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pensamiento GACETA DEL

GACETADELPENSAMIENTO.COM

SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2012 | $35

FORO DE LA COMUNIDAD

:poesía

Francisco Azuela Dolores Castro Javier España Zita Finol Raciel Manríquez Norma Quintana Ramón I. Suárez Caamal

:narrativa

Miguel Borge Martín Raúl A. Pérez Aguilar Elvira Aguilar René Avilés Fabila Jorge Cocom Pech Francisco López Sacha Alberto Infante


FESTIVAL DE CULTURA DEL CARIBE

E

sta es una edición especial de la Gaceta del Pensamiento, pues dejando de lado por un momento su formato habitual e inspirados por el espíritu del Festival de Cultura del Caribe, devenimos en ventanal que muestra no sólo lo más nuevo del quehacer literario estatal, sino también en uno que permite apreciar trabajos hasta ahora inéditos de poetas como Dolores Castro y Francisco Azuela, de México, y de narradores como René Avilés Fabila, también de México, del cubano Francisco López Sacha y del español Alberto Infante. Por lo que respecta a la cosecha literaria de Quintana Roo, ésta ha sido óptima y de ello dan fe las voces de Ramón Iván Suárez Caamal, de Elvira Aguilar Angulo, de Javier España, de Norma Quintana, de Jorge Cocom Pech, de Zita Finol –directora de la Gaceta- y la de Raciel Manríquez, cuya estatura poética ha crecido en los últimos años. El lector tiene ante sí, pues, un menú literario de primera calidad. Por si fueran pocos los motivos de festejo, además en este número llegamos a la décima entrega de los Cuadernos de la Gaceta, ahora con la publicación del libro Seis Caminos, del reconocido periodista y escritor Agustín Labrada, quien en feliz coincidencia con el afán caleidoscópico de la edición, conversa con seis figuras señeras del arte, dos de ellas referentes de la literatura nacional: Emilio Carballido y Jorge Volpi. Sobran razones para estar de fiesta.

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DULCE MARÍA LOYNAZ, HOMENAJE MÍNIMO Norma Quintana

Safo, mural de Pompeya

DIRECTORA

Zita Finol

COORDINADOR EDITORIAL

Nicolás Durán de la Sierra DISEÑO

Sergio Gómez Ona One Comunicación ILUSTRACIONES

Fernando Flores CONSEJO EDITORIAL

Jorge Polanco Zapata Fernando Espinosa de los Reyes Juan José Morales Raúl Espinosa Gamboa gacetadelpensamiento@yahoo.com.mx

www.gacetadelpensamiento.com Gaceta del Pensamiento es una revista de carácter cultural que aparece los primeros días de cada mes con un tiraje de 3000 ejemplares. Editor responsable Nicolás Durán González. Se distribuye en todos los municipios del estado de Quintana Roo y México DF. Certificado de Licitud y contenido de la Comisión de Publicaciones y Revistas ilustradas de la Secretaría de Gobernación en trámite. Certificado de reserva de Derechos de uso exclusivo del título expedido por el Instituto Nacional de Derechos de Autor en trámite.


:prosa FESTIVAL DE CULTURA DEL CARIBE Miguel Borge Martín EL CARIBE EN PARÍS Y NUEVA YORK Raúl A. Pérez Aguilar LEONOR Y LEONOR Elvira Aguilar EL MÁS GRANDE AMOR CINEMATOGRÁFICO René Avilés Fabila GIRASOLES EN LA NOCHE Jorge Cocom Pech HUMO Y NADA MÁS Francisco López Sacha NUBES Alberto Infante

:poesía AUGURIOS Francisco Azuela A SOL Y SOMBRA Dolores Castro SENTIDOS Javier España CANTOS DE AGUA Zita Finol CASASOMBRA Raciel Manríquez VUELO LIBRE Norma Quintana OSCURIDAD QUE CANTA Ramón Ivan Suárez Caamal PINTURA Selecta Galería

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FESTIVAL DE CULTURA DEL CARIBE APUNTES DE SU CREACIÓN MIGUEL BORGE MARTÍN

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o deja de maravillarme cómo el Festival de Cultura del Caribe se arraigó en Quintana Roo, para continuar teniendo fuerte resonancia en el espacio social y cultural del estado. A pesar de lo accidentada que ha sido su historia, quienes vimos nacer el Festival, podemos dar testimonio de que el entusiasmo que despertó su realización, se mantiene vivo en nuestros días y se contagia, como si Quintana Roo siempre hubiese estado preparado, desde muchos años antes, para recibirlo y cobijarlo; como si el Festival fuese una de las partes íntimas del ser quintanarroense. Por

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esta razón no puedo menos que felicitar la decisión del Gobierno del Estado de rescatar el Festival, como respuesta a muchas voces silenciosas que pedían su realización. En 1988 -el año de inicio del Festival y a doce años de la creación del Estado- los flujos de migrantes hacia la entidad eran elevados y la población de Cancún crecía con una tasa del 26%, la tasa más alta que se ha registrado en la historia del país (sólo equiparable con la que en su momento tuvo el crecimiento de la ciudad de Tijuana). La diversidad de los flujos migratorios formaba en Quintana Roo un mosaico de variados matices sociales y culturales que

reclamaba imprimirle vigor a la identidad quintanarroense. También se hacía necesario acentuar el perfil cultural de nuestro joven estado para fortalecer, desde la óptica social, la soberanía que le había sido reconocida el 8 de Octubre de 1974, con el decreto que estableció su creación. No sólo hacía falta fomentar el crecimiento económico sino que, igual o más importante que eso, era impulsar el fortalecimiento de la cultura local, para darle mayor sentido y vigencia a la soberanía que comenzábamos a disfrutar. Finalmente, soberanía y cultura son dos palabras que equivalen a lo mismo, según se las vea des-


de la óptica jurídico-constitucional o desde la óptica social. No podíamos perder de vista que Quintana Roo es el único estado mexicano que colinda con el Caribe, y que pertenecemos a esta región de manera exclusiva. Somos el único estado caribeño de México y esta característica tan particular que tenemos, tiene que ser debidamente ponderada en la forja de nuestra identidad y nuestra cultura, sin demérito de la rica herencia maya que nos enorgullece y forma parte del acontecer diario y de las tradiciones de Quintana Roo. Por cierto, no hay que olvidar que los mayas navegaban por el Caribe y tenían una presencia destacada en la región. De ahí que el Festival se concibiera como un evento con tres objetivos: I) Apoyar y fortalecer el Miguel Borge Martín, conversaciones con la UNESCO. proceso de integración social y cultural del estado, como estrategia clave de la forja permanente de nuestra idenQuintana Roo recursos federales para apotidad; II) Poner en relieve nuestra calidad yar la realización del Festival. El Gobierno de estado caribeño y propiciar una mayor del Estado, por su parte, destinaba algunos interacción con los países de la región; y recursos de su presupuesto y otros del FonIII) Hacer del Festival una tradición que fado para la Educación y la Cultura –FONECvoreciera la promoción turística y el arribo que provenían de la renta de las placas de de visitantes al estado. Hoy, a 24 años de la taxi que administraba el Fondo. inauguración del Festival, estos tres objetiTambién hubo necesidad de cabildear vos siguen teniendo vigencia. la participación de los países anglófonos o No fue fácil echar a andar el Festival por angloparlantes, porque no querían particivarias razones. Hoy se sabe que el Festival par en el Festival. Para terminar con esta de Cultura del Caribe es indiscutiblemente situación, viajamos a París el Subsecretario de Quintana Roo, pero cuando estaba por de Cultura de la SEP y yo, donde nos entrenacer no era así. Otros estados, sin ser carivistamos en la UNESCO con los líderes de beños, querían realizarlo, tal vez motivados estos países, quienes finalmente accedieron por el atractivo de fiesta de la música caria nuestra petición y garantizaron la presenbeña. Tuvimos que manejar esta situación cia de sus países en el Festival. y obtener, primero la venia de las SecretaFue así como en noviembre de 1988, en rías de Educación y Relaciones Exteriores, y el estadio Andrés Quintana Roo de la ciudespués de la mismísima Presidencia de la dad de Cancún, el Presidente Miguel de la República, para que pudieran canalizarse a Madrid inauguró el Festival, acompañado

del Secretario de Educación, Miguel González Avelar, del Secretario de Relaciones Exteriores, Bernardo Sepúlveda Amor, de Ernesto Cardenal Martínez Granada y de otras personalidades del gobierno y del cuerpo diplomático acreditado en nuestro país. Tras el devastador paso del huracán Gilberto, los medios nacionales y algunos internacionales le dieron cobertura y difusión al evento. Después de haber tenido como sedes a Cancún, Chetumal, Cozumel e Isla Mujeres, el Festival fue creciendo y se extendió con algunas presentaciones a Playa del Carmen, Carrillo Puerto y Kantunilkín. Entre los poco más de 20 países participantes estaban Nicaragua, Colombia, Venezuela, Costa Rica, Puerto Rico, República Dominicana, Trinidad y Tobago, Haití, Guadalupe, Panamá, Belice, Jamaica, Anguilla y, Cuba, con representaciones culturales en literatura, música, danza, artes plásticas, gastronomía y cine. En Cancún se realizaba una especie de ‘plenaria’ y llegamos a reunir más grupos famosos y destacados de música caribeña que lo que nunca se había logrado reunir en un evento de música latina en Nueva York. Ahora vemos renacer el Festival, y estoy seguro de que el pueblo aplaude este esfuerzo gubernamental, a sabiendas de que representa, a un mismo tiempo, una búsqueda y un reencuentro con una de las partes constitutivas de nuestra identidad; a sabiendas de que si hay un denominador común en la forja de la identidad quintanarroense contemporánea, sean cuales fueren nuestro lugar de origen y nuestras raíces culturales primigenias, ese denominador común es el Caribe, nuestro rincón mexicano exclusivo, el óvalo de las tres dimensiones, nuestro mar de cultura.

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EL CARIBE EN PARÍS Y NUEVA YORK RAÚL ARÍSTIDES PÉREZ AGUILAR

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as diversas voces narrativas que aparecen en los textos de José Luis González, sobre todo en los escritos desde el punto de vista de la primera persona, ¿podrían ser del autor? Es conocido que el narrador no siempre es identificable ni con el escritor ni con el autor ideal; sin embargo, en esta parte no intentaré hallar tal identificación sino trataré de rastrear el sustrato personal de nuestro escritor que subyace o aparece flagrantemente en algunos de sus cuentos; en otras palabras su alter ego ficcional. Para acercarse a tan temerario escrutinio, es necesario recurrir a La luna no era de queso que son sus memorias de infancia, y si éstas no son suficientes para desgranar parte de su personalidad, en sus relatos de ficción –irónicos y autobiográficos asegura Arcadio Díaz Quiñones (1997) -“Historias de vecinos”, “¿Qué se hicieron los aztecas?” e “Historias con irlandeses” quien aparece surtiendo de peripecias a un París lluvioso, a una Praga confusa y a un Nueva York anónimo no puede ser otro que el propio José Luis González. Y en otros más refiere hechos, idiosincrasias y asuntos vividos junto a Cheo, el empleado que se quedó más de un año en la casa de los González atendiendo a los animales, quien resulta ser el personaje de “La carta”, cuento traducido a 6 o 7 idiomas y escrito 11 años después de la conversación que lo hizo nacer y en la que Cheo, disculpándose de sus mentiras, dice: “Bueno, a la pobre vieja hay que contarle algo que la alegre, ¿no te va?”. Y también al lado del negrito Alejo resucitado literariamente en “Santa Claus…” en el personaje Alejo, asimismo, en la finca de Juan Domingo que se recrea en “La galería” con ciertos detalles alterados, y finalmente la cercanía de su abuelo Ángel reconocible en “El abuelo” para quien el “inglés lo inventó un chivo”, y afirmar que los “norteamericanos seguían siendo unos intrusos llegados al país en mala hora.” En la página 149 de sus memorias escribe: “Me pregunto, por último, si quienes no se sienten llamados a contar sus memorias por escrito… estarán condenados a perderse de este portento”, en un paréntesis que abre y que no cierra sino

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hasta hacer mención al regodeo del grafómano que, sospecha, existe en todo escritor. Él, por primera vez, ha renunciado el deleite de trazar palabras y aun letras y hacerlo directamente a máquina, y agradece a su padre el haberlo hecho mecanógrafo a los 17 años cuando lo obligó a escribirle sus cartas comerciales en “El Gran Baratillo” o en los múltiples negocios que llegó a montar a lo largo de su vida. En este breve paréntesis en el que se interrumpe la reconstrucción de hechos y conversaciones puntuales, menciona también que “no me resigno a dejar de compartir con el lector… el pequeño milagro que voy viviendo a medida que escribo… porque… toda creación literaria, como toda creación artística por más realista que se proponga ser su autor, es un pequeño milagro.” Y este milagro que celebra el maestro González va de la mano con el “peculiar prodigio recién descubierto (por él) a que da lugar la redacción de unas memorias”, y ello, “el hecho mismo de convertir lo vivido y recordado en texto… multiplica la capacidad de evocación en grado tal que obliga a creer en el pequeño milagro.” Es un acto de descubrimiento que lo ha obligado a ver que su guión de memoria trazado previamente sólo era la punta de un gran témpano cuya masa sumergida escapa a nuestra visión normal, y que cada palabra escrita, en algunos casos, hace emerger una porción de esa masa oculta que deslumbra por su lucidez y actualidad. La escritura se convierte así en un acto de exhumación del pasado, un acto nada egoísta si se siente que con él se sacan del mutismo del olvido los olores y sabores, lo pegajoso del chisme, la visión de una calle brutalmente iluminada detrás de la cortina de lluvia que cae sobre nuestro balcón de piedra, el momento del primer roce de unos labios sobre los nuestros. El recuerdo, que es el asomo mismo del olvido, se renueva entonces en el presente escritural para quien no pretende quedarse con la película de su vida que, afirman algunos, pasa ante nuestros ojos, en una fracción de instante, al momento de morir. El acto de escritura es pues un acto que exige compañía, y en la redacción de unas memorias, reflexión con tintes de milagro. El trabajo del escritor tiene varias voces que lo alimentan y con las que a veces se tropieza, y cuando esto sucede se inventan acciones, actos heroicos o simples para salvar del naufragio la urdimbre, personajes que son la mezcla de muchas actitudes vistas, paisajes sedientos o inundados de sol y agua. En la mente del escritor todo cabe si se sabe acomodar. En este recipiente siempre abierto llegan y abrevan no solamente las iniciales de un nombre sino el nombre completo así sea José Luis Rodolfo de la Altagracia González Coiscou Henríquez y Toledo que es el del maestro. En esa llegada y en ese aposentamiento, el anecdotario familiar es, en José Luis González, el material de mayor riqueza que utilizaría –dicepara escribir la novela que todavía –según él- no ha llegado a escribir.


