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Unos bichitos, parecidos a ratas o cuices, se juntan en legiones, muchedumbres que corren hasta los acantilados, y se arrojan al mar. Un fenomenal suicidio colectivo. Sin siquiera una duda, sin tomarse un respiro como para pensarlo. De alguna manera, llegado el momento saben que son demasiados y se autorregulan la posibilidad de vivir. Algo les dice que estรกn de mรกs, que el territorio esta lleno. Todo los rechaza y no tienen otra salida. Decidir matarse les lleva un tiempo; que es toda su vida.

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PRIMERA PARTE

Estoy solo en este universo aterrador, las sombras danzan al compás de rugidos y ramalazos deslumbrantes. Tengo miedo y es en vano buscar refugio en la sábana que solo me envuelve. Allá, tras el rayo de luz que trae las voces familiares, está lo desconocido. Me quedo muy quieto, esperando, pero solo hay oscuridad. Tenso todos los músculos en el tremendo esfuerzo de levantarme sobre los codos. La goma que llena mi boca no me deja llorar pidiendo ayuda. Aún perduran las sensaciones del mundo en que vivía ayer nomás, el agua burbujeante que me rodeaba, me protegía, los sonidos que llegaban amortiguados, la absoluta comodidad de la bolsa que me contenía, aún cuando me empezó a oprimir y una fuerza irresistible me llevó de un lado a otro hasta encajarme en ese tubo estrecho y dejarme a merced de seres extraños que tiraban de mi; indefenso, conocí el miedo y el dolor que fue prologo de la luz, el ruido, el frío y el hambre. Aunque me estiro y pateo no conozco los límites de esta bolsa, solo se que es muy grande y que ya no es solo para mi. Hay otros que me levantan y me llevan de aquí para allá. Oigo las voces y las risas que ya conocía de antes y las nuevas. Estoy aparte, separado de ellos y no me 2


gusta, así que tengo que buscarlos. No me lleva mucho arrastrame sobre la cama hasta el borde y bajar, agarrado de la colcha que cuelga y que uso para pararme. No es fácil manejar mis piernas fofas y haraganas, pero adelantando una y otra, balanceándome, con un susto mortal, añorando los brazos que siempre están, avanzo. Ensayo mis primeros pasos en soledad. Empujo la puerta entornada y me caigo. Sujetándome de la otra hoja y estirando las piernas me paro otra vez. Salgo al patio y, agarrado a la puerta, me quedo mirando. Todas las cabezas giran hacia mí y de golpe sobreviene el silencio, y me asusto un poco, pero mi hazaña me hace sentir fuerte y poderoso y voy hacia ellos. Un grito me paraliza, la flamante seguridad se rompe en mil pedazos y me caigo, quedo sentado, llorando, angustiado. Papá me grita órdenes que

no

comprendo y mamá corre a levantarme. Algo anda muy mal, pero ¿Que es? — ¡Porqué le gritaste! ¿No ves que se asustó? Pobrecito Ahora es mi abuela la que me saca del apretujón de mamá y trata de tranquilizarme con palabras murmuradas que comprendo solo a medias. De a poco, hipando y con ocasionales llantos, me voy tranquilizando. Nadie advirtió mis pasos, solo sirvieron para intensificar los gritos que duran hasta que mi

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padre se levanta y sale casi corriendo. Uno de mis tíos intenta una disculpa — ¡Y qué querés! Con estos negros que quieren traer de nuevo a ese guacho uno está loco. Una tía se agarra de esa excusa para cambiar de tema y serenar los ánimos — Los cagaron bien a tiros. Me da una lástima por Valle. Fusilar a un general así ¡Yo no se! — ¡Qué lástima ni lástima! ¡Al carajo! Tienen que saber quien es el que manda. Vas a ver que ahora esos cabecitas no se van a hacer más los locos Abrazado a mi abuela, engañado por el chupete, trato de pasar el momento. Por las dudas ya no voy a tratar de caminar solo. En esa época el zaguán me parecía la nave de una iglesia. Mamá me llevaba de la mano y papá se mantenía detrás. Cuando salimos a la vereda nos pusimos todos juntos para las fotos que sacó mi tía. El guardapolvo blanco me raspaba las piernas solo cubiertas hasta las rodillas por las medias blancas. Las zapatillas le dejaron el lugar a los zapatos, negros y brillosos, atados con cordones que, según la admonición de mi viejo, si se desatan me rompo el alma. El pelo, que Don Ángel me cortó prolijamente, sujetado a gomina, y una insólita corbata negra. Completa el conjunto un gran portafolio, de 4


cuero, inmenso, cerrado con dos correas y una gran cerradura central. Recibí besos de todos, buenos deseos y recomendaciones en una ceremonia que duró sus buenos diez minutos. Y me fui de la mano de mi mamá que me llevaba la valija. Cinco cuadras que, por esta vez, serán solitarias. Llegaremos mas tarde a pedido de la directora que quiere pulir los últimos detalles de mi presencia irregular, los otros chicos entraron una hora antes. Cinco años recién cumplidos. Para llegar a este momento hubo que convencer a la directora y eso llevó tiempo. Tuve que mostrar que sabía leer y escribir, que me animaba con las cuentas de sumar y restar, y que mentía convincentemente. Todo para recorrer un año de "mi mamá me ama" y cuatro horas de encierro cinco días a la semana. Unos meses antes el abuelo apareció con un libro y afirmó que aprendería a leer sin darme cuenta. Cumplió y en poco tiempo. Claro que la abuela y las tías colaboraron, especialmente cuando se trató de los rudimentos de las matemáticas; terminé parado frente al escritorio de la mamá de Diego que, como ahora era la directora, se mantenía distante y fría. Antes, al final del verano, me mandaron a un jardín de infantes. Estaba dirigido por monjas, y era el único que había en el pueblo. Cuatro horas por día en un gran salón 5


pintado de rosa clarito, escuchando los ruidos de la calle. Brutalmente segregado por mis veintitrés compañeras, yo era el único varón. Aprendí a rezar, a levantar la mano para ir al baño, a coser un caballito verde, de hule, que rellené con algodón. El caballito fue la admiración de todos, monjas incluidas. Mi viejo se apropió de el en cuanto mi mamá se lo mostró, lo colocó sobre una carpetita tejida al crochet, en el aparador del comedor y me prohibió tocarlo, solo me lo devolvía cuando llegaban visitas; tenía que mostrarlo para recoger exclamaciones de asombro y felicitaciones. Ni soñar con jugar. A esa altura ya sabía que los juguetes más lindos, los más esperados, indefectiblemente eran confiscados. No podía tenerlos porque se romperían; o los perdería. Eso estaba fuera de discusión. Así que, después del primer día, que también era él último, pasaban al sótano y desaparecían para siempre. Me quedaba la memoria. En ese único momento repasaba cada detalle, la vibración del color, las texturas, el funcionamiento de cada uno de los mecanismos y los olores. Trataba de duplicarlos con maderas, lata y alambres para jugar con ellos pensándolos. Al caballito, podía verlo. Erguido burlonamente sobre su carpeta en el centro del aparador; y lo odiaba con toda mi alma.

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Una mañana me anunciaron que ya no iría más al jardín, parece que fue porque el cura no quería varones con nenas, o algo así. Siguieron dos semanas de placer, solo opacado por la soledad de mis juegos y la obligación de cebar mate cuando papá volvía de la oficina. Uno de esos días, el regreso fue a una hora desacostumbrada. — Vamos a ver a la directora del Nº 1, la madre del Diego, lleva él libro así le mostrás como lees. — Sí papá. — Agarrá el cuaderno y un lápiz, también vas a escribir y hacer cuentas. — Si papá, pero ¿Porque tengo que ir a la Nº 1? La voz finita y asustada — Vas a ir porque yo lo digo, porque ya sos grande y porque te pasas el día jodiendo. Dale ¡Apurate que se hace tarde! Una de las tías hablaba con mi viejo y la abuela se ajetreaba en la cocina. Nadie me miraba ni refutaba la acusación. Yo no entendía nada, cuando estaba en casa jugaba solo, cebaba mate, aprendía a leer, hacía cuentas o estaba con alguna de mis tías. No molestaba, obedecía, no peleaba, les hacía mandados a todos. Pero no había sido suficiente;

estaba de

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más; no me querían cerca. Y ¿Qué hacer ante esto? La resistencia estaba descartada. Mi viejo habló delante de todos y nadie dijo nada. — Le tenés que decir a la directora que vos querés empezar el colegio Fue categórico y dejó en el aire una clarísima advertencia. La decisión ya estaba tomada y tenía que hacerme cargo. Fue como la tarde de verano, cuando estaba bañándome en el río y me arrastró un súbito remolino, el miedo me paralizó y ni siquiera pude gritar por auxilio, pataleé y braceé como pude para liberarme de esa fuerza maligna que me arrastraba. De golpe, tan repentinamente como vino, la corriente desapareció y quedé en la orilla exhausto y lloroso. — Si la gorda te pregunta le decís que vos nos pediste empezar primer grado ¡No hagas cagadas! ¿Estamos? Un rato después una muchedumbre ululante de chicos pasaba junto a nosotros que estábamos parados en la puerta de la dirección. Al rato apareció doña Sara que nos hizo pasar, saludando con una sonrisa forzada. Apenas terminadas las formalidades, mi papá empezó a enumerar mis habilidades, alabando mi capacidad y mis ganas de estudiar. Sentado delante del escritorio inmenso, con la cabeza gacha, yo escuchaba con una puntita de esperanza. 8


— Vamos a ver; leele esto a la señora para que vea como sabes leer Leí lo mejor que pude la página que estaba abierta y luego otra que eligió Doña Sara — Señora fíjese que bien lee ¡Y nadie le enseñó! — ¡Mentiras! La tía y la abuela se pasaron todo el día enseñándome las letras y “Mi mamá me ama” y los números. — ¿Se da cuenta? Y si quiere lo hago escribir para que vea. Mírele la cara ¡Se muere por empezar la escuela! En mi casa se aburre, nos enloquece a todos para que le enseñemos las cuentas. — Me voy a morir si dice que si y me tengo que quedar encerrado acá. — Si señor Suárez, se ve que el nene puede, que es inteligente. Pero no sé, es muy chico. La inspectora va a poner el grito en el cielo, si por lo menos tuviera unos meses más. — Yo la entiendo señora y, si a usted le parece, hablo con la inspectora. Es una lastima que tenga que perder un año- Insistía mi papá. Prolijamente ignorado yo miraba todo desde afuera, sin voz ni voto, rogaba que Doña Sara no aflojara. Ella era la única que podía devolverme al fútbol del campito y a las expediciones 9


prohibidas a la casa de los chicos del barrio; a mi escasa libertad. El colegio era una sombra muy negra, una bestia lóbrega que me devoraría sin remedio. — ¿Cómo puede ser que Doña Sara no se de cuenta de que son todas macanas? Una hormiga, culona y negra, detuvo su marcha en el borde del respaldo de una silla y me miró fijo moviendo alegremente sus antenas. Seguramente estaba avisando a sus compañeras que, ese que gozaba poniéndolas sobre cortezas que arrastraba el agua del cordón en los días de lluvia, ahora estaba a merced de una corriente letal. Para ellas no hubo una orilla milagrosa y ahora para mí, tampoco — En todo caso si usted ve que es muy chico y no da, nos dice y lo sacamos enseguida. Lo podemos poner por escrito, si le parece. Mientras hablaba me puso una mano en el hombro. Resignado y mudo aguardé el veredicto que, lo supe siempre, iba a ser funesto. Y al final la directora dio él si. Tal vez para sacarse a papá de encima,

para quedar bien con mi mamá, porque era

amigo de Diego. ¡Vaya uno a saber! pero no importa, aceptó, ya estaba hecho. Apenas alcancé a oír que mi viejo me ordenaba dar las gracias. 10


— Viste, vos que tenias miedo de que no te dejaran anotarte. Desde mañana vas a poder venir Y me apretaba el hombro y me acariciaba la cabeza — Decile gracias a la señora — Gracias Doña Sara Con un hilito de voz, mientras sentía que las orejas me ardían y veía todo como a través de una cortina de agua por las lágrimas que contenía a duras penas.— De ahora en adelante, cuando estemos en la escuela llámame "Señora Directora", acá no soy la mamá de Diego ¿Sabes querido? La miré y fue como si la viera por primera vez. La señora que conocía desapareció, de golpe se convirtió en una gorda asquerosa, con un perfume asqueroso y un aliento asqueroso. Todo asqueroso. — Igual que los demás chicos, ¿Entendés? En la calle vas a seguir siendo Eduardito, pero en la escuela vas a ser Suárez. — Desde ahora ya no sos un nene Intervino, sentencioso, mi viejo. — Vas a ver que vas a estar muy bien, ¿estás contento querido? 11


— Si señora — ¿Señora? — Señora Directora Apenas, con un susurro. Pero contesté que sí, acepté, obedecí, mentí. Fue la primera vez que, usando una mentira como bisagra, di vuelta una página. Claro que no fue la ultima, después mentir fue normal. – — ¡Muy bien querido! Entonces que venga desde el lunes. — ¿Mañana no?— No señor Suárez, voy a tener que hablar con la inspectora antes de inscribirlo. — Bueno, será el lunes entonces ¡Quien lo va a aguantar hasta el lunes a este! En casa todos festejaron. La tía Dora me dejó la cara roja a besos de lápiz de labios. La abuela me regaló el guardapolvo. Parado sobre una silla esperé a que llenara de alfileres el dobladillo. Lo lavó y lo planchó con almidón, hasta que adquirió la consistencia de la madera. Mamá trajo de la oficina varios lápices amarillos, con goma atrás, y un cuaderno de tapas duras que forró con papel araña azul. Tía Julia, un estuche de lata con seis lápices de color Faber Castell cuyo olor no olvidé jamás. Por otra parte fue lo único que tuve, los lápices y el estuche desaparecieron para 12


que no los pierda. Tío Eduardo me regaló una caja de útiles, de madera, con tapa corrediza. Tío Lucas el portafolio. Cuando quedé solo imaginé mil maneras de cambiar lo inevitable. Parado en la puerta del colegio gritaba que no quería entrar. Un viaje interminable en un tren de carga que me llevaría a cualquier lado. Un largo trago de veneno para las ratas, morir reseco a la vista y remordimiento de todos. Cortarme las venas era mi preferida, con el gran charco rojo. Cada cosa debidamente escenificada, primorosamente detallada. En todas, mi vieja lloraba, la abuela se arrepentía y los tíos agarraban a mi papá y lo cagaban bien a trompadas. Por un momento me cruzó por la cabeza hablar con la gorda, nunca más doña Sara, y decir toda la verdad. O mejor contarle a Diego, para que él hablara con la madre, pero eso implicaba un acto conciente de desafío a la autoridad de mi viejo, con la consiguiente reacción de mi familia. Al final dejé de darle vueltas a la cosa, no había remedio, así que, cuando preguntaban, decía que estaba contento. Dejé de lado las pequeñas fantasías y creé la más grande; me apropié de la decisión de los que manejaban mi vida. No disfruté del domingo. Dormí bien, como siempre, pero me levanté temprano, como nunca, pregunté la hora a cada segundo, hasta que me gritaron que la terminara. Mediada la

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mañana, empezaron los preparativos.

Apenas pude comer, quise

terminar rápido, aún a costa del postre. El guardapolvo blanco marcó el momento, reafirmado por el desmesurado portafolio. En la caja de madera, los Faber cedieron su lugar a unos lápices cortitos y sin olor. Y recorrí las cinco cuadras de la mano de mamá. Antes, recibí una retahíla de consejos y advertencias, no escuché nada, tenía miedo. Cuando entramos, los largos pasillos estaban silenciosos, los vi siniestros y oscuros, a pesar de la luz que entraba por las grandes ventanas. Noté enseguida el olor a tiza, almidón y lavandina. Tuvimos que esperar hasta el recreo, parados junto a la puerta de la dirección. Pasó un buen rato hasta que, de una de las aulas, salió un gordito muy serio que hizo sonar la campana dos veces. Aún reverberaba el sonido cuando todo se llenó de gritos y corridas. Un chico me saludó desde lejos. Alguno miró, sobrador y canchero. Todos me ignoraron. Para entonces mamá se había quejado porque decía que tenía los dedos doloridos. Yo miraba todo y apretaba los dientes. Al rato, apareció la directora, imponente, enfundada en un blanquísimo guardapolvo, tan duro como el mío, ostentando una flor roja en el ojal derecho. Las dos mujeres se saludaron acercando las mejillas. Hablaron un poco, yo no escuchaba nada. Mamá se fue casi sin despedirse. Un beso rápido, la 14


última recomendación y quedé solo con la gorda asquerosa que me ordenó esperarla. Ahora, avergonzado, sin saber porqué, vi al pibe que, otra vez, hizo sonar la campana. Las corridas se paralizaron, se terminaron los gritos. Los chicos se formaron y volvieron, desfilando, a las aulas.— Bueno Suárez, vamos a tu grado La mujerona me agarró la mano con una sacudida y me condujo por el pasillo hasta una puerta encristalada. Cuando entramos al salón los alumnos se pararon al lado de los bancos y salmodiaron un — "Bu-e-nos-di-as-se-ño-ra-di-rec-to-ra" Veintidós cabezas giraron para mirarme en medio de un silencio que aturdía. Solo vi las gastadas tablas del piso. Sentí que tenía las orejas calientes y la cara muy

roja. La

clase entera, en silencio, me estudiaba, conocía a varios, recibí alguna que otra señal amistosa, no vi ninguna. La gorda cuchicheó con las maestras y se fue sin decir una palabra — Yo soy la señorita Rosa Petisa, pecosa, enérgica, con un delantal celeste manchado con pintura

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— Ella es la señorita Aurora, y las dos vamos a ser tus maestras. Espero que te portes bien y no nos des trabajoLa súbita parrafada me sobresaltó. Hubo alguna risita, que Rosa evaporó con una mirada Aurora me señaló un banco, el segundo de la fila del centro. Sin levantar la cabeza, caminé hacia el asiento vacío. El aula me pareció inmensa, los pocos metros que recorrí hasta mi lugar, kilómetros. Sentía que me achicaba con cada paso. Al fin llegué y me senté, ni moví la cabeza, solo atiné a quedarme quieto.— Tenés que escribir en el cuaderno, sacá el lápiz y la goma Una corriente cálida apartó un poco el aislamiento. Cincuenta años después aún me acuerdo de ese primer momento y de esa voz amiga en medio del ambiente hostil, apabullante. De a poco fui levantando la vista, nadie me miraba, pero persistía la sensación de ser observado y el miedo seguía intacto. Mi compañero de banco era un chico negro, muy negro, con el pelo crespo y una cicatriz con forma de L invertida en la mejilla.

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— Dale saca el cuaderno antes que Rosa se enoje y te grite, hace las rayas derechas, borra despacito porque si no rompes la hoja y Rosa te mata, si no sabes cómo hacer decime y... — ¡¡Obella se calla!!... Rosa cortó el dialogo y me paró el corazón Sin aliento, boqueando, me zambullí en el portafolio para sacar las cosas que necesitaba. Abrí el cuaderno en cualquier página y garabateé las letras que Rosa había escrito en el pizarrón. En el tercer renglón la punta del lápiz, filosa y larga, se rompió. Me quedé mirando la madera desnuda y sin objeto. Antes de la angustia, que borró todo, sentí llegar las lágrimas. Lloré, lloré a los gritos, desesperado, lleno de rabia, de impotencia, de miedo. Todo lo acumulado desde el momento en que supe que había perdido mi primera batalla. Transcurrió el resto de ese día sentado en el escritorio de las maestras. En los recreos recibí burlas y risas de los demás. Solo Obella se quedó conmigo, hablador y solidario. Con el último timbre me animé a recorrer el patio hasta el baño. Cuando llegó la salida, mamá me esperaba en la puerta. Me acribilló con preguntas; que conteste con historias inventadas que repetí después tantas veces que hasta me las creí. Sin llanto, sin burlas, sin rebelión. Un triunfador.

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Siempre surgía algún detalle nuevo. Adorné, cambié, exageré, mentí. Ante los míos fui el héroe de ese día. Aunque todo no me creyeron, igual me lo festejaron, tanto que, al final, hasta me gustó haber ido. Pero algo había cambiado. La burbuja que me contenía se rompió, estaba

afuera. Ya no podía confiar en nadie.

Abuelos, tías, tíos, todos desaparecieron y fue la soledad.Después, la rutina. El libro de lectura ocupó el lugar de los que usaron en mi casa y casi me olvidé de escribir. Hacía lo que me mandaban, trataba de no sobresalir. Mis flamantes cinco años no tenían relación posible con los seis o siete de la mayoría. Los “grandes” me asustaban, mis amigos estaban entre los más débiles, los más chicos, los distintos. Y los aguantaba porque no podía hacer otra cosa. Especialmente a Obella que, por si fuera poco, era negro y usaba zapatillas.Para ganar prestigio hacía cosas inimaginables que incluían servilismo con Sanchez, un chico alto y macizo, famoso porque se la había dado a uno de tercero. A sus órdenes robé chocolates y chicles en el kiosco y le escondí los anteojos a Lopez, miope hasta la exageración. Los plantones en la puerta de la dirección fueron comunes, pero solo logré retos, la prohibición de jugar a la pelota y la extrañeza de los mios ante mi conducta, normalmente sumisa y contenida. 18


Al año siguiente las cosas fueron más normales. No hubo llantos ni ceremonias cuando empezaron las clases. La nueva maestra, muy alta, muy grandota y muy rubia, exhibía una permanente sonrisa falsa. El primer día, recorrió las filas de bancos mirándonos uno por uno. Después, relegó a Obella a la última fila. Allá fueron a parar también los hermanos Pinto, con sus guardapolvos amarillentos y remendados. Rodrigues, morocho aindiado, de pelo renegrido e hirsuto, piel oscura y dientes amarillos. Formoso, miope y tartamudo. Lopez y sus ridículos lentes. Todos ellos compartían el fastidio evidente de “la nueva”. Habían jugado conmigo en los recreos el año anterior. Pero ahora yo estaba entre los que la esfinge sonriente prefería. Escribía la fecha en el pizarrón, recogía las hojas cuando teníamos dibujo y me mandaba a buscar el mapa para geografía. Los grandes tenían un equipo de fútbol y me designaron suplente, Nunca llegué a jugar, pero estuve en todos los cumpleaños. Amigos no tenía, ¿Quién los necesitaba? No hubo más peleas ni plantones en dirección. Cumplía con las tareas, alguna que otra vez anticipaba una pelea en el baño o un intento de copiarse y la maestra decía que estaba muy contenta conmigo. De vez en cuando percibía la mirada de Obella y me molestaba la sonrisa triste. Pero lo ignoré.

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El patio está lleno de chicos extrañamente quietos y con guardapolvos impecables, formados de a dos. Las maestras se pasean entre las filas. El mas leve indicio de sonrisa recibe una mirada tan cargada de amenazas, que instantáneamente, el sonriente queda serio. Junto al micrófono, la directora, la vice, las dos de impecable blanco y una mujerona en ropa de calle, charlan animadamente. La secretaria, agitada y presurosa, revolotea sin hacer nada especifico. Una señal de la maestra de sexto, indica que todo está listo. La vice mira por sobre los anteojos, arregla unos papeles y se aclara la garganta. Momento justo e infalible para que los parlantes se acoplen al micrófono, los chicos rían y toda la concurrencia arrugue la cara. — ¡Silencio niños! La orden de tono marcial coreada por todas las maestras, recompone la disciplina. Ahora si, la vice anuncia la llegada de la bandera de ceremonia. Tres alumnos hacen una entrada solemne, acompañada de tímidos aplausos. Encabeza el terceto el mejor alumno de séptimo grado, lleva en bandolera una tira celeste y blanca y sobre el hombro derecho el asta de la bandera que le cubre desde el cuello al brazo. Ligeramente atrás, lo escoltan su par de quinto y el de cuarto, que soy yo. El acto comienza con el himno, indiscernible entre el

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ruido de púa, que todos los presentes corean en un susurro casi inaudible. Cuando termina, la vice anuncia el discurso alusivo a la fecha preparado por la señora directora. La gorda se aclara la garganta, se calza los anteojos, arregla sus papeles y comienza una perorata plagada de frases hechas y textos extractados de historias oficiales, todo en tono afectado y monocorde. La mención de la reciente muerte de Alfredo Palacios, desata una súbita epidemia de toses y miradas de las maestras. La necrología continúa con Churchil y Schweitzer La democrática mezcla de muertos celebres restablece la tranquilidad. La frase final está coronada por suspiros aliviados y las profusas y zalameras felicitaciones de las maestras que están más cerca. Uno de los chicos de sexto recita un poema épico. Los mas chiquitos hacen algo que nadie sabe que es, pero que despierta innumerables — ¡Ahhh! Y ¡Ohhh! Uno de quinto, se anima a un malambo y el resto del grado a una zamba. Cuando ya no hay más números, la vice hace un discurso de despedida que hace hincapié en la grandeza de los EE. UU. Sin que nadie entienda la oportunidad, y la bandera se va. Todos aplauden. Los chicos quedan en libertad para correr por el patio. Algunas madres forman corrillos. Me mantengo cerca de mi maestra. Acusé a uno de los grandes por fumar en el baño y me prometió delante de todos.

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— ¡Mañana, en el patio te fajo! Y parece querer cumplir la promesa. Ronda cerca, con dos cómplices que se ríen y secundan sus gestos y amenazas mudas. Con un suspiro de alivio veo llegar a mamá. Cuando nos vamos pasamos cerca de los otros. Ni los miro, pero escucho clarito el — “¡Cagón!” Es el prólogo de las vacaciones de invierno.

