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Editorial La postmodernidad nos ha mostrado los límites del mundo y del individuo. Los metarrelatos, aquellos que aspiraban a dar cuenta del sentido de nuestro lugar en el universo, han fracasado. La física cuántica y la deconstrucción le han dado al ser humano, ése que nació con la modernidad y que aspiraba a explicarlo todo, un revolcón de humildad ¿Habitamos en la paradoja de ser animales racionales en un mundo irracional? ¿Se debe a eso la extraña fascinación que en nuestra mente despiertan las paradojas? La paradoja nos muestra, en cierto sentido y desde mucho antes de que existiera la mecánica cuántica, los límites de la razón, ese privilegiado instrumento del que tantas veces se ha jactado a lo largo de su historia el ser humano. Todos los cretenses mienten, dijo Epiménedes el cretense mucho antes del gato de Schrodinger, y no podía ni estar mintiendo ni estar diciendo la verdad. En Bartelby el escribiente, de Melville, el tal Bartelby es, como indica el título, un escribiente que, cada vez que su jefe le pide que escriba algo, responde: preferiría no hacerlo, y no lo hace. La paradoja del escribiente –el escritor- que no escribe, la literatura como animal asediado por el silencio. Preferiría no hacerlo es una revista que pretende hacer -y en la paradoja se recrea- de la literatura un divertimento. De ella venimos y hacia ella andamos, construimos un mundo al cual ir, lo construimos poco a poco, partiendo de las palabras y de la apertura de horizontes que la posmodernidad nos dio. Somos la aporía del mundo, el espíritu crítico que encuentra en la literatura su sitio más querido, el lugar privilegiado en el que se transforma –se genera- la realidad. Partimos de la negación del escribiente Bartelby para reaccionar contra el mundo lógico y nos dejamos embarcar en el río de la resignificación del nuestro. Venimos de la frontera, de la orilla, de lo extraterritorial, para decir nada y todo, para decirnos que somos el mentiroso de Creta y sólo decimos la verdad.


Índice

Enero 2011

Presentación Ficciones

Relatos

10 Raúl Del Valle CULEBRILLAS MACHETEADAS Reflexiones literarias de un filósofo desorientado y Poesía a domicilio 12 Ollin Rafael METALEPSIS El último hombre sobre la tierra y Confusión 18 David Roas HORROAS Palabras 22 Albert Mesas CUESTIÓN DE ESTILO Una vez oí contar y Re-elección 26 Inma Ponce Torres Antropofagia 27 Anaïs Egea El maletín 28 Daniel Bolsa Creaciones

Bestiario

Microrrelato

32 Ollin Rafael La cinta de Moebius 32 Josep Antoni Roig Microvida 32 Raúl Del Valle Vida Conyugal y Cambio de papeles 34 Laura Carreras Libros en cajas 35 Daniel Bolsa Y entonces... y La pistola de Chéjov

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Tubo de Ensayo Crítica 38 David Roas La literatura del no: Bartleby y compañía 44 Victor Gómez Pin Destrucción de los trascendentales y Apólogo de la presencia de un intruso 48 Raúl del Valle Tengo una tontería en el coco

Interlunio

Poesía

54 Inma Ponce Torres Maite Martí Vallejo Zoramena

Libros 62 Antonio Marco Greco El cerdo es un don de Alá, de Marco Greco 64 Violeta Serrano Historia del silencio, de Pedro Zarraluki 66 Maria Fortuny Logofagias, de Túa Blesa

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Presentación La literatura del no: vegetales en el desierto El desierto es un lugar en apariencia carente de vida, sus condiciones extremas de humedad y temperatura hacen prácticamente inconcebible la vida orgánica tal y como normalmente la entendemos. Y sin embargo hay vida en el desierto: reptiles que se entierran en la arena durante las horas centrales del día para evitar morir achicharrados, insectos que se desplazan a tal velocidad que sus minúsculas patas apenas tocan el suelo, matorrales de treinta centímetros de altura que hunden sus seiscientos metros de raigambre en las inestables dunas, arbustos nómadas con las raíces al aire que se dejan transportar por el viento en busca del más mínimo resquicio de humedad ambiental… Incluso en los hábitats más adversos, la vida desarrolla estrategias para instalarse: en el fondo del océano, junto a chimeneas sulfurosas, se han encontrado peces que han aprendido a respirar azufre. De un modo parecido, la autoexigencia de no repetirse –motor oculto del devenir literario-, ha conducido a la literatura a la búsqueda de sus propios límites. Si todo está dicho ya, ¿puede seguir diciéndose algo? Ésta parece ser la pregunta que subyace a toda una corriente literaria que atraviesa la literatura del siglo XX y extiende sus ramas hasta la del XXI, una tendencia que parece conducir a los escritores hacia un abismo de silencio y que ha sido definida por Vila Matas como literatura del no y en la que se encuentra el único camino que queda abierto a la auténtica creación literaria; una tendencia que se pregunta qué es la escritura y dónde está y que merodea alrededor de la imposibilidad de la misma y que dice la verdad sobre el estado de pronóstico grave –pero sumamente estimulante- de la literatura (Bartleby y compañía). La literatura del no tiene un texto fundacional y un personaje emblemático. El texto fundacional es la Carta de Lord Chandos, del escritor alemán Hugo Von Hofmannsthal, donde Chandos le explica a su amigo Francis Bacon su renuncia a toda actividad literaria pues, a fuerza de desconfiar en el lenguaje, las palabras se le desintegraban en la boca como saetas mohosas, haciéndole perder por completo la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre ninguna cosa. El personaje emblemático es, claro, Bartleby y su conocida fórmula: preferiría no hacerlo, fórmula que pone en crisis el lenguaje mismo al excavar una zona de indeterminación que hace que las palabras ya no se distingan, hace el vacío en el lenguaje (Bartleby o la fórmula, Gilles Deleuze). Esta crisis de los mismos cimientos de la disciplina no es un fenómeno exclusivamente literario, tiene también su equivalente en otras disciplinas artísticas e incluso científicas o filosóficas. Las propuestas musicales de John Cage no dejan de ser una manera de llevar a la música hasta sus propios límites, ¿es música una pieza de cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio? ¿Qué es la abstracción con respecto a la pintura o la mecánica cuántica con respecto a la física? Sin embargo, cual vegetal en el desierto, la literatura encuentra salidas a este callejón en apariencia sin ellas y, en lugar de caer en el silencio, encuentra formas que trascienden esa desconfianza en las palabras, extiende sus raíces, aprende a respirar azufre, consigue, incluso, textualizar el silencio como una forma de sobreponerse al asedio al que la somete el silencio mismo. Enero 2011 Preferiríanohacerlo 7


Ficciones Raúl Del Valle CULEBRILLAS MACHETEADAS Reflexiones literarias de un filósofo y Poesía a domicilio Ollin Rafael METALEPSIS El último hombre sobre la tierra y Confusión David Roas HORROAS Palabras Albert Mesas CUESTIÓN DE ESTILO Una vez oí contar y Re-elección Inma Ponce Torres Antropofagia Anaïs Egea El maletín Daniel Bolsa Creaciones

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CULEBRILLAS MACHETEADAS Raúl del Valle

Reflexiones literarias de un filósofo desorientado Todo lo que somos es una amalgama de recuerdos

inevitablemente deformados, percepciones sensibles que, a partir de una serie de datos, construyen en nuestro cerebro el mundo y un puñado de proyectos que se saben, por definición, inalcanzables. ¿Qué somos sino la trayectoria que un cúmulo de moléculas eventualmente asociadas recorren en el espacio durante el tiempo que dura una vida? ¿Qué queda de una trayectoria más allá de sus huellas? ¿Somos las huellas que dejamos? ¿Es posible la noción de autor desde la vacuidad esencial implícita en esta visión vectorial de la existencia? ¿Puede escribir una huella? El autor no existe, de acuerdo, lo ha matado la propia deriva literaria. Pero entonces, ¿quién cojones está escribiendo esto? Lo estás escribiendo tú, se me podría contestar, tú eres el personaje que está escribiendo esto. ¿Pero cómo es posible que sea yo el responsable de estas palabras si yo ni siquiera existía antes de que estas palabras fuesen escritas?

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Poesía a domicilio Le gustaba echar poemas en los buzones. Poemas ciegos, sin destinatario concreto. Cada vez que escribía uno, doblaba el folio un par de veces, se lo metía en el bolsillo trasero del pantalón y, pasada la medianoche, deambulaba por la ciudad hasta encontrar un portal abierto e introducía el papelito por la ranura de un buzón cualquiera sin haber guardado copia alguna del texto, era un poeta desprendido.

al manillar pero, a cambio, poseía el encanto de ni siquiera poder ponerle un rostro al destinatario de sus palabras. Una noche, la casualidad hizo que un marido que regresaba a casa de madrugada y borracho entrara en el portal justo cuando él introducía el poema precisamente en su buzón. No tienes pinta de cartero, le soltó el tipo apartándolo de un empujón. Abrió el buzón, desplegó el papel y, sin ni tan siquiera leer los versos, quizá viendo en aquellas líneas incomprensibles el germen de un futuro adulterio, la emprendió a golpes con el poeta causándole contusiones por todo el cuerpo y varias fracturas: pómulo, un par de costillas y tres dedos de la mano izquierda.

La costumbre le venía de su época de repartidor de pizzas. Casi siempre escribía algún verso en el dorso de las facturas antes de entregársela al cliente correspondiente. Uno de aquellos clientes –una chica joven y guapa a la que no le sentaron nada bien los diez minutos tarde que llegó la pizza por culpa de las veleidades pseudoliterarias del pizzero- malinterpretó Por suerte no era zurdo, pero lo cierto es que nunca el objetivo que perseguían los versos y llamó hecha más volvió a escribir un poema. una furia a la pizzería para quejarse. A raíz de aquella llamada se desencadenó un proceso que concluyó con el despido del poeta. Tampoco es que le apasionase su trabajo, no fue ninguna tragedia. Lo único que iba a echar de menos, además de conducir el ciclomotor las noches de lluvia, era la posibilidad de distribuir sus versos a domicilio. Fue entonces cuando adoptó la costumbre de buscar un buzón cualquiera cada vez que conseguía rematar un poema. No tenía la cosa promiscua de su época

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METALEPSIS Ollin Rafael

Confusión Aquel es un día como otro cualquiera: llueve suavemente pero sin descanso, los árboles se agitan al ritmo cálido del Mediterráneo y se inclinan como adoradores de un extraño culto. Un rumor tormentoso cimbra el viento.

Intenta volver al libro pero al tomarlo descubre que no reconoce ninguna frase; confuso, coge otro que tampoco le dice nada, revisa varios más al azar pero no encuentra lo que busca. La confusión es la causa del olvido, cada libro en aquella casa se encima a otro y a otro y a otro más y no es capaz de sujetar ninguno, sabiendo de manera inequívoca, que existe.

Se despertó sin sueño después del profundo reposo que el Diazepan y el vino le habían otorgado. Sucedía que en días como el de hoy algo parecía inquietar su Su caso es, en resumen, el siguiente: ha perdido por espíritu ya de por sí sensible. Más que el cambio, la completo la capacidad de pensar coherentemente socalma hacía que un ligero temblor habitase su cuerpo. bre ninguna cosa. Los pensamientos, suyos y de otros, Ha decidido, después del primer café, que hoy se entremezclan. Ya no sabe si lo que lee, lo lee o lo esquiere leer todo lo posible. Como en los viejos tiem- cribe; ya no sabe si los sonidos que le salen de la boca pos desea sentarse en un rincón obscuro y perder la no son sino grafismos en el papel. Por eso se esconde vista en algún libro de los que por cientos se acumulan detrás de la ventana con desconfianza. a la orilla de cada muro y en cada esquina deshabitada.

Toma el que está más cerca pero al mirarlo descubre en él a un nervioso suicida, a un ser raquítico que le jala de las tripas como un niño de las faldas de su madre. Lo llama con tierna desesperación y le vuelve la vista hacía la ventana que, exuberante en su transparencia, le ofrece el abismo. Un salto y nada más lo liberaría de ésta y de todas las historias, de todos los pensamientos que le hacen sentirse terriblemente equívoco. Un salto al vacío y nada más, sólo quedaría la dispersión ósea, un no-nada sobre el pavimento. 12 Preferiríanohacerlo Enero 2011

Y se asoma de vez en cuando, sigiloso, para ver lo que ocurre fuera. Ayer por ejemplo: un hombre de sombrero y abrigo largo recorría la calle, iba con mucha prisa y evidentemente contrariado, no decidía si era mejor sujetar el sombrero que el viento se llevaba o evitar que la lluvia mojase el cuaderno que protegía debajo del abrigo. Él lo observaba; incrédulo y desconfiado, no le creyó ni un solo movimiento. Se quedó ahí, mirándolo fijamente, listo para descubrir en su indeterminación cualquier gesto que le mostrase su falsedad gramatical. Estaba preparado para abrir la ventana de par en par en el instante preciso y reírse de


la mentira que era aquel viento, el sombrero y su triste y breve existencia.

ya había leído. Le costó varias horas deshacerse de esas frases intrusas, pero cuando lo logró, una idea terrible Ya no sabe si escribe o lee. Las palabras se le con- le asaltó: ¿y si lo que acababa de escribir era la frase funden con los pensamientos y los pensamientos con de algún libro no leído? La posibilidad existía ¿acaso la mecánica de las frases y con los párrafos que por no pertenecía él a una tradición de millones de textos? ¿Cuántos de ellos conocía? ¿Cuántos de ellos suponían millones se extienden por la casa. una carga histórica de la que no podía sustraerse? ¿Y si Hace varios meses que no sale, apenas se alimenta cada relato flotaba en la conciencia universal del homy le cuesta un enorme esfuerzo dormir. La comida se bre? la trae semanalmente la señora de la limpieza. Ya no Pasó seis días tras la frase inicial. Buscó en la hable permite ni siquiera entrar al rellano; tiene miedo de que también sus ideas lo invadan. Ella, rápida y discre- itación principal pero no encontró nada. Buscó luego ta, deja la comida en el portal dentro de una cesta que en el resto de la casa. Sin dormir y sin comer, rastreó él no recoge hasta que la ve doblar la esquina. Cuando cada rincón hasta encontrar por fin en la buhardilla, necesita algo, escribe una lista que deposita en la cesta olvidada, la frase: la cosa mejor que ha hecho la ley vacía. La deja al costado de la entrada con dinero, una eterna es que, habiéndonos dado una sola entrada en la vida, nos ha procurado miles de salidas. frase amable y el párrafo de algún libro. Cuando se dio cuenta de que tenía un problema pensó que deshacerse de los libros era la mejor solución, así que comenzó a tirarlos. El inconveniente era que cada vez que abandonaba alguno en la calle, que lo lanzaba desde la ventana o que lo quemaba en la chimenea, todas las frases que contenía volvían durante la noche asfixiando sus sueños. Con el tiempo se le ocurrió que las frases al ser lanzadas, tiradas o quemadas, no encontraban un mejor recipiente e impulsadas por el viento y la lluvia, aprovechaban la noche y el descuido para inundarlo. Tal vez lo que necesitaba era que la idea encontrase un receptor, un lector dispuesto. Fabricó aviones de papel con las hojas de los libros, lanzó cientos que llenaron la calle, pero igual que antes las El desasosiego sustituyó a la calma y, por primera palabras volvieron para atormentarlo. Nadie se detenía vez, pensó en la muerte. Aquel libro nunca lo había a leer los aeroplanos que al final del día eran barridos leído. por el viento. Poco a poco la enfermedad se fue agravando y dejó Desesperado, concluyó que la única manera de dede salir a la calle. Cada día que pasaba desconfiaba más shacerse de las líneas ajenas era colocarlas poco a poco en otra mente. Cómo su único contacto con el mundo de sus pensamientos hasta que, finalmente, cuestionó era la señora de la limpieza y decidió depositar en ella la realidad. Pasó horas delante de la ventana para destoda su carga literaria. Así en cada lista de la compra cubrir los errores de la construcción metafórica del escribiría frases extraídas y borradas de los libros de mundo.

la casa, en un último intento para restaurar el orden. Aquel es un día como otro cualquiera: la noche se Tampoco dio resultado. Al caer la noche, el viento acerca y los recuerdos se van apaciguando para dejar volvió como siempre, colándose entre los muros, sil- espacio al deseo. Quiere librarse de la literatura entera, bando su fatídica suerte. quiere quemar la casa y arder él mismo, quiere estrelLa literatura le había enfermado y poco a poco se larse contra el mundo que a pesar de su infortunio, iba resignando a la idea de no poder encontrarse jamás seguramente, sigue existiendo. Se acerca a la ventana entre tanta retahíla extraña. De vez en cuando pensaba para ver la intermitencia del agua y casi, sin desearlo, la en el suicidio pero siempre renunciaba; era un arte que, abre de par en par. La lluvia y el viento le mojan la cara y se siente entonces completamente feliz. Sin pensarlo para ser natural, requería práctica y esfuerzo. demasiado se coloca en el alféizar y de un simple salto El primer síntoma de su enfermedad lo notó una se lanza al vacío. El suicidio es un arte natural que reqmañana de viento. Al comenzar un nuevo relato acudi- uiere práctica y esfuerzo. eron a su mente íncipits de otros, inicios de libros que Enero 2011 Preferiríanohacerlo 13


METALEPSIS Ollin Rafael

El último hombre sobre la tierra Desde mi piso pude ver sin demasiado entusiasmo cómo las primeras gotas impactaban contra la ventana. No tengo paraguas y nunca lo he tenido. El día había sido gris, triste como una despedida sin adioses, sin diálogos, como un lento alejarse. La lluvia era espesa cuando me metí debajo, me aparté el cabello mojado de la cara y empecé a caminar. Mis pantalones comenzaron a chorrear, los zapatos absorbían el agua como esponjas y cada vez me era más difícil seguir. Continué sin rumbo por donde la lluvia se abría trazando un sendero como un camino de tierra pedregosa.

compactas, alargados caracteres que corrían a lo largo de las hojas y que parecían no tener fin, una palabra unida a otra en trazos continuos e ilegibles. Casi nunca prescindía de este cuaderno, o de otro, es decir, de un sustento para la tinta. Me gustaba el de color rojo.

