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EDITADA POR LAS OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS

Nยบ 181 ENERO Aร‘O 2018

TERCER MILENIO


Nº 181. ENERO, 2018

TERCER MILENIO EDITA OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS C/ Fray Juan Gil, 5 28002 - Madrid Tfno: 91 590 27 80 Fax: 91 563 98 33 E-Mail: dir.nal@omp.es http://www.omp.es http://www.domund.org

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en este número... IGLESIA A FONDO Del 27 de noviembre al 3 de diciembre, el papa Francisco visitó Myanmar y Bangladesh. Su principal cometido: animar y reconfortar a sus reducidas y minoritarias comunidades cristianas.

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PRIMER PLANO Tras dos meses de cambios vertiginosos en la escena política de Zimbabue, el país comienza 2018 con la mirada puesta en las que serán sus primeras elecciones libres en cuatro décadas.

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INFORME 65 millones de personas se han visto forzadas a abandonar sus hogares y viven hoy fuera de su lugar de origen. Una grave crisis humanitaria, que exige la implicación de la comunidad internacional.

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y además... 7 TRIBUNA

41 ANIMACIÓN MISIONERA

Buscadores de la paz

10 EL OBSERVADOR MÉXICO - EGIPTO HONDURAS - IRAK

45 AYUDAMOS A... Egipto

48 CULTURA Arte contra oscurantismo

20 ASÍ VA EL MUNDO R.D. CONGO - BOLIVIA ISRAEL/PALESTINA - YEMEN

36 ENTREVISTA

José Luis Alonso,

50 años de misionero

53 EL CUARTO MUNDO 54 EN EL OBJETIVO 56 MISIÓN VIVA

María Teresa Pérez,

misionera en Colombia


EDITORIAL

Bendito atrevimiento

L

a Jornada de la Infancia Misionera, que se celebra el 28 de enero, ha querido retar a los niños y niñas de todo el mundo con una propuesta audaz, muy acorde con los valores evangélicos que esta escuela de formación y animación a la misión no ha dejado en ningún momento de transmitir a lo largo de sus 175 años de existencia. “Atrévete a ser misionero” es el lema con el que les ha desafiado. Su propósito: llamar la atención de estos pequeños aprendices en el modelo de vida que Jesús nos propone y espolear sus conciencias para que aflore y saquen de su interior el misionero o misionera que llevamos dentro. En un mundo sacudido por la violencia y el drama de conflictos y guerras; por la miseria que genera un egoísmo que no entiende de justicia distributiva; por el desprecio y el rechazo al otro por ser diferente, pobre, marginal..., se impone la necesidad de que el espíritu misionero, que lleva la luz y la alegría del Evangelio a aquellos que más lo necesitan, cunda entre nosotros, en nuestras sociedades del individualismo y el descarte. La precocidad no debe ser nunca excusa ni obstáculo para afrontar la labor necesaria que Jesús nos enseñó y mostró para hacer de nuestra casa común un lu-

gar más conforme con el que Dios siempre ha querido para la humanidad. Por eso, la Infancia Misionera ha tenido el bendito atrevimiento de proponer a sus seguidores, a aquellos chicos y chicas de ojos abiertos, corazón ardiente, manos extendidas y pies ligeros, que se lancen a la misión; que actúen con todas aquellas personas y cosas que constituyen su entor-

solidaridad, que encontraba su fundamento y sostén en las enseñanzas recogidas en los evangelios. Hoy, siguiendo el ejemplo de aquella osada propuesta, se anima a los niños a hacer de la vida misionera un modelo a imitar en el entorno en el que viven. Un ejemplo de existencia que requiere de la valentía de quien lo deja todo para servir a

Se impone la necesidad de que el espíritu misionero cunda entre nosotros, en nuestras sociedades del individualismo y el descarte. no con el mismo espíritu de servicio y de entrega con que lo harían nuestros misioneros y misioneras. Hagamos de la pequeñez virtud. No menospreciemos las posibilidades y capacidades de quienes consideramos críos. En la insignificancia de una semilla se concentra todo el potencial de una vida plena y entregada. Lo sabe bien la Infancia Misionera, la primera organización que confió en los propios niñas y niñas para que ayudasen, como auténticos hermanos, a otros chicos y chicas de su misma condición, pero que se veían necesitados y menesterosos por las circunstancias de violencia y pobreza de los países en que habían nacido. Aquella iniciativa dio lugar a un extraordinario movimiento de

los más necesitados; de quien arriesga su vida por defender aquello que es justo; de quien es voz del silenciado, del que no la tiene; de quien se muestra misericordioso con el que sufre; de quien jamás abandona al desechado y despreciado... Y para superar todos los miedos que puede conllevar tan titánica tarea, misioneros y niños siempre contarán con el apoyo de quien les inspira confianza plena: su gran amigo Jesús. Esta es la semilla que, bajo el reto de atreverse a ser misioneros, ha querido sembrar la Infancia Misionera en los hombres y mujeres del mañana. Alimentemos la esperanza en que la cosecha misionera será abundante. El mundo lo necesita.

EDITA Obras Misionales Pontificias DIRECTOR NACIONAL OMP Anastasio Gil DIRECTOR Alfonso Blas DISEÑO Antonio Aunés COLABORADORES Rosa Lanoix, Rafael Santos, Francisco José Pérez Valero, Dora Rivas, José Beltrán, TERCER MILENIO José Carlos Rodríguez, José Ignacio Rivarés, Israel Íñiguez, Modeste Munimi, José Ramón Carvallada, María Jesús Sahagún, Carmina Sofía Fernández, Juana Gómez, Juan Lázaro Sánchez, Vicente Marqués Ruiz ARCHIVO FOTOGRÁFICO Antonio Aunés, Rafael Santos FOTOGRAFÍAS Efe, 123RF SUSCRIPCIONES Roberto Murga DEPÓSITO LEGAL M-48558-1999 ISSN 1695-1034 IMPRESIÓN Gráficas Dehon. PP. Reparadores. C/ La Morera, 23-25. Torrejón de Ardoz, Madrid. Tfno: 91 675 15 36


MISIONEROS A LA SOMBRA DEL ESPÍRITU

EL ENVÍO Por D. Juan Carlos Carvajal. Facultad de Teología San Dámaso (UESD)

Q

uien se encuentra con Jesucristo se encuentra con el enviado del Padre, con el apóstol que ha venido de la gloria eterna, con el misionero que ha transitado por nuestra tierra. El propio nombre de Jesús (“Dios-salva”) es nombre que designa su misión: la salvación de la humanidad; su “apodo”, Cristo (“Mesías”, “Ungido”), le identifica con esa misma función. Encontrarse con Jesús y querer permanecer junto a Él exige seguirle en la misión que hasta el final de los tiempos va a cumplir en su persona. En efecto, resucitado, Jesús ha vuelto a la gloria para seguir per-

participar de su vida y no dejarse introducir en el dinamismo misionero que imprime su Espíritu. Los cristianos siempre somos “discípulos misioneros” de Jesús; aquellos que, permaneciendo unidos a nuestro Maestro y Señor, le acompañamos en la misión que el Padre le ha encomendado y sigue realizando por su Espíritu hasta el final de los tiempos. Encontrarse con Jesús y sentirse partícipe del envío que Él ha recibido del Padre van de la mano. No hay alternativa, tampoco mera yuxtaposición. Ser cristiano es ser enviado: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo... Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,21-22).

