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out of wallet street oliver sotos gonzรกlez


padres, hermano, maría, familia, amigos, sabéis que sin vosotros ninguna palabra mía iría sobre la siguiente. gracias. alonso, estas páginas son para ti. para no olvidar que tu lucha seguirá siendo la mía. un abrazo y hasta siempre.


por mรกs que me leas nunca me vas a comprender


sin nombre luego no existo


out of wallet street


y arreciamos en la cornisa, en la precisa loma que no divisa aquello que se nos viene encima.

carámbanos de requiebros, estruendos de remiendos, aleteos domingueros que perplejos nos dejan, cuando las noticias avisan de que un nuevo huevo nos está tejiendo.

y llega el caimán, fiel espada, el abedul, con su rebeca aletargada.

¡alto!

nubes de exposición, mensajes de repulsa y excomunión calados en hombros sin humanidad.

el redil amamantado, y cada potrillo en su bancal. no busques azadas, se allanaron con el asfalto.


una estela, un cambio de agujas sin freno, un pĂŠndulo.

los callos en mi espalda aminoran la tenue marcha que sabĂ­amos bien seguros.

los caudales del territorio por el que anduvimos se forjaron entre recortes de periĂłdico y ausencias propias.

de nada sirve ya el nido del ĂĄguila. todos candidatos, ninguno sin pies de barro. no hay momento en el que no grite y me eche agua en los zapatos.


la autodestrucci贸n converge por el paraje que llamamos bien com煤n, fuera de su significado.


y resulta que cuando nada es consulta llama el búcaro a la puerta.

nada en qué pensar, todo por lo que llorar a esa hora menos un cuarto.

cada vez menos, cada vez más sanos, a precio de coste y sin oro para abigarrados y famélicos cuentagotas.

nada se reproduce sin antes haberse reescrito. todo tótem guarda oculto un mensaje oxidado, de ganas de lluvia, de extinción entre angelicales tormentas que no llevan ni a la marisma que ayer desalamos.


vivir coleando.


y ahora que nadie nos mira, que el mundo está pendiente de lo que cuelga en otra esquina, de si este o de si aquel cayeron más allá o más acá de qué línea.

ahora es como lo recuerdo, entre silbidos, ruidos y catéteres imperfectos.

rodamos por las cuevas porque no conocemos la pintura, la sangre con la que se decora la furia nauseabunda de tener que delimitar mis de tus y de sus.

quiero trazar una regla para medir lo que he trazado. destrozar así las sienes y la probidad de ningún hecho todavía por refutar.


quiero seguir con las lindes, las lindezas y sus oprobios, de cualquier grado, y hasta apelmazados.

no vengas con calles de otros barrios que los nuestros no son vanos, ni quietos, ni mudos, ni sordos. y deja que no lamenten no estar en otro lado.


nada por aquí y nada por allá, vociferan a los vientos que haga falta los monarcas de la magia, que bajo la alfombra de quien no quiera sus regalos vienen a depositar.

ilusiones pendientes del suave hilo del gusano que nunca tornó en crisálida, del rastrero que rastrea los surcos del penitente a través de pesos que pesan cruces de hierro sin apenas forjar, de símbolos amarrados a una cuerda podrida por haberse perdido entre herrumbre de esclusa no renovada por encumbrada.

ayúdame, redención, que me hundo, que por más que cambio de sentido, los giros de esta rueca no hilan otra cosa que el humo de tela de arena


que marca mi andar cansino, el que sostiene una cruz de hierro sin apenas forjar.


sombras lacerantes. el histrión, sus comadres. perpetuo socorro sin devengar en auxilio.

lomas entre runas y supersticiones de cartón piedra. ruegos y lloros, abril en cuestión de esquelas.

abruptos enseres que dañan la sal y la premura de miembros con fe de ganso, de trapos violáceos y violados por un pasado que no deja de oscurecer.

lágrimas de fábula, historias de remiendos sobre leyes de cera. todo superpuesto sobre las llamas de la más cruda de sus hogueras.


