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SILENCIO Pablo Pinto Canales


Título: Silencio Autor: Pablo Pinto Canales Imagen de portada y diseño editorial: Javiera Pinto Canales www.pintocanales.com ISBN 978-956-8957-05-6 Impreso por Andros impresores Impreso en Chile Enero, 2013 Todos los derechos reservados por: EDICIONES DE LA LUMBRE LTDA. Latadía 6640, Las Condes, Santiago de Chile www.edicionesdelalumbre.cl Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio, sin permiso previo de la editorial.


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Ese verano decidí mejorar mis ingresos trabajando en el hotel Copacabana. Me parecía lo más justo, considerando que el año anterior había malogrado los estudios quedando con un par de ramos atrasados y le cargaría a mis padres un año más de pago de universidad. No necesitaba el dinero, pero el interés por hacerme responsable de mis gastos quedaría demostrado. Además, eso de pedir plata a cada rato y todos los días me traía medio podrido y, como no tenía cabeza para empezar un negocio propio ni cuerpo para integrar un team como otros pinturitas, no me quedaba otra opción que ensuciarme las manos con un trabajo digno de proletario. El hotel Copacabana fue mas bien una elección azarosa. No tenía nada que lo diferenciara de los otros de su categoría. Ni más ni menos estrellas, ni una recepción más grande y perfumada, ni personal más amable en sus pasillos. El hotel Copacabana fue el primero en responder a mi entrega de currículum y listo. Sin mayor experiencia laboral que lavar los platos en casa y tender la cama, no podía hacerme el difícil, así que acepté de buena gana el ofrecimiento telefónico del señor Fabio Cristalli. Cuando me incorporé ese día de febrero el hotel estaba casi copado. Los visitantes entraban y salían como abejas de una colmena, dejaban maletas y volaban a la playa. Sin ser demasiado ruidoso, demostraba eficiencia en cada gestión realizada. Nuevo huésped, check–in en noventa segundos. Queja en la habitación 202, envío de mucama en cuarenta segundos. A ese sistema me introducía el gerente en una ronda por el lugar. Mi función era recibir las maletas y llevarlas a la habitación correspondiente en setentaicinco segundos. Luego, permanecer en la entrada y repetir el proceso cada vez que correspondiera. Frente a una consulta podía responder, en tanto no me tomara

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más de veinte segundos. Si veía que ese tiempo se extendía, debía redirigir rápidamente al huésped al personal de recepción. Veinte segundos. Y si bien no había nadie que llevase el conteo reloj en mano, la figura de Cristalli era omnipresente. Mientras dedicaba tiempo preciso para inducirme a mi cargo, podía intuir su necesidad de ficharme con un rótulo en su catálogo mental. Detrás de esa persona encantadora de acento portugués, tez morena y ojos verde claro (como los marcianos de Bradbury) había una rotativa de instructivos que trabajaba sin cesar. Con un apretón de manos y habiendo dejado claro sus objetivos, me envió a ceñirme el uniforme. Parecía no haber espacio para preguntas ni errores. Y mientras tomábamos direcciones contrarias, pensaba qué sucedería cuando se estropeara una pieza en su tren de engranaje. Apenas instalado en mi lugar, ya podía sentir la presión de los segundos en mis funciones. Al principio, y como si consiguiera tiempo a favor, corría de un lado para otro con las maletas rebotando a mis espaldas. Cincuentaiocho segundos, ascensor incluido. Por suerte el hotel era más largo que alto, con cuatro pisos de treinta habitaciones cada uno, y hacer uso de las escaleras era perfectamente posible. Claro que después de media jornada a ese ritmo, comprendí exhausto que terminaría consumido en una semana y estaba apenas comenzando. Como era evidente que cualquier retraso en mi cargo implicaría una consecuencia en la recepción, debía cuanto antes conseguir el favor de los recepcionistas. Clarita trabajaba entre siete treinta de la mañana y cuatro de la tarde y era mi favorita. Creo que el señor Cristalli la había elegido con sabia intención administrativa para ese turno: era la más indicada para recibir, con una dulzura infatigable, a los nuevos huéspedes o para despedir con buenos deseos a los que, apesadumbrados o molestos, dejaban el hotel. Luego me enteré de que Clarita tenía un hijo pequeño, discapacitado, y no podía trabajar en otro horario que no fuera ese, de otro modo no podía llevarlo a sus horas de rehabilitación. Qué singular interdependencia alineaba las circunstancias; Clarita necesitaba un trabajo estable y Fabio Cristalli una ninfa en el horario de mayor demanda.

