican a estas fortificaciones de época almohade en la provincia de Cádiz. c) Las alcazabas constituirán elementos defensivos con personalidad propia, tanto por su extensión y fortaleza -ejerciendo de recintos independientes-, como por su ubicación en lugares elevados y visibles desde cualquier punto de la ciudad. Alcazabas independientes y puertas, erigidas con piedra o ladrillos y con profusa decoración, evidencian la utilización, como elemento de propaganda política y plasmación física del poder, de las fortificaciones por parte de la dinastía muminí Notas 1.- Sobre esta fundación muminí, véase: Torremocha Silva, A., “Ciudades islámicas de nueva fundación en la orilla norte del Estrecho: Madinat al-Fath (Gibraltar) y al-Binya (Algeciras)”, Estudios sobre Patrimonio, Cultura y Ciencias Medievales, III-IV, Cádiz, 2001-2002 (197-226). 2.- Lévi-Provençal, E., Trente-sept lettres officielles almohades, Colección de textos árabes publicados por el Institut des Hautes Études Marocaines, Rabat, 1941, Tomo X (Carta de ‘Abd-al-Mu’min a su hijo Y@suf, gobernador de Sevilla), pág. 37. 3.- Representaban la “escenografía del poder”, en palabras de Patrice Cressier (Cressier, P., “Apuntes sobre fortificación islámica en Marruecos”, Actas del I Congreso Internacional Fortificaciones en al-Andalus, Fundación Municipal de Cultura “José Luis Cano”, Colección Historia, 1, Algeciras, 1998, pág. 130). 4.- Menéndez Fueyo, J. L. et alii, “El falso despiece de sillería en las fortificaciones de tapial de época almohade en al-Andalus”, Actas del I Congreso de Castellología Ibérica, Diputación Provincial de Palencia, Palencia, 1998, págs. 481 a 511. 5.- Véase: Manzano Martos, R., “Los palacios”, en Sevilla almohade, coord, por M. Valor Piechotta, Fundación de las Tres Culturas, Universidad de Sevilla y Junta de Andalucía, Sevilla-Rabat, 1999, págs. 63 a 75. 6.- Sobre el mantenimiento de los recintos defensivos, véase: Marín, M., “Documentos jurídicos y fortificaciones”, I Congreso Internacional Fortificaciones en al-Andalus, Algeciras, 1996, publicación de las actas en 1998, págs. 79 a 88. 7.- Es paradigmático el fenómeno de urbanización desarrollado en la primera mitad del siglo X en al-Andalus por iniciativa del poder central, con el fin, como refieren las fuentes, de hacer bajar a la gente del monte al llano, alejarla de la disidencia e integrarla en la estructura económica y política del nuevo estado.

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8.- Ibn Jald@n, al-Muqqadima, Beirut, Dar al-Kitab al-Lubnaniya, 1960, Vol. IV-1, pág. 609; trad. castellana, J. M. Puertas Vilchez, Historia del pensamiento estético árabe. Al-Andalus y la estética árabe-clásica, Madrid, 1997, págs. 428-429. 9.- En el caso de Madænat al-Zahrœ’( la intención del califa es, sobre todo, de carácter político. La fundación de esta ciudad era un medio más de reafirmar su poder (Mazzoli-Guintard, Ch., “Urbanismo y Muralla”, I Congreso Internacional Fortificaciones en alAndalus, Algeciras, 1996, publicación de las actas en 1998, pág. 94. 10.- Poco más de un siglo después, el emir meriní Ab@ Y@suf Ya‘q@b repetirá, junto a la ciudad de Algeciras, un modelo similar de fundación, erigiendo la ciudad palatina de al-Binya como sede emiral y capital de su dinastía en al-Andalus. Véase A. Torremocha Silva et alii, op. cit. 11.- Ibn Åa¥ib al-Åalœt, Al-Mann bi l-Imama, Trad. por A. Huici Miranda, Valencia, 1969, pág. 21. 12.- Ibn Åa¥ib al-Åalœt, op. cit., pág. 22. 13.- No queda claro en el texto cual fue el lugar elegido, aunque no pudo ser otro que la meseta aterrazada situada sobre el escarpe norte, donde hoy se halla la Torre de la Calahorra y la alcazaba. 14.- Al-Ha^^ Ya’i™ construyó también un molino de viento en la cumbre del Peñón para moler grano (Ibn Åa¥ib al-Åalœt, op. cit., pág. 23). En Marrœku™ había edificado la maqs@ra de la mezquita mayor. Según Antuña, este ingeniero fue el que construyó el acueducto de Sevilla, conocido como los Caños de Carmona, para abastecer de agua a los jardines de la Buhaira y a la ciudad (P. Antuña, Sevilla y sus monumentos árabes, El Escorial, 1930, págs. 97-98 de la trad. española). Ibn Baso trabajó en la reedificación del alcázar de Córdoba. En Sevilla se le encargó la dirección y la intendencia de las obras de la nueva mezquita mayor, participando en los comienzos de la construcción de su alminar. Eran, por tanto, arquitectos que gozaban de la absoluta confianza de los mandatarios almohades y que participaron en las obras arquitectónicas más emblemáticas acometidas por la dinastía muminí. 15.- Provençal, E., Trente-sept lettres officielles almohades, Colección de textos publicados por el Institut des Hautes Études Marocaines, Rabat, 1941, vol. 10 (Carta de ‘Abd al-Mu’min a su hijo Y@suf, gobernador de Sevilla), págs. 95 a 99. 16.- Al-Ëimyaræ, Kitœb ar-Rawß al-Mi‘§ar, Trad. por Pilar Maestro González, Valencia, 1966, pág. 249. 17.- Véase: Torres Balbás, L., “Gibraltar, llave y guarda de España”, Al-Andalus, VII, 1942, reeditado por el Instituto de España en Crónicas de la España Musulmana, Vol. 2, Madrid, 1982, págs. 60 a 116. 18.- Una torre de flanqueo de planta almendrada formaba parte del recinto de la Kasba Nesrani, en la macizo de Zerhoun (Berthier, P., Essai sur l’histoire du massif de Moulay Idris, Editions Felix Moncho, Rabat, 1938, fig. 1). 19.- Hernández del Portillo, A., Historia de Gibraltar (año 1610), Introd. y notas A. Torremocha, U.N.E.D., 1994, pág. 47. 20.- La descripción de esta puerta puede hallarse en: Torremocha Silva, A. y Sáez Rodríguez, A., “Fortificaciones islámicas en la orilla norte del Estrecho”, Actas del I Congreso Internacional Fortificaciones en al-Andalus, Algeciras, 1998, págs. 188. 21.- Hernández del Portillo, op. cit., pág. 57. 22.- De reciente publicación es la obra de Ángel J. Sáez Rodríguez, Tarifa, llave y guarda de toda España. Fortificación y Urbanismo, Instituto de Estudios Campogibraltareños, Algeciras, 2003, que dedica varios capítulos al recinto defensivo de Tarifa y aporta datos nuevos que refuerzan la cronología almohade vertida en esta ponencia de la muralla del arrabal norte. 23.- Sobre la fábrica de tapial, véase: Gurriarán Daza, P. y Sáez Rodríguez, A., “Tapial o fábricas encofradas en recintos urbanos andalusíes”, Actas del II Congreso Internacional La ciudad en al-Andalus y el Magreb (Algeciras, 1999), El Legado Andalusí, 2002, págs. 569-572. 24.- Crónica de don Alonso el Onceno, B.A.E., Edit. Atlas, Tomo LXVI, Madrid, 1953, pág. 321. 25.- Crónica, op. cit., pág. 321. 26.- Veáse el dibujo levantado por Andrés de Castillejo en el año 1611 (Archivo General de Simancas, Sección Mar y Tierra, Leg. 797, “Planta del Castillo de Tarifa”). 27.- “Et esta torre (de Don Juan) era de tierra tapiada” (Gran Crónica de Alfonso XI, preparada por Diego Catalán, Edit. Gredos, 1977, Tomo II, pág. 343). 28.- Al-Idræsæ, Geografía de España, Trad. por D. E. Saavedra, Valencia, 1975, pág. 198. 29.- Pavón Maldonado, B., Jerez de la Frontera. Ciudad medieval, Madrid, 1981. 30.- Torres Balbás, L., Ciudades hispano-musulmanas, Instituto Hispano-Árabe de Cultura, 2ª Edic., Madrid, 1985. 31.- Grandallana y Zapata, L. de, Noticia histórico-crítica de algunos de los principales monumentos de Jerez, 2ª Edic., Jerez, 1985. 32.- Menéndez Robles, M. L. y Reyes Téllez, F., “El alcázar de Jerez de la Frontera (Cádiz)”, I Congreso de Arqueología Medieval Española, Huesca, 1985 y “Estructuras defensivas de una ciudad almohade: Jerez de la Frontera”, II Congreso de Arqueología Medieval Española, Madrid, 1987, Tomo II, págs 765 a 772.

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ANTONIO TORREMOCHA SILVA

33.- Aguilar Moya, L., “Excavaciones de Urgencia en C/ Muro. Año 1992. Jerez de la Frontera (Cádiz), Anuario Arqueológico de Andalucía, Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, Sevilla, 1995, Actividades de Urgencia, III, págs. 115 a 118. 34.- En relación con la puertas de la cerca urbana de Jerez, véase: Aguilar Moya, L., “Nuevos datos sobre las murallas islámicas de Jerez de la Frontera”, Revista de Historia de Jerez, nº 6, 2000, págs. 99 a 111. 35.- Grandallana y Zapata, L. de, op. cit., pág. 73. 36.- Aguilar Moya, L., op. cit. (2000), pág. 102. 37.- Ibn Ëayyœn, Al-Muqtabis, Trad. por J. E. Guraieb, Cuadernos de Historia de España, Tomo XV, 1951, pág. 339. 38.- Crónica del moro Rasis, Edic. Diego Catalán, Madrid, 1975, pág. 104. 39.- Al-Idræs, op. cit., pág. 165. 40.- Navarro Luengo, I., Torremocha Silva, A. y Tomassetti Guerra, J. M., Informe preliminar de la intervención arqueológica de urgencia en la Huerta del Carmen, Algeciras, 1999. 41.- Así la denomina la Crónica de Alfonso XI (pág. 358). R. de Villalonga la nombra “Torre de Don Rodrigo” (Villalonga, R., Reconocimiento de las costas del Campo de Gibraltar, desde el Castillo de Fuengirola hasta Conil, Archivo Histórico Militar, Provincia de Cádiz, nº 43596, rollo 35, 1796). 42.- Aparecido en La Ilustración Española y Americana, año 1883. 43.- Crónica, op. cit., pág. 358. 44.- El basamento de esta torre se conservó en medio de la rada, frente a la playa -ya desaparecida- denominada de “El Chorruelo”, como un escoyo más. Era conocida como “Piedra de la Morena”, aunque su fábrica de calicanto denunciaba su origen antrópico. 45.- Al-Ëimyaræ, op. cit., págs 290 a 298. 46.- Øikr (Una descripción anónima de al-Andalus), Trad. por L. Molina, Madrid, 1983, pág. 71. 47.- Toscano San Gil, M. y Gordillo Acosta, A. M., “Hallazgo de un palacio medieval en Arcos de la Frontera”, Estudios de Historia y de Arqueología Medievales, II, Universidad de Cádiz, 1982, págs. 119 a 126. 48.- El historiador local Miguel Mancheño recoge datos de interés sobre elementos de la cerca que hoy han desaparecido. Véanse: Mancheño y Olivares, M., Antigüedades del partido judicial de Arcos de la Frontera, Arcos, 1901 y Arcos de la Frontera, Arcos, 1922, Tomo I. 49.- Al-Ëimyaræ refiere que Arcos era una ciudad antigua que “ha sido destruida varias veces y después repoblada” (Al-Ëimyaræ, op. cit., pág. 40). 50.- Veáse: Torremocha Silva, A. y Sáez Rodríguez, A., op. cit., págs. 169 a 265.

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LOS ALMOHADES

Fortificaciones Almohades de la provincia de Córdoba Ricardo Córdoba de la Llave No existen muchos datos sobre la arquitectura almohade en Córdoba y su provincia y desde luego parece que su patrimonio en ella dista de tener la importancia que conserva en Sevilla —que fue, al fin y al cabo, la capital de al-Andalus durante el siglo XII— y en todo el territorio de la Baja Andalucía. Buena parte de lo que sabemos sobre las fortalezas y habitats almohades de la provincia se debe a los textos escritos. Algunos datos proceden de crónicas musulmanas, como la de Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, pero la mayoría se encuentran en documentos cristianos de la época de la conquista. Por estos documentos sabemos de la existencia en época almohade de fortalezas y recintos amurallados como los de Palma del Río, Castro del Río, Baena y Teba, situados en la zona de la Campiña, y de otros muchos situados en la sierra norte, en particular en el alto Guadiato (Tolote, Zuheros, Viandar, Espiel). Sin embargo, esos datos nos sirven tan sólo para saber que allí hubo fortificaciones almohades durante los siglos XII y XIII, pero no aseguran de ningún modo que lo que hoy vemos responda a los rasgos de la fábrica original almohade. De los restos en alzado que perduran de esas fortalezas, sólo los de El Vacar parecen de origen almohade; de los recintos amurallados de poblaciones de la provincia, Manuel Nieto afirma que los de Palma del Río, Castro del Río, Baena y Teba debieron de construirse durante ese período (Nieto, 1984: 57). Pero tanto en Castro del Río como en Teba todos los restos que se conservan son de factura cristiana, del siglo XIV en Teba, del siglo XV-XVI en Castro del Río. Solo Palma del Río parece conservar parte de la arquitectura original almohade, aunque resulta discutible si todos los restos actuales lo son en su integridad. Por último, en la propia Córdoba, el único tramo de muralla edificado durante el período almohade fue el correspondiente a las actuales murallas del Alcázar Viejo y Torre de Belén. Se sabe que los almohades levantaron al occidente de la ciudad un nuevo alcázar en época de Ab@ Ya¥yà (1183-1190) al que se denominó en la Baja Edad Media Castillo de la Judería y luego Alcázar Viejo (denominación que dio nombre al propio barrio de San Basilio), y aunque muchos autores han puesto en duda su origen (hay quien afirma que estas murallas son de origen cristiano, en tanto otros las remontan a época almorávide), parece haber suficientes motivos para apostar por su datación en época almohade. Aunque, como hemos afirmado, existieron en la provincia muchas otras fortificaciones almohades (en particular en la zona norte, frontera con Castilla durante el siglo XII), de ellas sólo quedan escasos restos que

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únicamente podrán ser estudiados mediante la práctica de excavaciones arqueológicas. Razón por la cual limitaremos nuestra exposición a los tres ejemplos que parecen más claramente almohades, como son los ya señalados del castillo de El Vacar, recinto amurallado de Palma del Río y murallas del Alcázar Viejo en la propia capital. Como veremos, los tres presentan una serie de rasgos arquitectónicos comunes entre sí y similares a los que manifiestan otras conocidas obras de arquitectura almohade en Andalucía, razón por la cual podemos afirmar que constituyen buenos ejemplos de la provincia de Córdoba, al margen de las habituales reformas e intervenciones sufridas en el transcurso del tiempo. Castillo de El Vacar El topónimo Dœr al-Baqar, como lugar situado al norte de la capital cordobesa en el camino de Mérida y Badajoz, aparece citado en repetidas ocasiones desde el siglo X. Sin embargo, al ser mencionado por los autores andalusíes tan sólo como un enclave del citado camino (por lo demás, antigua calzada romana) ignoramos si el habitat allí instalado entre los siglos X y XII se corresponde con una alquería, un poblado o una fortaleza. Tradicionalmente el castillo que hoy día se conserva ha sido considerado de arquitectura califal, en parte por aparecer citado este topónimo desde el siglo X, en parte por presentar la característica planta cuadrada con torres angulares tan usada en época califal y que tanto se repite, por la misma época, en las fortalezas Omeyas de Siria o en las fortificaciones bizantinas de la frontera del Danubio, en los Balcanes (Valverde, Ortiz, 1982). En efecto, la fortaleza presenta planta cuadrada de unos 50 m. de lado. Las torres, situadas en los ángulos y en la parte central de cada tramo de lienzo, poseen todas planta cuadrangular pero presentan dimensiones variadas (las del lienzo norte, por ejemplo, 2,70 m. de saliente por 3,40 m. de anchura; las del lienzo oeste, 3,40 m. en profundidad por 4,50 m. de anchura). Sin embargo, Basilio Pavón llamó la atención hace ya algún tiempo de que podía ser más tardío (Pavón, 1988) y, ciertamente, las últimas investigaciones realizadas no han hecho sino confirmar esta impresión, retrasando el origen de la fortaleza, al menos con la fisonomía que hoy mantiene, al período almohade. Un primer elemento que nos lleva a retrasar la datación habitualmente propuesta para esta fortaleza es su aparejo constructivo, resuelto mediante el uso de la tapia, puesto que en la provincia de Córdoba este material fue poco utilizado en la arquitectura defensiva de época califal. Es cierto que su empleo se documenta ampliamente en las construcciones domésticas, en los diversos arrabales occidentales de la capital y en las edificaciones de Medina Azahara; pero se trata de una tapia muy débil, terrosa y rojiza, muy diferente de la que se observa en las fortalezas más tardías. Por el contrario, la tapia empleada en El Vacar recuerda al hormigón romano, es de naturaleza compacta y extremadamente fuerte, con inclusión de grandes nódulos calizos y guijarros, todo lo cual es desconocido para las obras de fortificación erigidas durante el siglo X. Viene a confirmar la datación de la tapia el módulo de separación de las agujas o mechinales, que alcanza los 80 cm. en horizontal y 85-90 cm. en vertical (y es similar al de las murallas de San Basilio en Córdoba y a las de Palma del Río y distinto por completo de las dimensiones ofrecidas por murallas bajomedievales como las de la Ronda del Marrubial, que sólo alcanzan los 45 cm. de separación en horizontal y 80 cm. en vertical). Carácter común de El Vacar y de las otras fortificaciones almohades que estudiamos es también la presencia de restos de tablas planas en el interior de los mechinales, con ausencia total de maderos rollizos.

