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Machala, viernes 16 de agosto de 2019

El poder de las palabras de Trump POR ROSA TOWNSEND

Argentina sigue cavando su propia fosa POR ANDRES OPPENHEIMER

Seguidores del presidente Donald Trump esperan su presentación en un acto de campaña, el jueves 15 de agosto de 2019 en Manchester, Nueva Hampshire. SPENCER PLATT GETTY IMAGES

grantes u otras minorías. Con o sin violencia física, la retórica del odio propagada por Trump está causando estragos en la sociedad, dividiéndola como nunca antes en tiempos recientes.

Los mercados reaccionaron el lunes con temor a la posibilidad casi cierta del regreso del populismo al poder en Argentina luego de su triunfo en las primarias para las elecciones generales de octubre. POR ASSOCIATED PRESS

Ya no es debatible si la retórica antiinmigrantes de Donald Trump ha inspirado numerosos actos de violencia, porque así lo confiesan los propios perpetradores de esos delitos en decenas de casos judiciales a lo largo de Estados Unidos, según una extensa investigación de ABC News divulgada esta semana.

Nunca antes las familias o los amigos han roto relaciones a causa de Trump; nunca antes los periodistas hemos sido amenazados o insultados como en la era Trump, y un largo etcétera de agresividad ambiental que ha quedado reflejada en el sondeo de Fox News de esta semana, según el cual el 59 por ciento de los estadounidenses opinan que Trump está “despedazando” la sociedad, y solo un 31 por ciento piensa que la está uniendo.

Un chiste medio macabro sobre la costumbre argentina de elegir líderes populistas dice que si regresas al país después de una semana, todo ha cambiado, pero si regresas después de 30 años, nada ha cambiado.

Todos los agresores estaban convencidos de que Trump les había dado licencia para atacar a musulmanes, hispanos, afroamericanos y otras minorías de color. Por ejemplo, cuando David Howard fue detenido en Tampa por intentar incendiar la casa de unos musulmanes declaró bajo juramento que estaba “siguiendo lo que Trump había dicho de que estemos alertas contra los musulmanes”. Las palabras tienen consecuencias. Y las de odio que viene repitiendo Trump desde el 2015 han penetrado como balas en las mentes contaminadas por ideologías extremistas, principalmente el supremacismo blanco. Las agencias de inteligencia llaman a este tipo de influencia “terrorismo estocástico” y lo definen como “la demonización pública que hace un líder de personas o grupos, que acaba resultando en una incitación a la violencia”. Subrayan además que aunque este tipo de violencia es “estadísticamente muy probable, al mismo tiempo es difícil de predecir dónde y cuándo puede ocurrir”. ABC News ha identificado “al menos 36 casos criminales” en los que los perpetradores y sus abogados invocaron a Trump en conexión directa con actos violentos, amenazas de violencia o asaltos”. La clave aquí es “conexión directa”, porque ABC encontró decenas de otros casos con conexiones “indirectas” que decidieron excluir al publicar la investigación; por ejemplo de quienes aún siendo simpatizantes de Trump no invocaron su nombre al atacar a inmi-

¿Cómo es posible que un sector de la población — aunque cada vez sea más pequeño— interprete las palabras de Trump contra grupos de seres humanos como un elemento de unión en vez de división? Estas palabras, aunque sean mentiras, cuando se escuchan repetidamente muchas personas podrían creerlas. Es el método clásico de la propaganda utilizado por los regímenes autoritarios. Y es el mismo que usa Trump cuando repite la “invasión” de hispanos, o cualquiera de sus otras 12,000 mentiras desde que lanzó la campaña electoral en el 2015. Las palabras, malévolamente usadas por Trump, son un arma poderosa de manipulación de masas. Más aún, un arma letal como ha demostrado el reciente tiroteo en El Paso, Texas, en que el asesino emulaba en su manifiesto las palabras del presidente. Hasta ahora Trump había apostado su estrategia de reelección al odio al emigrante como reclamo para agitar los ánimos de su base. Es una estrategia inmoral. Despiadada. El eco de las palabras es extraordinariamente potente cuando el megáfono está en la Casa Blanca. Trump solo tiene que cambiar el tono y volumen, a menos que su propósito sea acabar de despedazar a la sociedad estadounidense. En los próximos meses deberá escoger entre la decencia y la vileza. Y dependiendo de la senda que elija, los demás debemos decidir si hace falta concebir otro Sueño Americano. (O)

