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SERMONES Y SERMONES “El Papa, Frank Sinatra y yo, somos los únicos que hemos logrado silenciar el Maracaná con 200.000 personas dentro” (Ghiggia, jugador uruguayo, tras derrotar a Brasil en la final del Mundial de 1950) Un viejo refrán dice que de grandes cenas están las tumbas llenas. Bueno parafraseando podemos decir también que de grandes sermones se llenan los corazones. Hoy, en mi habitual estilo desenfadado, les cuento una conmovedora historia que pasó hace algún tiempo. El día había sido agotador. Como cada domingo a la noche desde hacía ya muchos años el bueno del Pastor Don Zibeón Cifuentes llegó a su casa no agotado, no cansado, sencillamente extenuado, sin aliento, es decir, desalentado. Predicaciones varias, tantos como cultos, cánticos diversos, oraciones algunas interminables de hermanos que desconocen qué es el concepto tiempo y la palabra mesura, salutación a tropecientos treinta y cuatro hermanos, así como saludar a personas diversas que asistieron, algunas, por primera vez a las diferentes actividades. D. Zibeón había escuchado muchas diversas historias, algunas casi para no dormir aunque el personal se duerma en muchas ocasiones en medio de los sermones. La mañana había comenzado más temprano que la hora en que salió María Magdalena y sus amigas camino del sepulcro. El Pastor Cifuentes enfiló su habitación para quitarse el grillete que suponía ya a esas horas los “zapatos del domingo”; se cambió de ropa, se acomodó unas zapatillas (cholas que diríamos aquí en nuestro archipiélago) y se sentó, casi debería decir desplomó, en el sofá de la sala de estar. Encendió el aparato de televisión para distraerse mientras su esposa, Doña Bitia Bermúdez, le preparaba algo para cenar; con el mando a distancia fue haciendo zapping, hasta que vio que estaban dando los resúmenes de los partidos de fútbol con las consiguientes declaraciones (¿?) del futbolista que marcó cada gol. Estaba D. Zibeón medio distraído hasta que sucedió lo siguiente que les cuento; el periodista preguntó al futbolista que cómo había marcado el gol de la jornada, a lo que Otonielinho que así se llamaba, después de una breve pausa, respondió: “lo marqué con la ayuda de Dios”. En ese momento el cielo se apiadó del bueno del Pr. Cifuentes y éste, casi como recibiendo una revelación, pensó: “Esto sí que es un testimonio; debo hacer que este futbolista venga a mi iglesia y así podrá predicar y tocar vidas”. Al día siguiente intentó ponerse en contacto con el futbolista que había tenido ese testimonio tan impactante; habló con uno de los diáconos de la iglesia quien conocía a la cuñada de la amiga de la prima de la sobrina del antiguo novio de la hermana de la primera esposa del futbolista. Sí, lo sé, pero las cosas son así aunque a veces no nos gusten. El trato fue breve pero conciso; se concretó que el próximo domingo Otonielinho estuviese en el culto, pero el de las seis de la tarde, porque por la mañana no podía. Llegó el tan ansiado día. D. Zibeón Cifuentes no cabía de gozo por el tremendo testimonio elocuente, directo y claro que se iba a dar. Comenzó la reunión con cuarenta minutos de breves alabanzas; un coro interpretó tres canciones góspel que “quitaban el sentido”; una hermana, poetisa ella, compartió dos hermosas poesías de treinta y cuatro estrofas la primera y de cincuenta y dos la segunda; el grupo de niños de la iglesia hizo una hermosa coreografía con la música de “Oh, when the saints” con ropas de fútbol así como unos balones; como la iglesia era una iglesia de oración, se oró catorce veces. No se preocupe el lector, que la ofrenda no se pasó ya que eso sólo se hacía los domingos a la mañana. El Pastor Cifuentes presentó brevemente en once minutos al orador de aquella tarde. Otonielinho subió al estrado; en un gesto que animó a la concurrencia, se quitó la corbata, porque él no es hombre de traje sino de uniforme deportivo. Su sermón, me cuentan, fue como sigue: “Mis bien amados hermanos, para mí es un gozo estar en esta ocasión aquí porque Dios es quien nos ayuda a marcar los goles de la vida. Recuerdo cuando el


profeta Adán habló al territorio caldeo de Palestina profetizándole que iría Jezabel para rescatarles de la esclavitud del Faraón. ¿Acaso fue Jezabel obediente? No, hermanos, no. Volvió a profetizar Adán una tarde que estaba en la isla de Patmos con un asna llamada Balaam, y vio que iría el discípulo Sansón el cual ya lo creo que fue pero el viaje lo hizo acompañado por el eunuco que iba en su carro a ver a Felipe; el corazón del eunuco fue movido a misericordia aunque Sansón había comido de las algarrobas que comían los cerdos de aquel gebuseo lugar”. El sermón iba adelante. La concurrencia escuchaba atenta. Nadie se había dormido. Todos asentían y muchos decían “amén y amén”. El pastor Don Zibeón Cifuentes miraba a su esposa Doña Bitia Bermúdez, deseando que la tierra lo tragara ante tal “sermón” de aquel futbolista evangelista. Pero, como bien sabe el lector, es justo en esos momentos cuando la tierra no sólo no nos traga sino que el desastre sigue creciendo. Otonielinho prosiguió: “Habiendo lavado Sansón setenta veces siete sus vestiduras en el río Tigris sintió un hambre profunda y encontró a una mujer que llenaba tinajas de aceite hasta que la levadura se terminó. En ese momento fue cuando inició su segundo viaje misionero por Macedonia, Samotracia, y Gomorra. ¿Acaso le faltó comida en algún momento? No, hermanos, no. En todo momento fue acompañado por una corte de cuervos que le traían lentejas de las que le sobraron a Jacob cuando vendió su primogenitura a Esaú; fue allí, y solamente allí, cuando Sansón fue invitado a las bodas si bien estaba probando la nueva yunta que había comprado para un carro de fuego. Como no pudo ir, siguió por el camino hasta que se encontró con Ana, mujer viuda que hacía treinta y ocho años había estado casada con Saúl el profeta; y la pregunta con la que quiero terminar, hermanos, porque no soy hombre de muchas palabras aunque sí de conceptos, es la siguiente: ¿en la resurrección de los muertos de quién será ella esposa? Amén”. Otonielinho bajó del estrado. El auditorio estaba exultante. Muchas personas lloraban. Don Zibeón Cifuentes no sabía cómo terminar ante semejante despropósito. Como buenamente pudo dio las gracias y concluyó con una breve oración. Todo el mundo iba despidiéndose. Todos se acercaron a Otonielinho a saludarle y felicitarle. Un hermano se le acercó cariñosamente al pastor; éste pensó en la que le podría caer encima; el hermano le dijo al oído y dulcemente: “¡Ay, pastor, la verdad es que no me enteré de nada pero me fue de mucha bendición!” Onesíforo Tisbita

09 Sermones y sermones  

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