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Por si la propia composición y aparejo de la tapia no resultaran elementos suficientes para evidenciar el origen almohade de la fortaleza, se añade a ello la aparición, en todos los lienzos del castillo, pero especialmente bien conservado en sus lados este y sur, de un falso despiece de tapiería constituido por bandas de pintura blanca que van cubriendo las líneas de unión de los cajones de tapia. Esta decoración está constituida por bandas de pintura o enlucido de color blanco de 15 cm. de anchura que configuran un espacio interno de 0,75 x 2,35 m. de apertura, coincidente como es lógico con la dimensión de los propios cajones (2,50 x 90 cm.). Esta decoración presenta paralelos en otras fortificaciones almohades de Andalucía y del área del Estrecho, como es el caso de la fortaleza de Gibraltar estudiada por Antonio Torremocha en este mismo curso. Un segundo elemento que apunta en la misma dirección es la aparición de la cimentación en tapia. En efecto, por regla general, las fortificaciones de la provincia, tanto las más antiguas (de época califal o almorávide) como las más modernas (bajomedievales), presentan una cimentación resuelta mediante el uso de sillarejos de mampostería, de mayor o menor tamaño y diversa disposición, pero en todo caso de piedra. Por el contrario, la cimentación en tapia sólo aparece en nuestra provincia en edificios de origen almohade, como las murallas de Palma del Río. Este rasgo común y muy original parece ser propio de la arquitectura almohade en Córdoba. En el caso concreto de El Vacar, esta cimentación en tapia se aprecia muy bien en los torreones angulares suroeste, noroeste y noreste. En el torreón suroeste se conserva a la vista, sobre el terreno, el primer rebanco del cimiento que alcanza, según las zonas, los 35-60 cm. de anchura; no coincide en su orientación de manera completa con el torreón, parece que éste es más moderno, puesto sobre una cimentación más antigua ligeramente desviada, aunque puede obedecer a una divergencia presente en una sola fase de construcción. En el torreón noroeste se conservan a la vista dos rebancos; el primero, de 30-40 cm. de anchura, tiene una altura de 90 cm. (coincidente con la del cajón de tapia que lo forma), mientras que el segundo sobresale entre 60 y 80 cm. con respecto al primero y de él sólo se observa el ángulo a ras del terreno. Por último, el torreón noreste presenta a la vista los tres rebancos de la cimentación, en este caso sobresalen menos que en los otros torreones, sólo entre 20 y 30 cm., pero tanto el primero como el segundo alcanzan los 90 cm. de altura, imaginamos que también el tercero por coincidir con las dimensiones de los cajones de tapia, aunque este último queda parcialmente oculto por el terreno. Desgraciadamente, aún no se ha efectuado ninguna intervención arqueológica en el edificio que permita corroborar los datos obtenidos mediante el estudio del aparejo constructivo con materiales cerámicos obtenidos de las zanjas de cimentación, y poder determinar así con seguridad su datación almohade. Sin embargo, los tres principales rasgos citados (carácter y dimensiones de la tapia, decoración de falso despiece en los muros, cimentación en tapia) son tan característicos de la arquitectura almohade en el sur de al-Andalus que pensamos permiten concluir, con relativas garantías, el origen almohade de esta famosa fortaleza de Sierra Morena, que custodiaba la importante vía de comunicación entre Andalucía y Extremadura. Además, el origen almohade del recinto o, al menos, de la arquitectura que hoy se conserva, es perfectamente lógico si pensamos que esta zona norte de la provincia de Córdoba sirvió, en época almohade, de frontera entre al-Andalus y el reino de Castilla. Las incursiones protagonizadas en las comarcas de la Serena, la Alcudia y Los Pedroches por los castellanos, desde el reinado de Alfonso VII, hicieron de estas tierras lugar de frontera y de edificación de recintos defensivos necesarios para la protección del valle del Guadalquivir almohade. De hecho, un gran número de fortalezas y habitats fortificados surgieron en este

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momento en el valle del alto Guadiato y en los Pedroches, aunque todas esas fortificaciones están hoy desaparecidas, por haber sido abandonadas tras las conquistas cristianas del siglo XIII o haber sido reedificadas por los cristianos durante los siglos XIII y XIV (Córdoba, 2001). Recinto amurallado de Palma del Río El recinto amurallado de Palma es citado por vez primera en las fuentes escritas en la crónica de Ibn Åa¥ib al-Åalœt quien, al referirse a la incursión que las milicias de Ávila protagonizaron por la comarca en 1173, indica que camino de Ecija el conde Jimeno llegó con sus tropas al Guadalquivir “y lo cruzó por el vado que hay entre el castillo de Palma y el castillo de al-‰arf” (Nieto, 1984). Esto significa que ya existía un recinto amurallado en la segunda mitad del siglo XII que, o bien fue erigido por los propios almohades durante los primeros años de su dominación en el valle del Guadalquivir, o bien fue reedificado por ellos sobre la base de una fortaleza previa. Como en el caso del castillo de El Vacar, la falta de intervenciones arqueológicas (las realizadas hasta la fecha han tenido un carácter muy puntual y han estado centradas en el área del antiguo palacio de los Portocarrero, de época moderna) impide saber si existieron murallas en Palma del Río durante los períodos califal o almorávide, y sólo podemos constatar el origen almohade, al menos de buena parte de la actual arquitectura, en función de los rasgos del aparejo. El recinto amurallado de Palma posee un diseño de planta oval determinado por la topografía del terreno. Por su lado occidental los muros mantienen un trazado rectilíneo debido a que por ese lugar pasaba el río Genil (la calle actual lleva el significativo nombre de Ríoseco), mientras por el resto de su contorno adopta una forma más bien semicircular. Se encuentra jalonado por un total de nueve torres, algunas de ellas en muy buen estado de conservación, y dos puertas de entrada situadas en recodo bajo dos torreones de gran tamaño. Las dos puertas conservadas constituyen obras arquitectónicas de gran interés. Aunque están edificadas con la típica disposición en recodo bajo torre tan utilizada por los almohades (y resultan similares a la que se observan en otros recintos amurallados de la época, como el de la población onubense de Niebla o el de la cordobesa de Baena), lo cierto es que ambas son de factura bajomedieval y, según Nieto, fueron añadidas a la muralla poco antes de 1366. Aunque Manuel Nieto no ofrece la fuente de la que toma esta noticia, ciertamente ambas puertas constituyen una buena muestra de arquitectura mudéjar. La principal, actual Puerta del Sol, está situada al oeste del recinto y da a la plaza del Ayuntamiento. Tiene su entrada por el norte, a través de un doble arco de herradura apuntado, realizado en ladrillo y enmarcado por un alfiz, que se encontraba cegado por un antiguo edificio que ha sido derribado en 2002 y recuperada así la imagen del primitivo acceso. Estos arcos se disponen bajo un torreón de planta cuadrada y gran volumen que constituye el mayor de todo el recinto y que por ello debió de haber servido como puerta principal, torreón que desde luego no es original del recinto almohade, sino que debió ser edificado como ampliación del primitivo acceso en esta zona en el siglo XIV y luego reformado durante el XVI. La segunda entrada está situada en el extremo norte del recinto, aprovechando el único torreón de planta octogonal de la muralla, y muestra igualmente forma en recodo. El arco de acceso, apuntado y de ladrillo, está situado en el muro oriental de dicha torre y se encontraba protegido por una ladronera de la que sobresalen en la actualidad los canes que la sustentaban y que data de época bajomedieval o quizá, incluso, del siglo XVI. Se puede apreciar que la torre octogonal actual ocupa el lugar donde anteriormente se ubicaría una torre de planta cuadrada con el primitivo acceso, pues los lienzos de tapia

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que se sitúan en la cara este de la torre, donde está el vano de acceso (entre la parte superior del arco de ladrillo y la ladronera antes descrita), presentan una factura y módulo almohades, en tanto que los cajones del resto de las caras son de menor tamaño (unos 70 cm. de altura). Ello nos permite afirmar que, si bien la torre octogonal es moderna, la ubicación de un acceso en recodo en ese lugar pudo ser original del recinto almohade. La fábrica de las murallas es de tapia y presenta un estado de conservación muy diverso según los lugares. En casi todo el recinto la parte baja de los muros, que como en todas las obras de tapia debía ser la más deteriorada, ha sido restaurada o más bien reparada en fechas modernas, con una mezcla de hormigón que contrasta claramente con el primitivo aparejo, aparte de por su composición porque no manifiesta mechinales al exterior. Como en el caso del castillo de El Vacar el principal indicador que contamos de su origen almohade es la cimentación en tapia, que se extiende por todo el recinto, y el módulo de los cajones de tapia que presenta la habitual separación entre mechinales, 80 cm. de longitud y 90 de altura, como en los casos de El Vacar y el castillo de la Judería. Las tongadas de tapia muestran una mayor concentración en cal en los límites de cada cajón, así como unas dimensiones de 2,50 x 90 cm. al igual que en el castillo de El Vacar aunque en este caso no se observan trazas de haber existido franjas de enlucido de falso despiece. Como en los otros dos ejemplos cordobeses, los restos de tablas presentes en los mechinales son planas. Es de interés destacar el uso del ladrillo combinado con los cajones de tapia que la muralla presenta. De hecho, entre cajón y cajón las líneas de mechinales van marcadas por una nivelación de ladrillo, aparejo que no tiene paralelo en otras obras de la provincia. Esta solución se observa principalmente en las torres, cuya planta alcanza los 5 m. de longitud por 4 m. de anchura, y sobre todo en la línea de separación entre los muros macizos de tapia y el antepecho que protege el adarve, tanto en los lienzos como en la azotea de las torres. En efecto, los adarves (de metro y medio de anchura) y azoteas van provistos del correspondiente antepecho de unos 40 cm. de anchura que, colocado sobre una nivelación de ladrillo, dejan por su parte inferior orificios cuadrangulares para la evacuación del agua de lluvia, con una disposición semejante a la de las murallas almohades de Sevilla pero también a las de la Ronda del Marrubial en Córdoba (que son más tardías, del siglo XIV). Quizá la parte de mayor interés de toda la fortificación sea la representada por las cámaras y azoteas de las diferentes torres que articulan el recinto. Son de tapia que sigue el mismo módulo que los lienzos (80 x 90 cm. de separación entre mechinales), pero con menor distancia en el mechinal que limita la torre por su fachada. La azotea cuenta con un antepecho que se resuelve de la misma forma que en el adarve, con apoyo en línea de ladrillos formada, en algunas zonas, por hasta tres hiladas. El acceso a la cámara se realiza por un vano provisto de bóveda de medio cañón de ladrillo situado en el lado derecho de la torre según tiene su entrada desde el adarve. Su interior aparece cubierto por una cúpula de media naranja de ladrillo (muy similar a la que remata el espacio interno de otras obras almohades, como la Puerta de Sevilla de la muralla de Niebla) y es de planta cuadrada, con aperturas laterales en forma de saetera al exterior y provistas con reducidas cámaras de tiro hacia el interior. Junto al vano de acceso se dispone, en el interior de la cámara, el de subida a la azotea, resuelto mediante caja de escaleras con planta en forma de L que discurre por el interior del muro. El estado de conservación de las torres, junto al abundante uso de ladrillo en su parte alta (cámara y azotea), hace dudar sobre su origen almohade y es posible que hayan sufrido alguna restauración de importancia en época bajomedieval o moderna. En todo caso, su articulación interior responde a modelos clásicos en la arquitectura defensiva medieval y puede obedecer a un diseño en origen almohade. Tanto si los lienzos y las torres hoy conservados son realmente almohades, como si la parte superior del recinto ha

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sido objeto de restauraciones modernas, lo cierto es que esta fortaleza constituye, con diferencia, el mejor ejemplo de arquitectura almohade en la provincia de Córdoba, tanto por su estado de conservación como por su diseño, característico de otras obras de este pueblo norteafricano. Murallas del Alcázar Viejo (Córdoba) El Castillo de la Judería o Alcázar Viejo, nombre que ha servido para denominar al actual barrio de San Basilio, pasa tradicionalmente por ser el alcázar almohade de la ciudad, edificado tras la ocupación de la misma por los miembros de esta dinastía y, como antes indicábamos, durante el mandato de Ab@ Ya¥yà. Aunque se ha discutido mucho el origen de este recinto y la cronología de los restos conservados, parece evidente su origen almohade entre otras razones porque fue costumbre de este pueblo en la Península la edificación de nuevos alcázares en las ciudades conquistadas, separados de los utilizados por los anteriores gobernantes. El recinto presenta una planta rectangular, provista de torres angulares y otras que jalonan cada uno de sus lienzos y, dado que en el siglo XII aun no existía el actual barrio de San Basilio, ocuparía en origen un sector extramuros de la ciudad, justo en el ángulo suroeste de las murallas de la ciudad (y junto al antiguo alcázar califal). En la actualidad, se conservan solamente los lienzos norte y oeste, habiendo desaparecido los dos restantes bajo las modernas construcciones. El recinto mantiene cuatro torres de planta cuadrada (tres en el lado norte y una en el oeste) enrasadas al nivel de la cámara y lienzos muy deteriorados que han sido objeto de una reciente (y bastante discutible) intervención, como se puede observar en las ilustraciones. Tres datos nos hacen defender su origen almohade, al presentar un carácter común con las dos fortificaciones descritas con anterioridad: el aparejo constructivo de la tapia (en particular, la distancia entre mechinales), la aparición de una cimentación en tapia y la existencia de una puerta en recodo bajo torre (la llamada Torre de Belén) que, aunque reformada quizá en época bajomedieval, parece evidenciar el origen almohade del recinto. La tapia del castillo de la Judería es mucho más terrosa y suelta que la del castillo de El Vacar, y más parecida aunque no igual a la de las murallas de Palma del Río; precisamente este carácter explica el que las murallas se encuentren tan deterioradas. Sin embargo, la separación entre mechinales mantiene los 80 cm. en anchura y 90 cm. en altura documentados tanto en El Vacar como en Palma. Los escasos restos de tablas conservados en su interior presentan también una sección rectangular plana. Y la cimentación se resuelve en rebancos de tapia. Aunque ha sido y sigue siendo muy discutida la datación de la obra más representativa de este recinto amurallado, la Puerta de Belén, parece claro que en origen mantiene una vinculación innegable con el alcázar almohade, del que constituiría su puerta occidental. Edificada en sillería (a diferencia del resto del recinto), Basilio Pavón demostró su similitud con algunas construcciones que él calificaba de almorávides pero que son en realidad de origen almohade (como el recinto amurallado de Niebla), aunque afirmaba que la torre era del siglo XIV por las marcas de canteros en ella aparecidas y vinculadas con otras documentadas en el Alcázar de los Reyes Cristianos (Pavón, 1988). Al margen de que dichas marcas sean cristianas, pensamos que deben obedecer a alguna reforma de la torre pues esta, por su disposición y fisonomía, parece almohade.

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Es la parte más importante de la fortificación, la más noble y mejor conservada y está, como hemos señalado, edificada en sillería. Presenta una planta cuadrada de 6 por 4 m. al exterior y una altura de 15 m. En su parte superior dispone de una cámara, a la que se accede desde la ronda y que está protegida en su lado interno por una arquería con tres arcos de medio punto; en su interior, una escalera accede a la azotea, provista de un antepecho también de sillería separado del lienzo de la torre por una cenefa o banda tallada en relieve aunque sin decoración. En su parte inferior se dispone como el típico acceso en recodo bajo torre con paralelo en las puertas de Niebla antes citadas o en las propias puertas de la muralla de Palma del Río; se accede desde el exterior por su cara norte, donde se abre un doble arco apuntado, que en la actualidad resulta algo bajo por el recrecido del nivel de la calle durante el siglo XX. Como otras torres de origen andalusí, ha sido utilizado como capilla durante los siglos modernos. Rasgo que mantiene en común con diversas torres de la campiña de Córdoba, como la de Don Lucas en término de La Victoria, cuyo origen islámico es evidente por más que hayan sufrido reformas en época cristiana pues se encuentran bien documentadas en textos del siglo XIII, del momento inmediatamente posterior a la conquista (Sánchez, 1996). Es posible que una investigación detallada de su arquitectura ofrezca restos de factura almohade en alguna de ellas. Bibliografía - Córdoba de la Llave, R. (2001), “La fortificación de habitats en altura almohades. La comarca del Alto Guadiato (provincia de Córdoba) en los siglos XII-XIII”, La Fortificación Medieval en la Península Ibérica, Aguilar de Campoó, Centro de Estudios del Románico, pp. 189-200. - Nieto Cumplido, M. (1984), Islam y Cristianismo: Historia de Córdoba vol. 3º, Córdoba, Cajasur. - Pavón Maldonado, B. (1988), “Entre la historia y la arqueología. El enigma de la Córdoba califal desaparecida”, Al-Qan§ara, 9, pp. 69-198. - Sánchez Villaespesa, F. (1996), “Las torres de la campiña de Córdoba en el siglo XIII. Un sistema de defensa de las comunidades rurales en época almohade”, Qur§uba, 1, pp. 157-170. - Valverde Candil, M., Ortiz Reyes, F. (1982), Los castillos de Córdoba, Córdoba, Cajasur.

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LOS ALMOHADES

La época almohade en Granada a partir de la arqueología Antonio Malpica Cuello Podemos decir sin temor a exagerar que el periodo que denominamos almohade (siglos XII-XIII) significó en al-Andalus y, por los mismos y distintos motivos, en el Magreb, un cambio importante en las formas de vida de sus poblaciones. La calificación de esta etapa en la Península Ibérica atendiendo a la presencia de unos elementos dominadores que llegaron de África del Norte, en este caso, supone la adopción de una terminología que, aunque pudiera hacer referencia al dominio de la política, va más allá de ella. Si los almohades fueron un grupo que se impuso hasta el extremo de producir cambios significativos y visibles, conociendo cómo funcionaba al-Andalus, hay que señalar que su capacidad de penetración en tal sociedad debió de ser muy grande. Ahora bien, quizás haya que pensar en términos muy diferentes, detectables a partir de la arqueología. La adopción, según sabemos gracias a ella, de unas formas materiales claramente discernibles, puede interpretarse también en otro sentido: no sólo trajeron objetos materiales y formas y concepciones constructivas nuevas, sino que también debieron de llegar poblaciones del Magreb. Estas cuestiones no son fáciles de plantear y menos de resolver. La dimensión temporal que se le asigna suele estar muy marcada y, en consecuencia, mediatizada por otros tipos de debates, fundamentalmente el surgido de la historia política. Así se producen desajustes y problemas de todo tipo. El principal es que esa dinámica impulsa a un reconocimiento de etapas que, sin embargo, no tienen siempre la misma dimensión. Es el caso, por poner un ejemplo, de los almorávides, que no aparecen nítidamente en la «cultura material» de al-Andalus, aunque es evidente su presencia como elementos políticos. Para mayor abundamiento de lo que queremos decir, hay que destacar que lo habitual ha sido analizar esos periodos a partir de las obras surgidas del y, normalmente, para el poder. De ese modo, y he aquí de nuevo otro ejemplo, la época posterior al califato, la llamada de los taifas, apenas se ha estudiado partiendo de las formas de vida materiales más elementales, que es obligación inexcusable para un arqueólogo. Es lo que se percibe claramente en una ponencia presentada por M. Acién en el Congreso de Arqueología Medieval celebrado en Valladolid1. Consideramos que esta problemática se debe de plantear de otra forma con el fin de conseguir mejores resultados y establecer unas bases de discusión más firmes. La realidad a la que nos enfrentamos nos obliga a entrar en un análisis territorial que permita no sólo examinar las dimensiones del poder, sino las mismas estructuras de base. Por eso, es oportuno celebrar reuniones en las que se opte de manera decidida y sin ambages por un marco espacial que sirva de referencia. En el presente caso es verdad que se ha elegido

