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Saverio Xeres

CLARO DE LUNA

Tiempos y fases de la misi贸n en la historia de la Iglesia ANCORA


¿Quién no ha sido atraído por la claridad de la luna, al menos, en alguna ocasión? Aquella luz tenue que surge cuando todo se apaga. No siempre, en verdad plena y total, ni siempre del mismo modo, sino cambiando en el tiempo y ofreciendo diversas partes de sí a la única luz. Podría decirse que la luna es un poco inquieta, como si no encontrase nunca la posición correcta, y no carente de un cierto aspecto de misterio, en relación con aquella luz que refleja sin poseer y que recibe sin poder sujetar. De esta manera, en la antigüedad, la luna fue tomada como una bella imagen de la Iglesia. Ella también, como la luna, refleja la luz de Cristo, su sol. En ella, también, vemos aparecer esas fases lunares que se alternan y que aparecen, a veces, con mayor claridad y en otras con mayor oscuridad, en sus largas y tambaleantes vicisitudes de su historia. Este volumen, único en su género, recorre con rigor y pasión tiempos y fases de la bimilenaria historia de la Iglesia haciendo una relectura propia a la luz de su misma razón de ser: El anuncio del Evangelio. No es una historia de las misiones, sino de la única misión confiada por Jesús a sus discípulos.


Saverio Xeres Saverio Xeres es un sacerdote de la diócesis de Como en el norte de Italia. Obtuvo el doctorado en Letras Clásicas por la Universidad Católica de Milán, y de Teología por la Facultad teológica de Italia Septentrional de Milán. Enseña historia de la Iglesia en el Seminario Diocesano de Como, en la Facultad teológica de Italia Septentrional y en el Instituto de Ciencias religiosas de Milán. Ha publicado numerosas aportaciones para la Historia de la Iglesia, en temas tanto locales como generales, en periódicos y en trabajos de colaboración. Es autor de La Iglesia, cuerpo inquieto (La Chiesa, corpo inquieto, Áncora, 2003) y del libro – entrevista a Bruno Maggioni – La Palabra que apasiona (La Parola che appassiona, Áncora, 2007)

Este volumen, único en su género, recorre con rigor y pasión tiempos y fases de la bimilenaria historia de la Iglesia haciendo una relectura de la misma a la luz de su misma razón de ser: El anuncio del Evangelio. No es una historia de las misiones, sino de la única misión confiada por Jesús a sus discípulos.


Introducción

La Iglesia como la luna Una imagen antigua “La Iglesia es bella como la luna, porque es iluminada por la claridad de su Esposo”1. Así escribía un monje, en el siglo IX, retomando una imagen muy querida por los santos Padres en la antigüedad 2. No añadiré más tinta a los ríos ya derramados para decir cuán dulce sea la luna, ni me esforzaré por demostrar lo bella que, a pesar de todo, es la Iglesia. Simplemente me dejaré envolver, junto con los lectores que quieran seguirme, en la danza que enlaza por siglos a un grupo de gente de este mundo, precisamente la Iglesia, a aquel que viene al mundo como luz de la humanidad (Jn. 1,9), brotando de lo alto (oriens ex alto: Lc. 1, 78). Danza en ocasiones alegre y ágil; y en otras, triste y lenta. Muy bella y atractiva cuando la luna-Iglesia, abandonándose a los rayos propios del Sol, ve cómo por él se convierte en luz su propia opacidad, aunque siempre en menor grado; triste e insignificante cuando la Iglesia-luna tiende a querer hacerlo por sí misma, o aún más, a querer sustituir a Cristo-Sol, terminando con no reflejar nada a nadie. Por lo tanto, está en aquel porqué o en aquel vínculo esencial con Cristo – y sólo con su luz, es decir, con aquello que atrae las mentes y calienta los corazones- lo que está en el fondo del camino en dos mil años de historia de la Iglesia. Sobre todo, en ese vínculo está el fundamento de la posibilidad ofrecida a los discípulos para brillar, en todo lugar y tiempo, el reflejo de aquella luz que apareció plenamente en Cristo, para llegar a todos los hombres (Jn. 1, 9) Me parece, por lo mismo, que tal imagen antigua puede servir como luz de fondo en el itinerario histórico que recorreremos, al intentar una lectura sintética de las bimilenaria vicisitudes históricas de la Iglesia desde una particular y (sin embargo, fundamental) perspectiva, que es la de la misión. Ahora bien, desde el momento en que la Iglesia asume como misión propia y esencial la de anunciar y dar testimonio de Cristo, manteniendo en el fondo el tema de la relación entre Cristo y su Iglesia, nos permite mirar, los complejos acontecimientos del pasado, desde una perspectiva coherente con el mismo sentido fundamental en el que la comunidad cristiana se reconoce a sí misma y su propia tarea en la historia. Entre otras cosas, los Padres asumieron esta imagen de la religiosidad pagana, para aplicarla a la Iglesia, realizando así por primera vez un 1 “Ecclesia pulchra est ut luna quia claritate sponsi sui Christi illuminatur”. El texto tomado del comentario al cantar de los cantares tradicionalmente atribuido a Sto. Tomás de Aquino, ha sido reconocido como propio del benedictino Aimone de Auxerre (siglo IX): S. Thomae Aquinatis. Opera Omnia, bajo el cuidado de R. Busa, VII, Fromann-Holzboog, Stuttgart – Bad Constatt 1980, p.9

