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EDITADA POR LAS OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS

Nยบ 173 M A R ZO Aร‘O 2017

TERCER MILENIO


Nº 173. MARZO, 2017

TERCER MILENIO EDITA OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS C/ Fray Juan Gil, 5 28002 - Madrid Tfno: 91 590 27 80 Fax: 91 563 98 33 E-Mail: dir.nal@omp.es http://www.omp.es http://www.domund.org

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en este número... IGLESIA A FONDO El carisma de san Vicente de Paúl, la familia vicenciana, cumple 400 años. Una obra gigantesca, que se adelantó a su tiempo para cultivar el gran árbol de la caridad en favor de los más necesitados.

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PRIMER PLANO Tras varias décadas de guerra, la paz trajo a Angola estabilidad y crecimiento económico. Pese a ello, la mayor parte de la población sigue aún sumida en la miseria.

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INFORME Desde siempre el hombre ha levantado barreras que le preservaran de potenciales peligros. Hoy la humanidad sigue construyendo muros, ahora con la intención de mantener separados a ricos y pobres.

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y además... 7 TRIBUNA Seminaristas misioneros

10 EL OBSERVADOR IRAK - JAPÓN

20 ASÍ VA EL MUNDO ECUADOR - COLOMBIA SUDÁN DEL SUR

36 ENTREVISTA

El cardenal Nzapalainga y el imán Kobine Layama, Premio a la Fraternidad

43 CARISMAS Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora

46 CULTURA La novelesca historia del cobertizo que alimentó a un millón de niños

54 MISIÓN VIVA

Yolanda Cabrera,

misionera en Camboya

57 SEMBLANZA Adiós al padre

40 ANIMACIÓN MISIONERA

Joaquín Martínez Vega


EDITORIAL

La urgencia de la justicia social

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l pasado 20 de febrero se ha celebrado el Día Mundial de la Justicia Social, bajo el lema “Prevenir el conflicto y sostener la paz a través de un trabajo digno”. Una jornada que se antoja más que oportuna, en un momento en que se está imponiendo en el mundo un modelo político, económico y social que idolatra el dinero y las leyes del mercado, y promulga el individualismo frente a la solidaridad; que niega la equidad en beneficio de una desigualdad galopante, la cual llega a ser abismal y vergonzosa; que no ve o que silencia el abuso, pisoteando cada vez más el espíritu de justicia. Lo ha expresado el papa Francisco con palabras duras y claras, sin paños calientes. Ha hablado de la crisis de un paradigma imperante “que causa enormes sufrimientos a la familia humana”, “que ataca al mismo tiempo la dignidad de las personas y nuestra Casa Común”; todo ello, con la intención de “sostener la tiranía invisible del dinero, que solo garantiza los privilegios de unos pocos”. El Pontífice ha llegado a calificar esta situación de “una estafa moral que, tarde o temprano, queda al descubierto”. Añade que, por mucho que los beneficiados de esta situación la quieran ocultar o negar –al igual que hacen con las consecuencias del calentamiento global–, “el desempleo es real, la

violencia es real, la corrupción es real, la crisis de identidad es real, el vaciamiento de las democracias es real”. Y advierte de que la “gangrena de un sistema no se puede maquillar eternamente, porque tarde o temprano el hedor se siente”. Entre tanto, en el llamado mundo desarrollado, y en el no tan desarrollado, se registra un preocupante repunte –por no decir

su explosión”. Lo decía con otras palabras un obispo indio: “Cuando son pocos los que comen la mayor parte de la tarta, mientras que al resto se le deja solo una pequeña porción, en ese momento se crean los márgenes para hacer que brote la violencia en las calles”. Para avanzar en el terreno de la justicia social, en el de la paz, hay que buscar cómo remo-

Para avanzar en el terreno de la justicia social, en el de la paz, hay que buscar cómo remover las barreras que separan a los pueblos. auge– de propuestas y líderes que se encastillan en justificar un aislamiento a ultranza, en denostar a ciertos colectivos por su nacionalidad o confesión religiosa, en defender identidades nacionalistas excluyentes, en usar sin pudor el discurso del odio y del beneficio propio e insolidario. En consecuencia, entre otros efectos, se ha registrado, como denuncia Amnistía Internacional, un gran retroceso en el terreno de los derechos humanos. Estamos convirtiendo el mundo en un lugar más peligroso. Hemos olvidado, como hace notar Francisco, que “sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará

ver las barreras que separan a los pueblos y acabar con las divisiones de sexo, edad o raza; de pertenencia étnica, religiosa o cultural; de tipo económico o de discapacidad. No podemos caer en la indiferencia, en la pasividad o, lo que es peor, en la complicidad ante todo este mal. Es un deber practicar la justicia, y una vergüenza –llena de mentira– el encubrir tanto abuso y atropello achacando la violencia que esta injusticia genera a los pobres. La respuesta es urgente; la responsabilidad, grave: “Algunas realidades del mundo presente –señala el Papa–, si no son bien resueltas, pueden desencadenar procesos de deshumanización” que serán difíciles de revertir.

EDITA Obras Misionales Pontificias DIRECTOR NACIONAL OMP Anastasio Gil DIRECTOR Alfonso Blas DISEÑO Antonio Aunés COLABORADORES Rosa Lanoix, Rafael Santos, Francisco José Pérez Valero, Dora Rivas, José Beltrán, TERCER MILENIO José Carlos Rodríguez, José Ignacio Rivarés, Israel Íñiguez, Modeste Munimi, José Ramón Carvallada, María Jesús Sahagún, Carmina Sofía Fernández, Juana Gómez, Juan Lázaro Sánchez, Vicente Marqués Ruiz ARCHIVO FOTOGRÁFICO Antonio Aunés, Rafael Santos FOTOGRAFÍAS Efe, 123RF SUSCRIPCIONES Roberto Murga DEPÓSITO LEGAL M-48558-1999 ISSN 1695-1034 IMPRESIÓN Gráficas Dehon. PP. Reparadores. C/ La Morera, 23-25. Torrejón de Ardoz, Madrid. Tfno: 91 675 15 36


IGLESIA A FONDO

El carisma de san Vicente de Paúl, fundador de la numerosa familia vicenciana –Padres Paúles, Hijas de la Caridad…–, cumple 400 años. Una obra admirable y gigantesca, que se adelantó a su tiempo para cultivar el gran árbol de la caridad en favor de los más necesitados.

