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EDITADA POR LAS OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS

Nยบ 179 NOVIEMBRE Aร‘O 2017

TERCER MILENIO


Nº 179. NOVIEMBRE, 2017

TERCER MILENIO EDITA OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS C/ Fray Juan Gil, 5 28002 - Madrid Tfno: 91 590 27 80 Fax: 91 563 98 33 E-Mail: dir.nal@omp.es http://www.omp.es http://www.domund.org

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en este número... IGLESIA A FONDO La canonización de Faustino Míguez, fundador de las Hijas de la Divina Pastora, supone un impulso a la presencia misionera del Instituto Calasancio desde la educación y la promoción de la mujer.

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PRIMER PLANO El Ejército de Myanmar, antigua Birmania, está ejecutando un plan de limpieza étnica con el fin de expulsar del país a los rohingyas, grupo étnico de religión musulmana.

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INFORME "Misioneros de esperanza hoy". Así definió el Papa el pasado 4 de octubre a aquellos hombres y mujeres dispuestos a abrir espacios de salvación allí donde parece que todo está humanamente perdido.

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y además... 7 TRIBUNA Memoria y vida de las OMP

10 EL OBSERVADOR VATICANO BOLIVIA - ITALIA

20 ASÍ VA EL MUNDO LIBERIA - IRAK CHINA - FILIPINAS

36 ENTREVISTA

Julio Cuesta,

misionero en Filipinas

42 ANIMACIÓN MISIONERA

45 CARISMAS Franciscanas Mis. de la Inmaculada Concepción

48 CULTURA "No soy tu negro": la historia del racismo en EE UU es de película

56 MISIÓN VIVA Instituto Secular "Cruzada Evangélica" en la Rep. Dem. del Congo

58 MISIÓN VIVA

Juan Ramón de Andrés, misionero en Venezuela


EDITORIAL

Un impulso a la misión

E

l papa Francisco quiere, sin que sirva de precedente, que la historia se repita... ¡y para mejor! Igual que el 30 de noviembre de 1919 Benedicto XV promulgó la carta apostólica Maximun illud sobre la labor misionera en el mundo para darle “un nuevo impulso al compromiso misionero de anunciar el Evangelio”, cien años después, Francisco ha querido convocar un “mes misionero extraordinario” en octubre de 2019, “con el fin de despertar aún más la conciencia misionera de la missio ad gentes y de retomar con un nuevo impulso la trasformación misionera de la vida y de la pastoral”. El Pontífice es muy consciente de que “la causa misionera de la Iglesia deber ser la primera” y de que “la actividad misionera representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia”. Nos encontramos, además, en un contexto poco favorable, sobre todo, en las Iglesias de vieja tradición, donde las vocaciones a la vida sacerdotal y consagrada son escasas, y las que hay se orientan más bien a los lugares donde han surgido. Frente a esta postura conservadora y temerosa de la autopreservación, como si los católicos fuesen una especie en vías de extinción, el Papa quiere que el espíritu misionero del desprendimiento, del dejarlo todo para ir a los demás, especialmente a los más necesita-

dos, lo inunde todo. Y ello, además, con el propósito de servirles, de acompañarles para ofrecerles, sin imposición, con el mero testimonio de vida y la palabra, la buena nueva del Evangelio, sus valores de justicia, libertad, fraternidad, perdón, misericordia, solidaridad..., sobre los que se sustenta el Reino de Dios.

Estas actitudes nos roban el entusiasmo misionero, y ahora es cuestión de reactivarlo, porque, como decía san Juan Pablo II, “¡la fe se fortaleza dándola!”. Por eso es imprescindible que “todos los fieles lleven en el corazón el anuncio del Evangelio y la conversión misionera y evangelizadora”, porque es necesario que

Es imprescindible que “todos los fieles lleven en el corazón el anuncio del Evangelio y la conversión misionera y evangelizadora”. Esta conversión pastoral que propone Francisco requiere una reforma de estructuras que, tal y como él plantea, deben ir encaminadas a “procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad”. La propuesta supone, por tanto, un “basta ya” rotundo a la tentación recurrente de caer “en la clausura autorreferencial”, de esconderse “en la seguridad de los propios confines, en toda forma de pesimismo pastoral, en cualquier nostalgia estéril del pasado”, “en toda clase de introversión eclesial”.

crezca el amor por la misión, que es una “pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo”, desde una opción preferencial por los más necesitados, los descartados, los silenciados y olvidados. En un mundo desgarrado por la tragedia de las guerras, empeñado en acentuar las diferencias, en no entender o despreciar al otro para fomentar el conflicto..., la persona, ejemplo y buena noticia de Jesús, vivido por nuestros misioneros y misioneras, constituye la luz que viene de Dios para iluminar y dignificar las realidades terrenas. Sin duda, la misión ad gentes es una tarea imprescindible y urgente, que merece un cuidado y atención extraordinarios.

EDITA Obras Misionales Pontificias DIRECTOR NACIONAL OMP Anastasio Gil DIRECTOR Alfonso Blas DISEÑO Antonio Aunés COLABORADORES Rosa Lanoix, Rafael Santos, Francisco José Pérez Valero, Montserrat Vilaseca, José TERCER MILENIO Beltrán, José Carlos Rodríguez, José Ignacio Rivarés, Israel Íñiguez, Modeste Munimi, José Ramón Carvallada, María Jesús Sahagún, Carmina Sofía Fernández, Juana Gómez, Juan Lázaro Sánchez, Vicente Marqués Ruiz ARCHIVO FOTOGRÁFICO Antonio Aunés, Rafael Santos FOTOGRAFÍAS Efe, 123RF SUSCRIPCIONES Roberto Murga DEPÓSITO LEGAL M-48558-1999 ISSN 1695-1034 IMPRESIÓN Gráficas Dehon. PP. Reparadores. C/ La Morera, 23-25. Torrejón de Ardoz, Madrid. Tfno: 91 675 15 36


IGLESIA A FONDO

Canonización en Roma de Faustino Míguez

Las Hijas de la Divina Pastora ven en la canonización de su fundador, Faustino Míguez, un impulso a su presencia misionera desde la educación y la promoción de la mujer.