2 Las citas y contenidos están tomados del hermoso ensayo de H. Rahner, Mysterium lunae, en Id., Simboli della Chiesa. L’Ecclesiologia dei Padri, Ed. Paulinas, Roma, 1971, pp-145-287.


verdadero trabajo “misionero”, esto es, expresar un contenido de fe a través la cultura de su tiempo. Pues el simbolismo atribuido a la luna por la religiosidad pagana –en la cual el sol (Helios) y la luna (Selene) eran objetos de veneración como fuentes de vida para el mundo- se consideraba ante todo como un astro menor, que a partir de la observación general de su luz más tenue y dulce respecto a la del sol, era la figura “femenina” con respecto a la “masculina” del sol. Analógicamente a la tradicional concepción de las relaciones sexuales entre hombre y mujer, la luna recibe del sol la fuerza vital, o sea la misma propia luz, acercándose periódicamente, en una danza seductora, al astro mayor. Y como la mujer después de recibir la semilla de vida, lo comunica en una nueva creatura, así la luna desempeña una tarea maternal hacia la tierra, moderando la fuerza de la luz solar y convirtiéndose en un principio generador de vida; De hecho, el movimiento de las mareas, el crecimiento vegetal, la reproducción animal y humana ya se consideraban ligados al ciclo lunar desde en el pensamiento general de los antiguos. Era, por lo mismo, aquella simbología lunar fascinante y densa, que los Padres no pudieron desaprovechar para aplicarla, como ya le he dicho, a la relación vital entre la Iglesia-luna y Cristo-sol. Las reflexiones patrísticas son todavía más ricas de las señaladas brevemente y sin embargo me parece que el acento que se le ha dado es suficiente para dejarnos entrever la feliz fecundidad de esta imagen para recoger un aspecto más profundo y esencial de la comunidad cristiana y también para subrayar más fácilmente una línea a desarrollar en la historia de la Iglesia que no se limite al banal realce de su expansión territorial, de su crecimiento institucional, de su importancia social o cultural –en una palabra, de su crecimiento puramente “mundano”- sino sobre todo se abra a la reflexión crítica sobre el sentido profundo de sus cambios en el tiempo. El único crecimiento, que se puede considerar auténtico para la Iglesia, es aquel que corresponde al de su propia misión, es decir, a la mayor o menor capacidad de ponerse no a sí misma sino, ante todo, a Cristo luz, por la cual ella vive y llega a ser a su vez fuente de vida. Precisamente como la luna” La Iglesia como misión en curso Aunque el término “misión” y la reflexión en torno a su significado aparece solamente en la época moderna ( precisamente en la “tercera fase” de la expansión de la Iglesia, aquella que se realiza en el siglo XVI con el descubrimiento de los territorios allende el océano 3), es evidente cómo la tarea de anunciar el evangelio a todos los hombres constituye no solamente una actividad constante de la Iglesia, y no solo, un elemento constitutivo sino la misma razón de su ser: “Viviendo como ha vivido Jesús, los miembros de la Iglesia –el pueblo de Dios- mantienen viva la memoria y la anuncian a todos los hombres [….]. Todo aquello que realiza la Iglesia lo hace en función de la evangelización 4”. En 3S. DIANICH, Chiesa in missione. Per una ecclesiologia dinamica, Ed. Paulinas, Cinisello Balsamo, 1985, p.18 4 G. COLOMBO, Sull’evangelizzazione, Glossa, Milán 1997, pp. 39-41


consecuencia, la Iglesia está llamada necesariamente, a abrirse continuamente hacia otras personas y esto constituye la expresión y el sentido mismo de su vivir. Con otra imagen significativa, la del fuego (por demás, semejante a aquella de la luz), el teólogo Henri de Lubac ilustraba esta unión esencial entre la Iglesia y la misión: Existir para el fuego significa consumirse, y cuando cesa de hacerlo, es decir de difundirse, muere [….] Si dejo de evangelizar significa que la caridad se ha alejado de mí. Si ya no siento la necesidad de comunicar la llama, quiere decir que esta ya no arde más en mí [….] La vida del cristiano está en su misma donación, porque donar quiere decir participar de la vida divina que es un don 5.

