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SUCEDIDOS FAMILIARES “Los reyes son los padres” (Príncipe Felipe) Fiel a mi ineludible deseo genuino de transmitir, contar, relatar y hacer partícipes a los inteligentes y sabios lectores de esta insigne e inigualable publicación hechos verídicos, e incluso ciertos muchos de ellos, comenzaré en esta ocasión mi crónica de sucesos y sucedidos narrando una corta pero jugosa conversación que tenían una hermosa tarde de otoño Ataúlfo Servández y su hijo Ernesbundo, cuando el muchacho llegó de la escuela y se dispuso a hacer los deberes u tareas. Ernesbundito le dijo a su padre: “¡Ay, papá, voy a hacer la tarea del colegio y necesito conectar mi Netbook, revisar los archivos MP3 que tengo almacenados en el Pen Drive, y consultar la última actualización de Wikipedia con mi Ipad!”; el padre siguió a lo suyo, y el Ernesbundito estupefacto, con la visera de su gorra hacia atrás, preguntó al progenitor: “¿Papá, y tú qué usabas para estudiar?”. Ataúlfo, su padre, sin inmutarse, respondió: “Para estudiar yo siempre usaba la cabeza, hijo mío”. Una hermosa historia que me contaron es la de otro padre, en este caso Don Eresmildo Galibáñez, y su respectivo hijo que creo que también es muy bonita y que hará al lector reflexionar sobre la importancia de las relaciones paterno-filiales (¡ojú, qué bien queda eso!). El angelito ya había cumplido sus dieciocho años; había ahorrado un dinerillo y había sacado sin problema su carnet de conducir. Llegó bien ufano a su casa y le dijo a su padre: “Papá, me gustaría que podamos hablar sobre cómo organizarnos para que yo pueda usar el coche de casa; ahora tengo carnet de conducir y quiero usarlo”. El padre, que ya conocía de qué pata cojeaba el muchacho, quiso negociar con el chico así que le dijo: “Está bien, Hermenegildo (que así le había puesto de nombre al heredero), vamos a hacer un trato tú y yo, ¿te parece?”. El hijo, gentilmente y cariñosamente, respondió: “Si, si, papá, como tú digas”. El padre dijo: “Como veo que no eres muy buen estudiante tendrás que traer este trimestre no sólo todo aprobado en todas tus notas sino que, además, con calificación de 8 o 9; también, y sabes que somos una familia cristiana, quiero verte estudiando más la Biblia e integrarte más en la iglesia; y un último detalle: has de cortarte ese pelo tan largo que llevas”. Hermenegildito asintió y no hubo problema. Pasó el trimestre y créame el lector que el muchacho trajo no sólo unas buenas notas a casa sino que eran excelentes; lo mínimo que tenía era 9,5. Su esfuerzo en estudiar la Palabra fue asombroso: recitaba no sólo versículos de memoria sino capítulos enteros, incluso se sabía el salmo 119 completito con todos sus versículos. Eso sí, lo de cortarse el pelo era lo que faltaba; no obstante decidió hablar con su padre porque sabía que éste era buen conversador y negociador. Se sentaron alrededor de una mesa, porque eso de sentarse en una mesa es algo sumamente incómodo sobre todo si es alta, y la conversación, me cuentan, fue más o menos así como les digo. El padre dijo: “Ay, Hermenegildito de mi alma, veo que en tus calificaciones estudiantiles no sólo has mejorado sino que me dejas boquiabierto y patidifuso; observo también, con gran gozo y regocijo en mi alma, que has mejorado enormemente en el estudio de la Palabra, que recitas pasajes como nunca antes; pero, Hermenegildito mío, me decepciona tremendamente que no te hayas cortado el pelo, así que sintiéndolo mucho no podré dejarte conducir el coche”. Hermenegildo, que no sólo había leído la Biblia sino que la había meditado, dijo a su padre: “Si, papá, tienes razón con lo de mi cabello pero eso tiene una explicación y te la daré: al leer la Palabra veo que Sansón era un hombre con el pelo bien largo que incluso lo llevaba así por indicación divina; veo que Juan el Bautista también tenía una hermosa cabellera; incluso Moisés llevaba el pelo largo; pero lo que más me ha convencido para no cortarme el mío es que es seguro que el mismo Jesús de Nazaret llevaba el pelo largo”. Claro, con argumentos así, querido lector, estoy seguro que usted y yo tendríamos que ceder. Ahora bien, la conversación concluyó cuando el padre dijo: “Si, Hermenegildo, tienes toda la razón: Sansón, Moisés, Juan el Bautista, el mismo Jesús, llevaban el pelo largo pero date cuenta de un pequeño e importante detalle: ¡ellos iban a todas partes caminando!”. Me cuenta mi primo Onésimo de Tarso sobre su sobrino Edevasto que, cuando éste era pequeño, era un ser bien observador, capaz no sólo de encontrar una aguja en un pajar sino de saber cuántos canutos de paja hay, y si es de trigo, centeno o cebada y cuánta hay de cada una de esas gramíneas. Iba mi primo con él un día paseando por el campo y Edevastito, que llevaba unos prismáticos, se paraba cada diez metros a observar


distintas cosas, bichitos por doquier, plantitas sinnúmero; en esto el bueno del muchachito que tendría entonces unos 4 o 5 años, enfocó con sus prismáticos al cielo y se quedó observando un largo rato en silencio; mi primo Onésimo de Tarso le preguntó: “¿Qué haces mirando hacia arriba con esos anteojos: hay algún avión, alguna nube, o algún pajarillo que te ha llamado la atención?”. Edevasto, muy serio, circunspecto y bien cristiano, respondió: “Estoy mirando al cielo con los prismáticos a ver si veo al Señor” Bueno, sabios y perspicaces lectores que leéis esta sin igual publicación; ya termina el año así que os deseo a todos una Feliz Navidad y que en el nuevo 2012 podáis ver contestadas vuestras oraciones. Hasta ese año, si el director de la publicación me permite seguir enviándoles estos sucedidos, recibid todo mi cariño. Por favor, sonreíd, es gratis y no hay que declararla a Hacienda. Onesíforo Tisbita http://facebook.com/onesiforotisbita


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