veintitantas letras y millones de datos. lógicas supinas entre licores y lisonjas que arropan aquel cielo tan de color de rosa.

y tan lejano. y tan ufano. y tan perfumado.

no sé que hacéis, ni podéis tocarlo.

aspiráis a porvenir lo que por su gracia y durante un lapso tuvieron a bien otorgarnos.

son los dueños de nuestras medidas, los amos de nuestras correas, los señores de nuestra rabia, que de a poco sustrajeron nuestros brazos y piernas.


son el tronco subrepticio de las decisiones inevitables.

reyes del hambre, monarcas de la sed, emperadores del aire.

lĂĄstima que nos hayan enseĂąado tan bien a vivir sin nada, pues sin nada ya no somos de nadie.


porque se ha secado la saliva. que no existe el movimiento mientras no cerremos con el pasado las cuentas irredentas de este trastornado destierro.

los n煤meros nunca fueron negativos ni los valores absolutos.

las curvas siempre enderezaron el peralte de esos virajes en los que bailamos el continuo vals acelerado.

no existe el paso, ni tampoco el reinicio, los puntos de vista son fijos, y finos los hilos que temblaron con lo que una vez hicimos.

no existe el movimiento, tan solo rotaci贸n de sombras, que cambian la perspectiva de los puntos


llamados a ser unidos por plumas secas de tinta.

no existe la letra, tampoco el mensaje. vivimos ocultos, entre ruina y regueros de sangre que no fluye por venas que ya desaparecieron.


i

el día que olvido escribir admito que no conozco tu historia. ¿cómo puedo llamarla entonces por su nombre?

no me lleves a un horizonte que nos empeñamos en distorsionar.

he olvidado qué es el recuerdo, y no me valen mensajes ni mensajeros que querían esa realidad.

no voy porque nunca estuve, no estoy porque no hay entelequia sin olfato, ni gusto, ni tampoco tacto.

quise. lo sabemos.


pero ahora, cuando cada paso son cien mil remiendos, ¿quién es capaz de entenderlo?

no soy mis palabras, ni mi aliento, ni el perfume perfumado que destila aquel momento de memorias impostadas.

como esta falsa pretensión de cartón piedra, como las películas que protagonizaban nuestras siluetas.

pero el aroma a hierbabuena se consumió, al igual que la ceguera, a lo largo de mis peores estulticias, como la que lees, como la que nace y muere cada vez que crees que esperas.


ii

cuando una vez no fueron dos, cuando no mirábamos el reloj, cuando el arrojo se balanceaba entre susurros con sordina.

cuando nos dio por lamer la sal, por gritar en bibliotecas, por sudar la gota gorda empujando montañas de cera.

cuando no había destajo, cuando ni arriba, ni abajo, ni entresuelo. cuando las amapolas eran campo.

cuando el tío vivo era deporte, cuando gozábamos al galope, cuando fuiste mi espejismo y yo tu meta.


cuando dejamos de mirarnos, cuando por supuesto abandonamos, cuando amaneci贸 el ansia entre las manos, cuando las cerramos para golpear al aire del rugido.

cuando nos perdimos, hasta el contacto, cuando nos convertimos en el contrario, cuando echamos en falta momentos que nunca tuvimos.

cuando el adi贸s s铆 que fue definitivo.


iii

¿y qué es hoy sino un eco hueco, un vacío sin cal estancado y sin remisión, un símbolo, un significante con poco más de un significado?

una huelga de premura, que bien podría naufragar en el quicio de la locura para que la suma dejara de existir.

no sé qué es el tiempo, el lastre que no tuvimos por querer vaciar el agujero.

y como ahora ya no vamos a tientas, que inauguramos el engranaje de servirnos en la mesa


planchas de hierro que masticar, nos da por creer que no malgastamos aquella fe en palabras que gozaron de todo el sentido.

si hubieras visto, si hubiera visto, si hubiera‌ no habría.


iv

ya no sé calzarme tus zapatos, he perdido las cuentas de aquel rosario que enviabas a golpes de fe.

