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DOMINICOS ¿ORDEN QUE VIVE LA VIDA MISMA DE LOS APÓSTOLES? Que lo aclaren más las Constituciones


DOMINICOS ¿ORDEN QUE VIVE LA VIDA MISMA DE LOS APÓSTOLES? Que lo aclaren más las Constituciones


Portada: Santo Domingo de Guzmán, de Luis Alberto Acuña, Convento de Santo Domingo, Bogotá Primera Edición ©fr. Germán CORREA MIRANDA, O. P. Editor © Derechos reservados FRAILES DOMINICOS Provincia de San Luis Bertrán de Colombia fr. Orlando RUEDA ACEVEDO, O. P. Prior Provincial Curia Provincial Convento de San Alberto Magno Carrera 6a A No. 51A - 78 Teléfonos: (+571) 287 84 70/288 63 67/288 63 73 Fax: (+571) 288 63 52 http: //www.opcolombia.org e-mail: priorprovincial@opcolombia.org Bogotá, D.C., Colombia, 2012

fr. Carlos Arturo ORTIZ VARGAS, O. P. Promotor Provincial de Medios de Comunicación Queda totalmente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización del Editor. Reservados todos los derechos. Diseño y diagramación Pub. Luis Alberto BARBOSA JAIME Impresión Distrigraf Bucaramanga PRIMERA EDICIÓN Impreso en Colombia, mayo de 201209 ISSN: 2027-0259 NIHIL OBSTAT fr. Orlando RUEDA ACEVEDO, O.P. Prior Provincial Impreso en Colombia


BIBLIOTECA DOMINICANA - N° 30

Dominicos ¿Orden que vive la vida misma de los Apóstoles? Que lo aclaren más las Constituciones

Sobre el cimiento de los Apóstoles y con el mismo Cristo Jesús como piedra angular (cf. Ef. 2, 20)

Cuatro Proposiciones para el Capítulo General de la Orden de Predicadores elaboradas por fr Germán CORREA, O. P. de la Provincia de San Luis Bertrán de Colombia


contenido Carta de Presentación

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Consagrados a la misión evangelizadora LCO 1 §§ II y III

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Primera Proposición

§ II – Misión recibida con el fundador

16 30

§ III – Móviles y efectos de la profesión

Segunda Proposición

Una Orden que vive la vida misma de los Apóstoles LCO 1 § IV (primer período)

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40 Vida de los Apóstoles que nos da vida (primer período del § IV) 50

Cómo se desarrolla el argumento en el § IV

Tercera Proposición

La vida propia de nuestra Orden LCO 1 § IV (último período)

El modo de vida de Santo Domingo, hecho suyo por nuestra Orden (último período del § IV)

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Palabras de Santo Tomás para hablar con Dios o de Dios (palabras finales del § IV) 133

Síntesis

de lo propuesto para el parágrafo cuarto

171

Cuarta Proposición

El primer precepto de la Regla de San Agustín LCO 2 §§ I y II § I – El fundamento de la vida común § II – Vida común y reconciliación universal

199 201 221


Carta de Presentaci贸n

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Primera Proposici贸n

consagrados a la misi贸n evangelizadora

LCO 1 搂搂 II y III


1. Constitución Fundamental § I. ─ El papa Honorio III expresó el ideal de la Orden escribiendo a Santo Domingo y a sus frailes estas palabras: “Aquel que incesantemente fecunda la Iglesia con nuevos hijos1 , queriendo asemejar los tiempos actuales a los primitivos y propagar la fe católica, os inspiró el piadoso deseo de consagraros, abrazados a la pobreza y profesando la vida regular, a la predicación de la palabra de Dios, difundiendo por el mundo el nombre y el evangelio de nuestro Señor Jesucristo”2. § II. ─ Efectivamente, la Orden de Predicadores, fundada por Santo Domingo, “se sabe que fue desde un principio instituida especialmente para la predicación y la salvación de las almas”3. Por lo cual nuestros frailes, de acuerdo con el precepto del fundador, “compórtense en todas partes honesta y religiosamente, como quienes desean conseguir su propia salvación y la de los demás; y sigan, cual varones evangélicos, las huellas del Salvador, hablando con Dios o de Dios en su propio interior o al prójimo”4. § III. ─ Para que mediante este seguimiento de Cristo nos perfeccionemos en el amor de Dios y del prójimo, por la profesión que nos incorpora a nuestra Orden nos consagramos totalmente a Dios y nos entregamos de una manera nueva a la Iglesia universal, dedicándonos por entero a la evangelización íntegra de la palabra de Dios5. De la oración por los catecúmenos que se dice el Viernes Santo. Honorio III, carta a Santo Domingo, fecha 18 de enero de 1221 MOPH (Monumenta Ord. Frat. Praedicatorum hist.) XXV p. 144. 3 Constituciones primitivas, prólogo. 4 Constituciones primitivas, Dist. II, c. 31. 5 Honorio III, carta a todos los prelados de la Iglesia, fecha de 4 de febrero de 1221, MOPH XXV p. 145. 1 2


Los textos iniciales del Libro de Constituciones y Ordenaciones de los Frailes de la Orden de Predicadores se han hecho dignos de gran aprecio y respeto y contienen de hecho disposiciones muy acertadas. Creemos sin embargo que, comprobadas algunas deficiencias que el paso del tiempo va dejando ver, no conviene postergar indefinidamente la tarea de revisar, en algunos puntos, una concepción menos exacta que a veces aflora acerca de la misión y la vida de nuestra Orden en la Iglesia. Es un debate y un trabajo de los que esperamos que se puedan recoger frutos de vida. No es de esperar que un texto elaborado por completo inmediatamente después del Vaticano II pueda responder a las expectativas actuales de la Iglesia y de la Orden. Los años transcurridos desde la promulgación del Libro de las Constituciones y Ordenaciones nos han hecho cada vez más conscientes del contexto eclesial en que se desarrollan nuestra misión y nuestra vida y más solidarios con cuantos se consagran a la evangelización. Tenemos motivos para congratularnos viendo el sitial de honor que se reserva a la Palabra de Dios como alma de la misión y de la vida misma de la Iglesia. Estas son lecciones recibidas de la escucha de la Palabra y decantadas por la Iglesia para común utilidad en Asambleas del Sínodo de los Obispos y en sucesivas Ex11


hortaciones Apostólicas. A la luz del Verbo así encarnado podemos releer con renovado interés, sobre nuestra misión y nuestra vida, aquellas primeras páginas escritas en el inmediato posconcilio para encabezar nuestras leyes. Y con mayor provecho, como es de esperar. Son leyes al servicio de la vida. Y aquí podemos aprender otra lección de los trabajos de renovación emprendidos por la Iglesia. Los principios seguidos en la recognitio del Código de Derecho Canónico, aprobados en la Asamblea General del Sínodo de Obispos en 1967, fueron poniendo de manifiesto la necesidad de atender, al aplicar lo enseñado por el Concilio acerca de la Iglesia, no sólo a lo propio del orden externo y social del Cuerpo Místico de Cristo, sino también y principalmente a lo que toca a su vida íntima6. Por lo que respecta a las nuevas Constituciones de nuestra Orden, por aquel entonces –finales de los años sesenta– ella tuvo que adaptar a las nuevas enseñanzas que impartían aquellos años de gracia todo su cuerpo legislativo. Y en los decenios que han seguido no se ha vuelto a considerar ex profeso qué incidencia negativa puedan tener algunas formulaciones adoptadas entonces, sobre todo en páginas tan decisivas como son las de la Constitución fundamental. De ahí que nosotros propongamos ampliar también en nuestra Orden el horizonte en que generalmente se mueven las deliberaciones acerca de puntos de nuestra legislación, de manera que no nos quedemos en asuntos que tocan meramente a lo propio del orden externo, sino que volvamos los ojos a estos primeros números del Libro de Constituciones y Ordenaciones (LCO) de nuestra Orden. Y ello con el fin de reconsiderarlos, en estos nuevos años de gracia y ante estos horizontes que abrirá la novena centuria, 6

Prefacio al Código de Derecho Canónico, de 1983.

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en lo que toca a la vida íntima de nuestra Orden, que no es otra que la del Cuerpo Místico de Cristo. Vamos con la ayuda de Dios a analizar algunas cosas del LCO en sus nn. 1 §§ II-IV; y 2 §§ I-II. Nuestras Propuestas piden ciertos cambios en estos cinco parágrafos, cambios que en algún detalle quizás podrían considerarse meramente técnicos, pero que integrados en el conjunto dan mayor exactitud, claridad y altura a estos parágrafos iniciales de nuestra legislación. La esperanza que abrigamos es de que allí aparezca claramente la unidad que forman la vida y la misión en el propósito del nuestro santo fundador. No vamos desde luego a recargar los textos de nuestras Constituciones ni a cambiar su sentido y propósito originales. No espere aquí el lector propuestas de cambios drásticos a nuestra legislación. Ninguna de las enmiendas que proponemos llega a tener –para poner un ejemplo dentro del campo en que nos moveremos– la envergadura de la alteración que en las reformas de 1932 y 1968 sufrieron las primeras palabras del antiguo Prólogo, leído siempre al frente de nuestras Constituciones desde el remoto año de 1216. Sobre este punto versará nuestra Cuarta y última Proposición. El antiguo Prólogo abarcaba en forma unitaria principios que el actual LCO resolvió tratar por separado. Tal es el caso de la cita de aquel Prólogo que ahora leemos en el n. 1, es decir, en el de la Constitución fundamental –la Orden de Predicadores, “instituida especialmente para la predicación y la salvación de las almas”–, mientras que hemos de pasar varias páginas para poder leer la referencia a la Regla de San Agustín, que ha quedado en el n. 2, encabezando la parte dedicada a “la vida de los hermanos” (Primera Distinción). 13


De esos dos números iniciales del LCO el primero tiene su título propio: Constitución fundamental; el segundo se refiere al principio de la Regla de San Agustín. El nombre de “fundamental” ha retraído a los dominicos de todo cambio que se pudiera proponer a esa primera constitución, y es ese prácticamente el único número al que solemos referirnos con la palabra ‘constitución’ en singular (y no con la palabra ‘número’ que aplicamos a todas las demás constituciones que contiene el LCO). Pero ¿no es eso dar un tratamiento inadecuado a la primera constitución contenida en el libro que de propósito se ha llamado Libro de las Constituciones, en plural? Nuestras Propuestas versan tanto sobre ese primer número como sobre el segundo o, dicho de otra manera, sobre la Constitución fundamental y sobre lo fundamental de la Regla de San Agustín. No creemos que por su contenido o su autoridad disten mucho uno de otro esos dos números. En aquella Constitución no está todo lo fundamental: al calificativo ‘fundamental’ no conviene atribuirle aquí un sentido único, monolítico, superior al que tiene por ejemplo en campos como la teología o el derecho. ‘Fundamental’ no es equivalente de fundacional ni de fundante; y no por calificarse una Constitución con este adjetivo va ella a adquirir el sentido de “piedra fundamental” de nuestra legislación, ni vamos a transformar un texto constitucional en un documento constitutivo ni en una carta magna7. Fundamental se llama una parte de la teología, parte que no se conoció como tal hasta la Edad moderna, y que vino a llamarse ‘fundamental’ solo en el siglo XIX. En el campo del derecho, una Ley Fundamental, y no ya una Constitución, fue la que se dio a sí misma el año 1949, en una Alemania dividida tras la guerra, la República Federal de Alemania; pensemos también en la proyectada Ley fundamental de la Iglesia, soñada en el posconcilio (desde 1965) como una base que sirviera de sustento, tanto a la Iglesia latina como a la Iglesia oriental, para la elaboración de sus respectivos Códigos de Derecho Canónico, proyecto

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El P. Ángel Melcón señalaba la existencia de dos esquemas para el nuevo libro de las Constituciones presentados en 1968 al Capítulo de River Forest: el esquema que finalmente prevaleció y que sitúa la predicación después de los votos, la liturgia y oración y el estudio, y otro que proponía que aquélla apareciera en primer lugar, como distintivo de nuestra Orden. La idea básica de los defensores de este segundo esquema –añade el P. Melcón– se recogió con bastante aproximación en la Constitución fundamental que se elaboró en aquel Capítulo8. Pero no todo quedó armonizado con ese ensamble. Aun en el mejor de los casos, o sea, cuando se ejerce de veras el ministerio de la predicación, pensamos que subsiste un problema que los textos constitucionales que analizaremos no ayudan a resolver y que se puede plantear en estos términos: ¿Cómo ha de relacionar un predicador su actividad de predicación con el resto de su vida, o cuál es la relación del predicador con el resto de su comunidad? ¿Qué tiene que ver el ser alguien predicador con el hecho de ser un hermano más en la Comunidad?9 que el papa Juan Pablo II descartó en 1981. Datos como estos dan a entender que unas circunstancias cambiadas, una estado de cosas precario, hacen necesaria una fundamentación más explícita, con resultados que se consideran fundamentales. Revisar la fundamentación no significa, según eso, poner en duda la solidez de los cimientos. 8 Dominicanismo. Agonía y esperanza, México, 1970, pp. 67-72. 9 Son preguntas que se imponen cuando queremos entender nuestra vida partiendo de la predicación como tal, y que formulamos con ayuda de las que con toda razón se hace el P. Simon Tugwell en su obra The Way of the Preacher, Londres-Springfield (Ill), 1979; preguntas que surgen, como él dice, “del hecho de que no todos los miembros de la Orden de Predicadores, sobre todo en sus mejores tiempos, han sido ellos mismos predicadores”. Las preguntas se las hace el autor en el último capítulo, para esbozar allí mismo una respuesta.