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o se sabe a ciencia cierta dónde nació. Que no hay papeles que den fe de tan feliz suceso. Por aquel entonces, en la vieja Europa todavía no era norma ni costumbre certificar, en documento público, la identidad de los nacidos. Estamos hablando de finales del siglo XVI, y la buena usanza de registrar por escrito los nacimientos no comienza hasta casi un siglo más tarde: en torno a 1650. Pero la verdad es que, para los más, el fundador de la Congregación de la Misión, Vicente de Paúl y Mora –que así se llama nuestro protagonista–, es un sacerdote francés de pura cepa, nacido en la aldea de Pouy, en las Landas, cerca de Dax, a mitad de

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camino entre Bayona y Mont de Marsan. Hijo de una humilde familia campesina, Vicente nació el 24 de abril de 1581. Eran tiempos muy otros: en España, entonces, reinaba Felipe II, que también estaba a punto de ser coronado rey de Portugal. Por aquellos días, vivían en Francia 16 millones de personas. Y en toda la Península Ibérica, otros diez millones: siete en España y tres en Portugal. Vincente fue el tercero de seis hermanos. Y, siendo todavía muchacho, hubo de contribuir al sostenimiento de la economía familiar desempeñando, entre otros, el oficio de pastor de ovejas... Pero Vicente era un rapaz capaz, inteligente y avispado por demás. Tanto, que un juez de su tierra, consciente de su valía, decidió costearle los estudios eclesiásticos. El 23 de septiembre de 1600, el joven Vicente –solo tenía 19 años– fue ordenado sacerdote. Que el

bueno de Vicente fue, sin duda, un adelantado a su tiempo bien lo prueba el que, siendo ya presbítero, siguió “oliendo a oveja” –¡y mucho!– durante todos los días de su vida. Eso, precisamente, es lo que el papa Francisco ha pedido ahora, 400 años después, a todos los sacerdotes. Fue en la homilía de su primera misa crismal en la basílica de San Pedro, el Jueves Santo 28 de marzo de 2013: más sacerdotes con menos caras tristes, y más olor a oveja, reclamó el Papa rioplatense.

En busca de las raíces En casos como este, suele acontecer que, cuando las pruebas de las raíces de tal o cual personaje histórico sobresaliente brillan por su ausencia, unos y otros siempre barren para casa. Todos tratan de arrimar el ascua a su sardina. Por eso, hay quienes defienden que no sería tan descabellado naturalizar


a Vicente de Paúl como vasco del norte. Y es bien cierto, puesto que en Iparralde nació. Sin embargo..., sus apellidos no evocan, para nada, las raíces vascas que se le pretenden colgar. Y otros, en fin, dicen que de eso, nada. Que no era vasco. Que tampoco francés. Y ni siguiera vasco-francés. Que Vicente de Paúl nació a este lado del Pirineo, a 300 kilómetros al sur de las Landas. Que el sobredicho santo tuvo su cuna por tierras de Huesca. Que era natural de Tamarite de Litera, más allá de Barbastro y Monzón. Pero... los papeles también brillan por su ausencia entre los que quieren hacerle aragonés. Que la Guerra Civil redujo a pavesas todos los archivos parroquiales y municipales de la zona. Con todo, no deja de resultar chocante que el primer historiador de nuestro santo, el sacerdote Luis Abelly, quien fuera vicario general de Bayona y que visitó la aldea de Pouy a cuatro años tan solo de la muerte de Vicente, no encontrara, en dicho lugar, rastro alguno sobre los abuelos y demás parientes antecesores de nuestro mirífico fundador. Por todo eso, bien podemos afirmar, como el bueno de Cervantes, que hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben. Aunque, por conjeturas verosímiles –los apellidos Paúl y Mora son gentilicios muy propios del Alto Aragón–, no sería tan pretencioso decirle aragonés. Con todo, la baza que más pesa sigue siendo la primera: san Vicente era franco y galo por los cuatro costados, nacido en el Berceau de Saint Vincent de Paul, “Cuna de San Vicente de Paúl”, que así ha sido rebautizada ahora Pouy, su aldea natal. Pero que fuera de aquende o allende los Pirineos no es lo más esencial de nuestra his-

toria; que eso importa poco a nuestro cuento. Basta con que en esta narración no nos salgamos un punto de la verdad.

El árbol de la caridad Lo verdaderamente importante, admirable, principal y más verídico es la gigantesca obra en favor de los más necesitados de la Tierra que este hombre sin par, anticipado a su época, fue capaz de poner en marcha con la ayuda de otra no menos admirable y grande mujer: Luisa de Marillac.

De ella sí tenemos certeza de que nació en París. Que era de familia noble y que, tras enviudar, retomó su viejo proyecto, nunca agostado en su corazón, de abrazar la vida espiritual y, desde allí, humanizar hasta el extremo la atención a los más necesitados. El fruto de esa inquietud, al cabo, cristalizó en una profunda reforma de la atención que entonces se prodigaba en los hospitales, orfanatos, casas de expósitos, asilos, hogares de adopción, instituciones psiquiátricas, centros de ayu-

Padres Paúles e Hijas de la Caridad son hoy dos ramas principales dentro del gran árbol de la caridad. El P. Tomaz Mavric, superior general de la congregación, descubre el cartel conmemorativo de los 400 años del carisma vicenciano.


da... Luisa de Marillac, que había tenido por confesor a san Francisco de Sales, patrón de los periodistas, tropezó con Vicente de Paúl en 1625, el mismo año que enviudó. Ambos, una y otro, Luisa y Vicente, comenzaron a cultivar el gran árbol de la caridad. Que buena falta le hacía a la sociedad francesa de aquellos tiempos: la mortalidad infantil alcanzaba al 50% de los nacidos, la media de vida rondaba los 30 años, el 40% de las muertes eran causadas por las epidemias, el analfabetismo era casi total... Y, más en la sombra, pero no menos admirable, una tercera mujer: Margarita Naseau (1594-1633). El propio Vicente de Paúl dirá más tarde, a propósito de esta humilde campesina de Suresnes, tercera piedra angular de ese gran edificio que estaban construyendo al servicio de los excluidos, que “Margarita es la primera hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás..., aunque no tuvo casi ningún maestro o maestra, más que a Dios”. Margarita se hizo sierva de los más abandonados. Y su estilo resultó tremendamente contagioso. Como ocurre con las cosas divinas, poco a poco, sin ruidos ni alharacas,

comenzaba así a brotar la Compañía de las Hijas de la Caridad. Estaba naciendo una idea revolucionaria, un nuevo estilo, una sociedad que no pretendía ser otra orden religiosa al uso. Las Hijas de la Caridad querían ser servidoras de Dios con traje de faena seglar. No: contemplativas. Tampoco: de clausura. Bien lo precisó el bueno de san Vicente: “Tendréis por monasterio las casas de los enfermos; por celda, una habitación de alquiler; por capilla, la iglesia del lugar; por claustro, las calles de la ciudad o las salas de los hospitales; por clausura, la obediencia;

Vicente de Paúl

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Con Vicente de Paúl y Luisa de Marillac iba a nacer una nueva forma de entender la vida religiosa.