me he estrellado junto a la incomprensión del silencio fatuo.

acepté la inmersión de todas esas naves de cieno que elevarían el nivel de un estanque más artificial que orgánico.

creí en tu mano a pies juntillas, sucumbí en el domicilio a donde todas aquellas guías apuntaban sin cesar.

el empeño languidece


cuando se desvanece el lacrimal apostando a torres con base de carcoma.

lancé una y otra vez el balón de reglamento contra una portería pintada en tu muro de mis lamentos. pero no encontré esa ley que posiblemente no exista, esa llama que ya no siento infinita, eso que otros nombraron.

por más que lo intento me enfrío tras tus pasos, aquejados del desencanto que sigue trastornando un mundo por desaparecer.


y el mecanismo dejó de sonar en medio de la hora sin pan.

cuántos motivos, todos, para quedarme, para sentarme por fin entre tus calles y deambular entre fantasmas y detalles.

ciudad, que me acogiste entre tus charcos, apenas a dos centímetros del estiércol de chapa y granito que solloza entre semáforos como arlequines sin soltura.

cerrar tus puertas, para mí, no es otro sortilegio más de un dios laico sin suspiros, que gime entre borbotones de lluvia y lanzas de hambrientos pararrayos.


no creí nunca en la batalla, en partidos de deporte tan nobles que no dejaban a las claras la delgada línea que camina entre la victoria y la derrota.

pero he perdido. he caído en mi descrédito en el mismo momento en que fui con todo a esa retorcida apuesta.

juegos sin azar que permiten a la sal saturar estas lágrimas de pobreza.

ciudad, me creí tu asiento, lo tomé como parte del tormento, lo disfruté a pesar de los callos.

qué fugaz tu luna en tu contaminado cielo de escarnio.


y ya pace el campo, con exquisitos cadĂĄveres enterrados entre escollos y solapas de chaquetas aterciopeladas e Ă­nfulas de berbiquĂ­.

levantar la mirada, cuando la sencillez mece otros arados, cuando de golpe y porrazo se desvanecen los castillos anclados en un vapor calentado en forjas de matorral.

los gestos, huidizos en estos tiempos, acorralan al pensamiento, secuestrado entre recomiendos asumidos como ley universal.

en mi mano estĂĄ, gritamos a coro, en el individuo radica la fuerza de emprender osadas leyendas


que moldean al ser su mitad.

acotando el límite llegaré hasta mi casa, ingenua mancha sagrada que, perdida entre el tumulto, nos llena de soberano orgullo y de indecisión preconcebida.

liviano corre el pollo sin cabeza, ojerosa la reyerta, que bala azarosa esperando a que mañana pueda reivindicar sus espasmos controlados por una mirada que carece de toda profundidad.


el esfuerzo como vara de avellano, el crédito en paraísos perdidos, tan utópicos como sibilinos, espantados por nuestro miedo criminal.

palabra de no, honor de causa, deber en masa, números rojos en calendarios sin festivos.

dieta mediterránea, vorazmente recomendada a base de ingesta de correas, que ajustan nuestro perfil más escualo y alejado de la orilla que nos vio nacer.

vela latina, tan profusamente alabada, cuántas voces, sienes,


leyes, panes y peces han cabalgado sobre tu lomo.

sangre de helena, rĂ­o de arena que encerramos en un recipiente de estrecha cintura. cambio de sino para este segundero controlador que cuartea la piel y aflora nuestra miseria.

nos hemos ido. nos mecemos, embelesados, por un estadio que nada tiene de sedentario, por un continuo vaivĂŠn de deprecio en desprecio, por el acero inoxidable de un buque desierto, por el vagar pĂłstumo en un limbo tomado a todos los efectos como certero mundo conocido.


v

i

y ahora finjamos no estar, aunque nos resulte imposible desechar clavos que todavía laten hundidos en empeños perecederos.

creamos en un espejismo, en que no existe el vértigo por carecer el espacio de precipicio.

dejemos de lado aspectos conocidos, nuestra vida al completo, hundámonos esta noche entre oscuridad y deseo, gocemos de un placer que por supuesto nos merecemos.

