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DE OFRENDAS, ESCUELAS DOMINICALES Y OTROS TESTIMONIOS He oído hablar tan bien de ti, que creía que estabas muerto. (Anónimo) Las anécdotas ni si inventan ni se crean: suceden y las contamos. Como decía aquel consumido muchacho de la tele hace años: “así son las cosas y así se las hemos contado”. Podemos tener crisis (bueno, vosotros los pobres la estáis pasando; yo que soy rico no la noto); podemos tener goteras en el cuerpo (dolores de cabeza, artrosis, artritis, dolores de “lo mío”, reuma, pérdidas de orina y otras cosas de nuestra naturaleza); podemos tener que aguardar más tiempo por una cita en el médico que esperar a que un niño pase alrededor de un charco; podemos tener muchas cosas apretadas pero en lo que nunca seremos pobres los cristianos es en reírnos sana, y santamente claro, un rato. ¿Se ha fijado el lector en la hora de la ofrenda en la iglesia? Es un momento glorioso ese. Me explicaré. Por una parte es cuando parece que muchos tocan el violín, pues una gran cantidad de asistentes tuercen la cara y miran de lado; no es que les haya entrado afición musical de repente sino que miran al infinito sideral del espacio mundial porque en ese preciso instante (¡y mira que hay instantes!) han tenido una revelación en la telaraña colgante en la esquina superior izquierda (o derecha según sea el violinista) del local de reuniones. Por otra parte es el momento glorioso del milagro: es cuando más jebuseos, amorreos y filisteos hay por centímetro cuadrado: parece que ninguno entiende y que si tocan la bolsa tienen miedo a que les salgan ronchas en los dedos y los ojos se les pongan vidriosos. Hablando de ofrendas. Mi primo, Onésimo de Tarso, me cuenta que recientemente estaba en una reunión; todo iba estupendo; la música sonaba de maravilla, todos cantaban y alababan con alegría, con gozo. Luego de este periodo el hermano que presidía la reunión dijo: “Ahora alabemos al Señor con nuestra cartera”. Me cuenta que muchos se rieron pero que por el resultado final de Euros se ve que había muchos mancos y violinistas en la reunión. Por cierto, también mi primo Onésimo de Tarso me cuenta de otra historia. Menos mal que tengo informadores y me hacen llegar las referencias de modo rigurosa y cierta de estos jacarandosos sucedidos. Es bien común que en muchas congregaciones a la hora de pasar la ofrenda se entone un cántico; en una situada en un pueblecito de Cataluña también la practicaban y un domingo una hermana pidió que se cantase para pasar la ofrenda el hermoso cántico de: “Ni oro ni plata yo tengo”. Cómo terminó la historia no lo sabía mi primo pero seguro que el lector, que es perspicaz y ávido (para eso lee este periódico), lo imaginará al igual que yo. Ocozías de Cesarea hoy ya es un hombre adulto, casado e incluso padre. Siendo Ocozías de Cesarea un niño de unos tres años asistía siempre bien gozoso a su clase de Escuela Dominical Infantil. La hora de la ofrenda era bien interesante, impactante y gozosa para él; quería ser siempre el primero en depositar su dinero (¡qué noble espíritu, ah!) pero después se pasaba todo el rato rascándose a la altura de su bolsillo y quejándose de haberse quedado sin dinero. Como me decía una vez Elifelet: “Ocozías hacía y decía en público lo que muchos adultos hacen en silencio”. Elifelet dixit. Hablando de niños en la Escuela Dominical. Hace ya unos cuantos años sucedió una de esas anécdotas que siempre se recuerdan. El maestro de la clase trató aquel día cuando la vara de Moisés se convirtió en culebra; Éxodo 4:3 dice así: “Él le dijo: Échala en tierra. Y él la echó en tierra, y se hizo una culebra”; un niño (hoy hombre) leyó: “la vara de Moisés se convirtió en una célula”; la carcajada de la clase fue sonada. Una niña (hoy ya una mujer) dijo: “Jajajajajaja, ha dicho una célula”. El maestro de la clase le preguntó si sabía ella lo que es una célula y la niña, angelita ella, respondió seria y segura: “Si, lo sé, una célula es un animal muy grande, muy grande”. Los cristianos somos como somos, claro está. Y, por supuesto siempre nos gusta testificar a los demás de nuestra fe en Cristo. En este caso la “evangelización” llegó hasta el


loro de la casa. El animalito se aprendió un cántico y siempre lo repetía sin cesar una y otra vez. Un domingo preguntaron a los niños de la Escuela Dominical qué cantico deseaban; el niño de aquella casa respondió: “Cantemos el corito del loro”. Sean niños o mayores todos tenemos nuestras historias. Hablando de adultos. Supe no hace mucho de un hermano que quiso dar su testimonio; de hecho lo dio. Su experiencia antes de conocer a Cristo había sido tremenda. Quería compartir su nueva vida y más o menos dijo lo que sigue, y créame el lector que no añado nada: “Yo antes robaba mucho, robaba para mis vicios, robaba para hacer lo malo; pero ahora no, ahora ya conozco al Señor y ahora robo para Cristo. Amén”. Y una historia más. Mi primo Onésimo de Tarso es pastor. Me cuenta que una vez una hermana quiso pedirle consejo sobre determinado asunto. Ella dijo: “Pastor, me gusta que todos me llamen hermosa, guapa, preciosa, ¿eso es pecado? Mi primo le respondió: “¡Ay, hermana, lo que es pecado es fomentar la mentira!”. Onésimo de Tarso dixit. Como dice el viejo cántico: “Somos un pequeño pueblo muy feliz”. ¡Ya lo creo que lo somos! Y a veces hasta somos un pequeño pueblo la mar de chistoso. Y concluyo como dice un pastor conocido amigo mío: “Portaos bien; en vuestro caso será un milagro… ¡pero yo creo en los milagros! Onesíforo Tisbita http://facebook.com/onesiforotisbita

De Ofrendas, Escuelas Dominicales y otros testimonios.  

Anécdotas cristianas.

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