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QUEMA, GOLPEA, VIVE, ASUME, GRITA, ARROJA


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“Solo entonces se dieron cuenta que del otro lado no vino un solo disparo” Heinrich Boll. ¿Dónde estabas, Adán?

cismos con que nos quieren vender el arte para hacernos sentir estúpidos, que mil máquinas no harán jamás una flor. En este número la vitalidad se propala por las piernas heladas de un travesti, toma por asalto los ómnibus con la voz hecha pedazos pero con el sueño firme, fijo en el horizonte, recuerda la adolescencia, va en busca del tiempo perdido, grita. De este modo tendemos la mano para que la vida surja en medio del tedio y para que la incertidumbre de un sistema cultural que beneficia a muy pocos y relega a cientos de miles que sueñan sepa que mientras haya entusiasmo habrá esperanza para el talento. Sabemos que un puente no se sostiene de un solo lado, por eso te invitamos a compartir esta urgencia. No basta abrir los ojos. Como en el amor, más que los juramentos, hace falta estirar la mano y tocar.

Hemos sido convocados nuevamente -por nuestras dudas- a formar parte de la revista vital Tajo. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así. La vitalidad debe ser entendida como una espada afilada contra cualquier manifestación de apatía. La apatía más incandescente habita dentro de nosotros mismos: a ella le declaramos la guerra. La poesía debe ser refrescada, asumida con vitalidad y seriedad. La seriedad no significa cerrar puertas en recitales para que solo estén presentes los “inteligentes”. No. La seriedad está en compartir la vida original, la que se respira bajo los puentes, en los pasajes ocultos donde no llegan las sirenas de los policías, en los dolores y el júbilo humano, para ser sacudida con sutileza y realismo, con espanto y con amor. La calle, la garganta de donde proviene nuestro grito, debe ser entendida no solamente como cemento y smog, sino como las miles de arterias que corren dentro de nosotros, bajo el resplandor por donde transitan la experiencia, los tropiezos y los abrazos, garabateada como una cicatriz junto al corazón. Y sin duda esto puede ser un error, un camino equivocado que hemos decidido asumir con valentía, sabiendo, ­como diría Hegel en un hermoso aforismo tratando de explicar el mundo y sus dudas (las mismas dudas que nos convocan hoy), que: “Hay que tener el valor de equivocarse”. Tajo invita, asume, respira, canta sobre las luces de neón, en la incertidumbre de una hora zero visita las cloacas, silba, repudia todo acto de egoísmo y propone: un compromiso que asimile a los humildes, como nosotros, con los bolsillos repletos de sueños, un pueblo pobre que asoma por los vidrios de las librerías, un pueblo sin piernas pero que camina, con los ojos aguados, al filo de las lágrimas porque en la pomposa Feria del Libro Peruano un libro de Ribeyro cuesta 130 soles, y es entonces cuando hay que abrir bien los ojos y levantar la guardia: no podemos confundir lo útil con lo verdadero. Porque hay un pueblo –miles de muchachos anónimos caminando al lado de carros piernas y puentes– que ve languidecer sus expectativas en las salas más “recomendadas” de arte y cultura pues allí las ponencias literarias son, en su mayoría, endebles y frívolas, repletas de palabras que nadie entiende, incapaces de desbaratar la tristeza; porque, ¡carajo!, se prohíbe estar triste. Sin embargo, un corazón humilde siempre sabe, aunque no reconozca los tecni-

Los Tajos

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ME LLAMO SUDOR (Fragmento)

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…ante Todo padre madre de familia señorita joven estudiante disculpen por infectar su lindo viaje pero es que no no puedo más esta ciudad esta hemorragia me aúlla desde no sé dónde me endurece el riñón me pudre y como huayco me hace parar frente a ustedes con esta garganta rastrillando el aire con todo el polvo que tragué pa salir de mi madre con este poema humilde y honrado a pedirles un bastón a pedirles un apoyo una mañana que no me destripe los ojos una palabra de fuertes brazos y sobre todo algo pa mis hijos señores pasajeros tenía seis me acuerdo uno se me ha muerto al otro me lo mataron y más pa qué te cuento ahora sólo hay tres de nuevo y viene otro aplastado por la misma estera en el mismo arenal que se puso nombre de santo a ver si dios le voltea la cara más seguido que se bendice a sí mismo se confiesa consigo se da sus propias limosnas a ver si el cielo deja de ser una espalda a ver si este óxido suelta mi fe y mi rodilla suelta esa ventana tuya amigo pero no me ignores no vengo con las palabras vacías no aquí justo aquí en esta bolsa traigo más historias bañadas en chocolate almendras y mi sed rabiosa pa testimoniarte sobre algo algo que nos amenaza por detrás a todos jadea desnudo y casero vacío y estrecho yo le llamo Sudor el resto le llama pobreza y te jala de los pies te dice hasta aquí llegaste despídete de tu voz camina chueco ponte ojos de anémico y anda corre vuela y entra en esa custer huyendo agárrate como puedas náufrago mira al frente sin frente y diles que eres ex presidiario si tienes la cara diles que no tienes padre ni madre si eres flaco diles que llevas medio pulmón medio páncreas diles que llevas todo el sida que se pueden imaginar o diles como yo que tienes tres o cuatro hijos porque nadie te va a creer que tienes ocho nueve diez debes decir un pan a la mesa de mi hogar aunque no sepas lo que es un pan aunque no tengas mesa ni mucho menos un hogar no les digas que son caramelos salvándote el día no diles que son ricos productos golosinarios sabor a limón Producto Peruano elaborados por la fábrica Emergencia aquí Emergencia porque también vengo del Más Allá que te duele

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vengo de Ancash Loreto Cajamarca Piura Cuzco soy de Puno Amazonas Pasco Andahuaylas soy de Ayacucho quiero juntar algo pa mi sonrisa y mi pasaje mi piel de granito y de cara a la asfixia porque aquí en Lima todos muerden Todo muerde mira no más por tu ventana señor pasajero mira a tu costado el hambre no te miento recuerda cuántas veces preferiste ser esa botella aplastada rueda tras rueda sin razón o esa bolsa negra que arrastra el viento por la pista por el sueño sin que no le duela nada sea lo que sea amigo sea lo que sea amiga menos algo que debe levantarse inocente por la mañana mañanas en que todo apesta todo está parido por la Gran Mosca mañanas en que rendido dices no por favor no a mí ya no y de todas formas te abren al ombligo te jalan del intestino te enrollan a un mazo y dale contra esta vereda dale sobre esta reja dale con estas horas extras en las nalgas dale con esta realidad en la espalda mañanas en que dios no te da un sombrero sino un ataúd mañanas en que te empujan y te la empujan más y más hasta atravesarte los hijos los nietos de los nietos los amigos los cuñaos las comadres que no bendicen y con todos ellos a moverte sin quejarte sin gritar o serás arrastrado por este sangrado de carajos y pólvora sin orillas sin un todo saldrá bien porque de aquí no sale nadie y porque nadie tiene el sudor comprado señorita joven estudiante esto repito es un poema humilde y sobre todo honrado viejo y filoso de tierra y flema cachuelero pa lanzarte el himno de mis huesos no tendré más bandera que mi cadáver pero tampoco tengo en cuatro patas el alma soy este brazo escarbando de arriba abajo este pecho de lata esta mano callosa espantando a los zancudos del corazón de mis hijos somos plaga y paisaje somos muchachos provincianos nos levantamos muy temprano para ir con mis hermanos a trabajar a quitarle trozos de oxígeno a este cielo que más parece abismo y soy como ustedes a las justas un hombre un pasajero más de esta hambre sin paradero y esta tarjeta gimiéndote soy sordo soy mudo soy ciego soy peruano porque tengo a la mitad de mi madre en el hospital Dos de Mayo tengo a papá en el Lurigancho abrigado sólo por una cuchara comiendo barrotes que no bailan y tengo a mi hermanita ganándose los frijoles de noche usando los tacos que tanto odia con hombres a los que no debo mirar papá dijo es cosa de grandes mamá no dijo nada…

*Antonio Chumbile (Perú): Nació en 1990, sin llorar. Cursó con las justas el quinto año de Literatura en la UNFV. Forma parte del comité organizador de CAELIT. Pronto publicará su poemario Ámese quien pueda! Sólo le falta una editorial y un huevo de plata. Es que no le tienen paciencia. Cualquier apoyo moral o mentada de madre al correo JACK_8338@hotmail.com

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1. El día que perdí la inocencia mis ojos no dejaron de sonreír. El día que perdí la inocencia aprendí a hablar con las piernas. El día que perdí la inocencia empecé a ver, oh Dios bello, una ciudad de vírgenes listas a pervertir. Porque Dios a veces tiene una fina barba con tórax ancho. Y otras, unos muslos dibujados una cintura fina, fina, fina un par de tetas duras cuando las tocas suaves cuando les haces el amor.

2. Triste, triste, triste Como una botella vacía Triste, triste, triste Como una boca sedienta Dios, cómo le dueles a mi pecho Cómo empujas mi corazón a la pista. Cómo cosquilleas las plantas de mis pies, para ir a buscarte Y en cambio, triste flaca y desgarbada yo cierro mis ojos, a tus ojos. Y me quedo en cualquier esquina del mundo.

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Tamara (Roberto Bermúdez)

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Tamara es un travesti de 19 años que camina por Lima ofreciendo su cuerpo en los alrededores de la plaza Dos de Mayo. Acaba de contraer tuberculosis y sabe que morirá pronto. Llegó desde Jaén durante el gobierno de Alan García y jura que el estado nunca ha hecho nada por ella. Su vida han sido las calles, las caricias furtivas de un empedernido solitario, los pasajes ocultos donde no llegan los perros policías. No tiene D.N.I y ese ha sido el motivo por el que no han podido abrirle un historial en la posta médica de su jurisdicción. La soledad se ha apoderado de su esquina, pero pasará pronto; Tamara sabe que vendrá otro cuerpo a remplazarla. Y entonces, poco a poco se hablará menos de ella. Dirán que fumaba mucho y que los zapatos que usaba le dejaban unos juanetes enormes. Y su dolor se irá de boca en boca hasta estrellarse con la noche, lejos, convertido en una bocanada de olvido. Yo la he visto, sentada en una banca, otra vez sola, mirando hacia el parque universitario, y me ha dicho que su sueño es conocer el Cuzco. Pero en las tardes, con el sol de marzo han llegado los vómitos, los dolores insoportables y la fiebre. Por eso, hace dos noches que no ha asomado su delgada figura por la calle donde trabaja y basta observar el rostro de sus compañeras para saber lo que sucede: Tamara no volverá, la lluvia ahuyentará sus pasos, sus ojos pintados ya no relucirán bajo la luz de un aviso luminoso. Pero está bien, Tamara, no más ese dolor en las piernas, ni las angustias en las comisarías donde se aprovechaban de ti, adiós al viento helado de la madrugada. Hoy no ha venido a pararse nadie en la esquina. Su nombre está garabateado en el muro donde recostaba su blue jean. Es como si en esa calle le hubieran declarado la guerra a la muerte.

Poemas 1 y 2 — Consuelo Solís (Perú): Poeta de 21 añitos. Estudia Periodismo en la Bausate. Incondicional a Bryce, Almodovar y Fito. (consolis@hotmail.com)

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Me da pena que la gente crezca (Julio Barco) Arrastro las noches en las hilachas de mis jeans Llevo días sin bañarme. He sido gris Animalito gris Sucia noche vas debajo de mi cuerpo No tienes idea de que me importas Tanto como los chanchitos de tierra

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Mis zapatos son voz en la noche Son hombres solos y corro corro, corro Escribo con dos dedos

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No me gusta que le digan garúa a esas gotitas, a la pichi de Dios Odio los refrigeradores, el televisor El amor en bolsita con peces de colores Arrastro las noches en las hilachas de mis jeans Las ensucio Las colecciono en mis cajas de cigarros Las tiro a la basura junto a mis libros de Rubén Darío Odio leer Quiero incendiar el colegio Una vez me masturbé y sentí rayos eléctricos Doy calle a la tristeza, me gusta el viento fresco Y corro, corro corro (y me la corro)

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Tengo el pelo largo y el pene corto como una regla de mil centímetros Te encuentro Con los besos y el sabor a pucho de veinte céntimos, de mentol Te beso

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Somos dos al final del colegio Estiro los brazos contra el muro Te amo-tino te recontra-amo Y muere el recreo Somos dos media hora más Tenemos lo que no hay en nuestros exámenes en las carpetas. Lo que existe en los ojos En las líneas de las manos

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Mañana tendré que cortarme el pelo O aprender a tocar guitarra. Me gusta el rock Los boleros de memoria. Canto en la ducha. Y cuando tu encuentro es una vereda Voy de prisa, debajo de mis zapatos Corro Corro, corro Los muchachos se encuentran yo te encuentro y caminamos por la noche y somos la noche abriéndose en nuestros zapatos

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LIMA, toma I (Roberto Bermúdez)

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Porque no queda más remedio que andar por estas calles inundadas de letreros luminosos que se me pegan al cuerpo como garfios yo camino para poner mi palabra sobre tu pecho mojado por la angustia de no querer parecerte más a las chicas de tu tiempo y olvidar el estruendo del chicle que revienta en un conjuro de miserias y temblores las sicodélicas luces de la calle ocho han aparecido sobre la pista mojada te persiguen y corres asustada de ti misma huyendo de ese miedo que reclama como premio tu cabeza alborotada de rizos que han crecido con las hojas del parque al compás de mis pasos por los billares cerca a la plaza Italia y tienes los ojos cansados para siempre tus ojos cansados para siempre de escuchar a Nubeluz en la televisión olvidar es la consigna no puedes y ves en el paradero de Ocoña a la pobreza aniquilada en la voz de un vendedor de dulces y perdóname que siga hacia la casa de la literatura sin mirarte porque yo no tengo plata para instalarme en el Cordano a escribirte de la lluvia y contarte que los cachacos que vigilan el palacio de gobierno no son hombres de cera ni siquiera de cera que ellos llevan la luz de la tarde junto a los ojos ahora mi risa se ha confundido en las canciones de Magneto con tu voz seductoramente terca mis brazos son una noche sin salida sobre tu piel y después de amarnos somos solamente un pedazo de espasmo que no lucha siquiera por desaparecer de Lima la hija predilecta de las putas y has vuelto hasta esta calle para descubrir en los semáforos el amor ese amor que no encontraron las metáforas brillantes de los poemas que te hicieron leer en el colegio Monserrate ni en las canciones que se pusieron de moda en el año dos mil en tu cuarto hay un poster que te mira sorprendido y odiaste la poesía sin saber que en un país devastado por las coimas en un mundo devastado por el tráfico ilícito de drogas Francisco Pizarro no es un héroe sino un hijo de puta y a ti te buscan princesa a ti te buscaban tú eres el tesoro del sur te buscan como una palabra afilada bajo la lengua de mi generación sumisamente estúpida a mi generación nada le duele la muerte es una esfera lejana que no conoce el amor pero nada importa porque has venido a contarme que el embarazo es una rutina de náuseas en tu almohada corren ríos de sangre los sueños depositados en ella se han hecho carne sobre los muros del comedor popular donde revientan mis dedos mientras hago un grafiti con todos los colores que conozco acompañado por la noche (para que aquellos que no te conocen conozcan el amor) y su frescura y su relumbre los exalte como un piano vibrante mi mano está marcada en el vidrio de un auto que me aleja del centro y hay que irse porque ha comenzado a llover sobre los anuncios luminosos destellan con más fuerza mis pupilas mis sueños son una tarde sin regreso un tajo en el corazón de esta ciudad.

Estación Stone (Frank Alexander Torres*)

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No quiero desperdiciar palabras y crear un poema abigarrado; quiero que sea sencillo, quiero darle forma, instinto, como un felino que ataca y busca la carne, la sangre, el pudor. Quiero meterle un poco de marihuana y que se quede Stone, vuele a otros mundos, sea mi amigo, mi corresponsal espacial y luego regrese a la Tierra con nuevas imágenes, sensaciones, experiencias y expresión de grito y rabia en la estación de la palabra.

Thriller (Eduardo Borjas) Y nos amamos en un edificio vacío cada noche / Afuera, la ciudad desierta El lubricante de sus raíces buscando el centro de la tierra / Tú gemías y era el dolor una mueca sucia en nuestros bolsillos / Sólo todo el amor derramado nos vería llorar desde el piso

*Frank Alexander Torres Vela: Es un estudiante de Periodismo algo inadaptado, y odia a sus compañeros de estudio por cucufatos. (frank_0718@hotmail.com)

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Un poema ligero, deseoso y escrito con La buena vida (Omar Lívano) A veces espero desastroso la llegada de una muchacha de carácter indomable que se permita un tiempo para ver correr a los niños en el parque que me pida que la acompañe en una partida de monopolio que ella sea el banco y me deje tirar los dados primero y que si caigo en alguna de sus propiedades me perdone la deuda pero que nunca me deje jugando solo, que no use medias en verano y que escriba su nombre sin poner corazones en los lados, y sus ojos pueden ser verdes, azules o negros o qué importa si tiene más de dos pero es fundamental: debe ver la vida en todos los colores, que asome sus narices a mis conflictos con la tranquilidad de un gato, y que -si gusta- se detenga a beber agua del grifo, que aderece con pocos condimentos y que no me diga: ¡NO!, cuando me ofrezca para picar la cebolla y que me auxilie cuando ésta me haga llorar, no espero que sea virgen y menos virginal tampoco que me cuente de todos sus amantes y que de atreverse, que sepa que no le permitiré otro gesto, que no sea la felicidad que vea toda la televisión que quiera, pero que me acompañe a jugar que salte sobre la cama y no me abrace, sobre todo que no me abrace, aunque llegue navidad que sea revolucionaria cuando le convenga y que sepa más de amor que de Marx que guste o disguste del cine pero que nunca se niegue a probar mi canchita con azúcar que cueste lo que le cueste ahuyente los mosquitos —hasta con mis libros, hasta con mi ropa, hasta con mi propio cuerpo— pero que por ningún motivo, se deje picar, que, en la playa use bikini, así pese más de 60 kilos y que soporte verme desnudo que me mire cuando desee o cuando le dé la gana pero que no voltee a verme cuando yo la esté mirando. A veces la espero y en esa espera cambio las sábanas por unas menos tristes escondo mi ropa sucia, abro de par en par las ventanas y le doy prioridades a la luz así la espero, con aquella canción de La buena vida: Después de todos y por precaución escondo un CD de Sabina y poemas de Sabines bajo la almohada no espero que le guste leer porque leer es morir y menos que escriba porque escribir es buscar la muerte sufriendo yo sólo espero que llegue a tiempo o que simplemente llegue.

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Al rincón quita pasión Por Omar Livano

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“Necesitamos un amigo antes que un profe”. Yamyle: estudiante de secundaria “Es una cárcel, el colegio es una cárcel” Tomás: compañero de Yamyle

Las cosas en el cole —que yo recuerde— nunca estuvieron bien. Para entender eso no necesitamos estadísticas internacionales. Lo académico —que es también importante— acapara toda la atención. Todos los flashes. Se está olvidando, o ya se olvidó, que educar no sólo es inyectar conocimientos teóricos (que cada día sirven menos) o prácticos, sino que también es propiciar las condiciones adecuadas para el desarrollo emocional. Y esto último puede que sea más trascendental. “Corazones: no solo cabezas en la escuela”, titula uno de los libros de Alexander Neill (Escocia 1883), que sentencia las bases para un revolucionario sistema pedagógico —que de “sistema” tiene muy poco— y que lleva a la praxis en Summerhill School. Neill ve en la Inglaterra de los años 20 una sociedad enferma, neurótica. Una sociedad castrada por un sistema que educa con valores gastados e hipócritas y sin actitud crítica. Situación que, viéndola bien, no dista mucho de nuestra realidad. “Nos tiramos la pera porque el colegio aburre, los profes aburren”, dice un muchacho de 14 años. Cuando al chico le extirpan la libertad, y solo le quedan los deberes y la seriedad, entonces el tedio aparece. Y por si fuera poco, tratan de hacerlo todo más vertical e inútil. Prefieren tenerlos con uniforme y cabello corto, antes que nutridos y cómodos. Los muchachos respetan más una bandera que la autonomía o la integridad de un compañero (bulling). “La violencia es una respuesta a la represión y al odio, y el odio a su vez sólo puede generar más odio”. Aparte, se le vende a los padres la idea de que valores surgidos en esta “nueva sociedad” (la disciplina, la competencia, el poder), son las piezas clave para el éxito. Y lo más curioso es que existan quienes pagan mensualmente por este servicio. “En las escuelas normales hay estudiantes indiferentes y que a fuerza de disciplina y con dificultades pasan a los estudios universitarios, para llegar a ser profesores sin imaginación, médicos mediocres, que podrían haber sido buenos mecánicos”, nos dice Neill. ¿A qué se debe este frenesí por la universidad? Estamos, acaso, alimentando egos individuales

y de supuesta superioridad (“tienes que ser alguien en la vida”), dejando de lado el servicio social y la investigación, totalmente desinteresados, que simbolizaron en algún momento la universidad. Colegios pre-universitarios —en su mayoría— cuyo único objetivo es ubicar a unos cuantos alumnos en los primeros puestos de alguna universidad nacional para luego exhibir, orondos, una gigantografía de éxitos 2012. ÉXITOS. Así los llaman. Mercancía para exhibir. El camino para extirpar este cáncer —como lo dijo Neill, en su momento— es la libertad y el amor. La búsqueda sana y consciente de la autonomía del individuo, que no se aleja de la solidaridad y la tolerancia. Se necesita formar hombres que se formen a sí mismos. No títeres que sólo reflejan frustraciones y complejos de sus maestros: “El que es egoísta con las personas no puede ser profesor”. De este encuentro con la personalidad, que no es más que la alineación de las experiencias, surge el hombre libre, crítico y sobre todo feliz. La educación es un problema más engranado al resto de problemas que imperan en nuestra sociedad. Un problema que ha sido tocado con pinzas y del que sólo hemos querido ver las notas en los exámenes, dejando de lado el corazón, o peor aún, dañándolo. Pensar en Summerhill en la actualidad puede parecer un disparate (A pesar de que colegios como Los Reyes Rojos — conducidos por esta pedagogía libertaria— funcionan con tranquilidad y buenos resultados). Pero lo que complica la difusión de este sistema en otras instituciones son básicamente dos cosas: Primero, el gasto elevado que generan y segundo, la mentalidad mojigata de algunos padres, que de seguro creerán que un sistema tan permisible sólo puede engendrar desorden mental y libertinaje. Totalmente falso, ya que la libertad limitada en la integridad de los demás —está demostrado— genera hombres creativos, decididos, confiados, independientes y, por sobre todo, pasionales. Dicen que a este país le falta tolerancia, es decir respeto, y solamente el amor y el miedo lo generan. Ya probamos con lo segundo y ha servido de muy poco. Quizá llegó el momento de intentarlo de otra manera. 

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Sobre el charlatán (parte I) Por Antonio Chumbile Los charlatanes tienen muchos libros publicados de poesía, narrativa y sobre todo crítica literaria. El siguiente análisis se ocupa de aquellos que recién buscan reconocimiento en revistas, conferencias, debates, clases, recitales, pasillos y/o bares. Para aniquilar el virus, primero hay que estudiarlo.