Encontrarse con Jesús y sentirse partícipe del envío que Él ha recibido del Padre van de la mano. manentemente en misión. Ahora es el Espíritu que el Padre envía por medio suyo el que realiza en cualquier rincón de la tierra la misma misión que Él cumplió por los caminos de Galilea y las calles de Jerusalén. El Espíritu es el que actualiza su presencia, es Él el que prepara la acogida de su salvación entre los pueblos. Es una quimera querer permanecer junto a Jesús y no aceptar incorporarse a su misión. También es imposible desear 6 misioneros

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Jesús nos entraña tanto en su misión que nos da su propio Espíritu. En efecto, en virtud de la misión que cada uno tiene que cumplir, Jesús, por medio de los sacramentos de la iniciación cristiana, nos entrega su Espíritu, a nosotros, sus discípulos, para hacer de cada uno “otro cristo”, “otro ungido”, es decir, un verdadero apóstol que le representa allí donde somos enviados. Por eso, como dice el papa Francisco, to-

do bautizado es “una misión en esta tierra”. La misión está grabada a fuego en nuestro ser cristiano, y dimitir de ella es tanto como hacer ineficaz la gracia recibida y devaluar hasta el extremo la salvación que Cristo nos ha alcanzado en su Pascua. El cristiano, todo cristiano, en virtud de la fe y la gracia del bautismo, es un enviado. En todos los ámbitos de su existencia, entre los próximos y los lejanos, vive bajo el mandato de su Señor: “Id”, y es impulsado y sostenido por la gracia del Espíritu. El dinamismo misionero que le embarga no tiene límites; se modula por su amor a Cristo, por la confianza que pone en el Espíritu y por el deseo de hacer a otros partícipes de la Buena Noticia del Reino de Dios. Por esta razón, el envío misionero empieza por hacerse efectivo entre los familiares y amigos, en el trabajo y en el lugar de ocio... Se acrecienta asumiendo, en nombre del Evangelio, alguna responsabilidad extraordinaria dentro de la Iglesia o en medio del mundo. Y su impulso se consuma cuando, apasionado por el proyecto salvador del Padre, uno sale de su casa, de su tierra, de su país y, confiado en la gracia del Espíritu, aceptar ir allí donde Jesucristo le espera para ser su servidor y pregonero.


TRIBUNA

BUSCADORES DE LA PAZ Por D. Anastasio Gil. Director Nacional de OMP

“S

on muchos los hombres y las mujeres, los niños, los jóvenes y los ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz”, decía hace años Benedicto XVI. El papa Francisco se arriesga a cuantificar en más de 250 millones los migrantes que buscan ese necesario remanso de paz, de los cuales más de 22 millones tienen condición de refugiados; refugiados sin paz ni futuro. Ante esta situación, no es suficiente con la lamentación: es preciso poner medios y recursos para que quien busca la paz la encuentre y quien la posea la comparta. Sin duda, el Mensaje del 1 de enero de Francisco nos pone en la pista para dar pasos significativos. Seguro que en nuestro entorno hay muchas personas que están buscando ese remanso de paz; es un derecho inalienable. Personas con nombre y apellido, en apariencia “normales”, pero en cuyo corazón no existe la paz: alguien se la ha arrebatado y la están buscando. Si esta ausencia de paz es dramática en los mayores, qué tragedia para los más pequeños o para los ancianos. Es el momento de abrir el corazón a la hospitalidad, no con una simple limosna o con un gesto pasajero. El cristiano está llamado a acoger a quien está a su lado con una mirada, con

su atención, con una sonrisa. Es la hora de la acogida. Sin duda, el primer paso para generar paz en el otro es la escucha y la disponibilidad para querer. En alguna ocasión, la búsqueda de la paz puede ser una huida hacia adelante, corriendo a la deses-

vorecidos. Grandes proyectos de promoción y desarrollo son dignos de alabanza y reconocimiento, pero estos son perfectamente compatibles con pequeñas propuestas donde ancianos y niños puedan encontrar la paz tan deseable para su desarrollo integral.

Los cristianos tienen el deber de promover cualquier iniciativa para que el encuentro con la paz sea posible. perada porque el miedo, el peligro o la zozobra se están adueñando de la vida de estas personas. Huida ante la amenaza o el peligro, huida después de dar “un portazo”, sin saber lo que hay en la otra parte. Buscan la paz, o más bien escapan de donde carecen de ella. Ante estos escenarios, es frecuente la tentación de mirar hacia otra parte, pensando que es “su problema”. La fe cristiana entraña una epidermis de niño para entender la situación de los que salen precipitadamente porque su vida está en peligro, y un compromiso para salir a su paso y escuchar, acompañar y proteger. Los cristianos, la sociedad tienen el deber inexcusable de promover cualquier iniciativa para que el encuentro con la paz sea posible y verificable, especialmente en los más pequeños y desfa-

Cuántas iniciativas particulares y sociales nacen de la generosidad de quienes comparten su tiempo o sus talentos para que otros saboreen la paz que tal vez alguien les haya arrebatado. La paz no es un tesoro que uno guarda para sí, sino que necesita compartirlo con los demás. Es más, del corazón pacífico se contagia la certeza de que todos somos iguales. Por eso tiene sentido e implica un compromiso la Palabra de Dios, cuando interpela: “No olvidéis la hospitalidad” (Heb 13,2); “El Señor guarda a los peregrinos” (Sal 146,9); “Amaréis al emigrante” (Dt 10,19); “No sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos... y miembros de la familia de Dios” (Ef 2,19). Que los amigos de Misioneros Tercer Milenio seamos en el año 2018 sembradores de paz con nuestros coetáneos. NÚM. 181, ENERO DE 2018

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IGLESIA A FONDO FRANCISCO, EN MYANMAR Y BANGLADESH

ENTRE LOS PERSEGUIDOS Ha sido un viaje muy difícil. Lleno de encerronas. Pero de los que dejan huella. Francisco visitó del 27 de noviembre al 3 de diciembre Myanmar y Bangladesh –un país, budista; el otro, musulmán– para animar y reconfortar a sus reducidas y minoritarias comunidades cristianas. No obstante, la dramática situación de los rohingyas, víctimas de "una limpieza étnica de manual", al decir de la ONU, condicionó el periplo de principio a fin. A su vuelta a Roma, Francisco hizo un balance positivo. "Hice llegar el mensaje", dijo.

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on las 13.22 del 27 de noviembre. El avión que traslada al papa Francisco aterriza en Yangón (Rangún), la capital económica de Myanmar (Birmania). Hace un calor húmedo insoportable, lo que parece no importar mucho a las miles de personas que han llegado a la ciudad en los días previos para pasar unas horas junto al ilustre visitante. Myanmar es un país mayoritariamente budista, en el que los cristianos solo representan el 1,2% de la población. Con el recuento más optimista, salen unos 700.000 en toda la nación. Pues bien: más de 100.000 de ellos han acudido a esta gran urbe de 4,5 millones de habitantes para acompañar y compartir unas horas con el Santo Padre. Y junto a ellos, lo han hecho también numerosos tailandeses, vietnamitas, camboyanos, filipinos... Pese a las estrictas medidas 14 misioneros

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de seguridad, en las calles reinan el bullicio y la alegría. ¡Y es que no todos los días llega el Obispo de Roma! De hecho, Francisco es el primer Papa en visitar este país, con el que la Santa Sede acaba de establecer hace unos meses relaciones diplomáticas plenas. Francisco desciende por la escalerilla del avión. A pie de pista le esperan el nuncio y los 22 obispos locales. También, un centenar de niños ataviados con los trajes típi-

cos. Pero esta vez no está presente, como es lo habitual, el presidente de la República, sino uno de sus ministros. El mandatario ha delegado en él, porque la recepción oficial no tendrá lugar hasta el día siguiente en la nueva capital, Naipyidó, una ciudad faraónica, de nuevo cuño, situada en el interior, que ostenta este honor desde 2005. Será allí, y no antes, cuando las autoridades democráticamente elegidas –el presidente Htin Kyat y la


consejera de Estado Aung Sang Suu Kyi– darán oficialmente la bienvenida al Pontífice y cuando tendrán lugar los discursos habituales. Acertadamente, pues han sido once horas de vuelo, el programa del viaje contempla que el Papa se retire esa tarde a descansar a la residencia del cardenal Bo, arzobispo de Rangún, que es donde se aloja esos tres días. Los planes, sin embargo, se tuercen. El general Min Aung Hlaing, jefe de las Fuerzas Armadas, solicita

ser recibido esa misma tarde, y no el día 30, en la última jornada, como estaba previsto. El mero hecho de que se produzca la petición ya demuestra que no estamos ante un simple militar. A la cabeza de un Ejército de varios cientos de miles de personas, Hlaing es el verdadero “hombre fuerte” de la nación, la persona que, por decirlo a la pata la llana, corta el bacalao en Myanmar. El Ejército ha gobernado el país durante décadas, y solo desde hace unos años ha cedido el poder a los civiles, eso sí, tras garantizarse por ley la vicepresidencia del Estado y la cuarta parte de los escaños del Parlamento. Pese a que la premio Nobel Aung Sang Suu Kyi es el rostro visible del régimen (no ejerce como pre-

sidenta porque es viuda de un británico, y los militares, para cerrarle el paso, impusieron una cláusula en la Constitución que impide ejercer esta magistratura a quienes tengan lazos familiares con extranjeros), los Ministerios de Defensa, Interior y Fronteras, es decir, los que suponen el control efectivo de un Estado, están en manos castrenses. El general Hlaing es también el responsable último de la persecución a los rohingyas, el grupo étnico musulmán mayoritario en el estado de Rakhine, del que tanto se ha hablado en los últimos meses. Desde el pasado 25 de agosto, en efecto, 650.000 de ellos –sobre una población de poco más de un millón– han tenido que huir con lo puesto NÚM. 181, ENERO DE 2018