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Confiamos estas Proposiciones a la competencia y diligencia de aquellos religiosos o aquellas comunidades que tengan la oportunidad de leerlas y analizarlas, como también a la clarividencia y sabiduría de los miembros del Capítulo General que nuestra Orden reúne periódicamente, con la esperanza de que, examinadas por estas instancias, puedan ser objeto de una congrua deliberación, en orden a la revisión de textos de tan permanente influjo en nuestras comunidades.

LCO 1 § II – Misión recibida con el fundador Entramos en un asunto delicado: la Constitución fundamental. Conscientes de ello, no vamos a negar que esta constitución es una de las constituciones que, aunque con miramientos, llegado el momento se pueden tocar y retocar. A esta constitución en particular le hace algunos reparos el P. Melcón. El primero de ellos es que recurre a demasiadas citas, expresas o implícitas, lo que hace de ella un breve dossier o repertorio de textos buenos para una definitiva redacción, expresiva y sintética, que no alcanzó a hacerse. Nosotros compartimos esta opinión. Y añadimos que, por atender a la importancia de las citas que aducían, los redactores no parecen haber prestado suficiente atención a las palabras con que debían introducirlas. Esto lo podemos comprobar en algunas frases de enlace: a) la que une las dos citas que hace de las Constituciones primitivas el § II; b) las palabras que introducen el § III; c) las que señalan la relación de la misión con la vida al comienzo del § IV. Comprobémoslo parte por parte.

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Empezamos presentando los textos de los parágrafos que son objeto de esta Primera Proposición: los §§ II y III de la Constitución fundamental (precedidos aquí por el § I para contextualizar los que le siguen). En la columna de la izquierda aparece el texto latino del LCO en el cual es preciso cambiar algunas palabras, que destacamos con un tachado; en la columna de la derecha aparecen en cursiva las palabras que las reemplazan. Y lo mismo haremos al comienzo de las otras tres Proposiciones con los parágrafos pertinentes. Esas palabras se mantendrán igualmente en cursiva cuando presentemos en traducción española estos textos enmendados. Para ver el texto en traducción, se ruega tener a la vista el recuadro colocado después del título de cada una de las Proposiciones, o una edición en lengua vernácula (es posible que algunas de esas palabras que vemos necesitadas de enmienda las haya enmendado ya en una u otra edición del LCO el buen sentido de los traductores). 1 – § I. – Propositum Ordinis his exprimebat verbis Honorius papa III s. Dominico et fratribus eius scribens: “Is qui Ecclesiam suam nova semper prole fecundat, volens haec moderna tempora conformare prioribus et fidem catholicam propagare, pium inspiravit vobis affectum quo, amplexi paupertatem et regularem vitam professi verbi Dei exhortationi vacetis, evangelizantes per orbem nomen Domini nostri Iesu Christi”. § II. – Ordo namque fratrum praedicatorum a s. Dominico fundatus “specialiter ob praedicationem et

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animarum salutem ab initio noscitur institutus fuisse”. Fratres igitur nostri, iuxta praeceptum fundatoris, “ubique, tamquam viri qui suam et aliorum salutem procurare desiderant, honeste et religiose se habeant, sicut viri evangelici, sui sequentes vestigia Salvatoris, cum Deo vel de Deo secum vel proximis loquendo”.

…noscitur fuisse”. Statuit autem ipse fundator ut fratres, ad praedicandum missi, “ubique, …”

§ III. – Ut autem per hanc sequelam Christi in caritate Dei et proximi perficiamur, professione Ordini nostro cooptati Deo totaliter consecramur ac universae Ecclesiae novo modo devovemur, integrae “evangelizationi verbi Dei totaliter deputati”.

Ut Christum sequentes ad tam perfectam Dei et proximi caritatem perveniamus, professione Ordini...

Abordemos aquí el estudio del § II de la Constitución fundamental. Siguiendo lo que se lee en el Prólogo de las Constituciones primitivas (las de 1220), se afirma en este parágrafo que la Orden de Predicadores “fue instituida especialmente (specialiter) para la predicación y la salvación de las almas”. En este mismo parágrafo el LCO introduce de inmediato otro texto de aquellas primitivas Constituciones, por cierto muy distante del primero, y lo introduce con esta frase de enlace elíptica y abrupta: “Por lo cual nuestros frailes, de acuerdo con el precepto del fundador, ‘compórtense en todas partes honesta y religiosamente (Fratres igitur nostri, iuxta praeceptum fundatoris, ‘ubique…’)’”. El enlace 18


es de índole ilativa, como lo muestra el “por lo cual” (igitur), pero lo que con él se pretende concluir no tiene clara relación con el hecho de tener la Orden como fin “especial” la predicación10. Y la razón es, así lo pensamos, que ahí se calla el contexto original de una y otra cita. Ahí se introduce sin su contexto una prescripción de las Constituciones primitivas –‘compórtense en todas partes honesta y religiosamente…’– que pertenece a la Segunda Distinción y sobre la cual volveremos luego. En cambio, lo dicho de la predicación como especial finalidad de nuestra Orden está antes incluso de la Primera Distinción, pues proviene del Prólogo (téngase en cuenta que cuando mencionemos una Distinción, nos referiremos a las de aquellas primitivas Constituciones, no a las del LCO). Vamos a empezar por examinar lo dicho en el contexto del Prólogo sobre esta finalidad especial. La Orden fundada como tal El Prólogo de aquellas Constituciones se abría con un párrafo tomado de las Costumbres de Prémontré, que empezaba refiriéndose al precepto de la Regla de San Agustín sobre la unanimidad que se había de observar en nuestra Orden como ya en la de los Premostratenses (es lo contenido en el n. 1 del Prólogo), precepto al cual siguieron refiriéndose nuestras Constituciones hasta el Capítulo General de 1932 exclusive. Ese contexto es un presupuesto necesario para captar el verdadero alcance que tiene la referencia al primitivo Con el igitur se pretende efectivamente concluir algo, pero ese algo se quedó aquí en el tintero. Por lo demás, lo que de ahí concluía el Prólogo allí citado era que, en aras de la predicación y de la salvación de las almas, el superior en cada convento necesitaba la potestad de ‘dispensar’. 10

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Prólogo que se hace en el § II al afirmar que la Orden de Predicadores fue desde un principio instituida especialmente para la predicación. En seguida citamos el texto del Prólogo con su contexto (señalando únicamente las primeras palabras del número 1). Fijémonos en particular en las expresiones que subrayamos: “Aquí comienzan las costumbres de los Hermanos Predicadores PRÓLOGO 1. “Ya que por precepto de la Regla se nos manda tener un solo corazón y una sola alma en el Señor,…11. 2. “En estos asuntos, sin embargo, tenga el superior en su convento la potestad de practicar la dispensación con los hermanos cada vez que lo juzgue conveniente, sobre todo en lo que pareciera impedir el estudio, o la predicación, o el bien de las almas, sabiéndose como lo sabemos que nuestra Orden fue, desde un principio, instituida especialmente para la predicación y la salvación de las almas”12. “Quoniam ex praecepto regulae iubemur habere cor unum et animam unam in domino, iustum est ut qui sub una regula et unius professionis voto vivimus, uniformes in observantiis canonicae religionis inveniamur, quatenus unitatem quae interius servanda est in cordibus foveat et repraesentet uniformitas exterius servata in moribus. Quod profecto eo competentius et plenius poterit observari, si ea quae agenda sunt scripto fuerint commendata; si omnibus qualiter sit vivendum scriptura teste innotescat; si mutare vel addere vel minuere nulli quicquam propria voluntate liceat: ne si minima neglexerimus paulatim defluamus”. 12 “Ad haec tamen praelatus in conventu suo dispensandi cum fratribus habeat potestatem, cum sibi aliquando videbitur expedire: in iis praecipue quae studium vel praedicationem vel animarum fructum videbuntur 11

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El n. 1 del Prólogo, que de la unanimidad concluía la uniformidad de las costumbres, nos da, decimos, el contexto de la prescripción añadida en el n. 2 y nos explica lo que es esta prescripción y la función que cumple. En estos asuntos, sin embargo (lo referente a la uniformidad de las costumbres), tendrá el superior una especial potestad para practicar la dispensación en determinadas circunstancias (con esto hemos pasado al n. 2 del antiguo Prólogo). Y la razón es la especial misión que debe seguir cumpliendo nuestra Orden. No se negará a los legisladores de 1220, que añadieron ese n. 2, el haber considerado la necesidad de tomar esta determinación a la luz de la especial dispensación divina que dio origen a nuestra Orden y sintiéndose de algún modo sus instrumentos13. En efecto, se sentía de nuevo la necesidad de la misión entre los pueblos que no conocían aún a Jesucristo, y el apóstol Pablo podía ofrecer a aquellos nuevos predicadores su propio ejemplo y lo que había escrito a los paganos que habían abrazado la fe. Ya había tenido que terciar el Apóstol entre los primeros llamados y los llamados de última hora, entre los que querían testimoniar la fidelidad de Dios en su propia vida y los que necesitaban impediré, cum ordo noster specialiter ob praedicationem et animarum salutem ab initio noscatur institutus fuisse”. Los números añadidos a estos párrafos los tomamos de la edición del P. Vicaire, que con ellos distingue lo incorporado en nuestras leyes en 1216 (n. 1) de lo incorporado en ellas en 1220 (Saint Dominique de Caleruega d’après les documents du XIIIe siècle, París, 1955, p. 139). 13 La potestad que se le reconoce al superior en este punto está efectivamente en relación con esta dispensación divina: eso es lo que queremos señalar usando el sustantivo “dispensación”, no muy común por haberse restringido mucho la acepción que, con base en el uso latino, tenía anteriormente el verbo “dispensar”, de donde deriva ese sustantivo. Es lo que se explicará en la nota siguiente.