No lo niegues: debe ser uno de tus mejores amigos. Ya lo habrás visto en toda su pose: con sus lentes de marcos gruesos, su mirada inteligentísima, sus libros calienta sobacos (1), sus interminables citas, su barbita bequeriana, etc y etc… De seguro paras con él porque te presta libros, te da risa, te pone las chelas o porque tiene “buenos contactos”. O de repente, como la gran mayoría, tú SÍ le crees y no lo consideras un charlatán sino un genio. Es en este caso en que me es urgente soltar todo este rollo en contra de esta lacra que tanto daño le hace a nuestra literatura, aunque muchos (charlatanes) lo nieguen. Los hay de dos tipos: el moderno y el posmoderno. En esta columna me centraré en la figura del primero, no sin antes mencionar algunos rasgos generales del segundo. El charlatán posmoderno es el “transgresor” superficial, ese que se la pinta de rebelde, inculto y medio loco. Disfruta mostrarse extravagante. Suele juntar en un solo discurso a Kant y a Melcochita, solo por el afán de llamar la atención, sin ningún fundamento real. Antes que plantear verdaderas propuestas prefiere construirse una imagen como “intelectual atrevido”, “irreverente”. Para esto es que busca generar ciertos escándalos inofensivos en la academia, es decir, controversias sin consecuencias concretas, excepto las de entretener, engañar y ganar algo de fama. Esta clase de charlatán, claro, es de producción reciente. Reconocerlo, en estos tiempos, en que los temas superficiales invaden como una epidemia todas las disciplinas, resulta cada vez más difícil. Ahora sí, vámonos de frente a la mierda: el charlatán moderno. Sobre él, se suele decir que es ése del saquito, el del peinadito fino, con la pose de ser muy importante y de andar siempre muy ocupado… Pero estos rasgos son generales. Veámoslo por dentro… el núcleo de su forma de ser radica en su personalismo: le es casi imposible separar al sujeto de la idea. Así es que sus manías o tácticas se dividen según sobre qué persona esté tratando: un autor, su oponente o él mismo. A ver, vamos por orden:

historia, el canon, y de yapa, cómo no, varios datos caletas para impresionar al público. Luego de escucharlo, uno tiene la impresión de haber visitado toda una enciclopedia meramente informativa (en muchos casos sólo una wikipedia), mas no una nueva propuesta de lectura. Mediante este “biografismo”(2) también se encarga (sobre todo en presentaciones de libros y en citas de bar) de construir cierta “aura” alrededor de todo escritor que le caiga bien. De este modo logra disfrazar a los escritores regulares como ‘legendarios’, y a los mediocres como ‘interesantes’. Además, ya que el charlatán y el ayayero suelen estar en la misma persona, toda esta información también le es muy útil para acercarse a los más viejos, a las ‘vacas sagradas’. El charlatán les cae de lo más bien, no sólo cuando les hecha flores y más flores sobre sus logros, sino también cuando raja de otras vacas sagradas del medio y les suelta los últimos chismes de la farándula literaria. Muchos de estos especímenes, usando estos medios, logran alcanzar ciertos rangos importantes -incluso maestrías, doctorados-. No te dejes engañar. Que no te importe si es el último producto importado desde la universidad de Harvard o de Oxford. Sólo fíjate en su discurso. No seas como él: despersonaliza la cuestión. No te centres en el quién lo dice (el sujeto) sino el qué propone (la idea). 02. El charlatán tiene muchas artimañas para dar la impresión de que ha ganado un debate. En realidad eso es lo único que le importa: la impresión que se lleve el público sobre su figura. Como ya dimos a entender, las ideas, para él, sólo son un medio. Sus fines últimos están enfocados en su imagen, su reputación. De aquí es que nunca le guste estarse callado ni mucho menos ser opacado por otro charlatán en algún debate (menos por un “don nadie”). En cada discurso sobre el tema que sea, siempre encontrará la forma de hablar sobre “su persona”, sobre “su integridad”. En un debate promocionará los (falsos) aciertos de su pasado para contrastarlos con las faltas de su oponente. En este camino también resulta lógico que suela atacar a sus adversarios diciendo “tú no leíste tal libro” (3), “tú no aprobaste tal curso”. “tú eres muy chibolo”, etc. Así logra pasar de una confrontación de ideas a una comparación de trayectorias, y aquí, claro, tiene todas las de ganar, pues como ya dijimos, el charlatán, antes que profundizar en su ideología, cuida celosamente su imagen, su currículum. Esta comparación de trayectorias es una de sus trampas más

01. El charlatán carece de ideas propias. Siempre parafrasea lo que antes ha dicho otro o lo que dice la crítica en general. Muchas veces, cuando tiene muy poco que decir sobre una obra, lo que le queda es hablar sobre el autor. Así es que llena su discurso contándonos una larga y minuciosa biografía, salpicada de fechas importantes, editoriales en que publicó, muchas anécdotas (que por supuesto sabe contar), chismes, sobre la posición del autor en la

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03. Otra pendejada suya al momento de un enfrentamiento consiste en decir que tú has dicho cosas que en realidad no dijiste. Le es casi un vicio poner palabras en la boca de los demás. Él cambia tu discurso a su conveniencia para luego refutarte fácilmente. Para esto, también le es de infinita ayuda su alta capacidad para fabricar ESTEREOTIPOS. Encasilla en un molde fijo a sus oponentes para luego citar ideas generales que estén en contra de ese molde común, esa postura trillada, ya sea literaria, política, filosófica o moral. Pooor ejeeemplo… si en un debate resaltas muchas cualidades de José María Arguedas frente a ciertas carencias de Mario Vargas Llosa, el charlatán de inmediato te encasillará en el bando de los más ortodoxos socialistas, o de los “resentidos sociales”, esos que defienden “el arte al servicio de una doctrina” “sin ningún tipo de consideración por la técnica o el estilo” y bla, bla. Claro, tú no has dicho esto, tú no eres así, pero el charlatán hará parecer a los demás que sí. Como paso siguiente, lo que hará es realizar citas trilladas para refutar tu supuesta posición trillada y así él quedará frente al público como el más sensato. Aquí también mucho cuidado. Así como un buen charlatán es muy hábil disfrazando sus ideas generales como ideas novedosas, también lo es disfrazando tus ideas originales como ideas trilladas. Y esto siempre con el mismo objetivo: arrastrarte a esos jodidos pozos que son los estereotipos.

… y así, hasta poder coronarse como el “genio” de tu salón, el más bravo de tu collera o el líder de tu grupito de poetoides malditos. Para él suele ser una santa ley ser popular. Él cree que a más variados reconocimientos reciba, a más firme sea su reputación, más verdaderas y nuevas sonarán sus divagaciones y parafraseos. Lamentablemente para muchos es así. 06. Pero como ahora sólo nos referimos al charlatán con el que sueles huevear, dejaremos de lado al charlatán reconocido y para seguir hablando sobre el que todavía busca reconocimiento. A éste le gusta mucho también asumir un rol paternal. Si dices algo imprudente delante de él o cometes algún error, este charlatán lo usará de todas las formas posibles para dominarte. Él no deja pasar ninguna oportunidad. Primero hará un enorme discurso sobre el insignificante desliz que has cometido (acabándote la paciencia y diciendo “déjame terminar, déjame terminar”) y luego pasará, con todo el descaro posible, a darte varios consejos y a brindarte toda una lista recomendaciones obvias con el único fin de mostrarse superior. Siempre busca causar admiración o miedo. Yo te digo: no le temas. No le envidies. No lo odies. Sólo menosprécialo. Ten en cuenta que sólo tiene la lengua más desarrollada que el cerebro. Ocúpate fríamente de desnudarlo esquivando las tácticas que suele usar. Por ejemplo, él puede un día querer agarrarte frío y preguntarte sobre qué autores de Luxemburgo pertenecientes al siglo XVIII has leído, sólo por joder. Ahí puedes inventarle con toda convicción un nombre cualquiera. Un nombre que suene bastante rimbombante, para que le guste más. Uno como Anderson Wenerbarten de la Jijunagrandísima. Lo más seguro es que él te diga “ah, sí, algo he leído sobre ése”, y ahí lo jodes diciendo “por las puras charlatán, ese nombre es tan falso como tu vida”. A veces funciona, y es todo un placer.

04. Otra de las suyas en debate: las bromas. Cuando se ve acorralado por tus críticas le servirá como buen paracaídas lanzarse por ahí algún chiste. Con esto logra varias cosas a la vez: primero, rompe la tensión en el ambiente; segundo, hace reír al público y con esto logra caerles bien, parecer el más chévere; y tercero, de forma algo sutil, logra restarle importancia a tus críticas. Esta también es una de sus tácticas más usadas. Es natural que quien no tiene con qué defenderse termine huyendo. Sólo un público categóricamente immmbéecil podría dejarse engañar o distraer por estos medios. O mucho peor (diosito nos salve!): un público de charlatanes.

Pero tampoco seamos conchudos. Definitivamente, todos tenemos algunos rasgos de esta alimaña en nuestro interior, consciente o inconscientemente. Espero que con este escrito haya contribuido en algo a reconocerlo mejor, pa mocharlo de tu vida y a ver si así se hacen más comunes los verdaderos intelectuales, aquellos que producen verdaderos aportes intelectuales bajo un firme compromiso ético. Basta de mentiras no literarias. 

05. Como ya ves, un charlatán debe saberse -a la mala- todas las de Cicerón. La oratoria malintencionada es su falso escudo y disfraz. Con ella, de diversos modos, le encanta sumar a “su integridad”, a “su persona”, los mejores adjetivos: estudioso, aplicado, ingenioso, divertido e incluso chelero, gilero,

Í (1) Dícese del libro que para más tiempo cerrado bajo la axila que abierto sobre un escritorio. (2)Ojo con las comillas. No estoy en contra de aquellos que se nutran de la biografía de un autor para rastrear mejor las propuestas de sus libros. Lo malo (y triste) es sólo fundamentarse sobre ésta. 3) Para que en esto un charlatán se luzca del todo, nada mejor que saberse autores y obras caletas del medio. Poco importa si son malos o buenos. Lo fundamental es que sólo él los conozca.

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Homenaje: El poeta que nos merecemos Por Omar Livano

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El poeta que nos merecemos ¿Y por qué nos miraron así?

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que recorre a través de su obra y, ¿por qué no?, también de su vida.

En un programa de radio algunos de nosotros pretendimos ser sinceros y postulamos que el mejor poeta peruano era Juan Ramírez Ruiz. De inmediato fuimos tildados como locos o ignorantes. Los primeros que dieron el grito al cielo fueron “los Vallejos”. Luego también lo hicieron algunos otros disque entendidos, pero a ellos —hasta el día de hoy— no los hemos tomado en cuenta (sin ánimo de ofender, por supuesto). Por lo general, aquellos que llevan estampado en su polo una foto de Vallejo, poco han leído de él. Quizá nada. Pero seamos positivos y supongamos que en realidad nuestra opinión sí los ofendió. Entonces corregimos: Vallejo es el patriarca, el mejor en nuestra lengua (hasta me atrevo a decir que como él nadie), pero más allá de ver quién es el mejor, sentíamos que era necesario soltar la bomba. Expectorarla. Vallejo se hace inalcanzable en Poemas humanos. Lo sabemos y hemos crecido con esa consigna. Pero no es el único, no era el único capaz de hacer de lo cotidiano y recontra peruano una aventura poética perdurable y feliz. Pocos como Vallejo y Juanra se atrevieron a tanto. Pocos como ellos conocieron de tan cerca la miseria: uno en París con aguacero y el otro con una agonía anhelada que nunca cumplió: “Y tengo además un deseo: quiero recorrer el mundo”.

Una vida: Un Júbilo Dónde nació exactamente importa poco. Nos basta con saber que era provinciano, campechano y solidario. A pesar de que hay quienes se desviven pintándolo como huraño y violento. Por el contrario, los que fueron sus más cercanos amigos se refieren a él como alguien que “si tenía dos soles en los bolsillos compraba emoliente, bizcochos… y comías a su lado tranquilo, protegido, risueño, hablando de poesía…”. Entonces, ¿a qué se debe este mito que tilda a Juan Ramírez Ruiz como un ermitaño desagradable? Probablemente todo se origina en Hora Zero, movimiento que funda con Pimentel (otro grande). El resto es historia conocida. Pero el desprestigio que sufre Juan está más bien acuñado por los opositores de la pandilla. Se sabe que existieron dos etapas en el proceso del grupo: un antes y un después de Ramírez Ruiz. No se trata de hablar de él como el mesías de la poesía peruana (aunque confieso que esta idea me seduce), hablamos de lo que se sabe y lo que se ha investigado hasta el momento. Por ejemplo, el día de la presentación de la segunda fase de Hora Zero, con Tulio Mora estrenando camiseta y un manifiesto (Contragolpe al viento) escrito —inusualmente— desde el extranjero, a la par también se reparte una hoja, de seguro maltratada y reproducida con mimeógrafo, que contenía el Palabras urgentes 2 escrito por Juanra. Documento que Tulio Mora obvia en Los broches mayores del sonido (2010) —vaya usted a saber por qué—, pero que denuncia, sin pelos en la lengua, la convalecencia de un grupo que se caracterizó por sus ansias de ruptura, y que ahora buscaba “llegar a través de otras vías al establishmen cultural”. De esta manera la segunda etapa de Hora Zero quedaba bien acolchada, hasta nuestros días.

Juan Ramírez Ruiz, desbordó y se derramó como una vertiente borrascosa o un huayco a través de sus poemas. Quiso ir —como Vallejo— más allá de toda postura convencional e hizo de la teoría un arma más (no un escudo para esconder las limitaciones, como hace la mayoría). Fue inalcanzable en Un par de vueltas por la realidad y explorador en Las armas molidas. Chiclayano de nacimiento y luego arrojado por la vida a una Lima que nunca comprendió. Pero que igual supo hacer suya en cada verso

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Es probable que uno de los pocos que luchaban, con fervor, por los primeros objetivos de HZ, y de paso el más influyente, haya sido Juan. Esto obliga a pensar que aquellos que se resistieron a aceptar como tal la poesía integral, o por lo menos a tomarla en cuenta, se han desvivido hasta el día de hoy para apagar su voz. Jorge Pimentel, amigo y congénere, ha dejado guardados bajo siete llaves aquellas luces y esa propuesta integral y magistral en Ave soul, libro que se publica dos años después de Un par de vueltas por la realidad, pero que de hecho fue escrito a la par entre conversaciones exuberantes y experiencias recogidas por ambos poetas. Esta simultaneidad nos sugiere que ambos libros se influyeron mutuamente. Salvo algunas diferencias de estilo, otras características como el vértigo, el movimiento, el lenguaje y la visión aplastante de la ciudad, son similares. Pero este es otro tema. No pretendo formular una biografía sobre Juan Ramírez Ruiz, pero es necesario decir algo sobre sus últimos días y su deceso. Primero, que a pesar de que rechazo la muerte —sumergida en el olvido y la miseria— de Juan, también reconozco que fue esa marginalidad la que me sedujo para escribir este texto. Segundo, estoy en contra de todo aquel que diga que Juan sólo es un mito o un ícono de la contracultura de Quilca y submundos donde disque impera la pose antes que la poesía. Juan Ramírez Ruiz es, en realidad, un poeta palpable que se envolvió en la locura de una vida consecuente con su palabra. Nunca fue de aquellos que huyen ante el primer síntoma de fracaso. Él creía fielmente en el poder de la poesía y murió con esa ley. Legándonos los primeros trazos para un cuadro que las futuras generaciones no hemos comprendido, o no hemos querido

comprender. “Pregúntale a los muchachos”, decía Juan, con el alma repleta de esperanza. Y esto es bueno recordarlo, para construir una nueva y auténtica poesía. Un Par de vueltas (más) por la realidad Qué difícil es encontrar este libro. A decir verdad es difícil hallar cualquier libro de Juan Ramírez Ruiz. Desconozco los motivos de esta extraña escasez. Lo cierto es que estos poemas hierven a pesar del tiempo y son tan urgentes como la vida misma. De arranque el poeta te da la bienvenida con dos manifiestos (El punto sobre la i y Palabras urgentes) que enardecen e invitan a desbocarse en la lectura de los poemas siguientes. Cabe mencionar que este libro también es una fórmula que intenta romper con toda tradición arrastrada. Es decir, no solamente es una voz provinciana que mira a Lima y a él mismo envuelto en sus circunstancias, como lo indica Juan Zevallos Aguilar, también es una fórmula poética, y si nuestra lectura es más desesperada, puede ser, también, un grito que nos mantiene atados a la vida. Con todo lo que esto implica. En la primera parte (Vía férrea), habitan 6 poemas que tratan de meterle —por cualquier medio— vida al poeta. De esta manera se desecha cualquier intento lírico y se percibe una voz común, cercana y amigable con el lector. Quizá esta sea la parte más vertiginosa de todo el libro. Era necesario entonces esculpir el perfil de la voz que nos guiará en las próximas páginas. Pero eso no quiere decir que se trate de una sola voz. El egoísmo típico de los poetas líricos (yo siento, yo pienso) queda enterrado y es revelado, frente a estos poemas, como acaparador, e incluso ridículo.

Y QUE HACE LA CALLE WIRACOCHA AQUÍ QUE HACEN ESTAS PALABRAS EN EL AÑO 70 Yo quiero que seas amado, tú, traicionado por la fidelidad, quiero que tengas bellas conversaciones, que comas tu plato favorito fumes tu cigarro y que tarde mucho en caerte (la enfermedad ¡Oh amar, ser amado y devolverse! ¡Amar, ser amado y no abreviarse! ¡Y estar en el hecho! ¡Sonreír o llorar desde uno! ¡Vivir vivo! ¡asesinar el olvido! ¡Y estar otra vez en el hecho! porque aquí los lanzados a la vida, le pondrán música a la nueva (realidad, arrojarán una velocidad y una melodía bailarán e invitarán a bailar. Y aquí estoy yo, reventando y recogiendo mis pedazos, (mientras conduzco Un jubiloso tren de focos encendidos en la noche. Y nadie sino (yo vuelve a reventar y recoje sus pedazos nuevamente. Nadie sino yo llora un llanto lejos del cuerpo. Ardo Y salgo desde el fondo del alma

(De Un para de vueltas por la realidad 1971)

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gencia y la apatía. Repito, es casi imposible encontrarlo; quizá ya se agotó —aunque, sinceramente, lo dudo—, pero felizmente lo que nunca se acaba son las ganas de releerlo.

ILUSTRACIÓN Nº 1 SON LAS 8 Y 40 DE LA NOCHE — LATITUD 40º SUR

No joven, desde hoy no las zapatillas, el calzoncillo Ni la danza del señor Thomas. Ya no se le rasuren Las barbas terribles a Giacometti, O hágalo con sumo cuidado. Y no a los lentes, no a los pantalones del señor Elliot Quede tranquilo el calato de Pisa en Rapallo, o Venecia. Quede tranquilo el siglo XVIII, el XIX. Son las 8 y 40 de la noche en la latitud de 40º Sur Meridiano de Greenwich que compartimos con Panamá, Colombia, Ecuador, Haití, Jamaica, etc. “Lucía” ha comenzado en el cine Colmena de Lima Vallejo está en una foto. Neruda bajando una escalera Y hace mucho duerme Juan Pablo el bizco Y Bernardo el más flaco de los ingleses. Ve joven. Pero Ud. Escriba certeza. Esta será la certeza. Alguien debe dejarla en su sitio Sí. Ud. Amigo, por qué no: La luz del canto es nuestro asunto Y la nueva belleza es un problema colectivo.

ILUSTRACIÓN Nº 1

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Juan decía que nuestros tiempos (violentos, estúpidos y superficiales) no pueden ser abarcados por estos cantos. Así —con una poesía más conversacional— los 6 primeros poemas de la segunda parte (Media docena de inconvenientes por remediar) le darán vida a voces que parecen haberse perdido en la rutina de un país despiadado y enemigo de los sueños. Julio Polar, que pertenece a esta sección, es más bien la confesión y advertencia que Ramírez Ruiz hace a todos aquellos que osen meterse en literatura: “Y yo lo sé, yo lo he visto. A mí me consta”, sentencia una total derrota. Las dos ilustraciones que pululan alrededor del poemario, son los instantes capturados en palabras que pueden ser capaces de llenar una habitación entera con dinamita encendida y, a la vez, desahuevarnos. Pero todo no queda ahí. La tercera parte (Todos los detalles de una experiencia repetida durante días, meses y años) suena como un rechinar de dientes y proyecta una suerte de raciocinio acelerado por parte del poeta. Donde se va desde Lima hasta Chiclayo el 20 de enero, recorriendo, antes, la panamericana norte. Lo más destacado de aquí es, quizá, el poema “El único amor posible entre una estudiante de academia…”, donde se construye una relación sentimental (cortejo, goce, sexo, confidencias, vivencias y desenlace trágico), un poema que escupe los senderos para un estilo nuevo, no explorado hasta el día de hoy. Finalmente la cuarta parte (Un par de vueltas por la realidad) está representada por un poema homónimo, que condensa toda una vida y es quizá el poema más desgarrador y fuerte del libro. Un par de vueltas por la realidad es un poemario que no solo se mantiene vigente, sino que esconde múltiples argumentos para ser considerado un libro a la altura de Poemas humanos. Es un grito descarnado en pro de la vida y que batalla contra la intransi-

Imagen que registra la segunda etapa de Hora Zero, con nuevas cabezas: Tulio Mora, Eloy Jáuregui y Jorge Pimentel

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Palabras Urgentes 3 Quizá, hoy, algún muchacho decidió ser poeta. Lo que se le viene no es tarea fácil. Tampoco seamos trágicos: no importa mucho si no lo consigue. Eso, probablemente, no le importe al mundo. Aunque él, como todos los que así empiezan, puede pensar lo contrario. Los años de vida que carga en sus bolsillos son irremplazables, únicos y determinantes, capaces de fulminar, en un par de segundos, la vida de un mamut. Y para ese río que nace, para toda esa sensibilidad que desborda y se vierte, para esa poderosa –aunque corta– experiencia, existe ya un cauce, un camino prefabricado. Camino cargado de amenazas letales que por desgracia aún perduran en mi generación. Es una lástima: han pasado 42 años y las cosas no han cambiado demasiado. Así que… a tener cuidado. No lo digo con voz experimentada o paternalista, y menos con alardes de místico mesiánico. Sólo admito —con resignación— que por el momento esta situación no ha de cambiar. Sin embargo, eso no significa que deba quedarme callado. Esta realidad todavía no la comprende el poeta bisoño, sencillamente porque es difícil que alguien se lo explique y siempre es más fácil computarse poeta, tener la pose —cualquier pose— antes que pensar poesía. Ser poeta no sólo en el Perú sino en cualquier lugar del mundo, en verdad en verdad hablando, es una tarea complicada. Hace falta, por sobre todo, escribir unos cuantos poemas respetables, lo demás es la historia, la actitud. Suena sencillo, pero es complejo. Suena corto, pero es una vida entera. Suena intrascendente, y puede ser cierto, pero existe la posibilidad de cambiar el mundo, o los cinco minutos de un hombre, que equivalen —de alguna manera— a un mundo. Por el contrario, elaborarse la máscara, como ya lo he dicho, no toma mucho tiempo. Es un camino fácil que el muchacho debe evadir a toda costa. Le anticipo que sobre sus primeros poemas caerá la pesada influencia de un canon hiperatornillado a la literatura que conoció en su colegio y estirado hasta la boca de los catedráticos más infames y más universitarios que se conozcan. Por si fuera poco, sentirá la mano torcida de una crítica contemplativa y argollera, que obliga a las editoriales a seguir imprimiendo, todos los años, lo mismo, con distintos autores y en un peor papel. El muchacho también conocerá, conversará, degustará algunos tragos, en los bares más frecuentados de Lima, con poetas de conocimiento superfluo, vanidades infladas y poquísima —incluso nula— poesía. Y no faltará mucho para que sus lecturas deambulen alrededor de los 60’s y 70’s y estos sujetos (del Queirollo, del Zela, etc) termínenle siendo despreciables, tontos, egoístas, patanes, soberbios, exhibicionistas, etc. El camino es, entonces, la segunda etapa de los 60’s y la de los 70’s. De estos debe nutrirse el muchacho, para elaborar o intentar esbozar un nuevo intento de poesía vital y autóctona. Si es que lo desea. Entonces descubre Hora Zero, se entusiasma y se va de cara. ¿Qué pasó?, se preguntará el joven poeta en algunos poemas; incluso escribirá decenas de manifiestos a su desamor, a las nuevas causas y no entenderá nada. Es una pena: Hora Zero es un zombi que no pudo democratizar la cultura, y terminó por subirse —debe ser porque la vejez no permite caminar— al mismo coche que tanto repudió en una primera etapa. El poeta más entrado en años comprende y se encuentra con la tremenda dificultad de publicar. Se engaña y se siente bueno, cuando sólo es regular, y eso es decir mucho. Las editoriales —o imprentas— sólo exigen un requisito: dinero. El estado está ausente. Vargas Llosa gana el Nobel y Tajo es una mancha de chistosos. La Literatura, en general, no es más que un gasto tonto y superficial. Es triste, y es la peor de las mentiras: pero es. Ahora que los tiempos han cambiado y que la calle tiene nuevos olores, y que la calle se extiende, como el lenguaje, como las formas, como las sensibilidades, por todos los rincones de este país (y del mundo); ahora que eso “está sucediendo” hace falta que más jóvenes, dispuestos a dejarse engullir por poesía, asuman con o sin banderas una nueva posición. Creer -y es momento de creerlo bien- que la poesía no salvará al mundo, pero a pesar de su reducido papel es una labor noble que demanda tiempo —toda una vida, incluso— solamente para acuñar un verso bueno, útil o innovador. El poeta finalmente se dará cuenta y tendrá que aprender a ser poeta con las dos manos: “Con una escribe y con la otra se sostiene”.

