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José Luis Corral Lafuente

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al debilitarse su carácter y su espíritu de superación y de triunfo acabarían siendo presa fácil de pueblos más ambiciosos. El senador Catón, el orador más brillante del Senado, había sostenido en esa misma sesión que Roma sólo sería realmente grande si se convertía en la única República en verdad grande de todo el mundo, en la dueña y señora del orbe, y que para ello había que eliminar a Cartago. En su brillantísimo discurso alegó que los cartagineses habían sacado un ejército fuera de sus límites fronterizos, que habían atacado a un fiel aliado de Roma, como era Masinisa, que no habían permitido que entrase en Cartago Gulusa, hijo de Masinisa, cuando acompañaba a una embajada pacífica de romanos, y que habían roto el tratado anterior que les impedía tener una nueva flota de guerra, pues habían armado varias trirremes. Catón acabó con una terrible frase que ya se había hecho famosa, pues la repetía en todas sus intervenciones como contundente colofón: «Y además, pienso que Cartago debe ser destruida», frase sentenciosa que aquel día había sonado con más fuerza y rotundidad que en ninguna otra ocasión. Tras los discursos de Násica y de Catón, se decidió votar el destino de Cartago. —Catón ha vencido en el Senado: Cartago será destruida —comentó Escipión. El legado había invitado a cenar en su casa de Roma a algunos otros parientes y amigos. Allí se encontraban el historiador Polibio, un tanto apesadumbrado porque el discurso que había preparado para que Násica respondiera a Catón no había tenido el efecto esperado entre los senadores, así como el filósofo Panecio, Marco Tulio y Aracos, quien por primera vez asistía como invitado a la mesa de Escipión. El celtíbero parecía un extraño en medio de aquellos personajes tan singulares: aristócratas romanos de la más alta alcurnia, tan orgullosos de su linaje que se exhibían como pavos reales, y filósofos e historiadores griegos a los que los romanos habían sometido a la esclavitud y luego liberado a cambio de que se sentaran a sus mesas como ilustrados contertulios en sus debates filosóficos y trabajaran como pedagogos de sus hijos. —Násica no ha sabido estar a la altura del debate —terció Panecio mientras contemplaba el higo confitado que sostenía entre sus dedos—. Polibio le había preparado una magnífica intervención, documentada en datos históricos y en ejemplos irrefutables, pero el tono de Násica... Para convencer al Senado no bastan los argumentos, aunque éstos sean brillantes e irrefutables; es necesaria una actitud más... digamos más estoica. Násica se dejó arrastrar por el estilo vehemente y encendido de Catón, y en ese terreno el veterano y astuto senador no tiene rival: es un viejo zorro de la retórica. —Gracias por tu apoyo, Panecio, pero mis argumentos tal vez no fueran tan sólidos como en principio me lo parecieron; además, Catón no sólo es un hábil polemista, pues es considerado el hombre más sabio de Roma —intervino Polibio. —No, no, tu discurso estaba bien y Násica hizo lo que pudo, pero el debate sobre el destino de Cartago se había alargado demasiado. Además, todavía quedan vivos algunos ancianos que fueron testigos de las terribles derrotas que nos propinó Aníbal y son muchos los romanos que no considerarán cerrada esa herida hasta que Cartago sea borrada de la faz de la tierra y vengados los caídos en la batalla de Cannas. No existe una sola familia romana que no venere en el altar de los lares a un antepasado muerto por el ejército púnico, y claman venganza por ello; a esos sentimientos supo apelar Catón. Tarde o temprano tendría que llegar el día en que nos viéramos obligados a destruir Cartago, y ese día ya está aquí. Las palabras de Escipión dejaban bien claro que los partidarios de mantener viva la ciudad de Cartago habían fracasado y que al fin, tras tantos años de debates, había llegado el momento de acabar lo que Publio Cornelio Escipión Africano dejara inconcluso medio siglo antes, tras la batalla de Zama.

[Año 149 a.C.] Nada más ser elegidos Lucio Marcio y Manio Manlio como los dos nuevos cónsules, recién

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