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José Luis Corral Lafuente

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Capítulo 12 Aquel verano fue especialmente caluroso en el norte de África; sitiados y sitiadores se relajaron ante la canícula abrasadora. Durante las horas centrales del día el sol era tan brillante e intenso que los hombres y los animales buscaban la sombra desesperadamente. Sólo la brisa del mar, que comenzaba a soplar a media tarde, aliviaba los rigores del mediodía. Durante varios meses, el ejército romano mantuvo el sitio sin apenas hacer otra cosa que evitar que se introdujeran en la ciudad armas y materiales que pudieran servir para fabricarlas. Cualquier otra mercancía entraba o salía sin mayores problemas; muchos consiguieron hacer apreciables fortunas comerciando con esos productos. Fue en aquellos días de bochorno y sudor cuando Aracos comenzó a echar de menos su tierra de Celtiberia. En los tórridos atardeceres de África, tumbado sobre su catre de campaña, pensaba en las templadas noches de Contrebia Belaisca, en sus campos de trigo, que estarían siendo cosechados en aquellos días, en el pequeño río de aguas frías y transparentes que venía desde las montañas azules del sur, en las alegres fiestas de plenilunio, en los bailes a la luz de las hogueras y en los encuentros furtivos con las muchachas en los sotos de las riberas del río de Contrebia. Recordaba la primera vez que hizo el amor con una joven, después de una fiesta en honor a la diosa Luna, en la orilla del río, sobre la fresca hierba, entre junquerales y cañaverales. Ahora tenía veinticuatro años, una edad a la que la mayoría de los hombres de su pueblo ya estaban casados y con varios hijos, y él seguía soltero. Pensó en cambiar su vida, en dejar el ejército romano, regresar a Celtiberia y vivir de nuevo en su ciudad. Pero no, ¿qué otra cosa podía hacer que no fuera servir en el ejército? Sí, sabía cultivar los campos porque lo había aprendido de adolescente ayudando a su padre y a sus hermanos, pero no tendría dinero suficiente como para poder comprar una pequeña propiedad al Menos hasta que llevara diez o doce años de servicio. Tal vez pudiera dedicarse al comercio, que por lo que había visto en Roma era la manera más rápida de enriquecerse, pero ser comerciante era peligroso, tanto o incluso más que ser soldado, y había que tener muchos contactos y buenas relaciones. A fines de verano unos legionarios recién llegados de Iberia trajeron unas inquietantes noticias. Lucio Licinio había saqueado la región de Lusitania, en el extremo occidental de la Península. La campaña del antiguo cónsul se había realizado como represalia a las permanentes razias que los lusitanos realizaban contra los carpetanos y turdetanos, tradicionales aliados de Roma. Escipión se alteró cuando conoció estas noticias. Un nuevo estallido en Iberia significaba la necesidad de enviar allí más tropas, que eran necesarias para someter a Cartago. Además, también corrían noticias de que en Macedonia y Grecia había movimientos de resistencia a los romanos, y los retios, una de las tribus bárbaras del norte, estaban realizando algunas incursiones en el limes de la provincia de la Galia Cisalpina. De repente estallaron los problemas por todas partes. —Hispania, Grecia, Macedonia, África, los bárbaros del norte, también Asia... Tal vez sean demasiados frentes abiertos, incluso para Roma —le confesó Escipión a Marco, mientras paseaban por el campamento frente a Cartago. Escipión caminaba como una fiera enjaulada, con pasos cortos y rápidos. Miraba a uno y otro lado y nada parecía escapar a sus ojos de halcón. —Creo que hemos estado en peores situaciones, a veces —dijo Marco mirando al historiador Polibio, que los acompañaba. —Mucho peores, centurión, recuerdo ahora... Escipión interrumpió a Polibio, que aprovechaba cualquier ocasión para narrar episodios de la historia de Roma. —No, Marco ya no es centurión. Marco miró sorprendido y temeroso a la vez a su pariente. —¿Qué he hecho? —preguntó angustiado. —Acaba de llegar tu nombramiento como legado de la sexta legión. Enhorabuena, general

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