En pocas palabras… Probablemente Vallejo figure en todos lados como el mejor poeta peruano. Esto es entendible, justo e inevitable, pero urge que al menos alguien se atreva a decir que Juan Ramírez Ruiz también es el mejor poeta peruano, o el único poeta que nos merecemos (con poemas inalcanzables, ansiosos, atrevidos, llenos de vitalidad y con la muerte que arrastra a los poetas latinoamericanos hasta la más sublime y extrema de las situaciones). Como dice Antonio Chumbile: es necesario para alcanzar un equilibrio. Si no es así, corremos el riesgo de perderlo totalmente. Así como ya estamos perdiendo su obra. O así como ya, por necedad, lo perdimos a él. De mi parte: gracias, Maestro.

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N A R La Vida es así así

R Dennis Gonzales: Llegó de Estados Unidos para gritarnos en la cara que no estábamos locos. Publicó un poema en una revista villarrealina que se perdió con el tiempo. Se enamoró y se endeudó hasta el pescuezo. Hoy escribe, escribe y escribe cada vez mejor. (cervanteszeta@hotmail.com)

A T I V A

El hijo del pastor Ayala era gay. A los 23 años se enamoró de un profesor de arte y se fue a vivir con él. Nadie de la iglesia lo supo hasta que una hermana los vio besándose. Fue todo un escándalo. Sabían que Otoniel era un rebelde, pero que sea gay nadie lo había previsto. El pobre pastor Ayala no negó ante la feligresía la homosexualidad de su hijo. Había caído en las garras del demonio y a pesar de haberle inculcado valores cristianos no podía hacer nada. Todos los hermanos que estuvieron presentes en el sermón lloraron junto al pastor Ayala; cada uno sufriendo la desgracia de tener un hijo sodomita. Recuerdo que esa mañana la iglesia de la ciudad estaba húmeda y todos llevaban trajes gruesos y grises. Parecía un funeral. También recuerdo que mi madre fue una de las primeras hermanas en levantarse y proponer, con voz enérgica: una semana especial para predicar sobre los peligros que nuestros jóvenes están enfrentando en este mundo que ya se acaba y sólo los justos se salvarán del Apocalipsis. Dios viene pronto a llevarse a los suyos. Debemos preparar a nuestros jóvenes para la gran batalla contra el mal. Pobrecita, nunca esperó tener un hijo ateo. No fue fácil decírselo. Primero porque yo era el elegido, el primer pastor del clan. De niño predicaba como el célebre pastor Garzón, con la mano derecha apuntando el camino y una voz que profetizaba el fin del tiempo y la redención de los justos. Lideré a los jóvenes a los trece años. A los 16 ya era maestro en la escuela cristiana de adultos. Cuando terminé el colegio, la Universidad Cristiana Unida me había ofrecido una beca para estudiar teología. El sueño de mi devota madre se realizaba. En segundo año, después de una relación escandalosa con una puritana que me acusó de falso profeta, me cambié de carrera y de universidad. La tal Susana tenía razón: al menos no debía ser piedra de tropiezo. En el nuevo ambiente mis dudas se disiparon. A diferencia de la Universidad Cristiana, en la Universidad Tecnológica tenían un enfoque científico. Gracias a mi profesor de sicología descubrí que creía en Dios por miedo. Siempre mi madre me recordaba sobre el juicio final si no me portaba bien; el cielo era el premio para los niños obedientes y el infierno para lo infieles. Cuando terminé la carrera y me independicé le dije que ya estaba bastante grandecito para que me recordara todos lo sábados ir temprano a la iglesia, total que yo ya no creo en Dios y que es mejor para los dos sincerarnos. —¡Nunca! Tú naciste cristiano y morirás cristiano, y si te rebelas contra Dios, pasarás tus días en la más absoluta miseria. —¿Es eso una amenaza? —No, pero sin Dios nadie puede ser feliz. —Bueno, eso está por verse. Otoniel no murió de sida o de alguna otra enfermedad venérea, como bien hubiera querido mi madre. Mi amigo falleció en un accidente. Manejaba con su pareja y un amigo por la carretera 198, para pasar las vacaciones en

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su casa de playa, al sur de la ciudad. Manejaba una 4x4 y, conociéndolo, iba a una velocidad prudente. Otoniel no intuyó que en una curva cerrada un camión le iba a salir de improviso. Mi amigo frenó, pero el bodoque siguió su rumbo y se lo llevó de encuentro. La 4x4 dio cinco vueltas de campana por el pequeño acantilado. Los tres pasajeros ya estaban muertos cuando los bomberos llegaron. El día del velorio vi a mi madre más acabada que nunca. Se había teñido el cabello de negro. Apenas la saludé. Junto al ataúd, el pastor Ayala se consolaba conversando con mi abuela. —Uno nace con la esperanza de ser feliz y hace lo imposible, ¿todo para qué? Para morir. ¿De qué sirve tanto esfuerzo si del polvo venimos y al polvo regresaremos? —Es verdad, pastor. Por eso hay que ser obedientes. Dios es nuestro protector. Un escalofrío atacó mi cuerpo. ¿Será porque temo que también termine con la cara desfigurada y condenado al infierno? —Es que la salvación es personal y ni siquiera un pastor puede evitar la condena de su hijo. —Ahora fíjate que hasta adoptan niños. No se conforman con casarse. —Para mí deberían castrarlos. —Y se besan en público. El pastor Ayala, que estaba solo, sentado junto a la ventana, se convencía a sí mismo de no sentirse culpable: al fin y al cabo la salvación era personal. Otoniel lo sabía muy bien. Cuando me confesó su homosexualidad yo ya dudaba de la existencia de Dios. Si hubiera seguido firme tal vez lo hubiera condenado, aunque silenciosamente. En vez de eso, le ofrecí mi apoyo incondicional. En aquella confesión mis dudas se aclaraban. Dios no existía, de lo contrario amaría a todos los humanos sin importarle la homosexualidad. ¿Qué maldad existe en amar a otro hombre? Otoniel siempre fue travieso y enérgico, como todo niño. Yo siempre lo invitaba a mi cumpleaños y siempre me traía un regalo. Almorzábamos juntos con los demás niños de la iglesia y luego nos íbamos a jugar fútbol. Era un maestro con la pelota y siempre metía goles de cabeza. Defectos tenía, pero no era un pervertido sodomita. Era humano como todos. ¿En qué momento descubrió que le atraían los hombres? Nunca me lo dijo ni me atreví a preguntárselo. Era innecesario porque Otoniel seguía siendo el mismo: conversador, un bromista inteligente, hábil en los deportes y fiel con sus amigos. Y si hablamos de cambios yo diría que incluso mejoró porque hacía voluntariado en una casa de huérfanos y en las escuelas y en las barriadas. Cuando una semana después yo le confesé mi ateísmo, mi amigo lloró. —¿Por qué lloras? ¿Acaso no eres ateo? —Yo sigo creyendo en Dios. —¿El tirano que te condena? —Dios es bueno. —Pero tú sabes que Dios está en contra de la homosexualidad. ¿Para qué seguir creyendo en un Dios que te condena? —Jesús nunca nos condenó. Él caminaba con prostitutas y criminales y no los condenaba. ¡Jesús mismo se dejó lavar los pies por una prostituta! —Te engañas al creer que Dios te ama. No es posible que Dios te condene y Jesús te absuelva. Otoniel me tiró un puñetazo, yo le contesté con otro y si no fuera por el mesero del restaurante iba a quedar hecho una mierda. No nos hablamos en un mes. Durante ese período medité sobre el ateísmo y la intolerancia de mi familia. Al mes me escribió un largo email: “Querido amigo, nunca imaginé que renegarías de Dios; tú, el favorito de mi padre para reemplazarlo en la obra. Recuerdo cuando predicabas en las tardes sobre las amenazas contra la juventud. Tu voz era potente y tus palabras penetraban en los corazones más tercos. La feligresía te aplaudía y lloraba. ¡Eras el futuro de la iglesia! Gracias a ti los hermanos confiaban en el poder de los jóvenes. ¿Qué pasó? Nunca supe en qué momento dejaste de creer. Ya sé que yo no tengo derecho a reclamarte y que haces bien en creer que soy ateo. Debemos obedecer a Dios. ¡Debemos seguir sus mandamientos! ¡Debemos evangelizar, llevar las buenas nuevas al mundo! ¡Cristo viene pronto! Desde pequeños nos inculcan sus valores, pero también sus prejuicios. Nosotros somos el pueblo escogido; las demás son falsos profetas. ¡No te juntes con los mundanos! ¡No entres en yugo desigual! ¡Los homosexuales son una plaga! ¿Acaso no sé cómo nuestra iglesia piensa de nosotros? Lamentablemente, nuestros hermanos nos aborrecen. ¿En qué momento me volví homosexual?¿En qué momento me condené? ¿Por qué no soy como los demás? A los trece años, cuando la imagen de los torsos desnudos de mis compañeros de colegio me excitaban, me asusté y batallé contra ese sentimiento corrupto que invadía mi corazón. Busqué un respuesta. Mis padres nunca me maltrataron. Mi papá nunca abusó de mí. Mi madre siempre estuvo presente. Jamás fui esclavizado en el colegio. Ni siquiera puedo decir que una mala mujer me volvió homosexual (¿En verdad uno se vuelve gay por eso? ¡Qué ridículo!). Tuve, en otras palabras, una niñez feliz. Como ya te dije, no sé en qué momento, así como así, los cuerpos atléticos de mis compañeros me excitaban al igual que a ti te excitaban los cuerpos de las muchachas de trece años que empezaban a florecer. De catorce años y ya condenado al infierno le rogué a Dios que me curara. ¡Nada! Perdí mi virginidad con un muchacho de doce en los baños de la escuela. Fue mi primer amor. Yo quisiera que algún día no sea necesario "salir del closet", ser gay sin confesarse. El mismo acto de la confesión, aunque estés en el país más tolerante del mundo, implica que aún debes afrontar la intolerancia. ¡Cuánto desearía no tener que explicar mi homosexualidad! Ser gay y ya. Amar a un hombre, vivir con él, formar una familia, ser feliz. Ese día nunca llegará, sobre todo en esta patria nuestra, tan correcta. ¿Te imaginas el valor que tuve que reunir para decirle a mi viejo que su único hijo era un marica?

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N A R R A T I V A

Para ser homosexual hay que tener huevos. Yo los tuve. Reuní a mis padres en la sala y declaré, como si me encontrara ante un juicio: "Papá, Mamá... Soy homosexual." No agregué un discurso o un background. Dije: "Soy homosexual", a rajatabla. Ellos me miraron. Supe por sus miradas que ya sospechaban, nada más esperaban la inevitable confesión. Mi padre habló primero: —Me alegra que hayas sido honesto con nosotros. Es de valientes habernos dicho sobre tu problema. —Ya lo sospechábamos. Por eso somos tus padres y nos alegra que pidas ayuda. Juntos podemos vencer al enemigo—remató mi madre. —¡No, no, no, no! Yo no tengo ningún problema. ¿Amar a otro hombre...? —Sabes bien que la homosexualidad es un pecado y no eres ignorante para tener una excusa. Te sabes la Biblia de pe a pa y muy bien sabes que los sodomitas irán al infierno. ¡Hijo! Esta es una prueba que debemos afrontar como una familia. Aquí es donde te doy la razón. Cuando mi padre me dijo aquello, odié a Dios en lo más profundo de mi corazón. Dios era un nazi homofóbico. En su trono había decretado matar a todos los cabros del mundo; perseguirlos y encerrarlos en campos de concentración para que se curen. Apoyaba a la Santa Inquisición y bendecía a los asesinos por erradicar a los degenerados del mundo. —Mi homosexualidad no es una prueba para fortalecer su fe. Mi homosexualidad es tan normal como tu heterosexualidad. Yo sólo busco un apoyo moral ¿y qué me dan a cambio? —No sabes lo que dices. Hijo, debes comprender que es el diablo quien te hace tener esas tentaciones. ¿Por qué eres persistente? ¿Por qué eres testarudo? ¿Piensas rebelarte contra Dios? ¡Maldita sea! Dios me quería encerrado en un campo de concentración. En una celda pequeña y apestosa sobreviviría hasta cometer suicidio. —¡Dios es Hitler!—le grité a mi padre. Por primera vez mi padre alzó su mano y en un movimiento violento me tiró una cachetada. Recién a los 23 años confesé mi homosexualidad y para eso ya tenía una profesión y tenía un buen puesto de trabajo y el amor de mi vida. No me imagino haber pasado una noche más en la casa de mis padres. Los odiaba y odiaba a su religión. Pasaron los meses y sin darme cuenta ya era un año desde que vivía con mi novio. Durante 365 días viví atormentado, no por un sentimiento de culpa hacia mis padres; el tormento venía desde el subconsciente. No es fácil nacer cristiano, ir a todas las reuniones de la iglesia, leer la Biblia metódicamente y dejar de creer en Dios en seco. La vida tiene un sinsabor existencial. Las calles eran más peligrosas. Las noches más largas y las pesadillas aumentaban. Pensé que quizás mis padres tenían razón. La homosexualidad era una afrenta contra el amor verdadero. Rompí con mi novio. Intenté salir con una compañera de mi trabajo. Me la follé. Seguía siendo tan gay como antes. Intenté por la vía cristiana. Regresé a la iglesia. Mis padres me recibieron como un hijo pródigo. Me rebauticé y empecé a salir con Diana, una chica recién bautizada. Pensé en casarme con ella. Me dije: "Solo el amor puro y cristiano puede regenerarme". Pero la vida es mierda. Mi prometida tenía un amigo gay, René, y cuando ella me lo presentó una vergüenza inmensa me atormentó. Nos hicimos amigos y le confesé mi problema. Le dije que aún amaba a mi ex-novio. René me recomendó decirle la verdad a Diana; no se merecía tal engaño. Le conté todo a Diana y me mudé con mi ex-novio. Al año volví a terminar con él. Busqué refugio en la soledad. Me mudé de departamento, cambié de número y conseguí otro trabajo. En mis días de anacoreta indagué en la humanidad y la religión. Tal vez por eso es que me enojé contigo. Me costó tanto trabajo volver a creer en Dios y me costó aceptarme tal como soy y en vez de hacer lo mismo contigo, te condené por tu ateísmo. Perdóname.” Me cité con Otoniel en un café cerca a mi departamento. Era sábado en la tarde. La garúa del invierno adornaba las ventanas del recinto. Estaba con mi taza de café, esperando a Otoniel. Felizmente, después de cinco minutos, entró… —¿Qué te cuentas? A los años, hermano —le saludé. —Trabajo, trabajo y más trabajo, la vida es así... no la he inventado yo. —Hay que vivir de algo... ¿No? Hey, bytheway, bastante larga tu cartita. —Me tomó casi un mes escribirla. Creo que lo hice a modo de terapia. —Ah, bueno, si es así pues creo que debería también escribirte una... ¿Eh? —Puede ser...aunque no es lo mismo. —¿Qué cosa? —Ser ateo que ser homosexual. No es lo mismo. —¿Cómo así? —El ateísmo es algo normal en el círculo donde te mueves. — ... —¿Sigues sin hablar con tu mamá? —No sé qué trauma tengo con los creyentes. Sinceramente, no anticipé esa reacción. Pero ya tendremos nuestra oportunidad para hablar. Como siempre, suelo ser bastante dramático. —Ahora vuelvo, voy por un café. —Hey, también compra unos panecillos. —Anda y cómprate unos tú solito. No seas gorrón. —No cambias. —Digamos que sí o ¿qué pensabas? —Que te ibas a volver más lady... más refinada (guiño de ojito) —No soy una loca, aunque cuando estoy borracho me comporto como vieja pituca. —Hablando de locas, ¿qué es de Juancho?

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—Terminamos. Se le dio por adoptar un niño y yo le dije que aún no me sentía lo bastante maduro para criar uno. —Bien, sinceramente, el tipo era muy...extravagante. —Hay a quienes les gusta vivir el estereotipo al máximo. —Entonces, ¿solo trabajas? —De vez en cuando me divierto. —Hace tiempo que no voy a una fiesta. —La vida es así.... no la he inventado yo. —Eso… Nos volvimos a reunir tres o cuatro veces. Después Otoniel viajó al norte por su trabajo y luego desapareció. No dejó teléfono ni email a la señora del departamento. —La última vez que conversé con él fue cuando me pagó la renta. Como siempre, puntualito. —Y no le dijo nada sobre a dónde iba ir. —Se lo iba a preguntar, pero me puso unos ojos como diciéndome "no preguntes, vieja chismosa" —Ah...ya, bueno seño, ya fue… Yo, por mi parte, después de dejar el colegio y conseguir trabajo como sicólogo laboral empecé a convivir con una practicante en mi empresa. Mi amigo, aunque ausente, era feliz y yo lo intuía. Su frase "la vida es así, no la he inventado yo" era la clave para que las vicisitudes no le afectaran. Él seguía pa'lante y nunca retrocedía ni pa tomar impulso. Hasta que esa felicidad se le acabó. A las 3 de la mañana el timbre del teléfono me despertó de mi ocasional pesadilla. —¿Aló?—contesté, somnoliento. —¿Es usted el señor Guzmán? —Sí, ¿qué sucede? —Mi nombre es Carlos Echevarría y soy empleado del seguro de carros… —¿Seguro de carro? Pero si yo no tengo ningún carro Hubo un silencio incómodo… “Sentimos informarle que el señor Otoniel Ayala acaba de fallecer. El nombre y el teléfono de usted estaban listados como único contacto de emergencia”. —Muerto… —No tenemos ningún número de los familiares del señor Ayala... usted es el único en la lista de emergencia. —… —El señor Ayala se encuentra en la morgue central. Por favor, debe venir a reconocer el cuerpo y firmar unos papeles. Con súbita punzada cardiaca colgué sin darle tiempo al muchacho de proseguir con el protocolo de la compañía. Sufría para respirar, para controlar el pequeño ataque de epilepsia en las manos y el teléfono que se dividía. —¿Qué te pasa, tesoro? —Mi mejor amigo acaba de morir. Mi amigo aún seguía vivo en la playa. Tiraba piedrecitas al mar. Los renacuajos del río se le escurrían por los dedos y la bicicleta quedaba hecha mierda después de la tremenda caída y mi amigo sonreía cuando nos embarramos en el carnaval de la ciudad y la sonrisa de mi amigo al meter el gol del campeonato de la escuela y su mano que me ayudaba a escalar la montaña y la misma mano que me condujo hacia las pesadas puertas de la morgue. Un hombre bajito, cabezón y de ojos agigantados por los lentes de botella, nos recibió. Caminaba cojeando y con los brazos recogidos. Parecía una criatura subterránea. El pasillo de la morgue era como el de cualquier hospital. Puertas y puertas se extendían a lo largo, cada una era una entrada hacia una habitación. El hombrecillo se detuvo en la última puerta y nos invitó a pasar. Luego se despidió de nosotros con una venia. En una cama metálica, una sábana blanca cubría el cuerpo de Otoniel. Quité la sábana. Sus ojos, su nariz, sus labios: su alma había sido mutilada. Sólo por una cicatriz en el brazo lo reconocí. La mala suerte mató a Otoniel en un accidente para guardar su dignidad. Bien hubieran querido algunos indeseables que mi amigo muriera de una enfermedad venérea o de sida. Con una risotada, falleció sin darles ese gusto. Pero, como siempre, la estupidez es más grande que el sentido común y mi madre convenció a toda la iglesia de que Otoniel manejaba sin la protección de Dios. Otro hubiera sido su destino si no se alejaba del camino. Y si no moría, es que se trataba de una prueba para sus padres. 

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N A R Quédate un rato más

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Omar Livano: Todo menos escritor (y se avergüenza de admitirlo). El único concurso que ganó fue en su escuela primaria. No recibió premio por copión. Ha publicado el poemario: No se han ido, pero le gusta decir que tiene otros inéditos para presumir. Pasa desapercibido pero también se ensucia las manos cuando se trata de TAJO. Busca libros (baratos) de Dos Passos, Capote y Carver como loco. Lo ha dejado todo (universidad, familia, amores) y todos lo han dejado a él. ¡Ah! y nació en 1987. (livanojidai18@hotmail.com)

¿Sabes qué es lo que te falta? Te falta lo que hace hombre a un hombre: saber resignarse. Heinrich Boll – Opiniones de un payaso.

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Para ser sincero, es el único libro que conservo. Todavía tiene su aroma. Han pasado 2 años, y el olor sigue latente. Arde, pica y regresa. Persiste, se detiene en la portada. El interior lo tuve que rociar con naftalina, para que la polilla no se adelante. Para que no lo devoren. Pero su aroma es más fuerte, más duradero. Se impone. Por si acaso, sólo lo abro de vez en cuando. Es más, no le daba una hojeada desde hace dos meses. Y cuando lo hice —hace unos días— el olorcito todavía estaba ahí. No lo tengo muy claro pero me parece que todavía huele a ella. Sí, estoy casi seguro. Es su perfume, el de los viernes. El de los sábados es otro, es más sexy, más provocador. Nada que ver con el de los martes, ese era de otros aires. Demasiado lujo para esta Lima apestosa. Este es el de lo viernes, el más discreto, el más instintivo, el que —en aquel tiempo— se trenzaba con nuestros cuerpos. Era viernes y caía el sol desde la campana de la catedral. Yo esperaba a que saliese de estudiar, lo recuerdo bien, y por si fuera poco debía esperar parado. Alguien debe darse cuenta de que todavía queda gente enamorada que espera. Los enamorados siempre esperamos. Esperamos respuestas todos los días. Esperamos que nos quieran más. Esperamos a que nos terminen para tener una excusa y luego sentirnos mal. En fin, esperamos y nadie se da cuenta de eso. A nadie se le ocurrió que podía hacer falta una banca, un murito o una piedra. No. No hay espacios para los enamorados en Lima, ni en ninguna otra parte del mundo. No le podía reclamar nada, porque hacerlo significaba perder todavía más tiempo; además no demoraba demasiado, sólo lo necesario para llenarme de angustia. Se tomaba sus buenos minutos para retocarse —supongo— y aparecía radiante, tranquila. “Tac, tac” sonaban sus botas contra la acera. Me apachurraba con un abrazo y luego a caminar. “Acompáñame, tengo que comprar un libro. Es para una tarea”. Caminamos hasta jirón Quilca y en el trayecto una mujer vendía Frunas, arrastrando a su hijo, igualito a ella. Innegable. Como si nunca hubiera tenido padre, como si el único rostro que pudiera heredar fuera el de ella. Una de las Frunas terminó en mis bolsillos y luego la mirada de la mujer acercándose, su ojos legañosos y sus manos cochinas deteniéndome, pidiéndome un sol. Pagué. Ella me calmaba porque sabía que esas cosas me aturdían, me volvían loco. “No hay derecho, todo el mundo cree que uno es su padrino”, le decía fastidiado.