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erang implica, de alguna manera, volver a a la esencia del carisma calasancio. A ese Trastevere romano que transformó a san José de Calasanz. Allí donde los pequeños y vulnerables son olvidados. Posibilitar el acceso a una educación digna para evitar que “la ino14 misioneros

cencia del corazón se pierda entre las tinieblas de la ignorancia”. Fue la máxima que llevó a Faustino Míguez a fundar en 1885, en la localidad gaditana de Sanlúcar de Barrameda, el Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora. Por aquel entonces a las niñas del pueblo no se les permitía acudir a la

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escuela, y este escolapio inquieto, lejos de pasar de largo ante esta realidad, supo mirar al mundo con ojos de Dios a través de sus gafas. Esas mismas lentes, que ven a la mujer como pilar básico de la sociedad, son las que llevaron a las calasancias a Derang, a un poblado de apenas 800 habitantes en el norte de la India, con los últimos de los últimos. Tanto es así que quienes habitan esta tierra, los adivasis, son un grupo sin casta, con la exclusión y la pobreza que implica en relación con la


pobreza. Pues bien, de la mano del padre Alfaro, otro escolapio inquieto, llegaron en el año 2008 estas religiosas para hacerse cargo de una escuela que cuenta hoy con 400 alumnos, un internado y un dispensario.

Un legado de plena actualidad Nuevos rostros para una misión que sigue de plena actualidad más de un siglo después de que el sacerdote gallego se convirtiera en pionero en la defensa de los dere-

chos femeninos y de la promoción de la mujer. Un legado que, desde el pasado 15 de octubre, se reconoce como un don para la Iglesia. Ese domingo el papa Francisco canonizaba a Faustino Míguez de la Encarnación, fundador de una congregación presente hoy en diez países de

cuatro continentes, a través de 31 colegios y una decena de obras sociales. Así, la canonización del fundador de las calasancias no ha significado para las religiosas únicamente un momento festivo y de celebración, sino toda una llamada a reforzar su carisma miNÚM. 179, NOVIEMBRE DE 2017

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PRIMER PLANO

sionero. Así lo confirma la superiora general, Sacramento Calderón: “Tenemos el proyecto de una nueva presencia que responda a las características de la misión ad gentes”. “Sentimos que desde nuestro carisma estamos llamadas a vivir la dinámica misionera como instrínsecamente unida a nuestra identidad de Hijas de la Divina Pastora. Como calasancias, nos definimos, vitalmente, como mujeres que salen al encuentro de nuestros hermanos, especialmente en lugares difíciles, para acompañarlos en el camino de la vida, viviendo con y entre ellos, y anunciarles el amor y la bondad del Padre”, explica Calderón, convencida de que, “a través de la educación, se provee a los niños y niñas de herramientas para poder desenvolverse en la vida y se les anuncia que hay Alguien para quien son los más importantes y que tiene un proyecto de felicidad para ellos”.

Impronta misionera Esta impronta misionera ya la experimentó san Faustino con 26 años, cuando desembarcó en Guanabacoa un 3 de noviembre de 1857, enviado para reforzar la primera comunidad escolapia en Cuba, recién fundada. Una experiencia de más de tres años, a través de la cual, además de evangelizar por medio de la educación y de las tareas pastorales, hizo brotar su vocación científica, esa que le llevaría a crear el único laboratorio farmacéutico regentado por religiosas en España, a partir del estudio de las propiedades terapéuticas de plantas que usaban los cubanos. Un religioso Laudato si’, que fue cómplice de lo que en nuestros días llamamos ecología integral y que supo contagiar en los espacios en los que se movía. 16 misioneros

India

La congregación calasancia se encuentra hoy presente en diez países de cuatro continentes. El periplo cubano amplió los horizontes de un hombre que fue testigo, en los últimos años de su vida, de cómo las primeras religiosas calasancias daban el salto a América y, en 1923, se hacían cargo de un hogar para niñas huér-

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fanas y necesitadas en Chile. “Me alegro estéis animadas para la gran empresa a que Dios os llama y solo con su gracia podéis llenar trabajando mucho”, les dijo entonces, en una clara llamada a la misión ad gentes.


Hogar Buenos Aires (Argentina) Precisamente por eso, la superiora general de las calasancias recuerda que “la misión ad gentes ha estado siempre muy presente en el Instituto, abierto desde sus inicios a las llamadas de la Iglesia. Además entendemos que dicha misión está muy en consonancia con lo que fueron nuestros orígenes carismáticos. En ellos, late el deseo de hacer presente el Reino, el mensaje de Jesús, entre aquellos privados de esa posibilidad: la niñez y juventud femenina”. Desde ahí Sacramento Calderón explica cómo, “apoyadas en el documento Vita consecrata de san Juan Pablo II, en el que se nos dice que no solo tenemos una historia gloriosa que recordar, sino una larga historia que construir, el Instituto Calasancio quiere poner los ojos en el futuro hacia el que sentimos que el Espíritu nos impulsa, para que siga haciendo a tra-

ria de amor” y apuntó cómo los santos “nos señalan este camino. Ellos no han dicho ‘sí’ al amor con palabras y por un poco de tiempo, sino con la vida y hasta el final. Su vestido cotidiano ha sido el amor de Jesús, ese amor de locura con que nos ha amado hasta el extremo, que ha dado su perdón y sus vestiduras a quien lo estaba crucificando”. Esa entrega sin límites es hoy el hábito que llevan las calasancias, a ejemplo de aquel que las invitó a “buscar y encaminar almas a Dios, por todos los medios que están al alcance de la caridad”. Revestidas con esta encomienda, se hacen presentes en lugares como la localidad colombiana de Cúcuta, en un barrio castigado por la desintegración familiar, la invasión de las sectas, la proliferación de las armas y la presión de la guerrillas, donde la escuela es tan solo la punta de lanza de una entrega que pasa por la

Cúcuta (Colombia)

vés de nuestra pequeñez grandes cosas para nuestro mundo”.