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Margarita puso en práctica esa nueva forma de entender la vida consagrada. Los tres fueron fieles a las sugerencias que les susurraba la Divina Providencia, encarnada en el pobre concreto de cada día. Estaba comenzando a surgir un nuevo carisma. Hoy, aquel incipiente arbolito se ha convertido en un recio y robusto roble, que ya es ultracentenario. Nació en 1625, año de la rendición de Breda. Y, en pie sigue, firme y sin claudicar, sólidamente arraigado y prodigando ayuda, sombra y cobijo a diestro y siniestro entre los pobres. Precisamente por estos días cumple sus primeros 400 años de vida. Por eso, sus herederos han elegido este 2017 para declararlo año jubilar de toda la numerosa familia vicenciana. Año que quiere celebrar, más que

puestas en marcha con la fundamental ayuda y colaboración de la no menos admirable Luisa de Marillac –santa, como Vicente–, son las dos grandes ramas que conforman este gran árbol de caridad. Pero no son las únicas. Que también circula savia vicenciana por la Asociación Internacional de Caridades de San Vicente de Paúl (AIC); y por la Sociedad de San Vicente de Paúl (SSVP); y por la Asociación de la Medalla Milagrosa (AMM); y por las Juventudes Marianas Vicencianas (JMV); y por los Misioneros Seglares Vicencianos (Misevi)...; y por todos los que, de alguna forma, simpatizan y sintonizan con el legado de amor, misericordia, caridad y justicia que nos dejaron san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac, dos grandes pioneros que, con cuatro si-

el preciso momento de tal o cual fundación, el surgimiento del carisma vicenciano.

glos de anticipación, enarbolaron la bandera evangélica de la “opción preferencial por los pobres”. Entonces no la denominaron exactamente así, como harían más tarde, los obispos del Nuevo Mundo en su III Conferencia General, celebrada en 1979 en la mexicana ciudad de Puebla. En lugar de

Luisa de Marillac

por reja, el temor de Dios; por velo, la santa modestia. Y, en principio, no hace falta nada más...”. Estaba naciendo un estilo nuevo de servir a Cristo que sufre en el pobre y en el enfermo. Margarita, a la sombra de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, abrió una senda en la Iglesia del siglo XVII.

Una gran familia La Congregación de la Misión, popularmente conocida como Padres Paúles, lazaristas o vicentinos, y las Hijas de la Caridad,

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P. Tomaz Mavric, superior general.

Hoy se cuenta con unos 4.000 Padres Paúles y unas 15.000 Hijas de la Caridad repartidos por el mundo. “opción preferencial”, Luisa y Vicente llegaron al convencimiento de que “nuestro lote son los pobres”. Y obraron en consecuencia. Otra terminología, sí. Pero el mismo espíritu. El resultado de esa opción tan radical, de ese gran empeño en defensa de los excluidos, sigue vivo aquí, ahí, allá y acullá. Los Padres Paúles repartidos por todo el mundo son hoy, aproximadamente, 4.000. Tres centenares de ellos están en España. Y siguen floreciendo nuevas vocaciones; sobre todo, en el lejano Vietnam y en Filipinas. También, en Oceanía. Las Hijas de la Caridad no son monjas. Ni siquiera “religiosas” en sentido estricto. La suya es una sociedad de vida apostólica. Y ni votos perpetuos tienen que profe18 misioneros

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sar. Todas las hermanas renuevan su compromiso anual cada 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación. Las Hijas de la Caridad son actualmente una familia que ronda las 15.000 en todo el mundo. En España hay más de 4.000.

San Vicente, místico de la caridad Actualmente, al frente de esa doble y numerosa tropa de combatientes de la caridad está un paisano del papa Francisco. El padre Tomaz Mavric, que así se llama, resultó elegido nuevo superior general de la Congregación de la Misión y de la Compañía de las Hijas de la Caridad en julio del año pasado, en Chicago, durante la XLII Asamblea General de la Congregación de la Misión.

Y ¿quién es el padre Mavric? Él mismo nos lo cuenta: “Nací en Buenos Aires. Mis padres salieron de Eslovenia, huyendo del comunismo, en 1945. Tras tres años en un campo de refugiados en Austria, llegaron a Argentina en 1948. Se conocieron, se casaron... Somos tres hermanos y dos hermanas. Mi padre murió en 1989. Mi mamá vive en San Carlos de Bariloche, donde los vicentinos tenemos la parroquia de la Medalla Milagrosa. Después de la secundaria, pedí unirme a la Congregación de la Misión. Entré a la provincia de Yugoslavia, de la que eran parte Eslovenia, Croacia y Macedonia. Hice el seminario en Belgrado, Serbia, y, en 1977, comencé la Filosofía en Liubliana. Ordenado en 1983, fui enviado a Canadá: diez años en Toronto. Luego, tres en Eslovenia. Pedí al superior general, padre Robert Maloney, ir a las misiones internacionales. Justo en ese momento pensaban abrir una misión en Rusia, en los Urales. El padre


