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Primer intermezzo Intermezzo tropical, Victoria Guerrero y Enrique Bernales / por Erika Ghersi El último día de agosto, en una reunión bastante familiar, se presentó Intermezzo tropical. Una . revista cuya propuesta la incluye dentro de la fuerte y antigua preocupación sobre la identidad latinoamericana. Intermezzo Tropical es una nueva revista de literatura y música ~

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dirigida por Victoria Guerrero y EnriqJt~ernales; su primer número está dedicado al poeta puneño Carlos Oquendo de Amat. El homenaje que se hace en este primer Intermezzo al gran poeta vanguardista coincide con el nombre de la revista en dos sentidos. Primero, desde un espacio temporal: el «intermezzo»; tanto sus directores como sus colaboradores discuten las nuevas formas artísticas y los aparatos críticos de análisis literario que nos ofrece esta modernidad que va a velocidad cero. Segundo, desde un espacio ideológico: lo «tropica¡" -como sus directores señalan- es una burla al estereotipo latinoamericano trazado por los intelectuales del 'primer mundo'. Por una cuestión de identidad, Guerrero y Bernales contraponen estas dos ideas de espacio para el raciocinio: intermezzo, con el concepto de exótico y 'huachafo'; tropical, para explorar las propuestas artísticas del estereotipo intelectual latinoamericano y de sus ventajas y desventajas como sujetos periféricos. En este sentido, Intermezzo Tropical forma parte de una antigua, pero latente discusión sobre identidad latinoamericana y peruana. Me refiero a aquel proyecto que en el Perú se inició desde finales del siglo XIX con las reuniones del «Círculo literario», las publicaciones de Clorinda Matto de Turner y Mercedes Cabello de Carbonera y que continuó con los proyectos de identidad de la asociación «Pro-indígena del Tawantinsuyo» de Dora Mayer y Pedro Zulén; del grupo indigenista de la «Peña Pancho Fierro» de las hermanas Bustamante y José María Arguedas; de los grupos literarios puneños «Bohemia Andina» y «Orkopata» y su revista Boletín Titikaka dirigida por los hermanos Peralta; del trabajo intelectual en la revista Amauta de José Carlos Mariátegui que, con algunos 'intermezzos', ha llegado a nuestros días con revistas como Hueso húmero de Mirko Lauer y Abelardo Oquendo o Márgenes de Gustavo Buntinx, Peter Elmore y otros. Esperamos que Intermezzo tropical sea propicia para la aparición de otras publicaciones literarias que continúen este entrecortado diálogo que en Latinoamérica se inició con el poeta nicaragüense Rubén Darío, el intelectual cubano José Martí, los intelectuales peruanos Manuel González Prada y José Carlos Mariátegui, entre otros.

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un tríptico Tríptico, Carlos Villacorta, Chataro editores / por Luis F. Chueca 1. la ciudad. En los 70, muchos poetas apostaron por presentar en los poemas situaciones cotidianas, escenarios reconocibles, calles, personajes, y un sinnúmero de otras claves que lograban que termináramos la lectura de un poemario con la sensación de quién ha recorrido in extenso su hábitat; de quien descubre, una vez más, las fotos de su cotidiana geografía. A contrapelo, Triptico, de Carlos Villacorta, opta más bien por entregarnos fragmentos, retazos, restos de eso que era la ciudad. «Harapos» como reza el epígrafe de Michaux. No hay imagen de conjunto posible en este espacio recorrido. No hay cómo asir una experiencia de totalidad en la urbe. Yes que la triunfante presencia de la muerte ha dejado este espacio vacío de sentidos e incluso de representaciones.

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2. la mujer y los cuerpos. El amor y la mujer son casi declarados núcleos de la segunda sección, reveladoramente sellada bajo el término de «naufragio». Leemos del poema «Segundo Tríptico»: «Me despierta / solo tu canto, como un abandonado bosque /que retoza en mi espalda», que quizás anuncia que es posible un naufragio que no suponga muerte y destrucción; que quizás una ciudad, por más que estremecida por los golpes, pueda volver a asemejarse alguna vez a un cuerpo esplendente de mujer. 3. el poeta. ¿Dónde está la imagen del poeta?, podríamos preguntar. ¿Cuál es ese autorretrato que se buscaba lograr en el conjunto? Aunque caben más respuestas, me interesa proponer que el poeta sabe que escribir no es delatarse abiertamente, exhibir su cuerpo y su rostro, sino -como artífíce, como dedicado explorador de la palabra, como constructor de sentidos- deja sus huellas sutilmente, como para que no se las pueda percibir sino a través de sus ju~gos intertextuales, de los personajes que traza, de las imágenes que nos ofrece de este mundo fragmentado, pero lleno de vasos comunicantes.

Muerte noise Cuatromuerte, Carlos Chang Cheng, Ed. Colmillo Blanco por Elisa Fuenzalida

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Cuatro muerte es, sin duda, una de las más gratas sorpresas del año, en cuanto a letras locales se refiere. Libro, como todos los buenos, difícil de clasificar, esta vez debido a una osada manipulación de ideas y sensaciones que van concatenándose de manera aparentemente arbitraria. Esta suerte de experimento se ve reflejada en un manejo similar de los principios sintácticos, creando un clima entre caótico y mítico, donde un patológico apego a la infancia y el omnipresente tedio de la primera adultez gobiernan la imaginación de voces que nacen y se disuelven en medio de un torrente que abarca las cuatro etapas a las que alude el título. Pero por supuesto este tOl:rente de arbitrario tiene poco; aunque el autor haya sido suficientemente hábil para disimularlo, este libro presenta todas las señas de haber sido un libro largamente pensado y trabajado. Como en una buena pieza de música, la disonancia siempre conduce a algún punto de orden. En Cuatromuerte se construye, como una rara torre, un contrapunto feroz pero que, no se sabe cómo, eleva.

Pleodrina Pleodrina,

Tres fragmentos

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Corza frágil

Oliver Glave, Ed.

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por Roberto Zariquiey «Hubo un tiempo -creo-en el que emergíamos o por lo menos, retornábamos». Con estas palabras se inicia el poema V del libro Pleodrina de Oliver Glave y con estas palabras también nos acercamos a la intensa sensación que recorre cada una de sus páginas; a esa suerte de duda nostálgica con la que miramos (nosotros y el poeta) los hechos del pasado; o a la dificultad que representa animarse a hablar de lo de ayer, que se estructura siempre en esas narrativas personales y subjetivas que los seres humanos hemos aprendido a construir sobre nosotros mismos. Somos, pues, seres lastimosamente condenados a poseer una historia y -lo que quizás sea más duro- destinados también a hablar de ella o a comunicarla «<y los cuentos que contemos del pasado deben ser verdaderos», como versa el epígrafe que encabeza el libro). Así, Oliver ha dividido en tres partes su propia Pleodrina (o su propia historia) y para comunicárnosla apela a una desenfadada sinceridad que crea una contradicción profundamente poética si es contrastada con el epígrafe anterior: «mis ojos ven solo lo que quiero ver», nos dice el autor en el primer verso de su primer


Pleodrina (Odumodneurtse!)