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Esto era Quilca. Jirón de la cultura. Mercado negro de libros. Y nosotros caminando en el asfalto cuarteado, mientras el sol se esconde en las playas de Miraflores. Se esconde lejos de nosotros y nosotros caminando con recelo como si también nos escondiéramos de algo, o de alguien. “Heeeeeyyyy yuuuuu don maiki pan”, suena su celular. Ringtone de los Beatles, no esperaba menos de ella. “!Aló! Sí, mamá. Sí, estoy en la universidad. Sí. Solo una clase más y regreso. ¿Salir?, ¿a dónde?. No, mamá, por favor. Solo espérame una hora más y estoy de vuelta. ¿Sí? ¿Por favor? Listo, gracias. Sí, solo una hora y terminan mis clases. Ok, bye.” Sabía que la pregunta estaba de más así que decidí mirar a otra parte para no incomodar. Las pintas malosas de los anarcos, la gente caminando, preguntando por los mismos autores de siempre: Bukowski, Kerouac, Baudalaire. Trato de mirarlos, de estudiarlos, pero la misma actitud me agobia, me cansa. Sus gustos se atoran en lo de siempre, en la limitación, en la desesperación por sentirse distintos. Mis ojos se mantienen a flote, pero lejos de ella. Sin embargo, nuestros dedos se mezclan y parece que no nos hemos dado cuenta. La he tomado de la mano desde hace cinco cuadras y no me ha dicho nada. No se ha quejado, ni se ha soltado. Es un buen síntoma. Avanzamos. De repente siento que puede ser el momento de jugar. “A ver si me lo permites y no retiras la mano”, pienso. La yema de mi pulgar dibuja circunferencias en su palma. Níveas, tembleques, suaves, chiquitas. No quiero voltear, porque a lo mejor ni cuenta se ha dado, y es mejor aprovechar. Esto no sucede todos los días. No en público. Ya, ahora sí, la tengo bien agarrada y no se me escapa. Regreso la mirada y me encuentro con sus ojos. ¡Hazlo, no lo pienses! ¡Que todo el mundo lo sepa! Voy, pero Plofffff, se acabó. Desata sus dedos de los míos y se mete rauda a una de las librerías. “Lo vi desde lejos, disculpa”. En ese momento, lo más honroso que pude hacer fue seguirla, entrar a la librería con la resignación detrás de mí. “Opiniones de un payaso, Heinrich Boll, no te voy a comentar más del libro, será mejor que lo leas.” Pedirle a alguien leer, cuando desfallece por un beso, debería ser un delito. Te baja las revoluciones. Te hace odiar la literatura más que nunca. Costaba diez soles, y sólo tenía cinco, como me miró de una manera tan inofensiva creí que me los pediría prestado. “Lo compramos a medias y lo compartimos”. “Yo para qué quiero un libro”, pensé. Pero ya estaba decidido. Ella sabía que era la que decidía todo sobre los dos así que pagamos, lo metió en su bolso y salimos callados de la librería. Tampoco comenté nada después. Caminamos. Estaba resignado y metí mis manos en los bolsillos para esconder la tristeza. Salimos de Quilca. Me miró recogiendo su cabello en un moño y con el hablar pausado me dijo que era mejor apurarnos. *** Nuestros cuerpos se electrizaron, sudamos y me vine dentro de ella. Lo hicimos dos veces, con un intervalo de 10 minutos. En la primera empezamos bien, y de un momento a otro, los alaridos de la mujer del cuarto continuo nos desconcentraron. “Grita como loca, como si la estuvieran matando. Qué miedo”. Al final terminamos sin gracia. La segunda, fue más una revancha. Pero hubo algo especial. Algo no habitual: Me tomaba las manos, me las escurría. Apretaba mis dedos contra los suyos y sentía clarísimo como temblaba. Como si estuviera atada y quisiera desatarse como sea. “Nunca lo habíamos hecho así, estuvo muy bueno”. Tendidos y mirando hacia arriba, el espejo. Nuestros cuerpos pegados en el techo. El penoso reflejo de nuestra complicidad. “Cuando termine de leerlo te lo doy”. “Qué cosa?”. Juro que pensaba en todo, menos en eso. “El libro, pues. El de Boll”. “Ah bueno, gracias”. Por un momento busqué su mano, pero desistí. Supuse que era un error. Estaba acostumbrado a sus desplantes, y sin embargo seguía jodido. Perturbado. Una araña caminaba por el vértice de la habitación. Llegaba sigilosa hasta un rincón y comenzaba a descender, sin duda estaba decidida a llegar a alguna parte. Lo más seguro es que desconociese su paradero final, pero nada la detendría. Desgraciadamente antes de llegar, el hilo de donde pendía se quebró. Cayó y se ocultó despavorida. “¿Y no has pensado en lo que te dije la vez pasada?”. Me mira de soslayo y se ríe, pero su risa no esconde cinismo. Son nervios, se nota. “¿Estás seguro de que pueda funcionar?”. “¿Si funciona aquí dentro, por qué no puede funcionar afuera?”. Afuera las cosas cambian. No se solucionan con besos y fluidos. Ahí hace falta más que huevos. No sé qué será, pero hace falta eso que, evidentemente, no tengo: ¿valor, madurez, dinero…? Como siempre —aunque su respuesta terminó siendo el silencio— asentí. No la pasábamos tan mal, después de todo. Pero claro, quería algo mejor. Algo más próximo y certero para los dos. Algo más estable y serio. “Qué más da, inténtalo de nuevo”, me dije, “¿qué pierdes?”. Si hace rato me tomaba las manos de esa manera será por algo, supongo. “Con un beso, eso es”, pienso. Un beso de los buenos, con amor. Con eso se dará cuenta inmediatamente. Verá que la amo, y que no es tan imposible después de todo. Estoy mentalizado (serio), y aunque me acobardo al principio, por fin decido que es el momento cuando siento su mirada intangible cerciorándose de que aún permanezco a su lado. “Heeeeeyyyy yuuuuuu don maiki pan”. “¡Aló, mami! Sí, ya estoy saliendo”. Se pone de pie, se acomoda el brasier, busca su ropa interior debajo de la cama. “Sí, mami, ya terminaron mis clases, espérame un ratito.” No voltea siquiera a mirarme. Pienso en tomarla por los brazos hundirme en la cama con ella, por qué no hacerlo, ¿por qué no? “Dale su biberón, nada más. Cuando llegue lactará”. Sostiene el celular ayudada por su hombro derecho, lozano, blanco. Se acomoda las botas. “A ver, pásame con él. Hola, Sebas, hijito. Ya voy para la casa, espérame ¿sí?”. Me vi a través del espejo tendido, frágil y más tonto que antes, mientras ella estaba lista para salir del hostal. “Me tengo que adelantar”. “¿Estás segura?”, le dije “quédate un rato más”. Me miró de reojo. “Luego te llamo para lo del libro, no te preocupes. Bye”. 

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N A R La entrevista

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Jairo Pérez Gamarra: Nació en 1986. Estudió en la UNFV y en la UNMSM. Ha publicado en el 2004 el libro de cuentos Los apostadores miserables. Actualmente es un vago.

El anuncio estaba claro: trabajo de auxiliar, 400 soles mensuales por medio tiempo, de lunes a viernes. Ir a la entrevista con ropa formal; eso significaba no vengas con bermudas, chancletas y el polo con un anuncio de jabón. Mejor propuesta era difícil de conseguir y él necesitaba el empleo con urgencia. Cansado de oficios mediocres y abrumado por las deudas, debía acudir a esa entrevista. Lo primero: no tenía ropa formal, nunca pensó necesitarla; es lo mismo que saber el concepto de números cuánticos, ¿para qué sirve? Pidió prestados ochenta soles con la condición de pagarlos con creces. “Avísame cuando necesites algo”, le dijo al buen amigo. “¿Para qué?, vales menos que un desecho orgánico”, habrá pensado éste. Se consiguió zapatos de otro amigo, no los volvería a ver, y ya estaba. Era el día. No durmió casi nada. Ojeroso, desanimado y barbón, tomó el desayuno: pan con té, las energías le sobrarían. A alistarse. Un baño helado, “¡qué qué fri-frío está haciendoooo!”, rasurarse, cortes en la cara, y un poco de loción. Se puso los zapatos, quiso ponerse los pantalones, tuvo que sacarse los zapatos, recién iban los pantalones, la camisa, la corbata, “cómo aprieta”, es lo peor en estos casos. “Me voy”, se dijo y salió de su casa. Sólo tuvo que andar media cuadra para darse cuenta de que los zapatos lo estaban matando. Para remate, la avenida estaba lejos. Siguió caminando, arrastraba los pies porque ya tenía heridas en los tobillos. Tomó el carro: “¿Va por la Arequipa?” “Sí, sí, suben, arranca”. En el viaje meditó sobre la entrevista: ¿Será personal?, no tengo currículum, aunque decían sin experiencia, ojalá no me hagan esperar mucho. Se quedó dormido. Despertó en la avenida Bolívar. Hacía bastante calor. Sintió que sus axilas sudaban, miró disimuladamente y qué mal: mancha por aquí y por allá, siempre le pasaba lo mismo a pesar del desodorante. Espero que no se note: era inocultable. Llegó a su destino, volvió a caminar y recordó las heridas en sus tobillos, aparte sentía cierto hedor. Zapatos apretados, corbata asesina y axilas manchadas. La entrevista era en un edificio. “Buenos días” al guachimán, “buenos días” a la recepcionista; “pase por aquí”, le indicaron. Un salón con sillas incómodas, de las que hacen doler atrás, y gente como él, fracasados, esperando. Se sentó en la tercera fila. Había por lo menos treinta personas más. Corbatas, minifaldas, sus axilas. Pantalones, blusas, sus tobillos. Entró una señorita y empezó la charla. El nombre de la empresa, lo que hacía, los ámbitos de trabajo. Anotó todo lo que pudo. “Bla, bla, bla”. Anotó eso también. Acabó. Ahora una pequeña prueba: responder en la hoja con sí o no.

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“¿Necesita urgentemente trabajo?”: no, qué bah, vivo feliz comiendo el menú de sol y cachueleando por unas migajas. “¿Vive solo?”: sí, nadie me quiere, ni su madre. “¿Es sociable?”: no, pero puso que sí. “¿Toma sus propias decisiones?”: acá no se puede, la gente se deja llevar por su pobreza, puso que sí. “¿Es perseverante?”: si no lo fuera ya estaría muerto. Y más preguntas por el estilo. “Devuelvan las hojas, en unos minutos les daremos los resultados”: qué eficiencia, ya los tiene fichados. Los dejaron solos. La gente estaba nerviosa. “Ojalá nos escojan”, le dijo la muchacha del costado, muy tensa. Pasaban los minutos y todos murmuraban. Finalmente entró la señorita con los resultados. “Las siguientes personas han sido seleccionadas”. Dictó ocho nombres, no figuró el suyo. “Gracias a todos por venir, los demás pueden retirarse”. Cabizbajos, los del pelotón de rechazados se fueron por distintos caminos. Él, contrariado y con un súbito dolor de cabeza, tomó el carro de regreso. Viajó parado en la cúster, soportando el dolor de pies. Se bajó unas cuadras antes para comprar una vendita y una chata de ron. Caminó bebiendo, la herida ya no le importaba, se había acostumbrado. Caminó pateando piedras, se aflojó la corbata y se rascó la axila. Habrá que esperar otra oportunidad, si sobrevivía a los días siguientes. Pasaría hambre, estaba seguro, más momentos difíciles; pero pensó que los podría aguantar. Sin darse cuenta se había desviado de su casa. La zona por la que andaba era peligrosa. Lo mordió un perro y lo asaltó un fumón. Se quedó sin trago y sin zapatos. Estaba harto, por lo menos quería descansar bien pero sabía que al día siguiente la resaca lo molestaría y la mordida podría infectarse, además acababa de perder los zapatos. Siguió caminando, se convenció de que no podría aguantar los días siguientes. Fue por eso que al llegar se recostó en la puerta de su casa, suspiró y empezó a llorar.

N A R R A

ESCRITOR

¡Maldita frustración! ¿Qué hacer cuando no puedes escribir, cuando no tienes ganas de leer? ¿Qué hacer cuando ves a tus amigos progresar, mientras te hundes en el abismo del fracaso? Quieres gritar, pero es de noche y es muy probable que los vecinos llamen a la policía. Quieres correr pero hace frío y tienes miedo de morir de hipotermia. A la luz del computador, en tu cuarto oscuro y sólo con la melodía de las teclas (porque estás tecleando palabras inventadas), sientes un miedo que te hace temblar desde lo más profundo de tu corazón y sientes en tus manos esa frustración de no haber hecho nada en tu vida. Entras al internet y encuentras a un amigo y le dices tu problema. Te manda un poema de Charles Bukowski para que te sientas mejor y lo lees y por unos segundos tu tembladera se calma, pero aún no es suficiente: fue apenas un analgésico, el dolor de muela te sigue jodiendo y no tienes plata para irte a un dentista y sacártela. ¿Qué hacer? Intentas leer pero tienes sueño. “¡Maldita sea! ¡Váyanse todos a la mierda!”, gritas en tu mente. En la sala de tu casa, caminas en círculo. Tu madre te mira y tú te detienes. Le quieres contar pero no puedes. Temes que se traume. Es mejor no angustiar a la viejita con tus nimios problemas. Pero relees el poema y una frase ilumina tu mente, “Y si tienes capacidad de amar /ámate a ti mismo primero /pero siempre sé consciente de la posibilidad de la total derrota, /ya sea por buenas o malas razones.” Y te acuerdas de que escribir es amarse a uno mismo y eso haces. Escribes y escribes todas tus frustraciones con la esperanza de que te van a leer una considerable cantidad de personas. Te sientes mejor. Aunque es por pura vanidad (pero qué escritor no es vanidoso, recuerden: “ámate a ti mismo”). Sabes que te va a leer aunque sea uno. Lo haces y gracias a Dios ya te sientes mejor. Gracias, Charles Bukowski. (Ginmel Zayin) 25

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N A R La última puerta

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Roberto Bermúdez: Hincha de Alianza Lima, Amante de Onetti. Enamorado para siempre de Amalia. Jura que en la vida 2 + 2 no siempre es cuatro. Escribe bajo el resplandor de un foco de 50 watts. Ama la universidad, odia los cursos cuadriculados y siempre está enamorado.

A “Va corriendo, andando, huyendo de sus pies” César Vallejo

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- Hace rato que te esperan abajo. La voz de la mujer brotó de la oscuridad como un animal asustado. Walter encendió la luz del cuarto. Bajo el resplandor del foco se revelaron las paredes infectadas por la humedad. Arrojó las llaves sobre el velador, junto a un atado de billetes y se dejó caer sobre la cama: “El taxi ya no era negocio en Lima”. De inmediato, sintió que la tensión de su cuerpo se quebraba como una copa de vidrio al tocar el suelo. La mujer se levantó. Desde la cabecera de la cama, estirado y con las manos detrás de la cabeza, la vio salir, perderse por el pasadizo hasta que se la tragó la oscuridad. En el trajín de la tarde había olvidado por completo lo de esta noche. Se asomó por la ventana: a través del vidrio, divisó la silueta del flaco Fernando disimulada por la neblina, bajo los pies del inca, y no pudo evitar pensar en la soledad. En el silencio de la madrugada la humedad crecía como una ola gigante. Era tan intensa que por un momento pensó que podía tocarla con los dedos. -Tendremos que poner papel -gritó, llevándose tres dedos al filo del bigote, al tiempo que se separaba de la ventana-. O nos cagaremos de frío. La mujer apareció con una tina con agua. Mientras la veía frente a él, Walter pensó en su vida, chata y vacía, desprovista de toda emoción; en cómo se le habían pasado los años sin ningún recuerdo importante al que aferrarse ante la idea de la muerte. Allí estaba su destino, enmarcado en el parabrisas, corriendo a toda velocidad por la Vía Expresa, pensando, muy en secreto, estrellarse y verse al fin exento de una vida que odiaba con todas sus fuerzas. Por un instante, la idea de ser un condenado para siempre lo devastó. Estaba condenado a beber todos los sábados, a que sus días, inútiles, se escurrieran hasta la última gota en las cantinas del pasaje Humboldt, al traqueteo de un motor que se ahogaba cada veinte cuadras, a vivir sin comodidades, a pensar en la miseria del fin de mes como una puerta ineludible. Sin embargo, lo había salvado de la ruina final ese barrio alegre, colmado de salones de baile donde nunca termina la música, su gente que le resta posibilidades a la tristeza repartiendo abrazos ante las puertas cerradas del cine Beverly. Esa era la vida: una curiosa manera de sobrellevar el tiempo, apretado contra el pecho, todos los días, con la vista puesta hacia adelante. Pero era tarde. En ese momento, clavó sus ojos en los de su mujer y decidió de golpe cambiar de carril, buscarse un nuevo destino. La mujer le presentó la tina. Tenía el rostro desbaratado por el sueño. Walter metió las manos de prisa. Ella lo observó con una serenidad que lo puso en alerta. - ¿Qué?- dijo él.

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- Ya estás jodido así, negro, por qué arriesgar el pellejo. De pronto, un coro de voces subió desde la calle como un vaho caliente y se instaló en medio del cuarto. La mujer se estremeció. - Están peleando, ¿oyes? Walter señaló la ventana con el dedo. - No te asustes. Pronto nos largaremos, chola, verás cómo nos olvidamos de este callejón de mierda. Ya afuera se enfrentó a la oscuridad de la madrugada. Era inevitable: la sola idea de volver al ruedo le producía una sensación de espanto. Se echó una manta sobre los hombros y atravesó el estrecho corredor con el sigilo de un gato. Todavía tenía las piernas entumecidas por el frío y la cabeza ocupada por un sueño que, desde el jueves, no había dejado de perturbarlo, ardiendo en su cabeza, obstinado como la cresta de una llama. Avanzó hasta el lavadero y dejó caer suavemente el cuello bajo el chorro de agua fría. La imagen desapareció de golpe con los últimos rezagos del sueño. El cielo estaba realmente oscuro, congelado como una fotografía, y en el ambiente flotaba el olor dulzón de la tierra mojada. Aspiró fuerte y sintió que sus pulmones se llenaban de una sustancia viscosa. No necesitaba la luz para orientarse, conocía a la perfección el callejón: el zigzagueante camino resbaladizo a causa de las tuberías rotas, el suelo poblado de grietas, las paredes desmoronadas por la humedad. Cerró los ojos y escuchó el silbido de los ronquidos filtrarse por las endebles puertas de los dormitorios, el chirriante movimiento de los camarotes de metal, el desvarío que producen los sueños y tuvo la sensación de que todos los habitantes del callejón habían muerto. Al llegar al altar del Señor de los Milagros, sorprendido de encontrar encendida la vela, se detuvo para rezar: <Protégeme papacito, hoy es la última vez> dijo apretando los labios, al tiempo que se persignaba con la devoción de un santo. A la luz de la vela, su rostro cobraba un aspecto irreal. Ahora lo invadía una sensación de paz benefactora que lo liberaba de toda culpa. <He vuelto> pensó, saboreando la lucidez que le producía escoger su destino. En la puerta del callejón lo esperaba el flaco. Parecía un fantasma. Sus ojos destellaban bajo sus cejas pobladas. - ¿Todo listo? -preguntó. - Sí -respondió Walter-. Listo. El auto avanzó por calles silenciosas, flotando a un lado de la vereda. Todavía no se habían apagado los últimos faroles de la plaza y sobre los techos de calaminas iba reptando una lucecita, vaga como los colores del atardecer. De vez en cuando, el flaco se volvía a mirar por el espejo, como si lo dominara un tic nervioso: <Hay que estar seguros de que nadie nos siga>. Y al instante Walter pensó: <se ha dado valor con la pasta>. - Hay que estar seguros de que no nos sigue nadie- volvió a decir el flaco, como si fuera la primera vez que lo decía. Walter descubrió que le temblaban las piernas. Entonces cayó en la cuenta: <siempre sería la primera vez>. Había comenzado a llover. - ¿Cómo está el asunto? -preguntó, adoptando una expresión reflexiva. Pero aquel hombrecillo parecía habitar un mundo paralelo, separado por un tufo de hierro de esa calle aniquilada por la realidad. Un perro salió de la boca de un callejón escoltado por un vagabundo y Walter tuvo que inventar una pirueta para no atropellarlo. El auto dio un salto sobre las ruedas posteriores. La radio estaba encendida. Pasaban una cumbia triste. Luego de un largo silencio su acompañante dijo: <estarás en la puerta, de campana>. Y añadió: <al primer ruido, disparas.> Por encima del timón extendió su mano y Walter sintió que el frio del metal le recorría todo el cuerpo. Walter se imaginó delante del centro comercial Señor de Luren y se estremeció. - Sólo si escuchas un ruido -sentenció el flaco y volvió a perderse en su mutismo. Un golpe cayó de pronto sobre él y lo cegó. Una camisa de fuerza laceraba su interior y lo catapultaba a la tristeza. El hombre revoloteó los ojos: <Hasta que recuperes el ritmo, no puedes venir con nosotros, echarías todo a perder>. Walter no lo miró, se sentía herido. Era verdad: hacía varios meses que había jurado dejar el negocio y, sin contar algunas fechorías menores como robar carne en el mercado, había tenido éxito en su propósito. El taxi se había convertido para él en una puerta donde, en cada paradero, en el rostro de cada pasajero ameno y conversador se desnudaba frente a sus ojos una vaga esperanza. A su lado, una voz lo devolvía de golpe a la realidad del momento. - Ya llegamos- dijo el flaco, levantando las cejas y abriendo muchos los ojos-. Espérame en la esquina, voy por los demás. Walter lo vio perderse por una calle angosta. No pudo evitar la tentación y bajó del auto. En ese momento sintió que el ánimo se desmoronaba dentro de él y corría calle abajo, hacia el vacío. Había perdido la malicia y aunque no dudaba de su agilidad, de su cuerpo engrasado y la flexibilidad de sus piernas, ahora la sombra del remordimiento se levantaba delante de sus actos como un gran muro. No tuvo tiempo de seguir pensando. El flaco apareció con dos muchachos y él creyó reconocer entre esas caras agujereadas por la viruela al hijo de la Martha, su vecina. Se dieron la mano y estuvieron haciéndose bromas hasta que llegó la hora. - Lo más difícil es aguantar el frío -dijo uno de los chiquillos. El otro parecía concentrado en la vigilia. Walter se acuclilló a su lado. Entonces el muchacho que había estado vigilando la noche se levantó y se puso delante de él. Walter leyó en esos ojos, todavía de niño, la malicia que él había ido perdiendo de a pocos a causa de procurarse una vida mejor, desvinculada con las malas acciones y su espíritu manso envidió aquel corazón firme que le señalaba la frente con el arma. - Ya te jodiste, negro -le dijo. En ese momento, aquella calle que él había odiado tantas veces por significar la rutina, la soledad, le pareció hermosa. A los lejos cruzó veloz un taxi amarillo. Ese sería su último recuerdo. Cuando encontraron a Walter tendido sobre el asfalto, hacía rato que la noche se había disuelto con los primeros brillos del sol. 

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N A R R A T I V A


N A R R A T I V A

Pura finta Aquella mañana Walter despertó sobresaltado por una premonición. Durante buena parte del día estuvo deambulando por el callejón, pensativo, intentando reconocer de dónde le venía ese extraño abatimiento. Se echó sobre los hombros la camisa del equipo de sus amores y decidió dar un paseo en bicicleta: “Cuando María me vea sobre esta Shark me abrazará solita”. El sol estaba alto y encendía la calle borrando las señales de tránsito, dibujadas sobre el asfalto. Pedaleó fuerte y sólo se detuvo a llegar al parque del Avión a beber agua. El lugar estaba casi vacío. Sólo unos muchachos revoloteaban en torno al oxidado avión. Walter recordó sus juegos de niño. Él también había pasado por debajo de esas alas metálicas inventando un nombre para el piloto ausente. Mientras bebía, advirtió que un hombre lo observaba con curiosidad. Era alto y fornido y vestía con zapatillas blancas y un buzo Umbro completamente azul. Sobre la cabeza ovalada llevaba una gorra. —Hey, campeón. ¿Juegas al futbol? —le preguntó de pronto. Walter no respondió. A pesar de estar solo, por una antigua sensación de inferioridad, pensó que la pregunta estaba dirigida a alguien más. Se volvió. No había nadie. —Veo que tienes condiciones —el hombre se acercaba sonriendo. Ahora llevaba un pito entre los labios. Walter retrocedió. —Sí —respondió Walter bajando los ojos—. Soy delantero. En efecto, durante su infancia había abrazado el sueño de convertirse en futbolista profesional, incluso estuvo en el equipo de su barrio y jugó varios partidos de la liga distrital pero, por falta de apoyo. había sido relegado como muchos otros al terreno de los hinchas. —Soy entrenador de menores —dijo el hombre— No pude dejar de ver tu camiseta, es también mi equipo favorito. Ahora estaba serio. Agregó: “estoy en busca de talentos para un nuevo club”. El rostro de Walter se iluminó. Sabía que tenía condiciones. Era verdad, habían pasado algunos años desde la primera vez que pisó una cancha grande, pero si entrenaba duro podría recuperar su nivel. De eso estaba seguro. El sol estaba ahora en su punto más alto y el calor se hizo insoportable. Una mujer se acercó hasta donde jugaban los chiquillos y les ordenó que la siguieran. Así lo hicieron. —¿Qué tengo que hacer? —se aventuró a preguntar, emocionado de estar frente a un caza-talentos. —Es sencillo —el hombre se acuclilló y empezó a dibujar sobre la tierra unas figuras con la uña—. ¿Ves esto? Walter se aproximó. —Se llama movimiento de ofensiva, una progresión, ¿sabes lo que es eso? —Walter asintió—. Pero eso puede esperar, lo que necesito ahora como requisito principal es medir tu físico. El entrenador entornó los ojos: —Sin resistencia un deportista está fuera del juego. ¿Como estás de velocidad? —Bien —respondió Walter, sintiendo que le temblaban las piernas. —Bien, bien —dijo el hombre—. Quiero que corras. Dos vueltas alrededor del parque serán suficientes. ¿Aceptas el reto? Walter se vio en un estadio jugando la final del torneo de ligas. Anotaba un gol y en la tribuna, María sonreía enamorada. —Sí —respondió—. Listo. A mitad de la segunda vuelta alzó los ojos. Como el calor, el hombre había desaparecido. “Tuvo que hacer un encargo y tomó la bicicleta. Vendrá pronto”, pensó. Así estuvo durante una hora esperando bajo la sombra de un árbol. Después, resignado empezó el camino de regreso a casa. “Nunca estuve enamorado de esa”, se dijo. Sabía que él también mentía. 