Alguna vez había escuchado algo sobre cuadernos rojos y poco a poco me había ido construyendo una creencia. Me gustaba pensar que había signos atrapados en la superficie de las hojas: historias, poemas, números, notas, cuentos, teléfonos, etcétera; tú sólo debías pasar la pluma por su superficie y la Yo no era uno de esos tipos que se consideran va- tinta saldría escurriéndose sobre los surcos invisibles lientes o de aquellos a los que no les importa mojarse, y conformando signos que siempre habían existido, yo de hecho, me enfermaba constantemente y pasaba sin tiempo. largas temporadas recluido. Compraba cuadernos rojos porque tenía la senHace años, cuando era más joven, solía salir de la casa en el campo, cerca de Oaxaca, cuando llovía. Caminaba sin rumbo durante horas siguiendo mis pasos que, intuitivos, me llevaban a lugares altos en donde me tumbaba boca arriba. Pasaba horas bajo la lluvia, muy diferente a ésta que es sucia y rígida.

sación de que escribía mejor en ellos, sobre todo cuentos que era lo que, últimamente, más hacía. En los cuadernos azules la poesía salía mejor. En otros, casi todos, mi pluma se volvía pesada y se arrastraba con dificultad. La tinta también era una variante importante: la azul, la que es casi morada, me iba bien en el Bajo la empapada chaqueta llevaba la única cosa cuaderno rojo y en el azul mejor la más clara; siempre que deseaba preservar de la humedad: un cuaderno azul pero más tenue para la poesía “descriptiva”, la “inde cubierta roja, de cuadros pequeños y lleno de letras timista” era mejor escribirla en negro sobre el cuad14 Preferiríanohacerlo Enero 2011


erno de tapa verde; la tinta roja era sumamente vulgar y la negra torpe y severa, se apelmazaba en cada inicio de palabra, en cada frase, en cada verso. Mi cuerpo era débil y voluble. No se enfermaba como consecuencia de actos o situaciones, lo hacía sin mucho sentido, de forma más bien, extraña: a veces, y esto era más normal, después de mojarme bajo la lluvia, aunque ésta no era un requisito sino una casualidad, otras veces sufría los rigores de la cama tras un día soleado, en verano o en invierno, daba igual.

pensé que ya era tarde y que estaba completamente mojado y que el bar al que iba no sería más cómodo que mi casa y que tendría frió y además, tal vez, había sido una mala decisión salir con este tiempo y era mejor regresar a casa. Cuando miré a mí alrededor no estuve seguro de dónde me encontraba, no reconocí nada, todo parecía conformado por grandes naves industriales grises, de muros enormes. Me sentí perdido como en un sueño olvidado y antiguo; mi corazón empezó a latir a gran velocidad y, por un momento, pensé que me iba a desmayar. Me sujeté a la pared e intenté respirar lento, tranquilo, pensé: no es un sueño, todo está bien. El espacio se había dilatado y yo con él, la calle en la que estaba parecía larguísima, la lluvia ya no era gris sino amarilla, de un amarillo pastoso como el de una tarde a través del humo de chimeneas ocres, una tarde sin sol y sin atardecer y sin vida y sin verde o azul o rojo, todo simplemente amarillo, pastoso, sucio, ajeno. Volví sobre mis pasos y en el primer cruce ya no supe a dónde dirigirme, no encontré el nombre de las calles y aquello no me sonaba para nada, pínche ensimismamiento. Estoy en una ciudad abandonada, de enormes edificios vacíos, pensé. Y entonces, la lluvia se hizo densa. Sujeté con fuerza el cuaderno y comencé a correr.

Solía pensar en la muerte, la idea de morir me agradaba, no de forma depresiva o morbosa, sino rasgada por la curiosidad. Me gustaba la vida pero consideraba que también la muerte era seductora, porque un día dejamos de existir y ya no hay más. Sin duda, no rehuía el impulso de la vida eterna, pero la imagen de la inexistencia total -quiero decir, nada de recuerdos, nada de imágenes, nada de suspiros- era tentadora. No quiero ser el recuerdo de un muerto, una ilusión falaz, quiero que mi memoria se olvide y se pierda en la ciudad bajo un manto gris. La lluvia era una especie de muerte, cuando deja de caer todo parece nuevo porque la ciudad se amortaja y se entierra y se la comen los gusanos que se hunden en la arena y se olvidan y se van muriendo. Y cuando brilla el sol otra vez, todo se ha perdido y todo es nuevo.

¿Mexicano? ¿Qué significa ser mexicano? Yo no lo sé, Octavio Paz lo puede explicar mejor, yo me he perdido en algún momento, igual que Octavio Paz, pero él se explica mejor. Yo intento ser mexicano pero todo lo mexicano que soy está cubierto por una babilla de entendimiento, igual que le pasó a Paz perdido en la India traduciendo haikus y a Fuentes en París, y a Pitol en Praga, pero ellos lo explican mejor... Es como caminar sabiendo que no llegarás nunca, lo sabes, no hay duda ni esperanza, pero caminas. El mexicano simplemente es mexicano, no hace tantas preguntas ni se agobia con la construcción identitaria, ni quiere ser mexicano. ¿El mexicano?, se pregunta un intelectual a la salida de Bellas Artes mientras camina con aire pensativo por la alameda central entre árboles y chachas vestidas de fiesta y de domingo, y responde sin dudar: Un crisol de culturas, claro. El pinche entendido mexicano: un pendejo. Pensar en la esencia mexicana que he perdido y que a lo mejor nunca tuve es como correr bajo la lluvia y perderse y seguir corriendo y no encontrarse nunca más.

Poco a poco fui disminuyendo el ritmo de la carrera hasta que al final, simplemente estaba caminanLas gotas se habían vuelto ligeras, sutiles; así que do, exhausto. Me percaté de que la ciudad volvía a ser Enero 2011 Preferiríanohacerlo 15


reconocible, pasaron dos coches a mi lado. Al final de la calle un hombre con paraguas se perdía de vista. Me tranquilicé, no estaba en una ciudad abandonada. Seguí caminando y mientras tanto recuperé el sentido de la orientación, no estaba tan lejos de casa, de hecho estaba en el barrio junto al mío, vaya tontería. Siempre caía en mis trampas, en mis historias. Cuántas veces había sido arrastrado por la fantasía hasta sitios que me aterraban; sugestionable era la palabra, yo era sugestionable. Además, las ciudades abandonadas era un tema sobre el cual escribía constantemente, un argumento terrorífico. Hace tiempo escribí un relato que trataba de un hombre, un asesino que consideraba arte sus crímenes y la muerte sublime. Seguía a sus víctimas durante largos ratos intentando adivinarles la vida y, sólo cuando lo había hecho, los mataba extasiado en su fragilidad, intuyendo la suya propia; hasta que un día, guiado por los pasos ajenos hasta un lugar de grandes edificios y muros enormes, descubrió con terror, perdido en un calle amarilla y sucia, una tarde sin azules, que se había convertido en víctima de su víctima, derrotado en su ilusión. Y así, mientras la tarde se despedía y el amarillo coloreaba el cielo contaminado, terminó derramado en el suelo de una calle monocromática, sobre la roja mancha de la vida que finalmente se le escapaba. La lluvia, había parado y el cielo era azul y claro, y en esta certeza me quedé cuando un coche blanco me impactó por el costado y me lanzó a una veintena de metros. El cuaderno rojo se me escapó de las manos y saltando por los aires lentamente aleteó. Poco antes de morir, recostado y con la cabeza apoyada en el pavimento, mientras un hilo de sangre me brotaba del oído, vi cómo, cayendo en un charco, llenaba sensualmente el agua calma con listones de tinta azul.

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HORROAS David Roas

Palabras Sólo cabe fiarse de los monosílabos, y tampoco de todos. J.M. Coetzee, Desgracia Masaje cardíaco. Uno, dos, tres... Desfibrilador. Nada. Los enfermeros llevan varios minutos intentando reanimarlo, pero el cuerpo de David se niega a responder. Yace tumbado sobre el suelo de la cocina. Su mano derecha agarra con fuerza una botella de whisky. Los zapatos de los enfermeros hacen ruido cuando pisan la multitud de pastillitas que rodean su cuerpo. Es un ruido divertido, me digo. Pero no hay nada cómico en la escena. David está muerto. Bueno, estará definitivamente muerto cuando cubran su cuerpo con una manta. Como están haciendo ahora mismo. Toda la escena parece desarrollarse a cámara lenta. Uno de los enfermeros me habla. No le entiendo. Veo su boca moviéndose, pero yo no puedo hacer más que mirar el bulto que se adivina bajo la manta. Espero. Espero que el pecho se mueva indicando una imposible respiración. Nada. Sólo tres horas antes David me había llamado a casa. Al otro lado del teléfono, su voz sonaba agitada. Parecía estar en uno de sus esperados y repetidos ataques de (falsa) ansiedad, y no le hice demasiado caso. Sabía que solían pasar pronto. Hacía semanas, es verdad, que no me llamaba (también había interrumpido su comunicación mediante e-mails), pero eso no me alarmó. Me había acostumbrado a sus periodos de silencio, como también a sus intempestivas llamadas, 18 Preferiríanohacerlo Enero 2011

sobre todo desde que se había encerrado, meses atrás, para terminar de escribir un nuevo libro de cuentos. “Nuevo” era la palabra que él empleaba, aunque en realidad llevaba tres años dándole vueltas obsesivamente a aquellas historias. Junto al cuerpo de David hay una nota. No me dejan tocarla. Dicen que debo esperar a la policía. No les hago caso. Está llena de tachones (algunos, brutales, han rasgado el papel). Las muchas palabras que David parece haber escrito han quedado reducidas a un escueto y ridículo “Lo dejo”. Sin poderlo remediar, viene a mi mente otra nota de suicidio tan absurda como ésta, la que deja el filósofo judío en la película de Woody Allen Delitos y faltas: “He saltado por la ventana”. Trato de borrar esa imagen y la estúpida sonrisa de mi boca. David está muerto, me digo. Pero me resulta imposible dejar de sonreír. Salgo de la cocina. En ese momento, llega la policía. Les informo que he sido yo quien ha dado el aviso. Uno de los agentes me invita a esperar en la sala para tomarme declaración. Añade que enseguida llegará el forense y procederán a levantar el cuerpo. “Levantar el cuerpo”. De pronto, esa expresión me parece enormemente ridícula y tengo que morderme los labios para no reír. Salgo corriendo y me siento en un sofá. No me costó ni un segundo deducir que David se


hallaba en uno de sus habituales ataques de ansiedad. Sin saludarme siquiera, empezó a hablar atropelladamente. Me costaba seguirlo. Y no sólo por su evidente nerviosismo, sino por su extraña forma de hablar. No parecía él mismo (tópico que en el momento de pensarlo me hizo sonreír, pero ahora tiene un sentido muy diferente). Utilizaba, cosa rara en él, frases ampulosas y, a la vez, relamidas: “estoy en un túnel que me lleva a mí mismo” o “desplomado sobre una botella siento un dolor intruso”. Su dicción pastosa delataba, además, que había bebido. Todo eso me llevó a pensar que David estaba bromeando (algo habitual sobre todo en sus llamadas más intempestivas). En lugar de reñirle por telefonearme a esas horas para contarme tonterías, le seguí el juego: “Menudas florituras verbales, David. Espero que no se te cuelen en los cuentos, no vaya a ser que...”. Antes de que pudiera terminar la frase, me colgó lanzando un gruñido (o así me lo pareció).

con las palabras... Tras recibir un montón de mensajes semejantes, lo reconozco, dejé de prestarles atención. Los mensajes diferían muy poco unos de otros. Incluso algunos ni los abrí: me bastaba leer su título para intuir que en ellos volvía a repetir sus quejas, sus agobios. Yo respondía con breves mensajes llenos de banalidades (no te preocupes, eso pasará, ya verás como todo se arregla) que él no debía ni leer, obsesionado con seguir mandándome sus reflexiones. Leídos ahora, sus e-mails adquieren un sentido muy diferente. Y no por lo que dicen, sino por la forma en que lo hacen. Yo estaba habituado a sus experimentos lingüísticos, a sus cambios de estilo (que se reflejaban en los variados seudónimos con que solía firmarlos: Dr. No, Kurtz, Mr. Hyde...). Pero el proceso que ahora percibo al leer sus mensajes como capítulos de un texto mayor me hace ver que hacia el mes de junio empezó a cultivar un extraño exhibicionismo lingüístico que se fue acentuando conforme pasaban los días. Un exhibicionismo que, ahora, descubro semejante a su forma de hablar en su última llamada telefónica. Una mezcolanza de frases en muchas ocasiones ridículas que meses atrás yo había tomado a broma, a puro juego literario: “Mi soledad –me dice en uno de ellos- se puebla de insomnios. Contemplo la vendimia de los años desde el dolor del fracaso...”. ¿Vendimia de los años? La verdad es que aún recuerdo mis carcajadas ante lo que entonces tomé por una imitación de esos autores amanerados que escriben como lo harían sus tatarabuelos y que son tan populares hoy en día. En sus últimos e-mails (recibidos hace tres semanas) esos No puedo dormir. No me quito de la cabeza la ima- juegos, sin embargo, son sustituidos por el puro caos: gen de David tumbado en el suelo de la cocina. Me las frases se hacen breves, otras se abandonan como maldigo de nuevo por lo que tardé en intuir lo que si David estuviera buscando la mejor expresión, pero estaba pasando, por lo que tardé en reaccionar. En ese sin ganas de borrar lo ya escrito. Como si no quisiera momento me pareció que lo mejor era esperar a que volver a posar los ojos sobre las palabras ya anotadas. se calmara, algo que, como era habitual, no tardaba Hace poco que ha amanecido. Suena el teléfono. Es demasiado en suceder. No quería molestar a nadie Gonzalo. La noticia ya se ha extendido. Le digo que no con lo que, aparentemente, no era más que otra de sus pienso ir al tanatorio. Su familia estará allí, me dice. Le rarezas. Nada parecía advertir, anticipar, lo que iba a respondo que no me apetece volver a ver su cadáver ocurrir. Me equivoqué. Vuelven a mis oídos los rui- (le cuento lo que ha pasado) ni las caras de todos los dos de las pastillas al aplastarse bajo los zapatos de los que allí van a reunirse. No le digo que lo que voy a enfermeros. No puedo seguir tumbado, atormentán- hacer, en lugar de aparecer por el tanatorio, es ir a casa dome inútilmente. Me levanto de la cama, enciendo el de David. Cuelgo y salgo hacia allí. ordenador y reviso sus e-mails. El más antiguo lo recTodavía tengo la llave. Rompo los precintos que ibí el 3 de mayo. Tal y como sucedía cuando nos veía- ha dejado la policía. Sé que no debería entrar, pero mos (cada vez menos), en ellos sólo me habla de sus necesito comprender lo que todavía me es imposible problemas con los cuentos, con ese libro que nunca aceptar. Nada va a cambiar por mucho que descubra, terminaba de completar (en muchas ocasiones llegué pero será una manera (inútil) de pedirle perdón. No a dudar de que existiera, aunque él me enviaba de vez sé por dónde empezar a buscar. Me acerco a su mesa en cuando nuevos cuentos o, mejor, nuevas versiones de trabajo. Salvo el ordenador, no hay ningún papel de cuentos ya leídos bastante tiempo atrás). Habla de ni libros sobre ella. Lo pongo en marcha. Quizás en él problemas de inspiración, de problemas con el estilo, encuentre signos, advertencias de esa muerte impreEnero 2011 Preferiríanohacerlo 19


