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narrativas, 1

sobre el caballito de madera

VIII premio internacional DE literatura de viajes ciuDaD de benicĂ ssim


Esta obra recibió el VIII Premio Internacional de Literatura de Viajes Ciudad de Benicàssim 2012. El jurado estuvo formado por los escritores Manel Alonso i Català, Pasqual Mas i Usó y Antonio Murgui Muñoz, y Rosalía Torrent Esclapés, en representación de la Universitat Jaume I. Actuó como presidente Mauro Soliva i Ramón, concejal de Cultura, y como secretario Alfonso Ribes Rodríguez, jefe de la sección de Cultura.


Sobre el caballito de madera Diario de un viaje dadaísta en la crisis de los 30 años

Andrea Aguilar-Calderón

VIII premio internacional DE literatura de viajes ciuDaD de benicàssim

narrativas, 1


Con la colaboración de

Primera edición noviembre de 2013 © texto: Andrea Aguilar-Calderón http://www.facebook.com/Sobreelcaballito © De esta edición Onada Edicions Edita Onada Edicions Plaça de l’Ajuntament, local 3 Ap. de correus 390 12580 Benicarló www.onadaedicions.com onada@onadaedicions.com Tel. 964 47 46 41 Diseño de la colección Ramon París Penyaranda Maquetación Paül Peralta Aguilar ISBN: 978-84-15221-98-2 Depósito legal: CS-348-2013 Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por cualquier medio sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. PEFC Certificado Este producto procede de bosques gestionados de manera sostenible y fuentes controladas. www.pefc.org


Sobre el caballito de madera

Índice 1. De cómo nació este libro

13

2. Reconciliación con la Madre Patria (España)

21

3. La Costa Rica europea (Suiza)

37

4. Liechtenstein: principado de Lego

65

5. No hay canguros en Austria

69

6. El Danubio gris (Hungría)

87

7. Polska (Polonia)

107

8. Interludio (Austria)

135

9. Pidiendo aventón en los Balcanes (Croacia)

141

10. Montenegro al desnudo

157

11. Recordando Sarajevo (Bosnia y Herzegovina)

165

12. Esa Serbia, que solía parecer yugoslava…

175

13. En tierras del conde Drácula (Rumania)

183

14. Corta aventura búlgara (Bulgaria)

197

15. Un país en sepia (Macedonia)

207

16. Recién nacido en construcción (Kosovo)

213

17. Tropiezo entre actos (Albania)

227

18. La sangre que no se seca (Los Balcanes)

237


19. Un’estate italiana (Italia)

245

20. Y cuando cumplí 31… (Paréntesis)

277

21. Último capítulo (Italia)

293

Epílogo 301


sobre el caballito de madera


Desempleada, solterísima y con los salarios producto de recitar “Thank you for calling Bodog wagering, my name is Andrea, may I have your account number, please?”1 un promedio de 6.048 veces, este es el relato de una mujer de treinta años, quien un buen día decidió iniciar un periodo dadaísta en su vida y subirse a un caballito de madera sólo para balancearse un rato sin llegar a ninguna parte, bajo la filosofía de Charly García: “La vida es disfrutar el paso del tiempo”.

1. “Gracias por llamar a Casa de Apuestas Bodog. Mi nombre es Andrea. ¿Me puede dar su número de cuenta, por favor?”


1. De cómo nació este libro

Parte I: NO soy buena escribiendo diarios, pero…

C

uando yo era más niña y comencé a creer en la reencarnación, estaba cien por cien segura de que era Ana Frank. ¡En serio! Tenía once años cuando leí su diario la primera vez y sentí que me leía a mí misma: caprichosa, enamoradiza, con un carácter del carajo y arrogante. Andrea Frank. Aparte de que siempre había querido ser judía y me sentía identificadísima con todo lo relacionado con la Segunda Guerra Mundial. Dos visitas me sacaron de mi error: una a la sinagoga local y otra a la casa de Ana Frank, en Amsterdam. En la primera, me di cuenta de que mis estudios de filología me habían convertido en una atea de cualquier texto antiguo. Basar mi vida en textos que se consideran sagrados y que han sido manipulados por siglos, con todos los problemas que conllevan las traducciones, para llegar a la conclusión irrefutable de que hay un pueblo elegido por Dios… Bueno… Paso. Una rata de biblioteca que no cree en textos. Ironía irrefutable, eso sí. La visita a la casa de Ana Frank fue la que me terminó de sacar de mi apreciación kármica errónea. A menos de que la casa haya sido demasiado remodelada para convertirse en un museo accesible hasta el grado de ser irreconocible para un alma atormentada entre sus paredes antinazis, el caso es que se me hizo totalmente desconocida. Por más que toqué muros y observé todo atentamente, no sentí ninguna energía, ni ningún déjà-vú y menos, mucho menos, una regresión a mi supuesta vida pasada. El campanario que mencionaba Ana que 13