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una distribución por las provincias andaluzas actuales. Tal vez se justifique por la propia organización administrativa de la arqueología que, al carecer en los últimos tiempos de grandes proyectos de investigación, se ha convertido en el punto de atención fundamental, por no decir exclusivo. Como en tantas otras cosas, la arqueología involuntaria y de gestión ha impuesto su ley de manera aplastante, relegando los debates científicos a prácticamente nada, e incluso acusando a quienes intentan abrirlos y continuarlos de descuidar el patrimonio y su difusión. Parece como si la investigación fuese un verdadero obstáculo para el desarrollo de la gestión, cuando debería ser todo lo contrario2. No vamos a presentar ahora y aquí un «cuaderno de quejas» propio de un radicalismo que no busca soluciones ni quiere tampoco encontrarlas, sino que sencillamente nos parece que, una vez más, hay que dejar constancia de las debilidades de que partimos y de la necesidad de establecer unos principios de arranque que permitan describir con suficientes garantías científicas la realidad material y la organización social del espacio. Somos conscientes, sin embargo, de que no es una tarea fácil, pero también sabemos que hay que afrontar los riesgos si queremos un progreso que no es exclusivamente científico. Los elementos que definen el poblamiento y a los que haremos alusión, son tres: castillos y otras estructuras defensivas, ciudades y asentamientos rurales. La combinación de ellos y su interrelación en el espacio, al que modifican creando un paisaje propio, suponen una determinada organización espacial, que ha de conocerse siempre desde la dinámica social que le es inherente. Ni que decir tiene, por tanto, que no puede considerarse de manera aislada, sino formando conjuntos. Asimismo es imprescindible tener en cuenta otros aspectos de la realidad material que permiten establecer los procesos de trabajo y su control y regulación. En tal caso nos referiremos a los indicadores arqueológicos más significativos y de mayor densidad para el conocimiento histórico, especialmente a las cerámicas. Considerada por los arqueólogos el fósil guía por excelencia, habitualmente porque sirve para ofrecer cronologías, qué duda cabe que su análisis debe de trascender los aspectos más formales y mostrar las rutas comerciales que nos indican. Aun cuando queda mucho por hacer, contamos ya con algunos trabajos que nos permiten esbozar unas líneas generales, más allá de los análisis puramente ceramológicos, sobre el territorio granadino en la época llamada almohade. Empezaremos por un estudio, resumido y, por consiguiente, mínimo en nuestro caso, de las cerámicas. Éstas han sido objeto de una investigación aún inédita en la Universidad de Granada, concretamente en nuestro grupo «Toponimia, Historia y Arqueología del Reino de Granada»3. También hemos de echar mano a otros análisis muy recientes que nos acercan al mismo tema, pero en un contexto territorial distinto, cual es el caso de otra tesis doctoral leída en septiembre de 2003 en la Universidad de Cádiz4. Sin duda nos servirá de contrapunto para intentar ver cuánto hay de marco local y lo que es más general, si bien ambos trabajos tienen una vocación que va mucho más allá del punto de referencia concreto, aunque lo tengan siempre en cuenta, estableciendo comparaciones y buscando paralelismos. Diremos de entrada que, al contrario de lo que ha sido opinión bastante generalizada, la cerámica almohade no representa una crisis cultural. En relación con la anterior, sobre todo la mejor conocida, la de época califal, del siglo X, e incluso de la inmediata, la del siglo XI, que no ha sido objeto de una investigación sistemática, no se debe de entender como fruto de un retroceso tecnológico. Bien es cierto que los parámetros estéticos, especialmente aquéllos que se expresan a través de la decoración, parecen indicar lo contrario, pero esta cuestión, sobre la que volveremos más tarde, ha de revisarse. Así, se podría pensar que las piezas hechas en verde y manganeso son más sofisticadas que las que se producen en época almohade, en donde los elementos decorativos ocupan un lugar menos importante, al menos aparentemente. Sin embargo, se ha demostrado que la vajilla de cocina, tanto las marmitas como

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especialmente las cazuelas, que se fabrica en los talleres de los siglos XII y XIII en al-Andalus, en gran parte urbanos según todos los indicios, es tecnológicamente más compleja que la procedente de los alfares califales de donde salían los hermosos ejemplares de ataifores en verde y manganeso que han llegado hasta nosotros. Si es verdad que estas piezas contienen unos códigos estéticos que transmiten la idea del poder que el califa irradiaba desde la ciudad palatina de Madænat al-Zahrã’, como demostró M. Barceló5, no es menos cierto que los almohades acudieron también a la cerámica para hacer propaganda6 de su concepción política e incluso religiosa, aunque en este último aspecto es la epigrafía la que adquiere mayor relevancia7. En todo caso, parece que estamos ante concepciones estéticas diferentes, como también sucede con la tecnología de cada periodo. Fernández Navarro ha incidido en estas cuestiones al analizar las vajillas de cocina de tal manera que no hay mucho lugar a plantear dudas, coincidiendo en gran medida con lo que nos dice el también citado anteriormente Cavilla para la cerámica de Cádiz. El primero escribe: «Entre la tradición tecnológica de época califal y almohade-nazarí encontramos elementos de coincidencia importantes, aunque también evidentes diferencias que nos sitúan ante contextos culturales distintos»8. Advierte elementos comunes entre unas cerámicas y otras. Se trata de la utilización de arcillas ferruginosas, que son las más adecuadas para las piezas de cocina. Igualmente aprecia que su cocción se hace a una temperatura alta que permite que se obtenga una matriz densa y muy porosa9. Llega incluso a hablar de una «revolución tecnológica» o giro de 360º «ya que consiste en conseguir los mismos resultados funcionales, con similares materias primas, pero con una secuencia tecnológica totalmente distinta, con la única incorporación del vidriado como elemento realmente novedoso»10. El resultado es la producción de piezas de cocina más resistentes al choque térmico, ahorrando recursos y aumentando la producción. El tiempo que se emplea en acabarlas con un espatulado permite que el torno pueda seguir haciendo más piezas, hasta el extremo de que puede aumentarse hasta un 25% más11. En resumen, son cerámicas hechas con arcillas ferruginosas que tienen las paredes muy delgadas, con sus bases convexas y un acabado espatulado y con un vidriado melado en su interior12. Ya hemos señalado que las arcillas ferruginosas hacen posible que las cerámicas queden muy compactadas y al mismo tiempo permanezcan muy porosas. El hecho de que las paredes sean muy delgadas hace que tengan una mayor elasticidad, que su peso sea menor y que haya un ahorro de arcilla en su elaboración. La existencia de bases convexas le confiere una mayor resistencia a los golpes externos así como a las tensiones internas que produce el calor. De la misma manera estas bases permiten un mayor acomodo a las fuentes de calor, por lo común una cama de brasas, y se pueden situar sobre cualquier superficie por inestable que sea, pues su centro de gravedad hace que sea difícil que se vuelque13. Todas las cuestiones tecnológicas señaladas, conocidas en otros contextos arqueológicos territoriales, como es el caso de Cádiz14, ponen de manifiesto realidades de un grandísimo interés, que trascienden, por supuesto, los aspectos más claramente ceramológicos y que nos obliga a plantear situaciones históricas de mucho mayor calado. Así, la gran calidad técnica de las piezas que se han estudiado nos hace pensar en un contexto productivo especializado y, por consiguiente, en una centralización de los alfares, que no quiere decir que no hubiese un gran número de ellos. El estándar cerámico que se observa en los diferentes yacimientos aproxima los conjuntos urbanos a los rurales por lo que respecta al consumo y distribución de piezas. Así, se ha constatado que las cerámicas están expandidas por doquier. La única explicación posible es el desarrollo de un gran tráfico comercial que penetra en todos los puntos de un territorio.

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Hay que resaltar asimismo que no se aprecian grandes diferencias, como ocurre en otras etapas, entre las cerámicas llamadas comunes y las denominadas de lujo. No es que no existan piezas de un gran valor estético, e incluso portadoras de un mensaje propagandístico surgido de las esferas del poder15 , sino que como el propio Fernández Navarro ha escrito al referirse a la cerámica de cocina almohade «se trata de una estética volcada en la funcionalidad más que en el carácter representativo o simbólico de otros tipos de producciones cerámicas que siempre han despertado más interés entre los ceramólogos»16. Tenemos, pues, que un simple análisis de la cerámica almohade, a partir desde luego de estudios más densos y especializadas, nos muestra un estado de cosas muy diferente al conocido en épocas anteriores en al-Andalus. Si se dio una generalización en el uso de una cerámica estandarizada en cuanto a su conjunto, sin grandes diferencias entre los que proceden de los ámbitos urbanos y los propiamente rurales, una gran variedad formal y tipológica y una especialización en la fabricación de las piezas, el resultado más inmediato sería una centralización en determinados alfares, muchos de ellos especializados o capaces de serlo, con una gran productividad y una generalización del comercio. Cuando hablamos de generalización no podemos ocultar que la llegada de la cerámica a todos los puntos presenta la contrapartida de un tráfico de productos en sentido contrario. Es así como cabe pensar que la cerámica partiera de las ciudades al campo y, en sentido contrario, determinadas mercancías procedentes de los asentamientos rurales fuesen a los mercados urbanos. No es que haya una relación directa y mecánica entre ambas cosas, sino que las vías comerciales constantes están consolidadas y son al mismo tiempo fluidas, lo que hace que ésa fuese la práctica habitual. Tales características nos hablan, partiendo del estudio propiamente arqueológico, de aspectos que revelan realidades más complejas. No se puede establecer una correlación mecánica entre las diversas manifestaciones materiales, pero en su mayoría dibujan una sociedad muy diferente a la que antes había en al-Andalus. Las obras del poder, así como la organización del poblamiento, van en la misma línea. De lo que más sabemos es de la edilicia en los centros urbanos y en algunas estructuras defensivas. Técnicamente está representada por el tapial, pero asimismo se detectan modificaciones arquitectónicamente muy significativas. Ya han sido suficientemente analizadas por diferentes autores17, aunque no está de más recordarlas. El desarrollo de los mecanismos defensivos es lo que más destaca. Se crean torres albarranas, se generan corachas, las torres de la línea de muralla destacan por encima del adarve, se construyen barreras y antemurales y las puertas se hacen en recodo simple e incluso doble. Todo ello contribuyó a que las defensas fueran mayores y mejores frente a un enemigo cada vez más poderoso y capaz. Pero no puede desecharse la idea de que en los programas constructivos haya una parte claramente de aparato del mismo poder político. Por eso mismo se ha hablado de que la arquitectura almohade «llega a incurrir en el colosalismo»18. Es así como las puertas aparecen con una clara función de aparato, pero también se generan torres residenciales, que, pese a su carácter exterior adusto, se decoraban interiormente. En muchos aspectos esta arquitectura militar fue continuada y aumentada por los nazaríes. El mero enunciado de esa edilicia que acabamos de hacer nos lleva a los ámbitos urbanos, que son los puntos mejor conocidos en el poblamiento de época almohade. Se sabe que las ciudades andalusíes crecieron de forma que se puede apreciar sin muchas dificultades. Más allá del reforzamiento de las defensas urbanas y de la creación de importantes alcazabas, como es el caso, por ejemplo, de Badajoz que ya estudió Torres Balbas19 y excavó más recientemente Valdés20, se ve claramente cómo hay una verdadera transformación de las mudun. En primer lugar se sabe que se construyeron alcázares, sedes del nuevo poder.

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Teniendo en cuenta el carácter rigorista de los almohades, se hallaban enfrentados con el Islam dominante, por lo que optaron por segregarse en el marco urbano preexistente creando espacios nuevos y propios, aislados. Pero es significativo, en segundo lugar, el desarrollo que adquirieron poblaciones urbanas y otras que no alcanzaban tal carácter y se convirtieron en pequeñas o en casi ciudades. Tanto las fuentes escritas, que permiten tener una idea muy cabal de lo que ocurrió, como el trabajo arqueológico confirman esta evolución. Es lo que sabemos que ocurre en Gibraltar21 y, desde luego, en Sevilla22. Además de las grandes obras tanto de fortificación como de construcciones de carácter palatino y residencial, se puede conocer el desarrollo de una política urbana que significa una expansión de la madæna, en buena medida con fines productivos, fundamentalmente agrícolas. En otro lugar hemos apuntado esa posibilidad y nos hemos referido a la Bu¥ayra sevillana23, pues, siguiendo el texto de Ibn Åa¥ib al-Åalœt24, se pueden obtener algunas conclusiones o, al menos, unas referencias dignas de tenerse en cuenta. Se habla no sólo de la construcción de un espacio palatino, sino también de tierras que se pusieron en cultivo en el marco urbano y estaban asociadas a aquella nueva estructura. Creemos que no es posible considerarlas únicamente como una zona recreativa. Se plantaron millares de olivos de diferentes clases y otros frutales, algunos escogidos en partes más o menos próximas de al-Andalus. Tierras y árboles fueron comprados con dinero del Majzen, mientras que tal vez las obras arquitectónicas se hiciesen con medios distintos. Cabe suponer que se invirtió en estas tierras con el objetivo de conseguir que fueran productivas y hacerlas rentables. Para dar mayor fuerza a lo que ya hemos señalado, se debe de poner de manifiesto cómo los jeques campesinos colaboraron en la selección de los olivos. Es posible, por tanto, que las extensiones plantadas tuvieran como fin último el desarrollo de un área periférica de la ciudad, por supuesto productiva, y su inclusión en ella a partir del ejercicio directo del poder. Estamos lejos de la concepción de épocas precedentes en las que las estructuras palatinas se situaban fuera de las antiguas ciudades, creándose de nuevo y sin relación con una ocupación anterior, como es el caso, por ejemplo, de la ciudad califal cordobesa de Madænat al-Zahrœ’. Podría pensarse, no obstante, que estamos ante una excepción, teniendo en cuenta el carácter palatino de la Bu¥ayra y el hecho de que Sevilla fuese la capital almohade de al-Andalus. Pero esta realidad también se percibe, aunque con matizaciones, en la ciudad de Granada. Ya hemos puesto de manifiesto, de acuerdo con lo señalado, en un estudio precedente25, cómo Madænat Garnœ§a responde un tanto a estas mismas líneas, por supuesto con las correcciones necesarias. De entrada diremos que la continuidad nazarí hace que Granada sea una estructura urbana de difícil reconocimiento en épocas anteriores y, sobre todo, en tiempos almohades. El desarrollo de lo construido por éstos y su adaptación en fechas posteriores, salvo que se haga un trabajo muy minucioso y riguroso en las excavaciones, impide una percepción clara de las realidades almohades. Es más, la primera etapa nazarí, quizás hasta mediados del siglo XIV, responde más a los presupuestos establecidos por éstos que a unos propios, por lo que es muy difícil a veces hacer demasiadas precisiones cronológicas. Así, aun cuando algunos elementos que vamos a examinar se desarrollan en fechas nazaríes, pueden y deben de explicarse por lo que sucede con los almohades. Aun señalándolo, nos ha parecido prudente mostrar esta continuidad. La ciudad, configurada como madæna en el siglo XI, ocupaba parcialmente la margen izquierda del río Darro. Aun cuando existían puentes que comunicaban ambas orillas, todo indica que el grado de urbanización era distinto en una y otra parte. No vamos a referirnos a la parte más abrupta, en donde se

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sitúa la alcazaba de la Alhambra, el área en que más tarde, a partir del siglo XIII, se levantó la ciudad palatina nazarí, sino a la zona que desciende de forma más suave hacia la vega holocénica, aunque dentro de las terrazas cuaternarias. Conforme nos alejamos hacia el E la trama urbana se va convirtiendo en una consecutiva sucesión de talleres artesanales. Las alfarerías marcan el punto final de la ciudad. Pegadas casi a sus límites, en el paso obligado hacia el interior de la madæna, son un buen ejemplo de la importancia que tienen para medir la densidad de la misma y su proyección exterior. Las que sabemos que se sitúan en el área que venimos describiendo, ponen de manifiesto, a nuestro entender, que había un eje, por aquellas fechas mal conocido, de comunicación hacia el Genil. La plataforma sobre la que va a progresar Granada, como más adelante veremos, caía de forma más o menos abrupta hacia el río, el eje fluvial de toda la Vega granadina. El trazado de la acequia Gorda, que parece anterior a este progreso urbano, debería de servir para marcar un área de irrigación en la que necesariamente se tendrían que encontrar asentamientos de una u otra entidad26. No se ha podido determinar con claridad cuándo se derivó un ramal hacia la parte urbana. Pero debió de ser como muy tarde a finales del siglo XI. Eso tuvo que significar una puesta en valor del espacio urbano y periurbano oriental de Granada. Necesariamente sirvió para la fabricación de cerámica, pero también para la agricultura, como iremos viendo. Las excavaciones llevadas a cabo en el área oriental de la ciudad, en el espacio en que estuvo el arrabal de al-Fajjãræn, o de los Alfareros, y el de Na^d, en donde hoy se ubica el popular barrio del Realejo, nos permiten plantear una secuencia de ocupación más o menos precisa. En la excavación parcial de unos hornos cerámicos que aparecieron en obras de restauración de la llamada Casa de los Tiros, se pudo definir la evolución de este espacio27. La primera ocupación es del siglo XI, sin que haya restos precedentes. Es entonces cuando se construyó el alfar. A partir de mediados del siglo XII se produce una transformación, como lo demuestra el hecho de que se levante una vivienda encima del centro productor, siendo remodelada la casa en época nazarí y, ya en tiempos castellanos, se destruyó para crear una rampa de acceso a la Casa de los Tiros, que se edificó en el siglo XVI. No lejos de este espacio, se construyeron unos baños, hace algún tiempo excavados28, fechados también en tiempos almohades, así como una mezquita. En suma, edificios que nos hablan de una mayor densidad de ocupación y un claro deseo urbanizador. En otras partes del área situada en la margen izquierda del río Darro, las intervenciones arqueológicas abundan en esa misma línea evolutiva. El análisis hecho por García Porras sobre el barrio de San Matías29 nos muestra que Granada se extendió por esa área a finales del siglo XI y, sobre todo, durante el siglo XII. No se conocen los ritmos de la evolución que se detecta, pero es posible que partiese de las zonas más próximas al río, en donde la existencia de viviendas lo pone de manifiesto (calle Sierpe y solar del antiguo cine Aliatar), en dirección hacia el S y hacia el E. Así, las partes en las cercanías de Mauror y las más al E se ocuparon más tardíamente. De todas formas, es evidente que la consolidación urbanística del área que estaba vecina al Darro, aun manteniendo estructuras productivas en sus mismas orillas, caso de las tenerías situadas junto al Puente del Carbón30, es un hecho hasta el extremo de que los alfares y seguramente las necrópolis cambiaron su ubicación. Las excavaciones llevadas a cabo en las huertas del Cuarto Real y en el antiguo Palacio del Almirante de Aragón, sede de la actual Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Granada, han sido muy significativas para confirmar esa evolución urbanística de Madænat Garnœ§a y determinar el carácter que tenía.