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Con Clarita la cosa fue sencilla. Durante un par de días retrasé mi hora de almuerzo para calzar con su salida de turno y descanso. Busqué sentarme en su mesa argumentando el rechazo de los otros maleteros, que no era tan falso, pues me tachaban de cuico y otros adjetivos en tono de broma, ni tampoco tan cierto, porque nunca me importaron esos comentarios. Pero tenía la certeza de que ese acto abusivo despertaría su instinto de madre protectora, y así fue. Congeniamos estupendamente y muy pronto estaba de mi lado. Suerte que me moví rápido con ella porque, apenas dos días después, llegó una tropa de japoneses con tres maletas por nuca, las que jamás podría haber llevado a tiempo a las habitaciones. Aunque más allá de su buena voluntad, con la que cualquiera podría haber contado, sentía una especial atracción por ella y su sonrisa. Sí, estaba seguro que me coqueteaba. Y yo a ella. Un día lunes, después de un fin de semana medio alcoholizado y solo con algunas neuronas buenas, los maleteros me pillaron volando bajo. De no ser por Clarita, las habría cagado. Me mandaron a room service a la 364, urgente y por orden del mismo señor Cristalli, ¡si hasta una bandeja servida tenían los desgraciados para gastarme la broma! –No serás tan estúpido como para ir allá –me dijo Clarita al vuelo, mientras yo le ponía cara de pregunta–. En la 364 está De Franco. Cada año lo mismo. Ingresa un domingo y se retira al domingo siguiente. Pide no ser molestado, ni recibir llamadas. Tiene tajantemente prohibido el ingreso a su habitación, lo que deja fuera el aseo ¿y tú le vas a llevar esa bandeja? ¡Vaya si me sentía idiota! Claro, De Franco. Nada más ayer se había registrado en el hotel, levantando murmullos entre el personal. Un tipo no muy alto, de metro sesenta quizás, unos cincuenta y pocos años, de piel blanca y cabello claro como los suizos, vestía un delgado pantalón de lino y una polera sencilla. Atravesó el hall con la mirada serena de sus ojos violeta fija en un punto distante, cargando él mismo su pequeño bolso de mano hasta la habitación. La 364. Seré idiota. En ese momento pensé que era una persona de dinero, un millonario excéntrico, pero lo googleé sin novedad. Más tarde ese mismo día, Rony Estuardo, recepcionista del segundo turno al que gustaba le llamaran Rocky, me fue con el cuento de la 364 y De Franco. La habitación estaba embrujada.

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La situación ocurría a lo menos desde hace cinco años, que era el tiempo que venía trabajando en el Copacabana (Clarita llevaba dos, contando éste). Decía el personal de aseo que se podía escuchar el ruido del mar en el pasillo fuera de la 364, incluso el bramar de truenos en algunas ocasiones. Por supuesto, al abrir la puerta, ahí estaba la pieza desierta y tranquila. Decía Rocky que Cifuentes, el nochero del tercer turno, había encontrado pepitas de oro enfrente de la puerta durante una de sus rondas y que después de esto se había obsesionado con el secreto de la 364. Rocky podía asegurar que, al menos una vez al mes, Cifuentes se encerraba en la pieza durante una hora por las noches esperando una aparición milagrosa. Pronto el rumor se extendió en el hotel. De ahí que cuando comenzara a venir De Franco, todos lo tomaran por un investigador paranormal. Mas como se trataba de una persona tan hermética, que jamás salía de la habitación, excepto al momento de dejar el hotel, nadie había podido corroborar esta teoría. Había alguno que aseguraba haber visto un programa en el cable de De Franco y la 364, pero siempre era el amigo de un amigo sin nombre. La cosa es que nadie conocía al extraño ni su nexo con la habitación. Después del episodio de la bandeja puse más atención a mis subidas al tercer piso. Saber que a la vuelta del pasillo estaba De Franco encerrado hacía dos o tres días en la habitación 364 comenzaba a perturbarme. Cada vez que me acercaba con otro huésped, me daba escalofrío y no podía dejar de esforzarme por escuchar algo: el mar, los truenos, algo. Y sin embargo, el silencio era más tenebroso. Incluso en los ratos que esperaba de pie la llegada de pasajeros en la entrada del hotel, imaginaba cómo sacar a De Franco de la habitación, cómo husmear de alguna manera ahí dentro, pero bastaba una mirada a la distancia de Fabio Cristalli para desistir de mis ideas, como si temiera que leyera mis pensamientos. Decidí pedirme el jueves para calmar mis ansias. Creí que me vendría bien unas horas más de sueño. Al volver el viernes de esa semana me encontré con una desagradable sorpresa: Clara había renunciado el día anterior. Consternado busqué explicaciones con el recepcionista de emergencia, quien no sabía demasiado. Luego, uno de los maleteros me contó que la muchacha había asistido con su hijo al trabajo y que se habría molestado ante el reclamo de Cristalli. Sí, era posible