Amor sin límites Durante la homilía en la plaza de San Pedro con motivo de la canonización, el papa Francisco presentó la santidad como “una histo-

catequesis parroquial, la pastoral de enfermos... Por no hablar de la obra apostólica de la comunidad de Acurenam, en Guinea Ecuatorial, donde al colegio de infantil y primaria se suman un comedor que da almuerzo a 150 niños, formación para las familias, la NÚM. 179, NOVIEMBRE DE 2017

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Guinea Ecuatorial

pastoral parroquial, cursos de emancipación para las mujeres, acompañamiento a los más pobres del barrio... A miles de kilómetros de allí, en Cañar, en el altiplano andino ecuatoriano, la educación se convierte en el puente para acompañar a unas comunidades campesinas amenazadas por el desempleo, el alcoholismo, la desnutrición y el maltrato a la mujer. Pero también para reconocer el valor de los poblados indígenas, a través de la llamada Unidad Educativa Comunitaria Intercultural Bilingüe Quilloac, que se caracteriza por la lucha y la búsqueda incansable de una educación que abra horizontes y alerte a buscar mejores días para su pueblo cañari desde la liberación personal, familiar y social. “Esta realidad posibilita a una calasancia poner mente y corazón en la misión encomendada, es decir, no estamos llamadas únicamente a hacer como un profesio18 misioneros

La vocación a la misión ad gentes ha sido siempre una constante en el Instituto Calasancio. nal más; creo que nuestro primer reto es ‘ser’ ese pequeño signo de humanidad que armoniza la trascendencia con la ciencia”, explica la misionera Gloria Encalada, desde el convencimiento de que esta obra constituye “una bendición, pero a la vez una llamada al compromiso, porque los sectores indígenas campesinos esperan y piden que se consagre la vida a través de la educación, que esta defienda su dignidad, nos haga luchar por una verdadera equidad, justicia, trabajo, empleo digno y que todos podamos vivir en hermandad”.

Pastoral urbana misionera Este empeño en hacer realidad el Reino de Dios no solamente se materializa en el mundo rural: también, en la pastoral urbana mi-

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sionera. Como en los suburbios de Santa Fe, en Argentina, donde la pobreza extrema hace que la hambruna infantil se equipare a los índices de Camerún. En los barrios de Aluviones y La Tablada, las calasancias luchan contra la marginación y la violencia a partir de una apuesta firme por la inserción desde los valores del Evangelio, sin olvidar cubrir las necesidades más básicas con iniciativas como “La copa de leche”, un proyecto de alimentación básica para niños. Esta apuesta por la infancia también se palpa en los pasillos de la escuela hogar Viñas Loureyro, en Buenos Aires, donde 180 menores de la villa miseria más peligrosa del país –la 1 11 14– vislumbran un futuro distinto al que parecen abocados por el mero hecho de


Pastoras que cuidan y guían

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na casa, un edificio dedicado total y exclusivamente a la dignidad, promoción, cuidado e impulso de los sueños y oportunidades de la mujer, no podía llamarse y estar

abandonadas a su suerte y, especialmente, a aquellas con algún tipo de discapacidad, que aprenden a valerse por sí mismas. A estas mujeres con síndrome de Down, parálisis cerebral o cualquier tipo de de-

cuidado de sus hijos, uso del dinero...; todo aquello que las ayude a insertarse en la sociedad y a tener una vida más digna y feliz. Ellas, una vez graduadas, también son contratadas en el mis-

ficiencia mental se las acompaña para ser autónomas y se les enseña un oficio. "Su situación es dolorosa e injusta, pues la gran mayoría son arrinconadas y olvidadas; en muchos casos tienen hijos que nadie reconoce", denuncia esta calasancia española que, junto a su comunidad, vive volcada en estas chicas: "Se las entrena para la vida en áreas como aseo personal, relaciones,

mo centro; la sociedad aún no está preparada para emplearlas y saber tratarlas". "El nuestro es un hogar pequeño, sencillo, pero lleno de grandes sueños y proyectos; un hogar muy calasancio, donde la mirada trata de ser como aquella del padre Faustino a las niñas de Sanlúcar", relata Marta, que comenta cómo "toda pastora tiene dos funciones principales: cuidar y guiar".

Marta Novoa

Ecuador nacer en el cinturón de pobreza de la megaurbe. Una obra que siempre contó con el respaldo explícito del entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio, quien se dejaba caer de vez en cuando para velar por alguna de las niñas en un estado de especial vulnerabilidad. Así, de la mano de Fe y Alegría, pero también con obras propias, las Hijas de la Divina Pastora se saben depositarias de una herencia que disfrutan en misión compartida con más de 1.400 laicos, que se sienten corresponsables de esa pasión por educar de san Faustino, “la obra más noble, la más grande y la más sublime del mundo, porque abraza a todo el hombre... Es la obra divina..., es la creación continuada, es la altísima misión de la Escuela Pía; misión del mayor interés y de la importancia más decisiva, así para la dignidad y dicha del individuo y de la familia, como de la misma sociedad entera”. MANUEL PASTOR

bajo la protección de alguien mejor que la Divina Pastora". Así presenta la misionera Marta Novoa la misión calasancia en la localidad camerunesa de Futrú. Allí el Instituto Calasancio escolariza a 250 niños y jóvenes, cuenta con una casa-hogar para niñas cuyos padres son enfermos de sida y da empleo a 60 mujeres en un centro de promoción abierto a jóvenes embarazadas o

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PRIMER PLANO "Los datos son irrefutables: las fuerzas de seguridad de Myanmar están prendiendo fuego al norte del estado de Rakhine, en una campaña dirigida a expulsar a los rohingyas. No se equivoquen: es una limpieza étnica". Con esta contundencia ha denunciado Amnistía Internacional la actuación del Ejército de Myanmar, la antigua Birmania, contra este grupo étnico de religión musulmana. La ONU también lo tiene claro: se trata de una limpieza étnica "de manual", cometida sobre "la minoría más perseguida en el mundo". El Gobierno de Aung San Suu Kyi lo niega, pero lo cierto es que, desde finales de agosto, al menos 420.000 personas se han visto obligadas a huir a Bangladesh, donde ahora malviven en campos de refugiados. Ni Myanmar, su lugar de procedencia, ni Bangladesh, ni India, ni Nepal los quiere... Nadie quiere a los rohingyas.