Empezaron con un tedioso viaje en tren a la casa de un tío que vivía en el campo rodeado de caballos, vacas y ovejas. En una llanura interminable, con bosques llenos de pájaros y arroyos susurrantes. Maravillas que la realidad convirtió en una casa grande y vieja, cerca de la estación de tren de un ignoto pueblo del interior de la provincia. Los pastos ondulantes terminaron en un gran gallinero escenario de mis juegos solitarios y aburridos. Mi tío, que estaba de viaje, tenía una gran colección de rifles y escopetas. Mi papá me entregó una, vieja y oxidada para que juegue. Me convertí en soldado rodeado de japoneses,

”Comboy” enfrentado a indios

feroces. Las gallinas ocuparon el lugar de los enemigos y transmutaron plumas y picos en las caras de los que mas odiaba. El que me gritó cagón, los que no me daban bola en 22


los recreos, los que se juntaban para hacerme victima de humillaciones y mi papá. Con el, el tiro siempre era en el estomago y la muerte llegaba entre dolores inimaginables. Así pasaron diez largos días que culminaron con la gran cacería. La última mañana, mi papá apareció con una cajita de cartuchos y una escopeta de las que funcionaban y anunció que iríamos a cazar al monte, del otro lado de los grandes galpones que se levantaban junto a las vías. Desde la primera vez que tuve a una victima centrada en la mira, hasta que se terminaron las municiones, todo fue una orgía de enemigos despanzurrados por los cartuchos del doce. Asombrosamente, una vez en el suelo, se convirtieron en horneros y palomas. No erré un solo tiro, mi viejo estaba genuinamente asombrado. En el acto inventó una teoría genética según la cual había heredado la puntería del tío y por su parte, falló prolijamente cada vez que intentó darle a algo. Cuando pasó el frenesí de la caza, la visión de los pequeños cuerpecitos destrozados me produjo una profunda sensación de asco. Tanto, que a duras penas, pude contener el vomito. Después, las alabanzas a mi puntería y las prisas de la vuelta las diluyeron, pero durante mucho tiempo fueron los fantasmas de mis pesadillas. Los besos de la tía no disimularon la indiferencia y el fastidio de mi tío que regresó esa mañana y ni se molestó en fingir alegría por la visita. Los saludos, 23


las recomendaciones y otra vez el tren y las horas vacías, ahora matizadas con unos sándwiches de milanesa. Ya en casa, la familia, reunida en el almuerzo del domingo, fue el auditorio atento que escuchó y rió cuando conté todo con lujo de detalles, ridiculizando a mi viejo, que inventó una mira mal ajustada para sus yerros. La siesta dispersó la reunión, mi mamá, furiosa, me hizo señas para que vaya al lavadero. El pellizcón que recibí de pasada fue el anticipo de un reto descomunal por no haber secundado la mentira paterna. Según entendí, mientras esquivaba cachetazos, era el culpable del ridículo de mi papá. Por una vez, no bajé la cabeza. Miré a los ojos a mamá hasta que me mandó a dormir la siesta de un empujón. De pasada vi a papá que estaba sentado en el patio mirando el vacío.Para cuando las clases se reanudaron, dejé de ser el buen chico que solo da satisfacciones. No cambié mi conducta habitual, ni el respeto miedoso hacia los mayores. Fue como si alguna cosa se hubiera desconectado. Nada me interesaba, ni siquiera la posibilidad cierta de los castigos que vendrían. El resto del año transcurrió en medio de deberes pendientes, notas a los señores padres y penitencias interminables. Pero pasó y ¡Por fin! Llegaron las vacaciones y un viaje a Córdoba con la abuela y las tías. Una fiesta que

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terminó veinte días después. Papá me recibió con cuentas de sumar, de restar, de dividir, copias, dictados y lecciones que tenía que estudiar absolutamente de memoria. También hubo una promesa diaria de cambiar la siesta por el río, pero jamás cumplió. El verdulero de la esquina, predestinado por un nombre increíble, Tito Cereza, había abandonado a la mujer por una de las “locas del bajo” Aberrante acto que relataban las señoras y negaba la victima. Irremediablemente conocida como “La verdulera” seguía con el negocio iniciado por el marido prófugo, ayudada a veces por un hermano que apareció de repente y dio argumento para un mes de chismes. Una mañana, mientras pesaba las papas que me había mandado a comprar la abuela, me ofreció un negocio. Volví a mi casa con el pedido y un cajón de manzanas al que le adosé un par de ruedas que saqué del triciclo roto, y un palo para llevarlo a rastras. Cuando terminé, lo llené de lechugas y peras, que la mujer proveyó y muy orgulloso, recorrí el barrio para venderlas. Toqué el timbre en la casa de varios vecinos y confundí las miradas asombradas con admiración ante mis actividades como comerciante. Ya era importante. Me imaginaba bajando de un auto grande y brillante, saboreaba la envidia de mis amigos. El sueño se interrumpía solo para pensar en todas las cosas que me compraría con las ganancias y cuantas veces iba a 25


poder ir al cine. En eso estaba cuando ví venir a mamá. En cuanto la miré, mi brillante futuro viró al negro, estaba furiosa y la cosa era conmigo. — ¡Qué haces! ¡Como se te ocurre! ¡Que van a pensar los vecinos! ¡Que tenés en la cabeza! La catarata de reproches jalonó el camino hasta la verdulería. Allí quedo mi local ambulante y los sueños de comerciante exitoso. Parece que trabajar no estaba muy bien visto. Opinión de toda la familia que, en el almuerzo, no pararon de lanzarme miradas asesinas acompañadas de gestos de negación con la cabeza. Treinta cuentas de castigo y tres días para cebar mate. Fin del emprendimiento. Nunca más me animé a hacer algo sin la aprobación previa de mis viejos.

El aburrimiento me llevó a la lectura. Leía todo sin método ni elección. Mis preferidas eran las historias de guerra y las revistas de historietas. Sin la posibilidad de un mundo propio, me metí de cabeza en los de fantasía. Renegué de las matemáticas. Descubrí el ajedrez. Tuve diez en historia, gracias a que me convertí en la mano derecha del profesor y no pasé del seis en el resto. El boletín se convirtió en la vara con que medía mi tranquilidad. Y nunca estaba tranquilo. En general, todos en la escuela esperaban ansiosos la 26


cartulina amarilla. Pero yo no vivia igual que los demas. Para mí era la certidumbre y el miedo. Sabía que todo estaba mal, pero no hacía nada para remediarlo. Vivía un régimen carcelario que variaba tanto como los humores de mi viejo. A veces eludía el cerco con mentiras y alguna que otra complicidad familiar. Pero la sumisión era total. Un dia, descubrí que la iglesia me permitía un remedo de evasión. Fue cuando empecé con las clases de catequesis, previas a mi primera comunión. Si decía que iba a la iglesia, no me ponían obstáculos. Hasta mi viejo prescindía del mate. Me hice miembro de la acción católica, de los jóvenes cristianos y del grupo de boy scout de la parroquia, aunque jamás me dejaron ir a un campamento. Aprendí a ayudar en misa vestido con una sotana roja y una sobrepelliz blanca, a cantar en latín y a desparramar humo de incienso, desfilé alrededor de la plaza del pueblo, caminaba delante del párroco y los demás curas portando una larga vara de madera rematada por una cruz de bronce. A cambio de mi actuación salía de casa todas las tardes. Con el calor aprovechaba el engaño para ir al río, paraíso al que tenía prohibido el ingreso. Un buen negocio que perduró hasta la adolescencia.

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Mi mamá comía sin levantar la vista del plato. Mi papá engullía rápido, mientras me miraba fijo. Algo había pasado, flotaba en el ambiente tenso, cargado de electricidad, como esas tardes de verano, cuando el cielo se cubre rápidamente y se desata la tormenta en medio de truenos y relámpagos. Traté de saber y solté un par de comentarios sobre el supuesto dia de colegio En medio de una frase, forzada y olvidable, mi padre habló — ¿Dónde estuviste hoy? La voz y el gesto debieron ser un aviso, pero preferí ignorar las señales y persistí en la mentira que, a esas alturas ya estaba descubierta. Igualmente ni mi padre, ni mi madre estaban dispuestos a escuchar, mi respuesta no importaba. Ese fue el momento de la gran paliza. Siempre hubo cachetazos, coscorrones de la abuela y pellizcos rápidos y dolorosos de mi vieja. Pero nada se comparaba con ese martes en que llegué, sin sospechas, a la mesa del almuerzo. El primer bofetón de muchos, me sorprendió. Con los demas, traté de cubrirme como pude, cosa inútil cuando a la mano la siguió la larga regla de madera que usaba mamá para sus moldes de papel, la vara pronto se rompió con un crujido seco y la suplantó la correa del cinturón paterno, y el dolor lacerante.

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Todo comenzó a gestarse cuando esa mañana, una de mis tias se cruzó con la maestra. De resultas de ese encuentro, en casa supieron que no iba a clases desde el jueves anterior. El pretexto era una enfermedad contagiosa, novedad que anuncié por teléfono al segundo día de ausencia. Lloré a los gritos, suplique clemencia, juré que sería la última vez, pero nada parecía poder contener la furia de mi padre, ni interrumpir el martirio que mamá contemplaba retorciendo entre sus manos un repasador sin intervenir para nada. Papá gritaba como loco — ¡Yo te di la vida y yo te la voy a sacar cuando quiera! Cuando amenguaron los golpes y pude desarcirme de la mano que me sujetaba ferreamente por el brazo, corrí a refugiarme en mi cuarto. Me tiré sobre la cama hecho un ovillo. Aterrado, esperando el dolor que, seguramente vendría otra vez. Los resquicios libres de miedo se llenaban de vergüenza y humilliación. Escuchaba a mi padre que, en la cocina, le gritaba a mamá culpandola de todo y todo era yo. Esa noche tuve fiebre y vomité, me dormí de madrugada sobresaltado por una pesadilla recurrente. Flotaba en el vacío y bajaba a velocidad de vertigo, empequeñeciendome hasta desaparecer, en ese punto me despertaba, solo para comprobar que una ola gigantesca se acercaba para ahogarme sin remedio. La mañana 29


me encontró con costurones de subido color morado que surcaban brazos, piernas y espalda. La mejilla derecha estaba hinchada, con un moretón verdoso que me duró un buen tiempo. Ese dia, la ausencia a clases fue legalizada por mamá que habló con la maestra un rato largo y regresó llorando, anunciando que la estaba matando de a poco con tantos disgustos. Cuando volví al colegio, encontré que mi lugar ahora estaba en el primer banco frente al escritorio de la maestra que me trató friamente, reprochandome delante de todos mi conducta. Los demas chicos miraban mientras cuchicheaban entre risitas que no se preocupaban en ocultar. Me evadí del aula y de las burlas. Mi imaginación me llevó a enfrentar a todos y salir triunfante. Tan poderoso como para mandar a matar a mi viejo y a todos los que se burlaban. A mi vieja la ignoré.

Frondizi, al final de una serie incontable de asonadas, aprietes y golpes termina en Martín García. Atrás queda el encuentro con el Che y sus sueños de industrializar el país. Su suplente jura en un acto tan apurado, que tuvieron que esperar, mirándose unos a otros, los cinco minutos que indica el protocolo para poder irse del salón blanco de la casa rosada. Los nuevos jefes estaban divididos en Azules y

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Colorados, como en las maniobras. Y así se enfrentan entre ellos, con muertos de los otros. Una mañana escuché aviones sobrevolando la casa a muy baja altura y, desde la terraza, vi como soltaban bombas sobre una planta transmisora. Seis días de marchas militares en la radio y el triunfo del ejército sobre la marina. Después, elecciones en las que elegir estaba prohibido y un nuevo presidente, esta vez radical. Un tal Illia que, según decía mi padre, era un cordobés con cara de cornudo.Estaba jugando a la pelota en el patio de la iglesia, cuando un cura demudado, anunció la muerte del Papa Juan XXIII. Inmediatamente cesaron los juegos y todos evidenciaron una profunda tristeza. Yo fingí estar muy apesadumbrado y hasta improvisé un amago de llanto. En medio del dolor general, escuché al párroco que, charlando con uno de los curas en el comedor de la parroquia, hacía votos para que, con la muerte de Juan XXIII, se terminara esa manía absurda de decir la misa en castellano. Meses después se repitió la conmoción con el asesinato de Kennedy. El padre Díaz, persignándose, pedía la muerte para todos esos rusos comunistas.

Andaba por los diez cuando los diarios trajeron la noticia de la muerte del Che. Me enteré por mi viejo que, exultante, 31


proclamaba que por fin habían matado a ese barbudo mugriento. Me impresionó la historia de ese tipo — ¡Y era médico!Onganía, un general que disimulaba el labio leporino con un gran bigote de morsa, derrocó al presidente al que todos llamaban “Tortuga” Gracias a la campaña organizada por un tal Timerman desde la revista “Primera Plana” Llegaría el momento en que oiría los gritos de ese hombre, encerrado y torturado. Pero todavía estaba muy lejos de esos tiempos. Ni sabía que ese periodista, y los otros, existían. La tele mostró a la montada entrando a caballo en las universidades. Los buenos burgueses lo aceptaron. — A la universidad se va a estudiar, no a hacer política. Yo también repetía la frase que estaba en boca de todos. Los jóvenes de la acción católica, con el párroco a la cabeza, celebramos alborozados el nuevo régimen. El general llegó a la sociedad rural en una carroza escoltada por jinetes uniformados. Pensó en cambiar la gorra por una corona, pero no se animó a tanto, se quedó a medio camino con el tricornio emplumado. Yo ni me enteré, muy ocupado tratando, sin ganas, de salir indemne de mis problemas escolares. Mi papá hablaba horas para explicar que, la política, era para los vagos de comité. Alababa a los

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militares en el poder y me aseguró que eran los únicos que podían hacer algo; porque eran la reserva moral de la nación. — Hace falta que alguien ponga orden ¡Mano dura! Hay que matar a unos cuantos, para que los demás aprendan Ya se escuchaba hablar de los presos políticos, los secuestros y las torturas. El país marchaba alegremente hacia el desastre. Pronto estalló el cordobazo y una clase de represión que nadie se atrevía a calificar y casi todos se apuraban a justificar. Un día, me di cuenta que la pecosa de la primera fila me buscaba en los recreos, y me miraba cuando la maestra escribía en el pizarrón. No supe que hacer. Colorado, tembloroso e inseguro, planifiqué mil estrategias, a cual mas exitosa. No me animé a nada, a pesar de la decisión de hablarle que tomaba cada mañana. Pasé el resto del año decidiéndome sin decidirme. Miedo; puro y simple miedo que, por otra parte, me producía una clase especial de gozo. Mi viejo me anunció que iba a tener una mascota y se apareció con un gato grande y blanco, el odio mutuo se manifestó de inmediato. Con el monstruo apareció una bolsa de piedritas blancas

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— Son sanitarias, para que cague y mee ahí. Tenes que cambiarlas todos los días ¡Mirá que no quiero tener olor a pis de gato en toda la casa! A esas alturas, ya había decidido que no iba a seguir estudiando. Terminé a los tirones el primario y empecé el secundario con destino de abandono. Solo persistía en las ilusiones de mi familia que querían tener un profesional para mostrar a los vecinos, y en los horarios, la mitad de los días me hago la rata. Fumé mi primer cigarrillo y seguí fumando, no me gustaba para nada, pero había que hacerlo. Empecé a robarle a mamá para tener plata en el bolsillo. Era el peor de mi curso. Para la familia de mis compañeros una mala influencia, mi visita no era bienvenida y me lo dejaban muy claro. Discriminación, soledad, angustia, frustración, no necesité que nadie me explique el significado de esas palabras, las sufría a diario, como la mierda negra que sacaba junto con las piedritas y que me deja por horas su olor en la nariz.-

La campanilla suena por tres veces. Una multitud de cabezas se inclinan. Arrodillado detrás de una de las columnas aprovecho el momento para mirar a gusto las tetas de la hermana de Quico, el hijo del gerente del banco. Aún falta 34


mucho para que el cura termine con los rezos y con eso de sentarse y pararse y cantar sin melodía ni entonación. Los domingos voy a la misa de once. Es la de mayor concurrencia, especialmente de compañeras de colegio. Después vienen las charlas en el atrio con alguna esperanza, lejana, de conseguir algo. El — ¿Vas para tu casa? Te acompaño- A veces, raramente, hay un —Bueno, si vas para allá- Al que siguen cuadras de silencios espesos y comentarios estúpidos — Hasta acá nomás, mi papá puede estar en la puerta- Y desandar las diez cuadras y caminar las otras y ese sudor de invierno y verano que me empapa la camisa. Y la corbata que me irrita el cogote. La tarde interminable, en soledad, mirando una película en la tele, o leyendo una revista con fotos de las buenas, para terminar masturbándome, con la cabeza en la hermana de Quico y sus tetas como bolsas, o la de tercer año con el culito parado a pesar del guardapolvo, o vaya a saber en quién y porqué, mientras mi viejo me grita que salga del baño de una buena vez. Hay otra forma de vivir hay otras chicas que no van a misa, hay asaltos y poca luz para bailar. Hay un mundo que no conozco y ni me atrevo a descubrir.— Domingo ¡Que día de mierda!-

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Sin darme cuenta pasé de adolescente a “muchacho”. No por eso la cosa cambió. Notas desastrosas, años repetidos. Tremendos escandalos. Golpes. Mi mamá repitiendo a todos que; — El es inteligente. El puede. Pero se distraeY a continuación, el hijo de la Tita o el nieto de Doña Luisa. — Que tienen diez en todo y hasta abanderados sonPapá, reforzaba mi intelecto con algunos cachetazos o una charla “entre hombres” que, invariablemente, terminaba con el relato exajerado y mentiroso, de una aventura “de cuando yo tenía tu edad y tampoco quería estudiar” Cada día tenía sus propios temores. Cansado de anticipar los de mañana, aseguré que estudiar no era para mi, que no me gustaba. Quería trabajar y un día ¡Por fin! logré el permiso para dejar el colegio. ¡Una que se me dio! No lo podía creer. No pensé que, con ese paso, abandonaba la carrera y mi única posibilidad de libertad. Despues vino un empleo de morondanga. Un sueldo miserable pero “seguro” según el dictamen de mi padre y ese mundo que se obstinaba en correrse cuando intentaba acercarme, y siempre estaba un poco mas allá. Por esa epoca me puse de novio con Luisa, la hija de una amiga de mi madre. Una chica “seria”. En realidad fue la única que accedió a encontrarse conmigo la tarde en que la 36


invité a caminar por la avenida Santa Fe, el día de la primavera. Una caminata de dos horas, apenas cortadas con comentarios de no mas de dos o tres frases desvahidas. Despues, tomamos un par de gaseosas y ahí arreglamos para encontrarnos ese sábado. Ella me invitó a la fiesta que organizaba una amiga y el padre nos llevó en el auto, haciendo chistes idiotas, yo me reía para quedar bien. Estuvimos toda la noche en un rincón solitario. Increíblemente locuaz, logré que ella pasara una noche aceptablemente divertida. Salir juntos fue primero una costumbre que, dos meses despues, se convirtió en noviazgo. No era de las mas lindas, pero tenía todo mas o menos donde debía y del tamaño mas o menos apropiado. Cantabamos en el coro de la iglesia, tomabamos helados, bailabamos en los asaltos, ibamos al cine y, sentados en la última fila, nos besabamos furiosamente. Me convirtí en el mayor conocedor de lugares solitarios a cubierto de miradas indiscretas. La noche del sábado era farragosa. Nos quedabamos haciendo puerta hasta que restallaba el grito de la madre para que entrara. Luisa me hablaba de sus sueños de futuro y familia y yo le decía que si a todo, mientras me dedicaba concienzudamente a manotear corpiño y piernas, rompiendo de paso breteles y elásticos de bombacha, mientras armaba laboriosos argumentos para contrarrestar los miedos de ella. 37


Hacía promesas de amor eterno y terminaba masturbándome furiosamente, imaginando el debut. Que, por cierto, no fue con Luisa.

La primera vez fue casi un accidente. Pasé por la casa de Julio, uno de mis raros amigos, y ahí estaba ella, la amiga de una chica que Julio se trajo a la casa, una tercera que le estaba arruinando la fiesta cuidadosamente planeada. Encantado con el inesperado complice, aprovechó para presentarmela y perderse de vista en el dormitorio de los viejos, ausentes por el resto del día. La que se quedó conmigo, era alta, flaca, bastante fea, pero muy decidida, tanto que al rato nomas estaba en el sillón; con ella arriba, guiandome y riendo a costa de mi timidez e inexperiencia. Cuando todo pasó, noté el olor a sexo y sudor, fuerte, penetrante, y me dio miedo. —

¿Y si me agarré una “pudrición”?

Me sobresaltáron los gritos de mi amigo que pasaba por la misma situación con la otra. Y volvi a exitarme y todo comenzó otra vez. Todos mis temores olvidados por los juegos sabios de las manos y la boca de mi compañera.

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A partir de ese día, cada vez que los padres viajaban a lo de la abuela, que vivía en la capital, Julio me llamaba y nos encontrabamos con las dos amigas. Hasta el día aciago en que una avería en el motor forzó el regreso anticipado. La irrupción de los viejos interrumpió una incipiente orgía. Parado junto a la puerta, sosteniendo aún el picaporte, el padre con una cara de orto que asustaba, detrás, la vieja, tratando de ver todo mientras nos gritaba — ¡Asquerosos de mierda! ¡Degenerados! ¡Que yo tenga que aguantar esto en mi casa!Y las chicas, que trataban de ponerse la ropa de cualquier manera y yo que no podía contener una risa nerviosa, aún en calzoncillos y ante la posibilidad muy cercana de ligar un par de trompadas del ofendido dueño de casa.

Los tres

salimos a los tropezones, dejando a Julio solo ante la tempestad que se le venía encima, enteros contra todos los pronósticos. Me pareció ver un atisbo de sonrisa cómplice en la cara del hombre. Por una semana mi amigo no apareció. Despues todo volvió a la normalidad. Incluso hubo alguna que otra sesión conjunta que llegó al intercambio de parejas. Julio me contó que, ese día, la madre estaba como loca. No quería ni hablarle. El padre le dijo que era un boludo, que tendría que haberle avisado y eso fue todo. El domingo

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siguiente, a la salida de misa, me crucé con los padres de Julio. La mujer dio vuelta la cara como si mirarme fuera demasiado para su estómago. El padre me saludó con un gesto y me guiñó un ojo al pasar a su lado.Luisa ya estaba para decir que si cuando empezó el ardor y la picazón. Lo llamé enseguida a Julio y me enteré que estaba igual. Juntos fuimos a ver al médico que me atendía desde siempre. Nos revisó, arrugó la nariz y nos recetó unas inyecciones. Ahí si que se terminaron los encuentros y Luisa obtuvo una tregua enojosa y frustrante en la pelea por mantener su virgindad, claro que un tanto ofendida o mas bien, extrañada. Un mes despues nos dieron el alta y una admonición — Esta ves la sacaron barata. ¡Hay que usar forro! Se podrian haber pescado algo mucho peor Nos juramos mantener el secreto. Promesa dificil, porque estabmos comprensiblemente orgullosos. Tuvimos una venerea, para los demas no sabiamos con cual de las minas que saliamos, nos habiamos contagiado. Ahora era el turno de Luisa que, extrañada, complacida y asustada se entregó al jugueteo que, esa vez, no terminó con la huída. Ahora estaba de novio “En serio” Alguna vez, Luisa me preguntó el porque de mi repentino desinteres. Aduje que 40


la respetaba mucho, que quería estar seguro, que no quería lastimarla y ella suspiró agradecida. Ahora si, la rutina era perfecta y sin resquicios. Por la mañana , el trabajo que, como todo, no encajaba conmigo para nada. Eternas ocho horas que terminaban a las cuatro de la tarde y se interrumpian a la una para el almuerzo que compartía con tres compañeros en el comedor de la empresa. Despues, una siesta atrasada, el club, la parróquia o la visita a Luisa, un poco de tele y a dormir. Una máquina de tragar dias vacios perfectamente aceitada. Dejé de ser “El gordito” Tenía una figura de pera que me convirtió en “El culón” Los sábados, a veces, terminaban en un turno de hotel. Ya no buscaba sitios apartados y la madre no volvió a exigir que cortaramos la despedida cuando pasaba de las diez de la noche y nos demorabamos discutiendo en la puerta. Pasada la novedad, Luisa ahorró en lencería y la relación se fue enfriando hasta convertirse en otra rutina. Ahora la exitación estaba en algún atraso de ella o en las peleas, también de ella, cada ves mas frecuentes. A veces, muchas veces, soñaba con irme; jugarme y desaparecer de esa vida que era solo tiempo. Pero pasaron los dias y nunca me decidí. Miedo, puro y simple miedo.-

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Aramburu es secuestrado y después de muchos días de búsqueda frenética aparece muerto. Los diarios hablan de una organización guerrillera, nueva y desconocida: Montoneros, también del ERP las FAR, y las FAP. Pero hay quienes acusan del asesinato al mismísimo general-presidente. En el velatorio se producen “Confusos episodios” Eufemismo que cubre los gritos de “Asesino” cuando al militar se le ocurre aparecer para expresar sus condolencias Luisa habla de casamiento. Quiere concretar todo para cuando me larguen de la colimba. Gambeteo las responsabilidades que me propone escudándome en que aún falta mucho para todo. — Mamá ya me dijo que podemos vivir con ellos por un tiempo. Vos sabes que ahora que mi hermano se casó, estamos los tres solos y lugar hay de sobra A la morsa la echan y el sucesor es un general desconocido que llega desde el norte y se va enseguida, para que otro de los incontables generales que esperan turno, Lanusse, cumpla su sueño y se autoproclame presidente, y dicte las consignas que le gustan para que los que vengan después que el, sean gente como uno; formal y obediente. — Tendríamos que ir pensando que hacemos. — Me van a sortear dentro de dos meses, según lo que salga vemos 42


Patear para adelante, ganar días. Postergar las decisiones. Como cuando escondía el boletín para evitar el castigo.En Trelew fusilan con el eufemismo de “Intento de fuga” a diecinueve presos políticos, recapturados luego de una fuga masiva que terminó con varios huyendo en un avión secuestrado. Se salvan una mujer y dos hombres, todos muy mal heridos. Mi padre se lamenta porque no los mataron a todos. En otro momento y en otra dictadura, no muy lejana, sus deseos se cumplirán religiosamente El general de turno afirma que el tirano prófugo seguirá en su estado natural y que no volverá porque es un cagón y que el que se queda en Sevilla pierde su silla y ¡Se acabó! Que para eso manda y es general.Perón vuelve al país, se queda unos días y se va a España otra vez. Deja a Cámpora para que se ocupe de todo. Las elecciones son un hecho y todo es campaña y muerte. Después, Cámpora presidente y Perón que manda. Los presos son liberados y hay un segundo retorno con enfrentamientos llenos de sangre inocente Luisa estaba muy inquieta ante las noticias duras que traían todos los días una cuota de muerte y sangre — A mí me da miedo esa colimba de mierda 43


Rucci muere asesinado en la puerta de su casa y la violencia es un tornado que nadie puede parar. Campora renuncia y lo reemplaza un petizo que colecciona corbatas. Yerno de un cabo de la federal, astrólogo y cantor de boleros, mano derecha del matrimonio Perón. — ¿Por? A la guerra no voy. Un poco de salto de rana y cuerpo a tierra y chau. Son los tres primeros meses, después no pasa más nada— El despelote está en todas partes y en boca de todos. La sangre verdadera es roja, la que muestran, de un gris opaco, no es nada. Yo voy a estar a mil kilómetros de eso. Las cosas de la política no me interesan. Los milicos van a poner mano dura y a otra cosa, yo voy a estar con ellos. Pero el miedo de Luisa me gusta. Me hace sentir importante. Un gordito culón, pero con uniforme, botas, casco y fusil. — ¡Y al que se me ponga adelante lo reviento! — ¿Qué decís?- Ni me di cuenta que soñaba en voz alta y Luisa me mira alarmada. — ¿Yo? No, nada. Pensaba en la oficina. Que se yo ¡Nada! Para terminar con eso, le doy un beso atrás de la oreja y la acaricio un poco. Luisa suspira, encantada, y se aprieta contra mi. 44


Un día, vuelvo de su casa a las diez de la noche cuando me detiene una patrulla de la policía. Son dos agentes de uniforme y tres hombres de civil que se quedan atrás. A los gritos me hacen poner contra la pared. Unas manos brutales me palpan y dos patadas me separan las piernas. Uno de los de civil se acerca y me pregunta a donde iba. Farfullé explicaciones y justificaciones para mi presencia en la calle. El otro sostiene en la mano mi cedula de identidad. — Siga, circule ¡Y que no lo vuelva a ver por acá! Aliviado, contento, agradecí con una sonrisa, y saludé, cortes y respetuoso Cuando le relaté el incidente a Luisa, describí a los que me pararon como corteses y respetuosos. Justifique todo y hasta detallé una charla llena de chistes y una despedida amable.— Pero mirá si te pegaban o te llevaban a la comisaría. — No, ellos saben cómo es uno con solo mirarte. Si te llevan es por algo ¡Yo no me meto en nada! Laburo, la política no me interesa y no jodo a nadie ¿Porqué se van a meter conmigo?

Otra vez elecciones y ahora es Perón-Perón y la misma violencia. La juventud maravillosa se transforma en imberbes

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ignorantes y los traidores en sabios dirigentes. Unos se van de la plaza y otros se quedan. La guerrilla ya es una presencia insoslayable. En el setenta y tres, cuando la primera de las dictaduras feroces se enseñoreó sobre Chile, estaba tan obsesionado con la vendedora de una camisería que me compré como cinco camisas, la chica jamás lo notó. El setenta y cuatro, debutó con la toma de un regimiento en Azul. Un gremialista destronó al gobernador de la provincia de Buenos Aires. El padre Mujica fue asesinado fríamente. El general abjuró de la “juventud maravillosa” y rajó a los jóvenes de la plaza. Poco tiempo después, en Julio muere Perón.