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su misericordia para salir de su propia miseria ( Rom. 15, 7-10)14. Felizmente, en el § I de la actual Constitución fundamental sigue, por lo menos insinuado, el presupuesto necesario para pasar en el § II a la misión de predicación recibida por la Orden. Dicho presupuesto son las palabras citadas de Honorio III sobre una doble inspiración –Dios os inspiró este piadoso deseo: “profesando la vida regular consagraros a la predicación de la palabra de Dios (regularem vitam professi verbi Dei exhortationi vacetis)”–. Por su dualidad esta inspiración hacía necesario abrir una puerta que mantuviera comunicados uno y otro extremo. Eso quería decir que se hacía necesario reconocer al superior A los paganos convertidos a Cristo les dice el Apóstol cómo le dispensó Dios la gracia destinada a ellos: es la dispensatio divina que Pablo debía hacer suya haciéndose él mismo dispensator (Ef. 3, 2-6; 1 Cor. 4, 1). Y luego les dice en qué consiste esa misma dispensación puesta ya en sus manos: Esa dispensatio puesta en las manos de este servidor consiste en que yo os entregue la palabra de Dios para que llegue así a su cumplimiento (Col. 1, 25). Así que este oficio del dispensator hay que verlo dentro del plan divino de la salvación de todos, a cuyo servicio están el gobierno de las comunidades y la atención al bien de todos y de cada uno. Conviene tener en cuenta que la acción de ‘dispensar’ no tiene en este contexto cristiano por objeto a los individuos como tales (como para hablar de ‘dispensarlos de algo’): ‘dispensare’ es conceder o distribuir, como también (en sentido intransitivo) administrar o desempeñar la administración. Cosa esta última que se puede hacer mal, como en el caso del administrador astuto (en Lc. 16, 2 una variante de la Vulgata latina utiliza dispensare, en sentido intransitivo: “En adelante no podrás seguir administrando”). Pero es cosa que igual se puede hacer bien, como lo pide San Cesáreo de Arles (Sermo 1, cap. 15) con las siguientes palabras, alusivas al dispensator a quien el señor pone al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas (Lc. 12, 42): “Según el testimonio evangélico hemos recibido la ración de alimento para practicar la dispensación con nuestros siervos (mensuram tritici ad dispensandum cum servis nostris accepimus)”. 14

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una especial competencia en el ámbito de su dispensación u oficio (preferimos decir dispensación, para que no se vaya a creer que aquel antiguo Prólogo arreglaba el problema sencillamente con una ‘potestad de conceder dispensas’15). La predicación como finalidad especial y la ampliación del ámbito de la dispensación en función de este ministerio son solidarias16. Y como lo vimos arriba, desde 1220 la mención de una y otra presuponían hecha ya una referencia a la Regla, en otras palabras, a la vida regular. Pero en la actual Constitución fundamental esa progresión ya no aparece explícitamente. La predicación irrumpe de inmediato El Prólogo de 1220 usa el verbo dispensare (dispensandi cum fratribus habeat potestatem) de forma semejante a como lo usaba San Cesáreo en el texto del sermón que acabamos de citar en la nota anterior, y debe entenderse como ‘practicar la dispensación con los hermanos’. En el siguiente texto de Santo Tomás reaparece esa misma construcción: “Cuando se practica la dispensación con alguien de modo que no guarde una ley común (cum aliquo dispensatur ut legem communem non servet), no debe hacerse en perjuicio de bien común, sino con la intención de favorecer este bien” (I-II, 97, 4 ad 1). Parecería que aquello de ‘dispensar a alguien de algo’ es expresión que se fue generalizando con la proliferación de los manuales. 16 Bien lo indicaba el antiguo Prólogo: en el n. 2 las excepciones las ocasionaba, por una parte, la vida regulada por aquellas nacientes Constituciones, y por otra las imponía la especial finalidad que tenía nuestra Orden en particular. Nótese la análoga función que desempeñan las oraciones causales en el n. 1 y en el n. 2, como lo indican la conjunción Quoniam que motiva la oración principal del n. 1, y el cum causal que explica la del n. 2 (son las dos palabras que hemos subrayado en los respectivos textos latinos del Prólogo, transcritos arriba, en dos notas de pie de página). Esa relación quedó obscurecida por la dislocación que sufrió ese n. 2 en la actual Constitución fundamental: la oración principal –“tenga el superior en su convento la potestad de practicar la dispensación con los hermanos”– en el § VI, y en el § II la oración subordinada –“sabiéndose como lo sabemos que nuestra Orden fue, desde un principio, instituida especialmente para la predicación”–. 15

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en este § II, cuando aún no está claro ni lo que significa “la profesión de vida regular” del § I (regularem vitam professi) ni la forma como se articulan vida regular y predicación al mundo entero, que no dejan de ser dos polos opuestos. Aquella transición de una cita a la otra –‘…especialmente para la predicación y la salvación de las almas’. Por lo cual nuestros frailes, de acuerdo con el precepto del fundador, ‘compórtense en todas partes honesta y religiosamente…’–, aquella inesperada transición es una especie de cortocircuito. ¿Convendrá tomar ex abrupto como punto de partida de la exposición precisamente aquello que justifica ‘las dispensas’? Téngase presente todo lo que está de por medio en el trayecto que lleva del contexto propio de la primera cita (el Prólogo) al contexto propio de la segunda (la Segunda Distinción): de por medio está toda la Primera Distinción, con capítulos como el dedicado a los novicios o el dedicado al silencio. Pues bien, aquí la predicación, nada más irrumpir, prescinde de estas distinciones y nivela lo dicho de nuestra Orden como tal con lo dicho de los frailes que salen a predicar. Y así se concluye: si la Orden fue instituida especialmente para la predicación, ante todo para ella vale en general lo mandado a los frailes cuando salen a predicar. Los que salen a predicar En términos generales, pensamos que esa frase de enlace entre una y otra cita de las Constituciones primitivas introduce una gran ambigüedad, porque lleva a tomar una parte –la salida a predicar– por el todo –el conjunto de la vida–, y el oficio de unos –los que resultan idóneos para la predicación en cada circunstancia– por el oficio de todos indistintamente17. 17

Y todavía en el parágrafo siguiente, como veremos, tienden a reducir-

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Tengamos bien presente el contexto que tiene este segundo texto citado. La cita está tomada de la Segunda Distinción de las Constituciones primitivas. Y allí el texto, con su contexto no recogido en el LCO (y que para no confundirnos dejamos entre paréntesis), se lee en la siguiente forma: “(Aquellos que sean idóneos, cuando deban salir del convento para ir a predicar, recibirán del prior el socio que él juzgue conveniente a sus costumbres y a la honestidad. Y saliendo una vez recibida la bendición,) compórtense en todas partes honesta y religiosamente, como quienes desean conseguir su propia salvación y la de los demás; y sigan, cual varones evangélicos, las huellas del Salvador, hablando con Dios o de Dios en su propio interior o al prójimo”18. Presenciamos ahí la escena de unos predicadores que parten en misión. Lo que entonces inculcaban aquellas Constituciones era que los frailes siguieran actuando como religiosos cuando salían a predicar. Como religiosos, pues ¿qué otra cosa puede significar el adverbio ‘religiosamente’? Jordán de Sajonia precisa cuándo y dónde adoptaron las costumbres de los religiosos nuestro Padre y sus primeros compañeros. Cuando Pedro Seila les dio como domicilio unas casas que tenía en Tolosa, junto al castillo de Narbona, “empezaron allí a descender más y más las gradas de la humildad y a conformarse con las costumbres de los se a los viajes de predicación el seguimiento de Cristo y la consagración y misión evangélicas. 18 “(Ii vero qui apti sunt cum in praedicationem exire debuerint, eis socii dabuntur a priore secundum quod moribus eorum et honestati expedire iudicaverit. Qui accepta benedictione exeuntes,) ubique, tamquam viri qui suam et aliorum salutem procurare desiderant, honeste et religiose se habeant, sicut viri evangelici, sui sequentes vestigia Salvatoris, cum Deo vel de Deo secum vel proximis loquendo”.

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religiosos (religiosorum se moribus conformare)19. El salir de aquel marco conventual a predicar llevaba a trascender tanto la vida puramente claustral como la actividad propagandística, que aisladas resultaban insuficientes para la causa del evangelio. No es este el momento de detenernos en el significado de la vida religiosa que así se abría campo en la Iglesia, pero ¿no convendrá tener en cuenta por lo menos que nivelar esta vida religiosa y regular con la existencia o la actividad puramente seculares sería desvirtuarla?20 Nacida para la predicación, nuestra Orden es mucho más que la suma que resulta de las actividades de sus miembros. El texto actual reconduce a un precepto del fundador las consignas del segundo texto citado en este § II. Notemos que, para ser precepto, esas consignas son o demasiado circunstanciadas o demasiado generales: de un lado se prescribe que los predicadores deben salir con un socio y con la bendición del prior, y de otro que lo allí preceptuado hay que cumplirlo en todas partes. De hecho, a los lectores de la Constitución fundamental nos resultan muy generales porque allí están fuera de contexto: si aquello vale “en todas partes”, será por estar dirigido a unos misioneros que han Libellus de principiis Ordinis, 38. Incluso considerándola sin más como ‘vida consagrada’ se la desvirtúa, así el Código de Derecho Canónico haya creado esta categoría por razones prácticas, para introducir en su esquema los diversos tipos de institutos. ¿Qué ha sucedido con este común denominador? “Quizás no se haya caído en la cuenta de cómo se ha rebajado el nivel espiritual y doctrinal de la vida religiosa y se ha elevado el de los institutos seculares. El resultado es una nivelación en la que nadie se reconoce ni se siente a gusto. En efecto, la doctrina teológica y jurídica sobre la vida religiosa les viene demasiado holgada a los institutos seculares, y lo que se ajusta a éstos, le queda raquítico a la vida religiosa” (José J. Fernández Castaño, La vida religiosa. Exposición teológico-jurídica, Salamanca-Madrid, 1998, p. 10). 19 20

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aprendido primero, en la vida regular, cuál es el comportamiento honesto y religioso y no esperan a aprenderlo sobre la marcha. Por lo demás, no aparece la razón por la cual ha de considerarse precepto este punto de las Constituciones, y no otros de tantas determinaciones que allí se leían. Admitimos, desde luego, que esas palabras con toda probabilidad se remontan a nuestro Padre Santo Domingo, pero habrá que detenerse a considerar qué podían significar para sus contemporáneos. ¿Un precepto? ¿Y no se oponía él justamente a que lo establecido en las Constituciones se tomara como precepto?21 Como se ve por el contexto en que se elaboró aquella legislación de 1220 y por los testimonios que se conservan de quienes conocieron en vida a nuestro Padre, estas consignas nos conservan antes que nada su retrato. Su vida misma era lo que movía a los frailes a seguirlo así por los caminos de la misión. Y pensaban más en él que en el texto de las Constituciones que acababan de elaborar, allá en Bolonia. No pensaban que él fuera a desaparecer tan pronto, y cuando desapareció tuvieron que aferrarse más a aquellos textos en que él había dejado su huella, y no los dejaron desaparecer. Ahora bien, lo que él estatuía sobre todo con su propio ascendiente y con su autoridad moral ¿lo vamos nosotros a reducir ahora a precepto? El precepto se da a más no poder. Centrémonos en la Proposición que hacemos. Realmente no era fácil conectar aquellas dos citas de las ConsCf. LCO 281; Suma teológica II-II, 186, 9 ad 1. Es curioso que el Capítulo General de 1968 haya introducido un precepto aquí y no haya rescatado el precepto de la Regla que habían eliminado las Constituciones Gillet en lo que hoy es LCO 2 § 1. Nuestra Cuarta Propuesta, como se verá, va en el sentido de que allí se retorne a la referencia original hecha a la Regla.

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tituciones primitivas. La dificultad la resolvió la edición actual introduciendo las consignas dadas a los predicadores como una conclusión de la primera cita: “Por lo cual nuestros frailes, de acuerdo con el precepto del fundador, ‘compórtense…’” Pero ¿se justifica este tipo de ilación? Lo único que podía desprenderse como conclusión de aquel texto sobre una Orden especialmente instituida para la predicación, sería que, cuando salieran a predicar, sus religiosos se atuvieran a esas consignas. Pero una conclusión así sería contraproducente, pues sonarían a excepción o la salida a predicar o, si no, el comportamiento tan ejemplar y evangélico allí prescrito. ¿Cómo salir adelante evitando esos dos escollos opuestos? No podemos, desde luego reproducir las consignas junto con su introducción, es decir, con la escena de unos predicadores que parten en misión. Lo que proponemos es introducirlo de manera que se recoja de la cita anterior –la del Prólogo– la idea de predicar, y se aclare a quiénes se dan estas consignas y para qué ocasiones. En cambio de referirnos al comportamiento que deben mantener cuando salgan, digamos que deben mantenerlo cuando son enviados a misión. De todos modos, ahí sigue en pie el Distingue tempora et concordabis iura. En cambio de la conjunción ilativa igitur recurrimos, para la sutura, a la más débil autem, que indica el nuevo giro que se da a la idea. Lo pedido aquí a los predicadores viene a enriquecer la idea de la cita anterior y a dar el espíritu con que se ha de ejercer el ministerio para el cual fue especialmente instituida nuestra Orden. Se pasa de la fundación de la Orden de Predicadores a unas consignas sobre cómo salir a ejercer el ministerio de la predicación22. “Compórtense en todas partes honesta y religiosamente”: en su momento y su contexto original se sobrentendía que “siguieran compor22

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Decimos consignas, por simplificar, aunque lo propio será ver en ellas el núcleo de tantas constituciones semejantes que irán conformando el Libro de las Constituciones. A este concepto específico pretendemos aludir con el verbo que proponemos: Statuit. Así pues, proponemos esta redacción (los cambios van en cursiva, en latín al igual que en español): “Statuit autem ipse fundator ut fratres, ad praedicandum missi, ‘ubique, tamquam viri qui suam et aliorum salutem procurare desiderant, honeste et religiose se habeant,…’” [“Determinó el mismo fundador que los hermanos, enviados a predicar, ‘se comporten en todas partes honesta y religiosamente, como quienes desean conseguir su propia salvación y la de los demás,…’”] Obsérvese que así se reciben esas consignas como de la mano del fundador y de los capitulares de 1220, y ni se restringe la predicación a una categoría de frailes, ni se la impone a todos, como tampoco se dispensa de ella a los legisladores23. La cita del Prólogo hablaba de la Orden, la de la Segunda Distinción habla de los frailes que van a predicar. Los momentos de gracia que aparecen con su predicación muestran cómo “la predicación y la salvación de las almas” mencionadas en el Prólogo tándose…”, pero sacando de aquel contexto las consignas es difícil seguir percibiendo ese matiz. 23 Obsérvese bien y se verá que efectivamente, según el texto actual, los legisladores no se sienten aludidos por estas consignas, limitándose a entregarlas a “sus hermanos”; por eso suprimimos en “nuestros hermanos” el posesivo ‘nuestros’ (nostri).