“S

e observa un patrón claro y sistemático de abusos. Las fuerzas de seguridad rodean un pueblo, disparan a la gente –que huye presa del pánico– y luego incendian las casas hasta los cimientos. En términos legales, se trata de crímenes de lesa humanidad: 24 misioneros

MYANMAR

NADIE QUIERE A LOS ROHINGYAS ataques sistemáticos y expulsión forzada de civiles”. Lo dice Amnistía Internacional. Y lo confirma la ONU: una limpieza “de manual”. Todo comenzó a finales de agosto, después de que terroristas de un tal Ejército de Salvación Arakan Rohingya atacase, según el Gobierno, más de 200 edificios, en-

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tre puestos militares, escuelas, comercios y monasterios budistas. Esa violencia se habría cobrado 414 muertos de uno y otro bando, según datos oficiales. Y luego llegó la represión del Ejército: salvaje, indiscriminada, brutal... (El enviado especial del diario El Mundo, Javier Espinosa,


recogió el 4 de octubre en el suplemento Crónica el estremecedor testimonio de un superviviente rohingya: Mohamed Ayaz, un niño de 16 años que sobrevivió a su fusilamiento; no así su padre, madre

y cuatro hermanos. La aldea de Tula Toli, en la que vivían, fue completamente arrasada). Las operaciones militares comenzaron el 25 de agosto y –de nuevo según la versión oficial– concluyeron el 5 de septiembre. Este último extremo resulta algo difícil de creer: primero, porque han seguido llegando desplazados a la vecina Bangladesh; y segundo, porque las autoridades siguen sin permitir la presencia de observadores en Rakhine. En realidad, no hay fotos ni imágenes de televisión que prueben las atrocidades que describen las víctimas, más allá de sus testimonios y de algunas fotos de satélite en las que se ven cortinas de humo donde antes había aldeas... Pero ahí están los hechos: miles de hombres, mujeres y niños –sobre todo niños: UNICEF calcula unos 288.000– cruzan el río Naf, la frontera natural con Bangladesh, y lle-

da. Nunca, en toda mi carrera, he visto a tanta gente llegar con tan poco. Necesitan de todo”, decía el 27 de septiembre, tras visitar la zona, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, Filippo Grandi. El arzobispo de Dacca, capital de Bangladesh, cardenal Patrick D’Rozario, lo confirmaba también sobre el terreno: “Está pasando algo inhumano. [...] El llanto de los musulmanes rohingyas es el llanto de la humanidad”. El purpurado, principal representante de la Iglesia en ese país, entregó un millón de takas (unos 10.200 euros) a los responsables del campo de Cox’s Bazar, uno de los más saturados. Cáritas Bangladesh se ha movilizado ya con vistas a una primera intervención de emergencia, para la cual Cáritas Española ha aportado 100.000 euros. El papa Francisco llamó a fines de agosto a salir en so-

gan exhaustos y con lo puesto a los campos de refugiados. “Se han marchado sin nada. Necesitan las cosas más básicas: comida, atención médica, refugio... No tienen absolutamente na-

corro de estos “hermanos nuestros”. Se calcula que en unas pocas semanas han huido de Myanmar unos 420.000 rohingyas. Al menos otros 100.000 viven desde hace años en su propio país en cam-

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Aung San Suu Kyi pamentos provisionales, desplazados por razias similares.

Sin carta de ciudadanía Pero ¿quiénes son exactamente estos rohingyas que desde hace un tiempo aparecen periódicamente en las pantallas de nuestros televisores y en las páginas de nuestros periódicos? Se trata, según la ONU, de “la minoría más perseguida en el mundo”: un pueblo de religión musulmana que vive, mayoritariamente, en el estado de Rakhine (rebautizado así por los militares: antes se llamaba Arakan), en el norte de Myanmar. Son una de las 135 etnias que moran en la antigua Birmania, un país de 60 millones de habitantes, en el que el 89% de la población profesa el budismo. Los rohingyas, por tanto, son musulmanes sunitas en un país budista y tremendamente nacionalista; una minoría que hace unos años superaba el millón de personas, asentada en el segundo esta26 misioneros

do más pobre del país. Son musulmanes y también... apátridas. Llevan generaciones viviendo allí, pero el Gobierno birmano los considera inmigrantes bengalíes: procedentes, por tanto, de lo que hoy es Bangladesh y antaño era la India. Ellos aseguran ser los moradores del antiguo reino de Arakan, constituido en el siglo XV, pero Naipyidó (la capital de Myanmar desde 2005, en sustitución de Rangún) aduce que comenzaron a llegar desde Bengala a partir de 1760, y que formaban parte de las tropas auxiliares de los británicos, que medio siglo después trataron de ocupar colonialmente Birmania. Esa percepción y su religión los ha condenado al ostracismo. La ley de nacionalidades, que aprobaron los militares en 1982, reconoció 135 etnias –todas las originarias antes de 1824–, pero excluyó a los rohingyas, que hoy no tienen carta de ciudadanía ni, por tanto, derechos civiles. Son parias en su pro-

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pia tierra. Desde 2015, por ejemplo, se les prohíbe casarse con no musulmanes y deben poner por escrito que sus matrimonios no tendrán más de dos hijos. Sufren también persecución legal a la hora de estudiar, trabajar, viajar o practicar su religión. El Gobierno, de hecho, ni siquiera quiere que se les llame “rohingyas” y, cuando alude a ellos, habla de “población musulmana” o utiliza eufemismos como “ciudadanos asociados”. Los extremistas budistas tienen en ellos su blanco preferido. La incitación a la discriminación, hostilidad y violencia contra esta minoría es estremecedora. Un dato. El líder del movimiento Ma Ba Tha, especialmente beligerante contra ellos, el monje Ashin Wirathu, es conocido como el “Hitler birmano”. La situación es de tal gravedad –“hay monjes budistas extremistas que abiertamente promueven el odio y la violencia, en lugar de la compasión y la misericordia”, confirman


do un “papelón”. Durante casi un mes guardó un clamoroso silencio sobre lo que estaba sucediendo con los rohingyas. Y cuando finalmente, presionada por la comunidad internacional, compareció ante la opinión pública, fue para negar que hubiera “operaciones de limpieza étnica” y denunciar “el enorme iceberg de desinformación” que había en torno al tema. Su discurso a la nación del 19 de septiembre recibió grandes críticas. Y con razón. Si es verdad que no se está masacrando a los rohingyas, ¿por qué huyen en masa? Y ¿cómo se justifican las atrocidades cometi-

las ONG– que el Ministerio de Asuntos Religiosos y Cultura ha presentado en el Parlamento un proyecto de ley para tratar de poner freno a los “discursos del odio”.