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Terra Ígnea / Armando Arteaga Poeta insular Mi deber es escribir en libertad, sentencia Arteaga. Y aunque sea un verso suelto, parece cuajar dentro de su actitud. Por edad, relaciones y tiempo, debería pertenecer a la generación del 70. Pero no militó en ningún grupo literario. No figura en ninguna antología “respetable”. Es arquitecto de profesión, cineasta y poeta porque no le queda de otra. Su primer poemario aparece con tardanza –contrariando la tendencia de publicar estrenados los 20 (Heraud, Calvo, Watanabe, Oquendo de Amat…)-, Callejón sin salida se publica en 1982. Treinta años. Sin embargo, incapaz de huir del influjo setentero-hippie-social, lo usa como arcilla y logra un poemario al filo de la ruptura 70 y la exploración suicida: Terra ígnea (2004). Collage de la contra-cultura, del mundo underground, mezclada con influencias del cine europeo, jerga peruana, música setentera, salpicado de oralidad. De total desparpajo y arraigo social. Surgen guiños de Vallejo, Juan Ramírez Ruíz, Kenneth Koch, entre otros; todos bajo un pulso dulzón y deschavado: “El dadaísmo ha muerto/ el nadaísmo vende baratijas/ Nosotros/ somos esa nueva manera de mirar….” Y más abajo: “Crear el nuevo idioma/ de la acción a la irrupción”. Es influenciado e influye a su vez. Y esto lo agradecemos. Releo lo anterior: qué lejos suena todo de la poesía (en minúsculas), de sus poemas, no haría más falta que leer uno de Terra ígnea para que todo quede claro. Como dijo Sabina, por influencia de Octavio Paz: Vivir sencillamente. Sigamos. Da la sensación de no ceñirse a ninguna estructura más que la búsqueda de su propia poética. Estira sus versos como le da la gana. La libertad es lúcida y lúdica (El aguaplop, plap…/ jugando a la berlina, desolado el te-/ jado, asustando al gato), y parece que no se acaba nunca. Otras vueltas por la realidad Tierra ígnea, caliente, volcánica y, ante todo, nostálgica. Para Santibáñez esta es la palabra clave del libro. Aunque no sé cual sea la palabra clave, pues el libro es una explosión de muchas posibilidades. Puede ser un libro de amor contrariado. De amor desarraigado, de amor imposible. A.A. regresa a los malecones donde amó a muchachas desesperadas, retoma el curso de sus recuerdos pateando latas, fumando sus versos, como la única salida posible. Dar vueltas por Lima entonces es algo parecido a la soledad. Y da vueltas por los poetas (menciona a los muertos/ recuerda a los vivos). No hay más vueltas y Armando lo sabe: El tiempo es una inmundicia/ La poesía es ahora una muchacha/ encontrada en un cubo de basura/ Ya no es posible el sueño, oscurecerse/ Tardarse, amanecerse/ Despertarse- circunstancialmente- en un parque/ Todos los días me levanto con guerrillas/ Miro a mi alrededor/ No encuentro a nadie… Pero también se incluye dentro de los cantos contra la sociedad mercantilista. En el poema TACORA MOTORS se desliza el reclamo -sin aspavientos ni poses- contra los humanos chatarra, los humanos marca, los humanos objetos. Entre la guerrilla y el amor, no existe un lugar donde ir, hay mujeres y largas avenidas. Es difícil caminar sin amor, pero más aún amando. Mejor meter las manos. Piensas. Están las mujeres: compartieron arena, sol y tibieza de la tarde. Hoy se guardan pequeñitas en letras negras. Cruza otra avenida (Me alejo por la autopista/ Mi ruta/ -imán de las imágenes- / La ciudad de noche/ Un gesto algo indiscreto/vida veloz/ Viajo en algodón, patino en la lluvia). Cruza playas, caleteando hasta el amanecer (Sabes… Neruda también estuvo aquí) Buscando a uno de esos dinosaurios sabios que no van a desaparecer (Enséñeme a escribir este poema –viejo- / Aprenda a escribir, no joda, observe/ primero el universo, usted es muchacho todavía/ cada cual mata las pulgas como puede) Como dijo José Coronel Urtecho “Cuando ya nada pido/ y casi nada espero/ y apenas puedo nada/ es cuando más te quiero” (Julio Barco)

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El gato encerrado/ Andrés Trapiello

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Andrés Trapiello es un español anacoreta marcado hasta los huesos por los clásicos españoles: Ramón Jiménez, Baroja, Machado y sobre todo Galdós. Nació en León y vivió durante mucho tiempo en Madrid. Comprador fiel y dominical de libros viejos y demás cachivaches. “Recojo lo que puedo o lo que me interese, pero siempre me llevo algo… sino es un objeto, es alguna frase, alguna vivencia, algún recuerdo…”, escribe en su libro El gato encerrado. Éste es su primer diario, o también el primer paso —entre otros 16 más— de algo que él llama una novela en marcha (El salón de los pasos perdidos). En las páginas de El gato encerrado se amolda perfectamente el término vidario, acuñado con justicia por Unamuno. Palabra que se esconde bajo el gabán de Trapiello y que éste relaciona perfectamente con las autobiografías en una conferencia donde explica cómo el lector conoce al autor a través del libro, nunca de manera directa. “Sabemos más del Quijote que de Cervantes”. Por lo tanto salir demasiado de la ficción es un delito. Es lo que ha hecho que los diarios no sean muy consumidos. “En ellos solemos encontrar, más veracidad que verosimilitud”. Con lucidez y tino repasa las peripecias y obligaciones de un escritor muy a su estilo, es decir perdido, caleta. Gracias a esta característica nos hallamos frente a dos lecturas. Una, la trazada por el escritor incógnito y engarrotado por las relecturas clásicas. Dos, la que revela los confines de aquel escritor que ganó el Premio Nadal y supo hacer crítica, creación y poesía, bajo la sombra de su desfachatez/vergüenza. Porque hace falta ser atrevido para ser bueno y desaparecer. Trapiello deja poco espacio para la anécdota y más bien reflexiona, se queja, da consejos, y une los eslabones de una cadena interminable de párrafos deshilvanados, pero que, en conjunto, salpican lo que es, con eficacia y modestia, su vida. Sin fechas, pero con nostalgia, sin cortes comerciales, sin muchos laureles en la pintura, pero con huevos para equivocarse, sin pasajes cojudos, pero presto a la contemplación y, sobre todo, escrito con una pulcritud cortesana; El gato encerrado, además, se presta como carpeta de escolar, para ser rayada (subrayada) hasta por puro gusto. “Cuando escribía mi diario —cuenta—, sabía que tarde o temprano se publicaría, de manera que no sería raro sorprenderme en alguna de sus páginas componiendo el gesto, como cuando sabemos que van a sacarnos una fotografía”. Esto es cosa seria. Nada de vanidad o presunción literaria. Las ideas en El gato encerrado aparecen o desaparecen, pero nunca faltan y se enchufan al libro con una prosa para nada improvisada, como suele suceder en aquellos que patalean sobre este subgénero. El criterio de Trapiello para juzgar la vida y el oficio de escritor es perenne, constante, de ejercicios todos los días (a lo Vargas Llosa, pero sin conferencias en Oxford), válido y poco tomado en cuenta. Sobre todo en estos días de proliferación artística mediocre; eso dice él, y yo le creo. (Omar Livano)

El ojo de la mujer / Gioconda Belli No quiero hablar de Gioconda Belli, quiero que la lean. Ipso facto. Es una orden. Se los exijo de rodillas. Acabo de leer El ojo de la mujer (su poesía editada en Visor)...y no hay más otra vuelta de tuercas. Es cuando uno quisiera ser millonario y comprarse todo el lote de sus libros, pararse en alguna esquina del mundo y regalarlos. Así, a quien pase, a cualquiera. Pero ya que siguen aquí, déjenme decirles unas cositas: Aunque ya viene siendo innecesario jerarquizar, creo que es una de las mejores poetas de nuestros tiempos. Nicaragüense y cosmopolita. Siente su país como una boca en el pecho. Le duele no tener más brazos para abrazarlos a todos. Y dice: amo a los hombres y les canto. Es una poesía vital, de arcilla y oxígeno. Inexorablemente ligada a la vida, elige dos caminos: la rebelión y la revelación. Belli no habla; te dice, te ayuda. Belli no escribe; te lo dice al oído. Sus palabras son como recetas de cocina, como oraciones antes de dormir, confesiones de cama y lucha. Nosotros buscamos un amor así, hecho a trocitos, a fideos, a nuevas palabras. Una felicidad así, tan de otros tiempos, tan de ahora. Y no nos queda más que aprender su ritmo, seguir sus pasos, entonar en el cuello amado su voz. Leerla en el claroscuro, en la intimidad. Su efecto no pasa. Su fuerza sigue intacta. Búscala en Google. De una puta vez. (Julio Barco)

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Qué risa, todos lloraban / Huilo Ruales Hualca. Quito: Editorial Estación Sur, 2009 Muchos escritores empiezan a ser olvidados antes de su muerte. Esto en muchos casos se podría comprender –Cueto, Ampuero, Bayly, etc.-, pero en el de Huilo Ruales Hualca no. Este tío ya casi va pa los 70 años y aún no tiene el lugar que se merece en el canon latinoamericano. En su país natal, Ecuador (donde, al menos, se le valora con cierta justicia), la crítica literaria le ha sabido reconocer –fragmentariamente- una prosa ágil, un lenguaje intensamente poético y una singular visión tragicómica sobre sus personajes. Pues bien, ahora todo este rollo lo podemos encontrar reunido y muy bien revuelto en su última novela: Qué risa, todos lloraban. Y este libro tampoco merece ser olvidado. Huilo escribe –como dicen en mi chamba- con el empuje de un chibolo lleno de leche. Su amor, su tristeza, la amargura que le produce crecer, la soledad y, por momentos, el ahogo que puede producir una ciudad, aquí lo encontramos con una intensidad puesta al doble. Huilo, repito, va pa los 70 años, pero escribe como uno que apenas pasó los 20. Cualquiera que no lo conociera diría que es una ‘novela de aprendizaje’. Pero ¿qué le diferencia de tantas otras que se han escrito? Fácil: Huilo ya está viejo pa caer en lo cursi. Pero tampoco por eso le huye a la poesía. Este tío todavía tiene el talento y los huevos para arriesgarse a escribir una prosa que sea a la vez reflexiva, poética y veloz. Y lo logra. Ése no es un mérito muy común que digamos. Muchos escritores se conforman con sólo ser veloces. Otros vomitan metáfora tras metáfora sin darse cuenta que a mitad del primer párrafo ya dejan de ser leídos. Huilo camina y baila por la cuerda floja que se extiende justo al medio. Incluso el narrador, un adolescente que tiene la desgracia de haber nacido con cara de payaso, opina, juzga, maldice y se lamenta a cada rato, y aún así la novela no pierde su agilidad. Como después de hacer el amor, el lector terminará felizmente exhausto. Ahora bien, tampoco se les vaya ocurrir sólo tragárselo como si fuera una novela light. Qué risa, todos lloraban está pa disfrutarse en cada detalle. No es sólo para el placer sino para el goce. Porque, además, la historia no es sólo la de un grupo de adolescentes que hacen todo tipo de locuras para crecer sin el peso de la aburrida madurez. Hay personajes memorables, como el Caracortada (un maleante sin una pizca de piedad), el Murciélago (un poeta maldito que mantiene relaciones homosexuales con curas y monaguillos), el trapo Andrade (un colegial víctima de un padre pederasta), pero sobre todo la Mudadelia. Pa qué describirla yo; aquí tienen un poco: La Mudadelia llega con las justas al metro veinte pero adentro tiene por lo menos un caballo. Aunque también afuera, es decir en la cara, una risa equina, de idiota a tiempo completo. Una risa que es un hachazo en su cara. Una risa de castigo. Una risa que no se le quita nunca y que a veces parece que le resulta una tortura, como tener en medio de la cara pegada una tarántula. (…) Una risa babosa que le devoraba toda la cara caballuna y, lo peor, que seguía sonando solita durante las noches. Desde que se inauguró como huérfana, la risa no solamente se le ha dado por abullanguerarse sino por volverse babosa. Quién sabe si la baba le proviene de la pena, algo sí como lágrima de boca. Como lo habrás notado, cada personaje es recontra marginal y trágico a su modo. Lo curioso es que no puedes dejar de leer esta novela con una mueca de sonrisa y algunas carcajadas. Huilo no es un escritor trágico; es más bien como un Bryce Echenique ecuatoriano, pero con más calle, más mierda y poesía. Aquí no te ríes de la desgracia, sino que aprendes a sonreír en medio de ella para sobrevivir. Qué tristeza, todos reían. El creador de esta pequeña obra maestra ha recibido muchos premios, pero lo que en realidad le hace falta son más lectores. El canon literario de Latinoamérica ya tiene muchos escritores exóticos, serios, trágicos, vanguardistas, arquitectos y malditos. Dejemos más espacio a los payasos, aunque en sus historias todos lloren. (Antonio Chumbile)

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Diario de una becaria / Nacho Abad

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Hay libros que —con religiosidad— deben recordarse siempre. Otros deben ser olvidados aun antes de haber concluido su lectura. Pocos, como Diario de una becaria, tienen la capacidad de gustar mucho, es decir deleitar, y sin embargo terminar en el rincón donde se apilan los libros que ni botaremos ni volveremos a leer. El mérito de este libro, escrito a modo de diario, es su sinceridad y en pocas palabras —y sin preámbulos— su facilidad para hacer que el lector se cague de risa. Lo oyó bien: se cague de risa. Aquí las estructuras complejas, elaboración de universos o anhelos de trascendencia están de más. No es tampoco un libro liviano (Onda light), y si lo es, pues no se avergüenza de serlo. Nacho Abad repara en las manías y excentricidades de una egresada de periodismo que busca por todos los medios atornillarse a un puesto de trabajo. Perfila bien algunos personajes estereotipados que resaltan la actitud imberbe-alpinchista de Ana Ruiz, la protagonista. Como en estos libros un idilio amoroso nunca está de más, construye una relación extravagante con un cazador de fotografías de guerra. Probablemente son estas partes las más logradas en cuanto a descripciones o artificios literarios. Pero lo repito, este libro no busca situarse como un punto de partida para una nueva literatura, ni mucho menos como una obra maestra. La búsqueda de Nacho Abad, con la mayor de las sinceridades y el mejor de los resultados, es entretener. Leer libros como estos, de vez en cuando, está bien. Relajan, y eres consciente de que después tu vida seguirá transcurriendo tan igual como siempre. Es normal que exista esta literatura, lo malo es que todos quieran ser así de plásticos. (Omar Livano)

Naufragios / Danny E. Barrenechea León Hay una certeza en la poesía joven -o de los jóvenes-: la sinceridad. Sinceridad que, a veces, incurre en desatino, desliz y otros condimentos impresentables. Juan Ramírez Ruiz afirma que la edad no es una excusa para nada. En fin, teorías de lado, ahí está (y muy vigoroso) el primer poemario de Danny Barrenechea: Naufragios. En su biografía se dice que no ha ganado ningún premio y que perteneció a un grupo literario llamado Quo Vadis. Esto ta bueno para darle una onda mística, una pose “anti sistema literario” que actualmente es sinónimo de ser cool. No más, no menos. Intuyo que tuvo que pasarlo todo joven villarrealino que experimenta la urgencia de formar un grupo siguiendo la estela horazeriana; incluirse en antologías fotocopiadas en blanco y negro y leída por unos pocos buenos amigos; probar la cebada de jirón Zepita; hablar de la poesía por los extremos de la avenida Tacna; jalar todos los cursos del segundo año. No es, digamos, la típica poesía barroca que no se entiende ni michi y se difunde a chorros. Tampoco es la poesía media light -aunque muy Luchito Hernandez- que gusta a los adolescentes que sienten mucho. En algunos casos, ni siquiera parece poesía. Creo, y tal vez me equivoque, que el tal Barrenechea tiene pocas certezas y, siendo joven, defiende su sinceridad con versos desaliñados: "Yo no escribo versos, los vomito". Asegura que Sabina es Dios y que Calle 13 bendita música de fondo. Y no hay más que decirle: ¡salud por eso! Y, como quien paga veinte céntimos de más en la combi y está a punto de mentar la madre, lanza estos versos indómitos: “Te voy a contar los sueños que no ves/esas vidas que están pasado y ni te has dado cuenta/ te voy a enseñar a caminar/a saltar /si es preciso sobre el mundo/trotar de ciudad en ciudad… ¿Es un buen libro? No. Eso parece ser lo de menos, aunque las palabras serían: irregular, portentoso, mediano, arriesgado. (Julio Barco)

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Pensando en Carlos Fuentes Como un aura que atrapa a un fantasma, despedida a un milagro en segunda persona

Por Enrique Guadarrama (México)

A L M A E S T R O

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e preguntas: ¿Cuándo fue? Tal vez cuando el coronel Lorenzo Gavilán apareció por las calles revueltas de Macondo apoyando a los huelguistas de la Compañía Bananera y la que estaba contando esa historia (siempre ha sido para ti la voz de una mujer la que te cuenta Cien años de soledad) decía que aquel era “un coronel de la revolución mexicana, exiliado en Macondo, que decía haber sido testigo del heroísmo de su compadre Artemio Cruz”…Pudo ser también cuando descubriste que, como tú, exorcizaba o calmaba su mundo con los Beatles: “Uno entraba entonces en el estudio de Carlos Fuentes, y lo encontraba escribiendo a máquina con un solo dedo de una sola mano, como lo ha hecho siempre, en medio de una densa nube de humo y aislado de los horrores del universo con la música de los Beatles a todo volumen.” (Gabriel García Márquez, Notas de prensa 1980-1984)… O fue por aquel nombre tan enigmático: Amilamia, “Amilamia no olbida a su amigito y me buscas aquí como te lo divujo.” Tú, leyendo en la banca de un parque como el personaje de ese cuento tan enigmático, tan bien llevado, pensando así era yo, así era yo. Y desde entonces, cuántas mujeres de los libros que eran trasuntos de tu realidad: Amilamia (“La muñeca reina en Cantar de ciegos”), Aura (Aura), Inez (Instinto de Inez), Laura (Los años con Laura Díaz), La Dragona (Cambio de piel), La Paloma (Los caifa-

nes), o “La prima incómoda” (Todas las familias felices)… Todas misteriosas, nunca asibles del todo… A lo mejor cuando el Chac Mool te mantuvo alucinado por semanas junto con José Luis y pensábamos en no acabar como Filibertos… Ya sé, fue cuando te leíste ese otro cuento fabuloso, ¿cómo se llamaba…? “Un alma pura”, y pensabas en tu relación con tu hermana menor hasta que se bifurcaba la tuya con la historia del cuento porque tú no eras un incestuoso y ellos sí… Pero qué forma de contar, pensaste, ¿cómo se cuenta así? Ya habías leído a Juan Rulfo, a García Márquez y a los demás, y empezabas a darte cuenta cómo se nutrían los unos a los otros, lo del Boom lo supiste después, lo que sabías es que ahí estaba tu lengua, tu idioma, el idioma con el que, bien dijo Carlos Fuentes, hacías el amor. La literatura de Fuentes fue un encuentro y un desencuentro con eso que llaman el contenido y la forma: hay obras que sobreviven por la historia que cuentan, y obras en que en la forma, en la riqueza del lenguaje, nos va la aventura de leer, en el regodeo de las palabras, el baile erótico, casi promiscuo, de unas con otras. Yo me confieso, ante todo, lector de Carlos Fuentes, un apasionado y agradecido lector. Me extendería por párrafos para dar cuenta de esa aventura en la que se me han ido las horas, los días y los años.

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C O N C A R I Ñ O


A L M A E S T R O C O N C A R I Ñ O

Como Vargas Llosa se lo hizo notar a Enrique Krauze, allá en los 80: en la pluma de Fuentes no estaba la crónica o el testimonio sino la invención de otra realidad, de un país, de una sociedad, y en esa invención, perviviendo, el ansia de contar una historia. De contar una historia porque sí, porque las necesitamos. Jorge Luis Borges dijo una vez que “un libro (podríamos decir aquí, un texto) es una cosa entre las cosas… que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza”. Cuántos no hemos pasado por Donceles de arriba abajo tratando de encontrar el número “815, antes 69” sin saber bien para qué. Si lo encontráramos, ¿entraríamos?, ¿y si fuera ese el designio de la vieja Llorente? (En Cristóbal Nonato hay pistas para ubicar esa casa… yo he estado enfrente tentativamente, apagué mi cigarro y salí corriendo)... Hablo de esa magia que nos vuelve lectores irredentos, pero también incorruptibles. Fuentes nos dio un imaginario referencial en el que ahora nos reconocemos; no sólo eso, colocó nuestra narrativa en la primera línea de la literatura global, se insertó y nos insertó en ese gran fenómeno que fue la novela en el siglo XX, ayudó a crear una literatura de primera; dijo -y dijo bien- Fernando Benítez que “cualquiera que sea el destino del libro mexicano, ya no le espera el miserable y caduco ninguneo”, y no se equivocó. Cierto que antes estaban Rulfo y Octavio Paz, pero fue Carlos Fuentes quien nos puso en el mapa con La región más transparente. Hablo, sí, de la dignidad del narrador y de la novela. El siglo XX fue el siglo de la novela y Carlos Fuentes (aciertos y yerros) fue nuestra carta de batalla... Tantos recuerdos se me agolpan mientras escribo esto, hay tanto que quiero decir, tanto que recuerdo… Otro gran novelista, hermano y heredero de Carlos Fuentes, Fernando del Paso, reconociendo el magisterio de Fontacho, como le decía García Márquez, en el 40 aniversario de La región más transparente, le confesaba: “¿Y sabes una cosa, Carlos? Me gusta pensar que la colilla que cerca del final de La región más transparente arroja Gladys García desde lo alto del puente de Nonoalco, la recogió José Trigo que pasaba por abajo, y no por casualidad.” Fue él quien abrió las puertas de la Alameda por la que pasaron después un Salvador Elizondo, un José Emilio Pacheco, un Juan García Ponce y otros. Compañeros y a la vez discípulos. No es raro que, en este día negro, Xavier Velasco se declare como un novelista huérfano. Comparto el sentimiento. En una de esas fue cuando te indignó que la filóloga Concepción Company, en el “Glosario” anexo en la edición conmemorativa de La región más transparente a cargo de la RAE-ASALE, haya consignado que boinas era una posible deformación de “buenas”, pero qué señora tan bruta pensaste; por eso Gabriel Zaid y Luis Fernando Lara se la escabecharon, si es tan obvio que boinas en la novela (y en la vida cotidiana) funciona como voy, mejor aun: ahí te voy… Tal vez cuando leíste Aura la primera vez en esa biblioteca perdida en un cerro de Pachuca y dijiste o pensaste “a ver espérate, qué

chingados está pasando…” O en una casa derruida y sola donde te pasaste un fin de semana y leíste siete veces la gran noveleta (en esa desde entonces mítica edición de Era de 64 páginas por la que tantos y tantos jóvenes mexicanos hemos pasado) y todo se convirtió en un perpetuo Tú …O fue en la Preparatoria, cuando le leíste a esa muchacha hermosa y tibia gracias a la luz del alumbrado público esa pequeña obra maestra del cuento que es “El amante del teatro”, mismo cuento que le enseñaste a Diego y que, en agradecimiento de aquella presentación, hoy te habló como a las dos de la tarde para darte entre lágrimas la terrible noticia… Te saliste del tiempo, te saliste del vagón y te pusiste a llorar… Sí, “despedirse es morir un poco”… Y nunca dejó de sorprenderte, aunque más de un crítico ya lo daba por acabado, todavía era capaz de publicar unas cuantas palabras perdurables y perturbadoras, como ese otro cuento de principios de 2009, inextricable y poderoso, vital, que para ti es una rendija abierta por el autor, como diciendo: Aún hay cosas que contar, la literatura aún puede hechizar. Cuando ya todos daban por muerto al género cuento él guiñaba el ojo; por aquí, por aquí, se te había ocurrido esto: “El hijo pródigo”... Cuando le estrechaste la mano apenas en diciembre en la firma de libros, viste esos ojos, penetrantes, duros, pero la voz amable, la dedicatoria: A Enrique/ su amigo/ Fuentes/ 2011… En la conferencia que dictó en 2010 sobre la “Novela de la Revolución” en el Colegio Nacional y tu sorpresa: nadie había leído así el Pedro Páramo, nadie, ¡qué cosa tan impactante para ti que te jactabas de conocer a la letra la obra de Rulfo!… En el 2008, cuando el homenaje, estabas otra vez junto a aquella chica en el Auditorio Nacional y lo escuchabas, diciéndote a ti y diciéndole a tu generación: Les toca a ustedes, ya ganamos la identidad, ahora ganen su diversidad; y saliste exaltado y feliz. Era la primera vez que lo veías, pero, por supuesto, ya era tu amigo desde antes… He llorado esta tarde, esta noche, y lo seguiré llorando. Más aun: lo seguiré recordando, leyendo. En algún lugar sé que está ese muchacho que soy yo en medio de una nube de humo, en un café de Insurgentes y Montevideo con Luis y con los otros hablando a gritos de él… con Daniel en cualquier esquina leyendo párrafos y párrafos y comentándolos… con Ligia en una tarde de llovizna frente a la casa de López Velarde leyéndole algunas páginas memorables para tratar de que siguiera enamorada de mí… o solo, en la soledad de mis libros y mi vida dialogando con el autor del que más libros tengo… Cuando murió Julio Cortázar, dice Carlos Fuentes: “Llamé a García Márquez conmovido por la desaparición de nuestro incomparable amigo. Gabo me contestó, memorablemente: “No creas todo lo que lees en los periódicos”. Es cierto, no hay mortalidad en la literatura… Carlos Fuentes, QUE DESCANSE EN PAZ. Ojalá que donde esté, le sirvan estas palabras, estas nostalgias prematuras y breves, estas lágrimas, y que sepa que fui, que soy, que seré siempre un lector muy agradecido y muy feliz por haberme encontrado, un día, con una historia suya… 