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son inseparables una de otra, pero sin confundirse24. Las consignas inculcan conductas de gran trascendencia para los predicadores: comportamiento honesto y religioso, conversaciones centradas en Dios para provecho propio y del prójimo; y señalan un par de móviles para proceder así: deseo de la salvación, seguimiento de Cristo según el Evangelio. Sobre el contenido de esas consignas tenemos que volver en seguida, puesto que el siguiente parágrafo remite a este último móvil.

LCO 1 § III – Móviles y efectos de la profesión Las expresiones que aquí vemos necesitadas de enmienda están en la oración circunstancial que precede a la oración principal: “Para que mediante este seguimiento de Cristo nos perfeccionemos en el amor de Dios y del prójimo (Ut autem per hanc sequelam Christi in caritate Dei et proximi perficiamur)”. Oración circunstancial de fin, y muy circunstanciada puesto que contiene además un complemento circunstancial de medio25. El ad praedicandum missi prepara la mención que se hará de la misión apostólica al comienzo del § IV y es ya una manera de destacar lo que es la predicación en el conjunto de la vida. 25 Efectivamente, la oración final Ut… perficiamur [“para que nos perfeccionemos”] incluye el complemento per hanc sequelam (con la preposición per de medio o manera y el demostrativo hanc que remite al sequentes del parágrafo anterior). Con razón suprimen este demostrativo tan restrictivo y forzado las traducciones española e italiana: – “Para que, mediante el seguimiento de Cristo, nos perfeccionemos en el amor de Dios y del prójimo,…”######################## – Per realizzare in noi la perfezione dell’amore di Dio e del prossimo seguendo il Cristo,… 24

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Este § III se presenta en continuidad con el § II, como lo muestran la conjunción autem y el demostrativo hanc. Y comienza presentando la perfección de la caridad como el fin que buscamos con nuestra profesión, y al mismo tiempo el seguimiento de Cristo como el medio del que nos servimos para ello: “Para que por este seguimiento de Cristo nos perfeccionemos en el amor de Dios y del prójimo…” Se conserva, con otro propósito, el esquema del fin y los medios, empleado para planear estratégicamente una acción y que el nuevo LCO no quiso recoger de las Constituciones Gillet. Por otra parte, al decirse que ese fin lo buscamos precisamente “por este seguimiento de Cristo” (per hanc sequelam Christi), se recoge del parágrafo anterior solamente uno de los móviles, el del seguimiento de las huellas de nuestro Salvador, seguimiento tomado por cierto como un medio. Y se lo toma como si fuera la idea principal en las consignas del fundador, o lo que las resume. Pero es claro que en aquellas consignas el “seguir, cual varones evangélicos, las huellas del Salvador (sequentes vestigia Salvatoris)” pretendía concretar más y ejemplificar la “conducta” inculcada a los frailes para el viaje de predicación –“honesta y religiosamente, como quienes desean conseguir su propia salvación y la de los demás”– y se mencionaba como característica de los modelos que en esas circunstancias debían ellos imitar (esos modelos eran los discípulos que en el Evangelio van de camino con Jesús). Este sequentes no puede perder esa función26 si queremos Desde el punto de vista de la sintaxis, el participio sequentes en esa cita formaba parte de una oración participial que ejemplificaba lo inculcado en la oración principal “compórtense virtuosa y religiosamente”. La función del participio es precisamente indicar una circunstancia con26

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conservarle a la expresión la índole descriptiva y la fuerza evocadora que tenía en el texto de 1220. Encarnando la idea de seguimiento (sequela), aquellos “varones evangélicos (viri evangelici)” sirven de modelo, tanto más atractivo cuanto que aparecen en una comparación. Que en el sicut viri evangelici haya que reconocerla lo indican la conjunción misma sicut y sobre todo la referencia a la imagen evangélica de los discípulos de Jesús, que los autores destacan siempre al explicar el evangelismo de Santo Domingo27. A los predicadores se los compara con estos viri evangelici, entre otras razones, porque coinciden en el hecho de que unos y otros van a pie, siguiendo los pasos de su Salvador. Es una imagen que pasa del Evangelio a las Constituciones y que ha de conservar su halo, si queremos entender en su sentido literal e histórico el texto aquí citado. Que siga siendo, pues, una comparación, con perfil propio, pero, como toda comparación, claramente subordinada a la idea principal de las consignas que allí se nos dan28. comitante de la acción principal. Añadamos que una vez reemplazado el verbo “seguir” (en su forma participial sequentes) del § II por el sustantivo “seguimiento” (sequela) del § III, este sustantivo, como abstracto que es, reduce a la inercia el hecho de seguir a Cristo. 27 De esta alusión al porte que distinguía a los viri evangelici escribe el P. Vicaire: “Un siglo de historia de la predicación en la Iglesia de Occidente había asociado esas expresiones a una imagen: la de los Apóstoles enviados por Jesús de dos en dos con los pies descalzos, sin oro ni plata…” (Dominique et ses Prêcheurs, Friburgo-París, 1977, p. 167). Imágenes como ésta eran de esperar en aquella parte de las Constituciones primitivas que no eran un código seco y abstracto, sino justamente “un cuadro sugestivo y lleno de vida” (Id., Histoire de Saint Dominique, París, 1982, vol. 2, pp. 223-224). 28 Si no se la toma como comparación, hay que considerarla como predicado de los frailes mismos, que precisa aún más su conducta hones-

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Si no se tiene en cuenta que este “seguimiento del Salvador” mencionado ahí por las primitivas Constituciones se refiere concretamente al hecho de ir a predicar, reduciríamos a esta actividad el seguimiento de Cristo y la misión evangélica propios de nuestra Orden, que es lo que tiende a hacer este § III. Por lo demás, no entendemos qué interés haya en introducir aquí tan laboriosamente un concepto tan preciso y funcional de seguimiento de Cristo, cuando no se puso el mismo interés en seguir manteniéndolo luego en la sección titulada justamente El seguimiento de Cristo: ésta se refiere al seguimiento de Cristo en términos más generales29. ta y religiosa (expresada con los adverbios honeste et religiose). En otras palabras, ellos no aparecen entonces asociados con personajes del Evangelio, sino simplemente mirándose en un espejo de comportamiento religioso. Y tal no era la intención de los capitulares de River Forest, según el testimonio del P. Vicaire en su comentario a la Constitución fundamental: “Nuestras constituciones dominicanas. Constitución fundamental”, en CIDOMINFOR (Centro Internacional Dominicano de Información) –hoy IDI–, 22-III-1969, pp. 73 - 85. 29 En efecto, antes de llegar al capítulo sobre el ministerio de la palabra, dicha sección trata de la consagración religiosa, de la liturgia y la oración y del estudio. Eso era como para decir que a Cristo se le empieza a seguir ya desde la preparación para desempeñar aquel ministerio. Jesús mismo se atuvo a los plazos y etapas normales en quienes han sido llamados a enseñar a los demás, y esto sabiéndose que habían aparecido, precediéndolo, ilustres excepciones: “por cierta dispensación especial”, que no cobijó a Jesús de Nazaret, Salomón, Daniel y Jeremías presidieron ya de jóvenes a los demás y fueron sus maestros. Lo dice un docto fraile de los primeros tiempos de nuestra Orden: “Christus proponebatur hominibus in exemplum omnium. Et ideo oportuit in eo ostendi id quod competit omnibus secundum legem communem, ut scilicet in aetate perfecta doceret. Sed, sicut Gregorius Nazianzenus dicit, non est lex Ecclesiae quod raro contingit, sicut nec una hirundo ver facit. Aliquibus enim, ex quadam speciali dispensatione, secundum divinae sapientiae rationem, concessum est, praeter legem communem, ut ante perfectam aetatem officium vel praesidendi vel docendi haberent, sicut Salomon, Daniel et Ieremias” (Suma teológica III, 39, 3 ad 3).

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El puente que une este parágrafo al anterior es más ancho de lo que lo da a entender el texto actual; no es la sola idea de sequela lo que tiende ese puente y resume el contenido del § II. Mejor lo resume la idea de la caridad perfecta, puesta aquí como término del seguimiento de Cristo. Es muy buena la intención de resaltar en este § III la idea de seguir a Cristo (Christum sequi) y dar un horizonte amplio a nuestra profesión y ministerio. Pero vemos que, más que el abstracto per hanc sequelam, viene a propósito la imagen del camino y del viaje, que emprendemos en busca de la perfección de la caridad. Esa perfección es la razón y el destino del viaje; y si es así, hay también otra expresión más adecuada que perficiamur, es decir, que “nos perfeccionemos”: esa expresión es “que lleguemos a la caridad perfecta (ad perfectam caritatem perveniamus)”30. Por consiguiente, habrá que modificar la formulación con que se inicia este § III. Para unirlo con el parágrafo anterior hay que recuperar el participio sequentes, que se predica ahora no ya de los viri evangelici, sino de nosotros, prescindiendo del sustantivo abstracto sequela. Las palabras “siguiendo a Cristo” (Christum sequentes) que proponemos expresan, a diferencia de per hanc sequelam, mucho más que un medio de perfeccionamiento. Además, para darle el nombre de caridad perfecta a todo el contenido de ese parágrafo anterior, pero de caridad tal como se muestra allí, desde que se menciona la salvación de las almas hasta que se inculca el hablar con Dios y de Dios, proponemos decir no simplemente “que lleguemos a la caridad perfecta”, sino “que lleguemos a tan perfecta caridad”. El enlace que se busCon la caridad perfecta como razón y destino del seguimiento de Cristo, la idea de pervenire está más de acuerdo con las expresiones usadas por Santo Tomás: perveniendi ad perfectionem (Suma teológica II-II, 184, 3 ad 1). 30

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caba con la conjunción autem y con el demostrativo hanc, lo expresamos ventajosamente con este adverbio ‘tan’ (en latín tam), que intensifica la perfección y el atractivo de la meta. Así que, siguiendo este camino y con tan alta meta a la vista, “por la profesión que nos incorpora a nuestra Orden, nos consagramos totalmente a Dios y nos entregamos de una manera nueva a la Iglesia universal, dedicados por entero a la evangelización íntegra de la palabra de Dios”. Proponemos, pues, que se enmiende este § III, de modo que su texto completo quede así: “Ut Christum sequentes ad tam perfectam Dei et proximi caritatem perveniamus, professione Ordini nostro cooptati Deo totaliter consecramur ac universae Ecclesiae novo modo devovemur, integrae ‘evangelizationi verbi Dei totaliter deputati’”. [“Para llegar en pos de Cristo a tan perfecto amor de Dios y del prójimo, por la profesión que nos incorpora a nuestra Orden nos consagramos totalmente a Dios y nos entregamos de una manera nueva a la Iglesia universal, dedicándonos por entero a la evangelización íntegra de la palabra de Dios”.]