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En las huertas del Cuarto Real y aledaños ha habido diferentes intervenciones, algunas de ellas han sido recogidas en un artículo de J. Álvarez31, quien está elaborando su tesis doctoral sobre el área entre el Darro y el Genil en época medieval32. La última excavación que se ha realizado en las cercanías de la qubba33 ha sido de una gran utilidad para hacer precisiones importantes sobre este espacio singular en la ciudad de Granada. En la calle Cuarto Real de Santo Domingo núm. 14, no lejos de donde estaba la puerta exterior conocida como Bãb al-Ëa^ar, que popularmente fue denominada tras la conquista castellana como Puerta del Pescado, se identificó un edificio de importantes dimensiones. Una de las dependencias era una gran sala de 7 m x 3 m, a la que se accedía por un vano abierto en el lado N que quedaba marcado en el suelo por dos quicialeras de mármol, prueba evidente de que se trataba de una puerta de doble hoja. Este edificio, que se adscribió a la época tardoalmohade o a la primera nazarí, fue transformado en fechas posteriores nazaríes. Se ha interpretado como una almunia situada en la periferia urbana de Granada34, que podría situarse en el siglo XIII. En la contigua calle Seco de Lucena se hallaron huellas que demuestran la existencia de un alfar. Aunque no llegaron a encontrarse hornos de cerámica, apareció una construcción amplia y de poco porte que serviría para guardar las piezas durante su secado y como almacén. Igualmente se encontraron un gran número de cerámicas que sirven para cargar los hornos (rollos, atifles…). La proximidad a la citada Puerta del Pescado se explica por la necesidad de ubicar las alfarerías cerca de los espacios exteriores, bien comunicados, con el fin de poder establecer un sistema de ventas que serviría no sólo a los habitantes de la ciudad, preservados así de los efectos molestos de las industrias, sino sobre todo a las gentes de las alquerías vecinas a la madæna, que acudían a ella para abastecerse de cerámicas. No lejos de allí, en la calle Solares se documentó un nivel medieval que se había visto afectado por la creación de una tenería posterior, de época contemporánea. Las estructuras que se asocian a aquél se organizaban a partir del eje de una canalización de agua. Se identificaron dos habitaciones que utilizaron ricos materiales constructivos, como olambrillas en sus suelos, que no suelen emplearse nada más que en las viviendas de cierto porte35. Otra casa ha sido parcialmente exhumada en la misma calle Solares, pero ahora en el número 12. En el centro había un espacio de forma rectangular, una suerte de jardín bajo en torno al cual se organizaban las demás estancias, destacando una sala de 6 m x 3 m. En uno de los lados menores del jardín había una fuente circular, hecha con azulejos vidriados en verde. El agua la vertía al interior del jardín. Llegaba por una conducción de plomo que atravesaba la mencionada sala36. La última intervención arqueológica realizada, cronológicamente hablando, ha sido la de las huertas del Cuarto Real de Santo Domingo. Ya es sabido que la qubba que queda en pie, objeto actualmenre de recuperación37, es obra de Mu¥ammad II (1273-1302), el segundo rey de la dinastía nazarí, si bien ancla su configuración en el periodo almohade, hasta el punto que se ha discutido si no fue de tales fechas38. Esta torre de la cerca granadina, ocupada interiormente, se insertaba en un espacio agrícola, en el que, lógicamente, había otras estructuras que se relacionaban con aquélla. En las actuaciones arqueológicas llevadas a cabo durante el año 2003 se ha avanzado en su conocimiento. De los cuatro sondeos planteados —todos ellos han mostrado la existencia de estructuras— nos interesa señalar que el que se ubicó al E de la qubba, junto a la muralla, el número 4, puso de manifiesto

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la existencia de una construcción de corte palatino con dos plantas y unas escaleras de comunicación entre la alta y la baja, en la que apareció precisamente un suelo riquísimamente decorado. El material hallado va de finales del mundo almohade al primer período nazarí39. Seguramente se trata de un edificio habitado que formaba parte un conjunto más complejo, del que queda hoy en día sólo la qubba en pie, porque el resto fue destruido y se amortizó como espacio agrícola, dejando frente a la citada qubba una parte dedicada a jardín. Esto supone que las dimensiones de las huertas variaron desde el periodo islámico al castellano y que la configuración que ha llegado hasta nosotros es un pálido reflejo de lo que fue. En todos los casos queda claro que esta área estaba dedicada a actividades artesanales y agrícolas, siendo éstas fundamentalmente productivas, pese al carácter palatino que en algunos ejemplos se percibe. El agua de la acequia Gorda era la que abastecía estas explotaciones. Por otra parte, la excavación llevada a cabo en el Palacio del Almirante de Aragón, actualmente sede de la Escuela Técnicas Superior de Arquitectura de la Universidad de Granada, en el extremo oriental del barrio del Realejo, no hace sino abundar en la idea que venimos esbozando. De los trabajos arqueológicos llevados a cabo durante dos campañas se han podido extraer conclusiones importantes, que intentaremos resumir aquí. Se han advertido los siguientes niveles y fases: — El nivel inferior corresponde a una necrópolis que se puede fechar, pese al escaso material cerámico encontrado y asociado a ella, en época almohade (siglos XII-XIII), con una perduración hasta los primeros tiempos nazaríes. Se asienta sobre tierra virgen, en la que a lo sumo se pueden identificar pequeños fragmentos cerámicos anteriores en posición secundaria por haber rodado de lo alto de la colina. En algunos puntos la necrópolis invade restos de un alfar y los ocupa con fines cementeriales. Coincidiendo con la necrópolis había un muro y un suelo asociado a él. En los sondeos 4 y 5 sirve para el límite del aljibe cristiano del que luego hablaremos, mientras que en el 2 lo hace con respecto a un área de necrópolis luego colmatada por un relleno rojizo. La importancia de este muro es grande. No está cortado en ningún punto y da la impresión de que genera un espacio amplio, una gran sala. A él se le asocia un suelo de cal grasa que monta sobre un relleno con cerámicas almohades40, de las mismas fechas que las encontradas en otros puntos e incluso en la necrópolis. Por tanto, todo indica que convivieron. — El siguiente nivel, que no es perceptible en todas partes, corresponde a la amortización de la necrópolis, por la creación de un amplio espacio agrícola. — Sobre los dos niveles precedentes, alterando a veces uno o incluso los dos, o bien manteniéndolos, se levantó una estructura de habitación y otra de tipo hidráulico, un aljibe, que se fecha en la primera época castellana. Es una casa de la que conocemos sólo una crujía. Queda limitada por el muro que la separa del aljibe y que se recreció sobre otro precedente del que ya hemos hablado, y por otro muro que ha servido para la construcción hoy visible, en concreto el que cierra por el S, en donde han aparecido sillares, y el del O, en el que se abría una puerta, más tarde cegada. Tal puerta permitía el acceso a una primera habitación (sondeo 4), en la que se distingue una compartimentación al N. El espacio en donde se hallaba el aljibe debe de considerarse abierto, seguramente un patio. Su construcción se explica por la necesidad de almacenar agua que los castellanos muestran desde el mismo

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momento de su instalación en el reino y en Granada. Como ejemplo más significativo está el que construyó el conde de Tendilla en la misma Alhambra. No se puede precisar si habría otra crujía al otro lado, el oriental, del aljibe, pues allí no se llegó a excavar. Problema distinto es poder precisar la relación de esta vivienda con el palacio del Almirante de Aragón, cuyos restos están en pie. Es posible que aquélla fuera precedente, para albergar a los dueños en el tiempo en que aún se estaba construyendo éste. Se trata desde luego de una casa de cierta entidad y con una cerámica asociada a ella de indudable calidad. Sería necesario establecer la relación con el propio palacio excavando en el área O, en donde está el corredor que da acceso al gran patio, y al S para ver la alteración que pudo producir en la necrópolis. Pero no es absolutamente necesario, sólo conveniente. Igualmente habría que establecer su evolución y, por tanto, su posible mantenimiento cuando el palacio estaba ya construido. Pero estas cuestiones no nos interesan en este momento. Desde luego, su entidad constructiva la hace claramente perceptible en la distribución espacial del área. Por eso se pensó que fuera una casa noble nazarí o palacete con sus huertas, en consonancia con lo que dicen las fuentes escritas, y antes de la excavación. Pero la intervención arqueológica no deja lugar a dudas: es obra castellana de primera época, probablemente anterior a la edificación del palacio. — Las estructuras cristianas han sido reaprovechadas en gran medida por las fases sucesivas de acondicionamiento. Aquéllas que no lo fueron han quedado selladas por pavimentos modernos. La existencia de una necrópolis en gran parte del edificio y de los patios que hay, sobre la que se creó un espacio agrícola, obliga a reflexionar acerca de la evolución de todo el conjunto. Las fuentes escritas abundan en las líneas que hemos marcado. Ya desde el siglo XI el agua de la acequia Gorda, el ramal llamado de la ciudad, servía para los conjuntos artesanales y tal vez para algunas huertas. En su célebre libro Henri Pérès señala cómo un mawlà de Bœdæs, Mu’ammal creó el famoso Ëawr alMu’ammal, en la orilla derecha del Genil, famoso por ser cantado por todos los poetas. El paseo del Na^d debe de situarse, sin embargo, en el siglo XII, pues los escritores del siglo XI no parecen conocerlo41. Al-Ëulal nos cuenta cómo el califa almohade Ab@ Mœlik ‘Abd al-Wœ¥id b. Y@suf b. ‘Abd al-Mu’min construyó el alcázar de Na^d y la Casa Blanca42. Ibn al-Ja§æb en el siglo XIV describe las huertas y casas principales que había en esta zona de Granada. En su mayor parte pertenecían al rey43. Una imagen parecida nos la suministra al-‘Umaræ44. Una identificación de las huertas citadas por los autores árabes fue realizada en su momento por el insigne arabista Luis Seco de Lucena45, lo que nos exime de entrar en ello. Sólo añadiremos que la configuración del propio barrio del Realejo muestra aún hoy huellas de éstas. Este espacio que hemos mencionado apoyándonos en las fuentes escritas y arqueológicas presenta como característica fundamental el estar dedicado a actividades agrícolas. El impulso principal lo debió de recibir en la época almohade, siendo ocupado con propiedades del Majzen. Aspecto que mantuvo con los nazaríes. Incluso cuando se amuralló, en el reinado de Mu¥ammad II, el arrabal del Na^d, quedó intacta la disposición antedicha. Es muy probable que la expansión urbana de Granada por esta área se

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deba a la implantación de propiedades territoriales del poder político en busca de una mayor producción agrícola que permitiese mantener y desarrollar los mercados. La periferia de la ciudad, según se aprecia en la creación del Alcázar Genil, con toda probabilidad construido en 1218, fue apropiada también por el Majzen en extensiones considerables y dedicada a la vida agrícola46. Este movimiento no es exclusivo de la ciudad de Granada, pues, aparte de lo que sabemos que ocurrió en la Bu¥ayra sevillana, conocemos que en Málaga la expansión urbana comenzó por la construcción de un alcázar en el año 122347. Se ha señalado anteriormente que otro aspecto fundamental del período almohade es la formación de pequeñas o casi ciudades. Tema poco analizado hasta el presente, debe de considerarse prioritario en la investigación en los próximos años. El examen de esta cuestión nos obligará más tarde o más temprano a marcar un ritmo evolutivo en las unidades de poblamiento y en la organización del espacio en al-Andalus. Desgraciadamente contamos con muy pocos análisis concretos, por no decir ninguno. Son referencias de las fuentes escritas y de estudios sobre asentamientos que perduran en el periodo posterior, el nazarí, cuando parece que la evolución se consolida. No disponemos de textos sobre el territorio actual granadino, pero pueden servirnos los que se hacen eco de lo que sucede en otras partes más o menos próximas a aquél. Así, en la actual costa de Almería, Idræsæ, que es el autor48 del que nos servimos en los ejemplos que queremos poner, nos habla de la qarya ‘Aøra, a la que califica de pequeña ciudad (madæna åagæra). Según el texto cuenta con baños y funduq, pero no tiene murallas de acuerdo con la versión más depurada49. Por otra parte, de Bezmiliana escribe que se trataba de una qarya ka-l-madæna, o sea una «alquería que era como una ciudad», provista de baños, de fanãdiq o alhóndigas y con almadrabas para pescar peces «que se expiden a todas las regiones cercanas»50. Es verdad que en los dos casos citados se trata de alquerías al borde del mar que se benefician del gran tráfico marítimo existente en tales fechas. Un buen testimonio arqueológico del mismo lo tenemos en el yacimiento de El Maraute, en el anejo motrileño de Torrenueva. Un avance de su estudio nos lo ofreció A. Gómez51, si bien los análisis cerámicos que se siguen haciendo en la actualidad, aun no terminados52, prueban que las piezas allí encontradas tienen un valor superior al habitual en cualquier alquería, desde luego en fechas anteriores al siglo XII. Y eso que no parece que las viviendas indiquen una especial riqueza de sus habitantes. Por si fuera poco, el propio geógrafo ceutí nos introduce en pleno marco rural, lejos de las rutas marítimas, aunque en el entramado viario de las del interior, al escribir sobre Quesada nos dice que es «un ¥iån como una ciudad (ka-l-madæna)», que cuenta conzocos, un arrabal con baños y alhóndigas. En ella se fabrican vajillas de madera, que se venden en todo al-Andalus y en el Magreb53. De nuevo los aspectos comerciales son destacados y permiten suponer que estamos ante una evolución de los núcleos a partir de sus funciones comerciales. Desde luego los cambios que se advierten, no analizados aún a partir de un trabajo arqueológico sistemático, ponen de relieve que las alquerías en ciertos casos se fueron transformando en pequeñas ciudades, bien a partir de asentamientos abiertos y no amurallados, bien arrancando de fortalezas de dimensiones reducidas. Tal proceso que tiene como fecha de partida, al menos por lo que sabemos hasta ahora, el siglo XII, seguramente en el periodo almohade, se prolongaría en el siguiente, con los nazaríes. Los estudios que hasta ahora se han hecho sobre las llamadas «villa de frontera» entre el reino nazarí de Granada y los territorios castellanos, especialmente de aquéllas

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que estaban protegiendo a la capital54, nos han hecho preguntarnos si se trataban de ciudades o de alquerías fortificadas55. La tipología, aún por establecer, nos advierte que había diferentes casos, que van desde los asentamientos fortificados complejos, con alcazaba, villa y arrabales, todos ellos fortificados, hasta aquellos otros que sólo contaban con un reducto amurallado en la parte superior y un poblado más o menos grande en sus alrededores. Por el momento no sabemos cómo se produjo esta configuración, aunque todo indica que comenzó a partir del siglo XII, con los almohades. Y es ahora cuando entramos en el debate de las transformaciones que apenas han sido detectadas en el mundo rural. Los poblados fortificados son un magnífico ejemplo, siendo «El Castillejo» de Los Guájares el más significativo en Granada, aunque debieron de existir otros que por ahora no han sido totalmente reconocidos. Siendo un yacimiento excavado y ampliamente analizado puede servirnos de guía. En el conjunto existe un bastión defensivo justo a la entrada, que no permite hablar de una separación tajante con respecto a las viviendas que hay dentro de las murallas. No puede, por tanto, hablarse de un grupo militar diferenciado del resto de los habitantes del poblado. En las casas que se han excavado no se advierten grandes distinciones en cuanto a sus ajuares, aunque sí se observan varios tamaños. De hecho se aprecia que las más complejas se sitúan en las proximidades de la entrada. Pero no es menos cierto que el ritmo de construcción de las mismas parece indicarnos que hubo una asignación de espacios que, más tarde, se fueron segmentando y complicando. Como conclusión de sus trabajos y de los estudios anteriores, García Porras56 ha señalado la existencia de una planificación previa a su construcción, una homogeneidad tanto en lo constructivo como en la organización del asentamiento y de las viviendas que allí había. Y así ha deducido que las gentes que las ocupaban mantenían unos fuertes lazos de cohesión y no parece que en su seno hubiese grandes diferencias sociales, aunque quizás haya que hablar de una cierta jerarquización en los grupos familiares. Aun cuando se trataba de casas hechas para éstos, se modificaron y transformaron, lo que prueba una cierto dinamismo. Las funciones que desempeñan estas casas son las propias del mundo campesino, argumento que nos reafirma en la no presencia de un grupo militarmente dominante ni en su interior ni con respecto a todos los que allí vivían. En realidad «El Castillejo» es muy similar al «Castillo del Río», en Aspe (Alicante)57, pero R. Azuar nos da una visión completamente distinta a la que nos ofrece García Porras sobre el primero de ellos. Mientras que éste considera que es una comunidad organizada por fuertes lazos familiares, en definitiva, un grupo humano perteneciente a uno o varios clanes de una tribu, el arqueólogo levantino prefiere hablar claramente de un proceso de control del mundo campesino por parte del Estado. Ambas explicaciones pueden incluso considerarse extremas. No resuelven, sin embargo, una cuestión fundamental: la convivencia de asentamientos amurallados y de otros abiertos, tema planteado por Torró58. Sin duda, de acuerdo con este mismo autor, la acción de los cristianos obligó a multiplicar las defensas andalusíes, pero se observa, como ya se ha dicho una tendencia más general a crear fortificaciones y poblados amurallados, al mismo tiempo que perduran otros núcleos abiertos en sus proximidades. Es el caso, por poner un ejemplo analizado en la zona granadina, del territorio existente en torno a Castril, villa protegida por una muralla, que cuenta con alquerías que no tienen ningún mecanismo defensivo y que hemos estudiado en otro lugar59. No se observa en este caso, al igual que ocurre en otros, una dependencia de tales alquerías con respecto al centro fortificado. Creemos que la explicación de este proceso no es fácil y que es mucho el camino que queda por recorrer en la investigación. Intentaremos dar sólo una orientación para enfocar, que no solucionar, este

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problema. Los asentamientos rurales siguen teniendo como función primordial la explotación de los campos, que son fundamentalmente los irrigados. Sin embargo, las actividades comerciales se han desarrollado tanto que es posible detectar unas transformaciones. Las ciudades, incluyendo el deseo del poder de plasmar su huella y dejar constancia de su existencia, siguen teniendo un papel de dinamización de la economía agraria en cuanto que absorben gran parte de la producción y la reexpiden comercialmente. En esta labor tiene un papel destacado el Majzen almohade en cuanto que posibilita ese tráfico, lo ampara y lo amplifica. El Estado había llegado a acuerdos con los poderes marítimos italianos que le conducían a asegurar el comercio que, como ya queda dicho, se nutría de la agricultura de regadío. Él mismo genera espacios productivos que le permiten canalizar el tráfico mercantil y que le dan suficientes garantías como para no acudir en exceso a una fiscalidad extracoránica. Que había una gran densidad comercial lo prueba sin género de dudas la cerámica de época almohade, muy diferente a la anterior y que se impuso sin graves problemas en todo el territorio de al-Andalus. Seguramente esa misma actividad permitía una mayor penetración en el seno del mundo campesino. Aun cuando hay asentamientos que son herederos directos de las alquerías conocidas, se detectan implantaciones de nuevos grupos humanos que se establecen probablemente en poblados amurallados y defendidos, pero también es perceptible el surgimiento de núcleos casi urbanos que comienzan a organizar territorios para ejercer como centros de absorción de productos agrícolas. Se advierte asimismo que hay una tendencia a reorganizar el mundo rural, como lo prueban el gran número de documentos que reflejan, al menos, un orden en los sistemas de regadíos60. Es entonces, como continuación del periodo anterior, cuando se ponen por escrito los acuerdos para el mantenimiento y quizás el desarrollo de los sistemas hidráulicos61. Pero es imposible entrar ahora en un análisis pormenorizado, pues hasta ahora no se ha investigado en el tema. Sólo una examen territorial, que trascienda los marcos hasta ahora estudiados (en nuestro caso, el granadino), podrá poner en claro muchas de las cuestiones planteadas. Notas del capítulo 1.- Manuel Acién Almansa: «Del estado califal a los estados taifas. La cultura material». V Congreso de Arqueología Medieval Española. Valladolid, 1999, pp. 493-513. 2.- Estas cuestiones, pero referentes a la arqueología urbana, las hemos analizado en varios trabajos: Antonio Malpica Cuello: «¿Sirve la arqueología urbana para el conocimiento histórico? El caso de Granada», en Lorenzo Cara (ed.): Ciudades y territorio en al-Andalus. Granada, 2000, pp. 21-59 y «Arqueología urbana en Granada». Separata de Foro del Patrimonio, Granada, 2002, 40 pp. 3.- Esteban Fernández Navarro: Tradición tecnológica y evolución de la cerámica de cocina desde comienzos de época almohade hasta finales de época nazarí. Granada, 2003. Tesis doctoral inédita. 4.- Francisco Cavilla Sánchez-Molero: La cerámica almohade de Yaz¶rat Qãdis (Isla de Cádiz). Cádiz, 2003. Tesis doctoral inédita. 5.- Miquel Barceló: «Al-Mulk. El verde y el blanco. La vajilla califal omeya de Madænat al-Zahrã’», en Antonio Malpica Cuello: La cerámica altomedieval en el sur de al-Andalus. Granada, 1993, pp. 291-300. 6.- Manuel Acién Almansa: «Cerámica y propaganda en época almohade». Arqueología Medieval, IV (1996), Formas de habitar e alimenta?ao na Idáde Media, pp. 183-191. 7.- María Antonia Martínez Núñez: «Epigrafía y propaganda almohades». Al-Qan™ara, XVIII (1997), pp. 415-445. 8.- Esteban Fernández Navarro: Tradición tecnológica…, p. 273. 9.- Esteban Fernández Navarro: Tradición tecnológica…, p. 273. 10.- Esteban Fernández Navarro: Tradición tecnológica…, p. 274. 11.- Esteban Fernández Navarro: Tradición tecnológica…, p. 277.