vista. Entre las carpetas, reconozco una que he visto en otras ocasiones: “Ficciones”. Y dentro de ella aparecen otras: “La herrería del alma” (una novela nunca acabada; todavía recuerdo lo mucho que hablamos de ella), “Los dichos de un necio” (su primer libro de cuentos) y “Horrores cotidianos”, donde se encuentran los archivos correspondientes a los relatos aún inéditos (“La agonía del salmón”, “Y por fin despertar”...). Entre ellos llama mi atención un archivo llamado “Palabras”. El título no me suena. Debe tratarse de uno de los cuentos en los que estaría trabajando y del que aún no me había enviado copia alguna. Pero no parece un cuento, sino una especie de diario, pues está compuesto por una multitud de anotaciones fragmentarias acompañadas de una fecha (y en ocasiones de la hora, algo extraño en una persona tan poco metódica como David). La anotación más antigua corresponde al 27 de febrero y la última, me sobrecoge verlo, es de ayer (18 de octubre), poco después de llamarme por teléfono. Llevo una hora leyendo el contenido del archivo y no puedo creer lo que David ha escrito en él. En más de una ocasión he pensado que lo que tomaba por un diario era en realidad un cuento que imitaba la forma de un diario. Todo lo narrado es demasiado inverosímil, fantástico, para poder aceptar que sean acontecimientos reales en la vida de una persona real. Las primeras entradas del diario son anodinas y esperables. Como es (era) su costumbre, David se queja de todo lo que le sucede: de los nuevos cuentos, que no acaban de funcionar como quiere; de los libros que está leyendo; de sus problemas con el dinero (aunque había pactado con la editorial en la que trabaja un subsidio bastante decente, temía que se le acabase antes de terminar el libro); de su vida cada vez más solitaria...

le cuelan palabras que él no quiere escribir: tribulación por inquietud, estólido por imbécil... y otras del mismo jaez. En sus primeras anotaciones del diario, David iba confeccionando una lista de esas palabras ajenas, como si con ello no sólo quisiera registrar su presencia (y el fenómeno que revelaban) sino también evitar olvidarse de lo que le estaba ocurriendo. Pero esas simples anomalías (por utilizar la palabra con la que él las bautizó) no tardaron en perder toda singularidad y fueron incrustándose (no creo que haya otro verbo mejor para expresarlo) en el estilo de David de forma más reiterada. Él mismo se refiere a ellas en sus anotaciones en un tono irónico, proponiendo explicaciones –pronto las desechará- que tienen que ver con el cansancio, con el estrés de las muchas horas que dedica al libro cada día, con su vida retirada alejado de todo y de todos... La anotación del 1 de agosto resulta verdaderamente inquietante: “Algo se atraviesa en mis palabras, algo que no es mío... No escribo exactamente lo que pienso”. Esas son las pocas palabras que –paradójicamente- puedo reconocer como propias de David. Porque el resto de anotaciones aparecen bañadas de un inesperado barroquismo, de un estilo pomposo que, en otro momento, me parecería una tonta broma de su autor. Todas esas anotaciones giran en torno a un misma idea, que él denomina insistentemente “el extravío de su lenguaje”. Incluso llega a hablar de una desconexión entre su mente y sus dedos, los cuales “vagan indecisos por el teclado del ordenador, pilotados por una voluntad ajena que porfía en trasmutar mis palabras en otras que desprecio como propias. Todo lo que escribo me perturba. Mis enunciados son irremediablemente adulterados con un sustantivo, un adjetivo o un verbo inesperados”.

Leer estas anotaciones resulta cada vez más enojoso conforme pasan los días, conforme avanza lo que sin Pero hacia el mes de julio (tan sólo hace tres meses) el tono de sus anotaciones cambia. Se vuelven som- duda podría calificarse de enfermedad. Aunque no brías y, sobre todo, extrañas. Un ejemplo, correspon- haya ninguna lógica detrás del uso de ese término. diente al 4 de julio: “He renunciado a escribir a mano. Es entonces cuando pienso en la nota de suicidio, El teclado todavía puedo controlarlo...”. en sus tachones, en las palabras escritas unas encima Es cierto que mucho de lo que cuenta podría deber- de las otras, como si David no acertara a trasladar al se a una evidente depresión (que, por otra parte, nin- papel lo que verdaderamente quería decir. Desde esta guno de sus amigos supimos percibir en su momen- perspectiva, la única frase que sobrevivió a sus bruto), puesto que, conforme pasan las semanas, el tema tales correcciones –“Lo dejo”- puede leerse como una de la muerte se convierte en una presencia constante. victoria. Con ella dice mucho más de lo que esas dos Aunque, por otro lado, eso no era nada nuevo en él. simples palabras contienen. Pero lo que hace extrañas tales anotaciones es la otra preocupación esencial que éstas revelan: el lenguaje. Al principio, lo reconozco, me parecieron simples desvaríos de una mente trastornada: no deja de insistir en que, trabajando en sus cuentos, ha descubierto que se 20 Preferiríanohacerlo Enero 2011

Ahora puedo imaginar todo lo borrado y corregido, su lucha con las palabras, tratando de hallar, de recordar, su estilo y de poder expresar su desesperación por ello. Sabiendo, al mismo tiempo, lo falso e inadecuado de esas palabras. E imagino también la sensación


de pánico antes de escribir cada palabra, sabiendo que lo pensado nunca iba a reflejarse exactamente en lo escrito. Como si aquello fuera obra de otra persona. Como si al mirarse en un espejo, ya no contemplara su propia cara. Y entiendo que al principio protegiese su secreto, que no contase a nadie lo que le estaba sucediendo. Debió pensar que era demasiado absurdo, demasiado inverosímil. O que se estaba volviendo loco (en varias ocasiones se refiere a ello: así, el 20 de agosto escribe: “la cabeza se me extravía. ¿Loco?”). Además, en algunas de sus anotaciones declara su miedo a llamar por teléfono, a salir a la calle, a hablar con amigos o con extraños. Teme que no le entiendan, que su boca pronuncie palabras que él no quiere decir (“no me aventuro a pronunciar palabra alguna en voz alta, ni siquiera dirigidas a mí mismo”, escribe). Por eso no nos contó nada. Porque no se trataba simplemente de explicar algo que no entendía y le asustaba, sino porque le angustiaba no controlar sus palabras para hacerlo (“Temo referir lo que estoy padeciendo, el pavor a las burlas me atenaza... ya he podido comprobarlo”... aunque no dice con quién). Por eso prefirió guardar silencio y luchar a solas contra aquel mal inverosímil que no sólo infectaba su escritura sino también su habla (su última llamada telefónica se vuelve ahora todavía más inquietante).

quería librarse de esos cuentos, ¿por qué no eliminó los archivos sin más en lugar de conservarlos vacíos? Quizás en su desesperación se había propuesto volver a escribirlos. ¿O es que dominado por ese nuevo lenguaje (y me aterroriza pensar algo semejante) comprendió que esos cuentos ya no tenían nada que ver con él, que no era él quien los había escrito? Una semana después anota lo siguiente, quizá refiriéndose a dicha cuestión: “pese a todo, debo seguir escribiendo. Esto pasará”. Pero sólo dos días después escribe: “Miedo a seguir escribiendo”. Hasta ese momento nunca se había referido explícitamente a abandonar la literatura (¿o es más que eso?). El diario acaba con la anotación del 18 de octubre. Tras una referencia a nuestra última charla telefónica (“Juan no entiende”), cuya brevedad la hace aún más dolorosa, David escribe una frase sobrecogedora, por su franqueza, por su desesperación: “Las palabras no funcionan”. En un célebre poema, Edgar Allan Poe afirmó que “Nuestro mundo es un mundo de palabras”. David creía en las palabras. Cuando estas escaparon definitivamente a su control, supo que ya nada tenía sentido. Ni la propia vida.

Yo mismo contemplo ahora con inquietud mis propias palabras. Ya no me queda nada más que añadir. O no me atrevo a hacerlo. No entiendo cómo siguió escribiendo. O quizá sí. Extraído de Horrores cotidianos, Editorial Menoscuarto 2006 Debió hacerlo por desesperación. Por tozudez. Porque David se empeñó hasta su último día en anotar lo que le ocurría. Como si no quisiera verse vencido por las palabras, entes que hasta ese momento no podían existir sin que él las escribiera o las pronunciara, pero que, incomprensiblemente, habían adquirido (no sé cómo puedo escribir esto) voluntad propia. Conforme pasan las semanas sus anotaciones se van haciendo cada vez más sobrias, fragmentarias e inconexas. Como si usar unas pocas palabras y alejarse de toda complicación sintáctica, le permitiera controlar o, al menos, acercarse lo más posible a lo que había pensado, a lo que quería decir. Y a cómo quería decirlo. En algunos casos (sobre todo al final), los apuntes correspondientes a un día constan de una sola frase. La única anotación en la que David no intenta hablar directamente de su trastorno es la del 1 de octubre: “Hoy he examinado los relatos que concluí tiempo atrás. Tampoco me reconozco en ellos...”. Hay algo en ella que me asusta. Abro uno de los archivos al azar (“Tránsito”) y descubro que está vacío. Reviso los demás y sucede lo mismo: lo único que ha sobrevivido son los títulos de los propios archivos. Pero si

¡Nuevo libro ya a la venta en todas las librerías! Enero 2011 Preferiríanohacerlo 21


CUESTIÓN DE ESTILO Albert Mesas

Una vez oí contar Como te iba contando, no era la primera vez que tenía que cruzar aquél río para salvar a un perro herido. Incluso dudo que yo fuese el primer hombre en cruzarlo con un perro en brazos para salvarle la vida, porque por aquella zona era muy frecuente escuchar que alguien había salvado la vida a otro alguien cruzando el río. Y otro alguien puede entenderse como un animal, ¿no? Claro, abuelo Y como animal puede entenderse un perro, ¿no? Por supuesto, abuelo. Pues bien, aquella mañana me levanté tarde, no muy tarde por eso, porque en esos tiempos nadie se levantaba muy tarde, no como ahora, que la gente dice que se levanta pronto a las once de la mañana... ¡habrase visto! A las once de la mañana, en mi juventud, era muy, pero que muy tarde. Atiende: una vez, mi gran amigo Joselito se levantó a las doce, a mediodía, aunque claro, todo tenía una explicación, la noche anterior, al ser su cumpleaños, se había ido a tomar unas copas con toda la cuadrilla, y tú ya sabes qué pasa cuando nos juntamos todos los de la cuadrilla ¿verdad? Sí, abuelo. 22 Preferiríanohacerlo Enero 2011

Además, ese día Paquito el comerciante estaba por aquí…Te acuerdas de Paquito ¿verdad? ¿Paquito dices?... ¿El de la tienda de muebles? No, ese es Bernardo, que menudo está hecho también. Mira, en una ocasión Bernardo se apostó que era capaz de beberse diez chupitos de whisky irlandés seguidos, porque, por más que te digan, el verdadero whisky es el irlandés, y cualquiera que te intente convencer de lo contrario miente. ¿En serio? Pues claro. Y verás, Bernardo no sólo ganó la apuesta, sino que encima nos invitó a un par de rondas a todos, él incluido. Imagínate, acabamos con una borrachera épica. Todavía hoy, si te pasas por la zona vieja del pueblo, allá donde cayeron las bombas en la guerra, cerca de la pescadería de Doña Carmen, y preguntas, estoy seguro de que alguien te hablará de esa noche, y es que, como te digo, fue épica. Para no recordarla, si nos tuvieron que echar a patadas del bar de Manolo. ¿Recuerdas el Bar Manolo? No, abuelo. Sí, hombre, si cuando eras un canijo te llevaba siempre ahí para que fueras conociendo el auténtico ambiente de los bares, aunque a tu madre eso no le


acababa de convencer.

el bar del pueblo, el dueño nos invitó a beber todo lo que quisiéramos y, mientras bebíamos, nos contó un Pues ahora no caigo, abuelo. sinfín de leyendas e historias que sucedían o habían ¿Cómo que no? Si fue precisamente ahí donde sucedido por los alrededores. Total, que con tanta hicimos el banquete de la comunión de tu hermana. charla y tanto beber se nos hizo de noche y, como saLo que pasa es que ahora ha cambiado mucho. Para brás, mi Ford Fiesta no tenía luces... porque ahora que empezar, desde que lo heredó su hijo, Carlitos creo pienso, ¿verdad que te he contado cómo me quedé sin que se llama, dejó de llamarse Bar Manolo. Carlitos luces en el Ford? es muy amigo de tu padre, seguro que si lo ves sabes quién es. Pues eso, desde que lo regenta el hijo que ya no es lo que era. ¡Ah!, el Bar Manolete, ¡qué recuerdos! Ahí fue donde vi por primera vez a tu abuela. Sí señor, en ese cuchitril, aunque no sería ahí donde empecé a cortejarla. No, ni mucho menos; pese a que tenga ascendencia campesina hay cosas que sé dónde y cuándo deben hacerse. Sabes que tu abuela era una de las chicas más hermosas del pueblo, y además, de las más ricas. Aún no sé qué hacía ese día en ese lugar, pero, en cuanto la vi, supe que tarde o temprano sería mía. Y mira si me equivoqué... Es cierto que tuve que sudar sangre para conseguirla, pero mereció la pena ¿no? Si tú lo dices, abuelo Verás, una vez, cuando ya éramos novios oficiales, no como en tus tiempos, que os hincháis a follar con desconocidas sin consideración alguna. ¡Abuelo! Pues verás, para sorprenderla, me la llevé un fin de semana que yo no trabajaba, porque por aquel entonces yo trabajaba siete días a la semana, a una casita en medio del bosque. La casita estaba a un par de horas de aquí, en la sierra, y era de mi amigo Paquito, no te vayas a pensar tú ahora que en nuestra familia hemos tenido dinero como para comprarnos una casa de fin de semana. No, aquí hemos sido, somos y seremos Sí, abuelo, fue aquella vez que te jugaste que tu Ford siempre pobres. Como decía, la choza era de Paquito, era capaz de subir la cuesta del cementerio con doce lo conoces ¿verdad? personas dentro ¿no? ¿Paquito el comerciante? Sí, ese mismo. Pues bien, me llevé a tu abuela a esa casita para pasar unos días en plan romántico. Si no recuerdo mal, muy posiblemente, fue ahí donde hicimos a tu padre. ¡Abuelo! Cerca de la casa había un pueblecillo de apenas cinco habitantes, y no exagero nada al decir que aquella gente era algo rara, pero no rara en un sentido malo o peligroso, sino que era rara porque se hacía evidente que por ahí no pasaban muchos forasteros. Eran demasiado hospitalarios, y mira que a mí me encanta la gente abierta y bonachona, pero eso era para verlo. En

Joder, qué memoria, niño. Efectivamente, fue ahí, y no veas que si subió... Como decía, se hizo de noche y decidimos que lo mejor y más seguro era ir andando hasta la casa. A mí tanto me daba ir caminando que en coche, pero tu abuela, que siempre ha sido muy precavida para ciertas cosas, insistió en ir a pie; decía que no se fiaba de mí con unas copas de más al volante… ¡Chorradas! Por suerte, era luna llena y ésta iluminaba todo el bosque. La noche era preciosa. De repente nos cruzamos con un río; no era muy caudaloso, era más bien como aquel en donde te llevamos cuando cumpliste los sietes años, cerca de Portugal, ¿recuerdas aquel verano? No, abuelo, ahora no recuerdo. Enero 2011 Preferiríanohacerlo 23


En fin, que el río era perfecto para tomarse un bañito y, puesto que tu abuela estaba de escándalo, le propuse que nos bañásemos en culos, porque tu abuela, aunque ahora no lo parezca, era una mujer hecha y derecha, tenía unas curvas que… ¡Abuelo! Niño, entiéndeme. Ya sabes que los Serrano, en ciertas ocasiones, sólo podemos pensar en una cosa ¡Abuelo, joder! ¡Ay!, esta juventud… Resumiendo, que cuando ya tenía a tu abuela casi convencida un aullido nos heló la sangre. Un aullido típico de las películas de terror de hoy, porque las que veía yo eran en blanco y negro y mudas, nada que ver con la mierda que os tragáis ahora, con vampiros maricones que ni chupan sangre ni chupan nada. Me entiendes ¿no? Claro, abuelo, claro. Como decía, un aullido nos interrumpió. Un lobo, pensé, un lobo o una manada de lobos que viene a devorarnos. Joder, estaba acojonado, y eso que yo no me asusto con facilidad; he llegado a mirar a los ojos de un toro bravo que se había escapado de la fiesta del pueblo sin pestañear y sin sudar. El problema era que no conocía la zona, si eso me hubiese pasado por aquí... ¿Y qué?, ¿qué pasó abuelo? Nada. Tanto miedo y tanta mierda y resultó ser un perrillo que se había lastimado una pata. Tuve que llevarlo en brazos hasta el pueblo.

