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Las vo es de los oetas OLGA CRESPO LAURA RAMON

Poema

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Después del amor, la tierra. Después de la tierra, todo. —fría, invencible, eterna— eso, lo que te guarda, Cuando, una paloma sube a tu cintura, El diamante de una estrella Escapa del universo Central sin querer, la rosa, si nosotros viviéramos lo que la rosa, con su intensidad, el profundo perfume de los cuerpos sería mucho más. Que el mar tiene sed y tiene sed de ser agua la tierra. Sobre mi corazón llueven frías corolas. Y la ternura, leve como el agua y la harina. La rosa no buscaba la aurora: Casi eterna en su ramo buscaba otra cosa. Cuando sale la luna, el mar cubre la tierra y el corazón se siente como un grano de arena. Voy camino de la tarde Entre flores de la huerta, Pequeña rosa, rosa pequeña, a veces,diminuta y desnuda, parece que en una mano mía cabes

con esa sonrisa abierta, tan alegre, tan de flores, que la noche y yo sentimos que no puede ser de aquí.

Sin voz, Desnuda Sin armas. Ni las dulces sonrisas, ni las llamas


rápidas de la ira. Sin armas. Ni las aguas de la bondad sin fondo, ni la perfidia, corvo pico. Nada. Sin armas. Sola. Ceñida en tu silencio. «Sí» y «no», «mañana» y «cuando», quiebran agudas puntas de inútiles saetas en tu silencio liso sin derrota ni gloria. ¡Cuidado!, que te mata —fría, invencible, eterna— eso, lo que te guarda, eso, lo que te salva, el filo del silencio que tú aguzas.

Pedro Salinas, “Sin voz, Desnuda”, Seguro Azar (1929)

Perfección


Queda curvo el firmamento, Compacto azul, sobre el día. Es el redondeamiento Del esplendor: mediodía. Todo es cúpula. Reposa, Central sin querer, la rosa, A un sol en cénit sujeta. Y tanto se da el presente Que al pie caminante siente La integridad del planeta.

Jorge guillén, Perfección, Cántico (1928-1950)

DESPUÉS DEL AMOR No pudimos ser. La tierra no pudo tanto. No somos


cuanto se propuso el sol en un anhelo remoto. Un pie se acerca a lo claro. En lo oscuro insiste el otro. Porque el amor no es perpetuo en nadie, ni en mí tampoco. El odio aguarda su instante dentro del carbón más hondo. Rojo es el odio y nutrido. […] […] Amor: aleja mi ser de sus primeros escombros, y edificándome, dicta una verdad como un soplo. Después del amor, la tierra. Después de la tierra, todo.

Después del amor, Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias (19381941)

POR TU PIE, LA BLANCURA MÁS BAILABLE, Por tu pie, la blancura más bailable, donde cesa en diez partes tu hermosura,


una paloma sube a tu cintura, baja a la tierra un nardo interminable . Con tu pie vas poniendo lo admirable del nácar en ridícula estrechura, y adonde va tu pie va la blancura, perro sembrado de jazmín calzable. A tu pie, tan espuma como playa, arena y mar, me arrimo y desarrimo y al redil de su planta entrar procuro. Entro y dejo que el alma se me vaya por la voz amorosa del racimo: pisa mi corazón que ya es maduro.

Miguel Hernández, Por tu pie, la blancura más bailable, El rayo que no cesa (1934-1935)

SI NOSOTROS VIVIÉRAMOS


Si nosotros viviéramos lo que la rosa, con su intensidad, el profundo perfume de los cuerpos sería mucho más. ¡Ay, breve vida intensa de un día de rosales secular, pasaste por la casa igual, igual, igual, que un meteoro herido, perfumado de hermosura y verdad. La huella que has dejado es un abismo con ruinas de rosal donde un perfume que no cesa hace que vayan nuestros cuerpos más allá.

Si nosotros viviéramos, Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias (19381941)


GUERRA Todas las madres del mundo, ocultan el vientre, tiemblan, y quisieran retirarse, a virginidades ciegas, el origen solitario y el pasado sin herencia. Pálida, sobrecogida la fecundidad se queda. El mar tiene sed y tiene sed de ser agua la tierra. Alarga la llama el odio y el amor cierra las puertas. Voces como lanzas vibran, voces como bayonetas. Bocas como puños vienen, puños como cascos llegan. Pechos como muros roncos, piernas como patas recias. El corazón se revuelve, se atorbellina, revienta. Arroja contra los ojos súbitas espumas negras. […]

Miguel Hernández, GUERRA, Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941)


LA CANCIÓN DESESPERADA

Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy. El río anuda al mar su lamento obstinado. Abandonado como los muelles en el alba. Es la hora de partir, oh abandonado! Sobre mi corazón llueven frías corolas. Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos! […] […] Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo en que nos anudamos y nos desesperamos. Y la ternura, leve como el agua y la harina. Y la palabra apenas comenzada en los labios. Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo, y en él cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio! […]

La canción desesperada, Pablo Neruda, Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924)


La luna asoma Cuando sale la luna se pierden las campanas y aparecen las sendas impenetrables. Cuando sale la luna, el mar cubre la tierra y el coraz贸n se siente isla en el infinito. Nadie come naranjas bajo la luna llena. Es preciso comer fruta verde y helada. Cuando sale la luna de cien rostros iguales, la moneda de plata solloza en el bolsillo.