El cosquilleo de las primeras letras, el destierro a causa de la dictadura de Trujillo, el primer viaje al extranjero, la lectura de Luis Palés Matos, Fernando Ortiz y Alejo Carpentier, sus maestros literarios, los sancochos y postres de Rafaela cuyo repertorio de cuentos sobrepasaba los cien y “el primero de mis críticos incomprensivos, pero (que) gracias a ella nació, estoy seguro, mi vocación de cuentista”, la observación frustrada del primer eclipse solar, la audición por vez primera de dos palabras gemelas: cáncer y morfina, los eslabones lexicales de los nuevos puertorriqueños al lado del bohío y del mofongo patrimoniales, el intercambio de cartas “entre mi abuela Altagracia Henríquez (y un cubano llamado) Pepe Martí” hallan, desde el inicio de estas memorias de infancia el sitio puntual para aparecer o reaparecer más tarde en forma de cuento o novela o personaje no siempre retratado con fidelidad fotográfica porque “todo escritor sabe que es mucho más fácil describir a un personaje imaginario que a uno real” tal vez porque las palabras son “el más indócil de los instrumentos” para recrearlo. De las m��ltiples lecturas de infancia y adolescencia, José Luis González declara que a La llamarada debe el despertar de su verdadera vocación literaria más que a ningún otro libro puertorriqueño, pues esta novela de Enrique Laguerre “fue la que me hizo concebir la posibilidad, y más aun la necesidad, de llegar a ser escritor… Tanto es así que el verdadero protagonista de mi primer cuento publicado es en realidad La llamarada”. Este cuento se titula “El viento” y apareció en la revista Alma latina, de San Juan, el 7 de noviembre de 1942 cuando González tenía 16 años. Veamos un fragmento: “Yo quería ser escritor. Si algo me había llevado a bajar de la montaña, fue seguramente… la idea de que aquella aspiración exigía el descubrimiento de nuevos horizontes que mi entorno natal me negaba”, que nos muestra el descubrimiento no sólo de lo que desea hacer un hombre sino también los temas sobre los que quiere escribir, temas campesinos recurrentes en su primer libro En la sombra que debe su existencia más que a la influencia del jibarismo al acto de residencia de nuestro autor en los campos de Guaynabo cuyos cuenteros, sobre todo el llamado “muchacho de la guagua”, sembraron en el joven José Luis historias polifónicas más interesantes que las novelas de Enrique Laguerre que bien conocía. “¿Por qué empecé a escribir cuando aún no salía de la infancia para entrar a la adolescencia?, se pregunta en una de las jocosas páginas de estas memorias, y se responde porque “tuve una infancia socialmente privilegiada” acicateada por una curiosidad literaria que le inculcó su abuela materna Doña Tallita Henríquez viuda de Coiscou. En la guagua, la tradición oral inunda los oídos del niño José Luis. Toño, el encargado del cobro del pasaje, se encarga durante la travesía de contar sucesos de toda índole. El chismarajo tomaba entonces tintes de cuento y Cheo (el Juan de “La carta”), volvía a parecer junto con Rafaela (la cocinera) en la memoria del menor. La esponja literaria se empieza a enchumbar. El oyente que se convirtió más tarde en escribiente empieza a nutrirse de historias, luego vendrán las batallas con la lengua. El ocio lo inclina hacia una actividad que dice “estaba llamada a convertirse en la más satisfactoria justificación por este mundo. Empecé a escribir”. Este sustrato personal produce el nacimiento de la ficción desde los 12 años en José Luis González. Un presente rico es siempre un mejor estimulante que un pasado que se ignora casi completamente cuando todavía se es un infante, o que es muy exiguo para exprimirlo sobre la página en blanco; sin embargo, el aún niño presentó sus textos a su abuela Tallita quien llevaba del extranjero novelas en su equipaje, pero se lamenta no haber conservado esas historias en los cuadernos escolares idénticos a los que usaba para hacer sus odiosos ejercicios de aritmética.

Este sustrato personal está visible en la narrativa de nuestro autor en textos en los que los personajes son hombres sencillos, personas que transitan con una vida hilvanada al descuido, existencias con mucha oralidad y sin grandilocuencia; en suma, “una literatura –así definió él a la suya- que no tiene nada de extraordinario (porque) yo no sabría qué hacer con un personaje extraordinario”. Recuerdos vividos, anécdotas de amigos y familiares, chismes de oficina y cama, abandonos en el cauce de una vida que recorrió parte de Europa y América son los elementos que fraguan los textos de José Luis González, sobre todo los narrados en primera persona aunque los contados en tercera también contengan rastros de este sustrato al que me he referido: la presencia del yo –o alter ego narrativo- que señorea con su visión el rumbo que toman los acontecimientos en cada una de las historias. El primer crítico de la obra de González fue Juan Bosh quien “llegó un día a nuestra casa, con su joven esposa y sus dos pequeños hijos”. Él fue quien orientó sus lecturas, leyó sus textos y le hizo recomendaciones puntuales alabando su imaginación sin la cual ningún escritor puede vivir. Le sentencia: “No quiero que leas a Cervantes para que trates de imitarlo”, “Un escritor trabaja tanto con sus ojos como con su imaginación“, “hay que conocer bien el idioma para poder elegir la palabra que más… convenga…”, sentencias que a la larga se convirtieron en ejes de su fecunda obra narrativa. En una plática que sostuvo con el dominicano y que aparece en estas memorias puede hallarse un punto que caracteriza sus textos: “—Mira, volví a leer los cuentos tuyos que me dio tu mamá y quiero explicarte algo. Encontré en ellos mucha narración y poca descripción”. En efecto, la descripción no es un aspecto al que recurra a menudo nuestro autor pero que cuando aparece sostiene y apuntala la relación de hechos sin menguar el ritmo narrativo de manera notoria. En los textos que he comentado en este apartado se asoma el Caribe como el paraíso y la azucarera del mundo en oposición a la modernidad de casas hacinadas y tráfico sofocante ya de Europa o de los Estados Unidos. Eso es sólo el pretexto para dar rienda suelta a la memoria de José Luis González sin cuyas páginas de La luna no era de queso sería imposible escuchar su propia voz detrás del caparazón de estudiante, corresponsal de prensa, maestro y escritor maduro. No son gratuitas las menciones que aparecen en ¿Qué se hicieron los aztecas? a personajes históricos como la de un tatarabuelo llamado Noel Jefferson, de un abuelo Carvajal que viajó de Cuba a Haití en un voluminoso tonel de vino aserrado por la mitad huyendo de la Inquisición , de Fidel Castro a quien pudo saludar en Cuba y del único hijo del maestro González que le dio un giro a su vida. La presencia del alter ego ficcional en la narrativa de José Luis González se evidencia en varios de sus textos; sin embargo, este sustrato personal no impide que la ficción avance y se agrande conducida por una prosa escueta pero efectiva, llena de acción y diálogos, pocas descripciones y reflexiones sobre la realidad de los personajes. Su narrativa no es intimista con dejos de romanticismo, ni una confesión personal, sino un ejercicio de comunicación que pende de esa visión individual que se transformada en ficción, en historias tercas en un “mundo de maravilla y fábula que ha sido y sigue siendo el gran archipiélago caribeño” al que siempre consideró el lugar perfecto para nacer, escribir y reproducirse en sus propios textos junto a otros personajes creados o recordados.

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:gaceta

: Elvira Aguilar Leonor y Leonor

I

llinois llegó a la casa de asistencia la misma noche en que en Lampazos de Naranjo, Nuevo León, la madre de Aguileo, vestida de negro de pies a cabeza, pedía la mano de Leonor, mientras él, como telón de fondo, entonaba el corrido del lugar acompañado de su guitarra: “Hoy te canto, mi tierra querida, mi lindo Lampazos, como tú no hay dos, tus mujeres, que son retechulas como no hay ninguna, por vida de Dios”. Estábamos en enero de 1980. Destacaban en Illinois sus enormes senos que hacían contraste con su par de piernas flacas y huesudas; uno se imaginaba que en cualquier momento se le podían quebrar. Era alta y robusta de pechos, pero muy delgada de la cintura para abajo, lo que la hacía parecer desnutrida. Venía de Chicago donde había vivido la mayor parte de sus veintiún años. Por única familia tenía a su madre, Gloria, antigua vedette que se fue acabando tras la muerte de cada marido, hasta quedar en los puros huesos después del suicidio del quinto. Las dos se mantenían en aquella ciudad de la venta de ropa y accesorios para bailarinas y cantantes exóticas, que tenían en una tienda llamada El camerino de Gloriella. Lo primero que hizo cuando entró a la ciudad de Monterrey, un día frío, fue tomarse una cerveza y comprar el periódico El Norte en busca de un lugar adonde vivir: “Asistencia completa en casa de familia. Solo señoritas serias y de modales decentes”. No sé qué le dijo a Illinois que la aceptarían, pero ella se presentó. Cuando doña Anita, la dueña de la casa, la vio, dejó escapar un leve chasquido de dientes y dio un paso hacia atrás, movimiento que Illinois aprovechó para entrar a la sala, pasar a la cocina, y recorrer las recámaras como si ya fuera huésped, y antes de que todas domináramos nuestro asombro y reaccionáramos, sacó de su bolsa de tela bordada con lentejuelas y chaquiras, un fajo de dólares que entregó a la señora: el importe de tres meses de casa y comida.

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Su vestimenta diaria era un short, very short, y una blusita ombliguera de la que rebosaban sus pechos que se le miraban sanos y turgentes. Mientras tanto, Leonor y Aguileo vivían un romance muy dulce y delicado. Él, ingeniero agrónomo; ella, estudiante de enfermería y catequista. Los dos tenían el canto por afición. Aguileo vivía en una enorme casa pintada de rosa por dentro y por fuera, vecina de la nuestra. En ella casi todo era grande: los árboles, la cochera, las habitaciones, los muebles, el perro y él, que medía dos metros. Su madre era lo único pequeño y enjuto entre aquellas paredes gruesas, altísimas y frías. Leonor tenía dieciocho años, Aguileo treinta y tres. El cortejo, antes del compromiso, duró siete meses, durante el cual él enviaba un ramito de flores cada día, la acompañaba a misa y la llevaba a sus clases. Por las tardes platicaban en el recibidor de la casa de asistencia, o salían al cine o a comer un helado. Una noche de verano él le llevó serenata a Leonor con la rondalla de Saltillo, asunto del que nosotras participamos, pues desde el balcón, en nuestra compañía y la de doña Anita, ella escuchó la serenata primero, y después, con un Aguileo arrodillado, la petición de que fuera su novia con fines matrimoniales. Cuando ella, desde arriba, dijo que sí, y le envió un beso que depositó en la palma de su mano y después sopló con dirección a su cara, todas aplaudimos y la abrazamos. La noche en que Illinois llegó a la casa cenamos y salimos al balcón a apreciar las estrellas. Ella nos habló del gran incendio de Chicago con seguridad y emoción, como si lo hubiera vivido. —Durante muchos años se creyó que la pobre vaca de Patrick y Catherine O Leary, había pateado una lámpara de queroseno y que aquello provocó el incendio. Era el 10 de octubre de 1871. El incendio empezó en el centro


: cuento inédito

de la ciudad, ya se habrán de imaginar ustedes, gente gritando y corriendo como enloquecida. Lo peor de todo, es que fue Michael Ahern, reportero del Chicago Tribune quien había inventado aquello de la vaca y hasta escribió la nota. El caso es que años después, este hombre confesó que había mentido sólo porque a la casa de los O Leary no le había pasado nada, y la inocente vaca le caía mal. Seguíamos en el balcón, sería la media noche. Leonor, Aguileo y la madre de éste, regresaban de la petición de mano. Él se bajó de su Ford Ranger roja y abrió la portezuela para ayudar a descender a su futura esposa, la abrazó tiernamente y, después de darle un beso en la frente, le abrió la reja de la casa y se despidió de ella. Illinois, que no los perdió de vista, preguntó por él, qué quién era, en dónde vivía, en qué trabajaba… Tiempo después me dijo que aquella noche juró que con él se casaría. El Mustang Mach One 1971, color gris, con placas de Illinois, estaba todavía de buen ver, aunque por dentro era una casa rodante y sucia: ropa, zapatos, papeles, latas de cerveza vacías y condones usados. Illinois dijo que cinco años atrás había comprado este carro de medio uso con un dinerito que le dejó su difunto padre, a quien traía en su cartera en forma de retratito ovalado. Era un hombre moreno, delgado, de frente amplia, bigote fino y pestañas largas sobre unos ojillos almendrados; se parecía mucho a ella. Su madre, en cambio, era una rubia de ojos verdes entrada en carnes, según comentó. “De pronto canto, será porque te amo, y siento el viento, que pasa por tus manos, todo es distinto, cuando te estoy mirando, no me comprendo, será porque te amo…”, nos gustaba cantar por las noches asomadas al balcón mirando las estrellas. Éramos veinte muchachas, todas estudiantes, todas lejos de casa, todas con furor por Ricchi e Poveri, y unas

más, y otras menos, pero todas amigas de Leonor. “Canto a tu ritmo, y en pleno mes de Enero, es primavera, será porque te amo, si estamos juntos, no sé ni donde estamos, que nos importa, será porque te amo…” Aquel enero fue de fiesta en la casa. Leonor celebra-

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:gaceta

ría su matrimonio con Aguileo en siete meses y nosotras, todas, seríamos damas de honor. Doña Anita había ido a McAllen a comprarse un vestido para la ocasión que se le antojó rojo vino brillante, como presumía. La vida era bella, los días frescos y cantarines. Nosotras reíamos, hacíamos bromas a Leonor con el asunto de la luna de miel, mientras a ella la carita se le teñía de todos los colores, y después volvía a su tono blanco pálido, como muñeca antigua, con su pequeña boca roja. Illinois, un poco distante, observaba nuestra emoción y nada decía. Nosotras la observábamos también. Nos preguntábamos de qué viviría, a qué se dedicaba: dormía todo el día y como a las seis de la tarde se levantaba, se bañaba y comía en su habitación, después dormía un poco más, y cuando se levantaba de nuevo se ponía sus shorts platinados y sus blusitas escotadas, se subía en sus enormes zapatos de plataforma y se iba en su Mach One de escape roto, para volver al día siguiente cansada, pero risueña y con mucho dinero. Aunque Illinois reía mucho y hablaba con desenfado de los hombres que la habían amado y ella había dejado, no se veía feliz. Su cara demostraba más de veintiún años de desengaños. Pensaba yo que los había vivido con penas y desolación, la imaginaba una niña maltratada, abandonada, sola. A menudo la escuchábamos cantar La Bambola: “Tu mi fai girar, tu mi fai girar, come fossi una bambola, poi mi butti giú, poi mi butti giú, come fossi una bambola…” Con frecuencia, como para hacernos daño, nos decía que Ricchie e Poveri era lo más cursi que había escuchado. Y en tono de burla, comentaba que la vida estaba entre nuestras piernas y que nosotras nos empeñábamos en ignorarlo por temor a Dios. Un día Illinois me pidió que le redactara un texto: Era su esquela. Me quedé fría. Después la envió para su publicación a un periódico de Chicago: quería que su madre la creyera muerta. Ese día me confió que su mamá la estaba buscando porque ella le había robado diez mil dólares y algunas joyas. Me dijo que lo hizo como venganza porque ésta le había quitado al novio