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CUESTIÓN DE ESTILO Albert Mesas

Re-elección

“El partido político que mejor representa al pueblo no es aquel que obtiene el mayor número de votos o una mayoría absoluta. El partido que mejor representa al pueblo es aquel que no aparece en las urnas, aquel tanto por ciento muy elevado que hace uso de su derecho constitucional a no votar” Thomas ('Tommy') Carcetti, Teorías de la política moderna. Todo empezó como una broma; mis amigos y yo, ante el desolador abanico de posibilidades políticas que había, decidimos crear un partido revolucionario y alternativo. “Partido de los absentistas” lo llamamos y, como su propio nombre indica, nuestra intención era recibir los votos de aquella gente que no se identificaba con ningún poder establecido y, antes de votar en blanco o quedarse al margen, prefería darle un uso práctico a su derecho al absentismo. Nuestra idea terminaba ahí, en presentarnos y ya está. Sin embargo, el boca a boca nos convirtió en un partido emergente a tener en cuenta; creíamos que eso eran bulos y manipulaciones de los medios, que era evidente que jamás llegaríamos a nada serio. No obstante, nos equivocamos.

significado una traición a nuestros principios. Intentábamos representar a los absentistas. Otra medida fue cambiar la dirección de la sede del partido; de casa de Miguel la trasladamos a un chalet abandonado que hay en el centro del pueblo. Perfecto. La noche anterior a la mañana de las elecciones nos fuimos de borrachera, de larga borrachera. Cuando desperté, a eso de las nueve de la noche y vi, incrédulo, por la televisión cómo centenares - o millares tal vez- de personas se agrupaban en frente del chalet abandonado que hay en el centro del pueblo, con claros síntomas de euforia desenfrenada y alegría descontrolada, supe, al instante, que nuestro partido había ganado.

Obtuvimos la mayoría absoluta, una mayoría absoluta histórica; teníamos más del 85% de los votos que nos respaldaban, teníamos el parlamento bajo nuestro control, teníamos el dominio de un país entero, teníamos el futuro de toda una nación: teníamos un problema. Pero, como bien dice nuestro lema, el Pero el acoso mediático fue en aumento, de modo haber hecho cualquier cosa hubiese significado alta que tuvimos que replantearnos ciertas cosas. Por ejem- traición hacia nosotros y hacia nuestros votantes, así plo, cuando comenzaron a llamar insistentemente de que únicamente hicimos aquello que prometimos: abprogramas de televisión y radio para que entrásemos stenernos de todo. en debates y discusiones, desviamos el teléfono a un Desde ese día han pasado casi cuatro años, creo. número móvil que siempre estaba apagado o fuera de cobertura; haber hecho cualquier otra cosa hubiese En la primera y única entrevista con la prensa, nos limitamos a señalar que, en el caso de obtener representación en el parlamento, dejaríamos nuestro escaño vacío, tal y como dice el lema de nuestra formación: nosotros nos abstenemos.

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CUENTO Inma Ponce Torres

Antropofagia Rebeca come tierra pero prefiere celulosa. Come tierra porque las piedras rechinan más que la letra y la digestión es divertida, se le alargan las tripas como un caminito y después se siente bien. Se come la cal de las paredes, la arenilla de los parques, lame los terraplenes; la tierra siempre tiene un sabor particular. El papel no, se reblandece como maizales llovidos en verano y se hace una bola que bloquea el intestino, pero está rico. Mi mamá me ha dicho que si te lo comes entonces no puedes pensar, que la boca del estómago te muerde los dientes y no puedes leer sin perderte y las líneas se te escapan entre los dedos. Mi mamá me ha dicho que entonces desapareces, que te repliegas en las comisuras de moléculas gigantes hechas de cosas pequeñísimas, como panales melosos que chupan abejas muertas. Hoy Rebeca mira los libros abriendo la boca para imantar la celulosa. Le he dicho lo que dice mi mamá, que es peligroso comérsela porque tiene un bichito que es como una araña minúscula que teje el cerebro. Que después eres un pulpo mil veces tú en los bracitos y que no sabes si te da la mano tu mamá o la de otro niño, y no te acuerdas si estás en el cole o ves la tele. Es muy peligroso, Rebeca. Yo le grito, pero ella no 26 Preferiríanohacerlo Enero 2011

me escucha cuando mastica celulosa y las letras crepitan. Acuérdate de lo que dice mi mamá. Pero es tarde y creo que Rebeca se está volviendo loca. Todos los papás le dan la manita. Mamá no. Se ha enfadado conmigo y me ha castigado. Yo leo. Pobrecilla, Rebeca no sabe dónde está. ¡Qué razón tenía mamá!, piensa desconchando la pared con sus tentáculos.


CUENTO Anaïs Egea

El maletín Era un hombre muy gris: siempre vestía de marrón. Jamás lo vi separado de su viejo maletín, raído y miserable como el cadáver de un gran roedor que va perdiendo un pelaje que nunca llegó a ser hermoso. El maletín pendía de un asa que su mano gris, llena de nudillos salientes que parecían querer escapar de dentro de su triste cuerpo, asía con una contundencia rayana en la desesperación. A veces me hablaba y yo le contestaba; pero jamás supe, al término de la conversación, qué nos habíamos dicho. Estaba ahí, pero casi no existía. Probablemente no habría nacido de no haber sido porque aquel maletín necesitaba que alguien lo portara.

me sonrieron con un alegre chasquido. Abrí la maleta como quien abre un cofre. Centenares de folios se desparramaron con muda violencia sobre la mesa, sobre el suelo, sobre las piernas marrones del hombre dormido. Centenares de folios en blanco. Con sorpresa, tomé varios de esos folios y les di la vuelta, les busqué las letras, el dorso, el sentido. Una ira tremenda me embargó y agarré las hojas a puñados y las volteé y las zarandeé, esperando que las palabras se rindieran y salieran de sus escondites o que se desprendieran de los folios y cayeran sobre la mesa para que yo las viera. Pero las palabras no estaban. Y conforme yo tomaba más papeles, el hombre gris se iba borrando. El hombre gris se fue difuminando hasta desaparecer y yo fui haciéndome más gris hasta volverme marrón. La ira se disipó.

Un día encontré al hombre gris dormido sobre su silla giratoria. El traje marrón y arrugado se cernía sobre él como una crisálida mortuoria. El maletín descansaba sobre la mesa. Como siempre, las rojizas Guardé cuidadosamente cada folio dentro del bisagras no parecían capaces de contener la marea de maletín y lo cerré. Aferré su asa con una contundencia folios que pugnaba por salir de su prisión asomando rayana en la desesperación y salí, con la cabeza gacha, sus ocres esquinas. El maletín, abombado, descan- de la estancia. saba sobre la mesa. Parecía palpitar, con su barriga inmensa y rancia, un ritmo hipnótico de reminiscencias tribales. Maletín, maletín, maletín. Tuve que acercarme. El maletín, abombado y solo, descansaba sobre la mesa. Dos cierres herrumbrosos se me ofrecían obscenamente con bermejos destellos. Cuando los abrí, Enero 2011 Preferiríanohacerlo 27


CUENTO Daniel Bolsa

Creaciones “Realmente, doctor, estoy muy preocu- ta. “No tengo hambre” espetó, ligeramente sombrío. pada por él. No sé cómo puedo ayudarle. La tercera vez no se hizo esperar más de una seLa primera vez que le pasó pensamos que había mana. Recuerdo perfectamente que yo estaba sensido un despiste, le explico: se había encerrado a es- tada en mi butaca favorita, tomando un brandy al cribir un cuento sobre un panda que trabajaba en una sonido de la Tocata y fuga en Re menor, dejándome gasolinera. Al salir me acercó una gran hoja. La miré. adormecer por el imprevisible contoneo de las llaUnos segundos más tarde me pregunto qué me parecía mas de la chimenea. Alejandro estaba en su despacho y no supe que responder: era el plano de una catedral para escribir un relato sobre una bola de nieve que gótica de tres plantas con cine multisalas, una escuela arrasaba Manhattan. A fuera la cortina de nieve era canina y hasta un helipuerto en el tejado. Nos reímos. impenetrable. Cerca de las doce, Alejandro apareEsa noche cenando centollos, bebiéndonos ció por el salón con el semblante poqueriano. Me dos Riveiros y manteniendo relaciones sexu- entregó una docena de hojas escritas por delante ales bastante apasionadas, olvidamos el incidente. y por detrás, que empecé a leer inmediatamente. Una semana más tarde, Alejandro recibió otro encargo. Debía escribir un cuento sobre un gusano que se negaba a arrastrarse. A la hora de cenar subí a su despacho y le encontré sentado frente a un pequeño ejército de figuritas de tonos verdosos y marrones. Le pregunté por el cuento y me señaló las figuritas. Sonreí nerviosa, esperando una respuesta satisfactoria. Me dijo que era una recreación de la batalla de Guadalete hecha a base de cera y mocos. Pude reconocer a Tárig Ibn Ziyad, pegado en la mesa en frente del ejército musulmán, con todo lujo de detalles. Volví a sonreír y le dije que la cena estaba lis28 Preferiríanohacerlo Enero 2011

Una, dos, tres, ocho páginas. “¿Qué te parece?” preguntó ansioso. “Cariño, esto es una entrevista a Elvis.” Me arrancó el manuscrito de las manos y lo arrojó al fuego. Me puse a llorar y él huyó con un fuerte alarido a emborracharse en la caseta del jardinero. Unos días más tarde apareció desaliñado y medio ausente, y me contó que había decidido dejar los encargos. Escribiría un cuento sobre un escritor incapaz de escribir. Sonreí, le felicité por la idea y decidí tomarme unas vacaciones en las Bermudas para dejarle tranquilo. Cuando volví, dos semanas más tarde, encontré la casa mucho más ordenada, limpia y silen-


ciosa de lo que me esperaba. Fui directa al despacho y allí le encontré con la mirada perdida frente a una hoja en blanco. “Pero cariño, ¿cuánto rato llevas así?”, grité. “Un millón ciento ochenta y nueve mil ochocientos noventa y un segundos.”

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Bestiario

Microrrelato

Ollin Rafael Josep Antoni Roig RaĂşl Del Valle Laura Carreras Daniel Bolsa

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por Ollin Rafael …me senté a escribir. Tres noches me había llevado aquel cuento. Mi personaje, un escritor frustrado por el éxito vano, relataba, como si de otro se tratase, su propia vida. En el capítulo final de la obra, el yo del relato, azuzado por la tragedia ajena, la del autor, decidía contar la historia de un sujeto que en tres noches seguidas narraba, como si de otro se tratase, el relato de su propia derrota, en un último intento por escapar de su destino, el eterno retorno: Me senté a escribir...

M Microvida por Josep Antoni Roig Sense recordar-ho. Devia entrar-hi possiblement encara més atordit i esmaperdut de com ho estava llavors, envoltat de negror i humitat dins aquella cambra sense vida. Relliscava per les parets que palpava a bocins, buscant de forma desesperada una sortida, un auxili, un retrocés; el seu aspecte blanquinós s’apropava més al d’una natura morta que no pas al del doll de vida que, batent com una papallona, cridava contra la claustrofòbia d’aquell espai. Les marques de la seva angoixa es petjaven a les parets de metall i com unglades de desesperació dignificaven el dret a viure. Per sort, de sobte, un home va obrir el dipòsit número 17 amb el cadàver 24.312 a dins, i per sorpresa absoluta del propi metge forense, el cuc en va sortir aferrant-se a la pell superior de la mà esquerre, movent-se entre els pèls de damunt el canell on moriria esclafat al cap de dos segons degut a l’impacte del palmell de la mà dreta.

M Vida conyugal por Raúl Del Valle Cansado de sus preguntas, le confesé que era una muñeca hinchable y le quité el tapón.

32 Preferiríanohacerlo Enero 2011

Microrrelato

Cinta de moebius


Microrrelato

Cambio de papeles por Raúl Del Valle Mi perro ladra cuando llueve, no hay quien duerma las noches de tormenta. No me quejo, sé que podría ser aún peor. El perro de un amigo es epiléptico, a él los relámpagos le caen dentro de casa. Tu perro es tu perro y no hay nada que hacerle. A mí incluso empieza a gustarme lo de tener que traerle todas las mañanas el diario y las zapatillas.

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por Daniel Bolsa Y entonces, el muy cabrón me mató. Abrí la puerta de su despacho de un puntapié y traté de intimidarle apoyándome en su escritorio. -¿Cómo te atreves a matarme? Soy el protagonista. -Estas cosas pasan, tío. ¿Qué quieres que te diga? -Llevamos trabajando juntos 6 novelas. -¿Trabajando juntos? Perdona que te diga esto, pero, tú trabajas para mi. Sin tus investigaciones yo no podría comer. -¿Cómo? Querrás decir que tú trabajas para mi... Si tú no escribieses mis investigaciones yo ni siquiera existiría! -Bah, dejémonos de dialéctica. ¡Qué cojones! Me he cansado de tu personaje. -¡Pues tómate unas vacaciones, coño! Cuando uno se cansa de su jefe no le mata. -Hombre, pues en “Sangre en el callejón” el asesino era un empleado cabreado... -Vaya, tienes razón... -Si... -Ya... -No sé... -Bueno, pues si te has cansado de mis novelas, al menos relégame a un microrrelato.

La teoría de Antón por Daniel Bolsa De la misma forma en que, algunas veces, uno se da cuenta de que está soñando, yo acabo de percatarme de que estoy en un microrrelato. Y, como sé que ningún elemento aparecerá porque sí, no puedo dejar de preguntarme qué papel tendrá la pistola que el autor me ha puesto en la mano.

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Microrrelato

Y entonces


Microrrelato

Libros en cajas por Laura Carreras Hay días en los que tengo momentos de lucidez. Me puede suceder a cualquier hora del día y puedo estar haciendo la cosa más insignificante. De repente, me asalta la certeza de la verdad absoluta, y se descorre la cortina que muestra aquello que siempre estuvo allí pero que yo no veía. Por un instante, quizá apenas unos segundos, todo cobra sentido, como si por fin encontrara la última pieza del puzle inacabado que es mi vida. Me lanzo al vacío sin cerrar los ojos, haciendo malabares con las penas y los miedos, sin temor a lo que halle allí abajo. Es entonces cuando tomo las decisiones importantes, cuando por fin me decido entre colgar otra estantería o guardar los libros en cajas. Decido utilizar la estantería, convencida de que no puede ser de otro modo, de que esta vez seré jodidamente intransigente con mis otras voces… Y, cuando voy a hacerlo, cuando saco el taladro y lo aproximo con decisión a la pared, me doy cuenta de que los libros siguen metidos en cajas desde el último traslado. Miro los libros, miro la pared y miro el taladro. Pared, taladro, pared. Vuelvo a los libros: será mejor dejarlos en cajas.

