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José Luis Corral Lafuente

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Capítulo 11 En cuanto Escipión llegó ante los muros de Cartago, los cónsules Lucio Marcio y Manio Manlio ordenaron lanzar un precipitado ataque, aprovechando que uno de los sectores de la muralla parecía desguarnecido. Tres cohortes se abalanzaron sobre ese sector de la muralla, pero los defensores aparecieron inesperadamente en lo alto y comenzaron a batirlos con flechas y piedras. Las tres cohortes estaban perdidas, pero Escipión, que contemplaba desde un lugar cercano la torpe y precipitada maniobra ordenada por los cónsules, mandó a los legionarios de la primera cohorte de la sexta legión que desenvainaran sus espadas, se cubrieran con los escudos grandes rectangulares y acudieran a toda prisa al rescate de sus compañeros. Las tres cohortes habían sido rodeadas por una partida de cartagineses que había salido desde un portillo del muro para ganarles las espaldas, y su situación era desesperada. La carga de la cohorte de Escipión fue brutal. Los cartagineses, que no esperaban la llegada de ese refuerzo, fueron atacados con fiereza. Escipión y Marco Tulio blandían sus espadas liquidando a decenas de enemigos, mientras junto a ellos el hacha de combate de Aracos hacía estragos en las filas de los sorprendidos púnicos. Con gran esfuerzo lograron abrir un pasillo hasta las tres cohortes cercadas y aguantaron lo suficiente como para que los que no habían muerto pudieran huir lejos de las murallas y buscar refugio en el campamento. Esa misma noche, los cartagineses, esperanzados por la derrota de las tres cohortes y la retirada posterior, cayeron sobre una posición romana; de nuevo acudió Escipión con sus cohortes para librarla de los cartagineses. Por fin, dos días después, todos los soldados que Cartago tenía disponibles en el interior de la ciudad salieron en tromba y cargaron contra el campamento romano, en el cual los cónsules no habían previsto las medidas de guardias y las defensas oportunas. De nuevo la situación parecía insuperable, hasta que apareció Escipión al frente de un escuadrón de caballería para desbaratar el ataque púnico. Aracos seguía causando terror con su hacha de combate por el furor con el que peleaba y por la fuerza y confianza que transmitía a los auxiliares celtíberos, entre los que estaba su amigo Aregodas. Los senadores, ante la evidencia de la ineptitud de los cónsules, aceptaron las condiciones de Publio Cornelio. Ante tanta improvisación y falta de capacidad para el mando que los dos cónsules estaban demostrando, Escipión reclamó ante el Senado el imperio militar sobre el ejército de África, y pidió algún tiempo para continuar el asedio de Cartago en mejores condiciones. La sexta legión embarcó en varias naves que pusieron de inmediato rumbo oeste. Durante dos días recorrieron la costa del norte de África, navegando a unas pocas millas de tierra firme, pero siempre con ésta a la vista, hasta que desembarcaron en un pequeño pero seguro puerto al norte de Cirta, la capital del reino de los númidas. Sin perder un solo día, Escipión se puso en marcha hasta esta ciudad, donde los esperaba Masinisa, que ya había sido avisado de la llegada de Escipión. El rey de Numidia tenía noventa y un años. Todos consideraban que era el hombre más viejo del mundo y muchos eran los que se asombraban cuando les decían que ya tenía cerca de cuarenta años cuando combatió contra Aníbal al lado de Escipión Africano. Durante toda su vida había sido un fiel y leal aliado de Roma y había sido distinguido con el título de amigo del Senado y del pueblo romano. Numidia y Roma se habían necesitado mutuamente, y de ahí la férrea alianza entre ambos. Para Numidia, Cartago constituía una gran amenaza, pues los cartagineses ambicionaban sus ricas y feraces tierras del este, para las que Roma constituía la garantía de su supervivencia, pues la República no estaba dispuesta a consentir la anexión de Numidia por los cartagineses, ya que en ese caso todo el occidente del norte de África quedaría en sus manos y con ello la hegemonía que Roma había logrado en el Mediterráneo occidental desaparecería. El anciano monarca estaba sentado en su trono de madera forrado con pieles de leopardo. Tenía la mirada acuosa, en unos ojos negros y profundos; decenas de finas arrugas cubrían todo su rostro como una cascada de pequeños pliegues de piel. Vestía una túnica también de piel de leopardo, y en

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