veía desde el desván en brazos de Peter se me hacía totalmente desconocido. El cuarto donde escribía peleándose el escritorio con el Dr. Dussel no me inspiró ni un escalofrío. Y las escaleras “tan holandesas como para quebrarse todos los huesos” me las había imaginado mucho, pero no lo suficiente como para tan siquiera crear la ilusión de un falso recuerdo. Decepción total. Entonces, afrontémoslo: no había sido Ana Frank en una vida pasada. Pero, al igual que ella, había creído en la inutilidad de los diarios para el resto del mundo, excepto para mí misma. En mi cuarto, almacenados en un baúl contra incendios, está documentada una amplia parte de mi vida (bastante aburrida, por cierto) en esos libros cursis de hojas decoradas y olorosas a papel de carta, con un candado ridículamente enano, un liliputiense ingenuo de la cerrajería, que resguarda celosamente con su vida, tan fácil de violentar con un simple tirón, intimidades que a nadie le importan. ¡Qué cosa más cursi son los diarios, Señor! Para los diarios de viaje también siempre he sido un desastre. Me pasa como con las fotos: estoy tan metida disfrutando el momento, tratando de hablar con tanta gente a la vez y conociendo cuanto puedo, que se me olvida documentar gráfica y textualmente el momento. He estado en lugares emblemáticos y no hay prueba de que puse en ellos mi pie embutido en un zapato número 36. No tengo la foto cliché “salvando” la torre de Pisa de su inminente hundimiento. Ni la foto de invitación de bodas abrazada al amor de mi vida frente a la torre Eiffel. Ni tampoco la de mi imagen caminando entre las dunas de una isla semidesierta, como quien camina entre montañas surrealistas de polvos de maquillaje que alguna ogra va a usar para disimular su verde piel. Moraleja: no dejar bajo ninguna circunstancia que mis novios, por muy buenos fotógrafos que sean, tomen las fotos de mis viajes. Se van ellos y los desgraciados, como si no fuera suficiente, se llevan hasta los pixeles de los momentos que pasamos juntos. 14


Con estos antecedentes, no es de sorprenderse que siempre haya estado reacia a escribir un diario ahora que parto de nuevo en el que he decidido llamar “mi periodo dadaísta”. Pero aquí estoy, sin mucha idea de para qué lo hago. ¿A alguien le va a interesar? ¿Tendré tiempo y ganas de llevarlo actualizado? ¿Sabré incorporarme a la tecnología de punta luego de la era del Querido diario, las Pascualinas2 y demás parafernalia textual que constituyen mis antecedentes autobiográficos? No soy buena escribiendo diarios, pero en fin, aunque sea para mí, aquí está. Tal vez en unos años lo lea y me ría. Parte II: El fin supremo El llamado fin supremo ha mutado tantas veces que ya no es el mismo fin; de hecho, no se sabe ya cuál va a ser su fin en sí mismo cuando concluya esta historia. La idea original era estúpidamente romántica: después de estar por casi dos años rodando mundo, regresé a mi país con el firme propósito de ahorrar todo lo posible para ir en busca del que yo juraba era el amor de mi vida, un brasileño de São Paulo con quien mantuve un año de noviazgo y compartí un pequeño monoambiente en el nulo pueblo red neck3 de Dowagiac, Michigan, Estados Unidos. Fundamentalistamente enamorada, como suelo ser, conseguí trabajo en Bodog, un sportbook4 o casa de apuestas 2. Pascualina: marca registrada de un tipo de agenda cuya protagonista es Pascualina, una supuesta bruja belga trotamundos. Popular en adolescentes latinoamericanas, documenta mis andanzas. Marca no patrocinadora de mis viajes. 3. Red neck: literalmente “cuello rojo” en su traducción del inglés. Término utilizado de forma despectiva para referirse a los granjeros caucásicos de Estados Unidos de poca educación. 4. Sportbook: término anglosajón para una casa de apuestas en línea.

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on-line, empleo que había jurado jamás aceptar. Trabajo diseñado para monos bilingües, el puesto conlleva la responsabilidad de contestarle a gringos y canadienses ludópatas, quienes le apuestan a todo: béisbol, fútbol gringo, baloncesto, caballos, dardos y de qué color será el barril de refresco que se echarán encima los ganadores del Super Bowl. Para hacer dinero, sólo falta ser tuerto en un mundo de inocentes almas que creen en la suerte. Tragándome a la fuerza dosis descomunales de humildad (que siempre me hace falta), tomé el empleo por el opulento sueldo de 4,25 dólares la hora. Me sentía fatal de pensar que tenía que trabajar en algo que yo consideraba tan maquila, luego de años de universidad y de haberme graduado con todos los honores, pero la necesidad tiene cara de teléfono en algunos casos. Y es que, sobre todo, había un fin supremo: ir en busca de mi amor. Y el fin justifica los medios maquiavélicamente hablando, así que resultaba más que válido consumir horas interminables contestando teléfonos, poniendo apuestas y contando hasta diez con mi milenaria paciencia para tolerar el servicio al cliente, que acto más hipócrita no hay en este mundo: lamerle las botas a alguien para que te dé plata. Así, mientras en mis ratos libres me dedicaba a buscar un trabajo en São Paulo y a ver cuatro telenovelas brasileñas al día para aprender portugués (no había presupuesto para tomar clases), vino mi periodo de adicción al trabajo. Los horarios más extenuantes (pero también los mejor pagados) y horas extra se convirtieron en mi mantra para cruzar medio continente en busca de quien yo consideraba mi media y cítricamente amorosa naranja. Y cada vez que aceptaba quedarme más tiempo trabajando, o sacrificar días Ante la prohibición en Estados Unidos y otros países de apostar en deportes, es frecuente en Costa Rica encontrar estas maquilas del siglo xxi, dispuestas a contratar jóvenes bilingües para recibir llamadas telefónicas y colocar apuestas, cuyo dinero sus dueños originales rara vez vuelven a ver.

