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LA ESTRELLA DE ÁFRICA JAVIER MANSO

Ojos Verdes Ediciones


Título: La estrella de África. Autor: Javier Manso. Registrados los derechos de autor. Diseño de portada: Ojos Verdes Ediciones © Ojos Verdes Ediciones www.ojosverdesediciones.com Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de los autores y de Ojos Verdes Ediciones, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. (www.conlicencia.com; 91 702 19 70/93 272 04 45) ISBN: 978-84-16524-66-2 Depósito legal: A 118-2018 Marzo de 2018 Editado por Ojos Verdes Ediciones Impreso en España


LA ESTRELLA DE ÁFRICA


«… al parecer, ninguno de los dos sabe con exactitud qué es el pájaro, y diría que nadie en todo este ancho mundo lo sabe, con la única excepción de este su humilde servidor…» Dashiell Hammett (El halcón maltés)

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Javier Manso —¿Jefe…? —¿Sí? —Lo tengo. —¿Seguro? —Pues claro, ¡no te jode! —¡Excelente! ¡Lo sabía!... ¡Bien, coño! ¿Salió todo según lo previsto? —Bueno, más o menos. —¿Ha sido sencillo, entonces? —No, eso tampoco, ¡no te jode!, pero la verdad es que pensaba que me iba a encontrar más problemas. —Era un buen plan… —Sí, eso sí, estaba bien pensado. —Te dije que si seguías mis instrucciones al pie de la letra tenía que funcionar. —Sí, bueno... Lo tengo, y eso era lo importante. —¿Dónde estás? —Prefiero no decírselo por teléfono. —Entiendo. Ya sabes que ahora vas a tener que estar escondido unos cuantos días. —Lo sé. Lo malo… —¿Qué? —Lo difícil va a ser sacarlo del país. —¿Tú crees? —Claro, ¡no te jode! Desde hoy, la poli de aquí te va a mirar hasta los gayumbos si quieres salir del país en cualquier medio de transporte. —Es posible. Bueno, estate tranquilo. Algo se nos ocurrirá. —No va a ser nada fácil. Se va a montar una buena. —Ten fe. Voy a darle una vuelta y ya verás cómo pienso en algo. Igual que cuando diseñé el plan para sacarlo de la torre. 7


La estrella de África —No dé tantos datos, jefe. Puede haber alguien escuchando. —Vale. —Piense algo. Yo le llamaré en una semana y me dice. —Está bien. Llámame. Y enhorabuena, cabrón. —OK, adiós. —Adiós.

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Javier Manso

… Efectivamente, Gerardo, el partido acaba de finalizar y las noticias no pueden ser mejores. En una jornada gloriosa para nuestro deporte, este domingo día 10 de julio un tenista mexicano ha conseguido por primera vez en la historia proclamarse campeón individual del torneo londinense de Wimbledon, con un resultado en la final de 6-3, 7-5, 6-7, 6-7 y 10-8. En efecto, Mario Cangrejo ha triunfado por primera vez en Londres esgrimiendo una demoledora derecha y un servicio muy incómodo de restar. Después de una final larguísima y épica, el campeón mexicano ha logrado doblegar en cinco sets interminables a un espléndido Jean Baptiste Revel, muy luchador y pleno de facultades. Ha sido nada menos que en el 17º juego de la sexta manga, y jugando casi sin luz, cuando Mario ha roto definitivamente el muro francés con un saque demoledor, cinco horas y 36 minutos después del inicio. Finalmente, nuestro campeón se acaba de coronar en Londres como merecido vencedor. Hay un nuevo rey de la hierba: es mexicano y su nombre es Mario Cangrejo. Servando Canillas informando para Radio Centro Deportes, Ciudad de México…

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Javier Manso

1 Perder el tiempo. Decía Benjamin Franklin que el tiempo es el más precioso de los bienes, y su pérdida, la mayor de las prodigalidades. Samuel Escobar debería haber tenido en cuenta esta frase aquella tórrida tarde de mediados de agosto. Sin embargo, apoltronado en su cómodo sillón de director, el representante de jugadores cavilaba somnoliento sobre la mejor manera de hacerse con algún nuevo pupilo en aquellas fechas tan complicadas, en las que todo Madrid se encontraba cerrado por vacaciones. El sol entraba con fuerza por la ventana de su despacho y silueteaba su imagen a contraluz. Si Franklin hubiese podido observar la apacible escena, habría deducido que sin ninguna duda aquel tipo corpulento llevaba toda la tarde perdiendo el tiempo de la forma más estúpida… —¡Samu, hay un tipo que quiere hablar contigo! Dice que se llama Rafael Corbacho. —¡Joder, Angie!, ¿cuántas veces te he dicho que no entres así bruscamente al despacho?, ¡coño, tampoco es tan difícil llamar primero a la puerta! La secretaria hizo un mohín, se llevó el índice de la mano derecha a los labios y bajó el tono de voz. —¡Sshhh!, está ahí mismo esperando —susurró—. Es marica. 11