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a la vecina Bangladesh, donde ahora malviven en campos de refugiados. Y lo han tenido que hacer obligados por la “limpieza étnica de manual” practicada en su tierra por el Ejército birmano. Hlaing es el responsable de esa política, y también la persona que tiene en su mano detener las matanzas indiscriminadas de hombres, mujeres y niños rohingyas. El Ejército birmano no reconoce las masacres –únicamente acepta unas 400 muertes, 376 de las cuales corresponderían a guerrilleros, según argumenta–, pero el informe que Médicos Sin Fronteras hizo público el 12 de diciembre concluye que en solo un mes, hasta al 24 de septiembre, se produjeron al menos entre 9.425 y 13.759 asesinatos de rohingyas... y que un millar de esas muertes fueron de niños menores de cinco años. Aunque no estuviera previsto para esa tarde, el Papa opta por recibir al general Hlaing... Y lo ha16 misioneros

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ce siendo consciente de que, al anteponer ese encuentro al que mantendrá al día siguiente con el presidente Kyat y con la consejera de Estado Aung Sang Suu Kyi, está reconociendo de alguna manera la autoridad de facto del militar. Primera encerrona. El general acude con tres tenientes generales y un teniente coronel. La reunión es breve. Dura 15 minutos. No deja imágenes: apenas un breve y protocolario comunicado. El Papa se referirá a ella en la rueda de prensa que dará en el avión unos días después. En la prensa le han llovido ya las críticas. Críticas por ese encuentro, por la tibieza hacia los militares responsables de las masacres, por no haber pronunciado en ningún momento de su estancia en Myanmar la palabra “rohingya” para no incomodar al Gobierno... Francisco hace gala de prudencia. Se cambió el día del encuentro –explica– porque el general Hlaing tenía que viajar a

China. El Papa –añade– nunca cierra la puerta a nadie, porque “hablando no se pierde nada”. Myanmar –reitera– es un país que vive “una transición”, que está construyendo su democracia, y ello conlleva, según enseña la historia, dar dos pasos adelante y uno atrás... Para el Pontífice, lo importante, más que dilucidar quién manda, es hacer llegar “el mensaje”. “Fue una buena conversación, que no puedo desvelar porque fue privada, pero yo no he negociado la verdad. [...] Fue un buen encuentro, civilizado, e incluso allí [con el general] llegó el mensaje”.

Dios está entre los rohingyas El mensaje que quiso transmitir Francisco es el de que Dios, hoy, está presente entre los perseguidos, atribulados y sufrientes rohingyas musulmanes. Con palabras improvisadas, esto es lo que afirmó en Bangladesh durante el


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emotivo encuentro que mantuvo con 16 de ellos, llegados desde uno de los campos de refugiados de la frontera. “Os pido perdón”, les dijo, emocionado y hablando con el corazón. “Perdón por la indiferencia del mundo”. “Sigamos haciendo el bien, sigamos ayudándolos. Sigamos movilizándonos para que sus derechos sean reconocidos. No cerremos el corazón, no miremos hacia otra parte. La presencia de Dios también hoy se llama rohingya”, insistió. En Myanmar, ciertamente, en ningún momento se había referido explícitamente a ellos. El cardenal Bo, más versado en la realidad nacional que él, le había aconsejado previamente que no lo hiciera, porque ello podría ser contraproducente. Francisco aceptó la sugerencia, pero lógicamente no renunció a su mensaje de denuncia. La verdad es la verdad, y no se negocia. “El futuro de Myanmar –dijo en su discurso a las autoridades–

debe ser la paz, una paz basada en el respeto de la dignidad y de los derechos de cada miembro de la sociedad, en el respeto por cada grupo étnico y su identidad, en el respeto por el Estado de Derecho y un orden democrático que permita a cada individuo y a cada grupo, sin excluir a nadie, ofrecer su contribución legítima al bien común”. He aquí, en una sola frase, una petición de democracia, de atención a los derechos humanos y de reconocimiento de los derechos de los 135 grupos étnicos que hay en el país, “sin excluir” a ninguno de ellos, es decir, otorgando carta de ciudadanía a los rohingyas. ¡Y

La diversidad tribal y la violencia estuvieron también muy presentes en el encuentro que mantuvo al día siguiente en el Kava Ave Centre (la Pagoda de la Paz Mundial, uno de los templos budistas más importantes de Asia) con los monjes del Consejo Supremo de la Samgha, el máximo órgano del budismo birmano. A ellos, y tras citar a Buda, les reclamó paz y respeto a la dignidad humana de todos los birmanos. Una petición más que necesaria, pues algunos líderes de esta confesión han hecho en el pasado llamamientos incendiarios contra la minoría rohingya. En Myanmar, donde el bu-

sin citarlos expresamente! Como señaló el propio Papa en el avión de regreso: “¡Intelligenti pauca!” (¡a buen entendedor...!). Pero no fue este el único mensaje papal en Myanmar. En la eucaristía que celebró el miércoles 29 de diciembre ante 150.000 personas en el parque Kyanikkasan Ground de Rangún, Bergoglio subrayó que los problemas de un país –y en Myanmar siguen activas al menos cinco guerrillas de origen étnico– no se solucionan con la violencia, la ira o la venganza. “El camino de la venganza no es el camino de Jesús”, recalcó.

dismo es practicado por el 90% de la población, hay medio millón de monjes budistas. La estancia papal en la antigua Birmania incluyó también un encuentro, en el arzobispado de Rangún, con 17 líderes de todas las religiones, a quienes el Pontífice invitó a actuar “como hermanos” y a no tener miedo a las diferencias. Otro encuentro es el que mantuvo con los 22 obispos y 777 sacerdotes que están a cargo de las tres archidiócesis y trece diócesis católicas del país. Por último, Francisco celebró una misa en la catedral de Rangún con 1.500 jóvenes, a los NÚM. 181, ENERO DE 2018

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IGLESIA A FONDO

cuales instó a seguir trabajando por “vuestros hermanos y hermanas que sufren”, y a defender la justicia y los derechos humanos.

En Bangladesh el Papa tuvo un encuentro con algunos miembros de la minoría musulmana rohingya.

Segunda etapa: Bangladesh La segunda etapa del que ha sido el vigésimo primer viaje internacional del pontificado tenía por destino Bangladesh. Un país vecino, sí, pero que tiene más bien poco que ver con Myanmar. Para empezar, aquí el 90% de sus 163 millones de habitantes son musulmanes. El Papa aterrizó en Daca, la capital, el 30 de noviembre, siendo recibido en el aeropuerto por el presidente Abdul Hamid. Y lo primero que hizo tras los saludos protocolarios de rigor fue visitar el memorial de los mártires de la patria, donde plantó un árbol. Situado a unos 35 kilómetros, el lugar honra la memoria de los héroes caídos en la

guerra contra Pakistán por conseguir la independencia, en 1971. Entre estos héroes figura el padre de la hoy primera ministra, Sheikh Hasina, con quien el Papa se entrevistó el 1 de diciembre. Como ya se ha apuntado, Francisco habló en Bangladesh sin ro18 misioneros