Gran conmoción. Ese día no se trabajó y la televisión

suspendió todo. Una sombra muy negra, con relumbrones aterradores

estaba cubriendo el país. Ya estaba sobre todos,

pero nadie se daba por enterado porque a nadie le interesaba enterarse. — ¡Es una vergüenza! ¡Como vamos a tener una presidenta! Todo se arruinó cuando la Eva les dio el voto a las mujeres ¡Y ahora una bailarina de presidente! ¡Dios nos libre y guarde! Mi madre está francamente indignada

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— ¡Y a vos que te van a sortear justo ahora!— No pasa nada vieja. Nadie se murió por hacer la colimba. Un poco de salto de rana y cuerpo a tierra y después un destino acá cerca, unos meses y la baja ¡Y encima voy a cobrar medio sueldo! Quiero creer que va a suceder así. Tucumán está lejos, con los guerrilleros se las arregla la cana. Yo voy a ser soldado y el ejército, se sabe, es la reserva moral de la nación. No está para pelear El consejero brujo y mano santa que fracasó en su intento de resucitar a Perón y ahora predica la utilización masiva de garrotes de quebracho como herramienta para enderezar el país, es el que manda detrás de la presidente. Sueña con las SS y crea la AAA y desde su Ministerio de Bienestar Social, salen bandas armadas para secuestrar, torturar y asesinar. Ahora la violencia es casi oficial y puede probarse la reacción de la gente ante tanto atropello.-

Al medio día de un martes. Estaba comiendo con dos compañeros de trabajo cuando el locutor del noticiero anunció el resultado del sorteo. Para los de mi número era la marina. Los otros, ya ex colimbas, me aseguraron que era lo mejor y

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para corroborarlo, apilaron datos de su reciente experiencia.— Es un poco más largo, pero no vas a comparar el trato— Y la comida che. Yo me cagué de hambre tres meses. Cuando volví a mi casa, después de la instrucción, mi vieja me miraba y lloraba.— Y andás bien vestido, con pilchas nuevas. El azul marino es ganador viejoClaro que yo soy más bien petiso y el azul le queda bien a los altos, pero bueno, igual las minas se mean por los marinos. – — Y mirá si te toca navegar. Por ahí te ligas un viajeInmediatamente me vi en el puente de mando, en medio de una tempestad, la piel bien tostada, arrugas en los ojos, el gesto fiero…y las olas como casas y vomitando hasta el apellido, cagado de frío —

¡Ni en pedo!

Y siguieron las frases de compromiso y el pretendido aliento. A decir verdad, yo mal no estaba. Ni siquiera llegué a soñar con el mágico número bajo de la absolución por lotería. En el comedor, éramos dos los sorteados, al otro le tocó aeronáutica.-

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— Y bueno, un año pasa rápido Cuando volví a casa, encontré a mi vieja muy amargada. Ella esperaba un milagro. Mi padre me anticipó que el año de uniforme me convertiría en un hombre. Quise encerrarme en mi pieza, rumiar el futuro que ya estaba ahí, a solas. Pero recibí, y acaté, la orden de cambiar las piedras sanitarias del gato. Muñido de una bolsa de papel grueso, con las manos enfundadas en polietileno y el asco que me convertía en vinagre el estómago, fui metiendo en la bolsa los excrementos negros y pegajosos y las piedras sucias. Después, con la sensación del olor en la nariz, me lavé las manos en el piletón del patio, bajo la mirada vigilante del gato blanco, enorme.— ¡Hijo de puta! Si no estuvieras castrado te corto las bolas con un vidrioEl gran animal me miró fijamente y esponjó el pelo con una sacudida. Soltó un maullido despreciativo y se alejó pisando cuidadosamente la pared coronada de vidrios rotos.Quise escuchar música, pero papá estaba con la televisión y no quería que lo moleste. Sonó el teléfono y mamá atendió. Era mi novia. No quería hablar con ella. Salí a la calle. Tomé un colectivo y me fui al centro. Me metí en uno de los cines de Lavalle. En la primera proyección me dormí. Cuando 49


las luces se apagaron por segunda vez, vi la película, aunque no le presté la menor atención. Terminé esa tarde amarga, comiendo pizza con moscato. — Mañana me voy a morir del dolor de cabeza. ¡Ma si! Al carajo todo Me faltaba saber que era todo. La mujer con voz de pito y peinado imposible, autorizó, con el beneplácito de la clase política, la aniquilación de los terroristas. Yo estaba, y quería mantenerme, al margen. Había recibido la notificación. Me incorporaban en Marzo. El resto del año pasó muy rápido. Quise hacer un montón de cosas, seguí cambiando piedras. Luisa se iba a Mar del Plata con los viejos y me invitó a pasar unos días allá. De golpe los diarios se llenaron de enfrentamientos en los que morían terroristas. Calculé lo que me quedaba antes de incorporarme en horas, minutos y segundos. Quise hacer un montón de cosas, pero no hice nada, Marzo llegó muy rápido.

A las seis de la mañana estaba en Campo de Mayo. Alguien desparramó el rumor que ese día nos fichaban y después volvíamos a casa. Muchos quisimos creerlo. Para la tarde ya estábamos pelados, vestidos con un overol gris y con la

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espalda dolorida por una inyección que nos protegería de todas las enfermedades. Ese mismo día, Angelelli, un obispo del norte, hablaba a los feligreses reunidos en la misa del domingo — Hay hombres ciegos, que no pueden ver; hay también hombres cegados, que no quieren ver las cosas como son, sino como ellos las juzgan; y hay hombres cegadores, que pretenden que los demás no vean la realidad como es, sino como ellos quieren que sea.Les hablaba a todos, y lo escucharon atentamente los que ya tenían programado su asesinato. Ya van dos semanas de levantarme antes de que salga el sol. Bañarme con agua fría. Desayunar mate cocido con pan. Comer lo que me dan. Correr, sentarme con un salto, saludar. Ya me llamaron “Tagarna” Aprendí un nuevo insulto: “Civil” Un suboficial, petizo y gritón, nos enseñó ¡y guay con olvidarlo! Que; los que no son oficiales no son señores y que nosotros somos

“Coludos” Ahora, la primera mirada cuenta las

rayas de la manga. La vieja costumbre de obedecer y no pensar. Callarme y mirar desde afuera. Estar siempre en el montón. Silencioso y distante. Una orden se recibía, se cumplía y chau, el brazo ejecutor de otro cerebro. Y así fue que gané prestigio. Conmigo se podía contar, no hacía 51


preguntas, no tenía dudas, pocas emociones, menos escrúpulos, y eso funcionó. El primer día, el oficial a cargo nos formó a todos frente a las altas verjas de la Escuela de Mecánica de la Armada. Por Libertador zumbaban los autos. Después de una arenga, que nadie escuchó, nos ordenó — “¡A la verja carrera marrrr! ¡Colgar los huevos hasta que salgan de baja! ¡Carrera marrrrr!” — Y todos salimos de estampida y simulamos la orden tocando la traviesa superior. Desde las ventanillas de autos y ómnibus, la gente nos miraba. Algunos sonreían. Yo me lo tomé al pié de la letra. Después de cuatro semanas de instrucción básica, se asignaron los nuevos destinos. Fueron tres días de estómagos crispados por la ansiedad. Cuando aparecieron las listas, me enteré que mi base era la escuela de mecánica. Las caras mas largas eran de los que se iban a la infantería de marina. Yo estaba más que satisfecho, estaba a diez minutos de mi casa y por lo que averigüé con los antiguos, la pasaban razonablemente bien. Por un momento envidié, sin entusiasmo, a los que se iban a Puerto Belgrano para embarcarse en alguno de los buques. Pasaron dos días sin “bailes” significativos. Me mandaron a cortar el pasto de las canchas cercanas al río. A pintar un aula llena de humedad. A trabajar de mozo en el casino de oficiales. Todo para justificar el tiempo. Nadie se preocupó por lo que hacíamos. El viernes tuve mi primer franco y 52


estrené el uniforme de salida que me dieron un día antes, junto con el resto de la ropa y un bolso de lona gruesa. La llegada a casa, después de treinta días, fue un acontecimiento. Hasta mi viejo me trató diferente. Cuando me puse la ropa, que ahora era “de civil” me sentí raro. La cabeza rapada proclamaba mi condición de conscripto. Sentía que todos me miraban. No era así. En el club me cargaron un poco. El secretario me ofreció la cuota gratis por el año “bajo bandera” y me felicitó, vaya a saber porqué. Para Luisa, fue como si volviera de la guerra. Con los ojos empañados de emoción, no paraba de abrazarme y besarme. Me sentí incomodo y halagado a la vez con tantos mimos. Esa noche había un asalto en la casa de una de las chicas y fui con ella. Nos quedamos lo justo para disimular. Después, un hotel. Era lo que tenía que hacer y cumplí. Antes de salir de casa tuve que cambiar las piedras y en eso pensé toda la noche. Mientras ella gemía y suspiraba, yo decidía firmemente, que esa había sido la última vez — ¡A la mierda con esas piedras putas! –

El lunes, a las siete de la mañana, volví a la rutina cuartelera. Estaba de imaginaria en la cuadra cuando entró un teniente de navío. Lo había visto alguna que otra vez, parado 53


al costado del patio de maniobras. Muy alto, muy flaco, muy distinguido. Frío y distante, nos miraba correr, mientras fumaba un cigarrillo tras otro. Nadie sabía como se llamaba o que hacía. El oficial interrumpió mi saludo y ordenó continuar, cuando asumí la posición de firmes. Se sentó en una de las camas y me señaló la de enfrente. Encendió un cigarrillo y habló de un montón de cosas. Algunas me parecieron inconexas. Después de un buen rato de escuchar, sin decir una palabra, me enteré del porqué de la visita. El hombre estaba en la inteligencia naval. Para todos, era el Teniente de navío Heinz. Pero esos no eran, ni su grado, ni su nombre verdadero. Solo los usaba “En operaciones” Estaba formando un grupo especial y me había elegido. No era una orden, la comisión era voluntaria. Si no quería, decía que no y buenas noches. Pero si decía que si, iba a tener que hacer cursos y entrenarme mucho. Me quedé sin aire, me habían distinguido entre mil colimbas ¡A mi! Para este tipo yo estaba entre los grandes ¡Por fin! Me habían venido a buscar. No podía hablar coherentemente. Articulé un sí entusiasmado. El oficial me miraba muy fijo a los ojos cuando me tendió la mano que estreché emocionado ante la sonrisa cálida que acompañó al gesto. Perdido en mi orgullo y satisfacción, no advertí que los ojos, azules y fríos, en ningún momento dejaron de estudiarme. Cuando se iba, el que no era quién 54


decía, se dio vuelta y, como al descuido, me informó que quedaba ascendido a “Cabo primero en comisión” Cabo primero ¡Yo cabo primero! Hice la venia y solté un ¡Comprendido señor! Que hizo retemblar los vidrios de la cuadra, me contestó ya de espaldas, moviendo la mano. Yo estaba deslumbrado. Como mi viejo, cuando me escuchó pedirle a mamá, que me cosiera las tres tiritas en los uniformes. Igual tuve que cambiar las piedras. Pero mitigué el asco viendo la cara de mi viejo. Me estaba yendo, los dos lo supimos.

La primera reunión del grupo. Nos encontramos en el gimnasio grande, vacío para la ocasión. Doce flamantes cabos en comisión venidos de todas las bases del país. Cuatro de Buenos Aires, dos de Río Gallegos, dos de Punta Alta, uno de Madryn, uno de La Plata, uno de Usuahia y uno de Trelew. La presentación, a cargo del que no era Heinz, duró como tres horas. Una catarata de palabras que quisieron ser arenga, sumario e historia, y únicamente sirvieron para aburrirnos a todos. Solo rescaté que los comunistas, aliados con los judíos, querían tomar el poder. Que los peores enemigos estaban en las universidades. Que los políticos y la democracia eran la mayor desgracia y que se avecinaban cambios fundamentales. Por eso teníamos que estar preparados

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y vigilantes. Después nos dividieron en grupos de tareas. Tuvimos clases de contra información, judo, historia, política, y manejo de armas. Aprendí a interrogar. Un suboficial infante nos enseñó, metódica y fríamente, ante una lámina, los lugares más sensibles para producir el dolor que lograría respuestas. El dolor es miedo y saber que yo iba a provocarlo me hacía sentir erizado y ansioso. Nunca antes había podido soñar con algo así. El miedo siempre había estado de mi lado, con mi padre, con los otros chicos, con las mujeres. Era fantástico poder trasladar a otro esa desnudez total, el querer ser cada vez mas chiquito, la soledad. Producir dolor era el medio. Lo importante era el miedo. Aunque el interrogado fuese un compañero de curso que solo “hacía” de marxista. Saber que yo podía provocarlo fue una sensación extraña, excitante. Me entusiasmé tanto que una vez llegue a pegar un par de piñas, y me pasé tres días encanado. El jefe me llamó para ponderarme la energía, la capacidad y la entrega. Pero, como me dijo después — Tenés que aprender a esperar pibe. Ya falta poco. Ya te vas a sacar las ganas Noviembre, un mes antes de la baja. Uno de los porteños, Dalino, el Perro, según el indicativo que le adjudicaron, no se presentó a la formación de la mañana. Ya nadie supo mas de

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el. Era el único del grupo que criticaba todo. En la relativa intimidad de la cuadra, llamaba a los oficiales, fachos y hablaba de los trabajadores y tenía una imagen del Che en la contratapa del cuaderno de apuntes. A veces discutía con el y casi nos trenzamos después de una de las clases de política. Me trató de chupaculos ignorante. El Zorro, otro colimba, dijo que había visto al desaparecido entrar al casino de oficiales. Yo me hice el sota, no era para andar diciendo por ahí que el jefe me había estado haciendo preguntas sobre las ideas y lo que decía el Perro. Le conté todo y también le aclaré que era el único que andaba con esas boludeces.Diciembre, la baja ya está ahí. Los primeros se irán en diez días. El jefe sin nombre, que para la ocasión estrenaba un distinguido von Wernich, me convocó a su oficina.— Bueno pibe. Ya se te termina. O recién empieza ¡Vas a tener que elegir!-Y esos ojos helados no se perdían nada. Empezó con una perorata sobre las condiciones que demostré en el tiempo de servicio. Me ofreció quedarme. No a la baja. Si aceptaba me convocarían mas tarde. Dos o tres meses. Iba a integrar, esta vez en serio, un grupo de tareas.  Nadie, ni su madre che, tiene que saber nada de esto Comprendido señor57


 La patria lo necesita che. Hay que salvarla de estos zurdos ateos y de los políticos corruptos que les hacen el juego Comprendido señor-No se me ocurrió otra cosa más que la fórmula ritual de sometimiento Después supe que, de todo el grupo solo habían elegido a cuatro. El cordobés “Lobo” el de Madryn “Picho”y uno de Buenos Aires “Turco” que para mi, parecía medio marica. Los tres aceptaron.

Otra vez civil. En el trabajo me reconocieron las vacaciones que debía tener mientras estaba en el servicio y me pasé quince días sin hacer absolutamente nada mas que dormir, mirar televisión y ver, muy poco, a Luisa. Dos días antes de la vuelta, envié el telegrama de renuncia. Tuve que aguantar, sin abrir la boca, la indignación y las feroces recriminaciones de mis viejos Cuando Luisa quiso tomar partido la corté con un- ¡Dejame de romper las pelotas!Además, me resistí a cambiar las piedras del gato, pero no perseveré y al final, protestando, obedecí.-

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1976 El año empezó bajo los peores augurios. Un gobierno de incapaces. La vida a precio de liquidación. Bombas, atentados, represión indiscriminada y feroz, legal y de la otra. Nadie se preguntaba que iba a pasar, solo apostaban a cuando. Para mí, todo seguía igual, salvo la espera del llamado y los reproches permanentes de todos, incluida la madre de mi novia. Uno de los muchachos de la parroquia me propuso hacer un retiro espiritual. Cursillo de cristiandad lo llamó. Como antecedente de peso me informó que, a ese cursillo pertenecían Onganía, Lanusse y varios apellidos ilustres. Acepté por no tener nada que hacer y para estar tres días lejos de los reproches familiares por mi falta de interés en trabajar. Un jueves, a la tarde, nos juntaron en el gimnasio de un colegio religioso y, amontonados en un transporte escolar, salimos hacia el lugar del encuentro, despedidos por una multitud que nos aplaudía, felicitaba y palmeaba como si fuéramos a una cruzada. El retiro transcurrió en una quinta de Pilar. Tres días encerrado, aislado del mundo. Empezaron con una noche de silencio, ayuno y Vía Crucis en el que, cada uno, por turno, llevó la cruz. Después vinieron dos y tres sesiones diarias de adoctrinamiento disfrazado de

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testimonios. Largas peroratas que nadie podía cortar con preguntas. En cada intervalo y antes de cada reunión cantaban una canción popular mejicana que hablaba de los colores, los pajaritos y las flores. En uno de los almuerzos, el comedor; mágicamente, se llenó de flores y mariposas. Yo, que siempre fui un solitario, recibí una pila de cartas de gente que no conocía y me llamaba hermano. A pesar de mi frialdad y desinterés, tanto golpe bajo, bien estudiado, me emocionó. Cuando las jornadas terminaron, volvimos al gimnasio del colegio, que ahora estaba oscuro y silencioso. De golpe, el lugar se llenó de luz y aplausos. Fuimos recibidos como héroes o santos por una multitud que nos esperaba escondida y en silencio. Me pidieron que dijera unas palabras y farfullé agradecimientos y votos de arrepentimiento y buenas intenciones. Y en ese momento lo sentía así. Casi un calco de los demás. El jefe sin nombre me llamó el último Domingo de Enero Hola pibe ¡De Colores! Era el saludo ritual de los cursillistas. Por un momento no supe que contestar. Al final tartamudeé un ¡De colores! Vacilante  ¡Como carajo lo supo!

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Febrero. La inflación sobrepasa el trescientos por ciento. Mi madre, maldiciendo los precios  ¡Todos los días sube todo! ¡No se donde vamos a terminar con esta yegua que no sirve para nada!- Atendió el teléfono. Una voz impersonal preguntó por Eduardo, no estaba y me dejaron un mensaje. Tenía que presentarme en la ESMA. Mi vieja tartamudeó la respuesta, trató de enterarse del motivo, pero cuando se animó a preguntar, del otro lado ya habían cortado. Cuando llegué me dio la noticia y se quedó esperando una explicación que no explicó nada y que a mi viejo no le bastó. Preguntó, exigió, amenazó, no se resignaba a perder el dominio sobre la vida de su hijo. Exageré una historia de méritos y valía, cualidades que me habían calificado para el cuerpo de oficiales. Les dije que todo era secreto. Que se conformaran con saber que, desde que salí de la colimba, ya era oficial de marina. Aproveché el cambio de las piedras para irme de la cocina. Por eso no vi la cara de asombro y descreimiento de mi padre; ni el arrepentimiento de mi madre por lo mal que había tratado al nene  ¡Viste viejo! No nos podía decir nada ¡Pobre!

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Cuando terminé, me fui a lo de mi novia. Repetí la historia. Saboreé la admiración y el miedo de ella y el respeto incrédulo de mis suegros. ¿Y si te pasa algo? Todos los días ponen bombas ¡Si te lastiman me muero! Vos tranquila. Conmigo no van a poderOtra vez me encontré atravesando los portones de Escuela de Mecánica. En la guardia me indicaron que debía presentarme en el casino de oficiales. Cuando entré me encontré con mis tres compañeros de colimba. Había varios más que no conocía. Casi todos estaban vestidos de civil. Como a la hora, entraron los jefes. El Teniente de Navío ahora ostentaba la tira ancha que lo identificaba como Capitán. Nadie sabía si era cierto. Saludos, presentaciones y una orden terminante. A partir de ahora éramos militares en operaciones. Nos alojarían en los camarotes del casino y teníamos que repasar los cursos de entrenamiento. No teníamos salidas ni podíamos hablar con nadie hasta nueva orden. Vuelta a la colimba hermano- Me susurró uno de mis compañeros

La actividad fue frenética, aparte de los cursos, hubo un intenso trabajo de preparación. Se tomaban fotos, se 62


confeccionaban listas. Perfeccionaron los métodos de interrogatorio, claro que ahora no practicábamos entre nosotros. Con la picana no se jode.Buscábamos subversivos marxistas, sindicalistas, activistas. Teníamos que descubrirlos allí donde sé mimetizaban con estudiantes, amas de casa, obreros. Se habían hecho curas y hasta obispos había. Estaban en todas partes, eran enemigos poderosos y muy peligrosos, querían terminar con el mundo occidental y cristiano. Nosotros éramos los encargados de impedirlo. Marcar el camino, extirpar el mal de raíz. La patria estaba en peligro. Estábamos en guerra.Ya estaba casi lista la puesta en escena, los jefes tenían la experiencia acumulada en incontables golpes disfrazados de revoluciones que no revolvían nada y se integraban a un plan de sometimiento diseñado y ordenado allá en el norte y que ellos tenían la misión de instalar en el país. Tenían todo muy claro. Y esperaban confiados. Nosotros seriamos los brazos ejecutores. Los elegidos.-

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SEGUNDA PARTE

El gimnasio rebosaba de hombres en uniforme. Había oficiales de todas las graduaciones. Hasta un almirante que, sin hacer caso de categorías, conversaba unos momentos con el que se le cruzaba. Mediada la mañana, empezamos a impacientarnos. Nadie sabía para que, nos hubieran reunido, y las versiones variaban con cada uno. — ¡Atención! El ladrido, gutural y potente, sobresaltó a todos. El almirante ocupó la tarima, ubicada bajo uno de los aros y detrás, se alinearon algunos oficiales y un sacerdote. El resto de los hombres formó, más o menos en orden. El discurso fue breve y tocó todos los lugares comunes y frases hechas que escuchábamos a diario. Cuando finalizó, un capitán de navío, que nadie conocía, anunció que; desde ese momento, los asimilados, los llamó “Voluntarios de la patria” eran Tenientes de Corbeta en comisión, con todos los atributos y beneficios del grado. El sacerdote bendijo a todos, habló de Dios, del sacrificio, y de la salvación que llevaríamos a la patria, desgarrada por el libertinaje y la subversión de los valores occidentales y cristianos, éramos soldados de Cristo 64


en la guerra contra el mal. Junto con las tiras, nos entregaron una nueva identidad. A partir de ese momento fui Adrián Schultz, así constaba en los nuevos documentos.—

El número es casi el mismo. Como nos enseñaron en el curso. Pocas diferencias para no confundirse. Pero lo importante es que tengo otra vida, puedo hacer borrón y cuenta nueva. Ahora soy otro

Incorporado a uno de los grupos de tareas, el número 4, recorrí, en misión de vigilancia, los alrededores de la escuela. Por primera vez, tomé contacto directo con aquellos que, poco tiempo después, serían nuestras presas. Dos muchachos intentaban pegar un cartel y un cabo los sorprendió y me los trajo. Pasé un buen rato mirándolos; en silencio. Estaban aterrados. — No estábamos haciendo nada…no… — Solo pegábamos una cosa nosotros no… — ¡Silencio! Ustedes hablan cuando yo lo diga Corté las explicaciones, no quise que nada me distraiga de ese miedo visible, palpable, que provocaba y gozaba por primera vez. Le ordené al cabo que los ablandara un poco y me alejé unos pasos. Adiviné las caras crispadas y las súplicas; cuando escuché los golpes y los gemidos sofocados. Al acercarme nuevamente, los pibes lloraban, había un poco de 65


sangre, alguna marca. Y terror que se olía, ojos desorbitados. El cabo, con una sonrisa helada, se frotaba los nudillos, solo habían sido un par de piñas, pero los presuntos “subversivos” temblaban aterrorizados, pendientes de mi, y ¡qué sensación! era su dueño y señor, podía decidir sobre ellos. Era el protagonista de la frase que tan bien conocía “Yo te di la vida y yo te la quito” Me embriagué de poder, omnipotencia, grandiosidad; y fui magnánimo, los dejé ir. Después tuve que rendir cuentas ante el jefe, que ahora era “Indio”, según la nueva identidad. Me miraba muy fijo mientras le daba las novedades — ¿Y porque se fueron? — Eran dos perejiles, no valían la pena. Ni sabían lo que hacían — ¿Y quién lo decidió? Todavía me duraba la borrachera de poder, a lo mejor por eso no reparé en el tono de la pregunta y contesté con suficiencia. — Yo señor. Eran dos boludos De golpe me di cuenta de que había decidido solo. Nadie me ordenó nada y las preguntas en realidad son acusaciones que pueden terminar muy mal 66


— Si ahora no digo lo justo me rompe el culo a patadas — Si los pasaba, eran dos mártires populares caídos en la lucha; y toda esa cháchara de la represión. Así, son dos imbéciles que se dejaron agarrar. Esos perejiles, con el susto que tenían, van a perder las ganas de hacerse los héroes. No molestan más, y de paso les van avisando a los otros lo que les espera cuando se quieran hacer los vivos Alivio al ver que la mirada fría se suavizaba y la tensión desaparecía de la cara — Puma, usted es bueno para esto. Pero la próxima vez; consulte. Alguno puede malinterpretar y no quiero que quede en falta — ¡Comprendido señor! Siento el frío del sudor que me empapa la camisa, las manchas de la cara, más rojas que nunca. Estuve en el borde y no me caí. — Me parece que zafé por poquito — Preséntese al oficial de guardia en el casino. Le va a entregar un detenido. Tiene que llevarlo a la Prefectura en el aeródromo de San Fernando— Comprendido- Ya salía, cuando el jefe me habló.

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— Ni se le ocurra sacarle la capucha. Pase lo que pase esa basura tiene que ser entregada sin que nadie se entere. Esta vez no tome decisiones ¿Está claro che? — Si señor. Ni el va a saber que se fue — No se haga el vivo Puma, solo cumpla la orden. Esto no es una película- Otra vez el tono helado. Otra vez la fiera que se asoma lo justo; para que me quede bien claro que está ahí, dispuesta a saltarme a la garganta. Saludé y me fui para el casino. De pasada le ordené al cabo que me siga con la camioneta que tenemos asignada. No le adelanté nada y utilicé el mismo tono, frío y cortante, del jefe. Pero, aunque me esforcé, no me salió igual.Cuando llegué al edificio ya me estaba esperando un suboficial — ¿Viene por el paquete?- No hay saludo ni formula. — ¿Usted me lo entrega? No intenté adoptar poses de autoridad. Los sumbos de carrera son importantes, y yo vengo de afuera, soy un colado. Cuando llega el cabo-chofer, entramos al edificio. Derrumbado, más que sentado, contra una de las paredes, hay un hombre encapuchado. La ropa, o lo que queda, está muy sucia. Los jirones dejan ver carne desgarrada.

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— Lo tiene que entregar en San Fernando, ya lo están esperando. Que le firmen la entrega No le contesto con el “Comprendido” ritual porque a último momento recuerdo que, a pesar de todo, tengo tiras. El otro mira al cabo y en su honor ensaya un desvaído “Señor” como atrasado fin de la orden. Finjo leer los papeles del traslado y mascullo un saludo antes de retirarme. Para llevarlo al móvil tenemos que levantarlo entre los dos. Apenas puede apoyar los pies, que están muy lastimados. Cada paso le arranca un gemido. El interior de la camioneta se llena de un horrible hedor y el cabo se queja por tener que llevar a semejante roñoso. El encapuchado me parece familiar, pero no llego a identificarlo. Por un momento pienso en levantar la capucha. Pero hoy ya me salió todo bien y arriesgar mas sería demasiado — ¿Dónde me llevan? Poco más que un susurro. La boca está muy lastimada, no se le entiende demasiado Pero a mi me basta. Conozco esa voz; el prisionero es el Perro. Apenas una verificación. Pero una racha helada me recorre la espalda y me eriza los pelos de la nuca. No puedo evitar el miedo. De golpe me doy cuenta que no hay red y la cornisa por la que camino es muy angosta

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Le pasó por boludo ¿Qué tenía que andar hablando al pedo?