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Portada: Santo Domingo de Guzmán, de Luis Alberto Acuña, Convento de Santo Domingo, Bogotá Primera Edición ©fr. Germán CORREA MIRANDA, O. P. Editor © Derechos reservados FRAILES DOMINICOS Provincia de San Luis Bertrán de Colombia fr. Orlando RUEDA ACEVEDO, O. P. Prior Provincial Curia Provincial Convento de San Alberto Magno Carrera 6a A No. 51A - 78 Teléfonos: (+571) 287 84 70/288 63 67/288 63 73 Fax: (+571) 288 63 52 http: //www.opcolombia.org e-mail: priorprovincial@opcolombia.org Bogotá, D.C., Colombia, 2012

fr. Carlos Arturo ORTIZ VARGAS, O. P. Promotor Provincial de Medios de Comunicación Queda totalmente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización del Editor. Reservados todos los derechos. Diseño y diagramación Pub. Luis Alberto BARBOSA JAIME Impresión Distrigraf Bucaramanga PRIMERA EDICIÓN Impreso en Colombia, mayo de 201209 ISSN: 2027-0259 NIHIL OBSTAT fr. Orlando RUEDA ACEVEDO, O.P. Prior Provincial Impreso en Colombia


BIBLIOTECA DOMINICANA - N° 30

Dominicos ¿Orden que vive la vida misma de los Apóstoles? Que lo aclaren más las Constituciones

Sobre el cimiento de los Apóstoles y con el mismo Cristo Jesús como piedra angular (cf. Ef. 2, 20)

Cuatro Proposiciones para el Capítulo General de la Orden de Predicadores elaboradas por fr Germán CORREA, O. P. de la Provincia de San Luis Bertrán de Colombia


contenido Carta de Presentación

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Primera ProPosición

Consagrados a la misión evangelizadora LCO 1 §§ II y III § ii – Misión recibida con el fundador § iii – Móviles y efectos de la profesión

9 16 30

segunda ProPosición

Una Orden que vive la vida misma de los Apóstoles LCO 1 § IV (primer período)

37

Cómo se desarrolla el argumento en el § IV

40

Vida de los Apóstoles que nos da vida (primer período del § IV)

50

tercera ProPosición

La vida propia de nuestra Orden LCO 1 § IV (último período)

85

El modo de vida de Santo Domingo, hecho suyo por nuestra Orden (último período del § IV)

87

Palabras de Santo Tomás para hablar con Dios o de Dios (palabras finales del § IV)

síntesis

de lo ProPuesto Para el Parágrafo cuarto

133 171

cuarta ProPosición

El primer precepto de la Regla de San Agustín LCO 2 §§ I y II § i – El fundamento de la vida común § ii – Vida común y reconciliación universal

199 201 221


carta de Presentaci贸n

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Primera ProPosici贸n

consagrados a la misi贸n evangelizadora

lco 1 搂搂 ii y iii


1. ConstituCión Fundamental § I. ─ El papa Honorio III expresó el ideal de la Orden escribiendo a Santo Domingo y a sus frailes estas palabras: “Aquel que incesantemente fecunda la Iglesia con nuevos hijos1 , queriendo asemejar los tiempos actuales a los primitivos y propagar la fe católica, os inspiró el piadoso deseo de consagraros, abrazados a la pobreza y profesando la vida regular, a la predicación de la palabra de Dios, difundiendo por el mundo el nombre y el evangelio de nuestro Señor Jesucristo”2. § II. ─ Efectivamente, la Orden de Predicadores, fundada por Santo Domingo, “se sabe que fue desde un principio instituida especialmente para la predicación y la salvación de las almas”3. Por lo cual nuestros frailes, de acuerdo con el precepto del fundador, “compórtense en todas partes honesta y religiosamente, como quienes desean conseguir su propia salvación y la de los demás; y sigan, cual varones evangélicos, las huellas del Salvador, hablando con Dios o de Dios en su propio interior o al prójimo”4. § III. ─ Para que mediante este seguimiento de Cristo nos perfeccionemos en el amor de Dios y del prójimo, por la profesión que nos incorpora a nuestra Orden nos consagramos totalmente a Dios y nos entregamos de una manera nueva a la Iglesia universal, dedicándonos por entero a la evangelización íntegra de la palabra de Dios5. De la oración por los catecúmenos que se dice el Viernes Santo. Honorio III, carta a Santo Domingo, fecha 18 de enero de 1221 MOPH (Monumenta Ord. Frat. Praedicatorum hist.) XXV p. 144. 3 Constituciones primitivas, prólogo. 4 Constituciones primitivas, Dist. II, c. 31. 5 Honorio III, carta a todos los prelados de la Iglesia, fecha de 4 de febrero de 1221, MOPH XXV p. 145. 1 2


Los textos iniciales del Libro de Constituciones y Ordenaciones de los Frailes de la Orden de Predicadores se han hecho dignos de gran aprecio y respeto y contienen de hecho disposiciones muy acertadas. Creemos sin embargo que, comprobadas algunas deficiencias que el paso del tiempo va dejando ver, no conviene postergar indefinidamente la tarea de revisar, en algunos puntos, una concepción menos exacta que a veces aflora acerca de la misión y la vida de nuestra Orden en la Iglesia. Es un debate y un trabajo de los que esperamos que se puedan recoger frutos de vida. No es de esperar que un texto elaborado por completo inmediatamente después del Vaticano II pueda responder a las expectativas actuales de la Iglesia y de la Orden. Los años transcurridos desde la promulgación del Libro de las Constituciones y Ordenaciones nos han hecho cada vez más conscientes del contexto eclesial en que se desarrollan nuestra misión y nuestra vida y más solidarios con cuantos se consagran a la evangelización. Tenemos motivos para congratularnos viendo el sitial de honor que se reserva a la Palabra de Dios como alma de la misión y de la vida misma de la Iglesia. Estas son lecciones recibidas de la escucha de la Palabra y decantadas por la Iglesia para común utilidad en Asambleas del Sínodo de los Obispos y en sucesivas Ex11


hortaciones Apostólicas. A la luz del Verbo así encarnado podemos releer con renovado interés, sobre nuestra misión y nuestra vida, aquellas primeras páginas escritas en el inmediato posconcilio para encabezar nuestras leyes. Y con mayor provecho, como es de esperar. Son leyes al servicio de la vida. Y aquí podemos aprender otra lección de los trabajos de renovación emprendidos por la Iglesia. Los principios seguidos en la recognitio del Código de Derecho Canónico, aprobados en la Asamblea General del Sínodo de Obispos en 1967, fueron poniendo de manifiesto la necesidad de atender, al aplicar lo enseñado por el Concilio acerca de la Iglesia, no sólo a lo propio del orden externo y social del Cuerpo Místico de Cristo, sino también y principalmente a lo que toca a su vida íntima6. Por lo que respecta a las nuevas Constituciones de nuestra Orden, por aquel entonces –finales de los años sesenta– ella tuvo que adaptar a las nuevas enseñanzas que impartían aquellos años de gracia todo su cuerpo legislativo. Y en los decenios que han seguido no se ha vuelto a considerar ex profeso qué incidencia negativa puedan tener algunas formulaciones adoptadas entonces, sobre todo en páginas tan decisivas como son las de la Constitución fundamental. De ahí que nosotros propongamos ampliar también en nuestra Orden el horizonte en que generalmente se mueven las deliberaciones acerca de puntos de nuestra legislación, de manera que no nos quedemos en asuntos que tocan meramente a lo propio del orden externo, sino que volvamos los ojos a estos primeros números del Libro de Constituciones y Ordenaciones (LCO) de nuestra Orden. Y ello con el fin de reconsiderarlos, en estos nuevos años de gracia y ante estos horizontes que abrirá la novena centuria, 6

Prefacio al Código de Derecho Canónico, de 1983.

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en lo que toca a la vida íntima de nuestra Orden, que no es otra que la del Cuerpo Místico de Cristo. Vamos con la ayuda de Dios a analizar algunas cosas del LCO en sus nn. 1 §§ II-IV; y 2 §§ I-II. Nuestras Propuestas piden ciertos cambios en estos cinco parágrafos, cambios que en algún detalle quizás podrían considerarse meramente técnicos, pero que integrados en el conjunto dan mayor exactitud, claridad y altura a estos parágrafos iniciales de nuestra legislación. La esperanza que abrigamos es de que allí aparezca claramente la unidad que forman la vida y la misión en el propósito del nuestro santo fundador. No vamos desde luego a recargar los textos de nuestras Constituciones ni a cambiar su sentido y propósito originales. No espere aquí el lector propuestas de cambios drásticos a nuestra legislación. Ninguna de las enmiendas que proponemos llega a tener –para poner un ejemplo dentro del campo en que nos moveremos– la envergadura de la alteración que en las reformas de 1932 y 1968 sufrieron las primeras palabras del antiguo Prólogo, leído siempre al frente de nuestras Constituciones desde el remoto año de 1216. Sobre este punto versará nuestra Cuarta y última Proposición. El antiguo Prólogo abarcaba en forma unitaria principios que el actual LCO resolvió tratar por separado. Tal es el caso de la cita de aquel Prólogo que ahora leemos en el n. 1, es decir, en el de la Constitución fundamental –la Orden de Predicadores, “instituida especialmente para la predicación y la salvación de las almas”–, mientras que hemos de pasar varias páginas para poder leer la referencia a la Regla de San Agustín, que ha quedado en el n. 2, encabezando la parte dedicada a “la vida de los hermanos” (Primera Distinción). 13


De esos dos números iniciales del LCO el primero tiene su título propio: Constitución fundamental; el segundo se refiere al principio de la Regla de San Agustín. El nombre de “fundamental” ha retraído a los dominicos de todo cambio que se pudiera proponer a esa primera constitución, y es ese prácticamente el único número al que solemos referirnos con la palabra ‘constitución’ en singular (y no con la palabra ‘número’ que aplicamos a todas las demás constituciones que contiene el LCO). Pero ¿no es eso dar un tratamiento inadecuado a la primera constitución contenida en el libro que de propósito se ha llamado Libro de las Constituciones, en plural? Nuestras Propuestas versan tanto sobre ese primer número como sobre el segundo o, dicho de otra manera, sobre la Constitución fundamental y sobre lo fundamental de la Regla de San Agustín. No creemos que por su contenido o su autoridad disten mucho uno de otro esos dos números. En aquella Constitución no está todo lo fundamental: al calificativo ‘fundamental’ no conviene atribuirle aquí un sentido único, monolítico, superior al que tiene por ejemplo en campos como la teología o el derecho. ‘Fundamental’ no es equivalente de fundacional ni de fundante; y no por calificarse una Constitución con este adjetivo va ella a adquirir el sentido de “piedra fundamental” de nuestra legislación, ni vamos a transformar un texto constitucional en un documento constitutivo ni en una carta magna7. Fundamental se llama una parte de la teología, parte que no se conoció como tal hasta la Edad moderna, y que vino a llamarse ‘fundamental’ solo en el siglo XIX. En el campo del derecho, una Ley Fundamental, y no ya una Constitución, fue la que se dio a sí misma el año 1949, en una Alemania dividida tras la guerra, la República Federal de Alemania; pensemos también en la proyectada Ley fundamental de la Iglesia, soñada en el posconcilio (desde 1965) como una base que sirviera de sustento, tanto a la Iglesia latina como a la Iglesia oriental, para la elaboración de sus respectivos Códigos de Derecho Canónico, proyecto

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El P. Ángel Melcón señalaba la existencia de dos esquemas para el nuevo libro de las Constituciones presentados en 1968 al Capítulo de River Forest: el esquema que finalmente prevaleció y que sitúa la predicación después de los votos, la liturgia y oración y el estudio, y otro que proponía que aquélla apareciera en primer lugar, como distintivo de nuestra Orden. La idea básica de los defensores de este segundo esquema –añade el P. Melcón– se recogió con bastante aproximación en la Constitución fundamental que se elaboró en aquel Capítulo8. Pero no todo quedó armonizado con ese ensamble. Aun en el mejor de los casos, o sea, cuando se ejerce de veras el ministerio de la predicación, pensamos que subsiste un problema que los textos constitucionales que analizaremos no ayudan a resolver y que se puede plantear en estos términos: ¿Cómo ha de relacionar un predicador su actividad de predicación con el resto de su vida, o cuál es la relación del predicador con el resto de su comunidad? ¿Qué tiene que ver el ser alguien predicador con el hecho de ser un hermano más en la Comunidad?9 que el papa Juan Pablo II descartó en 1981. Datos como estos dan a entender que unas circunstancias cambiadas, una estado de cosas precario, hacen necesaria una fundamentación más explícita, con resultados que se consideran fundamentales. Revisar la fundamentación no significa, según eso, poner en duda la solidez de los cimientos. 8 Dominicanismo. Agonía y esperanza, México, 1970, pp. 67-72. 9 Son preguntas que se imponen cuando queremos entender nuestra vida partiendo de la predicación como tal, y que formulamos con ayuda de las que con toda razón se hace el P. Simon Tugwell en su obra The Way of the Preacher, Londres-Springfield (Ill), 1979; preguntas que surgen, como él dice, “del hecho de que no todos los miembros de la Orden de Predicadores, sobre todo en sus mejores tiempos, han sido ellos mismos predicadores”. Las preguntas se las hace el autor en el último capítulo, para esbozar allí mismo una respuesta.