De hecho, la victoria aplastante de la fórmula peronista encabezada por el candidato presidencial Alberto Fernández y la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner en las elecciones primarias del domingo casi garantiza que el populismo peronista ganará las elecciones presidenciales del 27 de octubre. Si la historia nos dice algo, es que eso haría más difícil que Argentina se convierta en un país económicamente viable. La fórmula Fernández-Fernández derrotó al presidente Mauricio Macri en un 47 por ciento a 32 por ciento de los votos, un margen mucho mayor de lo que las encuestas habían anticipado. Los peronistas han gobernado el país la mayor parte del tiempo desde 1945. Como era de esperar, los mercados argentinos colapsaron el día después de la victoria de la formula FernándezFernández en las primarias, y muchos argentinos se apresuraron a comprar dólares. Ya han visto esta película muchas veces antes. Con pocas excepciones, los gobiernos peronistas gastan mucho más allá de los ingresos del país, son notablemente corruptos, y luego culpan a otros —ya sea Estados Unidos, al Fondo Monetario Internacional o al chivo expiatorio del día— por las inevitables crisis económicas que ellos mismos causan con sus políticas irresponsables. El gasto público de Argentina casi se duplicó durante los gobiernos populistas de Néstor Kirchner (2003-2007) y su viuda Cristina Fernández (20072015), cuando el país disfrutó de un auge sin precedentes gracias a los altos precios internacionales de las materias primas. Durante los gobiernos de los Kirchner, el gasto público se disparó del 23 por ciento del PIB al 41.3 por ciento, según el Fondo Monetario Internacional. Pero Macri heredó un país en bancarrota. Y en lugar de alertar inmediatamente al mundo sobre lo mal que estaban las cosas y hacer reformas drásticas de inmediato, optó por lo

que sus asesores llamaron un enfoque “gradualista”. Por la impresión que me dió en una entrevista, Macri temía que un recorte repentino en los subsidios sociales provocaría disturbios, haría que el país fuera ingobernable. Apostó a que la economía mundial lo ayudaría a atraer inversiones, pero varios eventos (el aumento de las tasas de interés de EEUU, una grave sequía, la recesión económica en Brasil y la crisis turca de 2018 que perjudicó a los mercados emergentes) frustraron sus expectativas. Según un estudio del Banco Mundial de 2018, Argentina es el país del mundo que ha tenido más recesiones desde 1950, después de la República Democrática del Congo. Durante ese período, Argentina ha tenido 14 recesiones, lo que significa que ha vivido en recesión durante aproximadamente un tercio del tiempo. Como legado de los gobiernos de Kirchner, Argentina ahora tiene solo 9 millones de trabajadores del sector privado que están pagando por un total de 15.3 millones de empleados gubernamentales y pensionados. En comparación, Chile tiene 9 millones de trabajadores del sector privado que están pagando por un total combinado de 9 millones de trabajadores y jubilados del gobierno, una proporción de uno a uno. No es casualidad que Chile, Perú, Corea del Sur y muchos otros países que atrajeron inversiones con un clima de negocios más amigable al sector privado lograron reducir la pobreza mucho más que Argentina. ¿Qué pasará ahora? Quizás tratando de ponerle buena cara al mal tiempo, algunos economistas están poniendo sus esperanzas en que Alberto Fernández sería más moderado que Cristina Fernández. Alberto Fernández es, de hecho, más pragmático que Cristina Fernández, y su buen resultado el domingo podría darle una mayor influencia dentro de su partido. Pero el hecho es que fue elegido a dedo como candidato presidencial por Cristina Fernández. Es ella quien controla el partido y quién tendría un poder formidable si la fórmula Fernández-Fernández gana en octubre. El chiste sobre lo que encuentra un viajero si regresa a Argentina después de una semana y después de 30 años es muy cierto. Todo ha cambiado, y nada ha cambiado. (O)

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