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Maloney me envió junto a un hermano polaco a esa misión. Era el año 1997. Estuve cuatro años en la ciudad de Niutalagil, en los Urales. Durante esos años, en 2001, se fundó la viceprovincia de los Santos Cirilo y Metodio, que incluye a Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Mi visitador me mandó a un curso de formación a Irlanda: un año, en Dublín. Después, otro año acompañando a nuestros seminaristas en Eslovaquia. En 2004, fui destinado a la Casa General, hasta hoy”. De cara al futuro, el padre Tomaz Mavrik sueña con hacer realidad la reflexión propuesta por un hermano de Italia, quien empezó a desarrollar la idea de Vicente como místico de la caridad. “En los años recientes –señala–, otro hermano, Hugo O’Donnell, de Estados Unidos, siguió profundizando en ese planteamiento: Vicente, como místico de la caridad...”. Y añade: “Creo que es una maravillosa oportunidad para nosotros, como familia vicentina, profundizar en esta

idea. El teólogo Karl Rahner, al final del siglo XX, escribió estas palabras que suenan bien proféticas: «El cristiano del siglo XXI va a ser místico. Si no, tampoco será cristiano». Yo veo esto como una hermosa invitación para nosotros. Debemos pensar en nuestro fundador, en su carisma, en su espiritualidad, y reflexionar y profundizar esa frase y esta idea: Vicente de Paúl, místico de la caridad. Y cómo nosotros podemos serlo también en nuestras propias vidas”. Son 400 años los que cumple este carisma y, para terminar, desearíamos saber cuál es, en opinión del padre Tomaz, el signo más elocuente que la familia vicentina debe dar al mundo de hoy. No tiene ninguna duda: “Nuestra espiritualidad está centrada en Cristo y la Encarnación, la Trinidad, la Eucaristía, el amor a la Virgen María... Profundizar en nosotros la espiritualidad a la que fuimos llamados a vivir nos va a llevar a los pobres, nos va a acercar más y más a ellos. Vamos

a encontrar las respuestas que hoy el mundo necesita, especialmente los pobres. Es lo que veo como signo de nuestros tiempos y, nuevamente, la Providencia nos va a ir marcando las necesidades...”. El 27 de septiembre del año 1660 ocurrió algo hermoso en la ciudad de París. Lo dicen las crónicas de la época: en esa fecha, a las 4:45 de la madrugada, Vicente de Paúl murió en el antiguo priorato de San Lázaro. Entonces no había teléfonos celulares, y las redes sociales e Internet brillaban por su ausencia. Sin embargo, la noticia de su muerte se propagó como la pólvora. Y ocurrió algo bien inesperado: una multitud inmensa de pobres, mendigos andrajosos, marginados y excluidos sociales acudió, en tropel, para dar su último adiós emocionado a quien había tomado partido por ellos y había entregado y dedicado todos los días de su vida a defender y hacer valer su dignidad. XIMENA DE ANGULO NÚM. 173, MARZO DE 2017

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PRIMER PLANO

Tras varias décadas de guerra, desde 2002 la paz ha convertido a Angola en uno de los países africanos con mayor crecimiento económico. Pero la mayor parte de la población sigue sumida en la pobreza. Además, la corrupción y el régimen político dictatorial pesan mucho sobre la vida de sus ciudadanos.

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principios de febrero, el presidente de Angola, José Eduardo dos Santos, anunciaba que no será candidato por su partido, el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), a las elecciones presidenciales, previstas para este año 2017. En su empeño de dejarlo todo atado y bien atado, señaló al actual ministro de Defensa, João Lourenço, como su sucesor. En el poder desde 1979, Dos Santos es uno de los tres mandatarios con más años como presidente en todo el mundo. Durante sus casi cuatro décadas de gobierno, Angola ha conocido periodos de guerra muy cruenta, seguidos de una prosperidad envidiable que, sin embargo, no alcanza a la población. 24 misioneros

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Para entender la realidad de este país conviene empezar por su historia; concretamente, cinco siglos atrás. Desde finales del siglo XV, Portugal ha estado presente en Angola de diversas formas. La antigua metrópolis instaló, primero, puertos para abastecer a sus barcos que hacían la ruta de la India y, tras la Conferencia de Berlín de 1885, facilitó la llegada de miles de colonos que se instalaron en el interior. En 1951, el territorio –tan grande como dos veces Francia– se convirtió en “provincia de ultramar”. Durante los años siguientes, Portugal resistió la ola de las independencias y, en 1961, tres movimientos comenzaron una cruenta guerra anticolonial: el marxista Movimiento Popular de Liberación de Angola

(MPLA), fundado por Agostinho Neto; el Frente Nacional de Liberación de Angola (FNLA), de Roberto Holden; y, cuatro años más tarde, la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA), liderado por Jonas Savimbi. Desde aquel año hasta 2002, Angola no conoció la paz. La independencia llegó en 1975 y, a partir de ese momento, los tres grupos citados se enredaron en una lucha por el poder. Tras la derrota del FNLA en 1976, la guerra continuó entre el MPLA y la UNITA. Al Gobierno lo apoyaron Cuba (que llegó a enviar 35.000 soldados) y la Unión Soviética, mientras que la UNITA recibió un enorme respaldo militar de Estados Unidos y de la Sudáfrica del apartheid. Así Angola se convirtió en uno de los escenarios africanos en los que se libró la guerra fría, utilizando ejércitos del Tercer Mundo, a veces de forma bastante rocambolesca. Por ejemplo, durante años los soldados cubanos protegieron las instalaciones petroleras de compañías estadounidenses contra ataques de la UNITA.


Pero el conflicto tuvo también connotaciones étnicas: el MPLA estaba dominado por élites de la costa, muchos de cuyos miembros eran mestizos, mientras que el apoyo a la UNITA vino de poblaciones del interior; sobre todo, de los ovimbundo de las zonas rurales del este. De este modo, muy astutamente, Savimbi jugó la carta del “africanismo” como base ideológica de su rebelión. Al mismo tiempo que se libraba la guerra civil, Angola se convirtió también en una base de entrenamiento para dos guerrillas: el ANC sudafricano y la SWAPO namibia. El año 1991 marcó un punto de inflexión en el conflicto. Tras la larguísima batalla de Cuito Cuanavale, en 1988, se abrió un periodo de negociaciones y, tres años más tarde, Sudáfrica aceptó marcharse de Namibia y retirar su apoyo a la UNITA. Cuba también llamó a sus tropas de vuelta a casa y las dos grandes fuerzas en liza, el MPLA y la UNITA, decidieron cesar las hostilidades y organizar elecciones. Pero, cuando el MPLA ganó los co-

En el poder desde 1979, Dos Santos es uno de los mandatarios con más años como presidente en el mundo. micios parlamentarios y presidenciales de 1992, la UNITA reanudó sus ataques y, en 1993, llegó a controlar tres cuartas partes del territorio angoleño. La firma de un nuevo acuerdo de paz en 1994 y la llegada de una misión de paz de la ONU sirvieron de poco. El país se hundió en un conflicto sin fin que lo dejó en ruinas, a pesar de que Estados Unidos cambió sus alianzas y no solo dejó de apoyar a Savimbi, sino que se convirtió en socio del presidente Dos Santos. La agonía de la UNITA duró aún varios años y el golpe de gracia lo recibió con la muerte, en febrero de

2002, de su líder, Savimbi, en una emboscada. Pocas semanas después, la UNITA y el MPLA firmaban un alto el fuego permanente y el grupo rebelde aceptaba desmilitarizarse. Desde entonces, Angola ha reconstruido su maltrecha infraestructura, recuperado cientos de miles de minas y reasentado a los miles de refugiados que habían huido del país para escapar de los combates. El balance del conflicto fue trágico: alrededor de un millón de muertos, cuatro millones de desplazados internos, más de 500.000 refugiados en países de la región y millones de minas antipersona NÚM. 173, MARZO DE 2017

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enterradas en tierras de cultivo y caminos, además de la destrucción de todas las infraestructuras y del aparato productivo del país.