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deos sobre los rohingyas. En primer lugar, agradeció la generosa acogida que este país ha dispensado a esta minoría, la más perseguida del mundo en la actualidad, según los organismos de derechos humanos. Y acto seguido, pidió a la comunidad internacional que

adopte “medidas decisivas” para poner fin a su persecución y dramática situación. “No solo trabajando para resolver las cuestiones políticas que han provocado el desplazamiento masivo de estas personas –dijo–, sino ofreciendo también asistencia inmediata a Bangladesh”. La atención diaria a los cientos de miles de personas que malviven en los campos de refugiados se ha convertido, en efecto, en un reto mayúsculo para el Gobierno de Hasina. La Iglesia católica, a través de Cáritas, da de comer cada día a unas 10.000 familias, pero no es suficiente. “Aquí reina la desesperación. Se trata de personas que lo han perdido to-


do”, explica el arzobispo de Chittagong, la jurisdicción en la que se halla el campo de Cox’s Bazar, el mayor de ellos. Monseñor Moses M. Costa se lamenta: “No hay derechos ni propiedad de la tierra, faltan programas de educación y de desarrollo...”. Bangladesh es un país que está creciendo al 7% anual. Pero esa bonanza económica no se está reflejando en mejoras sustanciales para la población. Al menos 25 millones de personas siguen sumidas en la pobreza extrema, y otras tantas malviven con unos ingresos mensuales de unas 5.500 takas (unos 60 euros), la tercera parte de lo que se requiere allí para vivir de una ma-

nera digna. El país, “la fábrica de ropa del primer mundo” (a causa de los bajos precios de la mano de obra, las multinacionales textiles encargan aquí sus prendas), solo ha sido noticia mundial en los últimos años por un motivo, más allá de las catástrofes naturales: el desplome en 2013 del Rana Plaza, un enorme complejo textil en el que miles de personas fabricaban prendas de vestir, en pésimas condiciones de trabajo, para grandes compañías, como Primark, El Corte Inglés, etc. En esa catástrofe murieron 1.100 trabajadores, y otros 2.500 resultaron heridos. Los más pobres e iletrados en Bangladesh son hoy presa fácil del discurso de los grupos fundamentalistas de corte yihadista, que tratan de hacer de esta República laica un Estado islámico. El Gobierno trata de contener el avance creciente del extremismo religioso. Esta realidad estuvo muy presente en el encuentro interreligioso y ecuménico por la paz que Francisco celebró el 1 de diciembre en el jardín del arzobispado de Dacca. En ese evento, los representantes islámicos entregaron al Pontífice una carta en la que 100.000 imanes locales –en el país hay unas 300.000 mezquitas– suscribían una fatwa (edicto) contra el terrorismo amparado en la religión. País oficialmente laico, en Bangladesh viven también ocho millones de budistas y casi 20 millones de hinduistas, y los extremistas musulmanes han protagonizado en el pasado hechos violentos contra ambas comunidades. En 2012, por ejemplo, incendiaron 22 templos budistas en Chittagong. La Iglesia católica tiene, también aquí, una presencia casi testimonial: cuenta con apenas 384.000 fieles, una gota de agua en un inmenso mar de casi 170 millones de

personas. Pese a ello, o más bien por ello, Francisco es el tercer Papa que viene a mostrarle su apoyo desde la independencia. Antes que él lo hicieron Pablo VI, en 1970, y san Juan Pablo II, en 1986. Bergoglio no paró un segundo. En primer lugar, celebró una misa en el parque Suhrawardy Udyan de Dacca, a la que asistieron más de 100.000 personas, ceremonia en la que ordenó a 16 sacerdotes. Los nuevos presbíteros, salidos todos ellos del seminario del Espíritu Santo, el único que hay en el país y en el que se forman también otros 400 seminaristas mayores, vendrán muy bien a esta Iglesia, pues hasta ahora solo cuenta con 380 sacerdotes, 115 religiosos y unas 1.500 religiosas, dispersos por dos archidiócesis y seis diócesis. Francisco visitó también una casa para sacerdotes ancianos en Dacca, y la Casa Madre Teresa de Tejgaon, un centro en el que las Misioneras de la Caridad atienden a cerca de un centenar de discapacitados mentales y físicos. Los últimos actos del viaje fueron un encuentro con los sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas en la iglesia del Santo Rosario, y otro con unos 10.000 jóvenes de la Universidad de Notre Dame. En el vuelo de regreso, uno de los periodistas preguntó al Papa por los seminaristas a los que había ordenado. Quería saber si no tenían miedo de ejercer el sacerdocio en un país tan abrumadoramente musulmán, y si no le habían planteado cómo combatir ese miedo. Francisco respondió que los había encontrado seguros y muy tranquilos. “Les pregunté: «¿Juegan al fútbol?». Todos respondieron que sí”. Y añadió: “Es una pregunta importante, es una pregunta teológica. Ellos saben que deben ser cercanos a su pueblo. Y eso me ha gustado”. JOSÉ IGNACIO RIVARÉS NÚM. 181, ENERO DE 2018

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INFORME

Cada tres segundos una persona se ve obligada a dejar su tierra, empujada por la violencia, la persecución, el hambre o los desastres naturales. Una huida, silenciada en muchos casos, que afecta a 65 millones de personas, pero que la comunidad internacional mira de reojo. No así el papa Francisco, que ha establecido un plan de actuación con motivo de la próxima Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado: acoger, proteger, promover e integrar.

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er refugiado. La mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial. Dicho así, asusta. No es para menos. Sobre todo, teniendo en cuenta que más de 65 millones de personas han tenido que abandonar su hogar debido a la violencia y viven hoy fuera de su lugar de origen. Planteado de otro modo, cada tres segundos una persona inicia un éxodo ante la urgencia de salvar su vida. Sin embargo, esta realidad corre el riesgo de perderse entre anécdotas informativas elevadas a acon30 misioneros

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tecimientos históricos que desaparecen con la fugacidad propia de las redes sociales. No así para Francisco. Su pontificado está marcado por el sufrimiento de aquellos que se ven obligados a marchar de su tierra escapando de las guerras, de la persecución, de los desastres naturales y de la pobreza. Aquel viaje programático a Lampedusa el 8 de julio de 2013 convirtió al Papa en su principal voz de denuncia dentro y fuera de la Iglesia, en la conciencia de un drama transver-

sal. Tanto es así que, lejos de ajustar los llamamientos en este sentido únicamente a la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado –que se celebra en esta ocasión el domingo día 14–, resulta sencillo toparse, cada semana al menos, con una intervención suya


la dibujó como un canto en el que identificó a María y José como migrantes, obligados a “dejar su gente, su casa, su tierra y ponerse en camino”. En ellos el Papa ve “las huellas de millones de personas que no eligen irse, sino que son obligados a separarse de los suyos, que son expulsados de su tierra. En muchos de los casos esa marcha está cargada de esperanza, cargada de futuro; en muchos

en defensa de las víctimas de los desplazamientos forzosos. De hecho, su reciente gira asiática, sin que inicialmente se buscara ese objetivo, se convirtió igualmente en un grito de auxilio en favor de la minoría refugiada de los rohingya en Myanmar y Bangladesh, lo que implicó, por otra parte, que la cabeza visible de la Iglesia saliera en defensa de un grupo musulmán. La misma homilía de la misa del gallo de la pasada Nochebuena

otros, esa marcha tiene solo un nombre: supervivencia”. Desde ahí, reivindicó “la carta de ciudadanía” que nos da a todos el misterio de la Encarnación. La aportación del Mensaje de esta Jornada Mundial viene dada por cuatro verbos que conforman un lema que es algo más que un cúmulo de buenas intenciones. “Acoger, proteger, promover e integrar” se presentan como un plan de acción elaborado por Jorge Mario Bergoglio para toda la comu-

nidad internacional, para los cristianos y para todo aquel que toque la realidad que se hace presente en cada rincón del planeta.