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libres, pensaba: “Son 4,25 dólares más que me acercan al hombre de mi vida”. Claro, lo que no tenía planeado yo es que el hombre de mi vida decidiera volver con su ex novia española y mudarse a Nueva York. ¡Plop! Así que ahí estaba yo, contestando teléfonos, con un nivel de portugués bastante aceptable y el corazón hecho bosta.5 Imperativo: había que cambiar de fin supremo. Luego de un periodo de confusión y caos absolutos, y de algunas fechorías que quedarán para mi confesor en mi lecho de muerte y no para los lectores de este diario, me dispuse a replantear mi rumbo: ¿y ahora qué? En un mismo fin de semana, como no hay casualidades, se resolvió la pregunta: la visita sorpresa de dos de mis mejores amigos, los Fernandos (un español y un guatemalteco a quienes conozco desde hace años) orientó mi destartalada veleta: era momento de hacer un viaje a Europa. De modo que fijé fecha: marzo de 2011. Y con renovados bríos seguí trabajando hasta que se ocultara el sol y saliera de nuevo en aras del fin supremo. Parte III: El momento surrealista Mi definición del momento surrealista es cuando en una situación determinada, me detengo un segundo y pienso: “¿Cómo putas llegué a esto? Si me hubieran dicho hace un año que estaría aquí, en estas circunstancias, con esta gente, hubiera dicho jamás”. Esos son los momentos que para mí valen la pena: los que te sorprenden. Y así, por dicha, tengo muchos: navegar en un bote de pescadores mozambiqueños camino a una isla de forma clandestina. Compartir una patrulla en Flo5.

Mierda, en portugués.

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rida con un coreano. Bailar en la plataforma principal de un club de reggae en Johannesburgo. Sin embargo, no todos son taaan estrambóticos. Muchas veces son simples y exquisitos. Y el periodo dadaísta nació en uno de ellos. Ocurrió en la casa de Ilya, uno de mis mejores amigos, un jueves de tarde lluviosa de esas con las que se baña la ciudad de San José ocho meses al año diariamente, como si así fuera a quedar más limpia. Yo nunca había ido a su casa, pero tenía mucha curiosidad: la leyenda indicaba que aquel apartamento en el sur de la capital estaba lleno de libros, DVD y discos, con temas tan variados como la generación beat, Pink Floyd, fotografía, islamismo, cine avant-garde… O sea, que para mí aquello era el equivalente a Disneylandia. Era como ir a la casa del amiguito de la escuela que tiene los últimos juguetes de la Universal y Toys:6 el castillo de Skeletor, el Atari, la bici de marchas… Y de verdad esa fue la impresión que me dio cuando estuve ahí: la de un niño de treinta y varios años enseñándome sus juguetes: una mandolina, un DVD de Pink Floyd dándole un concierto a los muertos en Pompeya, una narguile… y entre todo, un libro sobre dadaísmo. Equipados mediterráneamente con vino tinto, queso y jamón serrano, nos sentamos en la alfombra a ver películas de Man Ray. Cine de cuando el siglo xx estaba más o menos en preescolar: imágenes en blanco y negro completamente aleatorias. Un grupo de clavos. Un carrusel girando en la oscuridad. Espirales. Y será porque hubo una combustión química bizarra entre el vino, la narguile y la pipa que logré dar con la piedra filosofal de mi existencia actual: mi vida era eso. Y sigue siendo eso. Acontecimientos aleatorios. Un 31 de diciembre en un tribunal de Nueva York. Una media6. Tiendas del comercio costarricense altamente populares entre los infantes criollos de los ochenta.

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noche de pleno invierno saltándome la valla para entrar a las cataratas del Niágara sin pagar. Dieciséis horas de un día manejando un camión de carga. Un día enfermera improvisada en Mozambique, bañando a un niño de seis años cubierto de sarna. Al otro, comiendo pollo a la cordon bleu con un griego, un inglés y una argentina. Al siguiente, en una disco de la mano de un marinero estadounidense. Y después contestando teléfonos en un sportbook hasta la madrugada. Y ahora… Lo cierto es que tenía ya bastante tiempo de no hacer nada con un objetivo fijo a largo plazo y estable. Simplemente, estaba experimentando todo lo posible, ya no era periodista, ni contrabajista, ni mucho menos la mujer de alguien. Ya no ponía en práctica ninguna de las actividades para las que me entrené durante años. Estaba en una etapa en que hacía las cosas sólo porque me agradaban, porque me parecían interesantes, porque veía la vida como un collage al que quería agregarle imágenes sólo por el mero hecho de que me gustaran, aunque no parecieran tener relación ni sentido entre sí. Y la Mona Lisa con bigote de la portada del libro sobre dadaísmo me lo confirmó con esa mirada enigmática: estaba en el periodo dadaísta de mi existencia. Para poner la cereza en el pastel del momento sublime de autoconocimiento, de epifanía, Ilya dijo la frase mágica, citando a Charly García: la vida es disfrutar el paso del tiempo. Y es cierto: todos vamos a morir algún día y dejaremos en este mundo las posesiones materiales, los títulos académicos, el reconocimiento de otros seres humanos tan mortales como nosotros. No vamos hacia ningún lado realmente, excepto ese. Así que mientras ese momento llega, lo mejor que se puede hacer es disfrutar la vida, vivirla al máximo en toda su expresión y su gloria. Yo siempre había sido consciente de alguna manera de toda esa realidad, pero hasta ese momento decidí tomármelo realmente en serio. No es que no quisiera objetivos a 19


largo plazo en mi vida. Burguesmente, yo sí sueño con tirar el bouquet vestida de blanco, tener hijos y un perro. Algún día. Pero ahora, cuando los treinta se inician, y ya uno no es ningún carajillo,7 pero aún está lo suficientemente joven como para quemar los últimos cartuchos de locura, es el momento de tomarse un periodo de tiempo y acumular experiencias aleatorias. Si todo se mide en objetivos, entonces digamos que el mío es ese al menos por el próximo año: dejar que la vida me sorprenda. Así que el fin supremo se transformó en eso: en llevar mi periodo dadaísta a su máxima expresión. Y este diario es para documentarlo, para ver cómo queda el collage de relatos al final de una época en mi vida que no sé para dónde voy, pero sí sé lo que no quiero. Comencé a trabajar por un brasileño que no valía la pena, y ahora es momento de sacar algo bueno de toda la crisis. Es momento de sentarme en un caballito de madera sólo por divertirme, aunque no me lleve a ningún lado en específico. De por sí, esto ya lo dijo el Principito en su sabiduría infantil: “Derecho, siempre adelante de uno, no se puede ir muy lejos…”.