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que Clarita se molestara por algo así. Aún todo resultaba bastante confuso, hasta que una de las mucamas se me acercó silenciosamente. –Yo la vi salir, señor Julito –decía algo atemorizada y mirando a sus espaldas–, le juro que no iba enojada. La Clarita iba muerta de miedo. Cuando ella se estaba bajando en el tercer piso, se topó a Clarita subiendo apurada al ascensor. Llevaba aferrado a su hijo entre los brazos y mantenía la mirada en el piso. Levantó la vista cuando se cerraban las puertas y fue esa mueca la que vio la mucama. Esos ojos de espanto. Había pensado por un momento solidarizar con la causa y presentar yo mismo mi renuncia a Cristalli, pero después del relato de la mucama la situación había cambiado. Debía hablar con Clarita, saber cómo estaba, pero más importante aun era saber qué le había ocurrido en el tercer piso del Hotel Copacabana. Ese día salí pasada las nueve de la noche. Durante la tarde la estuve llamando a su celular sin respuesta y resolví que debía visitarla. Supe conseguir la dirección con Rocky, quien había salido en una oportunidad con Clarita en plan romántico y sin ninguna suerte la había dejado finalmente en su casa. Así, tomé la micro en dirección norte. Era una casa larga, de un piso, con reja, antejardín y garage. Se veía bien mantenida. Toqué el timbre y tuve que esperar varios minutos, hasta que se asomó entre las cortinas. Le hice un gesto con la mano y noté de inmediato algo. No sonreía. Cuando abrió la puerta de calle, lo confirmé. Esa chispa de dulzura no estaba. No obstante cierta incomodidad, me invitó a pasar. Nos sentamos en el living y me ofreció un vaso de agua. Luego, permaneció en silencio. –Clara…Clarita… ¿qué te pasó? –le dije con tono cariñoso, como quien habla a una niña pequeña y le tomé las manos. Ella esquivaba la mirada. –Oye, ¿cómo es eso que renunciaste?, ¿fue Cristalli?, ¿te hizo algún atado por tu hijo? Supe que llevaste al Samuel a la pega ayer… –Sí, lo llevé… Pensé que sería todo lo que iba a decir, pero prosiguió.