La centralidad de la persona Y es que el Mensaje del Papa no se anda por las ramas: concreta pasos reales que dar para afrontar el problema, situando en el centro a la persona. Así, el Pontífice no solo reclama con urgencia la simplificación a la hora de garantizar el acceso de los migrantes a los derechos y servicios básicos –aterrizando incluso en temas como poder abrir una cuenta bancaria–, conceder visados por motivos sanitarios y la necesidad de promover la reunificación familiar. Además, reclama una mayor formación para aquellos que trabajan en los controles fronterizos, condena las llamadas “expulsiones en caliente” y señala la prioridad de garantizar el acceso a la educación de los menores, así como la tutela a los no acompañados. “Nunca he visto un mensaje del Papa que, empezando tan poético, derive en propuestas tan prácticas. Esos verbos son un brillante recurso pedagógico para, a partir de ahí, empezar a materializar decisiones, a realizar aportaciones reales”, reflexiona el director de la Comisión Episcopal de Migraciones, José Luis Pinilla, quien subraya cómo “Francisco ha logrado colocar en la agenda mundial esta cuestión. Es más, fuera se valoran todas estas propuestas eclesiales como revolucionarias, cuando recogen los principios básicos de la Doctrina Social de la Iglesia”. “En este asunto, la Iglesia no está en el vagón de cola, sino en la locomotora. La Iglesia universal y española están situando en sus justos términos la realidad NÚM. 181, ENERO DE 2018

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de la migración, más allá de una crisis humanitaria y política”, defiende, aclarando cómo “la postura de la Iglesia de hoy viene a recoger lo que decían Juan Pablo II y Benedicto XVI: la migración entendida como elemento imprescindible para la construcción de la nueva realidad social. Se considera como un elemento constitutivo, un signo distintivo de nuestra época y que configura la realidad de nuestra sociedad”. Así, intentar dibujar los puntos calientes en un mapamundi de flujos migratorios resulta harto complicado, en tanto que ya no hay un único foco de salida o llegada. “Ojo, porque Europa no es el ombligo del mundo, aunque tenga una presión migratoria significativa procedente de África y Oriente Medio”, advierte el jesuita, que pone la mirada en los movimientos forzados en el sudeste asiático, “como se ha visibilizado estas últimas semanas entre Myanmar y Bangladesh”. Otra gran corriente

de desplazados es la que se concentra en Centroamérica y Sudamérica hacia Estados Unidos, a la que hay que sumar la creciente oleada entre los propios países de América Latina, con un repunte desde Venezuela, ante el enquistamiento de la crisis institucional que atraviesa el país. Con este panorama de fondo, el director de la Comisión de Migraciones no tiene dudas: “Occidente ha suspendido en acogida. Por ejemplo, hoy nos encontramos con un problema de valores, de identificación de aquello que sustenta la Unión Europea: el bien común. Se está dejando de lado la solidaridad que formaba parte de la historia del continente”. Al concentrar su análisis en nuestro país, su balance no mejora: “La buena voluntad no se la quito a nadie, pero la respuesta está siendo muy pobre en una nación como España. Recibimos menos refugiados que países de África donde no tienen apenas recursos para sí mismos”.

Pinilla lamenta que “los intereses políticos lleven a posturas a la defensiva, que no aborden la realidad implícita de los seis millones de migrantes que viven en España, máxime cuando la acogida e integración no se han hecho mal, porque los casos de discriminación y los brotes de xenofobia han sido aislados”. En esta línea, denuncia que se mantengan en pie medidas como las devoluciones en caliente, los centros de internamiento o los recortes en materia sanitaria. Por eso, el deseo de este jesuita es sensibilizar a la sociedad para que “pueda descubrir que el migrante y el refugiado son una riqueza; estamos siendo miopes y cortoplacistas, cuando deberíamos primar un proceso de apertura intercultural”. Por ello, aunque su percepción es pesimista, puntualiza: “Vivo un pesimismo realista, teñido de la esperanza que me da la conciencia cristiana. El liderazgo mundial que se necesita para abordar la cuestión lo está encarnando el papa


Francisco, porque quienes lo deberían hacer no lo hacen. Es el único que pone el dedo en la llaga para generar un cambio”. Aun así, a la luz del documento papal, Pinilla celebra que 2018 se pueda convertir en el año en que se apruebe un pacto global, perseguido por ACNUR –la agencia de la ONU para los refugiados–, que logre mantener las condiciones de seguridad y dignidad en los grandes movimientos poblacionales, con una responsabilidad compartida hacia los refugiados, y que plantee una migración segura, ordenada y regular. Sin embargo, alerta de un riesgo: “La Iglesia española está llamando la atención sobre separar con líneas rojas demasiado claras lo que son realidades de flujos mixtos y complementarios: se entremezclan los que huyen de conflictos, con las causas ambientales, las víctimas de regímenes dictatoriales, situaciones económicas de gravedad...”, detalla el religioso, quien aplaude el empeño del pacto por lograr

que los países acepten “regular la movilidad no en clave de militarización, sino protectora, desde la mirada humana de los derechos”.

Corredores humanitarios, una realidad Dentro del Mensaje para esta Jornada, el Papa hace especial hincapié en que los Gobiernos se sumen a la apertura de corredores humanitarios, como los puestos en marcha por la Comunidad de San Egidio en Italia, que ya se han exportado como experiencia de ecumenismo de la caridad a Francia y Bélgica. “En un muro que parecía infranqueable, hemos conseguido abrir un pequeño agujero, por el que entra un poco de luz. Los corredores empezaron como un signo, pero estamos viendo cómo se trata de una fórmula que funciona precisamente para favorecer esa integración que pide el Papa”, medita la coordinadora de la Comunidad de San Egidio en Madrid, Tíscar Espigares, que ve en ellos “un reflejo de todo lo que puede hacer

la sociedad civil, algo de lo que deberían tomar nota los Gobiernos”. La misión de San Egidio va más allá de la mera asistencia ante una situación de emergencia; busca generar un acompañamiento para todos aquellos que entran a formar parte de este programa: “Tiene coste cero para los poderes públicos. En Italia ya han participado más de mil personas; son familias que ya tienen su trabajo y están contribuyendo a la riqueza del país. Los refugiados no llegan con las manos vacías, tienen mucho que aportar”. “El fenómeno de las migraciones y los refugiados es, sin duda, un signo de los tiempos que está adquiriendo unas dimensiones enormes, por lo que no puede pasar desapercibido para los cristianos”, explica Espigares, convencida de que, “como dijo el Papa en Bangladesh, los refugiados hoy son rostro de Dios”. “Nos interpela sobre cómo debemos vivir nuestra fe, cómo ser testigos del amor de Dios

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ante este drama, ante la inacción e indiferencia de la comunidad internacional, de un mundo rico que, en lugar de abrir puertas, levanta más fronteras y provoca divisiones”, apunta Espigares. “Tenemos la posibilidad de dar la vuelta a la historia. El amor puede erosionar esta coraza en la que nos estamos encerrando. No hay que olvidar que el futuro de los países y de las sociedades se construye

desde las relaciones, el intercambio y el encuentro”, deja caer, esperando a que 2018 sea el año en que los corredores humanitarios se pongan en marcha en España. “Hay asuntos que se tienen que resolver a gran escala, pero hay otros que nos atañen a nosotros: considerar a los migrantes y refugiados como hermanos y hermanas, compartir con ellos lo que compartimos con los demás. Ese es el testimonio que queremos dar”, expresa con convicción Inmaculada Mercado, responsable del Centro de Hospitalidad Mambré, nacido en el seno de una Comunidad de Vida Cristiana (CVX) en Sevilla. Una primera experiencia de familias que abrieron 34 misioneros

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su casa para acogerlos, cuando en España se vivía el boom de la inmigración, sirvió como punto de partida con vistas a crear un hogar para quienes necesitan dar un paso más hacia la integración dentro de nuestro país. La Compañía de Jesús cedió por tres años la antigua curia provincial de la provincia Bética en Sevilla, una casa idónea, en la que no había que hacer reforma. En abril de 2016 se puso en funcionamiento, gracias al sostenimiento económico de CVX. “Hoy contamos con ocho plazas de acogida”, repasa Inmaculada, quien subraya cómo esta iniciativa “busca compartir la vida; no es un recurso de acogida técnico. Es un espacio de

hospitalidad y convivencia para la vida cotidiana. El acompañamiento técnico lo hacemos con Cáritas. Son ellos los que nos derivan a personas en fase de segunda acogida y siguen comprometidos con el acompañamiento en el ámbito sociolaboral”. Hasta ahora han pasado por Mambré once personas, todas ellas jóvenes subsaharianos. “Nosotros no vamos a cambiar la situación dolorosa que muchos de ellos traen, pero, una vez que llegan a nosotros, sí podemos contribuir a normalizar su situación en la vida cotidiana”, apuesta Mercado. “Entablar una verdadera vida compartida hace posible romper barreras y promover una integración real”, comenta, considerando que ahí radica la riqueza de Mambré: “Las personas se sensibilizan ante los problemas del mundo cuando les pones un rostro y los implicas en tu vida. Y eso es lo que ha ocurrido con estos jóvenes, que forman parte de nosotros”. Una entrega eclesial que no solo se da en el destino final del