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S O Y El tiempo desbocado; terremoto en Haití, 12 de Enero 2010 Por Alejandro Carnero In memoriam Andrea Loi y Jean Philippe Laberge

Puerto Príncipe –la de una agencia de Naciones Unidas– ejecutó una obra que se inauguraba con la presencia de Su Excelencia. En el momento de una foto semi-abrazados, el fan de décadas en mí no pudo contenerse y le solté, “me gusta mucho su música”. Calló largos segundos y una voz deontológica interna ya me regañaba angustiada. “Gracias”, contestó suave, con la limpieza de una conclusión, a la que parecía haber llegado en esos segundos: la de que tanto no puede negarse el que Sweet Micky está vivo en alguna parte. Horas antes, mientras me acicalaba para la ceremonia, había pasado 40 minutos intentando hacerme el nudo de la corbata frente a un tutorial de youtube, así que padezco también para disfrazarme de funcionario y a veces añoro pasar el tiempo leyendo y escribiendo en lugar de administrando y proyectando en nombre de la comunidad internacional. Otras veces no, al contrario, me parece posición adecuadísima para un escritor, la de estar enchufado en actividades de la vida real y no en un laberinto de libros y coloquios. Aunque el dilema es espurio; lo que sea que se haga, lo único que hace a un escritor es un elemento cuasi innato: el talento. Pero qué desagradables esos personajes cuyo ser escritor no está en lo que escriben sino en representarse escritor. Es la más grotesca de las burocracias. En el Perú hay un caso paradigmático: Ivan Thays. Sin talento, sus escritos son naturalmente farragosos, pero de eso no tiene la culpa. Lo patético es que, no habiendo experimentado en su existencia nada más que sus funciones institucionales como escritor designado, tienen sus libros la vida de un animal disecado.

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ace unos días estuve con el presidente haitiano, de cuya música soy fanático. Conocido como Sweet Micky en su faceta como el artista más popular de Haití, desde la campaña electoral el presidente Michel Joseph Martelly, forzó una férrea metamorfosis para embutir en un closet al explosivo showman que tanta fama le dio, y al fin y al cabo la presidencia, pero que imposiblemente vestiría la solemnidad que tal cargo requiere. Ya en la campaña un arma de sus enemigos fueron los videos de conciertos en que se baja los pantalones y baila en calzoncillos. Para mí Sweet Micky siempre simbolizó la increíble capacidad haitiana de estallar tras cuatro notas en esa alegría al borde de la locura que es quizás la dimensión más sana del ser humano. Sentimiento que en muchas culturas recibe una conmemoración especial: el Carnaval. El kompá de Sweet Micky es esplendido, vital y dulce; sus conciertos y las comparsas de febrero, legendarias. Pero claro, con las riendas de uno de los países más arduos del planeta en la mano, su excelencia Michel Joseph Martelly, debe mostrar el extremo opuesto, el del más formal, corporativo y amoldado tecnócrata. Hay por lo tanto un estrictísimo protocolo emanado desde la presidencia, un sólido consenso tácito entre los agentes políticos nacionales e internacionales, y el país sigue la corriente, respecto a que Sweet Micky está muerto, y es hasta insultante evocarlo en relación a Michel Joseph Martelly. Hace unos días, pues, la oficina que dirijo en

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Un caso opuesto es Jaime Baily. Éste, que algún talento tiene, irrumpe como escritor con la bandera de la vida extrema, énfasis en sus trucos más fáciles para una sociedad pacata: el atrevimiento sexual, la insolencia política pro-sistema. Pronto se descascara la primera capa y se distingue lo caricaturesco de su ser, pero fenómeno graciosísimo resulta cómo esta literatura de vida ligera ha terminado engendrando a dos monstruitos: su amante hombre y su amante mujer, que se proclaman escritores ante los medios de comunicación, llevando a su conclusión lógica el camino abierto por su padrino: la literatura como rama del bataclanismo. Todo lo racional es real, diría Hegel. Otros especímenes curiosos guarda el mediocrario literario peruano. Está el ganador de premio de editorial española o casa comercial fina, sus aspirantes, están los viejos regios, están los blogueros amargados. Pero baste apuntarlo. La digresión iba a que ocho años como funcionario internacional en Haití me han colocado en vivencias de intrínseca literaturalidad y cuento en esta crónica algunas del terremoto del 12 de enero del 2010. Trabajaba entonces en Port de Paix, relativamente lejos del epicentro, pero no tanto, y corrí del escritorio, irracionalmente no hacia la salida sino al balcón, brinqué sobre el muro externo y circulé sobre él, sorteando no sé cómo el alambre de púas hasta agarrarme a un plátano y voltear a mirar la oficina, que se movía con el gesto frenético e insolente de quien provoca una pelea, adelantando y retrocediendo pecho y rostro mientras dice “¿qué?, ¿qué?”, así que asumí que se precipitaba y me disponía a saltar al mar, que prácticamente da contra el muro, cuando todo paró. Casi un minuto había durado, pero el pavor provoca la ilusión cronológica de que fueron segundos. Sonreí al ratito, con ese orgullo del latino tras experimentar riesgos que concluyen inofensivos. Pronto me enteraría de que en Port-au-Prince no había sido ningún chiste. Cuando alguna comunicación pudo restablecerse fui solicitado para apoyar en la emergencia allá. Aunque Port-de-Paix está a 270 kilómetros de la capital, las carreteras sin asfaltar en su mayor parte y con tantos cráteres como la luna, los convierten en un viaje de atormentadas 8 horas. Debía despertarme a las 4:30 a.m. pero a las 3 el guardia toca la puerta casi frenéticamente. Va a haber otro terremoto, me dice. No pueden preverse, así que lo niego, pero insiste: - ¡Todo el mundo ya salió! Me asomo al balcón y veo la calle llena de gente. Empiezo a asustarme. Notándolo, el guardia me explica: - ¡Dicen que ha habido un terremoto en Saint Marc, y va a venir para acá! Es absurdo, pero cuando tomo el camino a Port-auPrince, dos horas después, veo que toda la ciudad lo cree. Las calles están llenas de gente, en ambiente casi festivo, espe-

rando al terremoto que viene de Saint Marc. Cuando en el camino paro en Gonaïves, la tercera ciudad de Haití, me comentan que ahí también la gente madrugó saliendo de sus casas a esperar un terremoto imaginado. Fue una estación de radio, adecuadamente llamada “Explosión”, la que hizo circular otro rumor sin sentido en algún punto de la noche. Estas zonas no fueron afectadas en el sismo, pero la paranoia está en niveles de psicosis. Nunca olvidaré la entrada a Port-au-Prince ese 14 de enero. El aire estaba distinto, como empachado y agrio. Todas las casas vacías, caídas o cayéndose. Esto curiosamente las humanizaba, no parecían objetos sino seres, desolados. Cartulinas y graffitis aquí y allá: “We need help”, lanzados a una comunidad internacional que empezaba a desembarcar por toneladas. Y la gente con tapabocas. En avenidas y callejuelas, cadáveres a medio tapar, hinchados ya y tiesos, subrayando sin embargo la vida por cosas como unos jeans de moda, un peinado estilizado. Otros prolijamente cubiertos con sábanas, evidenciando con dignidad la forma humana subyacente. Al imaginar las víctimas de una tragedia masiva, uno tiende a visualizarlas iguales, como una estadística encarnada, con la uniformidad de pescados en una red. Se habla de 230,000 en este caso. Lo más impresionante al estar rodeado de ellos eran sus atributos, en los que uno repara apenas mientras camina entre la masa de vivos, pero en la muerte, cada niño, cada mujer joven, cada anciano, cada gordo, cada elegante o cada uniformado chilla ante el espectador su especialidad. Unos parecen dormidos, no se entiende qué les cayó encima matándolos, y es aterrador pensar en la fragilidad del juguete que nos envasa. Mucho estaba como quedó. Había pocos rescatistas y se concentraban en los derrumbados grandes hoteles y el Head Quarter de Naciones Unidas, donde yacían extranjeros y la cúpula de la Minustah. Era entonces punzante entender la historia de algunos cuadros, la escena final de la película de alguien, congelada: los estudiantes en su huida por las escaleras cuando se derrumbó el instituto; la pareja en el carro en medio de la calle, plantado ahí por una casa que se les vino encima.

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En los días subsiguientes, desde los escombros de su indigestión, la ciudad vomita cuerpos, metódicamente. La gente juega dominó cerca, o pasa sin evitarlos mucho, como si de muebles viejos abandonados se tratara. Y en cada calle una o tres edificaciones aplastadas, con el techo besando el piso. Adentro agonizan los atrapados, que no tuvieron la suerte de fallecer súbitamente. Por toda la ciudad, de las ruinas se desprende el vaho, un soplo agresivo a veces, de la muerte trabajando. En las zonas más apiñadas la gente cubre las calles con fogatas humeantes, para amortiguar el olor, mezclando plásticos, restos orgánicos, maderas, telas, todo. La combinación es asfixiante y entonces uno se pregunta si buscan disimular la descomposición de los muertos porque les molesta o simplemente por sus connotaciones psicológicas. Por toda la ciudad campamentos improvisados con telas y palos, en todos los parques, en cada lote vacío. El terremoto fue muy democrático, sufrieron ricos y pobres por igual. A primera vista parecería un picnic gigantesco, pero luego se empieza a distinguir heridos siendo alimentados, bañados, vestidos por familiares. Muriendo algunos luego, por cosas como una fractura en la rodilla, una herida que nunca cerró. En un campamento un tipo me mira con algo que no es rabia sino la última energía del derrotado y me grita: “¡encadénennos!”. Me ve blanco y me quiere decir: “ya no podemos estar peor, ya fracasamos como país”. Me puse a llorar. Tenía el horror atracado bajo control, el trabajo lo requiere, o simplemente porque así es el fondo de todo humano, resistente. Pero no sé por qué pensar en la primera república negra, la que acogió y patrocinó la campaña de Bolívar, la que en la historia humana ha representado el orgullo y la victoria del esclavo, verla de rodillas por completo… En el 2008 dirigí las distribuciones cuando Gonaïves se inundó dejando 300 mil personas damnificadas. Aquello me había parecido épico, pero era de juguete frente a Puerto Príncipe 2010. Nada como una catástrofe natural para puntualizar la hormiguez del ser humano, esencia que tiende a olvidarse con cada refinamiento tecnológico. El caos de un hormiguero destruido es un ejercicio idóneo para un curso sobre construcción de la realidad social. En estos, el alumno de filosofía imagina un mundo sin la red de sobreentendidos (la validez del dinero, la canalización del deseo sexual, etc.) que lo ordenan; nada como el hormiguero recién pateado para entender cómo los sobreentendidos forman un auténtico ecosistema físico. La red de suministros, invisible sostén de cada individuo, súbitamente brillaba por su ausencia. Hambre y sed, retumbando por millones. “¡¿Pero

qué están haciendo?!”, gritaba la ciudad, la comunidad internacional y hasta por Facebook los allegados a funcionarios como yo. No quedaba más que lanzarse a las entrañas del monstruo, con dos camiones colmados de botellas de agua y una camioneta con seis soldados. André Breton recomendaba un ejercicio de rutina para develar el surrealismo entretejido en el ambiente: caminar sin rumbo. En esa lógica íbamos, parando en cualquier espacio algo despejado, instalábamos el casi imaginario perímetro de seguridad -un cuadradito de seis soldados- y, develando las puertas del camión, recibíamos la voraz lava de gente arrojándose de todo punto cardinal mientras corría la voz sobre el agua. Como si fueran de plomo, los soldaditos se aferraban a sus fusiles, tem-

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blequeando, mientras enchufábamos botellas en una especie de medusa gigante de manos y gritos, que nos iba encerrando, comiendo, hasta que era azarosísimo, cerrábamos las puertas, empujones o hasta disparos al aire de los uniformados, descerrajábamos los vehículos y cuatros cuadras después repetíamos la operación, decenas de veces los primeros días. La adrenalina es una droga que trastoca el tiempo aun más dulcemente que la marihuana o el alcohol, las horas se funden con zumbido abejo y dejan en la mente esa plácida quietud posterior al sudor, similar a lo que el cuerpo obtiene con la gimnasia, pero en tenor metafísico. A la semana, sin embargo, casi me quedo en una sobredosis. Dirigía un equipo a Carrefour-Feuilles para distribuir artículos no alimentarios a 500 familias de un campo previamente identificado. El convoy incluía dos camionetas con personal, tres camiones con los productos y 14 cascos azules en dos vehículos militares. El camino es angosto y apenas la población nos vio empezó a amontonarse a los lados, cerrando luego el paso. - ¡Hambre! ¡Estamos hambrientos!– gritaban, y que las personas de "arriba" (adonde íbamos) ya “habían recibido”.

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El gentío, principalmente joven, alterado, lanzaba maldiciones y amenazas. Una multitud desesperada es peligrosísima, pero si el motor no es político vacila en su decisión de asaltar. Y aunque la masa es amorfa, inimputable e intratable, he llegado a entender que, en el filo de la navaja, puede manejarse de alguna forma teniendo control de la primera línea. Esta es una fina capa de individualidades. El contexto los cristaliza sea como líderes improvisados, sea como barrera física, pues si no avanzan el resto está estancado, a menos que el todo se desboque. Son situaciones muy delicadas, pero he estado en decenas de distribuciones caóticas en ciudades devastadas y nunca deja de sorprenderme cómo la muchedumbre puede ser resistida en el juego de fuerzas con la primera línea. Más fascinante aún es cómo la voz es casi tan efectiva como la potencia física. Los concurrentes están dispuestos a soportar empujones, palazos, escudazos y hasta gases de los agentes del orden, pronto ni los tiros al aire los asustan, y se dejan impulsar por el montón a sus espaldas para ir cerrando el espacio, usurpando una posición más directa al punto de distribución, etc. Si uno encara, reclama, increpa a individuos de la primera línea, puede aguantar la presión a través de estos, a veces de forma más efectiva que con la fuerza física. Llegan a desrobotizarse, se desgajan psicológicamente de la masa y vuelven a la civilización; este orden trasciende ligeramente a más atrás; es efímero, debe ser alimentado constantemente, pero opera. Cuando lo entendí siempre ponía a dos o tres asistentes a simplemente gritar advertencias a las pri-

meras líneas, buscando el contacto visual, señalando conductas específicas; sirve tanto como las cachiporras. Un día, en una distribución especialmente caótica, a un tipo que se zampó al perímetro le clavé un rodillazo en el muslo que sentí rompía una rama seca. Lo abracé casi lloroso tras despertar de la furia. No me pensaba capaz de algo así. “¡Chééé, estás cansado, pará un rato de dirigir!, ¡son los momentos en que si no parás…!” me soltó el capitán Dalfino, de la armada argentina, y añadió en tono reflexivo “fue parte de lo que pasó…” Se refería a su guerra sucia, tema que habíamos tocado una vez. Contaba pues que en el incidente de CarrefourFeuilles, la muchedumbre quería pillar. No se atrevían aún a embestir pero exigían los productos, lo expresaban agresivos entre insultos y reclamos, una que otra piedra volaba contra los camiones. Cortaban el paso, amenazaban con matarnos, juraban estar listos a morir (referencia a los 14 cascos azules de Sri Lanka que miraban el desarrollo aturdidos). Imposible salir del área, atrapados en el tropel. Cuadras adelante, volteando a la derecha, se abría una avenida más amplia. Para avanzar dejé flotar la impresión de que cedía, haríamos la distribución un poco más allá, y así andábamos a vuelta de rueda, mientras “negociaba” con improvisados líderes, vanguardia del gentío expectante, que aún lo contenía. Llegado al punto de giro, así lo ordené, la masa vio que nos marchábamos y se desprendió como una ola. Me acuerdo sólo que de una patada voló el

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espejo retrovisor de una camioneta, otros golpeaban a nuestros choferes, arrancó una lluvia de piedras, tiros al aire y bombardas mientras terceros rompían los candados y empezó el saqueo pero a la vez huían a toda bocina y velocidad las camionetas, camiones, jeeps militares, seguidos por una avalancha de maldiciones y piedras. Habíamos quedado en plena calle tres civiles, yo como blanco resultaba el blanco, y en un relámpago pensé que era mi hora. Notablemente, un tipo que todo el camino me amenazara de muerte facilitó nuestra huida encajándonos en la providencial camioneta de un vecino. A posteriori uno se pregunta por qué arriesgó el pellejo, como cuando lee en los periódicos que un guachimán fue asesinado por impedir el robo de tal taller y suena tan absurdo. Pero en el inmerso instante funciona una mezcla de sentido de la responsabilidad, enfermiza hasta lo kantiano, algo de ego, irreductible, mal cálculo del peligro o apuesta contra el destino, e incapacidad de imaginar salidas, pues uno no puede tampoco asumir “quiero despertar de esta pesadilla, ahí les dejo los camiones”, así que se mantiene firme en el puesto de peón que le tocó en la realidad social construida por millones de años de humanos, construida en uno por los años que lleva en ella. Vivíamos entonces miles de personas en la base de Naciones Unidas, durmiendo desparramados por todos los suelos y con tres bloques sanitarios en cola de 30 individuos a cualquier hora de las 24. Nadie se bañaba en más de una semana, y estuve un poco decepcionado con los olores corporales más íntimos cuando al fin pude estar a solas: no eran tan intensos como esperaba, expectante a una nueva experiencia. Creo que tras cierto umbral, que en circunstancias normales pocos rebasan, se estabiliza el mal olor y no sigue profundizando en su ser;

eso explica la convivencia campante durante la Edad Media, supongo. Las borracheras por las noches eran también medievales, tradicional en misiones humanitarias. En febrero, un mes después del desastre, no cabía realizar el carnaval. Fue suplantado por jornadas nacionales de oración para pedir perdón a Dios -que había castigado a Haití-, por el vudú y otras tradiciones diabólicas. En vez del gran Sweet Micky, enardeciendo al grito de “¡kité compa maché!”, unas pavorosas letanías acomplejadas inundaban las ciudades. De nuevo una imagen para llorar. Por la penetración de las iglesias evangélicas gringas, auténtica mafia, cáncer de la cultura. Y más aún porque refrendaba el error original, de Haití, de América Latina, del tercer mundo en su conjunto: una vez independientes, en lugar de buscar en sí mismas, las naciones se emplearon en copiar al dedillo la cultura occidental. Mientras más repudian lo propio y más se acercan al modelo idealizado, más respetables se sienten. El resultado es grotesco y desquiciante. En el caso de Haití la presión por blanquearse era tremenda: primera república negra del mundo, anacrónicamente (EE.UU y Brasil abolirían la esclavitud 60 y 90 años después, respectivamente), debía demostrar a la humanidad que podía ser civilizada. Imposible tener la claridad a principios del XIX para valorar la riqueza del acervo nooccidental, un cambio de mentalidad que apenas tiene unas décadas en el mundo, y en las personas más inteligentes. Así que Haití repudió del kreyol, del vudú, hasta de su negritud -tal como sucede en el Perú-: mientras más de blanco en la piel, más respeto. Meter a Dios en este autodesprecio, rogándole indulgencia porque la haitianidad causó su furia, significaba el acabose. 

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Entrevista: Jorge Luis Roncal Por Julio Barco

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Hablemos de proyectos como Recreo, que promueve el escritor Javier Arévalo. ¿Crees que son los más adecuados? Y, siguiendo esta pregunta, ¿qué proyecto debería ser integrado a las escuelas? Creo que más allá de los casos específicos, lo más importante es preguntarse cuáles son las necesidades de lectura en la formación escolar y cómo se enganchan –o no- con un proyecto educativo y cultural de signo liberador.

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odavía hay muchas dudas sobre el “canon literario”. Al parecer hay muchas ausencias y mucho amiguismo. ¿Cuál es la verdad de las mentiras? ¿Por qué, por ejemplo, voces de altura como la de Juan Ojeda o la de Juan Ramírez Ruiz no son estudiadas y no forman parte de antologías? El punto de partida, creo, es asumir que la contienda de clases se expresa en todos los terrenos de la vida social, política y cultural. La literatura no es ajena a esta consideración de principio. Por ello, cabe hablar, con propiedad, de un canon literario hegemónico, dominante, elitista y antidemocrático, y otro que se halla en construcción, democrático, nacional, alternativo, ambos en permanente contradicción y lucha, que expresan intereses contrapuestos e inherentes a las relaciones de clase y de poder que existen en nuestra sociedad. El primero apunta al mantenimiento y salvaguarda de un sistema económico, social y político de oprobio y expoliación contra el pueblo y la nación, y cuenta, por supuesto, con una plataforma institucional gigantesca: el Estado y sus instituciones, como los ministerios de Educación y de Cultura, la educación pública y privada, las entidades privadas, las transnacionales del libro y la cultura, los medios de información nacional y el “periodismo cultural”. Y el segundo es solidario, en sus diversas vertientes, con el propósito de construir una sociedad justa, democrática, socialista, y tiene el soporte de la inmensa mayoría de escritores nacionales, de los docentes y promotores culturales y democráticos, de los proyectos editoriales independientes, de la creciente dinámica de espacios culturales y literarios a escala nacional. El canon hegemónico apela a diversos instrumentos para afianzar su predominio: concursos, distinciones, menciones, premios, antologías, etc. Para esta visión, por ejemplo, la literatura amazónica es poco menos que inexistente, así como las literaturas regionales. El amiguismo, el espíritu de mafia, las ausencias y olvidos, la argolla, son sólo efectos del modelo dominante en el campo de la cultura, y que, lamentablemente, en muchos casos invade, penetra y finalmente pervierte las propuestas democráticas. No es casual, por ello, que autores y vertientes fundamentales de la creación literaria nacional estén ausentes de programas de estudio, espacios periodísticos, antologías: el inmenso caudal de literaturas orales, extraordinarios creadores en narrativa y poesía, expresiones fundamentales del pensamiento y la reflexión cultural y literaria de sello democrático. Los casos de Ojeda o Ramírez Ruiz son solo dos dentro de un océano de ausencias, naturalmente interesadas.