Crecimiento económico para unos pocos Con todo, durante las dos últimas décadas, Angola ha crecido a pasos agigantados, gracias a su enorme potencial económico; hasta el punto de que miles de portugueses en paro han emigrado a su antigua colonia en los últimos años para trabajar como fontaneros, electricistas o albañiles... a las órdenes de quienes hace pocos años eran sus sirvientes africanos, hoy convertidos en empresarios. Angola es ya el segundo productor africano de petróleo, el quinto productor mundial de diamantes, tiene enormes reservas de pesca, extensísimas tierras de cultivo...; recursos más que suficientes para mantener dignamente a sus 24 millones de habitantes. Pero sufre la contradicción de tener 26 misioneros

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altas tasas de crecimiento económico (alrededor del 8% en los últimos años) y, al mismo tiempo, ser uno de los países más pobres del mundo: ocupa el puesto 149 (de un total de 187) en el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas. Baste con pensar que el 60% de su población es analfabeta, que la mayor parte de los angoleños vive con menos de dos dólares al día y que 80 de cada 1.000 niños mueren antes de alcanzar el primer año de vida. El problema de fondo es la brecha que no deja de aumentar entre una élite privilegiada, con buenas conexiones con el partido en el poder, y la masa de población, mayoritariamente joven, que tiene un acceso muy limitado a la educación y al empleo. La capital, Luanda, una de las ciudades más caras del mundo, ha crecido enormemente durante los últimos años, llegando a los seis millones de habitantes (una cuarta parte de la población), dejando enormes zo-

nas rurales vacías. El crecimiento ha sido auspiciado por China, que ejecuta trabajos públicos de gran envergadura, los cuales son pagados con petróleo. De hecho, se calcula que la mitad de su crudo va al país asiático. Pero la falta de diversificación de la economía explica que, con la caída de los precios del “oro negro” desde 2014, el Gobierno haya tenido que reducir su presupuesto varias veces, con drásticos recortes en servicios sociales y la devaluación de la kuanza, su moneda nacional. A pesar de estos ajustes, la defensa y la seguridad siguen recibiendo la mayor parte de los recursos del Estado. Un estudio publicado en 2015 por el Instituto Internacional de Estudios para la Paz, de Estocolmo, revelaba que Angola es el segundo país africano en gasto de armamento, solo por detrás de Argelia. La corrupción es otra rémora importante. Angola ocupa el lugar 153 en la lista de 177 países analizados por Transparency Interna-


Dos Santos, considerada por Forbes Internacional como la mayor fortuna de África, con un patrimonio personal neto estimado en 3.000 millones de dólares En el plano internacional, en las últimas dos décadas Angola ha mostrado gran interés por desempeñar un papel de primer orden en la política internacional africana. Es miembro de la SADC (Comunidad para el Desarrollo de África Austral), de la CEEAC (Comunidad Económica de Estados de África Central) y de la ICGLR (Conferencia Internacional de la Región de los Grandes Lagos). En todas ellas ocupa un lugar desta-

La economía crece al amparo de China, que ejecuta grandes obras públicas a cambio de petróleo. tional. El último caso en saltar a la luz pública ha sido el del vicepresidente, Manuel Vicente, acusado de cargos de corrupción, el pasado 16 de febrero, por el fiscal general del Estado en Portugal. La acusación afirma que Vicente –hasta el año pasado, favorito a suceder a Dos Santos– pagó unos 800.000

euros en sobornos para comprar el silencio de testigos en un caso de adquisición de un apartamento de lujo en Lisboa con fondos estatales. Anteriormente, hasta 2012, fue el director de la compañía estatal petrolera Sonantol, una posición de gran influencia que ahora ocupa la hija del presidente, Isabel

cado, gracias a su potente economía en expansión. En 1996 apoyó la rebelión que echó del poder a Mobutu Sese Seko en el entonces llamado Zaire, entre otras cosas porque UNITA tenía allí sus bases. Dos años más tarde, se puso del lado del presidente congoleño Laurent Kabila en la guerra contra Ruanda y Uganda, para defender los intereses de sus compañías mineras en el territorio de la R. D. del Congo. Antes, en 1993, Angola envió también tropas a la República del Congo para apoNÚM. 173, MARZO DE 2017

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PRIMER PLANO

yar a Denis Sassou-Nguesso contra el presidente Pascal Lissouba durante la guerra civil. Desde 2014, el régimen de Dos Santos se ha interesado enormemente por la República Centroafricana, ofreciendo entrenamiento a su Ejército y facilitando conversaciones de paz entre varios grupos armados.

Una dictadura disfrazada de multipartidismo Por lo que se refiere a su política, Angola es, al menos en teoría, una democracia multipartidista. Hay 120 partidos políticos re-

gistrados. Pero solo nueve de ellos participaron en las últimas elecciones, las de 2012, y únicamente cuatro cuentan con representación parlamentaria: el MPLA tiene mayoría absoluta, con 175 escaños, de un total de 220; UNITA dispone de 32; y los diputados de los otros dos partidos, el CASA-CE y el FNLA, se pueden contar cada uno con los dedos de una mano. El omnipotente MPLA ha regido los destinos de Angola desde 1975. Primero, hasta 1991, como partido único, y, desde entonces, como fuerza indiscutible. UNITA no ha logrado despegar desde que se transformó en partido político en 2003, bajo el liderazgo de Isaías Ngola Samakuva, que fue su representante en Europa durante los años de la guerra. Y es que su pasado de grupo guerrillero, responsable de enormes atrocidades contra la población, sigue pesando como un lastre. Ni este ni los otros dos partidos han conseguido capitalizar el descontento social, que no ha dejado de crecer durante los últimos años. 28 misioneros

