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Inescrutables itinerarios del odio [texto • Olga Bernad] [ilustración • Lía Vega]

Mi suegra y yo soñamos lo mismo aquella noche. Diferentes momentos de un episodio compartido que tuvo lugar en un raro registro del tiempo. Yo soñé que mi odio crecía en mi vientre como un embarazo y, cuando pensé que todo –mi vientre, el odio, el vaso de agua de la mesilla– iba a explotar, entonces, justo entonces, la rabia y el sufrimiento, la bola de acero en el estómago, invadieron de golpe mi pecho. Por mi boca abierta de dolor y pánico comenzó a salir, ahogándome y liberándome, una masa de materias fantasmales. El espectro que de manera tan extraña había dado a luz cobró forma frente a mí, se fue moldeando como metal caliente y milagroso, suspendido en el aire como si no pesase, se convirtió en un ser repugnante y escapó por la ventana abierta hacia la noche. Aún le vi sonreír, enano deforme y odioso, monstruo profundo, guerra interior, terrible deshecho del que ya estaba limpia. Dentro del sueño me dormí por fin, como un niño inocente o un enfermo al que el dolor ha liberado. Me dormí cansada y feliz. Aquella misma noche, ella había sentido sobre su pecho un peso enorme. Lo contó ya en el hospital, después del ingreso, cuando despertó turbiamente de la pesadilla, el peligro y los sedativos. Contó que abrió los ojos para respirar mejor y supo que seguía soñando cuando vio sentado sobre su corazón a un desalmado duende de metal que sonreía. Él quiso estrangularla y ella se desmayó. No recordaba la realidad pero recordaba perfectamente el sueño. La realidad estaba hecha de gritos de su marido, crisis cardiorrespiratoria, ambulancia, amago de infarto. Miedo. Ahora no quiere dormir sola porque sabe que el duende está en el mundo. El psiquiatra le dice que no es cierto, que el monstruo no es

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real sino una respuesta equivocada de su cuerpo enfermo, que ella está mejorando y por eso el duende se ha ido ya. Ella no espera que el psiquiatra la entienda, no es tonta. Simplemente, no le hace caso, le deja hablar y le oye como el que oye llover. Pero sé que cuando sus ojos miran lejos, enfocan una especie de horizonte tenebroso. Sólo quiere que no la dejen sola mientras duerme. Mi tarea en el hospital ha consistido básicamente en animar al cura, un hombre amable y bueno que se acercó el primer día por si la enferma necesitaba consuelo y fue despedido a cajas destempladas. Me lo encontré después en la cafetería, desubicado como yo, y pronto me rendí a la evidencia (tantas veces experimentada) de que las preocupaciones del cura se me habían colado por lo que yo llamo “la grieta de la comprensión”, esa que tengo en el muro desde que nací y por la que encuentran camino hacia mi vida y mi tiempo los seres más estrafalarios y solitarios que pululan por la faz de la tierra. Es como si supiesen dónde está desde que me ven. Y, cuando la encuentran, yo también los reconozco. Me pasa con mendigos y ancianos, con las señoras que esperan en la parada del autobús, con enfermos terminales, con presuntos triunfadores asqueados de la vida y con algunos poetas (preferiblemente muertos, los poetas vivos suelen ser insoportables). Nunca me había pasado con un cura. Pensé que, a veces, ni Dios es suficiente. Pero también pensé que en el fondo un cura es un ser bastante estrafalario, un hombre solo que puede perderse fácilmente en medio de esta sociedad, un reino que sí es de este mundo. Le confesé que yo siempre quise ser cura párroco, sólo me faltó nacer hombre y tener fe. Le hizo gracia. No me entendió, pero siguieron las confesiones.

la grieta. No me escuchó. Me dijo que estaba harto de sí mismo y de su poca capacidad para ofrecer lo que tenía. “No sé que haría sin Dios”. Deseé fuertemente que Dios existiese, por él, por mi suegra, por mi odio, por mí, por el duende de metal que se había escapado por la ventana. Por tanto muro inútil. Al final le confesé mi sueño porque yo también quería ser comprendida. Le conté, muerta de vergüenza, mi convencimiento de que fue mi odio el que había querido ahogarla. Él pareció despertar de sus soledades y me miró entonces con infinita pena, me dijo que no siempre es posible querer al prójimo –sobre todo si es tan concreto como una suegra– igual que no siempre es posible tener fe, pero que yo era una buena persona y Dios estaba por encima de todas nuestras carencias. Yo quise creerle, la fuerza que me atormentaba deseaba volverse dulce y los ojos azules de aquel hombre me hicieron pensar en el mar de los veranos. Sin embargo, desde aquel día no ha vuelto al bar y yo he dejado de buscarle por los pasillos. Seis días ha dormido mi suegra acompañada. Se niega a quedarse sola. Su marido, su hermana, su hija, su hijo, una tía del pueblo y una vecina. Y ahora yo. Hoy me quedo yo, que la comprendo y la creo. Y tengo mucho miedo, más que ella, mucho más que los demás.

Durante los días siguientes, el cura fue desgranando sus soledades a un ritmo que yo conocía bien, acelerado y directamente proporcional a la comprensión que encontraba, sin que yo pudiera evitarlo, en mi mirada oscura. Me confesó que estaba harto de los enfermos descreídos, de la mala educación de los familiares, de las enfermeras que siempre consideraban su presencia una molestia, de los médicos que le ignoraban, del obispo, de su cuñada; de que todos, pobres y perdidos como estaban, despreciasen un consuelo que podría iluminar su vida. Le dije que eran muros a los que ni Dios les encontraría

Hace rato que todos se han ido y mi suegra duerme confiada. Yo uno los dos sillones destinados a las visitas para hacer algo parecido a tumbarme, apago la luz, me dispongo a vigilar la ventana. No veo abrirse la puerta, pero vislumbro una figura negra avanzando hacia mí. Enciendo deprisa la luz y el cura me sonríe. “Vengo a pasar la noche contigo”, me dice rápidamente, como para no darme tiempo a rechazarlo. “No entiendo cómo te han dejado quedarte aquí en tu estado; una embarazada, aunque esté al principio del embarazo, necesita muchos más cuidados que una vieja asustada. He leído que las hormonas femeninas pueden ser peores que un mal sueño”. Saca de su maletín un par de zumos, pequeños bocadillos de jamón, caramelos de anís y la estampa de una virgen muy guapa. No sé por qué no puedo parar de llorar.

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Relato: Inescrutables itinerarios del odio. Olga Bernad)