Entre dos fuegos Birmania está gobernada hoy por la premio Nobel de la Paz de 1991, Aung San Suu Kyi. Al menos, teóricamente. “La Señora”, la mujer que durante años plantó cara a la Junta Militar, ganó las elecciones presidenciales y legislativas de noviembre de 2015, pero ello no se ha traducido en un poder omnímodo. Su partido, la Liga Nacional para la Democracia (LND), se ha visto obligado a compartir Gobierno y decisiones con los militares. Aung es la cara visible del poder..., pero sin poder. Legalmente no puede ser presidenta, así que acapara los cargos de ministra de Asuntos Exteriores, consejera de Estado y portavoz de la Presidencia. Sobre el papel, tiene prácticamente competencias de

primer ministro, pero, a la hora de la verdad, manda lo justo. Las carteras fuertes, los ministerios clave (Defensa, Interior y Fronteras), siguen en manos de los generales, al igual que un cuarto de los escaños del Congreso. Así lo dicta la Constitución de 2008. El estamento castrense, que controla las riendas de la situación desde 1964, tiene garantizada también por ley una de las dos vicepresidencias. La “Mandela birmana”, la mujer que pasó 19 años en prisión luchando por la democracia, la adalid de los derechos humanos, ha tenido que desempeñar estos días to-

das? Y ¿por qué su Gobierno sigue vetando la entrada al país de una misión investigadora de la ONU? Las preguntas se suceden. Y las respuestas siguen sin llegar. Entre las voces que han clamado contra la actual consejera de Estado están las de los también nobeles de la Paz Desmond Tutu y Malala Yousafzai. “Si el precio político a pagar por su ascenso político ha sido el silencio –le escribió el primero–, entonces el precio es, sin duda, muy alto”. “Si la patria de los rohingyas no es Myanmar, donde viven desde hace generaciones, entonces ¿cuál es?”, inquirió la segunda.

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PRIMER PLANO

Pero no todo han sido duras críticas. El arzobispo de Yangón (Rangún), cardenal Charles Maung Bo, salió en su defensa el 26 de septiembre. “Atribuirle la culpa de todo –afirmó en una declaración– y estigmatizar su respuesta es realmente contraproducente. Las circunstancias en las que ha asumido el poder, los múltiples desafíos humanitarios que ha debido afrontar en un breve período y la falta de margen para maniobrar en las cuestiones de seguridad, impuesta por una Constitución militarista, tornan desalentador su papel”. El purpurado salesiano se refiere a que en Myanmar están en juego también la transición y la democracia. Una democracia que trata de abrirse camino entre enormes dolores de parto. La ex colonia británica lleva gobernada por los militares desde 1964. Desde entonces, solo se han celebrado elecciones en dos ocasiones: en 1990 y en 2010. Las primeras las ganó, con más del 80% de apoyos, la Liga de Aung San Suu Kyi. El Ejército, sin embargo, no reconoció el triunfo, y ella, como tantos miembros de su agrupación, acabó en prisión. A las de 2010 ni siquiera pudo presentarse: su partido seguía ilegalizado. Ese mismo año recobró la libertad y, cinco años después, llegó al Gobierno. Allí batalla ahora por las reformas. Hasta que la cuestión rohingya la ha puesto entre la espada y la pared.

La Iglesia en Myanmar ¿Qué opina la Iglesia local de lo que está sucediendo? ¿Qué ha dicho sobre la situación de este perseguido pueblo? ¿Y cómo afectará la cuestión rohingya al viaje del papa Francisco, previsto para los días 27 a 30 de noviembre? Lo primero que hay que hacer constar es que la Iglesia católica 28 misioneros

tiene hoy poco peso social en Myanmar. El país, ya está dicho, es budista en un 89%. Los cristianos son el 4% y, entre ellos, los católicos representan solo el 1% de la población: unos 450.000 fieles. No siempre fue así. En los años 50 del pasado siglo, la educación que impartían los centros católicos birmanos hizo de este país el más preparado del sureste asiático. Actualmente, la Iglesia administra únicamente dos escuelas secundarias y cuatro primarias. (El cardenal Bo acaba de solicitar al Gobierno la devolución de más de 80 escuelas católicas “tomadas por las armas” por la Junta Militar). La segunda consideración es la de que Gobierno e Iglesia acaban de restablecer relaciones. El nombramiento del nuncio Paul Tschang In-Nam data del pasado 12 de agosto, una semana después de la visita al Vaticano de Aung San Suu Kyi. En este contexto, se entendería mejor la falta de contundencia

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eclesial en la denuncia de las masacres. En sus declaraciones, el cardenal Bo ha reconocido que la sociedad birmana “tiene fobia hacia los musulmanes”, así como la postergación legal de estos. Pero aduce que las leyes discriminatorias de 1982 “fueron adoptadas por un Gobierno militar y no por uno democrático”. Al mismo tiempo, advierte del peligro que supone la causa rohingya cara a grupos terroristas como Al Qaeda o el Daesh. En Rakhine –advierte– se está abriendo un nuevo frente yihadista “con combatientes procedentes del extranjero”. “La Iglesia –explica no obstante monseñor Bo– reafirma los derechos de cada persona en el país y continuará pidiendo dignidad para los musulmanes del estado de Rakhine, una dignidad que incluya la ciudadanía”. Exige asimismo “que se detenga cualquier forma de violencia contra la población rohingya” y que se inves-


Hasina hizo esta afirmación en la visita a uno de los campos!). Y la India y Nepal tampoco están por la labor. El primero de ellos ha concedido el estatus de refugiados a 16.000 rohingyas, pero tiene en su territorio a otros 40.000 en situación irregular a los quiere deportar. ACNUR logró realojar en campos de refugiados en Nepal a 40.000 más, expulsados de India.