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Mayoría católica

Pocas sorpresas se esperan para las elecciones que tendrán lugar este 2017. Con el control férreo que el MPLA ejerce sobre todos los resortes del poder y una oposición débil y dividida, no hay apenas ninguna perspectiva de cambio. La represión contra los rivales políticos ha sido durísima: en las últimas elecciones, de 2012, dos veteranos líderes políticos de la oposición, António Alves Kamulingue e Isaías Cassule, desaparecieron durante la campaña electoral, y sus cuerpos sin vida fueron descubiertos varias semanas después. En 2013 la policía invadió las oficinas centrales de los principales partidos de la oposición. Detuvieron a 300 militantes y mataron a otros tres; entre ellos, a Manuel Hilberto de Carvalho, ‘Ganga’, líder de la rama juvenil del partido CASA-CE. Otros objetivos que sufren regularmente la represión del régimen angolano son los líderes sindicales y activistas de derechos humanos. Durante los últimos años, la policía ha usado métodos

más que expeditivos para desalojar a miles de habitantes de barrios pobres de Angola, considerados como asentamientos ilegales; y periodistas como Rafael Marques –autor de un libro en el que se denunciaban los abusos del Ejército– han sufrido la cárcel. Otro grupo que se siente marginado es el de los musulmanes. En diciembre de 2013 Angola se convirtió en el primer país del mundo en declarar el islam fuera de la ley. Ya antes los musulmanes se encontraban en una posición muy difícil, puesto que la ley esta-

egún World Christian Database, el 93% de los angoleños profesan la religión cristiana, sobre todo la católica (72%); un 26% son protestantes; y los musulmanes no llegan al 1%. La Iglesia católica está organizada en 18 diócesis, y su figura más destacada ha sido el cardenal –arzobispo ya emérito– Alexandre do Nascimento. San Juan Pablo II visitó el país en 1992, durante el breve periodo de paz que vivió la nación entre las dos guerras civiles; y Benedicto XVI llegó a

blece que uno de los requisitos para que una confesión religiosa sea reconocida oficialmente en el país es tener un mínimo de 100.000 miembros y estar representada en al menos 12 de las 18 provincias angoleñas. La entonces ministra de Cultura, Rosa Cruz e Silva, anunció que era necesario ilegalizar el islam, por considerarlo “contrario a las costumbres de Angola”. Se trata del último colectivo que está en el punto de mira del Gobierno de MPLA. Durante los meses previos a las elecciones, es posible que haya muchos otros bajo sospecha.

Luanda, en el que fue su único viaje africano, en 2009. Cabe destacar que en 1998 el Gobierno devolvió a la Iglesia católica los terrenos que esta poseía con anterioridad a la independencia, en respuesta a una petición formulada por Juan Pablo II durante su visita. La recuperación de estos terrenos no estuvo exenta de polémica, ya que la Iglesia fue criticada por el desalojo de muchas familias que llevaban años allí viviendo, pese a que la archidiócesis de Luanda, al reclamar su titularidad, pidió al Gobierno que ofreciera tierras en otras zonas a los afectados.

JOSÉ CARLOS RODRÍGUEZ

S

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INFORME

Desde que el mundo es mundo, el hombre siempre ha levantado barreras para preservar lo suyo: cercas en los campos, murallas en las ciudades... Hace miles de años, no hacerlo suponía una muerte segura, pues luchaba por su supervivencia. Hoy ya no es así. Y, además, los muros que se construyen ya no delimitan propiedades o ciudades, sino países enteros. El que planea Trump en la frontera con México no es el único. Y, se diga lo que se diga, el objetivo de casi todos ellos no es tanto garantizar la seguridad, cuanto evitar la llegada de nuevos pobres. Estos son los muros de la vergüenza de nuestros días.

“E

l muro se construirá. Y lo pagará México”. Donald Trump repitió esta frase durante toda la campaña electoral que acabó aupándole a la Presidencia de los Estados Unidos. Parecía un “mantra”, una ocurrencia, una medida populista más, ideada por el histriónico candidato para ganar votos. Pero no. Lo primero que hizo el estrafalario magnate al llegar al Despacho Oval en enero fue firmar la orden ejecutiva que instaba a construir el cacareado muro. Mejor dicho: a completar el ya existente, porque la frontera sur de la primera

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potencia mundial –a diferencia de la norte, claro– ya está a medio vallar, con una barrera tanto física como electrónica que incluye sensores infrarrojos, helicópteros, drones... y a miles de agentes patrullando para interceptar a los indocumentados que osen pasar. Ahora, Trump se dispone a blindar los aproximadamente 2.000 kilómetros que faltan por “proteger” con “un muro grande, enorme, bonito”, que –según alardeaba– acabará llevando su nombre, a semejanza del que mandó erigir el emperador romano Adriano en Britania. El coste de la faraónica in-

fraestructura, valorado hace un año por él mismo, tras “un simple cálculo”, en unos 8.000 millones de dólares, lo cifra ahora el Departamento de Seguridad Nacional en 21.600 millones, aunque la opinión más extendida es que acabará superando los 25.000. Su construcción, además, entra en conflicto con al menos siete leyes de protección del medio ambiente y del patrimonio cultural estadounidenses, empezando por el tratado internacional firmado con México sobre el uso de las aguas del río Grande. Al sucesor de Barack Obama parecen importarle más bien poco estos obstáculos. La obra se hará. Al coste que sea. Hay que acabar –vino a decir en campaña– con ese coladero por el que nos llegan todos esos mexicanos delincuentes que, además, nos quitan el trabajo. Otro tópico populista más, claro. Porque lo cierto es que desde 2008 Estados Unidos tiene un saldo migratorio ne-


gativo: es decir, de allí sale más gente de la que entra. Y no solo eso: entre el 50% y el 75% de quienes llegan no lo hacen violando la ley o cruzando el muro de la discordia, sino como Dios manda, con un visado, franqueando el detector de metales de un aeropuerto nacional... y quedándose luego a residir allí de manera irregular. Si esto es así, como es, entonces, ¿para qué el nuevo muro?, cabe preguntarse. ¿Para combatir la inmigración? ¿Por seguridad, para luchar más eficazmente contra el terrorismo yihadista, como parece dar a entender la polémica e inconstitucional orden ejecutiva que restringe el acceso a los ciudadanos de siete países y religión musulmana? ¿O, simplemente, por megalomanía?