7.

20

En tico, niño.


2. Reconciliación con la Madre Patria (España)

Las fallas que nunca vi

U

n sombrero. Unos calentadores. Dos camisetas. Unas leggins. Un jeans. Un suéter de cuello de tortuga. Un suéter de capucha. Una jacket de mezclilla. Una jacket militar. Un abrigo. Y debajo de todo esto yo muriéndome del calor, todo en aras de tener una mochila lo suficientemente compacta para que en el vuelo de bajo costo que compré para Valencia me dejen subir todo como equipaje de mano y no me cobren más de los diez euros que pagué. Siempre me he considerado una maestra del empaque, pero hoy siento como si fuera el examen final. El enemigo: una caja de 55 cm x 40 cm x 20 cm donde tendré que compactar la mochila antes de subir al avión. Si no, treinta y tantos euros arruinarán mi ultraeconómico pasaje a tierras valencianas. La mochila ha pasado el visto bueno de Fernando antes de salir de su casa en Madrid, pero para joderme el buen ánimo, un señor que se sienta junto a mí en la sala de abordaje me pregunta si en verdad pienso subir eso a la cabina. “Graaacias…”, le contesto con mi mejor cara de orto (la cual no me cuesta nada porque me caigo del sueño) y luego me dirijo a la mierda de caja a ver si, en efecto, mi mochila cabe. Y resulta ser que no. Comienzo a darle de golpes para convertirla en un equipaje anoréxico, pero no da mucho resultado. Así, no me queda más que fingir demencia porque estoy comenzando a llamar la atención y me la echo a la espalda como si fuera el bolso más liviano, compacto y diminuto de todo mi clóset. Al final, mi actitud desca21


rada funciona: paso la mochila y no pago sobrepeso. ¡Soy la reina del equipaje! A Valencia llego cayéndome del sueño y Juanen, mi host del couchsurfing,8 me pasa a buscar a la estación del metro. Nos llevamos súper bien desde el inicio, y me cuenta que en Valencia están de fiestas: las famosas fallas, que tan famosas no son en Costa Rica porque yo ni sabía que existían. Las fiestas en sí me dan la impresión de que los valencianos son un poco piromaniacos: construyen esculturas que cuestan hasta nueve millones de euros y al final de las fiestas le prenden fuego (las fallas, se llama a esto). Aparte, todos los días, a las dos de la tarde, se queman la plaza del ayuntamiento en pólvora para quedarse todos sordos simultáneamente (mascletà). Yo le digo que claro, que quiero ver todo ya mismo, pero qué va: yo entre el jet lag y mis andanzas madrileñas, prefiero hibernar. Y así lo hago, imperativamente. Por cinco horas, al día siguiente, me voy a la Ciudad de las Ciencias y las Artes, donde en el museo me paso experimentando leyes físicas y viendo la Tierra girar gracias al péndulo de Foucault. Quiero que gire más rápido. Ya ha girado demasiadas veces y ocupo que lo haga una vez más, porque mañana salgo para Alicante y quiero verlo a él después de siete años y a saber cuántas de las bolitas del péndulo derribadas. Nunca te he esperado tanto… En la noche Juanen y yo nos vamos a una fiesta de cumpleaños de un argentino y un austriaco del couchsurfing. Comenzamos en la casa y luego enrumbamos hacia una disco donde se celebra una fiesta Erasmus. El Erasmus, que es un programa de becas e intercambio entre europeos, reco8. Couchsurfing: comunidad en Internet cuyos creadores merecen el premio Nobel de la paz. En su página web se pueden encontrar personas dispuestas a compartir con vos su casa o una salida por su ciudad sin dinero a cambio. Tenés la opción de hacer lo mismo, kármicamente, en tu país de residencia. El host o anfitrión es quien te da el alojamiento.

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lecta jóvenes veinteañeros, los mete en un coctel de idiomas y de besos internacionales, y luego decanta en copas gente que se supone tiene la mente más abierta. Aquí, yo no le veo mucha diferencia a una Semana U9 en Costa Rica, y aunque siento que a mis treinta ya no estoy para estas parrandas posadolescentes, al lugar que fueres haz lo que vieres… Más tarde, Juanen y yo nos regresamos a la casa y nos quedamos hablando y fumando hasta las ocho de la mañana. Olímpicamente, me levanto a mediodía para ir a ver la mascleta y quedarme sorda. Me está gustando mucho Valencia. Aún no he visto las famosas fallas, aún falta lo mejor de las fiestas, con Juanen me llevo a las mil maravillas y todos, todos, me dicen desde Madrid que qué carajos voy a ir a hacer Alicante, donde no hay nada y es mi próxima parada. Cuando acaba la mascletà, y voy medio sorda aún caminando por la calle, decido quedarme un tiempo más en Valencia para por lo menos ir a ver las fallas. ¿No es eso el dadaísmo que busco? ¿No es lo impredecible, lo sorpresivo, lo desestructurado? ¿Quedarme en un lugar si de verdad lo estoy pasando tan bien como en Valencia? Saco mi agenda para ver el número de Juanen y comunicarle que pienso quedarme un poco más. La decisión está tomada. Fin supremo ante todo. Pero… Pero hay un mensaje en el celular. Es él. “¿A qué hora llegarás a Alicante? ¿Tren? ¿Bus?” Y de inmediato… ¡Me está esperando! Siete años han sido ya suficientes.Un día más sería criminal. No me importan las fallas. Ni la fiesta valenciana. él me está esperando. Compro el primer boleto de tren hacia Alicante, con todo y que me sale diez euros más caro que si hubiera esperado al menos unas horas. Chau Valencia. Voy por él… 9. Semana en las universidades de Costa Rica dedicada a eventos culturales, deportivos y, obviamente, etílicos.