Precisamente, por ser algo esencial, esta dimensión misionera aparece unida a la Iglesia desde sus mismos orígenes. Después de la resurrección de Cristo ya los discípulos, dispersos después de la captura del maestro, se reúnen de nuevo. Habiéndose cumplido positivamente la vida de Cristo y después de manifestar la victoria plena de su “propósito” mesiánico, brota con fuerza el anuncio que es recogido, poco a poco en torno suyo, por un grupo cada vez mayor de creyentes. Los relatos pascuales, con mayor profundidad, muestran cómo en el encuentro que los discípulos tienen con el Resucitado necesariamente es requerida la fe, es decir, una adhesión vital a Él. En efecto, encuentra al Resucitado sólo aquel que se adhiere por la fe, aun cuando permanezca invisible a los ojos de la carne: es esto lo que, en medio de la dificultad por expresar una experiencia única e irrepetible, intentan hacer comprender los relatos pascuales. Desde el momento en que la presencia de Cristo resucitado es experimentada por los primeros discípulos, en forma de encuentro interpersonal y adhesión de fe, el acercamiento a Él por los demás creyentes, por lo mismo, puede ser meditado solamente desde aquella experiencia vivida por quien ha sido testigo directo. Y así, desde entonces hasta la fecha, es como la Iglesia en forma progresiva se constituye y crece, de persona en persona, de comunidad en comunidad. Se puede observar entonces cómo la tarea de la salvación se una a la formación de la Iglesia para alcanzar el culmen antes de la llegada del Reino. En efecto, Jesús llega a ser “El Señor” desde el momento en que empieza a ocupar un “espacio” histórico en el cual vive y actúa con plena libertad, a través del Espíritu derramado sobre los creyentes, es decir la Iglesia. Además, los creyentes, correspondiendo a tal acción, poco a poco son configurados a Cristo y por lo mismo, como Él son llamados al don de la propia vida. Lo cual, obviamente, puede realizarse solamente si se está en relación con otras personas, es decir en una “comunidad”, que a su vez no esté encerrada en sí misma sino “dedicada” a los demás, e sea al “mundo”. La Iglesia, por ello, no es ante todo y sobre todo la institución mediante la cual se recibe la salvación, sino que en cuanto “comunión” de vida e imagen de Dios es ya la salvación en acto. Esto, sin embargo, es sólo posible mediante la continua extensión de tal comunión y esto precisamente porque el amor de Dios es sobreabundante y “difusivo” por sí mismo. 5 H. DE LUBAC, Per una teologia delle missioni, Jaca Book, Milán, 1975, pp.36-37


Así es como empieza a cumplirse en la Iglesia el deseo supremo de Cristo: Padre, yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. (Jn 17, 22-23) No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí. (Jn 17, 20)

En el momento (Hch 5, 11) y en el lugar (Jerusalén) en que aparece por primera vez la Iglesia –propiamente aún como expresión lingüística- tal comunidad, por el mismo nombre que asume busca reconocerse y presentarse, por un lado, como la continuación de la “asamblea de los llamados” (qahal) del antiguo Israel, que ve el cumplimiento de las promesas mesiánicas en la resurrección de Jesús “constituido Señor y Cristo” (Hch 2, 36), por otra parte, como el “lugar” de la convocación histórica del nuevo y definitivo pueblo de Dios. La Iglesia en su inicio aparece pues esencialmente como la “convocación última” del pueblo de Dios ante la llegada de un mundo nuevo y último. Por lo demás, desde el inicio, había conciencia de que debería tomarse en cuenta la historia junto con el fin de los tiempos que por entonces no se realizaba. La Iglesia asume, a los ojos de los primeros creyentes, su carácter de realidad visible puesta para continuar y mantener intacta la experiencia de la presencia y de la acción de Jesús. Este paso, no tan fácil de dar, es reflexionado sobre todo en la obra de Lucas el evangelista. Cuando él escribe su obra cerca del año 70, se había enfriado ya, en la primera comunidad, la ferviente espera del retorno de Jesús: esto, esperado como algo inminente, no ha sucedido. En tanto, bajo el influjo del Espíritu Santo y por iniciativa de Pedro y sobre todo de Pablo, la comunidad ha conocido una rápida difusión, no solo geográfica, sino sobre todo cualitativa: de los judíos pasó, después de perseverar a pesar del rechazo de éstos, a los paganos. Como respuesta Lucas, con sus dos libros: evangelio y Hechos, coloca la Iglesia y la historia en mutua relación, indicando el lugar de la Iglesia precisamente en el intervalo que hay entre la ascensión de Jesús al Padre y su retorno glorioso. En este espacio abierto, la Iglesia deberá continuar y llamar a los hombres para que se involucren en la vida nueva de Cristo. Los que estaban reunidos le preguntaron: “Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?” El les contestó: “A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”. Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos. Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis allí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo” (Hch 1, 6-11)


En los mismos Hechos de los apóstoles, la Iglesia primitiva se describe, en síntesis, con cuatro características fundamentales: “la enseñanza de los apóstoles”, la “fracción del pan”, la “unión fraterna”, la disponibilidad y benevolencia hacia “todo el pueblo” (Hch 2, 42-49). Intentando encontrar una síntesis ulterior, se puede decir que la Iglesia primitiva se origina en el entrelazamiento de dos direcciones fundamentales: hacia Cristo de quien es necesario acoger y custodiar la memoria viva (testimonio de los apóstoles y la fracción del pan); y hacia los hombres, que entonces como ahora, están llamados a comunicar la vida nueva revelada y dada en el Espíritu Santo. Puede notarse cómo esta primera (y ejemplar) configuración, se pueda retomar precisamente en la ya mencionada imagen lunar: la luz de Cristo (viva en la Palabra y en la Eucaristía) es reflejada por la Iglesia (en su ser como unidad interna y abierta al servicio) en beneficio de todos los hombres. Es ésta, por lo mismo, la misión de la Iglesia. La historia de la Iglesia como historia de la misión. La Iglesia, que en su mismo origen y sentido fundamental de su ser se presenta como misión en acto (en curso), mantiene necesariamente tal característica a lo largo de todo su itinerario histórico. Mas aún, ella vive y crece en la historia precisamente en cuanto está constituida esencialmente por la misión. En cada momento de su existencia, la Iglesia subsiste gracias a la fuerza de su tarea misionera fundamental: Si, en algún momento, en ella no se diese el anuncio de Jesús, la comunicación de la fe entre hombre y hombre, en ese momento la Iglesia cesaría de existir como sujeto histórico. 6