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–… Le cambiaron la hora de la terapia y no tenía con quien dejarlo. Igual antes lo había llevado al hotel y no había tenido ningún atado. Pero esta vez me distraje un rato y se me perdió. No lo encontraba por ningún lado. Me desesperé –hablaba sin emoción alguna. –Entonces comencé a rastrear los pisos. Nada en el primero. Nada en el segundo. Hasta que lo encontré en el tercer piso… Estaba caminando hacia el pasillo de la 364… Y su carita… Lloraba… ¡Y tú sabes que el Samuel no puede caminar! ¡Nunca va a poder!, ¡me lo dijeron los doctores! ¡No puede caminar! –gritaba desconsolada y no dejaba de llorar. La contuve un rato, aún desconcertado. No entendía muy bien su dolor. Entonces pude ver viniendo por el pasillo al pequeño Samuel gateando. Era un niño de cuatro o cinco años, muy parecido a su madre. Se acercó a nosotros y se encaramó en el sillón de Clarita para hacerle cariño. Algo le decía al oído que parecía calmarla. Bajo su ropa podían distinguirse sus piernas. Un par de muñones torcidos que llegaban por debajo de las rodillas. Claramente no podía tenerse en pie con las carnes sobrantes de sus extremos. El regreso a mi casa fue terrible. Sentía nauseas. Y creo que tiritaba. No me gustaba lo que estaba descubriendo. O renunciaba y conservaba mi cordura, o seguía hasta el final. Pobre Clarita. Qué espectáculo le había tocado ver. Maldita habitación 364. Sin duda tenía que ver con esto. Mañana mismo resolvería todo de una vez. Ese sábado me presenté a primera hora en la oficina de Fabio Cristalli, pero no para irle con el chisme de Clarita, ni mucho menos para renunciar. Como un trabajador dedicado a su labor le pedí extensión horaria ese mismo día, un turno de veinticuatro horas argumentando que necesitaba el dinero de las horas extra y que quería evitar seguir perdiéndome en fines de semana de juerga y derroche. Tras felicitarme por mi actitud madura y laboriosa, accedió. Esa noche hablaría con Cifuentes y se acabarían mis dudas y, finalmente, el misterio de la 364 y de De Franco. A Lorenzo Cifuentes no lo conocía más que por los relatos de Rocky. Decía que había sido jardinero municipal hasta que lo despidieron por graves problemas de comportamiento (pegarle a otro jardinero hasta casi matarlo,

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decía). Era perfecto para el turno solitario de la noche. A esa hora, después de la medianoche, no trabajaba nadie más que él. Cumplía con una doble labor de recepcionista y maletero y, probablemente, aun así no tenía mucho que hacer. A Rocky fue el único a quien confié mi plan. –Ten cuidado huevón –me decía–. Primero, ten cuidado con Cifuentes. Ese huevón está loco. Y segundo, piensa bien lo que vai a hacer. No era un gran consejo, pero al menos me sentía respaldado. Si algo me pasaba, contaba con que Rocky contaría mi verdad o, al menos, inventaría una buena historia. Nos despedimos con un abrazo, como quien abraza al último ser humano antes de partir al desierto y se fue. En paralelo, venía entrando Cifuentes. Me preguntó quién era y me presenté, tirándole la responsabilidad a Cristalli de mi presencia en ese momento como apoyo al turno de noche. Intuía que Cifuentes se vincularía desde el desprecio por el jefe y no me equivoqué. –Ese huevón… Se cree el dueño del hotel, ¿quién le dijo que necesitaba ayuda? Seguro que un turista le inventó algún cahuín, como que no le quise llevar la maleta o alguna huevada así. Pero no importa, mejor para mí, menos pega –y terminó por acomodarse detrás del mostrador. Me fui lentamente con Cifuentes. Era un viejo difícil, gruñón, y tenía que ganarme su confianza en escasas horas, primero, para que me soltara sus teorías sobre la 364 y De Franco, y segundo, para que me dejara acompañarlo en su ronda. ¡Ah! Y tercero, para convencerlo, sin resistirse, de participar de mi plan. Para eso seguí con el tema de Fabio Cristalli un rato más y despotriqué contra el viejo y su tiranía. No me guardé ningún insulto conocido. Cifuentes se animaba y parecía que sacaría un par de vasos. Avanzaba bien la persuasión. Después empecé a hablar de cosas paranormales, videos de fantasmas en Youtube y esas cosas. El viejo enganchó al tiro. Me contó que a él siempre le pasaban cosas, que una tarotista le había dicho que él tenía un don especial. Yo le celebraba sus comentarios y lo alentaba a continuar con nuevas historias. Hasta que solito llegó a la 364. –¿Usted conoce la habitación 364? –me preguntó con tono misterioso de maestro.