aunque ya no sepa qué es merecer,


aunque haya desterrado la flor de la piel para no tenerla siempre en carne viva.


vi

ii

cuando el azar concluye determinista, cuando comienza el turno de las preguntas domin贸, cuando las fichas pasan revista y el uno doble cae de lado de las agujas del ojeroso reloj.

los cimientos se desintegran asentados en arenas movedizas. los puntales que un d铆a nos zafaron pasan a mejor trato cubiertos de salitre y de herrumbre en mano.

salgo a la calle y miles de octavillas rompen a mis pies. no estoy para esto otra vez, no callo con mi calzado salpicado de tinta yerma.


quizá perece por infructuosa la chequera, quizá ya es mañana y amanece entre nosotros.

rutina de esquejes, naturaleza muerta.


vii

iii

pasan las semanas, los meses, y hasta los días, al son del traqueteo de tambores que tambalea en las auspiciadas galeras.

ya no respiramos. imposible que no se adolezca de mimbre en los enseres de costura.

la variación como utopía de nadie.

nos cruzamos, hambrientos de caricias. sonreímos, sedientos de consuelo. abrazados volvemos al olvido


que supone separarnos y no volver a vernos.

cantamos a la soledad, con ingeniosos versos de una fidelidad cuyo significado desconocemos.

fingimos estupor ante el semejante atropellado con huellas de caucho encajadas en articulaciones que perdimos por falta de uso, de fuero, y por supuesto de interno.

se derrite el alquitrรกn que nos fumamos en las calles.


viii

iv

tras el minuto que deja a los sesenta segundos sin el mínimo aliento la calle sigue en penumbra.

chisporrotean neones que perduran en el cetro de una conciencia desdibujada.

¿qué permanece? pregunto a unos posos de un café sin predicción, del mejunje sin entrega que rasga mi camisa cada mañana.

no veo más allá del llano, lo reconozco.

sobre el asfalto


marco con tiza siluetas de sombras deformadas por la ingravidez.

las acaricio con miedo a que el calor las vuelva a enmudecer entre los vacíos que dejan mis instintos.

si la intuición se callara, si esa experiencia de siglos pernoctara en camastros de aluminio, como yo ahora, destacado patricio, soñador de alcobas quemadas por el tacto de una gota de tus influjos, quizá, sí, tal vez quizá.

pero deshazte de mí,


ya que no puedo más que claudicar en el agravio de una cancela, impedido por las rejas que acotan la versión más mínima de una canción que no huele a tierra mojada.

se cierran candados que nunca he visto abiertos.


los libros, apilados en estrábicos estantes, esperan otro milímetro de polvo.

tanto símbolo representado, tanto negro sobre blanco que olvidamos ciegamente los matices, la cuestión y el azar. y el trapo, si escupe, es apenas una duda de humedad, un vómito de conclusiones erradas en su origen.

cansados, los callos apelan a mis manos esperando que el tacto les escuche esta noche.

decrece por momentos el estuche donde guardábamos obsequios.

poco importa lo material si mi lengua,


estropajo en la inmensidad, pierde el pulso con la afrenta.

lo sencillo que resulta plantar y lo difĂ­cil que se vuelve enderezar el sabor enraizado.


(

y se extinguieron las palabras. los últimos alientos cercenan los vientos venideros con ropa recién lavada y todavía por tender.

los matasellos, huérfanos de propósito miran perplejos una época encerrada en su propio ombligo.

callamos caricias, hundimos lágrimas en desconsuelos alienados por atrocidades donde sucumbir.

cada calma requiere una ola, cada marea su ciclo con una impoluta mancha escondida en lo alto de nuestro techo.


se pide una metรกfora pero se quiere una palabra que labre nuestro pecho, para que semillas infectas acrecienten el desaliento.

una lรกgrima por cada corazรณn abierto.

un beso por una sacudida en el fuero de mis huesos.

una luna por cada mancha que deja el vaso en el deshielo.