La estrella de África No había forma de hacer carrera de esa chica. Siempre actuaba como si estuviera en su propia casa. Se tomaba demasiadas confianzas. Pero era un encanto. Guapa, lista como un gato y organizada. La verdad es que no sabría qué hacer sin ella. En esos momentos recordó que algún día tendría que subirle el sueldo. En cuanto llegara una buena racha. Ya se lo había dicho más de una vez: —Cuando las cosas vayan mejor, Angie… Sin embargo, lo cierto es que “las cosas” en general no iban nada bien en aquellos momentos. Se quedó mirando a su secretaria como para darle una instrucción, pero en realidad estaba pensando en que hacía ya seis largos años que había abierto la oficina de representación, y hasta entonces no había conseguido captar a ningún jugador serio, de los que de verdad dan para vivir bien de ellos, de los que llegan algún día a ocupar uno de los primeros puestos del ranking. —Bueno, ¿qué hago, Samuel?, ¿le digo que pase o vas a estar ahí todo el día con la cara de bobo? Como era habitual, Angie le había sacado de sus ensoñaciones y le trasladaba bruscamente al medio de la vida real. La miró con ternura. —Bruja, dile que estoy muy ocupado, pero que si espera unos minutos haré un esfuerzo por atenderle —mintió. Angie le guiñó un ojo y levantó su pulgar hacia arriba. Acababa de cumplir los veintiséis. No era un bellezón, pero sí tenía un buen cuerpo y una cara simpática con la que siempre estaba haciendo gestos graciosos. En sus mejillas habitaba una legión de pecas. Su pelo era rojo, largo y ondulado. A veces, le recordaba una pin-up de esas que aparecían en los calendarios norteamericanos de los años 50. Esa tarde vestía un vaquero pirata y una blusa blanca. Estaba muy guapa.

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Javier Manso Escobar dejó pasar unos minutos, que a él mismo se le hicieron interminables. Para hacer tiempo, se puso a consultar el móvil. Tenía una llamada y tres mensajes pendientes, todos de Silvia. Pensó en llamarla, o al menos escribirle un mensaje breve, pero le dio una enorme pereza y prefirió gastar un poco más de tiempo en leer las últimas noticias en elmundo.com. Cuando le pareció que la visita ya había esperado lo suficiente, pulsó el botón de comunicación interna con su secretaria: —Angie, por favor, hazle pasar. En solo unos segundos se abrió la puerta del despacho, tras dos breves golpes de nudillos sobre la madera. —¿El señor Escobar? —preguntó el recién llegado. —Soy yo, por favor, pase y siéntese —dijo Escobar, mientras le señalaba la silla de confidente que estaba colocada frente a él. Era un tipo alto y joven, indudablemente atractivo, bien vestido y acicalado. Llevaba un vaquero color teja muy ceñido que marcaba su culo de gimnasio, un polo beige de Dolce & Gabbana y unos mocasines azules, también de firma. A primera vista se notaba que era gay, de esos que se cuidan bien, que hacen deporte a diario y van a la peluquería cada semana, que gastan ropa cara y parecen empeñarse en mostrar a todo el mundo su condición sexual cada minuto del día. Su pelo estaba perfectamente cortado con un degradado a la moda. Tenía cara de listillo y el gesto serio, aunque en el fondo se le adivinaba un poso de inseguridad. Samuel esperó a que el guaperas se acomodara y le preguntó mirándole a los ojos: —Pues, ¿usted dirá…? La verdad es que tan solo dispongo de unos minutos.

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La estrella de África El muchacho bajó la mirada y empezó a hablar: —No es mi intención robarle mucho tiempo, señor Escobar, pero creo que el asunto del que vengo a hablarle le puede interesar bastante. —Volvió a alzar la vista y valoró la repercusión que estas palabras habían causado en el rostro de su interlocutor. De manera inconsciente, Escobar frunció el ceño demostrando que agudizaba su atención, pero no dijo nada. —Mi nombre es Rafael Corbacho. Sé que este nombre no le va a decir nada, pero seguramente conozca bien el nombre de mi novio: Mario Cangrejo —dijo, pronunciando estas dos palabras muy lentamente, casi paladeándolas. Ahora sí que había producido verdadero estupor en el representante, que puso una mueca de incredulidad. —¿Me está diciendo que es usted el… la pareja de Mario Cangrejo, el flamante campeón de Wimbledon? —le preguntó haciendo brillar sus ojos. —Así es —respondió Corbacho. —Supongo que podrá usted demostrarlo, ¿verdad? —No sé por qué, pero me suponía que no me iba usted a creer —dijo mientras tiraba encima de la mesa con cierta insolencia una reciente revista del corazón, abierta justamente por donde empezaba un reportaje de esos típicos en los que un famoso “nos enseña su vivienda”. Por supuesto, la publicación trataba de mostrar el casoplón que el afamado tenista poseía en La Finca de Pozuelo, la urbanización residencial más cara de Madrid. En casi todas las imágenes, Cangrejo aparecía abrazado o acompañado del tipo que tenía delante en esos momentos, “su actual pareja”, según rezaban los pies de foto. —Bonitas cortinas —bromeó Escobar—. Muy bien, demostrado. Ahora me gustaría que usted me empezara a