Consecuentemente, aparece nuevamente más que legítimo, diría yo inevitable, leer su vida bimilenaria, como historia de la misión. Esperando un análisis histórico que atienda a los recursos y métodos de la historiografía común, -más aún por eso mismo-, podemos y debemos tomar en consideración aquello que resulta ser la conciencia que la Iglesia tiene de sí misma desde sus orígenes, la intención propia que ella busca al presentarse en el mundo. En especial porque, en tal autoconciencia comprende, como hemos visto, una fundamental e insustituible dimensión misionera. He aquí por qué, al estudio propiamente histórico, hemos adelantado una síntesis rápida de naturaleza teológica. Leeremos, por tanto, la historia de la Iglesia como historia de la misión. No, en primer lugar, una historia de las misiones sino precisamente de la Iglesia, considerada no solamente ni sobre todo en su difusión geográfica, sino más que nada en su progresiva toma de conciencia y actitud ante las diversas figuras que tal difusión provoca y trae consigo; como una institución que “se hace” que crece en la medida que responde a la misión original señalada por Cristo y realiza su identidad constitutiva de “catolicidad”. Aunque esta forma de leer la historia de la Iglesia es buscada vehementemente, solo se conoce una obra en alemán de un trabajo 6S. DIANICH, Chiesa in missione, cit., p.172


realizado parcialmente y publicado en los años 70’ pero incompleto.7

que

ha quedado

Se quiere responder, al menos en parte, a otra exigencia sentida por la historiografía eclesiástica contemporánea aún muy lejos de realizarse: una historia de la Iglesia que no esté encerrada prevalentemente al parcial y restringido ambiente europeo, sino que tenga presente al menos los cambios geográficos que se van dando también en la Iglesia; una historia que no se ocupe solamente o prevalentemente de la cúpula de la estructura eclesiástica sino que considere, (o empiece a tener en cuenta) en una adecuada proporción, todos los integrantes de la comunidad de creyentes en sus diversas y características formas para comprender y expresar la fe recibida. La opción de perspectiva para leer la historia de la Iglesia sugiere también la forma de proceder para la división de los diferentes periodos, es decir, para la subdivisión de las diferentes etapas que habrán de considerarse. Volviendo de nuevo a la metáfora de la luna, podemos distinguir cuatro grandes “fases” que corresponden a otros tantos cuadros geográficos. Contextualmente, ponen de manifiesto diversas formas de entender la misión eclesial. La primera fase que va entre el siglo I y el IV después de Cristo, muestra la primera comunidad cristiana y la forma de extenderse en el territorio y en el ambiente político-cultural del imperio romano, agrupado en torno al Mediterráneo: La Iglesia nace en un mundo que ya existe y en el que poco a poco va siendo protagonista de gran importancia. Gracias a su fuerte estructura de agregación, sobreviviendo a la caída del gran Imperio la Iglesia unifica sobre el antiguo cimiento de los romanos, los pueblos que provienen del noreste del continente euroasiático. Ella, por ello, se coloca en el origen de un mundo nuevo, territorialmente extendido entre el Mediterráneo y el mar del norte, para después asumir la guía suprema y universal. Parece así que todo el mundo se hace Iglesia. Es la segunda fase, aquella que podemos colocar entre el siglo V y el XIII. Después y siguiendo la apertura de nuevos horizontes geográficos – de los mares encerrados dentro del continente a los océanos abiertos más allá de la tierra conocida- resurge, desde la tardía Edad Media y después, sobre todo, con el descubrimiento del “nuevo mundo”, la evidencia y exigencia de aquella misión a los paganos que se pensaba concluida definitivamente con la evangelización de los pueblos europeos; aún más, en modo reflejo cae en crisis también la presunción de ser una Europa completamente cristiana. Es la tercera fase, la más dramática en la que, entre los siglos XIV y XVIII, la Iglesia experimenta sobre todo la continua “alteridad” con el mundo.

7 H. FROHNES - H.W. GENSICHEN – E. KRETSCHMAR (hrsg), Kirchengeschichte als Missionsgechichte, Kaiser, Münschen 1974-1978. Los dos volúmenes publicados tartan, respectivamente, La Época Antigua y la alta edad Media


Finalmente, podemos identificar los dos siglos de vida de la Comunidad Cristiana más recientes (siglos XIX y XX) como una cuarta fase, en la que los horizontes se abren hasta coincidir con los mismos del globo terrestre. Por otro lado en esta perspectiva global, la iglesia se ve redimensionada en solamente una parte de este vasto mundo. Se trata así de un retorno a la situación inicial de la Iglesia y esto provoca necesariamente una reflexión sobre el sentido mismo de su misión en la historia.