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Confiamos estas Proposiciones a la competencia y diligencia de aquellos religiosos o aquellas comunidades que tengan la oportunidad de leerlas y analizarlas, como también a la clarividencia y sabiduría de los miembros del Capítulo General que nuestra Orden reúne periódicamente, con la esperanza de que, examinadas por estas instancias, puedan ser objeto de una congrua deliberación, en orden a la revisión de textos de tan permanente influjo en nuestras comunidades.

lCo 1 § ii – misión reCibida Con el Fundador Entramos en un asunto delicado: la Constitución fundamental. Conscientes de ello, no vamos a negar que esta constitución es una de las constituciones que, aunque con miramientos, llegado el momento se pueden tocar y retocar. A esta constitución en particular le hace algunos reparos el P. Melcón. El primero de ellos es que recurre a demasiadas citas, expresas o implícitas, lo que hace de ella un breve dossier o repertorio de textos buenos para una definitiva redacción, expresiva y sintética, que no alcanzó a hacerse. Nosotros compartimos esta opinión. Y añadimos que, por atender a la importancia de las citas que aducían, los redactores no parecen haber prestado suficiente atención a las palabras con que debían introducirlas. Esto lo podemos comprobar en algunas frases de enlace: a) la que une las dos citas que hace de las Constituciones primitivas el § II; b) las palabras que introducen el § III; c) las que señalan la relación de la misión con la vida al comienzo del § IV. Comprobémoslo parte por parte.

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Empezamos presentando los textos de los parágrafos que son objeto de esta Primera Proposición: los §§ II y III de la Constitución fundamental (precedidos aquí por el § I para contextualizar los que le siguen). En la columna de la izquierda aparece el texto latino del LCO en el cual es preciso cambiar algunas palabras, que destacamos con un tachado; en la columna de la derecha aparecen en cursiva las palabras que las reemplazan. Y lo mismo haremos al comienzo de las otras tres Proposiciones con los parágrafos pertinentes. Esas palabras se mantendrán igualmente en cursiva cuando presentemos en traducción española estos textos enmendados. Para ver el texto en traducción, se ruega tener a la vista el recuadro colocado después del título de cada una de las Proposiciones, o una edición en lengua vernácula (es posible que algunas de esas palabras que vemos necesitadas de enmienda las haya enmendado ya en una u otra edición del LCO el buen sentido de los traductores). 1 – § I. – Propositum Ordinis his exprimebat verbis Honorius papa III s. Dominico et fratribus eius scribens: “Is qui Ecclesiam suam nova semper prole fecundat, volens haec moderna tempora conformare prioribus et fidem catholicam propagare, pium inspiravit vobis affectum quo, amplexi paupertatem et regularem vitam professi verbi Dei exhortationi vacetis, evangelizantes per orbem nomen Domini nostri Iesu Christi”. § II. – Ordo namque fratrum praedicatorum a s. Dominico fundatus “specialiter ob praedicationem et

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animarum salutem ab initio noscitur institutus fuisse”. Fratres igitur nostri, iuxta praeceptum fundatoris, “ubique, tamquam viri qui suam et aliorum salutem procurare desiderant, honeste et religiose se habeant, sicut viri evangelici, sui sequentes vestigia Salvatoris, cum Deo vel de Deo secum vel proximis loquendo”.

…noscitur fuisse”. Statuit autem ipse fundator ut fratres, ad praedicandum missi, “ubique, …”

§ III. – Ut autem per hanc sequelam Christi in caritate Dei et proximi perficiamur, professione Ordini nostro cooptati Deo totaliter consecramur ac universae Ecclesiae novo modo devovemur, integrae “evangelizationi verbi Dei totaliter deputati”.

Ut Christum sequentes ad tam perfectam Dei et proximi caritatem perveniamus, professione Ordini...

Abordemos aquí el estudio del § II de la Constitución fundamental. Siguiendo lo que se lee en el Prólogo de las Constituciones primitivas (las de 1220), se afirma en este parágrafo que la Orden de Predicadores “fue instituida especialmente (specialiter) para la predicación y la salvación de las almas”. En este mismo parágrafo el LCO introduce de inmediato otro texto de aquellas primitivas Constituciones, por cierto muy distante del primero, y lo introduce con esta frase de enlace elíptica y abrupta: “Por lo cual nuestros frailes, de acuerdo con el precepto del fundador, ‘compórtense en todas partes honesta y religiosamente (Fratres igitur nostri, iuxta praeceptum fundatoris, ‘ubique…’)’”. El enlace 18


es de índole ilativa, como lo muestra el “por lo cual” (igitur), pero lo que con él se pretende concluir no tiene clara relación con el hecho de tener la Orden como fin “especial” la predicación10. Y la razón es, así lo pensamos, que ahí se calla el contexto original de una y otra cita. Ahí se introduce sin su contexto una prescripción de las Constituciones primitivas –‘compórtense en todas partes honesta y religiosamente…’– que pertenece a la Segunda Distinción y sobre la cual volveremos luego. En cambio, lo dicho de la predicación como especial finalidad de nuestra Orden está antes incluso de la Primera Distinción, pues proviene del Prólogo (téngase en cuenta que cuando mencionemos una Distinción, nos referiremos a las de aquellas primitivas Constituciones, no a las del LCO). Vamos a empezar por examinar lo dicho en el contexto del Prólogo sobre esta finalidad especial. La Orden fundada como tal El Prólogo de aquellas Constituciones se abría con un párrafo tomado de las Costumbres de Prémontré, que empezaba refiriéndose al precepto de la Regla de San Agustín sobre la unanimidad que se había de observar en nuestra Orden como ya en la de los Premostratenses (es lo contenido en el n. 1 del Prólogo), precepto al cual siguieron refiriéndose nuestras Constituciones hasta el Capítulo General de 1932 exclusive. Ese contexto es un presupuesto necesario para captar el verdadero alcance que tiene la referencia al primitivo Con el igitur se pretende efectivamente concluir algo, pero ese algo se quedó aquí en el tintero. Por lo demás, lo que de ahí concluía el Prólogo allí citado era que, en aras de la predicación y de la salvación de las almas, el superior en cada convento necesitaba la potestad de ‘dispensar’. 10

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Prólogo que se hace en el § II al afirmar que la Orden de Predicadores fue desde un principio instituida especialmente para la predicación. En seguida citamos el texto del Prólogo con su contexto (señalando únicamente las primeras palabras del número 1). Fijémonos en particular en las expresiones que subrayamos: “Aquí comienzan las costumbres de los Hermanos Predicadores PRÓLOGO 1. “Ya que por precepto de la Regla se nos manda tener un solo corazón y una sola alma en el Señor,…11. 2. “En estos asuntos, sin embargo, tenga el superior en su convento la potestad de practicar la dispensación con los hermanos cada vez que lo juzgue conveniente, sobre todo en lo que pareciera impedir el estudio, o la predicación, o el bien de las almas, sabiéndose como lo sabemos que nuestra Orden fue, desde un principio, instituida especialmente para la predicación y la salvación de las almas”12. “Quoniam ex praecepto regulae iubemur habere cor unum et animam unam in domino, iustum est ut qui sub una regula et unius professionis voto vivimus, uniformes in observantiis canonicae religionis inveniamur, quatenus unitatem quae interius servanda est in cordibus foveat et repraesentet uniformitas exterius servata in moribus. Quod profecto eo competentius et plenius poterit observari, si ea quae agenda sunt scripto fuerint commendata; si omnibus qualiter sit vivendum scriptura teste innotescat; si mutare vel addere vel minuere nulli quicquam propria voluntate liceat: ne si minima neglexerimus paulatim defluamus”. 12 “Ad haec tamen praelatus in conventu suo dispensandi cum fratribus habeat potestatem, cum sibi aliquando videbitur expedire: in iis praecipue quae studium vel praedicationem vel animarum fructum videbuntur 11

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El n. 1 del Prólogo, que de la unanimidad concluía la uniformidad de las costumbres, nos da, decimos, el contexto de la prescripción añadida en el n. 2 y nos explica lo que es esta prescripción y la función que cumple. En estos asuntos, sin embargo (lo referente a la uniformidad de las costumbres), tendrá el superior una especial potestad para practicar la dispensación en determinadas circunstancias (con esto hemos pasado al n. 2 del antiguo Prólogo). Y la razón es la especial misión que debe seguir cumpliendo nuestra Orden. No se negará a los legisladores de 1220, que añadieron ese n. 2, el haber considerado la necesidad de tomar esta determinación a la luz de la especial dispensación divina que dio origen a nuestra Orden y sintiéndose de algún modo sus instrumentos13. En efecto, se sentía de nuevo la necesidad de la misión entre los pueblos que no conocían aún a Jesucristo, y el apóstol Pablo podía ofrecer a aquellos nuevos predicadores su propio ejemplo y lo que había escrito a los paganos que habían abrazado la fe. Ya había tenido que terciar el Apóstol entre los primeros llamados y los llamados de última hora, entre los que querían testimoniar la fidelidad de Dios en su propia vida y los que necesitaban impediré, cum ordo noster specialiter ob praedicationem et animarum salutem ab initio noscatur institutus fuisse”. Los números añadidos a estos párrafos los tomamos de la edición del P. Vicaire, que con ellos distingue lo incorporado en nuestras leyes en 1216 (n. 1) de lo incorporado en ellas en 1220 (Saint Dominique de Caleruega d’après les documents du XIIIe siècle, París, 1955, p. 139). 13 La potestad que se le reconoce al superior en este punto está efectivamente en relación con esta dispensación divina: eso es lo que queremos señalar usando el sustantivo “dispensación”, no muy común por haberse restringido mucho la acepción que, con base en el uso latino, tenía anteriormente el verbo “dispensar”, de donde deriva ese sustantivo. Es lo que se explicará en la nota siguiente.