Me quiero convencer, tranquilizarme — ¡Agua, por favor agua! ¡Me muero de sed!— Ya te vas a morir de otra cosa ¿Sabes volar pajarito? El chofer es un cabo “de carrera”

ellos saben siempre un

poco más. Y este tiene pinta de buchon. — Seguro que me lo puso para enterarse de todo — Basta cabo. Cállese y maneje Quiero hablarle frío y autoritario, pero un falsete me arruina el personaje — Comprendido ¡Señññorrr! El otro se burla y yo hago como que no me enteré. El viaje sigue en silencio, cargado de tensión, alterado solo por los ruegos y el llanto del prisionero. Cuando llegamos a San Fernando, tomamos la ruta que lleva al pequeño aeródromo. Los pozos renuevan los quejidos. En la entrada nos espera gente de prefectura que se lleva al Perro hacia un pequeño bimotor, feo y cuadrado — Un cajón de muertosNo puedo evitar un temblor que me recorre el cuerpo como una corriente eléctrica. Repaso todos mis gestos. Que dije y las 70


órdenes que di. Está todo bien. El cabo no puede sospechar que reconocí a mi ex compañero. — ¿Me lo habrá hecho a propósito? ¡Si! Esto fue una advertencia por lo que hice. Tendría que haber entregado a esos dos junagranputa y no hacerme el importante ¡Soy un pelotudo!

Marzo, la UCR proclamaba la ineptitud del gobierno. “La Opinión” anunciaba el apoyo del noventa por ciento del país en caso de un golpe militar, y pedía que se lance la guerra contra el terrorismo de una buena vez, sin prejuicios ni timideces. El veintitrés “La Razón” anunciaba “Es inminente el final, todo está dicho” La noche anterior el jefe nos había reunido a todos. Solemnemente y juramentándonos en un secreto, inútil dado que todo el mundo sabía y esperaba, nos largó un discurso. Que la patria, que la subversión apátrida, que la civilización occidental y cristiana, que la barrera contra la marea roja, que patatín y que patatán. Solo al final soltó la bomba. — En dos días entramos en operaciones. A cada grupo se le asignarán blancos que deberán levantar y entregar para ser interrogados. ¡Vamos a entrar en combate contra los

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enemigos que se esconden atrás de los trapos rojos con los que quieren reemplazar a la gloriosa bandera celeste y blanca! ¡Somos los guardianes de los valores tradicionales de la patria! ¡Subordinación y valor! — ¡Para servir a la patria! Y ya estaba ahí. Tenía expectativa, miedo, una curiosidad malsana y la sensación, ya conocida, del corcho en la corriente. — Entrar en operaciones, levantar blancos ¡Que manera de hablar al pedo! Mano requetecontra dura, tortura y muerte a todos esos pendejos pelotudos que sueñan con el Che. Lo del Perro fue una muestra de lo que se

viene

¡Los muertos necesarios que pide mi viejo! Por suerte yo estoy en la vereda del sol.Hubo risas, abrazos, felicitaciones. Un jolgorio que se cortó cuando el que tenía mil nombres, grito desaforadamente — ¡Atención! El almirante hizo una entrada solemne. Miró fijamente a cada uno, mientras estrechaba manos y desparramaba sonrisas. Detrás caminaba un cura de sotana ribeteada en rojo; bendijo a todos y nos llamó “soldados de Cristo” Después, los consabidos discursos, que no variaron demasiado de los que ya conocía de memoria. La reunión terminó con una misa en la que 72


todos recibimos la comunión. El jefe ofició de monaguillo, y me sonrió cuando me puso la ostia en la boca.-

El diablo, que se había mudado unos años antes a esta parte del mundo, amparado en sus mil formas, recorrió el país de punta a punta. Tomó nota de las parejas que soñaban un futuro distinto para los pibes que crecían en las panzas de las mujeres. Vio a un grupo de chicos solidarios y se rió con carcajadas sordas. Leyó los artículos de un tal Rodolfo Walsh y al lado de su nombre, escribió OJO y lo subrayó tres veces. Miró, con asco mal disimulado, a un grupo que tocaba la guitarra y cantaba disfrutando del placer de estar juntos. Buscó con especial cuidado a los poetas, y los fue señalando uno a uno. Para no ver una pareja de amantes que se miraba con ternura, entró a un edificio majestuoso. Se sentó en uno de los profundos sillones del salón en el que se reunían varios empresarios. Cuando uno de ellos se vanaglorió de su amistad con el almirante, se le escapó un ¡Que boludo! porque sus seguidores no tienen amigos, en la larga lista anotó ESPECIAL y siguió. No podía, como es lógico, apersonarse en la casa de su peor enemigo, pero tenía mucha de su gente ahí y estaba muy bien informado. Sabía de cierto obispo, allá en el norte, de unos curas palotinos y de dos monjas que

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llegaron de Europa. La gira incluyó obreros, estudiantes, madres, padres e hijos, pobres y ricos. Sus preferidos eran los que nunca sabrían porque, los inocentes, como antes, dos mil años antes, para ser un poco mas preciso. Había muchas cruces esperando, todos tendrían su lugar Sus acólitos eligieron tres lacayos para invitarle formalmente. Y el aceptó con entusiasmo. Restregándose las manos se refociló pensando en las sombras del terror, la traición, la desesperación y el dolor que habrían de cubrirlo todo. Sus carcajadas resonaron en las cavernas de fuego cuando pensó en el sacrificio de los hijos de los que le habían llamado. Veinticuatro de Marzo, a las doce de la noche, su hora preferida, hizo una entrada triunfal y quedó a cargo. De inmediato, instaló un infierno que desvalorizó al Dante. La muerte cambió el negro de siempre, por un verde oliva sucio. Los sonidos del terror resonaron por todas partes. Las trompetas ocuparon el lugar de las guitarras y las marchas militares fueron conciertos. En cada cruce de avenidas, cascos de acero y caras siniestras. Voces chirriantes exigiendo documentos. Armas prontas a disparar irrazonablemente. Las calles quedaron desiertas. Los cuarteles, bases y comisarías, se llenaron de gritos,

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llantos, súplicas y terror. Los campos de concentración ya no eran pesadillas del pasado, allá, en la Europa bárbara. Las radios transmitían órdenes y comunicados de la junta de comandantes o noticias de enfrentamientos feroces, que siempre terminaban con varios subversivos cosidos a balazos. La revista Gente publicó un número especial; enseñando que hacer para no enojar a las fuerzas de ocupación, y la gente dejó de serlo para revistar entre los que ya no eran más que nombres en una lista. Aún nadie sabía que eran los NN, porque la larga noche recién

comenzaba

Me asignaron una de las listas con nombres y direcciones de subversivos, mi grupo de tareas, era uno de los tantos espantos que recorrían la ciudad velozmente. La primera misión. El delegado sindical de una fábrica de auto partes. Tres coches sin identificación; cargados con doce hombres armados hasta los dientes. Nos desplegamos frente a la entrada de un edificio de departamentos. Toqué el timbre del portero, que contesto de mala gana y se dulcificó instantáneamente cuando entendió lo que estaba pasando. Tres hombres subieron por las escaleras y yo, con cinco mas fuimos hasta el quinto piso, en el único ascensor. En silencio nos agrupamos ante la puerta marcada con la “C” Un cabo muy 75


corpulento la abrió con una feroz patada, y entramos a los gritos con las armas listas. En el comedor; dormía un pibe que se despertó sin entender nada, y miraba, paralizado de terror. En el único dormitorio, estaba el blanco, acostado junto a la mujer; una gorda que gritaba, lloraba y temblaba de miedo. ¡Miedo! Se olía en el ambiente, cubría todo con un sudario invisible pero palpable. Lo disfruté infinitamente. Amartillé la pistola contra la cabeza del hombre, sin perder un detalle de los estremecimientos, del llanto contenido, del tartamudeo in entendible. Ordené que lo arrastraran por los pelos hacia la salida. Mientras tanto, los demás dieron vuelta todo. Ví cuando uno de mis compañeros se guardó algo, que sacó de uno de los cajones. Pero no hice ni dije nada. Encapucharon al hombre y lo metieron en el baúl del móvil. Cuando llegamos a la ESMA, lo llevamos al primer piso del casino y allí lo dejamos. Los interrogadores ya se encargarían. Los gritos de dolor parecían llenarlo todo. De golpe tuve apuro por salir de ahí. Las misiones se repitieron. Siempre el mismo método. Entrábamos a las casas rompiendo la puerta a patadas. Sacábamos a los blancos de las camas o de las mesas tendidas. A golpes las llevábamos al móvil y rápidamente los entregábamos a los interrogadores. En el camino quedaban; familiares horrorizados, chicos llorosos, abandonados, en 76


manos de vecinos llenos de miedo, que trataban de exorcizar a la bestia adjudicándoles pecados a las víctimas. “Algo habrán hecho” se susurraba en orejas ansiosas, que no querían saber; porque no se atrevían a imaginar. Las misiones dejaban un saldo en dinero robado, escamoteado al botín general. Vueltos, que guardaba escrupulosamente en una cuenta de ahorro. Una noche, el que ahora era “Rolf” formó una patota especial. Tenía que agarrar a una pareja de alto cargo en la “Orga” Los entregó uno de los que recién había caído. — No aguantó ni tres minutos el muy flojo. Y ahora hay que apurarse antes que los otros tengan tiempo de desaparecer. Pase lo que pase, hay que agarrarlos vivos. Esa gente sabe mucho. Si hay que tirar, que sea a las piernas ¿Comprendido? Salimos en cinco autos que tomaron diferentes rutas y se juntaron frente a la casa. Sin un ruido nos desparramamos cubriendo los costados y la calle de atrás. Yo estaba con los que rompieron la puerta y entraron a los gritos. Un pibe, alto y flaco, con barba de días y en calzoncillos, nos esperaba con una pistolita empuñada. Ni lo pensé cuando me zambullí en un tacle perfecto que derribó al muchacho e hizo volar el arma. 77


— ¡La mujer! ¡Hay que encontrar a la mujer! El jefe me palmeó de pasada — ¡Bien hecho Puma! Dos grandotes de la patota se encargaron del pibe que lloraba sin resistirse. Me fui para la cocina y, escudándome tras las paredes, abrí las puertas, una por una. Estaba en el lavadero. Me miraba con desprecio y burla. La boca, apretada hasta desfigurar la cara, denunciaba que había tragado algo que la salvaba de la debilidad de la carne torturada — ¡Acá está! ¡Rápido, la guacha se envenenó! Le pegué un cachetazo con la mano bien abierta, para que escupa la pastilla. Pero era tarde. La chica, joven y con un embarazo muy avanzado, era una muñeca desarticulada, monstruosa con su panza inmensa. Me quedé duro. Ni siquiera advertí que el jefe estaba parado en la puerta, sumido en un silencio reverente — ¡Qué coraje el de esta hembra! Mire esa cara che. Nos está puteando. Y encima ¡Preñada! ¡Que mujer! A mi, solo me importó que ella se había escapado del miedo. Que no tuvo tiempo de rogar por su muerte y la del pendejo Dos cabos levantaron el cuerpo y lo llevaron a uno de los autos. En otro, el hombre, encapuchado, lloraba a los gritos. 78


Para mi familia me convertí en una celebridad. Mi viejo hablaba, en voz baja, de: “La actuación de mi pibe en la lucha contra la subversión”

Y dejaba entrever que el también

tenía algo que ver. Mamá, orgullosa, le contaba a las vecinas, el verdulero, el carnicero y todo aquel que tuviera la mala suerte de estar con ella mas de dos minutos —

“El nene ahora es oficial de la marina. No lo dejaron ir cuando salió de baja de la

conscripción. El jefe le

pidió personalmente que se quede” -Y agregaba, gozando las miradas de envidia – “Está en la Escuela de Mecánica, conoce a todos. Hasta le dio la mano al almirante” Repetía el discurso habitual en la panadería cuando una señora, a la que no conocía, habló con desesperación — Señora no esté tan orgullosa. Algún día se va a saber todo y entonces… La frase quedó cortada. Los clientes se quedaron muy quietos y el silencio se cargó de tensión. La mujer se fue sin comprar nada, y mi vieja, nerviosa, habló de los guerrilleros y de los que los apoyaban.

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— ¡Claro, ellos ponen bombas, matan a cualquiera y todavía hay gente que se enoja porque se pone orden! Pidió el medio kilo de flautitas de todos los días y unas facturas — Hoy viene mi hijo y le gustan las de dulce de membrilloPero no hubo sonrisas forzadas, ni complicidades. Se fue un poco avergonzada. Le contó el suceso a mi viejo, con algún adorno. — ¡Tendrías que haber preguntado quien era esa vieja de mierda! Seguro que tiene alguno preso por comunista. Esa basura está por todos lados. ¡Habría que matarlos a todos! Dame una factura ¿Compraste yerba? Cuando llegué me contaron que en el barrio había aparecido una vieja que hablaba pestes de los militares y tenía un hijo preso por comunista. Mis respuestas no salieron de los “Mirá vos” “Y si” y cuatro monosílabos mas. De compromiso y forzado. Cuando salía de franco no quería hablar de nada relacionado con “Mi carrera” como llamaba mi madre a lo que hacía — Dale che, vos que sos joven y fuerte, cambiále las piedras al gato. Mirá como te mira ¡Te estaba esperando!

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— Viejo, dejálo tranquilo pobre. Una vez que viene y vos lo mandas a sacar mierda de gato — No importa vieja, dejá que lo hago en un minuto La asadera vieja llena de piedras blancas estaba moteada de montoncitos negros. Me imaginé el olor antes de percibirlo — Che, sacá la mierda. No vayas a tirar todas las piedras. Cuestan cada vez más caras — Si papá, ya lo se- Igual que cuando usaba pantalones cortos y tenía que dejar de jugar por el gato puto— ¿Dónde está la bolsa?- Cerré la canilla de la pileta y me sequé con un trapo. Igual sentía el olor — ¡Que mierda! ¡No voy a venir más!-

El jefe me elegía siempre para las misiones especiales. A veces pasaba una noche entera vigilando alguna casa, o integraba patotas de otros grupos que tenían un blanco importante. Una noche, dos autos salieron de la ESMA, un viaje que duró muy poco y terminó en las cercanías de una iglesia. Recién ahí supe que íbamos a matar a un grupo de curas zurdos. Entramos siguiendo el método habitual, reunimos a tres sacerdotes y dos seminaristas en uno de los cuartos y les tiramos con todo. Después nos fuimos a comer a una parrilla cercana a la ESMA; invitó el jefe. 81


Cuando volví a la casa de mis viejos, dos días después, mamá, con voz trágica, comentó la muerte de los curas palotinos — ¿Viste nene a esos terroristas de mierda? ¡Tres padres mataron! Y dos chicos del seminario ¡Pobrecitos! ¿Por qué hacen esas cosas? Vos tenés que tener mucho cuidado ¡Son asesinos! — ¡Con razón después fuimos a comer! Resulta que ahora somos subversivos ¡Mirá vos! — Quedate tranquila vieja, yo no ando mucho en la calle.

Una noche, especialmente agitada, mi grupo estaba de guardia en la ESMA y el resto proveyó una cantidad de blancos inusual. El Turco me llamó desde uno de los quirófanos. Un hombre grande estaba atado a una silla, boqueaba, el Turco lo miraba sonriente, todavía sostenía la bolsa de plástico que había usado para envolverle la cara y asfixiarlo. — Puma, acá el amigo me informa que en la casa tiene una cosita que puede ser interesante — ¿Y quién es este? — Un moishe, que es el padre de un pibe que está fugado — ¡Mi hijo no hizo nada el…!

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— ¡La boca cerrada! — La orden, una trompada, y el labio del hombre partido — Me dice acá el amigo, que en la casa tiene unas moneditas de oro, y me pide que las tomemos a cambio de no perseguir mas al hijito Agarré de un brazo al Turco y lo llevé a un ángulo oscuro del cubículo, a salvo de eventuales cámaras — Che Turco ¿Estás seguro que nadie sabe de esto? ¡Mirá que si los mejicaneamos somos boleta seguro! — Tranquilo Puma, ya me aseguré, vengo con esto hace como tres meses; desde que tuve el dato de quién era el padre de ese perejil ¿Te acordás del que se me quedó? Bueno era el hijo de este y si lo que dice es cierto; y seguro que es cierto, vos me avisas y los junto a los dos en el cielo joica. Mita y mita Puma ¡Mirá que es un toco! — ¿Cuando se hace? — Mañana; te vas para allá, digo que habló y que dijo donde tiene una agenda del pibe; y vos la vas a buscar, esa agenda la tengo yo, así que; te la doy y mañana la traés — Parece seguro Turco — Es seguro Puma, solo vos y yo — Bueno, mañana entonces — ¿Y con este? 83


— Yo me arreglo Aún no se insinuaba el sol cuando llegué a la casa del tipo. Ordené a mis dos compañeros que revisen la cocina y un quincho que estaba en el fondo, mientras tanto yo me fui al dormitorio, ya saqueado cuando chuparon al hombre, y saqué la caja que estaba oculta en un zócalo falso. Escamotee rápidamente las bolsas con monedas y salí al jardín enarbolando la agenda. Todo salió perfecto y el botín nos dejó asombrados. Nos llevó casi un año vender las monedas. El asesinato del tipo quedó como “un infarto” mientras el Turco lo interrogaba, y nuestro secreto quedó asegurado. Hubo otros golpes, pero ninguno como este. Mi cuenta bancaria mantenía cifras lógicas, pero mi capital, convenientemente oculto, se engrosaba vertiginosamente. Mil novecientos setenta y seis, fue una ráfaga. Nada se nos oponía. Todos justificaban todo y la gente chupada, desaparecía sin un solo eco. Por la ESMA pasaban curas que apoyaban y otros que gritaban en los quirófanos. A un año del golpe el jefe organizó una celebración y se escucharon discursos triunfalistas, los terroristas ya estaban derrotados, pero no había que bajar los brazos. Seguiríamos en operaciones; hasta el aniquilamiento total de los enemigos de la patria. En Abril del setenta y siete, un jueves,

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aparecieron unas mujeres en la plaza. Daban vueltas y vueltas pidiendo la aparición de los que ya no aparecerían más. El jefe, que ahora se llamaba Butcher,

planificó la

infiltración del grupo y al tiempo, varias de esas mujeres y dos monjas francesas se convirtieron en blancos que, a pesar de la tortura, jamás delataron al oficial que las marcó. Mi vida transcurría en un limbo de conciencia excluida y escrúpulos olvidados. Otros participaban de los interrogatorios. A mí nunca me lo ordenaron y no me interesaba. Presentía que la tortura era el umbral que no debía pasar. El ultimo grado de la humillación. A veces, cuando el blanco era una mujer embarazada, daba algún golpe de más. Me sacaban de quicio las panzas prominentes — ¡Putas de mierda! Igual que la otra. No les da miedo, ni siquiera se acuerdan del chico Pero pegaba en la panza y los golpes, y ver a la mujer temblar de miedo cuando me acercaba, me producía una sensación muy rara, fronteriza con el goce. Cierta vez presencié el interrogatorio de una chica que estaba de siete meses. Me dije que era por curiosidad. Pero la visión de la mujer desnuda, retorciéndose de dolor, me excitó. Ni los gritos ni las súplicas me conmovieron, pero ese cuerpo

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arqueándose y el dolor y los alaridos y las súplicas, me llevaron casi al éxtasis. Nunca me interesó sumarme a los espectadores burlones de los partos de las cautivas. Me mantuve fuera de esas ordalías sangrientas, pero llevé a varios de los recién nacidos a su nuevo hogar. Casi siempre eran familias de gente de las fuerzas o muy cercanas, que no podían tener hijos. La supervivencia del bebé era la pena de muerte para la madre, que sobrevivía a su pareja solo el tiempo necesario para dar a luz. Casi todos mis compañeros usaban a las victimas sexualmente. Era una práctica, si no permitida, por lo menos consentida. Alguna vez lo intenté. Siempre terminé frustrado. En un tiempo muy breve encontré que las mujeres habían pasado a un segundo plano. Seguía saliendo con Luisa. Pero ya no disfrutaba a pleno del sexo, ni de los antes, ni de los después. Me asusté el día que estando en un hotel, imaginé el cuerpo desnudo de mi novia, a la que estaba acariciando, en la parrilla. Ahí fue que decidí terminar con la relación, que ya no existía. Sopesé cuidadosamente lo que tenía que hacer. Como darle la noticia. Ella ya se veía casada y con chicos.

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— Y, son un montón de años perdidos. Cuando se lo diga se va a querer matar. Pero bueno, así no se puede seguir y cuanto antes lo hable con ella, mejor lo va a entender. Dejé pasar unos días y sin que nada lo hiciera prever, me largué con un discurso en el que se mezclaban la falta de interés, la rutina, mi “Carrera” y la necesidad de separarnos por un tiempo “Para ver que pasa” Luisa, contrariando todo lo había imaginado, aceptó enseguida, casi aliviada. Juntos se lo explicamos a los padres de ella. Ese día fue la última vez que nos quedamos en la puerta solo charlando, como buenos amigos — Luisa, mirá que; en serio, no hay otra. Nunca hubo otra. Pero no se que me pasa, no soy el mismo de antes y me parece que si seguimos juntos te voy a cagar la vida y vos no te lo mereces.Sin saberlo, me había anticipado por muy poco a la decisión que ella ya tenía tomada. Eduardo había desaparecido poco tiempo después de mi reingreso a la marina. Involucioné hasta convertirme en este tipo, serio, hosco, taciturno y frío, de mirada implacable y silencios insoportablemente largos. Le daba miedo. No había dulzura en mis caricias. Era como estar con un puma que escondía sus garras y se esforzaba por no destrozarla a dentelladas. El matrimonio tantas veces 87


discutido, había pasado al olvido hacía rato, Tocamos el tema solo una vez, cuando le dije que nunca iba a tener un hijo y ella pensó que jamás aceptaría tener un hijo conmigo. Decidí que Luisa era la última, no tenía sentido insistir. No pasó mucho tiempo cuando mi novia de la infancia pasó a ser el recuerdo de un recuerdo. Vivía en otra dimensión, los afectos y las relaciones duraderas quedaban fuera. Me convertí en el soldado perfecto, que el jefe apreciaba y distinguía sobre los demás. Siempre alerta, y dispuesto para lo que sea. Analizaba todo concienzudamente. Estudiaba cada situación y percibía todos los detalles, anticipaba los cambios. Mis conclusiones eran siempre precisas y acertadas. Pero nunca intenté bucear en mis propias ideas, ni en la vida de todos los días. Sabía que estaba cambiando, que mutaba, sin apuro pero firmemente, en un autómata cerebral y deshumanizado, incapaz de cualquier sentimiento de afecto, odio o repulsión. Los que gritaban y se retorcían en la parrilla eran solo blancos interrogados. Simplemente cuerpos disociados de su condición humana. Dejé de lado límites y

consideraciones. Pensar, podía llevarme a

dudar, a cuestionarme, eso era inconcebible y muy peligroso. Entonces me esforcé por ubicarme un paso más allá, fuera de

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todo. Y la cosa funcionó. O por lo menos, pensé que funcionaba, hasta el día en que interrogué al pibe. Salimos a las cuatro de la mañana con un nombre y una dirección. Un chico de diecisiete años, alumno de un colegio secundario. Fue lo de siempre. La madre que gritaba, unos vecinos que se asomaron; y se escondieron de inmediato. Reclamos de inocencia. Incipiente resistencia que terminó con un golpe en el pecho que dejó al muchacho sin resuello. Nada inusual. En el viaje hasta la ESMA lo pisaron un poco, le di algún golpe, fuerte, para que vaya pensando. El pibe no se asustó. Nos enfrentó, insultó, tiró patadas. La ira fue como una marea que empezó a inundarme. No veía miedo en ese chico y eso iba en contra de todo. Mi mundo estaba edificado sobre esa base. Necesitaba saber que era firme y necesaria. El interrogador me miró cuando me saqué el saco y se encogió de hombros cuando dije que yo me iba a ocupar. Empecé arrojándole el baldazo de agua que facilitaba el paso de la corriente eléctrica. Dos horas después vomitaba en el baño como si los intestinos quisieran salírseme por la boca. En la sala quedó el cuerpo destrozado del chico — ¿Primera vez que se mete che? No había advertido la entrada del que ahora era Gunther

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— Tranquilo, está bien. Nos pasó a todos. Pero se le fue la mano che. Este era un perejil. Con un susto alcanzaba. Ahora vamos a tener que trasladarlo. Está muy deteriorado. — ¡No se asustó! Gritaba y me puteaba ¡No tiene miedo! ¡Usted no entiende! ¡Tiene que tener miedo! Ni me di cuenta de las lágrimas gruesas que me mojaban la cara. Mucho menos de los gritos. El otro me miraba con una mueca que pasaba por sonrisa — Puma; entienda como son las cosas. Acá todos tienen miedo, nadie se aguanta los alambres. Algunos gritan otros putean o lloran o hablan. Denuncian a la mujer, a la madre o a los hijos para que no les den más. El trabajo nuestro es saber quien es que, para que todo este aparato sirva. Ese chico no sabía nada. Por eso se comportó así. Era para diez minutos de maquina y alguna cosa mas. Como los pibes que largó aquella vez ¿Se acuerda che? Este era para que los que pueden decir algo sepan lo que les espera y ya vengan con los puntos puestos. Ahora vamos a tener que hacerlo volar y es el nieto de un coronel retirado que va a armar alboroto. Y todo porque usted se enojó che

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La mueca desapareció. Los ojos se convirtieron en dos rendijas heladas. Y ahí tomé conciencia de la gravedad de mi falta que, esta vez, me pone en un peligroso primer plano — Del traslado se va a ocupar usted personalmente. Preséntese pasado mañana en Punta Indio con el detenido. Ahí le van a decir como sigue la historia Por un momento se mira atentamente una uña. Cuando vuelve a hablar, la voz es una niebla que me llega desde muy atrás en el tiempo. Conozco ese tono despectivo y humillante y sé que voy a tener que meter las manos en la mierda — Haga todo bien che. Igual que con el Perro Y se va. Pero desde la puerta me da un último consejo-orden — Deje que cada cual se ocupe de lo suyo. Limítese a proveer la carne. El asado lo hacen los que saben ¿Si che? Mañana tiene franco.— Comprendido señor La mente en blanco. La sumisión. Yo si que tengo miedo, y obedezco. Todavía me queda un rinconcito lúcido para advertir que me dijo que sabía, que yo sabía, cuando lo trasladé al Perro — Esto es un microscopio, nosotros somos los bichos y este hijo de puta no nos saca el ojo de encima 91


Esa noche, cuando llegué a casa, encontré a mamá sentada en la cocina, los ojos llorosos y la mirada perdida, preanuncian la desgracia. Me quedé mirándola sin saber que preguntar — El gato, nene, se murió el gato- Y señala al gran manojo de pelo que está al lado del aparador.Yo no pude evitar una sonrisa nerviosa que oculté con la mano abierta sobre la boca — Me había olvidado de este gato puto ¡Ahora que te cambie las piedritas San Pedro! El mierdanaval del doctor es muy jodido, un chorrito y chau el gato. Con razón se planchan enseguida cuando se los pone en la vena— -Bueno mamá, ya estaba viejito-Chau piedritas de mierdaEstaba muy gordo, a lo mejor fue el corazón ¿Viste como es esto? -¡Ma si! Que tanta historia por un gato de mierda— No sé, estaba como siempre. Un poco más caidito, tristón ¡Que me iba a imaginar! ¡Así tan de golpe! — Si no hay gato, no hay piedras ni mierda Después, al tiempo, distinguí ese día, como el del inicio de mi plan de fuga. El Falcon vuela por la panamericana. Un cabo nuevo y desconocido es el chofer. El pibe está en el baúl. Desde la