)

la mano, el brazo, la pierna, un dedo.

piezas justas de un rompecabezas que nada tiene que ver con ciertas partes del cuerpo.

un zarpazo y fuera del salón.

sobre la mesa, bajo el mantel, sal y ungüentos caseros, redobles y cornetas para un simple llavero con más telarañas que añadir a esta cuenta en bancarrota.

por fin llegamos a nuestra naturaleza. la del miedo por respuesta y como punto de partida


a la hora de caminar.

hay una fecha señalada, sin filtros, ni agua dorada. una efeméride que nos impide recordar.

mientras continúe el resuello del condenado, solo un extranjero soñará con una dulce pena de muerte.


golpeabas en mi puerta, esperando que los lunares de mi espalda hicieran lo dem谩s.

dejabas cartas en blanco cifradas, para que un chaval sin diccionario aprendiera de una vez a hablar.

se clonaron jetas enlatadas, desidias perecederas que supieran d贸nde estaba la carreta y d贸nde el paladar.

ya no hacen falta el nitrato de plata, la habitaci贸n oscura o el tabique de platino.

no necesitamos ayudarnos porque no hay destino, ni tampoco huellas que diluya la marea de corbata insustancial.


la imagen surge de nuestros Ă­ndices informes, del sudor que cada poro recorre entre el arrebato de nuestros lazos, enganchados a cuatro manos en el teclado que llevamos tatuado.

saldremos a la calle. saldremos de la calle. saldremos con la calle.


hasta aquí llegamos, entre vapores de conciencia, entre dolores de cabeza rayanos en la memoria de un saldo sin sueldo donde amilanarse.

la penúltima hazaña, la clásica llama dorada al otro lado de ninguna parte.

no mires, no estás. no subas al lugar donde el pedestal hundió el gozne muy a pesar del otro.

todavía queda una imagen, salvaje como la luna, que rota previsible alrededor de una luz ilusa. todavía queda esa reminiscencia, ese azul que no cesa


y que languidece entre un espacio que perdió la virtud de la ceguera.

la despedida significa bienvenida, las vestiduras amarguras y las retinas calmas y penas.

todavía no he visto ninguna línea, ¿qué me puedes ofrecer que no sean herrumbre y permisos, que no difiera de un dedo señalando a una nana sin nada escrito?


y resulta inalterable la falta de interés, de parangón, de aliento.

lo desdicho en calma y a la cama sin cerrar la boca del estómago.

acaban lisos los límites romos que desnudan abruptamente las palabras de su funda. renuevan fondo las moquetas de los armarios apolillados por el cierre sistemático de bocas amparadas en lenguas de otras cuerdas.

vocales sin predicado, almíbar avinagrado, recursos estilísticos que forman parte de tu moda.


la que quieres imponer como ocurrencia.

de nuevo el bucle infinito.


intangibles a toda causa, materiales a todos los efectos, a la espera de una mano que nos prohĂ­ba el paso, y asĂ­ dormir tranquilos y serenos. entre el cieno.

redoblan los tambores a media asta, jubilosos. marchan sus comparsas alentados por un lacayo que nada quiere de premura.

la masa, bajo llave. la palabra, que ya no sale, partiĂł exiliada al llegar el bombo y el platillo de las haches afiladas.

la primera y la segunda. siempre singular, a lo mejor persona. aunque nunca he visto respirar a un trozo de madera


arrasado por la carcoma.


y nos dejaron imaginar. era una piedra redonda, de esquinas abruptas y cemento de esparto.

nos dejaban cortar cáñamo con nenúfares, apilar huesos en aquel rincón donde la mancha era frenesí.

sacábamos de la chistera sucios brebajes de noches aberrantes.

los días, cuanto menos, eran usados para dormir en los brazos de jugos y compás.

ahora no sudes. no te lo permitas. no recuerdes, que aquel tiempo es pasado, que no volverás a verlo aunque sí tu especie.

no llores, que es pecado, ni te toques bajo el árbol


que nos daba luz a medianoche.