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C Naturalmente, una propuesta de lectura, o hablando de manera concreta hoy a nivel educativo, de Plan Lector, que no parta de las condiciones de dominación en que vivimos, y por ello no se inserte en un proyecto integral que apunte a subvertirlas, no va a tener mayor trascendencia educativa, y por tanto histórica, social y cultural. A lo sumo, al cubrir parte de la demanda de lectura escolar, constituye un matiz dentro del abusivo y criminal predominio que ejercen las transnacionales del libro y la cultura, cumpliendo un rol nimio en el desarrollo del hábito de lectura y la difusión de autores nacionales. En los tiempos recientes hay un notable –aunque todavía insuficiente- impulso de opciones editoriales que se proponen como contrapeso al predominio transnacional y que son parte de una impetuosa corriente cultural nacional y democrática. Sin embargo, se percibe –sobre todo en las ciudades capital- la tendencia a asumir al libro como mercancía, y a la contienda con el aparato transnacional como una competencia, como una disputa de y por el mercado. Por ello, en el plano más concreto, comienzan a menudear las propuestas de lectura marcadas por una línea temática en relación a las reglas de juego que imponen las transnacionales –por ejemplo, el suspenso, el terror, el relato de autoayuda-, o en otro plano, la nociva tendencia a las versiones resumidas y mutiladas de autores y textos clásicos, con el pueril argumento de acercar al estudiante -niño, adolescente- a la lectura. Nuestra propuesta editorial apunta, sin medias tintas, a insertarse en un proyecto histórico liberador y, en este propósito, que compartimos con no pocos editores, docentes, promotores de diversos lugares del país, en la construcción de un canon literario democrático y nacional. Parte de este esfuerzo es la formulación de un Plan Lector de similar carácter, que asuma la lectura en su rol social, cultural y político, a plasmarse no sólo en el aula sino en el conjunto de la vida cotidiana y que, partiendo de la peculiaridad local y regional, tome en cuenta la inmensa cantidad de literatura nacional, escrita y oral, producida en el país. Si revisamos al vuelo el mapa de producción del libro peruano de las últimas décadas, veremos que esta alternativa está en plena construcción y se expresa en la divulgación cada vez más vigorosa de las literaturas regionales, de las literaturas orales, de autores escasamente conocidos y textos de limitada o nula circulación. Impulso que tiene su escenario tanto en la divulgación escolar como en el profuso desarrollo de encuentros, coloquios, talleres, ferias del libro locales y regionales, etc. Un punto de llegada fundamental debe ser la formación de una Red Editorial Democrática que articule este esfuerzo colectivo, incluyendo como línea central el Plan Lector nacional y democrático.

GEP es una más de aquellas instituciones que han hecho de la literatura y la cultura un espacio de promoción y exhibición personal de sus promotores, una plataforma de vanidad y egolatría, y que en la generalidad de los casos cultivan con ahínco la mediocridad y el facilismo: campea entonces el halago fácil, el aplauso de compromiso, las medallas, distinciones, “antologías”, “grados”, viajes, tours, etc. Vida social a forro, disfrazada de difusión literaria y promoción cultural. Sin embargo, el desarrollo institucional del GEP, desde su origen, cuando en Ica, el 2005, durante el IV Encuentro Nacional de Escritores “Manuel Jesús Baquerizo” el pleno del certamen eligió a la comisión organizadora, hasta la actualidad, da cuenta del esfuerzo por construir un espacio orgánico sellado por el propósito de darle un cauce institucional al compromiso de los escritores por ser parte de la históricamente necesaria transformación social que demanda el país. Hoy nos acercamos al sexto año de vida institucional y nos planteamos el desafío del crecimiento y expansión orgánica así como el fortalecimiento de nuestra propuesta de relectura democrática del país desde el campo de la literatura, de la mano con el perfilamiento del GEP como ente de diálogo, presión y lucha en lo político, social y cultural, que conquiste condiciones dignas para el ejercicio de nuestro trabajo como escritores. Muchos, muchísimos escritores del país y también residentes en el extranjero respaldan y participan de las propuestas del GEP, como se ha expresado en el X Encuentro Nacional de Escritores “Manuel Jesús Baquerizo” efectuado el febrero pasado. El solo hecho de realizar de manera anual y consecutiva este certamen, muestra la dimensión del proyecto – en nuestra opinión, de alcances históricos- del GEP. Sin embargo, el desarrollo del GEP es aún insuficiente. Requerimos definir de mejor manera nuestro rumbo social, centralizar con mayor consistencia nuestra propuesta de relectura democrática de la literatura, fortalecer el compromiso de los integrantes del gremio en la dinámica cultural y salvar la brecha de desinformación que se mantiene sobre los principios, propuestas y actividades gremiales. Un eje de centralización básico es, en este sentido, el I Foro Político-Cultural “Mario Florián”, que se efectuará el sábado 21 de julio en la Asociación Guadalupana, que pondrá en debate dos puntos fundamentales: 1) El escritor y la sociedad peruana, y 2) Tendencias actuales en la literatura nacional, y en el cual debe participar la gran mayoría de escritores interesados en aportar sobre el temario. La presencia de escritores jóvenes le dará un perfil de impulso renovador a este espacio de discusión y al propio desarrollo institucional. Ante los monopolios de Alfaguara o Planeta, la editorial Arteidea, la cual diriges hace muchos años, ¿qué propone y qué la distingue? Buena pregunta, cuya respuesta está contenida parcialmente en lo que hemos dicho anteriormente. Creo que no hay que perder de vista la cuestión integral: mientras subsistan las condiciones de dominación imperantes, las alfaguaras, planetas, normas y santillanas seguirán imponiendo no solamente su producción editorial sino difundiendo una

Sabemos que trabajas desde hace mucho dentro del Gremio de Escritores. Los que no lo conocen pueden confundirlo con los grupos que se forman, por ejemplo, alrededor de la Casa Mariátegui: grupúsculos de personas encerradas en mausoleos, cuya voz parece perdida dentro del absoluto silencio... ¿Cuáles han sido sus logros y cuál es la autocrítica? Es cierto, hay el riesgo de que se piense que el

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concepción estética y un mensaje ideológico contrapuestos a los intereses y necesidades del pueblo y la nación. De ahí que asumamos nuestra actividad cultural como parte del esfuerzo por subvertir tales condiciones. Arteidea participa de este esfuerzo colectivo. En lo concreto esto se expresa en el desarrollo de un proyecto editorial de impulso del libro peruano, de promoción de los autores peruanos, con un contenido democrático y nacional. Por ello es fuerte la presencia en nuestro catálogo de creadores del interior del país, de los universos urbano, andino y amazónico; de autores de extraordinario talento pero soslayados, ninguneados por el canon hegemónico; de textos de gran valor pero desconocidos o poco difundidos. Igualmente en el respaldo e impulso de espacios de promoción del libro peruano, como ferias, encuentros, coloquios, foros, talleres… principalmente en sectores populares de Lima y en las provincias del interior. Además, en la participación, dentro de nuestras posibilidades, en los colegios, a donde llevamos nuestra propuesta de Plan Lector y difundimos nuestra concepción sobre el arte y la cultura. Esto explica nuestro compromiso con los Encuentros Nacionales de Escritores “Manuel Jesús Baquerizo” y con el fortalecimiento del Gremio de Escritores del Perú. Hoy, como editorial, hemos alcanzado los 300 libros publicados, todos de autores peruanos, en 18 años de trabajo editorial ininterrumpido. Parte del proyecto editorial es, también, la publicación de nuestra revista, Arteidea, que ha llegado ya a su edición Nro. 15. Llevar el libro a los lectores peruanos, principalmente del pueblo, y nutrirlos de su creatividad y sabiduría: esta es nuestra tarea. Y a un costo que exprese realmente nuestro compromiso:

módico, ajeno por completo al espíritu de saqueo de las propuestas transnacionales. Juan Ramírez Ruiz El poeta horazeriano Juan Ramírez Ruiz fue uno de tus amigos cercanos. En los 90’s editaron juntos su tercer poemario: Las armas molidas. ¿Qué tan jodido fue el trabajo de edición? Y, ahora que han transcurrido más de diez años, ¿por qué el poemario parece amenazado por el olvido? Asuuuu… Realmente, un chambón. Juan me esperaba en las noches, a la hora que regresaba del diario La República, y nos encerrábamos a trabajar parejo unas 4 horas. Por la composición de los poemas, con mucho de despliegue gráfico: espacios, signos, símbolos, etc., había que hacer una labor de mucho cuidado. Pero lo hacíamos con bastante cariño y rigor: se trataba de uno de los más grandes libros de poesía peruana de todos los tiempos. El olvido o la miopía de la crítica hegemónica hacia este libro por supuesto no son casuales: es la misma actitud hacia, por ejemplo, Juan Ojeda, otro gigante de la literatura nacional. Por fortuna, su valor trasciende no sólo esa mole de silencio, de mezquindad y desprecio clasista, sino también de cierto espíritu mediocre que estaría mucho más cómodo si no existiera Las armas molidas. Sin embargo, el tiempo y el proceso social, con sus inevitables implicancias culturales, por un lado, y el esfuerzo de muchos escritores y amigos empeñados en el estudio y difusión de la poesía de Juan, por otro, lo pondrán en el lugar que le corresponde: el de un clásico de las letras nacionales. Y en este proceso jugarán, con toda seguridad, un rol importantísimo los escritores y lectores jóvenes que no están dispuestos a ningún tipo de seguidismo ni a tragarse el cuento del canon hegemónico.

“El canon hegemónico apela a diversos instrumentos para afianzar su predominio: concursos, distinciones, menciones, premios, antologías, etc. Para esta visión, por ejemplo, la literatura amazónica es poco menos que inexistente, así como las literaturas regionales”. ¿Eres de Alianza o de la “U”? Alianzaaaaa, desde que chibolito, de 5 a 6 años, escuchaba en los 60’s en el único radio del barrio –el de una tienda- los goles de esa delantera maravillosa integrada por Enrique Tenemás, Pitín Zegarra, Perico León, Víctor Rostaing y el “Mono” Valle”, a la que se integrarían luego el brasileño Tiriza y “Babalú” Martínez y después el gran Julio Baylón y el “Nene” Cubillas. En 2do. de secundaria perdí el año no porque me escapara del cole, sino porque no llegaba: me iba de frente a la cancha de Copsa a ver el entrenamiento aliancista. Hasta ahorita, en que con la muchachada del barrio vamos a pichanguear todos los domingos al parque “Las Brujas”, en el Callao. Esta cercanía me permitió percibir la creciente podredumbre del deporte institucionalizado, pero este ya es otro cuento. ¿En qué momento y lugar fuiste inmensamente feliz? Hay varios: cuando observo a mi viejita, que ya tiene 93 años; cuando vi por primera vez, recién nacidos, a mis hijos, Natalia y Darío; cuando una interminable movilización popular durante la huelga del Sutep en julio del 79 hizo del desfile militar una gigantesca parada popular; cuando regreso a veces molido a casa y distingo en la penumbra la silueta dormida de mis retoños…

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C Hace poco se editó una antología integral de la poesía horazeriana: Los broches mayores del sonido. Es curioso que no publicaran el “Manifiesto número 2” que divulgó Juan Ramírez Ruiz. ¿A qué crees que se deba esta omisión? Me parece que una visión integral es el resultado de miradas y trabajos diversos y complementarios, que expresen la enorme riqueza y, también, las distintas lecturas posibles de un capítulo importantísimo de la poesía peruana, en un proceso, además, vivo, dinámico, en constante desarrollo, con obvias diferencias, contradicciones y, por supuesto, intereses. El libro que mencionas, si bien es un aporte fundamental, no clausura de ninguna manera la valoración sobre Hora Zero; en último término, si asumimos la propuesta horazeriana como un hecho social, las posibilidades de estudio están abiertas. Ninguna persona o institución puede presentarse como la única autorizada para estudiar u opinar sobre Hora Zero. Si en Los broches mayores… no aparece “Palabras urgentes Nº 2”, tal ausencia corresponde explicarla al autor del libro. Por nuestra parte, en la edición de Arteidea en homenaje a Juan Ramírez Ruiz hemos incluido dicho manifiesto, que nos parece vital para entender el conjunto de la propuesta horazeriana.

alta poesía está referida a las grandes turbulencias sociales: se trata de un producto profundamente humano que está hermanado con la noble aspiración a una existencia de plenitud, que sea disfrutada por todos en todos los terrenos. Más aun, la poesía está allí: mira nomás la magia de la infancia, el vértigo del amor, la belleza de las conversaciones del mundo andino y amazónico, la poesía irreverente y audaz de la cotidianeidad urbana, todo abrazado socialmente por el calor popular. Entonces, al revés de lo que puedan pensar los agoreros de siempre y los heraldos de la deshumanización, la poesía brotará de manera tan natural como el saludo o la mirada o la sonrisa, y será multitudinaria, fresca, interminable. Cierto, ya no habrá poetas que vendan, mejor dicho, que regalen los poemas que escriben, sino que será un permanente canto compartido por todos y por todas. Por eso, en el Partido de la Ternura pensamos que hay una total iden tidad entre revolución y poesía. Escribir, entonces, escribir y publicar, y elevar cada vez más lo que escribimos, estudiar más y más la poesía, difundirla cada vez más, llenarla de humanidad y de pueblo, para que un día -que llegará inevitable- la poesía se enraíce y se confunda con la vida.

Poesía y Sociedad

"Yo tuve una adolescente demasiado flor para violarla Quisiera dar un viaje extraño y encontrarla menos flor La última vez que la toqué me mordió la manzana La araña del tiempo se arquea los fines de semana No te conozco muchacha dime por lo menos tu apellido materno O cuéntame qué hiciste para merecer este rostro inocente Tus ojos se parecen a las lluvias de verano Tienen algo de las conchas acústicas Insisto en que debo dar un paseo raro De preferencia en barco Y si fuera posible llegar sin saber cómo a tu cintura Para así ser menos culpables de nuestro delito De vez en cuando aproximadamente dos minutos Pienso en ti Entonces pues chiquilla Mete a tu corazón en un sobre sin dirección Que yo sabré salir el día de mi cumpleaños a recibirlo en el aire"

La división de la poesía social y pura parece, a estas alturas, zanjada. Sin embargo, aún se impone en las escuelas como un viejo y perezoso dogma. Tu primer poemario, Discurso de las intenciones puras, ¿en qué lugar de la disyuntiva entraría? Y siguiendo con esta pregunta ¿cuáles son tus influencias más cercanas? Claro, está zanjada en teoría, pero en lo práctico no, pues es fuerte el peso de las concepciones que promueven un arte al margen del proceso social. Toda poesía, como hecho humano, es también social, lo que no significa que sea monotemática ni que restrinja su preocupación sólo a las contradicciones sociales. Pero en relación a la pregunta, el libro está influido por cierta vertiente de la poesía surrealista, de la cual me impactaron las imágenes que se suceden de manera torrencial, vertiginosa, pero al mismo tiempo de la poesía con fuerte presencia de la ternura, como, en el caso peruano, la de Gonzalo Rose, Oquendo de Amat o Rosa del Carpio. Al mismo tiempo, no está ausente una preocupación por el entorno social e incluso político, aunque ciertamente en un plano de intuición: es un libro, digamos, veinteañero. Luego, con algunas lecturas y otras tantas ideas, inclinaciones políticas, y años, naturalmente, mi intención ha sido alcanzar una poesía de amor y combate, que no renuncie a las imágenes atrevidas ni a la dramática –y lacerante– realidad social. En pleno siglo XXI, en los tiempos del Facebook y la desintegración del amor: ¿qué es la poesía? ¿Cuál es el papel del poeta? ¿Cuál es su necesidad e importancia? ¿Para qué escribirla, editarla y venderla? Me resulta imposible imaginar una situación histórica y social sin poesía. Buena parte de la más

MEMORIA DE OQUENDO, del libro Discurso de las intenciones puras

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C Ultimo Round

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títulos amorosos, romanticones, salpica la literatura peruana. ¿Cuál es la diferencia entre la cursilería, la ternura y lo romántico? Lo cursi es todo aquello que está plagado de lugares comunes, frivolidades, banalidades, como en los valses mediocres y los boleros dulzones y pegajosos. Y nada es más ajeno a la poesía que el lugar común: si éste es ya de temer en la conversación, imagínate si pretende pasar por poesía. La ternura es auténtica, y como la infancia, ajena a toda impostura. Y en la poesía no engaña. Allí están para demostrarlo Rose, Oquendo, Heraud, y tantos otros… Diría más bien que la gran poesía no ha renunciado nunca a la ternura. Romanticismo ha habido y habrá en todas las épocas, en todos los tiempos: allí el desafío es siempre alcanzar la poesía, lo cual es imposible por el camino de la reiteración, del facilismo, de la ausencia de sorpresa.

No existe una jerarquía en el arte, es cierto. Tal vez un gran espacio donde aparecen muchos rostros. Dentro del sucio y pálido cielo limeño, ¿crees que Vargas Llosa es el astro más grande? Asumiendo, por un propósito didáctico, el esquema de los astros y refiriéndonos sólo a la dimensión de la literatura escrita, definitivamente Vargas Llosa no es el más grande. En el conjunto del universo peruano, el más grande es, sin duda, Vallejo, pero hay muchos otros gigantes: Arguedas, Alegría, Izquierdo Ríos, Churata, Oquendo de Amat, Ojeda, Juan Ramírez… es decir… Y entre los vivos, Efraín Miranda, Luis Urteaga, Juan Morillo, Julio Nelson… Cualquiera de los mencionados me parecen más grandes que Vargas. ¿Cuál es el poeta más acartonado que existe y que gracias al canon todavía sigue leyéndose, estudiándose y ensuciando las clases –ya grises– de las escuelas? Chocano se lleva esa distinción, de lejos. Pero no es que Chocano sea absolutamente malo ni tenga la culpa de saturar la lectura de poesía en la escuela. Es el canon dominante, pero ya hablamos de eso.

Las palabras son actos. ¿Cuáles son tus proyectos futuros? ¿Te animarás a publicar tus poemarios inéditos? No tengo todavía un libro listo para publicar. Más bien este año saldrá la cuarta edición de mi primer poemario, Discurso de las intenciones puras, y preparo un pequeño volumen con algunas reflexiones sobre arte, literatura y cultura. 

Algunos lectores de poesía somos reacios a la cursilería. Uno de tus poemarios (inédito por cierto) se llama “Te acaricia mi viento enamorado”. Te cuento esto porque últimamente una plaga de

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M U R Jorge Roncal visita al poeta Leoncio Bueno. “Quién te dijo que estaba muerto: andaba escribiendo”

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Una respuesta al Primer Manifiesto Egoísta

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Por Carlos Torres Astocóndor

C «Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien –me dijo– ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas…» El gran Gatsby “En mi opinión, ser escritor no consiste sólo en escribir libros, sino en mucho más: es una actitud ante la vida, una exigencia y un compromiso.” José Saramago Este texto pretende ser una respuesta al Primer manifiesto egoísta (¿acaso habrá segundo?), propuesto por un colectivo de escritores, críticos y artistas en enero del 2011. Reitero, pretende ser una respuesta al manifiesto. Ya en otra ocasión veremos si el contenido de la revista EGO/ísmo se ajusta a las exigencias del manifiesto o si se contradice. La lectura nos remite, en primer lugar, al tono imperativo con que es percibido y al apelo constante de falacias. Nos dice: “Literatura pensante y autoconsciente; no la literatura que se instale irremisiblemente en la necesidad del otro, negando el objeto, prostituyendo la letra, convirtiendo al autor en un proxeneta vulgar”.

El segundo punto da en el sentido del egoísmo: dar la espalda al lector. “[…] someterlo a dialéctica. Dedicarse íntegramente al objeto supone resarcirse de todo tipo de desvío que no constituya al autor con su arte […] llegar si es posible a la propia locura de su lenguaje”. ¿A qué dialéctica (egoísta) se quiere someter? ¿Cuánta literatura nace de la apreciación de la vida, y en su disgusto con ésta busca cambiarla, no ignorarla? ¿Qué cosa peor existe que la incomprensión y el hermetismo generado por la “locura del lenguaje”? ¿Acaso esta no es una de las causas del por qué el lector se vuelve consumista: la incomprensión, lo absurdo de las obras literarias?

Lo cual nos lleva irremediablemente a pensar: ¿acaso no se puede escribir pensando en la necesidad del otro sin negar el objeto? Creemos que hay literatura como producto íntegramente de consumo y que ésta no generará el desarrollo literario. Pero afirmar que tomar en cuenta la necesidad del otro implica desdeñar lo literario nos parece una exageración. ¿Cuántas obras literarias han sido escritas no solo pensando en otros, sino dirigidas y dedicadas al exclusivo y único fin de ser leídas por una sola persona: “él”, “ella”… ? El segundo párrafo resulta más sorprendente y polémico: “Así, el lector de consumo, como un burdo autómata que programa el autor, se entrega a ese goce insulso y cínico, a esa castración del sentido en que se pierde la individualidad. […] debería desde hoy olvidar al lector”.

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¿Qué implica olvidar al lector?: la indiferencia a sus problemas, cobardía a cambiar la realidad, falta de compromiso. Se cree que desarrollándose obras literarias ignorando la realidad se podrá cambiar ésta. Más bien, se crearía una literatura paralela que, al aislarse e ignorar al lector y la sociedad, se perdería: una literatura que se regodea en sí misma, alabándose tristemente.

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Sin embargo, es el tercer punto donde las utopías empiezan a surgir: “[…] el nacimiento de un nuevo lector […] sin más compromisos que la contemplación de un nuevo desorden”. Resulta sorprendente la convicción con que se anuncia el surgimiento de un nuevo lector, nacido del egoísmo, de la indiferencia y el dar la espalda al consumista. ¿Es lógico creer tal afirmación? ¿Es posible pensar que surgirá un lector que contemplará, sin más ni menos, aquel arte egoísta, delirante en el lenguaje y desordenado? Nada más falaz que tal afirmación, más aun que, en este nuevo agente, “el objeto egoísta cobrará todos sus sentidos”. El cuarto punto es una risotada a la muerte del lector consumista. Le echa la culpa de un error que no es suyo: “Temblará sin saber a ciencia cierta cuál ha sido su culpa. Y el autor egoísta, regocijándose en la soledad de su lenguaje, le verá calcinarse lentamente, desentendiendo sus bramidos […]”.

paron el hecho de no tomar en cuenta la publicación del segundo manifiesto de EGO/ísmo. La verdad es que nunca encontré tal texto. Al consultar a los integrantes del colectivo, se me informó que el texto “Ética egoísta”, escrito por Edwin Johel Angulo, era el segundo manifiesto egoísta. Para empezar, no tiene el rótulo en cuestión. Su estilo difiere, en gran medida, del primero, ya que más que presentar sentencias, resume las vías del posmodernismo, desde la concepción de su idea hasta la actualidad, todo ello en pocos párrafos. Quizá lo que se puede tomar como manifiesto sea el segundo punto, y más exactamente el último párrafo, que presenta el mismo tono apocalíptico del primer manifiesto. Me parece que contar la realidad de manera devastadora es una estrategia retórica para persuadir a los lectores: irremediable, la única la salida viable es el egoísmo. Sin embargo, aquí sí se piensa en el lector, no reduciendo a los autores egoístas a simples mediadores en un cambio casual sino ponderando su capacidad de simbiosis con los lectores a fin de estrechar sus conocimientos en el arte. “Los nuevos autores tendrán que cultivar nuevos lectores, sujetos capaces de superar la inercia del consumismo al que se ha llegado, donde el conocimiento sea el producto y el anhelo máximo de la vida que será, efectivamente, ‘vida’”. Siendo esto así, ¿dónde queda el egoísmo? 