Muros militares El ser humano siempre se ha servido de los accidentes naturales para protegerse. Las montañas, ríos, lagos o cordilleras que delimitan muchas de las ac-

tuales fronteras han desempeñado continuamente un papel defensor del territorio. Y cuando un reino no ha tenido garantizada su defensa, sus gobernantes han ordenado levantar muros. La historia nos ha legado dos edificaciones especialmente grandiosas: la Gran Muralla China y el citado muro de Adriano. La primera es, junto a las pirámides egipcias, la mayor obra de ingeniería del mundo, hasta el punto de que –se dice– resulta visible desde el espacio. Son 7.000 kilómetros de edificación, cuya fisonomía actual data de los siglos XV y XVI, pero que fueron levantados sobre barreras defensivas anteriores a la era cristiana. Su función, obviamente, era proteger el imperio de los ataques de los nómadas de la estepa, los bárbaros mongoles. Se conserva solo un tercio de la misma: inicialmente se extendía desde la frontera con Corea hasta el desierto de Gobi, a lo largo de más de 21.000 kilómetros. El muro de Adriano, por su parte, data del siglo II d. C. y fue levantado tanto para proteger Britania (la actual Inglaterra) de los ataques de las tribus del norte (en lo que hoy es Escocia), como para

regular las transacciones comerciales con dichos pueblos; de ahí que tuviera puertas cada kilómetro y medio, aproximadamente. Cruzaba la isla de este a oeste, a lo largo de más de cien kilómetros. Pues bien: más allá de estas dos colosales construcciones, en siglos de historia el hombre apenas ha amurallado nada que no fueran sus propias ciudades. En los últimos cien años, sin embargo, han proliferado por doquier un sinnúmero de vallas y barreras de toda clase y condición: físicas, electrónicas, a base de minas... Las hay con un propósito meramente defensivo o militar, las que buscan frenar la inmigración irregular y las que, simplemente, tienen por objeto separar a ricos de pobres. Pero vayamos por partes. En el mundo hay un buen puñado de “muros militares”. Uno de los más longevos es la “zona desmilitarizada” que separa las dos Coreas. Se trata de una franja de cuatro kilómetros de ancho y 250 de largo, que delimita la frontera establecida entre ambos países, en 1953, en torno al paralelo 38. Similar a ella es la Línea Verde que, desde 1974, divide Chipre en dos: una parte filogriega (la Re-

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pública de Chipre) y otra filoturca (la República Turca del Norte de Chipre). Al igual que el Muro de Berlín en su día, la Línea Verde, que en total se prolonga 180 kilómetros, parte también Nicosia (la capital) en dos. Veterana es también –comenzó a levantarse en 1980– la red de muros, alambradas y fortificaciones que se extienden por casi la mitad de los 2.900 kilómetros de frontera que comparten otros dos enemigos irreconciliables, potencias nucleares ambos: India y Pakistán. Y no menos solera presenta asimismo el “muro” levantado por Marruecos en el Sáhara a partir de 1980. Se trata de una tupida red de seis u ocho paredes de arena, alambre de espino, zanjas y campos de minas que se prolonga a lo largo de 2.700 kilómetros. Defendido por más de 100.000 soldados, su misión es proteger el Sáhara Occidental (anexionado de hecho, que no de derecho, por Ma32 misioneros

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rruecos en 1975) y sus ricos yacimientos de posibles incursiones del Frente Polisario. En el desierto también, otros dos países, Arabia y Kuwait, han levantado o ampliado sus edificaciones defensivas en los últimos tiempos. Kuwait alzó una barrera similar a la marroquí –con alambradas, paredes de arena y electrificada– en su frontera con Irak, para protegerse de una hipotética nueva invasión como la lanzada por Sadam Husein en 1989, que desencadenó la Primera Guerra del Golfo. Sus 190 kilómetros iniciales fueron reforzados en 2004 con otros 207. Arabia, por su parte, está haciendo lo mismo, pero a lo bruto. Aquí la barrera, de siete metros de altura, tendrá a su conclusión 9.000 kilómetros (de los que ya se han construido unos 900), y protegerá no solo su frontera con Irak, sino también las que comparte con Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Kuwait, Jorda-

nia y Yemen. Por cierto, en el pasado, miles de personas procedentes del sureste de África han tratado de llegar a la rica Arabia y a los emiratos vecinos a través de Yemen, una ruta migratoria de la que apenas se habla y que se ha cobrado cientos de vidas. Por su parte, Turquía concluyó también el pasado mes de enero una barrera de 330 kilómetros. Coronada con alambres de púas, se halla en su frontera con Irak y Siria. El último de los muros “militares” es uno de los más conocidos: el que Israel, saltándose a la torera el derecho internacional (el Tribunal de La Haya lo declaró ilegal) levanta en Cisjordania desde 2002, supuestamente para combatir el terrorismo palestino. Se trata de una barrera que, cuando esté acabada, tendrá 721 kilómetros y, de paso, habrá confiscado el 12% de los territorios palestinos. Está fabricada a base de alambradas, placas de cemento de hasta ocho me-


tros de altura y sensores de movimiento. Pese a ser el mayor, no es el único que construye este país. En su frontera con Líbano, Tel Aviv ha edificado también una valla de cerca de un kilómetro de extensión, y entre cinco y seis metros de altura; otra cerca de decenas de kilómetros se extiende asimismo a lo largo de la frontera con Gaza; y en el límite con Egipto, separando los desiertos del Sinaí y del Neguev, trabaja en otra pared de hormigón y alambradas electrificadas de 240 kilómetros de largo. Israel y Egipto firmaron la paz hace años, de modo que es lógico pensar que lo que

do pertenecen, además del de la frontera entre Estados Unidos y México (que ha causado más de 10.000 muertes desde que Bill Clinton ordenara su construcción en 1994), las verjas de Ceuta y Melilla y el llamado muro Evros, entre otros. Las verjas de Ceuta (8,2 kilómetros) y Melilla (12 kilómetros) son de sobra conocidas. Cada una consiste en una doble valla de hasta seis metros de altura, donde se pusieron incluso cuchillas, las tristemente célebres “concertinas”, muy criticadas por causar graves heridas a quienes intentaban saltarlas.

2011, antes por tanto de levantarse la barrera artificial, un total de 57.000 personas que se dirigían a la rica Europa. Se trata de gente que luego ha intentado hacer realidad su sueño echándose al Egeo o intentando vadear el río. A los primeros, los del mar, los hemos visto en los informativos: ahogados en una playa, llegando medio muertos a Lesbos o esperando un destino incierto en los campamentos de refugiados, ateridos de frío... De los segundos, sin embargo, los que intentan vadear el río, apenas se habla. Y 112 de ellos se dejaron la vida allí entre 2010 y 2012, se-

realmente pretende esta última barrera es impedir la llegada a los muchos sin papeles africanos que buscan una oportunidad en su próspera economía.