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Javier Manso contar para qué coño ha venido a mi despacho el novio del mejor tenista mexicano de la historia. Despacito, para que pueda entenderlo, por favor... —Está bien —titubeó Corbacho, a quien había sorprendido la reacción de su interlocutor—. En realidad fue idea mía. Aquel tipo estaba empezando a ponerle nervioso. No había sonreído ni un solo momento desde que entrase en el despacho, lo que le incomodaba de forma que no era capaz de disimular. —Continúe, por favor —le dijo. —Bien… ¿Sabe usted que Mario nunca ha tenido un representante digamos “formal”, verdad? —preguntó Rafael. —Pues no, no lo sabía. —Ya. Es raro, ¿sabe?, como usted bien conocerá, los tenistas profesionales suelen tener siempre un representante que los guía, les buscan los torneos más idóneos para ir afianzando su carrera y… —¿Me va usted ahora a explicar cómo es mi profesión? —le cortó Escobar bruscamente. —Es cierto, disculpe —continuó Corbacho—. El caso es que Mario nunca lo ha querido tener. Él tiene una personalidad muy especial, ¿sabe? Es, ¿cómo decirlo?, muy desconfiado. —Se notaba que le costaba encontrar las palabras adecuadas y que la conversación cogiera un mayor ritmo. —A ver, señor Corbacho, voy a intentar ayudarle para que me cuente de una puñetera vez lo que pasa —volvió a interrumpirle el representante—. Usted viene a decirme que trae la intención de contratarme como representante de Mario Cangrejo, ¿es eso? —Correcto —dijo Corbacho mientras sonreía por primera vez—. Hemos pensado en contratarle.

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La estrella de África Escobar se levantó de su silla, caminó unos pasos hasta la ventana y estuvo un buen rato mirando distraídamente al exterior. De repente, se volvió hacia el joven y le preguntó a bocajarro con la vista un poco nublada: —Señor Corbacho, ¿ha venido usted desde su mansión de La Finca hasta este barrio de mierda solo para tomarme el pelo? —Le aseguro que no —respondió este volviendo a mostrarse muy serio, mientras sostenía firmemente la mirada de su interlocutor. —Pues, si quiere que le crea, tendrá que darme un montón de explicaciones, porque, como usted comprenderá, se me hace difícil dar por bueno que, de entre todos los posibles representantes más afamados ubicados en España, en México, en los Estados Unidos o en cualquier país del mundo, han elegido ustedes a mi humilde persona, escondido en este más que humilde despacho de una humilde calle del barrio de Pacífico en Madrid para representar a un grandísimo campeón que podría elegir a quien quisiera. ¿No le parece…? —le dijo, casi a gritos, marcando mucho cada palabra y haciendo aspavientos con los brazos. —Si ahora tiene usted más tiempo del que me decía al principio, yo se lo puedo explicar —ironizó Rafa mientras esbozaba una mueca, sin dejarse intimidar por las voces de Escobar. Su cabeza permanecía extrañamente serena, pero en su interior se empezaba a encender, casi contra su voluntad, una luz creciente que iluminaba un hecho insólito en su vida: le estaba llegando un maldito golpe de suerte. Aquella inesperada visita podía suponer la mayor oportunidad en toda su carrera profesional. Sin embargo, la experiencia le pedía prudencia. Si de verdad había algo grande detrás de aquella