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con quien deseaba casarse. Nunca supe qué efecto causó la esquela, pero Illinois vivía con temor de que su madre la encontrase y la metiera en la cárcel. El noviazgo de Leonor era comunitario, pues todas, a excepción de Illinois, que también se llamaba Leonor, y para diferenciarlas decidimos llamarla con el nombre del estado gringo del cual provenía, lo disfrutábamos como si fuera nuestro Ya habíamos preparado una despedida de soltera que resultó muy divertida. Aguileo frecuentaba la casa con cualquier pretexto: Que si para llevarle a doña Anita algún guiso preparado por su madre; que si para ver si se nos ofrecía algo; o que si era viernes, día en que Leonor le recortaba el negrísimo bigote. Cada vez que iba aparecía Illinois y le pasaba en frente, le preguntaba algo, le pedía algún favorcito, o simplemente buscaba la manera de hacerle plática. Ni a Leonor ni a nosotras nos agradaba su conducta, pero a su novio parecía no disgustarle. Aguileo era guapo. Tenía el cabello grueso y abundante, así como abundante el bello de sus brazos y pecho. Era muy alto y de hombros anchos. Su cara bronceada tenía rasgos finos que contrastaban con el grosor de sus labios. Se ocupaba del rancho que había heredado de su padre y a la vez era maestro en la escuela de agricultura de la universidad de Coahuila, por lo que viajaba todas las mañanas a Saltillo. Un lunes, muy temprano, a punto de su viaje habitual, se encontró con Illinois que venía llegando de su trabajo. Yo estaba mirando por la ventana del piso de arriba. Vi que hablaron y después él le abrió la portezuela y la ayudó a subir: Regresaron al día siguiente. Le platiqué a doña Anita lo que había visto y se asombró. Me pidió que nada dijera a Leonorcita. Yo, después de pensarlo muy poco, fui a despertar a Leonor y le conté. Ella se preocupó. Después fue a ver a la madre de Aguileo y le habló del asunto. A las tres de la tarde, hora de la comida, en lugar de llevarse algo a la boca, Leonor vomitó su bilis. A las cuatro telefoneó a sus padres y les dijo que el maldito de Aguileo le estaba poniendo el


cuerno con una prostituta. A las seis llegó el ajuar de novia que había estado esperando con mucha ilusión. A las ocho logramos que nuestra amiga descansar un poco. A las nueve, en lugar de tomar su cena, volvió a vomitar. A las diez llegaron sus padres de Lampazos y la abrazaron muy fuerte: Todas lloramos. A las once se presentó la madre de Aguileo con su bata negra y dijo que a lo mejor él sólo quiso darle un aventón a la pobre muchacha, que ya volvería. A las once con diez Leonor corrió a la mujer; yo la acompañé a su casa. A las doce de la noche Leonorcita quemó las cartas y los regalitos que le había dado su novio. A la una de la madrugada la obligamos a tomarse un tecito, pero le cayó fatal. A las dos aventó al excusado su anillo de compromiso. De Aguileo e Illinois ni noticias. Doña Anita cada vez que podía me miraba con ojos de reproche, como si yo hubiera hecho algún mal. A las tres de la mañana los padres de Leonor se quedaron dormidos. A las cuatro despertaron porque Leonor empezó gritar al tiempo que rompía su vestido de novia. Entonces doña Anita se paró a mi lado y me dijo al oído: “¿Ves lo que provocaste?”, como si yo hubiera subido a Illinois con su short que parecía calzón y su blusita ombliguera, a la camioneta de Aguileo. A las cuatro treinta llegó un médico que alguien llamó, pero Leonor se negó a tomar un tranquilizante, mas aceptó comer una manzana. Después hubo una cierta calma, así que aproveché para cerrar los ojos. A las seis unos gritos espantosos me alertaron: Leonor se quedó dormida y soñó que Illinois y Aguileo se casaban en la iglesia de Lampazos y que ella era madrina de lazo; despertó alterada. A las siete de la mañana Leonor salió a la puerta de la casa y todos la acompañamos, sus padres antes que nadie, que la llevaban del brazo. A las ocho vimos llegar la Ford Ranger que parecía un pájaro rojo y moribundo; había sido chocada. Illinois y Aguileo se bajaron como si nada e intentaron dar alguna explicación. Estaban recién bañados, pero tenían cara de haber dormido poco y haber bebido mucho,

no se veían frescos. Todos nos interpusimos entre Leonor y ellos, pues temimos una reacción violenta de ella y no queríamos que se expusiera. Ahora pienso que Leonor tal vez quiso gritar, mas no le salió la voz. Quizás pensaba golpearlos, pero perdió el conocimiento y cayó con los puños apretados antes de pronunciar palabra. A las nueve de la mañana Leonorcita fue declarada muerta de un infarto, y su padre, de la pena, falleció tres horas más tarde: A las doce. Illinois y Aguileo se encerraron en la casa de él y guardaron silencio, luego su madre nos contó que él lloró mucho. A Leonor y a su padre los enterramos en Lampazos ese mismo día a las seis de la tarde. Todo tuvo que ser rápido porque su madre se puso muy mala. Al día siguiente, muy temprano, doña Anita me pidió que dejara su casa. Unos meses después me enteré por el periódico que Illinois y Aguileo se habían casado. Dos años más tarde me encontré con ella, estaba más llenita, se veía guapa, bien vestida, tranquila, mas en el fondo de sus ojos había una gran inconformidad. Nos saludamos sin demostrar alguna emoción. Preguntó por mis estudios y por mi familia. Me platicó que tenía un hijo recién nacido y que Aguileo estaba muy contento. Yo no preguntaba, ella quería contar. Así me dijo que desde la primera vez que vio a Aguileo supo que se casaría con él, por ello me pidió que escribiera su esquela, esperaba que su madre no la buscara más, que olvidara el robo, quería empezar una nueva vida, ser amada. Me suplicó que la llamara Leonor, no le gustaba ya ser Illinois. Cuando me despedí de ella recordé a mi amiga Leonor con su carita pálida y su boca roja que nunca más vería nada, que no se enteraría que aquel día el sol brillaba de una manera especial, y que no pudo adivinar, el día en que Aguileo pidió su mano, en Lampazos de Naranjo, aquel enero de 1980, que jamás se casaría con él, porque éste tendría un destino diferente: se casaría con otra Leonor, y a ella, la vida le iba a durar ya muy poquito.

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: Francisco Azuela Augurios Las aves migratorias

Ellos también enterraron sus muertos

Nuevamente el pasado esta delante se cierne poderoso la noche arde sin detenerse un centímetro las llamas tras la colina amanece un día gris sin rostro espectros surge del fango del humo casi extinto, lodazal abultado la tormenta de fuego se ha ido, en la cabaña un anciano quema leña verde y mojada, aves migratorias con alas cortadas en el horizonte millones de diferentes tamaños vuelan rápido y lentas asustadas inquietas confundidas en cientos de colores estallan en el alba, la lluvia intensa agotó su temporada ríos crecen rugientes plantas y árboles arrancados de raíz la más alta desarmonía imagen desolada se queja sobre campos marchitos que no volverán a florecer.

La noche los alcanzó también a ellos ahí están sus criptas entre un moho verde, ahí están sus recuerdos y sus amores marchitos, está con ellos la palabra de la muerte como un sello eterno en sus vidas como una corona de sueños estilizada en sus posturas perfectas. Está la muerte que los acompaña viajera de los tiempos de la noche y las estrellas que no volverán a encenderse, está su panteón de calamidades de sufrimientos de llanto, el aliento de sus lágrimas hecho piedra donde las flores perdieron sus aromas su color el sonido de las aflicciones y el amor roto bajo la lluvia.

El hombre Como un sonámbulo extiende los brazos sin entender la brisa que asoma por la ventana se mira al fondo de sí mismo casa humana vacía tiene el cuerpo despellejado y la frente marchita un ser perdido en la distancia.

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El cambio del tiempo La estrella del sur aparece en el norte extrema tensión incompatible el otoño invade los espacios de la primavera un sol desmesurado quema el invierno la luna precipitándose rompe el verano días calurosos asaltan la cuna de los recién nacidos sobre los tejados hace un frío intenso pájaros tiritan de miedo oscuridad al medio día aterradora los gallos de la aldea duermen precipitados y los perros ladran en la lejanía entre fuerzas opuestas.


: próximo libro

La muerte de su padre

Las últimas horas

La muerte de su padre será como una sombra en su vida, rostro de lágrimas pegado al suyo despertarse de la vigilia soledad y tristeza inconsolables, impotencia y desahogo sentado en las piedras que han perdido la escarcha y el rocío.

El río azul se llevó las últimas rosas rojas del jardín de la amada ahora anciana con ojos lagrimosos húmedos de cansancio de llanto destilando aún algunas lágrimas piel de arrugas de juventud antigua rota en la bruma de los años donde se detuvo la melodía de la belleza que eclipsó estaciones y sueños soltaba su pelo de oro agitado por el viento.

Aves mañaneras sueltan sus alas El horizonte desdibujado abraza el silencio en el último instante de colores, la lluvia se desprende de las hojas intensa sobre un poblado viejo sin habitantes. Llega otra luz es la hora del eclipse nada se ve y se oye la sombra crece en el universo, en los ojos del búho el reloj del tiempo mueve sus manecillas hacia atrás, la imagen crece hacia adentro se pierde el contacto otro ataúd pasa frente a la ventana donde la anciana recuerda sus sueños.

La sombra llegó envuelta en ceniza inmensa como el tiempo quietud extraña en la negrura soledad y lobreguez en los caminos lamentos desgarrados sollozos de niños sonido de hojas desprendidas violentamente de los árboles semblantes de angustia rostros escondidos noche pesada sin estrellas silencio de ataúd atardecía las horas en el caserío leve movimiento en el azul de la llama las luces se apagaron con el crepúsculo.

El fin Es el fin de los tiempos arcoíris roto en sus esferas no hay lágrimas vuelo de aves sin retorno los volcanes expulsan sus rencores estremeciendo las entrañas de la tierra el mar se va de viaje arrasándolo todo el sol cae en pedazos sobre una tempestad de seres muertos derrumbe de mala semilla tiempo derrotado.

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: René Avilés Fabila

El más grande amor cinematográfico

D

icen que el amor es eterno. Pareciera una exageración, pero sí, hay casos en los que la pareja llega a entendimientos perfectos y es cuando se consolidan las promesas que se formularon en los primeros días de la relación. Entonces, con el paso del tiempo, el matrimonio puede dejar el sexo impetuoso, pasional, y transitar a una relación más dulce, afable, de respeto, ternura y cariño. Eso no es tan importante, lo que cuenta es mantener una buena e intensa vinculación humana, donde la pareja se conozca a profundidad, encuentre coincidencias y afinidades y sea capaz de desplazar los desencuentros. Julia Cisneros había sido una buena actriz y una mujer excepcionalmente hermosa. En su juventud tuvo multitud de sueños y proyectos que se cumplieron con puntualidad y rapidez. Pronto fue famosa y de los filmes nacionales pasó a los internacionales y aunque lo hizo en papeles de indígena norteamericana o mexicana, alternó con estrellas de Hollywood. Pudo mantener una carrera soberbia, pero entre sus mejores planes estaban el matrimonio, los hijos, la estabilidad y la tranquilidad doméstica. Sus compañeros de andanzas cinematográficas le parecían (eran y son) frívolos e ignorantes. Así que prefirió casarse con un hombre tranquilo, sin vicios, cordial, hogareño. Sobre todo que la adorara. Un buen funcionario bancario, poco afecto a la cultura, que obtenía lo suficiente para vivir muy bien, viajar y pagar las pequeñas exigencias de su mujer quien, por cierto, también había acumulado parte de sus estupendos salarios. Él se llamaba Jorge Nuño y antes de conocer personalmente a Julia, la había visto en la pantalla: ¡Qué hermosa, me gustaría casarme con ella! Tenerla conmigo para siempre. El sueño se cumplió porque un amigo común la conocía y estaba dispuesto a presentarlos. En un restaurante, Jorge se acercó con el amigo para ser introducido; se esmeró en quedar bien: habló de cine y de los filmes donde ella había trabajado. Julia, desde luego, se 16 | GACETA DEL PENSAMIENTO Septiembre/Octubre 2012

sintió halagada y explicó un poco su trabajo; pronto comenzó una cordial amistad que gradualmente se intensificó hasta hacerse noviazgo y enseguida formalizar el matrimonio. De esta manera ambos cumplieron sus respectivos sueños: se casaron después de que Julia hubo concluido su carrera cinematográfica (cortó con ella, porque simplemente comenzó a fastidiarla, quizá se pensó una Greta Garbo del atraso y prefirió que su belleza quedara intacta en los filmes), rodeados de muy escasa concurrencia: familiares, algunas figuras de cine y teatro y empresarios amigos de él. Tuvieron dos hijas y ningún problema. Era la relación perfecta. En un ambiente cordial, monótono, las niñas se convirtieron en adultas, se casaron y dejaron la casa para irse a formar sus propias familias. Julia y Jorge se quedaron de nuevo solos, pero seguros de que seguirían siendo felices. La pasión había quedado atrás, en su lugar surgía una cariñosa amistad que solían presumir, una y otra vez, haciéndose pasar a los ojos de sus respectivas familias como la pareja ideal (realmente lo eran), la que se conocía a fondo. Solían estar juntos y cuando alguien hablaba con desdén de los amores largos, ellos defendían su bienestar, hablaban de cuán maravilloso era estar juntos, conversar, viajar, ir a restaurantes, al cine, al teatro, siempre tomados de la mano y con rostros radiantes, como si estuvieran dentro de un filme de la época del cine de oro mexicano. Las cosas iban cada vez mejor y marchaban muy bien porque cada quien hacía su propia vida: él iba al trabajo y en los momentos libres visitaba un club donde se reunía con sus amigos a conversar y tomar unas copas y en ocasiones jugaban cartas. No solía llegar tarde. A ella le ocurría otro tanto: del gimnasio iba con sus amigas a tomar café y en la tarde recorría almacenes. Ocasionalmente aceptaba algunas fiestas, a las que el marido rehuía para quedarse en casa a descansar, ver algún programa televisivo. Como todas las parejas que envejecen juntos, afirmaban que el amor-pasión nunca se termina, que cada