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Tubo de ensayo

Crítica

David Roas Victor Gómez Pin Raúl del Valle

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David Roas

El silencio de la escritura (A propósito de Bartleby y compañía) Nuestro mundo es un mundo de palabras. E.A. Poe, Al Aaraaf En una reciente entrevista, Enrique Vila-Matas expuso una idea que me parece fundamental para enfrentarse a la lectura de Bartleby y compañía (2000): «no puede existir ya buena literatura si en ésta no hay implícita de fondo una reflexión que cuestione incluso la posibilidad o la noción misma de la literatura». El cuestionamiento (e incluso el descrédito) de la literatura, la desconfianza en el lenguaje como expresión adecuada de los juicios, afectos y designios del ser humano (son palabras de Mallarmé), se han convertido en asuntos fundamentales de la literatura y de la teoría literaria contemporáneas (pienso, evidentemente, en la Deconstrucción).

ciencia literaria muy exigente (o quizá precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, queden, un día, literalmente paralizados para siempre».

Marcelo, el narrador de esta novela (si es posible denominarla así), ha sido también unbartleby: veinticinco años atrás publicó una novela sobre la imposibilidad del amor (no deja de ser significativo que su nuevo libro trate de otra imposibilidad: en este caso la de la escritura), una novela que le llevó a pelearse con su padre y, como resultado, a abandonar la creación Y una manifestación radical de ese cuestionami- literaria. Asimismo, Marcelo es un oficinista, como el ento es, sin duda, el abandono de la práctica literaria. Bartleby original, que ha preferido dejar de trabajar Sobre dicha idea se reflexiona largamente en Bartleby (finge una falsa depresión) para regresar a la escritura. y compañía. Su nueva obra, la que nosotros leemos, es un conA primera vista, lo que este libro nos ofrece es un junto de 86 notas a pie de página que comentan un catálogo, un canon de autores contagiados por el «sín- libro invisible, aunque —como el propio Marcelo addrome de Bartleby» —así denominado por Vila-Matas vierte— no por ello inexistente (un aspecto sobre el en honor del célebre personaje de Melville («el escriba que enseguida volveré). En esas 86 notas, se examina que ha dejado de escribir») —, un síndrome que es un conjunto de variadas excusas, de diversas justidefinido como «el mal endémico de las letras contem- ficaciones en relación al abandono de la literatura. poráneas, la pulsión negativa o la atracción por la nada Algo que le sirve a Marcelo, al mismo tiempo, para que hace que ciertos creadores, aun teniendo una con- exorcizar su propio silencio, como él mismo reconoce: «Siempre me ha funcionado bien este sistema de via38 Preferiríanohacerlo Enero 2011


jar a la angustia de otros para rebajar la intensidad de la mía» (p. 91).

cribir que no se puede escribir, también es escribir» (p. 13).

Rulfo y la muerte de su tío Celerino, la crisis lingüística de Hoffmansthal, la «huida» de Rimbaud, los problemas de Alfau con el inglés, la confusión total del lenguaje en que cae Larbaud, la voluntad de ser nadie de Pepín Bello, la adicción al opio de Thomas De Quincey, la necesidad de vivir por encima de la necesidad de escribir de Henry Roth, el suicidio de Vaché o de Chamfort... son muchas las justificaciones,

El silencio de la escritura (unido a la desconfianza en el lenguaje) es, además, un tema recurrente en la obra de Vila-Matas. Sin ánimo de exhaustividad, podemos encontrar referencias a dicho tema, por ejemplo, en Historia abreviada de la literatura portátil  (1985), cuando se dice que el suicidio entre los shandys sólo podría ser realizado en el espacio mismo de la escritura: «ya fuera recurriendo al silencio más radical, o bien convirtiéndose en personaje literario, o traicionando al lenguaje mismo, o bebiendo licores fuertes como metal fundido, o derivando hacía el trampantojo o desvarío óptico, o hacia una variante del espejismo». Una idea semejante se expone en su novela Una casa para siempre (1988), donde se hace referencia en varias ocasiones a la desconfianza en las palabras: pienso, por ejemplo, en esa tertulia silenciosa del grupo de pintores que no hablan («estaban convencidos de que, al hablar, se ausentaban, y por ese motivo preferían dedicarse exclusivamente a pensar»); o cuando el narrador (un ventrílocuo que sólo tiene una voz, pero que disgrega su relato en muchas voces) afirma: «Todo lo que pensaba me parecía inútil expresarlo, puesto que ya lo había pensado. Y para colmo perdía el hambre. Y no digamos las ganas de escribir» (p. 66). En esa mismo novela aparecen otras tres referencias muy significativas a dicho asunto: «Adoro el silencio como idea o, si lo prefiere, como quimera. Entenderse sin palabras, qué maravilloso sería poder llegar a eso» (p. 117); «las palabras eran las cosas convertidas en puro sonido, su fantasma» (p. 123); y en el último capítulo del libro, cuando el narrador afirma que «Incluso las palabras nos abandonan [...], y con eso está dicho todo» (p. 133) (la misma frase, por cierto, que cierra Bartleby y compañía, donde es atribuida a Samuel Beckett). O, por citar un último ejemplo, en su relato «Rosa Schwarzer vuelve a la vida», incluido en Suicidios ejemplares (1991), donde el narrador afirma lo siguiente: «Durante el camino le destrozó el alma la casi absoluta certeza de que nunca podría expresar, ni con alusiones, y aún menos con palabras explícitas, ni siquiera con el pensamiento, los momentos de fugaz felicidad que tenía conciencia de haber alcanzado».

Todas estas citas apuntan hacia la misma idea, hacia más o menos sinceras, ligadas a circunstancias vitales y/o artísticas, acerca del abandono de la literatura la desconfianza en la capacidad expresiva del lenguaje, (aunque también hubo quien se negó a inventar justi- de la literatura al fin, que ya expusieran magistralmente ficación alguna, como Hart Crane o Arthur Cravan).  Hoffmansthal, en su  Carta de Lord Chandos  (1902) (aunque no podemos olvidar que éste sólo abandonó Así pues, Marcelo vuelve a la escritura gracias a los la poesía, no la práctica literaria en su totalidad), y, autores que la abandonaron. Como él mismo advierte entre otros, Marcel Duchamp, quien advierte que «Las al referirse al primero de los bartlebys del libro: «esEnero 2011 Preferiríanohacerlo 39


palabras no tienen absolutamente ninguna posibili- la literatura, que se pueda volver a empezar». dad de expresar nada. En cuanto empezamos a verter «Reinventar la literatura». Esa es, creo yo, una de las nuestros pensamientos en palabras y frases todo se va ideas centrales, uno de los secretos del libro. A lo que al garete» (cito de Bartleby y compañía, p. 65). habría que añadir la «constante necesidad de fabular» Pero lo fundamental de todo ello, y ahí está la para- del propio Vila-Matas, quien se comporta como el padoja (como nos enseña la práctica deconstruccioni- dre del protagonista de su novela Una casa para siemsta), es que los autores citados utilizan el lenguaje para pre (1988), a quien nada —ni su agonía final— puede decir que el lenguaje no funciona (y, por extensión, retraer «de su gusto por inventar historias» (p. 140). la literatura). Eso justifica, por ejemplo, la crítica que Esa actitud es, además, la que le habría permitido a Maurice Blanchot hace del célebre aforismo de Witt- Vila-Matas —como ha reconocido en sus entrevistas genstein «De lo que no se puede hablar, hay que cal- más recientes— vencer el síndrome de Bartleby y oflar», puesto que, como señala el autor francés, «el recernos una nueva novela: El mal de Montano (2002), demasiado célebre y machacado precepto de Witt- íntimamente relacionada, como enseguida veremos, genstein indica efectivamente que, puesto que enun- con la obra que estoy comentando. ciándolo ha podido imponerse silencio a sí mismo, para callarse hay, en definitiva, que hablar. Pero ¿con palabras de qué clase?» (cito de la versión recogida en Bartleby y compañía, p. 142). Yo creo que ésa es la gran pregunta del texto. Un aspecto que ha sido descuidado en la mayoría de las reseñas y comentarios que han aparecido sobre Bartleby y compañía, centradas fundamentalmente en el problema de la imposibilidad de la escritura, conectando los diversos bartlebys rastreados por Vila-Matas con el inexcrutable escribiente creado por Melville. Es decir, destacan como tema central el silencio de la escritura y, unido a ello, las limitaciones del lenguaje, así como la hábil mezcla que se produce en el libro entre realidad y ficción (algo, por otro lado, habitual en toda la obra de Vila-Matas). Y digo esto porque una cuestión esencial (quizá la más importante) es el hecho de que preguntarse sobre el problema de por qué no se escribe, supone, a la vez, preguntarse sobre los motivos de por qué se sigue escribiendo. Y a ello va unida otra pregunta fundamental que, a mi entender, Vila-Matas trata de responder en su libro: ¿cómo hacerlo, cómo seguir escribiendo? Así, pues, todo ese juego con los bartlebys de la literatura nos ofrece también un buen número de justificaciones para seguir escribiendo (pienso, por ejemplo, en Primo Levi y su lucha contra el olvido a través de la escritura; o en Kafka, quien en sus Diarios no cesó de Así pues, si bien es cierto que  Bartleby y comaludir a la imposibilidad esencial de la literatura, pero pañía  descansa sobre un juego en torno a la «literanunca dejó de escribir), porque —como ha afirmado tura del No», dicho juego esconde también una reflexel propio Vila-Matas— «queda algo todavía por decir. ión sobre los caminos por los que debe discurrir la No digo que mucho, pero algo queda. [...]. Mi idea literatura actual y futura, puesto que como advierte es que hay que volver a empezar, que la literatura nace paradójicamente el narrador al principio del libro, de un equívoco: alguien escribió una vez algo y el que la «literatura del No» es  el único camino que queda lo leyó  entendió otra cosa. De modo que ya hay un abierto a la auténtica creación literaria; una tendencia equívoco en el origen y por lo tanto no hay por qué que se pregunta qué es la escritura y dónde está y que dejar de lado la posibilidad de que se pueda reinventar merodea alrededor de la imposibilidad de la misma y que dice la verdad sobre el estado de pronóstico grave 40 Preferiríanohacerlo Enero 2011


—pero sumamente estimulante— de la literatura de este fin de milenio (p. 12). Cabría preguntarse entonces cuáles son las razones que, según Vila-Matas, justifican esa grave situación actual de la literatura. En primer lugar, podríamos citar la inutilidad de los modelos narrativos y estéticos tradicionales. Como señala explícitamente el narrador de El mal de Montano: hay que renunciar a crear obras de arte «que sólo se dedican a repetir fórmulas ya archisabidas» (p. 32), entre las cuales está el realismo, contra el que arremete explícitamente en la citada novela.

es así porque la literatura, como ya señalara Maurice Blanchot, siempre está en continuo cambio: «la esencia de la literatura consiste en escapar a toda determinación esencial, a toda afirmación que la estabilice o realice: ella nunca está ya aquí, siempre hay que encontrarla o inventarla de nuevo». Frente a todos esos problemas y males que padece la literatura actual, Vila-Matas opone una «Poética de la resistencia», que busca «la supervivencia de la literatura amenazada por los enemigos de lo literario».

En  Bartleby y compañía  el camino para esa recuperación de lo literario surge, como antes señalé, de la Otra razón, directamente relacionada con lo expues- «literatura del No», postulada como el «único camino to en Bartleby y compañía, es lo que podríamos lla- abierto a la verdadera creación literaria»:  mar el «exceso de literatura» en el que vivimos. Como Sólo de la pulsión negativa, sólo del laberinto del ha señalado el propio Vila-Matas en algunas entrevis- No puede surgir la escritura por venir. ¿Pero cómo tas recientes, «hay demasiados libros», lo que supone será esa literatura? [...] Si lo supiera, la haría yo mismo. un efecto contrario al que produce el «síndrome de A ver si soy capaz de hacerla. Estoy convencido de Bartleby». De ese modo, lo que irónicamente parece que sólo del rastreo del laberinto del No pueden surgir decir Vila-Matas en su novela es que muchos escritorzuelos/as actuales podrían dejase contagiar por el los caminos que quedan abiertos para la escritura que síndrome de Bartleby. Este es un asunto sobre el que viene. A ver si soy capaz de sugerirlos (pp. 12-13). continúa reflexionando en El mal de Montano: «todo ¿Y cómo se sugieren tales caminos? Mediante un el mundo, exactamente todo el mundo, se siente capaz libro que no es un libro (en el sentido tradicional del de escribir una novela sin haber aprendido nunca ni término), un libro «inexistente»  que es, al mismo siquiera los instrumentos más rudimentarios del ofi- tiempo, un conjunto de notas a pie de página, un dicio, y sucede también que el vertiginoso aumento de ario, una novela, un ensayo...  En otras palabras, nos estos escribientes [nótese que no les llama escritores] encontramos ante un libro híbrido, mestizo, que trasha terminado por perjudicar gravemente a los lector- ciende los límites de los géneros y de la propia ficción. es, sumidos hoy en día en una notable confusión» (p. En ese cruce de géneros, creando, además, la falsa 64). sensación de un libro compuesto de fragmentos, se A todo ello podría añadirse también el grave prob- ensamblan materiales de todo tipo: notas, citas literlema de la influencia de la Teoría Literaria tiene sobre arias (de sus autores-fetiche), reflexiones de carácter los autores y los lectores. Aunque habría que referirse ensayístico, parodias, imposturas, materiales reales mejor a esos teóricos «de segunda mano» (la expresión y autobiográficos, y retazos novelísticos (por llamar no es de Vila-Matas), simples repetidores de tesis que de algún modo a esos momentos en los que Marcelo no acaban de comprender pero que se empeñan en abandona sus comentarios sobre los diversos bartleutilizar, sin darse cuenta de que con ello hacen un fla- bys y pasa a relatar acontecimientos de su propia vida: co favor a la Teoría de la Literatura, puesto que, más sus inicios literarios, el enfrentamiento con su padre, que ayudar, se interponen entre el lector y los textos, su crisis creativa, su amistad con Juan, su relación además de ofrecer un discurso empeñado en la oscu- amorosa con María Lima Mendes, las dudas sobre su ridad y en la confusión. Basta pensar en la inteligente propia identidad y la adopción de un nuevo apellido burla que se hace de la negativa influencia que tuvo el —Casi-Watt, la historia de su amigo Pineda, su falso grupo de Tel Quel sobre la creación literaria (Bartleby encuentro con Salinger en Nueva York, etc.). y compañía, pp. 47-50), o en el ataque contra la DeUn grupo heterogénero de materiales que Vila-Maconstrucción (mal entendida), a la que se califica en El tas combina mediante un estilo fragmentario, elíptico, mal de Montano de «jerga feroz y cabalística» (p. 98). laberíntico, y que muy bien podría definirse con las Y junto a todos estos problemas y males que acosan palabras con que Marcelo describe el suyo propio en a la literatura actual, está también el de su propia de- el libro: «Sólo sé que para expresar ese drama navego saparición, esa muerte constantemente anunciada por muy bien en lo fragmentario y en el hallazgo casual o agoreros sin nada mejor que hacer o decir, pero que en el recuerdo repentino de libros, vidas, textos o simpara nuestro bien nunca acaba de producirse. Y esto plemente frases sueltas que van ampliando las dimenEnero 2011 Preferiríanohacerlo 41