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12.- Esteban Fernández Navarro: Tradición tecnológica…, p. 283. 13.- Esteban Fernández Navarro: Tradición tecnológica…», p. 283. 14.- Francisco Cavilla Sánchez-Molero: La cerámica… 15.- Manuel Acién Almansa: «Cerámica y propaganda…» 16.- Esteban Fernández Navarro: Tradición tecnológica…, p. 275. 17.- Especialmente señalaremos los trabajos de Leopoldo Torres Balbás: «Arte almohade. Arte nazarí. Arte mudéjar». Ars Hispaniae, vol. IV. Madrid, 1951, y Alfonso Jiménez Martín: «Al-Andalus en época almohade», en Rafael López Guzmán (ed.): La arquitectura del Islam occidental. Barcelona, 1995, pp. 165-180. 18.- Manuel Acién Almansa: «Cerámica y propaganda…», p. 186. 19.- Leopoldo Torres Balbás: «La alcazaba almohade de Badajoz». Al-Andalus, VI (1941), pp. 168-203. 20.- Fernando Valdés Fernández: La Alcazaba de Badajoz. I. Hallazgos islámicos (1977-1982) y testar de la Puerta del Pilar. Madrid, 1985. 21.- Al clásico artículo de Leopoldo Torres Balbás: «Gibraltar, llave y guardia del reino de España». Al-Andalus, VII (1942), pp. 168-216, hay que añadir el de Ángel J. Sáez Rodríguez y Antonio Torremocha Silva: «Gibraltar almohade y nazarí (siglos XII-XIV)». Almoraima, 25 (2001), VI Jornadas de Historia del Campo de Gibraltar, pp. 181-210. 22.- Magdalena Valor Piechotta y A¥mad ¶ahiri (eds.): Sevilla almohade. Sevilla, 1999. 23.- Antonio Malpica Cuello: «La expansión de la ciudad de Granada en época almohade. Ensayo de reconstrucción de su configuración». Miscelánea Medieval Murciana (en prensa). 24.- Ibn Åa¥ib al-Åalœt: Al-Mann bi l-Imãma. Traduc. Ambrosio Huici Miranda. Valencia, 1969, pp. 188-190. 25.- Antonio Malpica Cuello: «La expansión de la ciudad…». 26.- Antonio Malpica Cuello: «Arqueología hidráulica y poblamiento medieval en la Vega de Granada». Fundamentos de Antropología, 6-7 (1997), pp. 208-231. 27.- Manuel López López y otros: «Casa Museo de los Tiros (Granada). Excavación arqueológica de emergencia». Anuario Arqueológico de Andalucía/1992, pp- 270-278. Los análisis de los abundantes materiales cerámicos recuperados no añaden mucho a este informe que hemos citado. Vid. Ángel Rodríguez Aguilera: «Un centro productor urbano de cerámica postcalifal (ss. XI-XII) en Andalucía Oriental. El alfar de la Casa de los Tiros». La céramique médiévale en Méditerranée. Actes du VIe Congrès de l’Aiecm 2. Aix-en-Provence, pp. 367-370, y del mismo autor: «Estudio de las producciones postcalifales del alfar de la Casa de los Tiros (Granada). Siglos XI-XII». Arqueología Medieval, 6 (1999), pp. 101-121. 28.- Cecilio Gómez González y Carlos Vílchez Vílchez: «Baños árabes inéditos de la época almohade (siglos XII-XIII) de la judería de Granada». I Congreso de Arqueología Medieval española. Zaragoza, 1986, pp. 545-567. 29.- Alberto García Porras: «Ocupación del espacio en la orilla izquierda del río Darro. El barrio de San Matías (Granada)», en Lorenzo CARA (ed.): Ciudad y territorio..., pp. 111-137. 30.- Antonio Malpica Cuello: «El río Darro y la ciudad medieval de Granada: las tenerías del Puente del Carbón». Al-Qan§ara, XVI (1995), pp. 83-106. 31.- José Javier Álvarez García: «Aproximación a la configuración urbana de los arrabales de al-Fajjãræn y del Na^d (actual barrio del Realejo) en época nazarí», en Lorenzo CARA (ed.): Ciudad y territorio..., pp. 86-110. 32.- Agradecemos a José Javier Álvarez su generosa ayuda para poder disponer de datos que en algunos casos son inéditos. 33.- Flor de Luque Martínez, José Javier Álvarez García y Antonio Malpica Cuello: «Intervención arqueológica de apoyo a la recuperación del Cuarto Real de Santo Domingo, huertas y jardines» (Informe entregado a la Delegación provincial de Granada de Cultura de la Junta de Andalucía). Granada, 2002. 34.- José Javier Álvarez García: «Aproximación a la configuración…», p. 98. 35.- José Javier Álvarez García: «Aproximación a la configuración…», p. 99. 36.- José Javier Álvarez García: «Aproximación a la configuración…», p. 100. 37.- Antonio Almagro Gorbea y Antonio Orihuela Uzal: «El Cuarto Real de Santo Domingo de Granada», en Julio Navarro Palazón (ed.): Casas y palacios de al-Andalus. Siglos XII y XIII. Barcelona, 1995, pp. 241-253. 38.- Basilio Pavón Maldonado: El Cuarto Real de Santo Domingo de Granada. Granada, 1991. 39.- Flor de Luque Martínez, José Javier Álvarez García y Antonio Malpica Cuello: «Intervención arqueológica…». 40.- José Javier Álvarez García: «Cerámica almohade en la ciudad de Granada procedente de la excavación del Palacio del Almirante de Aragón». Cerámicas islámicas y cristianas a finales de la Edad Media. Influencias e intercambios. Ceuta, 2002 (en prensa). 41.- Henri Pérès: Esplendor de al-Andalus. La poesía andaluza en árabe clásico en el siglo XI. Sus aspectos generales, sus principales temas y su valor documental. Madrid, 1983 (1ª edic. en francés, en París, 1937), p. 151.

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42.- Al-Ëulal al-maw™iyya. Crónica árabe de las dinastías almorávide, almohade y benimerín. Tetuán, 1951. Traduc. Española de Ambrosio Huici Miranda, p. 191. 43.- Ibn al-Ja¶ib: Al -I¥œ§a fæ ajbœr Garnœ§a. Edic. M. A. ‘INÃN. El Cairo, 1955, vol. I, pp. 121 y ss. Traduc. María Jesús Rubiera Mata: La Arquitectura en la literatura árabe. Datos para una estética del placer. Madrid, 1988, pp. 141-143. 44.- Ibn Faßl Allãh al-‘Umari: Masãlik al-abåãr fæ mamãlik al-amåãr. Traduc. Gaudefroy-Demombynes. París, 1927, pp. 232-233. 45.- Luis Seco de Lucena Paredes: La Granada nazarí del siglo XI. Granada, 1975, pp. 157-158. 46.- Al-Ëulal..., traduc. Ambrosio Huici Miranda, p. 196. 47.- Al-Ëulal..., traduc. Ambrosio Huici Miranda, p. 196. 48.- Geógrafo del siglo XII, se refiere al periodo anterior a los almohades, aun cuando nos da noticias del comienzo del dominio de éstos. 49.- Al-Idrisi: Opus Geographicarum sive «liber ad eorvm delectationem qvi terras peragrare stvdeant». Edic. E. Cerulli et alii. NápolesRoma, 1975. 50.- Al-Idrisi: Description de l’Afrique et de l’Espagne. Edic. y traduc. Reinhart P. A. Dozy y Michael J. de Goeje. Leiden, 1866, reimpresión en Ámsterdam, 1966, p. 200 del texto árabe y 244 de la traducción. 51.- Antonio Gómez Becerra: El Maraute (Motril). Un asentamiento medieval en la costa de Granada. Motril, 1992, y del mismo autor: «El Maraute (Motril) y el poblamiento islámico en la costa de Granada», en Carmen Trillo (ed.): Asentamientos rurales y territorio en el mediterráneo medieval. Granada, 2002, pp. 30-62. 52.- Nos referimos al trabajo que prepara Teresa Bonet García en la Universidad de Granada sobre la cerámica de El Maraute que dejó sin estudiar el llorado Antonio Gómez Becerra. 53.- Al-Idrisi: Description de l’Afrique…, p. 203 del texto árabe y p. 249 de la traducción francesa. 54.- Antonio Malpica Cuello: «Las villas de frontera nazaríes de los Montes granadinos y su conquista», en José Antonio González Alcantud y Manuel Barrios Aguilera (eds.): Las Tomas: antropología histórica de la ocupación territorial del reino de Granada. Granada, 2000, pp. 33-136. 55.- Antonio Malpica Cuello: «Las villas de la frontera granadina ¿ciudades o alquerías fortificadas?». Castrum, 8. Baeza, 2002 (en prensa). 56.- Alberto García Porras: La cerámica del poblado fortificado medieval de «El Castillejo (Los Guájares), Granada». Granada, 2001, y el mismo autor ha publicado un pequeño resumen: «La organización del espacio doméstico en el poblado medieval de «El Castillejo» (Los Guájares. Granada). Una lectura desde el análisis de la cerámica», en Carmen Trillo (ed.): Asentamientos rurales…, pp. 422-455. 57.- Rafael Azuar Ruiz: El castillo del Río (Aspe, Alicante). Arqueología de un asentamiento andalusí y la transición al feudalismo (siglos XII-XIII). Alicante, 1994. 58.- Josep Torró: «Fortificación en ibãl Balansiya. Una propuesta de secuencia», en Antonio Malpica Cuello (ed.): Castillos y territorio en al-Andalus. Granada, 1998, pp. 385-418. 59.- Antonio Malpica Cuello: «Los asentamientos y el territorio del valle del río Castril en época medieval». Actas do 3º Congresso de Arqueología Peninsular, vol. VI, Arqueología da Idade Média da Peninsula Ibérica. Porto, 2000, pp. 281-301. 60.- A este respecto, aparte de documentos sobre las principales acequias granadinas, remitimos a una fatwà que se recoge en Vincent Lagardère: Histoire et société en Occident musulman au Moyen Âge. Analyse du Mi‘yãr d’al-Wanßaræsæ. Madrid, 1995, pp. 334-335. 61.- Como ejemplo podemos poner lo que sucede en el complejo que se puede denominar de la Acequia Gorda y de las otras que salen del Genil: Miguel Garrido Atienza: Los alquézares de Santafé. Granada, 1893 (reimpresión en Granada, 1990). Para fechas inmediatamente anteriores, en concreto de 1139, hay que destacar el documento de riegos de Guadix, publicado del original árabe por Emilio Molina López: «El documento árabe de Guadix (s. XII)». Homenaje al Prof. Jacinto Bosch Vilá. Granada, 1991, vol. I, pp. 271-292.

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LOS ALMOHADES

Algunos ejemplos de construcciones defensivas almohades en la provincia de Sevilla Magdalena Valor Piechotta Introducción Actualmente, en la provincia de Sevilla se conservan vestigios arquitectónicos emergentes de unas veintisiete fortificaciones andalusíes1, aunque sabemos que debió haber más, teniendo en cuenta las fuentes escritas y las evidencias arqueológicas. Desde el punto de vista cronológico habría que establecer dos etapas2: Una más amplia que abarca desde la conquista musulmana hasta la llegada de los almohades (desde el 711 hasta el 1147) y una segunda desde los almohades a la conquista cristiana (1147 a 1248). Desde la conquista musulmana hasta la llegada de los almohades3 Apenas quedan vestigios visibles de fortificaciones de esta larga etapa que dura algo más de cuatrocientos años4, y en la que teniendo en cuenta la división en períodos históricos, podemos diferenciar: La dinastía omeya: el emirato y califato de Córdoba. En primer lugar, tenemos la impresión de que el “continuismo” en el poblamiento de la etapa preislámica debió ser la situación más frecuente, al menos hasta el siglo X. Así, nos consta la reutilización de fortificaciones pre-medievales, en algunos casos prehistóricas (caso de Estepa, Aznalcollar, Setefilla -Lora del Río-, Alhonoz -Écija) y en otros romanas (Alcalá de Guadaira, Alcalá del Río, Itálica -Santiponce-, Mulva -Villanueva del Río y Minas-) y seguramente muchos otros ejemplos más que nunca han sido excavados y que por tanto no conocemos. A estos ejemplos hay que añadir los núcleos urbanos de época romana que pervivieron como tales, es el caso de Carmona, Écija y Sevilla. No obstante, hubo construcciones defensivas ex novo, realizadas por los Omeyas y localizadas en las mudun (especialmente erección de castillos urbanos o alcázares) y ¥uåun en las áreas rurales conflictivas. A ello hay que sumar las defensas construidas por las comunidades campesinas. Por tanto, es evidente que se produjo un incastellamento precoz, caracterizado por su emplazamiento en altura5.

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Los reinos de taifas y los almorávides Se trata de un siglo y medio, en el que la etapa fundamental debió ser el siglo XI, especialmente la primera mitad, años en los que debido a la desintegración del Estado omeya se produce una profunda transformación en la estructura del poblamiento, que hoy en día todavía no estamos capacitados para interpretar, por la carencia de investigaciones. La primera mitad del siglo XI debió ser la etapa del “encastillamiento”, que desde aquellas fechas caracterizó de una manera decisiva la estructura del poblamiento andalusí. Sin embargo, apenas sabemos nada de la trascendencia de este proceso, ya que no conocemos la tipología de estas fortificaciones y por tanto los vestigios que detectamos en muchos casos no los podemos datar. El ejemplo mejor conocido por el momento, corresponde al castillo de Cote (Montellano) erigido en el siglo IX, pero renovado drásticamente en el siglo XI. En cuanto a los cuarenta y cinco años de dominio almorávide las únicas obras que nos constan en las fuentes árabes sobre la construcción de fortificaciones en la zona, son las documentadas en las cercas urbanas de Sevilla, Granada y Córdoba, no constatadas arqueológicamente. Desde la llegada de los almohades hasta la conquista cristiana La integración de I™bæliya en el califato almohade y su condición de capital de al-Andalus, unido a la intensidad de los ataques cristianos (castellanos y portugueses) que lograron penetrar en diversas ocasiones en el valle del Guadalquivir, debieron ser las razones por las que especialmente bajo los reinados de los califas Ab@ Ya®q@b y Ab@ Y@suf se construyeron un número destacado de fortificaciones, tanto de carácter urbano, como rural. Desde 1171 hasta 1195 se produce una intensa actividad constructiva destinada a fortificar no sólo la frontera de al-Andalus con los reinos cristianos, sino también las vías de penetración y los centros de poblamiento estratégicos relacionados especialmente con áreas intensamente cultivadas o productivas en general. Es evidente que también después del 1212 debió intensificarse esta labor de fortificación, aunque por ahora son muy pocos los ejemplos que podemos aportar, de nuevo por la carencia de investigaciones arqueológicas. En cuanto a las fortificaciones almohades y post-almohades que podemos identificar, nos encontramos con: - Cercas urbanas: Écija, Marchena y Sevilla. - Ëuåun: Alcalá de Guadaira, Lora del Río, Sanlúcar la Mayor, San Juan de Aznalfarache. - Torres: Cuartos (Sevilla) , Quintos (Dos Hermanas), Hacienda del Maestre (Dos Hermanas), Alpechín (Olivares). En cuanto a la tipología de estas fortificaciones, lo más característico es el material constructivo, que es el tapial con un módulo muy característico 0,80 x 0,90m y cajones de aproximadamente 2,70 m de longitud como máximo. En ocasiones este tapial conserva vestigios de aparejo falso, en forma de cintas blancas que están en las llagas de los cajones, simulando un aparejo ciclópeo6. En algunos casos y para alcanzar el imprescindible plano horizontal para construir en tapial, detectamos un zócalo de

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ALGUNOS EJEMPLOS DE CONSTRUCCIONES DEFENSIVAS ALMOHADES EN LA PROVINCIA DE SEVILLA

mampostería (Alcalá de Guadaira, p.e.). Una característica destacable es que la mayor parte de estos edificios de nueva planta se encuentran en las comarcas de la Vega y la Campiña, por tanto en llano. Habría que diferenciar: 1) Las cercas urbanas: Écija y Marchena fueron construidas ex novo en este siglo, mientras que Sevilla y mucho más Carmona fueron ampliadas y reconstruidas a partir de defensas pre-almohades. La planta de las cercas urbanas no es una figura geométrica, pero observamos una tendencia a la forma ovalada, aprovechando los cursos de agua próximos como defensa y adaptándose a ellos. 2) Los castillos que se reconstruyen o que son ex novo son: Lora del Río, ¿Cantillana? y¿Guillena? También, en torno a la capital, Sanlúcar la Mayor, Alcalá de Guadaira y San Juan de Aznalfarache. Entre todos ellos, predominan dos tipos de plantas, unos con tendencia cuadrangular, caso de San Juan de Aznalfarache, Lora del Río; otros con planta ovalada, caso de Alcalá de Guadaira, Cantillana y Sanlúcar la Mayor. Las cercas urbanas En la provincia de Sevilla hay un total de cuatro: Carmona, Écija, Marchena y Sevilla. Todas ellas son fortificaciones andalusíes con reparaciones o reformas cristianas. NOMBRE Carmona Écija Marchena Sevilla

SUPERFICIE CERCA 20,25 Ha 41,43 Ha 12,18 Ha 268,56 Ha

SUPERFICIE ALCÁZAR 0,54 Ha 2,34 Ha 3,29 Ha 17,71 Ha

Por tanto, en la provincia de Sevilla encontramos tres “ciudades medianas”, que son Carmona, Écija y Marchena y una “gran capital de provincia” que es Sevilla7 [Fig. 1]. Carmona , Écija y Sevilla habían sido ya núcleos urbanos desde época romana y como tales eran capitales de provincia. En efecto, en época islámica fueron distintas qura o provincias, aunque desde la época taifa Écija dependió de Carmona al igual que Marchena. Tanto Écija como Marchena aparecen engrandecidas y consolidadas como madinas en la época almohade y terceras taifas. Sevilla En Sevilla podemos definir dos ciudades históricas superpuestas. La más antigua tiene su origen en época romana y perdura hasta la época almohade, aunque con evidentes cambios; la llamaremos etapa pre-almohade. El segundo momento, del que la ciudad actual es todavía deudora corresponde a la etapa almohade. En lo que se refiere a las murallas de Sevilla, con los datos que actualmente tenemos, debieron existir al menos dos recintos defensivos diferentes, que son: - Uno más antiguo, de tamaño menor, de origen romano del que no subsisten en la actualidad vestigios emergentes.