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su misericordia para salir de su propia miseria ( Rom. 15, 7-10)14. Felizmente, en el § I de la actual Constitución fundamental sigue, por lo menos insinuado, el presupuesto necesario para pasar en el § II a la misión de predicación recibida por la Orden. Dicho presupuesto son las palabras citadas de Honorio III sobre una doble inspiración –Dios os inspiró este piadoso deseo: “profesando la vida regular consagraros a la predicación de la palabra de Dios (regularem vitam professi verbi Dei exhortationi vacetis)”–. Por su dualidad esta inspiración hacía necesario abrir una puerta que mantuviera comunicados uno y otro extremo. Eso quería decir que se hacía necesario reconocer al superior A los paganos convertidos a Cristo les dice el Apóstol cómo le dispensó Dios la gracia destinada a ellos: es la dispensatio divina que Pablo debía hacer suya haciéndose él mismo dispensator (Ef. 3, 2-6; 1 Cor. 4, 1). Y luego les dice en qué consiste esa misma dispensación puesta ya en sus manos: Esa dispensatio puesta en las manos de este servidor consiste en que yo os entregue la palabra de Dios para que llegue así a su cumplimiento (Col. 1, 25). Así que este oficio del dispensator hay que verlo dentro del plan divino de la salvación de todos, a cuyo servicio están el gobierno de las comunidades y la atención al bien de todos y de cada uno. Conviene tener en cuenta que la acción de ‘dispensar’ no tiene en este contexto cristiano por objeto a los individuos como tales (como para hablar de ‘dispensarlos de algo’): ‘dispensare’ es conceder o distribuir, como también (en sentido intransitivo) administrar o desempeñar la administración. Cosa esta última que se puede hacer mal, como en el caso del administrador astuto (en Lc. 16, 2 una variante de la Vulgata latina utiliza dispensare, en sentido intransitivo: “En adelante no podrás seguir administrando”). Pero es cosa que igual se puede hacer bien, como lo pide San Cesáreo de Arles (Sermo 1, cap. 15) con las siguientes palabras, alusivas al dispensator a quien el señor pone al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas (Lc. 12, 42): “Según el testimonio evangélico hemos recibido la ración de alimento para practicar la dispensación con nuestros siervos (mensuram tritici ad dispensandum cum servis nostris accepimus)”. 14

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una especial competencia en el ámbito de su dispensación u oficio (preferimos decir dispensación, para que no se vaya a creer que aquel antiguo Prólogo arreglaba el problema sencillamente con una ‘potestad de conceder dispensas’15). La predicación como finalidad especial y la ampliación del ámbito de la dispensación en función de este ministerio son solidarias16. Y como lo vimos arriba, desde 1220 la mención de una y otra presuponían hecha ya una referencia a la Regla, en otras palabras, a la vida regular. Pero en la actual Constitución fundamental esa progresión ya no aparece explícitamente. La predicación irrumpe de inmediato El Prólogo de 1220 usa el verbo dispensare (dispensandi cum fratribus habeat potestatem) de forma semejante a como lo usaba San Cesáreo en el texto del sermón que acabamos de citar en la nota anterior, y debe entenderse como ‘practicar la dispensación con los hermanos’. En el siguiente texto de Santo Tomás reaparece esa misma construcción: “Cuando se practica la dispensación con alguien de modo que no guarde una ley común (cum aliquo dispensatur ut legem communem non servet), no debe hacerse en perjuicio de bien común, sino con la intención de favorecer este bien” (I-II, 97, 4 ad 1). Parecería que aquello de ‘dispensar a alguien de algo’ es expresión que se fue generalizando con la proliferación de los manuales. 16 Bien lo indicaba el antiguo Prólogo: en el n. 2 las excepciones las ocasionaba, por una parte, la vida regulada por aquellas nacientes Constituciones, y por otra las imponía la especial finalidad que tenía nuestra Orden en particular. Nótese la análoga función que desempeñan las oraciones causales en el n. 1 y en el n. 2, como lo indican la conjunción Quoniam que motiva la oración principal del n. 1, y el cum causal que explica la del n. 2 (son las dos palabras que hemos subrayado en los respectivos textos latinos del Prólogo, transcritos arriba, en dos notas de pie de página). Esa relación quedó obscurecida por la dislocación que sufrió ese n. 2 en la actual Constitución fundamental: la oración principal –“tenga el superior en su convento la potestad de practicar la dispensación con los hermanos”– en el § VI, y en el § II la oración subordinada –“sabiéndose como lo sabemos que nuestra Orden fue, desde un principio, instituida especialmente para la predicación”–. 15

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en este § II, cuando aún no está claro ni lo que significa “la profesión de vida regular” del § I (regularem vitam professi) ni la forma como se articulan vida regular y predicación al mundo entero, que no dejan de ser dos polos opuestos. Aquella transición de una cita a la otra –‘…especialmente para la predicación y la salvación de las almas’. Por lo cual nuestros frailes, de acuerdo con el precepto del fundador, ‘compórtense en todas partes honesta y religiosamente…’–, aquella inesperada transición es una especie de cortocircuito. ¿Convendrá tomar ex abrupto como punto de partida de la exposición precisamente aquello que justifica ‘las dispensas’? Téngase presente todo lo que está de por medio en el trayecto que lleva del contexto propio de la primera cita (el Prólogo) al contexto propio de la segunda (la Segunda Distinción): de por medio está toda la Primera Distinción, con capítulos como el dedicado a los novicios o el dedicado al silencio. Pues bien, aquí la predicación, nada más irrumpir, prescinde de estas distinciones y nivela lo dicho de nuestra Orden como tal con lo dicho de los frailes que salen a predicar. Y así se concluye: si la Orden fue instituida especialmente para la predicación, ante todo para ella vale en general lo mandado a los frailes cuando salen a predicar. Los que salen a predicar En términos generales, pensamos que esa frase de enlace entre una y otra cita de las Constituciones primitivas introduce una gran ambigüedad, porque lleva a tomar una parte –la salida a predicar– por el todo –el conjunto de la vida–, y el oficio de unos –los que resultan idóneos para la predicación en cada circunstancia– por el oficio de todos indistintamente17. 17

Y todavía en el parágrafo siguiente, como veremos, tienden a reducir-

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Tengamos bien presente el contexto que tiene este segundo texto citado. La cita está tomada de la Segunda Distinción de las Constituciones primitivas. Y allí el texto, con su contexto no recogido en el LCO (y que para no confundirnos dejamos entre paréntesis), se lee en la siguiente forma: “(Aquellos que sean idóneos, cuando deban salir del convento para ir a predicar, recibirán del prior el socio que él juzgue conveniente a sus costumbres y a la honestidad. Y saliendo una vez recibida la bendición,) compórtense en todas partes honesta y religiosamente, como quienes desean conseguir su propia salvación y la de los demás; y sigan, cual varones evangélicos, las huellas del Salvador, hablando con Dios o de Dios en su propio interior o al prójimo”18. Presenciamos ahí la escena de unos predicadores que parten en misión. Lo que entonces inculcaban aquellas Constituciones era que los frailes siguieran actuando como religiosos cuando salían a predicar. Como religiosos, pues ¿qué otra cosa puede significar el adverbio ‘religiosamente’? Jordán de Sajonia precisa cuándo y dónde adoptaron las costumbres de los religiosos nuestro Padre y sus primeros compañeros. Cuando Pedro Seila les dio como domicilio unas casas que tenía en Tolosa, junto al castillo de Narbona, “empezaron allí a descender más y más las gradas de la humildad y a conformarse con las costumbres de los se a los viajes de predicación el seguimiento de Cristo y la consagración y misión evangélicas. 18 “(Ii vero qui apti sunt cum in praedicationem exire debuerint, eis socii dabuntur a priore secundum quod moribus eorum et honestati expedire iudicaverit. Qui accepta benedictione exeuntes,) ubique, tamquam viri qui suam et aliorum salutem procurare desiderant, honeste et religiose se habeant, sicut viri evangelici, sui sequentes vestigia Salvatoris, cum Deo vel de Deo secum vel proximis loquendo”.

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religiosos (religiosorum se moribus conformare)19. El salir de aquel marco conventual a predicar llevaba a trascender tanto la vida puramente claustral como la actividad propagandística, que aisladas resultaban insuficientes para la causa del evangelio. No es este el momento de detenernos en el significado de la vida religiosa que así se abría campo en la Iglesia, pero ¿no convendrá tener en cuenta por lo menos que nivelar esta vida religiosa y regular con la existencia o la actividad puramente seculares sería desvirtuarla?20 Nacida para la predicación, nuestra Orden es mucho más que la suma que resulta de las actividades de sus miembros. El texto actual reconduce a un precepto del fundador las consignas del segundo texto citado en este § II. Notemos que, para ser precepto, esas consignas son o demasiado circunstanciadas o demasiado generales: de un lado se prescribe que los predicadores deben salir con un socio y con la bendición del prior, y de otro que lo allí preceptuado hay que cumplirlo en todas partes. De hecho, a los lectores de la Constitución fundamental nos resultan muy generales porque allí están fuera de contexto: si aquello vale “en todas partes”, será por estar dirigido a unos misioneros que han Libellus de principiis Ordinis, 38. Incluso considerándola sin más como ‘vida consagrada’ se la desvirtúa, así el Código de Derecho Canónico haya creado esta categoría por razones prácticas, para introducir en su esquema los diversos tipos de institutos. ¿Qué ha sucedido con este común denominador? “Quizás no se haya caído en la cuenta de cómo se ha rebajado el nivel espiritual y doctrinal de la vida religiosa y se ha elevado el de los institutos seculares. El resultado es una nivelación en la que nadie se reconoce ni se siente a gusto. En efecto, la doctrina teológica y jurídica sobre la vida religiosa les viene demasiado holgada a los institutos seculares, y lo que se ajusta a éstos, le queda raquítico a la vida religiosa” (José J. Fernández Castaño, La vida religiosa. Exposición teológico-jurídica, Salamanca-Madrid, 1998, p. 10). 19 20

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aprendido primero, en la vida regular, cuál es el comportamiento honesto y religioso y no esperan a aprenderlo sobre la marcha. Por lo demás, no aparece la razón por la cual ha de considerarse precepto este punto de las Constituciones, y no otros de tantas determinaciones que allí se leían. Admitimos, desde luego, que esas palabras con toda probabilidad se remontan a nuestro Padre Santo Domingo, pero habrá que detenerse a considerar qué podían significar para sus contemporáneos. ¿Un precepto? ¿Y no se oponía él justamente a que lo establecido en las Constituciones se tomara como precepto?21 Como se ve por el contexto en que se elaboró aquella legislación de 1220 y por los testimonios que se conservan de quienes conocieron en vida a nuestro Padre, estas consignas nos conservan antes que nada su retrato. Su vida misma era lo que movía a los frailes a seguirlo así por los caminos de la misión. Y pensaban más en él que en el texto de las Constituciones que acababan de elaborar, allá en Bolonia. No pensaban que él fuera a desaparecer tan pronto, y cuando desapareció tuvieron que aferrarse más a aquellos textos en que él había dejado su huella, y no los dejaron desaparecer. Ahora bien, lo que él estatuía sobre todo con su propio ascendiente y con su autoridad moral ¿lo vamos nosotros a reducir ahora a precepto? El precepto se da a más no poder. Centrémonos en la Proposición que hacemos. Realmente no era fácil conectar aquellas dos citas de las ConsCf. LCO 281; Suma teológica II-II, 186, 9 ad 1. Es curioso que el Capítulo General de 1968 haya introducido un precepto aquí y no haya rescatado el precepto de la Regla que habían eliminado las Constituciones Gillet en lo que hoy es LCO 2 § 1. Nuestra Cuarta Propuesta, como se verá, va en el sentido de que allí se retorne a la referencia original hecha a la Regla.

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tituciones primitivas. La dificultad la resolvió la edición actual introduciendo las consignas dadas a los predicadores como una conclusión de la primera cita: “Por lo cual nuestros frailes, de acuerdo con el precepto del fundador, ‘compórtense…’” Pero ¿se justifica este tipo de ilación? Lo único que podía desprenderse como conclusión de aquel texto sobre una Orden especialmente instituida para la predicación, sería que, cuando salieran a predicar, sus religiosos se atuvieran a esas consignas. Pero una conclusión así sería contraproducente, pues sonarían a excepción o la salida a predicar o, si no, el comportamiento tan ejemplar y evangélico allí prescrito. ¿Cómo salir adelante evitando esos dos escollos opuestos? No podemos, desde luego reproducir las consignas junto con su introducción, es decir, con la escena de unos predicadores que parten en misión. Lo que proponemos es introducirlo de manera que se recoja de la cita anterior –la del Prólogo– la idea de predicar, y se aclare a quiénes se dan estas consignas y para qué ocasiones. En cambio de referirnos al comportamiento que deben mantener cuando salgan, digamos que deben mantenerlo cuando son enviados a misión. De todos modos, ahí sigue en pie el Distingue tempora et concordabis iura. En cambio de la conjunción ilativa igitur recurrimos, para la sutura, a la más débil autem, que indica el nuevo giro que se da a la idea. Lo pedido aquí a los predicadores viene a enriquecer la idea de la cita anterior y a dar el espíritu con que se ha de ejercer el ministerio para el cual fue especialmente instituida nuestra Orden. Se pasa de la fundación de la Orden de Predicadores a unas consignas sobre cómo salir a ejercer el ministerio de la predicación22. “Compórtense en todas partes honesta y religiosamente”: en su momento y su contexto original se sobrentendía que “siguieran compor22

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Decimos consignas, por simplificar, aunque lo propio será ver en ellas el núcleo de tantas constituciones semejantes que irán conformando el Libro de las Constituciones. A este concepto específico pretendemos aludir con el verbo que proponemos: Statuit. Así pues, proponemos esta redacción (los cambios van en cursiva, en latín al igual que en español): “Statuit autem ipse fundator ut fratres, ad praedicandum missi, ‘ubique, tamquam viri qui suam et aliorum salutem procurare desiderant, honeste et religiose se habeant,…’” [“Determinó el mismo fundador que los hermanos, enviados a predicar, ‘se comporten en todas partes honesta y religiosamente, como quienes desean conseguir su propia salvación y la de los demás,…’”] Obsérvese que así se reciben esas consignas como de la mano del fundador y de los capitulares de 1220, y ni se restringe la predicación a una categoría de frailes, ni se la impone a todos, como tampoco se dispensa de ella a los legisladores23. La cita del Prólogo hablaba de la Orden, la de la Segunda Distinción habla de los frailes que van a predicar. Los momentos de gracia que aparecen con su predicación muestran cómo “la predicación y la salvación de las almas” mencionadas en el Prólogo tándose…”, pero sacando de aquel contexto las consignas es difícil seguir percibiendo ese matiz. 23 Obsérvese bien y se verá que efectivamente, según el texto actual, los legisladores no se sienten aludidos por estas consignas, limitándose a entregarlas a “sus hermanos”; por eso suprimimos en “nuestros hermanos” el posesivo ‘nuestros’ (nostri).