: cuento inédito

día es igual al primero, que la pasión subsiste y que la felicidad es eterna. Insistían en que dormían en la misma cama, a pesar del paso de los años, más de cuarenta de casados, y que todavía hacían el amor ardientemente. Por lo menos se les veía con frecuencia juntos y nadie podía decir que habían tenido pugnas o diferencias: con el tiempo se habían hecho iguales, les gustaban los mismos filmes y las mismas obras de teatro, libros semejantes e idénticos paseos y viajes. Aquella mañana, Julia se levantó animosa. Para no despertar a Jorge fue cautelosa; vagamente recordaba que había tenido un día de trabajo y una noche inquieta, agitada y prefirió que descansara un poco más. Total, estaba ya a punto del retiro laboral. Fue al baño, enseguida se encerró en el vestidor de la amplia recámara y cuando estuvo lista, con los zapatos en la mano, salió cautelosamente de casa a cumplir con su rutina: primero el gimnasio, enseguida un largo desayuno con amigas. El desayuno se prolongó y cuando Julia llegó a su casa eran más de las dos de la tarde, apenas con el tiempo suficiente para cambiarse, comer algo ligero e irse a una boda, se casaba la hija de una compañera de estudios y no quería dejar de asistir para ver a algunos de aquellos con los que compartió las aulas. Al entrar a la sala le preguntó a la sirvienta por su marido. Sigue dormido, señora. Debe estar cansado, esta semana trabajó mucho preparando la entrega de la gerencia. Déjelo así, y cuando se levante dígale que regreso a buena hora. Julia se cambió presurosamente en otra amplia habitación, donde también tenía ropa y utensilios para maquillarse y peinarse listos; podía, además, utilizar ese baño sin producirle molestias a su esposo, y fue a la iglesia donde se celebraría el matrimonio. De allí se dirigió, con otros amigos, al lugar de la fiesta. Como a eso de las ocho de la noche, pensó llamar a casa, pero había dejado el celular en el automóvil y no tuvo humor para buscarlo. Después de la medianoche se sintió cansada y comenzaron las despedidas. Al regresar, todo estaba oscuro: vio la hora: las

tres de la mañana. Tengo que estar temprano en el gimnasio, a eso de las ocho y luego desayunar con Magda y Lilia para planear un viaje a Cancún, donde la primera tenía un condominio. Caminó de puntitas y en total silencio entró en la habitación: su marido no se movió. Qué suerte, tiene el sueño pesado, dijo antes de meterse en la cama y sentir la severa rigidez mortuoria de su esposo.

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: Dolores Castro A sol y sombra Fluye la noche en el río hacia donde nadie la puede alcanzar. El arrullo del agua es incapaz de conducirme al sueño: Ella sólo sabía Del abandono Y del abandonar. Abre la noche negra flor Inmóvil. Corre el agua que huye, yo le entrego mi sueño, mi ensueño, mi despertar. ¿Y si este corazón tan sólo fuera piedra de río porosa, persistente y aguerrida? No ignora su nacimiento la sombra Y sabe que depende su existencia de la vibración, de la luz: Sombra de la nube, sombra del árbol, del alero y del ala en el nido. Sombra de esta mano que escribe Y de su punto final. Cuando cierro los ojos El mundo no se cierra.

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Siembra la luz el vuelo de los días El ala de la sombra Cuida los sueños bajo los párpados. En los sueños el mundo en llamas Arde y entre cenizas Irrumpe nuevamente como fuego. Y esta música, y esta danza sin fin: Mañanas con sus noches, y enamorado Sol que siempre vuelve Y párpados y pétalos que un día se deshojan. No para siempre.

Algo le duele al aire Algo le duele al aire Del aroma al hedor. Algo le duele cuando arrastra, alborota del herido la carne. la sangre derramada. el polvo vuelto al polvo de los huesos. Cómo sopla y aúlla, como que canta, pero algo le duele. Algo le duele al aire entre las altas frondas de los árboles altos. Cuando doliente aún entra por las rendijas de mi ventana, de cuanto él se duele algo me duele a mí, algo me duele.


: poesía inédita

La sangre derramada

La danza en el verano

Al borde del camino lo encontramos; el mismo pantalón, la blusa blanca: sobre su espalda amapola de sangre.

Apuntaron a ciegas y fue como desperdiciar armas de alto poder para matar pajaritos:

Llaman de gracia al tiro que enmudeció su boca, ahogó su amor y me dejó baldada.

Más de cuatro mil niños que sorprendió la muerte en un paso, en un juego, en un brinco.

El estallido de aquel tiro de gracia aún retumba y aúlla en el aire, aúlla

Fue como no distinguir entre piedrecitas y semillas de frijol.

El polvo vuelto al polvo Él era como yo pobre ignorante y violento por más de una razón. Yo salí tras un quehacer agotador de horas muertas, en medio de la noche y del miedo. Él era como yo pero conmigo fue rabioso animal. Como pintar la raya al horizonte de mi vida, fue relámpago dentro de mi cuerpo, trueno, ola al reventar. así conocí el mar que es el morir,

Fue como sollozar al ver que caían en medio de los otros, en medio del estruendo y sin poder parar el furor que arrastraba los ciegos disparos. Fue como el propio Herodes Y la danza de la muerte. Tiembla el viento arrastrado por su fuerza ¿Cómo se detendría a cantar? Si parece que el aroma murió y los cielos cerraron su luz a la esperanza. Una niebla aceitosa cobija murmullos de agonía, testimonio de muerte, relámpagos de armas.

El polvo de mis huesos Mal sembrados en la tierra Al polvo volverá.

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: Jorge M. Cocom Pech Girasoles en la noche

Áak’ab ts’íib: A Bartolo y Lupito

A

hora que me encuentro lejos del pueblo de mis orígenes, me puesto a recordar que los días de octubre eran los más hermosos de mi infancia; sobre todo, cuando en los estrechos caminos del campo, o en los patios baldíos de la pequeña población en donde vivía, éstos se inundaban de flores con indistintos tonos de color amarillo. En ese festivo mes, recuerdo de los albores de mi vida, abundaban los girasoles silvestres de variados tamaños; uno de ellos, de flores grandes, se pasaba estira y estira sus tallos hasta mirarnos por encima de las albarradas a punto de pintarse de blanco, pues, durante la semana previa a la celebración festiva del Día de Muertos, las cercas de piedra que dividían los solares, se emblanquecían con agua de cal. Octubre, sin faltar día alguno, mes de romería en Calkiní, era dedicado a las fiestas pagano religiosas del pueblo; por lo que, en todas partes de la pequeña ciudad, durante los años de la década de los sesenta del siglo pasado, se percibía el nectáreo olor de las plantas cargadas de flores por doquier, como el margaritón, -de pétalos blancos y aromáticos-, que solíamos llevar a la iglesia como ofrenda al Santo Cristo de la Misericordia. Sí, eran aquellos días, cuando pasados los ciclones que cruzaban la planicie peninsular, el pueblo organizado en gremios y cofradías de campesinos, de canasteros, de carreteros, de urdidoras, de alarifes, de comerciantes, de taxistas, de señoras y señoritas, de ferrocarrileros y de otros oficios, aferrados a su devoción religiosa, rendían culto al Cristo de la Misericordia, una escultura del siglo XVII alojada en el nicho central de la capilla del ex convento de Calkiní, población fundada por los indios Ahcanul a mediados del siglo XV. Como en esas épocas el pueblo era pequeño y la contaminación no ensordecía sus calles, lo inusitado y, a la vez, lo esperado era la fiesta popular con su natural bullicio; por lo que, si algún ruido se podía contar en ese entonces, éstos eran, -entre otros-, el canto de los gallos en las alboradas confundiéndose con el dolondón de los cencerros; el aullido de los perros en las noches, tal vez asustados por haber percibido el paso de maléficos fantasmas, según creencias antiquísimas; el ulular de los trenes, rebotando su alboroto metálico en el cacareo de las gallinas; el estrépito latir del pendular de las cansadas máquinas que fabricaban hielo y que, además, se

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: cuento inédito

ocupaban de la molienda del maíz y del cacao, entre otras actividades de aquellos días. Sin embargo, entre todo ese ocasional bullicio en Calkiní, el redoble de los timbales y el estallido de los voladores (cohetes) anunciando el lugar en donde saldrían los gremios, era la convocatoria destinada a los vecinos para acompañar la procesión de estandartes y banderolas que, al caer la tarde de esos días, irían a parar entre rogativas y cánticos fervosos, hasta el interior del recinto religioso. Antes, muchos días antes del mes de octubre, fecha que coincidía con las festividades de la Independencia Nacional, arribaban a la población un conjunto de juegos mecánicos instalándose delante de la iglesia o a un costado del Palacio Municipal. Nunca faltaron la silla voladora, la rueda de la fortuna, el carrusel y los esperados puestos de tómbolas y fritangas que, con sus aromas y pregones, aún retumban en mis recuerdos de niño pobre, libre y felíz. Pero, año tras año, y horas antes de que los gremios salieran de las casas de sus patrones, un pedazo de orquesta compuesto por: un par de timbales, un saxofón, una trompeta y una flauta, interpretaban jaranas, piezas musicales de la región peninsular, en tanto que los anfitriones agasajaban a los contertulios con agua de horchata y, a escondidas, a los músicos se les servía ron con refresco de cola. Mientras, en el patio de las casas y debajo de los árboles que servían de cobijo a los músicos, los mudos Bartolo Castellanos y Lupito se intercambiaban miradas de encono, a causa de una añeja y terrible disputa por cargar los instrumentos de percusión. A veces, por las señas que dibujaban al alzarse las manos, supimos de su intención de liarse a golpes. En tanto los mudos se miraban con rabia, sin apartarse de su objetivo, la picardía popular había formado dos bandos para apoyar a uno u otro, en aliento para ver quien de ellos llegaba primero, y ganar la oportunidad de cargar los pesados aperos musicales de percusión a fin de conducirlos con rumbo al edificio parroquial. Era una disputa cruel y desigual, pues algunas veces se liaron a golpes saliendo victorioso Bartolo, más fortachón que la endeble figura de Lupito que, en ese entonces estaba al cuidado de la filantrópica familia Caamal Osorio y de monseñor don Gonzalo Balmes, un cura bondadoso, ejemplo de caridad y consuelo; y, respecto a los cuidados que recibía Lupito, se recuerda la paciencia y el esmero que le prodigaba en la escuela primaria “Mateo Reyes” el profesor Rodrigo Rodríguez Flores, maestro normalista que tuvo a su cargo la enseñanza del mudo. En fin, cuando las notas de la Marcha Zacatecas señalaban el inicio de la procesión y la disputa había sido resuelta a favor de Bartolo, a Lupito se le consolaba con un trago de ron que lo restablecía de sus penas y de su derrota. Fue en esos años cuando el mudo de cuerpo frágil, protegido por el sacerdote, don Gonzalo Balmes, comenzó a embriagarse y a olvidar sus fracasos ante Bartolo, que no tomaba, pues corría el riesgo de recibir una paliza si llegaba a su casa con aliento alcohólico. Una tarde de aquellos días de octubre, en que se pudo juntar a Bartolo y a Lupito en el patio de la casa de un gremiero, responsable de la cofradía de los canasteros, “Calix”, Carlos Castilla, el más popular de los mecánicos y hojalateros del pueblo, habló con singular elocuencia a los mudos con el propósito de resolver esa permanente e inútil rivalidad. Fueron tan

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:gaceta vehementes sus palabras de convencimiento, que su perorata intempestivamente fue silenciada por el estallido de cohetes y petardos que, por un descuido de los organizadores, provocó una explosión hiriendo a las personas que se encargarían de llevar las decenas de palos voladores, durante la procesión. La estampida que desató la detonación, momentáneamente dejó a los heridos desperdigados por el suelo. Era un ambiente de pánico. Unos querían levantarse, pero atolondrados por el olor de la pólvora y los tronidos, volvían a caer a tierra. Abandonados a su suerte por la pavorosa huida de los demás, algunas víctimas pedían auxilio sin recibirlo. Al cabo de un rato, y cuando el humo del estruendo se había dispersado y el ambiente volvió a tornarse en calma, las víctimas fueron levantadas y conducidas al único hospital de la población. Horas más tarde, la dirección del nosocomio informó que algunos de los heridos aún no recobraban la conciencia; otros en cambio, la habían recobrado, pero un par de ellos había perdido el habla y no oían bien. Pese a la catástrofe, la manifestación religiosa no se suspendió. Con más fe y devoción, ésta acudió a la iglesia y era de verse a los feligreses cantar, llorar y rezar con más vehemencia, a fin de que las víctimas salieran libradas de aquel suceso que se mascó como chicle pegajoso por muchos días y años. Por la noche de ese mismo día, cuando Bartolo y Lupito, -al fin liberados de sus rencores dialogaban gesticulando en el centro de la Plaza del pueblo-, la maledicencia popular atribuyó que la reconciliación de los mudos había provocado la tragedia ocurrida esa tarde. Y como había una permanente comunicación de lo que acontecía con los convalecientes en el hospital, y lo que estaba ocurriendo en la iglesia durante la celebración del rosario nocturno, el rumor de que los heridos ya empezaban a recobrar sus facultades que les fueron arrebatadas en la tarde del estallido, la noticia llegó a los oídos de la feligresía que la celebró imprimiendo más fuerza al cántico que, año tras año, se le dedicaba al patrón de los gremios: “Que viva mi Cristo, que viva mi rey, que impere doquiera, triunfante su ley. ¡Viva Cristo Rey! A media noche, cuando el director de la clínica pudo platicar con los heridos, uno de ellos al recobrar completamente sus facultades, y respondiendo a las preguntas del galeno, dijo: -Oí una explosión. Se obscureció todo. Y cuando sentí que me ahogaba el humo de la pólvora, y me aturdían los truenos, se me aparecieron, entre los juegos de artificio, unos girasoles en la noche.