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A un minuto de ti (Extracto de la Pascualina, marzo 10 de 2011, en algún lugar entre Valencia y Alicante…) Aún no puedo creer que tengo el boleto del tren en la mano que me llevará a él después de tanto tiempo… Por supuesto que no me voy a enamorar. No. Pero soy una tarada hasta el final. Cristina10 hasta la sepultura. Dentro de unos años quiero recordar que, con todo y que voy con el corazón listo para que me lo hagan mierda, soy una de las mujeres más felices sobre la faz de la Tierra. No importa que vaya a llorar al final. Ya he llorado por cosas menos importantes en mi vida. Yo soy ahora como el zorro de El Principito. Unas horas antes he empezado a ser feliz… Y hasta tengo el soundtrack perfecto (si es que casualidades no existen). La canción de David Bowie que él había escogido para mirarme dormir aquel verano lejano en Madrid… Maldito tren, no te detengás. Quiero aniquilar con mi mirada todo esto que me separa de él. No ver más todos estos edificios, todos estos postes de luz, todos estos grafitis que me separan de vos, como si siete años, un océano y otros brazos no hubieran sido ya suficientes. O más bien, sí, que se detenga el tren. Así el poco tiempo que estaré a su lado no se gasta todavía. Así puedo soñar tranquila y seguir siendo feliz, sin llevarme el golpe con la realidad de tener que decir adiós, de saber que esto es al mejor estilo faustiano, que lo tengo todo pero no puedo decir “tiempo detente” y que todo se acabe. Un sueño del que no quiero despertar. Irónicamente un sueño, porque estoy tan feliz que ni siquiera quiero dormir aunque esté agotada. No me canso de esta droga de la expectativa, mejor que un porro de G13. Me hacés tan feliz y ni siquiera estás aquí todavía… Por eso nunca estaremos juntos. La vida no puede ser tan perfecta, macho. 10. Personaje protagónico de la película Vicky Cristina Barcelona de Woody Allen, con el que guardo una sorprendente semejanza (en cuanto a personalidad, en el físico cero, lamentablemente).

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Peligrosamente guapo… Peligrosamente guapo… Así es el chico español que distingo en la estación de tren de Alicante, esperándome, mientras yo camino por el andén, mochila al hombro hacia él. Siete años de espera… Siete años desde la última vez que nos vimos en una estación de tren, como ahora, y nos quedamos mirando a través de la ventanilla del vagón, hasta que éste comenzó a separarse del andén más y más rápido, y él comenzó a correr, más y más rápido, hasta que el tren pudo más que él y pudieron más los años, la distancia, y sobre todo, otros hombres y otras mujeres… De película, ¿verdad? Todo con él siempre es como una película. Cuántas veces habrá girado el péndulo de Foucault… Pero ya no más. Mientras la última bola cae derribada por el péndulo, por fin, nos abrazamos. “Este mae11 no ayuda en nada” es lo primero que pienso, porque está taaan guapo que así es casi imposible que no me vuelva a enamorar de él al instante… Aunque yo sepa que ahora tiene una piedra en lugar de corazón. De hecho, eso es lo que él me da no más verme: una piedra pequeña, clara como claro es el hecho de que nos separaremos pronto, una vez más. Yo la echo de inmediato en mi bolso como si así pudiera llevarme al menos un pedacito de él. Es todo lo que obtendré. Ya lo sé. Como estos son mis quince segundos de Cenicienta, él se ofrece a cargarme la mochila y comenzamos a caminar hasta su carro. Yo aún no me lo creo. Alicante gira a mi alrededor mientras no me canso de mirarlo y mirarlo y mirarlo… De convencerme a mí misma de que no estoy soñando… Nunca te he esperado tanto. No tenía pensado verlo, a pesar de que los Fernandos me habían convencido de esperar un milagro un tiempo atrás, cuando hicimos el viaje a Tamarindo y me lo volvieron 11.

Mae: tío, ché, güey, chamo, huevón, etc.

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a poner en la cabeza. Lo busqué durante tanto tiempo y como siempre, apareció hasta el final. Siempre todo es hasta el final con él. Una vez que nos subimos al carro, comenzamos a dar vueltas por Alicante tratando de encontrar la casa de Beltrán, donde nos reuniremos los tres después de trece años. Como la ubicación no es lo suyo, nos terminamos por encontrar en una rotonda para mayor facilidad y de ahí nos vamos al apartamento, donde hablamos de todo y de nada, que más de una década de tres vidas separadas no se resume en unas horas. Beltrán está igual de guapo como lo recordaba, y como nos hemos hecho muy amigos por Facebook, me siento súper cómoda, como si nos hubiéramos tomado un café todas las semanas durante los últimos trece años. Pero con él, tan sólo me atrevo a mirarlo. A todo esto, el sueño crónico no me abandona y así terminamos yendo a casa de Graciliano, un amigo-pan-dulce, quien ha aceptado que me quede con él en vista de que a la novia de Beltrán le ha dado un ataque de celos y no permite que ni siquiera duerma en el sofá de su sala. Claro, la pobre no entiende que yo no tengo ojos más que para él y que, hoy por hoy, ningún otro hombre sobre la faz de la Tierra es capaz de distraerme de sus ojos castaños. Al día siguiente, después de hacer una breve escala en la universidad de Alicante, porque Beltrán y Gonzalo, su compañero de casa, tienen clase, nos juntamos todos para ir al cine. Torrente 4 es la película que han escogido. Una sátira de la sociedad española que yo, por mi condición tica,12 no entiendo ni la mitad, mientras el cine entero se ríe. Si querían hacerme sentir extranjera, felicidades: esto es un éxito. Tipo ejercicio de preescolar, cuando ponen un montón de mesas y una silla en un dibujo, y hay que encerrar en un 12. Costarricense.