Grecia, por su parte, levantó en el año 2012 otro muro antiinmigrantes en su frontera con Turquía. Se trata del citado muro Evros, que tiene cuatro metros de altura (coronados con alambre de espino) y que se extiende a lo largo de 10,3 kilómetros. En esa pequeña lengua de tierra (los otros 190 kilómetros de frontera común los delimita el río Evros) fueron interceptados en

gún la policía griega, aunque el muftí de la provincia asegura haber enterrado él mismo a unos 400. “Algunos cadáveres llegaban incluso mutilados por haber pisado las minas que hay en la frontera”, dijo en su día a la prensa. El griego de Evros, en cualquier caso, no es el único muro que va a dejar la crisis de refugiados en Europa. En Hungría, el Gobierno

Muros antiinmigrantes La segunda clase de muros que proliferan en el planeta buscan precisamente esto: contener la inmigración irregular. A este aparta-

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I N F O R M E LOS MUROS DE LA VERGÜENZA

conservador de Viktor Orban inició en el verano de 2015 la construcción de una barrera de 177 kilómetros a lo largo de su frontera con Serbia, para impedir futuras avalanchas. Y Croacia, Bulgaria, Eslovenia, Macedonia y Austria están siguiendo el ejemplo. A mediados del pasado mes de febrero, los ministros de Defensa e Interior de una docena de países europeos, miembros y no miembros de la UE, decidieron en Viena militarizar las

fronteras de los Balcanes y reforzar o completar las vallas antiinmigrantes existentes. África también cuenta con un muro. Se halla en la frontera de Botsuana con Zimbabue y consta 34 misioneros

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de 500 kilómetros de valla electrificada. Botsuana comenzó a construirlo en 2003, supuestamente para impedir la propagación de la fiebre aftosa en el ganado.

Muros racistas y antipobres La tercera clase de muros son seguramente los menos conocidos y, probablemente, los más vergonzosos de todos. Se trata de los muros racistas y antipobres. A los pri-

meros pertenecen, por ejemplo, las catorce vallas que hay en otras tantas localidades de Eslovaquia, para separar a sus habitantes de la población gitana. Este país, de 5,4 millones de habitantes, miembro

de la UE, cuenta, en efecto, con una importante población romaní (unas 106.000 personas, según el censo oficial; más de 350.000 en la práctica); gentes que, desde 2009, están siendo encerradas en “sus” barrios por vallas segregadoras. Una práctica, en definitiva, similar al confinamiento en un gueto, algo propio de una época que se creía felizmente superada. Otro muro separador –más bien, un buen puñado de ellos– lo encontramos en Irlanda del Norte. Aquí, las comunidades católica y protestante están físicamente separadas desde hace años para evitar conflictos, aunque desde la firma de los acuerdos de paz de Viernes Santo (1998) la violencia haya prácticamente desaparecido. El muro de Belfast se construyó en 1969 y, tras él, se erigieron cerca de un centenar más en la zona. Algunos tienen solo unos cientos de metros, mientras que otros se prolongan por varios kilómetros. En total, las barreras aquí suman unos 20 kilómetros. Hoy constituyen un atractivo turístico más, gracias a sus grafitis. Los muros antipobres, por último, son también una triste realidad en muchos países. Citaremos unos cuantos. En Lima, por ejemplo, encontramos una cerca que, a lo largo de 10 kilómetros, separa una de las urbanizaciones más ricas de la ciudad (Las Casuarinas)


de los pueblos-miseria anexos, en cuyas chabolas no hay ni luz ni agua; en Buenos Aires, en su etapa como gobernador, el actual presidente argentino, Mauricio Macri, ordenó rodear con una cerca la llamada Villa 31, para que la miseria de sus 45.000 habitantes no pudiese ser vista desde las autopistas que la circunvalan; en Río de Janeiro (Brasil) se levantó en 2009 un muro de 11 kilómetros para delimitar el perímetro de las once favelas ubicadas en la “zona noble” de la ciudad, medida que se quiso disfrazar como medioambiental; y en la ciudad italiana de Padua se levantó en 2006 una valla de metal de 84 metros de longitud y tres de altura para separar a los residentes de una zona de inmigrantes especialmente conflictiva.

Puentes, no muros Hasta aquí, el recorrido por los muros que se alzan por el mundo. Todos ellos, como puede verse, son barreras que nacen del miedo y del egoísmo: el temor al otro, al diferente, al que no tiene nada, al desesperado... A comienzos de febrero, el papa Francisco volvió a insistir en la necesidad de tender la mano a quienes llaman a nuestras fronteras. “Apelo –dijo en una de sus catequesis– a no crear muros, sino a construir puentes”. No citó expresamente a Trump, pero el contexto era inequívoco. No era

la primera vez que el Papa hacía este llamamiento ni seguramente será la última, porque la defensa de los hermanos inmigrantes está en la esencia misma del cristianismo, y Francisco, desde que llegó a la Cátedra de Pedro, ha hecho de ella su propia causa: clamó en la isla italiana de Lampedusa, en julio de 2013, contra la muerte de miles de ellos, ahogados en el Mediterráneo; visitó en abril de 2016 la isla griega de Lesbos, lugar de llegada de innumerables refugiados sirios; y rompió una lanza a su favor en su visita a los Estados Unidos en septiembre de 2015. Allí, en efecto, en el Capitolio, donde se presentó como un “hijo de inmigrantes”, pidió a los legisladores de la primera potencia mundial que vieran en ellos no “números”, sino “personas”, y que diesen al problema migratorio una respues-

ta “humana, justa y fraterna”. “Recordemos la regla de oro: «Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella»”, dijo aquel histórico día –era la primera vez que un Papa hablaba en ese foro–, citando el Evangelio de Mateo. Obviamente, Donald Trump, descendiente él mismo de inmigrantes y casado en dos ocasiones con inmigrantes, no le escuchó. Las últimas noticias a la hora de escribir estas líneas indican que la Administración estadounidense va a contratar 15.000 nuevos agentes de inmigración y que pronto comenzarán las expulsiones masivas, que recaerán sobre aquellos que lleven menos de tres años en el país. Millones de vidas hechas, rotas de la noche a la mañana. Un drama para miles de familias. Una pena y una vergüenza. JOSÉ IGNACIO RIVARÉS NÚM. 173, MARZO DE 2017

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