Conclusión

De la luz reflejada


“La luz de Cristo reflejada sobre el rostro de la Iglesia, ilumine a todos los hombres anunciando el evangelio a toda criatura”(cf Mc 16,15)” (LG 1). No es algo casual ciertamente que el documento más importante del Vaticano II, el que mira al tema central del mismo concilio, es decir, a la Iglesia, inicie con una clara referencia, aunque no explícita, a aquella imagen adoptada por los Padres de la Iglesia para describir la relación entre Cristo y la comunidad de sus discípulos, impulso e inspiración de este sintético itinerario en las hazañas históricas de su vida bimilenaria. Cristo es la luz del mundo (Jn 8, 12): la Iglesia recibe esta luz sólo reflejada (como la luna), no para acapararla en sí misma sino para transmitirla a todos los hombres. La referencia a aquella imagen antigua podía resurgir solamente al interior de un retorno al conocimiento y estudio de las fuentes tradicionales de la Iglesia tal como se había caracterizado el despertar eclesial en la primera mitad del siglo XVIII. Más a fondo, como ya he dicho, había sido decisivo el redescubrimiento de la íntima conexión vital (y no sólo jurídica) entre la misión misma de Dios, realizada en Jesucristo y extendida universalmente por el Espíritu Santo, y la misión de la Iglesia. Así la Iglesia era justamente colocada en su puesto, es decir, en el lugar original entre Cristo y los hombres. Precisamente porque es esta posición la que define en la Iglesia su perspectiva misionera en modo correcto y por otra parte, porque de esta tensión evangelizadora original brota su misma identidad, es por lo que la Iglesia y su misión tienden a complementarse una con la otra y a constituir así que una sea el motivo de ser para la otra. *** De esta manera, en efecto, sucedió en los primeros siglos durante los cuales la Iglesia creció al mismo tiempo que realizaba su propia misión, entendida esencialmente como difusión universal del anuncio de Cristo. Además, -como resultado de su crecimiento unido necesariamente a la expansión de la buena noticia y de su aceptación- la comunidad cristiana había llegado a ser un elemento fundamental de cohesión social al interior de los límites del imperio romano. Con esto, lenta y progresivamente, iba modificándose el sentido mismo de la misión eclesial. Del anuncio de Cristo a todos los hombres se pasó a la unificación de la humanidad sobre la base, ciertamente con referencia a Cristo, pero en el cuadro de una institución política mundana como lo es el Imperio. Resultaba entonces que la Iglesia podía estar, de cualquier manera, en su original posición entre Cristo y los hombres, pero a través de un filtro pesado de una estructura política modelada y fundada sobre el esquema pagano de un Dios que delega a los soberanos parte del poder propio sobre el mundo. Así, en esta nueva situación, se comprometía sobre todo la misma luminosidad de la revelación de Dios en Cristo, en cuanto era oscurecida por perspectivas religiosas extrañas a la novedad cristiana.


Con la sucesiva agregación de los pueblos bárbaros dentro del ámbito geográfico cultural del antiguo Imperio romano, viene a caer, de hecho en Occidente aquella necesaria distancia entre la referencia universal a Cristo y la comunidad de pueblos que sustancialmente coincide con la Europa actual, y por esta razón se puede hablar de “cristiandad” entendida como sociedad que se enlaza unánimemente por la figura y las enseñanzas de Cristo. Con esto nacía una serie de problemas complejos. En tanto aparecía, por lo menos, una fe equívoca que de una adhesión personal y libre, pretendía extenderse a estructuras uniformes y hasta un cierto punto también necesariamente constrictivas de convivencia pública. Además, el “abandono” de la Iglesia en una sociedad que en cuanto “sociedad cristiana” quería por lo mismo identificarse sustancialmente con ella, descomponía la posición original de la Iglesia entre Cristo y los hombres, convirtiéndola a ser tendencialmente del mundo, mas bien que simplemente en el mundo. Es verdad que esta profunda inserción del cristianismo en la vida cotidiana y colectiva podría verse como un coherente cumplimiento de la misión eclesial, en cuanto “asimilación” de la convivencia humana, más que de la sola persona, a la novedad cristiana. De hecho, sucede más bien lo contrario, es decir, la “asimilación” de la Iglesia de algunas características típicas del poder mundano tal como la imposición, la violencia, la marginación de las diferencias. En todo caso, la misma identificación sustancial de la Iglesia con la propia cúpula de autoridad (el papado) era acompañada explícitamente, en las formas y sustancia, por su efectiva y declarada colocación en el rol ya había sido del Imperio. En correspondencia, la original e imprescindible referencia a Cristo llegaba a ser algo funcional para el mismo poder universal de la Iglesia, tomado principalmente como su fundamento jurídico. Así, reduciendo a una estructura institucional su mismo origen de vida, la Iglesia realizaba otro “abandono”: quitaba a Cristo de sí misma. La posición original de la Iglesia como mediadora entre Cristo y los hombres quedaba comprometida en uno y otro sentido, eliminando, es decir, aquella diferencia con respecto de Cristo y con respecto de los hombres que permite la acción soberana de uno y la libre adhesión de los otros. El inesperado resurgir a la conciencia del Occidente –entonces identificado (o entendido) con la Iglesia- de grandes masas de otros hombres que no habían recibido la luz de Cristo, juntamente con el dramático rompimiento del mismo espejo llamado a reflejar el único rayo evangélico –con el surgimiento de las diversas confesiones cristianas- constriñó a la Iglesia a disolverse por aquel doble “abandono” arriba recordado, orientándola a la recuperación de su propia posición original, entre Cristo y los hombres. Sin embargo, permaneció por largo tiempo la actitud mental del papel central y único de la Iglesia en Occidente, en aquella posición de mediación, podrá encontrarse, durante toda la época moderna, más que la Iglesia en cuanto tal, la cristiandad de Occidente, es decir el resultado de aquel doble abandono realizado en los siglos del Medioevo. Es decir, la Iglesia había recobrado la propia y correcta posición, pero no aún la propia y original identidad. En consecuencia, la misión fuera de Europa, frecuentemente asimilada, si no reducida, a ciertas formas de “civilización”, mientras que al mismo tiempo, el progresivo abandono de la sociedad occidental de la matriz cristiana, suscitó prevalentemente una reacción polémica por parte de la Iglesia que veía en esta