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círculo lo que no calza; heme ahí entonces: soy yo la silla. Con Beltrán a un lado y él al otro, tengo que estar preguntando quién es quién y qué significa tal cosa y la otra. Me parece una de las peores películas que he visto, pero me da igual: lo importante es que él y yo nos hemos ido a tomar el famoso café del que hemos hablado en los correos previos a nuestro encuentro y que ahora estoy sentada a su lado en el cine. Hace siete años también fuimos a ver una película en Madrid, pero al otro lado estaba sentado Ricardo en lugar de Beltrán y aquello era completamente diferente, sandwichescamente doloroso… Es mejor seguir adelante y mo mirar atrás. Un buen guerrero no vuelve la vista atrás. Vamos por unas tapas después. Llueve a cántaros, es evidente que una nube me sigue desde que salí de Costa Rica: Bogotá lluviosa, Madrid lluviosa, Valencia lluviosa y ahora voilà: ¡Alicante lluvioso! Me congelo y me viene bien una bailadita en un bar al que vamos para entrar en calor. Quisiera besarlo, tomarlo de la mano, acercarme aún más… pero no me atrevo. No quiero aprender a abrazarlo de nuevo y pensar que es mío, cuando sé que en dos días yo tendré que regresar a Madrid. Nos adentramos en un pub en Alicante. Hay mucha gente, no queda más que estrecharse y de pronto él y yo quedamos muy cerca. Demasiado cerca… El beso más largo del mundo Estamos muy cerca. Muy, muy cerca. Puedo oler el aroma de su suéter, su aroma mezclado con el aroma de su vida cotidiana, una mezcla de él con todo lo que lo rodea, su mundo en miniatura olfativa, todos los olores que lo abrazan cada día y que lo acarician más que yo, que tienen la oportunidad de permanecer más con él de lo que yo puedo. Malditos olores, se quedan más con vos y no te aman, no te buscan, 27


simplemente te encuentran y los cargás en tu cuerpo por días, semanas, meses incluso, y yo sólo puedo conformarme con unas pocas horas, yo que te he buscado en cada esquina, en cada e-mail, en cada página del Facebook, en cada realidad cuando me despierto todas las mañanas… Quisiera ser tu suéter y abrazarte todos los días, protegerte del frío, cuidarte más de cerca, darte calor para que nunca más sintás el granizado de la soledad y a cambio, únicamente, atrapar tus aromas. Lo aspiro con todas mis fuerzas, que para algo me ha de servir tener una nariz tan grande por una vez en la vida, mae, manda huevo.13 Hace un par de días, en el Museo de la Ciudad de las Ciencias y las Artes, había una parte dedicada a la memoria y en ella, una sección para la memoria olfativa, la más potente de todas, como muy bien lo sabemos los narizones Cyranos de Bergerac contemporáneos, sin plata para una cirugía redentora. En fin, abrías un cajón y olía a lápices de colores: primer día de clases en la escuela. Abrías otro y olía a protector solar: las vacaciones en la playa. Anoche, yo abrí otro cajón: palomitas de maíz y cemento: mi primera salida con Alberto, al cine, quince años atrás. Yo quiero encerrar el olor de su suéter en uno de los cajones de mi memoria, para abrirlo cuando yo quiera y que ya nadie me lo quite. No pido mucho, sé que lo tendré que dejar ir mañana mismo. Sólo pido su aroma. ¿Es mucho, acaso, querer llevarme su olor impregnado en la nariz luego de todo lo que lo he buscado? El volumen de la música es tan alto que da la excusa perfecta para que tenga yo que tomarlo por la nuca para acercarlo aún más a mí y hablarle al oído. Quisiera recitarle todo lo que lo quiero, todo lo que lo he anhelado, todo lo que recé por estar de nuevo cerca suyo, pero las palabras me resultan inútiles, tendría que haber sido alguien más impactante que una simple periodista con un diccionario de tan 13.

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Chico, es el colmo (traducción del tico).


ridículamente escasas páginas para que supiera lo que hay dentro de mí… Él me toma por la cintura. A todo esto, en estos años ha habido, evidentemente, entrenamiento de gimnasio, de modo que ya se podrán imaginar cómo me puedo sentir con su brazo alrededor de mí… Como dije anteriormente, ¡este mae no ayuda en nada, señor! Estoy tan, tan cerca de él…Si ponemos en Google maps que se calcule la distancia entre San José de Costa Rica y Alicante, España, sale un mensaje que dice: We could not calculate directions between San José, Costa Rica and Alicante, Spain.14 O sea, que ni la tecnología de punta, ni el omnisapiente Google con todo y sus empleados más felices del planeta, que se resbalan en tobogán y reciben masajes cuando les ronca la espalda para construir una nueva biblioteca de Alejandría postmodernista, sabe cuántos kilómetros me he tenido que recorrer para tenerlo a un escaso centímetro de mí. Eso sólo lo sé yo. Sólo yo sé lo que lo he buscado, lo que lo he esperado, lo que lo he anhelado, lo que lo he extrañado, lo que lo he amado. Y estoy a un minuto de ti… Mientras tanto, como si eso no fuera importante, como si nunca hubiéramos estado en dos continentes distintos por muchos años, como si no hubieran transcurrido dos eurocopas, dos olimpiadas y dos mundiales de fútbol, y de rebote dos novios, como si tanto no hubiera girado el péndulo de Foucault y mi peregrinaje hasta él no fuese casi titánicamente romántico, él le da largas al asunto. Se acerca casi hasta mis labios y se aleja de nuevo. “Estoy calculando la trayectoria del beso”, me dice. Y yo, como soy una gran cursi-idiota, le encuentro la gracia, aunque lo que debería hacer ya mismo es tomarlo por el cuello y comérmelo vivo, sin aderezos, ni dulce de leche. 14. No podemos calcular distancias entre San José, Costa Rica y Alicante, España.

