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SOY UN BUEN CRISTIANO Quien ha sembrado cien pedazos de ñame y dice que sembró doscientos, tendrá que comerse sus mentiras cuando el ñame se acabe. (Refrán africano)

La semana no fue todo lo tormentosa que se preveía: los problemas de siempre poco más o menos; la misma dificultad que siempre hubo en pagar la letra de aquel electrodoméstico tan bueno. Confieso que lo más difícil de toda la semana fue aparcar el vehículo, porque... ¡hay que ver cómo está el tráfico! Razón tuvo el filósofo al decir que un peatón es un conductor que encontró aparcamiento para su automóvil. Sin embargo he de reconocer que la semana no fue tan mal como en otras ocasiones. Llegó el domingo, y como tal había que ponerse la ropa del día, es decir, “la ropa de domingo”: darle un poco de brillo a los zapatos era cuestión de muy poco tiempo. Por cierto, ¡qué bien había quedado el traje al llevarlo a la tintorería! Ah, y al ser domingo, claro está, había algo aún mejor: uno se podía levantar un poco más tarde porque, ¡claro!, el culto dominical comienza a las once de la mañana, y tampoco hay que seguir el ajetreo de todos los días. Al vestirse “la ropa del domingo” uno se sentía realmente "espiritual"; incluso hasta la forma de hablar era otra; al salir por la puerta de casa parecía como si el marco me hubiese inyectado una vida cristiana al máximo: el vecino de enfrente ya no era aquel que todos los días no dejaba de molestar; ahora era el pobrecito que no conoce el Evangelio. Desde luego, a partir de hoy ya no diré “ropa de domingo” sino “ropa de cristiano”, es más espiritual el término. Y me encaminé, junto con mi familia, a la iglesia. La luz del sol era luz de domingo porque el domingo tiene un brillo distinto a los demás días. Por cierto, en el trayecto no sonó ni una sola vez el teléfono móvil. Además, aunque alguien llamase yo no respondería: hay que ser un testimonio incluso conduciendo pues está prohibido hablar por teléfono móvil conduciendo. El resto de la semana… mejor me callo. Tuve que aparcar algo lejos del templo pero diez minutos caminando no es problema. Cuando llegué al local de reuniones… ¡qué amable estaba yo! El hermano, al que critiqué con mi esposa el lunes pasado en casa, ¡cómo había cambiado! Y cuando se inició el culto aunque fuese con retraso, ¡no digamos! La predicación que hizo el pastor (¡cómo ha progresado desde la vez anterior! -pensé-), a pesar de que se pasó un buen rato del tiempo usual, incluso me gustó: "hago propósito serio de dejar de hablar mal de él" -dije para mí yo todo muy serio-. Pero la reunión terminó. Nos subimos al coche. Me solté el nudo de mi cristiana corbata. Regresamos a casa; ya no estaba aquel buen aparcamiento que había a la mañana cuando marchamos. Encima tuve que dejar el coche lejos de casa y venir caminando cinco minutos y eso si que es lejos. Llegué a casa y me quité el traje; si, si, “la ropa de cristiano”. Me di cuenta que el vecino no dejaba de incordiar… como siempre. Ah, y si no hubiera sido por el latazo del predicador que se alargó tanto en el sermón y porque el hermano que se despedía de mí parecía no tener prisa (¡qué pegamento tendría en la mano que no me soltaba!), habríamos comido a la hora justa y sin prisa, y las papas guisadas habrían quedado en su punto de sal. Por cierto, y perdone usted lector, creo que no le dije que lo que le conté fue una pesadilla en sueños, porque, ¿cómo podría ser yo el protagonista real de la historia?: ¿yo? ¡por favor! ¡qué va! ¡soy un buen cristiano!! Onesíforo Tisbita


02 Soy un buen cristiano