continua perdida de influjo sobre la civilización, a la que ella había dado origen, una falla de su propia misión. Fue precisamente el persistir, hasta ser irreversible, la separación del Occidente de la propia matriz cristiana –junto el progresivo decaimiento de la centralidad y predominio occidental sobre el resto del planeta- que provocó en la Iglesia la más profunda y saludable crisis de pensamiento sobre la propia misión y por ende de la propia identidad. Tal reflexión dio los impulsos precisamente para una superación de la identidad objetivamente ya no sostenible, entre cristianismo y Occidente, para lanzarse en las dos direcciones del cruce donde originalmente había sido generada la Iglesia: por un lado, en profundidad, hacia el Cristo de siempre; y por otra, en la amplitud hacia los hombres de hoy. Así la Iglesia no solamente reencontraba el único sentido auténtico de su misión, sino lo consideraba como constitutivo de su propia identidad. He aquí, en efecto, reaparecer la imagen antigua, aquella que no solamente delinea la correcta posición de la Iglesia en relación precisamente frente a Cristo y al mundo, sino que reafirma, sea la total dependencia del rimero, sea el originario destino al segundo.. Con esto se reafirmaba el necesario desapego, en uno y otro sentido. La Iglesia no posee la luz de Cristo sino que la recibe continuamente como don; en consecuencia, no es la única sede de la luz, en la que han de ser colocados los hombres para que puedan ser iluminados, sino que constituye un reflejo que la atraviesa sin establecerse totalmente en ella (¿puede acaso la luna absorber en sí toda la luz del sol?) y sin llegar a constituirse el único medio.

*** Muchas de las experiencias históricas que hemos velozmente sobrevolado han tenido sus efectos, sobre la Iglesia, de un baño purificador, o quizá más duramente, de una enmienda correctiva. Le han permitido, en todo caso, reencontrar aquella marginalidad y transparencia que solamente le pueden permitir ser mediación entre Cristo y los hombres promoviendo el encuentro recíproco, en vez de interponerse entre ellos. En suma, la progresiva marginalización de la Iglesia, acontecida en la edad moderna y contemporánea, si se considera a la luz de su posición inicial, no debe leerse con nostalgia como un triste atardecer de la Iglesia y su misión, sino más que todo como un amanecer lleno de promesas. La conciencia de que este cambio contemporáneo ha significado, para la Iglesia y su misión, un retorno a sus orígenes y fundamento, compromete a toda la comunidad eclesial a no retroceder, sino para avanzar en este redescubrimiento. Aumentando, por un lado, la conformación a Cristo, sobre todo en el modo de colocarse frente, por el otro abriéndose progresivamente a la efectiva universalidad, en su variedad y totalidad. Así la luz de Cristo resplandecerá aún más clara y serán los hombres iluminados cada vez más con mayor profundidad. Quizá la Iglesia quedará un poco


menos al centro del mundo, pero siempre más al servicio de Cristo y del hombre, viviendo y creciendo de esta luz reflejada

Índice Siglas Introducción LA IGLESIA COMO LUNA Imagen antigua Iglesia como misión en acto Historia de la Iglesia como historia de la misión Primera fase (siglos I-IV) LUNA CRECIENTE LA IGLESIA EN EL HORIZONTE GRECO-ROMANO I. DE JERUSALEN A ROMA (Y MÁS ALLÁ). DIFUSIÓN GEOGRAFICA EN EL PRIMER SIGLO Condiciones históricas para una rápida evangelización Difusión geográfica de la primera misión cristiana Protagonistas de la misión Pablo, el gran misionero II. TRES MUNDOS EN UNO. ENCUENTRO CON LAS CULTURAS Cristianismo y judaísmo


Iglesia y ambiente romano Cristianismo y cultura griega III. DOBLE PERTENENCIA. INSERCIÓN DEL CRISTIANISMO EN LA SOCIEDAD Consistente difusión geográfica Peligro del sincretismo y la selección de los neo conversos Creciente difusión en todos los niveles de la sociedad De la persecución al reconocimiento jurídico del cristianismo y viceversa IV. ¿MISIÓN CUMPLIDA? CAMBIO DE CONSTANTINO Y TEODOSIO Nuevos horizontes geográficos y la completa organización eclesiástica Hacia el imperio cristiano Sueño hecho realidad Fallas del sistema ¿Cristianismo pagano? ¿Existe aún una misión?