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Pero aquí voy de nuevo, la cursi-tarada y pienso que mejor que el momento, mejor que el recuerdo, es el instante de la expectativa. No quiero que acabe nunca, quiero gritarle al tiempo que se detenga, que me lo deje un poco más porque no es justo, no es justo todo lo que he esperado para que este momento dure tan poco… Pero es que ni vendiéndole el alma al diablo se consigue eso, como muy bien lo sabe Fausto. Y así sigue su curso la conversación, girando en un carrusel del que yo no me quiero bajar. Es que si te beso… Es que si no te beso… Tendría que ser así…Tendría que ser asá… Tendría que haber sido de mil maneras, mae. ¡Mil besos se nos han quedado perdidos en estos años, ocultos entre calendarios caducados y agendas obsoletas, pero no, este beso, hijo único de un sueño de tres días, aún debe esperar más…! ¡Se tarda tanto, pero tanto, que llego a pensar que de verdad nunca me va a dar el puto beso! Todas nuestras palabras giran en torno al beso en cuestión, pero ni sus labios ni los míos se atreven a cerrarse para que haya el silencio necesario que lo permita. Siempre lo he sabido: nunca aprendo cuándo quedarme callada y me da una diarrea verbal, porque en el fondo no quiero que me bese, porque… ¿cuánto puede durar un beso? ¿Veintiocho segundos? ¿Un minuto? ¿Dos tal vez? ¿Y luego qué? Tendré que esperar a que pasen dos eurocopas, dos olimpiadas y otros dos mundiales de fútbol… Nunca te he esperado tanto y ya estoy a un minuto de ti. Un minuto por el que daría años de mi vida si fuera preciso, años en los que no pasa nada, porque querámoslo o no, nuestras vidas son en su gran mayoría rutina que soportamos estoicamente por momentos como estos, en los que todo el sentido de vivir se concentra en un instante. Oscar Wilde dijo esto, no yo, así que un beso más se merecerá en su lápida en París. Y sin embargo, mañana ya me voy. Otra vez. Una tercera vez me voy, y le dejaré ir, y él me dejará ir, nos diremos adiós 30


en la estación, y él verá hacerse el tren más y más pequeño, y yo también me haré más y más pequeña en su memoria, y odiaré con todas mis fuerzas la ventanilla que lo borra de mi vista… Y aún entonces tendré su sabor en mis labios porque, como siempre, todo es para el final. Lo mismo sucedió en 1998 en Venezuela. La última noche, en el último momento, me dio aquel beso inolvidable en la playa. Lo mismo sucedió en 2004. La última noche, en el último momento, me dio aquel beso inolvidable en la buhardilla en Madrid. Bueno, yo igual, ya no me aguanto… Si sigue en este tira y encoge, lo voy a tomar con mis dos manos por la cara y le voy a dar un beso yo, para que se calle de una puta vez. ¡Mae, que siempre tenga que ser en el último momento! Pero no hace falta llegar a extremos, que ante todo, se supone, debo ser una dama y esperar pacientemente en la torre del castillo. Simplemente, su rostro está demasiado cerca del mío, rozándose, acariciándose, como si por un momento hubiera estática entre los dos, aunque el mundo no pare de girar, aunque el péndulo de Foucault siga derribando bolitas, aunque en el pub todos continúen bailando y empujándose unos a otros… Tendrá que ser el beso más largo del mundo. Y ya estoy a segundos de ti… A segundos de todo lo que se desea. Sos todo lo que deseo. Lo escribiste en un poema sin título alguna vez… Y yo lo pensé. Sos todo lo que deseo. Sos el pan suavecito que me gusta pellizcar antes de comérmelo. Sos la almohada fría en la cabeza antes de dormir. Sos la cucharada de dulce de leche que hundo hasta el fondo del tarro. Sos mis cinco minutos en la cama antes de tener que levantarme para ir a trabajar. Sos el humo de las velas que apagué en mi último cumpleaños. La ilusión infantil al irse a la cama un veinticuatro de diciembre. El alivio al quitarse unos zapatos que maltratan al llegar a la casa. Los atardeceres azulados de invierno. El cigarro después de comer. La siesta con lluvia dominical de octubre después del mediodía. Sos la salida 31