Así terminará, en teoría, el autor egoísta: en la soledad de su lenguaje, sin ningún aporte ni búsqueda de cambio. Se quedarán en su torre de marfil, leyéndose, publicándose y comentándose entre ellos, con la única razón de una errónea lectura social, y en consecuencia, una errónea solución, siendo ésta la base de todo el movimiento. Posdata: En el blog (www.escribirenelagua.blogspot.com) donde colgué la primera versión del texto me incre-

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Fauna Literaria: Revistas Por Julio Barco Lima, Perú, 2012. Está sucediendo. Mientras Mario Vargas Llosa sigue dando conferencias en Estocolmo y Reynoso busca otro arenal donde hablar gratis sobre literatura, los muchachos salen a la calle y se manifiestan. Su onda es la literatura (así, en minúsculas). Y aunque tienen la claridad del smog, les chorrea harta pasión. Señora, señor, muchacho, señorita: si usted ve a estos jóvenes lo mejor es evitarlos. Son arrogantes o muy frágiles. Les daré algunos consejos por si se topa con ellos. Lea atentamente las recomendaciones. Luego saque copias pertinentes a este tratado y repártalas concienzudamente. En caso de no tener otra salida llame a los policías, escóndase. Salga corriendo. Están las que buscan un quiebre, un arañazo al entrañable lector. Las revistas socialcursisvitaloides. Sus textos crean utopías en el aire, establecen conciencia crítica y lanzan un puente entre sociedad y vida. Usan palabras como vitalidad o alguna parecida (consulten con la RAE). Son lectores perdularios y desesperados. Hay huecos dentro de su educación. Huecos inmensos. Su educación se da por otros medios. No sobrepasan los 34 años. Les llega el patetismo de la “crítica literaria” frente a la indiferencia de la sociedad. No, estoy exagerando: les llegan los estudiantes pedantes que se ufanan desde sus sillas –sus piececitos no llegan al suelo y por eso quedan oscilando-, esos eruditos cacas que señalan e imponen sus reglas pero nunca sudan la camiseta. Volviendo a los socialcursis… más que una máquina de escribir necesitan el calor de una mujer fogosa. Los puedes ubicar entre las avenidas Nicolás de Piérola y Tacna. Entre sus dedos cuelgan eternos cigarrillos. El tránsito corre por sus ojos. Su pasión no excluye cierta política, aunque vaga y mal instruida. Por ejemplo, muchos adoran a Vargas Llosa (1). Se van quedando solos. Abrázalos. Llama a la policía. Huye. Es importante cruzar sin mirar a nadie, apretar bien la cartera entre los senos, acelerar el paso, ahora que los muchachos de revistas sórdidaskloakasposeroides aparecen. Algunas con mejores resultados que otras, pero con la misma decadencia y el mismo individualismo amanerado, putañero, superficial- de siempre. Los resultados no son colectivos, son de algunos poemas, un cuento a las justas, un artículo “respetable”. Esto es importante: no hay propuesta, sólo amasijos e intentos. Su torrente parece psicodélico. Como gran parte de lo psicodélico es plástico y colorido. Dan la apariencia de novedad, aunque se trate de una payasada. Terminan socializando con viejos tópicos utopías setenteras, literatura beat, nadaísmo, poserismo, alpinchismo y otros ismos. Escuchan rock de los 70’s. Son muchachos descuajeringados, flacos, con tatuajes en los labios y expansores en el culo. Usan ropa punk. Adoran a Morrison, a Cobain. Esto hace que sea fácil caer en las drogas. La desfiguración de los sentidos –dixit Rimbaud- es un latido deforme dentro de sus pellejos macilentos. Sus poemas son pedazos punzocortantes de caca revuelta en barbitú-

ricos. Y su resultado no es precisamente posmoderno y chévere (es casi como esa tendencia de las muchachitas adictas a Herman Hesse de tomar fotos a su pichi durante un mes para realizar dizque un cuadro vanguardista).

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Generalmente esa hibridez y mutación sólo termina en hueveo. Sus argumentos se forman leyendo mal a Buskoski, Caicedo, Miller, Hamsun, poetas malditos, Malcon Lowry, Vallejo… etc, etc. Son jóvenes, pero la juventud no es una excusa para nada. Su aporte es tener huevos para editar sus revistas o fanzines sin otro mecanismo que la consigna de “hazlo tú mismo”. Son asiduos al centro. Corren, sobre todo en manadas. Los puedes avizorar entre las avenidas Camaná y Quilca. O jodiendo fuera del Queirolo, aunque se mueran por tomar un piscazo con cabanozzi adentro. Su adoración es patear la mugrosa sociedad. Y luego la desacreditan en sus muros de Facebook; sin embargo si alguien les pone una chela son capaces de soportarlo todo, incluso un falo venoso en sus lenguas. Leen sus poemas enmascarados. Aunque es imposible disipar su individualismo. Pastan marihuana por los rieles de los Desamparados.

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estos también aparecen los “antologadores”: Muchachos solteros, profesores que bordean los 30 años. Cándidos, sueñan con el Premio Nobel. Andan de bruces por el sexo y la juventud. Usan lentes, pero no son intelectuales. Son los que mandan e-mails por internet como si se tratara de cojudas cadenas. Piden dinero y dejan su cuenta de banco. Luego aparece alguna antología de la “poesía latinoamericana” con prólogo de algún All Star peruano (5) Y fin. No hay venta asegurada, sí dinero asegurado de los idiotas para los antologadores. Corren a los cines porno de Colmena, jubilosos de llegar temprano y encontrar asientos. Los antologadores y las cultisimapedantesególatras se llevan bien y muchas veces arman eventos juntos. Otras solo se corren la paja y apuestan a quién dura más. Por lo general, los antologadores son más precoces. Su aporte no engrosa más que el ego y las fechas de presentación en lugares apáticos como la Casa de la Literatura Peruana o la Casa Mariátegui (6). De las revistas que buscan nuevos aportes algunas se limitan a escrituras que no entran al Canon. Como los bacteria-cuentos. Cuentos de una sola palabra. Bajo una consigna filosófica, justifican la necesidad de tal envergadura. Citan a Monterroso, analizan estudios de 5000 páginas alrededor de las líneas intensas de los bacteria-cuentos. Se asocian con escritores de otros países y editan sus revistas de rigurosa mensualidad. Su apariencia es decente, terno y corbata michi, zapatos lustrosos. Rezuman pulcritud. Como en los libros de Bret Easton Ellis, son unos psicópatas. Arman eventos y buscan sus propios escenarios. No entran en broncas, pero paladean las piernas de las muchachas adictas a Pizarnik. Y, en sus casas, se corren la paja como orangutanes. Trabajan desde una torre de cristal, bien cincelada: sin escaleras, sin ventanas, sin puertas; su olor natural es la caca de pericote y la naftalina. Sus revistas ayudan mucho a la sociedad: son buenas para acomodar las mesas viejas o para encender las fogatas de año nuevo. Cuiden a sus hijas de estas lapas. El problema es que son demasiados y, como la gripe porcina, se multiplican día tras día.

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Su pose por ser distintos parece puro derrame seminal (2). Gustan de tomarse fotos en cantinas, en sus eventos (3) y su poder e influencia se limita al Facebook (4). Si los ves no les des monedas. Llévalos al paradero. Detén un taxi. Busca la banca de un parque y cubre su ridiculez con periódicos. Tírales comida de palomas, para que vuelvan a volar. Y sigue el montón de revistas huracanadas de retórica sinvergüenza. Revistas exclusivas para las elites intelectuales. Estas revistas que se apoderan de las parcelas literarias son las cultísimapedantes Son publicaciones de universidad. Financiadas para vanagloriarse de la sapiencia de sus redactores. Se jactan de ser rigurosos y, salvo excepciones, llegan a los dos números. Dirigidas por muchachos ensimismados y pajeros. De pelos ensortijados y adictos a la música variada. Son variados. Caminan muy existencialistas y todo les da asco. Chupan ron de tres cincuenta para darse onda de hardcore. Su aporte es importantísimo, claro, aunque nadie pase las tres primeras líneas de sus textos. Son usadas en los mercados para envolver pescado, o por vigorosos mecánicos que tapizan las combis antes de pintarlas. Ellos, incólumes, meten la mano a los bolsillos. Avanzan contra la luz oblicua y sucia de las universidades. San Marcos, U.N.F.V, Católica, y otras. Se tiran al parque y -como los chanchitos de tierra- gustan de esconderse bajo una roca. Debajo de la roca leen a Derrida y vuelven a correrse la paja. Algunos consideran que sus textos serán importantes como la alquimia y se consagran suscribiendo títulos como “Publicaciones internacionales”. Publican a extranjeros, es cierto, aunque para mal: importa más llamar la atención que dar un aporte real. De

...y su poder e influencia se limita al Facebook Si los ves no les des monedas. Llévalos al paradero. Detén un taxi. Busca la banca de un parque y cubre su ridiculez con periódicos. Tírale comida de palomas, para que vuelvan a volar. 48


Hay publicaciones que no buscan integrarse al Canon sino sustituirlo. Estos son los egoistoidespalabreadores Separan dos ramas (citando, por supuesto, a un crítico famoso): La literatura burguesa de la literatura comprometida con la propia literatura (7) Son casi unos parnasianos, predican el egoísmo –alzando una copa de cebada- de los escritores como una religión: un escritor debe meter las bruces dentro de su obra y dejar de lado la relación con la sociedad. Pueblan cantinas de Zepita, gorrean comida en la Casa del Pueblo, critican a los escritores “light” como Ampuero (aunque aún no logran escribir siquiera de forma respetable). Su propuesta es interesante pero no consecuente (8). Se parecen a Martín Adán. No en su forma hermética de hacer poesía, sino en las ganas de beberse a sorbos la noche. Se los ve deambulando por los mercados, asqueados de todo, esperando la noches, barbudos como lobos esteparios. Si los encuentra, joven, señorita, señor, cómpreles una revista. Aunque no sirvan para nada, viven pendientes de afecto y reconocimiento. 

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1. Esto hace que sean mirados con los ceños fruncidos por muchachos iconoclastas que acusan al nobel de neoliberal, un aficionado a los toros, un hijo de puta. Sin embargo, la ferviente y empecinada y hasta freek admiración al viejo escritor se da por sus obras. Siguen orbitando en sus mentes como sempiternas efigies de totalidad. 2. La idea en sí de ser totalmente distinto ya es una idea establecida. Nadie puede ser distinto en estas épocas. Somos una miscelánea de posibilidades.

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3. Con la consigna de que se debe salir de los espacios comunes, forman eventos en distintos lugares: aunque lo contradictorio sea que su idea de “salir” sólo se limite al patio de su propia universidad, a bares y a plazas céntricas de la ciudad. Todo bajo el orondo título de “Recitales Libres”. 4. Pasan más de 8 horas diarias en el Facebook. Siguiendo la idea de la civilización del espectáculo, hacen conocido cualquier disparate (tenga o no sentido) con el fin de mostrarse más pendejos, más rebeldes, más escritores. Son tristemente célebres sus ganas de figurar en esos medios plásticos. Escándalo tras escándalo. Mensajes provocadores. Su manjar es etiquetar a los demás. Huevadas así.. 5. Es curioso cómo los jóvenes escritores se desviven porque un “grande” escriba unas palabras para la contraportada de sus libros. Lo que saben –y por vanagloria pasan por alto- es que esas palabras no son escritas bajo un análisis profundo, sino como siguiendo una mecánica: se lee un poema y bajo esa sensación se escribe la reseña. A veces, ni siquiera se lee un poema. No hay más vuelta que darle. Muchos escritores jóvenes abusan de la fama de otros para que sus libros salgan “más lindos” .

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6. Son adictos a las fechas y, como si se tratara de ir a misa, nunca osan faltar. Y que me perdone el Amauta, a quien admiro.

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7. Esto lo escribió Julio Barco con más detalles en un artículo contra la Casa de la Literatura Peruana. Los señores, muy ofendidos, atacaron y dieron una respuesta. El problema es de fondo: los que tienen la autoridad real para dar espacios y difundir el arte están ahuyentando personas. El sopor y la solemnidad es su mejor arma. Más que “casas”, parecen museos. Algunos dirán que la literatura es un arte para pocos, que no todos deben ser lectores, por eso las salas de la CASLIT suelen estar desiertas. Algunos pensamos que no debe ser así.

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8. Bajo innumerables manifiestos dejan claro sus propuestas: el problema es que en su claridad se ventila una erudición vacía. En otras palabras: son puro floro. Puro manifiesto. No tienen una creación respetable que los defienda.

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Dance Antique (Eduardo Borjas*)

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hay un par de zapatos blancos obsoletos en el suelo un álbum de fotografías / hay un techo y a él apuntan los dolores una escalera para salir huyendo hacia la noche largos monótonos gritos crecen en las calles periféricas archiveros llenos de historias clínicas / banquetas y señalizaciones de una estación por donde nunca pasó el tren un gato de hojalata se mantiene en pie sobre un montículo de muebles raídos / gallinazos y gaviotas se detienen frente al horror de las procreaciones / un roedor que se multiplica se abre paso entre los cadáveres que se multiplican y abren paso del amor eso queda / un espasmo lúdico cuelga de los faroles una gaita enferma apresura su música profana nuevaolera retrayendo los prepucios / dos cuerpos semiconductores se levantan luminosos de entre los escombros como un monumento a la prosperidad / se visten se desvisten / nada grafica mejor su soledad que la multitud corriendo / como en un antiguo ritual del desierto

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Pecador (Miguel Urbizagástegui***) “amé mi perdición, amé mi culpa misma” San Agustín Las tuberías del cielo se rompieron y cae el agua sobre la tierra con gran estrépito. Saliendo de mi oscuridad, recibo cada gota con la alegría de mi cuerpo, que se limpia de tantas sucias noches con tantas camas indecentes que me esperaban con una mujer de sexo caudaloso o con un hombre que, aunque es diferente siempre, sigue siendo el mismo. Mis rodillas caen al suelo untado, miro el cielo hueco que me baña con su vida, dándome otra oportunidad para nacer. Pero me levanto y me escondo como ladrón bajo un puente. No quiero darme a la luz, me gusta esta vida de diferentes perfumes pecaminosos: de mirada inocente que cubre mis ojos de bestial amante nocturno, de labios pulcros que ocultan besos maliciosos, de ser el ángel que oculta sus alas negras bajo la ropa. Aunque no me conoces, sabes quién soy: perfectamente imperfecto como tú y el mundo entero.

I (Luis Ernesto Cebreros**)

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Aquella línea se mueve, así parece... seré yo y mis locuras, será el cuadrúpedo que por allá va libre de conciencia, tan libre como no tener corazón.. ¡Oh, Dios, cuánta libertad y muerte en este segundo tránsfuga, ni para el sonido, ni para mi silencio cobarde! Bueno, los gritos son horrendos, Y más si golpea uno contra otro en décadas… Entonces, no llorar más. Ni por Jesucristo, ni por Tesla, ni por mi Padre, ni por él. entonces, haremos de noche, tú y yo, tarde como aquellas en viento al suspiro larrrgo

*Eduardo Borjas: Poeta resignado. Ganador y finalista de varios concursos, pese a lo cual sigue siendo un completo desconocido.

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** Luis Ernesto Cebrero: Nacido el 11 de febrero de 1992 (Lima - Perú). Actualmente reside en El Agustino y es un triste poeta desde los 14 años. (losarg.992@hotmail.com) ***Miguel Urbizagástegui: Quedó atrapado con la poesía a los 15 años y hoy batalla contra la molicie de una universidad venida a menos. Políglota, romántico y teólogo. Escapa de los recitales para perderse en Lima al compás de Nirvana.

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Tarde 2012 (Juan Andrés Herrera*)

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Y así un día te viene la ocurrencia de querer ser poeta. Se te enredan las emociones Y ni el Radio es tan inestable. Te sumerges en mares, bosques, calles. Amaneces con la paranoia atravesada.

Presentación (*)

Sabemos que nos hemos frito el cerebro, que conocimos terrores con LSD y amanecimos con la órbita deshecha.

Yo no tengo casa ni madre ni padre ni mujer ni hombre ni hijos.

La tensión está presente: “¡Vota!, ¡Vota!, ¡Vota!” Sientes la ansiedad comiéndote. Te escondes en cerros, redes, nudos. Lloras.

Yo? un porro, dos, tres, cuatro kif's, seis tazas de café, ska, jazz violento, reggae, electrocumbiatanguerapunk balcánica.

Asesinaron a Álvaro y al Bola. No pasa nada. No importa nada. Los hechos están vacíos; pero todo fue inútil. Tanta hambre de justicia tan virtual.

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Yo? Pox, ceniza de opio, sin semilla la poesía, pura roja, ex-comunism's life,

Cualquier otra mañana ya el tedio del opio te despierta entre rumor de viejos cuerpos.

Yo? cursi, pelado, despreciable maniaco-obsesivoinestable-patético.

La carrera, un oficio, formas, textos, letras, letras, letras.

Yo no tengo dinero, ni empleo, ni carrera, ni profesión, ni oficio, ni fijación,

Ya no es rojo el cielo. Sublimas la terrible ocurrencia de vivir en el verbo. Nombras al mundo para materializarlo. Sigues con el hocico suelto pero cuando naciste ya lo tenías reventado. Caminas con la sangre a gotas.

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ni soy racional, ni maduro, ni responsable,

Lodo, golpes, besos ni tampoco quiero.

No sabías que la poesía sería veneno; y aunque estás medio muerto, y aunque nadie te lo diga sales a la calle, tienes 22 años, estás solo, y eres poeta.

*Juan Andrés Herrera: (Cuernavaca, Morelos, México, 1990) Dizque poeta y cuentista. Estudia la carrera de Lenguas y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. (juanandresk@hotmail.com)

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Emergencia en las páginas de un poeta latinoamericano (Omar Livano*) “La poesía es mi mujer Le he dado todo No me puede fallar” Juan Ramírez Ruiz dixit — Mario Santiago Papasquiaro ¡Tumbarse! ¡Erguirse! ¿Qué pasó? Qué insensatez cruza, en las madrugadas, por la cabeza de un joven peruano, amante, 24 años y ninguna certeza en rigor, qué pasará por su cabeza para relinchar como un caballo y tener que tropezar trotando. Y descoserse en las avenidas más frecuentadas de Lima, y seguir seguir hasta que sus pasos dejen de ser el chasquido indiferente, o hasta que su cuerpo seque y sea reconocido en la sala de Emergencias del Hospital Loayza –Av. Alfonso Ugarte, Lima, Perú. pero ¿qué pasaría por su cabeza? En qué estaba pensando cuando se dejó penetrar y eyacularon en su pecho y lo sacudieron y comenzó a creer en los amores del 70 y en las uñas desafiantes/mugrosas de unos cuantos poetas ignotos. ¡Tumbarse! ¡Erguirse! ¿Era un ejercicio vital o la pirueta de una bestia incontrolable? la búsqueda de una familia provinciana, por sobrevivir, danto tumbos, dando pena, es la química para crispar el alma o la excusa para dejarse arrastrar por amores sórdidos y seguir hurtando libros cochambrosos, como una alimaña rastrera que ingiere litros y litros de alcohol y libros y libros de poesía del siglo XX a sabiendas y reprimendas de que todo lo ya devorado, es todo lo ya devorado una y otra vez ¡Tumbarse! ¡Erguirse! Y no arrastrarse ni por comida, ni por un pucho a la seis de la tarde, con el invierno hincando. Pero ¿en qué estaba pensando cuando se le acabó el corazón? y lo buscó en los bolsillos y todo ahí dentro era silencio. Oscuridad. Se sentó. Vio colgada, en medio de la sala, la única fotografía de Marlene. La preciosa Marlene, limpiándose las uñas con mondadientes y suspirando retorcida, atónita, mirando, haciendo cuentas y factorizando la suma de sus recuerdos, hasta llegar a cero, al vacío. ¡Tumbarse! ¡Erguirse! ¡De nuevo! ¡Tumbarse! ¡Erguirse! caminando sin discreción aparente

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pero caminando y nunca quieto ¿Huyendo de qué? del futuro de la tranquilidad de un corazón abollado por mujeres menores de 20 años del “déjate de huevadas y trabaja, huevón”, del viejo y él sigue escapando deteriorado, descalzo corre y se permite intervalos de tiempo para sacudirse las lágrimas y encender otro cigarrillo luego sigue corriendo y, contra todo pronóstico, es feliz tres veces al día después de cada comida. ¡Tumbarse! ¡Erguirse! Y terminar de una vez por todas con el “¿en qué estaba pensando?” y respetar conocer enloquecer a cada segundo con poesía hasta que salga el sol pero hasta que salga expectorado de su boca Y, sobretodo, no precipitarse No, hasta que sea Lunes, 7 am, sol serrano, brisa gélida rasgando el rostro y no tenga escrito ningún poema respetable.

127 (Jorge Giraldo*) Ya no le temo al aguijón del magnífico celador de estas tierras. Él es un pobre animal sin dientes y desarmado que nunca supo de la santidad de los obreros ni pudo en su solemne ferocidad de gallardo trashumante cantar las canciones que de memoria pintarrajeábamos en los centros comerciales señal del abandono de los pueblos. Mientras tanto, en los confines del hueso, mi cuerpo ha decidido de manera autónoma, casi revolucionaria, ser solamente el bosquejo de la sangre, clara y tibia; autosuficiente. Y desde el litoral que define los contornos de mi enfermedad, afectado en la vida, por la vida, sudando hambriento, atornillado de aguijones, los veo manipular el acero de un lado a otro de la avenida macilenta. Y ya no temo a ese sol que inocente se pudre de los pies a la corona, ni al aguijón del magnífico, no temo. Ya dan las mil de la tarde. Llegas con tu falda de aguardiente.

*Jorge Giraldo: Lector voraz, poeta esquivo, chelero empedernido. Sobrevive trabajando como vendedor en librerías nice de Lima.

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Virgilio es un libro gordo que no pienso leer (Julio Barco*) Para mi pata Omar Livano

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Y por eso Poesía nunca te tocaré los cachetes con intenciones sadomasoquistas, ni me harás llorar no, qué va. Ni, como dicen los románticos, daré mi vida por ti. Hay que ser francos, sinceros. Es imposible cuajar tus imágenes moverte y resignarte como los crujidos de la tostada a la hora del lonchecito. Untarte apenitas en mi café ni hablar. Eso, ni de a vainas. Pues tú eres noche. Noche. O soledad. Y prefiero las noches para tomar de la mano a los amigos y pasear mi joven e indocumentado corazón por el centro. Patear latas y planchar de vida el pavimento. Mejor ponerte a bailar a gogó y que Virgilio siga siendo feliz en un libro gordo que no leeré jamás. O ponerte a bailar, digo, entre mi desorden y travesura y darte color de apatía y garganta de borracho. Eso puedo hacer por ti Poesía. Pagarte el pasaje. Un sol de pasaje. Quizá mi amigo Omar pueda más. Quizá. Quizá.

*Julio Barco: Lima 1991. Pésimo estudiante, escritor a goterones, adicto al rock argentino, lector promiscuo y entusiasta, subversivo del Facebook, poeta según sus amigos. ¿Ya dijo que incondicional al rock argentino? Sí. Entonces adicto a Umbral, Bolaño, Caicedo, Salinger y demás. Le gusta conversar. Le jode la sociedad.

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Agradecimientos: Agradecemos a Paolo Guerrero por sus goles que nos enseñaron que perdiendo se gana y que peleando se aprende. Agradecemos a la música tricolor de la tristeza. Moteada por todos lados hace que las ganas de escribir no sólo sean ganas, sino una imprescindible realidad. Agradecemos también a Jorge Luis Roncal, por su buena onda y sus consejos y su terrible amistad. Sus IncaKolas gorditas siguen durando toda la poesía de los 70’s y mitad de los 80’s mientras disuadíamos la sed y el dolor. A Daniel Maguiña y Liese Larico por hacer unos dibujos tan de putamare para Tajo. A esos muchachos que siguen pujando para hacer de la poesía una melodía más dulce en los labios de la ciudad (llámese poetas de México, llámese muchacho perdido en USA, llámese amor) Y, por supuesto, a la señora del Café Sonia, nueva madriguera de los tajadores, por su precisión para alegrarnos las tardes más tristes del mundo, servirnos cafecito caliente de 70 centavos y sonreír tercamente. Eso mismo le agradecemos a todos los que todavía siguen sonriendo tercamente por TAJO y preguntan: ¿cuándo sale?, ¿dónde lo compro?, ¿dónde puedo pedir la devolución de mi dinero?, ¿dónde consigo el msn de Julio Barco? En fin... Y, para terminar por algún lado, finalmente le agradecemos a usted. Tal como lo escucha, pues gracias a su terquedad por comprar una revista de mala fama, humilde y no recomendable, hacen posible el sueño: este amuleto, este duende, esta constelación de pichi y caca y serpentina que es la literatura. Lo repito, sin miedo a parecer fanático, tal como dijo el maestro:

“Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen. Estoy aquí, dije, con los perros románticos y aquí me voy a quedar”.

Fotografía: Sandra Enciso Gonzales (Ubícala en Facebook) Caricaturista: Renzo Quiroz (renzo_xtreme@hotmail.com)

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“y lo que me falta me lo imagino…” Calle 13 & Mercedes Sosa: Un niño en la calle www.tajowww.tajo-tajodido.blogspot.com notodoestajodido@homtail.com

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TAJO 6  

Revista peruana de literatura y sociedad.

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