Segunda fase (siglos VI-XIV) DE LUNA A SOL LA CRISTIANDAD MEDIEVAL I. LA IGLESIA EN LOS ALBORES DE UNA NUEVA CIVILIZACIÓN MISIONES A LOS PUEBLOS “BÁRBAROS” De las orillas al corazón del Imperio Aspectos generales de las misiones cristianas en la edad media La conversión de los Francos Misión a los Anglos Misiones carolingias a los pueblos germanos Cirilo y Metodio y la evangelización de los eslavos de Moravia De la conversión oficial a la cristianización II. EL MUNDO COMO IGLESIA. EUROPA CRISTIANA El insostenible dualismo La única fuente de todo poder ¿Cuál misión entonces? III. DE NUEVO SOBRE EL CAMINO RETOMA DE LA MISIÓN EN LOS SIGLOS XII-XIII Encuentro con el Islam Tentación de reconquista cristiana


De la conquista al rechazo Vuelta al Evangelio en los siglos XII y XIII Retomar y seguir el Evangelio Hacia el lejano Oriente Primeras teorías sobre la misión Tercera fase (Siglos XV-XVIII) VUELCO AL ORIENTE. NUEVAS FRONTERAS DE LA IGLESIA MODERNA I. MUNDO NUEVO Y ESQUEMAS VIEJOS. LAS “INDIAS OCCIDENTALES” SE ANEXAN A LA CRISTIANDAD Descubrimiento Conquista Evangelización Los derechos de los indios II. MÉTODOS NUEVOS PARA CULTURAS ANTIGUAS. LA MISIÓN EN ASIA Y LA FUNDACIÓN DE PROPAGANDA FIDE Líneas principales de expansión cristiana en Oriente Nuevo modelo de misión La Congregación de Propaganda fide III. NUEVAS FRONTERAS EN LA ANTIGUA EUROPA. EL INTENTO DE RECONSTRUIR LA SOCIEDAD CRISTIANA La pastoral en el Concilio de Trento Religiosidad y devociones Misiones populares Crecimiento de la secularización Nuevo y arduo campo de misión Eclipse de la misión universal Cuarta fase (Siglos XIX-XX) LUMEN GENTIUM DIMENSIÓN MUNDIAL DE LOS RETOS A LA IGLESIA I. DE POCOS PIONEROS A TODOS LOS CRISTIANOS ÉPOCA DE LA MISIÓN HERÓICA Y SU SUPERACIÓN Despertar misionero en el siglo XIX Misión y colonialismo Descubrimiento de un Continente: África Lavigerie y sus innovadores métodos misioneros Charles de Foucauld: La misión como testimonio silencioso.


Concilio Vaticano I Fermentos nuevos en las Iglesias antiguas II. DE LA INICIATIVA DEL OCCIDENTE A LA ACCIÓN DE DIOS IGLESIA Y MISIÓN EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XIX Renovación eclesial en los años 20-30 Inicios de reflexión teológica sobre la Iglesia Intensificación de la acción misionera Persistente idea de misión Primeras señales de transformación Inicios de una teología de la misión Ulterior maduración de la conciencia eclesiológica después de la segunda guerra mundial Nuevos fenómenos mundiales Crisis profunda de la misión Iglesia cada vez más universal III. TAREAS ESENCIALES PARA LA IDENTIDAD DE LA IGLESIA CONCILIO VATICANO II (1959-1963) Y EL POSCONCILIO El Concilio de la Iglesia … sobre la Iglesia Compleja recuperación de la dimensión teológica de la Iglesia Una Iglesia misionera “por naturaleza” Ulteriores cambios sobre la marcha Consecuencias para la misión Misión y Diálogo interreligioso Misión y cultura Misión y justicia Mientras exista la Iglesia existe la misión Existe la Iglesia (universal) y la Iglesia (local)

Conclusión DE LA LUZ REFLEJADA

Notas Índice de personas y lugares Bibliografía esencial


2008, Ancora

Mons. Saverio Xeres recorre el arco bimilenario de la historia cristiana viéndola desde la perspectiva de su “misión”, del anuncio de Jesús, comunicación de la fe a través del hombre a otro hombre. Precisamente porque está dedicada a reconstruir “fases y modos de crecimiento de la Iglesia en el tiempo”, el autor ha retomado para el título una metáfora lunar señalada en el comentario al Cantar de los Cantares de Santo Tomás de Aquino: “La Iglesia es bella como la luna, porque viene iluminada por la claridad de su esposo”. Esto porque, continua el autor, “el único crecimiento, que se puede considerar auténtico para la Iglesia, es aquel que corresponde al de su propia misión, es decir, a la mayor o menor capacidad de ponerse no a sí misma sino, ante todo, a Cristo luz, por la cual ella vive y llega a ser a su vez fuente de vida. Precisamente como la luna”


Saverio Xeres

2003, Ancora

Así como no puede conocerse una persona si no es a través de los hechos humanos, de la misma manera no podemos tener una idea de lo que es la Iglesia separada de su presencia histórica”. El autor parte de esta idea de fondo para conocer y comprender la Iglesia y su misión a lo largo de su devenir histórico; desde los primeros testigos hasta el día de hoy la Iglesia ha cambiado, ha atravesado momentos de oscuridad y períodos brillantes en los cuales las señales de crisis frecuentemente han llegado a ser los gérmenes de una evolución sucesiva. Los eslabones principales de esta evolución son identificados por el autor que divide la historia en grandes “cuadros de arco del tiempo”: El crecimiento del primer milenio, la crisis al fin de la edad media, el inicio de la Iglesia Moderna, el paso dela Iglesia Tridentina al Vaticano II.