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Edificio de la Divisi贸n de Ciencias de la Salud, Chetumal, Quintana Roo

CAMPUS PLAYA DEL CARMEN

Fructificar la raz贸n; trascender nuestra cultura

www.uqroo.mx


Selecta Galería

A

lo largo de sus primeros tres años de ruta, la Gaceta del Pensamiento se ha dado a la tarea de presentar al lector obras plásticas de gran calidad tanto de artistas de renombre mundial como de creadores estatales, mas brindándose a éstos un mayor espacio en cada entrega. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra; nos es más necesaria, como escribiera el prócer cubano José Martí en la legendaria Revista ilustrada, en Nueva York, a principios de 1891. La tarea de difundir nuestra pintura ha sido fértil en todo sentido, pues al tiempo que en vitrina, nos hemos convertido en referentes de esta disciplina en Quintana Roo e, incluso, por bondades como la del pintor beliceño Manuel Villamor, con su muestra del trabajo plástico de niños mayas de Chacchoben en estas páginas, en impulsores del talento. Vaya también nuestra gratitud a los niños de Cancún que, con sus dibujos, se unieron a la lucha por conservar el Ombligo Verde de la ciudad. En más de un sentido, esta Gaceta se ha amalgamado con la comunidad estatal y en el caso de la plástica, la suerte nos ha sido también venturosa. Vaya como anécdota que, pese a no ser ese el destino de una publicación, varios vecinos han montado imágenes pictóricas en bastidores para decorar sus espacios. No sobra decir que seguiremos por esta vía, una senda compartida ya con pintores como Marisol D’Estrabeau, Francisco Hoil, León Alba, Otoniel Sala y Rolando Arjona, entre otros. En las páginas siguientes se encuentra una Selecta galería de las imágenes que han despertado mayor interés entre los lectores, las más de ellas, portadas, y en especial la de los rusos Vladimir Kush e Leonid Afremov. Sirva también esta nota para destacar el afán de Eduardo Espinosa Abuxapqui, también él artista, por difundir el mural Forma, color e historia de Quintana Roo, de Elio Carmichael, que se encuentra en el vestíbulo del edificio del congreso estatal.

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Leonid Afremov / Noche solitaria

Vladimir Kush / Haven

Linda JimĂŠnez / Atrapada en la ciudad


Fernando Castro Pacheco / El hombre esta hecho de maíz, del mural del Palacio de Gobierno de Yucatán

Otoniel Sala / La ofrenda maya

León Alba / Sín título


Antonio Hoil / Cabaret

Henri Rousseau / The dream

Edward Simmons / Melpomene, Biblioteca del Congreso de EU.


Dulce María

Loynaz Norma Quintana

Homenaje mínimo

El Caribe Secreto escendiente de una de las numerosas familias del patriciado cubano que lanzaron sus bienes a la pira independentista, era hija del general Enrique Loynaz, combatiente del ejército libertador, amigo de José Martí y creador del Himno invasor, cuya música –más que su letra- milita desde siempre en el simbolismo patriótico cubano. Cubana fue de tan aferrada raíz que dejó marchar solo, camino a un largo exilio, al hombre a quien debía su realización literaria y los años más fecundos de su vida intelectual, su esposo Pablo Álvarez de Cañas, periodista de renombre que emigró de Cuba en 1959 –como tantos otros– a raíz del triunfo revolucionario. Junto a sus hermanos Flor, Enrique y Carlos Manuel, seres alucinados, de una genialidad con ribetes surrealistas, constituye una de las leyendas más jugosas de la iconografía cultural isleña. Niños enclaustrados en una casa, amorosamente cuidados, educados y defendidos del mundo exterior, heredaron de esta infancia un singular apego al desasimiento, una costumbre pertinaz de separarse de todo, de latir con

un ritmo vital interno capaz de resistir el asedio de la realidad circundante. A las características de su formación debió los rasgos más sobresalientes de su quehacer poético y su peculiar sensibilidad literaria. Es, tal vez, el único caso en la lírica cubana del que con justeza se pueda hablar de una absoluta independencia creativa. Los críticos, quienes no suelen coincidir casi nunca, al referirse a su obra comienzan siempre por señalar su carácter de ejemplo único, de islote perdido, de nota solitaria en el conjunto de la poesía cubana; aún cuando por requerimientos de ordenación y método se acostumbre a situarla en esa franja un tanto neblinosa de nuestro devenir lírico conocida como “intimismo”, modalidad de aquello que los estudios historiográficos nombraron hace varios lustros como posmodernismo en las letras hispanoamericanas. No se trata de que su poesía esté libre del peso de la herencia cultural y literaria, pretensión insostenible pues basta leer sus versos para constatar tras ellos la presencia latente de siglos de buena poesía, bien asimilada, de los místicos españoles a José Martí, sin olvidar el simbolismo francés –ese embrión de lírica contemporánea – y, desde luego, a Juan Ramón WWW.GACETADELPENSAMIENTO.COM | 29

GACETA DEL PENSAMIENTO

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Dulce María L Jiménez y Antonio Machado. Sucede, sin embargo, que su mundo poético se mueve dentro de un anillo tan ceñido y de tal manera se nutre de sus propios jugos que, al decir del ensayista y crítico cubano Enrique Sainz, sus libros “representan, quizás como los de ningún otro poeta cubano, los intentos por lograr una poesía del “yo” absoluto, de conocida estirpe literaria desde el Romanticismo”. Ningún otro como su nombre para represen-

Al Almendares

Este río de nombre musical llega a mi corazón por un camino de arterias tibias y temblor de diástoles... Él no tiene horizontes de Amazonas Ni misterio de Nilos, pero acaso ninguno le mejore el cielo limpio ni la figura de su pie y su talle. Suelto en la tierra azul... Con las estrellas pastando en los potreros de la Noche... ¡Qué verde luz de los cocuyos hiende y qué ondular de los cañaverales! O bajo el sol pulposo de las siestas, amodorrado entre los juncos gráciles, se lame los jacintos de la orilla y se cuaja en almíbares de oro... ¡Un vuelo de sinsontes encendidos le traza el dulce nombre de Almendares! Su color, entre pálido y moreno: -Color de las mujeres tropicales...Su rumbo entre ligero y entre lánguido... Rumbo de libre pájaro en el aire. Le bebe al campo el sol de madrugada, le ciñe a la ciudad brazo de amante. ¡Cómo se yergue en la espiral de vientos del cubano ciclón...! ¡Cómo se dobla bajo la curva de los Puentes Grandes...! Yo no diré qué mano me lo arranca, ni de qué piedra de mi pecho nace: Yo no diré que sea el más hermoso... ¡Pero es mi río, mi país, mi sangre!

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tar la vena profunda de la insularidad caribeña, el nombre de Dulce María Loynaz, leve como la figura pensativa que recuerdo siempre sentada en actitud de recogimiento y timidez; alguien en quien pienso siempre que deseo entregar, como un regalo, una parte entrañable de la isla sembrada en mi nostalgia. Y quizá también porque una isla es una mujer rodeada de ausencias por los cuatro puntos cardinales.

El amor indeciso Un amor indeciso se ha acercado a mi puerta... Y no pasa; y se queda frente a la puerta abierta. Yo le digo al amor: -¿Que te trae a mi casa? Y el amor no responde, no saluda, no pasa... Es un amor pequeño que perdió su camino: Venía ya la noche... Y con la noche vino. ¡Qué amor tan pequeñito para andar con la sombra!... ¿Qué palabra no dice, qué nombre no me nombra?... ¿Qué deja ir o espera? ¿Qué paisaje apretado se le quedó en el fondo de los ojos cerrado? Este amor nada dice... Este amor nada sabe: Es del color del viento, de la huella que un ave deja en el viento... -Amor semi-despierto, tienes los ojos neblinosos aun de Lázaro... Vienes de una sombra a otra sombra con los pasos trocados de los ebrios, los locos... ¡Y los resucitados! Extraño amor sin rumbo que me gana y me pierde, que huele las naranjas y que las rosas muerde..., Que todo lo confunde, lo deja... ¡Y no lo deja! Que esconde estrellas nuevas en la ceniza vieja... Y no sabe morir ni vivir: Y no sabe que el mañana es tan sólo el hoy muerto... El cadáver futuro de este hoy claro, de esta hora cierta... Un amor indeciso se ha dormido a mi puerta...


Loynaz San Miguel Arcángel

Divagación

Por la tarde, a contraluz te pareces a San Miguel Arcángel.

Si yo no hubiera sido..., ¿qué sería en mi lugar? ¿Más lirios o más rosas?. O chorros de agua o gris de serranía o pedazos de niebla o mudas rocas. De alguna de esas cosas-la más fría...me viene el corazón que las añora. Si yo no hubiera sido, el alma mía repartida pondría en cada cosa una chispa de amor...

Tu color oxidado, tu cabeza de ángelguerrero, tu silencio y tu fuerza... Cuando arde la tarde, desciendes sobre mí serenamente; desciendes sobre mí, hermoso y grande como un Arcángel. Arcángel San Miguel, con tu lanza relampagueante clava a tus pies de bronce el demonio escondido que me chupa la sangre... El miedo No fue nunca. Lo pensaste quizás porque la luna roja bañó el cielo de sangre o por la mariposa clavada en el muestrario de cristal. Pero no fue: Los astros se engañaron... Y se engañó el oído pegado noche y día al muro del silencio, y el ojo que horadaba la distancia... ¡El miedo se engañó!... Fue el miedo. El miedo y la vigilia del amor sin lámpara... No sucedió jamás: Jamás. Lo pareció por lo sesgado, por lo fino y lo húmedo y lo obscuro... Lo pareció tal vez de tal manera que un instante la boca se nos llenó de tierra como a los muertos... ¡Pero no fue!... ¡Ese día no existió en ningún almanaque del mundo!...

Nubes habría -las que por mí estuvieran-más que otras nubes, lentas... (¡La nube que podría haber sido!...) ¿En el sitio, en la hora de que árbol estoy, de qué armonía más asequible y útil? Esta sombra tan lejana parece que no es mía... Me siento extraña en mi ropaje; y rota en las aguas, en la monotonía del viento sobre el mar, en la paz honda del campo, en el sopor del mediodía!... ¡Quién me volviera a la raíz remota sin luz, sin fin, sin termino y sin vía!... Si me quieres, quiéreme entera Si me quieres, quiéreme entera, no por zonas de luz y sombra… Si me quieres, quiéreme negra y blanca. Y gris, y verde y rubia, y morena… Quiéreme día, quiéreme noche… ¡Y madrugada en la ventana abierta!… Si me quieres, no me recortes: ¡Quiéreme toda… O no me quieras!”

De veras, no existió... La Vida es buena.

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: Javier España Sentidos

He visto en el reposo de la mar una ventisca que lo mueve y llama, y qué de lunas, voces desde el tedio en medio de la nada abrumadora.

II

He oído en el paisaje otro paisaje, la humareda, no aquí sino en la forma del rumor de orillas sin riberas, y gárgolas de sol que en aves se desfloran.

III

He lamido del vientre un mediodía en la noche más noche de mi duda, lontananza entre el arte de los mármoles, presencia de la flor sobre la arcilla.

IV

He acariciado en el color su fuente, diamante de la sombra panterina que es la noche, la lluvia, sola arena, territorio cercado por mil labios.

V

VIII

¿Cómo sentir la realidad? Del sueño y su planicie cohabitamos lunas, la sencillez de apacentar el día con la certeza de nombrarnos vivos.

Heredad sin orillas Agua madre de todas las mareas, ¿dónde el sol se levanta sin pasado y asume el duelo frágil que en gaviotas su vuelo lo distingue a la deriva? Padre fuego, dialecto del principio más cercano a la duda que germina, ¿quiénes dictan memorias con el viaje que convierte en monedas toda suerte? Hijos del rayo y de la noche, todos en la carne del miedo conjurado contemplan su palabra en laberinto, donde el éxtasis talla presunciones.

He olfateado el cenit de lo gozoso sobre el camino de la sierpe eterna, luna de luz, marina del silencio que engendra el néctar de su muerte.

¿Qué heredad es el tiempo bajo el agua, ante el fuego proscrito en el ahora?, ¿conciliación, milagro, antigua espera, derrumbe, solo mar, Narciso ciego?

VI

II

VII

Álgido el goce que presagia orillas, pero oculta en vaivenes su sentencia, trazo en el polvo que dibuja el miedo.

La vida es sólo vida, certidumbre de los goces secretos de los pactos, larvaria sumisión a lo vacío, nacer, morir acaso sin la carne.

No ser el héroe en polvo cotidiano hace cantar el musgo de mujer, iniciación al miedo que nos cerca en el instante aliado a los otoños.

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Un hálito de qué murmuran cruces, plenilunio de vísceras, vitrales que amanecen nocturnos en su parto.

Eterno y póstumo ritual se extiende distante en el aquí, cercano al nunca donde el azoro agolpa su alarido.


: próximo libro

Nombradía Cantar es en verdad otro aliento, un soplo en torno de nada. Un vuelo en Dios. Un viento. Rainer María Rilke

III

¿Y el prodigio, la voz que se prolonga más allá del espanto sin orillas? ¿Qué virtud de cristal dibuja rostros? ¿Y las manos?, ¿qué incendio purifican? ¿Se teje el simulacro en el rumor que esparce los oficios malnacidos? ¿Vivir, morir? ¿Es límite el nosotros?

IV

Alguien dice silencio. Tras la puerta un patíbulo: la realidad se flagela.

Abre la vigilia Otra vez en el sueño de la muerte es el azar designio de los egos. Se abre la angustia, la venganza pura.

Como una estirpe en canto del rapsoda halla el oído su discorde vuelo. No miente ni perdura la existencia si no es Orfeo sangre deste mundo. Acaso su palabra es nombradía que convoca a la muerte en su certeza y erige templos para el sacrificio: alabanza que nace contra el polvo. Qué silbo forja el mensajero leve más allá del silencio, más allá, donde los dioses aposentan frutos en el soñar del hombre, su espejismo. Las estaciones vuelven, una a una, para ceñir la arcilla en cada frente. ¿Quién es el dueño de la luz, la historia, si la tierra confronta vano anhelo? Revelación en verso se pronuncia, como latir de río en agonía. Orfeo canta su heredad perpetua, y la sílaba ser desnuda un viento.

Otra vez en la lluvia de los rostros es la sentencia que no calla nombres: saberse frágil, miedo que reclama. Se oculta tras su espalda la memoria y descubre la misma incertidumbre. ¿Quién romperá los pactos promisorios? Otra vez es la muerte en este sueño.