“La Iglesia no debe renunciar a ser conciencia crítica”

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flujo migratorio, sino también en las zonas de tránsito y en el origen. Bien lo sabe Federico Trinchero, carmelita descalzo del monasterio de Nuestra Señora del Carmelo en Bangui, la capital de República Centroafricana. Desde allí ha podido contemplar cómo el horror de la guerra se ha traducido en miles de desplazados en el interior del país. En su convento llegaron a acoger durante más de cuatro años a unas 10.000 personas que buscaban escapar de una muerte segura en el conflicto civil. “El pasado mes de marzo, gracias a un proyecto financiado por ACNUR en cooperación con el Gobierno y otras entidades, pudieron regresar a la ciudad y recuperar una vida normal. Cada familia recibió una aportación económica, con la única condición de llevarse sus pertenencias a su nueva casa y abandonar el campo”, relata el prior de esta comunidad monástica. Sin embargo, teme que este episodio vuelva a repetirse: “Desde mayo los grupos rebeldes han causado cientos de muertos, y de

nuevo hay miles de refugiados procedentes del interior del país”, denuncia el religioso. También puede dar fe de esta entrega eclesial en los lugares de tránsito María Alverti, directora de Cáritas Grecia. La ONG de la Iglesia continúa volcándose en los campos de refugiados de Lesbos, Gios y Samos, tanto en la distribución de comida y enseres básicos, como en la ayuda psicológica, el acceso al sistema de salud y la integración de los migrantes. “Los refugiados pasan meses allí antes de ser trasladados. Hemos hablado con el Gobierno para ver cómo, de alguna manera, estas islas pueden ser liberadas de la carga que soportan, sin que ello suponga menoscabar los derechos de estas personas”, apunta Alverti, decepcionada por la falta de respaldo institucional, especialmente de Europa: “No hablo de falta de recursos económicos, sino de la ausencia de solidaridad como concepto sobre el que deben sustentarse las relaciones internacionales”. JOSÉ BELTRÁN

l 1 de enero se ha cumplido un año desde que el papa Francisco pusiera en marcha el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, que aglutina varios Pontificios Consejos y en el que él ha asumido personalmente las competencias sobre los refugiados e inmigrantes. "En un principio nos imaginábamos que, debido a que tiene tantos asuntos entre manos, no podría realizar un seguimiento constante a nuestras tareas, pero me ha sorprendido cómo es capaz de coordinar el trabajo de forma tan directa, con encuentros mensuales, directivas y llamadas de teléfono", revela Fabio Baggio, subsecretario de la Sección de Migrantes y Refugiados del departamento vaticano. "Las Conferencias Episcopales han mostrado gran disponibilidad para ponerse manos a la obra. Esto nos ayuda a avanzar en un contexto complejo y a poder ahondar en el diálogo con los actores sociales y políticos, algo que no siempre resulta fácil", expone el sacerdote, sabedor de que la cuestión migratoria tiene aristas políticas que se convierten en arma contra la Iglesia: "La tentación de la ideologización siempre ha estado presente. En los dos siglos de historia que tiene la Doctrina Social de la Iglesia, ha sabido delimitar bien este tema. La Iglesia nunca debe renunciar a su papel de ser conciencia crítica ante cualquier fuerza política. Quien quiera utilizar esto para argumentar que nos hemos acercado a un partido determinado está equivocado". NÚM. 181, ENERO DE 2018

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ENTREVISTA José Luis Alonso, OAR, 50 años de misionero en Perú y Venezuela

“Estoy muy agradecido por haber podido ejercer el sacerdocio y la evangelización” Nacido en un pueblo de la Vieja Castilla, José Luis Alonso es un misionero agustino recoleto (OAR) que sabe mucho de los afanes y desvelos del pueblo venezolano, por una simple razón: porque va a cumplir medio siglo de trabajo misionero, buena parte de él en la que los colonizadores bautizaron como "Tierra de Gracia". Aunque hoy más parece que, dada la situación que atraviesa el país, a Venezuela le cuadraría mejor la calificación de "Tierra en Desgracia".

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Estudiaste tras los recios muros del monasterio de San Millán de la Cogolla, allá en La Rioja... Sí, nací en Briviesca, Burgos, pero me formé allí donde están guardados algunos de los primeros brotes del idioma que hoy hablamos 570 millones de seres humanos. Sabes como nadie del alma que atesoran las gentes del altiplano y, también, del pueblo venezolano, ahora tan probado. Algo de eso sé, porque he compartido, primero, en la peruana Cajamarca, y luego, allí, en la República Bolivariana de Venezuela, sus días y sus noches, sus afanes y desvelos, junto a los más necesitados, durante casi medio siglo. Así que... ¡medio siglo en tierras de misión! Y a tus 73 años

estás a punto, también, de alcanzar la cima de tu bien ganada jubilación. Dices bien cuando afirmas que estoy al borde de alcanzar la edad de la jubilación. Pero le pido a Dios-Trinidad que me conceda seguir evangelizando ¡hasta el final!, ¡hasta que ya no pueda más! La palabra “jubilación” no tiene cabida en mi ánimo, debido a que he contado con el testimonio de frailes que, a pesar de haber superado los 80 años, han permanecido en la brecha dando lo que podían. Creo que ese ejemplo es un magnífico punto de referencia para mi vida personal. Cuéntanos tus primeras andanzas por España, tu infancia, tus años de formación...


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ido a Dios que me conceda seguir evangelizando ¡hasta el final! La palabra ‘jubilación’ no tiene cabida en mi ánimo.

Pese a todos los pesares, mi infancia fue sencilla, normal, sabrosa... Yo la recuerdo con especial cariño y alegría. Me divertía mucho con mis amigos. Fui monaguillo. Y, a los once, pedí ir al seminario. Dinos, ¿por qué eres agustino recoleto? Soy agustino recoleto porque mi hermano mayor se fue primero. A mí me pareció bueno y oportuno seguir sus pasos. Él marchó al seminario de San Agustín, en Logroño. Y, aunque yo conocí a los combonianos y a otras congregaciones misioneras, elegí la familia OAR. Si tuvieras que hacernos un balance apresurado de tu vida, ¿qué nos dirías? Aquí y ahora, los recuerdos del ayer me empujan a decir, con toda serenidad y verdad, que mi existencia personal, tanto en el seminario como en las parroquias en las que he podido servir, ha sido muy dichosa. Mis mejores remembranzas son las vividas en el servicio pastoral del confesonario,

donde he palpado las maravillas de Dios-Trinidad, valiéndose de mi indignidad. Pese a las adversidades, parece que tu balance vital arroja valores claramente positivos... Es verdad. En las visitas pastorales que hacía a los caseríos, para servir a las comunidades, siempre ocurría lo mismo: yo recibía mucho más, inmensamente más, de lo que pude darles. Las distancias, entonces, eran impresionantes. Seis, ocho y más horas a caballo, con barro a mis pies y aguaceros sobre mi cabeza. Y, al cabo, terminaba el día rendido sobre un colchón de hojas de maíz o unas cañas, o sobre un puro y duro banco alargado. ¿Has sido un hombre feliz? Mirando hacia atrás, me quedo maravillado, sorprendido, emocionado y muy agradecido a Jesús por haberme concedido esa gracia tan grande: el poder ejercer el sacerdocio y la evangelización ¡durante 50 años! Es increíble.