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Javier Manso extraña conversación, debería jugar sus cartas con inteligencia para llegar hasta el final en las mejores condiciones de aprovechar la ocasión. Tranquilidad… A primera vista, parecía simplemente increíble que de repente al gran campeón mexicano Mario Cangrejo se le hubiera ocurrido sin motivo aparente llamar a su puerta y solicitar sus servicios como representante. Pero, por otra parte, no lograba imaginar el motivo por el que aquel tipo tan cercano a Cangrejo iba a desplazarse hasta su despacho solo con la intención de jugar con su tiempo. ¿Para qué? Tenía que haber algo más que sin duda no sabía, algo más… Pero… ¿qué era? Miró fijamente a su interlocutor. Parecía un tipo listillo y escurridizo, pero no alguien verdaderamente inteligente. Además, se le notaba a la legua la devoción hacia su amo, por lo que era imposible que el autor intelectual de aquel encuentro fuera él mismo. Lo que fuera a contarle en aquellos momentos provenía sin duda de las órdenes recibidas de su dueño y señor, el flamante campeón de Wimbledon. Mientras el agente cavilaba, Corbacho había aprovechado la pausa para observar la estancia con más detenimiento. El despacho de Escobar era pequeño y modesto. Solo tenía una mesa de escritorio mediana y barata en color cerezo, de las que se puede comprar en Ikea a buen precio, un sillón de director negro bastante cómodo y un par de sillas de confidente a juego. Además, había una estantería del mismo color que el escritorio que ocupaba casi toda una pared, y un archivador metálico de buen tamaño que se comía todo un rincón de la habitación. En la estantería, bastantes libros de fotografía y de deporte, unas cuantas fotos en las que Samuel posaba orgulloso junto a tenistas más o menos famosos, y algún objeto de adorno de lo más variopinto, recuerdos de

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La estrella de África viajes en su mayor parte. Las paredes eran blancas, aunque sin duda les vendría muy bien una nueva mano de pintura. El suelo era de tarima sencilla, sin alfombras ni moqueta, y por la ventana de gran tamaño situada detrás de Escobar se colaba una buena cantidad de luz natural a través de una cortina veneciana negra a medio abrir. En la estancia no había aire acondicionado, por lo que la temperatura era más que elevada. Ambos contertulios sudaban, y manchaban algunas partes de su ropa con cercos oscuros que lo evidenciaban, aunque a ninguno de ellos parecía importarle. El despacho tenía además dos puertas, la de entrada y otra en un lateral que Corbacho pensó daría a un cuarto de baño. En realidad, por ella se pasaba a una modesta sala de reuniones que apenas contenía una mesa y cuatro sillas, y que rara vez era utilizada. —Señor Corbacho, ¿puedo preguntarle una cosa? — rompió la pausa Escobar. —Sí, claro —contestó Rafael, a quien sobresaltó la repentina interrupción de sus observaciones. —Ya que está usted cotilleando todo con tanto detenimiento, ¿sería capaz de encontrar en este despacho alguna foto mía hecha en Disneylandia, donde se me reconozca acompañado de mis hijos y abrazando a un muerto de hambre disfrazado de Mickey Mouse? —No, por lo menos a primera vista. —¿Sabe por qué? —No esperó a que el guaperas respondiese—. ¡Porque no la hay! —Hizo una pausa—. Porque ni tengo hijos, ni he estado nunca en ese lugar, ni creo que lo haga, si Dios quiere, en lo que me queda de vida. No creo en la magia, ni en la fantasía, y mucho menos en los cuentos de hadas, ¿entiende? —Se aproximó mucho a Corbacho—. Quiero decir con esto —continuó—, que me parece que este

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Javier Manso jueguecito no da para más, y que por tanto usted debería empezar ya a decirme de una puta vez lo que ha venido a hacer aquí. Y no se me vaya por las ramas, porque si no va usted a necesitar muy pronto una dentadura nueva… Corbacho le miró entonces con cierto espanto, y comenzó a hablar muy deprisa para intentar calmar a aquella fiera en la que de repente se había convertido el hombre pausado del inicio. —A Mario nunca le han gustado los representantes —balbuceó. —Eso ya lo ha dicho —interrumpió Escobar—. Cuénteme algo nuevo. —Siempre ha sido así —continuó hablando el novio de Mario ignorando la interrupción—, y no le ha ido mal, aunque yo muchas veces le he hecho ver que le hubiera convenido tener una ayuda profesional. —¿Y ahora ha cambiado de opinión? —En cierto modo, sí. —¿Por qué? —Por algo que ha ocurrido. —¿Algo que ha ocurrido? —Sí. Acaba de pasar algo que ha cambiado su forma de ver las cosas. —Siga —dijo Escobar, ahora vivamente interesado. —Mario cree… —titubeó de nuevo Corbacho, y volvió a sonreír, ahora con ironía—, cree que alguien está intentando robarle su trofeo. —¿Qué trofeo? —preguntó Escobar. —¿Cuál va a ser?, el trofeo que acaba de ganar en Wimbledon, claro —respondió el muchacho con aire de superioridad—. Él adora ese trofeo. Lo quiere más que a mí —remató muy amanerado, entre molesto y sumiso.

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La estrella de África  

El tenista mexicano Mario Cangrejo acaba de ganar el torneo de Wimbledon, pero no puede disfrutar de su triunfo por la preocupación que le p...

La estrella de África  

El tenista mexicano Mario Cangrejo acaba de ganar el torneo de Wimbledon, pero no puede disfrutar de su triunfo por la preocupación que le p...

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