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- El segundo recinto es pleno-medieval, y supone la delimitación de un espacio urbano tan amplio que no llegará a colmatarse prácticamente hasta la contemporaneidad. De este recinto todavía prevalecen numerosas evidencias a lo largo de la ciudad. A través de las fuentes árabes8 sabemos que las intervenciones en las defensas de Sevilla comienzan a partir de la toma de la ciudad por los almohades en el año 1147, aunque las siguientes referencias con las que contamos corresponden ya al momento en el que el antiguo gobernador de I™bæliya Ab@ Ya®q@b es proclamado califa. Este Amær al-Mu’minæn fue el que emprendió una intensa labor constructiva en la ciudad con el objetivo de convertirla en la capital indiscutible de al-Andalus, labor que continuó su hijo Ab@ Y@suf a partir del 1184. En los años de decadencia del imperio almohade en al-Andalus (1212-1229), todavía se producen importantes obras en I™bæliya que consistieron en la restauración de las murallas, la construcción del antemuro y del foso alrededor de todo el perímetro fortificado, y la edificación de la torre del Oro. La muralla de la Sevilla almohade contaba con unos 6.000 m de perímetro, de los cuales podemos analizar en la actualidad aproximadamente unos 1.500 m. Los restos conservados están en muchos casos emergentes y exentos, aunque en estos últimos años se han producido también numerosas excavaciones arqueológicas de urgencia en múltiples puntos de la ciudad que permiten saber mucho más sobre la muralla soterrada o embutida en construcciones posteriores. Las evidencias emergentes y exentas de esta cerca urbana en la actualidad son las siguientes: El muro de la puerta de ıahwar Se localiza entre la puerta de la Carne y la “Torre del Agua o del Enlace”, situada en el límite meridional del segundo recinto del alcázar ®abbœdí. Este lienzo mide aproximadamente 379 m de longitud, de él se conservan visibles unos dos tercios solamente. Se trata de cuatro torres y cuatro cortinas. Estructuras de tapial que tienen en su composición abundantes guijarros. Especialmente destacables son las `cintas´o `verdugadas´de ladrillo que recorren las torres desde el arranque de la cámara hasta el coronamiento9. Las intervenciones arqueológicas de “apoyo a la restauración” han dado como resultado el hallazgo en el subsuelo de una muralla de tapial muy consistente de cronología tardo-abbadí o almorávide (siglo XI o comienzos del XII) que se adosa al alcázar10. Este lienzo fue sustituido a mediados del siglo XII por la muralla que hoy vemos en pie, de cronología almohade y datable en el 1172, año en el que el califa Ab@ Ya®q@b ordena la reconstrucción del acueducto que llamamos “Caños de Carmona”. La muralla por el lado del río11 Corresponde al flanco oeste de la cerca urbana, es decir, desde el postigo del Carbón hasta la puerta de Bib-Arragel. Esta muralla fue (re-)construida en dos ocasiones, la primera en el 564H/1168-1169 después de una gran riada y la segunda en 1201, como resultado también de una inundación. En efecto, fue en una intervención arqueológica en la puerta de la Macarena que tuvo lugar en 199812, dónde salieron a la luz dos líneas de muralla: una al sur, fundamentada en sillares reutilizados; y, otra al norte de tapial desde la base de obra muy sólida y de gran dureza. La primera es la más antigua, que podemos datar bajo

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el gobierno de Ab@ Ya®q@b; la segunda muralla, construida por delante de aquella, debe ser la de comienzos del siglo XIII. La ampliación del recinto amurallado hacia el norte y hacia el oeste, probablemente en los años en que Ab@ Ya®q@b fue gobernador de Sevilla (1156-1171), significó la incorporación de unos espacios palustres donde hasta entonces había habido lagunas y humedales y fue la construcción de esta muralla almohade la que procuró las condiciones necesarias de aislamiento del río que permitirían algún tiempo después su plena urbanización, aunque todavía durante esta etapa el sector noroeste intramuros debió tener un uso predominante de carácter agrícola y artesanal. La muralla entre las puertas de la Macarena y Córdoba13 Se trata del único ejemplo que se conserva en Sevilla de la muralla urbana emergente y exenta entre dos puertas. 536 m de muralla que tienen un trazado sinuoso que se compone de ocho torres, nueve cortinas y dos puertas (Macarena y Córdoba) más un antemuro que se conserva en la totalidad del recorrido. En cuanto a las fases constructivas, en lo que podemos ver, hay que hablar de dos momentos distintos: - La muralla, de construcción almohade y fecha indeterminada en la segunda mitad del siglo XII (probablemente de la etapa de gobernador de Ab@ Ya®q@b). - El antemuro, recrecido de la muralla (en cuatro tapiales) y el foso. Todo ello datado por las fuentes árabes en 1220/1221. El foso es el único elemento que no pervive y del que prácticamente no hay testimonios iconográficos, por tanto ignoramos absolutamente su forma y profundidad. Las puertas de la cerca urbana14 De las doce puertas que había en la cerca urbana, se conservan en un estado muy próximo al original dos, que son: la Puerta de Córdoba y el llamado “Postigo del Aceite”. Puerta de Córdoba: Responde al tipo de puerta en recodo simple en torre saliente. El material constructivo es el tapial y los arcos de la puerta15 son de sillería. Se trata de arcos de herradura con alfiz muy alto que terminan en la imposta del arco; las puertas tienen doble mocheta. Estos arcos son idénticos a los que se conservan en el åa¥n (patio de abluciones) de la mezquita mayor almohade, que son de ladrillo. Postigo del Aceite: Se trata de una puerta de acceso directo flanqueada por dos torres16. Las torres conservan una cámara cada una a la altura del adarve y en su fachada exterior tienen “verdugadas” de ladrillo. Las excavaciones arqueológicas en las antiguas atarazanas alfonsíes, dejaron al descubierto el antemuro del siglo XIII y la base de estas torres, construidas a base de sillares17, probablemente pre-almohade. Las torres monumentales En la muralla de I™bæliya hay cuatro torres que por su peculiaridad merecen un tratamiento específico, se trata de:

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A) Torre del convento de Santa Marta. Estructura embutida en un convento de clausura, de la cual sólo podemos ver su parte superior, que está muy encalada18. El remate superior de esta torre conserva una decoración de arcos de medio punto ciegos, que tiene un claro paralelo en la llamada “torre del Oro” del alcázar de Jerez de la Frontera. En el caso de Jerez se trata de un aparejo mixto, que consiste en tapial hasta la altura del adarve y la cámara hasta el coronamiento de ladrillo. B) Torre de la Plata19, de planta octogonal que experimentó una profunda reforma en tiempos de Alfonso X lo que hace difícil reconocer su estructura almohade. La torre contaba con tres cámaras superpuestas. La más baja a la cota del suelo de época almohade (del siglo XII), la segunda por debajo del adarve y la tercera sobre él. Las dos cámaras superiores debieron hundirse y fueron reconstruidas en la segunda mitad del siglo XIII con una cubierta de bóvedas de crucería, del más puro estilo gótico alfonsí. No hay vestigios de la escalera de la torre almohade, aunque antes de la primera restauración se conservaba previa al tramo hacia el terrado una pequeña bóveda de arista adosada al muro. La única cámara que conserva la estructura almohade es la inferior. Se trata de un pilar central ochavado del que parten ocho arcos fajones que sostienen bóvedas de arista triangulares. El aparejo es complejo, se trata de mampostería de sillarejos en la base y paramentos de tapial encadenados con sillares. El tapial conforma paños de dos cajones superpuestos de aproximadamente 0,90 m de altura. El pilar central ochavado también es de sillería; las bóvedas son de ladrillo de 28 x 14 x 4,5 cm. Esta cámara no tiene vanos hoy reconocibles, por lo que su función debió ser seguramente de calabozo o aljibe. El conjunto del recinto en que se inscribe esta torre parece tener un papel esencialmente militar, ya que se trata de los muros más anchos de las fortificaciones de Sevilla (2,54 m), dotados además de parapeto y paradós ambos flanqueados por saeteras. C) La torre Blanca: Es la torre de mayor tamaño del conjunto de la cerca urbana que hoy se conserva (las torres de la Plata y del Oro formaban parte de las murallas del alcázar). Edificio concebido como un auténtico fortín, defendía el acceso a la ciudad desde el norte, ya que la puerta de la Macarena estaba desplazada hacia el oeste con respecto a la antigua vía romana. La torre es de proporciones monumentales, cada una de sus dos plantas está concebida con saeteras que cuentan con unas amplias cámaras de tiro, de las que sólo encontramos paralelos en la torre del Oro. Tanto en el exterior como en el interior conserva vestigios de una decoración muy cuidada, aunque ya casi imperceptible, que consiste en: - El exterior: restos de aparejo falso en el tapial, que todavía se detectan en el lado este, y `verdugadas´ de ladrillo que recorren las dos cámaras de la torre. - En el interior: vestigios de un enlucido que oculta las llagas verticales de los ladrillos marcándose con un rehundimiento las llagas horizontales. Conjunto de imposta en nacela de yeso que tiene por debajo decoración de lacería también en yeso [Fig. 2]. D) La torre del Oro20: Es junto con el llamado Arquillo de Mañara y la torre Blanca uno de los tres únicos ejemplos de arquitectura militar de carácter monumental en Sevilla. La torre, que es albarrana, tiene cuatro cámaras superpuestas:

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La inferior cegada después del terremoto de Lisboa, sólo hemos sabido de su existencia a través de unos sondeos geo-técnicos practicados en el año 197621. Tiene una estructura similar a la de los alminares que consiste en un cuerpo central hexagonal donde queda inscrita la escalera, quedando el espacio entre el muro maestro y la escalera cubierto con bóvedas de arista cuadradas y triangulares. Esta misma estructura la encontramos en las tres cámaras superpuestas, aunque las bóvedas se hacen algo más complejas a medida que ganan altura. El segundo cuerpo de la torre es una prolongación del cuerpo de escalera. Aunque muy restaurado, está decorado con arcos ciegos y geminados que apoyan sobre columnas y capiteles de barro cocido, junto con una decoración de cerámica aplicada en las albanegas totalmente repuesta22. Excluidos de este trabajo los recintos amurallados que conformaban el área palatina de la Sevilla almohade, que van a ser específicamente tratados por el Dr. Tabales Rodríguez, el hecho indudable es que las fortificaciones de I™bæliya debieron ser el paradigma de la fortificación en al-Andalus. La construcción de esta gran cerca urbana (268,5 Ha) debió efectuarse entre 1156 y 1198, siendo probablemente el período constructivo más intenso durante el gobierno como wali y después califa de Ab@ Ya®q@b (1156 a 1184). Las características generales que habría que destacar son: - El material constructivo El tapial es el material constructivo por excelencia. Ciertamente a lo largo de los casi 6.000 metros de muralla se observan calidades distintas tanto por la propia tierra (cuyo abastecimiento era a pie de obra), como por la proporción de cal usada (dependiendo de la mayor o menor proximidad al río), como por el aglutinante que puede ser zahorra (cantos rodados), cerámica machacada y/o ceniza. Los cajones de tapial tienen una altura media entre 0,80 y 0,90 m y una longitud variable que alcanza como máximo los 2,50 m. El ladrillo se usa para las cubiertas y enmarcando los vanos (saeteras y puertas), sólo excepcionalmente se usan sillares reutilizados. - Los aparejos23 Hay diferentes tipos de aparejo, que puede ser simple (sin elementos verticales que lo articulen) o mixto (cajones separados por una hilada de ladrillo u otro material) y en las torres, tapiales encadenados (machos de ladrillo o pétreos en las esquinas). Finalmente hay aparejos complejos, como el caso de la torre de la Plata donde encontramos una mampostería de sillarejo en la base y un tapial encadenado de sillares en el alzado; o es caso de la torre de Santa Marta, que probablemente sea de tapial hasta el adarve y la cámara de ladrillo. - La tipología de la cerca Las torres, en los lienzos que se conservan emergentes, se distribuyen a una distancia rítmica. Son en la mayor parte de los casos de planta cuadrada y sólo hay algunas excepciones que son: la Torre Blanca (octógono irregular), la Torre de Santo Tomás (hexagonal), la Torre de la Plata (octogonal) y la Torre del Oro (dodecagonal).

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Las cubiertas de las torres son a base de bóvedas de cañón, arista o vaídas. También en las torres de más de cuatro lados vemos soluciones semejantes a base de bóvedas de arista triangulares y arcos fajones (torre Blanca y torre del Oro). El otro elemento común son las “verdugadas” de ladrillo que recorren las torres a la altura de las almenas, del pavimento del terrado y, en los casos más complejos enmarcando las saeteras, los ejemplos mejor conservados corresponden a la muralla de la Macarena y al muro de ‰ahwar. Écija Desde el año 1985 se han efectuado diversas intervenciones arqueológicas que afectan al recinto amurallado de Écija. Estas investigaciones han permitido constatar que la ciudad romana tuvo un perímetro mayor que la andalusí, 78 Ha frente a las 41,7 Ha de la madina pleno-medieval. La cerca urbana tiene 2.787 m de perímetro y 41,7 ha de superficie24; debió ser construida de un solo impulso, y el material constructivo por excelencia es el tapial. En cuanto a su datación en época almohade se publica por primera vez en el año 1951 en el C.A.A.P.S. Los autores del Catálogo señalan además la existencia de dos fases constructivas: la primera que corresponde a la muralla y, la segunda a las torres albarranas25. En cuanto a la cronología del recinto amurallado a partir del año 1182 se prodigaron los ataques de las tropas castellanas en ésta zona y de las tropas portuguesas por el oeste, que llegaron hasta Sanlúcar la Mayor, es en este contexto donde debemos datar la construcción de esta cerca urbana en tiempos del califa Ab@ Ya®q@b; de la misma manera que el antemuro, el foso y las torres albarranas debieron ser añadidas en el siglo XIII, como ocurrió en Sevilla. La cerca medieval está muy deteriorada y en buena parte demolida26. En este sentido, las puertas cayeron bajo la piqueta en el siglo XIX; parece que eran siete: la puerta del Puente o del Río, la de Osuna, la de Risk, al norte la del Mercado o de la Palma, a las que hay que añadir la del Agua, la de Estepa, la del Sol y otra abierta en el siglo XV, la Nueva. No obstante buena parte del recinto amurallado pervive embutido en el caserío, así se conservan unas treinta y seis torres, de las que en la mayor parte de los casos sólo podemos ver su coronamiento27 [Fig. 2]. Esta muralla estaba precedida de antemuro y foso, que aparecen mencionados en las fuentes escritas y de las que persistían algunos vestigios todavía a mediados del siglo XX entre las puertas de Estepa y Osuna. La cerca urbana de Écija tiene una planta prácticamente trapezoidal. El recinto cuenta con tres torres albarranas, la denominada Albaranilla, llamada así por estar inmediata a la cerca y, las de la calle Barrera de Quintana y la de la calle Calzada, éstas últimas se encuentran embutidas en el caserío, siendo la primera de ellas un ejemplo excepcional, en el que la cubierta de la cámara está formada por una bóveda ochavada apoyada sobre trompas aristadas. El alcázar se encuentra en el ángulo sudeste y está definido por dos recintos distintos, que se encuentran en el ángulo sudeste del recinto, muy próximo al eje de comunicación este-oeste que partiendo desde el puente atravesaba todo el núcleo urbano hasta desembocar en el camino hacia Sevilla. El alcázar se componía de un doble recinto, hoy prácticamente destruido y casi irreconocible. Uno de ellos parece que tenía una disposición similar al castillo de Triana en Sevilla, es decir, un recinto de planta

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rectangular flanqueado por torres en las esquinas28. En este punto estuvo durante el período andalusí el centro político-administrativo de la ciudad y así continuó después de la conquista cristiana (1240). Poco a poco cayó en desuso, si bien al principio sus muros y dependencias fueron siendo reparados, aunque a partir del siglo XVIII se optó por demoler todo aquello que amenazaba ruina. El material constructivo es el tapial, con el módulo de 0,80 x 0.90 m, aunque en algunos puntos visibles cuenta con algunas hiladas de sillares en la base. Habitualmente las torres conservan verdugadas de ladrillo en el exterior, generalmente a la altura del pavimento de la terraza, o a la altura de las almenas. Estas torres cuentan en la mayor parte de los casos con una cámara a la altura del adarve, cubierta con bóveda vaída. Es interesante destacar que muchas de ellas tienen también el adarve abovedado. Marchena Mar™œna era una ciudad de cierta importancia en época islámica. La fortificación medieval de Marchena se compone de al menos cuatro recintos, que son [Fig. 4]: - El alcázar o castillo, llamado en la documentación medieval la Mota, por estar en el punto más elevado de todo el conjunto. - Los dos recintos adosados al alcázar, situado en el extremo nordeste entre el alcázar y la ciudad y que conservan también vestigios defensivos. - La madina o la villa, también amurallada, actual barrio de San Juan. La superficie total amurallada es de 12,18 Ha, teniendo el alcázar 2,5 Ha y otros 2,5 los jardines adosados a éste. El material constructivo de esta muralla es básicamente el tapial, que en la mayor parte de los muros y torreones tiene un módulo de 0,80 x 0,75 a 0,65 m. Los mechinales son pequeños, las agujas son de tablas. La factura del conjunto de la cerca urbana, el alcázar y el arrabal es muy homogéneo por lo que pensamos que es una obra coeva. Este tapial tiene como paralelo el antemuro de Sevilla (construido en 1220/1221)29. El ladrillo aparece en forma de verdugadas en el exterior de algunas torres a la altura de las cubiertas de las cámaras y los vanos de algunas torres del alcázar. Esta cerca experimentó una serie de transformaciones desde mediados del siglo XIV hasta pleno siglo XVI. Se reformaron algunas puertas forrándolas de cantería, se reforzaron algunos lienzos de muralla mediante el añadido de zócalos de mampostería y se añadieron algunas torres ultrasemicirculares de mampostería. Las torres son mayoritariamente de planta cuadrangular, 5 x 5 m ó 5 x 6 m. La distancia entre ellas oscila entre los 30 y los 40 m distribuyéndose de manera rítmica, lo que se puede observar con claridad en el flanco meridional (c/ de las Torres). En el recinto hay una torre octogonal, llamada torre del Oro, que flanquea a la Puerta de Carmona. Esta torre de tapial se conserva hasta la altura del parapeto, son aproximadamente 14 m de altura, donde se pueden observar tres verdugadas de ladrillos (de cuatro ladrillos a sardinel), que se localizan a la altura del pavimento de la terraza, del pavimento de la cámara y prácticamente a media altura de la torre.