siones del laberinto sin centro» (p. 150). Un estilo que las grandes tramas. coincide con el del protagonista de la última novela Eso nos permite enlazar con el segundo de los de Vila-Matas y que en un evidente juego de espejos valores mencionados. Según Calvino, lamultiplidescribe tambiιn el de su autor:  cidad  tiene que ver con la visión de la novela conEse estilo emocionado, que acaba derivando hacia temporánea «como enciclopedia, como método de la melancolía más turbadora, consiste en detestar la conocimiento, y sobre todo como red de conexiones línea recta y vagar, ribetear, seguir elipsis y laberin- entre los hechos, entre las personas, entre las cosas del tos, retroceder, dar vueltas en círculo, tocar de repente mundo».  Como antes decía, las grandes tramas han ese inalcanzable centro [...] y de nuevo retroceder y de dejado de ser válidas en la literatura actual. En su lunuevo más rodeos obedeciendo a instintos opuestos, gar queda la fragmentación, la dispersión, la descomo lo que es lo mismo: hasta desnudar y ridiculizar sin posición del relato en una estructura plural, compupiedad la verdad, cualquier verdad de cualquier cosa esta por elementos heterogéneos, por múltiples fugas susceptible de ser cierta (El mal de Montano, pp. 29- que rompen con las expectativas narrativas tradicion30). ales. Todo ello se traduce en esa inteligente mezcla que Vila-Matas apuesta en Bartleby y compañía (de un hace Vila-Matas de autoficción, metaliteratura, culmodo mucho más radical, creo yo, que en obras an- turalismo, hibridismo y parasitismo literario (como teriores) por la experimentación y el riesgo, apuesta el propio autor lo denomina). Un universo narrativo por un estilo que desborda —por anticuados— los —claramente calificable de posmoderno— en el que modelos narrativos anteriores, empeñados todavía todos esos elementos heterogéneos, y esto es fundaen concebir la literatura como un absoluto, como to- mental, tienen el mismo derecho a la representación talidad. Así lo reconoce el propio narrador hacia el artística. final del libro: «Ya que se han perdido todas las ilusiones de una totalidad representable, hay que reinventar nuestros propios medios de representación» (p. 169). Una idea que concuerda casi literalmente con la «condición posmoderna», según Lyotard, con el abandono de todo intento de entender el mundo desde un discurso totalizador.  Ello se traduce en un evidente descrédito hacia las grandes narrativas; en su lugar queda la fragmentación y el azar. Una idea que comparte el narrador del El mal de Montano cuando afirma que «el mundo se halla desintegrado, y sólo si uno se atreve a mostrarlo en su disolución es posible ofrecer de él alguna imagen verosímil» (p. 222). Ante la desintegración de lo real, sólo nos queda la literatura. Porque en el lenguaje, en el uso autoconsciente del lenguaje, nos construimos. Por ello, el gran tema de la literatura posmoderna es el de las posibilidades y condiciones de su propia producción. Como se hace evidente en Bartleby y compañía (y también en El mal de Montano). Los medios de representación de esa desintegración a los que se refiere el narrador deBartleby y compañía se relacionan claramente, a mi entender, con los valores postulados por Italo Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio. Sobre todo con dos de ellos:levedad y multiplicidad.  La levedad tiene que ver con la idea (ya presente en Lucrecio y Ovidio) de que conocer el mundo es disolver la idea de que es compacto. Como insistía Borges, el mundo como totalidad es indescifrable. Y para reflejar ese mundo fragmentado, azaroso, ya no sirven 42 Preferiríanohacerlo Enero 2011

Podríamos añadir aquí la sexta propuesta planteada por Ricardo Piglia en relación a la literatura del nuevo milenio (como es sabido, Calvino nunca llegó a escribir la suya, titulada Consistencia, que tenía que versar —cosas del azar— sobre el Bartleby de Melville). Ese nuevo valor, que denomina  distancia  o  desplazamiento, significa «Un desplazamiento hacia el otro, un movimiento ficcional hacia una escena que condensa y cristaliza una red de múltiple sentido. Así se transmite la experiencia, algo que está mucho más allá de la simple información. Un movimiento que es interno al relato, una elipsis, podríamos decir, que desplaza hacia el otro la verdad de la historia». De ese modo, «la literatura sería el lugar en el que siempre es otro el que viene a decir». Así, el hecho de que Marcelona opte por narrar su crisis a través de la crisis de otros escritores, le permitiría comunicarla y, sobre todo, vencerla. Para terminar, quisiera —dejándome llevar por ese vicio de citar que inoculan los textos de Vila-Matas— reproducir unas palabras del autor que pueden resumir, en buena medida, todo lo dicho: «Hay que ir hacia una literatura acorde con el espíritu del tiempo, una literatura mixta, mestiza, donde los límites se confundan y la realidad pueda bailar en la frontera con lo ficticio, y el ritmo borre esa frontera».  Una literatura sin género, en estado puro, consciente, paradójicamente, de su imposibilidad, y que haga de la exposición de dicha imposibilidad su cuestión fundamental. 


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Victor Gómez Pin

La destrucción de los trascendentales Si se hace abstracción de la Mecánica Cuántica cabe decir que las disciplinas que intentan describir el orden natural, interpretarlo, hacer previsiones sobre el mismo o incluso someterlo a fuerzas extrínsecas, se basan en el respeto a una serie de principios básicos del espíritu. Ya he evocado el excelente artículo inédito de un equipo dirigido por el físico Miguel Ferrero en el que los autores sostienen que, en concepciones del mundo físico que van de la Magia a La Relatividad General, se cree al menos en un mundo regido por leyes inmutables y que determinan un universo de contigüidad, es decir en el que los acontecimientos se hallan determinados por leyes locales (volveré sobre este término).

embargo se introduce una perspectiva errónea. Así (como se indica en el artículo evocado) la cosmología de Aristóteles sería desplazada finalmente en razón fundamentalmente de introducir dos leyes erróneas relativas al movimiento, leyes que Galileo tuvo el ingenio de corregir. Pero estos aspectos, que explican el por qué finalmente ciertas teorías se imponen mientras que otras quedan relegadas no son óbice para que todas ellas respeten lo que en términos de la Escolástica cabría llamar un orden trascendental (entendiendo por tal aquello que es condición de posibilidad de la experiencia). El gran Francisco Suárez procedió a una depuración de la teoría de los trascendentales, elaborada previamente entre otros por Tomas de Aquino, Escoto y Guillermo de Ockham. Los trascendentales son los atributos mínimos a los que debe responder aquello que se presenta ante nosotros, atributos omniaplicables, predicados de toda entidad, sin los cuales todo quedaría sumergido en la tiniebla, o por mejor decir: ni siquiera podríamos distinguir la diferencia misma entre luz y tiniebla.

Sólo la Mecánica Cuántica introduciría trascendentes novedades en relación a los principios que rigen nuestra concepción de la Physis. Tratándose de las otras disciplinas, la diferencia residiría sobre todo en la manera de abordar lo incuestionable, en la interpretación que se da de estos principios. No es lo mismo por ejemplo suponer que las leyes que gobiernan el orden natural son trascendentes al sujeto que suponerlas vinculadas a la propia mente. La distorsión Por atenerse al dominio físico, del que ahora vengo puede también venir dada por el hecho de que se so- ocupándome, lo que se presenta ha de tener cuando bredeterminen las leyes generales con otras relativas menos la característica de la indivisión respecto a sí a un ámbito específico del conocimiento en el que sin y separación respecto a los demás (unum), la poten44 Preferiríanohacerlo Enero 2011


cialidad de adecuarse al entendimiento (verum) y la correlación con el sano apetito (bonum). Sin duda los trascendentales que propone Suárez no coinciden forzosamente con los que cabría establecer a partir de la física clásica (o aristotélica). El físico como tal no se preocupa de los rasgos subsumidos por el trascendental bonum y por otra parte lo designado por unum y verum afecta asimismo a entidades imaginarias, o abstracciones matemático-geométricas como líneas, superficies, volúmenes y las figuras construidas en base a ellas. Por otra parte trascendental de la entidad física es asimismo, por ejemplo, la cantidad de movimiento, producto de la masa por la velocidad, que obviamente no afecta a entidades carentes de masa.

Vinculada a la "filosofía natural de nuestro tiempo", por recoger la expresión de Heisenberg,  asistimos a la demolición de ciertos principios que pueden ser considerados por así decirlo como lo más natural, tan natural que el hecho de que la naturaleza no responda a los mismos puede parecernos simplemente un sin sentido. *¿A quién, por ejemplo, se le ocurre que el lazo con el entorno fuera posible si la naturaleza no estuviera subordinada al principio de individuación, es decir si aquello que percibimos como un individuo (o sea, dividido respecto a todos los demás e indiviso respecto a sí mismo), se revelara carecer de existencia independiente? *O bien-aspecto correlativo- ¿qué seguridad de que hay ámbitos locales, es decir ámbitos protegidos de externas influencias, si algo que se produce  en un objeto físico en Santiago de Compostela se hace presente de inmediato en un objeto otrora vinculado al anterior, pero ahora privado de contigüidad física con él en Barcelona. *Asimismo, ¿cómo conservar la confianza en la regularidad de los fenómenos en nuestro entorno si no tenemos certeza de que idénticas causas- y en ausencia de otras variables- generarán idénticos efectos?

* ¿Cómo mantenerse fieles a la sana convicción de que propio del espíritu humano es confrontarse a lo real, si llegamos a la conclusión de que las observaciones que hacemos y los resultados que obtenemos no nos dicen lo que el mundo era antes de haberlo observado, sino más bien aquello en lo que se ha convertido como resultado de la observación? ¿Cómo Esta disparidad entre las dos listas posibles de tras- en definitiva no caer en la tentación del solipsismo si cendentales no es óbice para la sumisión de la realidad la ciencia natural de nuestra época parece poner en física a los dos primeros señalados por Suarez. Físico entredicho el axioma según el cual existe un mundo alguno, aristotélico, galileano-newtoniano o einsteni- exterior? ano, avanzaría la conjetura de que aquello de que se * En fin: si el realismo, consiste en afirmar  que el ocupa no se halla sometido al principio de individmundo físico es independiente, es decir, que se da  uación, corolario de unum. Tampoco entraría en su aun en ausencia de todo observador, el determinismo mente que el conocimiento adquirido no resulta de la añade que este mundo subsistente no es aleatorio, sino feliz disposición del espíritu que le permite adecuarse que se haya sometido a una regularidad que eventuala una realidad que le trasciende. Pues bien: mente permite hacer previsiones: "posibilidad general Varios son los trascendentales de la entidad física, de predecir exactamente como cambiará el estado del suarezianos o no suarezianos, que parecen dejar de sistema en una circunstancia dada cualquiera", dice al serlo cuando la naturaleza es contemplada desde la respecto el físico D. T. Gillespie. Pero también el deterperspectiva de lo que nos enseña esa ciencia funda- minismo parece barrido en esta suerte de destrucción mental de nuestro tiempo que es la Mecánica Cuán- de  los principios elementales sobre los que -según la tica. Así, la cantidad de movimiento y la posición, afirmación de Einstein- reposa la ciencia física. pierden su estatuto de predicados omniaplicables para La Mecánica Cuántica rompe con la idea deterse como mucho predicados clasificatorios. No se trata minística postulando que antes de haber efectuado sin embargo de lo más espectacular. Seguiré con el una medida, lo único que podemos prever es la probasunto Enero 2011 Preferiríanohacerlo 45


abilidad de que el vector que actualmente representa lazo directo entre el estado actual y lo que saldrá. Aquí el sistema se convierta en uno u otro de los vectores es dónde la teoría de los múltiples mundos tiene algo propios del operador que representa el observable a a decir  medir (y en consecuencia la probabilidad de que surja Apólogo de la presencia de un intruso el número real que es valor propio de tal operador). Supongamos que  un ruido no familiar me despiSupongamos que efectuamos una operación de erta en la noche. En la oscuridad de la habitación me medición tendiente a determinar la cantidad de mov- embarga el temor de que un extraño se ha introducido imiento. Supongamos además que lo hacemos  tras en ella. Me esfuerzo en apartar la idea, pero recuerdo haber efectuado una operación de medición tendiente que, en razón del calor, he dejado abierto el balcón en a determinar la ubicación. En la jerga del formalismo la sala contigua, y que la calle se encuentra  a escasos matemático de la mecánica cuántica ello significa que, metros. La presencia de un intruso no es pues imposiantes de la nueva intervención, el sistema se halla en- ble, no hay probabilidad cero de que así sea. Me hallo tonces bajo la legislación del operador del espacio de escindido entre dos horizontes muy diferentes, deterHilbert  posición  y que carece propiamente hablando minados por dos probabilidades: de cantidad de movimiento. Esta sólo surgirá como  1) La probabilidad  de que no haya nadie, que me resultado de que en el espacio de Hilbert el operador posición (que carece de vectores propios que lo sean tranquiliza y me mueve a intentar conciliar de nuevo también de la cantidad de movimiento) ha sido susti- el sueño. tuido por el operador cantidad de movimiento, y que 2) La probabilidad real de que haya un intruso, que el rasgo de la entidad que la cantidad de movimiento me obliga a aventurar conjeturas que pueden tener constituye surge como resultado de tal sustitución. enormes consecuencias, como la de ser agredido, o la Tenemos de adelantarme yo mismo a la agresión, lo cual según a) El rasgo físico ha sido literalmente creado, por la como vayan las cosas puede incluso convertirme en intervención, o al menos cabe decir que ésta ha posi- algo tan inesperado en mí como un homicida, etcébilitado su paso de un ser meramente potencial a un tera. ser actual. Acéptese además, En suma: el avance  de dos conjeturas cuyo grado de   b) El investigador tiene antes de la intervención probabilidad no es nulo conduce a una forma de desuna posibilidad de hacer previsiones sobre lo que va doblamiento de la personalidad. Esta quiebra psíquica a resultar de la operación que va  a realizar, es decir: puede resultar más insoportable aun que la conjetura conoce la probabilidad estadística de que salga una negativa, por lo cual para superarla me decido a...encender la luz, comprobando quizás felizmente que no determinación  (un número real) u otra. hay nadie. Como corolario de la asunción  de a) y b) cabe                                                           *** enunciar. Modificaré el apólogo que precede, introduciendo c) El investigador hace previsiones, no exactauna premisa filosófica, que de momento pido al lecmente sobre la realidad que a él le es dada sino sobre la realidad que él mismo forja. El  investigador hace tor que postule, es decir, acepte sin reflexionar si es previsiones estadísticas sobre una contingencia (con- razonable o no: tingencia porque, al menos que se vuelva a medir lo Toda hipótesis que no tiene probabilidad cero, toda que ya está dado, es decir, en el caso señalado volver hipótesis que reúne condiciones de posibilidad, reúne a intervenir con el operador posición (y aun así haci- también las condiciones de necesidad, o en otros téendo abstracción de la perturbación termodinámica) rminos: todo lo que es posible necesariamente se rela probabilidad 1 de que deba salir tal valor determi- aliza. nado nunca se da. Pero el espectro global de tal conSometidos a esta premisa volvamos a la situación tingencia sólo depende del propio observador, en tande mi despertar en la noche en plena oscuridad: la to sujeto que mide. Como escribe D. T. Gillespie "una probabilidad  de que haya penetrado un intruso no es medida nos dice mucho más acerca del estado del sisnula, por consiguiente el intruso está ahí; la probabitema inmediatamente después de la medida, que del lidad de que no haya penetrado el intruso no es nula, estado del sistema antes de la medida. por consiguiente el intruso no está ahí. Situación pues De todos los resultados posibles de una medida, ontológicamente bipolar la mía: soy a la vez aquel que sólo saldrá uno. Quizás salga el que tenga mayores debe conciliar el sueño para estar en condiciones de probabilidades, pero ello no es seguro pues no hay realizar su cotidiana tarea al día siguiente, y aquel para 46 Preferiríanohacerlo Enero 2011


quien el sueño sería un disparate, aquel que tiene urgencia en alzarse y acaso esgrimir un arma.  ¿Qué pasa ahora si enciendo la luz y compruebo que hay efectivamente un individuo al que- adelantándome a su agresión- reduzco? Obviamente yo soy esa personalidad temperamental, apta a adelantarse a una agresión y hasta complaciente en la pelea. ¿Qué se ha hecho pues de mi personalidad pacífica y quizás algo pusilánime, que tendía a descansar para estar en condiciones de rendir en el trabajo al día siguiente? Pues no tuvo ocasión de imponerse a la otra se diría clásicamente. Respuesta a rechazar de inmediato si seguimos fieles al postulado de que lo que tiene condiciones de posibilidad reúne también las condiciones de necesidad: El yo conciliador tanto en lo referente al sueño como en las relaciones con los demás, ha tenido su espacio de realización plena, pues el hecho de encender la lámpara no ha hecho en absoluto colapsar la plácida situación en la que en el dormitorio  me encuentro solo, sino que meramente esa situación es contemplada por un yo diferente del que ahora está llamando a la policía. Y ¿qué tiene en común este yo al que amenazan pleitos con el que se dispone a dormir placidamente? Pues el pasado, un pasado que llega hasta el momento en que la lámpara -al iluminar la habitación- les escindió. Yo, que espero a la policía, ignoro si el que quedó solo en la habitación está quizás impedido de dormirse por un síntoma alérgico, o si ha decidido aprovechar la circunstancia para levantarse y adelantar su trabajo; yo que espero a la policía vivo en otro mundo, un mundo ortogonal al suyo, un mundo sin comunidad de presente o de futuro con el suyo. Artículo extraído de: www.elboomeran.com/.../blog-devictor-gomez-pin/