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:gaceta

: Francisco López Sacha Humo y nada más

A

quí va Donatien, embozado en su casulla de fraile, en la proa del catamarán que se desplaza por el río. Donatien, la mirada fija en las aguas, sujeto a una de las bardas de madera. Tiene el rostro encarnado, de un delicado color cereza, y la casulla le oculta los bucles de su peinado Luis XV, el rey infame que lo persigue, que le ha negado su lettre de cachet, a él, noble antiquísimo de la Provenza, acusado de golpear y torturar con un látigo a una prostituta. Donatien, perseguido por una denuncia, a pesar de su rico blasón, una estrella con ocho rayos de oro en campo de gules, y encima un águila, con las alas extendidas, que vuela hacia la cumbre de lo imposible. Golpear, golpear. Pero qué otra cosa podemos hacer cuando sube el deseo como la marea brutal que ahora remueve al catamarán, que viene de abajo, de lo muy hondo, y se estrella contra la sucia superficie de madera, levantando el oleaje. Donatien, su grácil cuerpo escondido bajo la torpe tela de lienzo oscuro, con los puntos de una barba rubia pugnando en su mentón, su grácil cuerpo arrebatado por el bamboleo y rodeado de aldeanos con sus ropas de sarga y sus chalecos sucios y sus sombreros de badana que lo miran desde lejos, que abren sus ojos cada vez que la embarcación tropieza con las olas del río y se fijan en su casulla y en su cíngulo y en sus ojos azules, en su pálida faz. Qué puede hacer ante ese cuerpo tendido en las baldosas del cuarto de una oscura pensión que huele a humedad, a cebollas, a orín de ratas, ese cuerpo hermoso y todavía firme, cálido, más bien caliente, que está caliente no por el deseo sino por los ducados prometidos por aquel señor que le ruega se tienda de es-

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paldas, bocabajo, y abra las piernas, y deje al descubierto cada vez más el anillo cobrizo, la más íntima y deseada de todas las posesiones, el círculo perfecto y bien cerrado por sus pequeñas estrías rosáceas, recubiertas de una pelusilla oscura que sube desde el sexo abultado y que Donatien tienta con los dedos, y siente el escozor del frío y el calor de allá adentro, y el liquidillo pegajoso y caliente que apenas entrevé porque la luz de la vela de sebo sólo puede lanzar su cono de lumbre sobre una parte minúscula de la escena. Donatien se bambolea frenético y golpea la espalda con el látigo y sobre el moretón deja caer unas gotas ardientes de cera derretida. La mujer hurta el cuerpo, grita, aprieta las piernas, aprieta los muslos y Donatien vuelve a golpear, ahora con más fuerza, hasta que ve salir del verdugón unas gotas de sangre. La verga se le inflama dentro del calzón de seda y la siente latir y bullir como esa extraña implosión que viene del río, de la marejada brusca que inclina al catamarán, y los ojos pardos, negros y azules de los aldeanos que le acompañan se abren aún más porque el requiebro de las sogas se deja sentir de una orilla a otra, y traquetean los bultos en la proa y el río se hunde no como los pacíficos ríos de Italia, no como el fiume que pasa bajo el puente del Arno, en Florencia, el río dócil que es como esa sangre acuosa que embarra la espalda desnuda de la prostituta, que se contrae de dolor y placer en el piso, sí, de placer, mientras él se desanuda el calzón, desesperado, y muestra la verga henchida y se arrodilla y se masturba jadeando. Donatien, Donatien. El ardor ha pasado aunque queda un extraño escozor. La luz de sebo sigue alumbrando, con la llama más baja, y las pupilas de Dona-


: cuento

tien se han dilatado, como se han dilatado las marcas del látigo en la carne desnuda. Donatien acaricia las nalgas de la prostituta, que son redondas, suaves, firmes, con esa curvatura galante que se abre poco a poco e invita golpear. Nalgas que nacen de ese suave declive de la espalda y ahora vuelven a abrirse, a abrirse aún más para mostrar el sendero socrático, al que Donatien, lascivamente, llama culo. Desde luego, el placer de nombrarlo y tenerlo, dócil, pero también resistente, una manzana cariciosa y profunda, que deja un laxo calor hacia adentro cuando la punta pulida de su glande lo choca, y Donatien siente su cálida resistencia, el forcejeo de las nalgas abiertas, el mira a ver quien viene y la dureza de una extraña puerta que terminará por dilatarse y abrirse. Porque la punta enrojecida choca, una, dos, tres veces contra esa mórbida y ansiada entrada hasta que cede, y entra de una vez, y detrás entra el resto a recibir el calor seminal, y Donatien se agacha y muerde el cuello de la prostituta que ahora está más caliente, más relajada, sea por los ducados prometidos, por la cera derretida y seca ya sobre los verdugones de su espalda, por el calor que se desprende del cuerpo de Donatien, por el tronco gozoso que entra y sale dilatándola cada vez más. Y él muerde, muerde, y aprieta con sus manos el vientre de la prostituta y suda sobre ella y deja caer un hilillo de baba por su cuello y se mueve y remece y grita cuando el choque de la ola, más fuerte y tremebundo que los anteriores, desprende una de las sogas del catamarán y los pinos y alerces de la ribera se ven confusos y como bocabajo, y los aldeanos gritan y se amontonan entre ellos porque la balsa se va a la deriva por el lecho sucio del río, por encima y quizás por debajo de esas aguas lechosas, revueltas y frías que cho-

can contra las bardas de madera e inclinan el catamarán y lo obligan a ladearse de costado, hacia una honda hondonada y un cuenco profundo de olas altas que lo golpean. Una vez, otra, otra más. Es el placer infinito; golpear, provocar dolor. El chorro de esperma salta hacia afuera en una brusca sacudida y Donatien, sudoroso, desnudo, con el rostro encarnado, golpea en la cara a la prostituta y le grita puta, perra, compláceme, dale a tu señor todo el calor de tu culo y dale tu sangre y goza con mi fuerza y mi dominio sobre ti, y déjame caer sobre tu espalda, y déjame herirte esas nalgas macizas y sentir el rechinar de mis dientes sobre tu carne y el ardor de la cera sobre tu piel, y déjame golpearte otra vez con el látigo y con el mango de hierro de esta manopla hasta sentir que eres mía, que Francia es mía, que el castillo de La Coste es mío y soy dueño y señor de los viñedos, las carretas, el heno del invierno, las vacadas, y los senderos ásperos de piedra que mi familia construyó cuando el adorado Francisco I dio asilo allí a Leonardo da Vinci, y más aún, cuando el divino Francisco Petrarca puso sus ojos en mi lejana prima Laura. Déjame sentir en tu carne el empaste de la pintura del maestro, los colores como de terracota que ya se ven diluidos en el Cenáculo y la mirada turbia de vuestro señor Jesucristo, en quien no creo, como no creo en la misa, ni en la resurrección, ni en el espíritu, ni en los designios de la Providencia. Creo en el murmullo del poder, en tu cuerpo desnudo y sangrante bajo el mío, creo en tu dolor de fiera amansada, en el placer que intentas sofocar con tus gritos, en mi ayudante, que está afuera y deja caer un luis de oro en las manos del posadero

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:gaceta

para que haga silencio, porque eres puta, ¿no lo sabes?, una puta, un animal yacente, un ser inferior, un cuerpo para el cuerpo que ahora vibra en mis manos, que ahora gime y llora, y ya no le importan los ducados, y pide piedad, piedad, a mí, a Donatien, a Donatien Alphonse Francois, Marqués de Sade, como pide misericordia esa masa de aldeanos que me rodea con sus ojos abiertos por el miedo, mientras el catamarán se hunde en la turbulencia del río, sube y baja entre las olas frías, atraídos por la casulla de fraile con la que me he disfrazado para huir. El fraile Donatien, el padre Donatien, el fingido representante de Dios sobre la tierra, en esta hora de peligro. Pobres aldeanos, pobres seres sumisos que ahora comprenden que no tienen alma sino un cuerpo que temen perder, un cuerpo que los esclaviza y les infunde miedo, miedo al dolor, miedo al pálpito de la muerte, miedo a la muerte por asfixia, miedo cerval a desaparecer, a dejar huérfanos, padres, madres, cosechas, chozas de piedra y argamasa. Donatien se alza la casulla con sus manos temblorosas y ateridas de frío y una ola lo empapa y le arrebola el rostro. Otra ola estalla y lo empuja. Los aldeanos le imploran, padre, líbranos de todo mal, invoca al Señor con una

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súplica, haz que el catamarán se arrime a las orillas, haz que se calme el río, haz que pierda mis cestas de cereza, mis manzanas, mi leche cuajada que llevo al mercado, mis botellas de sidra, mi vino rancio de uvas, mis zapatos de percal, mis ropas de sarga, mis pocas monedas, pero no la vida, no la vida de este cuerpo mortal que a ti te pertenece. Y Donatien baja la cabeza, empuja el cuerpo lloroso de la prostituta y deja caer en sus manos un luis y tres ducados y se seca el sudor y le impone silencio, le impone silencio a la cara aterrada de la mujer que teme por su vida, por su cuerpo, que sin embargo vende, y se levanta del piso que ahora huele a sangre y escucha el espasmódico correr de las ratas por el fondo oscurecido del cuarto, adonde no llega la luz, y mira las caras que le rodean, mira las arrugas de aquella anciana, los tendones visibles en los brazos de aquel labriego, los rostros contraídos por el miedo, los cuerpos que le rodean implorantes ahora que también se ha convertido en señor de esas almas, está investido con el poder de un Dios en quien no cree, y siente una especie de extraña piedad después del miedo, después de la fiebre, del placer, del dolor, una piedad infinita, y bendice a esos pobres que temen con una teatralidad no exenta de amargura, así, haciendo en el aire la señal de la cruz, él, Donatien, que también siente pavor, y tiembla, y siente como el alma se despega del cuerpo y vuelve a él, y comprende la quietud de ese minuto, de esos segundos en el medio del río, cuando el catamarán deja de bambolearse y se dirige, atraído por la corriente, a la orilla derecha, al refugio de un pequeño arenal, a los pinos y alerces que se ponen derechos, en fila, con su verde mohoso y patinado por la niebla.


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De martes a viernes 17:30 y 19 hrs. / Sรกbados y domingos 10, 11:30 , 13, 17, 18:30 y 20 hrs.


:gaceta

: Zita Finol

Cantos de agua Ingravidez

Que no callen tu voz

Vive ligero Como el viento suave que en su volar terreno olvida glorias y rechaza bienes, no forjes cadenas que frenen de tu alma el libre vuelo.

No dejes que callen tu voz, que rota muera en tu garganta clamando libertad, dale a esa libertad un mundo donde el pensamiento, ave sonora, en el cielo trace del Hombre su perfil, y si el verdugo tu palabra calla, dile que tiene mil ecos ¡y ellos le darán batalla!

Toma el grano de trigo, Bebe el agua fresca, aquello que a tu cuerpo le de abrigo, bendícelo, y luego déjalo pasar, que al elevarse tus alas al misterio, el solo avío de lo que amaste lleven.

Alegría Yo tengo un duende de nombre alegría, una noche sabia me lo dio la vida. Sin el tintineo de la campanilla que corona el gorro de su fantasía, yo no se qué haría. A los fantasmas De oculta tristeza ¿cómo vencería?

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Yo sé La corriente de la vida aturde, pero tengo un lago sereno y escondido en la mitad de mi alma sumergido. Cuando mojadas de llanto llegan las penas a sus orillas, son como blancas arenas que con la luz de los ocasos brillan Cansadas gaviotas los sueños reposan en los esteros, y del agua emergen luminosos los tibios anhelos que quieren volar. Todo calla alrededor, las tormentas son ecos lejanos del exterior, vivencias que el alma evoca ya sin dolor. Yo tengo un lago sereno y escondido en la mitad de mi alma sumergido.


: poesía

No me mires

¿Escuchas?

No me mires a la cara, Juan Pablo, tengo vergüenza de tus ojos niños.

¿Escuchas esos pasos que estremecen la tierra? ¿Sonido de fanfarrias y clamores de muerte?

Marchan vengadoras sobre mi conciencia sombras interminables de muerte ajena.

Es Odín invencible que pasa con sus huestes, es la destrucción ciega que va hacia tu casa.

¡Yo he consentido la muerte! Cada vida que cegada yace en ávidos campos de batalla, en ciudades rojas de clamor estéril, ¡Es mi culpa! ¡Es mi culpa! ¡Yo cerré los ojos! ¡Yo no quise ver!

Ángeles como tu han visto el cortejo pasar, dolidos se preguntan el por qué del silencio, por qué herida calla la vida y habla la muerte.

Amé más mi propio goce que la vida de mi hermano, amé más la paz sumisa que la paz que el defendía ¡Y la guardaba para mí! Yo he consentido la muerte, la sigo consintiendo, con mi silencio la solapo, el alma sin pudor doblego por el temor a ser dañado.

Como manto de luto que cubriera tu tiempo, un frío ardiente quema las flores de tu era para que jamás amanezca otra primavera. Vela, no pienses que distante esta el cortejo en que la defensa no madura todavía, pues ya satura el aire el olor de la carroña. Escucha cercanos piafar sus negros caballos apocalípticos resonar cascos y escudos. Contempla sus fauces sangrientas ¡conócela!, es tu enemiga, la enemiga de todas las razas, ¡la guerra!, del Hombre la más trágica derrota.

¡Yo he consentido la muerte! ¡Yo la sigo consintiendo! Con mi debilidad la alimento, ciega, indiferente a su lado paso ¡feliz de no ser la víctima inocente!

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:gaceta

: Raciel Manríquez Casasombra

Nacido en la Ciudad de México, ha vivido en Chetumal por más de veinte años. Estudió Relaciones Internacionales en la Universidad de Quintana Roo y la maestría en Periodismo Político en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Tiene varios cursos y diplomados en filosofía y literatura; ha sido becario de Conaculta y la Secretaría de Cultura en 2008; en 2010 ganó la Convocatoria para publicaciones Juan Domingo Argüelles, con el libro El rugir de la olarasca, que se encuentra en edición. Sus trabajos han sido publicados en revistas y periódicos estatales y nacionales, entre ellos: Luna Zeta, de Oaxaca; en la sección cultural del periódico El Financiero; en la sección cultural del Por Esto! En la revista Norte-Sur del Estado de México; en la revista literaria Abisal, en Cartapacio, plaqueta cultural universitaria que realiza en conjunto con el maestro Javier España; y Río Hondo, donde es parte del consejo editorial. En la actualidad trabaja en la Universidad de Quintana Roo como reportero para la Gaceta y para la página de internet de la casa de estudios donde también realiza actividades y foros culturales enfocados al análisis del la música Reggae y el Rock.