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son inseparables una de otra, pero sin confundirse24. Las consignas inculcan conductas de gran trascendencia para los predicadores: comportamiento honesto y religioso, conversaciones centradas en Dios para provecho propio y del prójimo; y señalan un par de móviles para proceder así: deseo de la salvación, seguimiento de Cristo según el Evangelio. Sobre el contenido de esas consignas tenemos que volver en seguida, puesto que el siguiente parágrafo remite a este último móvil.

lCo 1 § iii – móviles y eFeCtos de la proFesión Las expresiones que aquí vemos necesitadas de enmienda están en la oración circunstancial que precede a la oración principal: “Para que mediante este seguimiento de Cristo nos perfeccionemos en el amor de Dios y del prójimo (Ut autem per hanc sequelam Christi in caritate Dei et proximi perficiamur)”. Oración circunstancial de fin, y muy circunstanciada puesto que contiene además un complemento circunstancial de medio25. El ad praedicandum missi prepara la mención que se hará de la misión apostólica al comienzo del § IV y es ya una manera de destacar lo que es la predicación en el conjunto de la vida. 25 Efectivamente, la oración final Ut… perficiamur [“para que nos perfeccionemos”] incluye el complemento per hanc sequelam (con la preposición per de medio o manera y el demostrativo hanc que remite al sequentes del parágrafo anterior). Con razón suprimen este demostrativo tan restrictivo y forzado las traducciones española e italiana: – “Para que, mediante el seguimiento de Cristo, nos perfeccionemos en el amor de Dios y del prójimo,…”######################## – Per realizzare in noi la perfezione dell’amore di Dio e del prossimo seguendo il Cristo,… 24

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Este § III se presenta en continuidad con el § II, como lo muestran la conjunción autem y el demostrativo hanc. Y comienza presentando la perfección de la caridad como el fin que buscamos con nuestra profesión, y al mismo tiempo el seguimiento de Cristo como el medio del que nos servimos para ello: “Para que por este seguimiento de Cristo nos perfeccionemos en el amor de Dios y del prójimo…” Se conserva, con otro propósito, el esquema del fin y los medios, empleado para planear estratégicamente una acción y que el nuevo LCO no quiso recoger de las Constituciones Gillet. Por otra parte, al decirse que ese fin lo buscamos precisamente “por este seguimiento de Cristo” (per hanc sequelam Christi), se recoge del parágrafo anterior solamente uno de los móviles, el del seguimiento de las huellas de nuestro Salvador, seguimiento tomado por cierto como un medio. Y se lo toma como si fuera la idea principal en las consignas del fundador, o lo que las resume. Pero es claro que en aquellas consignas el “seguir, cual varones evangélicos, las huellas del Salvador (sequentes vestigia Salvatoris)” pretendía concretar más y ejemplificar la “conducta” inculcada a los frailes para el viaje de predicación –“honesta y religiosamente, como quienes desean conseguir su propia salvación y la de los demás”– y se mencionaba como característica de los modelos que en esas circunstancias debían ellos imitar (esos modelos eran los discípulos que en el Evangelio van de camino con Jesús). Este sequentes no puede perder esa función26 si queremos Desde el punto de vista de la sintaxis, el participio sequentes en esa cita formaba parte de una oración participial que ejemplificaba lo inculcado en la oración principal “compórtense virtuosa y religiosamente”. La función del participio es precisamente indicar una circunstancia con26

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conservarle a la expresión la índole descriptiva y la fuerza evocadora que tenía en el texto de 1220. Encarnando la idea de seguimiento (sequela), aquellos “varones evangélicos (viri evangelici)” sirven de modelo, tanto más atractivo cuanto que aparecen en una comparación. Que en el sicut viri evangelici haya que reconocerla lo indican la conjunción misma sicut y sobre todo la referencia a la imagen evangélica de los discípulos de Jesús, que los autores destacan siempre al explicar el evangelismo de Santo Domingo27. A los predicadores se los compara con estos viri evangelici, entre otras razones, porque coinciden en el hecho de que unos y otros van a pie, siguiendo los pasos de su Salvador. Es una imagen que pasa del Evangelio a las Constituciones y que ha de conservar su halo, si queremos entender en su sentido literal e histórico el texto aquí citado. Que siga siendo, pues, una comparación, con perfil propio, pero, como toda comparación, claramente subordinada a la idea principal de las consignas que allí se nos dan28. comitante de la acción principal. Añadamos que una vez reemplazado el verbo “seguir” (en su forma participial sequentes) del § II por el sustantivo “seguimiento” (sequela) del § III, este sustantivo, como abstracto que es, reduce a la inercia el hecho de seguir a Cristo. 27 De esta alusión al porte que distinguía a los viri evangelici escribe el P. Vicaire: “Un siglo de historia de la predicación en la Iglesia de Occidente había asociado esas expresiones a una imagen: la de los Apóstoles enviados por Jesús de dos en dos con los pies descalzos, sin oro ni plata…” (Dominique et ses Prêcheurs, Friburgo-París, 1977, p. 167). Imágenes como ésta eran de esperar en aquella parte de las Constituciones primitivas que no eran un código seco y abstracto, sino justamente “un cuadro sugestivo y lleno de vida” (Id., Histoire de Saint Dominique, París, 1982, vol. 2, pp. 223-224). 28 Si no se la toma como comparación, hay que considerarla como predicado de los frailes mismos, que precisa aún más su conducta hones-

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Si no se tiene en cuenta que este “seguimiento del Salvador” mencionado ahí por las primitivas Constituciones se refiere concretamente al hecho de ir a predicar, reduciríamos a esta actividad el seguimiento de Cristo y la misión evangélica propios de nuestra Orden, que es lo que tiende a hacer este § III. Por lo demás, no entendemos qué interés haya en introducir aquí tan laboriosamente un concepto tan preciso y funcional de seguimiento de Cristo, cuando no se puso el mismo interés en seguir manteniéndolo luego en la sección titulada justamente El seguimiento de Cristo: ésta se refiere al seguimiento de Cristo en términos más generales29. ta y religiosa (expresada con los adverbios honeste et religiose). En otras palabras, ellos no aparecen entonces asociados con personajes del Evangelio, sino simplemente mirándose en un espejo de comportamiento religioso. Y tal no era la intención de los capitulares de River Forest, según el testimonio del P. Vicaire en su comentario a la Constitución fundamental: “Nuestras constituciones dominicanas. Constitución fundamental”, en CIDOMINFOR (Centro Internacional Dominicano de Información) –hoy IDI–, 22-III-1969, pp. 73 - 85. 29 En efecto, antes de llegar al capítulo sobre el ministerio de la palabra, dicha sección trata de la consagración religiosa, de la liturgia y la oración y del estudio. Eso era como para decir que a Cristo se le empieza a seguir ya desde la preparación para desempeñar aquel ministerio. Jesús mismo se atuvo a los plazos y etapas normales en quienes han sido llamados a enseñar a los demás, y esto sabiéndose que habían aparecido, precediéndolo, ilustres excepciones: “por cierta dispensación especial”, que no cobijó a Jesús de Nazaret, Salomón, Daniel y Jeremías presidieron ya de jóvenes a los demás y fueron sus maestros. Lo dice un docto fraile de los primeros tiempos de nuestra Orden: “Christus proponebatur hominibus in exemplum omnium. Et ideo oportuit in eo ostendi id quod competit omnibus secundum legem communem, ut scilicet in aetate perfecta doceret. Sed, sicut Gregorius Nazianzenus dicit, non est lex Ecclesiae quod raro contingit, sicut nec una hirundo ver facit. Aliquibus enim, ex quadam speciali dispensatione, secundum divinae sapientiae rationem, concessum est, praeter legem communem, ut ante perfectam aetatem officium vel praesidendi vel docendi haberent, sicut Salomon, Daniel et Ieremias” (Suma teológica III, 39, 3 ad 3).

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El puente que une este parágrafo al anterior es más ancho de lo que lo da a entender el texto actual; no es la sola idea de sequela lo que tiende ese puente y resume el contenido del § II. Mejor lo resume la idea de la caridad perfecta, puesta aquí como término del seguimiento de Cristo. Es muy buena la intención de resaltar en este § III la idea de seguir a Cristo (Christum sequi) y dar un horizonte amplio a nuestra profesión y ministerio. Pero vemos que, más que el abstracto per hanc sequelam, viene a propósito la imagen del camino y del viaje, que emprendemos en busca de la perfección de la caridad. Esa perfección es la razón y el destino del viaje; y si es así, hay también otra expresión más adecuada que perficiamur, es decir, que “nos perfeccionemos”: esa expresión es “que lleguemos a la caridad perfecta (ad perfectam caritatem perveniamus)”30. Por consiguiente, habrá que modificar la formulación con que se inicia este § III. Para unirlo con el parágrafo anterior hay que recuperar el participio sequentes, que se predica ahora no ya de los viri evangelici, sino de nosotros, prescindiendo del sustantivo abstracto sequela. Las palabras “siguiendo a Cristo” (Christum sequentes) que proponemos expresan, a diferencia de per hanc sequelam, mucho más que un medio de perfeccionamiento. Además, para darle el nombre de caridad perfecta a todo el contenido de ese parágrafo anterior, pero de caridad tal como se muestra allí, desde que se menciona la salvación de las almas hasta que se inculca el hablar con Dios y de Dios, proponemos decir no simplemente “que lleguemos a la caridad perfecta”, sino “que lleguemos a tan perfecta caridad”. El enlace que se busCon la caridad perfecta como razón y destino del seguimiento de Cristo, la idea de pervenire está más de acuerdo con las expresiones usadas por Santo Tomás: perveniendi ad perfectionem (Suma teológica II-II, 184, 3 ad 1). 30

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caba con la conjunción autem y con el demostrativo hanc, lo expresamos ventajosamente con este adverbio ‘tan’ (en latín tam), que intensifica la perfección y el atractivo de la meta. Así que, siguiendo este camino y con tan alta meta a la vista, “por la profesión que nos incorpora a nuestra Orden, nos consagramos totalmente a Dios y nos entregamos de una manera nueva a la Iglesia universal, dedicados por entero a la evangelización íntegra de la palabra de Dios”. Proponemos, pues, que se enmiende este § III, de modo que su texto completo quede así: “Ut Christum sequentes ad tam perfectam Dei et proximi caritatem perveniamus, professione Ordini nostro cooptati Deo totaliter consecramur ac universae Ecclesiae novo modo devovemur, integrae ‘evangelizationi verbi Dei totaliter deputati’”. [“Para llegar en pos de Cristo a tan perfecto amor de Dios y del prójimo, por la profesión que nos incorpora a nuestra Orden nos consagramos totalmente a Dios y nos entregamos de una manera nueva a la Iglesia universal, dedicándonos por entero a la evangelización íntegra de la palabra de Dios”.]

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Consagrados a la misión evangelizadora