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La cerca urbana La planta se adapta a la topografía del terreno y desarrolla una forma con tendencia ovalada. Las puertas eran: la de Morón o Castillo de San Pedro, la de Sevilla o Arco de la Rosa, la de Écija o de las Tres Caídas y la Puerta de Osuna. De todas ellas se conservan actualmente las puertas de Sevilla y la de Morón. La puerta de Sevilla en forma de puerta de acceso directo flanqueado por dos torres, aunque puede tener un origen islámico, lo que nosotros vemos hoy corresponde a una reforma llevada a cabo en pleno siglo XV. La puerta de Morón, que corresponde al tipo de acceso en recodo simple en torre saliente y con patio central, se encuentra hoy muy restaurada aunque todavía se puede vislumbrar lo que debió ser su aspecto medieval. El alcázar En el conjunto de la fortificación de Marchena es el elemento más deteriorado y abandonado. Las murallas que se apoyan sobre un escarpe que en buena parte debe ser natural, se han derrumbado o están en proceso de desplome inminente. La planta del alcázar es irregular, adaptándose a la topografía del terreno. Tenía al menos tres puertas, que son: el Arco del Tiro de Santa María en conexión con la ciudad, la Puerta del Picadero o de Carmona (también llamada Arco de la Tomiza) que da al campo y finalmente un Portillo o Puerta de la Barbacana en la unión con el recinto del parque. En cuanto a la estructura interna islámica de la ciudadela, en superficie ha desaparecido en su práctica totalidad debido a la superposición del palacio de los Ponce de León y a la construcción de la iglesia de Santa María de la Mota. Los jardines del alcázar o el recinto del Parque. Se conserva muy poco de él hoy en día. Se trata de un recinto fortificado adosado al alcázar por su flanco nordeste que conserva en el centro una alberca de enormes proporciones que alimentaba una huerta que abarcaba probablemente la totalidad del espacio murado, esta alberca abastecía de agua al alcázar. Éste debió ser un lugar de esparcimiento para las autoridades andalusíes de Mar™œna, como después lo fue para los señores de Marchena. Marchena es por diversas razones una fortificación muy importante, ya que: - Conserva buena parte de su recinto amurallado (al menos un 85 % de su superficie total). - Sus murallas y torres prevalecen al menos hasta la altura del adarve, generalmente falta el coronamiento, aunque también en algunos casos se conservan los merlones originales. - La cerca de tapial es islámica, la obra tiene una gran unidad por lo que debió ser construida de un solo impulso, aunque bajo el dominio de los Ponce de León se produjeran algunas reformas. Esta cerca, teniendo en cuenta los paralelos con el antemuro de Sevilla habría que datarla en el siglo XIII, por tanto en las terceras taifas. - En cuanto al alcázar y específicamente al recinto adosado con función de lugar de esparcimiento, sólo conocemos en la provincia dos ejemplos similares en Sevilla, que es el recinto en el que todavía hoy se concentran los jardines del palacio almohade en el Real Alcázar de Sevilla y, el palacio de la Bu¥ayra.

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Los castillos San Juan se Aznalfarache30 El año 1193 el califa almohade Ab@ Y@suf ordena la construcción de una fortaleza, Ëiån al-Fara^, destinada a ser residencia de “los combatientes por la fe” y para defender el territorio de los “infieles”. No obstante, desde el principio, el califa usa este lugar para recepciones oficiales e incluso como su propia residencia en sus venidas a al-Andalus. Ëiån al-Fara^ se componía de dos elementos cercados, el alcázar en el norte -que era el punto más alto- y la villa en plataforma descendente hacia el sur31. El material constructivo es el tapial, que es de dos tipos: - El tapial del edificio fundacional, que es muy fino y con una gran cantidad de cal, de color ocre claro. Las agujas del tapial están separadas 0,80 x 0,90 m y los cajones son de 2,40 x 0,80 m. En algunos casos conserva evidencias de aparejo falso, en forma de cintas blancas que recorren la unión entre los cajones de tapial, el paralelo más evidente lo encontramos en la torre Blanca del lienzo de la Macarena en Sevilla. - Un segundo tapial, que encontramos en recrecidos, de factura bien distinta. Es un material menos compacto y con abundantes guijarros de tamaño mediano, por tanto su color ocre es más oscuro, que corresponde a las obras de mediados del siglo XX. La planta del ¥iån es prácticamente rectangular, adaptándose al perfil del cerro. Tiene un perímetro aproximado de 1.450 m, en los que el eje mayor (norte-sur) alcanza los 504 m, mientras que el eje menor (este-oeste) los 204 m. La muralla se conserva en la mayor parte de su recorrido, salvo el lienzo septentrional que ha desaparecido en su práctica totalidad. Se conservan algunas torres, en general se caracterizan por su escaso saliente (parecen prácticamente contrafuertes) y por carecer de cámaras. En ningún caso se ha conservado restos de coronamiento. Sí buscáramos un paralelo, sería el Castillejo de Monteagudo (Murcia), también allí nos encontramos con una estructura fortificada que genera una gran plataforma desde la que posiblemente se divisaba el paisaje desde el interior del espacio amurallado. La única puerta de la villa que detectamos debía estar en el flanco meridional, punto en el hay un entrante de donde partía un camino que dividía a la villa en dos. Este flanco está jalonado de una serie de torres distribuidas a un ritmo de unos 30 m de separación y acabando en los ángulos con torres pentagonales. Este ¥iån disponía, según la crónica de al-Åalœt, de una espléndida huerta que bajaba por la ladera oriental hasta llegar al río Guadalquivir. Lora del Río [Fig. 5] En las fuentes árabes aparece este topónimo desde los primeros momentos de la conquista. Según alIdræsæ es uno de los ¥iån más importantes en la ruta entre Sevilla y Córdoba. Administrativamente dependía de Osuna. Parece que paulatinamente fue perdiendo importancia en favor de Santafæla (Setefilla), especialmente a partir de la frecuente penetración de algaras cristianas32.

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Nos encontramos con dos estructuras arquitectónicas totalmente diferenciadas que son: el castillo y la villa33. El castillo está situado en un tell a unos 40 m de altura sobre la ribera del Guadalquivir, lo único que se conserva del edificio es parte del flanco septentrional. La planta parece que debió ser rectangular [Fig. 6]. Tres torres y tres lienzos son los únicos vestigios de esta fortaleza, dos de estas torres flanqueaban una puerta de acceso directo, que podemos ver todavía en fotos antiguas. El material constructivo por excelencia es el tapial, de módulo 0,80 x 0,90 m. La base de estos muros está conformada por grandes sillares34, de ladrillo debieron ser los vanos y las bóvedas. En cuanto a la villa, no hay vestigios exentos de esta muralla, aunque se puede adivinar entre algunas medianeras de las casas. Es obra cristiana de mediados del siglo XIV. El emplazamiento de esta fortificación sobre una colina artificial (tell) de origen proto-histórico, muestra la importancia de este lugar en la navegación del Guadalquivir. Este ¥iån de pequeño tamaño, lo podemos considerar como un castillo de itinerario, aunque asociado a un poblamiento abierto que se desarrollaba al norte del mismo. No es el único caso de fortificación en la orilla septentrional del Guadalquivir. Habría que señalar también los casos de Palma del Río (prov. De Córdoba), Cantillana y Guillena, todos ellos a una distancia de 23 a 25 km en línea recta. Sin embargo, ni Cantillana, ni Guillena apenas conservan vestigios emergentes. En el primer caso, se encuentran embutidos entre las casas; el segundo, está demolido en su práctica totalidad -salvo algunas evidencias en torno a la plaza de toros-. Nos encontramos entonces con la ordenación de la defensa del principal acceso de la capital desde el este, el río. Las fortificaciones obedecen a la tipología de ¥iån dotado de alcázar, en el caso de Palma del Río y probablemente Cantillana y, fortines de itinerario, caso de Lora del Río y Guillena. Sanlúcar la Mayor El topónimo ·al@qa aparece mencionado en relación con una expedición cristiana procedente de Lisboa y Santarem en los años 1182-1183 como alquería. Esta fortificación fue uno de los objetivos de las incursiones benimerines en el reino de Sevilla. Tenemos registrados dos asaltos: En el año 676H/1277, fecha en la que devastaron los alrededores de la fortaleza y, en el 684H/1285, este segundo ataque fue mucho más severo35. El castillo de Solucar, responde a la tipología de castillo y villa. Las fuentes árabes lo califican de ¥iån, es decir, enclave que es importante no sólo por el tamaño de su fortificación, sino también por ser la cabecera de un distrito castral. Su estado de conservación es lamentable, tan sólo subsisten restos del edificio suficientes para restituir la planta del mismo. La fortificación está marginada del centro neurálgico del pueblo actual. Se localiza al suroeste del mismo, en un promontorio formado por el arroyo Cariana que lo bordea por el sur, y por el río Guadiamar que lo rodea por el oeste. El recinto amurallado, de planta irregular, se adapta a la topografía del terreno. La muralla y las torres están construidas en el escarpe, que en ocasiones es natural y en otras artificial. El desnivel, labrado en vertical, recibe el nombre popular de cárcava.

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El flanco de muralla que parece más sólido es el oriental, ya que es el único punto accesible del promontorio. Los restos que se conservan nos permiten suponer una planta en forma de zigzag, en la que cada quiebro está reforzado con una torre. La anchura de la muralla es de 2 m, conservándose en alzado en algunos casos hasta 5 m. Lo único que prevalece del coronamiento en el mejor de los casos es el arranque del parapeto. El recinto conserva todavía doce torres, todas ellas de planta rectangular, salvo una que es hexagonal. Están macizas hasta la altura del adarve, y no sabemos si llegaron a tener alguna cámara por encima de éste. El material constructivo es el tapial, de una calidad excepcional y con un módulo de 0,80 x 0,90 m. La tierra ha sido extraída del propio cerro, así que el color de la muralla se confunde con el corte en vertical de la cárcava (en el flanco meridional). Este ¥iån debía componerse de los dos elementos característicos que son el alcázar y la villa. No obstante los muros que se conservan emergentes parecen corresponder a la villa. El testimonio del uso de este espacio como poblado es la actual iglesia de San Pedro, antes mezquita. El templo está radicalmente transformado durante la Baja Edad Media, pero la torre campanario conserva en su base el antiguo alminar de la mezquita. A mediados del siglo XIX todavía existían en el interior del recinto catorce calles y seiscientas casas que ocupaban mil vecinos. Hoy en día es un espacio baldío o usado como huerta y corral por los vecinos inmediatos. El castillo de Sanlúcar la Mayor fue construido de un solo impulso. El material constructivo, es el tapial. Las torres son pequeñas y de escaso saliente, adaptándose la planta del edificio al promontorio en que está edificado. El material constructivo, la edilicia y la tipología del edificio, unidos a que en 11821183 es todavía citado como alquería, nos llevan a fechar esta fortificación como almohade. La construcción del ¥iån de ·al@qa debe inscribirse en el proyecto de consolidar un cinturón de fortificaciones en torno a la entonces capital de al-Andalus, I™bæliya, que sin duda desarrollaron los califas Ab@ Ya®q@b y Ab@ Y@suf. Las torres Torre de la Hacienda del Maestre, Torre Mochuela (Dos Hermanas) Es una torre en estado ruinoso (R3) de planta rectangular (6,10 x 4,85 m), con muros de 1 m de grosor. Apenas se conservan 3 m de altura de su costado septentrional. El aparejo constructivo es el tapial de color rojo muy intenso, los mechinales son de 0,80 m de altura x 0,70 m de anchura, de sección circular y con aproximadamente 8 cm de diámetro. La totalidad de los muros que se conservan en alzado tienen vestigios de aparejo falso, en forma de cintas blancas de 5 cm de anchura y 3 mm de grosor, que transcurren por los límites de los cajones de tapial. La torre de la Hacienda del Maestre es de cronología almohade, parece más bien una torre de alquería, aunque también pudo usarse como atalaya. A pesar de su estado de ruina tiene el gran interés de ser el mejor ejemplo que conocemos en el que se conserva el aparejo falso a base de cintas blancas de cal.

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Torre de Quintos (Dos Hermanas) [Fig. 7] El topónimo Quintos tiene un origen latino y debe estar el relación con uno de los mojones de delimitación del alfoz de I™bæliya (Sevilla). La torre de Quintos se encuentra en un altozano de la carretera entre Sevilla y Utrera. El edificio está inmerso en el cortijo de San Clemente. El material constructivo es difícil de observar debido a unas finas capas de enlucido y a las numerosas capas de cal que la cubren. No obstante, teniendo en cuenta el estado de ruina en que ahora mismo se encuentra el edificio, se puede ver que su estructura es de tapial y ladrillo. El tapial es fino y se aprecian las llagas de los cajones y las agujas de perfil rectangular. El ladrillo parece enmarcar los vanos, las bóvedas, el muro interior de la escalera y los escalones. Los casos que hemos podido medir tienen unas dimensiones de 28 x 14 x 5 cm. La torre que originalmente debió estar exenta, tiene su acceso desde el patio del cortijo y se estructura en dos plantas más el terrado. La puerta orientada hacia el este es de arco escarzano y tiene doble mocheta, conservando las dos gorroneras. La cámara baja, cuyo único vano original es la puerta, está cubierta por bóveda ochavada que apoya sobre imposta en nacela y trompas aristadas. El primer tramo de escalera se encuentra en el lado norte, se compone de cuatro bóvedas de arista escalonadas y un último tramo de bóveda de medio cañón rampante. La cámara alta está cubierta por bóveda vaída. En el lado este conserva un ajimez, cuyo parteluz es una columna de mármol con un capitel de pencas. En el lado oeste hay un balcón de apertura moderna, pero seguramente hubo un vano desde el que se contempla Sevilla. El segundo tramo de escalera es idéntico al anterior, correspondiendo la bóveda de medio cañón rampante al desembarco en el terrado. Se conserva el coronamiento aunque enlucido y blanqueado. El parapeto tiene dos saeteras en cada flanco, excepto en el oeste donde está la escalera. La torre en el exterior, conserva tres verdugadas de ladrillo, que se localizan a la altura del pavimento de la cámara segunda, a la altura del pavimento de la terraza y de las almenas. En el Catálogo Arqueológico y Artístico de la Provincia de Sevilla36 se dibuja en negro un grueso muro que se considera como muralla. Este muro, que hoy se conserva parcialmente, tiene 1,60 m de grosor y su cota no sobrepasa la altura del suelo. El muro es de un tapial muy duro con abundantes guijarros, que en algunos casos han sido recrecidos con diferentes materiales constructivos. Sin duda estos fuertes muros ahora tan socavados, son la evidencia de la cerca que pudo defender la alquería situada en este punto antes de la conquista cristiana en 1247. En cuanto a la cronología de la torre, los elementos que nos ayudan a datar son varios: los materiales constructivos empleados, el tipo de cubierta de la cámara inferior y el capitel de la cámara alta. En cuanto a la bóveda ochavada apoyada en trompas aristadas cuenta con varios paralelos en la arquitectura almohade tardía es el caso de la mezquita del alcázar de Jerez de la Frontera o la albarrana de Écija. También el capitel (muy encalado) tiene paralelos en los que se conservan en la puerta del Patio de Banderas del Alcázar de Sevilla. Por todo ello, datamos la torre como almohade aunque probablemente tardía. Esta torre tuvo la función de torre de alquería, pero además debió ser también uno de los mojones de delimitación del a®mal o distrito de la ciudad.

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ALGUNOS EJEMPLOS DE CONSTRUCCIONES DEFENSIVAS ALMOHADES EN LA PROVINCIA DE SEVILLA

Torre de Cuartos (Sevilla) La torre de Cuartos está hoy en día embutida en el caserío del cortijo de Cuartos. Su emplazamiento es en una primera altura próxima a la vega del Guadaira, desde la que se divisa Sevilla, San Juan de Aznalfarache, Tablada ,Bellavista. Junto a esta torre se encuentra la ermita de Valme, lugar de culto desde la conquista cristiana de la ciudad en 1248. La torre está perfectamente orientada con los puntos cardinales y se encuentra en eje con el alminar de la mezquita mayor, la Giralda. El estado de conservación de esta fortaleza es Bueno (B2), aunque probablemente a mediados del siglo XX se produjo una consolidación excesivamente contundente37. Toda la estructura está enlucida con cemento y con múltiples capas de cal, por lo que es absolutamente imposible conocer los materiales constructivos de su fábrica, salvo en el caso de las bóvedas y en el último tramo de escalera, ambos de ladrillo. Las dimensiones del edificio son 6,96 x 7,39 m. Los lados menores situados en el norte y sur, los mayores en el este y oeste. El acceso a la cámara baja se encuentra 3 m por encima de la cota del suelo. El vano tiene forma de arco escarzano y conforma una mocheta simple. La bóveda de la puerta es de medio cañón. La cámara baja está cubierta con bóveda vaída formada por aproximación de hiladas de ladrillos colocados a tizón. Hacia el norte -dirección a Sevilla- conserva un ventanal, que quizás correspondiera a un ajimez, pero que hoy está totalmente renovado. La escalera parte del muro sur, junto a la puerta. La cubierta es de bóveda de medio cañón rampante. La segunda cámara, tiene una cubierta semejante a la anterior38, En este caso, el recrecimiento del pavimento ha provocado que las saeteras estén medio cegadas y a una cota excesivamente baja; ni siquiera podemos reconocer la cámara de tiro que ha sido parcialmente cegada y convertida en un ventanuco. El segundo tramo de escalera se encuentra en el lado norte de la torre, no tiene recrecido el pavimento y conserva la huella de ladrillos colocados a soga, sus dimensiones son de 27 x 14 x 5 cm. De nuevo la cubierta es de bóveda de medio cañón rampante. La escalera conserva en el terrado una última pequeña bóveda de medio cañón rampante como parte del desembarco a la misma, castillete que está situado en el lado norte. El terrado también recrecido unos 22 cm, conserva el coronamiento completo, que consiste en: - El parapeto, que tuvo tres saeteras en cada lado, salvo el flanco norte,donde está el castillete de la escalera. Estas saeteras están medio cegadas -por el cambio de cota del suelo-, sin embargo es interesante el hecho de que carezcan de cámara de tiro. - Merlatura, formada por almenas y merlones con piramidones a cuatro aguas. Las dimensiones de los merlones son siempre las mismas -0,60 m- mientras que las saeteras oscilan levemente desde los 0,31 m hasta los 0,47 m. Ello explica que a pesar de ser una estructura rectangular, tenga un número idéntico de merlones y de saeteras en los cuatro lados del parapeto. La torre hacia el exterior conserva cuatro verdugadas de ladrillo. Dos flanqueando las saeteras de la segunda cámara y otras dos a la altura del pavimento del terrado y de las almenas.