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entrada de la base se ve la pista vacía. En el puesto de guardia, me está esperando un oficial. Después de verificar la documentación, señala un hangar gris, alejado de los demás, al que podemos llegar en el móvil. El pibe está tan agarrotado por el viaje que tenemos que bajarlo entre los dos. Sentadas en el suelo, en opresivo silencio, solo cortado por algún conato de llanto o un quejido irreprimible, lastimadas, vestidas con harapos mugrientos llenos de sangre seca, esperan unas treinta personas. — ¿Este es el de ustedes? ¿Ya está vacunado?El que habla es un suboficial enfermero que enarbola una jeringa con la que acaba de inyectar a una chica de ojos desorbitados. Tras el, dos uniformados desvisten a esos muñecos desarticulados que aún conservan los grilletes.Sobre todos, se proyecta la sombra del avión con el portalón trasero abierto. Todos saben de la muerte que llega.— Póngase esto. Es el reglamento- Un cabo me alarga un chaleco salvavidas de color naranja Sin tiempo a pensar, estoy en el interior del aparato, sentado junto a una de las ventanillas de proa, amarrado al asiento de caños y lona. Un auto llega hasta nosotros, baja un contralmirante que, sin mirar a nadie, entra a la cabina. Con un ruido tremendo, los motores se ponen en marcha. Es el 93


momento de subir el cargamento. La gimiente multitud es arreada a empujones y golpes. Los que no pueden caminar son arrastrados. Todos quedan ubicados en el piso, inmediatamente después de la articulación del portalón trasero. — Ninguno tiene el chaleco Pretendo hacer un chiste al cabo que se sentó a mi lado. Quiero aparentar indiferencia y frialdad. Pero el otro no entiende. — Esta mierda no se salva ni con una balsa ¡Pobres tiburones tener que tragarse estos soretes! El cabo sigue hablando, ya no lo escucho. Miro, obstinadamente, por la ventanilla, el pasto se inclina ante el huracán de las hélices, iluminado por la blanca luz de los reflectores de las alas. Quiero caminar por el campo que adivino tras el alambrado de la pista. No quiero estar amarrado al vientre de esta bestia que, ahíta de carne joven la vomitará sobre las olas. Alejarme y olvidar la imagen del chico, que parece dormir apoyado en otro muchacho tan desecho como el. De pronto aparece el gran gato blanco, se pasea a mí alrededor y se crispa sobre las piedras opacas y blancas que quedan cubiertas de mierda negra y aceitosa. Las nauseas me devuelven al aparato que se está balanceando en las

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corrientes de aire. Las manos me tiemblan y pienso que es el frío, pero se que no es cierto Van dos horas de vuelo cuando el copiloto se asoma a la puerta de la cabina y me sobresalta — “Prepararse para arrojar la carga. Prepararse para arrojar la carga” — Ciérrese bien la campera señor. Cuando se abra el portalón, el viento va a estar frío El cabo deja el asiento y se coloca un arnés que lo sujeta al fuselaje. Dos suboficiales infantes hacen lo mismo, y sacan rápidamente, los grilletes que sujetan manos y tobillos. Un oficial se ubica junto a un pequeño tablero que comanda la puerta. El contralmirante, sujetándose en el marco de la puerta de la cabina, observa todo atentamente. Ni siquiera intento levantarme. Me niego la posibilidad de la mirada que fijará el recuerdo. En mi cabeza, la mierda es cada vez más negra y espesa y mis dedos están cubiertos con esa pasta maloliente y pegajosa. De golpe, la proa se eleva y el copiloto grita — “Arrojar, arrojar, arrojar” El portalón se abre con crujidos y un zumbido estremecedor. La corriente de aire, helada, llena la bodega y crea pequeños 95


tornados que hacen revolotear papeles y polvo. No manejo mis reflejos cuando me vuelvo. La masa de cuerpos martirizados va cayendo al vacío, casi no hay gritos, alguno nos maldice. La mayoría está obnubilada por la droga que les inyectaron. El chico me mira mientras da vueltas en el vacío. Esos ojos me van a perseguir por el resto de mi vida.Un cambio en el sonido de los motores, el piso que se inclina. Una baja en la presión que me tapa los oídos. Ya volvemos. Uno de los infantes, un cabo muy joven, habla sin parar y se ríe con cualquier excusa. El que abrió la puerta, se mira las botas y fuma un cigarrillo tras otro. Cada cual tiene su forma de sepultar la vergüenza. Yo no me permito sentir nada. Apenas dos ojos que me miran Me doy mil razones que justifican la enormidad. Pero esos ojos, ahora son los mios y veo todo. Esta vez, cerrarlos no cambia nada.Hay un sacerdote parado a la entrada del hangar cuando el aparato detiene la marcha. El teniente que operó la puerta lo saluda y, tomados del brazo, se alejan, caminando por la pista hacia los edificios. El contralmirante se vuelve en el auto que lo trajo y que lo esperaba. Camino hasta el Falcon, con el chofer que fuma sentado al volante. El viaje de regreso a la ESMA está marcado por un silencio denso y

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pesado. De vez en cuando el cabo me mira de costado, yo me hago el desentendido.En la ESMA, dejo el móvil, doy el parte y me entero que tengo dos días de permiso, en vez de uno. Sin una palabra, firmo el cuaderno de novedades y me voy caminando por Libertador. Unos meses atrás, alquilé un departamento, muy chico, a pocas cuadras de la escuela. — Salir de esta mierda no va a ser fácil. Un paso equivocado y me cortan las pelotas de a poquito. Sin pensarlo demasiado, como de casualidad, ya pergeño la fuga y se que no puedo dar marcha atrás.-

Dos días después estoy acechando un blanco marcado por uno de los secuestrados. El presunto subversivo es un estudiante de arquitectura. El teléfono pinchado no había dado resultado y el seguimiento solo reveló la relación del pibe con una mujer casada. Ahora lo veía avanzar por el borde de la vereda. Iba mirando el suelo y pareció no advertir que, en sentido contrario, venia una pareja discutiendo animadamente. Tropezaron unos con otros, se rieron, se pidieron disculpas y cada cual siguió su camino. El gesto fue casi imperceptible, pero lo vi. Avisé a los que esperaban en el móvil, que

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arrancó para cortar el paso de los otros. Yo fui tras el blanco. Antes de llegar a la esquina, me le puse a la par y lo empujé contra la pared, mientras le gritaba que se quede quieto. La pistola apoyada en la cabeza y una rodilla clavada en la entrepierna, lo mantuvieron inmóvil, mientras lo esposaba. A su alrededor, algunos curiosos intentaron intervenir, ante los gritos angustiados del muchacho. Pero ya estaba allí el móvil de reserva. Una corta carrera nos llevó hasta la ESMA. En la cartera de la chica, había tres pasaportes falsos, una ridícula pistolita veintidós, y algunos papeles en blanco con el membrete del ejército y de gendarmería. Los gritos de la piba resonaban en todo el centro cuando me llamó el que ahora era Shultz — ¡Buen laburo Puma! Estos son de los nuevos, por eso no los teníamos ¿Cómo se dio cuenta che?— Los vi cuando se pasaban los papeles. Todo muy desprolijo, sin preparación. Fue todo muy evidente— Si bueno, pero solo usted se dio cuenta. Ya íbamos a levantar la vigilancia, el pibe parecía limpio— Igual hubiesen caído. Esos documentos son de cuarta-

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— Y, son los que hacen. Los suyos son perfectos porque son legítimos, ni siquiera los que hacemos nosotros ahora son buenos, buenos Y siguió hablando de documentos, perejiles, el mundial y vaya a saber que mas, porque yo no lo escuchaba. Estaba pensando que, con un DNI y un pasaporte verdadero, podía ir a cualquier parte. Me sobresalté un poco cuando el otro dio por terminada la charla. Saludé y me fui. Como estaba de espaldas, no pude ver la mirada pensativa y los ojos como hendijas.Un juego de documentos. Perecía poca cosa, pero tenía que pensar todo muy bien. Una falla y era el tiro en la nuca. Si tenía suerte. — Pero ¡Qué carajo estoy pensando! De esto no se sale; nadie se va ¿De donde me salen estas boludeces?

¡El mundial! Schultz, que ahora era el capitán Kusher y que antes había sido tantos que ya nadie podía recordar quien era. Nos reunió en una de las aulas vacías y dio instrucciones para esos días. Como siempre habló hasta quedar ronco y al final, nadie entendió nada. Todos gritamos un rotundo ¡Comprendido señor! Y nos fuimos con algo claro. Hacer lo de siempre, pero pasar desapercibidos y por sobre 99


todas las cosas, cuidarse ante los de afuera. A mi me mandaron a Martínez. — Los policías que están ahí son un tanto brutos. Controle que por un tiempo se sujeten. Es una zona jodida che. Si esos le dan trabajo no dude en comunicarse conmigo.— Comprendido señor El centro estaba sobre la avenida del Libertador. Me presenté ante el agente de guardia como el Teniente de Navío Limper. Presenté la TIN (Tarjeta de Identificación Naval) y me indicó una oficina desierta para que espere al jefe de guardia. A los cinco minutos, entró un policía gordo, con barba de varios días, vestido de civil. Acalorado, sudoroso, obsequioso y servil. Se presentó como el comisario Siebert — ¿Por qué todos eligen apellidos alemanes? Un grito bestial nos sobresaltó — Es ese judío del diario - Informó el alemán por adopción –Grita como un chancho- Sonreía con expresión cretina y le saltaban gotas de saliva cuando hablaba — Esto se terminó comisario ¡Ni un grito mientras dure el mundial! Esto tiene que ser un sanatorio ¿Me entiende?

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Ensayé la mirada despectiva del que ahora era capitán. No me salió muy bien, pero el otro se removió inquieto cuando se escucho un alarido animal — Permiso señor. Voy a darle las instrucciones al personal- Y salió apurado. No se escucharon más gritos. Nada perturbó la paz de ese exclusivo barrio, hasta que terminó la fiesta de todos. Pero debajo de la manta, todo seguía igual. Con Videla ordenando el triunfo de la selección a un costo de ocho millones y medio por gol, más créditos y coimas varias, que Perú cobró por el famoso seis a cero. Justo cuando aparecía el cuarto gol, una bomba estallaba en la casa del ministro de economía. Argentina, como estaba ordenado, fue campeón. Los holandeses se negaron a participar de la representación y fueron acusados de envidiosos y malos perdedores. Y todos saltaron para mostrar que no eran holandeses. Los tres comandantes compartieron palco y levantaron los brazos ante cada gol, una barra brava de lujo. Muñoz se desgañitó, Kissinger alabó, Havelange felicitó, Grondona redondeó negocios y los argentinos se rebelaron tirando papelitos. Fuimos, ante nosotros mismos, derechos, humanos y los mejores del mundo.-

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Con el éxodo de turistas y periodistas, el silencio y el barniz de legalidad se deshicieron. Los gritos se escucharon nuevamente y yo volví a la ESMA.-

Pasó otro año, igual a los tres anteriores. Vi al tipo una noche, mientras hacíamos un control de ruta Cuando me acerqué a los pasajeros, que se apoyaban con las manos, en el costado del ómnibus que habíamos detenido, me quedé mirando al gordito. Era muy parecido a mí. Lo llevé aparte. El pobre estaba muerto de miedo. Lo tranquilicé. Discretamente averigüé donde vivía. Supe que era soltero, de Catamarca. Que vivía solo, que no tenía padres. Los parientes cercanos, pocos, estaban allá en la provincia. Que tenía el título de perito mercantil. Que trabajaba en una empresa de importación y ¡Suerte increíble! Que recién volvía de España.— Me fui para allá con ganas de quedarme, pero no me fue bien — Tiene pasaporte y se parece a mi ¡Me saqué el prode!Pensé, mientras acompañaba, al ahora mi blanco particular, de vuelta al micro. Todo fue rutinario, sencillo. Una semana me llevó saber todo lo que necesitaba. Me encontré con el gordito un par de veces, casualidad cuidadosamente planeada, charlamos un poco. 102


Nada del otro mundo, cuando estuve conforme con todo lo que averigüé, dejé que Gabriel, así se llamaba el tipo, siguiera su vida. Era mi puerta trasera, por si todo terminaba mal — ¿Rajarme? ¡Ni en pedo! Si me sale mal voy a ser carne picada ¡No puedo ni pensarlo! Hasta yo me lo negaba pero la carrera había empezado. Ya llegaría el momento. Había encontrado los documentos que necesitaba.

En esa época se hizo un alto en la represión. El enfrentamiento con Chile parecía inevitable. A mi, me enviaron a Mendoza. Estuve con las tropas que se concentraron en la frontera esperando una orden de ataque, confiando en que no llegaría. La gente de enfrente era como nosotros, con un enemigo común, con trabajo que hacer ¿Porque pelear? El cardenal Samore trajo la paz, las tropas volvieron, los ánimos se serenaron. Cuando todo terminó, otra vez la ESMA, otra vez los blancos. Hubo un cambio de presidentes. Un flaco agrio por un gordito simpaticón. Los dos de inmenso bigote. El almirante empezó a mostrarle los dientes a sus compañeros de las otras fuerzas. La economía hacía agua por todos lados. Se criticaban las

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acciones en contra de la subversión. Claro que en voz baja. Pero el dique se estaba rajando. Las garras escondieron algunas uñas. Los colmillos se disimularon con sonrisas, que daban más miedo. El capitán, que ahora era Bruner, nos reunió para hablarnos, dos horas cinco minutos y algunos segundos, lo cronometré. Ahora los prisioneros, algunos, estaban de su lado. Si hasta se daban casos de parejas de marino y subversiva. Con la ayuda de estos nuevos aliados, el almirante llegaría a presidente popular y democrático. El discurso era surrealista hasta para nosotros, los que nunca pensábamos. –Esto se está yendo al carajo y para el que quede, vamos a ser testigos molestos Por suerte había encontrado a mi bote salvavidas, ese ignoto Gabriel Márquez al que vigilaba. La barranca abajo se acentuó. En una de mis, ahora raras, visitas a los viejos, hasta mi madre criticó al nuevo presidente que derrocó al gordito simpático y que era parecido al actor que interpretó al general Paton — Nene, todos dicen que este es un borracho ¡Y todo está tan mal! ¿Vos no tendrás problemas si se van? Ahora era el turno de mi viejo

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— Yo ya estaría buscando un laburo ¡Te dije que eso no iba a durar! Y ahora te van a señalar con el dedo- Los reproches de los viejos siguieron hasta que me fui – ¡Que mierda! No vengo más-

Estábamos preparando una búsqueda, ya no eran tan abundantes las carreras por la ciudad silenciosa y aterrada, cuando me llamó el que ahora era Vikingo.— Puma, vamos a tener novedades importantes en no más de quince días— Comprendido señor- Siempre, primero la formula. Si tenía que enterarme de algo, me lo iba a decir, preguntar no tenía sentido — No, che, esta vez no comprende nada. Se va a enterar por los diarios. Pero, en ese momento ya va a estar en Río Gallegos Debo haber puesto una cara de idiota tremenda, el otro se reía mientras trataba de decirme todo sin decir nada — Quédese tranquilo che, cuando haga falta, se lo van a explicar en detalle. Para el diez del mes que viene tiene que estar en la base de Río Gallegos y presentarse

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al oficial de inteligencia. Nada mas che ¡Rompa filas! Me detuvo cuando abría la puerta — Puma, háganos quedar muy bien. Me pidieron a mi mejor hombre che Agradecí como correspondía y salí, cerrando la puerta cuidadosamente. — ¡Su mejor hombre! Y yo quiero escaparme ¿Cómo puedo ser tan desagradecido? ¿Y cual será la misión? Al final, nunca viajé al sur. De golpe hubo paros, huelgas y movilizaciones que sobrepasaron la férrea represión y salieron a la luz sin maquillaje. La ciudad ardía, el interior era una olla a presión que reventaba por nada. La gente empezaba a quejarse abiertamente y los diarios, dejaron ver una parte, ínfima, del desastre que imperaba en todos los ámbitos. — -Nene, mirá si te pasa algo. Así no se puede vivir, todo está por las nubes. Ayer se llevaron al hijo de la Julia y a la mujer ¿Vos no podes averiguar nada?— -¡Dejate de joder vieja! Que se jodan por boludos ¿Quién los manda a andar con los zurdos? Mirá si por meterse lo enganchan a el. ¡Estos tipos son jodidos! Mi padre sentenciaba sin pensar que uno de esos tipos era

su

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— ¡Vos ya tendrías que pedir la baja y conseguir un buen laburo! Pero aún gozaría de mi falsa gloria y mi madre relataría mis hazañas en los negocios del barrio. Todavía ni ellos ni yo lo sabíamos, pero los preparativos para invadir las islas Malvinas ya estaban a punto.

El general de turno, entre vahos de whisky, se tambaleaba jaqueado por la insatisfacción popular, que se manifestaba a pesar de la mano dura. Alumno sudaca de los yanquis, confundió el ridículo con la gloria, pensó que adoptando poses de malas películas y diciendo “yes” a todo, era uno de ellos, pero nunca fue así. El final del gobierno militar estaba a la vista, la presión de la gente se hacía incontrolable y las lejanas e irredentas islas Malvinas fueron un salvavidas en un mar agitado. Total era sabido que el león ingles estaba viejo y sin dientes, y si se recuperaban las islas, había botas por diez años mas. Y las tomaron nomás, y hasta tuvieron un mártir Otra vez las radios transmitieron música marcial como prólogo de los comunicados. La gente se olvidó de todo. Hasta de pensar que, horas antes nomás, los habían corrido a palos de

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cuanta plaza intentaron copar. Ahora se juntó una muchedumbre bajo el mítico balcón. Gritaron, cantaron y vivaron al general majestuoso cuya mayor virtud, era ser parecido a un actor de segunda, y que no levantó los dos brazos, pero se moría de ganas. No había mas redadas ni zonas liberadas. Los asesinos mutaron en héroes y una nueva camada de chicos fue al matadero, ahora con el uniforme de sus asesinos. Mi madre y mi padre se paseaban por las calles del barrio, luciendo grandes escarapelas. Cuando algún vecino preguntaba por el nene, adoptaban un tono bajo, poco mas que un susurro y hablaban de un misterioso destino “En el frente”. Los oficiales subalternos, de carrera, fueron los destinados al sur y uno de ellos, con su cara de nene que le sirvió para engañar y apresar a las madres y las monjas de la plaza. Renombrado por su valor y decisión, cuando baleó y luego hizo desaparecer a una adolescente sueca. Guerrero infatigable en la lucha contra la guerrilla apátrida, tuvo a su cargo la defensa de las Georgias. Allí esperó a pié firme, se dejó la barba, hizo obras de defensa, gritó ¡No pasarán!, ¡Viva la patria!, ¡Libertad o muerte!, ¡Venceremos! Y se rindió, sin un tiro, a la vista del primer inglés.

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Los asimilados, quedamos en nuestros destinos de siempre. Vigilando el “Frente interior” según la definición acuñada por el jefe.La guerra, se ganaba en los diarios y se perdía en las islas. Los medios llenaban páginas y poblaban los noticieros de televisión con los triunfos de la fuerza aérea, silenciando el avance de los ingleses. Un buen día ya no pudo sostenerse la comedia. Los titulares anunciaron ¡RENDICIÓN! En letra catástrofe. Los que antes habían colmado la plaza de cánticos triunfales, ahora cascoteaban la Casa Rosada y de nada valían los esfuerzos de la policía para recomponer el orden. La avalancha de la verdad; mostró chicos muertos de hambre y frío. Bajezas de los mandos. Cobardía e ineptitud. Inmensas cantidades de vituallas, ropas y dinero, producto de las donaciones de la gente para sostener la aventura, fueron sencillamente robados, nada llegó a los combatientes. Los que volvían eran encerrados en los cuarteles con la inútil esperanza de evitar que todo salga a la luz. Los que mandaban ordenaban locuras y solo hacían lo que mejor sabían, reprimir. Pero ahora no alcanzaba y cuando el caricaturesco general ordenó marchar sobre Buenos Aires, otro uniformado, narigón, con cara de abuelo y corazón de lobo, lo echó y ocupó su lugar. Decretó que todos los militares eran buenísimos y que nadie podía tratar de saber si sus seres 109


queridos estaban muertos. Los desaparecidos, no estaban y sanseacabó. Que el no tenía forma de saber en que paradisíaco lugar se ocultaban. Los represores, por primera vez en años, se encontraron con que ya no imponían miedo. El país estaba en lo que parecía su punto más bajo. Con una deuda externa impagable, fabricas cerradas, inflación y desgobierno. De eso tampoco hubo responsables porque, después de todo, nadie está libre de equivocarse. Se anunció una manifestación que llenó la plaza con gente de todas las ideas políticas. — Puma, tengo una misión para usted. Muy delicada y muy peligrosa— Comprendido señorLlegué en el auto hasta el frente del cabildo. Le ordené al cabo que manejaba, pasar, muy despacio, frente a la gente que se apiñaba bajo los arcos, musicalizando insultos. Casi ni advirtieron

a la figura que se bajaba del Falcon. Apunté al

bulto y disparé dos tiros. Un manifestante se llevó las manos al pecho y se derrumbó lentamente, con los ojos muy abiertos. Otro quedó en brazos de los que lo rodeaban. No pude ver nada mas, subí al coche y ordené la retirada. La plaza fue una explosión. Gases, balas de goma y de las otras, porras, detenidos arrastrados de los pelos. Otra vez, los jóvenes

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arrojados a la hoguera. Pero el fuego no fue suficiente; y el ciclo recomenzó. Con la camada de chicos muertos, la falta de recambios estaba asegurada. Era tiempo de hacer aparecer las urnas, que estaban guardadas esperando el momento. Los políticos que, como corchos, quedaron flotando en el mar de sangre, desempolvaron los discursos de siempre. Prometieron futuros venturosos y soslayaron el presente que no pensaban, ni sabían, cambiar. En la Casa Rosada, los uniformes darían paso a los trajes.— Me parece que es hora de tomármelas. Esto no da para más-

Con mucho miedo me decidí a dar el gran paso. Lo había preparado con mucho cuidado. Tenía que salir bien. Esa tarde me quedé rondando la puerta de la empresa en la trabajaba Gabriel y tomé nota del horario de salida y por donde se iba a tomar el colectivo. Ya sabía todo sobre la vida de mi blanco, pero quería estar seguro, por si aparecía algún cambio de último momento. Me llevó un par de días recorrer los garajes de la zona, hasta encontrar uno sin empleados y con un lugar libre en el 111


subsuelo. Lo alquilé por un mes, que pagué por adelantado. Ahí dejé el móvil que tenía asignado. En el baúl puse dos bidones, uno de nafta y el otro de gasoil. Dejé pasar unos días más, que usé para pulir los últimos detalles y decirles chau a los viejos, que no supieron que era la despedida, cuando me fui, con la promesa de mi vieja, de cocinar ravioles caseros la noche del viernes. Cuando estuve seguro de todo me dispuse a actuar. Dos noches tuve que esperar a mi victima. La tercera, el tipo se fue caminando, solo, hasta la parada del colectivo. Ahora si, era el momento y lo aproveché.— Hola ¿Vos sos Gabriel no? ¿Cómo te va? ¡Tanto tiempo! ¿Qué es de tu vida?El gordito se quedó mirándome. De entrada no me reconoció. Tuvo un poco de miedo que pasó a desconfianza cuando me recordó. — Hola ¿Qué tal? Que casualidad — ¿Vas para allá? Te puedo alcanzar hasta Lugano- Sabía que ahora vivía en Devoto — No, ahora me mudé a Devoto. Si me dejas en la General Paz me salvas del colectivo — Si hombre, vamos, tengo el auto acá a la vuelta — ¿No te jode no? 112


— Por favor che ¿Qué te voy a cobrar por el viaje? Los dos nos reímos de compromiso y caminamos juntos hasta el garaje. Gabriel me contó que había alquilado el nuevo departamento porque pensaba casarse — Pero ahora que me metí en el quilombo, mi novia no se decide. Estamos peleados, me pidió tiempo ¿A vos te parece? — Y si che, las minas son todas iguales. No le des bola y vas a ver como viene al pié. Es acá El otro no sospechó cuando entramos en el lóbrego estacionamiento — Está en el subsuelo ¿Me querés esperar arriba? — No, por favor, te acompaño Bajamos charlando como viejos amigos. Un vistazo para asegurarme la soledad necesaria. Una bayoneta muy afilada. Unos ojos desorbitados. Un ¡NO! Mudo y el cuerpo laxo que tuve que poner, con mucho trabajo, en el baúl. Antes de limpiar cuidadosamente la mancha de sangre. Subí por la autopista a Ezeiza. Busqué el sitio adecuado. Saqué al gordito y lo coloqué detrás del volante. En la guantera, había dejado dos o tres cosas que todos me

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conocían. Vacié los bolsillos del muerto y los llené con el contenido de los mios. El porta documentos con la TIN, quedó en uno de los bolsillos de atrás. Era la parte que no se quemaba tanto. Las llamas y el humo se hicieron visibles cuando yo ya estaba lejos. Un colectivo me dejó en Devoto. Me quedé en la que ahora, podía decirse que era mi casa, hasta las cinco de la mañana. Revisé todo prolijamente. Me llevé lo que necesitaba. Dejé la llave y un sobre que explicaba la ausencia, en el buzón de la entrada. Recuperé el auto que había dejado estacionado a unas cuadras y manejé hasta Belgrano. Ahí lo abandoné. Caminé un buen trecho y le hice señas a un taxi que me llevó hasta la Terminal de aliscafos. Cruzar a Montevideo no fue problema. Usé un documento falso que me robé de la pecera, en la ESMA. Ese mismo día tomé un ómnibus hasta la frontera con Brasil. Crucé usando un DNI que fue de uno de los blancos de la primera época. Lo había guardado porque el de la foto se parecía a mí. Fui un turista más en Buzios, Camboriu y Río. Dos meses de calor agobiante. Empapado de sudor. Ansioso por los diarios de Buenos Aires que no traían la novedad que esperaba y temía. El cadáver carbonizado dentro del Falcon fue noticia fugaz. Me imaginaba al quien sabe quien era ahora, ordenando que se tape todo

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— ¡Pobres los que caigan en estos días! Van a tener que saber cómo me mataron Gabriel escribió varias cartas a las direcciones que sacó de la agenda. Ahora se justificaban las horas de vigilancia e investigación. La ex novia supo que el se iba para poder olvidarla. Y ella lo olvidó rápidamente. Padres no había y parientes, pocos y lejanos. Obviamente, no llamé a los mios que, ignorantes de todo, desesperaban por mi desaparición. A Adrián no lo lloró nadie. Lo maldijeron muchos, que gritaron atados a las parrillas de los quirófanos. El que había sido tantos y que ahora era Ludwig, se quedó pensando un buen rato cuando le dijeron del móvil incendiado. — ¡Mira vos! Terminar así. Y un tipo tan útil mi viejoEse fue su epitafio- Pasen la descripción, pinchen el teléfono de los padres y me informan a mi directamente

Los padres pensaron que estaba en una misión secreta. Después de un tiempo, preguntando aquí y allá, llegaron a un oficial muy alto, muy flaco, muy ingles, según la descripción admirativa de la madre. El les informó que había caído por la patria. Cuando recibió la noticia, el padre quedó muy afectado, tanto que unos meses después, murió. La madre, que

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ya estaba mal, se fue quedando callada, de a poco. Hasta que un buen día ya no habló más.-

Llegué a Punta Cana desde Brasil. Tres meses después pasé a Perú, allí viví un buen tiempo, y luego a Chile. Nunca usé mi nueva identidad. Los documentos falsos me proveyeron nombres circunstanciales. La fuga. Una sucesión de cuartos en hoteles de segunda, y un departamento que alquilé, pagando por adelantado, en Perú. Para evitar preguntas o contestarlas, inventé una historia de importación de artesanías y telas de telar. Con la malsana determinación de una polilla ante la luz, me acercaba a la Argentina, según la velocidad de los sucesos que marcaban la caída del gobierno militar. Leía ávidamente diarios y revistas. Me imaginaba el desbande, el ocultamiento, la destrucción de pruebas. Me felicité por la elección del momento para desaparecer. — Con el despelote nadie se va a poner a investigar nada

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TERCERA PARTE

Argentina era un gran imán que me arrastraba sin esperanzas de resistencia. Mi periplo de fuga fue un círculo que, inexorablemente, se cerró. Volví para quedarme con la llegada de Alfonsín al poder. Ni siquiera pasé por Buenos Aires. Desde Ezeiza, un ómnibus me dejó en la antigua y sucia Terminal de Mar del Plata. Me dispuse a comenzar una vieja vida. Gabriel resucitó junto al mar en una fría tarde de otoño. Tardé siete días para escenificar un presente sin pasado. Compré un departamento de tres ambientes en Luro y San Luís y lo amueblé íntegramente con cosas de segunda mano. Incluyendo discos de vinilo y libros. Mis fondos ya empezaban a flaquear, aunque aún me quedaba lo suficiente como para comprar un auto mediano con cuatro años de uso. Busqué trabajo en los clasificados y me tomaron como vendedor en una concesionaria de autos. Duré poco, no podía vender ni una estufa en la nieve. Fui dependiente en una tienda, adicionista de un restaurante y terminé recalando en la Mutual de Servicios Sociales.