no te permitas suspirar, que no es primavera. que en verano llamarás al invierno por su nombre.

ahí tienes las armas. aquí estoy en ellas, expuesto en un armazón de cáñamo y colgado cual trofeo en el punto central de la chimenea.


por cada palabra una causa, por cada eco una falta de efecto, que expulsa de la voz sangrante al majestuoso y oscuro silencio.

pero no aquel que nos presumen, no el que yace entre hueco y hueco de displicente asiento.

hablo del silencio del susurro, del silencio que ampara al sueño. el silencio caído en extraño aliento del desasosiego.

hay un silencio que se pierde en cada esquina, el mismo que ayer fue aupado por fiero guerrero.

hay un silencio que no pide permiso. no necesita saber que más allá de él no hay más que silencio y más silencio.


hay un silencio en un banco del parque, hay un silencio pidiendo silencio. hay un silencio, Âżno lo oyes? abre su boca solo si cierras la tuya, habla si todos hablamos, en lugar de quedarnos quietos en el mĂĄs luminoso de los silencios.


ÂĄa la de tres!

fuimos tan inocentes como para empezar por el uno, lo bastante resabiados como para no llegar al dos. cuando pensamos en decir tres ya se nos habĂ­an hecho las seis.


y que sigamos todos al dedo, apuntando a lo alto, hacia el cuarto menguante. que apuntalemos rosales ignífugos que ya no pinchan y solo dejan una pequeña suerte de urticaria.

que allanemos los valles, olvidando que lo que nos da sombra son los cerros y las montañas.

que surquemos los surcos y dejemos que los bordes surjan obtusos hasta parapetarnos en el subsuelo.

que ya no consiga rimar la desolación con la hecatombe de tener que guardar un ritmo que ni de puertas a dentro


marca el redoble de un pasear cansino y tosco, como de ficci贸n que no extingue el cuarto menguante que apuntamos como fin hacia el principio de ning煤n sitio.


la furia. magma de sal saturando un mar de agua estancada.

sedientos los que llegan a su orilla, anclados se quedan al caminar sobre el líquido que dejó de ser elemento y transfiguró en ese espejo donde miramos al otro cuando nunca miramos de frente.

preferimos que nuestra altura esté a la de sus pies, la llanura la de sus zapatos, la hechura el desecho de aquella costura, que martirizó al sastre de un emperador al que le dio por devolver la deuda de orgullo que tomó con el odio, que marcó el reflejo de su nacarada superficie epitelial.

planchamos banderas al peso, pero no pensamos


cuรกnto de incendio se descubre tras esa muesca que ni siquiera llega a deseo.


todavía no hemos visitado el amplio salón con aquellas lámparas de lágrimas colgadas.

mejor si no encaras ese reto, el que te iba a llevar a mil quinientos en un seiscientos en tal vez tres horas y media.

mejor que olvides cualquier movimiento, cualquier engaño sublime, cualquier opulencia en boca, cualquier lengua sudorosa, cualquier enjambre de néctar.

acalla toda pasión decelerada, acalla tus manos que son de paja, acalla tus cimientos y echa a andar, acalla tu verbo que nunca quiso más que tener una imagen desmejorada de una juventud anclada en la eternidad.

descuelga el marco vacío porque ya no recuerdas ni la imagen,


ni el decreto ley, ni tampoco la llave con la que entraste en el diván que te atrapa, como cada día, y en el que te anclas para no enviar a tu séquito e infantería.

no dobles campanas en lugares que nunca pretendieron ser sagrados a un credo, no claves agujas en epítetos con más estruendo que contenido.

abandónate a tu deseo y deseemos nunca habernos conocido.


i

una intención, cuatro letras, tantos abecedarios como tú prefieras, sesenta soluciones resquebrajando la niebla que anudó la corbata atada en el panal vacío de abejas.

su todavía sin nada que ostentar, pereciendo en cada gramíneo lugar sesgado como las colinas otrora llamadas montes.

languidece, como dulce de leche, en ese amargo de cacao apesadumbrado.

