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gordas follando Testimonios Alimenticios Me adentré en un barrio de pobres que no tenÃÂa nada que ver con el que conocàen mis tiempos. Eran las mismas calles amplias de arenas calientes, con casas de puertas abiertas, paredes de tablas sin cepillar, techos de palma amarga y patios de cascajo. Pero su gente habÃÂa perdido el sosiego. En la mayorÃÂa de las casas habÃÂa parrandas de viernes cuyos bombos y platillos gordas xxx repercutÃÂan en las entrañas. Cualquiera podÃÂa entrar por cincuenta centavos en la fiesta que le gustara más, pero también podÃÂa gordas follando , gordas videos , videos de gordas quedarse bailando de gorra en los sardineles. Yo caminaba ansioso de que me tragara la tierra dentro de mi atuendo de filipichÃÂn, pero nadie se fijó en mÃÂ, salvo un mulato escuálido que dormitaba sentado en el portón de una casa de vecindad. HabÃÂa sido un niño consentido con una mamá de dones múltiples, aniquilada por la tisis a los cincuenta años, y con un papá formalista al que nunca se le conoció un error, y amaneció muerto en su cama de viudo el dÃÂa en que se firmó el tratado de Neerlandia, que puso término a la guerra de los Mil DÃÂas y a las tantas guerras civiles del siglo anterior. La paz cambió la ciudad en un sentido que no se previo ni se querÃÂa. Una muchedumbre de mujeres libres enriquecieron hasta el delirio las viejas cantinas de la calle Ancha, que fuera después el camellón Abello y ahora es el paseo Colón, en esta ciudad de mi alma tan apreciada de propios y ajenos por la buena ÃÂndole de su gente y la pureza de su luz. El médico me hizo una sonrisa de lástima. Veo que es usted un filósofo, me dijo. Fue la primera vez que pensé en mi edad en términos de vejez, pero no tardé en olvidarlo. Me acostumbré a despertar cada dÃÂa con un dolor distinto que iba cambiando de lugar y forma a medida que pasaban los años. A veces parecÃÂa ser un zarpazo de la muerte y al dÃÂa siguiente se esfumaba. Por esa época oàdecir que el primer sÃÂntoma de la vejez es que uno empieza a parecerse a su padre. Mis 6/7 años fueron el nacimiento de Gorda, mis eight y 9 años fueron su consolidación. Muchos factores y mucha gente colaboraron para ese fin. Mis padres, mis "compañeritos" fueron los soldados de en el primer frente de batalla, en el dÃÂa a dÃÂa. Pero las grandes mentes detrás de las cortinas fueron los adultos. En su afán por hacerme entender a la fuerza que adelgazara caÃÂan en lugares un tanto crueles punzantes. Una vida de no usar La casa de las bellas dormidas En la quinta década habÃÂa empezado a imaginarme lo que era la vejez cuando noté los primeros huecos de la memoria. Sabaneaba la casa buscando los espejuelos hasta que descubrÃÂa que los llevaba puestos, me metÃÂa con ellos en la regadera, me ponÃÂa los de leer sin quitarme los de larga vista. Un dÃÂa desayuné dos veces porque olvidé la primera, y aprendàa reconocer la alarma de mis amigos cuando no se atrevÃÂan a advertirme que les estaba contando el mismo cuento que les conté la semana anterior. Para entonces tenÃÂa en la memoria una lista de rostros conocidos y otra con los nombres de cada uno, pero en el momento de saludar no conseguÃÂa que coincidieran las caras con los nombres.

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