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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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sido ejecutados los instigadores de la guerra y proponía entablar negociaciones para alcanzar un acuerdo de paz. Al regreso de esta embajada, el Senado se mostró inflexible y los argumentos esgrimidos por los púnicos no cambiaron su decisión de llevar a cabo una guerra total y definitiva. A cambio de la paz, el Senado romano exigió de Cartago unas condiciones terribles: se insistió en que los púnicos debían abandonar su ciudad para instalarse en una nueva, y sin murallas, tierra adentro y a más diez millas de la línea de costa, y además se añadió que los cartagineses deberían entregar todas sus armas, que serían requisadas y confiscadas. —Nadie aceptaría esas condiciones —le dijo Aracos a Marco cuando se enteró de las exigencias de Roma sobre Cartago. —Por supuesto que no, pero eso ya lo sabía el Senado antes de dictarlas. —Entonces, ¿todo esto de la negociación, la embajada...? —Puro teatro. Tal vez para ganar tiempo, o para prolongar una agonía inevitable. Los cartagineses solicitaron una tregua de treinta días para tomar tina decisión, que todos sabían que iba a ser negativa, pero ambos ejércitos la aprovecharon para pertrecharse y reforzarse y preparar el que se presumía como el envite definitivo. Pasados los treinta días, un heraldo anunció a Escipión que las condiciones que Roma exigía eran inaceptables para Cartago. Y así fue como se reinició el sitio de la capital de los púnicos. Escipión planteó un asedio a largo plazo. No quería estrangular demasiado deprisa a la gran ciudad comercial, sino hacerlo poco a poco, obteniendo entre tanto cuanto provecho pudiera extraer. La resistencia de los púnicos amenazaba con ser tan heroica como estaba siendo la de los numantinos, pero el suave clima de Cartago y las facilidades de aprovisionamiento para el ejército romano hacían que a los sitiadores de la capital púnica les pareciera aquello un recreo, comparado con el duro invierno que debieron pasar atrapados en el campamento entre Ocilis y Numancia. Ante la carencia de algunos materiales por el asedio, los cartagineses se las ingeniaron para fabricar armas y cuerdas de manera harto imaginativa. Con los huesos de los animales que comían hicieron puntas de flecha y cuchillos, y las mujeres se cortaron sus largos cabellos para con ellos trenzar cuerdas que suplieran la carencia de cáñamo.

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