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–No –le dije con cara de gil–, no me han tocado pasajeros para allá. –Es que no le van a tocar poh mijo –me dijo el viejo sinvergüenza– porque ahora mismo en esa pieza esta el señor De Franco. Lleva seis días encerrado y hoy día se cumple el séptimo. –¡Ah! Si seré tonto… –simulé un olvido–. De Franco, el investigador paranormal ¿o no? –¡Ah! Ahí usted se equivoca mijo… Yo pensaba lo mismo. Él no es ningún investigador paranormal… Ni siquiera es un ser humano… Bueno, está bien, pensé, que venga la locura del viejo Cifuentes. –Le voy a confiar un secreto –me dijo muy serio–. Yo venía investigando la habitación 364, cuando empezó a hospedarse De Franco. Y me intrigaba mucho la manera de trabajar de este caballero. O no me dirá usted que encerrarse siete días en una pieza es muy común que digamos. Pues bien, se nos obligó respetar su intimidad. Pero yo no me quedé de brazos cruzados para siempre y el año pasado no aguanté más y toqué a su puerta. Abrí los ojos esta vez sin poder disimular. Quería escuchar qué seguía. –¿Y sabe qué? Me abrió –el viejo se detuvo manejando el suspenso. Ahora sabía que tenía las cartas ganadoras y podía llevar el juego–. Si es usted un hombre de mente abierta podré contarle lo que sigue, pues de otra forma me considerará usted un lunático y capaz que hasta me venda a un manicomio. Asentí por instinto para seguir escuchando y a Cifuentes le pareció suficiente. –Como le decía, De Franco no es un ser humano. La verdad es que es un dios. Así se ha definido él a sí mismo. No como EL dios, si no como UN dios. Ya deberá usted replantear sus creencias… Lo seguía atónito, ¿por qué sonaba tan cierto?, ¿estaría enloqueciendo yo también? –Esa noche de verano me contó que la habitación 364 tiene la perfecta combinación de coordenadas en todos los ejes temporales y espaciales para permitirle permanecer en esta realidad durante siete días y descansar. Según comprendí de sus palabras, su función era regular ciclos. Las mareas, la luna,

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hasta la vida y la muerte quizás, no llegué a entenderlo. No sabría decir cuánto tiempo exactamente estuvimos conversando, ni si entré o no en algún momento a la habitación. Ni siquiera podría asegurar que había habitación. Lo que sí recuerdo, y no sé por qué lo hice, debe ser por esas ideas que uno se forma en la infancia sobre los dioses o los genios mágicos, fue que le pedí riquezas. Y me las dio. Un puñado de pepitas de oro. En ese momento, Lorenzo Cifuentes bajó la marcha. Algo había recordado. –Claro que… Como dios de los ciclos… Lo entregado tendría que retornar. A fines del año pasado mi esposa enfermó de cáncer… Terminal… Murió dejando algunas deudas que no me llevaron a la misma pobreza, diría mejor que antes… Un poco más rico… Y un poco más solo… No sé si una cosa tendrá que ver con la otra… Lo miré condolerse antes de dar el siguiente paso. En tanto, mi cabeza daba vueltas, ¿habría pagado Clarita un gramo de su felicidad a cambio de ver a su hijo caminar? Tras unos minutos de espera y silencio, llegó el momento de dar la ronda y mi sugerencia de acompañarlo acoplaba perfecto con su recordado sentimiento de soledad. Cambié el tema mientras recorríamos los pasillos del primer piso hacia cosas más comunes como el clásico del fútbol que se jugaría dentro de una semana. Reservé para el segundo piso los comentarios sobre la ola de calor que nos azotaba desde hace meses. Para cuando llegamos al tercero, pude notar que quería hacerle el quite a la esquina de la 364 y contrataqué antes que llamara al ascensor. –Cifuentes –dije resuelto–, usted y yo tenemos que hablar con De Franco o cómo se llame. El viejo me miró y negó con la cabeza. –No, amigo mío, eso no podemos hacerlo. Ya ve usted lo que ha pasado. Estas cosas son de grandes ligas. No querrá usted meternos en problemas a los dos. Tampoco dejaré que usted lo perturbe. Me podría costar el trabajo y no puedo darme ese lujo. Estaba reticente. Probablemente atemorizado por su memoria. Y yo no tenía muchos argumentos para convencerlo. Solo una última argucia que no me enorgullecía contar. Saqué el ejemplo de Clarita y su hijo ¡la muchacha me17