He trabajado en muy diversos países y ambientes. Cierto que no tengo obras impresionantes. Pero, en verdad, yo he sido feliz. Si tuviera que empezar de nuevo, ¡volvería a vivirlo! Valió la pena. Ya lo creo. Fue una experiencia gratificante, llena de muchas y muy profundas satisfacciones. ¿Cómo brotó en tu ánimo el afán evangelizador? ¿Por qué misionero? Fuimos ocho hermanos. En casa, mis padres no solo vivían lo que creían: también fomentaban el espíritu misionero. Además, en la escuela, los maestros eran creyentes y favorecían el mes de octubre. Terminada la primaria, me fui al seminario. Allí encontré apoyo y ejemplo misionero. Empecé por estudiar en la capital de La Rioja. Luego, continué mi bachillerato en San Millán de la Cogolla. Y, más tarde, hice mi noviciado en el convento de Santo Tomás de Villanueva, en Salamanca: dos cursos de Filosofía, NÚM. 181, ENERO DE 2018

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ENTREVISTA

cuatro de Teología. Al cabo, recibí la ordenación. Y solicité trabajar en nuestra misión de Chota, al norte de los Andes peruanos. Allí estuve 15 periodos anuales. ¿Por qué Chota y no otro destino misionero?

“D

dificultades y carencias de toda índole que sufrí no me desanimaban en absoluto. Al contrario: el ideal misionero prevalecía sobre todos los pesares. Los formadores que tuve nos inculcaron –sobre todo, con su ejemplo– el espíritu misio-

esde que entré al seminario soñaba con nuestra misión de Chota, en Perú. Tenía mucha ilusión y entusiasmo.

Pues porque la orden de los agustinos está presente en esa ciudad y provincia peruana casi desde su fundación: llegamos en 1559. Desde que entré al seminario, soñaba con nuestra misión de Chota, en Cajamarca. Y el provincial de entonces tuvo la feliz iniciativa de preguntarnos dónde queríamos servir a la Iglesia. Me faltó tiempo para hacerle saber que deseaba trabajar en la prelatura que, desde hacía muy pocos años, nos había confiado la Santa Sede. Yo pensaba interiormente: si ahora que soy joven no trato de dar lo mejor de mí mismo, ¿cuándo lo voy a hacer? ¿Sabías, entonces, que tu elección iba a traer consigo no pocos sacrificios y penalidades? Sí. Pero yo tenía mucha ilusión y mucho entusiasmo. Por eso, las 38 misioneros

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nero. Unos habían trabajado en Perú. Otros, en Venezuela. Y el maestro de novicios, en China, de donde fue expulsado por Mao. Todo estaba por hacer en la prelatura de Chota, ¿no? Aquella misión estaba prácticamente abandonada y sin sacerdotes. Fuimos 20 curas jóvenes. Iniciamos una pastoral de conjunto, aprovechando la espiritualidad del Apostolado de la Oración: los primeros viernes de mes, el Corazón de Jesús “enganchó” de una forma increíble a multitud de campesinos, que no solo se hicieron verdaderos discípulos; también dieron lugar a familias muy fervorosas y a comunidades que han sido cuna de vocaciones sacerdotales y religiosas. Fue un acontecimiento pastoral que llamó poderosamente la aten-

ción de los obispos de Perú y de cuantos seguían el proceso de la Iglesia peruana. Se quedaron sorprendidos por lo que había sucedido en una prelatura desconocida. Los medios de comunicación eran bastante precarios... Cierto, había pocas y malas carreteras. Por eso, nuestro obispo decía: “Con mucha fe, se pueden llamar carreteras...”. Estaban tan deterioradas y maltrechas que, para recorrer 230 km, había que invertir todo un día. Y eso, siempre que no lloviera, porque, con los derrumbes, era muy posible que fueran dos días. Prácticamente, todas las comunidades estaban en el campo. Por eso, había que llegar a lomos de caballo. Y las distancias eran realmente impresionantes. Cuatro,


aprovechando todas las ocasiones para difundir el Evangelio. ¿Te has servido del púlpito de las emisoras de radio para pregonar la Buena Nueva? Sí, he tenido el privilegio de disponer de varias emisoras para evangelizar. He contado con espacios diarios o semanales. Los dueños de estos medios de comunicación social se sienten felices y agradecidos de la participación del sacerdote. Y más cuando se realizan gratuita y desinteresadamente. En cuanto a las obras materiales, tú no has estado muy metido en esos empeños, porque no se puede estar en todo...

seis o diez horas de caballo eran cosa normal. Como éramos jóvenes, todo lo tomábamos de muy buen grado. Tu labor misionera ¿ha tenido también sus duros tiempos de soledad? Sí. Durante siete años estuve en un pueblo muy alejado de todos y de todo. No tenía ni luz ni agua ni las más mínimas facilidades. Pero fui feliz. Muy feliz. Más feliz que nadie. Apoyado y abrigado por una gran cantidad de hombres y mujeres que eran fervorosos creyentes. Yo recibía de ellos mucho más de lo que les podía aportar. También habité en otros pueblos, pero viviendo en comunidad. Esta forma de vida es más agustina-recoleta, más gratificante y mejor en todos los aspectos. Las comunidades de hermanos del Apostolado de la Oración eran nuestra fortaleza y apoyo en todos los aspectos. La gente de los

pueblos solía ser más fría y descuidada. Cuando los veían venir, se quedaban admirados, pero sin atreverse a imitar su ejemplo. Tu trabajo pastoral no se limitaba meramente al confesonario, ¿verdad? ¡Claro que no! Ese servicio también pasa por la acogida de cuantos necesitan ser escuchados y vienen buscando luz y consuelo. Entre los diferentes quehaceres pastorales de mi vida, tengo que destacar la formación de los catequistas y de los jóvenes en el colegio,

Había frailes y también algunas religiosas expresamente dedicados a la promoción social integral. No estuve involucrado personal y directamente en esas obras sociales, que iban desde las cooperativas de ahorro y crédito, los talleres de promoción de la mujer, los centros de salud y escuelas, hasta el facilitar agua potable a las comunidades rurales y otros servicios, pero les apoyé todo lo que pude. Sí trabajé en la construcción y mejora de templos, casas parroquiales y salones. Nuestro obispo, con muNÚM. 181, ENERO DE 2018

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e tenido el privilegio de servir entre personas muy humildes, en zonas populares, y también de clase media.

cho gracejo y verdad, solía decir: “Todos mis curas se las ingenian para ser ingenieros”. Más tarde, en 1984, saltas de Chota a Venezuela. En efecto. Fui destinado a 2.000 kilómetros al noreste de Chota. A trabajar en San Cristóbal, primero. Y luego, en Caracas. Y después, en Maracay. Más tarde, en Barquisimeto. Y hoy, en Maracaibo. He tenido la gracia y el privilegio de servir entre personas muy humildes, en zonas populares, y, también, entre las de clase media (en la capital de la república, en zona residencial). Además de ser párroco y luego superior, me confiaron el servicio de la animación misionera de la diócesis, sobre todo, fomentando la Infancia Misionera, labor que dio buenos frutos y caló bastante en escuelas y parroquias. Ni que decir tiene que tuve muchas y muy grandes satisfacciones por los resultados que se lograron. 40 misioneros

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Recapitulando: trabajé seis años en Caracas, tres años fui capellán del santuario de la beata María de San José, un año en Barquisimeto, otros dos en San Cristóbal y once en Maracaibo –donde actualmente me encuentro–, siempre como vicario parroquial. Ahora, Venezuela se parece bien poco al paraíso que deslumbró a Colón: el deterioro económico y social es tremendo. ¿Qué hace el P. José Luis ante semejante panorama? En las actuales circunstancias, duras y complejas, me dedico a animar y dar esperanza a tantas personas que sufren y lo pasan mal a todos los niveles, publicando y asumiendo los planteamientos valientes y desafiantes del Episcopado venezolano. Sobra decir que la situación terrible de inseguridad que vivimos ha condicionado enormemente nuestro trabajo parroquial. Somos conscientes de la gravedad de la

situación social que vivimos, pero confiamos en el Señor. Con su ayuda, la podremos superar. Sabemos que es obra de Él más que de nosotros, aunque tengamos que seguir empeñados en hacer realidad la Constitución y mantenernos en continua y fervorosa oración, convencidos de que ahí está nuestra fuerza más poderosa. El camino es largo, los retos imponentes, los obstáculos gigantescos. Pero, día tras día, vemos más luz en este túnel, que pareciera no tener final. Ahora que miro atrás, me quedo maravillado, sorprendido, emocionado y muy agradecido a Jesús por haberme concedido esa gracia tan grande e increíble, al confiarme el sacerdocio y la evangelización ¡durante cincuenta años! en distintos países y ambientes. Ha sido una muy grata experiencia, que me ha llenado de muchas y muy profundas satisfacciones. ALBERTO SALAZAR