la savia de un lugar por donde no pasan los tallos de una flor que solo permanece en el mismo lugar donde poco después perece.

los dedos tratan


de celebrar los vítores de otros también enclaustrados, amanecen entre las rendijas de alguna alcantarilla por donde el agua no ceja en su empeño de descatalogar el escombro que le sobra de media al somnoliento.

ave, que de bruces caes entre los argumentos, no es el vuelo lo que precisan las yemas de sus dedos. no es tu carne de caricia irregular más allá de tu plumaje, no.

hay más verde en el moho que en la utopía, que en la sangre que corre cada vez por menos venas, y que solo contabilizamos por arterias.

no existe el lugar a donde vas. desengáñate. vuela a ras de bajura para comprobar


que la llama estรก en tu pico, en tus labios de ricino, en el sudor de tu reloj de arena.

y que el topo, animal sagaz entre visos de penumbra, solo desea lo que nosotros. un par de luces apagadas, el sol de invierno saliendo de madrugada, una bodega donde enfriar su escoba y su fritanga.


ii

en el equipaje de ayer, en una luz a la deriva, entre flecos dejados correr, entre campos de estiércol esperando sus semillas.

no podemos saber cuándo giraremos la cabeza, cuando tornaremos la mirada hacia esa ballena varada, perenne, ahogándose en el lodazal.

asma de incalculable valor, goza de tus momentos de gloria, te voy a abrazar hasta que tu paso forme parte de un pedestal inerte, perdido entre tanta memoria.

asirte no resultará fácil, ni mucho menos, elevarte al cielo de los desechos será el menor de mis problemas,


dejarte allí, a la vista de mí, será un noble recuerdo para que no olvide, para que cada día te vea, y te salude, y te pregunte por si tú también lo viste.

¿el qué?

mi tiempo pasar de largo.


iii

y ahora me dicen que las manos no son sinceras, surcadas, como están, por la aguja de un tocadiscos que siempre dejaba pasar aquella canción hasta dejarla tatuada en algún rincón del paladar.

que su tacto obedece a corrientes, a palomas mensajeras, a nudos corredizos, a palíndromos de tres sílabas, a nieves de abril, a tifones en alabama.

las manos, ¿por qué precisamente ellas? que son, según cuentan, cuadriculadas como la razón dicta, estereotipadas igual que una tribu que se autogentrifica, adecentadas entre lujos de algún noble de final de siglo.


las manos, que insisten, no son sinceras, ¿y en qué sentido confiamos? la silla tampoco ayuda, llama de nuevo a consultas al embajador de mi cuerpo en su seno. pero rechazo su invitación.

y ahora sin manos, ¿o ya era de antes? entonces, ¿la visceralidad, la valla del vecino, la planta que marchitamos al regarla con ácido? ¿y el compás que tanto nos hizo bailar? ¿y la lluvia que cundía entre sus dedos?

las manos, según dices, no son sinceras. pero si ellas portan la voz, ¿quién eres tú? ¿y por qué te contesto?

no soy más que otra mano, la de otro sujeto, la del que está ahí enfrente.


(epílogo)

materializar el brillo, superponer saliva como si fuera sudor, acatar lo inacratable, desenfocar el viso entre visillos de inacción.

los marcos ya ni delimitan puertas, imágenes o lienzos.

esculturas de papel de seda, tinta china en hemogranizados con miel y limón.

la lluvia y la bestia comparten piso y litera, bandeja y lavandería.

astucia la del sustrato en su vertiente más natural.

vestida de calamidad, la fiebre, afluente de la viga, desemboca en ojos parcheados


con plumas de abejaruco.

ataviada de tormento, la gripe, afluente del cemento, desemboca en pasteras aún por remover, a punto de endurecer su incipiente deshidratación.

cubiertos como estamos de pieles febriles y enfermizas, no esperamos más de nosotros, no queremos más de ninguno que el asentimiento sin atisbos, el porque también sin fisuras, la incondicionalidad del extraño, la sumisión a la palabra, ornitóloga en parques zoológicos, especuladora entre corrientes de humo.



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