del aeropuerto y el abrazo que se le da a alguien que no has visto en años y a quien has extrañado todos los días. Sos el sonido de mis pasos en la nieve. Sos el primero de mis tres deseos. Sos el niño por el que lloriqueé para que me pasaran a su grupo en preescolar. Mi violoncello con cuerdas nuevas. El olor del café recién hecho en la mañana. El último paso antes de llegar a la cima de la montaña. El e-mail que ya no esperás y llega de repente. Sos el despertarte temprano para descubrir que es sábado y seguir durmiendo. El billete de diez mil colones que encontrás en los jeans que hace mucho no usabas. El olor a plástico con que envolvía los cuadernos de primer grado. Los colores del amanecer. El envoltorio con burbujas para estallar de los aparatos frágiles. Una tarde de diciembre en mi país. El primer copo perfecto de nieve que vi en mi vida. El regalo de Navidad que habías puesto de primero en tu lista. Sos la risa que hace que te duela el estómago. El olor de los lápices de colores luego de sacarles punta. Sos el vaso de agua fría después de correr cinco kilómetros en la mañana. Sos todo lo que deseo… Sí que te conozco… En mis sueños te he conocido desde que te pinté con crayola azul, cuando era una niña y leía cuentos con finales felices… Sólo dejame soñar un poco más, ya mañana habrá que despertarse… Tengo que hacerlo. Primero, le doy un beso en la mejilla. Cada vez más y más cerca… Y me animo a darle otro. Qué suerte tenés de que alguien te ame tanto… Cómo quisiera tener yo ahora mismo también a alguien que estuviera dispuesto a cruzar los mares por mí, a esperarme por años tejiendo y destejiendo una vida, a alguien dispuesto a seguirme hasta donde el viento se devuelve, a alguien que dijera sí sin dudarlo, a alguien que me ame como yo te amo, hasta el punto de sentir ganas de llorar… Y de pronto, por fin me encuentro con sus labios y ahí estoy, dándole ese beso después de siete años, el más largo del mundo, el que nunca he esperado tanto, el que no quiero 32


que se termine, aunque tenga que sacrificar el resto de mi viaje dadaísta sólo por quedarme ahí, dándole un beso de esos a los que sólo tengo derecho cada década. Es lo que he querido hacer desde que llegué, desde que puse un pie fuera del vagón del tren, pero en esta vida, para mi karma, parece ser que lo que necesito aprender es a tener paciencia y aprender a renunciar y resignarme, aunque quiera decirle tanto y no puedo. El final de la película a lo Woody Allen. Quiero darle tanto y no puedo… Quiero darle todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que seré y todo lo que tendré. Lo que fui y lo que tuve no, porque quiero darle una versión mejorada de mí misma cada día, ser la mejor mujer del mundo sólo para él… Pero no puedo amarlo como yo quisiera. Y todo se quedará entonces ahí, en el beso más largo del mundo y nada más. Como siempre, hasta el último momento. Las luces se encienden. Están cerrando el local. Nos separamos. ¿Ha durado otros siete años este beso? Me parece que sí. Lo tomo de la mano. Y salimos del bar. Corte. La escena ha terminado. Ella se fue sin mirar atrás Ella se fue sin mirar atrás… No miraré hacia atrás, no miraré hacia atrás, no miraré hacia atrás era el mantra para exorcizar ese amor que quería cruzar el océano y empujarla de nuevo a sus brazos. ¿De qué sirve el amor si no podés dárselo a quien querés? En ese caso es mejor dejarlo languidecer en un baúl, lejos, muy lejos, donde no estorbe, donde no duela, donde no exista más. Y sin embargo, justo cuando ponía el pie en el vagón del tren, sus ojos la traicionaron y allí se encontró con su mirada. ¿A qué temía? ¿A darse cuenta de que él hubiera dado media vuelta y hubiese regresado volando, como 33


tanto le gusta por esas alturas a donde ella no puede llegar, y hubiese arrancado en dirección opuesta? ¿O más bien a que él la estuviese mirando como en las dos últimas ocasiones, despidiéndola visualmente y dejándola ir, una vez más? Y en una fracción de segundo se dio cuenta de que él aún continuaba allí, porque no lo pudo evitar. Y el no miraré hacia atrás, no miraré hacia atrás, no miraré hacia atrás no sirvió de nada. Así como su amor no sirve de nada. Qué difícil es no mirar atrás… Mirar hacia ese momento en que se subió al tren hace siete años ya y gritarle a la chica que no lo hiciera, que se bajara cuanto antes, que se le olvidaba la felicidad en el andén y que ya no la volvería a encontrar. ¿Para qué se subió en ese tren entonces? ¿Y para qué lo hacía ahora? ¿No era, acaso, tropezarse con la misma piedra dos veces? Mientras tanto, el otro pie insistía en alejarla de él y subirse al vagón, huir muy lejos, cuanto más lejos, mejor. Era como si todo su cuerpo se hubiese sublevado. Sus ojos reclamaban que estaban cansados de llorar, así que se negaban a mirarlo. Sus piernas decían que estaban cansadas de ir detrás de él, que habían caminado ya demasiado para estar a su lado y que no se devolverían por un último beso. Harto, realmente harto, su orgullo cerebral era el más enojado de todos, siempre le valía una mierda. No mirés hacia atrás bajo ninguna circunstancia. ¿Y qué podía hacer su corazón cuando todo, todo su cuerpo, estaba en contra de él? Quedarse entonces. Rebelde, como siempre, se lanzó desde la puerta del vagón número nueve y se fue detrás de él cuando el tren desapareció de la estación. Y como un perrito faldero (a todo esto, para terminarla de cagar, a él no le gustan los perros) ahí lo sigue, sediento, testarudo, estúpidamente valiente. Pero ella… Ella se fue sin mirar atrás, y se llevó en la mochila todo lo que quiso hacer y no se atrevió. Quizás por eso pesaba tanto. No corrió a su lado como había pensado 34


hacerlo no más distinguirlo en la estación del tren. No lo besó como quiso hacerlo desde un principio. No lo tomó de la mano para recorrer las calles, y la playa, y los parques poblados de ficus que nunca mueren. No le dijo te amo mirándolo a los ojos. Simplemente empacó todo aquello que anhelaba tanto y se lo llevó de vuelta consigo. Pero el corazón no se quiso ir. Imbécilmente se negó a ser empacado y ahí sigue, anhelándote desde la ventana, en tu piso número 13, sediento. Sediento de vos…

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Sobre el caballito de madera