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Victor Gómez Pin

Apólogo de la presencia de un intruso Supongamos que  un ruido no familiar me despierta en la noche. En la oscuridad de la habitación me embarga el temor de que un extraño se ha introducido en ella. Me esfuerzo en apartar la idea, pero recuerdo que, en razón del calor, he dejado abierto el balcón en la sala contigua, y que la calle se encuentra  a escasos metros. La presencia de un intruso no es pues imposible, no hay probabilidad cero de que así sea. Me hallo escindido entre dos horizontes muy diferentes, determinados por dos probabilidades:

cender la luz, comprobando quizás felizmente que no hay nadie. *** Modificaré el apólogo que precede, introduciendo una premisa filosófica, que de momento pido al lector que postule, es decir, acepte sin reflexionar si es razonable o no:

Toda hipótesis que no tiene probabilidad cero, toda hipótesis que reúne condiciones de posibilidad, reúne  1) La probabilidad  de que no haya nadie, que me también las condiciones de necesidad, o en otros tétranquiliza y me mueve a intentar conciliar de nuevo rminos: todo lo que es posible necesariamente se realiza. el sueño. Sometidos a esta premisa volvamos a la situación de mi despertar en la noche en plena oscuridad: la probabilidad  de que haya penetrado un intruso no es nula, por consiguiente el intruso está ahí; la probabilidad de que no haya penetrado el intruso no es nula, por consiguiente el intruso no está ahí. Situación pues ontológicamente bipolar la mía: soy a la vez aquel que debe conciliar el sueño para estar en condiciones de En suma: el avance  de dos conjeturas cuyo grado de realizar su cotidiana tarea al día siguiente, y aquel para probabilidad no es nulo conduce a una forma de des- quien el sueño sería un disparate, aquel que tiene urdoblamiento de la personalidad. Esta quiebra psíquica gencia en alzarse y acaso esgrimir un arma.  puede resultar más insoportable aun que la conjetura ¿Qué pasa ahora si enciendo la luz y compruebo negativa, por lo cual para superarla me decido a...enque hay efectivamente un individuo al que- adelan2) La probabilidad real de que haya un intruso, que me obliga a aventurar conjeturas que pueden tener enormes consecuencias, como la de ser agredido, o la de adelantarme yo mismo a la agresión, lo cual según como vayan las cosas puede incluso convertirme en algo tan inesperado en mí como un homicida, etcétera.

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tándome a su agresión- reduzco? Obviamente yo soy esa personalidad temperamental, apta a adelantarse a una agresión y hasta complaciente en la pelea. ¿Qué se ha hecho pues de mi personalidad pacífica y quizás algo pusilánime, que tendía a descansar para estar en condiciones de rendir en el trabajo al día siguiente? Pues no tuvo ocasión de imponerse a la otra se diría clásicamente. Respuesta a rechazar de inmediato si seguimos fieles al postulado de que lo que tiene condiciones de posibilidad reúne también las condiciones de necesidad: El yo conciliador tanto en lo referente al sueño como en las relaciones con los demás, ha tenido su espacio de realización plena, pues el hecho de encender la lámpara no ha hecho en absoluto colapsar la plácida situación en la que en el dormitorio  me encuentro solo, sino que meramente esa situación es contemplada por un yo diferente del que ahora está llamando a la policía. Y ¿qué tiene en común este yo al que amenazan pleitos con el que se dispone a dormir placidamente? Pues el pasado, un pasado que llega hasta el momento en que la lámpara -al iluminar la habitación- les escindió. Yo, que espero a la policía, ignoro si el que quedó solo en la habitación está quizás impedido de dormirse por un síntoma alérgico, o si ha decidido aprovechar la circunstancia para levantarse y adelantar su trabajo; yo que espero a la policía vivo en otro mundo, un mundo ortogonal al suyo, un mundo sin comunidad de presente o de futuro con el suyo. Artículo extraído de: www.elboomeran.com/.../blog-devictor-gomez-pin/

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Raúl Del Valle

Tengo una tontería en el coco Es tal la magnitud de la desmesura que rodea a la figura de Mágico González que incluso se ha generado una leyenda utilizando dos de los más importantes dioses del panteón maya para explicarla. Cuenta la leyenda que Kukulkán –dios civilizador- le pide permiso a Itzanmá –jefe de los dioses- para bajar al mundo de los hombres y entrar en contacto con ellos, pero Itzanmá, temeroso de la alteración del orden natural de las cosas que eso supondría, se lo deniega. Sin duda, otro gallo le hubiera cantado a Kukulkán de haber tenido como dios supremo a Zeus, pero lo cierto es que, a pesar de la prohibición, una noche en la que abusa del saká –licor de los dioses por aquellos pagos-, Kukulkán desciende al mundo terreno y posa sus manos sobre la barriga de una mortal embarazada de su octavo hijo. La mujer, a pesar de sentir un profundo estremecimiento, ni siquiera despierta de su sueño.

mágico sobrenombre. Nacido en San Salvador en 1957, deslumbró en el Mundial del ochenta y dos a pesar de formar parte de una de las selecciones más débiles del torneo. Ese mismo año fichó por el Cádiz C.F., equipo en el que permaneció hasta el año noventa y uno, con el paréntesis de una temporada en la que fue traspasado al Valladolid. En esos ocho años, el considerado por muchos el jugador más técnico del mundo, se convirtió en el ídolo indiscutible de la afición gaditana y en la pesadilla permanente de la directiva del club, que no sabía qué hacer con él. Un año, al renovarle el contrato, añadieron una cláusula que establecía que al jugador se le descontarían del sueldo ciento cincuenta mil pesetas por cada entrenamiento al que faltase. Mágico se negó a firmar porque decía que, en aquellas condiciones, iba a tener que poner dinero de su bolsillo.

David Vidal, su entrenador, se recorría todas las Sin embargo, el contacto divino ha dejado marcado discotecas de Cádiz buscando al jugador para manel futuro del niño que porta en su vientre, que será darlo a casa y que se levantase temprano al día siguun virtuoso de lo primero que sus ojos contemplen iente. Pero el portero de la discoteca, si Mágico estaba al nacer pero que, en contrapartida, cargará sobre sus dentro, al ver al míster pulsaba un botón que encendía hombros con una incontenible e irrefrenable tenden- una bombillita en la barra y el camarero de turno cia al desorden y la indisciplina. Y lo primero que vio escondía al jugador en el cuarto de la limpieza o la Jorge Alberto González fue un valón de fútbol, objeto cabina del disc jockey. Una de aquellas veces iba tan que le haría acreedor, con el paso de los años, de su borracho que se quedó dormido y, al despertar, se en50 Preferiríanohacerlo Enero 2011


contró encerrado en una discoteca vacía de la que no pudo salir hasta que volvieron a abrirla. Es de suponer que se prepararía algún que otro cubata para aligerar la espera. Sus continuas faltas de disciplina hacían que el entrenador, para castigarlo, lo dejase en múltiples ocasiones en el banquillo. Pero un equipo modesto como el Cádiz no se podía permitir prescindir de uno de los mejores jugadores del mundo sin consecuencias; así que, en aquellas ocasiones, entre las necesidades deportivas y las exigencias del respetable, al final el entrenador casi siempre acababa recurriendo a él en la segunda parte. Y muchas veces le bastaban cuarenta y cinco minutos para armar el taco. Una de esas legendarias tardes aconteció en el trofeo Ramón de Carranza, que organiza el Cádiz a finales de agosto, en un partido que enfrentaba al equipo local con el poderoso Barcelona y en el que ni siquiera fue necesario que el entrenador le dejase en el banquillo. Mágico, a quien la noche anterior se le había quedado corta para la juerga, no llegó al estadio hasta bien entrado el primer tiempo.

En una sociedad vacía que premia por encima de todo el éxito y la eficiencia, nada más heroico que, sabiéndose capacitado para la victoria, no presentarse al partido.

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Se cuenta que allí, solo en el vestuario, soportando con estoicismo los rigores de la resaca, se vistió de corto, acabó de dos tragos con una botella de agua de litro y medio para calmar los ardores que le hacían llevarse la mano continuamente al pecho como un pistolero tuberculoso y se sentó en el banco a esperar el regreso de sus compañeros. Al descanso se llegó con un marcador de tres goles a cero a favor del club catalán. Lo que pasó en el segundo tiempo no hace falta que lo cuente nadie porque forma parte de la historia: el Cádiz, con dos goles y dos asistencias del Mágico, le dio la vuelta al partido y acabó ganando cuatro a tres para delirio de los miles d espectadores que abarrotaban el estadio. Reconozco que no soy un santo, que me gusta la noche y que las ganas de juerga no me las quita ni mi madre. Sé que soy un irresponsable y puede que esté desaprovechando la oportunidad de mi vida. Lo sé, pero tengo una tontería en el coco: no me gusta tomarme el fútbol como un trabajo. Si lo hiciera no sería yo. Sólo juego por divertirme. Declaró el propio Mágico en lo que supone toda una declaración de principios de alguien que fue capaz de rechazar una suculenta oferta de un club italiano -que multiplicaba por diez lo que cobraba en el Cádiz- con el peregrino argumento de que en Italia no había pescaíto frito. Hubiera podido ser el mejor, acumular trofeos, ganar títulos, hacerse multimillonario; pero prefirió no hacerlo, eligió el lado de la renuncia. Enero 2011 Preferiríanohacerlo 51


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Interlunio

Inma Ponce Torres Maite MartĂ­ Vallejo Zoramena


Inma Ponce Torres

Pisan descalzos el techo del mundo para saber dónde está la oquedad. (Son vestigios desolados de la furia y la violencia). Ruedan con el perfil en la arena, buscando el vacío, desoliendo el crisantemo. Ellos querrían desertar del llantollano y dejar la muerte sin brazos. Ellos querrían gritar sin que la voz retumbara en la boca de los muertos. Pero la tierra está preñada de cuerpos esterados. La tierra duerme trasnochando el mundo. El sueño es el ojo de la vida, (despierta un silencio). Sonámbula, la tierra celebra dejar de parir ciegos.

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Poesía vertical

Tierra sonámbula


Maite Martí Vallejo

Poesía vertical

Curso de lingüística general (matrícula abierta) mujer de unos treinta años presenta cuadro severo de desorden léxico autóctona del humedal, de natural septentrional reside entre semana, en remotos sintagmas perdón por el poema por erosionar la lengua las imágenes acústicas atraviesan la península son los primeros efectos del cambio fonético mujer caleidoscópica de alteraciones morfológicas insólita ciudadana de una acepción muy lejana velo por la aliteración de los hechos respeto la fisiología de tu acento perdón por el poema por la escritura inconsecuente fenómeno analógico que sale por el este y se pone por el oeste se intensifican las precipitaciones sintácticas en el golfo de bizkaia perdón por el poema por lo que representa en mi cabeza aventura semiológica que nace en oriente y muere en occidente por la disolución de algunos hitos por amor a un sistema de signos porque me significo.

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Maite Martí Vallejo

A tijeretazo limpio, de la raíz a las puntas. El ojo izquierdo lagrimea, el derecho evita el llanto; no cree en la simetría de los elementos. El corazón tampoco cree. El corazón late pendiente de un hilo. Cómo no extinguirme.   Si a tijeretazo limpio. Si con brutal azada, tú abres en mí camino, tú me labras, de la raíz a las puntas. En plena crisis de los treinta, deniego la asistencia sanitaria, me aplico una mascarilla de algas. Cómo no extinguirme.   Si a golpe de martillo haces estragos. Si con brutal azada te bebes toda el agua. El corazón late pendiente de un hilo. Estoy harta de terrenos baldíos, de la raíz a las puntas. Cómo no extinguirme.

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Poesía vertical

En vías de extinción


Poesía vertical

Zoramena Cortar el resquicio de la ventana Para deshacer otoños enclaustrados Salir de la membrana de un segundo Para cortar el estertor del desencanto. Redimirme, tal vez, de mí misma Reconocerme de una vez inmensa en la caída Y retroceder a golpes Para retomar el canto Y escupiros el desprecio ambiguo del quebranto. Tal vez, resquebrajar el tiempo No esperar que venga algo Rescindir la propuesta de la inocencia Firmando ante la vida un no sé cuándo.

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Poesía horizontal

Zoramena Estoy pensando qué hacer entre la Puta y la Virgen, perdonen mi sinceridad. Dudo si asomarme al abismo de mi rostro o más bien hacer escaramuzas en el agua misma del acantilado. Aún no lo sé. Déjenme decidirme. Por ahora recibo plenamente la luz de una Minerva todopoderosa, desengañada de un Neptuno, en el fondo intrascendente. Sin embargo, ¡ay, sabiduría, cómo te diluyes tan mínimamente! Te me pierdes en rías asiladas, à son tour, en montañas de rocas casi inertes. Y es entonces cuando se me olvida. No recuerdo las fuerzas que me condujeron hasta aquí. Hasta este lecho vacío de presupuestos y desbordado de mí misma. Pierdo aquí de vista esta alegría huidiza que, sin embargo, vuelve y vuelve, invariablemente. Me gustaría asirla, pero, en el fondo, ¿para qué? No nos engañemos: de todos es sabido que sentimos por contraste. Mon semblable, mon frère, ¿estamos ya de acuerdo?

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ros Lib Antonio Marco Greco El cerdo es un don de Alá, de Marco Greco Violeta Serrano Historia del silencio, de Pedro Zarraluki Maria Fortuny Logofagias, de Túa Blesa

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Antonio Marco Greco

El cerdo es un don de Alá I diavoli sono sostanzialmente inoffensivi. Gli an- custodi di ogni tipo di confidenza, gente semplice e geli, invece, possono essere molto pericolosi. Maria di sempre disposta al dialogo. Uno di questi un giorno Nazareth, Il mio utero in affitto, ediz. Paoline, pag. 7 le dice: “nessuna donna è stata espropriata tanto della Scrivere allenta la tensione, scarica l’ansia, favorisce sua esistenza. Ora sai quanto può essere crudele il tuo la razionalizzazione e lubrifica le funzioni dello spirito. Dio.” (pag.34) Questa, però, è una situazione in cui l’uso della penna sembra offrire l’unica possibilità di sopravvivenza. Quello di Maria di Nazareth, infatti, è un coma vigile e la scrittura è l’ossigeno continuamente erogato che nessun medico si sognerebbe di negare. Ed è un coma determinato dalla onnivora presenza del Divino, che svuota tutto dall’interno e induce anche l’animo più crudele ad una tristissima pietà. Da quel giorno angelico e fatale, la piccola figlia di Israele scrive e scrive per vuotare un sacco troppo pieno e crudele che non l’avrebbe mai abbandonata. In qualsiasi luogo e circostanza annota angosce e perplessità, formula giudizi e tormentate riflessioni. Poi eternamente rivede tutto e fa mille correzioni perché tutto e ormai eternamente problematico e anche le emozioni più forti sono solo formule astratte, sentimenti presi in prestito e da restituire al legittimo proprietario. L’inferno dell’animo.

Lasciata viva da quel bacio di Dio che sostanzialmente l’ha uccisa, Maria trascina i suoi giorni ormai privi di sintassi e la scrittura si ostina a fiutare tracce che non portano da nessuna parte. Unica ascoltata compagnia, quei poveri diavoli che diventano ogni giorno più umani. Se qualcuno chiede in affitto il tuo utero per averne poi il frutto, il gioco è crudele ma, comunque, leale. Ci si può sempre rifiutare o scappare al momento del parto.