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En el ínterin, me agencié una novia. Un cuarentón, según el DNI que me rejuveneció en siete años, soltero, podía despertar curiosidad. Claro que hablaba de Luisa, que ahora era Julia, como de mi ex pareja. Convertí el noviazgo en casamiento y mi soltería en el resultado de una unión anterior de ella. Pero una relación en tiempo real y a la vista de todos, pondría las cosas en su lugar y aventaría habladurías. Ahí fue cuando Marta entró en mi representación. La conocí en la biblioteca municipal, una tarde de domingo insoportable. Caminaba de regreso al departamento cuando, producto del tedio y la soledad, se me ocurrió entrar a ver un documental sobre África. La película ya estaba en los títulos y la repentina oscuridad me forzó a buscar, tanteando, una butaca desocupada, Me senté en la primera que encontré. En la pantalla se sucedían primeros planos de nativos andrajosos, esqueléticos y con vientres prominentes que, de improviso, cambiaron a leones y gacelas corriendo la habitual carrera contra la muerte. El sol, saliendo entre los árboles y la vegetación, iluminó la sala lo suficiente como para ver, en un rápido vistazo, que sentada junto a mi había una mujer. El amanecer africano trajo el final y las luces se encendieron. Una voz anunció que había un intervalo de diez

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minutos hasta el próximo documental. La mujer se paró y al girar se le cayó un bolso que desparramó su contenido bajo los asientos. Los dos nos inclinamos para recoger los objetos y las cabezas se rozaron. Hubo un pedido compartido de disculpas y mutuas sonrisas. Cuando todo fue recuperado el incidente dio lugar a comentarios livianos; que terminaron en una charla, que se alargó al finalizar la proyección, con sendos cafés delante. Marta estaba en el final de la treintena. Una cara alargada, de ojos grandes y muy negros, nariz fuerte con pómulos bien marcados y una boca que siempre sonreía. No muy alta, se vestía bien y tenía un físico agradable. Me gustó la mezcla de timidez y simpatía. La risa fácil y las respuestas rápidas. Antes de despedirnos intercambiamos los teléfonos. Esa noche pensé mucho en ella pero no me decidía a llamarla. Una semana después había desechado el asunto. Estaba haciendo cola en la caja del supermercado cuando ella apareció. Estaba de espaldas y tuve tiempo de alejarme sin que me vea. Pero entonces recordé la risa y la charla fácil. Deseché los temores y las prevenciones, solo pensé en mi soledad y mi fachada. Cuando nos saludamos noté que ella estaba contenta de verme. Esa noche fuimos a comer y la sobremesa se prolongó en un bar hasta las dos de la mañana, sin que ninguno de los dos advirtiera que llevábamos cinco 119


horas hablando vaya a saber de que. Después nos vimos casi todos los días. Le conté a Marta la historia de mi pareja inventada y ella habló de un novio viajante que desapareció sin despedirse y de su madre enferma, a la que tuvo que cuidar, ella sola, hasta que murió. Su único hermano vivía ilegal en Nueva York y solo sabía de el por cartas que llegaban muy de vez en cuando. Yo le dije que me había radicado junto al mar en busca de olvido y tranquilidad. Marta tenía muchas amigas, pero todas estaban en pareja y a ella le parecía que sobraba  Todas me quieren presentar a alguien. Siempre aparece algún amigo y está recién separado ¿Y te digo? ¡Odio eso!  Te entiendo. A mi me pasa igual. Es como si estar solo fuera culpa de uno ¿No? Ella me contó que no le gustaba salir de noche, prefería quedarse en casa leyendo o ver alguna película. Me miró muy seria cuando le dije que vivía en un departamento, justo al lado de donde estábamos en ese momento. Pasó un mes en el que nos vimos muy seguido. Conocí a sus amigas y fuimos a un par de reuniones de los compañeros de oficina. Una noche, después del cine, la comida mejicana y muchas cervezas, subimos juntos a su departamento. Después de 120


sentarnos en el único sillón nos quedamos muy callados, sin saber como empezar a solucionar esto que se nos presentaba, terminar con la situación ambigua y enfrentar los deseos y las urgencias. Como siempre ella tomó la iniciativa y detuvo todo cuando ya pasábamos a mayores. -¡Por favor no te enojes! Dame un poco de tiempo. Todo esto es muy nuevo para mí.  Marta, la decisión es tuya. Yo no quiero presionarte. Esto es algo de los dos y tenemos que estar seguros¿Será virgen esta?Hubo otras noches, ahora si con muchos besos y caricias, que no llegaban a terminar en la cama, que esperaba con paciencia que ella se decidiera. Al fin llegó el momento, una primera vez que fue la única hasta una semana después. Enseguida hablamos de vivir juntos y estuvimos de acuerdo en esperar para casarnos. A los dos días, Marta se mudó a mi casa. Nunca nos casamos, aunque la presentaba como “Mi señora” Ella marcó su territorio cambiando algún mueble de lugar y colgando cortinas en las ventanas desnudas. Yo era un marido distante, indiferente. La pasión, duró lo indispensable y menos. Ella atacaba por el lado de una familia con hijos, que a mi no me interesaba tener. Los silencios se fueron haciendo cada vez más largos. Marta fue perdiendo la sonrisa. Era el 121


último mueble. Frente al grupo de amigos, que ella había aportado, yo era un tipo más o menos normal. Buen compañero de truco. Callado, eso si, pero pasable. Aburrido y soso al decir de las amigas de ella. Pero claro, cuando se mudó conmigo, Marta ya estaba en los cuarenta y no podía andar con exigencias, al decir de ellos. En suma, no desentonábamos demasiado y, si no populares, éramos una pareja más.

La bomba que alteró mi mundo fue el juicio a la junta militar. Desenrollar la madeja de la represión podía llegar a dejarme en descubierto. Ahora leía los diarios con una curiosidad morbosa y mucho miedo. Cuando vi al almirante en la tapa de Clarín me quedé como de piedra. Nunca me interesó leer el “Nunca mas” pero ahora, casi corrí a la librería para comprarlo. Aliviado, no encontré nada que me comprometiera. Apenas una vaga descripción de mi grupo de tareas, la mención del hallazgo del cadáver de Adrián y las consecuencias que eso trajo a los desdichados que estaban secuestrados. De Gabriel no había nada. Curioseé la lista de desaparecidos. Con un lápiz muy claro fui punteando los nombres de los blancos que había secuestrado en mis años de “Carrera” Cada punto recreaba los gritos, la desesperación y el miedo, que ahora, como siempre, era mío. Había un apellido que no quería

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ver pero que busque morbosamente. Estaba casi al final de la lista y ese nombre no tuvo la marca de los demás. No necesitaba señales, nada podría nunca sacarlo de mi cabeza. Ansioso por adelantarme a una investigación que me desvelaba, llamé a mi vieja casa. No sabía nada de mis padres desde que “Morí” La encontré ocupada por una señora, que vivía allí con una hija. La mujer me contó lo de mi padre y que mi madre estaba en un geriátrico enferma de Alzhaimer. El tío, cascoteado por una de las tantas crisis, antes de viajar a Italia en donde se había radicado, le había alquilado la casa y el importe pagaba el geriátrico de mi madre. Mi otra tía había muerto unos meses atrás. Pretextando un trámite, viajé a Buenos Aires. Casi no reconocí a la que había sido la madre de Eduardito. Ella me miró con una sonrisa estremecedora. No sabía que hacer. En mi plan de escape, los viejos seguían viviendo juntos y eran autosuficientes. Consideré dejar a mi madre ahí. Pero la mujer que regenteaba la casa me había visto y podía reconocerme si aparecía muy seguido. A pesar de la sensación de estar cometiendo un tremendo error, arreglé para internarla en uno de los geriátricos de Mar del Plata. La inquilina no puso reparos al pedido de depositar el importe del alquiler en una cuenta bancaria, que abrí con el último

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de los documentos que me quedaban. El mismo que utilicé para declararme apoderado y cobrar la jubilación. Marta simuló aceptar una explicación laboriosa y complicada. Me acompañó en la primera visita y esa fue la última vez que vio a su flamante suegra. Dos meses después, Marta se fue. El día anterior tuvimos una discusión. Empezó por un toallón húmedo sobre la cama. Terminó con la miseria de nuestra vida en pareja, las ganas de cambiar todo y la certeza de la imposibilidad. Una pelea con los lugares comunes de tantas otras. Con todos los gritos. Con todos los insultos. Pero normal. Nada del otro mundo. Solo que, al día siguiente, seguíamos sin hablarnos. Me fui a la mutual sin desayunar y con un nudo en el estomago. Durante toda la mañana trate de hablarle por teléfono. Siempre me respondió el mensaje del contestador. Para el mediodía estaba francamente alarmado. Tanto, que inventé un malestar para salir antes. El jefe, que accedió de mala gana, me creyó al ver, desde la ventana de su oficina, que abordaba un taxi. Si este gasta, es que está enfermo Había huido. Me lo dijo en una nota económica que dejó sujeta a la puerta de la heladera mediante un imán con la imagen de San Pantaleón. 124


Que ya estaba cansada. Que me seguía queriendo. Que mejor separarnos por un tiempo que.....bla, bla, bla. Boludeces. Primero, al placard. Y comprobar que no quedaba una sola prenda de ella. Abrí los cajones de la mesa de luz y el botiquín del baño. Las únicas huellas de Marta; un lápiz de cejas, roto y la botella de champú para cabellos teñidos, casi vacía. Me dejé caer en el sillón del living. La mente en blanco y una casi olvidada sensación de soledad. Mecánicamente, encendí el televisor. En mi primera noche de separado, vi “Duro de matar” por enésima vez.Pasaron dos días. En la oficina, discaba a toda hora el número de su casa. Escuchaba ansioso los repiques. Los contaba con la vaga esperanza de no superar los cinco que conectaban el contestador y la voz de Marta

que, como una

broma sin gracia, me informaba que no estaba en casa. Un día llegó la confirmación y ahí, la conciencia. Ella me llamó desde la casa de una amiga. Más o menos, repitió lo de la nota. Agregó un domicilio, provisorio, un teléfono y la vaga referencia a los hijos que no quise. Yo quise argumentar pero ella no me dejó. Quise decirle que la extrañaba, pero no me salió. Cuando ella cortó me quedé como media hora mirando el televisor apagado. ¿Cómo se hace para pensar en todo? 125


Resolver las mil cosas que había dejado de considerar, Marta, por ejemplo. La ropa limpia y planchada. La comida. La limpieza que urgía. Al caminar por la casa tenía una sensación chirriante, producto de la falta de escoba. Para eso la tenía a ella ¿Y ahora? Ya no más el señor y la señora. La burbuja estaba rajada. Y los demás empezarían con las preguntas. Esa noche pedí por teléfono unos ravioles que comí mientras miraba una película. Me acosté con la firme decisión de empezar a pensar en mi nueva realidad. Pero mañana.Cuando ya no pude ocultar nada, la noticia fue la nota de la semana. En la mutual hubo conversaciones que terminaban abruptamente cuando yo me acercaba. Las mujeres formaron un frente de apoyo a Marta y, para cada una de mis actitudes, encontraron el reproche adecuado. Los hombres se repartieron entre la conmiseración, el apoyo explicito y la franca envidia. Todo expresado en gestos, silencios y pocas palabras. Abandonado. Culpable. Afortunado. Todos juzgando, suponiendo, inventando. Basura. Un solo hecho, simple y descarnado. Marta ya estaba en mi pasado.Un día apareció un extraño. Lo vi de pasada en el cristal de la ventana del dormitorio. Un hombre con barba de días, la ropa arrugada, la cara seria, la mirada velada. Se presentó 126


formalmente, en el espejo del baño. Luego fue una presencia habitual. Me resultaba familiar, pero hice como que no lo conocía. No quería hablar con nadie Cuando terminé de afeitarme estuvimos un buen rato mirándonos. Ya se me había hecho costumbre verlo y al final, sin ganas, le hablé;  ¿Qué carajo me pongo? El saco azul. No hace tanto frío A la tarde tengo que pasar por el supermercado Vas a tener que comprar un poco de carne  ¿Y con que la cómo? — Marta la hacía con papas doradas y ensalada de pepinos— No, yo le voy a dar a la lechuga. Es más fácil de hacer. La lechuga te llena de gases  ¿Y? ¡Si el único que los aguanta soy yo!— No, mejor hacé un puré— Mejor pido unas papas fritas— Si seguís pidiendo comida hecha, el hígado es el que te va a quedar hecho puréHasta me animé con mis recuerdos. Que hasta ahora había sepultado cuidadosamente. Mis terrores, vergüenzas, mentiras,

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sueños, que nunca tuvieron la categoría de proyectos. Mis frustraciones, mis delirios. Mi relación, si alguna vez la hubo, con Marta. Curioso, porque nunca antes pensé en eso ¿Para que? Siempre tomé la cosa como la encontré. A ella la imaginé de una forma y así la vi siempre. Jamás me interesó dudar de la mujer que Marta dijo ser. Ni siquiera cuando una oportuna regla ocupó el lugar de la virginidad perdida y afirmada por ella. No tenía importancia. Lo de antes era el pasado. Y era de ella. Yo no lo quería. Mirar atrás podía convertirme en algo peor que una estatua de sal. Necesitaba una mujer al lado, como los libros, que elegí por las tapas y que nunca saqué de los estantes. Marta era la única disponible así que la incorporé a mi vida. Una familia no entraba en mis cálculos de supervivencia. Pero necesitaba una mujer. Mañana es viernes. Tenés que pensar en el fin de semana  ¡No puedo quedarme otra vez encerrado como un preso!

Tardé unos meses en superar la figura desaliñada. El miedo a las preguntas y la curiosidad de los vecinos. El abismo de los fines de semana. Tenía resabios de los años anteriores. Pero, de a poco las cosas se encarrilaban. Claro que con recaídas. Después de todo Marta era parte de la vida que 128


había edificado y aunque no me importaba, mas que por la apariencia de familia, quedarme solo era un cambio. Pero en realidad, no había mucha novedad. Seguía siendo el mismo gordito, culón y maniático, que representaba los años mentirosos de un DNI ajeno y no mis cincuenta y tantos. A pesar de la calvicie incipiente, disimulada con el pelo peinado con mucho gel, para tapar los claros. Los ojos caídos y tristes. Los labios anormalmente carnosos. Las manchas rojas por toda la cara. El sudor que me mojaba la camisa, invierno o verano.-

Como todos los sábados pasé por la panadería y compré galletitas secas. El auto estaba en el taller. Me lo prometieron para el viernes pero, como siempre, no cumplieron. Tomé el colectivo y me senté cerca de la puerta, junto a un hombre mayor. Estaba libre un asiento, al lado de una chica de campera y largo pelo rubio, pero no me atreví a ocuparlo. Me bajé y caminé las tres cuadras que me preparaban para la hora larga que iba a pasar junto a la que, hacia ya mucho tiempo, fue la madre de otro que también era yo.El geriátrico es un edificio anodino, gris y ominoso. Siempre siento frío cuando entro, aún en las tardes de verano, cuando el calor parece multiplicar los olores que se quedan 129


adheridos a la nariz y resisten todos los perfumes. La saludé con un hola jovial. Le di un beso. Ella me apretó la mano y se comió una galletita, masticando mucho, mirando el vacío sin ver nada. Dije dos pavadas y después nos ganó el silencio, denso, pesado, incómodo, que invariablemente me llevaba atrás, muy atrás en mis recuerdos. Una hora mas tarde, el beso rápido, dos frases cortadas, una parodia de caricia. — ¿Ya te vas?Una justificación mentirosa. Un apuro que aparece de golpe y me proyecta a la calle.— ¡Por dios que olor a pis!Un sueño se repitió varias veces. Empezaba en una larga cola. Mi mamá y yo, esperábamos para subir a un gran barco de pasajeros. Cuando accedíamos a la cubierta, nos recibía una enfermera de edad y aspecto indefinidos. Ahí me despedía de mamá. La miraba errar entre las mesas, asustada y sin saber que hacer. Desde la planchada, la animaba y le repetía que la iba a pasar muy bien. Se lo decía con bronca, sabiendo que la engañaba, que solo quería que desapareciera. Cuando me daba vuelta para huir, despertaba.— Mamá se va a morir pronto- Fue una certeza.

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Casi esperaba el llamado que llegó ese miércoles. Estaba en una clínica. Una caída, un hueso roto. La encontré en una camilla de la guardia, llena de dolores, pidiéndole clemencia a Dios. Conjuré todos mis fantasmas junto a ese cuerpo martirizado y rebosante de los sufrimientos de otros cuerpos cuyos gritos oí y nunca escuché. Fueron dos días en los que revivieron esos otros que pensé, habían desaparecido. Y estos también me dejaron frío e indiferente. El final llegó cuando yo dormía. Soñaba que mamá giraba en el vacío y me miraba. Desperté sobresaltado. La mano que sostenía entre las mías estaba fría. No necesité que la enfermera, que llegó corriendo, me dijera nada. Conocía muy bien la muerte. Para no soportarlos, yo mismo cerré los ojos fijos que me seguían mirando.El velatorio, por el PAMI, patético y despoblado, no atrajo a Marta. La esperé hasta que el auto del mínimo cortejo tomó el camino del cementerio. ¿Para que y porque tenía que venir?Esa noche caminaba por la rambla cuando, sin saber como, me encontré en la punta de uno de los espigones. Me hipnotizaron las olas, sombras negras, pesadas y rumorosas, más adivinadas que vistas, amenazaban subir a las piedras y barrer con aquellos que tuvieran la peregrina idea de creerse intocables. Tuve miedo y huí casi corriendo. Entré en uno de

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los bares de la costa y pedí café. Un boliche tibio es un gran lugar para ejercer la soledad.-

Volvía a mi casa, un viernes al medio día, cuando me pareció ver, caminando por Colón, una figura vagamente familiar. Deseché la visión, era más alto, más delgado. Caminaba erguido. Irradiaba autoridad ¡Nada que ver con este! Y respiré tranquilo. Estaba durmiendo la siesta cuando sonó el teléfono. Una voz cascada, desfigurada me preguntó si había vivido en Merlo. Si era hincha de Banfield. Farfullé respuestas. Del otro lado se escuchó un suspiro aliviado — Hola Puma, menos mal que lo encontré cheMe tuve que apoyar en el marco de la puerta. Súbitamente las piernas fueron una goma débil. Cuando colgué sudaba copiosamente y las nauseas me mandaron corriendo al baño.Todo volvió de golpe. La cabeza, convertida en una pantalla loca me mostró escenas, una tras otra a velocidad de vértigo. Puma es el nombre de un muerto que jamás existió. Y de eso no tengo dudas, ya que yo fui su asesino. Un crimen fría y cuidadosamente planeado. Casi dos años de imaginar detalle por detalle. Cubriendo todos los ángulos. Borrando cada huella. Cerrando cada salida. Cuando todo estuvo a mi gusto,

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lo maté. Después me fui corriendo. Me suponía a salvo. Debería haber sabido que, con esas cosas, nunca se sabe bien nada. Yo quise, pude, me convencí.

Pero ahí estaba toda esa

mierda, saliendo del tubo del teléfono y derramándose por la casa como una baba viscosa y nauseabunda. Y solo eran las vísperas del indudable despuésDe golpe, el departamento es una celda, estrecha e incómoda. Los muebles se me vienen encima. El aire se vuelve una cosa densa. Manoteé el saco y salí corriendo. Ni siquiera esperé al ascensor. La luz que inundaba la avenida me deslumbró. Cuando recobré la visión me paralizó la fugaz visión de la muerte en un gato aplastado sobre el asfalto. Piel, dientes, sangre amarronada y viseras fétidas. No hay gritos ni sollozos. No hay órdenes. Pero es casi lo mismo que antes. Casi corriendo, tomé por la transversal. La peatonal estaba embaldosada con los retazos de sol que se filtran entre los edificios. La acostumbrada muchedumbre de chicos, turistas y gente de paso me tranquilizó. Entre ellos, soy uno más. Caminé cien metros detrás de una jovencita de pantalones ajustados y lustroso pelo negro. Pero, después del llamado, no quedé en condiciones de mirar culos movedizos. De la nada, sobre uno de los edificios, aparecieron dos enormes ojos que, desde un cartel, vigilaban cada uno de mis gestos

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— ¿Quién fue el guacho que puso ojos en medio de la calle?-

¿Y ahora?- Pienso y repienso mi situación. Todo se esfumó barrido por el viento del llamado. Mi primer impulso fue tomar un micro cualquiera y salir para donde sea. Bien lejos, lo mas rápido posible. Pero se que no tendría sentido. Antes, alguna vez, creí que solo con

huir, terminaba con todo.

Barajé y di de nuevo cuando desaparecí. Me entusiasmé hasta convencerme. Demolí los peros, reafirmé mi enorme decisión de dejar todo atrás. Años, parientes, vergüenzas. Ni amigos ni afectos, no los había. Y así, sin ligereza. Después de largos meses de preparativos, el Puma fue un cuerpo calcinado y unas pruebas fabricadas. Levanté todo para reaparecer, nuevo, flamante, junto al mar, después de una huida que me costó la mayor parte de la plata que ahorré durante los años que vivió el finado.Pero hace falta mucho mas que ganas y plata para poder aparecer desapareciendo. Además ¿Qué es “irse”? En el ochenta y dos, maté al Puma. Y en ese momento di por sentado que todo era definitivo. Curiosa unicidad de victima y asesino, me maté y renací con otro muerto y yo, tan estúpido, pensé que en medio de los cadáveres, volvería a vivir. Pero la 134


diferencia entre el pasado y el presente es solo una ilusión que llega hasta el futuro. Solo tres repiques de la campanilla del teléfono y el tiempo se deshizo. Otra vez me encontré con el gordito culón y miedoso que, riéndose de la infantil sensación de ignorar las certezas, siempre estuvo ahí. — ¡Y como salgo de acá con esos ojos de mierda que me están mirando!Al final no se me ocurre otra cosa que volver al departamento. Tengo que aceptar lo inevitable y ver que va a pasar. Uno no puede saltar fuera de su propia sombra.— Gracias a, o por culpa de. Pero mi vida siempre la resuelven otros, desde afuera-

— ¡Puma! ¡Tanto tiempo!La voz antecede al hombre que sale del negro hueco de la escalera. Alto muy flaco. Vestido de cualquier manera, con ropa vieja, perfumada por noches de uso y baño escaso. Con la barba desprolija y casi canosa. Me cuesta reconocer al individuo altivo, orgulloso y despectivo, de uniforme impecable. Está hecho un verdadero zarrapastroso135


Inconscientemente cuadro los hombros y saludo con respeto  Como está señor-Fórmula, no pregunta  Me voy a quedar en su casa un par de días che- Los ojos, fríos y crueles, estudian mi reacción.  Va a ser un gusto señor- La puta que te parió ¿Qué carajo Tenés que hacer acá? Vamos a cambiar un poco ¿Si? Cuando me hable, llámeme Don José. Ahora soy Don José, José Carlos Nemes. Ex bancario, ahora sin ocupación fija. ¡Tengo un plan trabajar y vivo de eso! Usted con…… Pare un poco che. Eso es para los demás –Aparece el tono autoritario y sobrador, como antes  Me están buscando che. Y acá tengo amigos. Está el Turco, está usted- Subraya la frase tomándolo de los hombros. Los ojos más fríos que nunca  Por supuesto que estoy yo señor…. Basta de señor ¡Boludo! Ahora soy José y tuteame. Los amigos no se tratan de usted. Y vos sos un buen amigo ¿No che?El ascensor se detiene con un salto y la charla hace un alto, hasta que entran.

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 Che, que lindo departamento. Por fin voy a poder estar un poco a gusto. Hace como una semana que tengo puesta esta ropa Se te nota hermano  Me vas a tener que comprar algunas cosas. No aguanto más esta ropa. Me siento ridículo  Me dice que… ¡”Decís”! ¡Por favor ponga atención! Le dije que me tuteara ¿Dónde está el baño? ¡Pasáme un toallón, me voy a internar un buen rato! ¿Qué tenés para comer? ¿Lo viste al Turco che? Me dicen que está en el bosque. Voy a tener que ir hasta allá. Che ¿Tenés auto no? ¡La reputisima madre! ¿Qué hago ahora? ¿Cómo me lo saco de encima? ¿Tenés buena música de jazz? En la pensión me hartaron con la cumbia. Había una chiquilina que estaba todo el día con lo mismo ¡Dale que te dale al chingui, chingui! Cuando aparecieron los marmótas que me buscan me dieron ganas de besarlos porque me tuve que ir de ese nido de cucarachas. Tres días vigilaron ¡Que imbéciles! En cuanto los vi preguntar supe quienes eran ¡Que bárbaro! Antes les poníamos la capucha y a volar. Ahora mandan ellos y las viejas de la plaza y todos agachando la

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cabeza ante esa chusma ¡Nadie se gana las jinetas! Los combatientes estamos solos che El discurso empezó cuando salió del baño y amenazó seguir toda la noche. Me envolví en mis pensamientos. Escuchaba vagamente el monólogo en medio de mi auto justificación  Y… ¡Marta tiene la culpa!  Este me rompe las bolas porque ya sabe que estoy solo  ¡Si ni me preguntó por ella!  Claro que no tiene porque saber que vivía con ella Sí, boludo ¡Este sabe todo!  Un perro al límite de la cadena. Solo llegué a eso. La cadena se cortó y estuve libre un ratito. Lo justo para mear el árbol y cagar en la vereda  ...ya falta poco. Ahí si que se van a despertar de golpe. Ni uno se va a escapar. Se lo digo yo che No encuentro resquicios. No hay silencios en la marea de frases, a veces inconexas, siempre amenazantes. Igual que antes. Era capaz de hablar o interrogar horas y horas. Nunca se cansaba ni se asqueaba. El tiempo lo decidía el. Igual que siempre.

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A la mañana siguiente, muerto de sueño, sin tener una idea precisa para salir del laberinto, me fui a trabajar. En el departamento quedó la visita. Dormido como un bebé, después de roncar toda la noche, murmurar en sueños, despertarse con un grito, levantarse a tomar agua, abrir la ventana y cerrarla. Yo no pude dormir mas que a ratos Y ahora, sentado frente al escritorio del jefe de la sucursal, invento historias para que me de quince días del mes de vacaciones que me deben. Inventé una depresión que no es tan fantasiosa. No simulé el temblor de las manos ni el reflejo de cerrar y abrir el ojo izquierdo.  Gabriel, andáte de viaje. Paseá un poco. Sacate a Marta de la cabeza. Levantate una mina y pasala bien. Si querés quedarte una semana mas, me llamas por teléfono y listo— A ver si a la vuelta cambias esa cara de orto— Te hace falta viejo.