tiguen a fondo “las acusaciones de limpieza étnica y genocidio”. “El Gobierno y el Ejército –insiste– deben darse cuenta de que las respuestas agresivas, sin ninguna solución política, convertirán esta situación en un desastroso conflicto. Myanmar tiene muchas otras cuestiones urgentes por tratar: la reducción de la pobreza, el fortalecimiento de la democracia, la construcción del Estado...”. Así las cosas y hoy por hoy, el futuro del pueblo rohingya no pinta nada bien. Myanmar los persigue inmisericordemente y los expulsa del país; la vecina Bangladesh (destino también de Francisco a finales de noviembre) ya ha dicho, por boca de su primera ministra, Sheik Hasina, que, antes o después, todos esos refugiados tendrán que volver a su país. (¡Y

Pero, al parecer, los tratados internacionales suscritos por el pequeño país solo reconocen protección legal a los desplazados procedentes de Bután y Tíbet. En definitiva: unos por otros, nadie quiere a los rohingyas. Salauddin Khan, uno de los refugiados de la frontera nepalí, declaraba recientemente a la agencia AsiaNews: “Nosotros no pedimos otra cosa que vivir. Sabemos que Nepal es un país pobre y que muchos de sus hijos han tenido que ir a trabajar al extranjero, pero si nos concediera el estatus de refugiados, podríamos trabajar aquí, haciendo trabajos humildes, y ganar lo suficiente para vivir. Porque ¿durante cuánto tiempo podremos vivir con nada más que dos comidas regaladas?”.

El informe de Kofi Annan

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l conflicto rohingya no es nuevo. Y la preocupación de la comunidad internacional, tampoco. En 2016 se instituyó una comisión –la Rakhine State Advisory Commission– para investigar la violencia y discriminación hacia este pueblo. La consejera de Estado Aung San Suu Kyi puso al frente de la misma al ex secretario general de la ONU Kofi Annan y prometió respetar sus conclusiones. Después de un año de trabajo, el pasado 25 de agosto la comisión hizo público su informe. En él se pide que se conceda la ciudadanía a los rohingyas; que se garantice su seguridad; y que se cierren los campos de refugiados que hay en el interior del país, en los que malviven –en condiciones de extrema necesidad– unas 120.000 personas, víctimas de la violencia desatada en 2012. El comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Myanmar, general Min Aung Hlaing, ha "sugerido" que se "vuelvan a examinar" las conclusiones del informe, pues en su opinión "contiene algunos defectos y lagunas". La violencia sobre los rohingyas se desató justo el mismo día en que se hizo público dicho informe.

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INFORME

Dieciocho meses de secuestro. En este tiempo, no se borró la confianza ni de su rostro ni de su corazón. El salesiano Tom Uzhunnalil perdió más de 30 kilos durante el año y medio que permaneció en manos de los yihadistas en Yemen, pero no se vio mermada ni un solo gramo su fe en Dios. "Nunca tuve miedo a morir. El Señor ha hecho un milagro en mí, me ha dado otra vida". Así se expresaba este misionero indio tras ser liberado del cautiverio, y con el convencimiento, una vez recuperado de las secuelas físicas, de volver a la primera línea del anuncio del Evangelio.

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sta misma fortaleza la han mostrado tanto el padre Teresito Suganob como el sacerdote Maurizio Pallú, que también han sido apresados recientemente en Filipinas y Nigeria, respectivamente, por grupos islamistas. La incertidumbre y el temor en esos difíciles momentos no han empañado en ningún caso su celo apostólico. Esperaron contra todo pronóstico, cuando la luz de su celda se apagaba, cuando les privaron de su libertad, cuando vieron amenazada su vida.


Tom, Maurizio y Teresito son “misioneros de esperanza hoy”. Así definió el Papa, el pasado 4 de octubre en la Plaza de San Pedro, a los hombres y mujeres que, al igual que los primeros discipulos, supieron dejar a un lado la incertidumbre y el estupor que trajo consigo la muerte de Jesús, para creer sin fisuras en que su Maestro había resucitado y les acompañaba en su día a día. “La fuerza de la resurrección hace que los cristianos seamos capaces de amar allí donde parece que ya no hay motivo para amar, y de abrir espacios de salvación allí donde parece que todo está humanamente perdido”, explicaba Francisco durante esta catequesis. Una reflexión que tiene un nítido reflejo en aquellos que han dejado su tierra para entregarse a la misión ad gentes en

lugares donde la pobreza, el abuso de poder, el hostigamiento político o los extremismos ideológicos hacen especialmente complicado vislumbrar cómo germinan las semillas del Reino en el día a día. Y menos aún hacer planes a medio plazo. Por eso, resulta especialmente significativo que el Papa aplaudiera en esta intervención semanal a “tantos cristianos que no han abandonado su pueblo cuando llegó el tiempo de la persecución. Se quedaron allí, donde se tenía incertidumbre con respecto al mañana, donde no se podía hacer pro-

yectos de ningún tipo, se quedaron esperando en Dios”. El misionero se queda con los suyos, cuando otros deciden hacer las maletas si el camino se pone cuesta arriba. Una máxima que experimenta en Honduras el murciano Pepe Gómez, en medio de la inestabilidad de una nación atrapada desde hace años en una escalada de corrupción, aderezada por un movimiento migratorio descontrolado y condenada por la violencia que propician las maras.

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Tras su liberación, el P. Uzhunnalil fue recibido por el Papa Pepe llegó en 1979 al país centroamericano y en ningún momento se ha planteado regresar a España. Y menos aún cuando las cosas se han puesto feas. “Aterricé con lo puesto... y sin lo puesto”, bromea este sacerdote sobre el viaje libre de equipaje que emprendió cuando respondió, junto con otro compañero, a la petición que hizo en aquel momento el obispo de San Pedro Sula a su homólogo de Murcia. Al llegar a esta diócesis hondureña, le asignaron una parroquia que alcanzaba los 120.000 habitantes. “Hace diez años la dividimos en tres parroquias, y ahora estoy a cargo de 70.000 habitantes”, asegura con una calma que sorprende, quizá porque ni antes ni ahora se dejó abrumar por unos números que desbordan las capacidades de cualquiera. “Uno hace lo que puede y el resto lo aporta Dios”, subraya, a la vez que detalla cómo, a lo largo de estas cuatro décadas como misionero, ha establecido una red eclesial de trabajo en comunidad que ha permitido 32 misioneros