Federico Garc铆a Lorca, La luna asoma, Canciones (1921-1924)


CASIDAS VII CASIDA DE LA ROSA

La rosa no buscaba la aurora: Casi eterna en su ramo buscaba otra cosa. La rosa no buscaba ni ciencia ni sombra: Confín de carne y sueño buscaba otra cosa. La rosa no buscaba la rosa: Inmóvil por el cielo ¡buscaba otra cosa!

Federico García Lorca, CASIDA DE LA ROSA, Diván del Tamarit (1931-1934)


EL DIAMANTE El diamante de una estrella Ha rayado el hondo cielo, Pájaro de luz que quiere Escapar del universo Y huye del enorme nido Donde estaba prisionero Sin saber que lleva atada Una cadena en el cuello. Cazadores extrahumanos Están cazando luceros, Cisnes de plata maciza En el agua del silencio. Los chopos niños recitan La cartilla. Es el maestro Un chopo antiguo que mueve Tranquilo sus brazos viejos. Ahora en el monte lejano jugarán todos los muertos a la baraja. ¡Es tan triste la vida en el cementerio! ¡Rana, empieza tu cantar! ¡Grillo, sal de tu agujero! Haced un bosque sonoro Con vuestras flautas. Yo vuelo Hacia mi casa intranquilo. Se agitan en mi recuerdo Dos palomas campesinas Y en el horizonte, lejos, Se hunde el arcaduz del día. ¡Terrible noria del tiempo!

Federico García Lorca, El diamante, Libro de Poemas, Granada, noviembre de 1920


FEDERICO GARCIA LORCA, CANCIÓN PRIMAVERAL. I Salen los niños alegres De la escuela, Poniendo en el aire tibio Del abril, canciones tiernas. ¡Que alegría tiene el hondo Silencio de la calleja! Un silencio hecho pedazos por risas de plata nueva. II Voy camino de la tarde Entre flores de la huerta, Dejando sobre el camino El agua de mi tristeza. En el monte solitario Un cementerio de aldea Parece un campo sembrado Con granos de calaveras. Y han florecido cipreses Como gigantes cabezas Que con órbitas vacías Y verdosas cabelleras Pensativos y dolientes El horizonte contemplan.

¡Abril divino, que vienes Cargado de sol y esencias Llena con nidos de oro Las floridas calaveras!

Federico García Lorca, Canción Primaveral, Libro de Poemas (1918-1920)


PABLO NERUDA, EN TI LA TIERRA PEQUEÑA rosa, rosa pequeña, a veces, diminuta y desnuda, parece que en una mano mía cabes, que así voy a cerrarte y a llevarte a mi boca, pero de pronto mis pies tocan tus pies y mi boca tus labios, has crecido, suben tus hombros como dos colinas, tus pechos se pasean por mi pecho, mi brazo alcanza apenas a rodear la delgada línea de luna nueva que tiene tu cintura: en el amor como agua de mar te has desatado: mido apenas los ojos más extensos del cielo y me inclino a tu boca para besar la tierra.

Pablo Neruda, En ti la tierra, Los versos del capitán (1952


Pedro Salinas, Luz de la noche

Estoy pensando, es de noche, en el día que hará allí donde esta noche es de día. En las sombrillas alegres, abiertas todas las flores, contra ese sol, que es la luna tenue que me alumbra a mí. Aunque todo está tan quieto, tan en silencio en lo oscuro, aquí alrededor, veo a las gentes veloces —prisa, trajes claros, risa— consumiendo sin parar, a pleno goce, esa luz de ellos, la que va a ser mía en cuanto alguien diga allí «ya es de noche». La noche donde yo estoy ahora, donde tú estás junto a mí tan dormida y tan sin sol en esa noche y luna del dormir, que pienso en el otro lado de tu sueño, donde hay luz que yo no veo. Donde es de día y paseas —te sonríes al dormir— con esa sonrisa abierta, tan alegre, tan de flores, que la noche y yo sentimos que no puede ser de aquí.

Pedro Salinas, Luz de la noche, Fábula y signo (1931)

Las voces de los poetas del s xx3  
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