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MAGDALENA VALOR PIECHOTTA

Edificio absolutamente excepcional por su situación y su dominio de la Vega del Guadalquivir, el Guadaira y la ciudad de Sevilla, debía servir como mojón del a®mal o distrito de la ciudad al igual que la torre de Quintos. El hecho de que esté perfectamente orientada con los puntos cardinales y en eje con el alminar de la mezquita mayor son dos elementos comunes con la torre de Quintos. Esta torre por su tipología se aparta completamente de todos ejemplos que conocemos del siglo XIV; a su vez, tiene numerosos elementos en común con torres de la cerca de Sevilla, especialmente con el recinto palatino más meridional, donde hoy se encuentran los jardines del Real Alcázar. El uso del arco escarzano, las bóvedas vaídas, las verdugadas de ladrillo son elementos arquitectónicos comunes desde los últimos años del siglo XII. Por tanto, en nuestra opinión es almohade. Es interesante destacar la presencia de la puerta muy por encima del nivel del suelo, lo que hace interpretar esta torre como atalaya. El paralelo más próximo se encuentra en la torre de los Herberos, hoy prácticamente derruida. Conclusiones 1.- A partir de la conquista almohade (1147) y hasta la conquista cristiana (1248) se realizan una serie de construcciones militares, destinadas a defender los puntos neurálgicos objetivo de los ejércitos conquistadores. Todas estas fortificaciones tienen como características comunes su emplazamiento en zonas bien comunicadas ligadas a las vías de comunicación y protegiendo lugares densamente poblados. Sin duda, estas fortificaciones defienden las fértiles vegas del Guadalquivir y el acceso a la capital, Sevilla. 2.- En cuanto a la tipología de estas fortificaciones podemos considerar : 2.1.- El refuerzo y protección de las ciudades: Carmona, cuya cerca se repara; Écija y Marchena con sus amurallamientos ex novo y Sevilla con la reconstrucción y ampliación de su espacio fortificado. 2.2.- Los castillos, que son de dos tipos: - Unos más amplios o “grandes ¥uåun”39, caso de Alcalá de Guadaira, Sanlúcar la Mayor o San Juan de Aznalfarache. - Otros más pequeños o “pequeños ¥uåun”, grupo en el que podemos incluir el castillo de Lora del Río, caso claro de castillo de itinerario. En cuanto a la estructura del poblamiento en estos distritos castrales, el único caso estudiado corresponde a la comarca del Aljarafe y específicamente al castillo de San Juan de Aznalfarache40. En efecto, ¥iån al-Fara^ tenía un distrito de una superficie en torno a los 272 km2, espacio en el que en el momento del Repartimiento (año 1252) había sesenta y nueve alquerías, tres machares y un cortijo. 2.3.- Las torres, que tienen la función de torres de alquería, torres de delimitación de términos y torres almenara; combinándose en algunos casos incluso las tres funciones a la vez. Los casos citados son: la torre de Cuartos, Quintos o la torre de la Hacienda del Maestre. 3.- El material constructivo empleado es el tapial y el ladrillo. El tapial es el aparejo por excelencia, tiene variantes múltiples en su composición y su edilicia, observándose diferencias teniendo en cuenta el tipo de agujas (de sección circular o rectangular, lo que equivale al uso de ramas o tablas) y, la existencia de elementos aglutinantes entre los cajones (como cal, ladrillos, tejas fragmentadas). Será necesario

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ALGUNOS EJEMPLOS DE CONSTRUCCIONES DEFENSIVAS ALMOHADES EN LA PROVINCIA DE SEVILLA

realizar tablas de medidas y edilicias de este material, con el objetivo de establecer una secuencia cronológica. En principio, el uso de tablas como agujas lo podemos datar en el siglo XIII, teniendo en cuenta que corresponde al tipo asociado al antemuro de Sevilla datado en 1220/21; también parecen ser tardío el uso de elementos aglutinantes entre los cajones. El ladrillo lo encontramos en los vanos, las bóvedas y en forma de verdugadas de ladrillo en el exterior de las torres, seguramente también en los pavimentos. 4.- Durante este etapa de 100 años se produce una evidente evolución en el incremento de los elementos de flanqueo. Primero puertas en recodo y torres poligonales de más de cuatro lados; después, torres albarranas, antemuros y fosos. Este proceso está vinculado a la proximidad de la frontera cristiana, a las incursiones cada vez más frecuentes y, al avance que se produce en las técnicas de ataque en estos años y especialmente en lo que se refiere a la incorporación sistemática de la maquinaria de asedio. Bibliografía - Actas de las II Jornadas sobre Historia de Marchena.( 1997) Marchena. - R. Coméz Ramos (1989) “La Puerta del rey Don Pedro en el Patio del León del Alcázar de Sevilla”. Laboratorio de Arte. 2, 3-14. - R. Azuar, F.J. Lozano, T.M. Llopis, J.L. Menéndez (1996) “El falso despiece de sillería en las fortificaciones de tapial de época Almohade en al-Andalus”. Estudios de Historia y Arqueología Medievales. XI, pp. 245-278. - Diplomatario Andaluz de Alfonso X el Sabio. Ed. M. González Jiménez. (1991) Sevilla. - Edades de Sevilla. Hispalis, Isbiliya, Sevilla. Coor. M. Valor Piechotta (2002) Sevilla. - Falcón Márquez (1983) La Torre del Oro. Sevilla. - J. González. Repartimiento de Sevilla. Madrid ( 1951) I y II. - A. Graciani García, M.A. Tabales Rodríguez (2003) “Observaciones tipológicas referentes al tapial en el área sevillana. Siglos XI-XIX”. - J. Guerrero Lovillo (1953) “La puerta de Córdoba en la cerca de Sevilla”. Al-Andalus. XVIII, pp. 178-187. - P. Guichard (2001). Al-Andalus frente a la conquista cristiana. Valencia - J. Hernández Díaz, A. Sancho Corbacho, F. Collantes de Terán ( 1951) Catálogo Arqueológico y Artístico de la Provincia de Sevilla. III . - Ibn Abæ Zar®. Rawß al-Qir§œs. Trad. A. Huici Miranda (1964). Valencia. - Ibn al-Q@§iyya. Historia de la conquista de España por Abenalcotia el Cordobés. Ed. y trad. J. Ribera (1926) Madrid. Pp. 50-51. - Ibn al-Q@§iyya. Trad. J. Ribera (1926). - IbnÅœ¥ib al-Åalœt. Al-Mann bi l-Imœma. Trad. A. Huici Miranda (1969). Valencia. - Junta de Andalucía. Consejería de Obras Públicas (1988) Écija. Avance del Plan Especial de Protección, Reforma Interior y Catálogo del Centro Histórico. Málaga. - P. Madoz . (Ed. 1986) Diccionario Geográfico, Estadístico e Histórico de España y sus posesiones de Ultramar. Madrid. - C. Mazzoli Guintard (2000) Ciudades de al-Andalus. España y Portugal en la época musulmana (s. VIII-XV).Granada. - J.M. Medianero Hernández ( 1993) “Análisis y propuesta de integración urbana de los restos de la muralla de Sanlúcar la Mayor (Sevilla)”. Arquitectura y Ciudad II y III. Madrid. Pp. 259-269. - I. Montes Romero-Camacho (1989) El paisaje rural sevillano en la Baja Edad Media. Sevilla. Pp. 468-470. - Ordenanzas de Sevilla. Ed. V. Pérez Escolano, F. Villanueva Sandino (1975). Sevilla. - Primera Crónica General. Ed. R. Menéndez Pidal (1955) Madrid. - La primitiva puerta del Alcázar de Sevilla. Memoria arqueológica (s/f). Ed. M.A. Tabales. Ministerio de Medio Ambiente. Parques naturales. - J. Ramírez del Río (1999) “Pueblos de Sevilla en época islámica. Breve recorrido histórico político”. Philologia Hispalensis. XIII, 15-40. - J.L. Ravé Prieto (1993) El alcázar y la muralla de Marchena. Marchena.

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MAGDALENA VALOR PIECHOTTA

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Notas del capítulo 1.- M. Valor Piechotta (En prensa). Las fortificaciones medievales en la provincia de Sevilla. Capítulo dedicado a conclusiones. 2.- División cronológica ya planteada en un antiguo trabajo mío, denominado “Las fortificaciones medievales en el Reino de Sevilla: una aproximación a su tipología”. La razón de una primera etapa tan vasta se debe a la escasez del vestigios emergentes y a la casi ausencia de investigaciones arqueológicas. 3.- Esta primera etapa, al no ser el objetivo de este trabajo, es tratada de forma muy sucinta. Algo más sobre esta cuestón en M. Valor (2001). 4.- Esta situación es habitual no sólo en lo que a la arquitectura militar se refiere, también es común en la arquitectura religiosa y en la civil, afectando a todos los países y todas las culturas, por lo tanto nosotros no íbamos a ser una excepción.

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ALGUNOS EJEMPLOS DE CONSTRUCCIONES DEFENSIVAS ALMOHADES EN LA PROVINCIA DE SEVILLA

5.- Que hoy por hoy apenas conocemos, por la carencia de investigaciones arqueológicas. 6.- Aspecto abordado por Rafael Azuar et alii (1996). 7.- P. Guichard (2001), 251. 8.- M. Valor, J. Ramírez del Río (2000). 9.- M. Valor (1991), 196-200. 10.- M.A. Tabales (2001), 30-34 11.- Lienzo de muralla que no está emergente, pero donde se han practicado diversas intervenciones arqueológicas de gran interés. 12.- Bajo la dirección de Carmen Herrera Ruiz 13.- Ibidem, 147-176. 14.- M. Valor (1991), (2001). 15.- En la restauración de los años 50 se encontró el arco interior (hacia la ciudad) en su estado original -aunque muy deteriorado; éste no fue el caso del arco exterior, que tuvo que ser casi totalmente reconstruido. J. Guerrero Lovillo (1953). 16.- El arco de la puerta central está ensanchado en época moderna, para permitir el paso de carruajes. 17.- F. de Amores, C.A. Quirós (1999). “Las atarazanas: el tiempo y los usos” en Recuperando las atarazanas. Un monumento para la cultura. Sevilla. P. 35-56. 18.- Esta torre estaba incardinada en el lienzo de muralla que partía desde el alcázar y que entestaba en el alminar de la mezquita mayor almohade. Es el muro que dividía la explanada de Ibn Jald@n. 19.- M. Valor (1991), 240-246. M. Valor y N. Casquete de Prado (1991), 432-436. 20.- M. Valor (1991), 250-257. 21.- T. Falcón Márquez (1983). 22.- M. Valor (1987). 23.- M. Tabales (2003) 24.- P. Sáez et alii (2001), 256. 25.- J. Hernández Díaz, A. Sancho Corbacho, F. Collantes de Terán (1951). III, 212. 26.- Ibidem, pp. 216. 27.- Afortunadamente se conserva una descripción exhaustiva en el Catálogo Arqueológico y Artístico de la Provincia de Sevilla. J. Hernández Díaz, A. Sancho Corbacho, F. Collantes de Terán (1951), III, 216-228. 28.- J. Hernández Díaz et alii (1951), III, pp. 214. 29.- Las agujas de tablas, el módulo de los cajones -más pequeño que el anterior- y la presencia de una capa de argamasa con cal, de cal o de ladrillos en las llagas horizontales de los cajones son los tres elementos en común entre ambas edilicias. 30.- Sobre el castillo y su término, vide M. Valor, J. Carabaza y A. Porras (2001). 31.- El edificio andalusí debía estar prácticamente en su estado original hasta que se produjo la construcción del monumento y de la barriada. Ambas intervenciones provocaron “adecentamientos” y “consolidaciones”. En el caso del Monumento y del antiguo convento, las torres fueron forradas con altares que forman parte de un vía crucis, también persisten algunos muros forrados de ladrillo; en la barriada de Loreto, los muros deteriorados fueron revestidos con mampostería y cemento. Ello da lugar a que la fortificación almohade pase hoy en día prácticamente desapercibida. La razón es que la muralla parece más bien un muro de contención y es que el recinto amurallado está relleno hasta la cota máxima conservada, que probablemente sea la del adarve. 32.- J. Ramírez (1999), 35. 33.- El primero se encuentra a nivel de vestigios, debido no sólo la acción del tiempo, sino también a la sistemática depredación de los materiales constructivos, unido a la desidia de las autoridades locales. 34.- Cuya depredación está provocando el hundimiento de lienzos y torres. 35.- Siendo descrito por las crónicas de la época con las siguientes palabras: cabalgó el califa con todas sus tropas de guerreros de infantería y caballería, fueron contra el ¥iån de ·al@qa y lo combatieron hasta que lo conquistaron con la espada. Mataron a sus hombres, capturaron a sus mujeres y se adueñaron de sus bienes (...) J. Ramírez (1999), 29-30. 36.- J. Hernández Díaz et alii (1951), III, 8-11. 37.- Lo que llevó a subir los pavimentos de las cámaras y el terrado en algo más de 20 cm. Esta actuación tiene como consecuencia, el disloque de la escalera -que también fue renovada en dos de sus tres tramos-, y la cota excesivamente baja de las saeteras o incluso su cegamiento en algunos casos. 38.- Con la diferencia de que al estar menos consolidada se puede apreciar mejor su estructura. 39.- P. Guichard (2001), 251. 40.- M. Valor, J. Carabaza, A. Porras (2002), 337-372.

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LOS ALMOHADES

Figuras por capítulos

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RAFAEL AZUAR

Fig 1.- Construcción en tapial. Castillo del Río. Aspe, Alicante.

Fig. 2.- Detalle de fábrica de tapial protegida por varias capas de yeso. El Fortí. Denia, Alicante.

Fig. 3.- Parte inferior del alminar y entrada a la mezquita de Sevilla, construídas en ladrillo sobre basamento de sillería.

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TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS Y FORTIFICACIÓN ALMOHADE EN AL-ANDALUS

Fig. 4.- Programa decorativo realizado en ladrillo de la Giralda de Sevilla.

Fig. 5.- Refacción en ladrillo sobre cimentación en tapial. Murcia.

Fig. 6.- Torre albarrana con falso despiece de la cerca. Cáceres.

Fig. 7.- Castillo de Villena, Alicante. Falso despiece en la parte inferior de su torre del homenaje, de época Almohade.

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MIGUEL ÁNGEL TABALES RODRÍGUEZ

Fig. 1.- Cimentación de la Giralda. Excavaciones de 1998

Fig. 3.- Torre del Oro. Fechada en 1221

Fig. 4.- Muro de la quibla de la mezquita mayor fechado en 1172-1174. Excavaciones 1997

Fig. 2.- Muro almohade bajo el Patio de Banderas. Excavaciones 2000

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ALGUNAS NOTAS SOBRE FรBRICAS MURARIAS ALMOHADES EN SEVILLA

Fig. 5.- Arcos entrelazados en la Portada del Leรณn. Ingreso al รกrea palatina del alcรกzar

Fig. 6 Murallas de la Macarena. La cerca estรก fechada a mediados del siglo XII; el antemuro en 1212

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PATRICE CRESSIER

Fig. 1.- Inscripción rupestre de Senés (Sierra de los Filabres, Almería) [foto P. Cressier].

Fig. 2.- Mezquita de Almería. Arcadas del interior del nicho del mi¥rœb [según Ch. Ewert].

Fig. 3.- Mezquita de Tinmal (Marruecos). Venera en el arranque de la arcada ante mi¥rœb similar a las del mi¥rœb de Almería [foto P. Cressier].

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EL PATRIMONIO ALMOHADE DE ALMERÍA

Fig. 5.- El ¥iån de Velefique [foto P. Cressier]

Fig. 4.- Capitel almohade de Almería (¿procedente de la mezquita mayor?) [foto P. Cressier]

Fig. 6.- El aljibe Bermejo (Campo de Níjar) [foto P. Cressier].

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ANTONIO TORREMOCHA SILVA

Fig. 1.- Lienzo de muralla con falso despiece de sillares. Alcazaba de Gibraltar.

Fig. 2.- Lienzo de muralla con falso despiece de sillares. Alcazaba de Gibraltar.- Lienzo oriental de la muralla de Tarifa. VĂŠanse, en la parte inferior derecha, las agujas de las tapias.

Fig. 3.- Tarifa. Tramo del recinto almohade. Fachada nordeste.

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FORTIFICACIONES ALMOHADES EN LA PROVINCIA DE CÁDIZ

Fig. 5.- Plano esquemático de la alcazaba de Jerez de la Frontera, según Menéndez y Reyes.

Fig. 4.- Jerez. Torre de flanqueo. Véanse el paramento recrecido y los cinco merlones antiguos embutidos en la obra nueva.

Fig. 6.- Plano esquemático de Algeciras. Siglo XII.

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RICARDO CĂ“RDOBA DE LA LLAVE

Fig. 1.- Lienzo sur del castillo de El Vacar, donde se aprecia la fĂĄbrica de tapia y la planta cuadrada de sus torres. Fig. 2.- Detalle del lienzo sur del castillo de El Vacar. Falso despiece de tapia mediante bandas de pintura blanca.

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FORTIFICACIONES ALMOHADES EN LA PROVINCIA DE CÓRDOBA

Fig. 3.- Torre del ángulo noreste del castillo de El Vacar, con triple rebanco de cimentación en tapia.

Fig. 5.- Vista de las murallas de Palma y de la Puerta del Sol (acceso en recodo original junto a las figuras).

Fig. 4.- Plano del recinto amurallado de Palma del Río.

Fig. 6.- Adarve y parte superior de las torres de la muralla de Palma. Destaca la obra de tapia y las hiladas de ladrillo como nivelación entre cajones.

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ANTONIO MALPICA CUELLO

Fig. 1 y 2.- Láminas de cerámica almohade de «El Castillejo» (Los Guájares, Granada).

Fig. 3.- Fotografía de la entrada a una vivienda en la actual calle Cuarto Real de Santo Domingo, núm. 13

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LA ÉPOCA ALMOHADE EN GRANADA A PARTIR DE LA ARQUEOLOGÍA

Fig. 4.- Fotografía de estructuras de un alfar en la calle Seco de Lucena, 13, esquina Cuesta del Pescado

Fig. 6.- Fotografía de la villa de Archidona (Málaga), en la frontera de Granada.

Fig. 5.- Fotografía de la necrópolis del palacio del Almirante de Aragón (Granada).

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MAGDALENA VALOR PIECHOTTA

Fig. 2.- Decoración de lacería en la Torre Blanca

Fig. 1.- Cercas urbanas superpuestas: Carmona, Écija, Marchena y Sevilla

Fig. 3.- Cerca urbana de Écija. Plano de P. Sáez, S. Ordóñez, S. García-Dils. 2003.

Fig. 4.- Recinto amurallado de Marchena. Plano de J.L. Ravé Prieto (1993), 56. I, alcázar. II, jardines del alcázar.

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ALGUNOS EJEMPLOS DE CONSTRUCCIONES DEFENSIVAS ALMOHADES EN LA PROVINCIA DE SEVILLA

Fig. 5.- Planta del castillo de Lora del Río (Plano de Ayuntamiento de Lora del Río N.S.P.)

Fig. 6.- Castillo de Lora del Río. M. Valor . 1994.

Fig. 7.- Torre de Quintos (Sección de C.A.A.P.S.-1951, III, 22-)

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MEDIAEVALIS

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