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NO ME ACUERDO QUÉ COMÍ ¿Por qué nos alegramos en las bodas y lloramos en los funerales? Porque no somos la persona involucrada. (Mark Twain) Conocida es la historia de aquel ser humano que escribió a un periódico estadounidense quejándose que el Evangelio no servía para nada y que no iría más a un acto donde se hablara de la Palabra de Dios, pues veía que lo que se hablaba no servía para nada pues la gente lo olvidaba todo al instante; muchos le respondieron y se formó cierta polémica que el Director de la publicación permitió pues eso ayudó a levantar las ventas de la publicación; todo concluyó cuando alguien respondió a quien había iniciado aquella polémica, poco más o menos, que llevaba bastantes años casado, que no recordaba la gran mayoría de las comidas que su esposa le había cocinado, ni siquiera recordaba la del día anterior, y no pensaba por eso dejar de comer porque todas le habían servido para alimentarse. Tres cuartos de lo mismo ocurre con nuestras historias: no recordamos muchos sermones, pero todos han tocado nuestros corazones y nos alimentan para seguir adelante. Y si no que se lo pregunten a Basemat de Antioquía, hoy ya una mujer hecha y derecha y madre de varios hijos. La buena de Basemat tenía seis añitos cuando en la Escuela Dominical de su iglesia se habló de la historia de Jonás, quien fue lanzado al agua y se hizo la calma enseguida. A los pocos días la pequeña Basemat viajó con su familia en barco; todo iba bien hasta que se levantó una tormenta enorme en la travesía, tanto que prácticamente todo el mundo se mareó; en un momento determinado, recordando lo aprendido en la clase bíblica, la niña le dijo a su hermano: “¿Cuándo tiran el hombre al agua?”. Pobrecita Basemat, quería que hubiese calma. Tirar no tiraron a nadie al agua pero a las pocas horas, con bastante retraso, el barco arribó a muelle sin mayor problema. Aún recuerda Basemat de Antioquía y toda su familia: “¿Cuándo tiran al hombre al agua?” El pequeño Onésimo de Tarso creció en un hogar cristiano; fue enseñado a orar desde bien niño y a dar gracias a Dios por los alimentos. Su madre aún recuerda el día que le puso verdura para comer, y el bueno de Onésimo oró sincera y francamente al Señor poco más o menos así: “Señor, muchas gracias por esta comida que me das”; en ese momento hizo una breve pausa, abrió sus ojitos, miró al cielo, y añadió con voz fuerte para que el Señor le escuchara: “que Tú bien sabes que a mí no me gusta esta verdura”. Aún dura la carcajada de la madre y más de uno recuerda semejante testimonio de sinceridad en la oración. Seguro que el niño había asimilado que la oración debe ser sincera para con el Señor, aunque no recordara en qué sermón lo escuchó. Y se ve que no se olvidó tan fácilmente esa realidad porque me cuenta el mismo Onésimo de Tarso, hoy un hombre hecho y derecho, y siervo de Dios, que años más tarde tuvo algo parecido en un campamento de jóvenes. Se desarrollaba la actividad en pleno verano, con un calor sofocante; la clase bíblica era a las 4.30 de la tarde, cuando el sol daba con más fuerza; se cantaron dos alabanzas y el Pastor que iba a dar la clase le pidió a Onésimo de Tarso que orase pidiendo la bendición del Señor. Mientras oraba el joven, en la concurrencia hubo una carcajada general; ¿el motivo? Onésimo dijo: “Gracias, Señor, por este campamento y te pido que esta clase de hoy no se nos haga tan pesada como otros días”. Al terminar la actividad el pastor le preguntó al joven: “Onésimo, ¿contestó el Señor tu oración?”. Y el jovencito, muy honesto él, respondió: “La contestó a medias”. Nadie recuerda de qué iba la clase pero todo el mundo recordará que la oración es un ejercicio de honestidad. Alguien que lo presenció me lo contó poco más o menos así. Era una boda entre una persona que hablaba español y otra que no lo hablaba; tenían su idioma común; decidieron hacer el casamiento en nuestro país. Como uno de los contrayentes no tenía ni idea de castellano se le “aleccionó” a que en el momento de los votos dijera que a todo que sí. La ceremonia iba transcurriendo en un buen ambiente, todo iba genial y llegó ese momento en el cual afloran lágrimas. El pastor que les casaba comenzó a hacer preguntas y “se esmeró”


tanto que hizo preguntas variopintas, algunas bien curiosas; no se sabe si es que quería “bien casarlos” o si quería lucirse quien les casaba, el caso es que le preguntó: “¿Le serás siempre fiel?”; el contrayente, por supuesto, respondió: “Sí”. Y la pregunta que pasará a la historia fue: “¿Te irás con otra persona?”. El bueno del contrayente, claro está, respondió: “Sí”. En ese momento hubo dos codazos de parte de la otra persona contrayente, que imagina quien me cuenta la historia, tienen aún que dolerle al pobrecillo que no hablaba español, y casi sin voz, medio entrecortado, añadió: “No, no, no, no, no”. Nadie se acuerda de nada más del enlace, pero quedaron casados y hubo sermón. Por cierto, que la boda terminó y los novios fueron felices y comieron gofio. Y termino deseando a cada uno de los lectores no una sonrisa sino la felicidad que viene de Dios. Como en la anterior ocasión recuerdo a mi amigo pastor quien suele decir muchas veces: “Portaos bien; en vuestro caso será un milagro… ¡pero yo creo en los milagros!” Onesíforo Tisbita http://facebook.com/onesiforotisbita


15 No me acuerdo qué comí