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Tu sombra

Cuando te vayas, deja tu sombra dibujada bajo el agua. Antonio Castañeda

Te marchas pero lo dejas todo Te quedas en cada cosa de sabor canela Todo momento tiene sabor a canela La felicidad tiene esa mirada El día es un motivo para verte Es el pretexto para saber de tu día En un cuarto se ha quedado la infancia En otro duermo más despierto contigo Con el fantasma de tu espalda Tras el fastidio que arropa cada madrugada Con la libertad que mantiene mi presencia en otra parte En esa pregunta que de repetirla tanto ya ni menciono Ríes de nuevo y me acuerdo de ti Caminas por viejos pisos en tu juventud descalza La puerta que no cierra, cerrojos de óxido La luz que no alcanza a describirte Y mi voz que ya no pueden tocarte


: próximo libro

Mi sombra Miro tu patio por la ventana Baja barda y de fondo pura selva Cada árbol desdibuja una sombra Sombra que crece hasta el borde de tu casa En ese silencio que nos encuentra tras el reclamo del pasado Lo que piensas los domingos cuando doblas la ropa Tu miranada suspendida en los trastos de la pequeña cocina Lo que encuentras debajo de la cama cuando se va el dolor de tu garganta ¿Qué levantas cuando barres los pisos luego de mi presencia? ¿Acaso escribes sobre el polvo? El que paciente lamió la pena de mis zapatos Que una vez sacudido volvió a ese patio profundo todo de hierba Todo enmarañado de follaje, como duda, boca de selva: De sonido verde, oquedad fría Polvo del pasado Verde de tiempo, de tierra y musgo La que también me mira sin memoria El polvo está en todo lo que toco Y me tragaría para volverme raíz Mucho tiempo lo has visto en mi cara Para mezclarme con el excremento de aves y gusanos Vive en letras de la palabra que te hirió Yacer en la combustión de lo inconcluso Vuela y se planta en tus ojos cuando dudas Atravesar el pensamiento Lo sacudes y avientas luego del trabajo Por la vida Otras veces sientes que se desprende de tu cuerpo ¿Ser hombre significa ser padre? La parte noble de tu costilla de mujer De tu parte blanda, la única que puedo tocar cuando mi voz atraviesa la baja barda… Me retiro de tu casa: un café antes (dices) Café claro que no quita el sueño Y me permite dormir contigo Entresueño para no odiarnos El sabor de lo que miro en la parte trasera de tu casa Te tengo y no, eres tuya Te pienso y eres tuya Me voy y eres de nadie Ahora me quedó en la mesa, te pregunto: ¿Qué levantas del piso luego de mi presencia?

De mi voz, el polvo menciona palabras ya vacías: Amor, esperanza, viento Polvo de los días cuando entra diciembre Una puerta de polvo a mi espalda Te nace hablar de lluvia y toses el polvo de cenizas De la muerte que es principio del polvo (Camino y me caigo de las cosas Subo y permanezco y me sacudes Lardo de mi cuerpo seco, por dentro) Tu mirada fría atrapada en un vaso La condena del retoño que vive y crece Verdad que al final es quimera Lo que vuela e invisible lacera tu mirada Cuando estás incómoda y quieres que me largue Porque mi recuerdo tiene polvo del pasado

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:abecedario gaceta

: Alberto Infante Nubes

L

a mujer abre los ojos, mira, y ve vaho, niebla, en realidad no ve nada, si acaso una fina línea de nieve y escarcha. La mujer cierra los ojos y siente frío, va abrigada pero siente frío, no el frío de afuera, que no traspasa los cristales ni el vaho que los cubre, sino el de adentro, ese que va con ella, que desde hace semanas viaja con ella, y no hay forma de sacárselo por más que una se abrigue, o beba chocolate caliente, o pase la mayor parte del tiempo junto a la estufa. La mujer abre los ojos, limpia con la mano el vaho del cristal, hace por ver, no reconoce lo que

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ve. Ha hecho ese viaje muchas veces, conoce cada recta y cada curva, cada vía de servicio, cada desviación, cada collado y cada loma, cada bosque y cada pueblo, y sin embargo no reconoce lo que ve. Allá arriba, inaccesible, en algún lugar, está el pálido sol de la mañana pero tampoco lo ve. La niebla transforma la luz del sol en un fluido lechoso y calmo, capaz de envolverlo todo con un manto de suavidad y silencio. La mujer mira en torno, observa a los otros viajeros y los ve tranquilos, cada uno a lo suyo. Lo de dentro del vagón le resulta conocido, familiar po-


: cuento: inédito humor

dría decirse, pero no así lo de afuera. Lo de afuera no lo reconoce. Debería conocerlo. Sin embargo, cuanto más lo mira, más ajeno y extraño le parece. La mujer cierra los ojos, piensa en sus hijos adolescentes, en el padre que tuvo, en su madre recién fallecida. Piensa en su trabajo basura, en que puede perderlo, en sus dolores de espalda, en su marido alcohólico, en el próximo plazo de la hipoteca, en los recibos sin pagar. Y, sobre todo, en la consulta del médico, en lo que este le dirá. La mujer tiene la sensación de estar viajando en un autobús equivocado, en dirección equivocada, hacia un destino que no es el suyo. No sabe por qué pero esa es la sensación que tiene. En ese momento el autobús frena bruscamente, rueda despacio un corto trecho, vuelve a acelerar al cabo. La mujer no quiere abrir los ojos. Decide mantenerlos cerrados el resto del viaje. “Lo que haya de ser será” se dice. El autobús circula ahora a gran velocidad. La mujer sabe que esto no es normal, el autobús nunca ha circulado tan aprisa por esta zona. La mujer sabe que este no es un autobús rápido, que la carretera está bien señalizada, que hay un límite de velocidad y que el conductor ha de respetarlo porque de otro forma se arriesga a que lo multen o, peor aún, a que le retiren del servicio. “Y no están los tiempos como para perder el empleo así como así” se dice. El autobús sigue acelerando. La mujer trata de pensar en el médico, en la consulta del médico, anticipa y teme lo que éste le dirá. Por la megafonía interior, una voz dice algo sobre la proximidad de una parada que no es la suya, sobre los minutos que faltan para llegar. Una voz lejana, neutra, desprovista de cualquier emoción, si acaso un punto meliflua. La mujer piensa que se parece a la voz de la enfermera que le ha dado la cita, se pregunta por qué piensa eso ahora y cierra los ojos con más fuerza.

El autobús circula ahora a una velocidad inusitada, como un avión rodando a punto de despegue. La mujer sabe que esto no tiene sentido, el conductor no debería acelerar si están llegando a una parada, y le sorprende no sentirse alarmada. De pronto siente una sacudida y una fuerte presión en el pecho la empuja contra el respaldo del asiento. Le invade la sensación de ascender, de deslizarse, de estar flotando. Al final la curiosidad le vence y abre los ojos. Frente a ella ve un cielo azul, límpido y transparente, un sol de reflejos dorados y, más abajo, un mar de nubes. Al igual que ella, el resto de pasajeros, incluido su vecino de asiento, contempla el paisaje por las ventanillas y sonríe. A la mujer la envuelve ahora una gran placidez. “Esto debe ser la felicidad” se dice. Cierra otra vez los ojos. Se abandona. Nubes algodonosas la envuelven. Ella siente, o cree sentir, sus leves y húmedas caricias. Ha tenido muy pocos momentos así en su vida y le apetece disfrutarlo. “Me lo merezco” piensa “Nadie podrá decir que no me lo merezco” - ¿Cómo lo ve? – pregunta la enfermera. - Mal – responde el cirujano y hace un gesto con la cabeza – Hay más ganglios invadidos – Y tras una pausa, añade: - Yo diría fase tres. Probablemente, fase cuatro. - Con sus antecedentes... – comenta resignada la enfermera – No entiendo como no la han enviado antes. - Sí, la verdad… No me lo explico – responde el cirujano que se encoge de hombros y sigue a lo suyo. La enfermera piensa un momento en la mujer y en las razones de la tardanza. “Una queja” se dice “Habrá que tramitar una queja”

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: Norma Quintana Vuelo libre Negativa

París en la nostalgia

Saqué de mi pecho un sinsonte y lo puse a tus pies. Mi único don era un pobre regalo. Te di mis raíces, y el temblor de mis manos pero no fue bastante. Cargué hasta tu casa toda la rabia de mis huesos, el aleteo de las flores, la quietud de los pájaros y sorprendí en tus ojos un brillo displicente. Quise poner una canción en tu pena y acunarla en mi regazo como un armiño trémulo, pero los cometas huérfanos de su melodía rebotaron en ti y salieron girando alejándose alejándose…

Aunque nunca hayas ido a París, vives en sus sueños. Hermosos jóvenes con chaquetas de mezclilla besan a su muchacha de largos cabellos rubios frente al café Le Metro y sienten que alguien inadvertidamente los ha mirado sonriendo. Mientras, en una pequeña ciudad sofocada por el calor de junio, observas en la pared la foto que por tantos años fue el París de tu nostalgia. Pero ya no eres tú sino una niña con hambre de mundo y un viejo disco de acetato entre las manos. Ahí París ya no es el cancel art nouveau en la entrada del metro, sino un parque con farolas y una pareja que baila mirándose a los ojos entre las hojas amarillas. Hojas del otoño en París, hojas que cubren la ciudad hojas desquiciadas por el viento de un ciclón en este verano del trópico; llevadas por las avenidas de un lado a otro del mundo, con muchachas y muchachos que se enamoran a la entrada de los metros y parejas que giran lentamente al son del concierto del otoño. Hojas de todos los temporales y todas las latitudes son tu vida desperdigada y rota, transida de nostalgia por las ciudades apenas entrevistas en una foto, o en la carátula de un disco. Hojas que revientan en bandadas de pájaros espantados por los ciclones; aves que se van a París para cantarle, junto al cancel art nouveau del metro, la canción del otoño a los enamorados.

Un hijo Pienso un hijo entre fulgores una sed sonámbula, un derrotero por donde pasas entre sombras y me miras, multiplicado a través de ese lago en el espejo. Vienes a mí vacío de forma a tocar el vientre de la noche, mis profundos miedos. Me acaricias y renazco se estremece la tierra al compás de esa quimera, este abismo de amor que se mutila, y se cansa de llamar, y grita en sordina una tempestad sin horizonte. Caminos de ida son mis ganas de tropezar contigo: no hay retorno. El hijo de tu ausencia se acomoda y nace en el sismo de mis huesos.

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: poesía inédita

La esposa y la muerte

Hora de salir

Veo tus ojos en el lago desde allí me miran desde el agua me están observando. Son círculos de ausencia tus ojos en el lago tu mirada prisionera de los peces fija como la de los peces que flotan con el vientre hacia arriba. La muerte es una mirada desde el agua muda de tus ojos.

Se derraman los segundos en la quietud de las paredes. Hay un lamento un desgarrón prolongado en los murmullos de la noche. La muerte cuenta sus pasos de esquina a esquina… no desmayes, corazón mío, el tránsito es leve. Aquí siempre es el mismo día y ya es hora de acabar ya es momento de salir. Prefiere otra ruta, cadena de mis noches, me dolió el odio, y me dolió el amor desnudé hilo a hilo la tortura. El caso es que ya escupí hasta las plegarias, hora es de abrir los ojos en otro escenario. Soy la que se va la que debe sucumbir esfumada. Cantaré la canción de los que escapan a una gran desdicha y el pelotón vendrá danzando con giros de muerte a sembrar flores rojas en mi pecho.

Persistencia de la imagen Convoca una imagen a regresar la finísima arena donde se deslíe, silencioso, el sueño que somos. Sombras en la niebla extienden sus brazos y apenas se rozan un breve segundo antes de esfumarse. Atrapar la imagen, recuperar, estremecidos, el instante alado; sentir, cremoso, el olor de la fruta; volver al duro sopor de los caminos, vagabundos del tiempo, esa barrera de polvo lunar. Trae, la fugitiva, repentinos escorzos de un mundo feliz, sonrisas y gestos, abrazos en el muelle de un puerto olvidado y vuelto a recordar al roce de una canción. Y en esa melodía, no sabemos cómo, viene el yo que fuimos un día de agosto junto al mar: una piel transitada por el salitre y el viento; un canto lanzado contra las rocas mientras, en oro encendido entre las nubes, goteaba el mediodía pájaros de un rojo sangriento.

Riesgo En este infeliz momento en que recogí mis alas sin fuerzas para reparar los males de antaño sin piernas para recorrer una vez más el espacio entre el acto y las palabras muertas de miedo ante el destino, pídanle al viento un girón de cordura, abracen a esta pequeña estatua de buenas intenciones Sacudan las únicas palabras que no se quedarán en la intemperie arránquenlas del sueño háganlas trizas, si quieren, pero no las dejen tiritando en el aire fatuo de un discurso. Vean que soy la imagen blasfemante de un ser escondido entre los costureros de las abuelas. ¿Cómo hacer que se miren desnudas al espejo? ¿cómo hacer que palpen sus entrañas? responsables del amor y del deseo y del placer y de la soledad y de los gusanos! Mírenme hoy cuando me deshago en el laberinto sin hilo de Ariadna que me salve. La salida es apenas una antorcha en lontananza Nadie parece reconocer en este limbo a sus orgasmos los pobres pasan, huérfanos, y se pierden Oh!, nada de angustias, el cuerpo es cierta idea clavada en la pared de una caverna.

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: Ramón I. Suárez Caamal Oscuridad que canta Leche negra de alba te bebemos de noche… Paul Celan

En la noche albina de las penitencias cuando todo palidece por las almas (la espesura, los caminos, el campanario) la luna grazna oscuridad perseguida por ladridos. Asfódelos, guijarros, la página misma lloran su luto en las arpas de las telarañas. Un tordo albino, ángel del Génesis, casi Filomena, se dirige a la Noche con estas palabras: -Salve, Llena de Luz. Salve por tu vientre santo. La Noche sin mácula, (Virgen bendecida por las barbas del Padre y las alas del Espíritu) hace memoria en su memoria: recuerda las flores que llaman huele-de-noche, los corderos que pastorea en las mareas, la esperma que se derrama del Cirio Pascual, los unicornios que pacen neblina… La Noche sin mácula sonríe con la semilla de su vientre. La noche albina llena nuestras lágrimas con flores. Nacerá el Mesías para el ébano de la cruz. Magos, Reyes, pastores esperan que amanezca. -Herodes, guarda tu espada. Con tinta de aurora quedó escrito el perdón para siempre.