A la noche estamos en el auto, que estacioné cerca de la casa del otro ex compañero de los grupos de tareas. Desde el mar, viene un ligero viento que baja la temperatura.  A este hombre ya lo escracharon como diez veces en Buenos Aires y se viene acá. Justo en medio de un bosque ¡En cualquier momento lo matan! Usted si que la hizo 139


bien Puma. ¡Es el fantasma! Y todo solito, sin pedir nada. Todo por su cuenta ¡Brillante che! ¿Usted lo sabia no?- Claro que lo sabía, una pregunta tan estúpida como la seguridad de un nuevo nombre. Y, yo lo sabía antes de que a usted se le ocurriera che. Me equivoqué cuando lo mandé al traslado de ese chico. Cuando volvió ya no era el mismo  Nadie vuelve igual de la muerte  Por favor che. No se me ponga filosófico. La guerra es la guerra y en la guerra se mata o se muere. Y esa muerte ni siquiera fue suya  ¡Boludeces! Esa no fue una guerra. Los matamos como patos ¡Un asesinato fue! Me callé asustado. Nunca me atreví a decir una cosa así. Y menos a este. Por mucho menos, varios lo pagaron muy caro El otro parece sordo. Si hay alguna reacción, la oculta muy cuidadosamente. Cuando habla el tono es tan bajo que tengo que esforzarme para escucharlo  ES! Una guerra Puma. No se equivoque. Todavía no terminó. Todo esto es una jodida partida de ajedrez y el jaque mate viene cuando uno de los bandos se queda sin sangre, de ellos o de los otros, y acá se pueden tirar miles de litros más de los dos lados 140


Está muy quieto. Los ojos miran un punto en el parabrisas. El dedo chico de la mano derecha, golpea sin ritmo el borde del tablero  Este movimiento es de ellos. Con la desición de tomar las islas perdimos una torre. Pero antes les comimos un montón de peones y, sin peones, las cosas no se dan tan fáciles Lo escucho en silencio, no me atrevo a interrumpir los sordos gruñidos  Este tipo es un animal, la misma bestia peligrosa de siempre, y me va a reventar en cuanto me descuide un poquito nomás La hiciste bien pibe. Nada de papeles falsos. Un perejil igualito a vos ¡Que detalle! Y en el momento justo ¿Sabes que casi te sale? Un mes con el teléfono de tus viejos pinchado y nada. Tu viejo, que se murió y nada. Tu vieja muy mal che, y vos ¡Nada!— Piensa un momento mientras me mira admirado—¡Un maestro che!  Señor ¿Le puedo preguntar cómo se avivó? Me quiero morder la lengua, pero ya está hecho. A este tipo no se le pregunta. El habla, si quiere, y lo que diga no sirve. La verdad siempre está disimulada o bien guardada

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 Una casualidad che. Una denuncia de desaparición que hizo el tipo que le… O mejor, “Que te” ¿No? Alquilaba la vivienda. Un viejo muy molesto que no quería quedarse con el televisor ni con el tocadiscos. ¿Podrá creer que lo llamaba así? ¡Tocadiscos! Como eran sus señas nos llamaron—Se queda callado un momento  Comprobamos que, el día en que desapareció, salió del país, vía Uruguay, uno de los subersas que cayeron en el setenta y siete. Después, el numero de uno de los DNI que desaparecieron de la pecera, figuraba entrando a Brasil por Jaguarao. Y este también tenía su descripción. Ahí sí que se esfumó che. Para esa época todo era desorden y confusión, opté por dejar todo así y no me preocupé más. Si era usted, mejor. Uno menos para hablar Piensa un rato antes de seguir — Y después hizo algo inconcebible che. Metió la pata como un coludo cualquiera ¡¿A quién se le ocurre traerse a la madre?! ¡Que poca visión che! La aparición de un hombre que avanza hacia nosotros corta el relato y nos pone en guardia — ¡Acá Turco! ¿Cómo anda che?

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Desciende del auto y estrecha la mano del hombre que aparece de golpe recortado por la luz agónica del farol que se balancea entre los árboles y el otro lo mira dudando de lo que ve

Otra vez sentado, vigilando. Elegí una mesa contra la vidriera. Desde mi posición puedo ver la entrada del edificio en que vive el blanco. Uno de los pibes que se quedaron solos y que no se resignan. Alguien se olvidó de dar vuelta el reloj de arena, el tiempo quedó flotando. Y hay un blanco. Como antes, tengo que entregarlo a los leones para que se lo coman. El pibe me importa tres carajos. Pero se que, en cuanto lo haga, se acabó todo. El que ahora es José me va a tener agarrado de las bolas. Y no va a soltar. Otra vez tengo miedo. Otra vez tengo que meter las manos en la mierda. De la puerta de la cochera, sale un muchacho alto y desgarbado. No mira para atrás cuando se va caminando hacia Independencia. Saluda con un gesto al diariero y se pierde entre la gente. Lo sigo sin problemas. El otro no toma ninguna precaución  ¡No tiene miedo! Este pelotudo no tiene miedo 143


A las tres de la tarde me encuentro con el Turco. Tiene que tomar la posta de la vigilancia, pero se ve que no tiene apuro y nos quedamos charlando un buen rato  En el ochenta, este era un pendejito. Esas boludeces que uno hace. Fuimos a buscar una mina que era correo. La marcó el pibe que vivía con ella. Cuando pateamos la puerta estaba preparándose para el pire. El vasco la sacó a las piñas. Yo me quedé haciendo la requisa y encontré al pendejo que estaba todo cagado, abajo de la cama. Me dio lástima y se lo dejé a una vieja que vivía en el piso de arriba. La tuve que apretar para que lo aceptara. Al otro día la llamó a la abuela y se lo entregó. A la madre la trasladaron y la vieja lo crió con el odio ¿Viste? Y ahora el tipo dice que me reconoce ¡Y jode para que me investiguen! Sin darse cuenta fue elevando la voz y ahora mira preocupado alrededor. Pero nadie parece haberlo escuchado  No hay caso. Cuando uno la juega de bueno siempre pierde Estudio al hombre canoso y gastado que se sienta frente a mí. Cuesta reconocer al joven, atildado hasta la exageración. De modales finos y voz agradable que no alteraba ni el interrogatorio mas arduo. Este podría pasar por uno de los

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abuelos que miran jugar a los nietos, sentado junto al arenero  Bueno, pero si desaparece…  ¡Va a ser para cagada! Puma, lo nuestro ya fue. Con mucha suerte, vamos a zafar del juicio. La gente se olvida Puma ¡Nosotros pusimos el cuerpo! Y bien que nos chupaban el culo. Pero en cuanto les sacamos a los subersas de encima, se dieron vuelta como una media. Mirá a esta vieja de mierda ¡Gracias a mi tiene un nieto! Y, en vez de estar agradecida, le mete el odio adentro. Si la madre caía en el setenta y siete, seguro que no lo dejo. Pero cuando fue lo de esos pibes, la cosa ya estaba encarajinada y uno empezó a pensar en lo que le esperaba cuando la tortilla se diera vuelta. Y fijate que cosa; queriendo salvarme dejo al pendejito, que ahora es lo único que me puede condenar Y si, cuando nos corremos para salvarnos del tiro, el caño del fusil, seguro que está torcido y la bala nos pega en las bolas Frases, digo lo primero que se me ocurre para quedar bien con el otro  Tendría que haber hecho como vos Puma ¡De boludo! La obediencia debida, el punto final, el indulto. Y después 145


ese marmóta inútil, que para colmo, era cuñado de un almirante. Yo pensaba que ya no iba a pasar mas nada y dejé de esconderme. Y ahí fue que empezaron con los escraches Pero Turco; nadie se va a poner a hurgar. A los políticos, la dictadura y los desaparecidos les importan nada más que para la foto. Algún acto, bajan los cuadros, sacan los bustos y ahí se acaba todo. Cuando cae alguno grande, es para que zafe de los pedidos de extradición. Si alguna vez

llegan a condenar a alguien

le dan prisión domiciliaria y chau. Con nosotros no pasa nada ¿O vos sabes de alguno que la haya pagado?  Si, el flaco dice lo mismo, pero yo no estoy tan tranquilo  Este es un país de pendejos. Te cagan, te mean y gritan por todos lados. Viene papá, los reta fuerte, pega unos cachetazos ¡Y a dormir sin comer! Las cosas no cambiaron tanto y a nadie le conviene prender el ventilador. Mirá los del puente Pueyredón, los de la plaza, cuando lo rajaron al boludo. La represión en el sur. Siempre es lo mismo. Los de arriba patean y los de abajo atajan. Y en el medio se cumplen órdenes ¡Y ahí estamos nosotros!  Si, pero cuando te escrachan, estas solo Puma. Todos se borran y es el infierno. Ahora, los que mandan en serio 146


ya tienen todo. No necesitan mas de los milicos ¡Ya nadie piensa en rebelarse Puma! Están todos muy preocupados cuidando el laburo, la cuota de la heladera y el colegio de los pibes. Ahora está todo bien. Nosotros si que estamos jodidos  Los grandes dejan que se creen infiernos, total ellos están en el principal y son los que manejan el fuego  Y bueno. Siempre fue así ¡Para ellos nunca se termina nada!  Bueno Turco, me voy. Todavía tengo que hacer una pila de cosas De golpe tengo apuro por salir del bar. Don José viajó a Bahía Blanca y tengo dos días de tranquilidad que quiero aprovechar para pensar tranquilo en como zafar. Por eso termino rápido el cortado y me voy con un saludo apurado. En una de los negocios de la peatonal, un cartel me llama la atención “Desásgase de lo viejo y cambie su vida” Miraba la vidriera, cuando casi tropiezo con Marta que avanzaba en sentido contrario y tampoco me había visto. El encuentro nos dejó frente a frente, sin saber que decir. Hubo un farfullar banal e inconexo y ella se fue caminando muy rápido.147


Ya en el departamento, la frase y el encuentro me daban vueltas en la cabeza sin acertar a relacionarlas.  ¿Cómo me deshago de lo que nunca tuve? Me acosté vestido y dormí una siesta larga y llena de sueños desagradables que olvidé al despertar. Me sobresaltó el llamado agudo del teléfono. Lo dejé sonar hasta que se conectó el contestador, pero el que llamaba, cortó sin dejar mensaje. No quería dejar la cama, abrazado a la almohada intenté seguir durmiendo. Ya no pude, el televisor no me ayudó para nada y me levanté. Otra vez la campanilla y su reclamo, que esta vez atendí. Era un compañero de la mutual. Cruzamos saludos. Se interesó por mi salud y respondí mascullando respuestas vagas. A cambio me enteré

de los últimos chismes, y de la aparición de una

nueva auxiliar. La charla languidece ante la falta de ganas y termina rápido. Me cuesta ubicarme en el Gabriel de hace una semana. La visita cambió todo a tal punto; que ahora me parece transitar dos veredas diferentes al mismo tiempo. En una, Adrián está de vuelta… Si se puede volver sin irse.  Adrián y Gabriel. Falta Eduardo y cartón lleno. Desásgase de lo viejo y cambie su vida. ¡Andá cagar! A mi, lo viejo me sigue a todas partes ¡Ahora me vengo a enterar de que la vida no cambia nunca!148


El domingo a la mañana salí a comprar unas medialunas que después untaría con abundante dulce de leche. La visita volvía al día siguiente  ¡Mi último día libre! Compré el diario de pasada y cuando estaba por llegar a la entrada del edificio casi tropiezo con un pibe alto, flaco, de pelos largos que corría hacia la esquina, estirando la mano para detener el colectivo, lo vi apenas por un instante, pero me pareció conocido. Tratando de recordar, subí a mi departamento. Preparé el mate y me senté a leer junto a la ventana. Distraído, no advertí que el dulce se me escurría por la comisura de la boca y me enchastré la camisa. Cuando me di cuenta, me la saqué, la enjuagué y la colgué en el balcón. Estaba sujetándola a la baranda cuando ví al pibe. Parecía esperar el colectivo en la vereda de enfrente, pero algo me llamó la atención. Me refugié rápido detrás de la cortina y desde ahí lo ví mirar hacia mi piso. Un ómnibus rojo

y blanco se detuvo en la parada y, cuando arrancó, la

figura desgarbada ya no estaba. Me quedé mirando un buen rato, pero todo siguió igual. En la esquina, la gente se juntaba y desaparecía regularmente, pero al pibe no lo volví a ver. Ya llevaba un buen rato vigilando cuando llamó el 149


teléfono. Un tal Freddy, cuya voz reconocí de inmediato, me avisó que se quedaba “En la fábrica” hasta fin de mes. Mandó saludos para todos y cortó rápido  ¡Se me dio una! ¡Una por lo menos! Levanté el auricular, pero lo dejé en su lugar de inmediato. Me puse el primer saco que encontré. Verifiqué las monedas que tenía en el bolsillo y bajé. Caminé un par de cuadras y desde un locutorio, llamé al Turco para darle la novedad. Aún teníamos órdenes, pero nadie que verificara el cumplimiento. El Turco no importaba. Los dos éramos títeres que entrábamos al escenario cuando el que tensaba los hilos lo ordenaba  ¡Al carajo con el Turco! Decidí que ya habían pasado demasiadas cosas. Tenía que ponerle punto final a toda esa locura. Parar la película y volver atrás.  Pero esta vez, tengo que terminar en serio, no puedo rajar de nuevo. Vaya donde vaya, me van a encontrar El pibe se reflejaba en la vidriera de una zapatería. Apenas un mocoso, alto, flaco, de pelo largo y ojos oscuros, con una campera anónima y jeans gastados. Caminé casi corriendo hasta la parada de taxis. Mientras esperaba miraba hacia atrás con disimulo. Una silueta se perdió detrás de uno de los árboles de la plaza y tuve la seguridad de que era él. Al fin llegó 150


un auto. Al abrir la puerta aproveché para observar atentamente a mí alrededor. Sabía que estaba ahí. Que me vigilaba. Di una dirección cualquiera y me pasé todo el trayecto mirando por la luneta trasera. Varias veces advertí un auto bordó que se mantenía unos cincuenta metros detrás. De pronto ordené al chofer un giro a la derecha y a mitad de la cuadra lo detuve y bajé. Corrí hasta la avenida y tomé el primer colectivo que apareció. Anduvimos un par de cuadras antes de detenernos y permitir que descienda un hombre con dificultades para caminar, me distraje mirando al viejo y cuando arrancamos, había un chico apoyado en el cuarto asiento. Parecía enfrascado en la música que escuchaba por los auriculares del walkman. Yo supe que estaba fingiendo. Estaba ahí por mí. Me largué del ómnibus cuando se detuvo en un semáforo, corrí como un maratonista hasta el departamento y me encerré con llave. A cada momento llegaba hasta la ventana y, escudado detrás de las cortinas, registraba la calle. Varias veces ví la figura alta y reconocí los jeans gastados. Intenté bajar y encararlo pero no pude. Estaba muy asustado. Decidí desaparecer. No moverme. No salir de mi cueva. Para comer, pedía empanadas y pizzas por teléfono. Me aferré a la vana ilusión de que todos desaparecerían si yo no los recreaba.

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Pasaron cinco días como una ráfaga. Los últimos que me quedaban antes de la vuelta a la mutual. Nadie me llamó. El pibe aparecía y desaparecía. Siempre era uno diferente, igual a los demás. No me animé a bajar ni una sola vez. Todos estábamos, pero no nos encontrábamos en ese mundo absurdo que había creado con mi miedo.El lunes volví a la mutual. Caminé las cinco cuadras desde el departamento, dándome vuelta continuamente. Parándome en las vidrieras que reflejaban el entorno. Comprobando que el, siempre estaba cerca. Ocho horas de saludable rutina en un terreno conocido, sin sorpresas, sin vigilancia. Recibí bromas, bienvenidas, el último cuento, me enteré de la última hazaña amatoria del cadete. Supe que la nueva auxiliar estaba: buena, regular, simpática, careta, según los gustos de los que la describían. El jefe me concedió diez minutos largos de preguntas y charla sosa.  ¿Y? ¿Saliste del pozo? Se te ve bien ¿Te fuiste a algún lado?- No quedó muy convencido, pero en general, pasé el examen.  ¿Qué te pasa que miras tanto para afuera? ¿Te siguen los cobradores? Che Gabriel ¿Sabes que tenés una nueva en tu sección no? Abril Domínguez. Llega media hora mas tarde 152


y se queda hasta y media para pasar los datos a central. Presentate y decile que va a trabajar con vos. En todo caso, quedate hoy un rato más para enseñarle un poco- Ya estaba con una carpeta en la mano y dio por terminada la reunión. Cuando volví a mi oficina conocí a la nueva, que estaba acomodando el escritorio. Me acerque, me presenté y hasta llegué a sonreír.  ¿De qué color son los ojos? Parecen celestes o verdosos ¿Serán los lentes? Adiviné un cuerpo rotundo, debajo del vestido suelto. Pensé que los hoyuelos de las mejillas le quedaban muy bien. Igual que los anteojos de marco grueso. Al final del día nos quedamos solos. Le indicaba como hacer el trabajo tratando de adoptar una pose fría, profesional. Ella aprendía rápido y el tiempo sobró para una charla tímida y errática. Después caminamos hasta la parada del colectivo. Esperé hasta que ella subió y me fui caminando por la avenida. Un par de veces me pareció ver al muchacho, pero no me importó demasiado. Igual decidí no volver a salir. Me cociné unos fideos, tomé dos vasos de vino y me di cuenta que estaba ansioso por pasar la noche y volver a la oficina. Me dormí muy tarde, y salté de la cama con el primer timbrazo 153


del despertador. Canté a los gritos mientras me bañaba. Me afeité con cuidado. Me vestí con la mejor camisa y el saco azul que usaba solo en ocasiones especiales.  Loco, mirá que por ahí está casada y quedas como un boludo  Ya miré el expediente. Tiene treinta años y es soltera  Si claro, soltera sí, pero ¿Qué pasa si está en pareja? Como dicen ahora. Por ahí anda con un tipo separado y figura como soltera  No, ya miré y vive con una tía  ¿Pensaste que tiene veintitantos años menos que vos?  ¡Basta boludo! Es una piba normal que está sola y que me voy a levantar porque me gusta y me da bola ¡Y al carajo! Salí dando un portazo. Mientras el ascensor bajaba, me miré en el gran espejo. El borde del cuello de la camisa tenía un collar de humedad, me imaginé las manchas oscuras debajo de los brazos y me hice el firme propósito de no sacarme el saco  ¡Te va a quedar

pasado de olor a chivo!

 Y bueno, en el cajón del escritorio tengo desodorante y colonia  Colonia ¡Que moderno!

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La avenida era una corriente ininterrumpida de autos y colectivos. Me sobresaltó el bramido de una moto que pasaba. La conducía un muchacho de jeans gastados, campera suelta y pelo largo. Sentí que las manchas del sobaco crecían. Una gota, gorda y pesada, se precipitó desde la nariz, hasta la pechera de la camisa y ahí se quedó. Aceleré el paso y me zambullí en la entrada de la mutual. A pesar del apuro, ví claramente al pibe que me miraba desde la vereda de enfrente. Traté de frenar el temblor de las manos aforrándome al borde del escritorio. Por suerte nadie pareció advertir nada. Ya más tranquilo, me serví un café y disqué el número del Turco. Corté antes de concretar la llamada. Una de las salidas de la mutual, daba al pasillo de una galería y ahí había un teléfono público. Antes de salir, vigilé la calle a través de la vidriera. No ví a nadie sospechoso. El Turco no contestó la llamada, le dejé un mensaje en el contestador para que se comunique conmigo urgentemente, recalqué la urgencia y sin cuidarme, le pedí que fuera cuidadoso. Volví a la oficina. El pasillo era muy corto, apenas una veintena de pasos que recorrí lo más rápido que pude. Pasé sin miramientos en medio de dos viejas que charlaban

y que me llamaron bruto y

maleducado. Un hombre que salía cuando empujé la puerta, evitó la caída agarrándose de uno de los exhibidores que se

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desprendió del soporte. Farfullé disculpas y me dirigí apresuradamente a mi escritorio.  ¡Estaba ahí y me miraba! No pude verlo bien, pero estaba. Está siempre ¡Que hago! ¡¿Cómo carajo me descubrieron?! Mis compañeros me miraban intrigados. Permanecí inmóvil, temblando a impulso del miedo. Un sudario gris y viscoso pareció cubrir todo. No acertaba a pensar coherentemente  Hola Gabriel ¿Se quejaron mucho de los datos que pasé anoche? Ella estaba ahí, con una sonrisa tímida, la cartera aún colgada de su hombro  Hola Abril, no, no se quejaron. Bueno, no demasiadoElla se puso seria y yo me apresuré a reír y decirle que era un chiste – Quedate tranquila, todo anduvo muy bien  Che boludo ¿Viste como cambió este cuando llegó la nueva?  Estaba como loco y ahora se le pasó todo  ¿Estará caliente con la pendeja?  Bueno che ¡No tan pendeja!  ¿Me estas cargando? Gabriel le lleva más de diez años  Cosas peores se han visto! ¡Entró el amor a la mutual! 156


 Siii, escuchá los violines Charlas más o menos iguales, se dieron en cada escritorio. Desde la recepcionista hasta el gerente, todos, disecaron prolijamente lo visto esa mañana. Me olvidé por unas horas de mis perseguidores y la hora de almuerzo llegó rapidísimo. Nos fuimos al bar de siempre con tres compañeros. Un muchacho, sentado cerca de la puerta, atrajo mi atención. Un comentario de Abril me distrajo y cuando volví a mirar el pibe ya no estaba. Esa tarde me quedé, otra vez, media hora más. Cuando salimos, la invité a tomar un café  Al bar de enfrente ¿Si?- Si me dice que si ya está  Bueno, un café y después me voy, no avisé nada y mi tía se preocupa El café se estiró a dos en una charla que no decayó ni un momento. Abril era de Buenos Aires. Huérfana desde muy chiquita, la criaron sus abuelos y otra de sus tías. Cuando rompió un noviazgo largo y sin sentido, decidió cambiar de vida y eligió la costa. Se llevaba muy bien con la tía de acá.  Y bueno, acá estoy. Hace tres meses era suplente en un colegio de Avellaneda

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 Tuviste suerte, conseguir trabajo en mardel no es tan fácil  Me presentó un amigo de mi tía que es medio pariente de un tipo que está en el sindicato  A bueno así…  No, así nada. Había otra chica que consiguió un laburo mejor y quedé yo  Tuviste mucha suerte  Desde que vine para acá que no me puedo quejar. Todo me sale redondito  Y bueno, a lo mejor acá encontrás otro novio y todo-¡Que comentario pelotudo!  ¡Difícil! ¡Acá hay menos novios que trabajo!- Me parece que ya tengo un candidato- Ay Gabriel ¡Es tardísimo! Mi tía me debe estar esperando, no le avisé nada y se preocupa  Pago y nos vamos ¿Te acompaño hasta tu casa?  No, gracias, mejor no. Por mi tía ¿Viste?- Uy, seguro que no le gustó Bueno, no te hagas problema, mañana nos vemos- ¡Vieja de mierda! — Hasta mañana GabrielEl beso fue natural, casi podría decirse, lógico 158


— Chau Abril, hasta mañanaEl colectivo se detuvo con un largo suspiro de frenos y se la llevó entre humos negros y bocinazos. Me quedé parado en el refugio hasta que las luces traseras del mastodonte se confundieron con las demás. Vi al chico cruzar la calle. Disimulaba, miraba para otro lado y hasta llegó a saludar a un tipo que pasaba. Pero no me engañó en ningún momento, sabía que estaba detrás de mí. Me fui para el departamento dando un largo rodeo que me internó en la plaza, ya oscura a esa hora. Vi una sombra detrás de la pincelada negra de uno de los árboles. Una mano me tocó el hombro, giré violentamente y me encontré con el Turco.  ¿Qué haces Puma? Pará que no soy un fantasma che ¿Te cagaste todo no?  Casi me matas del infarto boludo ¿A quién se le ocurre esperarme en la plaza a oscuras?  ¡Y que querés que haga! Me dejas un mensaje urgente y me pareció mejor venirme que usar el teléfono  Si, tenés razón. Pasa que estoy con los nervios de punta. Me parece, no, estoy seguro de que me siguen, me vigilan

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 Si ¿Es una minita de anteojos que toma el cincuenta y uno? Porque yo te vengo siguiendo desde que entraste con ella al bar y no vi nada raro Ignoré el comentario y ni siquiera le digo quien es la mujer  Empezaron hace dos o tres días. Es un guacho joven que no sabe nada. Lo vi enseguida Ahora el otro está interesado. Mira alrededor con atención, registrando cada detalle  Mirá Puma, vos seguí caminando como si nada, voy a estar atrás tuyo. Si alguien te sigue lo voy a ver seguro. Más si es un perejil  Yo me voy al derpa y ya no voy a salir. Mañana estate cerca de la puerta a las nueve, a esa hora me voy  Listo, cualquier cosa llamá y cortá dos veces y yo me vengo  Bueno, no creo que la cosa sea tan urgente. Quedate tranquilo, vas a dormir toda la noche — Mejor viejo, vos sabes que si están atrás tuyo, están atrás de todos Elegí la zona mas oscura de la plaza para llegar a mi casa, con eso les facilitaba el trabajo. No me di vuelta ni una sola vez. Si alguien me seguía

el Turco lo iba a descubrir.

Sin levantar la vista crucé a paso rápido y entré saludando 160


al portero con una inclinación de cabeza. Mecánicamente encendí el televisor, me aflojé la corbata, me preparé un sanguche y abrí una lata de cerveza. Dejé todo en la mesada para discar el número de Abril pero corté antes de que contestara.— Parezco un pendejo boludo Después me senté frente al televisor y comí mirando una película, que no vi. Mi cabeza era un remolino de imágenes que desaparecían antes de formarse. Quería pensar en Abril, pero todo se superponía y al final aparecían siempre los ojos oscuros y fijos que eran los de mi perseguidor. Me quedé dormido en el sillón. Cuando me despertó la campanilla del teléfono, me sequé con la manga de la camisa un hilo de baba y moví la cabeza tratando de hacer desaparecer el dolor de cuello. Levanté el tubo cuando la llamada fue interceptada por el contestador y tuve que hablar en medio del mensaje. Después, una voz conocida me dijo que el viernes llegaría el tío. Que no me preocupara porque pararía en un hotel y que esperara el llamado para encontrarnos. Todo así, de corrido y sin esperar acotaciones o respuestas. Colgué, apagué el televisor y me acosté. Soñé que estaba en la playa con Abril, cuando vi una ola inmensa que se acercaba muy rápido. La última visión, antes de 161


despertarme aterrado, fue la espuma que formaba surcos en el flanco verde y voraz, y el absoluto silencio. Demasiado nervioso como para dormir. Me revolví un buen rato hasta que busqué un Valium en el cajón de la mesita de luz y me lo tomé en seco. Me dormí pensando en Abril, y como dejarla fuera de todo y lejos del que no sabía quien era ahora, como no lo supe nunca.