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50.000 EUROS PARA

EGIPTO

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n Egipto la inmensa mayoría de su población es fiel al islam desde el año 639, en que el califa Omar Ibn Al-Jattab conquistó el país del Nilo. Al presente, el 85% de los egipcios son musulmanes, la mayoría suníes, es decir, que, además del Corán, admiten la Sunna, colección de hechos y dichos atribuidos al profeta Mahoma, como la asumen la mayor parte de los musulmanes. Los católicos, en Egipto, se distribuyen en cuatro grupos distintos: los armenios, los caldeos, los maronitas y los coptos. Estos últimos, por su parte, tienen el honor de ser una de las primeras Iglesias cristianas del mundo. Evangelizados por el apóstol Marcos, los coptos sufren una múltiple y muy antigua división. Se separaron de la Iglesia católica en el siglo V, a

raíz del concilio de Calcedonia. Con todo, parte de ellos siguen unidos a Roma. Son los coptocatólicos, un colectivo que ronda los 250.000 fieles. Está encabezado, en fidelidad al Papa de Roma, por el patriarca de Alejandría de los coptos católicos, cuya sede se encuentra en Saray El Koubbeh, un suburbio de El Cairo. El patriarcado cuenta, además, con 8 obispos, 132 parroquias, 188 sacerdotes, más de 400 religiosas y medio centenar de seminaristas. Al igual que sucede en los demás países árabes, la población cristiana en Egipto es cada vez menor. Ha dejado de crecer a raíz de las muchas presiones que generan los Hermanos Musulmanes y el terrorismo que les acosa. A lo que parece, la Historia llega tinta de sangre o cargada de

llanto, luto y dolor. Pero no siempre se repite, gracias a Dios. También, en ocasiones, levanta el ánimo y da alas a la esperanza, tantas veces abatida. El pasado 2016, muchos fieles españoles también se convirtieron en una suerte de nuevos “reyes magos” redivivos para cientos de niños y jóvenes egipcios. Y no solo para los pertenecientes a cualquiera de las confesiones cristianas. También muchos de los muchachos musulmanes pudieron beneficiarse de ello. Y todo, gracias a la labor llevada a cabo por las Obras Misionales Pontificias de nuestro país y, en definitiva, a la generosidad de los católicos españoles. En ese mismo año 2016, la Asamblea General anual de OMP, que se celebra en Roma, encomendó a nuestro país la financiación de una suma de 23 proyectos, por una cantidad total de 50.000 euros. Dichos proyectos atendidos por OMP de España iban dirigidos a la asistencia alimentaria y educacional de los niños. Porque ese es el camino más eficaz para ayudar a las familias, cada vez más empobrecidas y necesitadas.

Algunos ejemplos El centro Bambi, de Lucette de Saab, en Alejandría, que acoge a 90 niños, ha gastado las ayudas recibidas en la compra de leche, vestimenta y en el pago de traNÚM. 181, ENERO DE 2018

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tamientos de fisioterapia. Los beneficiarios son niños discapacitados mentalmente y analfabetos a los que se les imparte una formación en trabajos manuales. En carta enderezada al director nacional de las OMP en España, Anastasio Gil, la tesorera Jacqueline Assad, agradece la colaboración económica recibida. Y aludiendo a la ayuda de los católicos españoles, dice: “Este año nos permitirá pagar la leche infantil para los 80 pequeños y los alimentos para los 74 discapacitados que tenemos acogidos. Los precios crecen cada día... Para Navidad, daremos regalos a los niños: ropa, zapatos, juguetes y golosinas. Y regalaremos prendas de abrigo a las mamás. Utilizaremos una parte para financiar la atención de niños en el dispensario, porque son familias pobres y muchas no pueden pagar esos servicios”. El vicario apostólico de Alejandría, Adel Zaki, ante la recepción de la aportación española a través de la Nunciatura, también expresa su sincera gratitud: “En nombre de los niños pobres de Egipto, muchas gracias por su ayuda. Advertiré a los beneficiarios de que manden un informe sobre cómo se utilizó el dinero. Tan pronto como me llegue el dinero de la Nunciatura, enviaré el recibo debidamente firmado. En nombre de todos, yo mismo expreso mi gratitud a aquellos que dieron parte de su economía para ayudar a algunos niños pobres. Que el Señor los bendiga por su generosidad”. 46 misioneros

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El objetivo de la ayuda entregada por Infancia Misionera de España a la parroquia de San Vicente de Paúl –3.200 euros– ha sido la compra de leche y cacao para los más pequeños de la guardería, y la adquisición de bancos para dos aulas del centro. A la escuela asisten niños pobres. Al centenar de niños de entre 3 y 4 años que acuden a la guardería se les ha podido dar un bol de leche caliente durante los últimos seis meses del año. Lo cuenta la hermana Simone Abdel Malek: “Ese era, verdaderamente, un

momento de alegría, sobre todo estos últimos días, en los cuales hemos tenido mucho frío en la ciudad. Por otra parte, también hemos podido abrir nuevas aulas para permitir un mayor espacio a los 1.100 alumnos entre los 3 y los 12 años con los que cuenta la escuela. Y hemos podido comprar 50 nuevos pupitres para las dos clases nuevas”. Amin y Youssef son dos pequeños de tres años, un poco rezagados con respecto a sus com-

pañeros. “Hasta ahora, ellos no hablaban. Se sabe que oyen bien, porque fueron revisados cuando eran más pequeños. Al principio, se negaron a tomar el tazón de leche. Sus madres se quejaban de que, en casa, tampoco la tomaban. Pero, cuando vieron a sus compañeros, que con gran entusiasmo llevaban el cuenco de leche en sus manos, los dos, Amin y Youssef, terminaron haciendo lo mismo. Hoy, son los primeros que, tazón en ristre, llegan co-


rriendo hasta la gran cazuela con la leche calentita y demandan su ración. Sus madres están tremendamente felices por este progreso. Además, Amin nos ha dado una gran alegría: últimamente, ha comenzado a hablar un poco”. Y sigue: “Para conseguir el certificado, nuestros alumnos de 6.º de primaria tienen que examinarse del curso fuera de la escuela, en un instituto del Gobierno. Y cuando ellos regresan y nos cuentan cómo les ha ido en su examen, lo primero que nos dicen es que la instalación donde hicieron la prueba era pésima, con bancos rotos y agujereados. Y que no han podido escribir bien: los lápices taladraban el papel al pasar por la abrupta superficie de los pupitres... «Aquel instituto no es como nuestro colegio. Nosotros no tenemos esta preocupación, a pesar de que nuestros bancos son viejos». «Gracias, hermana; ciertamente, nuestra escuela es bonita». «Sabíamos que renovasteis la primera escuela primaria. ¿Será verdad que pensáis tanto en nosotros?». ¡Mil gracias, en su nombre, por vuestra ayuda y vuestro apoyo inmenso!”.

A medio camino entre Port Said y Suez está Ismailía. En esa circunscripción, a cuyo frente se encuentra el obispo copto-católico Makarios Tewfik, ya está en marcha la realización de cinco jardines de infancia y nueve centros de acogida, con capacidad para albergar a 1.110 niños. El múltiple proyecto cuenta con sesiones de formación, adquisición de libros, de instrumental para la administración de medicamentos... Y la oferta de sus actividades pasa por la escolarización, la catequesis, la acogida de inmigrantes del Alto Egipto y la atención a los cristianos perseguidos. Todos esos pla-

nes están siendo posibles, en buena medida, gracias a la ayuda de 7.300 euros que ha recibido la diócesis a través de la Nunciatura Apostólica en El Cairo. Monseñor Makarios Tewfik, en nombre de los niños más necesitados de su diócesis y de los catequistas, ha agradecido esos subsidios. “Casi todos nuestros fieles –dice el obispo de Ismailía– son personas llegadas del sur, que vienen en busca de trabajo o que escapan del terrorismo”. En Egipto gastan sus días ayudando a los más necesitados, entre otros muchos, una docena de misioneras españolas. LETICIA ANDRADE

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NÚM. 181, ENERO DE 2018

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Misioneros Nº 181  

Misioneros - Enero 2018

Misioneros Nº 181  

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