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2. Los soñé hace varias centurias: Libros -cientos de ellosen mesas, anaqueles, andamios. Mi pluma dibujaba letras del paraíso, biblias, bóvedas altas, santorales. Hoy sigo tal tarea y lleno con aurora y penumbra palabras que en silencio suenan flautas, violas; silencios que tocan clarinetes. De las ramas de un manzano cuelgo las partituras: cada nota es un trino; cada trino un confín de lejanías cuando tocan en el aire de antaño. Huele a tinta y a papel, a vino y a pan de cebada. La luz defiende mis visiones. Con placer palpo superficie y orilla, cierro mis sentidos y que dibuje el alma. Mi trazo enamora y se enamora de los mundos que recrea: capitulares de asombro, versículos puentes sobre ríos de parábolas, cantigas en ágiles monturas árabes, alabanzas perfumadas con enigmas. Aunque también pinto remordimientos con ocres y bilis, Cristos de piedra y Vírgenes del Llanto. Tantos viven y sueñan sus vidas, que no importa si los espejos pierden la compostura cuando mil ríos descienden a la eternidad con el Diluvio.


: poesía inédita

3. Con la mejilla pegada a la parte Sur de mi cama oigo cantar las aguas del océano. Sus letras hablan de una isla perdida casi al fin de las rocas que prolongan mi brazo; hablan de suavidad de nubes en el otro cuerpo que partió rumbo a esa isla que no existe, de las aves en aquellos huesos en astillas, de sus acantilados donde se sumergen. Y de la luz que me impide abrir los ojos frente a la percibida que no está en ningún mapa. Me dejaría arrastrar por ese canto para que a mis ojos les secara sus lágrimas la espuma. Y que el paquebote en mi pecho apagase su ruido para morir a la deriva llevado y traído por esa canción. ¿En qué playas somos? ¿Y qué dice el mar en versos que sugieren abandono? La isla, mi isla en la mano derecha, como la herida de un clavo ardiéndome, doliéndome. ¿En qué playas estoy? ¿Y qué arenas me besan mientras cantan esos labios verdes?

4. Ojos tercamente clavados en un punto… Giorgos Seferis

Sella tus labios, sella tus labios. Háblame con tinieblas si has olvidado la aurora. Ojos, ojos, ojos, ojos, la oscuridad es su reino, vigilan desde sus alas. O a pie entre matorrales que cubre la neblina. Ojos, ojos, ojos, ojos. Mirlos, mirlos, mirlos, mirlos: Peces dorados en mar espeso. ¿De qué piedra volcánica vienen? ¿Cómo es la expiación y cuál nuestra culpa?

Zanates, zanates. El golpe del pie en la danza, el golpe de remos en el agua. Grajos, grajos, grajos, canción que se retuerce en lenguas de fuego, sonido metálico en jaulas de titanes. El corazón azuza sus potros. Los ojos hojas de mirto en las sienes de los dioses, puntas de lanza antes de herir justo en el corazón vigilan, asechan, aguardan. ¡Qué visión terrible y hermosa la de ellos, la nuestra: víctimas y heraldos de la muerte! Ojos, ojos, ojos, ojos: barcas exangües y nosotros, islas. Cíclopes tordos, somos Nadie en el mapa tortuoso de los mitos. ¡Qué cerca las respiramos, cariátides!, nos moja su aliento, Erinias. O es el sudor frío de los condenados. Mirlos cercan los rebaños, después clavarán vellocinos en honor de los dioses de bronce. Llegará la Aurora de rosados dedos… Y nada habrá acontecido.

5. Cuentan que Ulises burló nuestro hechizo atado al mástil, en medio de la tormenta; el tramposo Ulises que no quería perder divino deleite… Sacerdotisas lamen sus llagas todos los días. Resiste. Le auxilian sus manos esposadas por el deber, los remordimientos que aherrojan sus tobillos. Sólo en sueños permite que bajen los atrevidos placeres de nuestro canto, en sueños donde hurgan las olas su avidez. Hay deseadas lenguas en sus lóbulos, labios, en su cuello, ombligo, ingles; puntas de daga que escardan sus secretos; plumas como escalpelos; uñas, voces que murmuran obscenidades para su complacencia. Ah, Pasivo, no cierres los ojos. Nada te ata. La tempestad está en ti. Ven con nosotras a nuestro reino de calaveras.

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:gaceta Rene Avilés Fabila (Ciudad de México, 1940) Licenciado en

Relaciones Internacionales de la UNAM con posgrado en la Universidad de la Sorbona, Paris, Francia, es catedrático universitario desde hace cincuenta años tanto en su alma mater como en la Universidad Autónoma Metropolitana. Es autor de las novelas Los juegos, El gran solitario de Palacio, Tantadel, La canción de Odette, Réquiem por un suicida, El reino vencido y El amor intangible, así como los volúmenes de cuentos Hacia el fin del mundo, La lluvia no mata a las flores, Fantasías en carrusel, Todo el amor, Cuentos de hadas amorosas, El Evangelio según René Avilés Fabila y El bosque de los prodigios. Fue colaborador de los diarios El Día, El Universal, El Nacional, Diario de México y Unomásuno, del que fue fundador. En Excélsior fundó la revista cultural El Búho, que dirige hasta hoy, así como de la Fundación René Avilés Fabila y el Museo del Escritor. Premio Nacional de Periodismo por Divulgación Cultural, Premio Nacional de Periodismo del Club de Periodistas de México, Premio Nacional de Periodismo “José Pagés Llergo”, es miembro de la Societé Europénne de Cultura. Doctor Honoris Causa en Educación y Master en Dirección Educativa de Iberoamérica del Consejo Iberoamericano. Homenaje en el 2010 en la Feria Internacional del Libro de Minería, de la Unam y en el 2012 homenaje por trayectoria en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

Elvira Aguilar Angulo

(Chetumal, Quintana Roo) tiene diplomado en Letras de la Sogem y es directora de Bibliotecas y Fomento a la Lectura de la Secretaría de Cultura. Ha sido productora, guionista y conductora de radio y televisión en Quintana Roo, Campeche, Oaxaca y en la Ciudad de México. Entre otros, ha publicado los libros de cuentos Cierro los ojos y te miro, Editorial Ficticia, 2011; Mirando al Puerto de Payo Obispo, IQC, 2002; Donde nunca pasa nada, Suave Patria, 1999; y Mujeres de sal, publicado por el Ayuntamiento de Othón P. Blanco, 1997.

Jorge Miguel Cocom Pech

(Calkiní, Campeche, 1952) poeta y narrador, profesor en lengua maya y castellano. Tiene estudios de Ciencias de la Comunicación, Pedagogía, Agronomía y Sociología. Ganó el Premio Estatal de Periodismo de Quintana Roo en 1994. Entre el 2002 y el 2005 presidió el Consejo Directivo de Escritores en Lenguas Indígenas. Su libro Muk’ult’an in Nool o Secretos del abuelo, texto maya-español, fue traducido a más de cuarenta idiomas. Entre otras distinciones, en 2005 obtuvo el Premio Mundial de Poesía, en Rumania.

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Zita Finol

(Ciudad de México) Escritora y periodista de la Universidad Femenina de México, es autora de Amor sin arras (Inba, Teatro); cuentos Cuando perdí aquello, (Edamex) y trabajos periodísticos como Brujos o científicos, (AHR Editores), Mi vida, biografía de Amparo Montes (Edamex), entre otros. En poesía: Canto nuevo, en 1981 y Sonata a ocho voces, en 1982, ambas de Editorial Selet; y Los entornos de la rosa, 2006, de la Fundación Oasis y la Universidad del Caribe y Cantos de agua, 2012, de Cuadernos de la gaceta. En 1985 le fue otorgada la Medalla Magdalena Mondragón, por méritos profesionales y en el 2001 obtuvo el Premio Estatal de Periodismo de Quintana Roo.

Dolores Castro

(Aguascalientes, México, 1923) Poeta, narradora, ensayista y crítica literaria, curso las carreras de Leyes y Literatura en la Unam, y posgrado en Estilística e Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid. Fue fundadora de Radio Unam. Condujo el programa Poetas de México en el Canal 11 con Alejandro Avilés. Ha sido maestra en la Unam, la Universidad Iberoamericana y en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ganó el Premio Nacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, el Premio Nacional de Poesía, Mazatlán, en1980, y el Premio III Nezahualcóyotl ( junto con José Emilio Pacheco), en el 2004. Ha publicado los poemarios El corazón transfigurado, Dos nocturnos, Siete poemas, La tierra está sonando, Cantares de vela, Soles, Qué es lo vivido, las palabras, Poemas inéditos, No es el amor el vuelo, Tornasol, Sonar en el Silencio y Oleajes. Íntimos huéspedes y Algo le duele al aire, así como la novela La ciudad y el viento.


: ellos lo escribieron

Javier España Novelo

(Chetumal, Quintana Roo, 1960) Profesor de la Universidad de Quintana Roo y coordinador de los talleres de creación literaria de esa casa de estudios, el poeta y narrador ha publicado trece libros, entre ellos Presencia de otra lluvia, Premio Antonio Mediz Bolio; Sobre la tierra de los muertos, Premio Nacional de Poesía Jaime Sabines; La suerte cambia la vida, Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños de la Fundación para las Letras Mexicanas; Prometeo de la Calle 51, Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo 2011. Es autor de Tras el biombo, Siempre es tarde, Travesía de fuegos perseguidos, Pronunciar de ofrendas, Tributo del viandante, Agonía de las máscaras y Neblina para cegar ángeles.

Raúl Arístides Pérez Aguilar (Chetumal, Quintana Roo, 1958) Profesor en el Heroico Colegio Militar, en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Tecnológica de México y en el Colegio de Ciencias y Humanidades de la Unam, en la actualidad es profesor investigador de tiempo completo titular “A” del departamento de humanidades de la Universidad de Quintana Roo. En su obra como investigador destacan La temporalidad narrativa en El luto humano de José Revueltas, La huida a Egipto (Anónimo del siglo XV), El léxico de los pescadores chetumaleños: ictionimia, Vitalidad y significación sociolingüística de los mayismos en el español de Chetumal, El habla de Chetumal. Fonética, gramática,

léxico indígena y chiclero, Rincón del selva (2005), e Índice de nahuatlismos en el español de la frontera mexicana con Belice. Entre su obra literaria destaca la novela Nómadas del sur, cuentos como El hombre de lata, ¡Ay, Genaro!, Ya valió verta, así como diversos poemas. Ha recibido diversos premios, entre ellos mención de honor del Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo, la medalla Gabino Barreda al mérito universitario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Unam, el nombramiento de investigador nacional del Sistema Nacional de Investigadores en varias ocasiones, y en el 2011 fue elegido como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Francisco Azuela

(Guanajuato, México, 1948) Diplomático en las embajadas de México en Costa Rica y en Honduras, fue condecorado por el Gobierno de Honduras con la Orden del Libertador de Centroamérica Francisco Morazán, en el grado de Oficial y candidato de la Academia Hondureña de la Lengua y al Premio Internacional de Literatura Cervantes de España. Fue director de la Biblioteca del Congreso del Estado de Guanajuato y Director fundador del Centro Cultural Internacional El Cóndor de los Andes-Águila Azteca, en la Cochabamba, Bolivia. De su obra poética destaca La Parole Ardente, El tren de fuego, Son las cien de la tarde, Ángel del mar de mis sueños, Antología del silencio, Cordillera Real de los Andes, Encuentro de Thunupa y Quetzalcóatl y Latinoamérica en llamas, así como el libro de cuentos Rotonda de gatos ilustres /Pantheón des Chats Ilustres.

Ramón Iván Suárez Caamal (Calkiní, Campeche, 1950) maestro egresado de la Escuela Normal Rural de Hecelchakán, Campeche, y de la Escuela Normal Superior de México, con especialidad en lengua y literatura española. Fundó en 1970 el grupo Géneros Narrativo y Lírico de Calkiní que promueve la poesía maya desde hace más de 30 años. Actualmente es director de la Casa Internacional del Escritor de Bacalar de la Secretaría de Cultura de Quintana Roo. Es autor de más de 20 libros entre poesía y prosa, entre los que se hallan: Poemas para los pequeños, La fauna del Platón y otros poemas; Bajo el signo del árbol; En el insomnio escribo; Vivir cerca del mundo; Otros mundos, otros sueños y otra vez otros mundos; Pejeluna; Casa Distante; Poemas desde el rincón celeste; Imarginaciones, Recuento de voces y El Viento Entre los Sauces. En 1986 compuso la letra del Himno de Quintana Roo. Ha recibido innumerables premios y reconocimientos a lo largo de su trayectoria, entre ellos el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños por Huellas de pájaros; el IV Premio Internacional de Poesía para Niños Ciudad de Orihuela, en España; el Premio Nacional de Poesía Jaime Sabines y el Premio Regional de Poesía Rodulfo Figueroa. WWW.GACETADELPENSAMIENTO.COM | 49


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Norma Quintana

(Pinar del Río, Cuba) Licenciada en Lengua y Literatura Hispánica, especializada en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de la Habana. Ha sido catedrática del Centro Universitario de Pinar del Río, en Cuba, e investigadora de la Academia de Ciencias de Cuba, en la especialidad de poesía. Tiene más de 30 trabajos publicados entre artículos, ensayos, estudios críticos, reseñas y textos poéticos en publicaciones especializadas de Cuba, México, Puerto Rico, El Salvador y Estados Unidos. En 1995 y 1996 obtuvo los premios estatales del certamen Poesía para la mujer del Instituto Quintanarroense de la Mujer. Dos veces becaria en la categoría de Creadores con trayectoria del Programa de Estímulo a la Creación y el Desempeño Artístico.

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Alberto Infante

(Madrid, 1949) Médico de profesión, ha publicado los libros de relatos Dicen que recordar y Circunstancias Personales bajo el sello Ex Libris, y Línea 53, con Hiria, así como la novela Bajo el agua, con Endymion. En poesía ha publicado los volúmenes: La sal de la vida, Diario de ruta y Poemas de Massachusetts, bajo el sello editorial madrileño Vitruvio. Coordinó 12+1 una antología de poetas madrileñ@s actuales (2012).

Francisco López Sacha

(Manzanillo, Cuba, 1950) Narrador, ensayista y profesor de Arte. Es autor de los libros de cuentos Descubrimiento del azul -premios Caimán Barbudo 1986 y La Rosa Blanca 1988; Análisis de la ternura, finalista del Premio Casa de las Américas 1984, y Dorado mundo, Premio Razón de Ser y Premio Alejo Carpentier; así como de la novela El cumpleaños del fuego. En 1996 publicó su antología personal Figuras en el lienzo, de la Colección Rayuela Internacional de la Unam, México. Sus cuentos y ensayos han sido traducidos al alemán, italiano, portugués, inglés y ruso. Fue presidente de la Asociación de Escritores de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, subdirector del Taller de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y director de la revista Letras Cubanas. En 1980 fue nominado al Premio Nacional de Literatura.


Mural Forma, Forma,Color coloreeHistoria historiadede Quintana Roo. Palacio Legi Elio Carmichael / Mural Quintana Roo. Palacio Legisla



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