Amaneció una mañana gris, con rachas de llovizna que venía del mar. Me levanté con la cabeza embotada. Me quedé un buen rato bajo el chorro caliente de la ducha. Me vestí eligiendo prenda por prenda  ¿No será demasiado?  No, la voy a invitar de nuevo y me tiene que ver bien  Escondele los anteojos A las nueve en punto salí para la mutual. No ví al Turco, pero el muchacho estaba tras el refugio y me miraba. Caminé a paso rápido. No miré para atrás ni una sola vez. No hacía falta, la nuca me ardía por el impacto de esos ojos implacables. No terminé de sentarme cuando sonó el timbre de mi interno. Un hombre me comunicó que no encontraba el paquete, que había buscado cuidadosamente la noche anterior y

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hoy, pero no aparecía. Agradecí farfullando palabras sin sentido y corté.— Este boludo no vio nada ¡Pero el guacho estaba ahí! ¡Estaba! ¡Turco de mierda! Ni se molestó el muy cabrón ¡Tuvo que verlo! Cuando vi que los demás estaban pendientes de mi, me di cuenta que había gritado — ¡Estos tipos del correo son una manga de inútiles! Hace una semana que espero un DVD que me mandaron de Buenos Aires ¡Qué barbaridad! Se lo digo al que tengo mas cerca, en voz alta para que los demás escuchen.Abril entra apurada, exhalando vapor y con las mejillas rojas de frió. Saluda a todos mientras se saca los guantes de lana. Soy el destinatario de una sonrisa especial, solo para mí y un guiño extra. Alcanza para diferenciarme del saludo general. A mi me sobra. La vigilancia, el Turco, el que vuelve, todo queda relegado, sin saber como ni porqué. Es la primera vez que me pasa y no me animo a pensar en esta ternura nueva que me saca del gris que, no se cuando, pintó toda mi vida. ¡Hola Gabriel! ¿Todo bien? 163


 Bien ¿Y vos? El día pasó muy rápido. Una diferencia de caja sumó tres testigos a la media hora que compartía con Abril y una muchedumbre al último café en el bar de enfrente. Ella se fue sin que pueda proponerle el cine que tenía planeado y caminé junto al gordo Sotelo hasta la esquina de la plaza. Cuando me despedí del otro, vigilé las sombras que me rodeaban. No vi a nadie, ni siquiera al Turco. Intranquilo, crucé la avenida y entré al edificio. Saludé con un gesto al viejo de la vigilancia y esperé el ascensor mirándome los zapatos. — Hola Puma ¿Cómo anda che? La voz me paralizó con la mano extendida a medio camino de insertar la llave. El otro se acercó sonriente  ¡Diez minutos para cuatro o cinco cuadras! Habló mas con el gordito que con Abril ¿No se le estará cayendo la muñeca che?- Y rió de su chiste  ¡Sabe cómo se llama ella! ¡Turco de mierda! -¿Cómo está señor?  Como estas, viejo ¡Como estas! Te dije que me tutearas ¿Qué te pasa Puma? Sentados en el living le cuento de la persecución y de la vigilancia sin resultado del Turco. Juntos miramos la calle

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ocultándonos tras las cortinas. Ví la sombra que se ocultó rápidamente detrás del refugio, el que ahora era Aníbal, no — Mire che, déjelo por mi cuenta. Si lo vigilan, es que alguien habló de más. Oficialmente usted está muerto. Pero vio como son. Esta gente escarba y escarba. Vamos a tener que armar algo para que queden escarmentados. Pero si no hacemos bien las cosas, puede ser peor. Yo me voy a ocupar. Usted se queda esperando ordenes y corta todo por un tiempo. No nos busque, en cuanto tengamos algún dato, nosotros le avisamos.Y me quedé solo. Aníbal me dejó un número de celular, pero con la advertencia de que lo usara solo en caso de una urgencia desesperada. No quería ir a la ventana, sabía que estaban ahí, que nada ni nadie me los sacaría de encima. Otra vez la única salida era la fuga. Otra vez terminar con todo. Pero ahora estaba Abril y con ella era distinto. Ella estaba afuera de toda esta mierda y así tenía que seguir. Iba a ser parte de mi vida, la mejor parte  ¿De dónde? ¡Si todavía ni la llevaste al cine! ¿Por dos cafés de mierda en el barcito? ¡Anda!  No tiene nada que ver. Yo lo se y ella lo sabe y punto

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 ¿Sabes que siempre me gustó Abril? Es un nombre muy musical. Me gustaría llamar así a una hija  A mí no. Bueno, nadie está conforme con su nombre ¿No? A mi me gusta el tuyo. Un arcángel, poderoso y fuerte, protector  ¡Dale! Para mi es solo un nombre. No le doy tanta importancia. Si suena bien, me gusta y el tuyo suena bien  Pero es mentiroso  ¡Mentiroso! Que ¿Es Enero?- Los dos nos reímos del chiste  No sé porque me gusta este tipo. No tiene un pelo de lindo. Gordito, culón, siempre chivado. Pero me gustaMi nombre es bien argentino. Me llamaron así en Buenos Aires, sin pensar que en Europa lo usan porque, en Abril, allá es primavera. Acá es otoño, frío, viento, hojas que se caen. En fin ¡Una cagada la imitación! ¡Pobres viejos!  Cuando murieron vos eras chiquita ¿No? - La mueca de tristeza hace que me arrepiente en el acto por preguntar  Si, muy chica. Recién nacida-Se hace un silencio espeso. Ella parece encerrada en un halo de tristeza gris – En

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fin. Mejor hablamos de otra cosa. Cuando aparece este tema, me pongo mal  Si claro, perdóname…no sabía  No, si no es por vos. No tenés la culpa La mano de ella busca las mías sobre la mesa. El contacto me reseca la boca y no atino a nada. El miércoles fuimos al cine y después, comimos comida mejicana en un restaurante del centro. El jueves, nos encontramos con una pareja de amigos de la oficina y cenamos los cuatro en la casa de ellos. Recibimos mil chistes y dos mil preguntas sobre nuestra relación. Resistimos los embates sin contestar nada. En realidad no había nada para contar. El viernes no salimos, pero el sábado nos despedimos a las siete de la mañana del domingo después de pasar una noche de baile y charla en uno de los boliches de Constitución. No nos íbamos a ver hasta el lunes porque era el cumpleaños de la tía y venía la familia de Buenos Aires. En todo momento los otros estuvieron detrás. Los vi, o lo vi, en cada esquina. En los autos que me pasaban. En los semáforos. Siempre estaban.El lunes, me despertó el silbido bajo y amenazante del viento que llegaba desde el mar. Las persianas se sacudían y chirriaban. Rachas de fina llovizna repiqueteaban contra los vidrios de la ventana del living. Comprobé la hora y me 167


arrebujé en la frazada dispuesto a dormir las casi dos horas que me quedaban. Al rato di por perdido el intento y me levanté. Preparé café y encendí el televisor. Volvía al cuarto cuando lo vi, sentado en el sillón, mirándome. Entré a la cocina de un salto. Tomé el mango de la escoba, lo partí contra el suelo y, armado con la improvisada lanza, volví al living. Toda la operación no me llevó más que unos segundos, pero fueron suficientes para que el muchacho desaparezca. Confundido, aterrado, no atinaba a nada más que quedarme parado con mi ridícula arma en la mano. Las piernas como un flan y una nube gris y pesada que me fue envolviendo. Mi último pensamiento conciente fue que la hornalla de la cafetera estaba encendida. Desperté muerto de frío y empapado en sudor. Estaba en el living. Después me acordé de los vanos esfuerzos para llegar al sillón. Cuando sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies y solo veía los ojos fijos, velados de tristeza, implacables, del pibe que se había ido, pero ahí estaba. Tambaleando, fui a la cocina y apagué el fuego que dejó al rojo la cafetera. Me mojé la cara y, de golpe, un tremendo dolor me llenó la cabeza. Tomé dos analgésicos, me acosté y cerré los ojos esperando que el dolor se fuera. Cuando sonó la chicharra del despertador me sobresaltó porque estaba profundamente dormido, tanto que llegué a pensar que todo había sido un mal sueño. La cafetera arruinada y el 168


mango de la escoba me confirmaron los sucesos de esa madrugada. Me quedé tanto bajo el agua muy caliente de la ducha que acabé la reserva del termo tanque y terminé de bañarme a las puteadas por el agua helada. Me vestí lo más rápido que pude y salí a la calle. La figura alta y desgarbada estaba tras uno de los árboles. Ante la mirada asombrada de los que esperaban el colectivo, gritando insultos y sin reparar en los autos que frenaban y maniobraban para no atropellarme, corrí hacia el muchacho que, súbitamente, desapareció. Sudoroso y mareado, me apoyé en un árbol para no caer. De a poco fui normalizando la respiración. Caminando como borracho me metí en el primer bar que encontré y pedí un café doble. Cuando llegué a la oficina tuve que cambiarme la camisa empapada por la que guardaba en uno de los cajones. Ante las mudas preguntas, aduje una comida muy pesada. Las nueve y media y Abril no llegaba  ¡Vamos Abril! ¡Llegá de una vez que necesito verte para olvidarme de todo! Llamé a la casa, pero atendió el contestador  ¡Donde estas! ¿Porqué no estas acá? ¡Justo hoy carajo! El timbre del teléfono me hizo pegar un salto. Lo descolgué de un manotazo, antes de poder decir hola, una voz conocida

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me pidió que vaya a buscar el envío que estaba esperando. Que lo haga ya porque el mensajero tenía que irse. Avisé que salía por un momento y me fui caminando hacia la esquina. No tuve que andar mucho. El Turco me hacía señas desde un auto. Estaba con Aníbal, o como se llamara ahora. Arrancaron, conmigo en el asiento trasero. Recorrimos las pocas cuadras que nos separaban de la costa y nos detuvimos en el punto panorámico.  Estaba en lo cierto che. ¡Andaban atrás suyo! Y bien cerca, esta vez se esmeraron en el planeamiento y la ejecución, pero no les alcanzó. Ya los neutralizamos che  ¿Lo encontraron? Entonces existe ¡No es imaginación!  ¡Qué va a ser imaginación! Puma, estos tipos no van a desaparecer así nomás ¡No respetan nada! Mire lo que hicieron con usted ¡Ponerle a esa piba! ¡No tienen perdón! che  ¿La chica? ¿Qué chica? -¿Qué dice este tipo? - No entiendo señor- No quiero pensar, no quiero entender  Esa pendeja, Abril ¡Que nombre pelotudo! Típico de esas mierdas que se hacían los hippies- El Turco habla pero yo no lo escucho.  Puma, esa chica era hija de desaparecidos -Aníbal hace una pausa, para que comprenda la enormidad de la 170


noticia- A los padres los chupó el ejercito en el setenta y siete. Ella había nacido unos días antes y la madre se la dejó a la abuela. Por eso está así. Nosotros se la hubiésemos dado a gente como la gente y ahora viviría bien. Sería sana  Pero ¿Es cierto eso? ¿Me buscó para tirarme a los perros? - Este guacho me está mintiendo. Quiere que no la vea más para poder tenerme a mano  El otro parece leerme el descreimiento en la cara  Créame Puma. Ya se que es doloroso che. Usted estaba medio, como decir…Encariñado ¿No?  No, no, yo no se. No entiendo nada. Ella no me puede estar haciendo esto a mí  Si puede Puma. Esta gente no respeta nada. No les importa el dolor que puedan causar, es así la cosa. Pero tranquilo che, ya está todo bien. Estos no van a molestar más  Por lo menos usando a la pendeja- El Turco interrumpe – Aníbal, son las diez y media, vamos retrasados  Cierto Turco, ya nos vamos. Puma, usted se vuelve a la oficina y tranquilo, como si no pasara nada- Me entrega un envoltorio llamativo- Tome ché, si hay preguntas, fue a buscar esto. Quédese tranquilo, yo me ocupo de todo

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 Pero no. No se ¿Qué van a hacer? ¡Ella no vino a la mutual! ¡¿Qué hicieron?!  Aníbal me miró con esa sonrisa que nunca estaba en los ojos  Vamos Puma ¿Me va a cuestionar ahora? Usted sabe que si yo me ocupo, la cosa está solucionada che Palmeó al otro que arrancó despacio, sin llamar la atención para nada. Me quedé junto al cordón viendo como se alejaban. Un sudor frío me empapó la camisa. Mareado y tembloroso, volví en un taxi a la mutual. Cuando entraba, el muchacho me miraba muy triste, antes de desaparecer detrás de un colectivo.  “Yo me ocupo de todo”- La voz del hombre resonaba en mi cabeza “Era” “Estaba” Me abalancé sobre el teléfono, pero fue inútil, seguía sin contestar. El gerente me llamó para ver si sabía algo de Abril. También los otros me preguntaron un par de veces. Me cuidé de aparentar tranquilidad e ignorancia. Incluso me reí de algún chiste tonto que mencionaba la relación que teníamos. Faltaba poco para terminar la jornada cuando la recepcionista se acercó a mi escritorio; muy roja y alterada

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 Es Abril- Pensé –Viene por Abril- ¡Epa Julia! ¿Qué te pasa? ¿Viste un fantasma? Gabriel, es Abril - ¡Sabía que era ella! -Llamó la tía para avisar ¡A esta hora! Tendría que haber llamado a la mañana ¿Se cree que es joda esto?  Gabriel, mirá yo lo siento mucho. Se que vos eras muy amigo de ella. Yo…  ¡¿Qué pasó?! ¡Dale che hablá de una vez y dejá de dar vueltas! ¡Hijos de puta! ¿Qué le hicieron? “Usando a la pendeja” dijo el Turco.  Tuvo un accidente Gabriel- Ahora hablaba atropelladamente. Como queriendo irse para no ver los resultados de la noticia- La atropelló un auto en la esquina de la casa, cuando venía para acá. El tipo se escapó y la dejó ahí tirada  Fueron ellos, eso quiso decir con el “Yo me ocupo”  ¡¿Y como está?! ¡Dale hablá marmota! Los demás se habían ido acercando. Silenciosos y reverentes ante la noticia que nadie, ni yo, necesitaba terminar de escuchar. Si los vi, no lo demostré, no necesitaba escuchar más pero seguí aparentando ignorancia

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 Está muerta la pobrecita. Fue instantáneo. El golpe la desnucó. La tía dice que murió en el acto

Siguieron días que no fueron. Una niebla gris me mantenía lejos de todo. El velatorio de Abril. La tía que me decía cuanto me apreciaba la pobrecita y contaba una y otra vez las circunstancias de una muerte que creía conocer. Las miradas de lástima de mis compañeros. La policía encontró el auto, un Fiat gris. Lo habían robado esa misma mañana, en el puerto.  Me pasaron a buscar en un Corsa rojo. Lo deben haber dejado cerca  Estaba abandonado ahí nomás. Se ve que se asustaron y dejaron todo  Y si ¿Nadie vio nada?  No. Una señora dice que eran dos hombres grandes. Que uno tenía bigotes y el otro una peluca negra ¡Por ahí eran policías mire! ¡Qué terrible!  Ya no se puede seguir así —

Uno no sabe si vuelve vivo a su casa

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Y así todo el día. Comentarios sin sentido. Acusaciones a la nada. Abril, y su cajón cerrado –Está muy desfigurada por el golpe pobrecita- La tía no paraba de sorber y lloriquear. La gente hablaba y hablaba. Yo solo quería irme, salir corriendo, pero me quedé y fui uno más del coro de lamentos y frases hechas.Esa noche regresé tarde al departamento. Entré sin encender la luz y me senté en el sillón. Con la cabeza entre las manos, traté de tranquilizarme. De pensar en como tenía que hacer lo necesario para que todo encaje y termine.  ¿Es jodida la muerte no?-La voz salió de un ángulo oscuro de la habitación. Contra toda lógica no me sorprendió  ¿Ustedes la mandaron?- Hablé al vacío. Aún no veía a mi interlocutor que era un pedazo más de oscuridad  No y vos lo sabes. Atrás tuyo estoy yo y nadie más No supe como, pero ahora la figura estaba frente a mi, destacándose contra el cuadrado de la ventana. Pero Aníbal supo que ella era hija de…  Una casualidad. Ni siquiera lo mencionaba. Nunca militó

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Ahora estaba cerca y podía verlo mejor. Un pibe joven, alto y flaco que me había maldecido y que, ni al final, tuvo miedo. De la cara solo podía distinguir los ojos como brasas. Yo no sabía. Yo…  Vos nunca supiste mucho ¿No? Aceptaste lo que te decían y siempre te salió gratis  ¡No! Yo hice lo que tenía que hacer. Lo que me mandaron. Siempre fui un soldado y cumplí las órdenes. Nosotros éramos el gobierno y ustedes los terroristas  ¡Ay flaco! Dejáte de decir boludeces. Ni vos te lo crees. Antes eras un hijo obediente y después, cuando Aníbal apareció, dijiste comprendido, y seguiste obedeciendo. Que los demás decidieran por vos. Pudiste elegir, pero ni se te ocurrió resistir. Tendría que estar aterrorizado. Ahora lo veo bien y verlo no me espanta. El pibe no está cubierto de moretones ni de sangre seca. Tampoco tiene esa actitud desafiante que me volvió loco el día que lo torturé. Es nada más que un chico que me mira el alma. Los ojos no giran. No hay caída en el vacío. Solo la realidad.  Decime pibe ¿Cómo hiciste para no tener miedo?  ¿Y quién te dijo que no tenía miedo? Mi abuelo el milico decía que los que nacimos para mandar tenemos que 176


gritarles a ustedes, llevarlos por delante, demostrarles que somos mas  ¿Y por eso te resististe?  Lo que no sabía mi abuelo es que los que nacieron para mandar en serio son otros y los demás, a lo sumo, tienen permiso para matarse entre ellos Junto al pibe, resopla un gran gato, blanco y castrado, que deja su mierda en las piedras que yo voy a tener que cambiar.  ¿Por qué volviste justo ahora?  Nosotros no volvemos, nunca nos fuimos. Nos quedamos para siempre en un momento. Y desde ahí reclamamos y a esa persistencia la llaman memoria. A veces parece que la nada triunfó, y ahí estamos nosotros. Creyeron que tirándonos al mar o confundiendo nuestros huesos entre miles; desapareceríamos, pero lo que destruían eran cuerpos, envases, y los muertos somos mucho más que eso A mí alrededor, todo desaparece de a poco. Desperté cuando aún no había amanecido. Por una vez tenía todo muy claro y sabía que solo yo era el dueño de mis actos. Casi

me pareció ver al gran animal blanco esponjando el pelo

y mirándome con desprecio. Soy, otra vez, Eduardo, pero también Adrián y el impostor que asesinó a Gabriel. Se pueden ser tres en uno. Como nos explicaba el padre Díaz. Allá en 177


la iglesia con pretensiones de catedral, donde encontré todo menos la fe. La vida es una sola, y es mía, como el miedo que nunca quise enfrentar y decidió todo.Llamé a la mutual y avisé que estaba mal. Que iba a llamar al médico. Fue solo para que nadie intervenga. La mutual ya no era más que pasado. Pero necesitaba evitar preguntas y sospechas. Al medio día llamé al Turco. Cuando el otro contestó corté. Dejé pasar unos minutos y disqué el número del teléfono seguro.  Soy yo, llamo desde un público. Necesito hablar con ustedes urgente  ¿Por? No se si el podrá. Me tenés que dar tiempo Ganar tiempo, enfriar. Conocía la técnica y sabía que no podía permitirlo. Lo repentino y desordenado jugaba a mi favor.  La pendeja no estaba sola, un guacho iba a encontrarse con ella y los vio. Tenemos que vernos esta noche. La tía me dio la clave para hacerlo mierda pero hay que apurarse Bueno llamá acá, a la tarde, y arreglamos ¿Vos estas bien Puma?- ¿Inquietud o desconfianza? Me esmero con la respuesta. Los quiero tranquilos y confiados

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 Mientras el otro guacho me siga, voy a estar para la mierda. Estos están muy bien organizados Turco  No te hagas problemas hermano. El va a saber como terminar con todo  Espero che. A la tarde te llamo ¿Las siete está bien? El tiempo fue una gelatina que se derramaba en la mesa de los bares que recorrí esperando llegue la hora del llamado. No quise volver al departamento. No hubiera soportado un nuevo encuentro, a solas, con el pibe, con el pasado. Dejé pasar un par de minutos y llamé  Sí, yo- Esperaba al Turco. Si atendía el en persona quería decir que estaba asustado  Tengo novedades ¿Le comentó el Turco?  Sí, me dijo ¿Qué supo che?  Hay otro. Vino de Buenos Aires la semana pasada y se encontraron este domingo. Se donde puedo engancharlo. Esta noche lo levanto. Dígame donde lo llevo  ¿Se va a arreglar solo che? -¿Duda?  No hay drama. Es un boludito tierno que juega al justiciero. La pendeja me agarró distraído, pero este me las va a pagar por los dos  Bien Puma, así tiene que ser ¿A que hora calcula que va a estar listo che? 179


 A las diez de la noche voy a tener todo controlado y el paquete listo Bueno che. Entonces, en el camino viejo a Miramar a las diez y media  Si hay un problema de último momento, llamo y pregunto por Luís, me dicen equivocado y corto. Quiere decir que lo dejamos para mañana a la misma hora  Bien Puma, muy bien. El de siempre; un profesional che  Bueno, nos vemos  Si le parece que va a necesitar ayuda nos llama. No se arriesgue che  Comprendido, quédese tranquilo Vuelta a recorrer bares. A las nueve y media me animé y fui al departamento. No había vuelto a ver al pibe y no quería encontrármelo, pero tenía que recoger el arma que guardaba debajo del último cajón de la mesa de luz y un poco de plata. Pero esta vez estuve solo. Nadie apareció para distraerme. Pasé por el garaje y retiré el auto. Cargué nafta en lugar del económico gas. Necesitaba potencia y pique. Ya estaba en hora cuando enfilé la avenida. Calculé llegar unos diez minutos tarde.  Ellos me van a estar esperado no menos de un cuarto de hora antes. Ante la demora se van a acercar a la ruta. 180


Nadie resiste la tentación de mirar si el retrasado llega Vos das todo por seguro ¿Y si falla? Ponele que desconfían y se quedan en el auto El que está sentado atrás es el Perro, pero verlo no me alteró en lo más mínimo — Manual Perro. El me enseñó, igual que a vos. Se como hacen todo y, como siempre les sale, no van a cambiar justo hoy  No aprendí nada ¡Así me fue! Decime ¿Porqué me mandaste al frente? — El jefe me preguntó y yo obedecí. Le demostré que era fiel, yo era uno de los elegidos. Vos no quisiste, elegiste decir no. Yo no tuve el coraje El semáforo cambia a amarillo y freno suavemente. No quiero llamar la atención por nada del mundo. Mientras espero la luz, acomodo el revolver bajo la pierna. Con el verde demoro en reiniciar la marcha esperando que termine de cruzar una pareja. El hombre tironea para que la mujer se apure — Esta avenida es única en el mundo Perro. Te lleva de la playa, a los telos, te deja en el cementerio, te tira a la basura o te saca de la ciudad. Todo en una sola calle ¡Y encima se llama Independencia! 181


— La vida, la muerte, lo desechable y la fuga. Todo está en el mismo camino — Se podría decir que todo es lo mismo — ¿Vos creés? — Irse es vivir. Empezar

de nuevo, limpito como un bebe.

— No jodas, fuiste otro más de una vez y siempre terminaste igual — “Uno siempre es lo que es y anda siempre con lo puesto” — Serrat ¿No? — Aja ¿Sabes cómo sigue? — “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio” Lo podrías haber escrito vos

Cuando paso el cementerio aferro con fuerza el volante. — Tienen que estar por acá Apagué las luces y solté el acelerador. El coche se desliza casi sin ruido. Los vi desde lejos. — ¿Y Perro? Ahí están los dos ¡Papito sabe nene!- Me dejé ir sobre la banquina. Quiero verlos bien, asegurarme. — Es la única oportunidad. Si fallas… — Tranquilo pibe, no puedo fallar, me sobra practica en esto de sacar mierda 182


Las dos figuras se destacaban en la gélida luminosidad de la luna llena. Parecían marionetas en un absurdo teatro de títeres. No oigo el dialogo, no hace falta, lo conozco de memoria. Están hablando de blancos. De las piedritas que voy a tener que remover y de la pasta negra, maloliente y pegajosa. Ya empiezo a percibir el olor y anticipo la crispación del vientre. Cuando miro el espejo retrovisor son otros los ojos que me devuelven la mirada. No me miran con desprecio, dolor ni desesperación. No me ruegan, ni me odian. — ¿Lástima? Cuando el auto se fue un poco de costado, levantando una lluvia de piedritas, me di cuenta que había acelerado. Los otros dos se quedaron inmóviles encandilados por las luces altas. Aceleré hasta hacer gritar al motor por el esfuerzo, para después meter la tercera, con un crujido de la caja y abalanzarme sobre ellos, que no atinaron a moverse porque no podían concebir lo que estaba sucediendo; a pesar de sentir el golpe de los hierros en todo el cuerpo. Uno, por lo menos, fue casi el mismo de siempre al morir y alguien iba a velarlo y hasta llorar un poco. Quedó tirado al costado de la calle, sobre la tierra, con la cabeza destrozada por la alcantarilla desubicada, que tuvo la ocurrencia de atajarlo cuando vino volando. 183


El otro no existía más que en un inconcebible plan de trabajo, sin trabajo, y en mil documentos falsos o verdaderos. Tantos, que ni él sabía ya quien era. Tuvo el raro privilegio de ver acercarse a la muerte. Se saludaron como viejos amigos. La conocía, estuvo a su servicio desde siempre. La vieja señora, de eterno negro, quiso agradecerle las atenciones que tuvo con ella dejándole ver toda su vida antes de quitársela. Pero entre tantos nombres falsos que el tiempo volvió verdaderos, no supo por donde empezar y para cuando lo decidió, yo ya me había bajado del auto y apuntaba al monigote desarticulado que se quejaba quedamente. El disparo atronó en la soledad de la noche. Justo cuando ella le mostraba a un precioso chico, rubio y feliz que abrazaba a su mamá y le decía que quería ser marino. Me detuve delante de lo que había sido el Turco. La cabeza era elocuente. No necesité cerciorarme de nada. Muy cerca quedó el otro. Los ojos muy abiertos. La cara, endurecida por la muerte, mostraba asombro e incredulidad y no pude reprimir una carcajada histérica.

Aproveché la luna llena para volver sin luces. Doblé en la entrada de uno de los hoteles y di una vuelta manzana. Al volver a la avenida, encendí los faros, manejé hasta la costa 184


y después tomé la ruta ínter balnearia. Me detuve en los acantilados. Frente a mí, rebrillando de luz plateada, el mar llegaba incesante, con susurros misteriosos. Me quedé dentro del auto. Encerrado con mis fantasmas que me enfrentan con la verdad. Me veo creando y recreando oscuridad. Huyendo de las ventanas. Mirando siempre el suelo para evitar el tropiezo con mis propias piedras. Me encerré dentro de las paredes que construí laboriosamente; sin imaginar siquiera que podía derribarlas. Siempre buscando un lugar que jamás encontré. La noche pasa muy rápido. Ya se adivina el horizonte, cubierto por borbotones de nubes. Tras ellas se ven los primeros rayos de luz. Un resplandor que las vuelve más oscuras. El mar, lentamente, se transforma en un espejo. La luz atraviesa todo. Preanunciando al gigantesco disco rojo, que aparece y se enseñorea del horizonte. Las nubes pierden volumen y ya no son amenazantes. Simplemente forman parte de la belleza, del todo. Percibo en todo mi cuerpo el color que poco a poco tiñe el paisaje. Las lanchas pesqueras, que segundos antes no existían, quedan descubiertas, recortándose en la claridad. Se me antoja que el mundo se está recreando solo para mí. Pensando en eso miré hacia la ciudad que guiña sus frentes de vidrio, como abriendo ojos cargados de sueño. Siento el rechazo como si los edificios me lo gritaran. Me bajé del auto, entonces, el sol, ya alto, me dio en la cara. 185


Me refugié en su luz y calor. Solo mi sombra persistía en el camino desechado y parecía querer reunirse con el muchacho y Abril que quedaron esperando. La vergüenza, la soledad, la necesidad, me enfrentan con mi historia. Derriban las paredes. Ya no hay barreras para saltar. No puedo hacer otra cosa más que mirar a mí alrededor. Quiero convencerme de que aún puedo intentarlo. — ¿Y Eduardito? ¿Otra vez la huída? Ahora tenés un buen punto a tu favor. Ya no hay anclas- Mi viejo me mira, socarrón, con el mate en la mano.-Y yo no pienso sujetarte— Nadie, nunca me sujetó a nada. Siempre hice lo que quise. Me asusté de mi mismo, nunca tuve el coraje de ser el que quería ser, sepulté mi propia impotencia en los otros. Nunca hubo anclas — ¿Y entonces? — Y entonces nada. ¿Volver allá? ¿Enfrentar todo? ¿Hacerme cargo de mis miserias? ¡No podría! No se puede cambiar la vida en un minuto, eso es para las películas. Es inútil, ya se terminó. Estoy de más. No me quedan lugares que ocupar. Me cansé

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Mi mano busca el arma que abulta mi bolsillo. Mecánicamente, quito el seguro y verifico que la recámara está cargada, aún quedan seis disparos, con uno bastará, pero sería ridículo que, justo esta vez, gatillara en vacío. El ominoso agujero negro está frente a mis ojos, aún tengo tiempo de notar que hay manchas de oxido en la mira. Tranquilamente apoyo la boca del caño en mi frente. Lo último que veo, antes del ruido seco y el estallido de luz son cientos de ojos que, fijos en mí, ya no giran en el vacío.FIN

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Terminar con todo  

La historia de un represor durante la dictadura argentina y su fin en democracia

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