hacer llegar la Palabra de Dios allí donde el cura no llega. “Desde el principio centré el foco de la actividad misionera en dos planos: la evangelización y la caridad”, relata. “Así, en la labor evangelizadora he fomentado la preparación de catequistas y agentes de pastoral desde el primer momento, lo que ha facilitado que tengamos laicos que se sientan corresponsables de anunciar a Jesús y estén formados para ello”, destaca Pepe, quien apunta cómo el anuncio de la Palabra de Dios tiene que ir ligado sí o sí a dar respuesta a los problemas e inquietudes de la gente. “Cuando llegué, la situación que me encontré en las aldeas es fácil de ilustrar: todos vivían en casas de cartón. Solo con esta imagen es fácil hacerse una idea de las condiciones de vida de los hondureños”, comenta este misionero. Él vio como prioritario establecer programas centrados en el desarrollo y empoderamiento, a los que se unieron otros tantos proyectos de asistencia sanitaria, so-

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cial y educativa. Hoy su parroquia cuenta con tres comedores para niños, un hogar para ancianos que ha cumplido 25 años de existencia y varios dispensarios médicos.

Preocupación eclesial La emigración y las maras concentran los principales quebraderos de cabeza no solo de Pepe, sino de toda la acción pastoral y social de la Iglesia hondureña. “Cuando yo llegué, el país contaba con 3,5 millones de habitantes. Ahora somos 8 millones, y el trabajo escasea; tanto es así que hay un millón de hondureños que han huido a Estados Unidos en busca de un futuro mejor”, detalla este sacerdote, que ve cómo la falta de oportunidades está haciendo que los jóvenes caigan en las redes de las pandillas. “De diez años para acá, lamentablemente se ha multiplicado su presencia. El narcotráfico ha hecho que aumente su peligrosidad y, con ello, sus tintes de criminalidad, de tal manera que la violencia se ha institucionalizado en el


Pepe Gómez, misionero en Honduras país. Afortunadamente nunca nos han atacado como Iglesia, porque no se han sentido amenazados por nosotros”, asevera sin temor alguno a que pueda ser objetivo de estos grupos criminales. Esta modalidad enquistada de delincuencia organizada conlleva una situación de inseguridad que, lejos de calmarse, se agita todavía más con las elecciones generales del 26 de noviembre, a la vuelta de la esquina: “No es fácil arreglar el bucle en el que parecemos atrapados como país. Hay algunos avances en infraestructuras, pero el paro no mejora. Siempre que he tenido oportunidad de encontrarme con líderes políticos, les reclamo la necesidad de fomentar un empleo para devolver la dignidad a la población”. Frente a ello, la única manera que Pepe Gómez y su comunidad parroquial han encontrado para hacer frente a esta lacra ha sido la educación. “La formación es la herramienta que tenemos a nuestro alcance para evitar que las nuevas generaciones caigan en las garras de estas bandas. En nuestro caso, hemos creado unos talleres de empleo en los cuales ya tenemos a 60 muchachos, que se están formando para labrarse un futuro y ganarse un salario al margen de la extorsión”. Ante tantos frentes abiertos, este murciano no se achanta. “Nunca he pensado en tirar la toalla, nun-

ca he perdido esa esperanza de que Honduras puede salir adelante por sí misma; una esperanza que siempre se ha regenerado en Jesús y en la comunidad, que se vuelca cuando se trata de hacer realidad el Evangelio en lo cotidiano”, reafirma desde una fidelidad creativa que parece no tener límites para él: “Permanezco con los míos, con mi gente. Es verdad que hay momentos de peligro, pero hasta ahora puedo decir que en estas circunstancias no me he dejado atrapar por el miedo ni por la desazón. Y eso que desde 2000 a 2013 tuve que estar yo solo en la parroquia como presbítero. Fue entonces cuando descubrí que no es uno el que hace, sino que es Dios el que capacita y pone de su parte, el que da los frutos; nosotros solo sembramos”.

El horizonte oscuro de Venezuela Esta mirada optimista se puede ver empañada, sin embargo, por la encrucijada social y política en la tierra a la que uno es enviado. Cuando el horizonte se oscurece a cada paso, como en Venezuela. La senda emprendida por el régimen de Nicolás Maduro ahoga no solo los anhelos de un pueblo, sino también su capacidad de supervivencia, como reflejan los informes más recientes de Cáritas, que sitúan la hambruna infantil en cotas similares a las de África.

Rafael Guerrero ha regresado a España el pasado verano después de 24 años en tierras venezolanas y conoce de primera mano cómo estas cifras se traducen en sufrimiento. “Venezuela atraviesa la peor crisis que yo he conocido desde que estoy allí. Es imposible salir adelante cuando ves que tu sueldo de un mes apenas llega para cubrir las necesidades más básicas en una semana, y no tienes acceso, por ejemplo, a un antibiótico. La corrupción se ha apoderado de todo, la violencia llega hasta tal punto que el número de muertos se asemeja al de una guerra y, en lo político, podemos decir que vivimos prácticamente en una dictadura”, comenta este misionero laico. Ante este panorama realmente desolador, parece complicado encontrar una rendija por la que se cuele algo de esperanza. “Estoy convencido de que los venezolanos lograrán salir adelante y levantarse con fuerza frente a esta revolución, que llegó cargada de frases bonitas, pero irreales”. Este ímpetu de los humildes y sencillos para recomponerse ante los golpes más duros lo ha experimentado Rafael desde que desembarcó en Caicara del Orinoco, al oeste del estado de Bolívar, de la mano del Movimiento de Acción Cristiana: “Nuestro carisma siempre ha sido trabajar entre los alejados, en los barrios populares, con una mirada impregnada de