2011, Ancora

Existe una sensación compartida, de estos tiempos, en nuestras comunidades cristianas: una sensación de pesadez, como si faltase el aire para respirar. De una Iglesia afanada y dedicada sobre todo a la actividad al grado de tener la “respiración corta”. Frecuentemente se atribuye el principio de todo esto a la transformación marcada por el Concilio Vaticano II, pero esta tesis no se puede justificar. Si existió un momento en el que la respiración de la Iglesia se hizo amplia, fue precisamente ese: recuperando la olvidada profundidad de la Escritura y de la Tradición, reactivando la unión con las demás iglesias cristianas, abriendo las ventanas hacia un mundo en cambio. Se había llegado, en suma, a respirar a pleno pulmón, utilizando los múltiples recursos que el Espiritu pone a disposición del Cuerpo de Cristo. Posteriormente, por una serie de motivos que, al menos en parte, se buscan identificar y documentar, se tuvo quizá temor de osar demasiado, asustados, como el apóstol Pedro, por un viento que soplaba fuertemente. Y así se ha conformado a un pequeño barco, en un tranquilo vaivén entre una orilla y otra. Sin embargo, el viento sigue soplando aún.

2009, Qiqajon En la íntima constitución de la iglesia existe una exigencia continua de renovación. La Palabra de Dios que cada día la alimenta, la impulsa en esta dinámica positiva, vital, de reforma. El mismo cambio, en el transcurso de los siglos, ha sido necesario aún por el mismo hecho de la presencia de inevitables aspectos de decadencia que fueron sobrepuestos a la frescura original de la Iglesia. La obra ofrece una antología de textos, de los principales llamados a la reforma lanzados repetidamente en el curso del segundo milenio de la historia de la Iglesia en Occidente. Allí figuran sean los exponentes católicos, como algunos de los protagonistas de las Reformas evangélicas, hasta llegar a los


documentos del Concilio Vaticano II, en los que se expresa con claridad que el proceso de reforma podrá tener pleno desarrollo solamente en la búsqueda común de fidelidad al Evangelio compartida con todas las Iglesias. Selección antológica con la colaboración de Mathías Wirz.

2007, Ancora

Il libro è concepito sulla falsariga degli altri quattro già in collana, dedicati alle figure di Enrico Chiavacci, Severino Dianich, Rinaldo Falsini, Luigi Sartori. Si tratta cioè di un colloquio fra un intervistatore competente e un testimone autorevole di una fase decisiva per la storia della Chiesa, quella cioè che ruota attorno all'evento del Concilio Vaticano II (1962-1965). Il testo ripercorre così la vicenda personale di don Maggioni intrecciandola con la ricostruzione dell'ambiente teologico ed ecclesiale in cui si forma il giovane prete e studioso di scienze bibliche, caratterizzato da nuovi fermenti di pensiero e difficoltà con le autorità ecclesiastiche. Nel colloquio-intervista si ricostruisce così tutto il lavoro del postConcilio, fino ai giorni nostri, che ha visto don Maggioni fra i protagonisti più significativi proprio per la sua capacità di usare per la spiegazione della Bibbia - sia nei libri sia nella predicazione - un linguaggio semplice, ma mai banale e fondato su una preparazione scientifica di alto livello.

2010, Vita e pensiero L'atteggiamento di papa Pio XII nei confronti del genocidio nazista del popolo ebraico ha dato origine a un vasto e complesso dibattito che ha superato l'ambito propriamente storiografico, per coinvolgere ampia parte dell'opinione pubblica. Era il papa a conoscenza di quanto stava avvenendo nei campi di concentramento? Ha denunciato pubblicamente lo sterminio in atto? Sul tragico sfondo della Seconda guerra mondiale, un pontefice di indubbia levatura morale e intellettuale, nonché dotato di grande esperienza diplomatica, come Eugenio Pacelli, si trova di fronte a un angoscioso dilemma: denunciare apertamente,


come molti chiedevano, lo sterminio degli Ebrei, anche a rischio di aggravarne ulteriormente la sorte, o evitare un intervento pubblico, senza tralasciare di soccorrere nel silenzio e generosamente i perseguitati? Quando le situazioni concrete si fanno complesse, diventa inevitabile, anche per un papa, compiere una scelta che difficilmente potrĂ  raccogliere il consenso di tutti. Una scelta comunque legittima, operata secondo il proprio discernimento, pur nella prospettiva di alternative altrettanto plausibili.


Claro de Luna- Saverio Xeres