Non è così per la povera Maria che, senza spiegazione alcuna, si vede privata non solo del figlio ma della stessa gravidanza. Chiunque sia stata madre sa com’è dolce, nell’intimità della notte, immaginare le fattezze della propria creatura, carezzarle i piedini e anticiparne i sorrisi. Un dialogo umano e senza parole, dove il Divino deve solo tacere e osservare di nascosto.

“Lo conosco bene – disse Lucifero – Non ho mai E in questo pulviscolo sospeso la casa non può che visto tanta violenza nel Dio di Israele.” (pag.96) popolarsi di diavoli. Maria ormai li vede dappertutÈ quando cala la sera, durante la povera cena, che to. In cucina, sotto il letto, nel cassetto dove ripone le tovaglie. Sono diavoli destinati a diventare amici, eternamente si considera l’intera situazione. Lucifero 62 Preferiríanohacerlo Enero 2011


si accanisce contro tanta crudeltà e cerca nuove argo- popoo eletto.” (pag.42) mentazioni per esprimere affetto e solidarietà. Trascendi il testo con intelligenza e fantasia, lettore, Ma è quando si chiude in un pensoso silenzio che e vedrai scenari magnifici. Maria prova un brivido di conforto. Vede, in quel Milioni di porci cinesi prenderanno le vecchie vie volto luminoso che un giorno fu tanto caro a Jhaveh, carovaniere per allietare le tavole dell’Islam mentre, la presenza di elementi inesplorati, l’accenno vago ad stanne certo, i migliori cardiochirurghi statunitensi un’intuizione che non sa come precisarsi. staranno già affilando i loro bisturi. In questa econoAl parto manca veramente poco ed ogni singolo diavolo, raccolto l’essenziale, ha voluto accompagnare Maria in quella povera stalla malamente illuminata. Educatissimi, prendono forma solo quando Giuseppe si allontana per qualche commissione. Nell’intimità delle prime doglie un diavolo, umanissimo, rivela: “Un giorno ti troverai ai piedi di una croce e sarà quella di tuo figlio. Il Padre, commosso e stupito, troverà quell’umanità della quale aveva tanto bisogno e farà venir giù tanta acqua dal cielo. Ma le lacrime più vere, Maria, saranno soltanto quelle tue.” (pag.120) E la Madonna intravede ciò che le era sempre sfuggito e si scioglie in un sorriso: vuole sapere il nome di quell’amico tanto sensibile.

mia finalmente razionalizzata e planetaria si realizzerà l’antico sogno dei filosofi. Ma non saranno le strutture liberal- democratiche a realizzare la pace perpetua bensì la simpatica bestiola tanto cara ad Allah e al suo Profeta. Poi, un grugnito.

Antonio Marco Greco

“Avrò un nome solo qualora dovessi riuscire ad essere uomo. Quel giorno, necessariamente, dovrò chiamarmi Giuda.” (pag.121) “e verrà un tempo – aggiunse – in cui le tue lacrime e la mia straziata umanità avranno finalmente un Editore.”  Il maiale è un dono di Allah, Maometto, Istruzioni per il Corano, ediz. Il Profeta, pag. 24 Quando una casa editrice che è nel cuore dell’intera ecumene islamica pubblica un libro come questo, non sono leciti i dubbi sulla sua autenticità. Ed è forte la tentazione di ammettere la superiorità della religione del Profeta. Cercheremo di resistere alla seduzione ma permetteteci tutta l’ammirazione per un’astuzia dialettica raffinatissima. Di quelle che possono fiorire solo nei deserti e mettersi alla testa delle carovane beduine. “Ho demonizzato il simpatico animale con le setole solo per motivi storici. Non potevo certo lasciare il monopolio ai nostri fratelli ebrei e non avevo le certezze alimentari che solo il secolo XX saprà produrre.” (pag.36) Delizioso! Mentre propone il dogma, Maometto già lo relativizza e lo mette in relazione con il mutare dei contesti umani. Poi, l’azzardo della profezia. “Verrà il giorno in cui il cuore di un maiale abiterà nel petto di un uomo e gli salverà la vita. Quando ogni fedele ospiterà un cuore suino, saremo senz’altro noi il Enero 2011 Preferiríanohacerlo 63


Violeta Serrano

La historia del silencio, de Pedro Zarraluki La actividad poética nace de la desesperación ante la impotencia de la palabra y culmina en el reconocimiento de la omnipotencia del silencio. Octavio Paz La historia del silencio constituye un nuevo intento de decir lo indecible. Desde la irrupción en el pasado siglo XX de la literatura del no, varios han sido los autores que han intentado ponerle rostro y nombre a un concepto que, por otra parte, resulta imposible de caracterizar específicamente. Para aproximarnos en alguna medida al concepto, podríamos decir que se trata del abandono de la obra antes de su inicio, de un temor en la potencia que impide la consecución del producto final, de una inseguridad derivada de reflexiones personales que desemboca en el vacío de la idea inicial. Bolaño –en un sentido más teórico sobre lo que es y no es literatura- ya hizo una tentativa de ejemplificar los límites de la novela a partir de su obra Literatura nazi en América –Seix Barral, 1996-, consistente en un tipo de escritura enciclopédica, es decir, de nuevo una reflexión sobre lo que podemos concebir como literatura y lo que no podemos concebir como tal. Vila-Matas, por su parte, desgranó a un Rulfo aquejado de apatía creativa desde la muerte de su tío Celerino, el contador de historias –Bartleby y compañía, Anagrama, 2000-, y lo hizo intercalando sabiamente la opacidad de un cuaderno de notas con la abulia vital de ese personaje rendido ante el estrépito de la página en blanco. Zarraluki rema en esta obra en la misma dirección: hacia la ‘otredad del decir’, hacia la logofagia -del griego. λογος, "palabra", y φάγομαι, 64 Preferiríanohacerlo Enero 2011

"comer"-, es decir, hacia ese concepto descrito por Túa Blesa que englobaría los diversos mecanismos textuales, marcas o trazos, que rompen la linealidad discursiva y que representan todas las posibles plasmaciones del silencio. El estilo de Zarraluki sin embargo, va más allá del de los anteriores en el sentido en que este autor crea una novela al uso para explicar el silencio que atenaza a veces a la literatura, o al proyecto de la misma, como lo sería ese libro que el protagonista de esta historia jamás llegará a escribir. Los personajes que Zarraluki crea son al fin y al cabo herramientas para esa explicación imposible del silencio. El protagonista, cuyo nombre nunca se desvela -¿hace falta?- es la encarnación de esa literatura del no, esa imposibilidad del decir, esa logofagia. Los recursos utilizados, bastante tradicionales en lo que a género novelesco se refiere –narración en primera persona, enredos amorosos, golpes de dramatismo, etc-, están al servicio de una exposición más profunda consistente en la definición de ese silencio. Los diversos personajes secundarios se desarrollan a lo largo de tramas urdidas asimismo de silencios. Silencios que los aprisionan más tarde o más temprano y que sirven de nuevo de base a la reflexión del protagonista sobre la importancia o irrelevancia del silencio. El ejemplo de Olga sería el más claro entre los personajes


secundarios, ella jugó con el ocultamiento hasta que cuando determina que la vida sin ella, sin la Ireneéste se hizo imposible de sobrellevar en el marco de literatura, es insoportable: una situación extrema: ‘Y supe que quería hundirme con Irene en aquel pozo ‘Pensé que aquel matrimonio llevaba roto largo tiem- insondable, en aquel murmullo de voces enmudecidas po. Todos ignoramos muchas cosas de las personas con para siempre, en aquel silencio que se demoraba inala que vivimos, pero ellos habían decidido –hacía años, barcable, tan intenso que se demoraban en él todas las seguramente- ignorarse por completo. Y el accidente ausencias, la angustia más poderosa y hasta la vida los había condenado. Encerrados entre aquellas cua- misma, tan bello y terrible que en su seno se dejaba de tro paredes, no podían hacer otra cosa que alimentar el ser miserable y las traiciones lo eran de verdad, el amor odio creciente que sentían el uno por el otro’. se volvía sublime y la muerte acababa siendo algo muy La trama vital del protagonista es una metáfora del grande que apartaba de su lado a las almas mediocres. mismo cariz. Nuestro escritor fallido juega constante- Y todo ello gracias al enorme simulacro de la literamente con la ocultación. Él teje una relación secreta tura, quizá la única actividad sincera de una especie que oculta a su compañera. Se cree poseedor de su acostumbra a los engaños. La vida, que yo tendía a ver silencio hasta que el telón cae y, aturdido, empieza como un paseo aburrido, era para Irene una herida abirealmente a comprender la consistencia de lo omitido. erta por la que entraba en su cuerpo aquel esplendor Entiende al fin, o atisba a comprender con la ayuda que sin duda no existía. Supe que, detrás de sus ojos de nuevo de algunos de los personajes secundarios, grises, Irene escondía un secreto tan ínfimo como aquel, en qué consiste la literatura, en qué dirección hay que y supe en fin que no iba a poder vivir sin tenerla a mi navegar para que el silencio no se instaure en el que- lado […]’. hacer del novelista. Irene, su compañera, es en realiEse temor absoluto a perder su rastro le da fuerzas dad la encarnación de la literatura que no debe morir. para salir de su ensimismamiento natural, de su literaSólo cuando ella desaparece, él oye el silencio base de tura del no, y ser capaz de rehacer el amor, de rehacer la pretendida novela aún no articulada: la literatura para no dejarla morir, porque ella sola es ‘A menudo, durante aquellas semanas, me daría la a veces la que da sentido a esta especie de engañados vuelta asustado no por un sonido repentino, sino por urdidos de silencio. El protagonista se salva en cierto su ausencia, mucho más sobrecogedora que el más in- modo del abandono del oficio de escritor, a diferencia quietante de los rumores cotidianos. Pocas cosas podían de Rimbaud, Gracq o el propio Rulfo al que aludíaafectarme tanto como oír de pronto lo que nunca había mos al inicio, porque comprende al fin que ‘quienes piensan que ya está todo dicho sólo pueden aspirar sonado, […]’ a la repetición, la glosa o el espionaje’, o lo que es lo Él es el pretendido escritor que, sin embargo, no mismo y siguiendo la metáfora de esta obra: quienes comprende la esencia misma de lo literario sin la pro- no renuevan su amor están condenados a hundirse en pia Irene. Ella consigue hacer ver al escritor que la lit- su propio trasiego de silencios. eratura es como el amor de una mujer: hay que reanimarlo y reconquistarlo continuamente so pena de que muera en la cotidianeidad, so pena de que la literatura del no que asomó la cabeza en el siglo XX se instaure. La pista se la da Olga cuando él pretende simplemente Pedro Zarraluki buscar a Irene: ‘-Me debes un favor –le dije-. Quiero que me lo devuelvas ahora. […] –No hago otra cosa, aunque por el momento no me puedas entender. Irene vuelve a ser un potro salvaje. Está tan encabritada que es mejor apartarse un poco de ella. Si quieres echarle el lazo tendrás que empezar de nuevo’. Cuando ella desaparece, él comprende en qué consistía la actividad real de Irene entre los libros, en su infatigable búsqueda bibliográfica. Comprende que es ella la que realmente conoce el secreto que él jamás ha sabido ver de forma transparente y es entonces Enero 2011 Preferiríanohacerlo 65


Maria Fortuny

Logofagias Por la logofagia, se textualiza el silencio en unos trazos a través de los cuales se dice el silencio. Túa Blesa nació en Zaragoza en el año 1950 y estudió Filología Románica en la Universidad de Zaragoza. Actualmente es catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en esta misma universidad. Es editor y director de Tropelías: Revista de teoría de la literatura y literatura comparada. Es autor de más de un centenar de publicaciones y estudios. Logofagias: los trazos del silencio es un libro de 1998, publicado en la colección Trópica, Anexos de Tropelías. Túa Blesa es cantante y guitarrista del grupo “Doctor Túa y los Graduados”.

un silencio que está presente en todas las obras literarias desde el comienzo; la literatura tiene que librar una auténtica batalla con la incapacidad de la palabra para trasladar una experiencia absolutamente insólita. Pero el escritor de la logofagia no se deja asustar por este silencio al cual se enfrenta, -como sí hizo Arthur Rimbaud, quien a los 19 años ya había escrito toda su obra poética- sino que sigue escribiendo y consigue plasmar este silencio en el texto: el escritor de la logofagia no renuncia definitivamente a continuar su tarea, “ha tenido la experiencia del límite y aun la de afuera Logofagias es un estudio sobre los límites de la lit- de los límites y la consecuencia es la incorporación del eratura y el silencio, que analiza textos de poetas como silencio al texto”, pero no como materia de reflexión, José Miguel Ullán, Leopoldo María Panero, Eduardo ni como tema… de una manera en que la textualidad Hervás… Autores que aun conociendo los límites del se devora, se consume, pero sobrevive. lenguaje han sido capaces de sobreponerse al silencio La logofagia está en aquellos escritores que han sutotal y han continuado su escritura, pero no sin se- frido la parálisis de Chandos o de Rimbaud, pero han cuelas. Estas secuelas son Los trazos del silencio que sido capaces de sobreponerse al silencio total. Son aranaliza Túa Blesa en su investigación. tistas sensibles al «mal du silence», pero que han reLa palabra logofagia forma parte del idiolecto sistido. de Blesa quien la construye a partir de los términos griegos λογος, "palabra", y φάγομαι, "comer", para denominar aquellas marcas textuales que a pesar de haber sido devoradas, permanecen en el texto.

Túa Blesa analiza la logofagia como formas o figuras retóricas y nombra algunos de sus tipos. Después de la introducción en la cual se explica en que consiste la logofagia, se dedica a analizar cada figura detalladaSegún Blesa, la literatura se enfrenta al silencio; a mente y con un buen número de ejemplos de poetas españoles que ilustran a la perfección cada definición.

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En el apartado Excursus in Rhetoricam, analiza y re- nación de la unidad textual en dos o más fragmentos, sume cada tipo. incluye cualquier paratexto. Babel es la figura de la En este glosario final encontramos figuras como logofagia por la cual se renuncia a la lengua en la cual el Óstracon, o fragmentos de un texto completo que está escrito el texto y se emplea vocabulario de otras no está presente del cual distingue cuatro manifes- lenguas. Por Hápax se entiende la forma que consisttaciones diferentes: La fenestratio, que consiste en ente en la incorporación de palabras inventadas. Por substituir partes indefinidas del discurso por puntos último, Blesa define el Criptograma, figura por la cual suspensivos o por comas en lugar de punto final para se utilizan signos convencionales o inventados como mostrar el inacabamiento del texto; la lexicalización, sustitutos de letras, sílabas o palabras en el texto. que es la advertencia léxica de que el texto es fragmentario; el Leucós, que consiste en la utilización de espacios blancos para señalar la ausencia de discurso entre los fragmentos de un texto y el Tachón, que consiste en ocupar parte del discurso con trazos que impiden o dificultan la lectura. Otra figura que analiza es el Ápside, por la cual la unidad textual se disemina en dos o más textos del mismo rango, es decir, proponiendo variantes para un mismo discurso. También está la Adnotatio, por la cual se produce la disemi-

Siguiendo a Túa Blesa acabamos así: “La logofagia quiere decir la posibilidad del texto intexto, del discurso sin phoné ni lógos, de una escritura que puede dejar de ser tal para ser «ex-critura». Así la logofagia, los trazos del silencio.”

Túa Blesa Enero 2011 Preferiríanohacerlo 67


Preferiría no hacerlo Año II Enero 2011 Número 4 Director Enrique Bartleby

Redacción Maria Fortuny, Raúl del Valle, Albert Mesas, Ollin Rafael Corrección Maria Fortuny, Raúl del Valle, Ollin Rafael, Inma Ponce Redacción de Interlunio Inma Ponce Torres Edición Ollin Rafael Joan Vives Edición web Ollin Rafael Consejo editorial Raúl del Valle, Albert Mesas, Ollin Rafael, María Fortuny, David Roas, Antonino Marco Greco Ilustración de portada Jordi Pujol Ilustraciones interiores: Marta Pagés Rufé, Pere Fortuny, Oriol Capella, Ester Pujol, Meritxell Escuert Mas y Joan Vives


Literatura del no