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esa preocupación constante salesiana por sacar adelante a los niños y los jóvenes”, relata Rafael. Él descubrió su vocación misionera en un retiro después de terminar su carrera de Matemáticas: “Me sentí llamado a ser ciudadano universal, a hacer vida el padrenuestro”, desvela este malagueño, que en 1993 se instaló junto al tercer río más caudaloso del mundo, formando una comunidad con otros dos matrimonios. Fue ahí donde se topó con la primera sensación de dar un salto al vacío. “Llegamos como seglares y, como tales, sin el respaldo que suelen tener religiosos y sacerdotes. Es verdad que nuestro movimiento siempre nos apoyó, pero no es menos cierto que, como laicos, queríamos insertarnos en el día a día de nuestros vecinos, lo que nos obligaba a buscar un trabajo, a vivir como uno más y evangelizar

y los matrimonios”, detalla Guerrero, que ha alterado este ministerio con su pasión como educador a través de las escuelas Fe y Alegría, impartiendo clases de Matemáticas, Física y Química, Dibujo Técnico y Religión. Además, desde 2001 se convirtió en el coordinador de un proyecto de radio educativa que busca rescatar a jóvenes de entre 15 y 22 años y que ha llegado a contar con más de 1.200 colaboradores en la región. Una iniciativa radiofónica que también se ha hecho presente en el penal de Vistahermosa, una de las cárceles más populosas de América Latina. Así, fueron encontrando su lugar incluso entre los indígenas de la etnia pemón, de quienes la Iglesia se ha convertido en abogado permanente de sus derechos: “Se han visto obligados a marchar de su territorio y se han agrupado en asentamientos a las afueras de la

Rafael Guerrero, junto a su familia como el fermento en la masa, al estilo de Carlos de Foucauld”. Con la Doctrina Social como manual de estilo, Rafael ha ido haciendo vida el Evangelio a través de la pastoral, de la actividad celebrativa y de los proyectos sociales. “La ingente población de la diócesis hizo que el obispo nos habilitara a los laicos para celebrar el bautismo 34 misioneros

ciudad, con la correspondiente estigmatización y maltrato. No podíamos dejarles solos”. “La fuerza de la comunidad en torno a Jesús es para mí lo que ayuda a solventar todos los baches que atraviesa nuestra gente; es la mejor manera de rescatar a quienes han tenido algún problema y de evitar que los jóvenes se dejen

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arrastrar por la desolación”, expresa convencido. “La comunidad te salva. Compartir la fe, las penas, la fiesta, la comida... En definitiva, compartir la vida es aquello que permite plantarte frente a las adversidades”. Precisamente el peor bache personal y de fe que Rafael ha vivido en estas tres décadas tuvo lugar en 2002, cuando muchos de sus compañeros decidieron regresar por distintos motivos a España y se quedó prácticamente solo al frente de la misión. “Yo quería permanecer, sentía que mi lugar era Venezuela, era feliz, pero enfrentarte al abismo de la soledad llevó a que me topara con un periodo de desierto en la fe. De alguna manera perdía a mis referentes más directos, a aquellas personas con las que estaba enraizado”, confiesa, a la vez que admite que “la sequedad que viví la superé gracias a la ora-


Josep Lluís Orpella, misionero en Kenia

ción, que me mantuvo a flote para redescubrir cuál era mi lugar y el sentido de mi presencia en Venezuela”. Fue en este tiempo cuando conoció a su mujer y se casó. Hoy tiene tres hijos. “En mi vida misionera Dios siempre me ha mostrado que, antes o después llega la primavera, que sabe aliviarte y recompensarte cuando aparentemente todo se vuelve en contra”.

De médico a sacerdote Josep Lluís Orpella también ha experimentado este cambio de estaciones vitales ajenas al calendario durante las casi tres décadas que lleva como misionero en Kenia. Tiempo convulso para muchos países de África, que hace vivir prácticamente a la intemperie ante cualquier vaivén político, social y económico. Llegó en 1990 como médico para echar una mano en un dispensario de la diócesis de

Garissa, colindante con Somalia, con todo lo que implica trabajar en una región fronteriza en el continente africano. Fue allí donde se asentó su vocación sacerdotal, ingresando en el seminario de Nairobi y siendo ordenado en 1998. “Kenia me ha dado tanto... Me ha reeducado en la humildad y en la fe. A veces, desde nuestras coordenadas, vivimos pensando en que el desarrollo y los conocimientos son la base de una fe cargada de sabiduría. Sin embargo, cuando uno vive entre ellos, descubre que se forja entre la gente sencilla. A pesar de su pobreza, de sus limitaciones y de todas las adversidades que atraviesan, dan lecciones continuas de fe”, comenta Orpella, quien resume de esta manera este máster en vitalidad junto al pueblo keniata: “Hay que confiar en Dios; Él sabe más que tú, solo Él sabe cómo nos irá mañana y nos acompaña”.

Este nuevo amanecer no se plantea especialmente tranquilo para Kenia, en tanto que, a la vuelta de la esquina, se encuentran unas elecciones presidenciales cuestionadas casi desde su convocatoria. “Se trata de una nueva división en un país que lleva ya mucho peso a sus espaldas”, relata el sacerdote, que en estos últimos años ha podido comprobar cómo el auge del yihadismo ha complicado la subsistencia de los ciudadanos. “En nuestra diócesis de Hola hay en torno a un 60% de musulmanes. La única respuesta al extremismo pasa por el diálogo y la caridad, algo que hasta a los propios católicos de nuestras comunidades les cuesta entender. Ver cómo en las escuelas parroquiales y los hospitales no atendemos solo a cristianos resulta difícil de asimilar para ellos, en tanto que consideran que estrechamos la mano a alguien que no nos ve con buenos ojos”. No en vano, a pocos kilómetros de Hola los terroristas de Al-Shabab han cometido varios atentados. Entre ellos, aquel que el 2 de abril se cobró la vida de 270 jóvenes. “Quizá fue el momento que mayor incertidumbre y angustia he vivido aquí. Tan solo unos días antes, los sacerdotes habíamos celebrado un encuentro en la zona. Solo el hecho de pensar que podríamos ser nosotros las víctimas te hace reflexionar con profundidad sobre los riesgos que corres y el porqué de tu presencia y misión”. De nuevo, ante esta tragedia, sus vecinos le resituaron: “El espíritu africano te lleva a valorar cada día, a no detenerte en qué podría haber sido. Desde ahí se entregan a Dios sin fisuras, lo que les lleva a estar convencidos de que las cosas saldrán antes o después solo si confías”. Y es así, como Josep hoy se reafirma como misionero de la esperanza.

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Revista Misioneros Tercer Milenio, noviembre 2017

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