recía una explicación! Qué mentira. Solo quería satisfacer mi curiosidad ¿y quizás arriesgar un deseo? Cuánto puede mover a un hombre la codicia de saberse a un paso del poder. Cifuentes dentro del ascensor reflexionaba nervioso. Insistía en que lo necesitaba a él. Él tenía el don. Sólo a él lo recibiría. Entonces, bajó del ascensor. Cuando dimos la vuelta al pasillo y nos enfrentamos a la puerta de la habitación 364 debo reconocer que me morí de susto. Nunca me había acercado tanto. Lorenzo Cifuentes, empuñaba la mano en acto de golpear. Yo, detrás de él, llevaba las manos a la altura del rostro, por si algo pudiera saltar hacia afuera. No sabía a qué le temía. Después de todo era una historia demasiado loca para ser cierta, pero los locos creen tanto en sus delirios que los hacen ver reales. Todas las oportunidades se abrían en ese momento. Golpeó la puerta un par de veces. Cuatro diez de la madrugada. Nada. Cuatro doce. Nada. –Golpee de nuevo, Lorenzo –le dije ansioso. –No, ya está bien –intentó evadirse. –¿Y si no hay nadie? ¿Qué tal si salió por la ventana y nos tiene a todos pensando que está dentro en descanso con el universo? –seleccionaba mis palabras. Pude ver la duda en Lorenzo, esa misma que lo llevara a golpear la puerta hacía un año–. Yo digo que abramos la puerta, ¿usted tiene una llave maestra o no? Lorenzo bajó la mirada hasta su cintura y alargó la tarjeta de huincha retráctil para pasarla por la banda de la cerradura. En un movimiento hizo el gesto completo y una luz verde marcó el éxito de su intento. Ambos sonreímos y abrió la puerta. Lorenzo Cifuentes está en el hospital. Tiene varias costillas rotas producto de un impacto similar a un choque a sesenta kilómetros por hora sin cinturón de seguridad, y un pulmón peligrando. Yo desperté esa mañana en el lobby del hotel con alguien haciéndome reanimación, vomitando agua, con la ropa empapada y un tremendo dolor entre la cabeza y la espalda, lo que me valió estar una semana con cuello ortopédico y descanso en casa.

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Lo que pasó entonces es difícil de relatar. Imágenes y momentos se mezclan de tal manera que no sé qué ocurrió antes o después, dentro o fuera. Preferí omitir estas palabras, antes de ser tildado de lúnatico por la policía, que seguía sin atar algunos cabos. Ambos sonreímos y él abrió la puerta. De golpe y como un tren, una descarga de agua salada reventó en el pasillo como una entrada de mar en un roquerío. Cifuentes salió volando y me empujó contra la esquina, donde me sostuve de algo, quizás otra puerta. A él la marea se lo llevó azotándolo contra las paredes del pasillo, creo. Escuché algunos gritos ahogados. Debería haberme desvanecido, pero había aguantado la respiración. Al hotel Copacabana nunca volví. Solo Rocky me visitó en casa una semana más tarde y me contó cómo las cosas dejaron de funcionar a la perfección para Fabio Cristalli. Los segundos se hicieron minutos y los engranajes dejaron de andar. Nadie se explicaba semejante cantidad de agua en el piso tres, pero se presumía la rotura de una matriz marina que hizo reflujo en la habitación 364. Eso explicaría la plaga de cucarachas que espantó a la mayoría de los hospedados que aún habían permanecido después del estallido del desagüe. Del señor De Franco ni un rastro. La policía aún investigaba su desaparición. Vendrían a visitarme más tarde buscando explicaciones, pero sencillamente no podía contarles la verdad, si era eso lo que mi mente había retenido. No debí conservar la conciencia bajo el agua. Debí desvanecerme y continuar con mi vida, porque lo que alcancé a ver dentro de la habitación 364 es algo indescriptible para esta realidad: una masa gigantesca de piel que ocupaba la habitación casi por completo, unas rodillas dobladas o algo como unos pies gigantescos debajo de lo que debía ser la cara, un gran ojo violeta y una lengua enorme que se enroscaba hacia atrás… Una figura contraída y contracturada sobre sí misma. Lo que no puedo explicar a nadie es que esa cara, vagamente humana, conservaba algunos rasgos del rostro del desaparecido señor De Franco.

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